El ascenso de Milo Stoker El arrecife estaba en mitad del Atlántico, compuesto por unos bancos de arena que, en ese momento, estaban completamente cubiertos por agua, pero en los que se podía uno posar si aguantaba el frío y las olas con entereza. En la costa de aquel arrecife, alejado de cualquier rastro de civilización, se encontraba un barco cuya quilla se había fracturado a causa de una tormenta tres semanas atrás. Y aquel barco ardía. Solamente había un único reloj en todo el barco, el reloj de bolsillo del capitán, pero pronto éste se hundiría e inutilizaría para siempre, aunque aún podía marcar la hora. Eran las tres y dieciocho de la madrugada, pasados exactamente diecisiete segundos. En aquel preciso momento, aquel instante congelado, el paralizado fuego emitía una fuerte luz que iluminaba todo a su alrededor, así como las nubes, las olas y, por supuesto, a sus tripulantes. En lo alto del barco se encontraba el vigía Gregory Ashden, a punto de caer por el borde de la cofa debido a una fuerte llamarada que le hizo echarse bruscamente hacia atrás. Pocos segundos después caerá sobre la cubierta, rompiéndose el cuello, pero no muriendo al instante. Morirá ahogado, cuando tiren de su cuerpo hacia al mar. Las últimas tres semanas de Gregory no fueron muy alegres, pues muchos le culpaban de que el barco hubiese encallado durante la tormenta al no haber divisado correctamente el arrecife. Y aunque todos sabían que nadie hubiera podido hacer nada, aun así necesitaban descargar su frustración contra alguien. Cuando su comida no desaparecía, la cantidad desde luego era indudablemente menor que la de sus compañeros. Y los primeros días ni siquiera le dejaron dormir, entre golpes, empujones o turnos injustos. Afortunadamente, pasada una semana empezaron a entretenerse con Milo, el más joven de la tripulación, y ciertamente el más atractivo y parecido a una mujer en cientos de millas a la redonda. La noche de la explosión, a Gregory le tocó vigilar. El cielo se había cubierto de nubes, y aunque hubiese luna llena, apenas podía verse más allá del barco. Sin embargo, Gregory pudo haber jurado que algo se estaba moviendo en la oscuridad, aunque no tenía claro el qué. Una explosión sacudió el mástil, y el fuego se extendió rápidamente por la cubierta, alzándose bruscamente por cuerdas que amarraban las velas. Fueron unos minutos tan solo desde que empezó, pero Gregory se dio cuenta de que iba a morir. Poco después, cuando esté hundiéndose en el agua, recordará el terror en los ojos de Milo, mientras el bruto de Gideon le empujaba la cabeza contra el catre, y lamentará entre mudos gritos el haberse dado la vuelta y fingir no haber visto nada. No mucho mejor será el destino de Gideon Dodd, el más corpulento de toda la tripulación. No solamente era grande, también era fuerte, musculado y con un ego tan inflado como su propio cuerpo. Estaba acostumbrado a ganar, a resaltar entre la gente y a salirse con la suya tuviese o no la culpa de lo que había ocurrido. Pero en esta ocasión, Gideon no vencería. En el instante congelado, Gideon estaba subiendo las escaleras de la bodega en una torpe carrera, envuelto en llamas. Desafortunadamente para él, las llamas no estaban solamente en la superficie de su cuerpo, carbonizando y deshaciendo su piel rápidamente, sino que se extendían por su interior, por músculos desgarrados en su pecho, por su brazo izquierdo, astillado y deformado, y por la mitad de su cara, ahora con una mandíbula colgante, dientes clavados dentro de su propia boca, y un ojo completamente desaparecido. Su expresión era de dolor e ira, mezclada con un eterno grito de frustración y rabia. En cuanto ese instante pasase, Gideon continuaría su frenética carrera, envuelto en llamas y alaridos, terminando de subir las escaleras. Allí, vería a Milo, todavía con una humeante antorcha artesanal en la mano, de pie, sobre el borde del barco, mirando hacia el mar. Gideon no era imbécil, sabía perfectamente a quién culpar del fuego, y sabía por qué lo había hecho, y que pronto moriría por las heridas, pero no lo haría sin antes llevarse por delante a su asesino. Así que, tras verlo, Gideon correrá con todas sus fuerzas contra Milo. Sin embargo, él se dará cuenta, le dedicará una breve mirada, una sutil sonrisa, y luego se dejará caer del barco hacia el mar, antes de que pueda alcanzarle. Gideon no podrá detener su carrera, estará demasiado débil y herido, simplemente caerá descontrolado por el borde. Las últimas tres semanas tampoco fueron especialmente fáciles para Gideon. Su cuerpo era mastodóntico, y sus necesidades primarias eran feroces. Le obligaron a comer en un día menos de la mitad de lo que comía en una sola cena, y la bebida apenas se distribuía debido al ansia de evasión de la tripulación. Lo único que le quedaba ante la espera era el juego y la masturbación, y rápidamente se aburrió de ambas cosas. Normalmente se cansaba después de estar todo el día trabajando y navegando, pero ahora solo tenía un tiempo ilimitado de quietud y acecho. En ese eterno período fue cuando vio al joven Milo, mirando al mar, mientras sus largos y rizados cabellos dorados ondeaban al viento y sonreía como un enamorado al horizonte. Estuvo una semana viéndole ir a la popa, cuando nadie miraba, y se quedaba hablando a solas con el mar, a veces incluso cantando casi en susurros, para que solamente él y las olas pudieran escucharle. Milo apenas había empezado a ser un hombre, y Gideon podía enseñarle mucho, podía incluso mostrarle cómo amar correctamente durante las noches. Hubo roces e insinuaciones, pero la espera fue más de lo que pudo soportar. A los pocos días, ya no hubo restricciones. Naturalmente el resto de la tripulación estaba al corriente de lo que pasaba, pero ¿Quién le iba a negar el único placer que le quedaba? Trabajaba más que ninguno, y siempre se habían aprovechado de su fuerza. Aquello era una merecida recompensa. Incluso alguna noche posterior, habría quien usaría también a Milo. Y Gideon lo consideró justo para todos. Su última noche, la noche del ataque, Gideon vería a aquellos pobres diablos, que también usaron a Milo, hundirse junto a él en el mar, siendo arrastrados hacia las profundidades, donde su fuerza no le serviría de nada. Antes de soltar su último aliento verá a Milo una última vez, pero su agonía y confusión no le dejarán entender lo que está pasando. Poco después, estará en el fondo del mar. William Stewart fue, sin duda alguna, quién más observó y cuidó a Milo durante su estancia en el buque. Debido a su posición siempre pensó que era su deber proteger a la tripulación, incluso de sí misma. En el instante congelado, William se encontraba en el banco de arena, a unas decenas de metros del barco, encorvado, mirando con horror como todos los hombres saltaban desde el barco en llamas y caían sin remedio al mar. Las tres semanas anteriores había estado observando con nerviosismo y preocupación como la moral de los tripulantes del barco caía en los abismos de la desesperación. Pudo ver como Gideon acumulaba ira sin control; como los marineros trataban con recelo y asco a Gregory, a pesar de saber todos ellos que aquella tormenta no había sido culpa de nadie; y pudo ver cómo el joven Milo se escabullía a menudo, cuando nadie miraba, a la parte trasera del camarote del capitán, donde pasaba a veces horas muertas. Y le llamó más la atención cuando le escuchó cantar, pues hubiese jurado que el mar le respondía la canción. Milo era un joven fascinante, todos eran conscientes de ello, pero había algo en su mirada que había cambiado en el tiempo que el barco había permanecido encallado ¿Habría perdido el joven la cordura por el miedo a morir allí? Escuchó rumores y habladurías, pero cuando él se acercaba, solo había silencio y miradas esquivas. Bien sabía William que aquellos tristes diablos guardaban la compostura ante él por respeto, pero por el respeto a su pistola y a su sable. La noche del accidente William no pudo dormir. Estuvo todo el tiempo con la sensación de que alguien le observaba. Quizás era su propia imaginación, o el miedo a un motín absurdo que no solucionase nada, pero fuese lo que fuese, no le dejaba estar cómodo en la oscuridad o en el silencio. Desde su camarote pudo escuchar algo arrastrándose. No pudo identificar claramente el origen del sonido, por lo que no tardó demasiado en salir de su habitación e ir a cubierta. La explosión, proveniente desde el suelo, le echó bruscamente fuera del barco, cayendo al agua, cerca del banco de arena. La conmoción casi hizo que se ahogase, pero luchó con uñas y dientes para intentar incorporarse sobre el hundido banco de arena, para mirar con sorpresa y horror como el fragmentado barco se quemaba y partía sin remedio junto a los espeluznantes gritos de la tripulación, que trataba de huir del barco como podía. Desafortunadamente, los pobres marineros no tuvieron tiempo ni oportunidad de ver a las espantosas criaturas que les esperaban en el mar. Algunas se agarraban a la ardiente madera, atrapando a sus víctimas y tirándolos al agua, otras simplemente esperaban que cayeran al agua, y en cuanto los tenían al alcance, los agarraban y hundían en el agua, haciendo desaparecer todo rastro de ellos. En cuanto el instante congelado pasase, podría ver a Milo, en la borda, soltando una antorcha, y dejándose caer al agua. Gideon caerá tras él, envuelto en llamas y desaparecerá al instante, pero Milo seguirá en la superficie. Una de esas criaturas se acercará a él, y entonces William podrá verlas más claramente. Su piel translúcida, largas melenas que brillan junto a las llamas, cuerpos desnudos, femeninos y escamados, vestidas con sonrisas amables. Milo besará a la criatura, con pasión pero con calma y el pobre William no podrá entender lo que estará viendo, pero podrá notar un terror que nunca antes había sentido, al notar cómo la criatura le dirige una pasional mirada, acompañada de una cruel sonrisa, antes de hundirse en el agua junto a Milo. Entonces, William notará como unos brazos le rodean por la espalda. El instante congelado pasará para todos. Para Milo será un segundo como otro cualquiera, pero poco después tendrá su propio instante congelado, uno en el que estará rodeado de todos los tripulantes, que darán mudos gritos desesperados mientras descienden a un abismo incierto, pero él no se dará cuenta, porque estará envuelto en el cálido abrazo del amor juvenil, en un beso eterno, mientras asciende hacia un futuro desconocido y una oscuridad esperanzadora. Tarde o temprano, ese instante pasará también para Milo, pero no le importará, pues ese momento valdrá una y cien vidas para él.