Suspenso Con U de Uroboros

Tema en 'Relatos' iniciado por Temarii Juuzou, 23 Marzo 2026 a las 3:01 AM.

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    Temarii Juuzou

    Temarii Juuzou Maestre

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    Escritor
    Título:
    Con U de Uroboros
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    2875
    Autor: Temarii Juuzou.
    Actividad: Días de A, B, C... K... Xutra [+18]





    Con U de Uroboros


    Cuando Sabine abrió los ojos se encontraba en el pasillo de congelados, con un bote de helado de chocolate a medio descongelar en la mano, pequeñas gotas frías de lo que seguramente era escarcha le escurría hasta caer al suelo, donde ya había un charco. Parpadeo un poco y buscó con la mirada… Aunque ni ella estaba segura de que era lo que buscaba, solo necesitaba entender qué es lo que hacía en el supermercado y que estaba haciendo antes. No recordaba absolutamente nada, más allá de su nombre.

    Metió el helado al congelador frente a ella, observó la hora que se mostraba, 12 del medio día, y tomó el carrito de compras para continuar, solo deteniéndose para observar el contenido; nada fuera de lo común, leche, huevos, cereal, mayonesa, un surtido de compras común y corriente. Aún así, la sensación de incomodidad, de que algo no estaba bien, no se le quitaba.

    Continúo su camino por los pasillos; no estaba sola, la gente que le rodeaba se miraba normal, personas que podrías encontrarte en un día cualquiera. Madres haciendo las compras con sus hijos pequeños, jóvenes comprando algo para picar, señoras grandes haciendo el mandado, hombres con parejas o solos haciendo compras, incluso los trabajadores se miraban normales, acomodando el inventario, despachando en las áreas de carne o pescado. Entonces ¿Por qué algo se sentía fuera de lugar?

    —¿Tú también lo sientes? —escuchó que una voz le murmuraba, se sobresaltó, pero era tan solo un joven, un poco más bajo que ella y probablemente de su edad.

    —¿Disculpa?

    —Hay algo extraño aquí.

    Ella miró a todas partes, como temiendo que si alguien los escuchara, les podría pasar algo, pero parecían pasar desapercibidos; todos estaban pasando su tarde de compras como si fuese un día cualquiera. El joven la tomó del brazo y ella se espantó, estuvo a nada de gritar pero él casi le suplicó la mirada que no lo hiciera. Por alguna extraña razón, sintió que debía confiar en él. El chico la llevó hasta la salida, dejando sus carros de compras a medio pasillo; a lo lejos escuchó a un trabajador diciéndoles que no podían dejar eso estorbando ahí, ella volteo al momento que las puertas automáticas se abrieron y al girarse a ver el exterior, la luz cegadora del Sol le hizo cerrar los ojos.

    Parpadeo un poco para acomodar su vista. No sintió el calor del día, se sentía exactamente igual. Abrió los ojos, el joven estaba a su lado, claramente molesto, con los puños apretados y una mirada desesperada; ella miró a su alrededor, estaba dentro del supermercado. Miró a su alrededor, una señora que había visto en verduras, con su carrito a rebosar, apenas se encontraba tomando un carrito, no lo entendió. Buscó su celular, pero no lo encontró.

    —No está, no lo busques —el chico le apuntó hacia un reloj gigante en medio del supermercado, eran las 8 de la mañana.

    Aquello se le hizo sospechoso, que el desconocido parecía saber demasiado.

    —¿Quién eres?

    —Me llamo Richie… —el chico se sentó en el suelo, derrotado. Ella le miró desde arriba, desconcentrada y sin saber qué hacer. Intentó salir de nuevo, pero volvió a entrar; así lo hizo cinco veces, despertando cada vez más —. Es inútil, lo he estado intentando… por cuatro días. Hasta hace poco, cada que salía la hora se reiniciaba, hasta que… apareciste.

    Ella le miró, con la respiración agitada, terminó por sentarse en el suelo a su lado, observando a las personas entrando y saliendo y los cajeros cobrando a las pocas personas que entraban a tan temprana hora.

    —¿Cómo terminamos así…?

    Richie soltó una risa corta, sin humor.

    —Ojalá lo supiera.

    Sabine observó de nuevo el reloj. Ya habían pasado 15 minutos desde que habían entrado. Se quedaron ahí sentados, en silencio, siendo observados por algunas personas que pasaban, aunque ninguno se les acercó.

    —Dijiste que antes se reiniciaba al salir…

    —Sí. —Richie levantó la mirada.

    Sabine frunció el ceño, le observó con una mueca en el rostro.

    —¿Por eso sabes tanto?

    —No. —Negó lentamente—. Es por la incógnita.

    —¿Cuál?

    —Tú.

    El sonido del supermercado pareció apagarse por un segundo. Sabine no entendía porque eso está pasando, sobre todo cuando no conocía para nada a aquel sujeto. Soltó un suspiro y negó con la cabeza; si tan solo recordara algo antes del supermercado, podría entender la conexión. Su estómago hizo un ruido extraño.

    —Ven, si comemos nos dan un ticket para pagar al final, pero… bueno, si salimos corriendo se reinicia todo. Comamos algo.

    Le tomó su mano para hacerla levantar, llevándola hasta la cafetería del supermercado. Tomo un desayuno básico para los dos y se sentaron en silencio, comiendo con tranquilidad. Al menos podía comer, le parecía aterrador imaginar que las cosas ahí estuvieran podridas.

    —¿Qué pasa si… pasamos de día? —se atrevió la chica a romper el silencio. Richie tragó antes de hablar.

    —Se reinicia el día. Es como un ciclo, no tiene fin. Al segundo día me escondí cuando estaban cerrando y me despertó un empleado, lo intenté ese mismo día y el mismo empleado me despertó, pero como si fuese la primera vez. Es como si el tiempo se hubiera congelado en este día…

    Sabine sintió un escalofrío recorrerle la espalda, jugueteo con la cucharilla dentro de su taza de café.

    —¿Recuerdas algo antes de todo esto? Antes del supermercado…

    Richie tragó saliva y negó.

    —Abrí los ojos y estaba congelado, tomando un helado.

    —Yo igual…

    Ambos se quedaron en silencio, el hambre se les había ido de repente. Sabine sentía unas ganas inmensas de echarse a llorar sin entender porque ¿Tendría una familia buscándole? ¿Estaba muerta? Tenía tantas preguntas y ninguna forma de obtener respuestas. Después de un largo rato en el que ninguno dijo nada, Richie volvió a romper el silencio.

    —La gente.

    Sabine siguió su vista. Una mujer empujaba un carrito con un niño pequeño. Todo normal, el niño reía, la mujer sonreía con él y tomaba casas para luego meterlas dentro del carro.

    —¿Qué tienen?

    —Míralos bien.

    Sabine entrecerró los ojos. Al principio no vio nada… hasta que el niño giró la cabeza; demasiado lento, demasiado preciso, como si alguien hubiera animado mal un movimiento humano. Sabine se quedó inmóvil. Era como estar dentro de una simulación, cuyos errores minúsculos solo eran posibles si uno observaba muy fijamente.

    Un anuncio por los altavoces interrumpió lo que iba a decir.

    “Oferta en productos lácteos, pasillo tres.”

    La voz era alegre, pero vacía. Podría pasar como cualquier persona dando anuncios, pero incluso estos… se sentían de alguna forma. O esa era la sensación que le daba; la chica comenzó a sentirse mareada.

    —Nunca antes… había escuchado que dieran un anuncio —dijo Richie. El aire se sintió pesado de repente.

    Sabine miró hacia el techo, pero Richie se levantó de golpe y salió corriendo, dejando todo en la mesa. La chica le miró y se levantó de golpe, pero no se movió, al menos no de principio; tardó un poco en reaccionar, pero igual salió corriendo hasta el pasillo tres, escuchando a un empleado pedirle que no corriera. Se detuvo detrás de Richie. En el pasillo había una señora disculpándose con un empleado, al parecer había tirado un producto y este se encontraba esparcido por todo el piso.

    —Estamos cambiando las cosas…

    Sabine sintió que su corazón se aceleraba, se acercó para quedar a un lado de Richie; inconscientemente le buscó la mano, sintiéndose menos sola de esa forma.

    —¿Qué significa eso?

    —Que dejamos de reiniciar… —se giró, mirándola fijamente.

    Volvieron a su mesa, su comida seguía ahí. Volvieron a sentarse; Sabine buscó el reloj con la mirada. El tiempo… avanzaba de forma extraña, parecía que el segundero se movía hacia atrás.

    —¿Lo viste? —preguntó ella, casi sin voz. Richie asintió, ambos quedaron atentos a todo a su alrededor.

    Un carrito cayó en algún pasillo cercano, haciendo un ruido espantoso, pero nadie pareció reaccionar aparte de ellos; el niño de antes ahora los estaba mirando fijamente, pero sin parpadear, haciéndoles desviar la mirada, fingiendo que todo estaba normal, que nada raro pasaba. Sabine instintivamente se acercó más a Richie, inclinando su cuerpo sobre la mesa.

    —¿Qué hacemos? —murmuró.

    Por primera vez, él sonrió. No es que estuviera feliz, solo estaba determinado; Sabine pensó que así lucía mucho más atractivo, pero desvió ese pensamiento. No era momento de pensar casas sin sentido.




    Pasaron cinco días ahí, cinco días en los que se paseaban entre gente, entre pasillos. Richie anotaba lo que pasaba cada día y al día siguiente, anotando las incógnitas. Era extraño, porque siempre que algo cambiaba, era porque ella hacía algo; el primer día se habían escondido y al quedar totalmente solos, se buscaron para dormir en la sección de muebles. Ella había escogido una cama, mientras que él había optado por el sillón de la vez pasada.


    Richie la observó; Sabine se había cambiado a algo más cómodo y se acomodo entre cobijas, sin importarle nada. Él solo había decidió descansar en un sofá caro que jamás podría comprar… o suiza si, no sabía. Cuando se quedó dormido, ella le despertó antes de que diera la hora de entrada y le ayudó a esconderse. Ese día volvió a sonar el anuncio de la leche, pero el carrito volvió a caerse haciendo un ruido extraño, en su lugar, el niño extraño que les miraba hacía un berrinche por un juguete.


    Así fueron cambiando los días.


    Pero seguían sin encontrar la forma en como salir.

    Un mes ahí fue suficiente para que Sabine se rindiera, mientras Richie buscaba como salir; ella había hecho una rutina, parecía incluso disfrutar el vivir ahí, porque nadie les prestaba exactamente atención. Se paseaba por los pasillos, tomaba uvas o frutas pequeñas y las comía, iba por pan para comer e incluso al llegar la noche, comía de los productos que se le antojaban. Richie trataba de ser más discreto, pero no dejaba de fascinarse de la forma en como ella comenzaba a ver su nueva vida, le cautivaba.

    —Duerme hoy conmigo, seguro te duele el cuerpo de ese sillón.

    —¿Cómo?

    —Ven.

    Sabine le tomó la mano y le hizo recostarse, soltó un suspiro al sentir el suave colchón contra su espalda. Ella soltó una risa y se arropó, soltando un suspiro. Se quedaron en silencio, sin saber qué decir o hacer, hasta que ella se acercó para hablar.

    —No creo que podamos salir nunca.

    —Eres muy pesimista ¿No crees?

    Ella soltó un suspiro y se sentó. Richie se le quedó mirando un rato, observando su espalda temblar, seguramente está sollozando. Se sentó a su lado para verla; pequeñas lágrimas caían de sus mejillas, se sintió culpable y le hizo levantar el rostro, limpiando estas con delicadeza.

    —Disculpa. Yo no-

    —No, tienes razón, es solo que… Por más que intento, no recuerdo nada, Quisiera poder vivir normal, pero con todo este tiempo, siento que.. esta es mi normalidad. ¿Estoy loca…?

    Richie se le quedó mirando; sus lágrimas se miraban más pesadas, Richie le limpio sus lágrimas con delicadeza, regalándole una sonrisa tranquila. Ambos se sonrieron, acercándose lentamente el uno al otro, juntando sus labios, en un suave beso que poco a poco fue subiendo a más. Sabine no recordaba si antes ya habría besado, pero hacerlo en ese momento, le hizo sentir nostalgia, como si los labios que estaba probando ese momento, ya los hubiera probado antes.

    Terminó encima del chico, con sus manos alrededor de su cuello. Richie le acarició la cadera; el beso fue subiendo lentamente de intensidad; era extraño, pero sus cuerpos se pedían a gritos, como si necesitaran la conexión ajena para sentirse más calmados. Los dedos del joven se sentían fríos, pero le hacían sentir calor por dentro, los labios de Sabine se sentían suaves, y cada beso en la piel ajena hacía que Richie sintiera algo extraño por dentro.

    Ella fue bajando lentamente sus besos, disfrutando del sabor del cuello ajeno, él suspiraba mientras sus manos exploraba la piel suave de la chica, jadeando al sentir las caderas ajenas hacer fricción contra su ya creciente bulto. Cuando ella se separó, dispuesta a seguir adelante, Richie se desmayó, su cuerpo se volvió completamente pesado bajo el de Sabine.

    —¿Richie? —susurró ella, sin moverse del todo al inicio, pensando que quizá estaba bromeando, aunque nunca antes lo había visto bromear.

    No respondió, el silencio le hizo sentir escalofríos, miedo. Sabine comenzó a moverlo, tratando de despertarle.

    —Oye… no es gracioso —pero no pasó absolutamente nada.

    Nada. Su pecho subía y bajaba, pero de forma irregular, como si algo… estuviera fallando. Sabine empezó a entrar en pánico.

    —Richie.

    Su voz se quebró apenas salió de su boca; el supermercado, a su alrededor, seguía exactamente igual, oscuro y vacío… pero era demasiado similar, de una forma extraña. Sabine levantó la mirada. El techo blanco, los sonidos zumbantes. Todo el sitio… estaba congelado; se puso de pie.

    —No… no, no, no.

    Miró a su alrededor buscando ayuda por reflejo, pero no había nadie. Estaba sola. Las luces se prendieron de golpe, tan fuerte que tuvo que cerrar los ojos; al abrirlos, comenzó a parpadear y ya no era de noche, la gente comenzaba a entrar y salir, pasar por su lado, pero nadie parecía reaccionar a ella, en pijama y descalza; manos en Richie, convulsionando en una cama de muestra.

    —¡Oigan! ¡Necesito ayuda!

    Una mujer frente a una estantería ni se inmutó. Sabine se acercó más.

    —¡Señora!

    La mujer tomó una caja de cereal… y repitió el movimiento. Una y otra vez, exactamente igual, de la misma forma: mismo ángulo, mismo ritmo. Llenaba su carrito del mismo cereal, como si fuese lo más normal. Sabine retrocedió, sintiendo el estómago encogerse.

    —No… no está pasando esto…

    El altavoz crujió.

    “Oferta en productos lácteos, pasillo tres.”

    La voz se distorsionó a mitad de la frase.

    “…pasill—pas—pas—pasillo tres.”

    Sabine corrió hacía un ángulo donde pudiese ver el reloj, volvían a ser las 8 de la mañana, pero el segundero no se movía. Regresó corriendo hasta donde Richie se encontraba.

    —Richie—

    Se detuvo en seco. El pasillo… no era el mismo; donde antes estaba la sección de muebles, ahora había congeladores. Todos abiertos y dentro de uno… se encontraba un solo bote de helado de chocolate, medio derretido. Una gota cayó al suelo.

    Ploc.

    Sabine sintió que algo dentro de su pecho se rompía.

    —No…

    Avanzó despacio, como si acercarse demasiado pudiera hacerlo real.

    —No otra vez…

    Un mareo la golpeó. Varias imágenes llegaron a su cabeza, pequeños fragmentos. El mismo pasillo, el mismo helado. Una voz resonando.

    —¿Tú también lo sientes?

    Sabine se llevó la mano a la cabeza, como si le empezara a palpitar, doliéndole.

    —Yo… ya estuve aquí…

    Su respiración se volvió errática.

    Giró bruscamente.

    —¡Richie!

    Corrió de regreso, pero el pasillo cambió otra vez. Y otra y otra y otra vez. Como si fuese un laberinto interminable de pasillos; como si el supermercado estuviera reorganizándose a su alrededor. Como si la quisiera atrapar aún más.

    —¡RICHIE!

    Doblando una esquina… ahí estaba. Tirado en el suelo, exactamente igual a como lo había dejado en la cama, pero en el suelo y sin convulsionar. Sabine cayó de rodillas a su lado.

    —Oye… oye, despierta… por favor…

    Le tomó el rostro, estaba frío, pero no muerto, lo sentía respirar y tenía pulso.

    —No puedes… dejarme aquí…no sola, por favor.

    El altavoz volvió a encenderse, pero esta vez…No era la misma voz. Era la de ella.

    “¿Tú también lo sientes?”

    Sabine se quedó helada.

    —No…

    El cuerpo de Richie se movió con un leve espasmo. Sus ojos se abrieron de golpe, pero no la miraban a ella, la miraban… a través.

    —…¿Sabine?

    Ella soltó un sollozo, aliviada.

    —Sí, soy yo, soy yo—

    —¿Quién… eres?

    El mundo se le vino abajo en ese instante.

    —No… no, Richie, soy yo…

    Él se incorporó lentamente, llevándose la mano a la cabeza.

    —Mi nombre es… —frunció el ceño— …Richie.

    Sabine retrocedió apenas, no quería alejarse del todo, necesitaba quedarse cerca.

    —No recuerdas…

    Él miró a su alrededor, confundido.

    —¿Dónde estamos?

    El reloj cambió.

    12:00 p.m.

    Un parpadeo.

    8:00 a.m.

    Y entonces… Las puertas automáticas se abrieron, una ráfaga de luz entró. Se sentía real, cálida. Sabine giró lentamente la cabeza hacia la salida; por primera vez… El exterior no se veía blanco, no se miraba irreal. Se veía… normal.

    Personas pasando. Autos. Movimiento, no como el supermercado, que seguía en un bucle. Vida. Richie también lo vio.

    —¿Eso… siempre estuvo ahí?

    Sabine no respondió, porque algo dentro de ella… sabía la respuesta. Miró sus manos y luego a Richie, luego miró la salida. Y por primera vez en todo ese tiempo… dudó. ¿Qué debía hacer?

    Si salía… ¿rompería el ciclo?

    O… ¿empezaría otro?

    El altavoz susurró, casi inaudible:

    “Bienvenida de nuevo.”

    Sabine cerró los ojos un segundo. Y cuando los abrió, dio un paso hacia la luz. O eso creyó, porque en el reflejo del vidrio automático… vio algo que no debería estar ahí. Dos versiones de ellos. Una saliendo.

    Otra… quedándose.

    Y ninguna volteó a verla.

    El reloj marcó:

    8:00 a.m.

    Otra vez.
     
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  1. berlinQueer
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