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Long-fic Fanfic - Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

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    WingzemonX

    WingzemonX Entusiasta

    Virgo
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    Escritor
    Título:
    Fanfic - Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    5702
    Título: Resplandor entre Tinieblas

    Resumen:
    La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el "Resplandor", niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de ella, algo que sólo pueden describir como "maligno".

    Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender... [Multicrossover de varias películas y series]

    Tipo: Novela por Entregas

    Advertencias: Situaciones sexual implícitas en algunos capítulos, situaciones violentas.

    Géneros: Misterio, Horror, Drama, Supernatural, Amistad, Familia.

    - - - -​
    Notas Previas:

    ¿Cómo están todos? La historia que están por leer es quizás uno de los Multicrossovers más ambiciosos que he hecho, por la cantidad diferente de películas y series que va a involucrar. No les puedo decir ahora mismo todas las que serán, ya que eso quizás traería consigo algunos Spoilers, pero conforme vayan apareciendo en la historia, las iré señalando en las Notas del Autor. Sin embargo, cómo pueden intuir por el resumen (y el título), al menos hay tres fandoms involucrados: Matilda, película de 1996; The Ring, película del 2002; y The Shining, película de 1980. Pero les aseguro que no serán los únicos, sino que habrá varios más que se irán entrelazando.

    En su mayoría, yo considero que esta historia puede leerse sin ningún problema, y sin haber visto alguna de las películas o series que se pueden llegar a mencionar, como si fuera una historia totalmente independiente (o al menos de esa forma la he intentado diseñar). Aunque claro, habrá muchos guiños y referencias al material original, que sólo aquellos que lo hayan visto podrán llegar a entender. Pero ya saben, si tienen alguna duda, pueden preguntarme lo que sea con toda confianza.

    Hay una cosa más que deseo decir antes de comenzar ya con el Primer Capítulo. Varios de los personajes que serán protagonista, en su material original los conocimos como niños, de doce o diez años, o incluso mucho más jóvenes que eso. Sin embargo, algunos de dichos niños, aquí serían presentados como adultos, veinte años más grandes que la última vez que los vimos, o incluso muchos más. Por lo mismo, sus descripciones físicas obviamente serán diferentes, pero también sus personalidades, ya que concordemos en que cualquier persona es diferente a los treinta años que a los seis, o incluso a los dieciséis años que a los cinco. Por ello, sus personalidades en esta historia serían algo así como mi interpretación personal de cómo podrían ser ya grandes, también considerando el rumbo y papel que tendrán. Esto lo digo para advertir que no vayan a sentir que estoy usando Out of Character o algo parecido, sino más bien es en respuesta a esto que comento.

    Sin más, los dejo con el primer capítulo. Quedo al pendiente de sus comentarios y opiniones.

    - - - -​

    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 01.
    El Sujeto

    No era la primera vez que la Dra. Matilda Honey visitaba el frío y húmedo Oregón. La primera fue durante sus años de preparatoria, para asistir a un congreso juvenil de lectura en Portland; en aquel entonces era una pequeña enana de trece, o quizás doce, caminando entre un mar de gigantes de quince y dieciséis. Sin embargo, aunque su labor la había llevado a recorrer varias partes del país en el pasado, rara vez la llevaba hacia la Costa Oeste desde se instaló en Boston. Las veces que se dirigía a esas zonas horarias, solían ser en épocas de fiestas, cuando tomaba un avión para ir de punta a punta, desde Massachusetts hasta California, dónde vivía su madre… Madre adoptiva, para ser exactos, aunque para ella igual no había diferencia.

    Pensaba aprovechar ese viaje y bajar desde ese paraje lluvioso y nublado, hacia la cálida y soleada Arcadia, para pasar unos días con ella, en la misma vieja, pero cada cierto lapso de tiempo remodelada, casa blanca de inicios del siglo pasado, a las afueras de la ciudad. Claro, eso sería una vez que tuviera un hueco en el asunto que la había llevado hasta ahí en un inicio.

    Alquiló un vehículo en el Aeropuerto de Portland, y condujo los casi cien kilómetros al suroeste, directo a Salem. La lluvia la agarró a medio camino por la I-5, y ello frenó un poco su avance. No era ni cerca fanática de conducir en el pavimento mojado, especialmente en carretera. Llegó al Grand Hotel en Salem un poco después de las seis y media de la tarde, pero solamente para registrarse y dejar su maleta en la habitación, pues minutos después ya iba de regreso al camino.

    Tras volar siete horas, más el viaje en auto que le sumaba una hora extra, cualquier persona lo que querría en esos momentos es tirarse en la cama a descansar, y dejar cualquier tema que resolver para el día siguiente. Pero Matilda Honey no era cualquier persona. Tenía una cita a las siete en punto ese mismo día, y pensaba asistir sin falta; no por nada la había agendado de esa forma, calculando todo lo que le tomaría el viaje a su destino final.

    Sacarle provecho a cada segundo; una mentalidad bastante adulta, que ella no tardó mucho en asimilar mientras crecía. Adelantar grados, hasta el punto de terminar su posgrado en Yale a los veintiún años, no lo había logrado acostada en la cama descansando, eso era seguro.

    Se destino era la comunidad de Eola, que se encontraba a unos seis kilómetros de Salem, por la Ruta 22. Era uno de esos puntos en el mapa que muchos describirían como “a la mitad de la nada”, compuesto de sólo unas cuantas casas, y pocas tiendas. Lo más resaltante de ese sitio era sin lugar a duda el Hospital Psiquiátrico, construido en épocas en las que la gente deseaba tener a sus enfermos mentales lo más alejados y aislados posible. Aunque eso, en realidad, no había cambiado mucho.

    Llamó para avisar que ya iba en camino, pero más tardó en lograr que alguien la comunicara con la persona que vería, que en llegar al lugar. Se estacionó en el escaso aparcamiento frente al edificio blanco de tres plantas. Su fachada necesitaba ya una remodelación, tras años de erosión, casi seguro por las constantes lluvias.

    El agua no caía con tanta fuerza cuando bajó del vehículo, pero sí con la suficiente para tener que recorrer el pequeño tramo entre éste y la puerta del recibidor, cubierta con su paraguas azul celeste, con estampado de nubes blancas. Definitivamente no la hacía ver muy profesional, pero había sido un regalo de uno de sus niños, y eso era suficiente.

    Sus niños.

    De vez en cuando se sorprendía a sí misma pensando en esa expresión, y a veces incluso usándola al hablar. Lo correcto sería decirles sus pacientes; sus niños, era un término más usado por su madre para referirse a sus alumnos. Pero ambas cosas no eran lo mismo.

    Entró por la puerta principal, no sin antes escurrir un poco el paraguas para mojar lo menos posible. Caminó por un largo pasillo, con sillas de espera a los lados, y la casi cliché lámpara fluorescente tintineando en el techo, aproximadamente a la mitad. En el extremo, se encontraba una pequeña recepción, donde una jovencita flacucha de cabellos rubios, con traje color verde de enfermería, observaba con interés su celular; lo tenía oculto bajó la pequeña bardita que la separaba a ella de los visitantes, pero era obvio por su mirada y sus movimientos que eso era justo lo que hacía.

    El pasillo estaba totalmente solo, por lo que el sonido de sus tacones bajos contra el suelo brillante de poliuretano, resonaban con un claro eco. Al pararse frente a la señorita de recepción, ésta apenas y alzó lo suficiente su rostro para mirarle. A pesar del maquillaje que llevaba, más del que uno esperaría en una enfermera en turno, no se disimulaba del todo su expresión cansada, sus marcadas ojeras, y su ojos ligeramente rojizos.

    —Buenas noches —le saludó con un tono neutro, pero lo suficientemente cordial—. Soy la Dra. Matilda Honey, de la Fundación Eleven. El Dr. Scott me está esperando. Tenemos una cita a las siete en punto.

    La enfermera ni siquiera se mutó. Bajó su mirada, de nuevo sólo lo necesario, hacia la pantalla de su celular escondido.

    —Faltan quince minutos —le informó como si fuera la revelación más obvia, pero escurridiza, del mundo.

    Matilda respiró hondo.

    —Lo sé, se me hizo un poco temprano —dicha afirmación dependía mucho de a quién le preguntarás, pues en su plan original se suponía que llegaría a su hotel con suficiente tiempo para darse un baño y descansar aunque fuera una hora—. ¿Podría ver si puede atenderme de una vez?

    La joven se quedó unos instantes cavilando, como si la respuesta a esa pregunta le resultara difícil de procesar. Matilda se preguntó si ese aletargamiento se debía a estrés, falta de sueño, o quizás al efecto de alguna sustancia indebida; esperaba que no fuera eso último. Al final, la enfermera extendió su mano hacia su teléfono, y presionó el auricular entre su hombro y oído izquierdo, al tiempo que sus manos hojeaba una pequeña libreta café que tenía sobre su área de trabajo.

    —Aguarde un segundo, por favor. Enseguida el doctor estará aquí.

    Su tono no le transmitía mucha confianza. Igual hizo lo que le indicó, y se sentó en una de las sillas del pasillo. Colocó su maletín en el suelo a sus pies, y su bolso en la silla de al lado, y esperó.

    Esperó más de lo que creyó.

    Los quince minutos que la separaban de la hora pactada, se pasaron relativamente rápidos. Los que le siguieron, no tanto. Cada vez que volteaba a ver a la enfermera rubia, ésta tenía de vuelta sus ojos en su teléfono, y no demostraba el menor interés en el tiempo que llevaba ahí sentada.

    Decidió que igual era buena oportunidad de revisar el suyo, un iPhone 7, regalo de Navidad de su madre, que no le había dicho el precio pero estaba segura de que había sido exagerado. Aunque sus ansias de aprender y conocer la hicieron abrazar con entusiasmo el boom de la computación y la llegada del internet cuando aún era joven, parecía que al fin la brecha generacional la estaba alcanzando con esos llamados smartphones. Aun así, era la primera en aceptar su utilidad en cuestiones de comunicación, para estar al pendiente de sus pacientes y de su madre.

    Revisó un par de correos nuevos que le habían llegado mientras volaba, ninguno de suma importancia, y como trescientos mensajes de WhatsApp y Messenger; la mayoría, igualmente no muy relevantes. El más importante fue un mensaje de Jane Wheeler, cabeza de la fundación a la que representaba en ese viaje, por lo que se podría decir que era de cierta forma su jefa; aunque en realidad era mucho más que eso. Sólo le preguntaba cómo estaba y cómo había estado el viaje. Le respondió que todo había estado bien y que estaba esperando a que la dejaran entrar. La respuesta fue enviada, pero no leída en ese momento. No le extrañó; debían de ser más de las diez de la noche en Indiana, y era lunes. Igual habían acordado hablar el miércoles, así que de momento sólo debía informarle que había llegado con bien.

    Una vez que terminó de revisar todos sus mensajes, seguía sin haber señal alguna de movimiento. La espera se prolongó hasta más de las siete con veinte minutos. Estaba por ponerse de pie y pedirle explicaciones a la señorita, cuando unos pasos tranquilos por el pasillo izquierdo, que igualmente llegaba al área de recepción, se hicieron presentes en el silencio sepulcral.

    Un hombre alto en bata blanca, apareció al otro lado de la esquina, y se dirigió unos segundos a la enfermera, que no tardó en usar sus irritados ojos para señalar en su dirección. El hombre de hombros anchos, cabeza algo cuadrada, y cabello negro y corto, se giró hacia ella, y la miró con curiosidad a través de sus grandes anteojos redondos, de armazón grueso. Su apariencia a Matilda le pareció algo curiosa; era como si intencionalmente quisiera verse como un personaje sitcom de los ochentas, de esas que de vez en cuando repetían por televisión, ya muy entrada la noche.

    El hombre se le acercó, esbozando la que Matilda pensó era la sonrisa más verdadera que le era posible hacer en esos momentos, pero no dejaba de ser claramente falsa.

    —¿Señorita Honey? —preguntó con un tono jovial, tras haberse parado a su lado e introducido sus manos en los bolsillos de su bata. Matilda ya se había puesto de pie, y se colocaba de nuevo su bolsa al hombro.

    —Doctora, por favor —le corrigió más tajante de lo que había sido su intención original; quizás la molestia de la larga espera había influido.

    El hombre, que por el gafete colgando de su bolsillo derecho supo que era en efecto el Dr. John Scott, le echó un vistazo de arriba abajo tras su aclaración.

    —Claro —exclamó despacio, más como un gesto involuntario que se le hubiera escapado que un comentario real—. Es mucho más joven de lo que esperaba.

    —Me lo han dicho seguido.

    Y vaya que era sí.

    El Dr. Scott se aclaró un poco su garganta, y luego se giró en la dirección en la que venía.

    —Bueno, por aquí, si es tan amable.

    Él comenzó a caminar, y ella lo siguió. Los pasos de ambos resonaron al unísono en el silencioso pasillo.

    —Ya casi está todo preparado —le informó Scott con reservado entusiasmo–, y el sujeto ha sido informado de que hablará con usted. Pareció sentirse… moderadamente interesada en ello.

    Matilda no externó nada visible o audible, pero la forma en la que había pronunciado “el sujeto”, le había molestado considerablemente. Cuando una persona pasaba de ser un paciente, a ser un “sujeto”, era señal de que algo no estaba bien.

    —Espero que haya podido revisar toda la información que le proporcionamos al respecto, y que ésta le haya sido de utilidad para prepararse.

    —Obtuve toda la información que necesito de momento —le respondió Matilda sin apuro—, incluyendo toda aquella que deliberadamente omitió o decidió ignorar en los reportes que nos enviaron.

    Esas palabras tomaron tan por sorpresa a John Scott, que se detuvo en seco en su sitio; Matilda avanzó unos cuantos pasos más, antes de darse cuenta de ello y detenerse también.

    —¿Disculpe? —exclamó el John, incrédulo, lo que hizo que se dibujara una sonrisa de ligera satisfacción en los labios de la chica californiana.

    —Lo disculpo —le respondió con suma calma, justo antes de virarse de nuevo al camino que seguían, y continuar avanzando. Desde su postura hasta su andar, parecía querer dar a entender que sabía exactamente a dónde ir. Él no tardó en seguirla, unos cuantos pasos por detrás—. Necesito que las primeras sesiones sean privadas, sólo la niña y yo. Sin un tercero, sin cámaras, sin micrófonos, y sin gente mirando al otro lado del espejo.

    —No lo creo.

    —No era una petición.

    Eso quizás fue suficiente para poner a prueba la tolerancia del buen doctor, ya que cuando menos lo pensó, éste se adelantó a ella y se paró justo delante, cortándole el camino. Sólo hasta ese momento, Matilda se volvió consciente de lo alto que era aquel individuo en comparación a ella; a lo mucho le llegaba a la mitad de su pecho, y eso que estaba un poco encorvado hacia ella, como si quisiera intimidarla de esa forma. Su rostro, además, había dejado ir cualquier rastro de falsa o verdadera hospitalidad que hubiera tenido hasta hace unos momentos.

    John Scott respiró hondo, se acomodó sus anteojos con sus gruesas manos, y posteriormente comenzó a hablar con la mayor tranquilidad que su muy evidente molestia le permitía.

    —Dejemos algo muy claro, Doctora —el sarcasmo se encontraba fuertemente adherido a esa última palabra—. Esta niña es mi paciente, y ésta es mi investigación. Si accedí a que usted la viera, fue sólo por mera cortesía. Pero cualquier cosa que obtenga de su charla, debe compartirlo conmigo y mi equipo —presionó entonces su propio pecho con el pulgar derecho de su mano; a Matilda le parecieron por unos momentos los dedos grandes y peludos de algún primate—. ¿Estamos claros?

    —Cómo el cristal —le respondió con absoluta tranquilidad. Aun así, al parecer dicha respuesta había sido suficiente para él, pues rápidamente se disponía a darle la espalda y seguir caminando. Sin embargo, la voz de Matilda, ya no tan tranquila como en un inicio, hizo que se quedara sólo en ello: intenciones—. Pero ahora permítame a mí dejar algo más claro —Dio un paso sin miedo hacia él, encarándolo de frente sin vacilación—. Yo no estoy aquí para apoyar su investigación, ni a usted, ni a su equipo. Yo estoy aquí por petición directa del señor Morgan, y mi único fin es ayudar a esta niña, a la que, por lo que visto, se han esforzado por tratar como rata de laboratorio durante su estancia aquí. Y no sé a quién quiere engañar, porque ambos sabemos que su supuesta cortesía, sólo se debe a que el señor Morgan le advirtió que aceptara, o retiraría a la niña de este sitio. Y de paso, también ambos sabemos que en todo este tiempo no han logrado realmente llegar a ella u obtener algo con todos sus… experimentos y métodos de hace más de treinta años, y quieren ver si nosotros podemos hacer algún progreso que ustedes no.

    »Así que, como agradecimiento por su apertura, y como “cortesía” profesional, le proporcionaré toda la información que obtenga y sienta que sea pertinente o necesaria para su investigación, pero no más. Y si siento por un instante que lo mejor para ella es que la saquen de aquí, no dudaré en transmitirle ese sentimiento a su padre.

    Hizo una pequeña pausa. Aspiró hondo por la nariz, sin dejar de sostenerle la mirada, y concluyó.

    —Dicho eso, repito: necesito que las primeras sesiones sean privadas; sólo la niña y yo. ¿Estamos claros?

    La primera reacción visible en John Scott, fueron varios balbuceos, de seguro involuntarios. Luego se aclaró la garganta con fuerza, y se aplanó la corbata con insistencia con sus grandes manos.

    —De acuerdo —respondió después de unos instantes—. Por aquí…

    Volvió a reanudar la marcha, ahora con mucho más apuro. Aunque radiaba en su mayoría tranquilidad, un ojo observador detectaría sin problema esa dosis de molestia que se había sumado a su ya de por sí mala disposición, disfrazada de “cortesía”.

    Eso de seguro no haría las cosas más sencillas.

    Antes de seguirlo, Matilda se tomó unos segundos para respirar profundo, y soltar después el aire en un pesado suspiro. Quizás se había pasado un poco, pero muchas veces no le quedaba de otra. Le era muy difícil en ocasiones que personas ajenas a la fundación, o al tipo de personas que solía ayudar, la tomaran enserio. Su complexión algo pequeña y esbelta, acompañada de su rostro que radiaba un aire mucho más aniñado de lo que debería a sus veintisiete años, hacían que la gente, especialmente los hombres adultos considerablemente mayores que ella, la miraran hacia abajo con desdén. Y cuando eso ocurría, postrarse firme ante ellos, e incluso algo agresiva, resultaba ser la única medida que le servía. Si no, y si la situación realmente lo ameritaba, siempre había otros métodos; su primera directora de primaria lo había vivido en carne propia.

    “Cuando una persona es mala se le debe dar una lección”, le había dicho su padre hace muchos años atrás. Quizás la única sabiduría real que aquel hombre le había transmitido, aunque estaba segura de que esa no había su intención.

    Su guía la llevó hacia otro pasillo largo, pero éste no tenía salida. Del lado izquierdo, había cuatro puertas de madera, todas con un lector de tarjetas magnéticas montado en la pared a su lado. Del lado derecho, había cuatro sillas, iguales a las que había en el área de espera de recepción; las cuatro estaban vacías.

    —Por favor, aguarde aquí sólo unos minutos —le indicó Scott, dirigiéndose hacia la última puerta.

    —Creí que ya estaba todo preparado.

    —Casi. Creo recordar que dije que casi estaba todo preparado.

    Con esa única explicación, Scott acercó su gafete al lector, y un pitido, seguido de un chasquido en la puerta, indicó que ésta se encontraba abierta. Entró rápidamente por ella, y la cerró detrás de sí, antes de que Matilda hiciera el intento siquiera de mirar del otro lado.

    No tuvo más remedio que volver a sentarse, y esperar.

    No era una de sus habilidades primordiales, pero tenía el presentimiento de que dicha espera no sería corta.

    - - - -​

    El cuarto al que John Scott se había metido tan apresuradamente, era estrecho, de forma rectangular. De mano izquierda justo al entrar, había una gran ventana que prácticamente abarcaba toda la pared de ese lado. Por ella, se podía ver la habitación contigua, al menos tres veces más grande, cuadrada, de paredes, techo y piso totalmente blanco; una persona aguardaba sentada en el centro de aquel otro cuarto. Frente al cristal, había dos escritorios, colocados uno a lado del otro, y sobre cada uno los monitores de dos computadoras, además de sus teclados y ratones. En dichos monitores, se repetía la misma escena del cuarto visible por el cristal. A su vez, frente a cada escritorio, había una silla. La más próxima a la puerta de entrada estaba vacía. La otra, era ocupada por otro hombre de anteojos y bata blanca, aunque de cabello rubio oscuro, y, al menos en apariencia, varios años más joven que John Scott, pero quizás cerca de diez mayor que la mujer que aguardaba en el pasillo.

    En cuanto entró, aquel otro doctor lo volteó a ver, curioso. La molestia que Matilda había notado, parecía también haber sido bastante evidente para este otro hombre, pues lo miró algo sorprendido y confundido, en parte por la manera en la que había entrado.

    —¿Y qué tal, Dr. Scott? —le cuestionó sin mucho rodeo—. ¿Cómo es la misteriosa doctora genio que viene a resolver este complicado enigma?

    Scott bufó, entre divertido y hastiado por su comentario. Su atención se centró en el otro cuarto, aunque más específicamente en la persona que se encontraba sentada, con sus manos sobre sus piernas, y su mirada puesta en el suelo.

    —Con problema le dobla la edad —señaló—. Y además es toda una diva. Encima de que permitimos que viniera hasta aquí y la viera, se atrevió a ponerme condiciones. Cómo si hubiéramos sido nosotros quienes la llamamos.

    El doctor más joven, esbozó una sonrisa.

    —¿Creé que realmente ella tenga experiencia con casos como éste?

    —Por supuesto que no —le respondió Scott de inmediato—. Esta Fundación Eleven, o como sea que se hagan llamar, sólo son otro grupo de sacadineros a cuestas de los miedos de la gente. Si realmente tuvieran la experiencia y el conocimiento de otros sujetos como éste, ¿no crees que hace mucho que ya hubieran publicado algo al respecto? ¿O lo hubieran logrado probar públicamente? Nunca nadie había estado tan cerca de probar científicamente la existencia de habilidades psíquicas reales como nosotros, y no dejaré que esta niña que juega ser psiquiatra se quede con el crédito.

    Inhaló hondó y exhaló, buscando calmarse.

    Miró una vez más a la persona al otro lado del cristal; seguía en la misma posición, sin moverse ni un poco; apenas y pestañeaba cada cierto rato.

    —Pero igual, veamos si podemos sacar algo bueno de esto. Quizás se abra más con alguien como ella. Tiene un aire más… amistoso, por decirlo de alguna forma. Pero no con los adultos, eso es seguro.

    El otro doctor no hizo comentario alguno para contradecir o reafirmar su observación, y en su lugar se limitó sólo a asentir.

    —¿No la hará pasar?

    Scott miró rápidamente la hora en la parte inferior del monitor que tenía más próximo, y la corroboró con la de su reloj de muñeca.

    —Dejémosla esperando un poco más —añadió con cierta picaría en su tono.

    - - - -​

    Matilda sabía que tendría que pagar algún precio por su pequeño exabrupto, si acaso era la forma correcta de describirlo. Sólo llevaba unos pocos minutos de haber conocido al Dr. Scott, pero si se fiaba de la experiencia que tenía de situaciones anteriores similares, y la manera en la que le había querido “dejar en claro” su postura, podía darse cuenta de que era el tipo de individuo que no le gustaba en lo más mínimo que una mujer, en especial una tan joven, intentara imponérsele. Por más mente abierta que muchas personas intentaran presentarse, en el fondo todos tenían aún ideas anticuadas que regían, incluso de manera inconsciente, sus conductas.

    Estaba acostumbrada a ello, y por el bien del trabajo que había ido a desempeñar, que era lo que más le importaba en esos momentos, estaba dispuesta intentar dejar las cosas en paz dentro de lo posible, y esperar ahí el tiempo que el buen Dr. John “yo mando aquí” Scott creyera justo.

    Sin embargo, no pensó que dicho precio sería tan largo. La tuvieron esperando un poco más de media hora, sin darle ninguna pequeña señal de vida. Había llegado antes de las siete, pero sólo hasta un poco antes de las ocho al fin la puerta por la que el Dr. Scott se había ido, se abrió y éste salió de nuevo a su encuentro, ahora al parecer con mucho mejor humor.

    —Lamento la demora. Ya puede pasar.

    —Claro —fue lo único que surgió a modo de susurro de los labios la joven doctora. Tenía muchas otras cosas en mente que le hubiera gustado compartir, pero prefirió simplemente guardárselas; al menos de momento.

    John se dirigió a la puerta contigua a la que acababa de usar, e igualmente pasó su gafete por el lector postrado en la pared a su lado. Los seguros de la puerta se abrieron, y la empujó hacia adentro con una mano, dejándole el paso libre.

    —Le recuerdo lo de la privacidad, Dr. Scott —le recalcó Matilda, justo al comenzar a avanzar hacia el interior de la habitación—. Por lo que descubrí, me parece que ella puede decirme muy fácilmente si está cumpliendo su palabra o no. ¿Verdad?

    John se sobresaltó ligeramente ante esas palabras, que parecían más que nada una amenaza. Matilda fue consciente de ello un segundo después de haberlo dicho, pero no se arrepintió en lo absoluto.

    Ya se enteraría después como se lo cobraría.

    Una vez que entró y se alejó apenas lo suficiente de la puerta, escuchó como ésta se cerró con fuerza a sus espaldas y los seguros se volvían a poner. El cuarto al que acababa de entrar, era cuadrado, un poco amplio, de quizás cinco metros por cinco metros. Las paredes y el techo estaban pintados totalmente blanco, y acompañados de la brillante luz blanca que colgaban del techo, hacían que todo el lugar brillara de una forma casi irreal, como sacado de algún extraño sueño. En la pared de su lado derecho, había un gran espejo, que estaba segura era de doble vista. De seguro daba a la habitación en la que John Scott se había metido durante media hora a… Sólo Dios sabía qué, para hacer tiempo. Jugar solitario, quizás.

    Frente al espejo, había un escritorio de madera, con una silla de un lado. Había además una cámara de video, montada sobre un tripié. Y justo en el centro, se encontraba lo que la había llevado hasta ese lugar.

    Sentada de una silla, igual a la que había detrás del escritorio, se encontraba una niña, de rostro blanco, muy blanco. Tenía la cabeza algo agachada, pero aun así la miraba, aunque su ojo izquierdo estuviera cubierto casi por completo por su largo cabello negro y lacio, que le caía hacia el frente sobre sus hombros. Sus ojos eran totalmente negros, y debajo de estos se marcaban unas oscuras ojeras, resultado evidente de algunos días sin poder dormir bien. Usaba una bata larga de hospital, totalmente blanca, y unas sandalias negras. Se veía ya algo grande, de doce o no más de trece. Tenía sus manos, delgadas y de apariencia frágil, posadas sobre sus piernas. Lo que alcanzó a ver de la expresión de su rostro, le pareció fría, bastante fría, hasta casi rozar en lo aterrador.

    La palidez de su rostro, sus ojeras, y esa vibra de mal humor que transmitía a su alrededor, eran señales de cansancio, de molestia, y quizás de fastidio. Y no era para menos considerando el lugar en el que estaba, y no sólo por esa habitación tan extraña.

    El semblante y la actitud de Matilda cambiaron totalmente en ese momento. Pasó de estar en un estado prácticamente a la defensiva, a tomar una postura mucho más calmada y relajada.

    —Hola, ¿cómo estás? —la saludó sin dudarlo, esbozando su primera sonrisa sincera de esa noche—. Éste no es el lugar más bonito para hablar, ¿no crees? Hubiera sido mejor sentarnos en la cafetería mientras comemos y bebemos algo.

    A pesar de la jovilidad natural que Matilda transmitía, la niña no dio señal alguna de respuesta. En su lugar, se quedó inmóvil, apenas mirándola o notando su presencia. Esto no le extrañó; venía ya preparada con la idea de que no sería sencillo.

    Se acercó con cautela a la mesa; la niña la siguió con la mirada, apenas moviendo su cuello. Dejó su maletín y bolso sobre ésta, y luego le sacó la vuelta. Por un momento parecía que tomaría asiento en la silla, pero en su lugar la tomó con su mano derecha, y sin pronunciar palabra alguna, empezó a arrastrarla por el suelo hacia el centro del cuarto. La silla chirriaba con fuerza contra el piso, casi como si lo estuviera haciendo apropósito. Sólo en ese momento se logró ver una pequeña seña de reacción el rostro de aquella chiquilla, aunque era prácticamente un gesto de confusión.

    Matilda colocó la silla justo frente a la otra, con apenas un poco más de un metro de distancia entre ambas.

    —¿Puedo sentarme? —le preguntó animosa, sin dejar de sonreír.

    La pequeña la miró de reojo, y simplemente se encogió de hombros como respuesta. Aunque en algo era una respuesta de notoria indiferencia, igual decidió tomarla como un asentimiento y sentarse. Se acomodó su larga falda color verde olivo, se cruzó de piernas, y contempló con detenimiento a la pequeña delante de ella. En cuanto posó sus grandes y brillantes ojos azules en aquel rostro pálido y estoico, éste se viró hacia otro lado, quizás algo intimidada por la repentina cercanía.

    —Me llamo Matilda. ¿Tú cómo te llamas?

    —Usted ya lo sabe —soltó de pronto la chica de ojos oscuros.

    Bien, eso era un progreso. Le sorprendió escuchar que su voz era bastante más suave y dulce de lo que su apariencia casi amenazante pudiera dar a suponer.

    —No tienes que hablarme de usted; puedes llamarme simplemente Matilda. Y tal vez sí lo sé, pero me gustaría que me lo dijeras tú misma. Ya sabes, para conocernos mejor.

    La niña la miró en silencio. A pesar de que su mirada seguía tan fría como cuando entró al cuarto, Matilda pudo notar como dudaba y vacilaba entre responderle o no. Sus dedos, posados aún sobre sus piernas, se cruzaban y frotaban entre sí. ¿Señal de nervios?

    —Samara —Susurró despacio tras varios segundos de silencio—. Me llamo Samara Morgan…

    FIN DEL CAPÍTULO 01

    Notas del Autor:

    - Matilda Honey se basa íntegramente en el respectivo personaje de la película Matilda de 1996. Originalmente tenía sólo 6 años y medio, mientras que aquí tendría ya entre 26 y 27 años. Su apellido original era Wormwood, pero aquí se especula que cambió su apellido a Honey en algún punto tras ser adoptada al final de los acontecimientos de la película.

    - Samara Morgan se basa casi por completo en el respectivo personaje de las películas The Ring del 2002, The Ring 2 del 2005 y Rings del 2017. Samara tendría aquí 12 años, como los tiene en la película original (antes de su muerte). Para ello he trasladado su historia a la época actual, ya que originalmente ocurría hace casi cuarenta años. Esto traerá algunos cambios, y algunos iré especificando en los capítulos posteriores.

    - El Dr. Scott es un personaje de película de The Ring del 2002, pero ya que su participación es muy reducida y nunca vemos de hecho su apariencia, tanto ésta como su personalidad fueron adaptadas por mí.

    - En la película de The Ring del 2002, no se específica con claridad la ubicación del Hospital Psiquiátricos de Eola. Bajo el contexto de la película, se podría especular que el Condado de Eola podría ser algún condado ficticio en el estado Washington, inventado en la película. Aquí, sin embargo, lo he ubicado en la comunidad de Eola en Oregón, que es un sitio real. Esto aprovechando los nombres iguales, darle una ubicación más exacta, y también esto obedece a algunos eventos planeados para más adelante.
     
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    Resplandor entre Tinieblas

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    Capítulo 02.
    Vengo aquí para ayudarte

    Samara Morgan, de doce años de edad, era la hija de Richard y Anna Morgan, dos galardonados criadores de caballos con un rancho en la Isla Moesko, en la costa del estado de Washington. Llevaba internada en Eola por ya casi un mes, debido a los extraños acontecimientos que habían empezado a ocurrir un año atrás en su hogar. Aunque, más bien, todo parecía indicar que dichos acontecimientos llevaban mucho más tiempo ocurriendo, pero sólo hasta entonces habían comenzado a volverse tan notorios; e iban en aumento, según los testimonios.

    Anna Morgan fue internada en ese mismo sitio, prácticamente al mismo tiempo que su hija, afectada de gravedad por todo lo ocurrido. Desde entonces, los doctores de dicha institución, incluido sobre todo el Dr. John Scott, habían intentado de mil y una formas entender qué era lo que ocurría, y especialmente cómo tratarlo para darle tranquilidad de los padres de la niña; y, de paso, a los pocos habitantes de su isla.

    Estaba de más decir que en todo ese tiempo, no habían logrado mucho progreso, por no decir que ninguno. Pero esto no era a causa de su ineptitud o falta de hospitalidad, por más que Matilda tuviera el deseo inconsciente de achacarlo a ello. La verdad era que se enfrentaban a un caso que los sobrepasaba, y por ello el señor Morgan había decidido recurrir a un segundo punto de vista: el de la organización que representaba.

    Y eso era lo que la había llevado a ese sitio, a esa habitación blanca y brillante en la que estaba sentada, frente a esa niña de cabellos negros y ojos más negros aún. En las fotografías que le habían hecho llegar, varias de meses o incluso un par de años atrás, se veía como una niña sonriente, de mejillas robustas y rosadas. Pero la niña que tenía ante ella, era totalmente algo diferente. Lo que más le causaba angustia, no era la palidez casi enfermiza de su piel, o esas marcadas ojeras, sino esa mirada… esa casi aterradora mirada.

    Pese a su demacrado aspecto, seguía siendo una niña bastante bella. Sus facciones eran finas, y sus ojos, aún con esa mirada, eran bastante hermosos, profundos y brillantes.

    —Estoy encantada de conocerte, Samara —le respondió Matilda, con marcado entusiasmo, justo después de que hubiera pronunciado su nombre—. He oído mucho sobre ti.

    —Cosas feas, de seguro —murmuró la pequeña con desdén.

    —No, para nada…

    —¿Vienes a estudiarme también? —le interrumpió abruptamente—. ¿Vienes a ponerme cables e intentar descubrir cómo hago lo que hago?

    Ese reproche tan repentino tomó un poco desprevenida a Matilda, pero no permitió que ello rompiera su compostura. Siguió sonriéndole, tal vez incluso más que antes.

    —Yo ya sé cómo haces lo que haces, Samara —esas palabras crearon un asombro tan tangible en la niña, que no fue capaz de ocultarlo tras esas capas de frialdad—. Y vengo aquí sólo para ayudarte y apoyarte con ello, no más.

    Samara se quedó callada, pero la observó claramente escéptica.

    —No me crees, ¿cierto? Está bien, eso es normal.

    Matilda descruzó las piernas, volviéndolas a cruzar de nuevo inmediatamente después, pero ahora con la pierna contraria encima de la otra.

    —¿Podrías hacerme un favor? —Matilda se inclinó ligeramente hacia ella, como si le fuera a susurrar algún secreto—. Dime… ¿hay alguien más escuchándonos en estos momentos?

    Al igual que cuando le preguntó si podía sentarse, la única respuesta de Samara fue encogerse de hombros.

    —Yo sé que sí lo sabes, no seas tímida —su comentario tuvo como punto final un discreto guiño de su ojo derecho—. Dime, ¿hay alguien mirándonos? ¿Hay alguien escuchando lo que decimos justo en este momento?

    De nuevo, la jovencita pareció dudar unos momentos. Luego, comenzó a girar su cabeza muy lentamente a su alrededor. Primero a la derecha, luego a la izquierda, con un lapso de cinco segundos entre un lado y otro. Volteó entonces sobre su hombro derecho, posando su atención en una cámara de seguridad en una de las esquinas del techo; Matilda ni siquiera la había notado. Por último, miró hacia la cámara en el tripié y al espejo detrás del escritorio.

    —No… nadie nos escucha.

    Sonaba bastante segura de ello, aunque Matilda en realidad no sabía con certeza que tan confiable podría ser dicha afirmación, pese a lo directa que había sido con su “amenza” al Dr. Scott. Igual no le quedaba mucho más que confiar en que el buen doctor cumpliría su palabra.

    —Entonces, puedes confiar en que todo lo que me digas, y todo lo que yo te diga, quedará entre tú y yo. ¿Está bien? —No hubo respuesta—. Sé que has pasado unos días difíciles. Sé que sientes que te han tratado como si fueras algo extraño. Sé que debes de sentirse confundida, asustada, y sola. Pero no estás sola, Samara. Hay otros cómo tú, que pueden ayudarte.

    —No hay nadie cómo yo —recalcó Samara con Brusquedad.

    —¿Segura?

    Una sonrisa de más confiada se dibujó en los labios de la joven doctora. Se sentó de nuevo derecha en su silla, e introdujo su mano al bolsillo derecho de su largo abrigo color canela. Iba a sacar algo, pero antes de hacerlo tuvo el impulso de mirar sobre su hombro, al espejo de doble vista. ¿Realmente no había nadie observando?; era imposible saberlo con seguridad. Pero fuera como fuera, ya no importaba.

    Sacó su mano de su bolsillo, y la extendió hacia el frente con su palma extendida. Sobre su mano, tenía un cubo conformado de varias piezas de madera, de colores pasteles; azul, verde, naranja, amarillo. Era uno de esos rompecabezas en tres dimensiones que ocupaban cierto ingenio y cuidado para armarlos. Samara miró el curioso objeto, con confusión en su mirada. Pero antes de que pudiera preguntar qué era eso o porqué se lo enseñaba… el cubo comenzó a separarse de la palma, por sí solo…

    Samara se sobresaltó ligeramente al verlo. El cubo se elevó poco a poco de la mano de Matilda, con total naturalidad, hasta quedar suspendido en el aire a la altura del rostro de la mujer. Luego, se aproximó lentamente al frente, hasta ubicarse justo en el espacio entre ambas. Samara miraba al cubo y al rostro de Matilda consecutivamente. Al fin esa expresión fría y agresiva se había desvanecido, y en su lugar había dejado sólo el asombro y maravilla que uno esperaría de una inocente jovencita.

    —Lo que tú tienes, Samara, es un don muy especial —comenzó a decirle la mujer castaña, aún con su mano extendida, aunque ésta estuviera vacía. Mientras hablaba, el cubo comenzó a desprenderse en sus múltiples piezas, y cada una flotó en una dirección diferente, pero quedándose en un radio cercano a ambas, revoloteando a su alrededor como pequeños insectos. Samara miraba de vez en cuando con interés a alguna de las piezas, pero principalmente tenía su atención puesta en lo que Matilda explicaba—. Algunos nacen con él, otros lo desarrollan con el tiempo, y a otros… se les fuerza. Diferentes personas lo llaman de diferentes formas. Yo y mis colegas lo llamamos resplandor. Y aquellos que lo poseemos, somos personas que resplandecen. Cada resplandor es diferente entre una persona y otra, como tus huellas digitales o las facciones de tu rostro. Incluso dos habilidades que sean bastante similares, varían en su alcance, capacidad, control, límites…

    Las piezas del cubo descendieron, y se encontraron justo frente a Samara. La niña, quizás instintivamente, extendió sus manos hacia al frente. Las piezas se quedaron suspendidas a centímetros de sus palmas, y una a una comenzaron a encajar a la perfección, hasta formar el cubo de colores. Por último, éste se posó delicadamente sobre sus manos. Samara miró incrédula el cubo, y pasó sus dedos por él, quizás para asegurarse de que fuera real y tangible. Luego alzó su mirada nuevo a ella; aún parecía algo escéptica.

    “¿Realmente tú hiciste eso?”, creyó Matilda que estaría pensando justo en ese momento. Era una reacción que solía ver con frecuencia.

    —Hay muchos como tú, y como yo —continuó—. Y muchos de ellos han pasado por situaciones como la tuya. No estás sola, Samara. Yo estoy aquí para ayudarte.

    Samara se mantuvo reservada. Matilda notó que apretaba el cubo con algo de fuerza entre sus dedos.

    —No merezco que me ayuden —susurró tan despacio, que Matilda dudó de haber escuchado bien—. He lastimado a las personas, a los caballos… a mis papás…

    El asombro y maravilla que había remplazado al a frialdad, ahora dejaba paso a la preocupación, la angustia, y el miedo. Esa era al parecer la verdadera Samara Morgan.

    Un mes atrás, varios de los caballos de la Granja Morgan, sin ninguna razón aparentemente, habían perdido el control, hasta salirse a golpes de sus establos y corrales, e incluso lanzarse por los riscos hacia el mar. El caso fue todo un misterio, excepto para los Morgan: ellos sabían exactamente qué, o más bien quién, había sido. Ese había sido el principal detonante para internarla ahí.

    Y aun así, los caballos no habían sido los peor afectados: la principal víctima había sido su propia madre.

    —Estoy enterada de todo lo que ha pasado —prosiguió Matilda, ahora con mucha más cautela en su tono—. Pero también sé que no ha sido porque hayas querido hacerlo. Sin la debida guía, a veces se vuelve muy difícil controlar lo que podemos hacer. Y la gente sin nuestros dones, no comprende lo que es eso. Ellos tienen miedo, se sienten confundidos y asustados. Pero nadie te guarda ningún resentimiento.

    —¿Ni siquiera mis papás? —soltó repentinamente.

    —Claro que no. Fue tu papá el que nos llamó, el que nos pidió que viniéramos a verte. Todos quieren que estés bien, Samara. Quieren que salgas, y que vuelvas con ellos.

    Eso último hizo que el rostro de Samara se iluminará, y volteara al fin a verla directamente, y con sus ojos totalmente abiertos.

    —¿Cuándo podré irme? —preguntó con apuro, algo que a Matilda casi le dolió. Era más que comprensible que deseara irse de ese sitio lo antes posible.

    —Pronto, te lo prometo. Yo me encargaré de eso. Pero para ello, necesito que me ayudes. ¿De acuerdo?

    Samara caviló unos instantes la propuesta.

    —¿Qué debo hacer?

    —Sólo hablar conmigo.

    —¿Sólo hablar? —repitió la niña, arqueando su ceja derecha—. ¿Sin cables? ¿Sin monitores? ¿Sin inyecciones?

    —Sin nada de eso. Sólo conversar.

    —¿Sobre qué?

    Matilda sonrió, y se apoyó derecha contra el respaldo de su silla.

    —En esta primera visita, de lo que tú quieras.

    - - - -​

    Su conversación se extendió por unos cuarenta minutos, antes de que Matilda decidiera que era suficiente; además, Samara empezaba a verse cansada. En general los temas fueron enfocados en conocerse mejor la una a la otra: qué les gustaba comer, qué les gustaba hacer, series y películas favoritas; todo bastante normal. Fuera de ello, la única cuestión relacionada con el elefante en la habitación que Samara llegó a tocar, fue preguntarle desde cuando podía hacer “eso”. Matilda no quiso entrar en mucho detalle al respecto, al menos no en esa primera visita. Se limitó a contarle que lo había hecho por primera vez a los seis años y medio, y de ahí poco a poco se le fue fortaleciendo. Cuando le regresó la pregunta, el rostro de Samara se tornó algo melancólico, y con la cabeza agachada le respondió: “desde siempre”.

    Al salir de nuevo al pasillo por la puerta, que para su suerte se podía abrir con facilidad desde adentro, lo primero que escuchó fueron unas agudas risas a unos cuantos metros de ella. Al mirar al fondo del pasillo, vislumbró tres figuras, dos conocidas y una no tanto, paradas en el extremo, aparentemente conversando. Una de ellos era la chica rubia de recepción, quien justamente era la que reía con tanta fuerza, muy diferente al estado casi letárgico en el que la había conocido. Los otros dos eran el mismo Dr. Scott, y otro hombre de bata blanca y anteojos más discretos, y de apariencia más joven.

    En cuanto los tres notaron su presencia, y que además los miraban, guardaron silencio y recuperaron apresurados la serenidad. La joven enfermera agachó su cabeza algo apenada, y comenzó a andar con pasos apresurados de vuelta por el pasillo. Matilda apenas y la miró por el rabillo del ojo cuando pasó delante de ella.

    —¿Y qué tal?, ¿cómo le fue? —le cuestionó Scott, con sincero interés.

    —Bastante bien. Es una niña encantadora.

    —¿Encantadora? —cuestionó el otro doctor, evidentemente extrañado por tal afirmación. Scott lo reprimió con la mirada, de una forma muy poco sutil.

    —Dr. Johnson, ¿podría llevar al sujeto a su habitación mientras converso con la Dra. Honey?

    La petición dejó helado al joven doctor, quien incluso pareció asustarse. ¿Qué mala experiencia en el pasado podría ser la causa de esas últimas dos reacciones? Como fuera, no objetó nada, y en su lugar se dirigió hacia la habitación para cumplirlo.

    Scott le indicó a Matilda con su mano que caminaran, y ella lo siguió; de seguro estaba más que ansioso de escoltarla a la puerta, aún a sabiendas de que la vería mañana, y pasado, y la mayoría de los días de las próximas dos o tres semanas.

    —Cómo ve, cumplí con mi parte —comentó mientras caminaban uno a lado del otro—. Las dejamos solas, tal y como pidió.

    —Lo sé, y se lo agradezco. Pero aún no tengo nada que compartirle.

    —¿Nada? —exclamó Scott, incrédulo.

    —Sólo una cosa: a Samara le molesta mucho el feo cuarto en el que la metieron. Y prometió ser más accesible, si la cambian a un cuarto más agradable. Mi sugerencia es que lo hagan.

    —Su habitación es la más indicada que tenemos para un paciente de su clase.

    —¿Pacientes violentos, quiere decir? Ella no me lo parece en lo más mínimo.

    —Sólo aguarde —murmuró Scott con ironía—. Un par de días más con ella, y usted misma pedirá que la metamos en esa habitación, o en una más segura.

    A Matilda le molestó enormemente tal comentario. ¿Enserio creía que esa era la forma correcta en la que un doctor debía expresarse de su paciente? No le extrañaba que Samara deseara tanto irse de ahí.

    Adelantó el paso de pronto, dejando atrás al Dr. Scott bastante pronto. No lo necesitaba para encontrar la salida, así que prefirió seguir por su cuenta.

    —Volveré pasado mañana. Y por favor, que las siguientes sesiones sean en un cuarto mejor. Es una niña, no una delincuente.

    Antes de que Scott le respondiera u refutara algo, ella siguió de largo con más rapidez en dirección a la recepción.

    Había sido un día muy largo, y le apetecía enormemente al fin recostarse a descansar.

    - - - -​

    El Dr. Johnson, acompañado de dos camilleros, escoltó a Samara hacia su habitación. Para cualquiera, se vería algo exagerado que tres hombres adultos y grandes llevarán a una pequeña de doce años, especialmente cuando ésta caminaba tranquilamente delante de ellos por su propia cuenta. Pero sólo ellos podían decir con seguridad qué tan exagerado era eso realmente.

    Samara avanzaba con la mirada baja, y su largo cabello casi cubriéndole el rostro. En sus manos, sostenía el cubo de colores de Matilda; ésta le había dicho que podía conservarlo.

    La puerta de su cuarto era de acero, con una ventanilla cuadrada a la altura del rostro de un adulto. Tenía dos cerraduras que se abrían con dos llaves distintas. Uno de los camilleros la abrió rápidamente, y le dejó el camino libre para que pasara por su cuenta.

    —Te traerán algo para cenar en unos minutos —Le informó el Dr. Johnson. Samara lo miró sobre su hombro con seriedad, provocándole un pequeño respingo.

    La niña entró con pasos calmados, y el mismo camillero volvió a cerrar la puerta detrás de ella, para rápidamente ponerle los seguros otra vez.

    El cuarto era también totalmente blanco de paredes y techo, bastante similar al cuarto en el que había estado con Matilda, aunque considerablemente más pequeño. Del lado izquierdo, había una camilla de sábanas blancas, con correas de piel incluidas. Del izquierdo, había una pequeña puerta que llevaba a un reducido cuarto baño, que era quizás menos que una cuarta parte del tamaño de esa habitación; pero era al menos quizás la única habitación de ese tipo con baño, en ese edificio. No había ventana alguna, ni ningún otro mueble y objeto, salvo un anticuado reloj de manecillas, redondo, que se encontraba colgado sobre la puerta.

    Samara avanzó hacia la camilla, y se sentó sobre ésta, con el cubo en sus manos. La camilla estaba lo más abajo posible, por lo que sus pies tocaban el suelo sin problema. Permaneció un largo rato simplemente sentada, mirando con expresión perdida al piso blanco brillante. Sus ojos le pesaban; se sentía muy cansada.

    Le llamó principalmente la atención el brillo de la luz, reflejado en el piso lustrado. Se le vino a la mente esa curiosa expresión que Matilda había usado: resplandor. Había dicho que ese era el nombre de lo que podía hacer.

    Sus ojos se cerraban solos sin que pudiera evitarlo.

    Pero, ¿podía haber algo resplandeciente en lo que hacía? Para ella, esas habilidades, esos pensamientos, eso que hacía… Le parecía sólo estar rodeado…

    De oscuridad…

    Sus parpados se cerraron apenas un poco, lo suficiente para que todo el espacio a su alrededor desapareciera por una pequeña fracción de segundo. Cuando volvieron a abrirse, dicho espacio ya no se encontraba ante ella.

    El aire estaba denso, húmedo, y asqueroso; sentía como se pegaba a su piel y la dejaba pegajosa. Las paredes y el techo ya no eran blancos. Estos estaban llenos de manchas, corrosión y moho. La pintura estaba manchada, y descarapelándose. La luz estaba mucho más opaca, un poco más y estaría a oscuras. El suelo que estaba mirando tan atentamente hace sólo un segundo atrás, estaba ahora cubierto de agua, oscura y tranquila, que le cubría hasta los tobillos.

    Su respiración se agitó de golpe y su corazón latió con fuerza, al tiempo que tenía su mirada totalmente fija en tal horrible visión. Una sensación desgarradoramente fría le subía por el cuerpo, desde la punta de sus pies, sumergidos bajo esa agua oscura, hasta recorrerse la espalda. Se le dificultó respirar, pues el aire se sentía viciado, como si no fuera para que algún ser humano lo respirara.

    Lo que seguiría era ya conocido y esperado para ella, pero no por ello fue menos sorpresivo. La cama se hundió, y sus patas rechinaron un poco. Pudo sentir claramente el peso adicional; no estaba sola en esa habitación. Podía sentirlo en su nuca con total claridad; había alguien en la cama, justo detrás de ella. Oía su respiración, como pequeños chillidos ahogados. La suya, por su parte, se volvió aún más intensa. Cada inhalación requería de un gran esfuerzo para poder tomar aunque fuera un poco del aire necesario. No se volteó en lo absoluto; nunca lo hacía. En parte porque el miedo sencillamente la congelaba, y en parte porque no deseaba hacerlo. No deseaba en lo más mínimo ver directamente a eso que le acompañaba.

    Sus manos se posaron lentamente sobre sus hombros, y los recorrieron desde atrás hacia adelante. Instintivamente miró de reojo a la que se encontraba en su hombro derecho, una mano de piel grisácea con llagas, y uñas sucias con tonos cafés.

    Sintió entonces como se le aproximaba aún más, como el rostro de esa cosa se aproximaba a su oído derecho. Sintió su aliento gélido en la piel, lastimándola como cientos de agujas.

    —Ella no podrá ayudarte —murmuró con una voz grave, que resonaba con el eco de decenas más—. Tú no mereces ser ayudada…

    Las manos apretaron aún más fuerte sus hombros, y le provocaron soltar un chillido de dolor. Cerró entonces sus ojos con fuerza, y pequeñas lágrimas le recorrieron las mejillas. Apretó sus parpados y no los abrió para nada, hasta que la sensación de esas manos sobre ella simplemente se desvaneció. Al abrirlos una vez más, todo había cambiado de nuevo.

    Las paredes y el techo blanco estaban de nuevo ahí, incluido el brillo reflejado en el suelo. El agua en sus pies también desapareció, sin dejar rastro alguno, como si nunca hubiera estado ahí. ¿Y así fue? Y lo más importante, aquella horripilante presencia a su espalda, también se había ido.

    Extendió su mano rápidamente y tomó el cubo de colores de Matilda, y lo apretó entre sus dedos, contra su pecho. Siguió respirando con ansiedad, mirando atentamente el brillo en el piso. Tener ese pequeño rompecabezas consigo y tan cerca, le causaba cierta seguridad… pero no la suficiente.

    FIN DEL CAPÍTULO 02
     
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    Capítulo 03.
    De una naturaleza diferente

    El miércoles de su primera semana en Oregón, Matilda tuvo su tercera sesión con Samara, y fue la primera en la que logró que pudieran hablar fuera de esa sala de interrogatorios en las que las habían metido los dos anteriores. Matilda había sugerido la cafetería, pero la buena voluntad del Dr. Scott no llegó tan lejos. En su lugar, les permitió usar una sala especial para entrevistar a niños, más pequeños que Samara. Era una habitación estructuralmente parecida a la otra: mismas dimensiones, totalmente blanca, una sola puerta, y un espejo doble en un extremo. Sin embargo, tenía varias cosas en su interior que la hacían ver y sentir más agradable: sillas pequeñas, un par de sillones, juguetes, pelotas, libros para colorear y, claro, colores. Había además un tapiz de flores y césped cubriendo la parte baja de la pared, y figuras de papel colgando del techo.

    Dicha sala de seguro haría sentir más cómodo a un niño de cinco, seis, quizás hasta diez años, pero no estaba segura de que pudiera funcionar con una jovencita ya de doce como Samara. Igual, esperaba que cualquier cosa fuera mejor que aquella habitación blanca.

    En primera instancia, Samara no pareció demostrar ni emoción, ni repudio al nuevo escenario; la frialdad y la indiferencia de su rostro, se habían mantenido constantes desde su plática del lunes pasado. La guio hacia una de las mesas para colorear, e hizo que sentaran en las sillas, que aparentemente eran bastantes pequeñas para ambas, pero al menos la jovencita de largos cabellos negros podía acomodarse mejor.

    Luego de unos minutos casuales qué básicamente se compusieron de preguntar sobre cómo se sentía, si había comido bien, y si deseaba platicar o hablarle de algo en especial (cosa que ella respondió simplemente negando con su cabeza), Matilda pasó rápidamente a otra cosa. De su maletín, que siempre traía consigo, sacó un rectángulo algo grueso, apenas un poco más alto y largo que una hoja tamaño oficio. Samara la miró con curiosidad. A simple vista parecía un paquete de hojas blancas, pero fue evidente que eran más gruesas que simples hojas. Eran, según le parecieron a la joven, como pequeños cartones para pintar. Matilda sacó uno de ellos y lo colocó sobre la mesa, justo delante de ella.

    —Quisiera que dibujaras algo para mí, si te apetece hacerlo —le indicó con suavidad, ensanchando su sonrisa.

    Samara la miró de reojo por un rato, en silencio.

    —¿Qué cosa?

    —Lo que tú quieras —se encogió de hombros y se sentó derecha en su pequeña silla—. Lo que se te venga a la mente.

    Samara siguió mirándola callada unos instantes más, como si dudara entre hacerlo o no. Al final, pareció aceptar, pues extendió su mano derecho hacia el bote con lápices que estaba cerca de ella sobre la mesa. Sin embargo, Matilda la detuvo.

    —Si quieres hacerlo con lápiz, pluma o acuarela, está muy bien —señaló la psiquiatra—. Pero si no es molestia para ti, quisiera que lo hicieras de la otra forma. —Hubo una pequeña pausa—. Ya sabes, de esa que sólo tú puedes hacer.

    Había un curioso tono juguetón acompañando a las palabras de Matilda. Samara vaciló; no tuvo problema en entender lo que deseaba, pero no parecía del todo dispuesta a hacerlo.

    —Sin presiones, Samara —se apresuró a mencionar la ojos azules, e inconscientemente extendió su mano con la intención de tocarle el hombro, pero se arrepintió de dicho acto a medio camino, y rápidamente retrocedió. Podría ser muy pronto para cruzar la línea del contacto físico—. Recuerda, conmigo no tienes que hacer o decir nada que no quieras. ¿De acuerdo?

    Samara siguió callada. Era tan difícil lograr entender qué era lo que le pasaba por la mente. Era en momentos como ese en el que pensaba que le hubiera gustado tener un poco menos de telequinesis, si a cambio lograba tener un poco más de telepatía; eso habría hecho su trabajo tan sencillo. Pero no hacía eso porque fuera sencillo o difícil, y de alguna u otra forma tenía que arreglárselas para cumplir su labor.

    El silencio se prolongó por más de un minuto en los cuales Matilda esperó paciente. Cuando Samara al fin reaccionó, fue tan repentino que se perdió el momento en que su mano derecha se posó sobre el rectángulo blanco ante ella, y presionó sus dedos sobre el material. Sus ojos se enfocaron fijamente en él, e hizo una pequeña mueca como si intentara levantar algo pesado.

    Pasaron unos diez segundos en los que no ocurrió nada, evidentemente. Pero de pronto, ante los ojos pendientes de la psiquiatra, varias líneas marrones comenzaron a distribuirse por el papel, como si alguien hubiera vertido tinta en él. Se extendieron hacia los lados y hacia arriba, dibujando varias curvas. Pero no era dibujo precisamente: era como si algo muy caliente, pero muy fino a la vez, tocara el cartón y lo quemara, dejando una marca en la superficie. Se veía así, pero no era lo mismo. No olía a quemado, y las líneas no se encontraban sobre la superficie o creaban hendiduras en ella: era como si fueran parte del mismo material, como si así hubiera sido fabricado desde un inicio.

    Las curvas, al inicio inconexas y sin un orden lógico, pronto comenzaron a tomar forma: todas juntas creaban la imagen de un árbol, grande, pero con sus ramas desnudas, sin ninguna hoja en él. Y era bastante detallado y realista, como el dibujo de un verdadero artista profesional.

    Una vez que el dibujo quedó plasmado, Samara retiró lentamente su mano del papel, y la ocultó sobre sus piernas, debajo de la mesa. Agachó la cabeza, y su cabello le cayó sobre el rostro, como si intentara ocultarlo por la pena.

    Matilda tomó cartón con cuidado con ambas manos y le echó un vistazo con más cuidado. Pasó sus dedos sobre la superficie; en efecto, no se sentía como si hubiera sido tallado o presionado sobre él; sencillamente, apareció ahí. No le sorprendió que hiciera ese árbol; de hecho, lo esperaba.

    —Es muy bonito, Samara —le comentó con genuina admiración—. He visto que plasmas seguido este árbol en las demás ilustraciones que me enseñó el Dr. Scott. ¿Es alguno que esté en tu casa?

    —No —se apresuró a responder la niña, sorprendentemente rápido considerando que habitualmente se tomaba su tiempo de cavilación—. Es un árbol que veo a veces… en mis sueños.

    Matilda tomó nota rápidamente de ese dato, en la libreta que traía consigo. En un mundo en el que al parecer todos preferían usar tabletas con pantallas táctiles, ella aún seguía prefiriendo el papel y lápiz para casi todo.

    No estaba directamente relacionado, pero dicho comentario le hizo pensar en algo que deseaba preguntarle con anticipación.

    —Dicen que sigues sin poder dormir con regularidad. —Aguardó a ver si había una reacción en ella, pero no la hubo—. ¿Hay algo en especial que te hace mantenerte despierta? ¿Tienes pesadillas?

    Ahí sí se notó una pequeña reacción de su parte: un pequeño respingo que le hizo alzar su cabeza, casi por mero reflejo.

    —Casi siempre —murmuró muy despacio.

    —¿Qué tipo de pesadillas?

    —Con agua… siempre hay agua. A veces siento que me ahogo y no puedo salir.

    Matilda se sintió intrigada por ello. ¿Agua?, eso podría significar muchas cosas. ¿Podría estar ligado al incidente de los caballos que se ahogaron?

    —¿Cómo te sientes en esos momentos? ¿Desesperada? ¿Asustada?

    — Todo eso… Y más.

    Matilda se apresuró a anotar todo lo que pudo. Ese definitivamente sería un tema que tocaría seguido, pero de momento decidió dejarlo por la paz y pasar a otro.

    —Quisiera que habláramos un poco sobre tu madre. Me dijeron que ella también está aquí. ¿Hablas seguido con ella?

    De nuevo una reacción, pero no una del todo positiva. Su rostro se agachó una vez más, y bajo la mesa, sus dedos se movían nerviosos entre ellos.

    —Nunca quiere verme —respondió—. Ella me odia.

    —Estoy segura de que no es así —se apresuró Matilda a aclarar—. Ella simplemente está asustada, y está aquí para que la ayuden, igual que a ti…

    —No podrán ayudarla —espetó Samara repentinamente con un tono algo agresivo—. Así como no pueden ayudarme a mí…

    Matilda se dio cuenta que más que agresividad, sus palabras estaban cargadas de cierta melancolía, fácilmente contagiosa.

    El Señor Morgan le había indicado que la relación entre Samara y su madre se había diluido con el paso de los meses, y el incidente de los caballos había sido el acabose de ello. Cómo alguien que desde el día mismo de su nacimiento nunca fue ni remotamente cercana a su madre biológica, y desde el momento de su primer día de clases en la primaria ha tenido una relación bastante buena, cariñosa y respetuosa con su ahora madre adoptiva, le era un poco difícil imaginarse de cuenta propia lo que era tener una madre que crees que te ama, y al día siguiente sentir que te odia.

    Para Matilda era obvio, desde aún antes de subirse al avión que la había llevado hasta ese paraje, que el asunto con su madre era un factor importante, si es que no era acaso el principal, de ese estado cerrado, frío y agresivo en el que la pequeña Samara se había sumido. Si quería tener alguna posibilidad de sacarla de ello, la clave era la señora Morgan.

    —¿Te gustaría que arreglara que pudieras hablar con tu mamá? —Le cuestionó con gentileza en su voz, haciendo que Samara tuviera la mayor reacción del día.

    Sus ojos se abrieron de par en par, y de inmediato alzó su rostro y la volteó a ver directamente, expectante; le pareció muy parecido a cómo se había puesto al decirle que la ayudaría a salir de ahí.

    —¿Puedes hacer eso?

    —Puedo intentarlo. ¿Eso te gustaría?

    Sin dudarlo, la pequeña asintió rápidamente con su cabeza. Matilda pensó que quizás había plantado demasiadas esperanzas en ella. Pero había prometido intentar, así que eso mismo haría.

    —Entonces déjalo en mis manos, ¿sí? —Le guiñó el ojo con complicidad, y le pareció ver un pequeño rastro de sonrisa en esos labios levemente rosados—. Por cierto, es probable que mañana no podamos vernos. Justamente iré a tu casa a hablar con tu padre. ¿Hay algo que quieras que le diga?

    Samara vaciló un instante, y luego negó con cuidado con su cabeza. Al parecer las ansías que tenía de ver a su padre, no se equiparaban a las que tenía de ver a su madre. Quizás en su mente sentía algo de resentimiento hacia él, viéndolo como la persona que las metió a ambas en ese sitio.

    —Bien, ¿quizás hay algo que quieras que te traiga de tu casa?

    De nuevo, un instante de silencio previo a su respuesta.

    —Una de mis muñecas.

    Matilda se sorprendió un poco, pero procuró que su rostro no lo reflejara. No pensaba que las niñas de esa época aún jugaran con muñecas, menos las de doce años, que ya para esa edad se preocupaban más de los artistas de moda y navegar por internet. ¿Sería acaso señal de una pequeña regresión? No quiso ser tan obvia para anotarlo en el momento, pero tomó una nota mental para después. Quizás exageraba, y simplemente era una niña de doce años que aún le gustaban las muñecas.

    —¿Hay alguna muñeca en especial que quieras que te traiga?

    —Nancy —respondió Samara con un susurró—. Nancy podría hacerme compañía.

    - - - -​

    Después de terminada la sesión y que se llevaran a Samara a descansar a su cuarto, el mismo cuarto de contención del que no había logrado que la sacaran, Matilda pasó al despacho del Dr. Scott para hablar de algunas cuestiones importantes. La primera, y quizás más sencilla, el tema de la muñeca, a lo que el buen doctor le respondió sin dudarlo mucho con una serie de puntos sobre las medidas de seguridad de la institución, para proteger tanto al personal como a otros pacientes.

    —Es una muñeca de la que estamos hablando, no un machete —exclamó Matilda casi indignada, sentada en una de las sillas frente al minimalista escritorio de John.

    —Si tuviera la experiencia suficiente en este tipo de instituciones, Doctora —comenzó a decirle, sin despegar sus ojos del monitor plano de su computadora, mientras tecleaba con rapidez y atención; Matilda esperaba que no estuviera chateando con alguien más mientras hablaban—, sabría que hasta el objeto menos pensado puede convertirse en un arma en las manos de pacientes agresivos con la disposición de hacerle daño a alguien. Y este paciente en especial, es ya lo suficientemente agresivo sin ello.

    —Ya todos han dejado muy claro que se sienten incómodos en presencia de esta niña. Pero la tras estas tres sesiones, comienzo a preguntarme si no son ustedes los agresivos con ella, y los que la incitan a hacer lo que sea que les haya hecho.

    Scott separó sus ojos del monitor, y volteó a mirarla sobre el armazón de sus lentes con una nada disimulada molestia. Era bueno saber que poco a poco se volvían más honestos el uno con el otro con el pasar de los días.

    —Cómo le dije antes, sólo espere un poco más de tiempo, y usted misa lo entenderá —le advirtió, o más bien amenazó, de manera tajante, antes de volverse de nuevo a su computadora.

    Matilda simplemente suspiró.

    —Bien, ¿y qué tal si le traigo su muñeca y sólo la usa mientras esté en sesión conmigo? No creo que realmente le importe mucho mi seguridad, ¿o sí? En la habitación que estuvimos hoy hubo muchos peligrosos lápices de colores y juguetes.

    —No sé si el papeleo lo valga. Pero como guste, Doctora.

    Bien, un triunfo, o algo así. Y a pesar de todo, esa había sido la cuestión sencilla; no quería ni imaginarse como sería la siguiente.

    —Una cosa más. Me gustaría hablar con la señora Morgan.

    —No será posible —respondió Scott con bastante más normalidad y rapidez de la que se esperaba—. Ella no habla con nadie, y menos lo hará con usted. Su conducta se ha vuelto tan violenta, que tengo que mantenerla sedada casi todo el tiempo.

    —Algo escuché de eso, pero tendré que insistir. Curar la relación con su madre, será pieza clave para la recuperación de Samara. Ella siente que la odia por lo ocurrido, y es importante que sepa que no es así.

    —Pues será difícil, porque sí lo es.

    Matilda se sobresaltó un poco al escucharlo decir tal cosa, y su mirada casi asesina fue suficiente para demostrar que no le había parecido en lo más mínimo. O el tema requería más de su atención o quizás había terminado la cosa muy importante que estuviera haciendo, pues en ese momento Scott al fin quitó sus ojos del monitor, y giró por completo su silla hacia ella.

    —Escuché, usted sólo lleva tres días hablando con esta niña, y quizás crea qué con eso, y con su supuesta experiencia en este campo, ya sabe todo lo que debe saber. Pero no es así. Las imágenes que ella crea con su mente, no sólo lo hace sobre el papel o las radiografías; puede hacerlo en las cabezas y sueños de las personas.

    —Eso ya lo sé…

    —No, no lo sabe —recalcó Scott enérgicamente—. Lo hizo con sus caballos en la granja, y lo hizo también con su madre prácticamente desde que era una bebé. Los caballos saltaron a un barranco gracias a ello. La señora Morgan no tuvo tanta suerte.

    —Ella no lo controla aún —respondió Matilda, intentando sonar lo más segura posible—. Nada de lo que ha hecho, y eso incluye aquí en este hospital, ha sido intencionalmente.

    —Intente explicarle eso a su madre.

    —Lo haré con gusto, si arregla que pueda hablar con ella. No ahora mismo, pero sí pronto.

    Scott bufó, molesto, y no respondió nada más.

    —Por favor, al menos intente preguntarle si me recibiría. Veré al señor Morgan mañana. Se lo puedo pedir a él directamente, pero sería más sencillo si usted lo arregla, ¿no lo cree?

    Scott la miró de forma condescendiente, como un adulto ve a un niño terco que le pide una y otra vez lo mismo, por más que le dices que no. Aun así, al final se encogió de hombros, resignado.

    —Vivo para servirle, Doctora.

    Y se giró entonces de nuevo a su computadora, dando quizás por terminada su plática de esa forma. A Matilda le pareció bien; lo que menos deseaba era estar un segundo más en esa oficina que apestaba a su loción sobrecargada, quizás marinada un poco con su propio ego.

    Matilda se paró, y se retiró en silencio. Se dirigió de inmediato a su hotel para prepararse. Tenía una llamada importante esa noche, después de todo.

    - - - -​

    A las ocho en punto, hora del oeste, Matilda ya se encontraba bañada, arreglada, peinada, y ligeramente maquillada; nada exagerado, apenas un poco para ocultar las pequeñas ojeras que el cansancio del viaje comenzaba a dibujarle, y algo de rubor para darle color a sus mejillas. Se puso ropa casual, pero limpia y planchada. Ni siquiera cuando tenía una cita con algún chico, las pocas veces que la había tenido en realidad, se arreglaba con tanta anticipación y cuidado. Y lo peor era que ni siquiera iba a salir de la habitación; bien, quizás aprovechando que ya estaba arreglada, saldría a cenar rápido a algún restaurante cercano después. Pero la intención inicial de su arreglo, era una simple videollamada por Skype.

    Pero en realidad, esa llamada de “simple” no tenía nada. Nada era realmente simple cuando se trataba de hablar con Jane Wheeler, la fundadora y cabeza de la Fundación Eleven. A pesar de todos los años que llevaba de conocerla, seguía poniéndose nerviosa cada vez que la veía; y eso incluía incluso si simplemente era su imagen en una pantalla. Y era algo más que por el hecho de ser su jefa; para Matilda, Jane era mucho más que eso. Además de que debajo de esa eterna sonrisa y actitud amistosa, siempre había percibido algo ligeramente atemorizante en ella, algo que te inspiraba a doblegarte por su sola mirada, incluso a ella que se suponía no se doblegaba a nadie. Fuera lo que fuera ese algo, estaba segura de que iba más allá de su resplandor. Por qué, en efecto, ella también lo tenía, y uno realmente poderoso.

    Ya lista, se sentó en el escritorio del cuarto, colocó su laptop sobre éste y la encendió. Unos minutos más tarde, la persona que esperaba apareció como conectada, y empezó la llamada. Matilda respiró hondo y se sentó derecha en su silla; se sintió por unos instantes como una niña pasando de un momento de relajación a uno de completa seriedad, cuando el profesor entra al aula de clases.

    En la pantalla se mostró en un parpadeo el video en primer plano del rostro de una mujer, ya cerca de los cincuenta, pero aún con un look bastante conservado y elegante, de cabello café oscuro, ligeramente rizado, muy natural, y corto, suelto hasta los hombros; se le veía realmente bien. Le sonrió ampliamente de oreja a oreja en cuanto, de seguro, vio la imagen de Matilda en su propia computadora; sus labios se encontraban discretamente pintados de rosado.

    —Matilda Linda —se escuchó su voz a través de las bocinas de la portátil. No estaba segura si le gustaba o no que le dijera así—. ¿Cómo te trata la Costa Oeste?

    —Buenas noches, señora Wheeler —respondió apresurada, y luego tuvo que aclararse un poco la garganta antes de proceder—. Mejor de lo que esperaba. Gracias por preguntar.

    La mujer en la pantalla la miró con ligera severidad en sus ojos grandes y brillantes, color café claro.

    —Matilda, ya estás muy vieja para que te tenga que estar recordando cada vez que no me tienes que llamar “Señora Wheeler” o “Señora Jane”. ¿O no?

    Matilda se ruborizó un poco ante ese pequeño regaño. El trato formal era algo que hacía casi sin pensar ante ciertas personas que le infundían un enorme respeto; a su propia madre seguía llamándola “Señorita Honey” muchas veces, sin darse cuenta.

    —Lo siento, lo siento —repitió apresurada, inhalando algo de aire por la nariz—. Me encuentro bien, Eleven…

    La mujer en la pantalla sonrió satisfecha.

    Nunca olvidaría las palabras que había usado para presentarse la primera vez que la vio, cuando tenía quizás diez u once años: “Me llamo Jane, pero tú puedes decirme Eleven. Todos mis amigos lo hacen.” Y al parecer eso se lo decía a todos los niños que llegaba a conocer en su labor, pues todos sus conocidos de la Fundación, especialmente aquellos con el resplandor como ella misma, le decían así. Era su Tía Eleven, su Mamá Eleven, y su Maestra Eleven, aunque ella insistía mucho en que sólo era su Amiga Eleven.

    Muchos le habían llegado a preguntar el porqué de ese apodo, que daba igualmente nombre a la Fundación, pero sólo a unos pocos, incluida la propia Matilda, les había respondido con la historia completa. Y sobre porqué había decidido llamar a la Fundación de esa forma, ella simplemente decía: “No fue idea mía, fue una sugerencia bastante firme de mi ahora esposo y mis demás amigos. Al final, creo que me acostumbré a llamarla así”.

    —¿Ya visitaste a tu madre? —Cuestionó la Amiga Eleven, curiosa.

    —No aún. Lo haré una vez que termine aquí.

    —Perfecto; sé que le molestaría mucho que no lo hicieras. A mí molestaría.

    La hija mayor de la Sra. Wheeler ya había terminado la universidad y trabajaba en New York en algún negocio de Bienes Raíces, del que Matilda no estaba del todo bien informada; de seguro a eso venía el comentario. Su segundo hijo, un chico de veinte años, estudiaba en Bloomington, y aún le quedaba en casa una jovencita de dieciséis, de la cual ocuparse. Y aun así, seguía dirigiendo cada paso de la fundación desde su casa en el apacible Hawkins, Indiana. Y no se le escapaba nada… nunca.

    El semblante de Jane se puso relativamente más serio de pronto.

    —Bien, antes de comenzar, ¿tienes algo más que agregar a la información que ya me habías enviado?

    Matilda igualmente optó por una postura más seria. El motivo de la llamada era hablar sobre la labor que la había llevado a Oregón, y más específico de su actual paciente: la pequeña Samara Morgan, y de sus primeras impresiones tras esos primeros días.

    Le contó de manera resumida la situación entre Matilda y su madre, y como ésta al parecer estaba afectando gravemente a la pequeña. Le comentó que deseaba hablar con la señora Morgan en persona, y luego intentar pactar que ambas se vieran, si lo veía conveniente. Eleven escuchó todo ello con detenimiento, solamente asintiendo con su cabeza de vez en cuando.

    —Es bastante difícil para un niño que resplandece, sentir el rechazo de todos, especialmente de sus propios padres.

    —Eso lo sé muy bien. —Y en verdad lo sabía—. ¿Qué opinas? ¿Crees que mi enfoque ha sido el correcto?

    —Tus decisiones hasta ahora me parecen más que adecuadas, como siempre lo son.

    Esas palabras iluminaron el rostro de la joven psiquiatra, sin que se diera cuenta. Era algo extraño como aún podían causarle un efecto como ese las palabras de aliento de la persona adecuada.

    —¿Hay algo en especial que pienses que deba hacer de aquí en adelante?

    —Sí. —El tono y el rostro de Eleven tomaron un sentimiento algo extraño, casi melancólico, que a Matilda tomó un poco por sorpresa—. No quiero que lo tomes a mal, Matilda… Pero creo que debes retirarte de este caso.

    La alegría y emoción que había surgido en ella, se desvaneció de golpe al escucharla decir eso último, que ahora la dejó totalmente anonadada. Pensó que quizás había escuchado o entendido mal, pero el mensaje era totalmente claro, y no entendía en lo más mínimo de dónde había surgido.

    —¿Qué? Pero… ¿por qué? —Exclamó casi alarmada—. Si sólo llevó tres días aquí, y siento que estoy haciendo un gran progreso. Me acabas de decir que mis decisiones hasta ahora han sido las adecuadas; ¿qué hice mal?

    —No hiciste nada mal —recalcó Jane, alzando sus manos al frente en señala de calma—. Lo estás haciendo de maravilla, justo como esperaba de ti. Pero revisando la información que han recopilado tú y los otros doctores, siento que hay algo en este caso que te podría llegar a sobrepasar. Eres una persona bastante capaz, y el hecho de que te haya pedido que fueras tú misma a revisar la situación, lo demuestra. Pero en verdad creo que esta niña puede estar más allá de lo que has visto antes. Y por tu propia seguridad, no te puedo pedir que sigas hurgando en esto.

    Matilda se sentía confundida, hasta algo mareada con todo lo que le decía. Hace unas horas atrás, le acababa de decir al Dr. Scott que el miedo que todos ahí profesaban a Samara era bastante infundado, ¿y ahora su propia mentora le estaba diciendo prácticamente lo mismo?

    “Cómo le dije antes, sólo esperé un poco más de tiempo, y usted misa lo entenderá”, le había sentenciado el buen doctor.

    —¿A qué viene todo esto? —Cuestionó Matilda, inconscientemente ya algo a la defensiva—. ¿Qué es lo que has visto que yo no?

    —Es más lo que no vi —le respondió de una forma casi lúgubre—. Hay algo en esta niña que es muy diferente a lo que ya conoces, Matilda. Algo… —Hizo una pequeña pausa de vacilación—. Sólo puedo decir que su resplandor, podría ser de una naturaleza diferente.

    —¿Diferente? ¿Qué se supone que significa eso? —Su tono se había puesto algo más agresivo, y eso fue fácilmente percibido por la mujer en la pantalla.

    —Escucha…

    —No, tú escucha —le interrumpió con fuerza—. No sé a qué venga todo esto, pero es de una niña inocente de la que estamos hablando; una niña que necesita de nuestra ayuda, a la que sus padres, y todo su pueblo, casi le han dado la espalda por completo, y si por ellos fuera la dejarían el resto de su vida ahí encerrada. Es exactamente para ayudar a niños como ella por lo que estoy en la Fundación, y no la voy a abandonar.

    —No te digo que la abandones. —El tono de Jane también se cargó de cierto impulso— Sólo considero que sería pertinente, por el bien de la niña, y el tuyo propio, que pongas el caso en manos de alguien con otro tipo experiencia.

    —¿Quién tiene más experiencia en tratar a niños con este tipo de problemas que yo?

    —No dije más experiencia. Dije “otro” tipo de experiencia.

    Matilda arqueó una ceja, intrigada.

    —¿Qué otro tipo de experiencia?

    Eleven guardó silencio, sosteniendo con intensidad la mirada de Matilda en su respectiva pantalla.

    —No es algo que se pueda hablar por Skype. Sólo te puedo decir que hay un aspecto muy grande del resplandor que aún desconoces. Y esta niña puede que sea más de este otro aspecto.

    Más palabras evasivas y respuestas no claras; todo esto a Matilda parecía estarle desesperando poco a poco. Era la primera vez que Eleven le hacía sentir así; al menos que recordara.

    —Mira, no entiendo de qué estás hablando —soltó con firmeza, alzando un poco la voz sin querer—. Pero con todo el respeto que te tengo, debo decirte que sería un error que me sacaras de este caso. Samara ya se está empezando a abrir conmigo; creo que estoy formando una conexión con ella, algo que Scott y su grupo de doctores locos no han logrado en más de un mes. Y si me quitas y pones a alguien más, eso podría echar por la borda todo ese progreso, y quizás no vuelva a abrirse así de nuevo otra vez. Empecé esto, y estoy dispuesta a terminarlo, así tenga que pasar sobre ti.

    Se sentó firme en silla y respiró hondo, intentando incluso no pestañear.

    —He dicho.

    Y expuestas sus intenciones, se quedó en la misma posición, reflejando seguridad, madurez, y decisión, desde su mirada hasta su postura. Sin embargo, por dentro, su corazón latía al mil por hora, y una voz interna le gritaba: “¡¿Acaso le acabas de alzar la voz a Eleven?! ¡¿Te has vuelto loca?!”

    Le había hablado de esa forma a muchas personas antes, pero nunca a dos: Eleven y su madre adoptiva. Ahora sólo quedaba esta última. Quizás se había dejado llevar de más por su coraje, y no se había detenido a contemplar las consecuencias, y eso ahora la tenía muerta del miedo, aunque por fuera siguiera firme.

    Jane, por su lado, permanecía en silencio, mirándola desde el otro lado de la llamada, con una expresión casi sombría que Matilda no sabía cómo interpretar. Esa “eterna sonrisa”, ya no estaba ahí. Esa situación se prolongó por casi un minuto, en el cual Matilda consideró varias veces el gritar que lo sentía y que no había querido decirlo de esa forma. Sin embargo, para su alivio… aunque en realidad no lo fue tanto, al final Eleven volvió a sonreír; de hecho, soltó una pequeña carcajada de diversión.

    —¿Sabías que hasta cuando intentas ser amenazante, no puedes evitar ser adorable? —Le soltó de pronto, haciendo que Matilda se ruborizara gravemente tras el comentario —. Siempre he admirado tu pasión, Matilda Linda. Y me alegra ver que tienes tanta determinación para llevar a esto al mejor término posible. —Sin embargo, su rostro se puso serio nuevamente de pronto—. Pero tienes que tener muy claro que esta niña… no es Carrie White.

    Matilda se sobresaltó, casi asustada, al oírla decir eso, y su respiración se cortó. Cualquier determinación, firmeza y seguridad que le hubiera quedado de hace un rato, se le fue al piso al escuchar ese sólo nombre.

    Fue incapaz de responderle.

    —Las similitudes entre ambos casos son más que evidentes. No las vas a negar, ¿verdad? —Matilda siguió sin decir nada—. No puedes dejar que tus emociones sobre lo ocurrido en aquel entonces, se proyecten en esta niña, Matilda. No es correcto, y puede ser peligroso.

    Matilda vaciló un poco, y cuando al fin intentó hablar, casi tartamudeó. Se tomó un segundo y respiró hondo para tranquilizarse. No era justo que sacara ese tema a relucir; ella sabía muy bien cómo le afectaba. Sin embargo, en el fondo, sabía exactamente qué si lo hacía, era por un motivo.

    Carrie White… Hacía mucho tiempo que no escuchaba a alguien pronunciar ese nombre en voz alta, a pesar de rondaba su cabeza bastante seguido.

    — No lo hacen —respondió al fin, con toda la firmeza que pudo—. Estoy consciente de todo lo que me estás diciendo, y aun así me mantengo firme en mi decisión.

    Matilda esperaba más replica, pero para su sorpresa, Eleven sólo suspiró, se encogió de hombros, y le volvió a sonreír, aunque menos efusiva que antes.

    —Está bien; no sería correcto insistir en algo que obviamente ya decidiste con tanta firmeza. Pero al menos permíteme buscar a alguien más que pueda apoyarte con esto.

    —Creo que Cody está trabajando en Seattle —comentó la joven psiquiatra rápidamente; la idea ya le había cruzado con anticipación por la cabeza, y de hecho esperaba poder comentar el punto a lo largo de dicha llamada—. Él podría ayudarme. De hecho, comienzo a pensar que su resplandor comparte ciertas similitudes con el de Samara.

    —Sí, la ayuda de Cody te sería útil —asintió Eleven con cautela—. Pero aun creo que te hará falta alguien más.

    —¿Alguien con ese… “otro” tipo de experiencia?

    Una pequeña carcajada divertida se escapó de los labios de la mujer en la computadora.

    —Siempre has sido la más lista de la habitación, Matilda. O… de la ventana de chat. Haré unas llamadas; tengo a alguien en mente, pero debo ver si está disponible. Mientras tanto, te sugiero investigar un poco más la historia de la niña.

    —¿Su historia? —Cuestionó Matilda, extrañada—. ¿Qué ocurre con su historia? Si te refieres al incidente de los caballos, ya…

    —No —interrumpió Eleven abruptamente—, no hablo de eso, sino de su historia mucho más atrás. Uno de nuestros colaboradores me pasó más datos sobre ella, que deberías revisar si piensas continuar tratándola. Te los enviaré en cuanto colguemos.

    De pronto, Eleven se inclinó hacia la cámara, como si intentara de alguna forma acercársele lo suficiente para susurrarle un secreto en su oído. Su mirada de nuevo se volvió dura, casi aterradora. Y cómo narrador al fuego de una fogata, terminando de contar una historia, le susurró con tono apagado y lento…

    —Ten mucho cuidado, Matilda…

    Un instante después, antes de que la joven doctora pudiera responderle algo, la llamada terminó, abruptamente, sin ningún adiós o buenos deseos.

    Matilda se preguntó si quizás había algo de enojo en Eleven por su desplante. Le gustaba pensar que no era el tipo de persona que reaccionaría de esa forma; quizás era más algo de aprensión, por la situación que tanto le preocupaba, aunque ella seguía sin entender exactamente porqué.

    ¿Qué quería decir exactamente cuando decía que el resplandor de Samara podía ser de una naturaleza diferente? ¿Qué clase de “otra” experiencia tendría la persona que pensaba enviarle? ¿Qué es lo que Eleven, y al parecer igual el Dr. Scott y su grupo, han visto en esta niña que ella simplemente no? ¿Y si tenían razón? ¿Y si en verdad había algo en todo eso que la superaba? ¿Y si no era la adecuada en verdad para ayudarla?

    No, nada de eso.

    Lo que acababa de decir en esa llamada era la pura verdad: estaba ahí para ayudar a Samara Morgan, y lo haría sin importar qué…

    No fue consciente de qué tanto tiempo se quedó cavilando justo ahí, sentada frente a la computadora, hasta que escuchó el sonido de un correo entrando a su bandeja de entrada, acompañada de una notificación en la esquina inferior derecha de su computadora. El remitente era precisamente, la propia Eleven.

    Lo abrió en ese mismo momento, curiosa de saber qué era exactamente eso que había descubierto del pasado de Samara, especialmente si ello le podría dar algo luz sobre qué incomodaba tanto a su antigua mentora. Adjunto al correo, venían varios documentos, pero sólo le bastó abrir uno de ellos. Lamentablemente no le sirvió justamente para entender el mensaje tan críptico que Eleven le había dejado con sus palabras… pero igualmente, lo que decía dicho documento, la dejó casi con prácticamente con la boca abierta.

    Anonadada, revisó el resto de los documentos, pero todos eran básicamente un complemento del primero.

    Se apoyó contra su respaldo, se volteó pensativa hacia un lado, mirando un punto cualquiera en la alfombra del cuarto, e intentó entender cómo reaccionar en base a lo que acababa de leer.

    FIN DEL CAPÍTULO 03

    NOTAS DEL AUTOR:

    - Jane Wheeler está basada en el personaje de Eleven de la serie de Netflix, Stranger Things del 2016. Jane es el nombre real del personaje, de acuerdo al nombre que había sido elegido por su madre, siendo su nombre completo real Jane Ives. Wheeler es el apellido de Mike, protagonista de la serie, con quien en esta historia se encuentra casada. En la serie original, en su primera temporada que ocurre en 1983, ella tiene sólo 12 años. Para este tiempo, sin embargo, tendrá alrededor de 46. Para el momento en el que se escribe este capítulo, sólo se ha sacado la Primera Temporada de la serie, y se espera dentro de poco el estreno de la Segunda, por lo que de momento sólo se tomará en cuenta la Primera como referencia para esta historia de aquí en adelante, a reserva de que tras ver su Segunda Temporada haya algún dato, situación o momento que considere sirva a la trama.
     
  4.  
    WingzemonX

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    Título:
    Fanfic - Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    5309
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 04.
    Demasiado peligrosa

    A la mañana siguiente, Matilda se despertó muy temprano, se empinó lo más rápido que pudo dos tazas de café en el restaurante de la planta baja del hotel, y luego se sirvió un poco más en un termo para el camino. Se subió a su vehículo alquilado, y condujo hacia el norte junto con los primeros rayos del sol. Sería un largo y cansado viaje de algunas horas, en el que no tendría a otro acompañante más que la radio y su termo.

    La ruta original que tenía pensada el día anterior, previa a su llamada con Eleven, era dirigirse directo hacia Port Townsend, pasando por Portland, y quizás deteniéndose unos momentos en Olympia para descansar y desayunar algo más en forma. Ese sólo recorrido le terminaría tomando quizás entre cuatro y cinco horas. Una vez en Port Townsend, tendría que esperar y tomar el ferry que la llevaría hasta la Isla Moesko, en donde se encontraba la Granja de Caballos de los Morgan. Tomando en cuenta la espera y el tiempo del recorrido, en el peor escenario esperaba estar ahí entre la una y las dos de la tarde.

    Pero, como dijimos, esa era su ruta original; la que llevaba en la mente al levantarse esa mañana, ya era otra nueva. Ésta incluía que en Tacoma, en lugar de tomar hacia el noroeste en dirección Port Townsend, se desviara hacia el noreste, hacia Seattle, desvío que le tomaría a cuenta varias horas adicionales. Había pensado pasar a Seattle después de ir a Moesko, pero la llamada con Eleven le había hecho sentir que ir allá debía de ser prioritario.

    Según su información, desde hace tres años, Cody Hobson, un viejo amigo suyo de la Fundación, trabajaba en Seattle como maestro de biología en una escuela primaria. Cody también tenía el resplandor, pero uno único, muy diferente al suyo, muy diferente al de Eleven, y muy diferente a básicamente cualquier otro que había conocido hasta ese momento; pero, sorprendentemente, quizás algo parecido al de Samara, o al menos eso es lo que teorizaba. Es por ello que había considerado buena idea hablar con él, especialmente aprovechando su relativa cercanía. Pero ahora quizás él podría darle además algo de luz sobre qué era lo que a su mentora había puesto tan alerta, o de cuál era esa “otra” experiencia que supuestamente le hacía falta. Y aunque no pudiera, su percepción especial gracias a su resplandor, estaba segura le sería de mucha utilidad.

    En Olympia, se detuvo en un Denny’s a desayunar, descansar y estirar las piernas. Aprovechó la parada, que consideró ya era a una hora prudente para llamar por teléfono, para comunicarse con el señor Morgan, y mover la hora de su reunión para más tarde, después de las cuatro o cinco; no pareció haber problema alguno. Intentó igualmente comunicarse con Cody para no caerle de sorpresa, pero al parecer el último número que tenía de él no era el más reciente. Le mandó un mensaje a Eleven, pidiéndole que le pasara su nuevo número si lo tenía. Para su buena suerte, en efecto, sí lo tenía; para su mala suerte, le respondió ya cuando estaba de nuevo en el camino, y no lo pudo leer hasta una hora después, cuando ya estaba por cruzar los límites de Seattle. Y aun así, cuando intentó llamarle de nuevo a ese nuevo número, el teléfono sonó, pero de los tres intentos que hizo, en ninguno obtuvo respuesta.

    Se detuvo unos momentos para meditarlo. ¿Y si había hecho su desvío en vano? ¿Y si Cody ni siquiera estaba en Seattle?; quizás había ido a Alabama a visitar a sus padres, y ella se había aventurado sin averiguar siquiera.

    Le tomó unos minutos decidirse, pero al final optó por dirigirse a la escuela en la trabajaba y arriesgarse. Al llegar, se presentó en la dirección como colega de Cody Hobson, a quien buscaba por un asunto personal importante. Para su fortuna, le informaron que en efecto la persona que buscaba se encontraba presente, y dando clases en esos momentos. Eso la hizo suspirar aliviada. Le ofrecieron mandarlo a llamar, pero ella optó por ir por su cuenta a verlo a su salón de clases, previendo que la hora de recreo estaba cerca. Aunque renuentes al inicio, su muy efectivo poder de convencimiento le dio el camino libre.

    Siguió las indicaciones que le dieron para dar con el Salón B de cuarto grado, cuya puerta se encontraba abierta. Cuando ya estaba a unos cuantos centímetros de la entrada, pudo escuchar, y reconocer, con claridad la voz del profesor en su interior.

    —…y esta clase especial de mariposa monarca, es de las especies más longevas —pronunciaba la voz suave y algo juguetona en el interior del aula—, ya que pueden llegar a vivir de ocho hasta nueve meses.

    Matilda se detuvo cerca del marco de la puerta, y se asomó sutilmente, intentando no llamar para nada la atención. Parado delante del salón, vio a un hombre joven, algo delgado, de cabello rubio, ligeramente largo y lacio, con un copete peinado hacia la derecha, que le cubría por completo su frente. Sus ojos pardos se asomaban desde atrás de un par de anteojo de armazón delgado. Usaba un atuendo interesante, de jeans azules, camisa verde a cuadros, y un saco café casual, que gracias a su complexión hacía parecer que le quedaba más grande de lo que realmente era. Matilda no pudo evitar sonreír un poco; unas botas y un sombrero, y tendría el atuendo esperado de un joven cowboy de Alabama, aunque su notable falta de vello facial no le ayudaría a afianzar dicha apariencia.

    Su viejo amigo Cody se veía justo y como lo recordaba; su rostro algo aniñado, lo hacía lucir considerablemente más joven de lo que realmente era. Pero pocos sabían que debajo de esa apariencia escuálida y aparentemente débil, se escondía uno de los poseedores del resplandor más poderosos con los que hubiera tenido oportunidad de cruzarse, además de uno de los más inteligentes.

    Permaneció afuera, limitándose a escuchar el resto de su lección, hasta que sonara la campana.

    —Este lapso quizás suene a poco —prosiguió el joven profesor, mirando con gran emoción a sus estudiantes—, pero no lo es tanto si consideramos que el tiempo de vida promedio de una monarca es de…

    Hizo una larga pausa, y se volteó hacia la clase, esperando que alguien completara su frase por iniciativa propia. Sin embargo, con lo que se encontró fue sólo el silencio.

    —Les daré una pista: lo dije hace quince minutos.

    Tardaron un rato más en al fin mostrar alguna reacción, hasta que una niña en el centro del aula levantó tímidamente su mano.

    —¿Cuatro semanas? —Cuestionó, insegura.

    —Si contamos sólo su tiempo de vida como mariposa, sí. Si consideramos todo el ciclo de vida completo, desde que es huevecillo, estaríamos hablando de entre cuatro y ocho semanas, quizás hasta diez. Pero me estoy desviando del tema.

    Cody se paró justo en el centro del pizarrón, tomó un marcador de color azul, y comenzó a escribir algunos datos sobre éste, al tiempo que seguía con su explicación. Los niños, por su lado, escribían en sus cuadernos todo lo que consideraban relevante.

    —Estas monarcas de la generación Matusalén, son un caso muy singular. No sólo por el hecho de que vivan más que las otras, sino que pareciera ser que deben —pronunció poniendo especial énfasis en esta palabra— de hacerlo. Verán, como les había dicho, las monarcas, con sus vidas tan efímeras, básicamente viven única y exclusivamente para la supervivencia de su especie. Nacen, se reproducen, y mueren, en ese sencillo orden, sin más ni menos. Cuando llega el invierno, necesitan viajar hacia el sur, para buscar tierras más cálidas, desde Canadá, hasta el centro y sur de México. Pero teniendo vidas tan cortas, ¿cómo podrían hacer este largo viaje? ¿Cómo podrían sobrevivir todos esos meses? La lógica te diría que su destino es morir bajo esas circunstancias, y que la especie se extinguiría.

    Hizo una pequeña pausa, y se giró de nuevo hacia la clase, sonriéndoles de oreja a oreja con entusiasmo.

    —Pero ahí es cuando estas pequeñas entran en acción —señaló con mucho hincapié, como si estuviera a punto de revelar un sorpréndete secreto—. Es como si la propia naturaleza fuera un ser consciente, y supiera exactamente lo que hace. Porque justo cuando llega el otoño, cuando el frío comienza, esta generación nacida en estos momentos, nace con la capacidad de durar muchos más tiempo que sus ancestros. Y de esta forma, pueden llevar a cabo la increíble tarea de hacer todo el largo viaje hasta el sur, sobrevivir todo esos meses, y luego volver a su hogar, para darle paso a la siguiente generación, algo que sería casi imposible de otra forma.

    »Si lo ponemos en perspectiva, es como si ustedes tuvieran un hijo, y este naciera con la capacidad de vivir más de quinientos años. Y todo, sólo para perdurar la especie. Como si ese niño naciera con un don especial y único, con el destino de usarlo para asegurarse de que sus descendientes a su vez, sobrevivan. Para asegurarse de que nuestra especie, viva una generación más.

    Todos los niños, más Matilda en el pasillo, escucharon esa parte del relato con mucho interés. Pero fue sólo la joven psiquiatra la que captó el mensaje completo de lo que trataba de transmitir en ese punto. ¿Esperaba que quizás algún niño en especial entre su público lo entendiera también? ¿O lanzaba sólo el comentario al aire, como una red esperando que atrapara algo? Claro, igual podría sólo ser una coincidencia.

    —La naturaleza, bajo este punto de vista, es bastante sabia —concluyó el profesor—. Todos nacemos con un propósito, aunque no siempre sea tan claro cuál es…

    La campana sonó en ese momento, cortando las palabras de Cody, que igual parecían al menos haber podido llegar al punto. Los chicos, sin espera, comenzaron a guardar todas sus cosas con algo de prisa.

    —Recuerden el ensayo para la próxima semana. Pórtense bien, disfruten su recreo.

    Algunos de los pequeños le respondieron con un pequeño “sí”, pero en su mayoría todos se dirigieron más temprano que tarde a la puerta del salón. Al salir al pasillo, algunos miraron con curiosidad a Matilda parada afuera, que sólo les sonrió y saludó de forma amistosa; unos pocos le regresaron el saludo de la misma forma.

    Una vez que el salón se vació por completo, al menos de alumnos, Matilda se tomó la libertad de al fin ingresar. Cody estaba de espaldas a la puerta, recogiendo sus libros y apuntes del escritorio.

    —Muy buena clase, profesor —exclamó con un tono animado, que tomó por sorpresa al chico rubio—. Aunque la historia de las Monarcas Matusalén me gustó más las primeras diez veces que me la contaste, me gustó ese giro final nuevo que le agregaste. Inspirador.

    Había un tono juguetón, casi sarcástico en sus palabras, pero eso no las volvía falsas.

    Cody se volteó rápidamente hacia la puerta al escucharla, y su rostro se llenó de absoluto asombro al verla ahí. Sin embargo, dicho asombro no tardó mucho en convertirse en júbilo.

    —¡Matilda!, qué increíble sorpresa —exclamó con entusiasmo, y de inmediato se le aproximó con los brazos extendidos. La joven castaña hizo lo mismo, para que ambos se pudieran dar un amistoso abrazo.

    —Lamento llegar así —se disculpó la visitante, una vez que se soltaron—. Quise hablarte, pero me fue imposible.

    —Lo siento… —Cody extendió su mano hacia el escritorio, tomando su teléfono móvil y echando un rápido vistazo a su pantalla—. Siempre lo pongo en silencio cuando doy clases. Pero ha pasado tanto tiempo —cuatro años, al menos—. ¿Qué te trae a Seattle?

    —Estoy atendiendo un caso de la Fundación en Oregón, cerca de Salem, que se está tornando un poco complicado. Pensé, y también Eleven estuvo de acuerdo conmigo, que podrías ayudarme con algunas cosas. Si te es posible, claro.

    —Claro que sí —no dudó en responder, sonriéndole ampliamente a su vieja amiga—. Lo que sea por ti, y por Eleven.

    Matilda igualmente sonrió, feliz de ver que el chico que conoció hacía ya quizás unos doce años atrás seguía siendo el mismo chico amable que recordaba, con la misma vibra positiva y cándida a su alrededor. Aunque igual había algunas sutiles diferencias. Recordaba, por ejemplo, siempre haber sido notablemente más alto que él, pero en ese momento, aún con sus tacones, parecían estar en estaturas bastante similares. Los anteojos también eran nuevos, pero igual quedaban muy bien con su estilo. Y ni que hablar de la notoria seguridad que transmitía al dar clases. Aunque claro, quizás el hablar de un tema que tanto le apasionaba como las mariposas, ayudaba mucho en ello.

    Mientras Cody siguió recogiendo sus cosas, se dio permiso a sí misma de tomar asiento en uno de los pupitres de la primera fila. Aunque no había pasado tanto tiempo desde el término de su doctorado como para decir que eso le traía nostalgia de cuando era estudiante, si le provocó una un tanto extraña sensación. Miró pensativa hacia los pizarrones blancos, con los datos que Cody había escrito en ellos con plumón aún en ellos. Irremediablemente a su cabeza vinieron algunos recuerdos, ya lejanos, de sus propios días de primaria. Claro, en aquel entonces los pizarrones eran verdes y se usaban gises sobre ellos.

    Se sumió tanto en sus pensamientos, que sólo reaccionó cuando Cody comenzó a borrar los datos sobre la Monarcas Matusalén.

    —No sé si alguna vez te lo dije —comenzó a decir de pronto—, pero por un largo tiempo durante mi niñez y pubertad, mi meta a futuro era ser maestra.

    —Cómo lo era tu madre adoptiva, ¿no?

    —Aún lo es. Aunque ahora se dedica más a ser directora.

    —¿Y por qué no lo fuiste al final?

    Matilda se quedó un rato pensativa. Era una buena pregunta, que ella misma se hacía a veces, pero no tenía una respuesta concreta, sino quizás varias que se complementaban entre sí.

    —No lo sé —susurró despacio, más para sí misma que como respuesta al chico delante de ella—. Supongo que simplemente son vueltas que da la vida.

    Cuando Cody terminó de borrar, Matilda se puso de nuevo de pie, y se acercó al escritorio del profesor, con su maletín en mano. Sacó sin espera de éste el expediente que estaba armando del caso de Samara, tanto la información que el Dr. Scott le había proporcionado, más la que obtuvo de sus propias fuentes, y claro la que ella misma había estado recogiendo en esos tres días pasados; se veía bastante abultado, pero aun así le hacía falta la información que guardaba directamente en su computadora.

    —¿Te es familiar el término Termografía Proyectada? —Cody simplemente la miró fijamente, con confusión en sus ojos—. Si no, no te aflijas. No es muy conocido. Es una habilidad psíquica teórica, que se basa en poder plasmar una imagen mental en alguna superficie física. Principalmente se relaciona con fotografías y videos que le hacen al usuario, pero también se presenta sobre papel, o prácticamente cualquier espacio.

    Matilda abrió el expediente, y sacó de éste varias radiografías, o al menos eso era lo que parecían, y las colocó sobre el escritorio. Eran alrededor de cinco. Cody se sentó en la silla tras el escritorio, se acomodó sus anteojos, y les echó un vistazo. Aunque parecían radiografías, no estaba claro de qué eran exactamente. No eran de los huesos de una persona, eso era claro. Parecían ser algún tipo de extraños dibujos, plasmados en el acetato como si flashazos de luz se tratase. En una se veía lo que a simple vista parecía ser un caballo de juguete, flotando sobre olas del mar. En otro se veían los pies de alguien, cubiertos con unas botas, y debajo, aparentemente enterrada bajo tierra, lo que parecía ser na muñeca con jeringas y clavos enterrados en ella; una visión bastante aterradora. En otra más, se percibía un árbol de amplias ramas sobre un horizonte, y en otra las siluetas de varios juguetes.

    Cody pareció más que intrigado por lo que veía.

    —¿Dices que alguien plasmó estas imágenes con su mente? —Preguntó curioso, virándose de nuevo hacia Matilda, quien asintió levemente con su cabeza.

    —Una niña de doce años, para ser exactos. Según me dijeron, es lo que aparece cada vez que intentan sacarle alguna radiografía de cualquier parte de su cuerpo, como si en lugar de proyectar sus huesos, lo hiciera lo que está pensando en esos instantes.

    La ceja derecha de Cody se arqueó, como señal suspicacia, formando en su rostro un gesto casi cómico.

    —¿Y crees que se trata de esa Termografía que mencionaste hace un momento?

    —Sí, y no —respondió Matilda, algo ecléctica—. Aunque los doctores que la examinaron primero están usando este término, estoy pensando que es algo mucho más complejo que eso. Ella no sólo puede plasmar esas imágenes en radiografías o superficies físicas como éstas; puede hacerlo también en la mente de las personas. Lo hizo con su madre sin querer, provocando que viera cosas que la han estado arrastrando hasta la locura. Y al parecer también lo hizo con los caballos del rancho donde vive, haciendo que enloquecieran, y muchos saltaran al mar.

    —¿Saltaran al mar? Oye, creo que leí algo de eso —Cómo biólogo, era comprensible que un incidente como ese llamaría su atención—. ¿No dijeron en los periódicos que los motivos eran desconocidos?

    —Para ellos quizás, pero para sus padres fue claro desde el inicio qué o quién había sido. Es capaz de crear imágenes realmente vividas, e implantarlas en las personas y los animales, a veces sin darse cuenta de ello, provocándoles reacciones obsesivas, y a veces incluso violentas.

    —¿Posee cualidades telepáticas?

    —Sí, pero hasta dónde he visto, bastante pocas. Son más sensaciones y pequeños flashes que le llegan de pronto. Y lo sé, es una contradicción. La lógica diría que alguien que pudiera alterar de tal forma la mente de una persona, debería de tener capacidades telepáticas extraordinarias, pero no es así, o no lo ha demostrado al menos. Y sabes tan bien cómo yo que cada resplandor es muy diferente, por lo que no podríamos juzgar ello como una regla tallada en piedra. Además, me parece que aún no ha mostrado todo de lo que es capaz. Es más un presentimiento, pero creo que puede hacer muchas cosas más con esta habilidad que aún desconocemos, ella misma incluida.

    Cody no respondió con palabras, pero su expresión demostraba que no estaba en desacuerdo con dichas afirmaciones, o al menos no poseía nada para desmentirlas. Posó su atención de nuevo en las radiografías, contemplándolas con sumo interés. Algunas de esas imágenes eran realmente extrañas; difícil de creer que habían salido de la mente de un niño. Aunque si alguien conocía los horrores que podían esconderse en la mente de un niño pequeño, ese era él.

    —¿Qué opinas? —Le cuestionó Matilda, algo ansiosa—. ¿Puede que sea algo parecido a tu habilidad?

    —No estoy seguro —le respondió el profesor, sin apartar sus ojos de las imágenes—. La verdad, no creo que nadie haya visto algo parecido antes, ni siquiera Eleven.

    Tal afirmación dejó a Matilda casi anonadada de inmediato.

    —¿Por qué lo dices?

    Cody se mantuvo reflexivo. ¿Qué era lo que ocupaba a tal grado su mente? Luego de casi un minuto de silencio, se quitó sus anteojos y se talló los ojos con los dedos. Se levantó, caminó hacia la puerta del salón, y se apresuró a cerrarla, con llave por dentro.

    —Hay algo que debes de entender sobre mi resplandor —comentó con un tono algo serio, en contraposición con el estado tan animado que tenía unos momentos atrás.

    De pronto, juntó sus manos frente a su pecho y talló sus palmas entre ellas. Cerró los ojos unos instantes, y luego, al volver a abrirlos, separó sus palmas extendiéndolas a los lados, y de entre ellas surgió una pequeña y brillante mariposa azul, nítida, que se elevó revoloteando sus alas en el aire, hasta colocarse sobre sus cabezas. Pero no fue la única; a esa primera, le siguieron decenas más iguales, que comenzaron a volar por el salón con completa libertad.

    Matilda miró todas ellas con admiración, más no con sorpresa.

    —Cuando yo materializo un pensamiento en el entorno —prosiguió explicando, Cody—, éste dura sólo hasta que yo dejo de pensar en ello, o hasta que dejo de enfocarme en él. Luego de eso, se desvanece, como una cortina de humo; como si nunca hubiera estado aquí realmente.

    Una por una, todas las mariposas azules comenzaron a desintegrarse, como pérdidas en una neblina azulosa que se extendía hacia todos lados, y luego desaparecía por completo. En cuestión de segundos, todas las mariposas se desvanecieron; en efecto, como si nunca hubieran estado ahí.

    El resplandor de Cody era uno único en su tipo: le daba la facultad para poder materializar sus pensamientos y sueños en su entorno, y manipularlo a su disposición. Pero no como simples ilusiones intangibles, no como simples espejismos; lo que proyectaba, realmente se hacía real, al menos por el lapso de tiempo que él así lo decidiera. A Matilda, esa habilidad siempre le había parecido bastante increíble, a la vez que hermosa. Sin embargo, podía tornarse también aterradora, bajo ciertas circunstancias. Según le habían dicho Eleven y el propio Cody, era bastante difícil de controlar y mantener en un estado consciente, pero se volvía cien veces más efectiva mientras dormía; pero, por consiguiente, más incontrolable.

    —Sucede lo mismo cuando un telépata con habilidades de ilusionista —continuó—, proyecta una imagen en la mente de una persona; igualmente, sólo dura hasta que el usuario deje de proyectarla, y luego de eso también se desvanece. Son sólo ideas, ¿me explico? Imágenes temporales que formamos en nuestras cabezas, y luego exteriorizamos. Pero esto…

    Cody tomó de nuevo una de las radiografías, y la colocó contra la luz para contemplarla mejor.

    —Estas imágenes no son temporales. Perduran, se quedan en el mundo físico, aunque su usuario ya no esté siquiera presente. Y si esto ocurre con las imágenes en el acetato, debe ser igual con las mentes de las personas. En otras palabras, las imágenes que implante en sus mentes… —hizo una ligera pausa reflexiva—, nunca desaparecen. Si le hizo esto a su madre, el daño que le haya hecho…

    —Podría ser permanente —concluyó Matilda, previendo el punto al que Cody quería llegar; éste asintió, afirmando su sospecha.

    Ambos se quedaron en silencio, digiriendo su resolución. Matilda ya había llegado a considerarlo con anterioridad, pero el hecho de que Cody se lo confirmara, lo hacía aún más real. El ambiente en el salón se volvió algo lúgubre de golpe. ¿Sería eso lo que tanto preocupaba a Eleven? ¿Lo que le hacía sentir que quizás no estaba lista para lidiar con algo como eso? Era probable, pero no le hacía más claro a qué se refería exactamente con que esta habilidad podía ser de una “naturaleza diferente”.

    Mientras ella meditaba al respecto, Cody notó otra imagen que Matilda traía consigo, pero que en lugar de estar en un acetato, se encontraba en un cartón para pintura, de tamaño oficio. Cody lo tomó, y echó un vistazo; el mismo árbol, o al menos uno muy similar, al de una las radiografías, se encontraba ahí plasmado.

    —¿Éste también lo hizo ella?

    —Sí, justo ayer. Yo le pedí que lo hiciera para corroborar que era capaz de formar las imágenes de forma consciente, o si sólo de forma involuntaria. Aparentemente fue lo primero, aunque no creo que ella entienda muy bien cómo es que lo hace.

    Cody contempló con curiosidad el extraño dibujo. Lo miró de muy cerca, y pasó también con mucho cuidado sus dedos sobre la superficie del cartón, específicamente donde se encontraban los trazos del árbol. Algo llamó su atención de inmediato.

    —Es extraño. En las radiografías esto no es tan notable, pero aquí se puede ver que el dibujo no está sobre el cartón, o dentro del cartón: está en él, como si hubiera sido prefabricado con la imagen. Como si fuera parte del mismo material.

    Al oír eso, Matilda lo volteó a ver rápidamente con los ojos totalmente abiertos, mas Cody no lo notó de inmediato.

    —Pero la única forma que se me ocurre en que eso pudiera ser posible, es que…

    —¡El cartón haya sido modificado a nivel molecular! —Se apresuró Matilda a agregar, notándosele una notable emoción en su voz que a Cody tomó por sorpresa. Le siguió entonces una pequeña risilla, casi nerviosa—. ¿Cómo no me di cuenta antes? La única forma en la que podrías modificar la imagen en las radiografías, es manipulando los fotones de rayos x que llegan a la lámina para que se forme la imagen deseada. Esa debió ser mi clave. En el cartón y en el papel es lo mismo. Si logras modificar las moléculas del material, éstas pueden reacomodarse de cierta forma, y así es como logra que aparezcan estas imágenes. Por eso las imágenes perduran. No las proyecta con su mente, su mente las fabrica físicamente, en toda la extensión de la palabra.

    —De hecho, tiene bastante sentido ahora que lo mencionas —añadió Cody, ya un poco contagiado por la emoción de su amiga—. La gente suele ver a los pensamientos y recuerdos de las personas como algo abstracto e intangible; en otras palabras, como algo no físico. Pero en términos biológicos, todo ello se basa principalmente en composiciones celulares y químicas de nuestros cerebros. Es decir…

    —¡Qué igualmente pueden ser manipulados a un nivel molecular, como el cartón o los fotones! —Exclamó Matilda con más fuerza de lo que se proponía—. No es estrictamente Termografía Proyectada en el sentido convencional, sino una habilidad totalmente nueva: la habilidad de modificar las mentes de las personas a un nivel físico, no abstracto como la telepatía. Esa debe ser su habilidad primaria, y las imágenes que se plasman en las radiografías y en el papel, son sólo resultados derivados de ello, no al revés como el Dr. Scott y su equipo supusieron. Se fueron por la teoría de la Termografía y no vieron más allá, ¡y yo casi caí en lo mismo!

    —Pero todo esto es meramente especulativo —se apresuró el joven profesor a señalar—. Es imposible saber si en verdad su habilidad es como lo suponemos, especialmente porque no hay ningún precedente parecido a esto. No es telepatía, ni telequinesis, ni algo con lo que hayamos interactuado antes. Pero además, si en efecto se trata de algo como lo que dices, estaríamos hablando de una habilidad demasiado peligrosa —puso especial énfasis en esa última parte—. Es probable que con la concentración y experiencia suficiente, pudiera destrozar por completo la mente de una persona, convertirla en un vegetal, o incluso lavarle el cerebro por completo y convertirla en otra persona. O algo como en la película de Inception, pero mucho más agresivo.

    —¿No estás exagerando? —Masculló Matilda, algo escéptica, a lo que Cody simplemente se encogió de hombros.

    —Quizás, pero sólo estoy yéndome al mayor extremo que se me ocurre. Escuché a algunos otros chicos de la Fundación decir que si se enfocaba lo suficiente, Eleven era capaz de provocarle un derrame cerebral a alguien. Obviamente yo nunca la vi hacerlo, pero… —Pareció decidir al último momento no continuar con su oración—. Pero igual no todo tiene que ser tan malo. Bien encaminada, una habilidad así podría ser también muy benéfica. Podría ayudar a personas con algún tipo de lesión cerebral, trastornos en el desarrollo neuronal, o incluso ayudar a corregir problemas de conducta o demencia. ¿Quién sabe?, quizás incluso corregir comas permanentes, o curar traumas emocionales.

    —Es probable —asintió Matilda—. Pero creo que pasará mucho tiempo antes de que permitan a alguien como ella hacerle su versión psíquica de una operación de cerebro a alguna persona.

    —Quizás. Pero lo que trato de decir al final es que, si es lo que pensamos, puede traer consigo muchas cosas buenas… pero también muchas cosas malas. —Miró fijamente a Matilda en ese momento a través de los delgados cristales de sus anteojos—. Debes tener mucho cuidado. Lo que le pasó a su madre, te puede pasar a ti.

    —Descuida —se apresuró a responder, despreocupada—. ¿Olvidas la protección que Eleven nos colocó contra este tipo de ataques cuando éramos niños?

    —No, pero recuerda que ésta podría no ser una habilidad psíquica normal. Además, recuerdo que Eleven nos dijo que esa protección era más para ataques a larga distancia, para que nadie pudiera detectarnos o afectarnos desde lejos. Y también nos dijo que mientras más cerca estuviéramos, menos efectivo se volvería. Y tú estarás bastante cerca de ella.

    Matilda guardó silencio, notablemente pensativa. En realidad, no necesitaba que Cody se lo mencionara: ella era totalmente consciente de ello. Siempre había usado la excusa de aquella supuesta protección como un sustento, para hacer que su madre no se preocupara por ella, y en parte también para darse autoconfianza en su labor. Pero ahora, quizás no iba a ser suficiente.

    Eleven le había dicho que ese caso le parecía particularmente peligroso para ella, y ya en esos momentos le resultaba difícil fingir que no pensaba que pudiera tener razón. Podía aceptar sin problema que Eleven estaba en lo cierto; de hecho, desde su adolescencia se había acostumbrado a ello. Pero lo que no soportaría, sería darle la razón del Dr. Scott y a sus miedos, aunque estos ya no le parecieran tan irracionales.

    Suspiró con cansancio, y volvió a sentarse en uno de los pupitres.

    —Tenía pensado pedirte que me acompañaras en una sesión para que conocieras a esta niña, y me dieras tu opinión más de primera mano; especialmente de su resplandor. Pero entenderé si después de todo esto, prefieras no involucrarte tan directamente.

    —Descuida, lo haré con gusto —se apresuró Cody a responder, tomando un poco por sorpresa a Matilda—. Como dije, haría lo que sea por ti…. ¡Y por Eleven! —se apresuró a agregar, casi nervioso.

    Matilda sólo pudo soltar una pequeña risilla, que intentó disimular, pero igual hizo que las mejillas del chico se ruborizaran un poco.

    —¿Cómo se llama la niña? —Cuestionó Cody rápidamente, intentando cambiar de tema.

    —Se llama Samara, Samara Morgan.

    El rostro de Cody formó una extraña mueca de confusión.

    —¿Morgan?

    —Sí. ¿Pasa algo?

    —No, nada. Es sólo que Morgan era el apellido de mi madre… de mi madre biológica — corrigió rápidamente—. Que coincidencia. Quizás sea mi pariente.

    Al mirar de nuevo a Matilda, notó como el rostro de ésta se había tornado profundamente serio, tanto que por un momento llegó a pensar que había dicho algo que la había molestado. Pero antes de que pudiera preguntarle qué pasaba ella pronunció…

    —No, no creo que lo sea

    Cody sólo la miró, confuso por esa extraña reacción.

    FIN DEL CAPÍTULO 04
    NOTAS DEL AUTOR:

    — El personaje de Cody Hobson o Cody Morgan está basado en el niño protagonista de la película Before I Wake del 2016, teniendo en estos momentos ya alrededor de veinticinco años, en contraposición con los ocho que tiene en dicha película. Por ello se toma que los acontecimientos de Before I Wake ocurren varios años antes que originalmente. Las habilidades de Cody estarán completamente basadas en las expuestas en la película, pero quizás con algunos ligeros ajustes para darles mayor explicación.

    — La explicación dada en este capítulo a las habilidades psíquicas de Samara Morgan, son en su mayoría creaciones de mi propia imaginación, ya que en sus respectivas películas, nunca se explica de manera muy detallada o explícita cómo funcionan. Igual a lo largo de la historia, se irá tocando dicho tema seguido, y se seguirá explicando.
     
  5.  
    WingzemonX

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    Fanfic - Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
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    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    6708
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 05.
    Evelyn

    A pesar de lo apretada de su agenda, Matilda aceptó la invitación de Cody para comer, pues de todas formas tendría que hacerlo, y el camino hasta la Isla Moesko aún era largo. Fueron a una pequeña fonda de comida casera cerca de la escuela, que Cody le recomendó ampliamente. Siguieron hablando un poco más del tema en cuestión, pero en su mayoría aprovecharon el tiempo para ponerse al corriente, platicar sobre lo que habían hecho todo ese tiempo, y actualizar sus números de teléfono y correos electrónicos para ponerse de acuerdo sobre cuándo Cody podría ir a Eola y conocer a Samara; quedaron de pactar un día de la semana siguiente, dependiendo de cómo la niña respondiera durante esos días.

    Matilda sólo se tomó una hora exacta para comer, y luego se despidió y retiró, aún con algo de comida en su plato. Debía tomar de nuevo la I—5 hacia el sur, llegar a Tacoma, y luego volver a subir hacia el norte, formando una “U” en el mapa de su GPS, misma que le tomaría de dos a dos horas y media, hasta llegar a Port Townsend.

    Para esos momentos ya se encontraba algo agotada. Estaba despierta desde muy temprano, y casi todo ese tiempo lo había pasado conduciendo por carretera. Se sentía tentada a quedarse a dormir en Port Townsend o en Olympia una vez terminada su cita, ya que la sola idea de tener que conducir de regreso hasta Salem le provocaba bastante pereza. Sin embargo, en la mañana tenía que ver a Samara temprano, pues así lo había programado el Dr. Scott; una parte muy grande de ella estaba convencida de que lo había hecho apropósito, sabiendo de antemano que tendría que hacer todo ese viaje. Pero fuera como fuera, dormir lejos de Eola esa noche no era una opción.

    Llegó a Port Townsend un poco antes de las tres y media, pero tuvo que esperar el ferry hasta las cuatro. Durante el tiempo de espera, y durante el transcurso del mismo viaje, aprovechó para estirar las piernas, mandar algunos correos, y reposar un poco en el asiento de su auto. También intentó ensayar en su cabeza lo que diría y haría una vez que llegara al Rancho de Caballos Morgan, y se reuniera con el padre de Samara.

    La intención original era revisar la opinión de la psiquiatra tras esos días de haber hablado con su hija, así como informarle de cuál sería el plan de seguir de ahí en adelante. Sin embargo, luego de leer la información que Eleven le había hecho llegar, lamentablemente la conversación de seguro tendría que desviarse a ese tema.

    Igual tenía que ver con él la idea de que Cody pudiera platicar con Samara algún día cercano. Claro, lo nombraría como un colega de la Fundación, lo cual no era una mentira. Pero no le diría con exactitud porqué pensaba que le podría ser útil. Tampoco tenía pensado comentarle lo que había hablado con Cody esa mañana y su teoría sobre la verdadera naturaleza del Resplandor de Samara; era en efecto sólo una teoría hasta ahora, después de todo. Lo que menos deseaba era que comenzara a hacerse ideas en su cabeza que no eran, sobre todo con respecto a los efectos que podría haber tenido en la mente de su esposa.

    El ferry la dejó en la Isla alrededor de las cuatro cuarenta. Desde que se estaban acercando, a Matilda le llamó la atención el emblemático faro que se alzaba a lo lejos, aparentemente no en funcionamiento para esos momentos. El cielo se había puesto totalmente gris, y se escucharon relámpagos a la lejanía. Aún no caía ni una gota de agua, pero estaba segura de que no tardaría mucho en empezar. El lugar era relativamente pequeño, y no tardó mucho en dar con el Rancho de los Morgan; parecía ser de alguna forma el sitio más conocido de la Isla.

    El lugar se veía algo concurrido, a pesar de la hora. Trabajadores iban y venían, acarreando a los caballos, dándoles de comer, reparando algunas cercas… No sabía mucho de caballos, pero los que alcanzó a ver, le parecieron realmente hermosos, desde su forma, hasta su trote. ¿Habrán sido esos los únicos que sobrevivieron al incidente?

    Condujo el auto hasta la casa principal, y lo estacionó justo enfrente de ella. Richard Morgan, un hombre alto y robusto, de cabellos negros, adornados con unas cuantas canas, salió a su encuentro desde la puerta, aún antes de que ella saliera del vehículo. Lo reconoció de inmediato, pues había buscado con anterioridad fotos suyas en internet. En cuanto la vio, una amplia sonrisa de alegría se dibujó en los labios de aquel hombre.

    —Dra. Honey, si no me equivoco —expresó con entusiasmo, mientras bajaba los escalones del pórtico—. Es un placer al fin tenerla delante de mí.

    —El placer es mío, señor Morgan.

    —Llámame Richard, con confianza.

    Le ofreció entonces su amplia mano derecha, misma que ella aceptó en un fuerte apretón de manos que terminó dejándola algo adolorida; sin embargo, tuvo que disimularlo.

    El señor Morgan la guío hacia el interior de la casa, más específicamente a la sala de estar. Matilda tomó asiento en uno de los sillones grandes, mientras que su anfitrión se postró con fuerza en uno individual. Usaba una chaqueta color caqui, y pantalones de mezclilla azules, algo manchados debido a las tareas manuales del rancho, lo más seguro.

    —Estoy realmente contento de conocerla, doctora. Se ve aún más joven en persona, con todo respeto.

    —Descuide —le respondió tranquila, aunque la efusividad con la que la recibía realmente la confundía un poco.

    —No sé qué esté haciendo exactamente con esa niña, pero lo que sea está funcionando. —Matilda arqueó una ceja, intrigada—. Los caballos están mucho mejor y se han comportado. Y me han dicho que incluso mi esposa está mejorando.

    —¿Eso le dijeron?

    —Sí, el Dr. Scott me telefoneó temprano. No lo dijo, pero estoy seguro de que todo es gracias a usted.

    Matilda asintió lentamente, aunque en el fondo no estaba del todo segura de tal afirmación. Podía llegar a teorizar que el señor Morgan suponía que Samara seguía teniendo algún efecto, aunque fuera a distancia, en sus caballos y en su esposa. No tenía bases aún para afirmar que no era así, pero no creía que fuera el caso. Si había una mejora en ambos casos, podía deberse a otros factores.

    Se sintió tentada a compartirle tal conjetura, pero quizá no era el mejor momento, considerando que era su primer encuentro, y fuera como fuera esa idea parecía ponerlo de buen humor; un buen humor que se veía hace mucho necesitaba. Por ello, en su lugar, sólo se limitó a sonreírle y decir:

    —Sólo hago mi deber.

    —Y es un muy buen deber. Lo que sea que haga, continúe. No importa lo que cueste, ¿de acuerdo?

    —Se lo agradezco, pero como le dije en nuestro primer contacto, somos una asociación sin fines de lucro.

    —Entonces mírelo como una donación, ¿sí? —Remató justo después con un nada sutil guiño de su ojo derecho—. Para que puedan seguir con su labor.

    Eso incomodó un poco a Matilda, por lo que prefirió desviar el tema al propósito final de su visita.

    —Mejor hablemos de eso después, si le parece bien —Se cruzó de piernas y se acomodó su falda—. Sé que le había dicho que la intención de esta visita era darle mis primeras impresiones tras estas sesiones son Samara, y decidir los siguientes pasos a realizar. Pero antes de llegar a eso, quisiera cuestionarle sobre algo importante.

    —Lo que sea, dígame.

    Matilda aspiró hondo, retuvo el aire unos segundos, y luego lo soltó lentamente. Dar la impresión de siempre estar segura y firme, podía llegar a ser muy agotador a la larga.

    —¿Por qué no me informó que Samara es adoptada?

    La sonrisa en el rostro de Richard se esfumó abruptamente al escuchar tal pregunta. Si hace un momento se veía feliz y confiado, ahora parecía sorprendido, a incluso preocupado. Se quedó callado largos segundos, en los que quizás se preguntaba a sí mismo si acaso había escuchado bien; sin embargo, no había mucho margen para malentendidos.

    —¿Cómo se enteró de eso? —Le cuestionó tras un rato, con un tono bastante a la defensiva, que a Matilda no le sorprendió.

    —Tenemos nuestras fuentes —fue su respuesta. Y era cierto; fuentes de un tipo muy especial, ciertamente. Las mismas fuentes que le habían informado sobre todo aquello que el Dr. Scott había decidido omitir en la información que les había dado.

    Esperaba que el Richard le cuestionara más al respecto, pero no lo hizo. En su lugar, se tomó un rato más para sí mismo antes de volver a hablar. Se acomodó en su silla y se frotó su rostro con una mano, nervioso.

    —¿Eso es relevante para poder ayudarla?

    —Tal vez sí, o tal vez no. Pero la habilidad de su hija es muy especial, incluso para los estándares de los niños que acostumbramos tratar. Necesitamos toda la información posible para poder saber cuál es el método adecuado para ayudarla. Y su procedencia e historia es parte importante de esa información.

    Richard resopló y tamborileó sus dedos en los descansabrazos del sillón. El tema parecía ser complicado para él… o quizás no precisamente para él. A Matilda le pareció que no era él mismo o Samara quien le preocupaba.

    —Bien, es cierto —comentó tras un rato—. Ser madre es lo que mi esposa más deseaba en todo el mundo; incluso más que sus caballos. Lo intentamos mucho, pero los embarazos no lograban llegar a buen término. Tras cuatro intentos, fuimos a ver a un especialista en Inglaterra, pero tampoco funcionó. Al final, nos decidimos por la adopción.

    Una sonrisa, casi nostálgica, se dibujó en sus labios, mientras miraba fijamente a ningún punto específico.

    —Debió ver cómo se le iluminaron los ojos la primera vez que la vio. Nunca la había visto tan feliz.

    —¿Y usted? —cuestionó Matilda—, ¿no estaba feliz?

    Richard guardó silencio un rato, pensativo.

    —Samara era una bebé tan hermosa. Pero quizás no estábamos destinados a ser padres. Quizás esa era la voluntad de Dios, y no debimos de haber ido en contra de ella.

    Esas palabras causaron una profunda desaprobación en Matilda, misma que intentó disimular. No pudo evitar recodar en esos momentos las palabras que Samara le había dicho el otro día, sobre que sentía que sus padres la odiaban. Según el Dr. Scott, dicha afirmación no estaba del todo errada… y comenzaba a ver qué quizás tenía razón.

    —¿Samara lo sabe? —Preguntó el Señor Morgan.

    —No, no lo creo.

    —¿Y piensa decírselo?

    —No me corresponde a mí hacerlo. Será mejor que lo escuche de ustedes dos. —Richard no respondió nada, pero por su cara no parecía que dicha idea le apeteciera mucho—. ¿Sabe quiénes eran sus padres?

    —No. Creo que su madre murió en el parto, pero… —hizo una pequeña pausa reflexiva—. Quizás en ese refugio para mujeres le puedan decir más.

    —¿Refugio? ¿Cuál refugio?

    Sin decir nada, Richard se paró de su asiento, y caminó en dirección a las escaleras. No subió, sino más bien abrió una puerta debajo de ellas, una que seguro llevaba al sótano, y entonces lo perdió de vista.

    Matilda, por su lado, se quedó sentada ahí, sin saber si se suponía que debía seguirlo, o esperarlo. Se quedó pensando en esa última mención a un refugio de mujeres; ¿a qué se refería exactamente? Esperaba que fuera lo que hubiera ido a hacer, fuera con la intención de aclarárselo.

    Richard volvió luego de un largo rato, y al hacerlo, en sus manos traía lo que en un inicio Matilda pensó que era una caja rectangular. Sin embargo, cuando estuvo más cerca, le pareció de hecho más similar a una pequeña maleta, de apariencia algo anticuada, con forro de tela color beige. Caminó hacia ella, y colocó la caja sobre la mesa de centro, justo a su frente. Matilda pudo contemplarla con más claridad en ese momento; tenía algunas marcas de humedad y polvo, y en la esquina superior izquierda tenía bordada una rosa roja, muy bonita.

    —Nos dieron esta maleta cuando la adoptamos —indicó el señor Morgan mientras ella inspeccionaba la caja por afuera—. Sólo nos dijeron que era de su madre, y que la guardaba para ella.

    ¿Una maleta que le pertenecía a su madre? Eso era interesante.

    Matilda se tomó la libertad de abrir los seguros frontales de la caja, y retirar su tapa para revisar el contenido. En efecto, parecía ser una maleta, que contenía varias prendas de ropa, todas femeninas. Encima de todas ellas, sin embargo, había una manta, color gris, con letras azules bordadas sobre ella que decían:

    Propiedad del Refugio para Mujeres,
    Santa María Magdalena

    Eso debía de ser a lo que se refería. Tomó con mucho cuidado la manta entre sus dedos, y la alzó para sacarla. En cuanto sus dedos tocaron la tela, un profundo frío le recorrió toda la espalda, y luego el cuerpo completo. La sensación le duró cerca de un minuto, pero luego se desvaneció tan rápido como había aparecido.

    —¿Le ocurre algo? —le cuestionó Richard, ya de nuevo en su asiento.

    —No, nada —respondió apresurada, más no segura. La psicoscopía era otra de esas habilidades de las que se suponía carecía, pero que igual de vez en cuando le traía algunas sensaciones, casi siempre no agradables—. ¿Nunca se la mostraron a Samara?

    —Al principio pensábamos dársela cuando fuera más grande. Luego, simplemente ya no nos importó. —El desdén en su tono era bastante evidente—. Quédesela. Haga lo que desee con ella.

    Matilda no estaba convencida en un inicio, pero al final le tomó la palabra, pues esa maleta de seguro era la única pista para dar con la madre biológica de Samara, y quizás también con el padre. Pero sólo la tomaría prestada; todo ello le pertenecía únicamente a Samara.

    Dejaron ese tema a un lado, aunque no fue tan sencillo. Hablaron entonces del tema original que se suponía tratarían, e igualmente le comentó sobe Cody y su intención de que los apoyara. El señor Morgan ya no parecía tan efusivo como en un inicio, pero igual respondió todas sus preguntas, y estuvo de acuerdo con todas sus propuesta. Le pidió además la muñeca que Samara había pedido, y se le entregó sin mucho problema.

    Al final, la visita a Moesko había sido bastante provechosa. Sin embargo, había traído consigo algunas preguntas y cuestiones nuevas por responder.

    - - - -​

    A las seis con quince, Matilda y su vehículo ya estaban arriba del ferry para regresar a tierra a firme. Tenía tanto en qué pensar, que el recorrido de hecho le resultó algo corto para abarcarlo todo. Le sorprendía en parte la coincidencia que existía entre Samara, Cody y ella, en el sentido de que los tres habían terminado siendo adoptados por otras personas a temprana edad. Claro, ella prácticamente se había dado en adopción a sí misma, pero el caso igual se repetía.

    Y no era la primera vez que lo veía en alguno de los niños de la Fundación; de hecho, la propia Eleven, por lo que le había contado, había vivido gran parte de su niñez apartada de su madre. ¿Sería acaso algo recurrente en los niños con el Resplandor el tener que separarse irremediablemente de sus padres? No creía seriamente que hubiera una relación real entre una cosa u otra, pero la coincidencia le parecía más que curiosa.

    Pero fuera como fuera, analizar eso no la llevaría a ningún lado. Prefirió mejor echarle un vistazo a la maleta de la madre de Samara, misma que descansaba en esos momentos en el asiento del copiloto. Colocó la caja sobre sus piernas, y volvió a abrirla. Echó otro vistazo a las ropas, pero no había nada fuera de lo común o que pudiera indicarle algo útil; ninguna otra prenda le provocó alguna otra sensación al tocarla.

    De pronto, debajo de todas las ropas, encontró algo más; algo diferente. Era una libreta, de pasta dura algo corroída. Tenía impreso en ella el dibujo de una mujer y una niña en su portada, simulando algún tipo de pintura religiosa. Una curiosa posesión que resaltaba del resto del contenido de esa maleta; ¿sería de la madre de Samara? ¿Habría ella hecho ese dibujo?

    Curiosa, abrió la libreta y comenzó a hojearla. No pasó aún de la primera página, cuando se encontró con algo que le sorprendió. Escrito en hermosa letra cursiva, se leía:

    Para Samara

    —¿Samara? —exclamó en voz baja, como un pensamiento que se escapó de sus labios por sí solo.

    Si ese cuaderno era de la madre biológica de Samara… ¿Por qué estaba ese mismo nombre ahí escrito? ¿Samara era el nombre que su madre había elegido para ella en un principio? Bien, ella tampoco se había cambiado el nombre de pila al ser adoptada, ni tampoco Cody. Sin embargo, ambos lo habían sido ya grandes y conscientes; ella había sido adoptada, por lo que había entendido, siendo muy, muy pequeña.

    Quizás lo estaba sobre pensando demasiado. Quizás en efecto ese fue su nombre al nacer, y simplemente sus padres adoptivos no se lo quisieron cambiar. Así de simple. Aun así, por alguna razón le causaba cierta confusión.

    Pasó sus dedos lentamente sobre las letras escritas en la hoja ya algo amarillenta. Nada pasó. No es que lo esperara en realidad, pero quizás hubiera sido de ayuda.

    Siguió hojeando, revisando su contenido por encima. Esperaba encontrarse un diario, o algún cuaderno de dibujos. Sin embargo, resultó ser algo más extraño. Parecía un compendio de leyendas y mitos, recortes de periódicos, obras literarias, historias de magia negra, paganismo y rituales satánicos. Había anotaciones a los lados de las páginas y al pie de éstas, pero en su mayoría parecían garabatos escritos con prisa y difíciles de entender en un primer vistazo.

    No estaba segura de qué significaba todo eso. Si tuviera que dar una primera teoría en base a lo que veía, tendría que suponer que la persona detrás de dicho cuaderno tenía algún tipo de obsesión con las artes oscuras. Pero no desde la perspectiva de una practicante, sino de alguien con una ferviente curiosidad.

    Entre todo ese revoltijo de información sin un orden lógico, parecía haber dos temas recurrentes. El primero era la concepción por parte de fuerzas oscuras ajenas a las humanas, principalmente hablando de demonios; se alarmó ligeramente al considerar qué podría significar el hecho de que esto viniera de la mente de una mujer embarazada. Pero el segundo tema fue el más la intrigo: agua. Había muchas leyendas y escritos hablando del agua como fuente de vida y de muerte; de su naturaleza, tanto física como mágica.

    “Agua”, pensó para sí misma. Samara le había dicho que en sus pesadillas siempre había agua. ¿Sería una coincidencia?

    Era mejor no sacar más conclusiones basándose en un cuaderno que ni siquiera estaba segura de a quién le pertenecía. Quizás no era propiedad de su madre biológica, y podría quizás pertenecer a la señora Morgan, hecho durante sus delirios causados por los acontecimientos ocurridos. O, incluso, podría ser de la propia Samara…

    Ningún escenario era más favorable que el otro, pero ambos eran posibles. Después de todo, la maleta estaba ahí mismo en la casa de ambas.

    Estaba por dejar ese tema a un lado y descansar lo que restaba del camino a tierra. Pero al dar una última vuelta a una página, se encontró con algo que no era como lo demás. Pegada en una de las hojas, se encontraba una foto, a blanco y negro, de una jovencita, de quizás dieciséis años, sosteniendo en sus brazos a un bebé envuelto en una manta blanca. El cabello oscuro de la mujer le cubría casi todo el rostro, por lo que se alcanzaba muy poco de sus facciones.

    No era la señora Morgan, de eso estaba segura. Por las fotos que había encontrado de ella en internet, no tenía nada de similitud con esa chica, aun incluso si fuera de cuando era joven. Podría ser otro recorte más al azar como todos los otros. Pero, ¿y si era…?

    Guardó la libreta de nuevo en la caja, y la colocó de regreso en el otro asiento. Se quedó tan sumida en todo ello, que para cuando logró reaccionar, no sólo estaba en tierra, sino que ya conducía por la carretera hacia el sur, y ya eran cerca de las siete. Cuando fue al fin consciente, se orilló a un lado de la carretera y se detuvo. Sacó su teléfono, y buscó en internet el nombre del Refugio para Mujeres que venía impreso en la manta. No le sorprendió ver que había al menos una docena por todo Estados Unidos; sin embargo, sólo uno en Washington. De hecho, se encontraba en Silverdale, un poblado a unos cincuenta kilómetros en la dirección en la que iba; pasaba por un lado de él en su camino.

    Matilda no creía en cosas como el destino o la suerte… pero eso se le acercaba bastante.

    Se quedó pensando unos instantes en su siguiente movimiento. Miró de nuevo la hora; ya eran más de la siete; con suerte y sería un poco antes de las ocho cuando llegara a Silverdale, y todavía le faltaba todo el camino de regreso hasta Salem luego de eso.

    Podría ir otro día…

    Quizás ya era demasiado tarde y no habría nadie que la atendiera…

    ¿Y qué tal si ni siquiera era el mismo refugio de la manta?

    Sus dedos apretaban nerviosos el volante. ¿Y si le preguntaba a Eleven que debía de hacer? No, no podía estarle pidiendo consejo cada vez que sintiera duda con algo. De por sí resultaba que al parecer le faltaba cierto tipo de misteriosa experiencia; ¿qué pensaría si la llamaba a esa hora para preguntarle sobre algo como eso?, especialmente considerando que en Indiana de seguro ya eran casi las once de la noche.

    Al final decidió aventurarse. De todas formas, tenía que pasar por ahí, así que si no era el sitio o nadie la atendía, sólo perdería algunos minutos.

    Para su buena o mala suerte, dependiendo de cómo lo viera, encontró el sitio rápido, y aún había gente atendiendo pues cerraban las puertas a las diez en punto; suficiente tiempo, pensó. El sitio parecía algún tipo de antigua mansión, de enorme tamaño y grandes patios. No estaba segura si en efecto había sido alguna casa antes, pero definitivamente no parecía hecha originalmente para ser un refugio para mujeres. Estacionó su vehículo en la acera de enfrente, y se bajó apresurada, no sin antes tomar la foto de la libreta, que suponía era la de Samara y su madre. Intentaría ver si alguien la reconocía y podía contarle cualquier cosa sobre ella.

    Las encargadas eran monjas; lo había supuesto por el nombre del lugar. Al principio ninguna de las mujeres de hábitos negros y largos parecía muy dispuesta a atenderla. Su atuendo casi burocrático, quizás las hacía pensar que era algún tipo de abogada y preferían sacarle la vuelta; muy sensato. Pero luego de cinco intentos, dio con una, de unos cuarenta o cuarentaicinco años, que aceptó ver la fotografía que le extendía. En cuanto la vio, su expresión la delató de inmediato: había reconocido a la chica de la foto.

    La dijo que debía hablar con la madre superiora, que ella podría ayudarle al respecto, y se ofreció a guiarla hasta su oficina. Ella entró primero, y le pidió que esperara un poco en el pasillo. Estuvo adentró quizás cinco o siete minutos. Intentó, malamente, escuchar un poco de lo que decían adentro, pero al parecer sólo murmuraban despacio entre ellas. Cuando la puerta volvió a abrirse, la monja que la había guiado le indicó que podía pasar, y así lo hizo.

    La oficina estaba tenuemente iluminada. La madre superiora no usaba hábito, pero eso no le sorprendió mucho. En su lugar, usaba un vestido negro, largo hasta las pantorrillas, bastante anticuado. Tenía su cabello castaño oscuro totalmente recogido, y los labios pintados de un rojo demasiado intenso para una religiosa. En cuanto entró, la miró con cierta severidad desde su escritorio; a sus espaldas, se encontraban unas largas ventanas con las cortinas cerradas.

    —Déjeme ver la foto, por favor —exclamó como único saludo, mientras extendía su mano hacia ella.

    Directa y al grano, eso le agradaba. Suponía que a esas horas de la noche, cualquiera querría terminar pronto cualquier pendiente. La otra monja se retiró, dejándolas solas. Matilda se acercó al escritorio, y le entregó la fotografía en cuestión a la mujer. Ésta se colocó por encima de los ojos unos gruesos anteojos de armazón negro, que uso para echarle un vistazo a la foto. La contempló por casi un minuto sin decirle nada. Matilda, por su parte, permaneció de pie frente a ella, pues ni siquiera le había ofrecido sentarse. Luego de un rato, bajó al fin tanto la foto como sus anteojos, y la volteó a ver de nuevo, con una seriedad… que a Matilda le pareció un tanto forzada.

    —¿Por qué busca a esta chica? —le cuestionó con tono acusador, pero Matilda no se mutó. El sólo hecho de que le preguntara eso, sumado a la reacción de la primera monja, confirmaban que en efecto la conocían. Seguía siendo una suposición arriesgada, pero si agregaba la manta con el nombre de ese sitio, y que en la foto la mujer cargaba un bebé, era fácil sumar uno más uno y que le diera dos.

    Decidió responder con toda la confianza que era capaz de transmitir, aunque en realidad no lo sintiera.

    —Es sobre su hija, Samara. —Recalcó considerablemente el nombre para detectar cualquier reacción de su parte. Y en efecto la tuvo, casi de inmediato: una ligera sonrisa divertida.

    —Samara… hacía mucho que no escuchaba ese nombre —comentó la mujer de negro con algo de nostalgia en la voz. Caviló unos momentos, y luego volvió a su semblante serio, y algo sobreactuado, de antes—. ¿Qué ocurre con ella? ¿Cómo la conoce?

    —Samara está bien. Creció bien y fuerte, y ahora es una muy linda jovencita. Pero en estos momentos necesita ayuda, y es importante que sepa todo lo que me pueda decir de su madre para ayudarla.

    —¿Y usted es…?

    “Hubiera comenzado por ahí”, pensó Matilda por dentro. Concluyó de inmediato que ese mal humor que sentía debía de ser a causa de todo el cansancio acumulado de ese día, y lo mismo debía de ser para la mujer delante de ella. Por lo mismo, tenía que tener cuidado en lo que decía, y cómo lo decía.

    —Soy la Dra. Matilda Honey —se presentó, justo antes de darse permiso a sí misma de sentarse—. Pertenezco a la Fundación Eleven. Vengo de Boston, pero en estos momentos me encuentro temporalmente en Eola, en Oregón, tratando a Samara.

    —¿Tratándola de qué exactamente? —Se notó genuina preocupación en su voz—. ¿Qué le pasó? Debe ser algo urgente para que viniera de tan lejos a estas horas.

    Si acaso supiera todo el verdadero recorrido que había tenido que hacer ese día…

    —Lo siento, no se lo puedo contar. Muchos de los detalles son confidenciales, como debe de entender.

    —Sí, claro —murmuró la madre superiora, no del todo convencida—. ¿Qué clase de doctora dijo que era?

    Matilda dudó en responder, pero no tenía ninguna justificación en la que pudiera escudarse para no hacerlo.

    —Soy psiquiatra.

    Un agudo suspiro, algo liberador desde su perspectiva, surgió de los labios de la mujer.

    —Eso me temía…

    Matilda no entendió el porqué de ese comentario, y antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, la mujer se paró, y se dirigió a una puerta ubicada del lado derecho de la habitación. Del otro lado, alcanzó a ver una pequeña habitación con muchos archiveros, en los que comenzó a husmear.

    —Me dicen que debería de pasar todo esto a digital —comentó desde aquel cuarto con fuerza—. Y yo sólo me pregunto a qué horas esperan que haga eso. Además, no sé qué tan útil pueda ser mantener este registro a largo plazo. Normalmente cuando una de estas chicas se va, rara vez alguien viene preguntando por ellas… salvo usted, claro.

    Volvió tras unos minutos de búsqueda, con un expediente abierto en sus manos.

    —Por suerte nosotros no tenemos obligación legal a la confidencialidad. Y si se trata de ayudar a esa niña, haré lo que esté en mis manos. —Colocó entonces el expediente justo delante de ella—. Su nombre era Evelyn.

    Matilda centró su atención en el expediente. Entre papeles, había una copia exacta de la foto que había traído, sólo a que a color. En ella se veían sus cabellos castaño oscuro y piel pálida.

    —¿Sólo Evelyn? —Preguntó Matilda, curiosa.

    —Nunca nos dijo nada más. Siempre fue muy reservada con su pasado.

    La madre superiora volvió a su asiento, apoyándose por completo contra el respaldo de su silla. Matilda hecho un vistazo a la primera hoja del expediente, que era al parecer un formulario de registro estándar, con sus datos básicos. Sin embargo, más allá del nombre y la edad, dieciséis años, no había ningún otro dato importante, ni siquiera su cumpleaños.

    —Llegó aquí con siete meses de embarazo —le informó la madre superiora—. Desalineada, asustada, trayendo consigo sólo una maleta vieja y lo que traía puesto.

    —El señor Morgan, el padre adoptivo de Samara, me dijo que murió en el parto —señaló Matilda mientras seguía revisando el expediente.

    —Pues no es así. El parto fue tranquilo y sin complicaciones.

    La psiquiatra alzó su rostro y la miró, algo extrañada.

    —¿Y cómo murió entonces?

    —Ella no murió. Sigue con vida… hasta dónde sé.

    Eso sí que la tomó por sorpresa. En retrospectiva, se dio cuenta que lo único que la hizo suponer que había muerto, era la misma suposición del Señor Morgan.

    —¿Ella está aquí?

    —No, hace doce años la tuvimos que internar; por su seguridad, y la de la de niña. Está en el Instituto Psiquiátrico, aquí mismo en Silverdale.

    —¿Ha estado ahí doce años?

    —Al menos me consta que lo estaba hace diez. Y por lo que me contaron, dudo que haya salido en el último par de años; no por su propia voluntad.

    —¿Por qué la internaron?

    —Depresión postparto, es como creo que ustedes le llaman. O eso pensamos que era al inicio, pero pronto fue obvio que era más complicado que eso —La mujer de negro se talló un poco los ojos con sus dedos, y seguido soltó un agudo y nada discreto bostezo—. Desde que llegó aquí, su comportamiento fue bastante extraño, casi paranoico. No dormía, y se la pasaba asustada. Decía que su bebé le hablaba, incluso cuando aún estaba en el vientre. Repetía constantemente que alguien vendría y se la llevaría lejos, y que no podía permitirlo.

    —¿El padre?

    —Quizás —respondió encogiéndose de hombros—, aunque nunca habló de él directamente. Parecía convencida de que no existía, que su bebé era hija de algo más… de algo que le susurraba desde el mar.

    —¿El mar?

    —Raro, ¿cierto? Pero usted es la psicóloga; usted dígame qué podría significar.

    Matilda sintió eso casi como un ataque, pero de nuevo, lo adjudicó al cansancio. Igual, sin conocer los detalles exactos de su estado y las características de dicha alucinación, no tenía forma de saber qué significaba eso exactamente; podría ser, literalmente, casi cualquier cosa.

    —Ponía nerviosas a todas —continuó la madre superiora—, pero en general era inofensiva, dulce y amable con todos. Pero cuando Samara nació, su estado empeoró. Evelyn estaba segura de que había algo malo con la bebé. Le tenía miedo, e insistía en que le hablaba y le mostraba cosas…

    Matilda se estremeció un poco, aunque discretamente, tras esas últimas palabras.

    —Era tan insistente, que muchas de las hermanas de aquel entonces comenzaron a temerle también. Pero eran sólo desvaríos de esa pobre muchacha. Samara, de hecho, era una niña tan bien portada, tan tranquila. Nunca lloraba, ni causaba problemas. Bueno, excepto cuando se le bañaba. En esos momentos, se soltaba llorando con tanta fuerza, que nos asustaba a todos. Nunca supimos por qué. Parecía que le tenía miedo al agua.

    De nuevo, otro dato que la hizo saltar, aunque fuera mentalmente.

    —Por suerte, si es que puede llamar a algo en todo esto así, fueron esos mismos llantos los que nos despertaron esa noche…

    La forma casi lúgubre en la que había mencionado eso último, dejó a Matilda a la expectativa. La madre superiora se puso de pie entonces, y caminó hacia una de las ventanas, abriendo las cortinas de un tirón del cordel. Matilda se paró, y se acercó rápidamente a su lado, y se asomó en la dirección en la que ella miraba. Abajo, en el patio interior de la casa, alumbrada por un tenue farol, se encontraba una fuente, de tamaño mediano, de forma circular, con una estatua de un querubín con un jarrón del que surgía un chorro de agua.

    —Evelyn intentó ahogarla, ahí mismo en la fuente —añadió de pronto la monja, dejando a Matilda estupefacta—. Me dijeron que mientras le cantaba, intentó sumergirla. Pero la detuvieron antes de que lo hiciera. Pataleó, gritó y arañó a las hermanas que la sostenían. Fue realmente aterrador. Gritaba una y otra vez que tenía que matarla para poder salvarla. Tuvimos que llamar a las autoridades, y ellas se hicieron cargo de Evelyn, y nosotras nos encargamos de arreglar la adopción de Samara.

    Matilda se quedó en silencio, contemplando fijamente la fuente. No sabía que le causaba más conmoción: la historia, o cómo todo parecía de alguna forma encajar con varios puntos del presente.

    —Te ves perturbada, querida —escuchó que la madre superiora le hablaba con un tono más dulce, y sólo entonces logró salir de su inmersión—. ¿Ayudaría algo si te dijera que no es lo peor que ha pasado en la vida de estas chicas? —De nuevo otro suspiro, pero éste era más de cansancio—. Todas vienen aquí dañadas, física y emocionalmente, y muchas veces no tenemos los medios suficientes para poder ayudarlas como lo necesitan. Ese fue el caso de Evelyn.

    —Sé que debieron hacer lo más que pudieron para ayudarla.

    —Gracias. —La madre superiora le sonrió, y entonces volvió a caminar hacia su escritorio, aunque no se sentó en su silla—. No sé qué más le pueda decir al respecto. Si se trata de alguna enfermedad mental lo que está sufriendo la pequeña, me temo que quizás podría haberla heredado de su madre. Eso funciona así, ¿no?

    —En ocasiones. ¿Ha tenido contacto con Evelyn?

    —Directamente no; no desde que se la llevaron hace doce años. Desde entonces, sólo una vez cada dos o tres años, me llega alguna noticia pequeña sobre ella, pero nada alentador.

    —¿Cree que pueda verla?

    —¿En el Instituto? —Rápidamente revisó su pequeño reloj de pulsera—. A esta hora es muy probable que no. Intente mañana.

    —Debo estar en Salem mañana temprano.

    —Entonces supongo que podrá ser otro día —concluyó encogiéndose de hombro, y recogiendo de nuevo el expediente. Matilda se sintió tentada a pedirle que se lo prestara o al menos lo dejara verlo con más calma, pero ella se lo llevó de nuevo al archivero sin chistar.

    Estaba bien, suponía. Igual, por lo poco que había alcanzado a ver, efectivamente no había mucha información que le pudiera ser provechosa, más allá de lo que la madre superiora le acababa de contar.

    —No sé qué tanto le pueda ayudar hablar con ella realmente. No sé hasta qué punto sea capaz en estos momentos de entablar una conversación coherente.

    —No pierdo nada con intentarlo. —Se encaminó entonces ella misma a la salida—. Gracias por su tiempo, y disculpe la intromisión.

    - - - -​

    Todo eso era más de lo que esperaba obtener ese día. Salió apresurada del refugio, y se dirigió directo a su vehículo. Las luces mercuriales ya estaban encendidas, y el sol ya estaba prácticamente oculto. Se sentó en el asiento del piloto, y ahí permaneció, inmóvil, algo ida.

    Debía recapitular un poco. Lo primero: la madre biológica de Samara estaba viva; de hecho, debía de tener en esos momentos su misma edad. ¿Qué debía hacer con ese pedazo de información? Debía guardarlo en secreto, al menos de Samara. Su estado era bastante inestable, como para informarle que era adoptada, y que su verdadera madre estaba viva. Además, como le había dicho al señor Morgan, eso era algo que no le correspondía.

    En segundo lugar, hubo dos datos extraños en la historia que la madre superiora acababa de contarle, y que le habían hecho reaccionar. Empezando por el hecho de que esta chica afirmaba que su bebé le hablaba y le mostraba cosas. Eso podía explicarse fácilmente como delirio. Sin embargo, tomaba otro significado si consideraba que el bebé en cuestión, tenía tal habilidad extraordinaria, una a la que aún no sabía siquiera como llamar.

    Pero era imposible. Era prácticamente imposible que un bebé recién nacido mostrara tales capacidades a tan temprana edad, mucho menos cuando aún ni siquiera nacía. Además. Según los Morgan, dichos incidentes empezaron a surgir poco a poco en el último par de años. ¿Realmente había sido Samara la responsable de eso? Era difícil no ver el parecido entre este caso y el de la señora Morgan. Aunque claro, igual podría ser coincidencia.

    Y luego estaba la historia de la fuente, y cómo su madre intentó ahogarla. La historia por sí sola era bastante nauseabunda. Pero lo que más le impactaba, era que concordaba con las pesadillas que Samara le había comentado el otro día.

    “Con agua… siempre hay agua. A veces siento que me ahogo y no puedo salir.”

    En el expediente que le habían dado del caso, se comentaba que a veces había mostrado cierta aversión al agua, sobre todo en grandes cantidades como en tinas, albercas y el mar. ¿Podría algo de eso estar relacionado? Era poco común, por no decir nada, que alguien guarde recuerdos de una edad tan temprana, en la que ni siquiera somos capaces de entender en lo más mínimo lo que nos rodea. ¿Sería acaso otra coincidencia? ¿Y qué había de los recortes y apuntes en la libreta que también tocaban el tema del agua?

    El caso se había complicado incluso más de lo que esperaba. ¿A eso se refería Eleven con que debía investigar más a fondo el pasado de Samara? ¿A eso se refería con que le faltaba la experiencia correcta?

    Le dolía la cabeza, y se sentía muy agotada. Debía hacer notas de todo lo que había descubierto ese día y analizarlas con más calma al día siguiente. Por lo pronto, se dirigió a la tienda más cercana a comprarse el café más cargado que encontró, y poco después ya estaba en la carretera, con los últimos rayos de sol y algo de lluvia iniciando.

    No sabía que tan conveniente sería para su caso hablar o no con Evelyn, si es que en efecto aún seguía ahí. No sabía además si se estaba extralimitando en sus obligaciones y funciones, metiendo su nariz en algo que no le concernía. Quizás lo mejor era dejar todo así, y no perturbarla más de la cuenta, además que eso le podría traer consecuencias negativas tanto a Samara como a sus nuevos padres. Por lo pronto, optaría por no hacerlo, y decidiría después en base a como progresaran sus sesiones.

    En verdad se sentía cansada; ya sólo quería llegar a su hotel y tirarse a la cama, aunque tuviera que hacerlo con la ropa puesta.

    FIN DEL CAPÍTULO 05

    NOTAS DEL AUTOR:

    - Richard Morgan está completamente basado en el respectivo personaje de The Ring del 2002 y The Ring 2 del 2005, sin ningún cambio más allá del cambio temporal mencionado en las Notas del Capítulo 01, que coloca los hechos ocurridos entre Samara, sus padres, y el Psiquiátrico de Eola, en una época más actual. Esto aplica a su vez con toda la historia narrada, tanto por Richard como por la monja del refugio, sobre Samara y su madre biológica.
     
    Última edición: 16 Septiembre 2017
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    WingzemonX

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    Título:
    Fanfic - Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    6179
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 06.
    La Huérfana

    La larga limosina negra, recién lavada y encerada, avanzaba a ritmo reservado por aquel barrio bajo del sur de Los Ángeles. Desde que salieron de la avenida principal para comenzar a adentrarse entre las calles, la apariencia de los edificios y las banquetas parecía irse degradando poco a poco. El conductor, con el estereotipado traje de saco, pantalón y corbata negra, además de una boina de chofer a juego, se encontraba visiblemente nervioso. Rastros de sudor hacían que su frente y nariz brillara. Tenía sus manos aferradas al volante, y constantemente miraba por los espejos retrovisores para cerciorarse de que nadie los siguiera, o no hubiera nadie sospechoso cercano.

    Por el contrario, su pasajero en el asiento trasero no sólo se veía tranquilo: parecía fascinado. El joven, de quizás dieciséis o diecisiete años, miraba por la ventana que tenía a su diestra, admirando las banquetas sucias, los grafitis en las paredes, y las personas de apariencias singulares. Era ya cerca del atardecer, y poco a poco conforme todo se volvía más oscuro, parecía como si el ambiente del lugar se ajustara y modificara de acuerdo a ello.

    Del cuello del joven colgaba una cámara profesional, negra, limpia y reluciente, casi como nueva. Cuando veía algo lo suficientemente interesante en el camino, sin menor miramiento alzaba la cámara, la colocaba frente a su rostro, y tomaba una foto desde el auto en movimiento. Retrató sin problema a unos chicos jugando basquetbol en una cancha pública. A un hombre corpulento y tan alto que quizás le doblaría la estatura, de sudadera oscura, con sus manos ocultas en los bolsillos de ésta; estaba de pie en la banqueta, con sus audífonos puestos, y sin hacer nada más que esperar. Tomó otra foto más de una jovencita con un traje de enfermera blanco, aunque algo opaco en partes, que caminaba apresurada por la banqueta con la mirada baja, como si no quisiera voltear a ver absolutamente a nadie en su recorrido a la parada del autobús.

    Pero lo que más abundaba, y lo que más lograba captar con su cámara, eran mujeres. Mujeres con atuendos pequeños, tacones altos, cargado maquillaje, y peinados llamativos. No todas tenían todo eso al mismo tiempo, pero si al menos dos. Todas paradas en algún punto de la banqueta, sin hacer nada más que esperar, al igual que el hombre de la sudadera negra, aunque de seguro no esperando lo mismo.

    Notó que varias de esas chicas volteaban a ver su vehículo de reojo. Eso no era raro. Lo que sí lo era, es el hecho de que ninguna parecía sorprendida, asustada o extrañada por su presencia.

    Claro, se suponía que ese sitio era el tipo de lugar al que las personas de “bien” no iban. El tipo de sitio en donde personas respetables y buenas de la sociedad, nunca ponían ni un sólo pie. Pero eso no era más que un mal chiste, ¿no? Más de una de esas supuestas personas de bien, ponían más que sus pies por esos lares, y eso lo sabía. Por lo mismo, más que sorprenderse, esas chicas de seguro lo esperaban. Esperaban a que esa elegante limosina se orillara justo al lado de ellas, la ventanilla trasera se abriera, y un hombre sacara su cabeza por ella, sacudiendo un fajo de billetes entre sus dedos.

    Ese era, en realidad, la clase de sitio al que personas con vehículos indiscretos como ese, iban en busca de diversión discreta para esas horas. Una divertida discrepancia, opinaba él.

    —¿No es fascinante, Billy? —cuestionó el chico, un instante después de haber tomado una fotografía.

    —¿Señor? —murmuró el conductor, volteándolo a ver confundido por el espejo. El joven se apartó de la ventana y se acomodó en su asiento, pero no retiró sus ojos del exterior.

    —¿Cuánto tiempo tardamos en llegar hasta aquí?

    —Cuarenta minutos, señor; por el tráfico.

    —Cuarenta minutos, por el tráfico —repitió despacio, como si decirlo en voz alta hiciera que ello tuviera mayor sentido—. Eso es lo que separa el sitio más lujoso y luminoso de esta ciudad… de esto. Para muchos sería bastante. Pero si lo pones en perspectiva con las distancias que separan países enteros, ¿no es de hecho bastante poco?

    El chofer no respondió nada, y él tampoco esperaba que hiciera.

    Continuaron por cerca de un minuto más. Tras dar vuelta en una esquina, el número de esas mujeres en la calle parecía ser relativamente mayor. Ese debía ser el lugar indicado.

    —Detente aquí —le indicó al conductor con tono de orden, inclinándose ligeramente hacia el frente. El hombre obedeció, acercando el vehículo a la acerca.

    Una vez orillados, el joven no perdió el tiempo, y de inmediato se bajó con todo y su cámara, además de una maleta deportiva negra que se colgó al hombro.

    —¿Seguro que es aquí, señor Thorn? —pronunció con preocupación el chofer, asomándose por la ventana.

    —Completamente —le respondió él a su vez, con una sonrisa amplia y cándida, mientras ajustaba el lente de su cámara—. Gracias, Billy. Te llamaré cuando quiera que me recojas.

    —¿No quiere que lo…?

    —No, no quiero que me acompañes —le interrumpió abruptamente, terminando con mucha facilidad la frase que estaba por pronunciar —. Vete, anda.

    El chico empezó a andar por la banqueta a paso tranquilo, así que el chofer no tuvo más remedio que obedecer e irse. No muy lejos, pero sí lo suficiente para que su orden fuera considerada cumplida.

    El vehículo que transportó al muchacho quizás no resaltaba tanto entre las personas; o su traje de saco y pantalón negro perfectamente planchado y arreglado, su camisa Armani sin corbata, o sus zapatos lustrados y brillantes. Pero lo que sí podía llamar la atención de varios de los individuos que se cruzaban con él por la baqueta, o lo veían desde el otro lado de la calle, era su edad aparente: bastante joven, al menos para la media de los hombres que acostumbraban andar por esos lares. Y además andaba solo, con ropa tan costosa, un reloj mucho más caro en su muñeca, y una cámara aún más que éste en su cuello.

    Se daba cuenta sin el menor problema de que varios individuos lo miraban de lejos y se susurraban entre ellos. ¿Qué se decían? Él lo suponía, y sin necesidad de indagar más profundo de lo necesario; las personas como esas eran siempre las más transparentes, sobre todo en las malas intenciones. Pero no le preocupaban, pues así como sus intenciones, también le era transparente su cobardía. Si supieran lo que traía en la maleta, ¿eso quizás les daría más valor? Le encantaría que fuera así; con que uno sólo de ellos se animara a intentarlo, sería bastante divertido. Pero ninguno lo hizo; todos lo dejaron seguir su camino, sin molestarlo más allá de sus miradas indiscretas.

    Siguió caminando, tomando algunas fotos en su avance, de todo lo que veía interesante.

    Podría haber ido con la que tuviera más cercana en cuanto se bajó del auto, pero no le hubiera servido. Ocupaba encontrar a la adecuada, aquella que pudiera decirle exactamente lo que necesitaba saber, sin causar más problemas de los necesarios.

    Luego de dar media vuelta a esa manzana, se encontró de frente en una esquina a dos mujeres; una rubia y la otra morena y de piel oscura, con ropas descubiertas y ajustadas, y mucho maquillaje. Ambas fumaban un cigarrillo. Lo sintió casi inmediatamente después de posar sus ojos sobre ellas; eran las indicadas, o al menos una de ellas lo era.

    Se les aproximó con naturalidad, y al notarlo, ambas lo miraron con ligera confusión en sus miradas.

    —¿No eres muy joven para estar por estos lares, chico? —Le cuestionó la muchacha rubia, soltando una bocanada de humo.

    El chico la miró, y una media sonrisa surgió en sus labios. Se detuvo a un metro y medio de ellas, ajustó el lente de su cámara con sus dedos, la alzó, y apuntó hacia ella directamente.

    —¿Y tú, Kelly? —Soltó de pronto mientras sostenía la cámara frente a su rostro—. ¿No lo eres, acaso?

    Su dedo presionó botón de la cámara justo cuando el rostro de esa chica se llenó por completo de estupefacción, y fue justo esa expresión la que quedó capturada en la fotografía.

    —¿Qué dijiste? —murmuró nerviosa, apenas con un pequeño rastro de voz.

    El chico dio un paso hacia ellas, y accionó de nuevo el disparador.

    —Dime, ¿valió la pena ir contra los deseos y advertencias de tus padres? —soltó con un tono burlón, acercándosele con cuidado, sin dejar de tomarle fotos. La joven rubia, comenzó a retroceder asustada, tambaleándose en sus altos tacones rojos—. ¿Escaparte de casa y venirte tú sola hasta aquí, con nada más que un deseo infantil de ser actriz? ¿Tú vida era en realidad tan mala en esa pequeña ciudad en Iowa? ¿El cómo resultaron las cosas, fue mejor que haberte quedado con la daga enterrada del “qué hubiera pasado si…”? ¿Este “al menos lo intenté” te permite dormir durante las noches, mientras tienes a tu lado el cuerpo caluroso y sudoroso, de un hombre cada vez más asqueroso que el anterior?

    La rubia retrocedió cada vez más nerviosa, presa del pánico por cada palabra que surgía de la boca de ese chico. Irremediablemente cayó de sentón al suelo, pero ni así se detuvo. Se arrastró hacia atrás por la banqueta, ensuciándose por completo su minifalda, hasta que su espalda quedó contra una pared. Y al no tener a dónde más huir, sólo le quedó alzar sus brazos al frente, y cubrirse. Su cuerpo entero comenzó a temblar sin control, y el chico parecía más que contento de fotografiar ese deplorable estado en el que había caído con tan sólo escuchar la verdad; su verdad.

    Su compañera tardó en reaccionar, pues no entendía de qué iba todo eso. Sin embargo, el verla en el suelo temblando, fue suficiente para hacerla entrar en razón y dar un paso al frente para ayudarla.

    —¡¿Cuál es tu problema, mocoso?! ¡Déjala en paz! —Le gritó furiosa, acercándose rápidamente al extraño—. ¡Y baja esa maldita cosa…!

    Lo tomó del brazo con la firme decisión de tumbarle su camarita, estrellársela contra el pavimento, pisotearla, y luego hacer lo mismo con su cabeza si era necesario. Pero fue incapaz de hacer alguna de esas cosas, pues cuando sus dedos se presionaron contra la tela oscura de su manga, se detuvo en seco; no, más bien se paralizó, incapaz de mover ni un solo musculo. Su garganta se cerró, sus dedos comenzaron a temblar, sus ojos se desorbitaron, y algo de sudor comenzó a recorrerle el rostro. De sus labios no surgía palabra alguna; sólo algunos jadeos nerviosos.

    El chico lentamente apartó la cámara de su rostro, al tiempo que giraba su cabeza hacia ella. Sólo ocupó un pequeño vistazo de esos ojos de un azul frío y penetrante, sólo ocupó que la mirara un instante con ellos, para hacerla retroceder asustada como si hubiera visto de frente a la más horrenda de las bestias. Ese no era un miedo ordinario: era la peor sensación de terror que hubiera sentido en toda su vida, un terror que no era consciente que le fuera posible sentir. Su espalda se pegó contra un poster, y sus manos se aferraron a él como soporte, pues de no hacerlo, posiblemente se hubiera caído.

    El chico sonrió, bastante satisfecho por su reacción, y todavía se tomó el atrevimiento de tomarle una foto rápida en esa postura.

    —Maravilloso —murmuró contento, y entonces comenzó a revisar todas las fotografías que había tomado, en la pequeña pantalla digital de la cámara—. Además de buenas modelos, parecen chicas inteligentes. Quizás puedan ayudarme con algo. Estoy buscando a una persona que se supone vive por este vecindario. —hizo una pausa, colocó la tapa al lente, y las miró a ambas, algo más serio que antes—. Creo que en las calles la conocen como la Huérfana.

    - - - -​

    Había leído hace algún tiempo acerca de personas que al mirarse al espejo, sentían que el rostro que miraban no era el suyo. Era un concepto complicado de entender con exactitud, al menos que uno lo llegara a vivir en carne propia. Lo más seguro era que esas sensaciones que le invadían de pronto, no fueran algo tan grave como eso, pero le permitían hacerse una idea.

    En los últimos años, cada vez sentía menos que la persona en ese reflejo fuera ella. ¿Pero quién más podía ser? Ese rostro, eterno y siempre igual, era el suyo. Eso lo entendía bien. Pero era precisamente esa perpetuidad la que le hacía sentir que miraba una fotografía, un dibujo, una caricatura… algo que no la representaba a ella en realidad. Especialmente cuando se maquillaba, y vaya que lo hacía con frecuencia.

    Y en realidad no ocupaba mucho: un poco de polvo aquí y allá, ocultar un par de arrugas, y ¡woala!, era el rostro adorable, inocente, blanco y suave, adornado con coquetas pecas, de una niña de diez años. Porque eso era lo que sus clientes esperaban. No iban hasta ese rincón olvidado por Dios de la ciudad a sentir que se cogían a una cuarentona de baja estatura; no, nada de eso. Quería sentir que lo hacían con su hija, su hermanita, su sobrina, su estudiante, la niña que vive cruzando su calle… o vayan ellos a saber en quién pensaban con exactitud mientras lo hacían, eso no le importaba.

    Lo único que realmente le importaba era su dinero, el dinero para poder pagar el alquiler de ese pequeño y nauseabundo hueco en el que se había terminado metiendo, además de la comida, el agua… Y claro, maquillaje y accesorios; esos definitivamente nadie los regalaba.

    Luego de terminar con el primero de ellos, que había decidido aparecerse bastante más temprano que de costumbre pues tenía una “cita importante” más noche, se sentó en la silla frente a su tocador, a fumar un cigarrillo. Su cabello negro y ligeramente rizado, se encontraba suelto, cayendo sobre sus hombros. Se puso encima sólo su delgado camisón blanco, que debido a su corta estatura le llegaba demasiado debajo de las rodillas.

    El sujeto en cuestión se estaba terminando de arreglar del otro lado de la cama. Lo podía ver a través del reflejo del espejo, pero procuraba no hacerlo. De hecho, tenía su mirada agachada, puesta en la superficie del tocador. Ese era precisamente uno de esos días en los que le causaba repulsión ver en el espejo ese rostro.

    —¿Cuánto va a ser? —Escuchó que le preguntó el hombre robusto, de cabello canoso y traje gris de dos piezas. Al mirar de reojo su reflejo, notó que tenía su corbata mal acomodada, pero no se interesó en señalarlo siquiera.

    —Lo mismo de siempre —le respondió indiferente, justo después de soltar una densa bocanada de humo por sus labios pintados de rosado—. Déjalo en el buró.

    Lo miró a través del espejo, notando como sacaba un fajo de billetes de su saco, de los cuales separó varios y los dejó sobre el buró tal y como se lo dijo. ¿En qué le había dicho que trabajaba? Algo en el gobierno, seguramente. ¿O lo estaba confundiendo con otro?

    Esperaba que eso fuera todo y se fuera sin decir nada más. Pero, en su lugar, se le acercó por detrás, bamboneándose con orgullo.

    —Ya te lo he dicho antes, pero te lo repito —comentó con un tono lascivo bastante directo y poco sutil. Se paró entonces justo detrás de la silla; ella continuó sin mirarlo directamente, más allá de su reflejo en el espejo—. Una chica tan linda como tú, no debería de estar haciendo estas cosas. —El hombre colocó de pronto sus gruesas y peludas manos sobre sus hombros huesudos, apretándolos un poco entre sus dedos gordos como salchichas—. Yo podría sacarte de este sitio, ¿sabes? Darte una casa… comida caliente… ser tu papi de tiempo completo.

    Las caricias de aquel sujeto se volvieron más y más sugerentes conforme hablaba, pasando de sus hombros a sus brazos, y luego atreviéndose a aventurarse hacia su torso.

    Ella lo miraba en el espejo en silencio. Parecía un estúpido perro, extasiado por ver su propio rostro mientras la tocaba de esa forma. Otro día se hubiera aguantado y lo hubiera dejado seguir; pero ese día, a pesar de que apenas iba empezando su jornada ocupada… no estaba de humor para eso en lo más mínimo.

    De hecho, se sentía asqueada por su sola cercanía, por su sólo olor.

    Bajó su mirada, contemplando ahora un par de tijeras que se posaban justo sobre el tocador. Qué fácil sería tomarlas y clavarlas en una de esas gruesas manos. Se imaginó por un instante que reventaba como un globo, aunque sabía que no era así como funcionaba; pero qué divertida imagen sería esa. Él gritaría aprendido por el dolor y la confusión. Retrocedería, y entonces ella se le lanzaría encima. Lo tumbaría a la cama, se pondría sobre él, y comenzaría a clavarle repetidas veces la punta filosa de las tijeras en su cuello. Primero unas diez o quince veces de un lado, y cuando le resultara aburrido, o sintiera que el metal ya no tenía mayor oposición en ese extremo, empezaría a hacerlo en el otro.

    El ver sus ojos desorbitados, mirándola suplicantes, de seguro sería suficiente para realmente encenderla como era debido, aunque ya en ese punto esos ojos fueran sólo ventanas apagadas, pues detrás de ellos ya no habría nada. Y entonces, y sólo entonces, podría al fin hacer con gusto todas las asquerosidades que tanto le gustaban.

    Sí, eso estaría bien… pero no lo haría. En su lugar, con la mano que no sostenía su cigarrillo, tomó uno de sus dedos meñiques y lo dobló hacia atrás, acercándolo además peligrosamente al punto de quiebre, para así obligarlo a soltarla.

    —Ya he tenido suficientes papis —exclamó con amargura, y luego hizo su mano hacia un lado con violencia—. Ahora vete.

    —Bien, bien, no te enojes —refunfuñó el hombre, alejándose apresurado a la puerta, mientras se sobaba su dedo. No apartó los ojos de su reflejo hasta que lo vio salir por la puerta del cuarto.

    Siguió sentada, terminando su cigarrillo, y sumida un rato más en los mismos pensamientos de hace un rato. De nuevo, ya no miraba al espejo, sino a la superficie del tocador. A su peine, a su maquillaje, su polvera, su lápiz labial, y sus tijeras… esas tijeras que tantas ganas tenía de clavar en el cuello de ese individuo, y de tantos más. A veces lo dejaban tan fácil… A algunos les gustaba ser atados y que les cubriera los ojos; ni siquiera lo verían venir. No, pero era mejor que si vieran, para así completar esos ojos… esos ojos de desesperación y horror…

    —Adorable lugar —escuchó de pronto que una voz extraña pronunciaba a sus espaldas—. Muy adorable.

    Ni siquiera volteó o miró al espejo; el sólo escuchar esa voz la puso totalmente en alerta. Sin pensarlo siquiera, abrió el cajón izquierdo del tocador, sacó de éste un largo revolver oscuro, considerablemente más grande que su mano, se puso de pie y se volteó tan violentamente que su silla se cayó en el movimiento. Alzó sus dos manos al frente, sujetando el arma, sin soltar el cigarrillo, y apuntó con firmeza al intruso: un chico, de cabello negro y lacio, peinado hacia un lado, de traje negro, camisa azul, una cámara al cuello y una maleta al hombro. Se encontraba de pie justo en el marco de la puerta del cuarto, mirando alrededor con una mirada curiosa y una sonrisa tranquila.

    —¡¿Cómo entraste aquí?! —Le gritó furiosa, sin ningún rastro de falsa dulzura en su voz.

    El chico parecía restarle importancia a su exigencia, o al hecho de que lo estuviera apuntando con un arma. Siguió mirando el resto del cuarto, mientras se permitía ingresar un par de pasos más al interior.

    —Si te dijera que tu “amigo” que se acaba de ir dejó la puerta abierta, ¿me creerías? —Le respondió con un tono burlón, cuya única respuesta fue el sonido del martillo del arma, colocándose en posición—. Supongo que no.

    —¿Tú quién putas eres? —Cuestionó la chica de nuevo, con algo más de calma, pero no por ello sin exigencia—. ¿Qué haces aquí? ¡¿Qué quieres?!

    —Entiendo el tipo de ambiente en el que trabajas, querida; pero esa no es excusa para usar ese vocabulario.

    Con total normalidad, se aproximó a la cama, y se permitió dejar su maleta sobre ésta.

    —¡¿Qué no me estás escuchando, imbécil?! —Le gritó la dueña del sitio con aún más fuerza que antes—. Te voy a dar diez segundos para que saques tu culo de aquí, o si no…

    —¿Así tratas a un potencial cliente?

    —Jódete. Yo elijo a mis clientes, y no me meto con mocosos con más leche en los labios que vellos entre las piernas.

    Aunque ciertamente, excepto por su edad, era el chico más apuesto que había visto poner un pie en ese departamento. Él, por su lado, soltó una sonora carcajada como respuesta a su comentario.

    —Esa es buena, me gusta. Eres ingeniosa, además de bonita.

    El semblante de la chica no se aligeraba ni un poco. Podía sentir y leer sin problema que el único motivo por el que no le había disparado ya, era porque aún daban vueltas en su cabeza todas las implicaciones que traería consigo el hacerlo. Empezando por el ruido que haría, la atención que provocaría, la limpieza que tendría que hacer, sino es que acaso tuviera que salir huyendo de ahí enseguida. Y dicha idea no le llamaba precisamente; a pesar de todo, le agradaba en dónde vivía.

    Aunque quizás había otro factor, quizás inconsciente y más oculto, que le obligaba a no hacer tal cosa. El mismo miedo que le inspiraba a todos aquellos en la calle a no acercársele, a no atreverse a arrebatarle su cámara o quitarle su maleta. Una sensación de que si lo hacía, la pistola quizás le explotaría en las manos, o la bala terminaría por no darle, rebotar en la pared, y atravesarle la frente justo por el centro. Era algo que de hecho, podía pasar.

    Pero fuera como fuera, los motivos que lo habían llevado hasta ahí lo obligaban a intentar llevar dicha situación un tanto más tranquila. Así que, en lugar de permanecer a la defensiva y pedante, dio un par de pasos hacia atrás, y alzó sus manos en señal de sumisión, para intentar calmarla un poco. Su rostro, sin embargo, permanecía apacible.

    —Empecemos de nuevo, ¿sí? Me llamo Damien, Damien Thorn.

    Dicho nombre creó una ligera, apenas notable, reacción de intriga en su anfitriona forzada.

    —¿Thorn? ¿Cómo las Empresas Thorn?

    —Sí, se escribe igual —Respondió encogiéndose de hombros—. Y tú eres… Leena, ¿no?

    Los ojos de la chica se abrieron por completo y su semblante, más que sorprendido, se tornó furioso; incluso su rostro blanco lechoso, se volvió rojizo en un segundo.

    —¡¿Cómo sabes ese nombre?! —Le gritó totalmente acalorada, y rápidamente le sacó la vuelta a la cama y se le aproximó amenazante, con el arma aún en mano—. ¡¿Quién eres?! ¡¿Quién eres?!

    La distancia entre ambos se acortó tanto, que la punta de su cañón y el pecho de él, los separaba sólo cerca de medio metro.

    —Como dije, soy un cliente potencial —repitió, sin perder ni una molécula de su casi perturbadora tranquilidad—, pero no del tipo que tú crees. No te ofendas; estoy seguro de que eres muy buena en lo que haces, pero no son esas habilidades las que me hicieron buscarte.

    Introdujo sus manos en sus bolsillos, y apoyó todo su peso en un pie, tomando una postura mucho más relajada.

    —Necesito que encuentres a dos personas por mí.

    —¿Te parezco que tengo cara de ayuda a personas desaparecidas?

    —No —respondió con un tono burlón—. Me parece que tienes cara de alguien que a lo largo de su vida ha cultivado numerosas habilidades especiales, que le han permitido sobrevivir y ocultarse. Cara de alguien que conoce muy bien el lado oscuro de muchas ciudades y rincones de este país; y que aún mejor, sabe cómo moverse por él. Y lo más importante de todo —se inclinó entonces hacia ella, haciendo que sus penetrantes ojos miraran fijamente a los suyos—, cara de alguien que cuando ve al abismo, le sostiene la mirada…

    Hubo silencio, absoluto silencio, los segundos posteriores. Ella ni siquiera pestañeaba.

    Por incoherente que sonara, algo en él le hacía sentir… confianza, algo que hacía mucho no sentía en presencia de nadie, mucho menos de un hombre.

    Luego de un rato, bajó con cautela su pistola.

    —¿Qué es lo que quieres exactamente?

    —Lo dije, quiero que encuentres a dos personas, y las traigas a mí. Dos niñas pequeñas, de hecho.

    La chica bufó con fastidio, y se encaminó hacia su tocador de nuevo.

    —Así que sí eres otro degenerado cualquiera. Cada vez empiezan más jóvenes.

    Dejó el revolver sobre la mesa, apagó su cigarrillo en el cenicero, sólo para volver a encender otro casi de inmediato.

    —No es lo que crees —comentó acompañado de una pequeña risilla. Con paso confiado, se le fue acercando—. Son dos personas muy especiales, al igual que tú. Sabes a qué tipo de “especial” me refiero, ¿cierto?

    —Ni la más remota idea.

    Levantó la silla, y se volvió a sentar en ella. Extendió su brazo para tirar algo de cenizas en el cenicero, pero justo en ese momento, el extraño abalanzó su mano al frente, tomó las mismas tijeras que tanta fascinación le habían causado unos momentos atrás, y en un parpadeo se las clavó sin la menor duda en dicha mano, haciendo que la atravesara hasta salir por su palma y se encajaran en la madera.

    —¡¡Ah!! —gritó llena de dolor y confusión.

    Borbotones de sangre surgieron de la herida cuando ese le retiró casi de inmediato la improvisada arma de su piel, manchando todo el tocador. Antes de que pudiera tomar su pistola de vuelta, o al menos su mano herida para presionarla, el chico la tomó primero de su muñeca, y pegó la palma de su mano contra el espejo, haciendo que su sangre lo manchara, y comenzara a escurrir por él. Con su otra mano, la sujetó de su barbilla con fuerza, obligándola a ver fijamente hacia el frente, hacia su propio reflejo, ese mismo que ella no tenía deseos de mirar.

    —Por supuesto que lo sabes, Leena —le murmuró en su oído con gravedad—. Sabes muy bien que tú deberías ahora mismo estar muerta, ¿o no? Tu cuerpo debería estar consumiéndose bajo el agua congelada de aquel lago al que te arrojaron y te dieron por acabada. Pero en lugar de eso, estás aquí, satisfaciendo los bajos y prohibidos deseos a viejos enfermos y horrorosos, a cambio de unos cuántos dólares. “¿Cómo es esto posible?”, apuesto a que te lo has preguntado seguido.

    Mientras ambos contemplaban juntos en la misma dirección, pudieron ver como esa herida vertical que se dibujaba en su dorso, comenzaba poco a poco a cerrarse. La sangre dejaba de brotar, y en un abrir y cerrar de ojos su piel volvió a estar intacta; tan blanca y tersa como un instante antes de la apuñalada… o incluso más.

    Damien sonrió, maravillado ante tal espectáculo.

    —Es gracioso como cualquier herida que recibes ahora se cura de inmediato. —Hizo entonces su cabeza a un lado, dejando el costado derecho de su cuello expuesto; o, más específicamente, las cicatrices de heridas pasadas que le recorrían todo el cuello alrededor—. Pero estas cicatrices que te hiciste al escapar de aquel Asilo Mental, seguirán por siempre marcando tu piel, como un horrible recordatorio. Apuesto a que no a todos tus clientes le son tan atractivas.

    Cualquier rastro de miedo o enojo que le hubiera surgido tras ese traicionero ataque, se había desvanecido conforme él hablaba. Todo ello la había superado con creces, tras el enorme desconcierto de escuchar todo lo que le decía, y la sorprendente exactitud de los datos.

    Él no sólo sabía su nombre: lo sabía absolutamente todo sobre ella. Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, se sentía totalmente indefensa, desnuda, a la merced de otra persona. Impotente, incapaz de hacer cualquier cosa más allá de escuchar y dejarle hacer lo que quisiera, pues no tenía como evitarlo. Y lo peor es que era un simple adolescente cualquiera, uno que apenas y estaba a punto de convertirse en adulto.

    Era una sensación que la agobiaba y le retorcía el estómago. Sin embargo, al mismo tiempo, y aunque pareciera imposible de comprender… le causaba una excitación tan intensa como no había sentido en años; tanta que sentía que todo su cuerpo hormigueaba, y no debido al dolor de su reciente herida, ya en esos momentos curada.

    ¿Quién era ese sujeto realmente? Y más importante aún…

    —¿Cómo sabes todo eso? —Gimió con algo de debilidad, debido a la inmensa cantidad de emociones que le recorría el cuerpo. Sentía su nariz impregnada con el dulce aroma de su colonia; nada que ver con el rancio y desagradable olor del otro individuo que acababa de marcharse—. ¿Cómo me encontraste? ¿Eres policía?

    —Por supuesto que no —le susurró muy suave en su oído. Aún la tenía sujetada, tanto de su muñeca como de su mentón—. Ni siquiera tengo la edad mínima para enlistarme. Pero sé bastante más sobre ti de lo que crees; mucho más. Por ejemplo, sé que aquella noche alguien, o algo, te sacó de esas fías aguas, hizo que el aire volviera a tus pulmones, y tus heridas se cerraran. ¿Y crees que lo hizo para que pasaras el resto de tu vida abriéndote de piernas y boca a pervertidos enfermos en un sucio departamento como éste? ¿Crees que esto es lo único para lo que sigues convida? Eres mucho mejor que eso, yo lo sé. Pero, ¿tú lo sabes?

    Sólo hasta entonces la soltó por completo, y lentamente se alejó de ella. La chica dejó aún su mano contra el espejo unos momentos, y luego la dejó resbalar por él, dejando un rastro con la sangre que aún quedaba en su palma.

    Tímida, volteó a verlo sobre su hombro. Se encontraba ya relativamente lejos de ella, apoyado contra uno de los burós de la cama, con los brazos cruzados; la miraba fijamente con bastante intensidad.

    Sí, definitivamente era el hombre más apuesto que había ido a ese sitio en los casi ocho años que llevaba viviendo ahí… lástima que era un chiquillo impertinente.

    —¿Sabes qué fue lo que pasó esa noche? —Murmuró, poco a poco más recuperada—. ¿Sabes por qué sigo viva?

    Damien sonrió una vez más.

    —Cumple este encargo por mí, y te aseguro que responderás esa pregunta, y más.

    Señaló con su cabeza en dirección a la maleta que había colocado en su cama. Ella la miró, y entones se puso de pie y aproximó a ella con la misma cautela que tendría si acaso se estuviera acercando a una bomba activa.

    —Ahí encontrarás toda la información que he reunido de ambas niñas que te comenté —le informó un instante antes de que abriera la maleta—. No es mucho, pero creo que te bastará. Además de un pequeño anticipo para tus gastos.

    Al abrir la maleta, dentro de ésta se encontraban dos expedientes, uno con folder café, y otro con folder azul; ambos repletos de papeles. Pero más importante aún, debajo de ambos, había fajos y fajos de billetes; de veinte, cincuenta y cien. La maleta estaba prácticamente repleta, y le era imposible poder adivinar cuánto dinero había ahí realmente. Pero, llegando a cierta cantidad, de la que estaba segura que sí superaba, ya poco importaban unos dólares menos o unos dólares más.

    ¿Eso era un “pequeño” anticipo?

    Dejó el dinero de lado por unos momentos, y se concentró en los expedientes. Primero revisó el café. Al abrirlo, lo primero con lo que se encontró fue con un recorte de un periódico, al parecer de Portland. Era la primera plana, y en él se leía con letras grandes y negras:


    PADRES DEMENTES
    PAREJA INTENTA COCINAR A SU HIJA EN EL HORNO



    Arqueó su ceja, intrigada. Un título bastante amarillista. Pero, si en efecto era lo que ahí decía, sería difícil no sonar amarillista fuera el título que fuera.

    —Lindo —exclamó sarcástica—. Supongo que no fue por haber reprobado álgebra.

    Sospechó que una de las “dos niñas pequeñas” que quería que encontrara, debía ser esa misma. Bajó el expediente, y su atención se centró en el chico al otro lado de la cama.

    —¿Y qué tiene de especial exactamente?

    —Lo sabrás cuando la encuentres.

    —¿Y qué debo hacer con ellas si las encuentro?

    —Traérmelas. Sanas y salvas, por favor.

    —Si tienes tanto dinero e interés, ¿por qué no lo haces tú? Este periódico es de Portland, así que al menos ya sabes en dónde está una. Si no quieres hacerlo tú, podrías contratar a cualquier detective privado, mercenario, o lo que sea. ¿Por qué me lo estás pidiendo a mí?

    Damien rio de una forma un tanto exagerada, que parecía intentar demostrar más lo absurdo de la pregunta, que la gracia que le provocaba.

    —No has entendido nada aún, ¿verdad? Descuida, ya lo descubrirás —comenzó en ese momento a andar a la puerta, con la misma calma con la que había entrado—. Como te prometí, encuentra a ambas chicas, y descubrirás más de ti misma de lo que crees.

    Siguió avanzando, y ya se encontraba prácticamente en la salida, cuando escuchó que le volvía a hablar.

    —Esther —murmuró despacio, pero con la suficiente fuerza para que la escuchara—. Llámame Esther. Leena Klammer murió hace ya mucho, mucho tiempo.

    Damien la miró, se encogió de hombros y siguió con su camino.

    —Esther, entonces.

    Él se fue, y ella se quedó.

    Se sentó en la cama, intentando digerir lo que había ocurrido, o al menos lo que entendía de lo que había ocurrido. Miró de nuevo el contenido de la maleta; nunca había visto tanto dinero reunido en un solo punto. Imaginaba todo lo que podría hacer con él. Comprarse una identidad falsa, pagarle a alguien para que la sacara del país, quizás irse a algún país en el sur. Hacer que otra familia la adoptara como su hija, hacer las cosas bien esa vez… al menos mientras le fuera posible.

    Pero había otro lado de ese plan. Si ese sujeto le había dejado tal cantidad de dinero como si nada, es que de seguro no era nada para él en comparación con todo el que tenía. Y con recursos como esos, no tardaría mucho en encontrarla; de hecho, ni siquiera entendía como la había encontrado en un inicio. ¿Y su nombre? ¿Y su historia? ¿Cómo se había enterado de todo eso?

    No le gustaban los jueguitos como ese, en especial en los que sentía que tenía todas las desventajas y alguien más era el que controlaba el juego.

    Sacó entonces el otro expediente, el de color azul, para revisarlo. También había recortes de periódicos en él, pero estos hablaban de un incidente ocurrido en una isla de Washington, sobre caballos que habían saltado al mar sin motivo alguno. El nombre del rancho era “Morgan”.

    Tras indagar un poco más entre todos los papeles de dicho expediente, dio con un nombre, que posiblemente era el nombre de la segunda chica que suponía debía buscar: Samara Morgan.

    FIN DEL CAPÍTULO 06

    Notas del Autor:

    - Damien Thornestá basado principalmente en el mismo personaje de la películaThe Omen (2006), que es a su vez un remake la película del mismo título de1976. Aunque en términos de continuidad se tomará en cuenta más que nada los hechos y tiempos mostrados en la película del2006, para su historia, y algunos detalles adicionales del personaje, se tomará también inspiración de las películasDamien: Omen II (1978)yOmen III: The Final Conflict (1981), y la serie de televisiónDamien (2016). Con respecto a su personalidad y poderes, se basarán en parte en lo antes mencionado, pero también en una interpretación más que nada personal.

    - Leena Klammer, aliasEsther, está basada íntegramente en el personaje antagónico de la películaOrphan (2009), ubicándose ocho años después de los acontecimientos de dicha película. Lo ocurrido en ésta se respetará íntegramente, pero se harán algunos ajustes a su final que se explicarán con más claridad posteriormente.

    Debo admitir que este capítulo me sacó un poco de mi zona de confort, por los temas tocados y por el lenguaje. No es el estilo de cosas que acostumbro escribir, pero los personajes que he decido usar así lo ameritan, creo yo. Es probable que esto se repita seguido de aquí en adelante, así que daré todo para hacerlo bien.
     
  7.  
    WingzemonX

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    Fanfic - Resplandor entre Tinieblas
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    Género:
    Misterio/Suspenso
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    9
     
    Palabras:
    5365
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 07.
    Mi mejor intento


    Matilda llevaba ya una semana en Oregón, cuando al fin un día el cielo amaneció despejado. Ese día se levantó relativamente temprano. El sol apenas estaba saliendo, y la vista del cielo azul poco a poco iluminándose, era realmente hermosa. Mientras conducía hacia el hospital, se le ocurrió una idea para la sesión de ese día.

    Luego de las habituales negaciones iniciales por parte del Dr. Scott, que no sólo ya le eran normales, sino que le extrañaría demasiado su ausencia, éste le permitió sacar a Samara al patio del hospital. No habría ningún otro paciente en esos momentos ahí afuera, por lo que podrían estar a solas; John se encargó de recalcarle que eso incluía a cualquier otro doctor o enfermero que pudiera ir a su rescate si algo salía mal, pero igual decidió tomar el riesgo.

    Cerca de las siete y media, Matilda y Samara salieron juntas al patio. Parecía como si el sol no le hubiera tocado la cara en semanas a la pequeña Samara, y no sólo por el extremadamente pálido tono que su rostro había tomado. La pequeña miraba en todas direcciones, con mucha cautela mientras avanzaban desde la puerta por el camino de cemento rodeado de bancas y árboles. Sus actos mostraban interés, pero su mirada no dejaba de verse ausente, estoica.

    Entre sus dedos, Samara llevaba a Nancy, la muñeca que había pedido que le trajera de su casa. Era un modelo anticuado de Barbie, o al menos de alguna marca que intentaba asemejarla, de cabellos negros, largos y lacios. Usaba un pequeño vestido corto color verde de hombros descubiertos. Como había acordado con el buen Doctor a cargo, Matilda se la entregaba cada vez que se veían, y se la llevaba consigo cada vez que se iba. Lo curioso era que Samara nunca jugaba con ella ni nada parecido. Normalmente, sólo la tenía abrazada contra sí, o la sujetaba entre sus manos con fuerza. Matilda sentía que la sola cercanía de ese juguete, de seguro la hacía sentir un poco mejor de alguna forma; ¿más cerca de casa, quizás?

    —¿Qué hacemos acá afuera? —preguntó la niña algo confundida, pero evidentemente no decepcionada por el cambio de escenario.

    Matilda sonrió.

    —El sol al fin salió, así que creí que te gustaría un aire diferente. —Samara no respondió nada, pero presintió de inmediato que se trataba de una silenciosa afirmación—. Además, quisiera que intentemos algo nuevo.

    Matilda guio a Samara hasta una de las bancas a un costado del camino, pero no se sentaron en ella. En su lugar, la psiquiatra extendió su mano hacia el frente, en dirección a las montañas a lo lejos.

    —Normalmente plasmas pensamientos que sólo ves en tu cabeza. ¿Pero has intentado plasmar algo que ves? ¿Algo real? Por ejemplo, mira ese paisaje.

    Samara miró en la dirección en la que le señalaba. El sol estaba saliendo desde atrás de los montes, y se lograba ver su circunferencia sin problema, pues aún no llegaba a iluminar con toda su luz.

    —¿Por qué no intentas mirarlo unos segundos, memorizarlo, y plasmar esa imagen en el papel?

    Samara la miró dudosa, pero ella prosiguió.

    —Ve esos colores, esas formas. ¿No son hermoso?

    —Sí, lo son —murmuró despacio.


    —Entonces, ¿qué dices? ¿Te gustaría intentarlo?

    Samara sencillamente se encogió de hombros, y de nuevo le pareció que era su forma silenciosa de decir “sí”.

    Estuvieron un par de segundo contemplando aquel espectáculo natural. En todo ese tiempo, ninguna dijo nada o hizo nada más allá de mirar al horizonte. La expresión de Samara seguía igual de apacible que siempre, así que era imposible para ella saber si lo disfrutaba o no.

    —Bien, ahora démonos media vuelta.

    Matilda se volteó, y ahora sí sentó en la banca, de tal forma que le daba la espalda a las montañas. Tocó la superficie de madera a su lado con una mano, indicándole con ese pequeño acto que se sentara. Samara así lo hizo, aunque todo en su rostro indicaba que seguía sin estar muy segura de la situación. ¿A qué se debería esa duda?

    Matilda sacó de su bolso el block de dibujo que habían estado usando durante la sesiones; en él se encontraban plasmadas ya varias imágenes, todas creadas por Samara. Abrió el block en una hoja en blanco, y lo colocó con cuidado sobre las piernas de la niña.

    —Intenta imaginar en tu mente ese paisaje que viste, y plásmalo aquí. ¿Crees poder hacerlo?

    Samara miró fijamente el papel en blanco en sus manos. Pasó sus dedos lentamente por él, apenas rozando la superficie con la yema de los dedos. Luego de unos segundos, colocó toda la palma sobre la parte baja del papel, y casi de inmediato se fue formando lentamente una imagen, con ramificaciones negras y oscuras extendiéndose desde sus dedos, hasta crecer y cubrir el espacio blanco. Al igual que las veces anteriores, parecía como si esas líneas se estuvieran quemado sobre el papel, en lugar de dibujarse.

    La imagen quedó plasmada relativamente rápido, y el resultado fue precisamente el paisaje a sus espaldas. Sin embargo, no era completamente igual. En cuanto Matilda lo vio, una sensación bastante agobiante le invadió el pecho. Mientras que el paisaje real se veía cálido, amigable y colorido, la imagen en el papel era oscura y fría. Las tinieblas parecían cubrir el firmamento, opacando la luz del sol.

    —Muy bien, lo hiciste muy bien —exclamó Matilda, colocando una mano en su hombro en señal de aprobación. Le agradó no recibir ninguna reacción negativa de parte de la niña ante ese pequeño contacto—. Pero, ¿no te transmite un sentimiento diferente al real? ¿No crees que se ve algo…?

    —¿Triste? —Interrumpió de golpe, sin dejar de contemplar la imagen en el papel—. ¿Aterrador? ¿Como muerto? —calló un segundo—. Todo siempre termina siendo así, aunque no quiera.

    No era claro si lo que transmitían sus palabras era frustración o angustia, pero definitivamente el resultado le había afectado. ¿Era eso lo que le preocupaba en un inicio? ¿Sabía que terminaría así?

    —No te preocupes, ¿sí? ¿Por qué no lo intentas otra vez?

    Samara se puso de pie y echó otro vistazo al paisaje por largo rato. El sol ya estaba más vivido y no podía sostener mucho la mirada, pero igual lo intentó. Se volvió a sentar cuando lo consideró prudente, y repitió el mismo acto de hace unos momentos: cambió de página a una en blanco, pasó los dedos por el papel, colocó su mano en la parte inferior, e intentó plasmar de nuevo la imagen del paisaje.

    El resultado, sin embargo, terminó siendo bastante similar al anterior.

    Matilda tomó el cuaderno y lo revisó a más detalle. Lo que había dicho hace unos momentos era cierto: todas las imágenes que creaba, tanto en las radiografías como en el papel, transmitían un sentimiento bastante incómodo, hasta aterrador en ocasiones. Quizás no era nada malo; quizás era lo que su habilidad era capaz de hacer, y las personas como ella lo percibían con una sensación oscura sencillamente inspirada por sus propias emociones. Pero aunque fuera así, era difícil mirar esas imágenes y que no te provocaran una profunda sensación de desosiego y tristeza.

    Un pensamiento fugaz le cruzó la cabeza. Si así se sentía ella con sólo con ver una imagen plasmada en papel… ¿qué era lo que sentía la señora Morgan? ¿Qué era lo que Samara le había hecho ver? ¿Y... qué le había hecho ver a su madre para que ésta deseara ahogarla?

    —¿Estás molesta conmigo? —escuchó que Samara le preguntó de pronto, tomándola por sorpresa.

    —No, claro que no —se apresuró a responderle con una amplia sonrisa—. Lo hiciste muy bien, Samara. Quizás podemos intentar otra…

    —¿Entonces con quién estás molesta? —le interrumpió abruptamente, casi cortante.

    Matilda vaciló, extrañada por ese repentino exabrupto.

    —¿Por qué crees que estoy molesta?

    —Porque lo presiento. Siento que algo te molesta.

    Samara la miró con intensidad en su mirada. Casi siempre tenía una mirada intensa, pero en esa ocasión era diferente; parecía casi inquisitiva, como si la estuviera acusando de algo.

    —¿Lo presientes? ¿En mi mente? —Samara no respondió, aunque sí desvió su mirada hacia otro lado rápidamente, como si se sintiera avergonzada—. ¿Leíste algo en mi mente, Samara?

    —No por completo —susurró despacio, con la cabeza agachada; el cabello le caía sobre el rostro, cubriéndolo casi por completo—. Siempre son más como… presentimientos.

    —Entiendo. ¿Y tienes esos presentimientos seguido?

    —No tanto…

    El alcance de su habilidad telepática, si es que en efecto era eso, no había podido ser del todo bien estudiada por el Dr. Scott y el resto de su equipo, y Matilda no había querido profundizar mucho en ello; no aún, al menos.

    Esos “presentimientos”, como los describía, eran la menor escala que habían detectado en personas que resplandecían. Normalmente eran sólo sensaciones que le indicaban a la persona si debían hacer o no hacer algo, si debía confiar o no en alguien. Pero en el caso de Samara, estaba segura de que era más profundo que eso. Que esos presentimientos y sensaciones, eran más claras de lo que creían.

    —¿Presentiste algo sobre mí? —le preguntó directamente, pero Samara de nuevo no respondió nada—. ¿Hay algo que quieras preguntarme? Sabes que puedes decirme lo que sea.

    Matilda esperaba no estar pisando terreno peligroso. Después de todo, tenía en su mente información importante que no le había compartido a su actual paciente; sobre ser adoptada, y el paradero verdadero de su madre biológica, así como la escabrosa historia de cómo fue que terminó en adopción. Si ella había presentido algo de ello, podría estarse metiendo en una situación en la que no quería estar. Sin embargo, por otro lado, si ella lo sabía o lo había al menos presentido, ya fuera en ella o en sus propios padres, no haría nada de bien a su relación ocultárselo o negarlo.

    Matilda estaba decidida a hablar con la verdad si eso era lo que le quería decir. Sin embargo, eso que Samara quería preguntarle, nada tenía que ver con esa sospecha. De hecho, Matilda no se encontraba para nada preparada para dicho cuestionamiento…

    —¿Quién es Carrie? —soltó de golpe la pequeña, haciendo que Matilda se sobresaltara tanto, que por poco y se paraba de su asiento de un brinco sin fijarse.

    La psiquiatra se quedó paralizada, incapaz de reaccionar de inmediato; incluso su respiración se había cortado, pero no fue consciente de ello hasta que se dio cuenta que le faltaba el aire en los pulmones.

    Al no recibir respuesta, Samara se viró lentamente hacia ella, y de nuevo la miró con esa misma intensidad de antes.

    —¿Disculpa? —soltó la doctora, incapaz de reflejar seguridad. Había escuchado muy bien su pregunta, pero se aferraba a un casi ridículo anhelo de que hubiera sido otra cosa.

    Y en efecto, no fue así.

    —Has pensado ese nombre con mucha fuerza en un par de ocasiones desde que nos conocimos —se explicó Samara—. Es como un grito fuerte un mis oídos. ¿Quién es?

    Matilda aspiró y soltó aire con fuerza por la nariz.

    ¿En verdad le estaba preguntando sobre… eso? ¿Por qué? ¿Por qué de ese tema? ¿Por qué justo en ese momento? De todas las cosas, secretos, momentos indeseables y horribles que rondaban su mente… ¿por qué ese?

    —No es algo de lo que creo debamos hablar en estos momentos. Es mejor…

    —¿Por qué no me quieres decir quién es? —insistió Samara con algo más de agresividad.

    —No es que no quiera, Samara. Es sólo que…

    Las palabras de Matilda se trabaron. Estaba tan poco preparada para responder al respecto, que en realidad no tenía una excusa convincente, más allá de la obvia: que en efecto, no quería hacerlo… la cual no estaba muy apartado de la realidad.

    Samara pareció molestarse por su vacilación.

    —Dime quién es —exclamó con exigencia—. O ya no querré hablar contigo.

    Matilda se sobresaltó; presintió con facilidad toda la amenaza latente en esas palabras. No estaba segura qué tan enserio era ello, pero no podía permitir que un incidente como ese rompiera toda la buena relación que había logrado con ella hasta ese momento.

    Pero… ¿hablar de eso? ¿Qué utilidad o beneficio podría traerle? Lo más seguro, ninguno. Hablar de eso no podría traerle nada bueno, ni a ella ni a la niña.

    ¿Debía imponer su autoridad? No estaba muy segura de cómo reaccionaría ante una confrontación así. Incluso en ese momento, ya se le veía bastante a la defensiva. Su expresión había tomado ese semblante casi aterrador que tenía la primera noche en que se vieron. Le costaba trabajo admitirlo, pero realmente comenzó a sentirse intimidada por ella… casi asustada. ¿Era eso lo que veían el Dr. Scott y sus ayudantes? ¿Era eso lo que veían sus padres?

    Por primera vez sintió real la advertencia, casi amenaza, que John le hizo sobre que no habría ningún enfermero o doctor que la ayudara si se ocupara.

    Volvió respirar con profundidad. Cerró el cuaderno de dibujó y lo colocó sobre sus piernas.

    —De acuerdo…

    Miró hacia el frente. El sol ya había casi salido por completo a sus espaldas, pero al frente aún se distinguían algunos tonos azules y morados de la noche. Se cruzó de piernas, y se sentó derecha; Samara la miraba fijamente, expectante.

    —Carrie… era también una chica especial —murmuró con mucha cautela en su voz—. Ella también resplandecía, como nosotras. Pero sus habilidades se manifestaron en ella sólo hasta que fue algo mayor que tú. No es lo usual, pero pasa. Normalmente el Resplandor se presenta en los niños a corta edad, y de ahí se va desarrollando poco a poco. Pero en ella se presentó de golpe a los diecisiete, sin ningún aviso, y con bastante fuerza. Y eso puede traer consigo varios problemas.

    —¿Por qué?

    —Bueno, como muy pronto tú misma lo sabrás, la adolescencia es una etapa muy difícil para todos. Está llena de confusiones y miedos, aún sin que tengas que vivir con el Resplandor.

    Hizo una pausa, y sostuvo un poco la respiración, como si hablar de ello le causara algún tipo de dolor.

    —En el caso de Carrie fue un poco más grave, por su situación familiar y con sus compañeros de clase. No tenía una vida sencilla, ni cerca de ello. Y eso le afectó demasiado. Es por eso que quise ayudarla, así como te quiero ayudar a ti ahora mismo.

    —¿Y lo lograste? —Inquirió Samara con un tono tajante—. ¿Pudiste ayudarla?

    En la expresión de Samara se dibujó un anhelo de saber, pero también añoranza. Parecía realmente deseosa de escuchar su respuesta, y que realmente ésta fuera la verdad. Parecía realmente querer saber si había sido capaz de hacerlo, si había sido capaz de hacer lo mismo que deseaba hacer con ella.

    Pero decirle justamente eso… hubiera sido una mentira.

    —Hice mi mejor intento —fue lo único que Matilda logró pronunciar, y se arrepintió casi de inmediato de haberlo hecho.

    Samara la miró atentamente en silencio. Todo ese anhelo se había desvanecido abruptamente, y ahora sólo quedaba… nada, absolutamente nada.

    —Pero fallaste —concluyó Samara con un tono casi indiferente—. Fallaste, ¿verdad? No pudiste ayudarla. —Su tono era tan frío que se clavaba con dureza en el pecho de Matilda—. ¿Vas a fallar conmigo? ¿Me dejarás también?

    Matilda se quedó helada por esas palabras.

    —No… claro que no lo haré —le respondió, de nuevo, incapaz de reflejar la suficiente seguridad que deseaba, y ella lo notó.

    Samara bajó de nuevo su mirada contemplando su muñeca sobre su regazo. Luego de unos segundos, tomó a la muñeca y la colocó en la banca entre Matilda y ella.

    —Creo que ya no estoy de humor para seguir hablando contigo hoy —declaró con normalidad, y luego se puso de pie, todo ello sin voltear a verla—. Quiero ir a mi cuarto.

    Matilda vaciló unos instantes, pero rápidamente optó por hacerle caso. Aún si hubiera querido oponérsele, explicarle que tenían que seguir hablando, que tenía que hacer algo para aclarar esa situación, para calmar las cosas… la verdad es que no quería hacerlo. Ella tampoco quería seguir hablando con ella en esos momentos.

    —Sí… seguro —le respondió, parándose también—. Volveré más tarde, por si quieres que conversemos.

    Samara no le respondió, ni dijo nada en todo el camino hacia el interior del hospital.

    — — — —​

    Luego de dejar a Samara con los enfermeros, Matilda se fue directo a su auto, antes de que se cruzara con el Dr. Scott y éste se atreviera a cuestionarla. Aunque era sólo retrasar lo inevitable; tarde o temprano se iba a tener que enterar, de todas formas.

    Caminaba con tanto apuro por el estacionamiento, que en un par de ocasiones sus tacones pisaron mal, y casi cayó. Al estar ya a un lado del vehículo, buscó con desesperación las llaves en el contenido de su bolso. Al sacarlas, sin embargo, las llaves se le cayeron, quedando entre sus pies. Y para rematar, al agacharse a recogerlas, se le cayó su bolso abierto, y gran parte de su contenido se esparció hasta debajo del auto.

    Soltó una pequeña maldición ahogada, y mientras recogía todas sus cosas soltó varias más.

    Al final logró al fin entrar al auto, no sin antes azotar la puerta con fuerza; sólo un instante después recordó que el vehículo era alquilado. Se sentó en el asiento del conductor, pero no encendió el motor; no todavía. En lugar de eso, se quedó quieta, con sus manos aferradas al volante, y su vista puesta al frente, mirando… nada, en realidad.

    “Tienes que tener muy claro que esta niña no es Carrie White”, le había dicho Eleven aquella noche. Había sido su culpa, ella le había metido esa idea en la cabeza, y por ello Samara lo había percibido y tocado ese tema. Aunque, dijo que lo había sentido desde que se conocieron. ¿Acaso lo llegó a pensar? ¿Acaso llegó a pensar que ambas se parecían demasiado de manera fugaz sin que se diera cuenta?

    “¿Vas a fallar conmigo? ¿Me dejarás también?”

    Pegó su frente contra el volante, y ahí se quedó. Cerró los ojos unos momentos, e intentó tranquilizarse. No era la primera situación difícil a la que se enfrentaba en ese trabajo. Tenía que recuperar la compostura y pensar en la mejor forma de actuar. No podía seguir dejando que el asunto de Carrie White la afectara de esa forma.

    “No debes de lamentarte de esto”, le había dicho Eleven, aquella tarde, sentadas una junto a la otra en una banca del cementerio de Chamberlain. “No había nada que pudieras hacer en tan corto tiempo para prevenirlo.”

    ¿Pero realmente era así? ¿Realmente no había nada que pudiera haber hecho…?

    De repente, su teléfono comenzó a sonar, sacándola abruptamente de sus tan profundos pensamientos, y haciendo que se sobresaltara asustada. Rápidamente comenzó a revolver su bolso otra vez, algo desesperada. Sacó casi todo lo que ahí traía antes de al fin encontrar el teléfono y responderlo de inmediato, sin siquiera darse el tiempo de ver la pantalla.

    —¿Diga?

    —Hola, ¿Matilda? ¿Matilda Honey? —Escuchó una voz masculina hablando al otro lado de la línea.

    —Sí, soy yo —respondió, más cortante y malhumorada de lo que le hubiera gustado, pero no le importó—. ¿Quién habla?

    —Hola, soy Doug Ames, del Doctorado.

    —Disculpa, ¿quién? —exclamó confundida. Una pequeña risilla se oyó del otro lado.

    —No me sorprende que no me recuerdes. Después de todo, tú eras la jovencita de apenas un poco más de veinte años, rodeada de puros vejetes de casi treinta…

    —No, no, disculpa —se apresuró rápidamente a intervenir.

    Se tomó un segundo, respiró hondo e intentó aligerar un poco su mente. Retrocedió hasta sus años de Doctorado en Yale, y trató de darle un rostro al nombre que le acaban de dar.

    Doug Ames…

    Doug Ames…

    Doug Ames…

    No, por más que lo intentó, no logró identificar de quién se trataba. Tenía varios candidatos en mente que podrían encajar, pero ninguno en específico resaltaba más que otro. Lo que esa voz de momento sin rostro había dicho, era bastante cierto. Ese par de años en Yale los había pasado prácticamente sumida en sí misma y en su trabajo, y poco o nada de atención le había puesto a los que estaban a su alrededor.

    Aun así, sabía que si se esforzaba lo suficiente, podría recordar con claridad quién era esa persona, pero no de momento. Tenía la mente demasiado liada en lo que acababa de pasar, que en realidad no tenía deseo alguno de esforzarse más de la cuenta en ello.

    —Doug, sí, te recuerdo —exclamó animada, e intentando sonar sincera—. Lo siento, estoy… algo distraída.

    Y entonces sonrió, como mero reflejo aunque sabía muy bien que él no podría verla. Apoyó su codo contra el volante, y con su mano se talló un poco la cara con sus dedos. Esperaba que no le estuviera llamando para pedirle una cita o algo así; era lo que menos necesitaba en esos momentos.

    —Descuida —exclamó el supuesto Doug, bastante tranquilo—. El profesor Armstrong me pasó tu número, espero que no te moleste.

    El profesor Armstrong, ese si era un nombre que recordaba. Psiquiatra Infantil y Profesor de Yale. Un hombre ya mayor, pero muy brillante, inteligente, increíble persona. Y si eso era poco, además también resplandecía. Sólo un poco; era una de esas personas con ese pequeño rastro de resplandor que le permitía sentir y percibir cosas, conectarse con las personas, y tener muy buenos instintos.

    Se habían vuelto muy amigos durante el Doctorado, aunque no había hablado con él en un par de años… similar a cómo había hecho con Cody. Le sorprendió un segundo darse cuenta de cómo tan buenas amistades que había tenido hace tiempo, inconscientemente las había hecho a un lado con el paso de los años. Fuera de algún intercambio de reacciones en Facebook, hacía mucho que no tenía contacto con alguno de sus antiguos amigos de Arcadia. Incluso, si se ponía a pensar en ello más detenidamente, a su propia madre adoptiva la había estado haciendo un poco a un lado, hasta sólo frecuentarla una o dos veces al años.

    Cosas que pasan a lo largo de la vida, supuso.

    —No, claro, está bien. ¿Cómo has estado?

    —Muy bien, supongo. Actualmente trabajo en Portland, cómo Psicólogo Infantil para el Departamento de Asuntos Familiares.

    “¿Portland?”, le cruzó fugazmente por la cabeza; era imposible que fuera una coincidencia.

    —Eso suena excelente.

    —Sí, la mayor parte del tiempo es grato ayudar a los niños con problemas en casa… —Hizo una larga y extraña pausa, que a Matilda le dio un mal presentimiento. Sintió venir un gran “pero” en camino, y así fue—. Pero en estos momentos tengo un caso un tanto complicado. Se trata de una niña, a la que sus padres trataron de quemar viva en su horno.

    —Santo Dios —exclamó la castaña, verdaderamente espantada, más por lo directo del comentario que por el comentario en sí.

    —Quizás oíste del caso en los periódicos o en las redes sociales. Se hizo mucho eco por lo macabro del acto.

    No, en realidad no había leído nada al respecto, aunque tampoco era muy propensa a leer ese tipo de noticias. Normalmente le llegaban sin que ella lo quisiera, como en ese preciso momento.

    —¿La niña está bien ahora?

    —La verdad… —Otra extraña pausa—. No estoy seguro.

    Había algo extraño en el tono de Doug, de lo que Matilda sólo se dio cuenta hasta ese momento. Transmitía cierto nerviosismo que intentaba ocultarse tras jovialidad y buen humor, que al final terminaban sintiéndose bastante falsos. Si tuviera que adivinar, diría que el tema del que estaba hablando le causaba bastante incomodidad, pero una incomodidad especial; de esas que sólo algo que te llega hasta la medula te lograba provocar… como hablar de Carrie White, en su caso.

    Doug prosiguió, yendo directo a lo que deseaba decir.

    —Escucha, llevo ya algunos años tratando a niños abusados, maltratados, destrozados por dentro. Pero hay algo en esta niña, algo que, y no me avergüenza admitirlo, me asusta un poco.

    —¿Algo cómo qué? —cuestionó intrigada.

    —Es sólo una teoría, pero creo que podría ser un caso de TPA.

    Matilda se sobresaltó en su asiento. TPA, en otras palabras, Trastorno de Personalidad Antisocial. O en términos más conocidos… sociopatía.

    —Ese es un diagnóstico muy serio que no se puede tomar a la ligera.

    —Lo sé, y la verdad de momento no tengo suficientes bases para asegurarlo. Es más una sensación, bastante incómoda. Tuve una conversación con ella ayer por la noche, y hubo algo en su mirada y en sus palabras… Nunca había visto tanta frialdad, pero a la vez agresividad, en una persona, mucho menos en un niño. Pero admito que no tengo mucha experiencia en ese ramo como para hacer un diagnóstico fiable. Por eso contacté con el profesor Armstrong para que me diera su opinión. Luego de contarle todo esto, me comentó que tú estabas en estos momentos en Oregón, y me recomendó ampliamente que hablara contigo y te pidiera ayuda.

    Matilda meditó unos segundos. El Dr. Armstrong era uno de los mejores psiquiatras infantiles de la costa oeste, y una de sus especialidades era precisamente la sociopatía en los niños. Ella misma estuvo trabajando activamente en ese tema para sus tesis, con la guía del profesor, pero aún se encontraba lejos de ser una experta en ello.

    ¿Por qué el Dr. Armstrong le había sugerido que halara con ella para eso? ¿Realmente sintió que era algo de lo que ella se podría encargar? Quizás deseaba que ella lo mirara, y luego le transmitiera su opinión, y así decidiera si valía o no la pena viajar desde New Haven para allá. Era ya un hombre mayor, después de todo; no podía, ni debía, subirse a un avión a la primera oportunidad sin no había una buena razón.

    Sin embargo, ¿cómo supo que estaba en Oregón exactamente? ¿Su Resplandor le bastaba para saber en dónde estaba pero no para saber si dicho caso valía o no la pena el viaje? Como fuera, en otras circunstancias hubiera estado encantada de hacerle ese favor a su antiguo profesor, pero hubiera preferido que se lo pidiera él mismo, y no que tuviera que contactarle alguien a quien aún no lograba darle un rostro. Además de que lo hacía en el peor momento posible.

    Suspiró algo cansada. Realmente no tenía la cabeza para continuar con esa plática, por lo que intentó cortarla de la mejor manera.

    —En efecto me estoy quedando en Salem en estos momentos, y me encantaría ayudarte, Doug. Pero estoy aquí porque estoy atendiendo mi propio caso complicado, y me temo que se ha complicado más justo hoy. ¿Por qué no me mandas la información que puedas de esta niña y la reviso en cuanto tenga oportunidad?

    —Yo… —sintió una gran incertidumbre en su voz—. Sí, claro. Pero en verdad me gustaría, si es posible, que la vieras y pudieras darme tus observaciones, ya que la información que te pueda proporcionar, no creo que logre transmitir toda la situación.

    Y fue entonces que Matilda tuvo uno de esos ocasionales flashes que le iluminaban la cabeza, con mucha más fuerza y claridad para ser un simple presentimiento. En cuanto Doug pronunció esas palabras, un pensamiento abrupto le recorrió: ahí había algo más.

    ¿Y si el profesor Armstrong le había recomendado hablar con ella, no por su tesis sobre la sociópata infantil… sino por su verdadera especialidad? Él conocía, al menos en parte, lo que Matilda era capaz de hacer, y el trabajo de la Fundación. Quizás antes de conocerla, él jamás había oído hablar del Resplandor, o era del todo consciente que él mismo poseía un poco de él, pero no tardó mucho en comprenderlo en cuanto fue el momento. ¿Y si él había presentido que ese caso tenía algo más enfocado en ese otro ramo?, quizás había tenido un presentimiento bastante similar al que ella estaba teniendo en ese mismo momento.

    —¿Hay algo más que deba saber? —preguntó con tono directo—. ¿Algo más, fuera de lo común, qué quieras contarme sobre este caso?

    Escuchó a Doug balbucear un poco del otro lado de la línea, y dudar sobre hablar o no. Esa sola reacción le indicó de inmediato que, efectivamente, había algo que no le había dicho todavía.

    —Esto es algo extraoficial —comentó tras un rato, susurrando despacio como si temiera que alguien más lo escuchara—. No debería de hablar de esto, y quizás no sea nada. Pero ocurrió un incidente hace sólo unos días. Otro chico, del mismo grupo en el que trato a esta niña, durante la noche, y sin razón aparente, asesinó a sus padres. —De nuevo, las palabras tan escabrosas y repentinas tomaron desprevenida a Matilda—. Y el nivel de violencia que aplicó, golpeándolos con una vara hasta… Eso no estaba presente en él antes, yo lo hubiera visto de alguna forma. Y no digo que haya estado involucrada, pero la trabajadora social que está a cargo de ella es una muy buena amiga, y creo que también presiente algo extraño desde que aquello ocurrió.

    —¿Algo extraño además de un posible TPA?

    —Eso no lo sé. Pero el Dr. Armstrong estaba seguro de que tu experiencia previa con casos similares podría darme algo de luz. Aunque no me dijo a qué te dedicas exactamente en estos momentos. ¿Estás tratando a niños con trastornos de conducta severos en estos momentos?

    “No precisamente”, le cruzó por la cabeza de manera fugaz.

    La descripción que le acababa de dar no era suficiente para poder determinar si había algo relacionado con el Resplandor involucrado en todo ello. Sin embargo, era suficiente para suponer que quizás era un caso más para la Fundación Eleven que para el Departamento de Asuntos Familiares de Portland.

    Pero llegaba en un muy mal momento. El caso de Samara realmente le consumía demasiada energía, y ni siquiera había podido aún hablar con la señora Morgan, o considerado con seriedad la posibilidad de contactar a la madre biológica, si en efecto seguía con vida. Y para rematar, ese incidente que acababa de ocurrir.

    “¿Vas a fallar conmigo? ¿Me dejarás también?”

    Esas palabras seguían retumbando en su cabeza; la última imagen vivida que tenía de Carrie White también lo hacía.

    No podía hacer mucho, no en esos momentos. Podría pedirle a Cody que lo revisara, pero si además de ser una niña que resplandecía, era una niña con TPA, era probable que él no tuviera las herramientas suficientes para afrontarlo. Quizás lo mejor era contactar a Eleven e informarle sobre lo ocurrido, y así podría enviar a alguien más; quizás a esa otra persona con más experiencia de la que le habló. Pero sólo podía hacerlo si tenía más información, y así decidir cuál era el camino correcto.

    —Envíame la información, y te prometo revisarla en cuanto pueda, ¿de acuerdo? —le repitió, intentando ser menos tajante, pero sintió que no lo había logrado del todo.

    —Sí, está bien —murmuró Doug, y pudo percibir sin problema la decepción en su voz—. Gracias, y espero que te vaya bien con tu complicado caso.

    —Yo también lo espero. Nos vemos pronto si todo sale bien.

    Le pasó su correo electrónico, y colgaron justo un poco después de eso. Matilda esperaría a recibir el correo y así poder revisar con calma de qué se trataba. Sin embargo, dicho correo jamás llegaría, pues no alcanzaría a ser enviado.

    FIN DEL CAPÍTULO 07

    Notas del Autor:

    - Carrie White, quien fue mencionada en este capítulo y en algunos de los anteriores, es un personaje perteneciente a la novela de Stephen King, Carrie, y protagonista de dos películas con el mismo nombre, de 1976 y el 2013. Su participación en la historia y los detalles de su posición en el tiempo, se darán en capítulos posteriores.

    - Doug Ames, quien llama por teléfono a Matilda, es un personaje principal de la película Case 39 del 2009. Igualmente, el cómo influirá dicha película en esta historia y su posición en el tiempo, se detallará más adelante.
     
  8.  
    WingzemonX

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    Fanfic - Resplandor entre Tinieblas
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    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    6592
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 08.
    Un horrible presentimiento

    Ascender como detective de la División de Homicidios, siempre fue una meta más que obvia para Cole Sear. Esa era, después de todo, la manera perfecta en el que podía cumplir el propósito que lo había llevado a unirse a la fuerza policiaca desde un inicio. Dicho logro llegó a él de manera relativamente rápida, convirtiéndose en uno de los elementos más jóvenes en lograrlo. Mucho de ello fue gracias a su arduo empeño, por supuesto; pero sería bastante terco de su parte fingir que no se debió también a sus “habilidades especiales”, que le daban cierta ventaja ante otros competidores.

    Si había aprendido algo durante esos años que llevaba, no sólo como detective de homicidios, sino como parte del Departamento de Policía de Filadelfia en sí, es que casi todos los delincuentes, por no decir las personas en general, tenían e instinto natural de huir; o, en su defecto, atacar a la primera señal de peligro. Dicha conducta era muy propia de los animales; la que no lo era tanto, era el deseo de agredir, torturar, y asesinar a sus iguales sin ningún motivo alguno, más allá de querer hacerlo, o por una búsqueda egoísta y retorcida de placer y emoción.

    Extrañamente, se había dado cuenta de que aquellos con esta última conducta, eran de hecho menos propensos a huir. Según lo veía, los asesinos violentos y despiadados, aún dentro de su propia manera retorcida de ver el mundo, eran lo suficientemente inteligentes para entender que lo que hacían era algo incorrecto… para las demás personas, no para sí mismos; y aunque varios de ellos no podían digerir enteramente todas las implicaciones de ello, solían aceptar con notoria tranquilidad el hecho de que los descubrieran, y hasta se regodeaban de ello.

    Andrew Stuart, el hijo de perra que estaba persiguiendo a pie en esos momentos por el centro, no era uno de ellos. Este cobarde, en cuanto entendió por qué se habían presentado en su tienda de electrodomésticos buscándolo específicamente a él, tiró un estante delate de ellos, y salió corriendo despavorido por el área de carga. Su compañero, Tommy, se dirigió al auto, mientras él decidió correr detrás del sospechoso. Aunque claro, llamarlo “sospechoso”, para Cole era una mera formalidad; él ya sabía que era culpable, y de sobra.

    Era un poco menos de las seis de la tarde; las banquetas estaban algo concurridas, ya que varias personas habían salido hacía poco de sus trabajos. A Andrew esto parecía importarle muy poco, como poco le importaba la vida de mujeres inocentes que confiaban en él al subirse a su vehículo durante las madrugadas, en busca de alguien que las llevara a salvo a casa. Empujaba a todo el mundo sin el menor pudor para abrirse paso, incluso llegando a derribarlos hasta el suelo si era necesario. Una parte de Cole deseaba comportarse a sí, con tal de poder alcanzarlo lo más pronto posible. Pero, para bien o para mal, era un oficial de la ley, así que sólo se limitaba a avanzar como le era posible, al tiempo que se anunciaba gritando: “¡Policía!, ¡a un lado!”; eso parecía bastar la mayoría del tiempo para que se hicieran a un lado, entre sorprendidos y asustados.

    De ninguna manera lo dejaría escaparse. No después de todo lo que había hecho, y de todo por lo que tenía que pagar. Lo atraparía, y lo pondría en la celda más oscura y húmeda que encontrara, no sin antes darle una golpiza como Dios mandaba.

    Andrew resultó tener bastante aguante y condición, pero Cole también la tenía. Le tomó tres cuadras, pero finalmente logró taclearlo y tirarlo al suelo. Ambos rodaron; Andrew se golpeó la frente contra la banqueta y ésta se le abrió. Aún aturdido con la frente sangrándole, volvió a ponerse de pie, y sin pensarlo lanzó un puñetazo contra Cole justo cuando éste se estaba poniendo se pie. El detective lo esquivó por unos milímetros, pero Andrew lo siguió intentando.

    Y ahí estaba la segunda conducta común: atacar de amanera desesperada, alimentado por la ira.

    Estaban rodeados de personas, pero todos se limitaron sólo a observar el espectáculo. Durante los primeros golpes, Cole sólo cubrió o esquivó, pero justo cuando vio la oportunidad, propinó un derechazo directo en su quijada, que hizo a Andrew se tambaleara hacia atrás de forma torpe. Podría haber sacado su arma y obligarlo con esa amenaza a que se tirara al suelo; pero no lo hizo. Sentía mucha satisfacción, más de la que admitiría, en poder adelantarle esa golpiza en la que había pensado con sus propios puños.

    Andrew no era de hecho tan indefenso. En su intercambio de golpes, logró darle un par, de los cuales el segundo casi lo derribó, mas se mantuvo de pie.

    Pudo ver por el rabillo del ojo como Tommy llegaba y estacionaba su vehículo Cadillac color beige a un lado de la acera. Luego se bajó, con su arma en mano, pero se mantuvo en ese sitio, dudoso se intervenir o no.

    —¿Quieres ayuda, amigo?

    —No, gracias —respondió Cole, justo antes de agacharse para esquivar un gancho de Andrew—. Lo tengo todo bajo control.

    A simple vista no parecía que dicha afirmación fuera cierta, pero al final el detective logró derribar al sospechoso tras un fuerte gancho a la cara, que lo hizo girar sobre sí mismo, caer de bruces al suelo, y ahí quedarse. Una vez ahí, Cole se puso sobre él y le colocó las esposas, aplicando quizás un poco más de la fuerza requerida.

    —Andrew Stuart —comenzó pronunciar con ímpetu mientras lo esposaba—, estás bajo arresto por el homicidio de Rebecca Snyder, y otras cinco mujeres a las que les pondré nombre dentro de poco, te lo aseguro.

    Lo levantó entonces de un tirón, y lo jaló con violencia hacia el auto.

    —¡Esto es estúpido! —exclamó Andrew furioso, con su cara ensangrentada y moreteada—. ¿En base a qué están haciendo esto?

    —¿En base a qué? —Murmuró el Cole, aparentemente furioso ante la sola idea que le cuestionara tal cosa—. ¿Qué te parece seis cadáveres enterrados en el mismo rincón del bosque, todos con suficiente de tu ADN para mandarte cada uno a una sentencia de muerte individualmente?

    La expresión de Andrew se llenó de asombro e incredulidad de pronto, intentando mirar a su captor sobre su hombro como su fuerte agarre le permitía.

    —Eso, sin contar con la palabra de una testigo —añadió el detective de forma tajante, ya estando justo a un lado del automóvil.

    —¿Testigo? —Exclamó Andrew, como si desconociera el significado de dicha palabra—. ¿Cuál testigo?

    —Rebecca Snyder, imbécil.

    —¿Qué?

    Antes de darle el suficiente tiempo para siquiera digerir tan extraña respuesta, el oficial colocó su mano en su cabeza y lo bajó de golpe con la intención de meterlo en el asiento trasero. Sin embargo, en el proceso estrelló su frente contra el marco superior de la puerta, haciendo que se desorientara aún más de lo que ya estaba.

    —Oh, lo siento. ¿Te dolió? Mi descuido.

    Lo introdujo al auto casi empujándolo, y azotó la puerta con fuerza detrás de él. La gente, para ese entonces, ya había comenzado a retirarse.

    —Bien hecho, Sear —comentó Tommy, casi como un regaño—. ¿Piensas que ya pasó el tiempo suficiente desde tu última jalada de orejas por abuso policial?

    —Tú mismo lo viste, se resistió con todo empeño —contestó Cole, encogiéndose de hombros despreocupado—. Tú me respaldarás, ¿no?

    Añadió un guiño de complicidad tras sus palabras, a lo que el otro policía simplemente suspiró.

    —Mientras pueda, amigo mío.

    Tommy era diez años mayor que él, de poblado bigote de un estilo un tanto anticuado. En la teoría se suponía que era su senior, encargado de enseñarle y cuidar que hiciera todo de acuerdo a las reglas y procedimiento. En la práctica, Tommy resultaba ser bastanteaste condescendiente con ello. A pesar de que no era tan viejo, parecía compartir muchos de los pensamientos de la vieja guardia, en los que se consideraba comprensible, y hasta recomendable, que a los criminales se les tratara como fuera necesario. La diferencia entre Cole y él, es que Tommy la mayoría del tiempo sólo lo pensaba, mientras que Cole lo aplicaba a cada oportunidad.

    El motivo del actuar de Cole, sin embargo, no se debía a un apego a viejas costumbres. Mientras que muchos de los policías de homicidios, veían todo de una forma un tanto fría, sin involucrarse e manera personal, y sin lograr ver a las víctimas como algo más que simples cadáveres (algo que de hecho era bastante recurrente que se les mencionara desde la misma academia), Cole tenía una perspectiva totalmente diferente de cada caso, que lo llevaba a obtener una visión al respecto que ninguno de sus compañeros podría igualar.

    Esa era, precisamente, su dichosa “ventaja”, aunque muchos la verían como todo lo contrario.

    Tommy le sacó la vuelta al vehículo por el frente, y se dirigió al asiento del conductor. Sin embargo, Cole no se dirigió a su respectivo lugar.

    —¿Puedes adelantarte a llevar a este idiota y procesarlo?

    Su compañero lo volteó a ver, algo confundido por tal petición.

    —Seguro. ¿Pero a dónde vas?

    —Tengo otro asunto del cuál encargarme.

    —¿Asunto? ¿Qué asunto?

    Cole no dijo nada. Sólo sonrió y ladeó un poco su cabeza hacia un lado. Eso, aparénteme, resultó ser suficiente para darse a entender.

    —Ah, ¿un asunto de “ese” tipo?

    De nuevo, no respondió.

    —Te veré en un rato —señaló Cole, y comenzó entonces a alejarse calle arriba—. Que no se te escape.

    —Descuida, esta noche dormirá en las sombras.

    Tommy se subió al auto, y arrancó, andando después en la dirección contraria.

    — — — —​

    Una vez que la adrenalina y la emoción de la pelea se calmó, Cole comenzó a sentir el ardor de los golpes recibidos en la cara, y de los golpes proporcionados en sus nudillos. Definitivamente no estaba en la mejor condición para ir a una cita, si es que ese fuera el caso. Tendría que colocarse hielo al llegar a casa, y limpiarse los nudillos con alcohol. Pero en realidad no le importaba; hasta cierto punto, ya estaba acostumbrado.

    No fue muy lejos, en realidad. Unos cuantos metros más delante de la escena de su pelea, se introdujo en un callejón angosto y algo escondido. No había nada en ese espacio, más allá de algunos botes de basura y una escalera de incendios en el costado del edificio izquierdo.

    Miró alrededor, cerciorándose de que realmente no hubiera nadie, ni dentro del callejón, como afuera. Sacó entonces una cajetilla de cigarros del bolsillo interno de su saco. Se colocó uno en la boca, y lo encendió. Desde la primera bocanada, ya se estaba sintiendo más relajado, y el dolor se mitigaba.

    Permaneció de pie en ese lugar, simplemente aguardando. La persona que había ido a ver ya estaba ahí, eso lo sabía; lo podía sentir en todos sus huesos. Era una sensación entre el dolor y las cosquillas; difícil de describir, y más de imaginar.

    Un ligero aire frío resopló, tocando su rostro con delicadeza. Debajo de su traje, su piel se erizó. Soltó una densa bocanada de humo al aire, y entonces se giró hacia un lado, hacia más adentro en callejón.

    Y ahí estaba ella… Rebecca Snyder, de cabello cobrizo hecho una maraña, y el rostro pálido, a excepción de los golpes que habían dejado manchas cafés y moradas que resaltaban notoriamente. Su largo cuello, estaba marcado por las huellas de dedos largos y gruesos que habían dejado surcos en su piel al presionarse con una fuerza desmedida; los dedos de los mismos puños que hace unos minutos lo estaban intentando golpear. Su blusa estaba rasgada, dejando la mitad de su busto al descubierto, y su falda levantada. Sus muslos se encontraban manchados de sangre por el interior de estos, dibujando finos hilos que bajaban por sus piernas hasta casi llegar a sus tobillos.

    Su mirada estaba perdida, puesta en algún punto del suelo sucio del callejón. Sus brazos caían a los lados sin la menor fuerza en ellos.

    Cole, más que sentirse asustado o perturbado por tal imagen, cada vez que la veía solamente podía sentir una tremenda rabia. De haber podido, hubiera matado a ese desgraciado ahí mismo, y posiblemente se hubiera ganado una medalla con ello; no en esa vida, pero quizás sí en la siguiente. Pero era policía, y debía comportarse como tal. Se había unido a la fuerza precisamente para ayudar a las personas como Rebecca… pero aun así debía de seguir cumpliendo las reglas de los vivos.

    Tiró su cigarrillo apenas empezado al suelo, y lo pisó con la punta del pie. Mantuvo su distancia, esperando que ella lo volteara a ver, pero no lo hizo. Siguió viendo hacia el suelo, como si esa bola de papel cerca de sus pies, moviéndose ligeramente de un lado a otro apenas unos centímetros por el viento, fuera algo realmente interesante.

    —Todo terminó, Rebecca —le informó tras un rato, con mucha suavidad en su voz—. Lo atrapé. Pagará por lo que hizo, a ti y a las otras. Y no volverá a lastimar alguien más.

    Siguió sin reaccionar, como si sus palabras fueran murmullos lejanos en el viento que no fueran dirigidos a ella.

    Cole se le aproximó con cautela; conforme más se le acercaba, más frío se ponía el aire. Alzó su mano derecha con la intención de colocarla sobre su hombro, pero a último momento decidió no hacerlo.

    —Ya puedes estar tranquila. Yo me encargaré de todo lo demás.

    Siguieron unos segundos de completo silencio, y completa calma. Incluso los sonidos de la calle, el caminar de las personas, el ruido de los autos, todo parecía haberse esfumado.

    De pronto, Rebecca comenzó a alzar su rostro lentamente, y a girarlo del mismo modo hacia él. Sus ojos azules, en esos momentos enrojecidos y con expresión ausente, se posaron sobre el detective, a lo que éste respondió simplemente con una modesta sonrisa.

    —Gracias… —surgió de los labios de la mujer como susurro despacio, aunque igualmente su voz resonó con fuerza en la cabeza de Cole como un eco.

    Le siguió el silencio, otro soplido de aire de frío, y luego… nada. El ruido de la calle y las personas volvió, el calor habitual regresó poco a poco, y Rebecca Snyder desapareció sin dejar rastro alguno. Sería la última vez que la vería, o eso era al menos lo que Cole esperaba.

    Ya a esas alturas, no recordaba cuando había comenzado; a sus casi treinta años, mirando hacia atrás, le parecía como si siempre hubiera sido así: el poder ver y hablar con los muertos. Lo que sí recordaba con claridad, fue el momento en el que decidió qué uso darle a tan singular cualidad. Cuando en lugar de huir de aquella niña que había sido envenenada por su madre, accedió a escucharla y a prevenir que le ocurriera lo ismo a su hermana menor, aprendió que, en su mayoría, los espíritus que acudían a él no lo hacían con la intención de lastimarlo, sino alimentados por su propia confusión y miedos. Lo veían como un faro de luz que podía ayudarlos, y decidió que dentro de sus facultades, intentaría serlo.

    Claro, no todos los fantasmas que llegaban a él lo hacían con buenas intenciones. Pero con el tiempo, logró controlar aún más sus habilidades comprendiendo incluso que éstas contaban con cualidades mucho más grandes de lo que él había previsto de niño. Dichas cualidades, podían ayudarle a mantener a raya a ese tipo de entidades, o incluso invocarlas si acaso lo requería.

    Pero claro, todo eso no lo había logrado solo; de ser así, posiblemente seguiría siendo el niño que se ocultaba tras sus frazadas, en un falso intento de protegerse de seres que no comprendía. Pero gracias a dos personas en especial, logró dar los pasos adecuados. El primero de ellos, sorprendentemente, era otro fantasma, y fue quien le animó a ya no tenerles tanto miedo. La segunda persona, la conoció ya a punto de entrar a la adolescencia, cuando las apariciones se volvieron mucho más frecuentes, y mucho más intensas.

    Esa persona, precisamente, estaba a punto de llamarle.

    Cole salió del callejón teniendo la clara intención de prender otro cigarrillo. Recién se lo había colocado en los labios, cuando sintió su celular vibrar en su pantalón. Se apresuró a sacarlo, y en la pantalla miró que se mostraba un número no registrado. Pero, además de eso, empezaba con el código de otro estado.

    Intentó hacer memoria de a qué ciudad pertenecía dicho código, pero no se le vino a la cabeza de manera rápida, y el teléfono seguía sonando. Su decisión inmediata fue responder. No era raro que gente de número desconocidos le llamara, pues seguido repartía su tarjeta con su número entre personas que sentía que pudieran necesitarlo. Sin embargo, lo que sí era un poco más inusual, era que ese tipo de llamadas llegarán de fuera de la ciudad… excepto por un caso en especial, que fue el que se le vino a la mente justo al instante siguiente de responder.

    —Detective Sear —respondió con firmeza, a como sus años de policía le habían acostumbrado.

    —Vaya pelea, Detective Sear —escuchó que pronunciaba una voz de mujer del otro lado de la línea; una muy, muy reconocible voz de mujer—. ¿Jamás consideraste una carrera en el boxeo?

    Una amplia sonrisa de emoción se dibujó en los labios de Cole.

    —¿Eleven? ¡Vaya sorpresa!

    Escuchó una pequeña risilla modesta del otro lado.

    —Eso no sonó sincero.

    —Por qué no lo es, en realidad no estoy sorprendido. ¿Me estabas espiando acaso? No me estarás llamando sólo para regañarme por la pelea, ¿o sí?

    —Fue una coincidencia, en realidad. Y estoy segura de que ese individuo se merecía ese reacomodo facial.

    —Te aseguro que se merecía eso y más.

    De nuevo, algunas risillas amistosas de parte de ambos. Cole empezó a caminar por la banqueta en dirección a la jefatura, teniendo a cada momento el teléfono contra su oreja.

    Jane Wheeler, Eleven de cariño, dirigía una Fundación dedicada especialmente a ayudar a niños como él. Con su guía, aprendió a comprender cómo usar mejor sus habilidades; o, como ella lo llamaba, su “Resplandor”.

    —Lamento molestarte tan repentinamente —murmuró Eleven, una vez los saludos iniciales pasaron—, pero necesito pedirte un favor.

    —Por ti lo que sea, tú lo sabes —se apresuró a responder de inmediato. Cole no trabajaba de manera regular en la Fundación, pero siempre estaba abierto a hacerlo en cuanto la oportunidad se presentara—. ¿Algún otro niño de la Fundación atemorizado por fenómenos incomprensibles para el resto de tus ayudantes?

    —Algo así. Pero tengo la sospecha de que podría ser un caso más cercano al otro tipo de fenómenos que acostumbras ver.

    La ceja derecha de Cole se arqueó con intriga.

    —¿Otro tipo?

    —Tú sabes, de los que no son precisamente fantasmas.

    Esa sola aclaración fue bastante clara para él; no lo dijo con palabras, pero su silencio le indicó ello a su interlocutora. Igualmente, eso hacía algo más preocupante el motivo de su llamada.

    —Se trata de una niña que presenta habilidades, y un comportamiento que resulta bastante preocupante, en muchos sentidos. Le asigné el caso a Matilda Honey, una de mis colaboradoras de mayor confianza y compromiso. Creo que nunca has tenido la oportunidad de conocerla antes.

    A Cole, en efecto, no le venía dicho nombre a la mente; definitivamente recordaría a alguien cuyo apellido fuera “Honey”. Se prestaba tan fácil a un par de chistes, que hasta podría considerarlo un reto aburrido.

    Eleven continuó.

    —Es una chica bastante capaz de cualquier cosa; y lo digo de forma casi literal. Sin embargo, ella no tiene el tipo de experiencia que tienes tú con casos como éste.

    Cole meditó un poco obre todo lo que le acababan de decir. Gran parte de su atención se había quedado un poco atrás en la plática.

    —¿Qué crees que es exactamente, Eleven? —le cuestionó con notoria seriedad en su tono.

    Eleven se tomó un par de segundos antes de responderle.

    —No lo sé con seguridad. Es más un presentimiento… un horrible presentimiento.

    —Es mejor no tomarse tus presentimientos a la ligera, especialmente si son horribles. ¿Qué necesitas que haga?

    —Originalmente mi intención era pedirte si podías encargarte, pero Matilda expresó muy enérgicamente su negación a dejar el caso. Aun así, creo que me sentiría más tranquila si vieras a esta niña y le dieras tu opinión a Matilda sobre ella. Y si te es posible, apoyarla en los siguientes pasos a seguir.

    —Seguro, no hay problema. ¿Cuándo debo estar ahí?

    Eleven balbuceó, confundida por la respuesta tan abrupta.

    —Pero aún no te doy todos los detalles del caso. Ni siquiera te he dicho a dónde tendrías que ir…

    —Hey, dije que por ti haría lo que sea —interrumpió el detective con firmeza—, así que no necesito más detalles. Además, acabo de cerrar un caso difícil y me vendrían bien unas cortas vacaciones. Sólo dame unos días para acabar con el papeleo, y ver en qué fechas debo presentarme en la corte.

    —Eres todo un encanto, Cole —murmuró la mujer con un tono animoso—. Entonces estaremos en contacto para hablar con más calma del caso.

    —Seguro, siempre sabes dónde encontrarme.

    Estando a punto de colgar, Eleven lo detuvo.

    —Ah, una cosa más, Cole. Procura ser… cuidadoso con Matilda. Nunca has conocido a nadie como ella.

    —¿Por qué lo dices? —inquirió, intrigado—. ¿La señorita “Honey” tiene dos cabezas o puede hacer que me explote la mía?

    —Definitivamente no tiene dos cabezas. De lo otro… —Eleven dejó las palabras en el aire, dejando a Cole un tanto confundido—. Creo que se llevarán bien… a la larga. Te dejo para que termines tu papeleo. Hablamos esta noche.

    —Seguro. Salúdame a Mike.

    Al cortar la comunicación, Cole se detuvo unos instantes a meditar, ahí de pie en la banqueta. Sonaba bastante seguro hace unos momentos a teléfono, pero en realidad… no lo estaba tanto.

    Avanzó un poco más hacia una banca, y se dejó caer de sentón en ella. Sacó de nuevo su celular, y comenzó a marcar un número. Del otro lado, le atendieron al tercer pitido.

    —Padre Michael —pronunció con entusiasmo, aunque solemne—. ¿Tiene tiempo de recibirme más tarde? No, nada malo en especial. Es sólo… un horrible presentimiento.

    — — — —​

    Luego de varios días de reuniones y acuerdos, Ann Thorn, de apellido de soltera Rutledge, decidió tomarse una noche libre en su viaje de negocios a Los Angeles, y salir a la Ópera. ¿Y qué mejor acompañante para una noche como esa que su amado sobrino, Damien? Después de todo, esas mismas reuniones y acuerdos, también lo habían tenido algo ocupado… aunque no tanto como ella esperaba.

    Damien se prestó algo renuente al principio, pero al final aceptó de mala gana. Ambos se arreglaron justo a la hora, y se subieron a la limosina para que Billy los llevara al Dorothy Chandler Pavilion. Dicho viaje, sin embargo, fue bastante… silencioso.

    Ann era una mujer que rozaba ya los cuarentaicinco años, de porte elegante y de muy buen ver. Tenía largo cabello negro rizado, que esa noche caía suelto sobre sus hombros. Se había puesto un vestido largo de noche negro, con los hombros descubiertos, y tacones altos a juego. Se encontraba además retocando sus labios en sus momentos con un intenso rojo que resaltaba en su blanco cutis. Era, en pocas palabras, una mujer despampanante, de esas que se notaba que cada año que cumplían les sentaba aún mejor.

    —La crítica ha hablado muy bien de esta ópera —comentó justo después de terminar de pintarse los labios—. Esperemos que valga la pena.

    —Sí, estoy seguro que quieres verla por las buenas críticas —comentó el muchacho a su lado, con marcado sarcasmo.

    Damien usaba un traje de saco y pantalón negro, una camisa gris oscuro, y una corbata roja con líneas blancas en diagonal. Mientras su tía hacía lo suyo con sus labios, estando ambos sentados en el asiento trasero de la limosina, él revisaba su celular de forma aburrida. Había una significativa distancia entre ambos, que difícilmente podría haber sido accidental.

    Ann era la segunda esposa de su tío Richard, el hermano mayor de su padre. Cuando quedó huérfano a muy temprana edad, quedó bajo la custodia de ambos. Luego, su tío Richard murió en un accidente cuando él tenía doce, y desde entonces quedó al cuidado de Ann como su tutora legal.

    Pero claro, mucho de ello era mentira, o al menos casi nadie sabía todos los detalles sobre cómo habían muerto realmente sus padres y su tío, o quién era realmente Ann Rutledge, o el propósito y medio por el que había llegado a la vida de Damien.

    —Las apariciones públicas ocasionales son a veces necesarias —señaló Ann—. Creí haberte enseñado eso.

    Guardó entonces su espejo y labial, e inmediatamente después echó un vistazo a su acompañante.

    —Esa corbata te sienta muy bien. Deberías usarla más seguido.

    —Sirve para cuando quiero disfrazarme de payaso —contestó el chico de malagana.

    Su actitud era bastante negativa, y aunque Ann intentaba disimular su molestia, ciertamente era difícil no sentirse agredida con su tono. Ese estado le había durado ya un par de meses. Y aunque en ocasiones parecía que todo iba mejorando, abruptamente volvían al punto de partida.

    La limosina se acercó a su destino por North Grand Avenue.

    —Déjanos aquí, Billy —señaló Ann, indicándole las largas escaleras que llevaban a la plaza del Centro de Música de Los Ángeles. El conductor se orilló, a pesar de línea roja, y ambos se bajaron. Primero Damien, y luego Ann, quien tuvo que bajarse sin la ayuda de su joven agregado, pues éste seguía sin despegar sus ojos de su celular.

    En cualquier otro caso similar, esa actitud sería un ejemplo claro de lo deteriorada que se encontraba la juventud actual. Pero ese chico no era cualquier joven, y su actitud hacia ella se debía a más que común apatía juvenil.

    En la banqueta había mucha gente, pero desde su posición se podía notar que había aún más arriba en la plaza; todos de seguro esperando a que fuera hora de que iniciara el evento.

    La limosina se alejó, y ambos empezaron a caminar hacia las escaleras. Sin embargo, una voz detrás de ellos los detuvo.

    —Señora Thorn —pronunció una voz jocosa a sus espaldas, haciendo que la mujer de negro se volteara rápidamente, y Damien lo hiciera igual. Acercándose por la banqueta, se aproximaba un hombre de estatura media, con barba a medio crecer, camisa a rayas, saco y pantalón gris. Y, quizás lo más resaltante, un gafete de prensa colgando del bolsillo izquierdo de su saco—. Es usted Ann Thorn de Industrias Thorn, ¿cierto?

    Ann sonrió con gentileza, a como le fue posible. Había varios reporteros en los alrededores, algunos mucho más reconocibles que otros, incluso sin gafetes distintivos en sus pechos. Pero ese en particular, no parecía ser un reportero de espectáculos. Además, no creía que muchos reportes de espectáculos pudieran reconocerla tan fácilmente por la calle.

    —Si quieres saber mi opinión sobre la puesta, tendrás que esperar hasta después del final, muchacho —se excusó de forma educada, y algo burlona, y de inmediato se dispuso a seguir su avance; Damien la siguió en silencio.

    —No soy reportero de espectáculos, señora Thorn —se apresuró el reportero a explicarse, creando cierto orgullo interno en Ann al ver que había tenido razón—. Estaba esperándola a usted precisamente. ¿Puede darme sólo un segundo?

    —No tengo mucho tiempo —explicó Ann, mientras los tres subían las escaleras—. La primera llamada será en cualquier momento. Además, ¿cómo supiste que estaría aquí de todas formas?

    —Con todo respeto, pero la presidenta de un consorcio empresarial tan grande como Thorn Enterprises, difícilmente puede pasar desapercibida. Especialmente si viene acompañada del joven heredero.

    La atención del hombre se centró en el chico que caminaba a lado de la elegante mujer. Éste, al sentir su mirada, lo miró igual sobre su hombro con sus profundos y fríos ojos azules. La expresión del chico, llegó a causarle un ligero respingo, sin razón alguna.

    —Damien Thorn, ¿cierto? —Le extendió entonces su mano a modo de saludo, una vez que llegaron al final de las escaleras. No obstante, Damien no le regresó el saludo de forma alguna.

    —Me iré adelantando, tía Ann —informó con brusquedad, y entonces se alejó caminando hacia el auditorio por su cuenta.

    Ann lo miró unos segundos, entre sorprendida y molesta; esto último no estaba segura si era hacia su joven sobrino, o hacia el impertinente reportero que los estaba molestando.

    —Será rápido —oyó que el hombre pronunciaba a su costado con la misma voz jocosa de antes, la cual no hizo gran logro para aminorar su mal humor—. Sólo quisiera conocer su opinión acerca de los rumores que rondan en el sector accionario sobre de que su visita a Los Ángeles se debe a la posible compra de Winston Motors por parte de Thorn Enterprises.

    Desde su posición, él no podía ver su rostro; y de haber podido hacerlo, quizás hubiera pensado dos veces antes de hostigarla con tales cuestionamientos. Le hervía por dentro el deseo de tomar su estúpida cabeza, y estrellarla contra el suelo, una y otra vez, hasta que en sus manos sólo quedaran manojos de carne y hueso en forma de plasta. Lamentablemente, eso sería bastante perjudicial para las relaciones públicas de la empresa. Así que, en lugar de optar por esa opción, decidió simplemente virarse hacia él, y sonreírle con total normalidad.

    —Si tuviera algo que decir al respecto, ¿por qué crees que te lo diría a ti, querido? Especialmente considerando que cualquier cosa que diga, o no diga, causaría un disturbio en Wall Street en la mañana.

    —Usted misma lo ha dicho —recalcó el reportero, con confianza en su voz—. A veces el rehusarse a negar una declaración, dice mucho más que si la afirmara.

    De seguro se había sentido muy inteligente por haber hecho tan “astuta” observación. Ann siguió sonriendo, pero la opción de la cabeza y el suelo cada vez le parecía más tentadora.

    —Si no viene a eso, ¿por qué no me dice cuál es el motivo real de su estadía en Los Ángeles? Eso podría calmar los rumores y los disturbios, ¿no le parece?

    —Esta noche, sólo vengo a pasar un tiempo de caridad con mi querido sobrino. Y tú me lo estás estropeando. —Aderezó su comentario, dándole un par de palmadas “amistosas” en la mejilla—. Puedes escribir eso si lo deseas. Sobre Winston Motors… —Hizo una pausa reflexiva, inclinó su cabeza hacia un lado, y luego volvió a sonreír confiada—. Sin comentarios.

    Dicho eso, comenzó a avanzar con paso veloz hacia el auditorio, y aun estando él a sus espaldas, pudo sentir como sonreía orgulloso, sacaba su celular, y llamaba a alguien.

    Podía ver venir como tomaría su “negación a negar” como una afirmación; como en la sección de negocios de algún diario local, el día de mañana aparecería una nota que, sin afirmar nada directamente, pero sí entre líneas, comunicaría al mundo que Thorn Enterprises absorbería a Winston Motors, y hasta daría algunas predicciones y teorías de lo que dicha compra podría traer a futuro. Las acciones de Winston Motors empezarían a la alza, y las de Thorn Enterprises quizás bajarían unos cuantos puntos; nada fuera de lo habitual.

    Pero al final, todo sería sólo una reverenda estupidez. Claro que el presidente de Winston Motors y ella tenían ya una alianza, y claro que la habían visto salir y entrar de su corporativo varias veces a lo largo de esa semana y media. Pero dicha alianza era muchas cosas, pero no “comercial”; no en el sentido convencional que ineptos reporteros como ese entendían, al menos. Las cabezas principales de Winston Motors eran parte de Ellos; seguidores de la misma causa, aliados en asuntos que resultaban mucho más profundos y complejos que una compra empresarial, o cualquier otra idea que la mundana mente de ese individuo pudiera concebir.

    Pero ya no tenía sentido seguir pensando en ello; había temas más relevantes que le seguían preocupando.

    Ya dentro del auditorio, un acomodador le hizo el favor de guiarla hasta su palco privado, en el que su acompañante ya se encontraba sentado; de nuevo, con su atención puesta en el teléfono celular. Se preguntaba si realmente estaba viendo algo interesante o si solamente lo hacía para molestarla.

    Decidió no exteriorizar su molestia, y en su lugar sólo sonrió y se sentó en la silla a su lado; demasiadas sonrisas falsas para una tarde. El palco estaba en el costado derecho del auditorio, y la posición era más que adecuada para contemplar sin problema todo el escenario. El palco se lo habían proporcionado sus “amigos” de Winston Motors.

    —La vista es perfecta, ¿no lo crees? —comentó la mujer de negro, mas no recibió respuesta; al menos no de inmediato, aunque no fue como tal una respuesta a su pregunta.

    —¿Realmente fue una coincidencia que nos encontráramos a ese reportero? —Cuestionó con fastidio el chico, sin apartar su mirada de la pantalla.

    —¿Tú qué crees? —contestó Ann con un aire de misterio. En realidad, sí había sido una coincidencia, pero en cualquier oportunidad que tuviera, era buena idea hacerlo sentir que tenía cierto control de la situación. Sólo esperaba que no intentara meterse en su cabeza para verificarlo—. Sería bueno que dejaras de rehuir del ojo público como lo has estado haciendo estos últimos meses.

    —Acepté venir contigo aquí, ¿o no? Y te aseguro que no fue por las buenas críticas. Además, he estado ocupado en otras cosas como para enfocarme en las relaciones públicas.

    —Eso escuché —murmuró con hastío en su tono—. ¿En verdad crees que es lo mejor para tu imagen estarte paseando por esos lares?

    Damien sonrió, divertido por el nada sutil cuestionamiento. Sólo entonces apagó al fin su celular y lo guardó en su bolsillo.

    —Claro que te enteraste —comentó—. Me preguntaba cuándo lo ibas a mencionar.

    Hace unos días, le había pedido a Billy que lo llevara a un barrio al sur de la ciudad, para buscar a una persona. Dicho barrio, sin embargo, era de “esos lares” a los que Ann se refería tan despectivamente.

    —No te metas en mis asuntos. Yo sé lo que hago.

    —¿Y si alguien te hubiera reconocido?

    —¿Alguien como quién? ¿Los concejales y los sargentos de policía que se la pasan por ahí cada dos días?

    —Igual no era necesario que fueras tú en persona. Pudiste haberle pedido a cualquiera de tus hombres para que se encargara de ese… asunto por ti.

    —Querrás decir “tus” hombres. Tuyos y de Lyons.

    Ann lo volteó a ver directamente, anonadada por tal comentario.

    —Por supuesto que no. Sabes que cualquiera de los miembros de la Hermandad haría lo que fuera por ti. Incluidos nosotros.

    Damien volvió a sonreír divertido.

    —Me perdonarás si me pongo algo escéptico de dicha afirmación.

    Se produjo un pequeño silencio, en el cual resonó el eco de los pasos y los murmullos de la gente que se iba acomodando en sus lugares. La segunda llamada se produjo durante ese lapso.

    —¿Qué esperas realmente obtener reuniéndote con estas niñas? —Cuestionó la mujer de negro, abruptamente.

    —Aún no lo sé con exactitud. Pero estoy seguro de que será una experiencia esclarecedora.

    —Esperas demasiado de estos seres tan mundanos y bajos —exclamó Ann con poderío en su voz—. Estas niñas no son dignas de ti, más allá de postrarse a tus pies. Todos los seres de este despreciable mundo, incluso aquellos que se creen “especiales” como ellas, no son más que insectos ante ti. No intentes encontrar entre ellos a tus iguales, cuando tú te encuentras tan encima de todos nosotros…

    —Deja ya eso, ¿quieres, Ann? —Le interrumpió de forma violenta, proporcionándole una mirada furtiva de enojo—. No estoy de humor para tus tonterías.

    El aliento de Ann se cortó en cuanto él posó su mirada sobre ella. Esos ojos ya no reflejaban más la tranquilidad y frialdad habitual del chico, sino una genuina y profunda rabia; de esa que, quizás de haber sido aunque fuera un poco más grande, hubiera repercutido de manera desastrosa sobre su persona.

    Damien se volteó de nuevo al escenario, y se cruzó de piernas, adoptando una postura que parecía querer indicar que era la única persona en ese palco; o, al menos, la única que le interesaba, aunque fuera un comino.

    Ann bajó su mirada pensativa y subyugada. No había sido consciente hasta ese momento de lo realmente grave de la situación entre ambos. Todo había comenzado apenas unos meses atrás, luego de aquel estúpido Congreso de Economía en New Hampshire. Un solo momento de descuido, sólo un instante de no poner atención a todo lo que le rodeaba, a todo lo que podría ser un peligro potencial, y todo se arruinaba. Antes tenía confianza de que con el tiempo todo pasaría, que sería algo sin importancia alguna. Sin embargo, todo parecía indicar que no sería así. Que no era algo que olvidaría o se le pasaría fácil, y que podría traer horribles consecuencias.

    Todo lo que había hecho y sacrificado por el bien mayor, por el renacer de una nueva era… en riesgo de ser tirado a la basura por la intervención de una jovencita idiota que no sabía con quién estaba jugando.

    —Si he hecho realmente algo para ofenderte, mi señor… sabes que haré cualquier cosa con tal de recuperar tu confianza. —Alzó entonces su mano, con la intención de colocarla sobre la de él—. Cualquier cosa…

    Antes de que pudiera siquiera rozar su blanca piel, el chico la retiró rápidamente de su respaldo, como si le provocara asco ese posible contacto. La miró de reojo, con el mismo sentimiento de hace unos momentos. Se sentó derecho en su silla, y se volvió de nuevo al escenario.

    Ann bajó su mirada, resignada. La tercera llamada llegó un poco después, y todo el resto de la noche se sumió en silencio.

    FIN DEL CAPÍTULO 08

    Notas del Autor:

    — El personaje de Cole Sear está basado en el niño protagonista de la película Sixth Sense o Sexto Sentido de 1999, teniendo en estos momentos ya alrededor de veintisiete o veintiocho años, en contraposición con los nueve que tiene en dicha película. Los acontecimientos de la película se respetan tal cuál como se muestran en ella, sin ningún cambio de momento. Las habilidades de Cole, sin embargo, tendrán cierta evolución en comparación con lo visto en la película, misma que se irá explicando en capítulos posteriores.

    — El personaje de Ann que apareció en este capítulo, está basada e inspirada en la combinación de dos personajes. Su papel y relación con Damien está basada en Ann Thorn de la película Damien: Omen II de 1978, mientras que su apariencia y personalidad se encuentran basadas en Ann Rutledge de la serie de televisión Damien del 2016, aunque ambos personajes nunca se especificaron como el mismo. La diferencia principal es que aquí se considerará algo más joven, para que quede más acorde con la edad de Damien. Adicional a ello, varios de los acontecimientos de Damien: Omen II se tomarán en cuenta y se adaptarán a la historia, pero en el caso del desenlace que tuvo el personaje en cuestión al final de esa película, será cambiado.
     
  9.  
    WingzemonX

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    Título:
    Fanfic - Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    5254
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 09.
    Mátala
    Había sido una semana bastantes silenciosa en los momentos de sesión entre Matilda y Samara. El día siguiente de lo ocurrido en el jardín, y de la plática sobre Carrie, Samara no había querido verla, alegando sin embargo que “quizás mañana”; al menos así le había pasado el mensaje el Dr. Scott.

    Matilda llegó a pensar que quizás el incidente había sido mucho más serio para Samara de lo que había previsto. Para su suerte, al día siguiente Samara sí aceptó verla, tal y como había prometido. Pero dicho día, y los dos que le siguieron, la apertura de la niña se vio bastante mermada, por no decir que era prácticamente inexistente. Casi no respondía a sus preguntas, y la mayor parte del tiempo se mantenía callada en su lugar. Cuando Matilda le pedía hacer algo en especial sobre el papel, sin embargo, aceptaba hacerlo en silencio, pero no más. Intentó un par de veces hablar con ella directamente de lo sucedido, pero se mantuvo renuente.

    En ese cuarto día, a media sesión, Matilda le mencionó de Cody; de cómo le gustaría que lo conociera, y que ambos platicaran un poco. Le dijo que eso podría ayudarle mucho. Samara, sin embargo, sólo la miró de reojo en silencio, pero no le respondió absolutamente nada.

    Al quinto día, la actitud de Samara mejoró un poco. Ya se encontraba más receptiva, aunque algo ausente. Le respondía más, y ya no se veía molesta… pero sí algo más. Matilda no lo identificó de inmediato, pero le pareció que podría haber sido pena. Casi terminando la sesión, le preguntó de nuevo si quería hablar de lo ocurrido el otro día, pero ella sólo negó con su cabeza.

    El sexto día parecía que sería un poco igual al anterior. Se encontraban en la misma habitación con temática infantil, sentadas en esa pequeña mesa para la que ambas resultaban ser relativamente grandes. Samara trazaba imágenes en el papel, cada vez de una forma mucho más controlada y rápida, aunque cada una seguía transmitiendo una sensación bastante fría y oscura.

    Matilda se encontraba en su silla, observándola, y de vez en cuando anotando em su libreta dichas observaciones. Se encontraba realmente ensimismada en sus propios pensamientos, que se situaban entre el momento presente, pero en su mayoría en toda la situación en general que las había venido acompañando durante ya casi una semana.

    De pronto, algo cambió abruptamente.

    —Lo siento —escuchó que Samara pronunciaba de la nada; despacio, pero claro, después de casi media hora de absoluto silencio.

    Matilda alzó su mirada, casi alarmada. Samara la miraba por el rabillo del ojo desde el otro extremo de la pequeña mesa, con sus largos cabellos cayéndole al frente.

    —¿Cómo dices, querida?

    Samara agachó su mirada, apenada. Sus dedos se apretaban entre ellos sobre la mesa, de forma nerviosa.

    —Lamento lo que dije el otro día en el jardín —Susurró despacio, sin atreverse a verla directamente—. Y lamento cómo me he comportado contigo estos días. ¿Estás molesta conmigo?

    Matilda se sintió realmente confundida por tan repentino cambio. No esperaba que se fuera a disculpar tan abruptamente, o que pensara en disculparse siquiera. La había tomado desprevenida, pero no podía dejar que dicha situación se le escapara de las manos.

    —No, claro que no, pequeña; descuida —le respondió rápidamente, sonriéndole con toda la amabilidad que le era posible, pues no le era muy sencillo fingir que lo ocurrido no le afectaba en lo absoluto—. Yo lamento si te hice sentir mal de alguna manera. Pero lo que te he dicho desde la primera vez que nos vimos, es la pura verdad.

    Extendió entonces su mano por encima de la mesa, muy despacio, hasta colocarla sobre las de ella. Creyó por un momento que las apartaría, pero no lo hizo. Las dejó ahí; y al fin la volteó a verla, y pudo notar cierto brillo de esperanza en su mirada.

    —Estoy aquí para ayudarte a salir de aquí y volver con tus padres. Y te vuelvo a prometer que haré todo, todo lo posible para que eso ocurra. ¿Confías en mí?

    Samara no respondió de inmediato, pero al final asintió con su cabeza; al principio despacio, pero luego con un poco más efusividad.

    —Confío en ti, Matilda. Por eso no quiero que estés molesta conmigo. Tú me agradas; no eres como los otros doctores, o como los otros adultos. A ti no te doy miedo.

    —¿Por qué me daría miedo una niña con dulce y linda como tú? —Comentó con un tono ligeramente juguetón, y por primera vez en todo el tiempo que llevaba en Eola, notó como las mejillas de la pequeña se sonrojaban, resaltando considerablemente en su pálida piel.

    Samara apartó en ese momento su mirada, al igual que sus manos; más por pena que por molestia, según su perspectiva.

    —Y no tienes que preocuparte —continuó Matilda—. No estoy molesta en lo absoluto. De hecho, me alegra que podamos hablar de esto y arreglarlo.

    Samara asintió levemente.

    —Lamento haber reaccionado así —declaró con firmeza—. No conocí a Carrie, pero estoy segura de que a ella también debiste de haberle agradado mucho.

    Matilda sintió una mezcla de emociones en ese momento. Por un lado, un pinchazo en el estómago por la mención de Carrie, y por el otro orgullo y felicidad por ver a Samara en un estado tan expresivo y maduro en su forma de hablar, más apegado a su edad.

    —Eso no lo sé. Sólo sé que podría haber hecho mucho más por ella, pero no tuve el tiempo o la oportunidad suficiente. Pero, sería mejor si ya no hablamos de ello… al menos por ahora, si estás de acuerdo.

    —Sí —afirmó la niña con cautela—. No volveré a hacerlo.

    —Gracias, Samara.

    Matilda sintió un ligero alivio en el corazón. Sin embargo, no era completo. Si algo había aprendido en sus años tratando a personas, sobre todo a niños, es que difícilmente podían soltar un tema tan denso y profundo como ese. Sabía que tarde o temprano tendrían que tocarlo de nuevo, y esperaba estar mejor preparada para ello en ese momento.

    —Sobre tu amigo que me dijiste que querías presentarme —comentó de pronto, como queriendo cambiar el tema. Esto volvió a sorprender a Matilda. Estaba segura que hablaba de Cody, pero creía que ni siquiera le había puesto atención cuando se lo dijo—. ¿Él también hace cosas como nosotras?

    —Hace otro tipo cosas, mucho más singulares —le respondió con un aro de misterio rodeando sus palabras—. Pero si tu pregunta es si también Resplandece, sí. Te agradaría; es profesor de primaria y secundaria. Es un experto en mariposas, y es muy inteligente.

    —¿Cómo tú?

    —No tanto —respondió Matilda con falso orgullo, lo que hizo que Samara sonriera jovial.

    ¿Sonrisa y sonrojo?; eso era demasiado bueno para ser cierto. ¿Qué había causado exactamente dicho cambio? ¿En qué tanto había estado pensando esos días en los que no le dirigía la palabra? Le hubiera gustado preguntárselo, pero no considero que fuera el momento adecuado.

    —Si tú piensas que me podría ayudar… quisiera conocerlo.

    —¿De verdad?

    Samara asintió de nuevo.

    —Pero antes de eso… hay algo que… creo que debo contarte.

    Su semblante volvió a perder su color, su sonrisa desapareció, y sus largos cabellos negros volvieron a caer sobre su rostro, ocultando gran parte de él cuando agachó la mirada hacia la imagen que se encontraba creando en esos momentos.

    —No se lo he dicho a los otros doctores, ni a mis padres.

    —¿De qué se trata? —Cuestionó Matilda, intrigada por el extraño aire que empezó a rodearla de pronto.

    —Es sobre mis pesadillas, de las que te conté antes. —Guardó silencio unos segundos. Tenía las manos sobre sus muslos, debajo de la mesa, pero a Matilda igual le pareció que estaba apretando la tela de su bata entre sus dedos. ¿Señal de nervios? ¿De… miedo quizás?—. Hay algo que no te dije, algo que siempre aparece en ellas.

    Su voz complementaba su primera suposición. Lo que sea que estuviera por decirle, parecía que le afectaba, a un nivel bastante profundo. Matilda se inclinó un poco hacia ella, intentando colocar su rostro a la misma altura del suyo, y poder verla a los ojos.

    —¿Qué cosa es?

    Samara negó lentamente con su cabeza.

    —No lo sé… es…

    De pronto, se escuchó con fuerza como alguien llamaba a la puerta de pronto, interrumpiendo las palabras de la niña.

    —Un segundo —exclamó Matilda para que la escuchara quién quiera que estuviera afuera, pues no era para nada el momento para que le interrumpieran. Sin embargo, volvieron a insistir—. ¡Dije un segundo! —Exclamó de nuevo, ahora con más fuerza, pero el resultado fue el mismo.

    Matilda soltó una pequeña maldición. Guardó su libreta en su bolso, y se paró apresurada.

    —Espérame sólo un segundo, ¿está bien?

    Samara asintió, y miró en silencio como salía del cuarto.

    Del otro lado de la puerta, Matilda se encontró de frente con la complaciente cara del Dr. Scott, quien le sonrió amistosamente al verla salir.

    —Dr. Scott, siempre tan oportuno —señaló Matilda con un nada sutil sarcasmo.

    —Me agradecerá que la interrumpa, doctora. De ahora en adelante nunca podrá decir que no le hago favores.

    Matilda arqueó una ceja, confundida.

    —¿De qué está hablando ahora?

    —Conseguí convencer a la señora Morgan de que hable con usted.

    Aunque enojada en un inicio, la siguiente reacción de Matilda fue de absoluta sorpresa tras escucharlo decir esas simples palabras.

    —¿La madre de Samara? ¿Enserio?

    Le había solicitado hablar con Anna Morgan, también internada en ese mismo sitio, desde su tercer día en Eola. Pero la renuencia del Dr. Scott había sido tan grande, y éste no lo volvió a mencionar de nuevo, así que ella había creído que sencillamente la había tirado por loca e ignorado su petición. Ella además, tras la plática con Eleven, su viaje a Seattle, Moesko y Silverdale, y luego el incidente en el jardín, prácticamente lo había olvidado también.

    Pero seguía siendo un tema que no se podía ignorar.

    —Eso es excelente… ¿cuándo puede ser?

    —Ahora mismo.

    —¿Ahora? —Exclamó Matilda con fuerza, pasmada.

    Scott asintió, bastante expresivo en su acto.

    —En estos momentos se encuentra considerablemente tranquila, y parece receptiva. Le recomiendo que aproveche, porque no sabría decirle cuánto durará así.

    Matilda titubeó unos instantes. Era importante que pudiera hablar con la señora Morgan, en efecto; la relación con ella era bastante primordial para el correcto desarrollo de Samara. Pero igualmente la conversación que estaban por tener parecía bastante importante.

    Al final, tuvo que tomar una decisión rápida. Siempre podría hablar con Samara mañana, si ella estaba de acuerdo, pero Anna Morgan era un tema bastante distinto.

    —Está bien. Sólo deme un minuto.

    —No hay prisa —murmuró Scott con tranquilidad.

    Matilda entró de nuevo al cuarto, no sin antes dar un pequeño respiro para intentar calmarse, y así poder hablar con Samara de mejor forma. Al ingresar, la niña se le quedó viendo, expectante. Ella le sonrió, de nuevo, de la forma más sincera que le era posible.

    —Samara, te tengo una buena noticia —exclamó entusiasmada, antes de sentarse de regreso en la misma silla de antes—. El Dr. Scott me acaba de decir que podré hablar con tu madre, ahora mismo.

    Los ojos de la pelinegra se iluminaron ampliamente al escuchar eso, y sin decir palabra alguna, se podía notar que intentaba decirle: “¿Enserio?”.

    —Por eso tengo que terminar temprano nuestra sesión. Pero volveré mañana a primera hora para que continuemos con esta plática, ¿está bien?

    Samara transmitió una mezcla de sentimientos en su rostro, entre emoción y decepción por la noticia. Al igual que Matilda, de seguro se debatía entre la importancia de ambas situaciones. Todo lo que involucraba a su madre era sin duda importante para ella, pero igual lo era lo que quería decirle.

    —¿Pero sí volverás mañana? —Le cuestionó, algo insegura.

    —Claro que sí. Te lo prometo.

    Extendió entonces su mano hacia ella a modo de saludo. Samara la miró unos momentos, confundida, pero luego accedió a estrecharle la mano. Matilda hizo que las bajaran y subieran repetidamente de una manera un tanto exagerada y cómica, que hizo que de nuevo Samara sonriera divertida.

    —Gracias —murmuró la pequeña, con un tono bastante más suave y dulce.

    —No tienes que agradecerme nada. ¿Quieres que le diga algo a tu madre de tu parte?

    Samara asintió lentamente de nuevo.

    —Dile que la quiero.

    — — — —​

    Scott guío a Matilda por una serie de pasillos, hasta la habitación de Anna Morgan. Dicha habitación se encontraba prácticamente al otro lado del hospital; en la punta contraria al cuarto de Samara, de hecho. Se preguntó si eso habría sido apropósito.

    Había estudiado con anterioridad todo lo que pudo sobre ella. Era una mujer de familia acomodada, criada siempre rodeada de caballos, los cuales eran su más grande pasión. La única cosa que quizás podría haber añorado más que sus caballos, criados y cuidados por ella misma, era el ser madre. Lo intentó sin existo varias veces, y fue ahí en dónde entró el proceso de adopción; estos dos últimos, sin embargo, no los conoció hasta que habló directamente con su esposo.

    Según lo que decían, al igual que pasó con los caballos, Samara la había, a reserva da una mejor palabra, “atacado” con sus habilidades. No existía constancia de cómo o porqué había sucedido dicho “ataque”, pero fuera como fuera había dejado deteriorada su personalidad. Se suscitaron ataques de ira y delirantes en los días siguientes, sumados a tendencias suicidas, que culminaron en al menos un intento fallido. Luego de ello, había sido internada ahí junto con Samara.

    En las descripciones de qué fue lo que Samara le hizo exactamente, y de dónde se deriva la teoría de que eso mismo les hizo a los caballos de su rancho, Anna afirmó la hizo ver imágenes. Imágenes horribles, que volvían a ella de vez en cuando, y era incapaz de sacar de su cabeza, causándole una fuerte obsesión. Las descripciones de dichas imágenes en los reportes que el Dr. Scott le pasó, eran bastante imprecisas. Los elementos recurrentes parecían ser oscuridad, agua, frío, muerte; no siempre visualmente, pero sí al menos en la sensación que transmitían. Matilda no podía evitar pensar que ocurría lo mismo con las imágenes que había visto crear a Samara sobre el papel.

    Afuera de la puerta del cuarto, los esperaba un enfermero, que se encargó de abrir con sus llaves en cuanto se acercaron.

    —Toda suya —exclamó Scott, dejándole el paso libre para que pasara.

    —¿No entrará conmigo? —Le cuestionó Matilda, algo extrañada.

    —Creí que le gustaba la privacidad, doctora Honey —murmuró con un tono irónico, que a Matilda no le provocó nada de gracia—. Además, ella pidió expresamente hablar a solas con usted. Así que, adelante.

    Volvió a extender su mano para indicarle que pasara, y por un momento Matilda sintió como si estuviera caminando a algún tipo de trampa.

    Caminó cautelosa delante de Scott y el enfermero, e ingresó a la habitación. Apenas y colocó un pie dentro, cuando sintió que cerraban la puerta detrás de ella. Se le vino a la mente un pequeño Déjà vu de su primera noche en ese sitio.

    La habitación en tamaño y apariencia era bastante parecida a la de Samara. Según había leído en su expediente, la tenían en una habitación así, no por ser peligrosa, sino más bien por el riesgo de que se hiciera daño a sí misma. Aunque, evidentemente, eso no había vuelto a ocurrir en las últimas semanas, al parecer al Dr. Scott aún no le parecía suficiente como para cambiarla a otro dormitorio más accesible.

    En parte era comprensible, considerando las circunstancias. Cuando a alguien se le introduce esa idea en la mente, era muy difícil dejarla ir, y menos en sólo un par de meses; con más razón si lo que Cody y ella pensaban de la verdadera naturaleza del Resplandor de Samara era cierto.

    Sin embargo, el cuarto tenía algo que el de Samara no: una ventana en la pared del fondo, que si no se equivocaba debía de dar de seguro al patio trasero. Por ésta entraba abundante luz del sol; de hecho, la luz de la habitación estaba apagada, y la que entraba por la ventana era la única iluminación. Parecía poco, pero ese sólo detalle cambiaba bastante la sensación de encierro. De hecho, ahí mismo fue donde vislumbró a la ocupante de dicho cuarto: de pie frente a la ventana, con sus brazos cruzados, mirando fijamente por ella hacia el bosque del otro lado de la barda que rodeaba al hospital.

    Anna Morgan era una mujer alta; definitivamente más alta que ella, aunque eso no era decir mucho. Tenía cabello negro, muy largo y suelto como el de Samara, aunque el de ella era bastante menos lacio y se veía un poco descuidado. Usaba también una bata blanca de hospital, pero encima de ésta llevaba un suéter color café claro.

    No la volteó a ver al entrar, ni cuando cerraron la puerta detrás de ella, casi como si no se hubiera dado cuenta de su presencia.

    —¿Señora Morgan? —Murmuró Matilda despacio, pero siguió sin percibir alguna reacción de su parte—. Señora Morgan, son Matilda Honey. Su esposo…

    —Sé quién eres —Interrumpió la mujer ante ella con una voz grave e irónica—. Eres la doctora milagrosa, que vino a… curar a esa niña.

    Se giró lentamente hacia ella, y entonces logró ver al fin su rostro; éste, sin embargo, dejó a Matilda algo impresionada. Se veía algo mayor para la edad que tenía, con varias arrugas alrededor de su boca y ojos. Estos, precisamente, se encontraban enrojecidos, y tenían dos grandes ojeras marcadas debajo. Sonreía, pero el resto de su rostro parecía demasiado inexpresivo… aterradoramente inexpresivo.

    No dejó que eso la intimidara, y en su lugar se mantuvo tan firme como había entrado.

    —Señora Morgan, su hija…

    —¿Mi hija? —Exclamó con una exagerada sorpresa, seguida de una aguda risa… y luego una completa expresión de frialdad—. Esa cosa no es mi hija…

    La forma en que había dicho eso estaba tan cargada de odio y enojo, que a Matilda le heló la sangre. Era casi como si hubiera estado hablando de algún animal o insecto… o incluso algo menos que eso.

    —Se ve que eres una chica inteligente —añadió—; de seguro ya lo descubriste, ¿cierto?

    Matilda se negó a responderle, aunque su silencio posiblemente fue suficiente respuesta. En su lugar, prefirió terminar lo que iba decir antes de ser interrumpida.

    —Samara no tiene ninguna enfermedad que amerite ser curada.

    —Dile eso a mis caballos —arremetió la señora Morgan, comenzando a avanzar hacia la cama—. Mis hermosos caballos. Seres tan nobles, tan leales, tan puros… hasta que ese demonio se metió en sus cabezas, y las sacudió hasta el punto en el que prefirieron terminar con sus vidas antes de pasar otro segundo con esas horribles imágenes. Yo los entiendo, porque pasé por lo mismo…

    Luego de rodear la cama, terminó prácticamente frente a Matilda, y aprovechó la posición para mostrarle sus muñecas; o, más bien, las heridas de cortes en ellas, cicatrizadas recientemente. La psiquiatra enmudeció; era realmente una imagen impactante de ver, no importaba las veces o las personas que fueran.

    Anna retrocedió, se abrazó a sí misma, y se sentó en la orilla de la cama. Volvió a sonreírle de esa misma forma incómoda de antes.

    —Debí mejor de haber usado la navaja en ella.

    —Señora Morgan…

    —Anna —cortó abruptamente, con un tono de falsa cordialidad bastante marcado—. Llámame Anna. De seguro has leído tanto de nuestras vidas en tus expedientes y análisis psicológicos, que ya te has de sentir como parte de nuestra dulce familia. ¿O no? Ese fue mi pecado, ¿sabes? Querer tanto una familia; anhelar tanto ser madre. Debí haber entendido que no era mi destino. Pero no, no… fui arrogante, egoísta. Lo quería todo. Un esposo amoroso, una linda casa, un amplio rancho, y mis hermosos caballos; nada de eso era suficiente para Anna Morgan. Tenía que traer la oscuridad y la destrucción a su vida para sentirse plena. Y miré en dónde he terminado por eso.

    Miró a su alrededor, señalando con su mirada al cuarto en el que se encontraban.

    A Matilda le era un poco difícil mantener su mirada de póker. La noticia de que podría hablar al fin con la Señora Morgan le llegó tan imprevisto y de sorpresa, que no había podido prepararse con anticipación para esa plática; especialmente mentalmente. Sabía que la situación era difícil, pero la actitud que ahora veía en esta mujer le demostraba que no tenía ni idea.

    Fuera como fuera, tenía que intentar mantenerse calmada. Se acercó a ella, parándose delante. Le hubiera gustado tener alguna silla para sentarse, pero evidentemente era de esas cosas muy peligrosas para tener en la habitación de esa paciente.

    —Anna, sé que en estos momentos se siente confundida, molesta y asustada, y eso es normal —comenzó a decirle con suavidad; ella la miraba atentamente en silencio—. Pero tiene que entender que todo lo que Samara ha hecho, jamás lo ha hecho con mala intención. Ni contra usted o su esposo, o sus caballos. Ella aún no domina lo que puede hacer, pero lo hará; para eso estoy aquí. Y una vez que lo logre, podrá tener una vida normal, como cualquier otra niña. Usted y ella podrán volver a casa, y todo podrá volver a ser como era antes.

    —¿Cómo antes? —Exclamó Anna con hastío—. No pondré ni un pie en esa isla, si esa niña está siquiera cerca de ella. En comparación, estoy mucho más segura aquí.

    Matilda sintió un pequeño nudo en la garganta al escucharla decir eso.

    —Esa ya será su decisión. No puedo obligarla a aceptarla de nuevo en su vida. Pero debe de intentar al menos perdonarla y olvidar esto. Independientemente de quien la haya dado a luz, para ella usted es su madre, su única madre.

    Se puso de cuclillas delante de ella, intentando poner su rostro a su mismo nivel. Anna la seguía mirando en silencio y con frialdad, sin mutarse ante sus palabras.

    —Ella se arrepiente de todo lo que ha hecho, y quiere arreglar las cosas. Se ha esforzado, y ha progresado. Pero no podrá librarse por completo de todo esto, si usted no se lo permite. Ambas se necesitan mutuamente para sanar, y yo estoy aquí para ayudarlas; a las dos.

    Matilda le sonrió ligeramente, pero Anna no le correspondió. La miró en silencio largamente, pero luego comenzó a reír de la nada, tomando por sorpresa a la joven castaña.

    —Eres tan ingenua como el Dr. Scott me dijo.

    —¿Disculpe? —Exclamó Matilda, confundida.

    Anna inclinó de golpe su cuerpo hacia ella, y la tomó abruptamente de su muñeca derecha con fuerza, como si quisiera asegurarse de que no intentara apartarse.

    —¿Crees que le pedí hablar contigo para que me dieras un sermón como ese? —Exclamó con su rostro cerca del suyo; su voz se tornó ronca y amenazante—. No… nada de perdón, nada de sanar. Al diablo no se le sana, Dra. Honey: se le atraviesa el corazón con una espada.

    —¿Qué?

    Matilda se encontraba desconcertada. La mirada de Anna se había vuelto perdida y ausente. Los dedos de su mano se apretaron con más fuerza alrededor de su muñeca, y le temblaban ligeramente. Incluso pudo ver además las venas de sus sienes palpitar, como si estuviera haciendo un esfuerzo intenso.

    —Scott dice que te has ganado la confianza de ese monstruo —continuó—. Que deja que te le acerques, que baja la guardia ante ti. Por eso tienes que hacer lo que yo no pude.

    Su respiración se agitó, sus ojos se abrieron más de lo que Matilda hubiera imaginado que era posible. Estos se veían inyectados de sangre, y las venas de sus sienes palpitaron aún más.

    —Mátala… —soltó de golpe casi como un alarido de dolor—. Mata a esa niña antes de que sea tarde. Tienes que hacerlo. El agua es lo único que puede acabar con ella; es la única forma.

    —Suélteme, no sabe lo que está diciendo —espetó Matilda, intentando zafarse del fuerte agarre, pero ella no la dejaba ir.

    —No has visto lo que yo. No has visto lo que se oculta detrás de ese rostro. ¡No has visto los horrores que desatará en este mundo si no la acabas aquí y ahora!

    Su voz se llenó de golpe de una gran desesperación, y al tiempo que empezaba a agitarla con cada palabra que pronunciaba. Matilda siguió peleando, intentando hacer que soltara su muñeca, pero su agarre tenía demasiada fuerza, casi inhumana. En la ansiedad que todo aquello le provocaba, se sintió tentada a usar su telequinesis y apartarla con violencia. Sin embargo, debía resistirse. No debía usar su habilidad contra las personas, salvo que fuera rotundamente necesario. Por suerte, en esa ocasión no lo fue.

    Escuchó de pronto como la puerta detrás de ella se abría. Alertado de seguro por los gritos de Anna, el enfermero que había visto afuera, acompañado de un segundo, ingresaron al cuarto, tomaron a Anna de sus brazos, y entre los dos lograron apartarla de ella. En cuanto estuvo libre, retrocedió varios pasos y se tomó la muñeca con la otra mano.

    Los enfermeros la sometieron contra la cama. Ella pataleaba y gritaba con desesperación, e incluso intentó arañarle el rostro a uno de los hombres con sus largas uñas.

    —¡Mátala! ¡Mátala! —Siguió gritando una y otra vez, antes de que uno de los enfermeros le pusiera una inyección en el brazo. Tardó unos segundos, quizás un minuto, pero poco a poco sus gritos se fueron convirtiendo en pequeños alaridos, luego murmullos, y por último en silencio.

    Anna cerró los ojos, y se quedó, aparentemente, dormida. Sólo entonces Matilda volvió a respirar, y sus pies le respondieron para poder salir del cuarto. Afuera se encontraba Scott, con sus manos en los bolsillos de su bata blanca, y una sonrisa burlona en los labios.

    —Supongo que no salió tan bien como esperaba —señaló divertido, acomodándose sus anteojos con una mano.

    —¡Me dijo que estaba tranquila y receptiva! —Le reclamó molesta, mientras se tallaba su muñeca, la cual le había quedado algo roja tras ser sujetada de esa forma. Scott, por su parte, se encogió de hombros.

    —Lo estaba, o eso me pareció. Quizás usted dijo algo que la molestó.

    Le volvió de pronto el mal pensamiento que le había cruzado antes de entrar: ¿había sido eso en realidad una trampa?, ¿alguna venganza por alguno de su comentarios previos fuera del lugar? No, aún a pesar de todo, se rehusaba a creer en ello. John Scott podía ser lo más pedante y molesto que un doctor de su posición podría ser; pero al menos esperaba que tuviera la suficiente ética profesional para no poner en riesgo la salud de un paciente, y de una colega, a expensas de una broma de mal gusto.

    Lo más seguro era que el estado de Anna Morgan era aún peor de lo que sus evaluaciones habían arrojado hasta ese entonces. Aún peor de lo que el buen doctor, o incluso su esposo, se habían percatado. Aún pero de lo que Matilda había previsto.

    ¿Qué había sido todo eso que le gritó? ¿Era consciente de lo que decía? Le hubiera gustado pensar que nadie era capaz de pensar ese tipo de cosas de una niña inocente… pero sabía muy bien que no era así. Ella había visto como reaccionaba la gente ante algo que no entendían; especialmente, cuando ese algo les causaba algún daño.

    Había implicaciones bastante serias que no había previsto, y que en retrospectiva se daba cuenta que debió haber preparado, al menos desde que supo que Samara era adoptada. ¿Cómo solucionaría un error así a esas alturas?

    —Bien, terminó más rápido de lo que me esperaba —escuchó que Scott señalaba, haciendo que lo volteara a ver de nuevo—. ¿Quiere seguir hablando con Samara, doctora?

    Matilda vaciló. Quizás era lo correcto, considerando que habían dejado una plática importante pendiente. Sin embargo, luego de lo ocurrido, luego de ver el verdadero estado de su madre y su posición ante ella… ¿cómo podría verla? ¿Qué le iba a decir? ¿Cuál era el rumbo que tenía que tomar de ahí en adelante?

    Lo mejor era tomarse unos momentos a pensar en cuál debía de ser su nueva estrategia, y los pasos que seguir. La situación se había tornado demasiado más delicada, y debía de tratarla como tal.

    —No, volveré mañana temprano para hablar con ella —Respondió la psiquiatra, y se dispuso a irse de una vez a su hotel para descansar y meditar un poco.

    —Y quizás entonces ya podamos sentarnos a hablar con calma de lo que me debe, Doctora —oyó a Scott pronunciar con moderada fuerza detrás de ella.

    Matilda frenó abruptamente sus pasos, y se giró hacia él, totalmente confundida.

    —¿Disculpe?

    El doctor volvió a meter sus manos en su bata, y se le acercó con paso seguro, hasta pararse justo delante de ella.

    —He hecho y permitido todo lo que usted ha querido —le explicó—. Ha sido como una niña pidiéndole regalos a Santa Claus, y yo he sacado todo lo que ha querido de mi saco mágico. Pero no es Navidad, y esto se suponía que debía ser un dar y recibir, y yo no he recibido nada aún. Creo que ya ha pasado suficiente tiempo con el Sujeto como para que pueda compartir conmigo algo. ¿O es que en todo este tiempo sólo han estado hablando de muñecas y aún no tiene nada digno de ser compartido? ¿Enserio espera que crea eso?

    Lo que le faltaba; eso definitivamente era lo que menos necesitaba en esos momentos.

    Matilda respiró hondo, aunque discretamente. Debía aceptar que en parte el buen doctor tenía razón en su reclamo. Le dijo el primer día que llegó ahí que le compartiría todo lo que sintiera pertinente a su investigación, y de momento no lo había hecho. Para bien o para mal, tendría que cumplir su palabra, aunque tenía que tener cuidado sobre qué contarle y qué no.

    —Bien. Mañana, después de terminar de hablar con Samara, le compartiré lo que considero digno de su interés; como habíamos acordado.

    Dicho eso, y sin esperar respuesta, se dio media vuelta y siguió caminando, aunque ahora con más rapidez.

    —¿Tengo su palabra? —Le escuchó exclamar con fuerza mientras se alejaba.

    —No presione, Scott —respondió con ímpetu, aunque en realidad no estaba segura si lo había dicho en voz alta, voz baja, o quizás sólo lo había pensado.

    Entre tanto alboroto, había sido incapaz de pasarle a Anna el mensaje que Samara quería decirle. Sin embargo, viendo la situación, posiblemente no hubiera servido de nada.

    FIN DEL CAPÍTULO 09

    Notas del Autor:

    - Anna Morgan está basada en el respectivo personaje de The Ring del 2002 y The Ring 2 del 2005. En dichas películas no se le vio mucho, por lo que gran parte de su personalidad, forma de actuar y de pensar en este momento, se basa más en una interpretación personal del personaje. Además de ello, al igual que Richard, Samara y los demás personajes correspondientes a la franquicia de The Ring, igualmente es influenciada por el cambio temporal mencionado en las Notas del Capítulo 01, que coloca los hechos ocurridos entre Samara, sus padres, y el Psiquiátrico de Eola, en una época más actual.
     

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