Explícito de Naruto - EL BESO DEL HIGHLANDER [ADAPTACION]

Tema en 'Fanfics de Naruto' iniciado por quem, 29 Agosto 2022.

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    quem

    quem Orientador del Mes Orientador Fierce eleven k. gakkouer

    Virgo
    Miembro desde:
    21 Febrero 2021
    Mensajes:
    801
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Título:
    EL BESO DEL HIGHLANDER [ADAPTACION]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    3
     
    Palabras:
    2080
    EL BESO DEL HIGHLANDER

    Disclaimer:
    Esta historia no me pertenece es una adaptación para el fandom Naruto, sin fines de lucro o ganar algo no quiero enriquecerme con esta adaptación, me encanta escribir aprender más, y entretener al fandom, perdón por la faltas ortográficas que encuentren <3


    EL BESO DEL HIGHLANDER © Karen M. Moning.
    NARUTO © M. Kishimoto
    ADAPTACIÓN © Quem

    "No puedo creer que Dios juegue a los dados Con el cosmos."

    Albert Einstein

    "Dios no sólo juega a los dados. Él algunas veces lanza los dados donde No pueden verse."

    Stephen Hawking

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    Prólogo

    Highlands de Escocia 1518

    –¿De qué se trata esta vez, madre?

    Sari se asomó a la ventana y observó la hierba ondeando bajo los primero rayos del sol matutino, más allá de su cabaña. Su madre adivinaba la suerte, y si fuera lo suficientemente tonto como para darse la vuelta y encontrar la mirada de Chiyo, ella lo interpretaría como un signo de aliento, y lo introduciría en una conversación acerca de alguna desconcertante predicción. Las predicciones de su madre nunca eran demasiado acertadas y lo aburrían diariamente, erosionados por fantasías maliciosas.

    –Mis varas de tejo me han advertido que el laird representa un grave peligro para ti.

    –¿El laird? ¿Sasuke Uchiha? –Sari, alarmado, miró por encima de su hombro. Remetida detrás de la mesa cerca de la chimenea, su madre se enderezó en su silla, alisándose el vestido bajo su atención. Ahora sí que lo he hecho, él pensó con un suspiro interior. Se había enmarañado en su conversación tan tontamente como si se hubiera enredado las ropas en una zarza espinosa, y requeriría de toda su delicadeza separarse ahora, sin que las cosas degeneraran en una discusión muy antigua.

    Chiyo Akasuna había perdido tanto en su vida que se aferraba también ferozmente a lo que le había dejado: a Sari. Él reprimió el deseo de salir corriendo por la puerta y escapar hacia la serenidad de la mañana Highland, consciente de que ella lo acorralaría otra vez a la primera oportunidad.

    En lugar de eso, él dijo quedo:

    –Sasuke Uchiha no es un peligro para mí. Es un buen laird, y me siento honrado de haber sido seleccionado para supervisar la guía espiritual de su clan.

    Chiyo negó con la cabeza, sus labios temblando. Una mancha de baba hizo espuma en sus comisuras.

    –Tú ves con la vista estrecha de un sacerdote. No puedes ver lo que veo yo. Ciertamente es horrendo, Sari.

    Él le dirigió su sonrisa más reconfortante, una que, a despecho de su juventud, había aliviado los corazones atribulados de incontables pecadores.

    –¿Dejarás de intentar adivinar mi bienestar con tus varas y runas? Cada vez que me es asignada una posición nueva, empiezas a usar tus encantamientos.

    –¿Qué tipo de madre sería, si no estuviera interesada en tu futuro? –gritó ella.

    Apartando un mechón de cabello rubio de su cara, Sari cruzó el cuarto y besó su mejilla arrugada, luego barrió su mano a través de las varas de tejo, desordenando su diseño misterioso.

    –Soy un hombre de Dios ordenado, pero aquí te sientas, leyendo las fortunas –él tomó su mano y la palmeó conciliadoramente–. Debes olvidarte de las viejas costumbres. ¿Cómo lograré éxito con los aldeanos, si mi preciada madre se mantiene en los rituales paganos? –bromeó.

    Chiyo arrebató su mano de la de él y recogió sus varas defensivamente.

    –Estas son mucho más que simples varas. Te lo ordeno, concédeles el debido respeto. Él debe ser detenido.

    –¿Qué dicen tus varas que hará el laird, que sea tan terrible? –la curiosidad minó su determinación de acabar con la conversación tan limpiamente como fuera posible. No podía esperar dominar las divagaciones oscuras de la mente de su madre si no sabía lo que eran.

    –Él pronto tomará una mujer, y ella te hará daño. Creo que ella te matará.

    La boca de Sari se abrió y se cerró como una trucha varada en la ribera. Aunque sabía que no había nada de verdad en su ominosa predicción, el hecho de que ella tuviera esos pensamientos malvados confirmó sus miedos de que el tenue vínculo de ella con la realidad se debilitaba.

    –¿Por qué me mataría alguien? Soy un sacerdote, por amor del cielo.

    –No puedo ver el por qué. Puede que suceda que su nueva esposa se encapriche de ti, y la maldad provendrá de él.

    –Ahora verdaderamente imaginas cosas. ¿Encapricharse de mí, por sobre Sasuke Uchiha?

    Chiyo lo recorrió con la mirada, y rápidamente miró hacia otro lado.

    –Tú eres un muchacho de buena planta, Sari –mintió con aplomo maternal.

    Sari se rió. De los cinco hijos de Chiyo, sólo él había nacido delgado de constitución, con huesos finos y una quietud que le servía mejor a Dios que al rey y al país. Él sabía cuál era su apariencia. No había sido modelado como lo había sido Sasuke Uchiha, para guerrear, conquistar y seducir mujeres, y había aceptado mucho tiempo atrás sus defectos físicos. Dios tenía un propósito para él, y mientras el propósito espiritual podría parecer insignificante para otros, para Sari Akasuna era más que suficiente.

    –Guarda esas varas, madre, y no quiero oír más de esta tontería. No necesitas preocuparte por mi bienestar. Dios observa sobre... –se detuvo a mitad de una sentencia. Lo que había dicho casi animaba a un tema totalmente nuevo, y hacia el mismo debate tan viejo y tan largo de siempre.

    Los ojos de Chiyo se estrecharon.

    –Ah, sí. Tu Dios ciertamente observa sobre todo a mis hijos, ¿verdad?

    Su amargura era palpable y lo desanimaba. De todo su rebaño, él había frustrado más palpablemente las ambiciones de su madre.

    –Te podría recordar que muy recientemente era tu Dios, cuando a mí me fue concedido este puesto y estabas satisfecha con mi promoción –dijo Sari rápidamente–. Y no dañarás al Uchiha, madre.

    Chiyo alisó sus canas gruesas y alzó su nariz hacia el techo de paja.

    –¿No tienes confesiones para oír, Sari?

    –No debes poner en peligro nuestra posición aquí, madre –dijo él quedo–. Tenemos una casa sólida entre estas personas, y espero hacerlo permanente. Dame tu palabra.

    Chiyo dejó sus ojos fijos en el techo, en un silencio terco.

    –Mírame, madre. Debes prometerlo –cuando él se negó a irse sin su palabra o evitar su mirada fija, ella finalmente dio un encogimiento de hombros e inclinó la cabeza.

    –No dañaré al Uchiha, Sari. Ahora, continúa tu camino –dijo bruscamente–. Esta vieja tiene cosas que hacer.

    Complacido de que su madre no molestara al laird con su tontería pagana, Sari se fue hacia el castillo. Dios mediante, su madre olvidaría su última falsa ilusión cerca de la hora de la cena. Dios mediante.

    .

    .

    .​

    En los siguientes pocos días, Chiyo intentó hacer que Sari entendiera el peligro al que estaba expuesto, en vano. Él la regañó amablemente, la reprendió menos amablemente, y empezó a tener esas líneas amargas alrededor de la boca que a ella le repugnaba ver.

    Líneas que claramente proclamaban: mi madre está perdiendo la razón.

    La desesperación se apropió de sus rendidos huesos, y supo que dependía de ella hacer algo. No perdería al único hijo que le quedaba. No era justo que una madre debiese sobrevivir a todos sus niños, y confiarlo a Dios para protegerlo era, para empezar, lo que la había metido en ese problema. Se rehusaba a creer que había recibido el arte de prever los acontecimientos sólo para sentarse sobre su trasero y no hacer nada.

    Cuando, poco después de su alarmante visión, una banda de errantes Rom llegó al pueblo de Balanoch, Chiyo descubrió una solución.

    Llevó tiempo hacer trueques con las personas correctas; aunque "correctas" difícilmente sería la palabra con la cual describir a la gente con la que se había visto forzada a tratar. Chiyo podía leer las varas de tejo, pero sus sencillas adivinaciones palidecían en contraste con las prácticas de los salvajes gitanos que vagaban por las Highlands, realizando ventas de hechizos y sortilegios junto con sus mercancías ordinarias. Peor aún, había tenido que robar la preciosa Biblia iluminada de oro de Sari, la que él usaba sólo en los días más santos, para comerciar por los servicios que había comprado, y cuando su hijo descubriera la pérdida hacia la época de Navidad, estaría apesadumbrado.

    ¡Pero estaría vivo, por los tejos!

    Aunque Chiyo pasó muchas noches sin dormir meditando sobre su decisión, sabía que sus varas nunca le habían fallado. Si no hacía algo para impedirlo, Sasuke Uchiha tomaría una esposa y esa mujer mataría a su hijo. Eso era lo que hacía respetar tanto sus varas. Si sus varas hubieran dicho más –cómo lo haría la mujer, cuándo, o por qué– no habría sido asaltada por tal desesperación. ¿Cómo sobreviviría ella si Sari se fuera? ¿Quién socorrería a una mujer vieja y buena para nada? Sola, el gran bostezo de la oscuridad, con sus grandes fauces ávidas, la tragaría por completo. No tenía otra alternativa excepto deshacerse de Sasuke Uchiha.

    .

    .​

    Un plenilunio más tarde, Chiyo estaba de pie con los gitanos y su líder –un hombre de pelo color de plata llamado Bansai– en el claro cerca del lago pequeño, a alguna distancia al oeste del Castillo Uchiha.

    Sasuke Uchiha yacía inconsciente a sus pies.

    Ella lo miró cautelosamente. El Uchiha era un hombre grande, moreno y de altura imponente, una montaña de nervios y músculos bronceados, aún cuando yacía sin sentido tendido sobre su espalda. Cuando ella tembló y le dio un golpecito cautelosamente con el pie, los gitanos se rieron.

    –La luna podría caer sobre él y no despertaría –le informó Bansai, su oscura mirada divertida.

    –¿Estás seguro? –presionó Chiyo.

    –No se trata de un sueño natural.

    –No lo mataste, ¿verdad? –se inquietó la mujer–. Prometí a Sari que no lo dañaría.

    Bansai arqueó una ceja.

    –Tienes un código interesante, vieja –se burló–. No, no lo matamos, solamente duerme, y lo hará eternamente. Es un hechizo antiguo, seleccionado muy cuidadosamente.

    Cuando Bansai se marchó dando media vuelta, instruyendo a sus hombres para colocar al laird encantado en el carromato, Chiyo exhaló un suspiro de alivio. Había sido riesgoso deslizarse en el castillo, agregar un narcótico al vino del laird y atraerlo hasta el claro cerca del lago, pero todo había salido de acuerdo al plan. Él se había derrumbado a las orillas del lago vidrioso y los gitanos habían emprendido su ritual. Habían pintado símbolos extraños en su pecho, habían rociado hierbas y cantado.

    Aunque los gitanos la intranquilizaban y ella había deseado escapar de regreso a la seguridad de su choza, se había obligado a sí misma a observar, a estar segura de que los taimados gitanos mantendrían su palabra, y para asegurarse a sí misma de que Sari estaba finalmente protegido por siempre, más allá del alcance de Sasuke Uchiha. En el momento en que las palabras finales del hechizo habían sido pronunciadas, el mismo aire en el claro se había alterado: había sentido una frialdad rara, un cansancio repentino, abrumador, e incluso había vislumbrado una luz extraña asentándose alrededor del cuerpo del laird. Los gitanos ciertamente poseían magia poderosa.

    –¿De veras eternamente? –presionó Chiyo–. ¿Nunca se despertará?

    Bansai dijo impacientemente:

    –Te lo dije, vieja, el hombre dormirá, congelado, sin ser tocado en absoluto por el tiempo, sin nunca despertar, a menos que la sangre humana y el brillo del sol se mezclen en el hechizo grabado en su pecho.

    –¿La sangre y el brillo de sol lo despertarían? ¡Eso nunca debe ocurrir! –exclamó Chiyo, aterrorizándose una vez más.

    –No lo hará. Tienes mi palabra. No donde tenemos intención de esconder su cuerpo. La luz del sol nunca lo alcanzará en las cavernas subterráneas cerca de Loch Ness. Nadie lo encontrará nunca. Nadie sabe del lugar excepto nosotros.

    –Debes esconderlo muy profundo –presionó Chiyo–. Séllalo dentro. ¡Nunca debe ser encontrado!

    –Dije que tienes mi palabra –dijo Bansai penetrantemente.

    Cuando los gitanos, remolcando su carromato, desaparecieron en el bosque, Chiyo se hincó de rodillas en el claro, y murmuró una oración de gracias a cualquier deidad que pudiera oírla.

    El sentimiento de culpa la atenazaba, pero pesaba más el alivio, y se consoló con el pensamiento de que realmente no lo habían herido.

    Él estaba, como ella había prometido a Sari, ileso.

    En esencia.
     
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    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    3
     
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    3922
    EL BESO DEL HIGHLANDER
    Disclaimer: Esta historia no me pertenece es una adaptación para el fandom Naruto, sin fines de lucro o ganar algo no quiero enriquecerme con esta adaptación, me encanta escribir aprender más, y entretener al fandom, perdón por la faltas ortográficas que encuentren <3

    EL BESO DEL HIGHLANDER © Karen M. Moning.
    NARUTO © M. Kishimoto
    ADAPTACIÓN © Quem
    Highlands de Escocia

    15 de septiembre, Día Presente

    Sakura Haruno necesitaba un hombre.

    Desesperadamente.

    A falta de eso, se tranquilizaría con un cigarrillo. «Dios Santo, odio mi vida, —pensó—. Incluso ya no sé quién soy».

    Recorriendo con la mirada el interior abarrotado del autobús de excursión, Sakura hizo una respiración profunda y frotó el parche de nicotina bajo su brazo. Después de ese fiasco, ¿no merecía un cigarrillo? Aunque, aún cuando lograra escapar del horrible autobús y hallar un paquete, tuviera miedo de expirar de sobredosis de nicotina si fumaba uno. El parche la hacía sentirse temblorosa y enferma.

    Quizá, antes de dejarlo, debería haber esperado hasta haber encontrado su desmontadora de cerezas, reflexionó. Tampoco era como si los atrajera como moscas a la miel en su humor actual. Su virginidad apenas podía presentarse con su mejor luz mientras ella continuara gruñendo a cada hombre que encontraba.

    Se apoyó contra el asiento agrietado, sobresaltándose cuando el autobús golpeó un bache y provocó que los resortes metálicos del asiento se hincaran en su escápula.

    Incluso la superficie suave, misteriosa y gris como pizarra de Loch Ness, más allá de la ventana traqueteante, una ventana que no se cerraría aún cuando lloviera y no se quedaría abierta de otra manera, no pudo intrigarla.

    –Sakura, ¿te sientes bien? –preguntó bondadosamente Hiruzen Sarutobi desde al otro lado del pasillo.

    Sakura miró fijamente a Hiruzen a través de su flequillo Jennifer Aniston, costosamente biselado para atraer a su Brad Pitt "ahora mismo", que solamente le hacía cosquillas en la nariz y la molestaba. Hiruzen orgullosamente le había informado, cuando habían empezado la excursión una semana atrás, que tenía setenta y tres y el sexo nunca había sido mejor (esto mientras daba palmaditas a la mano de su recién casada, regordeta y ruborizada esposa Biwako). Sakura había sonreído amablemente y los había felicitado y, desde esa demostración serena de interés, se había convertido en la favorita de la pareja excesivamente amorosa: la muchacha americana.

    –Estoy bien, Hiruzen –lo reconfortó, preguntándose dónde había encontrado él la camisa de poliéster color limón y los pantalones verdes de golf, que discrepaban dolorosamente con el cuero blanco que adornaban sus zapatos y los calcetines cuadriculados. Completando el conjunto del arco iris, una chaqueta de punto, roja, estaba pulcramente abotonada en torno a su barriga.

    –No pareces tan bien allí, queridita –Biwako, irritada, ajustó un sombrero de paja de ala ancha encima de sus rizos plateados suavemente azules–. Un poco verde cerca de las orejas.

    –Es simplemente el paseo lleno de baches, Biwako.

    –Bien, estamos casi en el pueblo, y debes tomarte un bocado con nosotros antes de que salgamos de visita a los lugares de interés –dijo Hiruzen firmemente–. Podemos salir a ver esa casa, tú sabes, donde ese brujo Aleister Crowley solía vivir. Dicen que está embrujada –confió, meneando sus peludas cejas blancas.

    Sakura asintió con la cabeza apáticamente. Sabía que era inútil protestar, porque aunque sospechaba que Biwako podría haberse apiadado de ella, Hiruzen estaba determinado a asegurarse de que ella tuviera diversión. Se habían encariñado en sólo unos pocos días, sin imaginarse nunca por qué ella se había embarcado en esa búsqueda ridícula.

    Cómo había dejado su casa en Santa Fe, Nuevo México, cómo había contemplado con atención, tras la ventana de su cubículo en la Compañía de Seguros Allstate (mientras discutía con otro herido que aseguraba que había conseguido gastar un valor asombroso de nueve mil ochocientos veintisiete dólares de cuentas de quiropráctica por un accidente que había causado apenas ciento veintisiete dólares de daños en su parachoques trasero) la idea de ir a Escocia, o en todo caso a cualquier lado, y que había sido irresistible.

    Así que había dejado que un agente de viajes la convenciera que una excursión de catorce días a través de las románticas Lowlands e Highlands de Escocia era justo lo que necesitaba, a un precio de ganga de novecientos noventa y nueve dólares. El precio era aceptable; el mero pensamiento de hacer algo tan impulsivo la aterrorizaba, y eso era precisamente lo que necesitaba para sacudir con fuerza su vida.

    Debería haber sabido que catorce días en Escocia por unos mil dólares tenían que ser la excursión de autobús de unos jubilados. Pero había estado tan frenética por escapar del trabajo pesado y la vacuidad de su vida, que había examinado apresuradamente el itinerario y no le había dado a sus posibles compañeros de viaje un segundo pensamiento.

    Eran treinta y ocho personas de edades entre sesenta y dos hasta ochenta y nueve, que charlaban, reían, y discutían cada pormenor de sus movimientos de vientre en el pueblo o la cantina con entusiasmo infinito, y ella sabía que cuando regresaran a casa jugarían a los naipes y regalarían a sus viejas y envidiosas amistades con anécdotas interminables. Se preguntó qué historias dirían acerca de la virgen de veinticinco años que había viajado con ellos.

    ¿Espinosa como un puerco espín? ¿Lo suficientemente estúpida como para tratar de dejar de fumar en las primeras vacaciones reales de su vida y simultáneamente tratar de despojarse de su virginidad?

    Suspiró.

    Los ancianos realmente eran dulces, pero dulzura no era lo que estaba buscando.

    Ella buscaba sexo apasionado y salvaje.

    Sexo bajo y sucio, feroz, sudoroso y caliente.

    Últimamente ansiaba algo a lo que aún no podía poner nombre, algo que la inquietaba e incomodaba cuando miraba El Décimo Reino o la búsqueda de sus amantes desgraciados favoritos, en Ladyhawke. Si estuviera todavía viva, seguramente su madre, la renombrada física Dra. Mebuki Haruno, le aseguraría que no era nada más que un deseo biológico programado en sus genes.

    Siguiendo los pasos de su madre, Sakura se había especializado en Física, luego había trabajado brevemente como auxiliar de investigación en la Corporación Triton mientras perfeccionaba su Doctorado (antes de que su Gran Ataque de Rebelión la hubiera hecho aterrizar en Allstate). Algunas veces, cuando su cabeza había estado nadando en ecuaciones, se había preguntado si su madre no estaba en lo correcto, si todo lo que había en la vida podía ser clasificado por la ciencia y la programación genética.

    Haciendo estallar un pedazo de chicle en su boca, Sakura se quedó con la mirada fija fuera de la ventana. Ciertamente no iba a encontrar su "desmontadora" en este autobús. Ni había tenido una mínima cantidad de suerte en los pueblos anteriores. Tenía que hacer algo pronto, pues de otra manera terminaría de regreso a casa en nada diferente a como había llegado, y francamente ese pensamiento era más aterrador que la idea de seducir a un hombre que apenas conocía.

    El autobús dio bandazos al detenerse en una parada, lanzando a Sakura hacia delante, haciendo que se golpeara la boca contra el bastidor metálico del asiento delantero. Lanzó una mirada airada al conductor del bus, redondo y calvo, preguntándose cómo los ancianos siempre daban la impresión de anticipar cada parada en seco, cuando ella nunca podía. ¿Eran simplemente más cuidadosos por sus huesos quebradizos? ¿Estaban atados con correas en los mejores asientos? ¿Estaban conchabados con el conductor anciano y corpulento? Buscó su polvera dentro de su mochila e, indudablemente, vio que su labio inferior estaba hinchándose. Bien, tal vez eso seducirá a algún hombre, pensó, sacándolo un poco más hacia afuera, mientras obedientemente seguía a Hiruzen y Biwako fuera del autobús hacia la mañana soleada.

    Labios con morrito: ¿no se obsesionaban los hombres con los labios regordetes?

    –No puedo, Hiruzen –dijo ella, mientras el bondadoso hombre remetía su brazo en el de él–. Necesito estar sola un poco de tiempo –agregó con aire de disculpa.

    –¿Está tu labio hinchado otra vez, amor? –Hiruzen frunció el ceño–. ¿No traes puesto tu cinturón de seguridad? ¿Estás segura de que estás bien?

    Sakura ignoró las primeras dos preguntas.

    –Estoy bien. Simplemente estoy con ánimo de caminar y acomodar mis pensamientos –dijo, intentando no advertir que Biwako la evaluaba desde debajo del ala ancha de su sombrero con la intensidad inquietante de una mujer que había sobrevivido a hijas múltiples. Con efectividad, Biwako empujó a Hiruzen hacia los escalones de la parte delantera de la posada.

    –Sigue, Hiruzen –dijo a su nuevo marido–. Nosotras las chicas necesitamos charlar un momento.

    Mientras su marido desaparecía en la pintoresca posada, techada de paja, Biwako guió a Sakura hacia un banco de piedra y la haló hacia abajo, a su lado.

    –Hay un hombre para ti, Sakura Haruno –dijo Biwako.

    Los ojos de Sakura se ensancharon.

    –¿Cómo sabes que eso es lo que estoy buscando?

    Biwako sonrió, sus ojos negros de color carbón arrugando su cara regordeta.

    –Escucha a Biwako, queridita: olvida toda cautela. Si yo tuviera tu edad y me viera como tú, entonces menearía mi bom-bom en todos los lugares donde fuera.

    –¿Bom-bom? –las cejas de Sakura se levantaron.

    –La petunia, amor. El derrière, el trasero –dijo Biwako con un guiño–. Sal y encuentra a tu hombre. No nos dejes echarte a perder el viaje, arrastrándote con nosotros; no necesitas viejos alrededor. Tú necesitas que un joven atlético te eleve sobre tus pies. Y te mantenga fuera de ellos por un largo rato –dijo significativamente.

    –Pero no puedo encontrar un hombre, Biwako –Sakura resopló, frustrada–. He estado yendo en busca de mi "desmontadora" por meses...

    –¿Desmon...? ¡Oh! –los hombros redondos de Biwako, envuelto en lana rosada y perlas, temblaron de risa.

    Sakura se sobresaltó.

    –¡Oh, Dios Santo, qué bochornoso! No puedo creer que dije eso. Es... es que simplemente empecé a llamarlo así en mi mente porque soy la mujer más vieja que existe que todavía es...

    –Virgen –ayudó Biwako servicialmente, con otra risa.

    –Mm-hmm.

    –¿No hay hombres que le gusten a una mujer joven como tú en casa?

    Sakura suspiró.

    –En los pasados seis meses me he citado con montones de hombres... –se interrumpió completamente. Después de que sus prominentes padres hubieran muerto en un accidente de avión en marzo, regresando de un congreso en Hong Kong, ella se había convertido en una auténtica máquina de citas. Su único pariente, su abuelo paterno, tenía la enfermedad de Alzheimer y no la había reconocido desde hacía mucho tiempo. Últimamente, Sakura se sentía como el último Mohicano, andando de aquí para allá, desesperada por tener algún lugar al que llamar casa.

    –¿Y? –aguijoneó Biwako.

    –Y no soy virgen por no haberlo intentado –dijo Sakura gruñonamente–. No puedo encontrar a un hombre que desee, y he empezado a pensar que el problema está en mí. Tal vez espero demasiado. Tal vez espero algo que no existe.

    Había expresado por fin su miedo secreto. Tal vez la pasión extraordinaria simplemente era un sueño. Con todo el besuqueo que había experimentado en los pasados pocos meses, ni una vez había estado transida de deseo. Sus padres ciertamente no habían demostrado una gran pasión entre ellos. Puestos a pensar en eso, no estaba segura de haber visto alguna vez una pasión extraordinaria fuera del cine o un libro.

    –¡Oh, queridita, no pienses eso! –exclamó Biwako–. Tú eres demasiado joven y preciosa para flaquear: no pierdas la esperanza. Nunca sabes cuándo el Señor Correcto puede entrar andando. Simplemente mírame –dijo ella con una risa humilde–. En declive, con sobrepeso, en un mercado cada vez más pequeño de hombres, me había resignado a ser viuda. Había estado sola durante años, luego una mañana soleada mi Hiruzen bailó el vals en el pequeño restaurant en Elm Street donde las chicas y yo desayunamos cada jueves, y me enamoré de él tan fuertemente como cae la señora gorda en el circo. Soñadora como una muchachita otra vez, poniéndome rulos en el pelo y... –se sonrojó– hasta comprando algunas cosas en Victoria's Secret –bajó la voz y parpadeó–. Sabes que estás hanky-panky en tu mente cuando los respetables sostenes y las bragas perfectamente blancas repentinamente no lo son más, y te encuentras comprando los rosados, los lilas, los verde limón y cosas por el estilo.

    Sakura despejó su garganta y cambió de posición con inquietud, preguntándose si su sostén lila se revelaba a través de su top blanco. Pero Biwako estaba abstraída, charlando.

    –Y te diré, Hiruzen ciertamente no era lo que pensé que quería en un hombre. Siempre había pensado que me gustaban los hombres simples, honestos, trabajadores. Nunca pensé que me involucraría con un hombre peligroso como mi Hiruzen –confió. Su sonrisa se hizo tierna, soñadora–. Él estuvo con la CIA por treinta años antes de retirarse. Deberías oír algunas de sus historias. Emocionantes, positivamente emocionantes.

    Sakura se quedó con la boca abierta.

    –¿Hiruzen estaba en la CIA? ¿Hiruzen?

    –No puedes juzgar los contenidos del paquete por la envoltura, queridita –dijo Biwako, palmeando su mejilla–. Y un consejo más: no te des prisa en regalarlo, Sakura. Encuentra a un hombre que sea merecedor. Encuentra un hombre con quien quieras hablar en las horas pequeñitas, un hombre con el que puedas discutir cuando sea necesario, y un hombre que te haga chisporrotear cuando te toca.

    –¿Chisporrotear? –repitió Sakura dudosamente.

    –Confía en mí. Cuando sea el correcto, lo sabrás –dijo Biwako, radiante–. Lo sentirás. No podrás alejarte de él –satisfecha de haber expresado su opinión, Biwako plantó un beso de lápiz de labios rosa en la mejilla de Sakura, luego se levantó, alisando su suéter sobre sus caderas, antes de desaparecer en la posada alegremente pintada. Sakura miró su partida en un silencio pensativo.

    Biwako Sarutobi, de sesenta y nueve años y unas buenas cincuenta libras de sobrepeso, caminaba con confianza. Deslizándose con la gracia de una mujer de la mitad de su tamaño, blandía su trasero amplio, y, serenamente, exhibía su escote.

    De hecho, caminaba como si se sintiera bella.

    Merecedor. ¡Hmph!

    A esas alturas, Sakura Haruno se conformaría con un hombre que no requiriera una dosis de Viagra.

    .

    .

    .​

    Sakura hizo una pausa para descansar en la cima de la pequeña montaña de rocas que escalaba.

    Después de descubrir que no podría tomar su cuarto en la posada hasta después de las cuatro en punto, y firme en su determinación de no irse de compras a la tienda más próxima por un atado de eso-que-ella-no-iba-a-mencionar, había agarrado su mochila y una manzana y había trotado hacia las colinas para una caminata introspectiva.

    Las colinas por encima de Loch Ness estaban salpicadas de afloramientos de piedra, y el grupo de rocas en las cuales estaba parada se extendían por casi media milla, levantándose en colinas temerarias y cayendo en barrancos dentados. Había sido una subida difícil, pero había valorado el ejercicio después de estar enjaulada en el aire viciado del autobús por tanto tiempo.

    Desde allí, no podía negarse que Escocia era preciosa. Había rodeado cautelosamente parcelas de espinos y cardos puntiagudos para admirar las bayas rojo brillante de un árbol de serbal, cerca de unas cuantas castañas de Indias verdes cubiertas de púas que presagiaban el otoño con su caída al suelo. Había estado bastante rato admirando un campo de brezos que ascendía y hacía juego con una ladera de arbustos rosados casi púrpura. Un delicado ciervo y ella se habían asustado mutuamente cuando había atravesado el claro selvático en el cual el animal pastaba.

    La paz se había derramado sobre ella, más profunda mientras más subía por los prados exuberantes y las colinas rocosas. Lejos, bajo ella, Loch Ness se desperezaba en sus veinticuatro millas de largo y una milla de ancho, y, en algunos sitios, unos mil pies de profundidad, o algo así según el folleto que había leído en el autobús, resaltando el hecho de que el lago nunca se congelaba en invierno por su contenido turboso, ligeramente ácido. El lago era un espejo plateado enorme brillando tenuemente bajo el cielo despejado. El sol, casi en su cenit, marcaba la hora del medio día entrante y se sentía delicioso en su piel. El clima había sido extraordinariamente cálido durante los pasados pocos días y tenía intención de aprovecharlo.

    Se recostó en una roca plana y se desperezó, absorbiendo el brillo de sol. Su grupo estaba programado para quedarse en el pueblo hasta las siete treinta de la siguiente mañana, así que disponía de suficiente tiempo para relajarse y disfrutar de la naturaleza antes de reabordar la excursión en el autobús del infierno. Aunque nunca encontraría un prospecto elegible allí en las colinas, al menos no había teléfonos timbrando, con clientes airados en el otro extremo, y sin ancianos metiendo las narices en sus asuntos.

    Sabía que charlaban acerca de ella; los ancianos hablaban de todo. Sospechaba que compensaban todas las veces que habían sujetado sus lenguas cuando eran jóvenes, invocando la impunidad de la edad avanzada. Ella misma se encontraba esperando con ilusión la inmunidad de la ancianidad. Qué alivio sería decir exactamente lo que pensaba, para variar.

    ¿Y qué dirías tú, Sakura?

    Estoy sola –masculló suavemente–. Diría que estoy sola y condenadamente cansada de pretender que todo está bien.

    ¡Cómo deseaba que algo excitante ocurriera!

    Y precisamente pensó en que la única vez que había tratado de hacer que algo ocurriera, había terminado en la excursión en autobús de unos jubilados. Había que hacerle frente: estaba condenada a vivir una vida seca, sin incidentes, y sola. Con los ojos cerrados contra los rayos brillantes, buscó a tientas su mochila para alcanzar sus anteojos de sol, pero juzgó mal la distancia e hizo que el bolso cayera de la roca. Lo oyó ir dando tumbos por varios instantes en medio del rumor de piedras sueltas, luego un silencio prolongado, y finalmente un golpe sólido. Remetiendo su flequillo detrás de una oreja, se incorporó para ver dónde había caído. Quedó consternada al descubrir que se había desplomado fuera de la roca, detenido en una hondonada, y en el fondo de un precipicio estrecho e imponente.

    Se movió hacia el reborde de la abertura, atisbándola cautelosamente. Sus parches estaban en su mochila, y ella ciertamente no podía permanecer sin esa-palabra-en-la-que-no-estaba-pensando sin algo con qué ayudarse. Calibrando la profundidad de la rocosa hendidura en no más de veinticinco o treinta pies, decidió que era capaz de recuperarlo.

    No tenía alternativa; tenía que bajar en pos de eso.

    Bajándose por el borde, buscó palpando puntos de apoyo para sus pies. Las botas de excursionismo que se había puesto esa mañana tenían las suelas rugosas y prensoras que hacían el descenso un poco más fácil; sin embargo, mientras el pedrusco raspaba sus piernas desnudas, se encontró deseando haberse puesto los jeans en lugar de su par favorito de shorts caqui de Abercrombie & Fitch, los pantalones cortos que estaban tan de moda. Su top blanco de encaje era muy cómodo para dar largas caminatas, pero la camisa de mezclilla descolorida que se había atado alrededor de su cintura no dejaba de enredársele en las piernas, así que hizo una pausa un momento para desatarla y dejarla flotar en el aire hacia abajo, encima de su mochila. Una vez que alcanzara el fondo, la doblaría dentro de su bolso antes de trepar de regreso hacia arriba.

    Era lento, extenuante, pero la mitad de su vida estaba en el paquete y esa era discutiblemente la mejor mitad. Los cosméticos, el cepillo del pelo, la pasta dentífrica, hilo dental, las bragas, y muchos otros detalles que necesitaba para su persona en el caso de que su equipaje se perdiera. Oh, admítelo, Sakura, ella pensó, podrías vivir de esa mochila por semanas.

    El sol golpeaba sus hombros mientras descendía, y comenzó a sudar. Debía imaginarse que el sol tenía que brillar directamente en esa grieta en ese momento, pensó irritada. Media hora más temprano o más tarde, y no habría penetrado por allí.

    Cerca del fondo, se resbaló e inadvertidamente pateó la mochila, acuñándola firmemente al pie de la estrecha hendidura. Mirando de reojo arriba, hacia el sol, ella masculló:

    –Vamos, trato de dejar de fumar aquí abajo, me podrías ayudar un poco ahora.

    Deslizándose los últimos pies, colocó un pie en tierra. Allí. Lo había hecho. Había apenas suficiente espacio para dar la vuelta, pero estaba allí.

    Bajando su otro pie, Sakura atrapó la camisa y estiró sus dedos hacia la correa de su mochila.

    En ese momento exacto la tierra cedió bajo sus pies, tan repentina e inesperadamente que apenas tuvo tiempo de jadear antes de hundirse a través del fondo tambaleante de la hendidura. Cayó por unos aterradores pocos segundos, luego aterrizó con tal fuerza que el impacto la dejó sin aire en sus pulmones.

    Mientras luchaba por recobrar el aliento, la roca desintegrada y la suciedad llovieron donde se encontraba. Añadiendo ofensa al daño, la mochila cayó a través del hueco después de ella y la aporreó en el hombro antes de caerse rodando en la oscuridad. Finalmente, se las ingenió para emitir un suspiro derrotado, escupió pelo y suciedad de su boca, y mentalmente evaluó su condición antes de intentar moverse.

    Había caído duro y se sentía magullada de pies a cabeza. Sus manos sangraban de su intento aterrorizado de agarrarse a algo durante su caída a través de la abertura dentada, pero, felizmente, no parecía que se hubiera roto algún hueso.

    Cautelosamente, volvió su cabeza y contempló hacia arriba el hueco a través del cual había caído. Un rayo terco de sol se filtraba hacia abajo, sobre ella.

    No me aterrorizaré. Pero el hueco estaba una distancia imposible por encima de su cabeza. Peor aún, no había encontrado a ningún otro excursionista durante su subida. Podría gritar hasta ponerse ronca, pero nunca podrían encontrarla. Deshaciéndose de un temblor nervioso, miró con atención en la penumbra. La negrura oscura de una pared surgió amenazadoramente algunas yardas más allá, y podía oír el chorrito débil de agua a lo lejos. Obviamente, había desembocado en una caverna subterránea de cierto tipo.

    Pero el folleto no decía nada de ninguna cueva cerca de Loch Ness.

    Todo pensamiento cesó abruptamente a medida que caía en la cuenta de que yacía sobre alguna cosa que no era roca o suelo. Atontada por la caída abrupta, naturalmente había asumido que había aterrizado en el piso duro de una caverna. Pero aunque era duro, ciertamente no era frío. Caliente, más bien. Y dado que hasta hacía pocos momentos ninguna luz del sol penetraba en ese lugar, ¿qué probabilidades había de que algo pudiera estar caliente en esa caverna fría y húmeda?

    Tragando, permaneció completamente quieta, tratando de decidir sobre qué yacía sin realmente mirarlo.

    Lo tocó moviendo un poco más un hueso de la cadera. Cedía ligeramente, y no se sentía como si fuera el suelo. Voy a vomitar, pensó. Se siente como una persona.

    ¿Había caído en una vieja cripta? Pero, entonces, ¿no tendría que haber huesos? Mientras debatía su siguiente movimiento el sol alcanzó su cenit, y un eje brillante de luz bañó el lugar donde había caído.

    Reuniendo todo su coraje, se obligó a sí misma a mirar hacia abajo.

    Y gritó.
     
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    quem

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    Título:
    EL BESO DEL HIGHLANDER [ADAPTACION]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    3
     
    Palabras:
    4543
    EL BESO DEL HIGHLANDER
    Disclaimer: Esta historia no me pertenece es una adaptación para el fandom Naruto, sin fines de lucro o ganar algo no quiero enriquecerme con esta adaptación, me encanta escribir aprender más, y entretener al fandom, perdón por la faltas ortográficas que encuentren <3

    EL BESO DEL HIGHLANDER © Karen M. Moning.

    NARUTO © M. Kishimoto
    ADAPTACIÓN © Quem
    +18 Un poco.

    CAPITULO 2

    Había caído sobre un cuerpo. Uno que, visto que no lo había perturbado, debía estar muerto. O, se preocupó, quizá lo maté cuando caí.

    Cuando logró dejar de gritar, se encontró con que se había empujado hacia arriba y lo montaba a horcajadas, sus palmas apuntaladas en el pecho. No el pecho, ella se percató, sino su pecho. La figura inmóvil bajo ella era innegablemente masculina.

    Pecaminosamente masculina.

    Quitó de un tirón sus manos y sorbió en una respiración conmocionada.

    De cualquier forma que él hubiera logrado llegar allí, si estaba muerto, entonces su fallecimiento había sido muy reciente. Estaba en perfectas condiciones, y las manos de Sakura avanzaron a rastras de regreso a su caliente pecho. Tenía el físico esculpido de un jugador de fútbol profesional, con hombros anchos, bíceps y pectorales musculosos y abdominales como una tabla de lavar. Sus caderas, bajo ella, eran delgadas y poderosas. Símbolos extraños estaban tatuados por su pecho desnudo.

    Sakura hizo respiraciones lentas y profundas para aliviar la estrechez repentina en su pecho. Inclinándose cautelosamente hacia adelante, miró fijamente una cara salvajemente bella. La de él era el tipo de dominante virilidad masculina que las mujeres soñaban en la oscuridad, en las fantasías eróticas, sabiendo que realmente no existía. Las pestañas negras barrían su piel dorada, bajo unas cejas arqueadas y una caída sedosa de pelo negro y largo. Su mandíbula estaba espolvoreada con una sombra de barba azul negruzca; sus labios eran rosados y firmes y sensualmente llenos. Ella los rozó con sus dedos, luego se sintió ligeramente perversa, así que fingió que simplemente lo inspeccionaba para discernir si estaba vivo y lo sacudió, pero él no respondió. Ahuecando su nariz con su mano, se sintió aliviada al percibir un soplo suave de respiración. No está muerto, a Dios gracias. La hizo sentirse mejor acerca de encontrarlo tan atractivo. Apoyando sus palmas en su pecho, se sintió adicionalmente reconfortada por su latido fuerte. Aunque no palpitaba muy frecuentemente, al menos lo hacía. Debía estar profundamente inconsciente, quizás en un coma, decidió. Pero quienquiera que fuera, no podría ayudarla.

    Su mirada se lanzó de regreso arriba por el hueco. Aún si lograra despertarlo y luego ponerse de pie sobre sus hombros, todavía no alcanzaría el reborde del hueco. El brillo de sol fluyó sobre su cara, burlándose de ella con una libertad que estaba tan cerca y no obstante tan imposiblemente lejos, y tembló otra vez.

    –Y bien, ¿qué se supone que debo hacer ahora? –masculló.

    A pesar de que estaba inconsciente y no le era útil, su mirada rápidamente regresó hacia abajo. Él exudaba tal vitalidad que su estado la frustraba. No podía decidir si estaba molesta de que él estuviera inconsciente, o más bien la aliviaba. Con su apariencia, era seguramente un mujeriego, justamente el tipo de hombre de quien ella desviaba por instinto. Al haber crecido rodeada por científicos, no tenía experiencia con hombres de su clase. En las raras ocasiones en que había vislumbrado a un hombre como él paseando por el Gold's Gym, ella había mirado estúpida y furtivamente, agradecida de estar segura en su coche. Tanta testosterona la ponía nerviosa. Posiblemente no podría ser saludable.

    Un extraordinario desmontador.

    El pensamiento la tomó desprevenida. Mortificada, se regañó furiosamente, porque estaba herido y allí estaba ella, sentada sobre él, teniendo pensamientos lascivos. Consideró cuidadosamente la posibilidad de que hubiera desarrollado algún tipo de desequilibrio hormonal, quizá un exceso de pequeños óvulos vivaces.

    Contempló los diseños en el pecho del hombre más de cerca, preguntándose si alguno de ellos disimulaba una herida. Los símbolos extraños, a diferencia de cualquier tatuaje que ella alguna vez hubiera visto, estaban cubiertos con manchas de sangre de las rozaduras en sus palmas.

    Sakura retrocedió unas pocas pulgadas, y un rayo de sol se derramó a través del pecho del hombre. Mientras ella lo estudiaba, una cosa curiosa ocurrió: los diseños brillantemente coloreados se desdibujaron ante sus ojos, poniéndose borrosos, como si se desvanecieran, dejando sólo vetas de su propia sangre para arruinar su pecho musculoso. Pero eso no era posible...

    Sakura parpadeó a medida que, innegablemente, varios símbolos desaparecían en su totalidad. En cuestión de instantes todos se fueron, desvaneciéndose como si nunca hubieran existido.

    Perpleja, ella miró hacia arriba, hacia la cara del hombre y aspiró asombrada.

    Sus ojos estaban abiertos y él la observaba. Tenía ojos asombrosos, que brillaban intensamente como pedazos de vidrio roto de color carbón, ojos somnolientos que tenían un toque de diversión e inconfundible interés masculino. Él estiró su cuerpo bajo el de ella con la gracia descarriada de un gato prolongando el placer del despertar, y ella sospechó que aunque estaba despertando físicamente, su agudeza mental no estaba completamente a pleno. Sus pupilas eran grandes y oscuras, como si recientemente le hubieran dilatado los ojos para un examen o hubiera tomado alguna droga.

    ¡Oh, Dios Santo, está consciente y monto a horcajadas sobre él! Podía imaginarse lo que él pensaba y apenas lo podría culpar por eso. Estaba tan íntimamente acomodada como una mujer a horcajadas sobre su amante, las rodillas a cada lado de sus caderas, sus palmas aplanadas contra su estómago durísimo.

    Ella se tensó y trató de gatear fuera de él, pero las manos varoniles se cerraron alrededor de sus muslos y la inmovilizaron allí. Él no habló, solamente la sujetó y la contempló, evaluándola, sus ojos descendiendo y permaneciendo mucho tiempo apreciando sus pechos. Cuando él deslizó sus manos hacia arriba por sus muslos desnudos, ella seriamente lamentó haberse puesto sus pequeños pantalones cortos esa mañana. Un trozo de encaje lila era todo lo que había bajo ellos, y los dedos de él jugueteaban con el dobladillo de sus pantalones cortos, peligrosamente cerca de deslizarse adentro.

    Su mirada de párpados entrecerrados reflejaba una languidez que no tenía nada que ver precisamente con la languidez del sueño, y no había duda lo que tenía en mente. Pero ésta no es una desmontadora segura, pensó Sakura, preocupándose al momento. Este hombre se parece a una experiencia desalentadora de hacha, y no de desmontadora.

    –Mira, estaba precisamente a punto de quitarme de ti –balbuceó–. No tenía intención de sentarme... en ti. Caí a través del hueco y te aterricé encima. Daba una larga caminata y accidentalmente mi mochila cayó en una grieta, y cuando fui a rescatarla la tierra cedió debajo de mí y aquí estoy. Y ya que estamos, ¿por qué no te despertó mi caída? –y lo que era más importante, pensó, ¿cuánto tiempo había estado despierto? ¿Lo suficiente como para saber que ella había logrado obtener unas cuantas apreciaciones pervertidas?

    La confusión titiló en sus ojos hipnóticos, pero él no dijo nada.

    –Usualmente también estoy atontada apenas me despierto –dijo ella intentando hablar con un tono reconfortante.

    Él cambió de posición sus caderas, sutilmente recordándole que ella no estaba tan despierta como él. Algo había ocurrido bajo ella y, tanto como en el resto de él, se apreciaba en su rostro varonil.

    Cuando él le sonrió, revelando incluso sus dientes blancos y una hendidura partida en su barbilla, la parte de su cerebro que hacía las decisiones inteligentes se derritió como chocolate en un día caliente de verano. Su corazón corrió a toda velocidad, sus palmas se sintieron húmedas y pegajosas, y sus labios repentinamente secos. Por un momento, estuvo demasiado aturdida para sentir cualquier cosa excepto alivio. Entonces ésta era la atracción sexual instintiva. ¡Existía! ¡Igual que en el cine!

    Su alivio se extinguió por la ansiedad cuando él la arrastró hacia adelante contra su pecho, ahuecó su trasero con ambas manos, y acomodó su pelvis contra la de él. Él enterró su cara en su cabello y se empujó hacia arriba, rozándose contra ella como un animal esplendente y poderoso. Un siseo de respiración escapó de la joven, una reacción involuntaria por una oleada de deseo demasiado intensa para ser sensata. Se ahogaba en sensaciones: el apretujón posesivo de sus brazos, la fragancia inundada en testosterona del hombre, la raspadura sensual de la sombra de su barba contra su mejilla cuando él atrapó el lóbulo de su oreja con sus dientes, y oh... ese ritmo salvajemente erótico de sus caderas...

    Él apretó su trasero, amasando y acariciando, luego una mano se deslizó hacia arriba, demorándose deliciosamente sobre el hueco donde su columna vertebral se encontraba con sus caderas, avanzando lentamente siempre hacia arriba hasta que ahuecó su nuca en la palma de la mano y guio sus labios más cerca de él.

    –Buenos días, inglesa –dijo él, a una respiración de sus labios. Las palabras fueron entregadas en un acento grueso que sonó áspero como por demasiado whisky o demasiado humo de turba.

    –Déjame ir –ella se las ingenió para decir, apartando la cara.

    Él había calzado su erección cómodamente entre sus muslos, y una mano firme, extendida a través de su trasero, la mantenía aprisionada precisamente donde él la quería. Se sentía durísimo y ardiente a través la tela ligera de sus pantalones cortos. Expertamente, empujó contra el lugar más perfecto que la naturaleza había otorgado a una mujer, y Sakura tosió para camuflar un gemido. Si él le convidara con unos cuantos más de esos golpes atrevidos, ella podría haber tenido su primer orgasmo real sin siquiera sacrificar su cereza.

    –Bésame –él murmuró en su oreja. Sus labios abrasaron lentamente su cuello; su lengua saboreó su piel con sensualidad perezosa.

    –No te besaré. Puedo entender cómo podrías tener la impresión equivocada, despertando para encontrarme tumbada encima de ti, pero te dije que no tenía la intención de aterrizar sobre ti. Fue un accidente –aww, bésalo, Sakura, clamaron cientos de óvulos desvergonzados. Cállense, ella reprendió. Aún no lo conocemos, y hasta hace unos momentos pensaba que estaba muerto. Esa no es forma de iniciar una relación. ¿Quién pide una relación? ¡Bésalobésalobésalo! insistieron sus bebés en espera.

    –Muchacha preciosa, bésame –él plantó un beso hambriento, con la boca abierta, en el área sensitiva entre su clavícula y la base de su garganta. Sus dientes se cerraron delicadamente en su piel, su lengua se demoró, enviando escalofríos por su columna vertebral–. En mi boca.

    Ella se estremeció mientras la caricia aterciopelada convertía en perlas sus pezones contra su pecho.

    –Uh-uh –dijo ella, no confiando en sí misma para decir demasiado.

    –¿No? –él sonó asombrado. E imperturbable. Mordió la parte inferior de su barbilla mientras extendía su mano íntimamente y con habilidad sobre sus nalgas.

    –No. Nada de eso. No. ¿Entiendes? Y saca tu mano de mi trasero –agregó ella con un chirrido, cuándo él apretó otra vez–. Oooh. ¡Detente!

    Perezosamente, él deslizó su mano hacia arriba de sus caderas hacia su cabeza, aprovechando la oportunidad para acariciar a fondo cada pulgada entremedias. Enterrando ambas manos en su pelo, él la agarró del cuero cabelludo y retiró su cabeza amablemente hacia atrás para poder escudriñar sus ojos.

    –Lo digo en serio.

    Él arqueó que una ceja dudosa pero, para su sorpresa, resultó ser un caballero y lentamente renunció a su sujeción. Ella gateó fuera de él. Inconsciente de que había estado descansando sobre una losa de piedra varios pies por encima del piso de la caverna, ella cayó sobre sus rodillas en el suelo. Él se incorporó en la losa cautelosamente, como si cada músculo de su cuerpo estuviera agarrotado. Pasó rápidamente su mirada en torno a la caverna, negó con la cabeza con el vigor de un perro empapado quitándose de encima la lluvia, luego dio al interior de la caverna una segunda mirada minuciosa. Lanzó su largo pelo oscuro sobre su hombro y entrecerró los ojos. Sakura presenció el momento preciso en que la confusión del letargo abandonó su mente. El brillo tentador en su mirada se desvaneció, y dobló sus brazos musculosos a través de su pecho. La recorrió con la mirada con una expresión al mismo tiempo alarmada y enojada.

    –No recuerdo haber venido aquí –dijo acusadoramente–. ¿Qué has hecho? ¿Me trajiste aquí? ¿Es esto brujería, muchacha?

    ¿Brujería?

    –No –dijo ella precipitadamente–. Ya te lo dije, me desplomé por ese agujero –agitó con fuerza su pulgar hacia arriba, señalando el eje de luz del sol–... y tú ya estabas aquí. Aterricé en ti. No tengo idea de qué modo llegaste.

    Su mirada fría vagó por sobre la abertura dentada, la suciedad y piedras sueltas desperdigadas alrededor de la losa, la sangre en sus manos, su estado desarreglado. Después de vacilar un momento, él pareció evaluarla como una historia plausible.

    –Si no viniste buscando mis atenciones personales, ¿por qué estás tan desvergonzadamente vestida? –dijo él rotundamente.

    –¿Quizá porque hace calor afuera? –ella devolvió el disparo, tirando defensivamente del dobladillo de sus caquis. Sus pantalones cortos no eran tan pequeños–. No es que tú mismo lleves mucho más.

    –Esto es natural para un hombre. No es natural para una para mujer cortar su chemisse en la cintura y quitarse el vestido. Cualquier hombre haría la suposición que hice. Estás vestida depravadamente, y estabas montada de manera íntima sobre mis caderas. Cuando un hombre se despierta, algunas veces le toma varios minutos empezar a pensar claramente.

    –Y yo aquí pensando que le tomaba varios años, quizá una vida entera a juzgar por el intelecto del americano promedio –dijo ella sarcásticamente. ¿Chemisse? ¿Cortada a la cintura?

    Él bufó, negando con la cabeza otra vez, tan vigorosamente que le daba a ella dolor de cabeza.

    –¿Dónde estoy? –demandó él.

    –En una caverna –masculló la muchacha, sintiéndose menos que caritativa hacia él. Primero, él había tratado de tener relaciones sexuales con ella, luego había insultado su ropa, y ahora se comportaba como si ella hubiera hecho algo incorrecto–. Y me deberías pedir perdón.

    Sus cejas se arquearon con sorpresa.

    –¿Por despertarme para encontrar a una mujer medio vestida yaciendo sobre mí y por pensar que ella deseaba que le diera placer? Creo que no. Y no soy tonto –regañó–. Sé, querida, que estoy en una caverna. ¿En qué parte de Escocia se asienta esta caverna?

    –Cerca de Loch Ness. Cerca de Inverness –dijo ella. Retrocedió lejos de él unos pocos pasos.

    Él resopló, aliviado.

    –Por Amergin, esto no es demasiado fankle. Estoy solamente a unos pocos días y no muchas leguas de casa.

    (Fankle: gaélico; forma familiar de llamar a los problemas)

    ¿Amergin? ¿Fankle? ¿Quién había enseñado inglés a ese hombre? Su acento era tan cerrado que tenía que escuchar atentamente para descifrar lo que decía, y aún así no todo tenía sentido. ¿Podía haber crecido ese hombre glorioso en algún pueblo oscuro de las Highlands donde el tiempo se hubiera detenido, los coches estuvieran veinte años pasados de moda, y las antiguas costumbres y la forma de hablar fueran todavía respetadas?

    Cuando guardó silencio por varios minutos, ella se preguntó si quizá él realmente estaba herido de algún modo y había estado descansando en la caverna. Tal vez se había golpeado la cabeza; no había explorado esa parte de él. Diablos, la única parte que no lo hiciste, pensó. Sakura frunció el entrecejo, sintiéndose vulnerable en la caverna con ese hombre moreno y sexy que ocupaba demasiado espacio y usaba más que su parte justa de oxígeno. La confusión de él sólo acrecentaba la ansiedad de la joven.

    –¿Por qué no me indicas el camino hacia fuera, y podemos hablar en el exterior? –lo animó. Quizá él sería menos atractivo a plena luz del día. Quizá era solamente la atmósfera oscura y restringida de la caverna lo que lo hacía parecer tan grande y perturbadoramente masculino.

    –¿Juras que no tuviste nada que ver con cómo llegué aquí?

    Ella levantó sus manos en un gesto que decía, ¿Por qué no me echas un buen vistazo y simplemente ves lo pequeña que soy, y luego mírate?

    –Es cierto –él estuvo de acuerdo con su reprensión muda–. No puedes hacer demasiado.

    Ella rehusó dignificar su comentario con una respuesta. Cuando él se levantó de la losa, Sakura se dio cuenta de que, a pesar de su impresión inicial, él no traía puestos unos pantalones cortos a cuadros pasados de moda, como una parte de sus ancianos compañeros de tour lucían, sino que estaba vestido con un pedazo de tela estampada prendida en torno a su cintura. Lo llevaba por encima de las rodillas, y sus pies y sus pantorrillas estaban encajonados en botas suaves. Ella inclinó su cabeza hacia atrás para contemplarlo y, desconcertada por cómo se elevaba por encima de ella, barbulló:

    –¿Qué tan alto eres tú? –pudo haberse dado de puntapiés cuando pareció sonar intimidada. Estando de pie al lado de él, pocas personas podrían hacer demasiado. Aunque ella nunca se involucraría con un hombre como él, era imposible no sentirse afectada por su altura increíble y su cuerpo poderosamente desarrollado.

    Él se encogió de hombros.

    –Más alto que la chimenea.

    –¿La... chimenea?

    Él terminó su examen atento de la caverna y la recorrió con la mirada.

    –¿Cómo puedo reflexionar contigo hablando hasta por los codos? La chimenea en el Gran Hall, lo único por lo que Izuna y yo competimos: para crecer más altos que... –una expresión de tristeza profunda cruzó su cara con la mención de Izuna. Permaneció silencioso un momento, luego meneó su cabeza–. Él nunca lo hizo. Apenas por una pequeña cantidad –indicó el espacio de una pulgada entre su dedo y su pulgar–. Soy más alto que mi padre, y más alto que dos de las piedras en Ban Drochaid.

    –Quise decir en pies –ella aclaró. Hablar mundanamente le daba una medida de calma.

    Él contempló sus botas un momento y pareció estar haciendo algunos cálculos rápidos.

    –Olvídalo. Caigo en la cuenta –seis pies y medio, quizá más alto. Y para una mujer de cinco pies veintitrés pulgadas en su mejor día, intimidante. Ella se inclinó y agarró su mochila, deslizando una correa sobre su hombro–. Vamos.

    –Espera. No estoy aún preparado para la marcha, chica –él se movió hacia un amontonamiento cerca de la pared, que Sakura había pensado era una confusión de rocas. Observó nerviosamente cómo él recuperaba sus pertenencias. Él hizo algo que la joven realmente no siguió con la manta que traía puesta, para que una parte terminara por sobre un hombro. Después de sujetar una bolsita en torno a su cintura, acomodó bandas anchas de cuero sobre cada hombro a fin de que atravesaran en una X su pecho. Los aseguró en su cintura con otra banda ancha que las ciñeron cómodamente en el lugar, luego se envolvió una cuarta banda que rodeó sus pectorales.

    ¿Estaba vistiéndose con algún disfraz viejo?, se preguntó Sakura. Ella había visto algo similar a su atuendo en un castillo que su grupo había recorrido el día anterior, en uno de los bocetos medievales de una armería. Su guía había explicado que las bandas formaban un tipo de armadura, protegiendo lugares críticos, como el corazón y el abdomen, con los discos de metal adornados meticulosamente.

    Mientras ella lo observaba, él sujetó bandas similares de cuero que se estiraban desde la muñeca hasta el codo, alrededor de sus potentes antebrazos. Se quedó con la mirada fija en silencio cuando él empezó a entremeter docenas de cuchillos y fundas de cuchillos, que se veían alarmantemente auténticos. Dos entraron en cada muñequera, con la empuñadura hacia su palma, diez en cada banda cruzada. Cuando él se inclinó sobre montón cada vez más pequeño de armas y levantó una maciza hacha de cuchilla doble, ella se sobresaltó. Un desalentador desmontador de cereza, ciertamente. Definitivamente no un hombre con el que una mujer pudiera arriesgarse. Él levantó un brazo y lo bajó detrás de su hombro derecho, deslizando el mango del hacha en las bandas que atravesaban su espalda Por último, enfundó una espada en su cintura.

    Cuando él hubo terminado, ella estaba consternada.

    –¿Son... son reales?

    Él le dirigió una mirada fría.

    –Sí. No podrías matar a un hombre de otra manera.

    –¿Matar a un hombre? –ella repitió débilmente.

    Él se encogió de hombros y contempló el hueco por encima de ellos y no dijo nada por mucho tiempo. Cuando Sakura comenzaba a pensar que la había olvidado completamente, él dijo:

    –Te podría lanzar a esa altura.

    Oh, sí, él probablemente podría. Con un brazo.

    –No, gracias –dijo ella fríamente. Pequeña podría ser, pero una pelota de básquet no.

    Él sonrió abiertamente ante su tono.

    –Pero me temo que eso podría hacer que más rocas se derrumbaran sobre nosotros. Ven, encontraremos una salida.

    Ella tragó.

    –¿Tú realmente no recuerdas por dónde entraste?

    –No, muchacha, me temo que no lo hago –él la midió por un momento–. Ni recuerdo por qué –agregó a regañadientes.

    Su respuesta la preocupó. ¿Cómo podría él no saber cómo o por qué había entrado en la caverna, cuando obviamente había entrado, se había quitado las armas, y las había amontonado pulcramente antes de acostarse? ¿Tendría amnesia?

    –Ven. Debemos darnos prisa. No me importaría salir de este lugar. Debes volver a ponerte tus ropas encima.

    Los pelillos de su nuca se erizaron, y ella apenas resistió el deseo de sisear como un gato.

    –Mis ropas ya están puestas.

    Él levantó una ceja, luego se encogió de hombros.

    –Como quieras. Si estás a gusto paseándote de esa manera, lejos está de mí el quejarme.

    Cruzando la cámara, él tomó su muñeca y empezó a llevarla a rastras.

    Sakura le permitió jalarla detrás a él por una corta distancia, pero una vez que habían dejado la caverna, toda la luz desapareció. Él los conducía al tacto, palpando un camino a lo largo de la pared del túnel, su otra mano cerrada en torno a su muñeca, y ella comenzó a temer que pudieran hundirse en otra grieta, escondida por la oscuridad.

    –¿Conoces estas cuevas? –preguntó Sakura. La negrura era tan absoluta que la estaba oprimiendo, sofocándola. Necesitaba luz y la necesitaba ahora.

    –No, y si me dices la verdad y caíste a través del hueco, entonces tú tampoco –recordó él–. ¿Tienes una idea mejor?

    –Sí –ella tiró fuertemente de su mano–. Si tú simplemente te detuvieras un momento, entonces podría ayudar.

    –¿Tienes fuego para iluminar nuestro camino, inglesita? Porque eso es lo que necesitamos.

    Su voz era divertida, y la irritó. Él la había evaluado, estimándola indefensa, y eso la disgustó mucho. ¿Y por qué continuaba él llamándola inglesa? ¿Era la versión escocesa de americana, y quizá llamaban a las personas de Inglaterra británicos? Ella sabía que tenía un dejo de acento inglés porque su madre había sido criada y educada en Inglaterra, pero no era tan pronunciado.

    –Sí, lo tengo –ella se burló.

    Él se detuvo tan repentinamente que ella chocó contra su espalda, golpeándose la mejilla con la empuñadura de su hacha. Aunque no podía verlo, lo sintió volverse, olió el perfume masculino y picante de su piel, y luego sus enormes manos estuvieron sobre sus hombros.

    –¿Dónde tienes el fuego? ¿Aquí? –él pasó sus dedos a través de su pelo largo–. No, quizá aquí –su mano frotó sus labios a oscuras, y si ella no los hubiera mantenido cerrados, él habría deslizado ligeramente su dedo entre ellos. El hombre era realmente salvaje, empeñado en su seducción con una franqueza que la hacía temer por su determinación–. Ah, he aquí –él ronroneó, deslizando su mano sobre su trasero, luego jalándola bruscamente contra él. Estaba todavía erecto. Increíble, pensó ella, fascinada a su pesar. Él rió, un sonido ronco, confiado–. No dudo que tengas fuego, pero esta clase no nos podría ayudar a escapar de la caverna, aunque indudablemente la haría enormemente más placentera.

    Oh, definitivamente se estaba burlando ahora. Ella se contorsionó fuera de sus manos.

    –Eres tan arrogante. ¿Todos esos esteroides han desgastado poco a poco tus células cerebrales?

    Él guardó silencio un momento, y su falta de respuesta la enervó. La joven no podía verlo y se preguntaba qué pensaría él. ¿Estaba disponiéndose a saltar sobre ella otra vez? Por fin, el hombre dijo lentamente:

    –No entiendo tu pregunta, muchacha.

    –Olvídalo. Simplemente deja de empujarme contra ti, así puedo sacar algo de mi mochila –dijo ella rígidamente. Deslizó una correa fuera de su hombro y la empujó hacia él–. Sostén esto un minuto –mientras que había estado dispuesta a descartar sus cigarrillos, la exclusión de un encendedor perfectamente utilizable le había parecido antieconómico. Además, ella había abandonado antes, y luego, cuando había comenzado de nuevo, había tenido que comprar un encendedor flamante. Hurgando en uno de los bolsillos externos, suspiró aliviada cuando sus dedos se cerraron sobre el plateado Bic. Cuando presionó el botón pequeño, el hombre rugió y brincó hacia atrás. Sus ojos entrecerrados, brillantes, con ese toque de sensualidad, se ampliaron con asombro.

    –Tienes fuego...

    –Tengo un encendedor –lo interrumpió defensivamente–. Pero no fumo –se apresuró a agregar, sin el humor suficiente para soportar el desdén de un hombre que era claramente un atleta de algún tipo. Había empezado a fumar dos años atrás, durante el Gran Ataque de Rebelión, justo después de que ella y sus padres habían dejado de hablarse permanentemente, y luego había terminado siendo adicta. Ahora, por tercera vez, lo había dejado, y por Dios que iba a salir triunfante esta vez. Los dedos masculinos se cerraron sobre el encendedor, y asumió la posesión de él. Mientras estaba de pie en la oscuridad, él le quitaba el encendedor y la llama titilaba hasta apagarse, Sakura tuvo la sospecha de que él haría lo mismo con cualquier cosa que quisiera. Las circunstancias otorgan la posesión. Envuelve tu mano firme alrededor de algo que quieras y reclámalo.

    Se sorprendió de que él buscara palpando varios momentos antes de que lograse presionar el botón pequeño que encendía la llama. ¿Cómo podía no saber cómo usar un encendedor? Aún un fanático de la salud habría visto a alguien encender un cigarro puro o una pipa, aunque fuera solamente en la TV o en una película. Sufrió otro ataque de escalofríos. Cuando él reanudó el paso, ella lo siguió porque la única alternativa era quedarse a oscuras, y esa no era alternativa en absoluto.

    –¿Inglesa? –dijo él suavemente.

    –¿Por qué me llamas de esa manera?

    –No me has dicho tu nombre.

    –Yo no te llamo escocés, ¿verdad? –dijo ella irritada. Irritada por su fuerza, su arrogancia, su evidente sensualidad.

    Él se rió, pero no sonó como si su corazón estuviese de ello.

    –Inglesa, ¿qué mes es?

    Oh, chico, aquí vamos, ella pensó. Caí en uno de los huecos del conejo de Alicia en el País de las Maravillas.
     
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