Colección Kisetsu [Samurai Sensō] [Finalizada]

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por Gigi Blanche, 22 Julio 2020.

Cargando...
  1. Threadmarks: I. El niño del invierno
     
    Gigi Blanche

    Gigi Blanche Equipo administrativo Game Master

    Piscis
    Miembro desde:
    1 Abril 2019
    Mensajes:
    8,799
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Título:
    Kisetsu [Samurai Sensō] [Finalizada]
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    1790
    N/A: primer fic del rol AAAA disfruté un montón esto, además hacía un montón que no escribía y fue super terapéutico. Estoy super soft y super sad, y adoro a este niño. Al final del fic dejaré una sorpresa (??




    .

    .

    .


    冬の子
    Fuyu no Ko

    El niño del invierno

    .

    .

    .

    Un copo de nieve había recorrido aquellos cielos inmensos, desde la espesura de las nubes grises, como humo denso, hasta alcanzar su palma abierta y derretirse ante el más pequeño contacto con su calor. Se desintegró, perdió su forma, y se convirtió en agua. Kohaku cerró el puño y volvió la vista hacia sus dos hermanos pequeños, quienes correteaban de aquí para allá en los pasillos de la casa. Iban armando un gran alboroto con sus espadas de madera y las coronas de ramas secas a la cabeza, persiguiéndose y arrastrando el largo de los kimonos ajenos que habrían robado de quién sabe dónde. Eran de su padre, creía. Se sonrió, meneando la cabeza, y se bajó del borde de la ventana. Algunas paredes que daban al jardín delantero habían sido construidas en barro y las aberturas eran gruesas y amplias. Kohaku disfrutaba sentarse allí mientras el sol brillara, para leer o beber té. A veces lo acompañaba Chiasa.

    —Bueno, bueno —alzó la voz entre sus hermanos, quienes se detuvieron de inmediato al advertir su presencia, y depositó las manos sobre sus cabecitas—. ¿Qué piensan que dirá padre si los encuentra perturbando la casa?

    Los niños, con apenas un año de diferencia, se miraron entre sí y el mayor tomó la palabra.

    —No nos delatarás, ¿verdad? —balbuceó Itsuki, nervioso, viendo a su hermano con aquellos ojos de conejo que le resultaban tan adorables.

    Kohaku sonrió, enternecido, y se acuclilló para estar a su altura. Alternó la mirada entre ambos; sus ojos eran opacos, de un gris terroso que a la luz de las velas le recordaba el filo de una katana sucia. Era un color triste para un niño, siempre lo había pensado, pero también le resultaba muy hermoso. Como si la inocencia que poseían tuviera el poder de purificar hasta la espada más corrupta.

    —Claro que no —negó, revolviéndoles el cabello—. ¿Alguna vez lo hice? Pero vamos, al menos dejen esos kimonos donde los encontraron. Y dóblenlos apropiadamente, recuerden, con este pliegue hacia adentro y luego a la derecha. De esta forma, nadie notará que faltaron y todos estaremos a salvo.

    Hinata, el menor, hacía apenas un año había comenzado a articular oraciones coherentes. Su sonrisa fue increíblemente brillante y salió correteando a trompicones, espada al aire.

    —¡Gracias, hermano mayor!

    Itsuki le siguió de cerca, y en menos de un suspiro habían desaparecido por el pasillo. El silencio de la nieve volvió a cubrir la estancia, como un manto suave y tímido, del cual poco se conoce y, si te descuidas, olvidas su presencia. Kohaku se irguió y su mirada volvió al exterior a través de la ventana, casi por reflejo. Era un día apacible. Sus padres estaban fuera, preparando la peregrinación de Año Nuevo en el templo. Recorrió la distancia que lo separaba de la puerta y la deslizó con suavidad. Permaneció de pie, bajo el techo de la galería, observando los estanques, las flores de loto y los amplios paredones que lo separaban del resto de la villa. Esa tarde no había personal ni sirvientes. Esa tarde había podido dejar la máscara dentro del fino altar donde pertenecía.

    Sus ojos se sentían desnudos.

    —Hace buen clima, ¿verdad? A pesar del frío. La nieve seguro parará dentro de poco.

    Chiasa había aparecido junto a él. Iba ataviada con su furisode ritual, ese que utilizaba cada vez para danzar en Año Nuevo. Poseía un intrincado patrón floral en tonos rojizos, junto al obi dorado y los accesorios a juego. Kohaku le sonrió y detalló el mechón blanco que enmarcaba su rostro, ese que contrastaba sobre el azul oceánico de su cabello y la acompañaba desde su nacimiento. Usualmente lo pintaba para ceremonias y eventos importantes, pues sus padres lo consideraban un signo de fealdad.

    —¿Lo dejarás así este año? —inquirió, preocupado.

    Chiasa detalló su expresión unos segundos y sonrió, cargada de confianza.

    —¡Claro que sí! ¿No estás cansado de usar esa máscara? Yo estoy cansada de utilizar esos pigmentos que los ancianos consiguen vaya a saber uno dónde. Son espesos, difíciles de manipular, y luego me dejan el cabello reseco. Siento que en el fondo sólo intentan quemarme el pelo para que se caiga de raíz, pero su voluntad para sobrevivir es increíble.

    Había reído, mientras sostenía el cabello de nieve entre dos dedos y lo dejaba caer poco a poco. La preocupación aún no desaparecía del rostro de Kohaku y Chiasa le masajeó el ceño, con dulzura.

    —Relájate, hermano. Lo hablé con madre y accedió. Cualquier cosa le echamos la culpa a ella, ¿qué te parece?

    Sus bromas eran moneda corriente, y la voz que las formulaba tenía el poder de mecerse por el aire junto al vaivén de los copos de nieve, alcanzarlo y bañarlo de frescura. Kohaku acabó por ceder y descansó el hombro contra una columna de madera, de brazos cruzados.

    —¿Harás el dibujo este año?

    —¡Pues claro! —Se la oía casi ofendida—. ¿Tú no?

    —No lo sé, ¿debería?

    —¡Claro que deberías! ¿Qué pensarán Itsuki y Hinata si los dejamos dibujando solos?

    Kohaku se mantuvo en silencio, sopesando las palabras de su hermana. ¿Acaso los enanos pensarían algo si no se les unía? No lo había tenido a consideración.

    —¿Qué pasa, Kohaku? ¿Te crees muy adulto para hacer estas cosas de niños?

    El muchacho la vio por el rabillo del ojo y soltó una risa suave ante su evidente tono provocador. Sólo buscaba molestarlo, pero ya no caería en sus trampas. Llevaba muchos años haciéndolo y, aunque fuera a negarlo, era de hecho prácticamente un adulto. Faltaba poco para la ceremonia de sucesión.

    —Mis dibujos siempre me dieron pena, ¿sabes? —confesó, observando el paisaje nevado—. No he aprendido a reconciliarme con el pincel y la tinta.

    —Siempre puedo darte lecciones, si esa es tu preocupación.

    Kohaku meneó la cabeza y soltó el aire al hablar.

    —No, gracias. Estoy muy bien así.

    Chiasa siempre había poseído un desempeño destacable en las artes. Sus danzas eran impecables, prácticamente mágicas, y también era buena dibujando, escribiendo y tocando el koto. Todo a su corta edad. Poseía un increíble futuro por delante.

    La joven había reído, y junto a su sonido aparecieron los pasos atropellados de los pequeños. Los rebasaron en un suspiro, saltaron las escaleras de la galería y empezaron a jugar y lanzarse bolas de nieve. Los mayores los observaron en silencio durante un rato, y cuando Chiasa habló, su voz le recordó a las cuerdas más gruesas de un jūshichigen.

    —¿No estás cansado? —insistió—. De esa máscara.

    Kohaku reprimió un suspiro. Ese costado testarudo de su hermana era algo que jamás compartiría y, de hecho, le parecía algo grosero. Buscó su mirada para comprobar sus sospechas y sí, allí estaban, los ojos plateados sobre él. No era el gris terroso de los pequeños, era el brillo pálido de la luna en una noche despejada, y Kohaku era el único, el primero en muchas generaciones, que portaba los ojos de Amaterasu. Desconocían su proveniencia y lo habían adjudicado a una bendición de la diosa. El niño puro, decían los ancianos, el más puro sobre la tierra y el mar.

    El digno primogénito.

    El elegido para gobernar.

    Kohaku se removió en su lugar y comenzó a hablar, suave y paciente. Llano, taciturno y fluido, como el río pedregoso que corría junto a la villa.

    —Sabes la historia, ¿verdad? Cómo la máscara fue un regalo de los shichifukujin, los siete dioses de la fortuna, cuando descendieron del cielo en su Takarabune para repartir las bendiciones del año nuevo. Una vez, hace cientos de años, llegaron a las costas de Ishikawa y trajeron consigo esta máscara. Se dice que Ebisu en persona bajó del barco, puso sus pies sobre la tierra infértil, y el césped brotó de inmediato; y que a partir de entonces, en tanto hubiera un primogénito portando esta máscara, las cosechas serían abundantes y las tempestades, clementes. Era su única condición para bendecir la villa. —Hizo una breve pausa y alzó la vista al cielo blanco—. Puede que no comprendas mis razones, pero quiero creer. Quiero creer en esas historias y no pienso arriesgar la buena fortuna de todos los aldeanos por el capricho de un niño que no comprende la relevancia del asunto. Porque no puede hacerlo, es lo normal. Somos sólo niños.

    Las risas histriónicas de Itsuki y Hinata rasgaron la calma de su conversación y Kohaku sonrió, relajando los músculos. Relatar esa historia lo había tensado sin notarlo. Chiasa suspiró a su lado y apoyó la cabeza en el hombro de su hermano mayor.

    —Eres demasiado adulto para ser un niño.

    —¿Qué es eso? —Una risa suave brotó de su garganta y observó los proyectiles de nieve yendo y viniendo con un vigor increíble—. Es lo que me corresponde. Y no te preocupes, Chiasa. Estoy bien con ello.

    La chica dejó el asunto estar y estiró los brazos hacia adelante, preparando sus pulmones para recoger aire y exclamar:

    —¡Itsuki! ¡Hinata! ¡Ya vamos adentro, mira si se enferman el día de la peregrinación! —Los niños parecían no querer obedecer y agregó, astuta—: ¡Si no vuelven no haremos los dibujos de los shichifukujin!

    Fue la clave mágica. Los niños dejaron caer la nieve que llevaban entre manos y se apresuraron dentro de la casa, dejándose caer en el primer futón que encontraron. Estaban llenos de nieve y exhaustos, y los mayores los dejaron estar.

    —Bueno, tengo que prepararme para esta noche. Nos vemos más tarde, Kohaku.

    El muchacho asintió, sonriente, y Chiasa detalló su expresión una última vez antes de marcharse. La nieve, de nueva cuenta, se convirtió en su única compañía, y Kohaku estiró la mano para recibir un pequeño copo del cielo. Aguardó y aguardó, hasta que los músculos se entumecieron y el brazo cedió bajo su propio peso. Soltó un profundo suspiro y salió del resguardo de la galería, alzando el rostro al cielo. No nevaba.

    Un niño. Ya no podría volver a serlo, ¿verdad?



    No conseguí makers para hacer a los niños, pero sí hice a Chiasa y honestamente la amo (?

    Chiasa.png

    Y los niños junticos porque im soft
    download20200703143426.png
     
    • Ganador Ganador x 4
  2.  
    Kaisa Morinachi

    Kaisa Morinachi Crazy goat

    Tauro
    Miembro desde:
    20 Julio 2015
    Mensajes:
    6,294
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    AHHHHHH ;WWWWWWW;

    Todo demasiado lindo, en verdad. Una pena pensar en como terminó.

    La narración y la música 10/10, nada que agregar, yo feliz de leer el backstory de este sujeto. Chiasa, Chisa... Dios, que triste XD

    Cuando hablaron en el Dojo, Mao y Kohaku, escribí un dialogo que después descarté, porque se me alargaba como chorrocientas palabras. Pero, basicamente, la enana se ponía a hablar sobre el nombre de Kohaku, tipo:

    "Kohaku... ¿Ámbar?, ¿por tus ojos, tal vez? Bueno, es un lindo nombre de todas formas. Debían quererte bastante"

    Y después se ponía a divagar sola, vinculando el nombre que le dio a la ardilla con el de Kohaku, tipo: Si Chisa es "Mil amaneceres", entonces él sería como el sol de esos amaneceres. Todo hablando metafóricamente, solo a base de sus nombres. Peeero bueno, al final no se dio XD Pero arde o temprano puede que Mao se lo suelte.

    ¿Tiene algo que ver con el escrito? No sé, pero lo veía como la oportunidad de decirlo (?)
     
    • Adorable Adorable x 3
  3. Threadmarks: II. La niña de la primavera
     
    Gigi Blanche

    Gigi Blanche Equipo administrativo Game Master

    Piscis
    Miembro desde:
    1 Abril 2019
    Mensajes:
    8,799
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Título:
    Kisetsu [Samurai Sensō] [Finalizada]
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    3845
    N/A: iba a publicar esto en un one-shot aparte, pero al final serían cuatro one-shots por separado y dije pa qué. So, here i am. Llevo unos cuantos días de research intensa y escritura gracias a Fer por darme bola even tho shes extremely busy unu hasta que acabé el fic, y estoy muy satisfecha con el resultado de todo. Kohaku y sus hermanos son cuatro, y cada uno hace alusión a una estación del año, así que dije: bruh, por qué no escribo un fic de cada uno? A saber cuándo acabe este mini proyecto, pero me hace ilu so thats that.

    Al mismo tiempo, planeo/pretendo usar esta colección para mostrar y profundizar respecto a la vida de Kohaku en la Villa, cada capítulo enfocado en una costumbre y/o leyenda distinta.

    Al final del fic voy a dejar un glosario con la definición de las palabras japonesas que usé, para los curiosos más que nada. Intenté que dentro del ficazo la lectura no se perdiera por usar palabras en otro idioma, así que espero haberlo logrado JAJAJA





    .

    .

    .


    春の少女
    Haru no shōjo

    La niña de la primavera

    .

    .

    .

    Los cascabeles de los suzu tintinearon al unísono y pensé que sonaban similar a una cascada o a la lluvia de verano. Había cinco niñas dentro de la pérgola, danzando frente a la Villa. Giraron sobre sí mismas lentamente, con tal suavidad que parecían estar flotando bajo la frondosa tela del hakama azul marino, y sus cortinas de cabello azabache relucieron bajo las luces tenues. Detrás de ellas, la música resonaba y hacía eco en nuestros cuerpos, el crepitar del fuego, el cielo amoratado. Chiasa, al centro del grupo, llevaba un tocado de flores y ornamentos dorados muy similar a una corona, que lucía pesado pero le sentaba de maravilla. En la mano restante, un frondoso inau con decenas de tiras de madera tallada. Las otras cuatro niñas portaban abanicos oogi y realizaban movimientos más amplios, fluidos y parsimoniosos a su alrededor. Acompañaban e incentivaban a Chiasa, pues Chiasa agitaba el suzu, el inau también, y con ello buscaba llamar la atención de los dioses. “Mírenme”, les decía, “los estoy llamando”.

    ¿Pueden oírme?

    La danza siguió fluyendo con la serenidad y elegancia del mai, mientras todas las personas a mi alrededor prácticamente contenían el aliento. El Taiyō Matsuri era uno de los festivales más importantes de la Villa. Simbolizaba el advenimiento del abrigo cálido del verano, despedirse de las estaciones cruentas y pedir, otra vez, que el clima fuera amable y las cosechas de arroz, abundantes. Dedicábamos dos días enteros a rezar, meditar y hacer ofrendas en el templo, y culminaba con la danza miko kagura. El Kojiki hablaba de aquella vez, hace mucho tiempo, cuando Amaterasu, la Diosa del sol, se confinó en una cueva y, con ello, le arrebató la luz al mundo. Fue Ame-no-Uzume, del amanecer y el jolgorio, quien comenzó a danzar fuera de la cueva; justo como las cinco niñas frente a mí. Su entusiasmo llamó la atención de los demás dioses y pronto consiguieron captar la curiosidad de Amaterasu. Bastó una pequeña brecha en la piedra, una ligera hendidura por la cual observarlos, para que la luz se desbordara y regresara a la tierra. Chiasa alzó los cascabeles hacia el cielo, los abanicos envolviéndola, la música resonó.

    Y así se disiparon las tinieblas.

    El público permaneció en profundo y respetuoso silencio. Las miko conservaron la posición hasta que la última nota se evaporó en el aire y Chiasa, al bajar los brazos, deslizó su mirada hacia mí. Los Ishikawa estábamos frente a la pérgola, en el corazón de la multitud; padre, madre y los niños me rodeaban. Ella observó la máscara de arcilla, y yo detallé el mechón de cabello que se derramó sobre su hombro. Negro, no blanco.

    Lentamente abandonaron el escenario y los aldeanos de la Villa comenzaron a diseminarse, iniciando un murmullo de conversación moderado. Los Ancianos se aproximaron a mi padre, madre se retiró junto a los niños tras sonreírme y por un breve instante me sentí un completo extraño. Satsuki, mi sensei, fue el único que se acercó a mí. Llevaba las manos escondidas dentro de las mangas de su kimono y el haori negro, y el cabello castaño, como era lo usual, algo desalineado.

    —Si me preguntan, ¿qué les digo esta vez? —indagó, tranquilo.

    —La primavera se está abriendo paso, hay tantas hierbas que recolectar en el bosque —dije con cierta teatralidad, y el hombre me concedió una sonrisa cómplice—. ¿No lo cree, sensei?

    —Oh, desde luego. No se puede desaprovechar la oportunidad.

    Sonreí, pese a que la máscara lo ocultara, pero Satsuki me conocía ya lo suficiente. Su gesto se suavizó al mirarme y señaló el camino con un movimiento de barbilla, sereno. Yo incliné ligeramente la cabeza y no se precisaron más palabras. El sol acariciaba con suavidad los bordes irregulares del Monte Chōkai y tomé mucho aire antes de empezar a caminar. ¿Hacia dónde?

    Bueno, Chiasa y yo teníamos nuestra propia tradición.

    Recorrí la Villa con calma, las casas de madera expuesta, algunas, y otras recubiertas con hojas y paja. Había aldeanos descolgando los bacalaos y los gádidos, otros transportaban agua, algunos charlaban con calma y de muchos techos se perfilaban las columnas de humo hacia el cielo; casi podía oír la madera crepitando. El festival había acabado y con él, la vida regresaba lentamente a la normalidad. La paz de la cual gozábamos en la Villa era algo que jamás había sabido apreciar.

    Todas las personas que repararon en mi presencia detuvieron abruptamente sus actividades para reverenciarme; llevaban catorce años haciéndolo y aún no me habituaba. Caminé, así, hasta alcanzar las inmediaciones de la Villa, y recargué mi peso contra un poste de madera en lo que aguardaba. Chiasa apareció al rato, cuando el monte ya casi engullía el sol. Venía corriendo con la torpeza usual que le causaban las geta, verla desde lejos me dibujó una sonrisa inmensa en el rostro y a la debida distancia alcancé a oírla respirando con dificultad. Quise decirle que se lo tomara con calma, pero pilló mi mano a la carrera y me arrastró sin detenerse ni un instante. La tontería, el sacudón físico me arrancó una risa y simplemente fluí detrás de su energía, frenética y atolondrada como siempre. El campo de girasoles apenas había sido sembrado, atravesamos una enorme extensión de tierra labrada bajo la intensa luz del atardecer y nos hundimos en el bosque Nakajimadai. Su espesor nos rodeó en penumbras hasta que poco a poco acostumbramos la vista.

    Una vez allí, Chiasa desaceleró y nos detuvimos a recuperar el aliento. Se había abrigado con un haori encima de su ropa de miko, el cual llevaba bordado el emblema familiar a la espalda en hilos dorados. Otro símbolo de Amaterasu, la misma que, según los Ancianos, había decorado mis ojos. También se había atado el cabello en una cola baja.

    —Justo a tiempo, ¿eh? —soltó, con la respiración aún algo agitada.

    —Más bien diría que se nos ha hecho un poco tarde. —Alcé la vista, aunque el follaje a duras penas dejaba entrever un trozo de cielo—. No deberíamos quedarnos mucho tiempo.

    —Ah, tonterías.

    Agitó la mano, irguiéndose plenamente, y renovó el aire de un sopetón. Así, entonces, comenzamos a recorrer el bosque con calma. El Nakajimadai se extendía sobre la ladera norte del Monte Chōkai y era donde solía escabullirme cuando buscaba algo de calma, por lo general bajo el pretexto de recolectar hierbas. Lo que había iniciado como una mera excusa acabó captando mi atención de veras, y poco a poco fui convirtiéndolo en una afición real. El lugar estaba compuesto principalmente por hayas y muchísimos riachuelos que serpenteaban entre los arbustos como cintas plateadas. Chiasa y yo ya conocíamos los caminos al dedillo.

    La niña iba cantando una canción mientras saltaba entre las piedras encharcadas; siempre había tenido bonita voz.

    —¿Y qué tal estuvo, Ko? —preguntó poco después, haciendo equilibrio para no acabar pisando en falso.

    Bajé la campanilla para osos, dejando así de agitarla, y la sonrisa me tintó el tono en el cual hablé.

    —Sublime, como siempre —concedí, con plena honestidad.

    Ella, sin embargo, no lució convencida. Frunció el ceño, deteniéndose tras haber alcanzado la otra rivera del río, y la imité; no sabía qué la había frenado pero tampoco me interesaba cuestionarlo. Era, a decir verdad, un hábito que llevaba demasiado arraigado en el cuerpo. Fluía siempre con la corriente y le dejaba a Chiasa todo el trabajo de rebelarse, incluso si en el fondo pensábamos igual. ¿Era cobardía? ¿Egoísmo? No estaba seguro.

    —Dioses, me irrita tanto —masculló, avanzó hacia mí y estiró las manos para alcanzar la parte trasera de mi cabeza—. Sólo estamos nosotros aquí, no pasará nada.

    Había sonado conciliadora, como si pretendiera mitigar por adelantado la tensión que, sabía, iba a sentir. El nudo de la máscara se aflojó y la removió con cuidado, llevándose consigo la piel de lobo albino. El aire crepuscular me silbó contra la piel del rostro y, en efecto, algo bastante agobiante se enredó en mi pecho.

    —Chiasa, no…

    —No pasará nada, Ko —repitió, fue suave y su mirada se estrechó tras detallar mis facciones—. Tú también tienes derecho a gozar de algo de libertad.

    ¿Lo tenía?

    —Además, mírate —agregó, acunando mi mejilla con una mano, y la voz se le permeó de alegría—. Tus ojos brillan como los de un recién nacido. Son preciosos.

    No era información que pudiera corroborar, pero rara vez me encontraba dudando de la palabra de Chiasa. Mis ojos siempre habían causado revuelo entre quienes los vieron, el suficiente para agobiarme, para atar la máscara. Para encerrarme dentro de ese trozo de arcilla.

    La bendición de Amaterasu, decían algunos, extasiados.

    O la chispa de Hoyau, decían otros, recelosos.

    Nunca supe a qué se referían exactamente, nadie me lo explicó y, tras preguntar un par de veces sin recibir respuesta, preferí guardar silencio. La palabra santa era el Kojiki y nuestros templos le rendían culto a Ebisu, Amaterasu, Inari goza. Izanagi e Izanami habían creado el mundo, y de sus descendientes nacían los Emperadores de Japón. Las deidades que nos gobernaban y regían habitaban el Takamagahara. Esa era toda la verdad que conocía, que me habían enseñado. Eran los bordes de mi mundo. Había mucho que no sabía.

    Como, por ejemplo, que ni mi padre ni mis ancestros habían tenido que portar la máscara todas sus vidas.

    No encontré palabras para responderle a Chiasa y, de todos modos, la niña no tardó en alejarse. La vi agacharse junto al río, mojarse los dedos y empezar a cepillarlos en su cabello, sobre un mechón puntual; aquel que caía encima de su rostro y los Ancianos pintaban con carbón triturado antes de cada miko kagura. La niña se seguía resistiendo con todas sus fuerzas la mayoría de las veces. Tampoco sabía que nuestro padre, si andaba cerca, se encargaba de aprehenderla personalmente.

    Las hebras albinas contrastaron con fuerza y la oí suspirar. Sus ojos, del color del plenilunio, lucieron aliviados al volver a verme.

    —¿Ves? Algo de libertad, y sin matar a nadie —argumentó, contenta.

    Chiasa era toda la libertad que conocía, la única que me enseñaba al respecto y se desgarraba el cuerpo con tal de defenderla. Era la persona más valiente, amable y divertida del mundo, incluso teniendo apenas doce años. En ese instante, así como en tantos otros, quise aprender de su sonrisa; esa con la que agitó la máscara en el aire, triunfante, y empezó a corretear de nuevo. Tuve que seguirla, era el único con campana y había muchos osos en el bosque.

    Bordeamos el pantano Shishigahana, cruzamos otro par de riachuelos y acabamos llegando a nuestro destino. Un haya inmenso se abría paso hacia el cielo en un claro del bosque, era el más antiguo de todos y tenía anudada una soga a su tronco con tres serpentinas de papel shide pendiendo de ella. Había, además, algunas torres pequeñas hechas con piedras apiladas a su alrededor. Todo lucía viejo, sin embargo, castigado por las inclemencias del tiempo.

    Abandonado.

    Ine-no-Ki —lo llamó Chiasa, entusiasmada, y ejecutó una profunda reverencia—. Llegamos.

    Era el nombre del árbol, o al menos eso nos habían enseñado en la Villa. Me posicioné junto a la niña y la imité, conservando el silencio mientras rezábamos. Antaño había sido un lugar de reverencia dedicado a Inari goza, las cinco deidades de los zorros, el arroz y la agricultura. Según el Kojiki habían descendido del Cielo, montadas en inmaculados zorros blancos, y en sus bolsas cargaban granos de cereal. Al pisar la tierra, abrieron sus bolsas y vaciaron su contenido en los pantanos que abundaban en Japón. Uno de los pantanos cultivados con sus granos de cereal fue el Shishigahana, lo cual nutrió la tierra y permitió al gran bosque Nakajimadai crecer. Ine-no-Ki fue el primer árbol en brotar gracias a ellos, y desde entonces se lo consideró un lugar sagrado.

    —Sigues tan resistente como siempre —murmuró Chiasa bastante tiempo después, acercándose para apoyar su palma en el tronco—. Me alegra mucho.

    Era un poco inexplicable la conexión que teníamos con el árbol. Había topado con él en una de mis andanzas por el bosque y fue Satsuki quien me habló de su importancia. Cuando le pregunté por qué los Ancianos nunca me habían enseñado al respecto, su sonrisa se desdibujó y se encogió de hombros.

    —El mundo es mucho más grande y complejo de lo que ves —había dicho, en voz baja, aunque el sonido reverberó en el silencio del dojo—. Las personas no siempre piensan igual ni se ponen de acuerdo, y los Ancianos… bueno, ellos creen muy firmemente en sus verdades. Abandonaron el culto al Ine-no-Ki con mucho pesar hace ya varios años, cuando su existencia entró en conflicto con otras verdades.

    Por ese entonces tenía apenas nueve años, no había forma de que lo entendiera. Perseveré, sin embargo, seguí yendo donde él y, cada vez que le recé, mi espíritu sintió una paz que jamás encontré en los templos de la Villa. Eventualmente llevé a Chiasa conmigo y vi el mismo brillo chispear en sus ojos. Desde entonces, cada año comenzamos a escabullirnos una vez finalizado el Taiyō Matsuri. Ame-no-Uzume era una de las cinco deidades que correspondían a Inari goza, al fin y al cabo. Sentíamos la necesidad de acudir a ella, al lugar donde la sintiéramos más cerca.

    —No lo comprendo —murmuré, casi resignado, y solté una risa nasal meneando la cabeza. Mi hermana volteó a verme y yo me senté en el césped, frente al árbol—. ¿Qué es lo que tiene, que lo vuelve tan especial?

    —No creo que debamos comprenderlo —me respondió Chiasa, sentándose a mi lado, y depositó la máscara frente a nosotros—. No creo que debamos ni podamos comprender nada de esto. ¿No te basta con sentirlo, Ko?

    Tenía la vista fija en el árbol y solté el aire lentamente. Junto a la noche, cientos, miles de estrellas tintineaban sobre nosotros, el bosque e Ine-no-Ki.

    —Lo intento —murmuré, algo frustrado—. Lo intento, pero… hay algo en mí que siempre permanece insatisfecho. Como si no me bastara.

    —¿Con lo que te enseñan los Ancianos? —sopesó, y volteé a verla—. ¿O con la Villa en general?

    La luz nocturna le arrancaba un brillo pálido a su mechón albino y los ojos de luna. Era mi niña de la primavera, pero en sus colores no aparecía ni un gramo de calidez. Siempre me pregunté por qué.

    —¿Esa no serías tú? —repliqué, sonriendo ligeramente irónico. Ella se encogió de hombros.

    —Pues sí, y no lo escondo. Dioses, lo que daría por ver el mundo que hay allá afuera. Las diferentes personas, ciudades y creencias. ¿Siquiera puedes imaginarlo? ¿Lo complejo y hermoso que debe ser?

    Mi sonrisa se mantuvo pequeña, aunque adquirió una nota de algo muy parecido a la vergüenza. No tenía forma de competir contra las ambiciones de Chiasa, ambos lo sabíamos. Sin importar cuánto escarbara dentro de mi pecho no había rastro del fuego que ella poseía.

    —Suena… misterioso —concedí, y ella se aproximó a mí.

    —Oye, Ko, deberíamos escaparnos algún día.

    —¿Qué? —Mi sorpresa fue tal que me obligó a levantar la voz y Chiasa me chistó.

    —¡Claro! Cuando seamos más grandes… y cuando uses mejor la katana, claro, que seguro es peligroso. Podemos escaparnos y ver qué hay ahí afuera.

    Era una idea absolutamente descabellada pero no me dio el corazón para desestimarla. No con lo ilusionada que se veía al proponerla. La miré por un tiempo, hasta que confirmé que iba en serio y suspiré, resignándome.

    —¿O sea que sólo planeas usarme de guardia? —bromeé, haciéndola fruncir el ceño.

    —¡Claro que no! Eres mi mejor amigo, Ko, ¿cómo podría huir en busca de una mejor vida sin ti?

    —Cierto, sería muy desconsiderado de tu parte.

    —Exacto.

    —E imprudente también.

    —Exac- ¡Oye!

    Me soltó un golpecito en el brazo y volví a reírme, el eco de nuestras voces replicándose sobre el silencio del bosque. Frente a nosotros, el enorme Ine-no-Ki se mantenía firme, eterno y soberbio, y en cierta forma era como conversar en compañía de Inari. Sensaciones similares me alcanzaban dentro del Nakajimadai de tanto en tanto, había una gran energía espiritual. Podía sentirla.

    —Supongo que estaría bien salir —confesé tras un tiempo en silencio, observando la máscara frente a nosotros con cierto dejo de tristeza—. Antes de tener que hacerlo como jefe de la Villa, quiero decir. La idea de suceder a nuestro padre sin conocer nada del mundo exterior… me asusta un poco.

    Chiasa resopló bajito y me acarició la espalda con vaivenes amplios, después se apoyó en mi hombro y nos quedamos allí, observando el árbol. Yo alcé la mirada al cielo y pestañeé, detallando las estrellas.

    —Lo harás bien, Ko —murmuró, fue suave y se me asemejó a un arrullo—. Eres amable e inteligente, puedes comprender y analizar las cosas. Lo harás bien. Y yo estaré siempre ahí, para apoyarte o pelearme con quien haga falta.

    Reímos en voz baja, hasta que la broma se diluyó y sólo conservamos la paz. Las dudas, las angustias, la tristeza, mucho se disipaba en su eterna compañía.

    —Suena bastante bien, de hecho —concedí, sonriendo, y giré el rostro para dejarle un beso en el cabello.

    Quizás era eso.

    Chiasa siempre sabía darme paz, en formas que nadie más lo hacía.

    .

    .

    .

    Ya poca nieve quedaba del invierno, aunque aún era suficiente para cubrir el césped a mi alrededor de una ligera cortina blanca. Estaba contando las estrellas, o al menos pretendiendo hacerlo; me ayudaba a calmarme. La pequeña ardilla que había encontrado dormía sobre mi pecho, acurrucada en su cola. La acariciaba con movimientos tentativos, el cielo estaba en silencio y a mi lado, echada en el suelo, yacía mi máscara. Una sonrisa triste revoloteó en mis labios; no lograba conciliar el sueño.

    —Al final lo hice —susurré, volutas de vapor danzaron hacia arriba.

    Había cumplido el sueño imprudente de Chiasa, había salido de la Villa y estaba recorriendo el mundo. Había muchísimas personas, ciudades y creencias diferentes. Era tan, tan amplio que por momentos llegaba a marearme. Caótico, también, contradictorio.

    —Tenías razón.

    Y absurdamente hermoso.

    Cerré los ojos, las lágrimas fluyeron y el pelaje de la ardilla era suave entre mis dedos, la cual se despertó apenas y emitió un suave chillido antes de volver a acurrucarse. Estaba por salir el sol.

    —Chiasa. —Mi voz fue apenas un hilillo y, pese a todo, mi semblante se relajó; me había prometido aprender de su sonrisa—. Es un bonito nombre. ¿Te gusta, pequeña?

    ¿Cuántos amaneceres eran ya sin ella?

    —Puedes llamarte como ella, si quieres. No le molestará.

    Había perdido la cuenta.



    • Amaterasu (天照大神): diosa del sol en el sintoísmo. Es uno de los Tres Niños Preciosos, los hijos más importantes de Izanagi.
    • Ame-no-Uzume (天鈿女命): diosa del amanecer, la alegría, la meditación, el jolgorio y las artes en el sintoísmo. Es la esposa de Sarutahiko Ōkami y, acorde a las creencias de la Villa Ishikawa, parte de Inari goza.
    • Geta (下駄): calzado tradicional japonés. Son una especie de sandalia con base de madera y elevadas sobre dos o tres plataformas delgadas.
    • Hakama (袴): ropa tradicional japonesa. Es una especie de pantalón amplio, que se ata a la cintura y cae hasta los tobillos, utilizado principalmente por hombres y miko.
    • Haori (羽織): ropa tradicional japonesa. Es una especie de tapado, similar a un kimono, que se usa como abrigo por encima de éste. Suele atarse al frente con dos cuerdas.
    • Hoyau: dragón malvado y ponzoñoso perteneciente a la mitología ainu. Algunas de sus representaciones lo ilustran como un kamuy (en ainu: カムィ, concepto similar al de los kami japoneses).
    • Inari goza: conjunto de cinco deidades en el sintoísmo. Representa los zorros, la fertilidad, el arroz, la agricultura y la industria. Es una de las muchas concepciones que hay de Inari Ōkami (稲荷大神).
    • Inau (en ainu: イナウ): palillos tallados en madera verde de sauce mediante un cuchillo con el que se rizan un determinado número de tiras. Pertenecen a la cultura ainu y suelen utilizarse en ceremonias religiosos, aunque también se cuelgan fuera de las casas.
    • Ine-no-Ki (稲の木): árbol del arroz. Es el haya más antiguo del bosque Nakajimadai, presuntamente asociado a Inari goza.
    • Izanagi (イザナギ) e Izanami (イザナミ): entidades creadoras del archipiélago de Japón en la religión sintoísta.
    • Kagura suzu (神楽鈴): vara de doce cascabeles utilizada en danzas kagura.
    • Kojiki (古事記): primera crónica semi-histórica japonesa asentada por escrito sobre mitos, leyendas, himnos, genealogías y tradiciones orales. Se publicó en el siglo VIII, presuntamente entre los años 711 y 712.
    • Mai: tipo de movimientos lentos y circulares, llenos de elegancia, presentes en una danza kagura. Representa también una fase del espectáculo, y existe en contraposición al odori.
    • Miko (巫女, sacerdotisa) kagura (神楽, entretenimiento de los dioses): danza ritual de la tradición sintoísta que se realiza en festivales u ocasiones religiosas. Es un tipo específico de kagura, en este caso, protagonizado por sacerdotisas.
    • Shide (紙垂): serpentinas zigzagueantes de papel blanco que suelen utilizarse en rituales sintoístas.
    • Taiyō Matsuri (太陽まつり): festival del sol. Festival que se celebra en la Villa Ishikawa a comienzos de la primavera en honor a Amaterasu y Ame-no-Uzume.
    • Takamagahara (高天原): es la morada de los dioses celestiales. Suele ubicársela en el cielo y se dice que está conectada a la Tierra mediante un puente, Ame-no-Ukihashi.
     
    • Ganador Ganador x 1
    • Fangirl Fangirl x 1
    • Sad Sad x 1
  4. Threadmarks: III. El niño del verano
     
    Gigi Blanche

    Gigi Blanche Equipo administrativo Game Master

    Piscis
    Miembro desde:
    1 Abril 2019
    Mensajes:
    8,799
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Título:
    Kisetsu [Samurai Sensō] [Finalizada]
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    1708
    N/A: voy completando esto lento pero seguro :D La verdad es que tuve la idea hace relativamente poco y le fui dando forma en mi mente, es bastante más sencillo de lo que suelo escribir. Lo terminé de armar entre una sesión de meditación a la que fui, el momento que Ko le dio su collar a Matahachi y cuando me paré a leer las lyrics de la canción del fic. Con esa ensalada llegamos acá.

    Y como le prometí a Ame, i kept it simple y no agregué lore :D





    wind, please blow up
    carefully taking your hand
    wish i could create a dreamland
    to bring you eternal happiness

    my promise to protect you will stick to the very end

    .

    .

    .


    夏の子
    Natsu no ko

    El niño del verano

    .

    .

    .

    La estridulación de las cigarras se fundió sobre el manto oscuro de mis párpados cerrados. Allí la brisa olía dulce, espesa, y de vez en cuando flotaban siluetas rojizas que intentaba ignorar. Coordiné mi respiración a intervalos regulares, suspendí las manos en el regazo de mi yukata y desatendí la dureza del tatami contra mis espinillas, cómo mis pies se rozaban entre sí, las gotas de sudor deslizándose bajo la máscara de arcilla. Vaciar la mente, permitir el flujo de los pensamientos transitorios. No aferrarse, no juzgar, habitar el presente y nada más.

    Así lo dictaban los Ancianos.

    Era una apacible tarde de verano, o al menos lo fue por un rato. Al sonido de una puerta lejana le siguió el rebote de los talones, las respiraciones agitadas y las risas. Intenté ignorarlo, de verdad que sí, pero fue imposible cuando Chiasa claramente se unió a la estampida.

    —¡Esperen, niños! ¡Ko está-!

    Abrí los ojos en el instante que Itsuki y Hinata aparecieron frente a mí, con las mejillas sonrosadas y el cabello desalineado. Los recibí con una sonrisa y lo interpretaron como un permiso para acceder a la habitación. Al segundo llegó Chiasa, con quien compartí un breve vistazo y ella suspiró, relajando los músculos.

    —Dioses, pensé que estabas con los Ancianos, casi me da algo. Cualquiera de estos días nos matan a los cuatro.

    —Muy probable —compartí, divertido, y regresé a los niños, suavizando la voz—. ¿Qué traen ahí?

    —¡Mira, Ko! ¡Encontramos un montón de guijarros azules!

    Se sentaron frente a mí y ambos desanudaron las bolsitas que llevaban a la cintura. Primero tomé la de Itsuki, el mayor, y dejé caer su recolección sobre el tatami cuidadosamente. Repetí el proceso con las piedras de Hinata y atendí a que ambos montoncitos no se mezclaran. Chiasa, habiéndose recuperado del pánico inicial, se acercó y apoyó las manos en sus rodillas, inclinándose sobre los pequeños.

    —Es verdad —reconoció, sorprendida, y apoyó uno de sus puños en el cabello de Hinata—. ¿Hasta dónde fueron, diablillos? Saben que no pueden pasar de la playa Kosagawa.

    —¡No nos pasamos, lo juro! —se defendió el niño, llevándose las manos a la cabeza y alzando la vista hacia Chiasa—. ¡Los encontramos ahí!

    —O tal vez un poco más al sur… —balbuceó Itsuki, agachando el rostro.

    Hinata lo miró como si acabara de recibir la peor traición de su vida y una risa se me atoró en la garganta. Abrió la boca, listo para quejarse, pero Itsuki lo interrumpió.

    —¡Te dije que se darían cuenta!

    —¡No si no abrías la boca, tonto!

    —Ya, ya —murmuré, conciliador, y empecé a separar los guijarros azules de los grisáceos—. Ahora ya está, no se preocupen, sólo no vuelvan a alejarse tanto. Hay osos en los bosques, es peligroso.

    Chiasa cedió, también, y rodeó a Hinata para desplomarse entre él y yo. Los niños asintieron y, entre los cuatro, empezamos a categorizar las piedras según forma y color. Las había azuladas, verdosas, unas pocas de un intenso turquesa y otras de un gris muy claro, casi blanco. Entre tanto, Hinata nos contaba entre risas y algarabía cómo se las habían ingeniado para eludir a los shinsoku del santuario a Inari. El templo estaba cerca de uno de los puntos de pesca principales y, un poco más hacia el sur, había una playa rodeada por acantilados. Supuse que su travesura los habría llevado ahí. No era grave pero seguía siendo desobediencia, y prefería no imaginar que los Ancianos comenzaran a aprehenderlos también a ellos.

    La mirada que compartí con Chiasa me hizo sentir que pensábamos lo mismo.

    —Hoy es un gran día para la recolección de guijarros —declaré, observando el botín final, y los niños sonrieron muy amplio—. Puede que tenga una idea. Aunque, hmm… creo que nos faltarían un par.

    Durante el verano solían salir a encontrar piedras bonitas casi todos los días, era una actividad que por algún motivo les encantaba. Regresaban con sus bolsitas llenas, las clasificábamos y elegíamos las mejores; el resto regresaban a la playa. Luego de tantos esfuerzos y tantas caminatas era difícil hallar guijarros que se destacaran de los que ya poseían, pero hoy era una de esas ocasiones peculiares. Recogí uno azul, redondo y del tamaño de la uña de mi pulgar. Repasé la textura lisa y aprecié cómo la luz incidía en su superficie; su tonalidad era intensa y profunda. Debían quedar… tres horas de sol, ¿verdad? No era suficiente para llegar al templo de Inari, buscar y regresar.

    —¿Un par? —indagó Hinata, ansioso—. ¿Un par para qué, Ko?

    Tuve otra idea, entonces. Alcé las cejas, contento, y empecé a juntar todos los guijarros azules en mis manos.

    —Vengan conmigo —pedí.

    Las demás piedras las guardaron en sus bolsitas y abandonamos aquella habitación, recorriendo pasillos externos y jardines hasta alcanzar el ala de los aposentos, al fondo de la residencia. Ingresamos a mi habitación y rebusqué en mis baúles hasta dar con lo que buscaba. Extraje la pequeña caja de madera con detalles dorados y la abrí frente a mis hermanos: contenía abalorios turquesa de coral, perfectamente redondos y pulidos, un poco más grandes que los guijarros.

    —A su edad hacía algo similar —expliqué—, sólo que husmeaba entre los barcos y las redes de las embarcaciones. Me gustaba recolectar cosas que provinieran del mar. Si unimos todo podríamos hacer collares para ustedes, ¿qué dicen?

    El rostro de Hinata se iluminó con una sonrisa enorme e Itsuki frunció ligeramente el ceño.

    —Pero, Ko, los corales son tuyos.

    Chiasa intercambiaba la vista entre nosotros, tranquila y enternecida. Revolví el cabello oscuro del mayor de los pequeños e insistí en que aceptara la caja.

    —Pueden ser nuestros —repliqué.

    Era la primera vez que enhebraban joyas. Busqué el hilo, Chiasa se encargó de perforar las cuentas con cuidado y les enseñé cómo ir pasándolas una a una. Un coral turquesa cada tres guijarros azules. En la villa había una pequeña tradición que habíamos aprendido de madre y Chiasa cantaba la canción en voz baja.

    Kaze musubi —le conté a los niños por encima de la melodía, jalando con fuerza de ambos extremos del hilo—. No estoy seguro de dónde proviene el nombre, probablemente esté relacionado a los marineros. Las mujeres y niñas de la villa suelen enhebrar collares y pulseras que protejan a los hombres que planean embarcarse por mucho tiempo. La canción pretende invocar la gracia de Fūjin, para que los vientos de alta mar les permitan regresar a casa sanos y salvos. A estas joyas, los pequeños nudos que las mantienen unidas, se les llama kaze musubi, nudo de viento.

    El atardecer rozaba el horizonte, tiñendo el cielo con intensidad, cuando acabamos los collares. Chiasa le colocó el suyo a Itsuki, y yo hice lo propio con Hinata. Los observé uno junto al otro, los ojos terrosos tan brillantes. Era casi una contradicción, pero en ellos lucían preciosos. No era el color de las espadas oxidadas, me recordaban a los imponentes acantilados al sur, a la tierra húmeda bajo las cascadas y a los guijarros que adoraban recolectar. Era la porción noble y resistente de la naturaleza que se erguía frente a los embates del tiempo, la erosión, las tempestades.

    —¿Ahora sí nos dejarán salir a navegar? —inquirió Hinata, ilusionado.

    La idea me resultó casi descabellada, y Chiasa y yo soltamos una risa. Las cigarras aún se oían afuera y en la villa prevalecía una paz absurda. Era el color de la resistencia. Tendrían que haber resistido.

    —¿Desde cuándo quieres ser marinero? —preguntó ella.

    Tendrían que haber vivido.

    —¡Pues ahora quiero! Ya estoy protegido, ¿no? ¡No me pasará nada!

    Pero sus amuletos los cuidaban del océano.

    No del acero.


    .

    .

    .


    El frío me perforaba hasta los huesos, podía sentirlo. Los copos de nieve descendían con pereza y el atardecer caía sobre lo que quedaba de la villa, los fuegos moribundos, la sangre escarlata y las cenizas. Me dolían los dedos. El jardín ahora era blanco y me dolían los dedos, también las rodillas.

    Estaban a la salida de sus aposentos, a la intemperie. Los fui reuniendo bajo el corredor, y tras hincarme junto al cuerpo de Hinata noté los guijarros y corales desperdigados a su alrededor. Su collar, su nudo de viento se había roto. Los fui recogiendo uno a uno, barriendo la nieve, buscando los que se hubieran enterrado desde la noche anterior, hasta encontrarlos todos. Un coral turquesa cada tres guijarros azules. Aún podía oír sus voces, sus talones rebotando en la madera. Aún palpitaban en estos pasillos y jardines repletos de silencio.

    Empecé a tararear la canción, incapaz de llorar. Guardé todas las cuentas en mi bolsa, alcé a Hinata del colchón de nieve y lo deposité con delicadeza junto a Itsuki. Sólo necesitaba un poco de hilo. Sí, un poco de hilo y quedaría como nuevo, y agua también.

    Para limpiar la sangre.

    Toda esta sangre.
     
    • Sad Sad x 2
  5. Threadmarks: IV. El niño del otoño
     
    Gigi Blanche

    Gigi Blanche Equipo administrativo Game Master

    Piscis
    Miembro desde:
    1 Abril 2019
    Mensajes:
    8,799
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Título:
    Kisetsu [Samurai Sensō] [Finalizada]
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    5264
    N/A: me resulta tan bonito pensar que inicié esta colección a principios del rol y la estoy cerrando con el rol en su etapa final. Ojalá me traiga suerte (no). And so, acá vengo con la última estación y el último hermano de la hermosa familia que destruí por amor al arte. Alguien debería denunciarme.

    Me gustaría decir un par de cositas, pero creo que las voy a dejar para otro spoiler al final donde también agregue el glosario, ya que estoy. Gracias a quienes me estuvieron leyendo y si alguien lee esto, ojalá lo disfrute como yo disfruté escribirlo.

    Sin más cháchara, ¡adentro fic!

    pd: hijosuputa madre tenía la canción en spotify y lo que me costó encontrarla en youtube JAJAJA es una ost del Okami, why so gatekeepeada???





    .

    .

    .


    秋の子
    Aki no ko

    El niño del otoño

    .

    .

    .

    Desde lo alto del muro de barro, Kohaku alcanzó a divisar al hombre de unos cuarenta años tocando la flauta ryūteki a un costado del camino, sentado sobre la estera de corteza de junco que habría utilizado para transportar sus cosas hasta allí. El sonido, dulce y armónico, había danzado por el espacio hasta alcanzar sus oídos y los de su pequeña hermana, Chiasa, quienes caminaban de un lado a otro, nerviosos, por los jardines de la residencia. Intrigado, el mayor había correteado hasta el límite de la propiedad y escalado unas cajas y cestas apiladas que le permitieron colgarse del borde; sus piernas luchaban sin cuartel contra la superficie tan lisa y, evidentemente, tan vertical.

    —¡Ko! —Chiasa, alarmada, susurró desde su espalda lo más alto que pudo—. ¡Ko, ya baja!

    —¡Es sólo un momento!

    La niña rechistó y, sin mayor delicadeza, lo jaló de los talones. La cesta que previamente le había fungido de peldaño cedió bajo su peso y Kohaku perdió el equilibrio, yéndose de espaldas sobre un colchón de tréboles. Su semblante se comprimió y miró a su hermana, molesto, con lágrimas en los ojos.

    —¡Oye!

    —No puedes asomarte así como así, no llevas la máscara —le recordó Chiasa en un tono más paciente, ofreciéndole su mano.

    Parpadeó, desconcertado, y se tocó la mejilla. Era verdad, la había… ¿Dónde la había dejado? Aceptó la ayuda, entonces, y se desempolvó la ropa, mirando en todas direcciones.

    —Además casi las rompes, y son nuevas —agregó la niña, señalando las botas cepker que Kohaku lucía en sus pies. Él hizo una mueca.

    —Me quedan pequeñas, preferiría dártelas a ti.

    —¿Y ofender a los pescadores? —Negó con vehemencia—. Ya oíste a padre, están hechas con la piel de los mejores salmones de la temporada. ¡Son un gran honor!

    —Para ser un gran honor, no se molestaron en medirme los pies primero.

    —Como si pudieran tocarte.

    —Lo sé, ni siquiera pueden verme.

    Chiasa selló sus labios y observó a su hermano, preocupada. ¿Por qué se comportaba así hoy? Usualmente era un niño educado y amable. Como recordatorio y respuesta, un violento grito femenino desgarró la música del misterioso flautista y los hermanos compartieron una mirada. Sus nervios se reanudaron de un plumazo.

    —¿Crees que estará bien…? —murmuró Chiasa, agachando la cabeza.

    Kohaku le sonrió, aún si ella no lo veía, y ubicó los aposentos de su madre al otro lado del jardín, cruzando el corredor. En ese momento, Taiki apareció de los Dioses sabrían dónde y se encerró allí, haciendo rebotar la puerta dentro de su riel. Las criadas los habían echado hacía un rato y les habían asegurado que era normal, que no se preocuparan, implorándoles que aguardaran fuera. Pero ¿qué de todo eso podía ser normal? ¿Por qué su madre parecía sufrir tanto?

    —Dicen que será un varón —intentó distraer Kohaku a su hermana—. ¿Te imaginas? Podremos ser tres para jugar, será muy divertido.

    Pero Chiasa seguía con los labios fruncidos. Las verdades que ignoraban eran compensadas por las señales aisladas que habían ido absorbiendo a través de los años. Kohaku guardaba recuerdos escasos, vagos y extremadamente distantes del amor de su madre, pero aquellas sonrisas dulces y abrazos tan cálidos eran lujos que en el mundo de Chiasa jamás habían existido. Aoi, melancólica y taciturna, había virado hacia constantes estados de irritabilidad y nerviosismo desde que su barriga comenzó a crecer. Quizá los niños no entendieran los motivos, nadie nunca se los había explicado; sin embargo, veían y oían lo suficiente para ser incapaces de quedarse quietos.

    —Será muy pequeño —replicó Chiasa entre balbuceos apenados—. Para cuando tenga edad de jugar, nosotros ya viviremos ocupados con responsabilidades. ¡Mira mis dedos, Ko, están todos rojos! ¡Ya no quiero tocar el koto!

    Sobre sus pequeños cuerpos recaían generaciones de tradición, obligaciones y honor.

    —Y yo ya no puedo aprenderme el nombre de un solo dios. —Kohaku suspiró, apesadumbrado—. Pero… no tenemos opción. Es nuestro deber.

    Eran palabras adultas, demasiado adultas para vivir en sus bocas. El niño había seguido inspeccionando los alrededores y echó a correr de repente cuando por fin detectó la máscara debajo de las hojas de un gran cúmulo de hortensias, salpicadas entre los colores de los cerezos, de los huesos y del cielo. Ella lo siguió, pues siempre se movían así: juntos.

    —Déjame, que te la pongo rápido —ordenó Chiasa, arrancándola de sus manos, y se ubicó tras su espalda—. ¿Qué hacía aquí, para empezar? Tienes que ser más cuidadoso, Ko, las criadas te vieron…

    —Por aquí dormí hace un rato —murmuró, reflexivo e inmune a los regaños de su hermana—, se me habrá desatado entonces.

    La secuencia de eventos había sido tan apresurada como desafortunada. Prácticamente en el instante que Chiasa había encontrado a su hermano echado en el césped fue donde oyeron el primer grito de su madre y corrieron hacia su recámara. Para cuando la niña notó que el rostro de Kohaku se encontraba al descubierto, ya los habían despachado y era demasiado tarde. Le preocupaba enormemente que las mujeres hablaran y los Ancianos lo castigaran, pues era mandato divino que nadie ajeno a la familia lo mirara a los ojos previo a la mayoría de edad y esos vejestorios se tomaban su labor muy en serio.

    —Listo —anunció, dándole palmaditas en los hombros.

    La melodía de afuera proseguía, otros instrumentos se habían acoplado y Kohaku intentó evocar la fugaz imagen que había conseguido del exterior sin demasiado éxito. No recordaba haber visto a otras personas.

    —¿Serán músicos itinerantes? —propuso, sintiendo una ilusión en el pecho.

    —¿Dentro de la Villa? Raro, ¿no? —Chiasa arrugó el ceño—. Pero… tal vez sí.

    No tenían forma de saberlo. Su mundo, estrecho, preestablecido y delimitado por aquellos paredones de barro, era todo lo que conocían. Todo lo que les permitían conocer.

    —¡Es un niño! —La voz de una criada se propagó por el espacio, jovial y derrochando entusiasmo—. ¡Ha nacido un niño precioso!

    Bajo el anuncio, Kohaku y Chiasa escucharon el primer llanto del recién nacido. Con una emoción que no supieron identificar, pero que se asemejaba mucho a la conmoción, sonrieron de oreja a oreja y echaron a correr. La puerta fusuma se encontraba abierta de par en par. Aoi, sentada sobre el tatami y envuelta entre almohadones y pieles, sostenía una criatura inmensamente pequeña de la cual sólo asomaba una cabeza colmada de cabello castaño. Taiki la abrazaba por un costado y ambos parecían obnubilados, hundidos en un trance infranqueable. Las criadas aguardaban en respetuosa quietud, alineadas contra las paredes de la habitación, y la luz del atardecer, bañada en los tonos ocre y dorado del otoño, también impregnaba el espacio con el aroma amaderado de los sugi. La intromisión de Kohaku y Chiasa fue atolondrada, evidente, y su padre alzó el rostro.

    —Vengan, niños. Vengan a conocer a su hermano.

    Repentinamente cohibidos, compartieron una mirada (o algo que se le pareciera, teniendo la máscara de por medio) y parecieron enzarzarse en un debate silencioso. Al final, Chiasa le propinó un codazo a su hermano mayor y Kohaku dio el primer paso, nervioso. Los llantos de la criatura se ahogaron contra el pecho de su madre y el mayor notó que, sin importar cuánto se acercaran, ella siquiera parecía notarlos. Mecía al bebé suavemente, ofuscada por completo en su rostro carnoso y rosado, y le murmuraba sonidos ininteligibles.

    —Itsuki, Itsuki, mi diminuto Itsuki —se le entendía de a ratos.

    Taiki le acariciaba la espalda en movimientos pausados. Sus ojos rebotaron entre su familia y cuando separó los labios, un séquito de figuras se recortaron, oscurecidas, contra el resplandor otoñal.

    —Kohaku —proclamó una voz, amarga y rasposa—. Ven con nosotros.

    Los Ancianos.

    El niño se encogió y clavó la vista en su padre, quien curvó las cejas con cierta preocupación… y siguió acariciando la espalda de su esposa. Chiasa se aferró a la manga de su hermano y miró a los Ancianos con desprecio, pero Kohaku viró el cuerpo hacia ella y negó, deshaciendo el contacto con delicadeza.

    —Es hora de mis lecciones, ¿verdad? —preguntó en voz alta, intentando engañar a la niña—. Se me hizo tarde.

    Nadie respondió. El silencio, categórico, colmó la estancia de una opresión densa e imperdonable; Aoi había alzado la cabeza por fin, momento que aprovecharon los Ancianos para cumplir las demandas sociales.

    —Felicitaciones por el parto exitoso, señora Ishikawa. —Se inclinaron, respetuosos, mientras el niño caminaba lentamente hacia ellos hasta que su pequeña silueta, también, se oscureció—. Prepararemos la ceremonia para recibir a Itsuki de inmediato. Con permiso.

    Lo último que vio Kohaku a través de la máscara fue a su familia reunida en torno al hermano que siquiera le permitieron conocer.

    .

    .

    .

    —Vaya, tenías razón.

    Cinco otoños más tarde, Chiasa alzó el rostro al cielo grisáceo y sonrió, cerrando los ojos. Un copo se depositó sobre su retazo de pelo albino y la ola rompió, bañando la arena de espuma junto a sus pies. Kohaku murmuró un sonido afirmativo, absorto en la inmensidad del océano. El horizonte, pintado de un azul profundo, contrastaba con el color casi esmeralda del agua. Amanecía lentamente y los hermanos, siendo su costumbre, habían aprovechado el alboroto de los preparativos religiosos para escabullirse lejos de la residencia: con el ajetreo del día anterior, los Ancianos no despertarían hasta dentro de unas horas. Su destino solía ser el bosque, del cual conocían hasta el último recoveco y podían esconderse con facilidad, pero se suponía que los cazadores regresarían pronto y no les favorecía topárselos. Optaron por la playa, entonces, y dedicaron las primeras pinceladas del amanecer a sentarse en la arena y desayunar. Kohaku había observado y observado el cielo.

    —Este año se adelantará la primera nevada —había murmurado, abstraído.

    Chiasa lo había mirado como si estuviera delirando y luego se había distraído con las águilas de cola blanca picoteando las cabezas de pescado desparramadas a lo largo de la costa. Sobrevolaban la zona, también, trazando amplios círculos sobre ellos. Al rato, se habían sacudido las manos e iniciado el paseo.

    La brisa marina suspiraba desde el oleaje distante y densas nubes de bruma los acariciaban en despedida conforme se distanciaban de los acantilados, ya en el regreso a casa. Kohaku sopló el copo de nieve del cabello de su hermana y ella rió, abriendo los ojos.

    —Siempre tengo razón —bromeó, reiniciando la caminata.

    —¡Pues no siempre! El otro día me dijiste que madre guardaba sus collares tamasay en la cesta de abajo junto a la puerta, ¿recuerdas? Y adivina qué.

    —Te dije que a veces los dejaba ahí —corrigió el muchacho, riendo—. ¿Estuviste hurgando entre sus cosas, Chiasa?

    —Es que son todos tan bonitos ¡y nunca me los presta! ¡Jamás!

    —Porque no son sólo bonitos, son importantes.

    —¿Ubicas el que tiene lobos y osos tallados en el medallón? —siguió fantaseando la niña—. Ese es mi favorito. La última vez que se lo vi puesto fue hace casi un año ya, en el Kakeyo Matsuri. No entiendo por qué los usa tan poco…

    —No me estás escuchando, ¿verdad?

    —¡Sí te oigo! Pero ¿por qué si algo es importante debemos cuidarlo al punto de siquiera disfrutarlo? ¿Tiene algún sentido poseer joyas tan bonitas y apenas usarlas?

    Kohaku sonrió bajo la máscara con un tinte amargo.

    —A veces las personas temen tanto a la muerte que olvidan disfrutar la vida.

    Chiasa lo miró con el ceño fruncido.

    —Oye, que era sobre collares, ¿qué haces hablando de muerte ahora?

    El muchacho soltó una risa breve y tanteó la piel de su cabeza con la punta de los dedos; tenía frío. El aire que soplaba era frío.

    —Madre se ha convertido en ese miedo, ¿no crees? —murmuró, sereno—. Desde que nació Itsuki.

    La niña suspiró. No quería enredarse en una de las charlas profundas y deprimentes de Kohaku, no cuando por fin habían logrado escabullirse lejos de los Ancianos y a su alrededor danzaban los primeros copos de nieve del año.

    —Supongo. —Alzó los brazos, los dejó caer, y de repente golpeó el hombro de su hermano con fuerza—. ¡Carrera hasta la loma! ¡Ya!

    Si correr en la arena era complejo, se volvía un auténtico desafío envueltos en semejante cantidad de pieles. A Chiasa parecía no importarle y Kohaku siquiera tuvo tiempo de replicar. Corrieron para alzar vuelo junto a las águilas, hasta que el pecho les ardiera y las risas se ahogaran entre sus respiraciones frenéticas. Los dedos de la niña ya no enrojecían al tocar el koto, pues en su lugar se habían endurecido gruesos callos, y de vez en cuando las hebras de cabello albino se quebraban y caían, dañadas bajo la necia pasta de carbón triturado.

    —¡Vamos, Ko! ¡Más deprisa!

    —¡No vale! ¡Empezaste antes!

    Los antebrazos del muchacho ahora se mantenían envueltos en apretadas vendas, pues los Ancianos tensaban el bambú y enrollaban sus mangas cada vez que respondía mal una pregunta, y no siempre rasuraban su cabeza con paciencia y cuidado. Tropezaron, se resbalaron y hundieron en la arena, y pese a ello no se detuvieron.

    Corrieron para olvidar, y también para sanar.

    —¡Ja! ¡Gané! —Chiasa alzó los brazos, victoriosa, pero al instante tuvo que apoyarse en sus rodillas—. Dioses, ¿siempre fue tan empinada?

    Kohaku la alcanzó, riéndose sin aliento, y ambos se irguieron lentamente al oír el retumbar de los instrumentos ritual. El cielo del Este coronaba el bosque y la montaña de un fulgor rojizo, anunciando el nacimiento de un nuevo día. Las antorchas de abedul impregnadas en aceite llameaban a ambos lados del camino que discurría desde la vegetación, bordeando los campos de girasoles y serpenteando dentro de la Villa. Los hermanos lo veían con claridad desde lo alto de la loma: la procesión emergía lentamente del bosque.

    —Regresaron —susurró ella, sonriendo de oreja a oreja, y atrapó la mano de Kohaku—. ¡Vamos!

    Para cuando llegaron, el grupo estaba ingresando a la aldea. Se ocultaron entre la gente apiñada en la calle principal y por los huecos que iban encontrando los divisaron: entre diez y quince hombres, de porte imponente y expresiones adustas. Enormes y frondosas pieles exageraban sus siluetas, y las capuchas konci empañaban sus facciones con cierta penumbra misteriosa. Los niños los observaron, asombrados y maravillados, arrastrando sus presas en plataformas trenzadas tiradas por gruesas sogas. Y al fondo de la procesión, con Itsuki sentado en sus hombros, venía Taiki cargando un cachorro de oso en brazos, que miraba en todas direcciones y gruñía hacia el cielo. Kohaku reparó en la piel blanca que ondeaba de la espalda de su hermano pequeño y se la señaló a Chiasa.

    —Esa es nueva —acordó ella—. ¿Y por qué traen un oso?

    —No lo sé. Vayamos al centro, así lo vemos de cerca.

    Se escurrieron fuera de la multitud y corrieron entre callejones y pasadizos hasta alcanzar el lugar donde esperaban a los matagi, los cazadores de la Villa: el corazón de la aldea. Allí vivía una mujer, la encargada de recibirlos, supervisar las presas y confirmar que sus espíritus hubiesen abandonado la carne. Según los hermanos habían oído llevaba quince años haciéndolo, desde que su madre había fallecido y el deber recayó sobre ella siendo apenas una tierna niña. Era la primera vez que la veían en persona. De baja estatura, con gruesas trenzas ébano sobre sus hombros y el tatuaje tradicional rodeando su boca, emanaba cierta aura intimidante gracias a su semblante digno, su espalda erguida y la exquisitez de sus prendas. Los intrincados patrones del tapado ruunpe, los cuantiosos medallones tamasay, de esos que a Chiasa tanto le gustaban, y los colores y abalorios enhebrados al tocado que envolvía su frente. Kohaku sintió una ligera opresión en el pecho y miró en todas direcciones, con temor a ser descubiertos; no creía que debieran presenciar esto.

    —Ahí viene —susurró Chiasa, desbordando de emoción y ajena a las preocupaciones de su hermano.

    Ciervos, liebres, zorros, y destacaba un gran oso pardo. Los cazadores, luego de presentar los cadáveres de los animales alrededor de una inmensa hoguera, fueron abriéndose y se dispusieron en un semicírculo. Taiki se arrodilló, permitiendo que Itsuki descendiera, y avanzó en línea recta hasta la mujer, quien aguardaba de pie frente a su casa. La cría se removía, inquieta, y los adultos mantuvieron una conversación que los hermanos fueron incapaces de escuchar. Copos de nieve solitarios se mecían en silencio.

    —¿Qué? ¿Qué dicen? —se quejó Chiasa, estirándose—. La señora no parece contenta.

    —Padre tampoco… —agregó Kohaku, nervioso—. Chiasa, deberíamos irnos.

    —Pero ¿qué harán con ese pequeño oso? ¿Por qué lo trajeron vivo?

    —No lo sé, pero si los Ancianos notan que nos fuimos estaremos en problemas.

    La tomó de la muñeca y la jaló, haciendo oídos sordos a sus protestas. Se alejaron de la muchedumbre, el humo de la hoguera y los cánticos ritual, mientras el sol se levantaba con pereza y comenzaba a bañar la Villa de su luz pálida. Para cuando rodearon los muros de la residencia y se colaron por el pasadizo que siempre utilizaban, las actividades iniciaban lentamente en su interior. Consiguieron que nadie los viera y se lanzaron dentro de sus respectivas habitaciones tras compartir una última risilla de satisfacción y victoria.

    Las lecciones de Kohaku iniciarían pronto. Se quitó las pieles, adecentó su aspecto y, en lo que terminaba de acomodarse los ropajes formales, una silueta llamó respetuosamente a su nombre arrodillada al otro lado de la puerta, anunciándole que el desayuno se encontraba servido. El muchacho sonrió, divertido, y agradeció. ¿Cómo le decía que ya había robado comida de la cocina?

    Aoi era la única sentada frente al irori. Kohaku dejó la puerta abierta tras su espalda y avanzó con cierto aplomo, puesto que su madre siquiera había alzado la mirada al oírlo entrar. Los chasquidos de la leña complementaban el silencio.

    —Buen día, madre.

    —Buen día.

    La respuesta, precisa y automática, no despertó nada en el corazón del niño, quien procuró tomar asiento del lado opuesto del irori y aguardar a la llegada de los demás. Los talones rebotando por el corredor externo predijeron quién sería el tercer comensal. Aoi alzó la mirada, sus ojos se iluminaron con un entusiasmo tenue, y Kohaku la observó de soslayo, al resguardo de la máscara.

    —¡Qué bien huele! —Hinata, de apenas cuatro veranos, correteó hacia el lado de la mujer—. ¿Qué desayunaremos hoy, madre?

    —No estoy segura —murmuró Aoi con dulzura, juguetona—. ¿Qué crees tú que desayunaremos, cielo? ¿A qué huele?

    Hinata se irguió y, brazos en jarra, inhaló de forma exagerada.

    —Huele a… ¡pescado! ¡A salmón! No, espera, ¿a gádido?

    Una silueta proyectó su sombra sobre Kohaku y el muchacho volteó, encontrando a su padre junto a Itsuki bajo el umbral de la puerta; el niño iba envuelto de pies a cabeza en el pelaje blanco que había visto durante la procesión. Taiki miraba fijamente a Aoi y el pequeño se soltó de su mano, yendo a reunirse de puntillas con su hermano mayor. Incluso Hinata, siempre alegre y vivaracho, se había callado.

    —Llegamos —anunció el hombre, ingresando a la habitación.

    Kohaku respiró con dificultad y deseó que Chiasa apareciera de una buena vez. ¿Por qué tardaba tanto?

    —Llegaron. —Aoi, impávida, observó a su esposo de pies a cabeza—. ¿Siquiera te has bañado?

    —Nos atrasamos en la aldea e Itsuki no quería perderse el desayuno en familia —argumentó Taiki, a lo que el niño sonrió levemente.

    Pero la respuesta de su madre cargó el filo de una navaja.

    —No lo hubieses llevado contigo, entonces.

    Kohaku sintió el jalón en su ropa y agachó la vista hacia su hermano, encogido a su lado. Buscó a Hinata, también, quien lanzaba sus ojillos entre sus padres con nerviosismo y confusión. Taiki bufó.

    —Ya hablamos de esto, Aoi…

    —¿”Hablarlo”? No recuerdo que mi opinión haya importado en ningún momento.

    —¡Ah, ya basta! —Chiasa se pronunció de repente, absorbiendo la atención de todos—. ¿Volverán a discutir frente a los niños? ¿En serio? Tengan algo de decencia.

    Aoi frunció el ceño, pero fue Taiki quien se volteó y elevó la voz.

    —Y tú de modales, niña. No es forma de tratar a tus mayores.

    —¿Y ustedes sí pueden tratar a sus hijos como les dé la gana?

    —¡Chiasa! —exclamó Aoi, alarmada.

    Kohaku deshizo el agarre de Itsuki en su haori y tomó su mano firmemente, instándolo a ponerse en pie. Sabía del conflicto entre sus padres alrededor del interés que el niño había demostrado por la cacería, los había oído enfrentarse más de una vez yendo y viniendo de sus lecciones. Le parecía sumamente injusto que exhibieran su desacuerdo frente a él.

    —¿Y ustedes qué hacen? —bramó Taiki, viéndolos reunirse junto a Chiasa en el corredor.

    —Dejarlos que resuelvan sus problemas —respondió la niña, firme—. Vamos, Hina-chan.

    El pequeño ya jugueteaba con sus dedos, angustiado e indeciso. Fue Aoi quien suspiró, apesadumbrada, y cedió.

    —Ve con tus hermanos, cariño. Desayunaremos más tarde.

    Hinata salió despedido bajo la incrédula vigilancia de su padre y Chiasa deslizó la puerta con fuerza, arrancándole un respingo a sus hermanos menores. Kohaku no dejaba de observarla, asombrado. Tan sólo tenía once primaveras, ¿cómo poseía semejante fortaleza? Él, en cambio…

    —¡No se puede creer! —Chiasa resopló, indignada, y sus ánimos dieron un giro instantáneo—. En fin, lo de siempre. ¿Vamos a esperar a mi recámara? A que no saben los guijarros que recolectamos con Ko…

    —¡Guijarros! —exclamó el menor de todos, iluminándose—. Espera, ¿cuándo fueron a-?

    —Esta mañana, ¡pero es un secreto! No le digas a nadie.

    Ambos se inclinaron hacia el otro presionando el índice sobre sus labios, y entonces Hinata dio un saltito, liderando la marcha. El entusiasmo de Itsuki, por otro lado, permanecía velado bajo un manto de preocupación; se negaba a soltar la mano de Kohaku y sus respuestas sobre el viaje junto a los matagi eran escuetas y vagas, distraídas.

    —Por cierto, Itsu —dijo Hinata, señalándolo—, ¿qué es esa cosa que llevas encima?

    Kohaku y Chiasa compartieron una mirada y tuvieron que tragarse la risa. Claro, se suponía que ellos no la habían visto aún, qué descuidados habían sido. La niña abrió la puerta y la cerró luego de que todos entraran; habían barajado quedarse en los jardines, pero la nieve insistía y Hinata se había abrazado a sí mismo, quejándose del frío que hacía. “¡Y aún ni es invierno!”, había exclamado.

    —Encontramos un lobo albino en el bosque, estaba herido y agonizaba —contó Itsuki, sentándose sobre las esteras junto a sus hermanos, mientras deslizaba el pelaje sobre su regazo con cuidado—. Padre dijo que no podíamos ayudarlo más que acabando su dolor y permitiéndole regresar al Kamui Moshir, y que para evitar ofender a los dioses debíamos agradecer y no desperdiciar nada de lo que su cuerpo nos brindara. Lo desollaron y comimos su carne, y cuando la piel estuvo lista, padre dijo que ahora era mía. “Para que Horkew Kamui siempre te proteja”, me dijo, pero…

    Avanzó sobre sus rodillas hasta situarse frente a Kohaku y tomó el pelaje, extendiéndolo tras la espalda de su hermano y sosteniéndolo justo encima de su cabeza, como si se enganchara a los cuernos de su máscara. El niño observó las grietas en la arcilla fijamente.

    —Quiero que la tengas tú, Ko.

    Kohaku enmudeció. Llevó una mano al pelaje para que Itsuki pudiera relajar sus cortos brazos y el niño se dejó caer sobre sus talones. Chiasa y Hinata se reunieron a su alrededor, observando al mayor de los cuatro.

    —¡Vaya, te queda muy bien! —exclamó ella, asombrada.

    —¡Pareces un lobo, Ko! —compartió Hinata, con su sonrisa capaz de iluminar cualquier espacio.

    El cuero, suave y bien curado, era una caricia cálida contra la piel desnuda de su cabeza. Los Ancianos habían decidido no tolerar más desobediencias y, con el pretexto del mandato divino, habían empezado a rasurar su cabello tras el profundo impacto que su aspecto le había provocado a una de las criadas, el día del nacimiento de Itsuki.

    —Tal vez así, si te lo cubres, los Ancianos dejarán de cortarte el pelo —argumentó el niño.

    La garganta de Kohaku se apretó en un tenso nudo. Mientras Chiasa y los menores debatían cómo agarrar el pelaje a la máscara, el mayor los observó por largo rato, en silencio, elevando una simple plegaria a los dioses. Quería que sus hermanos fuesen felices, que disfrutaran de largas y prósperas vidas, y que permanecieran a su lado. Si los tenía a ellos, su mundo estaría siempre completo.

    Dos años más tarde, sin embargo, durante una cruenta nevada de invierno, Kohaku tendría que cavar sus pequeñas tumbas. Recogería los guijarros de Hinata y enhebraría un collar, anudaría el manto de lobo a los cuernos de su máscara, y más tarde encontraría una ardilla en el bosque con el nombre de su hermana. La última vez que viera su Villa, destruida y consumida por el fuego, reconocería los cimientos de lo que había sido la casa de aquella mujer. Y en su patio trasero, atado a un poste por una gruesa soga trenzada, encontraría degollado y mutilado el cuerpo del cachorro de oso.

    .

    .

    .

    El graznido de las gaviotas hizo a Kohaku levantar la mirada. Sus siluetas surcaban el cielo, danzando contra el sol y trazando círculos amplios antes de bajar a la playa en busca de alimento. La embarcación a su lado se quejó con el vaivén sereno del oleaje y aceptó la misiva que aquel pescador le había extendido.

    —¿Un último favor para este anciano? —había bromeado, entre risas—. Te compensarán bien, muchacho, lo prometo.

    —Claro, señor, no es problema.

    Chiasa se encaramó a su hombro y chilló, entusiasmada por las gaviotas. Kohaku detalló el papel cuidadosamente doblado en sus manos y el sonido de una flauta, dulce, acarició sus oídos, transportándolo sin piedad al pasado. Siquiera estuvo seguro si se trataba de un recuerdo o un sueño distante. Giró el cuerpo despacio y encontró, a un costado del camino, a un hombre sentado sobre una estera, soplando una ryūteki con suavidad y destreza. Junto a él había más personas; seis, para ser exactos. Kohaku se perdió en la melodía.

    —Músicos itinerantes, suelen frecuentar esta zona —comentó el pescador tras su espalda, arrancándolo de un viejo ensueño.

    —Creo que ya los había oído antes —murmuró el muchacho, junto a una sonrisa incipiente.

    —¿Ah, sí? Pues no me extraña. Se hacen llamar Shichifukujin, ¿puedes creerlo? —Soltó una risotada—. Artistas, siempre tan osados.

    El sol irradiaba su fuerza, la vida a su alrededor transcurría con calma y Kohaku permaneció quieto, en silencio, absorbiendo hasta el último segundo de aquella melodía. Sabía a casa, una casa que había perdido, y sabía a los recuerdos que ahora sólo existían en su memoria. Les había prometido llevarlos consigo. Con él, podrían andar y conocer el mundo que existía más allá de los muros de barro. Les narraría sus aventuras, les hablaría de las personas que había conocido, y les recordaría cuánto los extrañaba. Habiendo tomado aire, guardó la carta en su bolsa y empezó a caminar hacia su próximo destino: Nara. Era una hermosa tarde invernal. Chiasa tendría que haber cumplido quince primaveras; Itsuki, once otoños; y Hinata, diez veranos.

    ¿Cuántas estaciones viviría sin ellos?

    Sólo el tiempo lo diría.



    季節
    Kisetsu




    Am i crying? Yes i am. Creo que desarrollé un cariño particular hacia esta colección precisamente porque nunca me impuse tiempos de escritura ni restricciones. Varias de las ideas que aparecen acá fueron surgiendo en el transcurso del rol y se fueron acoplando a lo que ya tenía definido de la backstory de Kohaku; pero incluso con la idea en mente, había muchos detalles que no terminaban de madurar y sólo dejé que el tiempo hiciera lo suyo. Ayer volví de una semanita en la playa, en un balneario super bonito y tranquilo, y ese little trip y las horas que me pasé mirando el mar me ayudaron a terminar de armar esto en mi mente. Fue un proceso hermoso para mí y disfruté un montón dándole un cierre circular a la colección. Podría yappear eternamente pero no tiene mucho sentido, así que mejor me callo JAJAJA

    Como último fun fact, que creo nunca lo había dicho antes: el término japonés kisetsu alude a las cuatro estaciones del año.

    Glosario

    • Cepker: calzado de piel de salmón. Este tipo de calzado se usaba habitualmente durante los meses de invierno para proteger a los ainu del frío. Se usaban con calcetines hechos de hojas lobuladas de olmo, conocidas como ohyonire.
    • Fusuma: paneles corredizos opacos en casas japonesas tradicionales. Dividen espacios interiores y suelen estar decorados con pinturas.
    • Haori: chaqueta corta japonesa que se usa sobre el kimono. No se cierra completamente y aporta abrigo y estatus.
    • Horkew Kamui: kamui ainu del lobo. Basado en el extinto lobo de Hokkaido.
    • Irori: chimenea/hogar hundido en el suelo de casas tradicionales japonesas. Centro de cocina, calor y vida familiar.
    • Kakeyo Matsuri (掛魚まつり): festival del bacalao de la Villa Ishikawa. Se celebra durante Febrero y consiste en cargar la pesca de bacalao desde el muelle hasta el templo sintoísta. Allí, se agradece por la abundancia y se ofrece un tributo en pescado a Ebisu.
    • Kamui Moshir: “la tierra de los kamui”. Mundo espiritual ainu donde habitan las deidades; se interrelaciona constantemente con el mundo humano.
    • Konci: capucha ainu.
    • Koto: instrumento japonés de cuerdas.
    • Matagi: cazadores tradicionales del norte de Honshū. Practicaban caza ritual con fuerte código espiritual.
    • Ruunpe: túnica ceremonial ainu, ricamente bordada con motivos protectores. Usada en rituales y eventos importantes.
    • Ryūteki: flauta transversal de bambú japonesa.
    • Shichifukujin: los Siete Dioses de la Fortuna en Japón. Conjunto sincrético de deidades asociadas a prosperidad, longevidad y buena suerte.
    • Sugi: cedro japonés.
    • Tatami: estera de paja prensada que cubre el suelo de casas japonesas.
    • Tamasay: collar tradicional ainu hecho con cuentas y usado como ornamento y amuleto religioso, especialmente por mujeres. Algunos poseen un medallón.
     
    • Sad Sad x 1
Cargando...
Cargando...

Comparte esta página

  1. This site uses cookies to help personalise content, tailor your experience and to keep you logged in if you register.
    By continuing to use this site, you are consenting to our use of cookies.
    Descartar aviso