Explícito de Naruto - [EL HIGHLANDER INMORTAL]║ADAPTACION]

Tema en 'Fanfics de Naruto' iniciado por quem, 5 Abril 2022.

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  1. Threadmarks: CAPÍTULO 20
     
    quem

    quem Orientador del Mes Orientador Agasím

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    Escritora
    Título:
    [EL HIGHLANDER INMORTAL]║ADAPTACION]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    25
     
    Palabras:
    2761
    EL HIGHLANDER INMORTAL

    Disclaimer: Esta historia no me pertenece es una adaptación para el fandom Naruto, sin fines de lucro o ganar algo no quiero enriquecerme con esta adaptación, me encanta escribir aprender más, y entretener al fandom, perdón por la faltas ortográficas que encuentren <3

    EL HIGHLANDER OSCURO © Karen M. Moning.
    NARUTO © M. Kishimoto
    ADAPTACIÓN © Quem

    CAPITULO 20


    Sakura no abandonó el dormitorio de Neji durante tres largos días y noches llenos de felicidad. Tres perfectos, increíbles días con sus noches. Se entregó a ellas, a él, completamente.

    Oh, no hacían el amor todo el tiempo, el cuerpo de Sakura —tan delicado en comparación con el de él— no podría resistirlo.

    Pero había muchas formas de dar y recibir placer, y Neji era un maestro en todas ellas. Pasaron horas en la ducha, lavándose sin prisa el uno al otro, saboreando y excitando mientras cada uno exploraba el cuerpo del otro. Horas en las que ella se dio un auténtico banquete de dorada piel aterciopelada, músculos ondulantes, y negros cabellos suaves como la seda que se derramaban sobre su cuerpo desnudo. Más horas en las que estaba acostada sobre una alfombra ante el fuego de la chimenea mientras él le daba masajes con aceites aromáticos, al tiempo que la comparaba juguetonamente con una yegua a la que se hubiera montado demasiado tiempo.

    Para luego ponerse detrás de ella, listo para volver a montarla. Después un nuevo masaje. De nuevo la ducha, vuelta a la cama...

    Neji sólo se separaba de ella para ir a buscar comida. Días y noches de comer, dormir y practicar el sexo. Ninguna mujer, decidió Sakura, había perdido nunca su virginidad de una manera más fantástica. Hubo muchas largas horas en las que estaba precisamente como él había dicho que estaría: demasiado saciada para poder moverse siquiera. Convencida de que era imposible que él fuera capaz de volver a excitarla; sin embargo, volvía a llenarse de deseo en un abrir y cerrar de ojos, con sólo una de sus miradas iluminadas por puntitos plateados desde debajo de unas pestañas muy negras y unas cejas inclinadas en ángulo.

    Sakura se sentía como si hubiera caído dentro de un mundo irreal hecho de cristales, llamas con olor a brezo y erotismo que chisporroteaba silenciosamente. Aunque al principio no reparó en ello, demasiado absorta en la visión de aquel gran hombre desnudo, finalmente comprendió que a aquella cámara la llamaban la Cámara de Cristal porque contenía esculturas de muchas bestias imaginarias esculpidas en cristal. Unicornios y dragones, quimeras y aves fénix, grifos y centauros cubrían las repisas, las mesas auxiliares y los arcones. Delicados prismas colgaban de las ventanas o suspendidos sobre el hogar, y todos absorbían la luz del fuego para convertirla en intensas pinceladas de color.

    Espejos con elegantes marcos de plata colgaban de las paredes entre soberbios tapices, y oscuros muebles de caoba magníficamente tallada realzaban la hermosura de la suite. La cama era una obra maestra de artesanía antigua, cubierta con sábanas satinadas, gruesos edredones rellenos de plumón y una preciosa colcha de terciopelo negro. Lucía cuatro postes del tamaño de árboles jóvenes (a un par de los cuales él le había atado las manos en cierto momento, para besarla y saborearla hasta que ella temió enloquecer de pura necesidad).

    No podía existir un lugar más apropiado en el que dormir con su príncipe del reino mágico que aquella suite, rodeada de improbables criaturas legendarias y con el cuerpo de aquella improbable leyenda viviente que había llegado a ser su amante dorado a la luz del fuego que lo cubría de sombras irisadas, mientras se alzaba sobre ella con el rostro oscurecido por el deseo.

    Durante aquellos tres días, Sakura sintió que existían en un lugar fuera del tiempo y el espacio, en una mágica enramada donde lo único que importaba era el momento presente, y los momentos eran tan exquisitos que, durante un tiempo, se olvidó de todo.

    Ninguna pregunta brotaba de sus labios demasiado fascinados por los besos. Ninguna preocupación ocupaba su mente colmada de hacer tanto el amor. Ningún pensamiento referente al mañana la perturbaba.

    Era el ahora, Sakura era feliz, y bastaba con eso.

    El cuarto día él la despertó mientras fuera aún estaba oscuro, envolvió su cuerpo desnudo en una colcha de plumón para que no pasara frío, y dio una serie de saltos a través del espacio hasta que finalmente se detuvo en lo alto de una montaña.

    Plantado con una grácil irreverencia al borde de una caída de trescientos metros, la sostuvo en sus brazos y vieron alzarse el sol sobre las Highlands entre las nubecillas que creaba su aliento al respirar el frío aire de la mañana.

    Empezó con un casi imperceptible beso dorado sobre el lejano horizonte velado por las neblinas, y luego quemó lentamente la niebla y se convirtió en una bola de fuego de un rosa anaranjado que bañó de oro los valles y las colinas.

    Y allí, sentados en lo alto del mundo mientras nacía el día, él le habló de su plan: el porqué de los rituales que celebraban los Uchiha cuando llegaban las fiestas y lo que ocurriría si no los celebrasen; que él y los gemelos habían acordado no observar los rituales hasta el Lughnassadh, dentro de unos días, para que Mito acudiera a las tierras de los Uchiha; que cuando viniera, Neji pondría al corriente a la reina de la traición que planeaba Darroc y haría que Sakura quedara a salvo para siempre tal como le había prometido.

    No habló de lo que podía llegar a ocurrir entre ellos. No hubo una sola palabra acerca de un futuro más allá de ese tiempo.

    Y Sakura no le preguntó al respecto, porque era una cobarde.

    Enamorarse locamente de un príncipe del reino mágico en forma humana era una cosa. Pero ¿un ser inmortal? ¿Con toda clase de poderes? Neji ya resultaba abrumador en forma humana. Sakura no podía imaginárselo en su estado natural.

    Neji con un poder ilimitado podía ser aterrador.

    Así que se negó a pensar en ello. Especular no tenía ningún sentido, porque lo único que conseguiría con ello sería enloquecer de preocupación. Había tantas cosas que podían suceder, tantas cosas que podían salir mal... Ya les haría frente cuando llegara el momento. Por lo que ella sabía, Neji realmente quizá no fuese capaz de protegerla, y la reina la mataría o la entregaría a los cazadores, y todas esas especulaciones sólo habrían sido una pérdida de tiempo.

    Eso era algo en lo que sí valía la pena pensar. Y mayor razón para saborear el presente.

    Cosa que Sakura hizo durante el resto del día, que pasó en la cama con él entre risas, bromas y sin dejar de hacer el amor apasionadamente.

    Hasta que anocheció.

    Cuando llegó el ocaso, Neji volvió a cogerla en brazos y los desplazó hasta lo alto de una montaña, desde donde vieron cómo el cielo se teñía de violeta primero, de negro después, y luego salía la luna y empezaban a titilar las estrellas.

    —He visto miles de estos crepúsculos y amaneceres de las Highlands —le dijo él—. Y nunca me canso de ellos.

    Ella inclinó hacia atrás la cabeza para alzar la mirada hacia el negro terciopelo de ese cielo atravesado por los puntitos de luz de las estrellas.

    Y se puso a pensar en miles de crepúsculos y amaneceres, en la inmortalidad y el vivir eternamente, y casi sin darse cuenta de pronto se oyó preguntar con voz entrecortada:

    —¿Por qué Morgana no tomó el elixir de la vida?

    El cuerpo de él se envaró inmediatamente. La hizo volverse en sus brazos y la miró a los ojos por un largo instante.

    Luego la besó y siguió besándola hasta que ella se quedó sin respiración y dejó de pensar en Morgana y la inmortalidad.

    Aunque esa pregunta regresaría más tarde para consumirla por dentro.

    .

    .

    .

    —¡Estáis haciendo trampas! —les dijo un Utakata muy enfadado a Hotaru y Sakura.

    —No hacemos trampas —protestó Hotaru, indignada.

    —Tú también haces trampas —dijo Neji—. He visto cómo Sakura ladeaba la mano para que pudieras ver sus cartas. Ésa es la razón por la que siempre ganáis vosotras.

    Sakura arqueó una ceja de manera juguetona.

    —A mí me suena a la clase de comentario que puedes esperar de alguien que estaba acostumbrado a ser inmortal y todopoderoso, y ahora no soporta perder en un juego de cartas mortal.

    Neji sacudió la cabeza y sonrió levemente. Sakura no cambiaría nunca. Y lo cierto era que hacía trampas. No había dejado de hacerlas durante las dos últimas horas, pero él se lo pasó por alto hasta que Utakata lo señaló. Encontraba más bien divertido que el highlander hubiera tardado tanto en darse cuenta, demasiado distraído por las miradas incendiarias que no paraba de lanzarle Hotaru, o el modo en que su menuda esposa se humedecía los labios al tiempo que sonreía para interferir su concentración.

    Él no había necesitado que Sakura le lanzara ese tipo de miradas. El mero hecho de que existiese bastaba para interferir en su concentración. Antes pensaba que la semana anterior tal vez serviría para disipar una parte del irresistible deseo que le inspiraba, pero éste no había disminuido ni un ápice. Perversamente, cuanto más se acostaba con Sakura, al parecer, más necesitaba volver a acostarse con ella.

    Se la habría reservado exclusivamente para él, hasta que empezara a despuntar el sol en la fiesta del Lughnassadh, si unos días antes Sakurasou y Hotaru no hubieran venido a llamar a la puerta de la Cámara de Cristal para informarles de que ya estaba bien de que no se dejaran ver nunca y que deberían mantener un poco de vida social con sus anfitriones, al menos durante una parte del día. ¿Era mucho pedir?

    Una Sakura bastante sonrojada insistió en que salieran del dormitorio. Dio a Neji una rápida lección sobre modales humanos, una lección que no le había gustado nada. Aborrecía la idea de tener que compartirla con nadie, durante el período de tiempo que fuese.

    Pero Sakura estaba decidida, y así fue como los seis habían pasado los últimos días recorriendo las Highlands durante el día, cenando juntos por la noche, y bebiendo y jugando a las cartas o al ajedrez o cualquier otro juego humano hasta que daban las doce. Y Neji se las vio y se las deseó para comprimir todo el deseo que sentía por ella en el tiempo que tardaba la luna en recorrer el cielo. Dios, había empezado a odiar el alba.

    Desde sus días con Morgana nunca había vuelto a tener aquella clase de relación tan íntima y cotidiana con unos seres humanos, y nunca unos mortales lo habían acogido tan bien como aquéllos. (Salvo por las doncellas, que lo tenían realmente perplejo; nunca había visto a un grupo de mujeres que estuviera tan obsesionado con su ingle. Por alguna extraña razón una pelirroja con muchas curvas no paraba de ofrecerle plátanos, y la otra noche durante la cena, la rubia que servía la mesa clavó un cuchillo en una gruesa salchicha antes de depositarla ruidosamente en el plato de Neji con una mirada que no tenía nada de amable).

    Pero los Uchiha lo trataban como si fuese uno de ellos. Le tomaban el pelo y bromeaban con él igual que hacían entre ellos. Le ponían en los brazos a sus pequeñines para que los sostuviera. Hacía más de mil años que Neji no sostenía un bebé en brazos, y ninguno le había escupido. La papilla regurgitada podía hacer verdaderos estragos en la seda y el cuero, pero cuando vio la expresión en los ojos de Sakura se apresuró a decidir que la diminuta Maddy Uchiha podía escupirle todo lo que quisiera.

    Hasta se enfadaban con él cuando les parecía que se mostraba demasiado reservado acerca de su larga existencia. Durante los últimos días, Neji habló de cosas y compartió experiencias que nunca había compartido con nadie anteriormente.

    Los de su propia especie se habrían burlado y los mortales nunca habían llegado a verlo como uno de ellos, nunca lo habían acogido de manera que pudiera ser tal como era, sin censura o idea preconcebida alguna. Ni siquiera Morgana. Para ella Neji siempre había sido una criatura mágica, y su hijo no sólo seguía sin abrirle las puertas del castillo Brodie, sino que aún se negaba a reconocerlo como padre.

    Pero aquí, en este tiempo encantado, era Neji. Un hombre. Nada más. Nada menos. Y era algo completamente fascinante.

    Recorrió la biblioteca con la mirada. Izuna y Sakurasou reían y hablaban mientras jugaban al ajedrez progresivo cerca del fuego.

    Sus hermosas hijitas de pelo oscuro dormían cerca, y despertaban de vez en cuando para pedir de comer.

    Sakura y Hotaru reían, e insistían ante Utakata que ellas nunca serían capaces de hacer trampas, ¿cómo podía pensar algo así de ellas?

    El gran reloj dio once veces la hora sobre la repisa de la chimenea.

    Una hora más y empezaría el Lughnassadh. Los muros entre los reinos empezarían a volverse más tenues.

    Y él se quedaría sentado allí en el castillo y esperaría a que llegara la reina.

    Al atardecer del día siguiente, como muy tarde, Mito sería advertida, Darroc quedaría revelado como el traidor que era, los reinos estarían a salvo, y Neji seguramente volvería a ser el inmortal todopoderoso que siempre fue.

    Su pequeña ka-lyrra, sin embargo, seguiría envejeciendo a cada día que pasase. Y él tendría que poner fin a eso.

    Miró a Sakura, y la vio mordisquearse el labio inferior mientras dirigía una mirada traviesa a Hotaru por encima de su mano de cartas. Alrededor de ella brillaba —como lo hacía alrededor de cada humano en la biblioteca— ese infernal resplandor dorado. Ese resplandor que siempre hacía que Neji quedara convertido en un imán inestable, atraído pese a sí mismo, repelido pese a todos sus esfuerzos por acomodarse cerca de él. Aquello que lo llamaba, aquello que nunca podría llegar a tocar o entender.

    Inhaló profundamente, exhaló muy despacio. Bebió un sorbo de escocés y paladeó la suave quemadura que dejaba en su garganta humana como nunca lo había hecho en su forma Tuatha de Danaan.

    Por primera vez en su existencia deseó tener una capacidad que ningún Tuatha de Danaan poseía. Aunque habían aprendido a desplazarse al pasado hasta cierto punto, y luego podían volver a avanzar hasta llegar a su presente (si bien nunca más allá de él; la leyenda aseguraba que sólo existía una raza que pudiera poner rumbo hacia el porvenir, pero Neji no daba demasiado crédito a tales leyendas), ni siquiera la reina Mito podía detener el tiempo.

    .

    .

    .

    —¡Alto! —siseó Bastion.

    Los cazadores se detuvieron inmediatamente.

    —Pero ya hemos percibido su olor. Está en esas colinas, muy cerca de aquí —protestó uno.

    Bastion torció el gesto.

    —Hay protecciones mágicas. La reina protege estas tierras. No podemos atrevernos a cruzarlas.

    —Pero Neji Hyūga y su humana las cruzaron —dijo impacientemente el cazador que acababa de protestar.

    —¿No deberíamos hacer venir a Darroc? —preguntó otro.

    Bastion sacudió la cabeza.

    —No. No hay nada que Darroc pueda hacer mientras Neji siga escondido detrás de las protecciones mágicas. Esperamos. Nos mantenemos alerta hasta que surja la primera oportunidad. Entonces avisamos a Darroc. No volveremos a dejarlo escapar. El anciano no hará nada contra la reina hasta que ese enemigo suyo haya desaparecido.

    Por encima de todo, Bastion quería que Darroc actuara de una vez contra la reina, que la derribara de su trono. Aquel breve tiempo de volver a recorrer libremente el reino humano había hecho que todos sus sentidos despertaran de golpe, y eso bastó para disipar el aburrimiento y el tedio de su infierno invisible. Le había recordado lo maravillosamente vivo que se sentía cuando era un cazador. Cuántos deliciosos humanos había a los que poder cazar como presa.

    No dejaría escapar aquella oportunidad. Tampoco permitiría que el anciano volviera a tener ocasión de echarlo todo a rodar con su anhelo de venganza. Sólo avisaría a Darroc en el último instante, y si Darroc no lo mataba lo bastante deprisa para su gusto, entonces Bastion se encargaría personalmente de la muerte de Neji.
     
  2. Threadmarks: CAPITULO 21
     
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    Inventory:

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    Título:
    [EL HIGHLANDER INMORTAL]║ADAPTACION]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
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    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    25
     
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    3350
    EL HIGHLANDER INMORTAL
    Disclaimer: Esta historia no me pertenece es una adaptación para el fandom Naruto, sin fines de lucro o ganar algo no quiero enriquecerme con esta adaptación, me encanta escribir aprender más, y entretener al fandom, perdón por la faltas ortográficas que encuentren <3

    EL HIGHLANDER OSCURO © Karen M. Moning.
    NARUTO © M. Kishimoto
    ADAPTACIÓN © Quem
    CAPITULO 21

    Mito iba por las arenas de sílice de la isla de Morar, y sus ojos iridiscentes ardían de furia mientras veía hervir las aguas de aquel mar color turquesa.

    El tiempo, habitualmente irrelevante para ella, una cosa de la que, a decir verdad, apenas se daba cuenta, de pronto había pasado a ser una preocupación acuciante.

    Hacía un instante percibió una sensación con la que no estaba familiarizada, una creciente falta de cohesión en la sustancia de los reinos que ella había creado para su raza. Nunca había sentido una cosa así antes, por lo que Mito no comprendió inmediatamente lo que era.

    Los muros que separaban los reinos de la raza del hombre de los de los Tuatha de Danaan habían empezado a volverse más tenues.

    Mito tardó unos segundos en localizar el origen de la perturbación en la urdimbre de los mundos: los druidas Uchiha aún no habían llevado a cabo el ritual de Lughnassadh, el antiguo rito que tenía que ser completado el día de esa festividad, como se había hecho durante milenios.

    Sacudió la cabeza, asombrada. Por Danu, ¿querían volver a poner a prueba su clemencia?

    Entornó los ojos y miró hacia dentro, desplegando su visión lejana a través del tiempo y el espacio. Para buscar cuáles de los Uchiha habían decidido fallarle ahora.

    Se quedó atónita al descubrir que eran los mismos. Otra vez. Miró un poco más lejos para averiguar el porqué de aquello... Se irguió de golpe y abrió mucho los ojos, llena de incredulidad.

    Amadan —siseó—. ¿Cómo osas...?

    Lo que quizás era más importante, ¿cómo podía haberlo hecho?

    Ella lo había despojado de todo, dejándolo desprovisto de cualquier poder —o al menos pensó haberlo hecho—, incapaz de ser visto, oído, tocado. Lo condenó a una existencia que no podía ser más vil, insustancial como un fantasma, y lo envió al reino humano. Lo desterró, cortó todos los lazos que lo unían con su mundo, le negó incluso el menor atisbo de los de su especie.

    Había escogido con sumo cuidado los parámetros del castigo que le impondría, para obligarlo a saborear la amargura de la condición humana sin nada de la dulzura que llevaba aparejada, para curarlo de una vez por todas de aquella ridícula fascinación que sentía por los humanos.

    La repetida indulgencia de que había hecho objeto a su príncipe favorito —el único de su pueblo que aún lograba sorprenderla en alguna ocasión, y la sorpresa era néctar de los dioses para una reina que tenía sesenta mil años— no tardó en hacer que tanto sus cortesanos como sus consejeros empezasen a mirarla con malos ojos. Eso por no mencionar la eterna labor de limpieza que se veía obligada a llevar a cabo.

    El Gran Consejo llevaba siglos insistiendo en que Mito debía actuar de una vez y, después del último desafío de que la hizo objeto Neji, no le quedó más remedio que acceder. Neji había argumentado contra ella ante su corte y su consejo, algo que Mito no podía permitir jamás, si no quería que su soberanía fuera cuestionada y se la retara abiertamente. Aunque era la más poderosa de las criaturas visibles, ese poder sólo sería suyo mientras contara con el apoyo de una mayoría entre su pueblo. Ese poder podía serle arrebatado.

    Mito estaba segura de que bastaría con cincuenta años de semejante castigo para que Neji se sintiera muy agradecido de ser un Tuatha de Danaan, cesara en su rebeldía, y no volviera a entrometerse en la vida de los humanos.

    Nunca se le ocurrió pensar que él pudiera llegar a encontrar algún modo de emplear en su beneficio la forma que ella le había dado.

    Oh, qué equivocada había estado. Como siempre, si existía alguna pequeña fisura, su iconoclasta príncipe de la casa real de los d'jai sabría ingeniárselas para dar con ella. Y le bastaba con unos cuantos meses. Ahora estaba allí, en las tierras de los Uchiha, y a Mito no le cabía ninguna duda de que era él quien había creado ese problema. Incluso maldito y despojado de sus poderes, Neji había logrado encontrar alguna forma de impedir que los Uchiha llevaran a cabo el ritual.

    Mito volvió a desplegar sus sentidos, en busca de fracturas dimensionales. Las ramificaciones del debilitamiento de los muros se sentirían primero en Escocia, y luego se propagarían rápidamente hasta Inglaterra e Irlanda. De hecho, el fenómeno ya había empezado a producirse. Los efectos irradiarían hacia fuera hasta que, cuando cayera la noche, los reinos ocultos de los Tuatha de Danaan se materializarían por todo el mundo para cobrar forma entre los humanos.

    Cuando anocheciese, cualquier Tuatha de Danaan que andara por el mundo humano sin lucir una apariencia mágica completa quedaría revelado ante los ojos de los mortales.

    Cuando anocheciese, hasta las arenas de sílice de Morar relucirían pálidamente bajo una luna humana. Las dimensiones fluirían unas dentro de otras, los portales temporales se abrirían. Los invisibles quedarían liberados.

    En pocas palabras, el infierno tomaría posesión de los mundos.

    .

    .

    .
    Neji estaba sentado con Sakura en la gran sala, bajo los últimos resplandores del atardecer, cuando sintió aproximarse a la reina. «Ya era hora», pensó. Incluso él empezaba a estar un tanto nervioso de tanto esperar, y se preguntaba qué podía haber entretenido a Mito.

    Carecía de palabras para expresar cómo percibía la presencia de su reina y, de hecho, estaba bastante sorprendido de poder hacerlo, habida cuenta de que ahora era humano. Pero sentía una creciente rigidez en el cuerpo, una nueva presión dentro del cráneo. Tensó los brazos protectoramente alrededor de Sakura.

    Hacía unas horas, había insistido en que los Uchiha dejaran la sala y se fueran del castillo —sin hacer caso de sus estridentes protestas—, y no dejó de insistir en ello hasta que consiguió convencerlos de que era más prudente que estuvieran en otro lugar, ya que Mito sin duda estaría muy furiosa cando llegara.

    Le había dicho a Sakura que se quedase con él. La protegería de la ira de la reina, sin importarle lo que tuviera que llegar a hacer para ello, pero no quería cargar con la distracción añadida que hubiese supuesto la presencia de los vulnerables Uchiha.

    Una súbita ráfaga de viento barrió la gran sala. El vendaval llegado de la nada apagó el fuego en la chimenea y luego un intenso olor a jazmín y sándalo flotó en el ambiente, y Mito estuvo ante ellos, envuelta en un resplandor rielante.

    —Oh, Dios —exclamó Sakura, sobrecogida.

    —Mi reina —dijo Neji, apresurándose a levantarse al tiempo que rodeaba la cintura con el brazo a Sakura para que lo acompañase.

    Ah, sí, Mito estaba furiosa. Con la ilusión de la apariencia mágica desplegada al máximo de su potencia, estaba tan aterradoramente hermosa que, incluso para él, era casi imposible mirarla entre aquel intenso rielar que la iluminaba con el resplandor de mil diminutos soles. Por mucho que su forma fuera esencialmente humana, su cuerpo terroríficamente perfecto desnudo bajo aquella vestimenta de luz, no había nada humano en ella. Oleadas de puro poder palpitaban en el aire, la presencia de una entidad inmensa y antigua.

    —¿Cómo osas? —Las palabras de la reina reverberaron a través de la gran sala, como acero golpeando la piedra.

    —Mi reina —dijo Neji rápidamente—, nunca hubiese recurrido a medidas tan extremas si vuestro bienestar no estuviese amenazado. Gravemente amenazado.

    —¿He de creer que has hecho esto por mí, Amadan? ¿Quieres que interprete tu último, y debo decir que es con mucho el más grande de todos, acto de desafío como una muestra de gratitud? —Su voz rezumaba sarcasmo.

    Estaba usando parte del verdadero nombre de él, no Neji, sino Amadan. Ah, sí, estaba pero que muy enfadada.

    —Sí, lo he hecho por vos —dijo él. Una pausa—. Aunque si os sintierais inclinada a recompensarme, no me opondría a ello.

    —¿Recompensarte? ¿Qué estaría recompensando si hiciera tal cosa? ¿Tienes alguna idea de lo que has hecho? ¿Sabes que los humanos ya han empezado a infiltrarse a través de la textura del lugar y el tiempo donde reposa la vieja magia que ya nadie utiliza?

    —¿Los dólmenes se han abierto? —Neji estaba perplejo.

    —Sí.

    —Bueno, ¿por qué diablos habéis tardado tanto en venir?

    Ella le lanzó una mirada tan ártica que Neji se sorprendió de que no se le helara la piel.

    —¿De qué manera estoy amenazada? Habla. Ahora. Deprisa. Con cada momento que pasa, me siento más inclinada a castigarte que a oírte.

    —Darroc ha intentado matarme. —«Ya está. Ahora obra en consecuencia, Mito —pensó—, y devuélveme la inmortalidad como hace meses que deberías haber hecho.»

    La reina se envaró.

    —¿Darroc? ¿Cómo lo sabes? Ya no puedes ver a nuestra especie.

    —Yo lo vi —habló Sakura.

    Neji bajó la mirada hacia ella y la apretó más fuerte con el brazo. Sakura había entornado los ojos y mantenía la mirada apartada del resplandor, pero aun así conseguía observar disimuladamente a la reina desde la periferia de su visión. Mito había escogido aquella apariencia mágica deliberadamente, porque sabía que los humanos no podían centrar la mirada en ella. Pero no conocía a Sakura, pensó él en un fugaz momento de orgullo; su ka-lyrra era fuerte.

    Mito no se dignó darse por enterada de su presencia.

    —¿Cómo? —le preguntó a Neji.

    —Es una sidhe-vidente, mi reina.

    Mito entornó los ojos.

    —No me digas. —Recorrió el cuerpo de Sakura con una mirada altiva—. Creía que todas habían muerto. Ya sabes que según los términos del Pacto eso la hace mía.

    Neji se envaró.

    —Sakura me ha ayudado a conseguir una audiencia con vuestra majestad para que pudiera advertiros de que Darroc ha tramado una conspiración contra vos —dijo secamente—. A cambio de que actuara como mi intermediaria, tomé las medidas necesarias para garantizar su seguridad.

    —¿Garantizaste su seguridad? No tenías ningún derecho a garantizar nada.

    —Mi reina, Darroc se ha traído a unos cuantos cazadores del Reino Invisible. Ahora tiene a su servicio a una veintena de ellos.

    —¿Cazadores? ¿Mis cazadores? ¡Bromeas! —La brisa que soplaba por la gran sala arreció de pronto, y un torbellino de viento helado se arremolinó alrededor de Neji.

    Su aliento llenó el aire de diminutos cristales de hielo cuando dijo:

    —No es ninguna broma. Es cierto. La segunda vez que atacó, Darroc ni se molestó en hacer que él y sus cazadores no pudieran ser vistos. Los vi con mis propios ojos.

    —Cuéntamelo —ordenó Mito.

    Neji no se hizo de rogar y se lo contó todo, desde cómo había dado con Sakura hasta el primer ataque de Darroc y el que había llevado a cabo después, sin olvidar el encuentro con Aine y su acompañante.

    —¿Tú también viste todo eso, sidhe-vidente? —inquirió la reina.

    Sakura asintió.

    —Cuéntame exactamente lo que viste.

    Sin dejar de observar a la reina con la mirada medio desviada, Sakura le contó con todo detalle lo que había visto, y describió a las criaturas mágicas que habían tomado parte en ello.

    —Y ambos sabemos —concluyó Neji en cuanto Sakura hubo terminado de hablar—, que sólo hay una cosa que Darroc pueda haberles prometido a los cazadores para que dejaran de seros leales.

    Mito se dio la vuelta en un torbellino de luz cegadora. Luego guardó silencio durante un rato.

    Inmóvil junto a él, Sakura estaba tensa y respiraba de forma entrecortada. Neji podía percibir la inquietud en su menudo cuerpo, y comprendió que estaba viendo a esa reina del pueblo mágico sobre la que tantas historias habían escuchado mientras crecía. Mito era realmente formidable; no había otra palabra con la que describirla. Sobrecogedora, antigua, imponente, extraña, increíblemente poderosa. Neji tenía que aferrarse a la esperanza de que su ka-lyrra se acordara de que él no era como su reina. De que los Tuatha de Danaan eran tan distintos los unos de los otros como los humanos.

    Finalmente la reina se volvió de nuevo hacia él.

    —Darroc es un anciano del Gran Consejo. Uno de mis más acérrimos partidarios, de mis más firmes defensores.

    —¡Por el amor de Dios, todo eso no es más que pura fachada! ¿Es que nunca seréis capaz de ver a través de ella?

    —Él nunca ha salido de mi reino para jugar con los humanos.

    Neji se tragó la réplica mordaz que ya había acudido a sus labios —«No, él sólo juega con los cazadores»—, y guardó silencio.

    —Hace miles de años que forma parte de mi consejo.

    Neji tampoco abrió la boca. Ya le había dicho todo lo que tenía que decir; sabía que Mito entendía las ramificaciones de lo que acababa de revelarle. También sabía que le costaría mucho aceptar que uno de sus ancianos la había traicionado.

    —He prohibido a todas las criaturas visibles que hagan acudir a los invisibles por la razón que sea, bajo amenaza de una muerte sin alma.

    —Cielos —no pudo resistirse a decir secamente Neji —, ¿pensáis que a Darroc quizá se le haya olvidado?

    —¡No creo que haya olvidado el odio que os profesabais! —siseó la reina.

    Otro silencio. Mito ya no parecía estar tan furiosa con Neji, porque ahora podía dirigir su furia hacia otro mientras digería las noticias. Poco a poco, el aire ya no estaba tan frío como en los primeros instantes.

    —¿Y fue por esto por lo que hiciste que los Uchiha no celebraran el ritual de Lughnassadh que mantiene intactos los muros entre los reinos? ¿Asumiste el riesgo de que nuestros mundos llegaran a colisionar?

    —Sabía que era la única forma de que me escucharais. Para advertiros. Por mucho que mi reina hubiese decidido castigarme, no podía permitir que un enemigo la atacara sin hacer cuanto estaba en mi mano para protegerla. Siempre protegeré a mi reina. Incluso — añadió significativamente— cuando ella me ha despojado de mi poder para hacerlo. Además, intenté encontrar a Madara primero. Se me acaba de ocurrir que tal vez fuerais la razón por la que no pude llegar a dar con él.

    —Tal vez lo fui —admitió ella—. Puede que él y su familia hayan estado disfrutando de unas largas vacaciones en Morar.

    Neji sacudió la cabeza, al tiempo que curvaba los labios en una sonrisa sardónica.

    —Debería haberlo sabido.

    Ella lo miró fijamente un largo instante.

    —Necesito tener alguna prueba de esto. Tengo que verlo con mis propios ojos. He de transmitir al consejo una visión directa sin ninguna clase de intermediarios.

    Neji se encogió de hombros.

    —Usadme como cebo.

    —¿Y qué es lo que quieres a cambio?

    —Poder tener el honor de serviros —respondió él con astucia—. Aunque, también está la pequeña cuestión de devolverme la inmortalidad y todos los poderes de los que se me ha despojado.

    —Tienes pendiente una deuda conmigo. Estoy esperando.

    Neji sintió temblar un músculo en su mandíbula.

    —Lo dije en las catacumbas, unos instantes después de que me maldijerais.

    —Quiero volver a oírlo. Aquí. Ahora.

    Con una solemne inclinación de cabeza, dijo:

    —Ahora veo que quizá no hice bien al oponerme a vos ante la corte, mi reina. Admito que quizás habría sido más apropiado que hubiese dado alguna muestra de lealtad por mi parte. Sí, quizá debería haberme esforzado por encontrar alguna forma más apropiada de expresaros mis preocupaciones.

    —Y considérate afortunado de que yo me molestara en oírte. —Neji no dijo nada—. No creas que he pasado por alto, todos los «quizá» que hay en esa «disculpa». Aún no has admitido que cometiste una gran equivocación.

    —En aquel entonces creía que en vuestro consejo había quienes tenían ciertos motivos personales para recomendar el juicio de sangre. Me preocupaba que pudieran haber empezado a tramar algo contra vos. Parece ser que en eso no me equivoqué.

    Mito sonrió levemente.

    —Ah, Amadan, nunca cambiarás, ¿verdad? —Lo evaluó con la mirada—. Saldrás de las tierras protegidas. Volverás al lugar donde él te encontró por primera vez.

    —Sí, mi reina.

    —Se irán de aquí por la mañana, entonces.

    —Querréis decir que me iré de aquí —la corrigió él.

    —No me digas lo que quería decir. He dicho exactamente lo que pretendía. Tú y la sidhe-vidente.

    —Ya os he dicho que yo me encargaría de hacerlo salir de su escondite. Sakura no...

    —¿Sakura? Bonito nombre. Se diría que le has cogido mucho cariño a tu humana. No pensarás ponerte a discutir conmigo, ¿verdad? ¿O es que quieres volver a poner a prueba mi paciencia, cuando aún he de limpiar todos los estropicios que has causado con tu última travesura?

    Neji se había quedado en silencio, y cuando volvió a hablar se esforzó por hacer que su voz sonara lo más desapasionada posible.

    —Cuando la sidhe-vidente —empezó a decir— accedió a actuar como mi intermediaria y ayudarme a encontrar alguna manera de contactar con vos, a cambio yo le prometí que no volvería a correr ningún peligro. Sakura ha arriesgado su vida para ayudarnos, a nosotros que durante tanto tiempo cazamos a su gente. Su ayuda ha contribuido enormemente a preservar vuestro reino y la seguridad de todos los reinos. Le prometí que cuando todo estuviese hecho la dejaríamos en su propio mundo, viva e ilesa, libre de cualquier persecución por parte de los Tuatha de Danaan, y que haríamos que tanto ella como las personas a las que quiere estuvieran a salvo en el futuro.

    —Grandes promesas para una criatura mágica tan desprovista de poderes.

    —¿Me estáis llamando mentiroso?

    —Eso ya lo haces tú lo bastante a menudo.

    Neji se encrespó. No había ninguna necesidad de que su reina dijera eso delante de Sakura.

    El silencio se prolongó. Finalmente Mito suspiró con un suave tintineo de campanillas de plata.

    —Revela a ese traidor para que pueda ocuparme de él y yo respetaré la promesa que le hiciste a la humana, pero te lo advierto, Amadan: no prometas nada más.

    —Entonces estáis de acuerdo en que ella debería quedarse aquí. En las tierras de los Uchiha.

    —He dicho que respetaría la promesa que le hiciste. Pero ella irá contigo. Darroc podría extrañarse ante su ausencia, y entonces seguramente optaría por no hacer nada que pudiese delatarlo. Si me ha traicionado, quiero pruebas y las quiero ahora. Antes de que Darroc haga lo que tiene planeado y quienes forman mi corte piensen que pueden ir contra su reina. —Dio un paso adelante entre un remolino de radiante claridad—. Estaré observando. Haz que Darroc caiga en la trampa y vendré. Muéstrame a mi anciano acompañado por unos cuantos cazadores y te devolveré todos tus poderes. Y luego dejaré que seas tú quien decida su destino. Eso te gustaría, ¿verdad?

    Neji bajó la cabeza en un rígido asentimiento.

    Un torrente de sonido fluyó de los labios de la reina cuando habló en la lengua de los Tuatha de Danaan. Sakura se estremeció intensamente junto a Neji.

    —No dejarás de llevar el féth fiada hasta que lo hayas hecho, Amadan.

    —Por todos los infiernos —masculló Neji en un tono salvaje—. Odio ser invisible.

    —Y, Uchiha —dijo Mito en una voz como un trueno repentino al tiempo que alzaba la mirada hacia la balaustrada—, os aconsejo que de ahora en adelante no intentéis alterar el curso de mis maldiciones. Celebrad el ritual de Lughnassadh ahora o mi ira caerá sobre vosotros.

    —Sí, reina Mito —replicaron a coro Utakata e Izuna, mientras salían de detrás de las columnas de piedra que enmarcaban la escalera.

    Neji sonrió levemente. Debió saber que ningún highlander huiría, sólo se retiraría a una posición más elevada —se echaría al monte, por así decirlo— donde esperaría, preparado y en silencio, por si había que combatir.

    Sakura se relajó junto a él con un pequeño suspiro.

    La reina se había ido.
     
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    [EL HIGHLANDER INMORTAL]║ADAPTACION]
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    25
     
    Palabras:
    4159
    EL HIGHLANDER INMORTAL
    Disclaimer: Esta historia no me pertenece es una adaptación para el fandom Naruto, sin fines de lucro o ganar algo no quiero enriquecerme con esta adaptación, me encanta escribir aprender más, y entretener al fandom, perdón por la faltas ortográficas que encuentren <3


    EL HIGHLANDER OSCURO © Karen M. Moning.
    NARUTO © M. Kishimoto
    ADAPTACIÓN © Quem
    CAPITULO 22

    A primera hora de la mañana siguiente, Sakura y Neji hicieron el equipaje para irse del castillo Uchiha y coger un vuelo de regreso a Estados Unidos.

    Como Neji volvía a ser invisible, viajarían sin ser percibidos por los sentidos humanos y Sakura se sorprendió al reparar en que casi tenía ganas de hacerlo. Estar oculta por el féth fiada le hacía sentir cierta intrigante impunidad. También estaba el hecho de que eso significaba que no habría ni un solo instante en el que no se tocaran, y Sakura simplemente nunca se cansaba de tocar a Neji.

    Inmediatamente después de la partida de la reina, Utakata e Izuna habían vuelto a celebrar el ritual de Lughnassadh. Una vez que los muros quedaron reforzados de nuevo, se sentaron con Neji y repasaron los acontecimientos de la tarde, acompañados por Sakura en calidad de intermediaria para Neji.

    La había sorprendido lo mucho que se emocionaron Hotaru y Sakurasou cuando tuvieron ocasión de ver —más o menos, también con el rabillo del ojo— a la reina de los Tuatha de Danaan. Al parecer Hotaru se había sentido bastante estafada aquella vez en que Utakata pudo ver a la reina y luego no le hizo un relato completo del encuentro.

    La reacción de Sakurasou y Hotaru —que no fue de miedo sino de interés y curiosidad—había servido para solidificar la nueva manera de ver las cosas que había desarrollado Sakura. Sí, los Tuatha de Danaan (como los llamaba ahora) eran distintos y venían de otro mundo, pero no eran las criaturas sin corazón y carentes de emociones que se le había enseñado a creer.

    Tal como había dicho Sakurasou, eran otra raza, una raza enormemente avanzada. Y aunque lo inexplicable podía ser aterrador, conocerlo ayudaba mucho a mitigar tus temores.

    Para que pudiera dar otro paso por ese camino, la noche anterior los Uchiha la habían llevado, seguida por el nuevamente invisible Neji, al otro castillo Uchiha, donde vivían Daisuke y Maggie Uchiha, y una vez allí le enseñaron la cámara subterránea de la biblioteca que contenía toda la antigua sabiduría druídica, que se remontaba hasta la fecha en que se empezó a negociar El Pacto.

    Sakura pudo llegar a ver el tratado entre las razas, grabado sobre una lámina de oro puro y escrito en una lengua que ningún estudioso del presente podría identificar. Neji le había traducido unos cuantos pasajes, poniendo especial énfasis en la parte que hablaba de las sidhe-videntes: allí se decía que «aquellas que ven a la raza de los fae pertenecen a los fae», pero no había que matarlas o esclavizarlas sino dejar que vivieran en paz y lo más cómodamente posible en cualquier reino de los fae que eligieran, donde todos sus deseos serían satisfechos, excepto, por supuesto, el de recobrar la libertad. «Ya te dije que no les hacíamos ningún daño», le recordó Neji.

    En el trayecto de vuelta al castillo de Utakata e Izuna, mientras Sakurasou y Hotaru volvían a hablar de la reina, Neji insistió en que Sakura les transmitiera lo enfadado que estaba con ellos por haber salido a través de la puerta principal para luego rodear el castillo y volver a entrar por la puerta de atrás.

    —Te dije que esperábamos que nos cubrieras las espaldas si llegaba a ser necesario —le recordó Izuna a través de ella—. También te dije que te las cubriríamos.

    Y cuando Sakura le transmitió aquellas palabras, vislumbró en la clara mirada de Neji un destello de emoción que por un instante hizo que sintiera un nudo en la garganta.

    ¿Cómo había podido pensar que Neji Hyūga no sentía ninguna clase de emoción? Hasta la reina las había mostrado. El que los Tuatha de Danaan fueran incapaces de sentir emociones era una falacia propagada por los libros de la familia Haruno que Sakura se apresuraría a enmendar. Junto con muchísimas otras.

    Aun así, entendía cómo sus antepasadas podían estar tan equivocadas. Si hubiera tenido que guiarse sólo por la apariencia de la reina Mito, o de los cazadores, o incluso de Neji, sin llegar a mantener ningún tipo de relación con ellos, sin llegar a entender tantas cosas acerca del mundo de los Tuatha de Danaan, Sakura habría pensado exactamente lo mismo.

    Pero ahora sabía mucho más que antes. Había pasado otra tórrida, deliciosa y decadente noche en brazos de Neji.

    Él era la clase de amante que Sakura nunca había imaginado pudiera existir, ni siquiera en sus más locas fantasías. Y había tenido algunas francamente locas.

    Neji era inagotable, alternativamente tierno y ferozmente apasionado, y tan pronto se ponía a jugar en la cama como la miraba a los ojos con una terrible intensidad. Hacía que una mujer sintiese como si no existiera nada aparte de ella, como si el mundo entero se hubiera esfumado de pronto y no existiera nada más acuciante que el próximo jadeo de placer que se le escaparía, su próxima sonrisa, el próximo beso que se darían.

    Neji aún no había dicho una sola palabra acerca de sentimientos o futuro. Ella tampoco.

    Aunque la misma reina les había garantizado que después de todo aquello no correría ningún peligro, Sakura no era capaz de ver más allá de su encuentro con Darroc. Sabía que no podría respirar tranquila hasta que ese encuentro se produjese.

    Entonces afrontaría el futuro que la esperaba.

    Entonces intentaría decidir —siempre que estuviese en su mano tomar alguna clase de decisión al respecto y que Neji no se limitara a abandonarla en cuanto fuese de nuevo todopoderoso— qué podía hacer para que un mortal y un inmortal llegaran a tener alguna clase de vida juntos.

    —Prométeme que volverás. Lo digo en serio, y no tardes mucho —le rogó Sakurasou con un fuerte abrazo—. Y en cuanto aparezca Darroc y todo esto haya terminado, tienes que llamarnos para ponernos al corriente. No estaremos tranquilos hasta que hayamos tenido noticias, tuyas. ¿Lo prometes?

    Sakura asintió con la cabeza.

    —Lo prometo.

    —Y tráete a Neji —dijo Sakurasou.

    Sakura miró a su alto y oscuro príncipe. El día había amanecido envuelto en una espesa niebla blanca, y aunque ya habían dado las diez de la mañana, el sol aún no había disipado ninguna parte de ella. ¿Y cómo hubiese podido hacerlo? Si había un sol en algún punto del cielo, Sakura ciertamente no podía verlo. El mundo había adquirido un sólido techo blanco por encima de sus cabezas. Más allá de Neji, que la esperaba a un par de metros de allí, cerca del coche de alquiler en el que habían llegado al castillo, se alzaba un muro de blancura.

    Neji. Sakura lo miró con ojos llenos de amor. Hoy llevaba unos pantalones de cuero negro, un jersey de pescador irlandés color crema, y aquellas botas Gucci con hebillas y cadenitas de plata que resultaban tan sexys. Su larga y sedosa cabellera negra le llegaba hasta la cintura, y la sombra de una barba espolvoreaba su rostro delicadamente cincelado. El oro de la realeza relucía en torno a su cuello.

    Era impresionantemente hermoso.

    Volvió la mirada hacia Sakurasou y se horrorizó al sentir el primer escozor de las lágrimas que amenazaban con empezar a manar de sus ojos.

    —Si él aún está presente en mi vida, lo traeré conmigo —murmuró.

    Sakurasou soltó un bufido y ella y Hotaru se miraron.

    —Oh, nos parece que él aún estará presente en tu vida, Sakura.

    Las defensas que tanto le había costado levantar alrededor de ese tema se estremecieron sobre sus cimientos. Sakura se envaró mentalmente, porque sabía que si no tenía mucho, mucho cuidado, podía acabar en la unidad de cuidados intensivos emocionales. Si se permitía sentir aunque sólo fuese el más insignificante de los muchos miedos que reprimía, todos ellos quedarían en libertad. Y cualquiera sabía lo que sería capaz de llegar a hacer o decir entonces: el Incidente de los Plátanos, por poner un ejemplo. La emoción le hacía cosas impredecibles a su lengua. Cosas muy, muy malas.

    Pese a su firme resolución de mantener a raya sus temores, Sakura se oyó decir de manera quejumbrosa:

    —Pero ¿cómo? Por el amor de Dios, va a ser inmor...

    —Para —la cortó Hotaru con firmeza—. Voy a compartir contigo —dijo con una mirada a Sakurasou— algo que una mujer muy sabia me dijo en cierta ocasión. A veces has de tener fe en que todo terminará bien. Es como dar un salto sin red, ¿comprendes? No mires abajo y hazlo.

    —Estupendo —masculló Sakura—. Sencillamente estupendo. ¿Por qué siempre es a mí a la que le toca saltar?

    —No sé por qué —dijo Sakurasou lentamente—, pero me parece que en este caso, Sakura, no serás la única que lo hará.

    .

    .

    .​

    —Tuerce a la izquierda —la guió Neji.

    —¿A la izquierda? ¿Cómo puedes ver que hay una izquierda en este puré de guisantes? —dijo Sakura irritada. Apenas podía ver más allá de tres metros del capó del monovolumen en el que viajaban Pero no era sólo la niebla lo que la ponía de mal humor; cuanto más se alejaban del castillo Uchiha, más vulnerable se sentía. Como si el capítulo más magnífico en el Libro de la Vida de Sakura Haruno se aproximara a su fin, y estuviese segura de que lo que encontraría al pasar la página no iba a ser de su agrado.

    Ahora entendía por qué su amiga Ayamé, con esa mente tan analítica que tenía, prefería mantenerse alejada de las novelas de misterio, los thrillers psicológicos y los cuentos de terror, y sólo leía novelas románticas. Porque, por Dios, cuando una mujer cogía uno de esos libros llenos de pasiones y grandes amores, tenía una firme garantía de que al final habría un fueron-felices-y-comieron-perdices. De que, aunque el mundo que existía fuera de esas cubiertas pudiese llegar a depararte tanta pena, decepción y soledad, entre ellas el mundo era un lugar espléndido en el que estar.

    Miró a Neji con irritación. Él la estaba mirando. Fijamente.

    —¿Qué? —le espetó ella beligerantemente, sin ninguna intención de sonar combativa pero sin poder evitar sentirse guerrera hasta la médula.

    —No estarás enamorándote de mí, ¿verdad, irlandesa? —preguntó él dulcemente. Sakura se apresuró a fijar de nuevo la vista en la carretera, apretó la mandíbula y por unos instantes fue incapaz de hablar, el estómago súbitamente convertido en un complejo estofado de emociones, una auténtica olla a presión que amenazaba con estallar en cualquier momento. Masculló unas cuantas palabras selectas que habrían hecho estremecer a la abuela si las hubiese oído.

    —¿Por qué no dejas de preguntarme eso? —gruñó finalmente—. Estoy harta de que me lo preguntes. ¿Te lo pregunto yo? ¿Te he preguntado alguna vez eso? Es de lo más condescendiente por tu parte, como si me previnieras o algo por el estilo, como si dijeras: «No te enamores de mí, irlandesa, pobre mujercita indefensa», ¿ya qué viene esa dichosa coletilla de «irlandesa»? ¿Es que no puedes llamarme por mi nombre? ¿O se trata de uno de esos pequeños trucos para despersonalizar? ¿Se supone que te aleja un poco de la inmediatez del momento, y así no se me nota tanto que soy un ser humano con sentimientos? Pues a ver si te enteras, memo arrogante que siempre va por el mundo avasallando a los demás, no se te ocurra preguntarme nada porque puedes estar seguro de que no te contestaré, oh-príncipe-que-ahora-es- un-mero-mortal, porque cuando estudiaba en la universidad tuve que matricularme en unos cuantos cursos de psicología y entendí un par de cosas acerca de los hombres perfectamente aplicables a los que ni siquiera pertenecen a la especie humana, y si me estuviera enamorando de ti, lo que no es el caso, porque el enamorarse es una acción continuada, un acontecimiento que tiene lugar dentro del tiempo real, aquí y ahora...

    Se calló, porque estaba a punto de revelar demasiado. Se sentía demasiado herida, demasiado insegura de sí misma, de él, para seguir adelante con aquello... Inhaló. Se apartó las guedejas de la cara con un resoplido de irritación. Hubo unos largos instantes de silencio.

    —¿Por qué Morgana no quiso tomar el elixir de la inmortalidad? —preguntó Sakura al cabo—. Necesito que me respondas a esa pregunta.

    El silencio se prolongó. Sakura evitó mirar a Neji.

    —Porque la inmortalidad —dijo él finalmente, muy despacio, como si cada palabra le estuviera siendo arrancada de la boca por la fuerza y el pronunciarlas le doliese más de lo que Sakura nunca podría llegar a saber— y el alma son incompatibles. No puedes tener ambas cosas a la vez.

    Sakura dio un respingo y lo miró con horror.

    Él dejó caer el puño sobre la guantera. El plástico hizo explosión cuando su mano lo atravesó. La mitad de la puertecita quedó suspendida por un instante de una sola bisagra, y luego cayó al suelo. Neji curvó los labios en una sonrisa llena de amargura.

    —No es lo que esperabas oír, ¿eh?

    —¿Quieres decir que, si Morgana hubiese tomado el elixir, habría perdido su alma inmortal? —preguntó Sakura con un hilo de voz.

    —Y luego Darroc dice que los humanos son tontos —murmuró él con un oscuro sarcasmo.

    —Bueno, ejem..., pero..., no lo entiendo. ¿Cómo? ¿Es que una persona tiene que, digamos, devolver el alma?

    —Los humanos tienen un aura que envuelve sus cuerpos y que nosotros podemos ver —dijo él con voz cansada—. El alma inmortal los ilumina desde dentro, y hace que brillen con un resplandor dorado. Cuando un humano toma el elixir de la vida, su alma empieza a consumirse poco a poco hasta que al final no queda nada de ella.

    Sakura parpadeó.

    —¿Yo brillo con un resplandor dorado? ¿Quieres decir, en este momento, mientras estoy sentada aquí?

    Él rió amargamente.

    —Más intensamente que la mayoría de vosotros.

    —Oh. —Una pausa mientras Sakura intentaba poner un poco de orden en sus pensamientos—. Así que los humanos que toman ese elixir cambian, ¿no?

    —Ah, sí. Cambian.

    —Ya veo. —La falta de inflexión que había percibido en la voz de él cuando le respondió la puso bastante nerviosa. De pronto no tuvo ningún deseo de saber cómo cambiaban exactamente los humanos que tomaban el elixir de la inmortalidad. Sospechaba que la respuesta no iba a ser de su agrado—. Eso significa que los libros de nuestra familia no se equivocaban al decir que los Tuatha de Danaan no tienen alma, ¿verdad?

    —Vuestros libros estaban en lo cierto acerca de muchas cosas —dijo él fríamente—. Eso tú ya lo sabes, Sakura. Lo sabías cuando me tomaste como amante, pero aun así me aceptaste de todas maneras.

    —¿De verdad no tienes alma? —De todo lo que le había contado él, aquello era lo que le resultaba más incomprensible. ¿Cómo podía ser que él no tuviese alma? Ahora que por fin lo conocía, Sakura no conseguía convencer a su cerebro de que tenía que haber alguna forma de salvar ese pequeño obstáculo. Las cosas que no tenían alma eran..., bueno, malvadas, ¿no? Neji no era malvado. Era un buen hombre. Mejor que la mayoría, si es que no todos, los hombres que ella había conocido hasta entonces.

    —Ni pizca. No hay alma, Sakura. Soy Neji Hyūga, una mortífera criatura mágica de ojos iridiscentes que no tiene alma.

    Ay, ella le había dicho esas mismas palabras en una ocasión. Parecía como si hiciera toda una vida de eso.

    Sakura mantuvo los ojos clavados en la niebla y siguió conduciendo en piloto automático.

    Había empezado a creer que los Tuatha de Danaan tal vez no fueran tan distintos de los humanos, sólo para descubrir que sí lo eran, y al final no pudo contenerse. Tenía que saber en qué consistía exactamente esa diferencia. Necesitaba tener muy claro con qué se las tendría que ver.

    —¿Y corazón? ¿Los Tuatha de Danaan tienen corazón?

    —Los Tuatha de Danaan no tenemos ningún equivalente fisiológico de ese órgano humano —repuso Neji con voz aburrida.

    —¡Oh! —Cuando descubrió lo errónea que era una gran parte de la sabiduría de los Haruno, Sakura prácticamente había rehusado a ella, junto con sus numerosas ideas preconcebidas. Pero algunas partes de esa sabiduría no estaban tan equivocadas después de todo. Y eran unas partes muy importantes.

    Más conducir.

    Más silencio.

    «No estarás enamorándote de mí, ¿verdad, irlandesa?», había dicho él. Y Sakura había sentido como si las alarmas de todos los sistemas de seguridad empezaran a sonar dentro de ella, porque el problema era precisamente ése. No se estaba enamorando de él. Ya se había enamorado. En pretérito, y en su caso el pretérito no podía ser más pretérito. Estaba locamente enamorada de Neji Hyūga. Ya había empezado a edificar un futuro de ensueño para ellos dentro de su cabeza, y ahora su mente se dedicaba a embellecerlo con los más minúsculos y tiernos detalles.

    Sakurasou y Hotaru no se habían equivocado, y la misma Sakura lo sabía, incluso entonces. Sólo que no había querido admitirlo. Igual que no había querido admitir que la razón por la que necesitaba saber por qué Morgana rechazó el elixir de la inmortalidad era que tenía la secreta esperanza de que Neji se enamoraría de ella, también, podría hacerla inmortal y así se amarían el uno al otro hasta el fin de los tiempos. Podrían tener un fueron-felices-y-comieron-perdices eterno.

    Pero no era idiota. Desde que él le dijo que Morgana rechazó la posibilidad de vivir para siempre, Sakura supo que debía haber alguna cláusula oculta. Sólo que ignoraba lo enormes que podían ser las dimensiones de esa cláusula oculta.

    «La inmortalidad y el alma son incompatibles.»

    Sakura nunca se había considerado una persona particularmente religiosa, pero aun así era profundamente espiritual, y el alma era, bueno..., la esencia sagrada de una persona, la impronta del yo, la fuente de tu capacidad para el bien, para amar. Era lo que renacía una y otra vez mientras intentabas evolucionar. Un alma era esa pequeña parte de lo divino que llevabas en tu interior, el hálito de Dios.

    Y ese elixir de la vida inmortal del que hablaba él apestaba a connotaciones fáusticas: «Anda, bebe esto y podrás vivir para siempre, sólo con que pagues el pequeño precio de renunciar a tu alma inmortal.» Sakura casi podía oler el áspero olor a azufre de los fuegos del infierno. Oía el crujir de contratos diabólicos escritos sobre gruesos pergaminos amarilleados por el paso del tiempo, y firmados con sangre. Sentía la brisa que anunciaba la llegada de los cazadores alados cuando venían a cobrar.

    Se estremeció. Sakura no se tenía por una persona supersticiosa, pero aun así aquello la afectaba a un nivel visceral. Hacía que se le helara la sangre en las venas.

    Una risita llena de amargura le recordó que tenía a Neji sentado junto a ella.

    —¿No estás interesada en vivir para siempre, Sakura? ¿No te gustan los términos del contrato?

    Oh, ese tono no se parecía a ninguno de los que le había oído emplear nunca. Perverso, cínico, lleno de burlona maldad. Era justo el tipo de voz que podías esperar del más oscuro de los fae.

    Sakura lo miró y tragó aire con un jadeo entrecortado.

    Neji tenía una apariencia absolutamente demoníaca, sus plateados ojos insondables, antiguos, fríos. Las ventanas de la nariz dilatadas, los labios fruncidos en algo que sólo un idiota podría llamar sonrisa. En ese instante, todo él era un inhumano príncipe mágico, peligroso y ultraterreno. Ése, comprendió Sakura, era el rostro del sin siriche du venido de otro mundo; el rostro que sus ancestros habían vislumbrado en los campos de batalla hacía muchos siglos, mientras él contemplaba la brutal carnicería con una sonrisa en los labios.

    —No pienses eso —le dijo él, y aquella voz tan profunda que hablaba con un extraño acento rezumaba sarcasmo.

    Una docena de pensamientos distintos colisionaron en la mente de Sakura y se debatió mentalmente, en un desesperado intento por decidir hacia dónde debía dirigir el curso de aquella conversación que había empezado tan inocuamente, sólo para convertirse en un lodazal.

    Neji parecía tan remoto, tan alejado de todo, como si nada pudiera tocarlo, como si nada de lo que ella pudiera llegar a decir tuviese importancia. Y una pequeña duda empezó a roerla por dentro: ¿sería así, entonces, como era él cuando asumía toda su esencia de Tuatha de Danaan?

    Sakura no se lo podía creer. Ella nunca creería eso. Lo conocía. Neji era un hombre bueno.

    «Salta, Sakura —susurró una voz interior—. Dile lo que sientes. Pon toda la carne en el asador.»

    Tragó saliva. Con mucha dificultad. Si Sakurasou y Hotaru hubieran estado allí, sabía que le habrían dado el mismo consejo. Ellas lo hicieron en el pasado, y no había más que ver adonde las había llevado eso. ¿Quién podía asegurar que no fuese a funcionar con ella?

    Sólo había una forma de averiguarlo. El que no arriesga no gana.

    Sakura inspiró profundamente para armarse de valor. «Te quiero», susurró dentro de su mente. No eran unas palabras con las que estuviera demasiado familiarizada, porque sólo se las había dicho a la abuela, y hacía mucho tiempo a sus padres, que luego se marcharon de casa. Se humedeció los labios.

    —Neji, yo...

    —Por todos los infiernos, ahórrame la sarta de excusas que te oiré gimotear —gruñó él—. No te he pedido que bebieras el maldito elixir, ¿verdad, irlandesa?

    Sakura sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y cerró la boca tan fuerte que oyó un seco chasquido de dientes. ¡Oh, no necesitaba ese recordatorio! Ya era demasiado consciente de ese hecho. Como también lo era de que él nunca había llegado a hablar de que pudieran tener alguna clase de futuro juntos. No le había oído decir ni una palabra que dejara traslucir un grado de compromiso o emoción. Oh, hubo palabras dulces en la cama, incluso fuera de ella, pero ninguna de esas cosas con las que una mujer sintonizaba enseguida, esas frases aparentemente dichas por casualidad que daban a entender que habría un mañana y una docena de mañanas más después de ésa. Ninguna mención de unas vacaciones, o de un lugar o una cosa que a él le gustaría ver. No hubo ninguna de esas palabras sutiles que en realidad eran otros tantos sutiles juramentos, un modo de saber si el agua estaba demasiado caliente con el que buscabas obtener una respuesta parecida.

    Ni una sola.

    La declaración que iba a hacer se le quedó atascada en la garganta. Y de pronto Sakura no pudo respirar, no pudo aguantar un solo instante más sentada en el coche junto a él.

    Pisó el freno, puso el motor en punto muerto y saltó a la carretera para echar a andar a ciegas mientras manoteaba furiosamente entre la niebla. El entorno reflejaba con demasiada precisión su paisaje interno: nada estaba claro, no podía ver a más de diez pasos enfrente de ella, no sabría volver al sitio en el que estaba hacía unos instantes. Detrás de ella, oyó cerrarse de golpe una puerta del coche.

    —¡Quieta, Sakura! Vuelve aquí —le ordenó con aspereza.

    —Déjame sola unos minutos, ¿de acuerdo?

    —Sakura, no estamos en las tierras de los Uchiha —atronó él—. Vuelve aquí ahora mismo.

    —¡Oh! —Sakura se detuvo y giró abruptamente. No había caído en eso. ¿Cuándo habían salido de las tierras de los Uchiha?

    —No —dijo una voz helada cuando Darroc surgió de la niebla entre ellos—, ya no estáis ahí, ¿verdad?

    Un segundo después Darroc ya se volvía hacia Neji, y Sakura oyó una rápida sucesión de estampidos. El anciano del Gran Consejo acababa de abrir fuego con una automática.

    Y Neji se dobló sobre sí mismo, con una sacudida espasmódica, mientras grandes manchas rojas crecían sobre aquel jersey de color crema, su oscura cabeza saltaba hacia atrás y extendía los brazos antes de caer de espaldas.

    Mirara donde mirase, Sakura vio cazadores que venían hacia ella.

    Sintió sus garras sobre la piel, sintió que un sollozo desgarrado se abría paso a través de su garganta.

    Y luego se desmayó.

    Ah, ka-lyrra, te miro y haces que quiera vivir la vida de un hombre contigo. Despertar contigo y dormir contigo, discutir contigo y hacer el amor contigo, encontrar algún ridículo trabajo humano y dar paseos por el parque y vivir tan diminuto bajo un cielo tan vasto. Pero nunca volveré a estar con otra mujer humana para verla morir. Nunca.

    De la (considerablemente revisada) edición negra del Libro del sin siriche du de la familia HARUNO

     
  4. Threadmarks: CAPITULO 23
     
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    [EL HIGHLANDER INMORTAL]║ADAPTACION]
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    25
     
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    EL HIGHLANDER INMORTAL
    Disclaimer: Esta historia no me pertenece es una adaptación para el fandom Naruto, sin fines de lucro o ganar algo no quiero enriquecerme con esta adaptación, me encanta escribir aprender más, y entretener al fandom, perdón por la faltas ortográficas que encuentren <3


    EL HIGHLANDER OSCURO © Karen M. Moning.
    NARUTO © M. Kishimoto
    ADAPTACIÓN © Quem​

    CAPITULO 23.

    Sakura subió la persiana de plástico en la ventanilla del avión y contempló el oscuro cielo nocturno.

    Como iba sola, y por lo tanto era visible, no había tenido más remedio que pagar un billete de avión, que cargó en su tarjeta de crédito. El único vuelo disponible era el nocturno, y ahora tenía por delante tres largas escalas que aguantar, en Edimburgo, Londres y Chicago.

    Cuando volvió en sí, estaba tendida en la carretera.

    Sola. Con una espantosa sensación de náuseas en la boca del estómago.

    Ver cómo el hombre al que amaba era brutalmente tiroteado había sido un auténtico infierno.

    Sakura oyó cómo las balas desgarraban el cuerpo de Neji con un sonido de trapos mojados que caen al suelo, vio brotar la sangre de las heridas, y —aunque eso podía no haber sido más que una ilusión cortesía de la reina, pensó mientras rezaba para que fuera así— la expresión de dolor y perplejidad en el rostro de él había sido asombrosa, horripilantemente real.

    Obligó a sus piernas desfallecidas a que la levantaran del suelo, se estremeció y miró frenéticamente a su alrededor en busca de alguien que pudiera explicarle que aquello no había ocurrido. Que la reina no había dejado morir a su Neji.

    Pero no había nadie para tranquilizarla. Sólo una espesa niebla que formaba espirales en el aire, y un tenso silencio.

    Aparentemente, el reino mágico ya no quería tener nada que ver con ella.

    Ni siquiera había una gota de sangre en alguna parte; ni el menor rastro de que alguien hubiera estado nunca en esa carretera aparte de ella.

    «¿Cómo —pensó enfurecida— es que ni siquiera tengo derecho a saber qué ha pasado? No me vengas con éstas, Mito. ¡Si piensas que me iré de aquí sin haber recibido alguna clase de explicación, no sabes lo equivocada que estás! ¿Dónde está Neji? ¿Qué ha pasado? ¡Quiero ver a Neji! ¡Al menos dime que se encuentra bien!»

    Pero irse de allí con paso cansino, o más bien tambaleándose y dando traspiés, fue exactamente lo que hizo al final.

    Durante un rato había perdido el control de sí misma. Sakura se enfureció y gritó hasta tener la garganta en carne viva, hasta que solo pudo emitir una especie de graznidos entrecortados. Fue de un lado a otro, dio vueltas y más vueltas por aquel tramo de carretera y pateó el asfalto hasta que ya no pudo mover las piernas, hasta que tuvo que apoyarse en el coche y finalmente, vencida por el agotamiento, se dejó resbalar lentamente hasta quedar sentada en el suelo.

    Permaneció inmóvil allí, temblando entre la fría niebla mientras el día se convertía en noche a su alrededor, y esperó.

    Absolutamente segura de que Neji se materializaría en cualquier instante, le dirigiría aquella sonrisa tan sexy, le diría que ya no tenía ninguna herida, y luego daría por terminada aquella horrible, estúpida conversación que habían estado manteniendo.

    Ella le diría que lo amaba. Y sería como si no hubiera pasado nada. Sí, él no tenía alma y carecía de corazón. Sí, pertenecía a otra raza con una fisiología completamente distinta a la humana. Sí, ella nunca podría llegar a ser inmortal. ¿Y qué?

    Se conformaría con lo mismo que le había bastado a Morgana: una vida al lado de Neji. Con lo que pudiera llegar a tener de él, fuera lo que fuese. Podían hacer que saliera bien, ella sabía que eran capaces de hacerlo. No sería como su fantasía idealizada de la adolescencia, pero bastaría. Siempre sería mejor que no tener absolutamente nada de él.

    Catorce horas después Sakura ya se había resignado a la idea de que no podía quedarse sentada para siempre en el centro de la carretera. Tenía frío y hambre, le dolían todos los músculos a causa de la inmovilidad, y necesitaba desesperadamente ir al cuarto de baño.

    También era consciente de que si se quedaba sentada allí, sola en la oscuridad, iría enloqueciendo poco a poco mientras se imaginaba toda clase de cosas.

    La reina no habría permitido que Neji muriese. Por muy implacable que pudiera ser Mito, nunca llegaría al extremo de sacrificar a uno de los suyos. Sí, seguramente la reina habría usado su magia para llevar a Neji a algún otro lugar donde lo curaría. Seguramente hizo honor a su palabra y le había devuelto sus poderes.

    Pero todos esos «seguramente» no eran demasiado reconfortantes, porque si Neji se encontraba bien y había recuperado sus poderes, entonces ¿dónde estaba?

    Porque si se encontraba bien, ¿cómo podía haberla dejado sentada allí en el centro de la carretera, sin ninguna respuesta, por muy acalorada que hubiera llegado a ser la discusión en que se enzarzaron?

    A menos que, a menos que, a menos que...

    ¡Oh, malditos «a menos que»!

    A menos que ella nunca le hubiera importado en absoluto.

    A menos que para él todo aquello fuese sólo una mera diversión. A menos que ella no fuese más que un medio para alcanzar un fin.

    No. Sakura se negaba a pensar eso. Igual que se negaba a creer que él hubiera muerto.

    —Neji está bien —se dijo—. Y va a volver. En cualquier instante.

    Cualquier instante se convirtió en cualquier día que se convirtió en cualquier semana.

    Pasaba el tiempo, y Sakura hacía como que no se daba cuenta.

    Hacía lo que tenía que hacer como si todo aquello no fuese con ella, vacía de pasión, una autómata.

    Aunque, cuando volvió a casa, una parte de ella sólo quería atrincherarse en el dormitorio y esconderse, hacerse un ovillo en la cama con la cabeza debajo de la colcha, había una parte más grande que abrigaba un odio visceral hacia los que no sabían seguir adelante cuando las cosas se ponían feas, las personas que se daban por vencidas y echaban a correr. Ella nunca se permitiría hacer eso. Así que a la mañana siguiente fue a trabajar a Little & Onomichi y se comportó como si nunca se hubiera ido.

    Y tal como se imaginaba, nadie se había tomado la molestia de vaciar su escritorio. Las pilas de casos amontonados de cualquier manera seguían igual. Quitarlas de allí hubiese requerido su tiempo, y todos los estudiantes que hacían prácticas en Little & Onomichi andaban sobrecargados de trabajo. Además, quien fuese lo bastante idiota para vaciar el escritorio de otra persona acababa teniendo que apechugar con los casos que esa persona había dejado pendientes.

    No, su escritorio habría permanecido intacto hasta que algún litigante telefonease para que le explicaran por qué su caso aún no había llegado a los tribunales, o hasta que se declarase algún incendio.

    Sin decir una palabra a nadie, Sakura entró, dejó su expresso doble sobre la mesa, tomó asiento y se puso a trabajar en los arbitrajes. Como una autómata. Con una rápida eficiencia. Negándose a pensar en nada que no fuera el caso que tenía delante. Abstrayéndose en su trabajo. En las personas inocentes que necesitaban que ella las ayudara con sus conocimientos legales.

    Y cuando Hassaku Onomichi fue hacia su escritorio, el rostro enrojecido y la voz entrecortada, para exigir saber dónde demonios se había metido —,¿y era lo bastante imbécil para pensar que aún tenía su empleo después de haber desaparecido de aquella forma?—, Sakura se limitó a mirarlo fríamente y dijo: « ¿Cuánto hace que no le ha echado un vistazo a mi porcentaje de casos ganados? ¿Quiere despedirme? Perfecto. Despídame. Diga la palabra.»

    Hacía casi un mes de su pequeña confrontación y él seguía sin decir «la palabra». Y ella sabía que nunca la diría.

    Curioso, estaba completamente muerta por dentro, y sin embargo ayer mismo Hassaku había comentado lo «equilibrada» que se la veía. Le había dicho que tenía un aspecto magnífico, y no sabía de dónde habría sacado esa nueva confianza en sí misma, pero que le sentaba muy bien. «Tu sigue así, Sakura —añadió—. Estás impresionante, créeme.»

    Ella sonrió levemente, amargamente divertida por la ironía de todo aquello: cómo el que todo te importase una mierda hacía que parecieses estar muy segura de ti misma. Se le ocurrió que quizá debería intentar conseguir otra entrevista laboral con TT&T. Pero no lo hizo, porque el cambio era algo a lo que no se veía capaz de hacer frente en esos momentos.

    Además, en Little & Onomichi había desarrollado una rutina que la mantenía agradablemente insensible.

    Y si, en algún momento, un artero recuerdo de un príncipe mágico asombrosamente hermoso tumbado sobre los archivadores de su cubículo conseguía infiltrarse a través de las defensas que ella había levantado con tanto cuidado, Sakura lo aplastaba inmediatamente.

    Terminó de preparar otro caso y lo archivó. Pidió que le dieran más trabajo. Se convirtió en una auténtica máquina de arbitrar.

    Se abría paso a través de los días, algo para lo que sólo necesitaba fingir que no estaban hechos de cemento mojado y ella no calzaba botas de plomo. Fingía que cada paso no requería un esfuerzo hercúleo. Fingía que no necesitaba recurrir a toda su fuerza de voluntad sólo para obligarse a comer, darse una ducha, vestirse cada día.

    Perdió peso y, en un desesperado esfuerzo por matar ese tiempo que de otro modo podría haberse visto tentada de invertir en pensar (nada de ponerse a pensar, no, ni aunque sólo fuese por un segundo), utilizó una pequeña parte de ese repentinamente superfluo fondo de reserva que tenía para-huir-de-las-criaturas-mágicas en renovar su vestuario. Fue a comprar ropa nueva. Mandó cortarse el pelo y hacerse otro peinado que resultaba mucho más sexy.

    Una parte de ella sabía que lo único que hacía con eso era posponer lo inevitable, y que tarde o temprano tendría que suceder.

    Sabía que llegaría el momento en que debería afrontar uno de dos hechos ineludibles.

    A) La reina había dejado morir a Neji.

    B) Neji la había utilizado.

    En resumidas cuentas, Sakura tenía intención de retrasar al máximo el momento en que se vería obligada a aceptar una de esas terribles opciones.
     
  5. Threadmarks: CAPITULO 24
     
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    EL HIGHLANDER OSCURO © Karen M. Moning.
    NARUTO © M. Kishimoto
    ADAPTACIÓN © Quem

    Neji estaba de un humor de perros.

    La reina no sólo había permitido que le dispararan —y él había padecido toda la terrible agonía que eso conllevaba, la mordedura de todas y cada una de las balas—, sino que luego se lo llevó del reino humano, lo transportó al reino de los fae para alojarlo nada menos que en las cámaras del Gran Consejo de los Tuatha de Danaan, lo curó pero no le devolvió sus poderes, y luego lo dejó confinado en aquellas cámaras hasta su regreso.

    Y cuando por fin regresó —después de tener que esperar lo que le pareció un eón—, Neji se vio obligado a asistir a toda la maldita vista, donde tuvo que testificar sobre cuanto había visto y todo lo que había hecho Darroc, responder a un sinfín de preguntas ridículas, mientras hervía de impaciencia por volver con Sakura y hacer lo que ahora comprendía que era preciso hacer.

    —Por todos los infiernos —siseó—, ¿es que todavía no hemos terminado?

    Las cabezas de ocho miembros del Gran Consejo se volvieron hacia él para contemplarlo con indignación.

    El consejo no permitía que nadie hablase fuera del turno de palabra que le correspondía. Hacerlo constituía un insulto mayúsculo, una imperdonable infracción de la etiqueta cortesana.

    Al diablo con el consejo. Al diablo con la etiqueta cortesana. Él tenía asuntos que atender. Asuntos urgentes. No podía perder el tiempo con todas aquellas memeces cortesanas.

    Neji miró a Mito sin molestarse en ocultar su irritación.

    —Dijisteis que podría decidir cuál iba a ser el castigo que se le impondría a Darroc y que me devolveríais mis poderes. Bueno, pues hacedlo de una vez. Devolvédmelos.

    —Hablas con la impaciencia de un mortal —dijo Mito fríamente.

    —Tal vez sea —gruñó él— porque me encuentro atrapado en una forma mortal. Haced que vuelva a ser el de siempre.

    Mito arqueó una delicada ceja y se encogió de hombros. Luego habló suavemente en un rápido torrente de palabras Tuatha de Danaan.

    Y Neji suspiró de placer cuando se sintió cambiar. Para volver a ser el mismo de siempre.

    Inmortalidad. Invencibilidad.

    Un auténtico semidiós.

    El poder palpitó a través de sus..., bueno, ya no tenía venas. Pero ¿quién necesitaba venas cuando había todo ese espléndido, glorioso y embriagador poder acumulado en el núcleo de su ser? Energía, proezas, calor, fortaleza. Todas las posibilidades del universo en la punta de los dedos.

    Y maldita fuese, te hacía sentir bien. Neji se sentía estupendamente. La forma Tuatha de Danaan no conocía los dolores o los malestares. No había debilidad, hambre, cansancio, necesidad de comer o beber o de ir a orinar.

    Poder absoluto.

    Control absoluto.

    El mundo de nuevo a su disposición, de nuevo su juguete favorito.

    —Ya puedes proclamar la sentencia, Neji —dijo Mito.

    Neji reflexionó en silencio.

    Mito susurró una orden y la Espada de Luz, el arma consagrada capaz de matar a un inmortal, la hoja con la que Neji infligió aquella cicatriz a Darroc hacía ya tanto tiempo, apareció súbitamente en su mano.

    Y al verla supo que la reina esperaba que él exigiese la inmediata muerte sin alma de Darroc. Era lo que él, también, había creído que iba a reclamar.

    Pero de pronto eso le pareció demasiado misericordioso. El muy bastardo había intentado matar a su pequeña ka-lyrra, extinguir la vida de su apasionada, sensual y vibrante Sakura.

    —Hazlo —gruñó Darroc sin apartar la mirada de él—. Termina de una vez con esto.

    —Tú te mereces algo mucho peor que una muerte sin alma administrada por el filo de esta espada, Darroc.

    Darroc soltó un bufido.

    —Vives como una bestia encerrada en una jaula, y ya ni siquiera ves los barrotes.

    —Yo sólo intentaba liberarte, liberarnos a todos.

    —Y esclavizar a la raza humana.

    —Los humanos han nacido para ser esclavizados. Lo llevan en su ser. Débiles e insignificantes criaturas...

    Y ahí estaba, comprendió Neji con una leve sonrisa, precisamente la sentencia con la que tendría que cargar el arrogante anciano.

    —Hacedlo humano, mi reina. Condenadlo a morir en el reino de los humanos.

    La reina rió suavemente.

    —Bien dicho, Neji; nos sentimos muy complacidos. Es justo y apropiado.

    —No podéis hacerme esto —se enfureció Darroc—. ¡No viviré como uno de ellos! ¡Mejor matadme ahora!

    La sonrisa de Neji se intensificó.

    Mito avanzó, habló en la antigua lengua y luego giró en rápidos círculos alrededor del anciano, cada vez más deprisa, hasta que lo único que quedó de ella fue un radiante torbellino que daba vueltas sobre el suelo de la cámara.

    La luz se volvió cegadoramente intensa, y Darroc y la reina reaparecieron.

    Neji contempló con curiosidad a su antigua némesis. Había algo... diferente en él. Algo en la nueva apariencia humana de Darroc hacía que no acabara de ser como la que se le otorgó a él. Pero ¿qué? Neji se frotó la mandíbula pensativamente y sometió al ex anciano a un prolongado escrutinio.

    Alto, robusto, hermoso como todos los fae. Rostro aristocrático de facciones delicadamente esculpidas fruncidas en una mueca de desdén. Ojos del color del cobre que brillaban de rabia... ¡ah, sus ojos! Eran los ojos de un humano, sin ninguna iridiscencia ultraterrena, o intensas chispas doradas ardiendo en ellos.

    Y aunque Darroc aún podía presumir del tipo de belleza exótica y asombrosamente masculina que rara vez llegabas a ver en el reino de los humanos (y que, en el caso de existir, habitualmente quedaba inmortalizada en el escenario o en la pantalla), ya no había ni rastro de esa extraña cualidad ultraterrena que Neji nunca llegó a perder. Con todo y la inefable sensación de antigüedad que emanaba de él, no habría ningún sitio donde Darroc no pudiera pasar por humano.

    —No lo entiendo —murmuró Neji—. Se lo ve distinto a como era yo.

    —Pues claro —dijo Mito—. Ahora es humano.

    —Sí, pero yo también lo era.

    La reina rió, un delicado sonido de campanillas de plata.

    —No, no lo eras.

    Neji parpadeó.

    —Sí que lo era. Vos misma me hicisteis humano.

    —Nunca fuiste humano, Neji. Siempre fuiste Tuatha de Danaan. Me limité a jugar un poco con tu forma, porque quería que estuvieras lo más cerca posible de ser un humano sin tener que llegar a transformarte en uno de ellos. Alteré tus sentidos para que no fuesen tan agudos, te hice creer que eras mortal. Tú mismo habías disminuido tu esencia cuando curaste al highlander. Pero nunca fuiste humano. Ésa es la única forma que no me está permitido deshacer. Una vez que le he otorgado la forma humana a un Tuatha de Danaan, el cambio es irreversible. Lo que le he hecho a Darroc nunca podrá ser enmendado. Nada ni nadie en todos los reinos podrá evitar que muera, humano y sin alma. Un año, cincuenta años, ¿quién sabe? Morirá.

    —Pero yo experimentaba sentimientos humanos —protestó Neji.

    —Imposible —dijo Mito secamente.

    Neji frunció el entrecejo, lleno de confusión. Pero él los había sentido. Había sentido dolor en el pecho donde creía tener un corazón. Había sentido una extraña náusea en la boca del estómago cada vez que Sakura corría peligro. Había padecido sentimientos humanos. ¿Cómo podía ser si nunca había llegado a ser humano?

    Sacudió la cabeza abruptamente. Demasiadas preguntas, pero ya pensaría en ellas después. Ahora tenía asuntos más importantes que atender. Y pronto, antes de que Mito encontrara otra razón para dejarlo atrapado en una nueva forma llena de limitaciones.

    Mientras la reina estaba ocupada llamando a su guardia para que llevara a Darroc al reino de los humanos y trajese allí a su consorte Mael, al que Darroc había delatado como cómplice suyo, Neji se tensó silenciosamente para saltar a través del espacio.

    La reina volvió súbitamente la cabeza hacia él para darle una orden llena de furia:

    —Deja de hacer eso ahora mismo, Amadan D...

    Pero Mito habló demasiado tarde para que sus palabras pudieran detenerlo.

    Neji ya se había ido.

    Lo primero que hizo fue ir al emparrado real de Mito.

    Ya había robado el elixir de la vida de los aposentos privados de la reina en una ocasión.

    Neji volvió a hacerlo.

    Un diminuto recipiente de cristal que contenía una minúscula cantidad de reluciente líquido plateado.

    Y mientras volvía a saltar a través del espacio, dispersando el residuo de su esencia antes de encaminarse hacia Cincinnati, se puso a pensar en los últimos instantes que había pasado con Sakura.

    «No estarás enamorándote de mí, ¿verdad, irlandesa?», le había preguntado. Y ella se puso como una furia.

    Acto seguido se embarcó en una furiosa diatriba de la que Neji no logró entender gran cosa, posiblemente porque dejó de prestarle atención al darse cuenta, tras escuchar las primeras frases, de que no contenía ni un solo «sí» y, a juzgar por el tono en que le hablaba, Sakura no tenía intención de incluir ninguno.

    Luego se preguntó por qué Morgana había rechazado el elixir de la vida, y Neji sintió como si algo se rompiera dentro de él.

    Dios, siempre había que volver a las almas. Almas, almas, almas. Y a su dichosa carencia de una.

    Podría haberle ofrecido a Sakura una hermosa mentira —ya tenía preparadas unas cuantas por si se presentaba la ocasión—, pero la ira, el desafío y una pena de hacía muchos siglos hicieron nacer en él una salvaje necesidad que no pudo ignorar.

    De coger la realidad que le hacía ser Neji Hyūga para obligarla a tragársela. De decirle: «Esto es lo que soy, por el amor de Dios, ¿es tan espantosamente horrible?»

    Mírame. ¡Mírame! Y ella lo vio.

    Ah, sí, él la había obligado a que lo viera.

    Y Sakura lo había mirado con un intenso horror en aquellos hermosos ojos verdes. Aquellos ojos que tan sólo la noche anterior habían estado llenos de pasión, invitadores y cálidos y tiernos. Aquellos ojos que le habían hecho sentirse como un hombre, más vivo y en paz consigo mismo que nunca y en un sitio al que podía llamar hogar.

    Y entonces fue cuando Neji por fin lo entendió.

    ¿Cómo había podido llegar a ser tan estúpido con Morgana? Había cometido un inmenso error.

    No tenía ninguna intención de volver a cometerlo con Sakura. Ahora que volvía a ser todopoderoso, borraría de su memoria el recuerdo de lo que se había permitido admitir ante ella. Eliminaría todos los hechos que tan desagradables le parecieron, los borraría de su mente sin dejar rastro de ellos.

    Luego le daría a beber el elixir de la vida sin que ella lo supiera.

    Y después se la llevaría consigo y la mantendría deliciosamente ocupada, cautivándola por cualquier método al que tuviera que recurrir, durante todos los años que hicieran falta para que su alma inmortal acabara de consumirse.

    Y cuando su alma hubiera desaparecido por fin, Sakura ya ni siquiera sentiría aquellas partes de sí misma que la hicieron aferrarse a ella. Ni siquiera sabría que hubiese debido echarla de menos. Y entonces sería suya para siempre.

    .

    .

    .

    Todo el tiempo que pudiera resultó ser exactamente un mes, siete días, y catorce horas.

    A Sakura le hubiera gustado que durara más, pero de nuevo, otro diabólico café con hielo para llevar se cruzó en su camino y se encargó de impedírselo.

    De vez en cuando se decía que quizá debería renunciar a su adicción, y empezaba a pensar que su vida no sería tan complicada si conseguía prescindir del café. Con todo, cuando llegó a esa conclusión, ya era demasiado tarde.

    Noche de viernes. Noche de salir con alguien. Sakura se quedó en el bufete hasta más tarde de lo habitual porque sabía que aquella noche las parejas saldrían a recorrer las calles de su vecindario, cogidas de la mano, hablando y riendo mientras disfrutaban del suave beso del otoño que flotaba en el aire de principios de setiembre.

    Las clases habían vuelto a empezar, y aunque eso le creaba toda una serie de nuevas obligaciones, Sakura no dejó su empleo en Little & Onomichi. Lo que hizo fue reorganizar su horario de trabajo alrededor de las horas de clase, en un desesperado esfuerzo por mantenerse tan ocupada que no le quedara tiempo para pensar.

    Cuando salió del bufete aquel anochecer, entró en el Starbucks y se hizo con el ya mencionado dichoso café con hielo antes de ir a recoger su reluciente BMW del aparcamiento.

    Se sentó al volante e intentó fingir que no percibía el tenue perfume a jazmín y sándalo que aún impregnaba el lujoso interior recubierto de cuero.

    Una parte de ella había querido vender el coche, hacer desaparecer de su vida aquel recordatorio de Neji, del mismo modo en que había envuelto todas las copas de cristal y la vajilla de porcelana que él dejó encima de la mesa del comedor, su camiseta y todos los regalos que le había hecho, y los metió dentro de un baúl en el desván.

    Desgraciadamente, necesitaba el vehículo y en su estado de ánimo actual ni siquiera se sentía capaz de pensar en venderlo y comprarse uno nuevo.

    Devolver los diecisiete mensajes telefónicos dejados por Sakurasou y Hotaru en el curso de la última semana también hubiese consumido demasiadas energías.

    Al parecer no había bastado con la nota que les envió unos días después de su regreso a casa. De acuerdo, la nota era breve: «Sakurasou, Hotaru, las cosas no salieron como yo esperaba. Pero estoy bien, sólo que ahora me mantienen muy ocupada en el trabajo. Ya os llamaré en algún momento. S.»

    Sakura sabía lo que querían. Sakurasou y Hotaru querían respuestas. Querían saber qué había sucedido con Darroc, con Neji. Pero ella no tenía ninguna respuesta que darles.

    No había logrado hacerse con el fueron-felices-y-comieron-perdices que consiguieron ellas, y simplemente se sentía incapaz de ponerse a hurgar en su miseria con unas personas que irradiaban felicidad. Que tenían todas las cosas que ella había esperado llegar a tener: unos esposos que las querían, unos bebés preciosos, unas vidas llenas de amor y risas.

    Querrían respuestas acerca de ella. Querrían saber cómo se sentía realmente, y en cuanto la tuvieran al teléfono no permitirían ninguna evasiva. Su empatía y su bondad la harían añicos. Sakura sabía que el día en que les devolviera las llamadas sería el día en que empezaría a derrumbarse.

    Por eso no les devolvía las llamadas. Punto. «No me derrumbaré. No con el programa de actividades meticulosamente controlado que tengo ahora.»

    Y si se les ocurría presentarse en su casa sin previo aviso como amenazaban con hacer en el mensaje que le habían dejado anoche, bueno..., ya se las vería con eso entonces.

    Diez minutos después, Sakura metió el coche en el callejón detrás de su casa. Se echó el bolso al hombro con un ruidoso suspiro, cogió su maletín, su bolsa del gimnasio, una enorme pila de expedientes que no le habían cabido en el maletín porque necesitaba tener mucho trabajo durante el fin de semana para no enloquecer, y luego puso el café encima de todo aquello, con la tapa de plástico firmemente incrustada debajo de su barbilla para que no se le cayera nada.

    Logró llegar hasta la sala de estar antes de perder el control de su precaria carga.

    Los expedientes resbalaron en una dirección, el maletín fue en dirección opuesta y luego lo siguió el café, que le resbaló de debajo de la barbilla para rebotar en una mesita auxiliar, sobre una pila de libros y revistas, y mojarlo todo con un líquido oscuro y frío.

    Sakura masculló unos cuantos juramentos y empezó a recoger del suelo expedientes manchados de café.

    Y entonces fue cuando lo vio.

    Desde su regreso de Escocia, Sakura se había mantenido alejada de la biblioteca de la torrecilla. Se negaba a entrar allí, porque no se sentía capaz de ver aunque sólo fuese las cubiertas de los Libros de las hadas de la familia Haruno.

    Durante todo ese tiempo ni siquiera se había dado cuenta de que el Libro del sin siriche du estaba puesto boca abajo sobre la mesita auxiliar.

    Ahora estaba boca abajo encima de un charco de café.

    ¡Se iba a estropear!

    Sakura corrió a la mesita, rescató el libro de la gruesa capa de líquido enfriado por el hielo, y lo restregó frenéticamente contra el sofá para secarlo, sin importarle el estropicio que iba a hacer en el motivo de flores del tapizado.

    Abrió el libro con el pulgar para evaluar los daños.

    Y como por obra del destino —que Sakura empezaba a creer era muy aficionado a gastar bromas pesadas, con su especialidad en hacerse pasar por algo aparentemente tan inocuo como un café para llevar—, el delgado tomo negro se abrió por una página que no había estado allí antes.

    Sakura enseguida reconoció aquella letra elegante, inclinada y llena de arrogancia. Sí, aquellas líneas habían sido escritas por la mano de Neji. Sakura las leyó, volvió a leerlas y luego las releyó por tercera vez, y se estremeció de dolor con cada palabra que leía.

    «Pero nunca volveré a estar con otra mujer humana para verla morir. Nunca.» Y allí estaba.

    La respuesta que tan desesperadamente había buscado siempre estuvo allí. No, Neji no había muerto. Simplemente había decidido no regresar.

    Un grito de angustia creció en su garganta. Sakura intentó tragárselo, pero llevaba demasiado tiempo tragándose sus sentimientos. Día tras día había negado el dolor que le desgarraba el corazón y así fue como consiguió permanecer atrapada en una especie de limbo, porque se repetía una y otra vez a sí misma que mientras no aceptara ningún desenlace irrevocable, no habría nada por lo que tuviese que llorar.

    Pero ya no podía fingir por más tiempo. Él se había ido. Y no iba a volver.

    Los ojos se le llenaron de lágrimas que le impedían ver nada, Sakura apretó el libro contra el pecho, se dejó caer al suelo y estalló en sollozos.

    .

    .

    .

    Porque Sakura era una sidhe-vidente, porque él sabía que el féth fiada no podía afectarla, y porque no pudo resistir el impulse de espiarla durante unos momentos antes de completar lo que había venido a hacer, Neji se materializó en la cocina de Sakura a una astilla de dimensión más allá de su percepción, la diminuta botella de elixir en el hueco de la mano.

    Inhaló. ¡Ah, cómo había echado de menos su olor! Un tenue, absolutamente femenino aroma a vainilla y rayos de sol.

    Casi todas las luces estaban apagadas y Neji fue por la casa en busca de Sakura. Ella estaba allí, podía sentirla. Entonces vio que había una luz encendida en la sala de estar.

    Cruzó el umbral y allí estaba ella. Sentada en el suelo con las piernas cruzadas y la espalda hacia la puerta. Tan hermosa como siempre. El traje negro que llevaba realzaba sus curvas, la falda era lo bastante corta para permitirle lucir las piernas (¡por Danu, cómo había echado de menos él aquellas piernas tan deliciosas! Se moría de ganas de volver a sentirlas alrededor de su cintura), y los zapatos de tacón le daban un aspecto muy sexy. La chaqueta quedaba un poco ceñida en la cintura, realzándole las caderas y los senos.

    Pero se la veía distinta.

    Neji frunció el entrecejo, entró en la sala y fue hacia Sakura. Estaba un poco más delgada, y eso no le gustó nada. Neji quería que su mujer tuviera lo que habían de tener las mujeres. Le gustaba más como era antes, suave y llena de delicadas redondeces. Dios, ¿cuánto tiempo habría transcurrido?, se preguntó. Cuando era inmortal siempre perdía la noción del tiempo, que además transcurría más deprisa en el reino de los humanos que en el de los fae. Sakura también había cambiado su peinado, pero eso, decidió Neji mientras la miraba, la hacía aún más sexy aunque no podía vérselo muy bien con la cabeza gacha como la tenía en aquel momento y todo el pelo cayéndole alrededor de la cara.

    Entonces un ruidito muy tenue llegó hasta él desde detrás de aquella sedosa cortina de pelo, como si Sakura acabara de sorber aire por la nariz y le costase un poco respirar.

    Neji ladeó la cabeza, se detuvo ante ella y la miró.

    ¿Estaba llorando?

    Entonces Sakura levantó la cabeza y Neji tragó aire con un jadeo ahogado cuando por fin pudo verle el rostro. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados por el llanto, las lágrimas corrían por sus mejillas, y se la veía tan abatida y exhausta que por un instante Neji sintió como si ese corazón del que carecía le diera un vuelco en el pecho.

    ¿Quién se había atrevido a hacerle daño a su mujer? ¿Qué bastardo había hecho llorar a Sakura? ¡Mataría a ese hijo de perra!

    Entonces reparó en que Sakura tenía un libro encima del regazo. El libro de Neji.

    ¿Era él quien la había hecho llorar?

    Mientras la miraba, más lágrimas corrieron por sus mejillas y gotearon sobre el suave cuero negro del tomo. Sakura pasó los dedos por la cubierta.

    —Maldito seas, Neji Hyūga —susurró.

    Neji soltó un bufido. Sí, bueno, él ya había oído eso suficientes veces para no olvidarlo en una eternidad. Frunció la frente y se dispuso a inclinarse para ponerle las manos en la cabeza, decidido a indagar en la mente de Sakura y arrancar de ella eso que él nunca tuvo que decirle para empezar.

    Extendió las manos. Titubeó. Retrocedió. Se maldijo en voz baja. Volvió a extender las manos.

    Entonces ella habló, la voz trémula por el llanto.

    —Te amo, maldita sea —dijo en un susurro entrecortado—. Te quiero tanto que me está matando. Dios, qué estúpida fui. Nunca te he importado, ¿verdad? ¿Cómo se supone que voy a seguir adelante con mi vida ahora?

    Neji se estremeció, dio un paso atrás y apretó las manos sobre los costados. Apenas sintió cómo el diminuto recipiente de cristal implosionaba con un chasquido de cristal entre sus dedos.

    Por un largo instante, no pudo moverse. Se quedó inmóvil, aturdido y lleno de confusión.

    Sakura sabía que él era un fae. Sabía que no tenía corazón ni alma. Sabía que él había hecho cosas horribles, y acababa de decir que lo amaba. Lo amaba.

    Por todos los infiernos, lo amaba.

    ¿Que ella nunca le había importado? ¿Estaba loca? ¡Pero si todo dependía de ella! Sakura siempre había sido el centro alrededor del que giraba todo. ¡Cada una de las acciones de Neji, cada uno de sus pensamientos desde aquella noche en que la vio por primera vez habían estado centrados en ella! No había estado ausente de sus pensamientos ni por un instante. Neji la llevaba en su interior. Ahora formaba parte de él.

    ¿Cómo era posible que Sakura no lo supiera? Neji no había dejado de decírselo con cada uno de los regalos que escogió para ella. ¡Era lo que intentaba decirle cada vez que se enterraba dentro de su cuerpo! Eso siempre había estado presente en cada uno de sus besos, en cada una de sus caricias, silencioso, porque Neji no quería ver cómo sus propias palabras le eran arrojadas a la cara. Pero siempre había estado allí, hasta en sus palabras.

    De alguna forma.

    En el modo tan peculiar de hablar de aquellas cosas que tenían los varones humanos. O eso le había enseñado el milenio que dedicó a espiarlos.

    ¿Cómo podía ser que Sakura no supiera que cada vez que le preguntaba a su irlandesa si no se estaría enamorando de él, aquella pregunta era su forma de declarar que él ya se había enamorado de ella? Por todos los diablos, pero si incluso cuando iban en el tren él ya sabía que estaba perdidamente enamorado de Sakura.

    También sabía que era lo peor que podía llegar a hacer. Menuda estupidez, enamorarse de una humana. Pero antes podría haber detenido aquel tren que corría velozmente hacia su destino que evitar enamorarse de ella.

    «No estarás enamorándote de mí, ¿verdad, irlandesa?»

    Eso habría tenido que darle pie a ella para decir: «Hummm, bueno, puede que sí me haya enamorado un poco de ti», y entonces él habría respondido: «Bueno, hummm, quién lo iba a decir; puede que yo también me haya enamorado un poco de ti.»

    Simple, concisa, directa comunicación masculina. Porque era eso, ¿verdad? ¿No era así como lo hacían los hombres? ¿O quizá los individuos a los que había espiado en todos aquellos siglos no constituían una muestra representativa del sexo masculino humano? ¿Habría malinterpretado todo lo que observó?

    «Ella me ama.»

    Aquella súbita revelación lo dejó tan sobrecogido que no podía hablar. Bajó la mirada hacia el reluciente líquido plateado que goteaba de su puño. Y un momento de claridad cristalina cobró determinación en él.

    Neji abrió la mano y soltó lo que quedaba del recipiente. Con una flexión de voluntad Tuatha de Danaan, envió el elixir derramado y el recipiente roto a una lejana dimensión olvidada donde esperaba que no causarían ningún daño.

    Por fin había comprendido que Morgana siempre estuvo en lo cierto: él no la había amado.

    El verdadero amor nunca avasallaría el alma de otra persona para ponerla en peligro.

    La intensa presión detrás del esternón volvió de pronto, aquella opresión en el pecho, aquella súbita tensión en el estómago. Las sensaciones crecieron y se esparcieron por todo su cuerpo, y se volvieron tan intensas que Neji casi se retorció de dolor. Y de pronto pudo ver la suma de toda su existencia, reducida a la culminación de una serie de acontecimientos destinados a conducirlo hacia un banco determinado en un determinado momento de una noche determinada.

    Hacia la mujer que ahora lloraba ante él. Miró a Sakura.

    Ella sollozaba, la cabeza baja y el rostro enterrado en las manos.

    La pasión era la morada del alma, y ahora Sakura resplandecía con una claridad dorada aún más intensa en su pena. Qué hermosa estaba con aquella claridad divina que la iluminaba desde dentro, la misma esencia de quién y qué era ella. Neji se horrorizó al pensar que había estado a punto de arrebatársela. Él nunca podría despojar de su alma a Sakura.

    Pero tampoco soportaría verla morir. No estaba dispuesto a vivir sin ella.

    Lo que le dejaba, comprendió, una sola opción.
     
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  1. quem
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