Mini-rol Our devil's backbone [Vampiro]

Tema en 'Salas de rol' iniciado por Gigi Blanche, 24 Abril 2022.

  1.  
    Gigi Blanche

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    as the devil spoke we spilled out on the floor
    and the pieces broke and the people wanted more
    and the rugged wheel is turning another round

    oh, Dorian, will you come along to the end?
    will you ever let us carry on?

    Dorian, will you follow us down?


    .
    ,
    .

    18 de Abril, 2020
    Nueva York, Nueva York, Estados Unidos

    Con la caída del sol, los vestigios de otro invierno moribundo soplaban entre el viento. Era un recordatorio silencioso de la rueda que nunca se detenía, el advenimiento del tiempo y la inevitabilidad de ciertos eventos. De las cadenas y también de la libertad.

    Eran las cadenas brillantes dentro de la jaula dorada y era la libertad viciosa de aquellos quienes ostentaran una invitación. Como todos los años, abrigada por la elegante opulencia del Lotte New York Palace se celebraba la gala benéfica organizada por la Fundación Andrew W. Mellon. Los coches de diseño desfilaban y se retiraban lejos de la entrada, suelas y tacones apelmazaban la alfombra desplegada entre luces y columnas. El mármol, el ébano y los acabados dorados de muebles y paredes combinaban con las bandejas sobre las cuales circulaban las copas de champagne.

    Nada destaca esa gala de las demás, nada detiene la rueda, ni afianza las cadenas, ni viola la libertad. El equilibrio es exquisito, tanto en la gama de colores del Gold Room como en la hipocresía de quienes donan dinero con una mano y lo arrebatan con la otra. Pero a nadie le interesan los detalles, nadie quiere bajarse de la rueda, pues la rueda gira en sus cuerpos, entre su carne, sobre sus pies. La rueda está hecha con sus huesos.

    Los huesos del diablo también.


    Domenica han pasado veinticinco años pERO ACÁ ESTOY listísima para ser aesthetic juntas *rueda*
     
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    Domenica

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    No era la primera vez que asistía a una gala de aquellas; de hecho, y muy a mi pesar, empezaba a aburrirme de tener que rodearme de esa clase de gente y pretender ser una persona que no era. Nada más alejado de mi realidad. No disfrutaba ni siquiera de la comida, la verdad es que prefería una pizza recalentada a mitad de la madrugada que una elegante bruschetta con caviar.

    Acepté la copa de champagne que me ofreció uno de los camareros de buena gana, iba a necesitar el alcohol para avanzar durante la noche sin que se me hiciera más pesado de lo que ya estaba siendo. Duke me había pedido que me involucrara más con nuestros socios y, para ello, debía empezar a convertirme en la cara visible del negocio. De cualquier manera, era yo quien se encargaba de las finanzas —y de otras tantas tareas menos elegantes—, así que lo lógico era que dejara de ser el ratón de oficina y me convirtiera en un rostro familiar.

    Saludé sin mucha gracia a más de uno, los conocía a casi todos. Los que tenían múltiples fundaciones para lavar sus activos, los dueños de laboratorios médicos que traficaban opioides a barrios menos favorecidos, los que hacían tratos con dictadores y militares a cambio de dinero... todos estaban en mi registro. Yo tampoco era una joya.

    A final de cuentas, estábamos reunidos un montón de tiburones jugando a ser pez dorado en aquella pecera de elegancia, lujo, opulencia y fingida caridad. Bebí de mi copa y vi a la distancia a Duke hacerme una señal, por lo que acomodé mi esmoquin y me apresuré hacia él. Aquella velada iba a ser eterna.
     
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    Gigi Blanche

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    Los dijes tintinearon al girar los talones en dirección al salón, justo luego de probar el champagne que llevaba en la copa. El cristal se sentía frío a través de los finos guantes de encaje chantilly que combinaban, en mayor o menor medida, con la tela del vestido. Sencillo, de falda recta y brocado pálido, blanco en teoría, ligeramente dorado bajo las luces del salón. Lo único que resaltaba del atuendo era la gargantilla de gemas que se extendía sobre mis hombros en lágrimas de cristales y dijes transparentes. Un accesorio precioso, si debía ser honesta.

    No era ninguna obsesionada de la moda, pero a su vez encontraba satisfacción en saberme elegante; en confiar que cada paso era el correcto, que el reflejo de un espejo me devolvería una imagen satisfactoria. Que me veía bien, incluso más que eso.

    Era la vanidad inevitable de mi familia y nuestra sangre, meticulosamente cuidada.

    Papá, a mi lado, imitó parte de mis movimientos y alzó la copa en dirección a alguien que no me molesté en discernir de entre la multitud. Llevaba un par de meses transitando mi intercambio de estudios en Nueva York y asistiendo a todos los eventos donde fuera necesaria la presencia de un Middel. Con papá aquí podría haberme liberado de la presión, pero consideró beneficiosa la oportunidad de presentarnos juntos y yo, sin poner en duda su razonamiento, acepté.

    —Tanto dorado —comentó en nuestra lengua madre, a un volumen discreto—, es casi desagradable.

    Repasé el escenario con la vista y esbocé una pequeña sonrisa, encogiéndome de hombros.

    —Son americanos, pa —respondí en inglés, aunque me referí a él en neerlandés y una cuota de suficiencia se imprimió en mi tono—. Si no se exceden en todo es como si no lo estuvieran haciendo.

    Repasó mi perfil, noté su mirada sobre mí y lo escuché renovar el aire de sus pulmones. Comenzó a descender los pocos escalones que nos separaban del salón central y se detuvo para confirmar mi ubicación. No lo había seguido, aquello pareció resolver sus dudas y le dio un sorbo a su copa.

    —Diviértete, Bleke. Esta noche sólo serás mi hija.

    No aguardó una respuesta de ningún tipo para retirarse. Seguí su silueta de pura inercia, lo vi encontrarse con otro hombre adulto que me sonaba de algún evento y mantuve mi atención puesta en él, incluso a la lejanía, en lo que intentaba recordar su apellido. ¿Carter? No estaba segura. Bebí de mi copa, exhalé profundamente y comencé a navegar el espacio circundante. Allí no debía esquivar al grueso de gente, estaba más tranquilo y podía apreciar al detalle las pinturas colgadas en casi todo el perímetro del salón. De momento, sonaba a un plan ideal.

    Ser sólo una hija, había dicho.

    Como si eso tuviera alguna clase de sentido.
     
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    Domenica

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    Tan pronto empecé a acercarme a Duke entendí por qué me llamaba. Era el señor Middel, uno de sus socios predilectos y un magnate de cuidado al que debíamos cierto trato preferencial. Conocía acerca de su familia y sus costumbres, y el hecho de que parecía despreciar aquellos eventos tanto como yo. Nunca había tenido demasiado trato con él, era esa clase de personas que prefería dirigirse directamente a la cabecilla. Y ese era Duke, no yo.

    —Middel, quiero presentarte a mi hijo —dijo Duke, rodeando mis hombros con su brazo como si yo seguía siendo el pequeño adolescente escuálido que era cuando me conoció. Que me llamara su hijo, por supuesto, no era nada extraño a pesar de que no era mi padre biológico. Tenía su apellido—. Es el genio detrás de todos los números de nuestra sociedad.

    Sonreí, pero no se llegaron a iluminar mis ojos, sentía más bien un poco de vergüenza y modestia, no me gustaba que Duke alardeara.

    —Nuestros hijos son el futuro —continuó mi padre y extendió su vaso de whisky hacia el caballero, que escuchaba en silencio y con educación el soliloquio del patriarca Carter.

    —Tengo entendido que su hija está en la ciudad, señor —comenté casualmente, con fingida educación pretendí que me interesaba por ellos. Sabía que para Duke la familia Middel era importante y, también, que la chica era joya prometedora para la empresa familiar—. Espero que esté disfrutando de esta caótica escena.

    No la recordaba bien, aunque la había conocido un par de años atrás. En aquel entonces yo tenía dieciocho años y ella era apenas una adolescente. Tenía ese temple y elegancia propios de su familia y, conociéndolos, estaba seguro que los conservaba.

    —La he visto llegar junto a ti —indicó Duke—. Deberías ir a saludarla, Preston, no hace mal una cara conocida.

    Asentí, a sabiendas de que esa era la señal de que Duke quería algo de tiempo a solas con Middel para charlar sobre sus negocios más escabrosos.
     
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    Vandor Middel vio pronto a reunirse con uno de sus socios estadounidenses más cercanos y quien, de hecho, conformaba el grueso de las razones que lo habían llevado hasta suelo americano. Eran ya unos cuantos años de próspera relación financiera y ahora, con uno de sus acuerdos más relevantes a punto de ser concretado, se valdría de todas las herramientas que su sangre le permitía para no dejar ni un solo detalle librado a la suerte.

    Ahí es donde el diablo trabaja, después de todo.

    Mantuvo la consideración de oír todo lo que Duke quisiera decir, lo hizo con la impenetrable mirada de hielo y la sonrisa casual, respetuosa y cordial que entrenaban prácticamente desde nacimiento; el suyo, el de sus progenitores y abuelos. Había información, métodos y estrategias que los Middel replicaban y transmitían como un mantra, una tradición o incluso una ceremonia irrevocable. Estaba en el cristal con el cual leían el mundo, el mismo que los separaba de éste y les permitía ejecutar, asimilar, proceder. Sin titubear.

    Sin inmutarse.

    Sabía, por supuesto sabía del hijo de Duke. Su trabajo de inteligencia le había facilitado mucha más información de la que incluso los Carter posiblemente fueran conscientes y le daba igual, seguro a la inversa había ocurrido lo mismo. Reparó en Preston, lo analizó sin intensidad aparente y asintió; su inglés era robusto y ligeramente gutural.

    —Un gusto conocerte, Preston, y te felicito por tu trabajo. Estoy seguro que tu padre está más que contento de tenerte.

    Su copa chocó con el vaso esmerilado de Duke y una risa sutil vibró en su garganta. Tenía razón, los hijos eran el futuro y por eso estaba allí, por eso había acordado el intercambio de estudios de Bleke y por eso le había sugerido asistir juntos a la fiesta. Los hijos eran el futuro, especialmente aquellos entrenados para ello. Estaba seguro que los Carter lo comprendían.

    Vandor Middel se limitó a asentir en cuanto su hija apareció en la conversación, y ante la idea de Duke no emitió queja alguna. Repasó el espacio con la vista, en particular las periferias, y alzó la copa en su dirección apenas distinguió la silueta blanquecina de Bleke. Estaba de pie frente a una pintura.

    —Allí está, de vestido blanco, donde la obra de... —Esbozó una sonrisa ligeramente diferente, una que arrastraba cierto entendimiento, y con la vista aún sobre la distante escena agregó—: Será de Dorian Gray.


    La pintura en cuestión cuz five
     
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    Domenica

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    Vandor Middel era tal como lo recordaba: elegante, frío, distante pero diplomático. En cierta medida, apreciaba ese carácter de los socios europeos de mi padre; nosotros los americanos tendíamos a tener otro trato que a menudo me resultaba incómodo. Odiaba pretender ser amigo de personas cuyo dinero estaba en mis manos; sabía que tan pronto cometiera un error, no dudarían en clavar un disparo en mi sien.

    Seguí con la mirada el punto que señalaba Middel y reparé por primera vez en su hija, que distaba muchísimo de la jovencita que recordaba. Era muy hermosa y su elegancia resaltaba de una manera que no resultaba abrumadora, era como si su belleza fuese tan sublime, etérea y sutil que casi pasaba desapercibida. Sólo cuando la mirabas realmente encontrabas la magia. Era una mujer hecha y derecha, tenía las facciones semejantes a las de su padre pero indudablemente mucho más refinadas. Asentí con suavidad y me despedí con una sonrisa de nuestro socio, di a Duke una palmada en el hombro e intercambiamos una mirada de complicidad. Él sabía que yo iba a estar al pendiente de cada uno de sus movimientos.

    Me alejé en dirección a la fémina, llevaba en una mano la copa y con la otra me arreglé el cuello de la camisa de mi esmoquin, que empezaba a asfixiarme. Cuando llegué a su lado, permanecí en silencio durante unos instantes, observando con cautela la obra de arte. Por unos momentos me abrumó, era difícil no sentirse identificado cuando yo me sentía como el retrato: despersonalizado, sin rostro, difuminado... era sencillo para mí desdoblarme en ocasiones y encontrarme en disonancia con mi persona y mis actos.

    —¿Va a presentar una oferta por esta pieza en la subasta, señorita Middel? —inquirí, curioso, después de aquel breve análisis me parecía que valía la pena hacerlo. Ella tenía más tiempo que yo contemplando, así que no sabía si estaba embelesada con ella o si, simplemente, la detestaba—. Soy Preston Carter, nos conocimos una vez.

    Extendí mi mano hacia ella.
     
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    Gigi Blanche

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    Me había resultado bastante curioso que la Fundación hubiera optado por exponer las obras de la subasta como mera decoración. Suponía que el sentido radicaba en esta idea casi absurda de mantener el catálogo secreto en busca de destacarse del resto de galas, de dar la nota y salirse del esquema. Las personas eran ambiciosas, eran egoístas y, lo asumieran o no, vivían en una persecución constante hacia los espejos que mejor les favorecieran, las bocas que más los halagaran. Era una cuestión de vanidad, y el presidente de la Fundación habría visto bien arriesgar la integridad de las obras con tal de ofrecer una experiencia diferente. Una apuesta demasiado grande, en definitiva.

    Lo consideraba absurdo.

    Al menos, podía valerme de su afán excéntrico y matar el tiempo analizando las pinturas. Era una actividad que había aprendido a cultivar con los años, puede que gracias a la influencia pasada de mi prima. Me resultaba inevitable detallar las pinceladas, la textura de la pintura, las paletas de colores y no compararlo con los lienzos que ella había concebido; aquellas maravillosas obras que había abandonado en el ático de su casa, apiladas, estropeadas y llenas de polvo. Aún así, se habían convertido en todo lo que me quedó de Ophelia.

    A veces la extrañaba.

    Había una pintura en particular que había captado mi atención. Era, cuanto menos, sencilla, y allí donde podría haber demostrado la excelencia de sus habilidades, el artista había decidido pintarrajear un manchón claro. Un hombre sin rostro, que gracias a ello adquiría cientos. Se convertía en un padre, un hermano, un amigo, un enemigo. La novela de Oscar Wilde acudió a mi mente prácticamente al instante.

    Dorian, en su afán por gozar de belleza eterna, se había desdibujado a sí mismo hasta convertirse en eso: una silueta borroneada.

    Un hombre sin rostro.

    Noté la presencia de un hombre a mi lado, sin embargo no hice nada al respecto. Su voz, entonces, se deslizó hacia mis oídos y parpadeé, bajando la vista antes de buscar sus ojos. Me resultó vagamente familiar y no me costó demasiado vincularlo al socio de papá. ¿Por eso se habría acercado a hablarme?

    Bueno, qué más daba.

    —Quizá —cedí, con un sobrio tinte de interés permeando mi sonrisa, y detallé su expresión antes de agregar—: ¿Debería preocuparme?

    El muchacho no dejó morir el tiempo antes de presentarse, estreché su mano sin complicaciones y le concedí una sonrisa similar a las de papá. Cordial, elegante, pero también indiferente. Como si hubiera una pared de hielo entre nosotros y el mundo.

    —Hijo de Duke, asumo —arriesgué, gracias a su información había recordado el nombre del patriarca y regresé el brazo a mi espacio, volviendo el torso hacia la pintura. Los dijes tintinearon—. Te recuerdo, sí. En el The New York Palace. La fiesta de los Gambino.

    Una de las Cinco Familias, ni más ni menos, los reyes del tablero neoyorquino. Pero no hacía falta decirlo para que todos supiéramos que allí, entre el oro y las causas benéficas, sólo había criminales, políticos corruptos y miembros de la mafia. Era difícil espantarse, al fin y al cabo, cuando en las costillas del otro reconocíamos la marca del diablo. La misma que llevábamos nosotros.
     
    Última edición: 26 Abril 2022
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    Domenica

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    Aún cuando le llevaba una cabeza de altura, la profundidad de sus ojos me hacía sentir como si no existiera distancia y me absorbieran. Pero no eran más que la vacía inmensidad, lo más profundo del océano: estaba allí, pero no podía ver absolutamente nada. No porque carecieran de emoción, sino porque no me permitían verla. Había copiado a la perfección la sobria indiferencia de su padre, y su increíble elegancia jamás habría dejado que una persona cualquiera se diera cuenta. Yo no era una persona cualquiera, por supuesto, había crecido rodeado de personas como su padre. Claramente, los Middel alcanzaban un nivel distinto.

    Fijé mi vista nuevamente en la pintura, mi rostro se inclinó ligeramente hacia la izquierda mientras detallaba la calidad de las pinceladas y el elegante acabado del óleo sobre el lienzo. Conocía el artista, Duke había adquirido una pieza de su autoría unos meses atrás en una gala semejante a esta y destinada a lo mismo: a ser una fachada de los negocios cuestionables de personalidades de la alta sociedad.

    —Bueno, el hombre es un gran artista que ha empezado a tomar algo de renombre pero no lo suficiente como para ser parte del mainstream... —murmuré, crucé los brazos sobre mi pecho mientras en mi mente una ráfaga de números y cálculos aparecía velozmente—, si fuese usted no ofrecería más de veinte mil dólares. Va a obtenerla con una oferta así y en unos cinco años, podrá venderla por, tal vez, medio millón.

    Me encogí de hombros, eran tan sólo suposiciones pero a raíz del crecimiento exponencial del artista, estaba seguro que en muy poco tiempo sería una obra que valdría cien veces lo que cualquiera pagaría hoy por ella.

    —Si usted la quiere no presentaré ninguna oferta —cedí, aunque aún no sabía a ciencia cierta si ella la quería, lo cierto es que a mí me había empezado a atraer cada vez más la atención a medida que contemplaba la pintura y visualizaba su valor—. Aunque la verdad planeo obtener aquella.

    Señalé una que estaba tan sólo a unos metros de distancia, la pintura de un rostro masculino cuyos ojos parecían observarte. Sus colores, las texturas y la expresión plasmada tan sublimemente en sus ojos habían llamado mi atención desde el primer momento que lo había visto. Es como si, de alguna manera, el hombre del cuadro supiera algo de mí.

    Volví a clavar mis ojos en la joven Middel y detallé, entonces, sus gestos y maneras. Anteriormente había tratado con muchas hijas de socios de Duke, aunque sólo ella parecía realmente involucrada con el negocio de su padre; para las otras lo único importante era en qué gastar aquel dinero sucio. Aunque sus joyas eran deslumbrantes, seguían siendo delicadas y para nada ostentosas. Esa sutileza de los Middel que no paraba de sorprenderme... ¿sería también eso lo que cautivaba tanto a Duke? Él también sabía que había un enorme diamante en el interior de un iceberg y estaba dispuesto a llegar a él. Quizá de eso se trataba su afán en ampliar sus relaciones con ellos, ya era hora de dejar atrás ciertos gatos y empezar el mano a mano con los verdaderos leones.

    Y ella... ¿sería un pequeño gato cubierto de diamantes o un león?
     
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    Quizá debería haberme generado alguna clase de empatía pensar que yo estaba aquí, ajena a prácticamente todo, mientras el muchacho a mi lado intentaba encontrar, o más bien reparaba en el hecho de no haber nada en mis ojos. Que había imitado a la perfección a papá, que comprendía la sutil fascinación de Duke para con nosotros. Eran detalles que se me escapaban puesto que no me interesaban. Casi nada en ese gran salón lo hacía, siendo honestos. Así como con cada gala, cada fiesta y cada banquete, cuidaba mi aspecto, saludaba a quienes debía y fungía de espejo para ellos.

    Y encontraba alguna clase de consuelo en los resabios de música, la pintura seca, la inmensa altura de los techos.

    No había esperado un análisis minucioso de la obra por su parte, sin embargo a ello se embarcó y le presté atención, aún sin mirarlo. Apenas lo observé un instante de soslayo al mencionar una cifra concreta y asentí ligeramente, deslizando el pulgar por el cristal de mi copa. Seguía frío.

    —Suenas como todo un mecenas —destaqué, algo divertida, e incliné la cabeza un poco para mirarlo—. ¿Supongo que conoces al artista?

    Lo cual abría la duda de si genuinamente confiaba en el valor de su obra o si sólo buscaba inflar lo más posible su precio. No que en este terreno se pudiera confiar en nadie con los ojos cerrados, si acaso la propia familia y con recaudos. Tampoco pretendía ofenderlo o juzgar su razonamiento, sólo... me divertía un poco con él, quizá.

    Ni siquiera creía ir a participar de la subasta.

    Me indicó su obra predilecta, entonces, me incliné para identificarla y, asumiendo que vendría conmigo, decidí acercarme. Las pinturas debían admirarse tanto de cerca como de lejos, era una ley tácita que había decretado en algún momento indefinido de mi vida. Busqué sus ojos un instante, como si pretendiera compararlos con los del cuadro, y me absorbí en éste último un par de segundos.

    Ambas pinturas eran radicalmente sencillas y, al mismo tiempo, diametralmente opuestas. Supuse que, si el primer hombre era Dorian Gray, este sería su diablo personal; a la inversa también funcionaba. Sus valores se volvían intercambiables.

    —Opuestas —traje a flote de mis propios pensamientos, y una sonrisa curvó mis labios—, y a su vez complementarias. Tienes buen ojo, Preston. ¿Ya hiciste los cálculos para esta?

    Era una pregunta que podía pecar de indiscreta, pero con el paso de los años me había permitido pequeñas válvulas de escape. Para no ahogarme, suponía, o para reflejar nuevas cualidades de mi sangre. El caso fue que mantuve mi atención en él, a la espera de su respuesta.
     
    Última edición: 26 Abril 2022
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    Domenica

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    Bebí un sorbo de mi copa de champagne, sin perder de vista cada gesto que realizaba la señorita Middel. Las personas como ella difícilmente delataban sus sentimientos, así que tendría que leer entre líneas cada movimiento de su rostro y su cuerpo, por ínfimo que fuera, en la búsqueda por encontrar algún vestigio de sus pensamientos. Estar con ella y con cualquier miembro de su familia era, a mi juicio, como una partida de póker. A esas alturas, sin embargo, por muy profundo que fuese mi escrutinio, no había obtenido nada aún.

    —Nueva York es una ciudad grande, pero nos conocemos entre todos —admití, había ido a un par de galerías de arte anteriormente, sobretodo de artistas emergentes e independientes, y sabía que el hombre que había pintado el cuadro que atrajo la atención de Middel estaba empezando a adquirir notoriedad.

    La miré de vuelta y me encontré con su gesto ligeramente divertido. ¿Le había causado gracia mi análisis? No pude evitar que un ligero calor llegara a mi rostro, no porque me diera vergüenza su diversión a costa mía, sino que no quería parecer un ratón matemático. No era especialmente tímido, pero tampoco me caracterizaba por ser carismático o espontáneo.

    La seguí tan pronto ella decidió acercarse a la obra que yo había escogido para la subasta anónima, y así como ella me concentré en contemplar con absoluta concentración una vez más. El hombre en el retrato me recordaba ligeramente a Duke años atrás, retándome cuando era tan sólo un crío; las arrugas en su rostro estaban tan delicadamente pinceladas que podías casi palpar la textura de su piel envejecida. El sombrero se adivinaba negro a pesar de los tonos azules en los que se había realizado la obra, y ocasionaba una pequeña sombra sobre los ojos enigmáticos del hombre.

    —Por supuesto —admití, tan pronto ella me preguntó sobre los cálculos del precio de la obra—. Es un artista que no es conocido en la escena de Manhattan, lo conocí por primera vez en una pequeña galería en Brooklyn y su obra más costosa fue vendida por tan sólo quinientos dólares.

    Metí una de mis manos en el bolsillo de mi pantalón y recargué mi peso sobre mi pierna derecha, inevitablemente relajado al notar que ella parecía menos incómoda que unos minutos atrás.

    —Las personas de esta fiesta jamás irían a Brooklyn, así que dudo mucho que conozcan la calidad del artista —resumí, encogiéndome de hombros—. Oferté por él cinco mil dólares... estoy casi seguro que seré la única oferta de la subasta. El resto están ocupados pujando por obras de más renombre, les importa más la fama del artista que el valor de la obra.

    Traté de que no se notara mi desdén, pero no sé si pude evitarlo. La frivolidad de la mayoría de los millonarios, especialmente aquellos nuevos ricos, me revolvía el estómago de vez en cuando.
     
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    Su comentario respecto a la familiaridad de Nueva York me resultó, cuanto menos, curioso; lo suficiente para voltear y dedicarle mi atención. Era sorprendente oír a alguien decir que en aquella ciudad infernal se conocían entre todos cuando había crecido en Haarlem, alejada de Ámsterdam y de su carácter metropolitano. No era algo que fácilmente fuera a salir de mi boca, pero Nueva York aún conseguía abrumarme en ciertas ocasiones. ¿Cómo habría sido nacer y criarme en una ciudad tan vertiginosa? ¿Me habría cambiado de alguna forma?

    Nieuw Haarlem —murmuré, en neerlandés, y le sonreí antes de regresar al inglés—. 'Nueva Haarlem' fue el primer nombre que recibió esta ciudad, o más bien Manhattan, siendo exactos, cuando aún era una colonia neerlandesa. Duró apenas seis años. Luego, los británicos llegaron y la rebautizaron. Hay aún un barrio llamado Harlem, estoy segura que lo conoces.

    Y, de hecho, ahí me hospedaba. Era como si, de alguna forma casi esotérica, mi existencia en Nueva York ya hubiera estado preparada de antemano. ¿No nos ocurría siempre a nosotros, los Middel? ¿Las raíces de la maldición no se enredaban en la estructura de la rueda? Cíclica, silenciosa, irrefrenable. Parecía ya estarlo todo escrito.

    Sólo debíamos desempeñar un papel.

    Mi expresión, sin embargo, logró avergonzarlo un poco, o al menos eso creí notar. Arrojó una nueva luz sobre el hijo predilecto de los Carter, puede que lo hubiera encasillado dentro de un molde sin pretenderlo y aquello, su reacción, no correspondiera a mis esquemas. Era una contradicción que me forzó a arrastrar el asunto a mi consciencia, así fuera por unos breves segundos.

    Con todo, me dio por pensar que era un poco adorable que se sonrojara así.

    La pintura desvió nuestra concentración y el foco de la charla. El hombre no me recordaba a ninguna persona en concreto; difícil, en verdad, cuando en casa, en mi familia y en mi vida había habido siempre tanto blanco. Tanto hielo, tanta luz, tanta... pulcritud. Era transparente, e incluso su transparencia no permitía vislumbrar nada. Como si nada allí hubiera. Quizá fuera cierto, quién sabe.

    Que estábamos hechos del mismo papel que fabricábamos.

    Era de mi interés haber dado con alguien capaz de orientarme e instruirme entre el mar de artistas que había en exposición para la gala. Lo dicho, no había planeado ofertar, pero con una llave de información a la mano quizá cambiara de opinión. Le brindé mi entera atención mientras hablaba, incluso alcé las cejas al saber que su obra más costosa había valido quinientos dólares, y no me pasó en absoluto desapercibido su desdén. Oculté una sonrisa tras un sorbo de champagne.

    —¿Y tú frecuentas Brooklyn? —indagué, por curiosidad más que otra cosa, y exhalé con calma antes de agregar—: Yo tampoco he ido aún.

    Repasé las obras exhibidas con la vista, en busca de otra que captara mi interés, y creí encontrarla en el extremo opuesto del salón. Me incliné ligeramente hacia él, lo suficiente para captar su atención, y lo miré de soslayo antes de señalarle la pintura con la mano que sostenía la copa. Fue un movimiento suave y fluido.

    —¿Puede decirme algo de aquella —susurré, y un atisbo de diversión se coló en mi tono después—, señor mecenas?


    La nueva pintura en cuestión uwu
     
    Última edición: 27 Abril 2022
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    Domenica

    Domenica bloody countess

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    Nunca antes había escuchado a ningún Middel hablar en su idioma natal, aunque fuese tan sólo una palabra. Su acento era evidente, no se dificultaba notar que provenían de otro país, pero tenían un inglés absolutamente impecable al punto que olvidabas por completo que eran extranjeros. La escuché hablar de Harlem y la historia de la ciudad, repentinamente sorprendido por la acotación. ¿Cuántas horas de su día dedicaría a estudiar y formarse? No imaginaba a su padre como un hombre fácil, sería duro y exigente con ella que heredaría su imperio.

    —Conozo Harlem —acepté, asintiendo con suavidad—, hay un club de jazz muy interesante al que me gusta ir.

    Tal ver era únicamente mi percepción, pero la señorita Middel parecía haberse relajado un poco a mi lado o quizá sólo pretendía hacerlo, a final de cuentas estaba formada también en diplomacia y política, no le sería complicado fingir. Pero la conversación fluía entre nosotros, su gesto se había suavizado sutilmente y cada tanto sus delicados labios formaban una sonrisa. Para entonces, me había abstraído tanto en ella que el resto de las personas del salón eran tan sólo ruido de fondo. En el tiempo que habíamos permanecido juntos, mis ojos sólo habían oscilado entre ella y las obras artes.

    Me estaba distrayendo de mis labores, no había mirado ni una vez a Duke para asegurarme que estuviera bien.

    Escucharla decir que no había visitado Brooklyn no me sorprendió en absoluto, Bleke era una heredera de un imperio multimillonario y se esperaban ciertas cosas de ella. Imaginaba sus días planeados a la perfección, dedicados a cumplir a rajatabla sus funciones. Estudiar, formarse, vestirse de una cierta manera, hablar de una forma en específico. En una medida admiraba su entereza, debía ser complicado vivir con tantas expectativas que llenar. Pero, a decir verdad, sólo notaba todo aquello permaneciendo algo de tiempo a su lado. Si la observabas desde la distancia sólo veías la elegancia y la majestuosidad que emanaba, ¿pero a qué costo?

    —Cuando estamos en Manhattan creemos que tenemos todo acá, pero Brooklyn tiene una escena nocturna y artística muy interesante —comenté, respondiendo a su consulta—. Puedo recomendarle un par de sitios, si desea ir. Puedo llevarla, si prefiere, le aseguro que tiene tanto qué ofrecer como Manhattan.

    Le sonreí, me sentía completamente distinto a cuando le hablé por primera vez. Esa muralla de hielo seguía entre nosotros, la rodeaba por completo y era casi impenetrable. Pero la manera en que había cierto deje de entretenimiento mientras hablábamos, me reveló que posiblemente existiera alguna puerta en esa muralla. No era que pretendiera particularmente cruzar esa puerta, pero de alguna manera me motivó la posibilidad.

    Aquella mujer estaba resultando mucho más interesante de lo que había imaginado, y Duke no me había mentido al decir que los Middel eran especiales.

    Dirigí mi atención hacia la obra que ahora mencionaba y, decidido a darle una mejor vista, me aventuré a cruzar el salón pero antes, como el protocolo dictaba, le ofrecí mi brazo caballerosamente. Yo no era ni remotamente un noble, pero a los ojos de la sociedad ella sí lo era... se esperaban ciertos gestos y actitudes cuando te rodeabas de una persona así. Para la alta sociedad de los criminales de cuello blanco, los Middel eran lo más parecido a unos monarcas extranjeros, por lo que se les debía absoluto respeto; y aunque mi padre era un noble también, yo era tan sólo un caballero.

    —Me temo que si le gusta esta obra, tendrá que hacer una inversión un poco más grande —murmuré , agachando mi rostro hacia ella, cerca de su mejilla, para que nadie de los que estaban a nuestro alrededor pudiese escuchar. A final de cuentas, ese tipo de asesoramiento debía dárselo exclusivamente a mi padre—. Una pieza de este artista fue subastada en Sotheby's por casi un millón de dólares, se ha cotizado mucho en las últimas semanas.
     
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    Gigi Blanche

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    Gracia debería darme plantearme la posibilidad de que, a ojos de los demás, mi padre se tratara de un hombre exigente, rígido y hosco. No era la viva imagen de la afabilidad, eso quedaba claro, pero a su vez tampoco se había parado frente a mí como esos hombres que, sin importar lo que hicieras, jamás te dejarían la impresión de que fue suficiente. Papá era igual a mí, nos reflejábamos y sabía, incluso si rara vez hubiera empleado las palabras, que estaba orgulloso de mí. Lo había sabido, de hecho, la vida entera. De ahí, quizá, que hubiera crecido con relativa comodidad en el seno de los Middel. Si estudiaba era por mi cuenta, si me formaba y me instruía eran decisiones propias, o al menos así me gustaba verlo. Si había una coerción implicada, si realmente sólo era una niña oprimida bajo un padre exigente, sería entonces un mecanismo tan sutil, callado e invisible que difícilmente alguien lograría detectar.

    Como un virus.

    Que conociera Harlem no sorprendería a nadie, aunque por encima de eso, también lo frecuentaba. Un club de jazz, decía. Alcé ligeramente las cejas y tracé un paneo mental del barrio, buscando localizar un posible establecimiento de acuerdo a su descripción. Mi cerebro muchas veces funcionaba como el de una máquina, creía. De la forma que fuera, decidí arriesgar.

    —¿Room 623? Aunque hay varios, la verdad, pero ese lo recuerdo bastante bien.

    Y quién sabe por qué, siendo que jamás había entrado y su fachada no lo distinguía particularmente de los otros. Quizá tuviera que ver con las razones que me impulsaban a entrar en cafés pequeños, de barrio, ocupar una mesa junto a la ventana y beber un café. Oír las conversaciones cruzadas, los mil timbres que una risa lograba adquirir, detallar cómo se vestían, cómo se sentaban, cómo trataban a las meseras.

    Ver la vida pasar, sin más.

    La propuesta de visitar Brooklyn no fue lo que me divirtió, sino la sugerencia de hacerlo junto a él. Oírla me hizo deslizar la mirada en su dirección, repasar su semblante y preguntarme si sólo pretendía ser estúpidamente amable para que Duke pudiera lamerle el culo a papá, o si por alguna razón aún más estúpida le interesaba conocerme de forma personal.

    Vaya, eso había sido grosero de mi parte.

    —Manhattan sólo es la jaula, pasa que resulta ser de oro y bastante cómoda. —Mi voz era suave, prudente y bebí de mi copa antes de sonreírle—. Claro, me interesaría tener unos puntos de referencia por si acaso. Supongo que sabrás orientarme.

    Si es que hiciste bien tu trabajo, claro está.

    ¿Hasta dónde los Carter nos habrían investigado? El límite era la imaginación, ciertamente. No que pudieran desenterrar ningún cadáver, la red que protegía a nuestra familia llevaba, sin exagerar, siglos en funcionamiento; y contrario al progreso ordinario, más que estropearse parecía fortalecerse. Cada generación Middel surgía, pujaba y se abría paso con más fuerza que la anterior. Me recordaba a la lógica de ciertas manadas silvestres, donde para adquirir el derecho de gobierno debías aplastar al líder anterior. ¿Hasta cuándo serviría la misma estrategia, sin embargo? Me negaba a creer que fuera un recurso infinito.

    Lo pensaba, de hecho. La dialéctica.

    Que llevábamos siglos fabricando el germen de nuestra propia destrucción.

    Con una tercera obra en la mira, Preston consideró apropiado acercarse y yo acepté su brazo sin problema, como el protocolo y la costumbre dictaban. Avanzamos a un ritmo prácticamente idéntico, noté que nos acompasamos sin problema y, en el camino, aproveché para repasar el salón con una mirada discreta. Identifiqué a papá, conversaba aún con Duke y así no hubiera reparado en mí, de alguna forma supe que estaba al tanto de mi paradero a todo momento. Era inevitable, como si lo lleváramos escrito en el programa: nos cuidábamos mutuamente las espaldas.

    Si no nosotros, ¿quién lo haría?

    Nos detuvimos frente al cuadro, me permití admirarlo con mayor detalle y recibí la voz de Preston cerca de mi oído. ¿Sotheby's? Mi expresión no cambió, sin embargo presté suma atención a cada una de sus palabras y se me ocurrió pensar que había dos posibilidades, al menos a grandes rasgos: o aquella estrategia artística era una artimaña de los Carter para endulzarnos el oído, o ese muchacho le estaba dando mucha información a la persona incorrecta. Bajé la mirada un instante, luego la subí hasta alcanzar sus ojos y en el proceso me permití analizarlo con mayor detalle, aunque sin exponer burdamente mis intenciones.

    Había dicho que era un mero aficionado, ¿cierto?

    —Es bastante curioso, ¿verdad? Que estén aquí nucleados tantos artistas de tu interés. Debes sentirte ciertamente afortunado. —Esbocé una sonrisa ligeramente soberbia y alcé mi copa entre nosotros, en el afán de compartir un brindis—. Cuentas con un caudal de información por el cual muchos pagarían el valor de una obra, ¿no lo has pensado?


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    Domenica

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    Bleke Middel era un absoluto enigma, muy alejada de la transparencia y la superficialidad de sus pares americanas. Sus maneras, sus modales, cada palabra que decía parecía estar completamente analizada, ningún gesto me dejaba siquiera espacio para suponer algo más que exactamente lo que ella mostraba y mentiría si dijera que eso no me causaba cierta... vulnerabilidad. Ella podía ver a través de mí, como si yo fuese un cuadro detrás de un cristal blindado; pero ella era la bóveda de un banco y empezaba a creer que nunca descubriría por completo su contenido.

    Noté un par de miradas sobre nosotros, incluso atisbé a hacer contacto visual de soslayo con Duke. No había planeado que yo congeniara de aquella manera con la heredera Middel, pero tampoco le molestaba, podía notarlo. Yo tampoco había buscado ese encuentro, aunque ciertamente empezaba a disfrutarlo. Era sagaz, astuta y sumamente interesante, y honestamente prefería su compañía a tener que lidiar con los lobos viejos de aquel evento haciendo chistes misóginos y alardeando de sus fortunas.

    Me sorprendió que conociera aquel club en Harlem, era bastante popular pero no era precisamente el tipo de sitios que frecuentaría una persona como Bleke. No pude evitar sonreír.

    —Es un club muy divertido, no pensé que lo conocería —admití y la contemplé por unos instantes—. Pero en lo que a música en vivo se refiere, Minton's Playhouse es mucho más atractivo. Eso sí, la comida deja bastante qué desear.

    No era ningún guía turístico, pero me codeaba mejor con otro tipo de personas, al fin y al cabo yo era un peón en ese juego de ajedrez, mi trabajo no era rodearme de reyes y reinas —aunque Duke insistiera en lo contrario—. Bebí otro trago de champagne, la temperatura de la bebida era agradable y yo me sentía cómodo por primera vez en mucho tiempo en un evento de aquellos; quizá se tratara de mi esfuerzo en descubrir qué había debajo de la firme coraza de hielo de la mujer que me acompañaba, no en vano me gustaban los acertijos y problemas matemáticos. Aún así me pareció oportuno disfrazar de caballerosidad y cortesía mi genuino interés, no era mi intención que ella creyera que estaba haciendo el trabajo sucio de mi padre.

    Su comentario sobre Manhattan me divirtió, aunque no pensaba que fuese una jaula de oro. Más bien de mugre, pero tal vez la señorita Middel estaba frecuentando las avenidas más correctas; no la culpaba, alguien como ella no tenía nada qué hacer en otras zonas que no fuesen el Upper East Side, yo en cambio merodeaba cada tanto en los sectores más populares, asegurándome de que el negocio de la droga funcionara debidamente. Por supuesto, un comentario como aquel no debía decirlo enfrente de ella, por lo que tan sólo asentí, volviendo la mirada al cuadro que analizábamos.

    Incliné ligeramente mi cabeza, apreciando cuidadosamente las sombras que el pintor había trazado y el especial cuidado en los detalles de la espalda femenina, mentiría si dijera que no me parecía una obra magnífica. Me preguntaba si aquella mujer sería su musa o tal vez una amante recurrente... o quizá sólo una aventura casual que él habría decidido perpetuar sublimándola en forma de arte.

    La agudeza del comentario de Middel me hizo soltar una risa ronca, aquella señorita era de lejos una de las personas más interesantes que había tenido la fortuna de conocer, ¿habría sido siempre así de preclara? Quizá por eso su padre tenía tantas expectativas sobre ella y su legado familiar.

    —Señorita Middel, en este mundo si algo parece demasiada casualidad, tal vez no lo sea —murmuré, solo para ella, y con suavidad correspondí a su brindis, bebiendo luego lo que quedaba del contenido de mi copa, a la vez que me embebía de sus ojos—. Si le pusiera precio a toda la información que poseo, podría comprarme el Louvre.
     
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