0 "Querida Ayün: ¿Cómo te encuentras? ¿es difícil vivir lejos de casa? ¿cómo es el mar, qué se siente tener la brisa durante casi todo el día? sé que vendrás en verano, pero de todas formas se siente como una eternidad. Últimamente he recordado un montón de cosas del pasado, ¿qué has recordado tú? Sé que estás ocupada, pero quiero confiar en que tu respuesta, demore lo que demore, puede que sea larga... Nunca dejaste de hacer eso, ¿cierto? Recordar. Mi vida, por mi parte, sigue igual que siempre. No te voy a mentir... Creo que estoy aterrada... pero confío en encontrar las respuestas que quiero. Te quiero, Ayün. Nunca te rindas, por favor. Te necesito conmigo, por eso te escribo: Me quieres contigo. Con cariño, Christine." Avanzo cabizbaja, con mis pies frotando las hojas caídas con la suela de mis zapatos, pateando de paso las ramitas caídas. No corre viento, pero hace frío. Aun así, la calidez de mis ropas impiden que se perturbe la temperatura más allá de la piel gélida de mis manos, víctimas aún si se refugian en mis bolsillos. La nariz, enrojecida por el frío, también sufrí el gélido ambiente. Pero está bien, sería peor el calor. Con la pesadumbre a punto de derramarse por mis ojos, me percato de una... casita. Una... peculiar casita. Entre las ramas de cuatro eucaliptos. Me quedo anonadada, con la boca pasando aire en automático dejando ver mi dificultad para respirar... Tampoco es que lo pensara mucho, pero empiezo a caminar hacia lo que parece ser la escalerita, muy improvisada, hacia la entrada. Cualquier rastro de melancolía dio paso a una mirada inquisitiva. Tampoco es que sirviera de mucho, porque nadie siente Inquisición por una niña. Ya quisiera yo... Al estar en el borde, en la entrada, me da vértigo. Observar la caída a mi espalda despierta la mirada para meterme de lleno en el centro de... ¿Se podría llamar hogar? Las maravillas que vi en las paredes dicen que sí; Era un hogar.