The Hunger Games Con V de Vencedor

Tema en 'Fanfics sobre Libros' iniciado por Temarii Juuzou, 24 Marzo 2026 a las 1:04 AM.

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    Temarii Juuzou

    Temarii Juuzou Maestre

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    Inventory:

    Escritor
    Título:
    Con V de Vencedor
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    2088
    Autor: Temarii Juuzou.
    Actividad: Días de A, B, C... K... Xutra [+18]
    Personajes: Finnick Odair
    Advertencias: No fui explicita porque no estoy mal de la cabeza, pero se tocan los temas obvios de ab*so al pequeño Finnick; me gustaría recordar, que para nada se romantiza, es un fragmento de una historia que comencé a escribir de este tributo.




    V de Vencedor


    Mi nombre es Finnick Odair.
    Nací en el Distrito 4.
    Fui seleccionado en los 65° Juegos del Hambre.
    Salí vencedor con tan solo 14 años.


    Y ahora, con 16, continúo siendo el vencedor más joven en ganar los juegos. No es algo que me enorgullezca, hice lo que debía para volver a casa y continúe haciendo mi parte para ayudar lo más posible a los tributos de mi distrito, incluso si Maggs me pedía que no lo hiciera. Quizá debí haberle hecho caso.

    Al principio, he de admitir, toda la atención que se me daba era increíble; no solo era el vencedor, era el más joven, el más letal, el más guapo. Miles de elogios me llegaron durante mi gira por los distritos y los rostros llenos de admiración —de los que no tenían familiares que hayan sido mis víctimas— me hacían sentir orgulloso de mis hazañas. Al menos, hasta que me iba a dormir y todas las imágenes comenzaban a atormentarme.

    Maggs me dio unas pastillas para eso, no eran para dormir, eran más para noquear a uno y que quedará totalmente en blanco. Ella también las llegó a tomar, me dijo que con el tiempo, ya no las iba a necesitando tanto como antes; yo procuró no tomarlas seguido o frente a mis padres, quienes se jactan frente a todos de lo valiente que es su hijo, de lo genial y asombroso que soy. Pero, realmente ¿Se debería considerar genial haber arrebatado tantas vidas de la forma en la que lo hice? ¿Fui valiente por hacerme el coqueto y tímido durante las entrevistas?, ¿Qué hay de asombroso en la vida que llevo ahora?

    Siento que la mayor valentía llegó cuando cumplí 16, pero de esa, mis padres jamás han presumido.

    Los 67° juegos del Hambre habían llegado a su fin, así que yo esperaba disfrutar del festejo que se hace en cada final, pero no porque me gustara el lujo y todo lo que eso conlleva, era más porque significaba que todo había llegado a su fin y, con un poco de suerte, volvería a casa con alguno de los tributos de mi distrito. Recuerdo que mi primer año como mentor no fue bueno, los chicos no tenían mucho potencial, pero el 67° fue bueno en comparación. Casi lo teníamos con la chica, la cual resultó más ruda de lo que aparentaba; estuve por días buscando patrocinios y, de no ser por esa ola de frío, seguramente habríamos tenido un vencedor más en nuestro distrito.

    Aún así, cuando terminaron, me sentía demasiado aliviado. No feliz, eso jamás si volvíamos a casa sin un vencedor, pero en esos momentos ya podía descansar y darme un respiro; la verdad es que ya me encontraba cansado de tantas sonrisas y halagos a gente importante del capitolio, tan solo debía aguantar un día más y podría volver a casa, disfrutar del sol, la playa y la arena de mi distrito y esperar a los siguientes juegos. Ahora, esa era mi vida.

    Sin embargo, no estaba preparado para lo que me esperaba.

    Recuerdo que estaba terminando de arreglarme cuando Maggs entró acompañada de un Avox, y lo recuerdo bien, porque ella se miraba más cansada y vieja de lo que era y no pudo ni sonreírme cuando se me entregó una carta que el mismísimo presidente Snow había escrito para mi. Yo no sabía si debía sentirme asustado o emocionado, así que solo decidí sonreír a mi mentora para restarle importancia.

    —Seguramente no es nada.

    La carta no era algo realmente importante, tan solo se me daba la indicación de ir a un sitio específico al terminar la celebración de aquella noche. Las manos de Maggs temblaron cuando se lo dije y me abrazó con fuerza mientras sollozaba, aunque yo podía sentir como se estaba esforzando por no echarse a llorar a mares. No comprendí en ese momento la dimensión del problema, ni siquiera cuando, al mirar al Avox, este tan solo había agachado la cabeza, triste por mi… ¿Cómo un Avox, en su situación, podría sentir tristeza por mí, un vencedor?

    La verdad es que en ese momento no quería ver la realidad, pero en el fondo ya sabía lo que me esperaba.

    Lo supe durante toda la fiesta, en la que Maggs jamás se me despegó. Cuando caminé fuera del sitió a la hora acordada, seguido por mi mentora y la mano de Librae, otra de las vencedoras del distrito 4, me hicieron detenerme en seco antes de partir. Ella no me apoyó exactamente en mi año, se dedicó a ayudar a mi compañera, más grande y fuerte, una mejor apuesta había dicho, y aun así, al ganar, fue cálida y amable, incluso cuando sentía que siempre me miraba con lastima. En ese momento, la lastimaba era más un coraje puro, un odio atemorizante; pero no hacía mi.

    —No vayas a llorar. Nunca llores. Tu, Finnick Odair, eres valiente, eres fuerte.

    Fue todo lo que me dijo. Yo sonreí con timidez, fingiendo ignorancia a lo que ya era obvio, siendo el chico valiente que esperaban que fuera; pero realmente, me estaba cegando a mi mismo porque ver la realidad, era más aterrador.

    Maggs me acompañó hasta donde se le permitió, la entrada de un lujoso Hotel en el Capitolio. Ella intentó ir más, pero los guardias no se lo permitían: la invitación solo era para mi. Me abrazó con fuerza y me metió una pastilla en el bolsillo del pantalón. Yo caminé con lentitud hasta la habitación indicada en la carta y entré, esperando cualquier aberración, pero lo que me esperaba era nada más y nada menos que un viejo ricachón del Capitolio, bastante agradable, con quien pase la mayor parte de esos juegos llenando de halagos y sonrisas, todo por un poco de comida para mi tributo. Suspire un poco más calmado, creyendo que mis ideas solo eran eso y que aquel hombre tan amable, solo quería platicar un rato.

    Lo supuse por la mesa, llena de comida.

    Recuerdo no haber probado bocado, no después de la fiesta, tan solo me había quedado sentado a su lado con una copa de vino, escuchando hablar de lo lamentable que había sido la pérdida de la pobre Alanna, de la gran suma de dinero que había puesto en ella y de lo triste que era no ganar.

    —Supongo que así es en la vida. A veces uno apuesta y no siempre gana —le dije con una sonrisa amable, estaba cansado de sonreír, pero nada me costaba hacerlo un poco más.

    —Bueno, yo no he perdido del todo, muchacho…

    Aquel hombre, ya borracho, bebió su cuarta copa de vino de golpe y llevó su mano hasta mi rostro. Y ahí no pude seguir fingiendo que no sabía lo que iba a pasar; era un secreto a voces que todos negaban, que los más hermosos siempre eran vendidos por el presidente Snow y que si yo no lo había sido al haber ganado, fue únicamente por ser tan joven. Seguía siéndolo, pero 16 no sonaba tan escandaloso como 14.

    El pulso me latió con fuerza. Aquel hombre debía tener la edad de mi difunto abuelo, quizá hasta más; recuerdo que Librae había dicho de forma despectiva que era uno de los más asquerosamente ricos, porque pese a su edad, su rostro se miraba joven, lo que solo podía significar que tenía para costearse buenas cirugías. De cerca, la edad se le notaba aún más.

    Cerré los ojos, lamentando nunca haber dado un beso real en mi vida. Por suerte, no era mi primer beso, pero sí era el primero que me daban con violencia, con una necesidad enfermiza; los labios de las chicas que había besado eran suaves, tímidos. No duraban tanto porque se alejaban llenas de vergüenza, pero siempre tenían ese delicioso sabor a sal de mar y frutos tropicales; estos sabían a la ceniza de los cigarrillos que había estado fumando sin parar, a vino y whiskey, eran gruesos y fibrosos y soltaban más baba de la que debería estar permitido.

    Era asqueroso.

    Yo me sentía asqueroso.

    Pero solo pude cerrar los ojos, con la esperanza de que ese bigote tan estúpido dejara de hacerme cosquillas y esas manos arrugadas y viejas se alejaran de mi rostro. Si tenía suerte, eso sería lo único que querría de mi…

    Pero la suerte, entendí en ese momento, nunca está de nuestro lado. No cuando somos parte de los distritos.

    —Soy un hombre afortunado.

    Fue lo primero que dijo al separarse de mí, un hilo de saliva aun juntaba nuestras bocas. Sacó su lengua para cortarlo y lo saboreo; todos los aperitivos de la fiesta se me revolvieron dentro de mi estómago. Se volvió a inclinar, pero esta vez me alejé.

    —Necesito prepararme… —le sonreí, de la misma forma que había hecho tantas veces durante esos dos años. Me sentí asqueroso por hacerlo nuevamente en esa situación. Aquel hombre beso mi mano y me dejó ir al baño, donde me encerré y me lave el rostro con agua fría.

    Me miré las manos, temblorosas; me mire al espejo y no me reconocí. Quería llorar, hacerme un ovillo y esperar a que mi madre llegara desde el distrito 4 a abrazarme, a decirme que todo estaría bien; pero eso jamás pasaría, porque, para empezar, mi madre nunca me abrazaría en una situación como esta. Pensé en Mags y en las enormes ganas que tenía de recostarme en su regazo.

    Pero entonces las palabras de Librae resonaron en mi cabeza: No llores.

    Respire hondo tres veces para calmarme y me dispuse a salir, recordando que tenía una pastilla en el pantalón cuando mi mano tocó la manija de la puerta Lo saque y lo observé por un momento, se parecía a las que solía tomar para dormir, pero diferentes… La trague sin pensarlo, si Maggs me lo hubiera dado, por algo sería.

    De ahí en más, todo lo recuerdo como si hubiera sido un sueño, o más bien, una pesadilla. Unas manos ásperas tomándome de la cadera y esos asquerosos labios tomando los míos, una lengua rasposa rebuscando dentro de mi boca y luego, como si fuesen fragmentos de una película, yo, tirado boca abajo, sin nada puesto, con la fina seda de la cama tocando mi piel y unas manos que no sentía del todo acariciando mi cuerpo. La pastilla no me durmió, solo me metió a un trance para que no sintiera lo que estaba a punto de pasarme y lo agradecí, porque solo de esa forma, pude mantener mi sonrisa con cada asquerosa caricia, cada lamida, beso o mordida de aquel horrible hombre. Solo así, no dolió cuando invadieron mi cuerpo con violencia, contra mi voluntad. Solo así logré soportar lo que sería la primera de muchas más veces, de muchos más hombres y muchas más mujeres que me desearan.

    No recuerdo más allá de los fragmentos borrosos de mi cuerpo en un horrible vaivén, de mi rostro chocando contra una almohada, ahogando sollozos y luego, un beso de despedida, más largo, más violento y asqueroso que todos los que ya me habían dado aquella noche. No fue tanto tiempo, el reloj solo había avanzado una hora y media, pero para mi, había sido toda una eternidad, incluso si había estado en un trance todo ese tiempo.

    Me quedé acostado en aquella cama por otra hora, desnudo. Con una asquerosa sensación pegajosa entre mis piernas y un terrible dolor en la cadera que no me dejaba levantarme. Mientras la pastilla iba perdiendo efecto, fui más consciente de los ruidos a mi alrededor, de los olores que quedaron en aquella alcoba y del ardor en varias partes de mi cuerpo. No quería llorar, pero al sentir el aroma característico de Maggs y sus brazos rodeándome con tanto amor, sin prejuicios ante la asquerosidad de mi cuerpo, fue inevitable no hacerlo.

    Gané los juegos del hambre a mis 14 años, me convertí en un vencedor y estúpidamente creía que la gloría me acompañaría por siempre. A mis 16 años, comprendí, que uno no gana los juegos, uno sobrevive a ellos y continúa haciéndolo, incluso fuera de la arena.
     

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