Terror Con M de Muñeca

Tema en 'Relatos' iniciado por Temarii Juuzou, 14 Marzo 2026 a las 2:08 AM.

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    Temarii Juuzou

    Temarii Juuzou Maestre

    Piscis
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    6 Agosto 2011
    Mensajes:
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    Pluma de

    Inventory:

    Escritor
    Título:
    Con M de Muñeca
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Horror
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    1611
    Autor: Temarii Juuzou.
    Actividad: Días de A, B, C... K... Xutra [+18]
    Advertencia: Escenas explícitas (+18)





    M de Muñeca


    La vieja casa olía a madera recién pulida y un toque suave a pino, quizá de ese detergente usaba Joel para limpiar su hogar o tal vez era el olor que entraba por las ventanas; aquel vecindario tenía demasiados pinos para ser un lugar normal.


    No era su primera vez en aquella casa, desde la quinta cita ya había conocido el sitio y un año después de formalizar, el mismo Joel le dijo que esta sería su casa al casarse Al principio le pareció una magnífica idea, una casa grande de dos pisos con su propio sótano y ático, perfecta para una familia. Hasta que empezó a visitarla con mas frecuencia.


    Los pisos crujían bajo sus pies, pero Joel siempre le quitaba importancia. “Es vieja la casa, ya cruje”, pero cuando crujía el piso sin que nadie estuviera caminando, ya no era normal.


    Tampoco lo era cuando en el piso de arriba sonaban pisaditas o el ruido de las puertas abriéndose y cerrandose cuando Joel era el único viviendo en aquella casa; definitivamente algo extraño pasaba y por más que Marianne se lo quisiera hacer saber a su pareja, este simplemente le quitaba importancia.


    Aquel día fue lo mismo; cumplían tres años juntos y Marianne se había puesto su mejor vestido, sonriendo alegre cuando Joel pasó por ella en su convertible. Se imaginó llegando a un buen restaurante y recibiendo por fin ese anillo que había encontrado en un saco hacía unas semanas, ya era tiempo. Se decepcionó mucho cuando reconoció las calles tan perfectas y llenas de pinos; no iban a ningún restaurante, iban a casa de Joel, ese sitio que estuvo evitando los últimos meses por puro miedo.


    No dijo nada. No cuando Joel le hablo tan animadamente de su tarde, la cual pasó cocinando toda la cena para aquel momento.

    Y la cena había sido perfecta, un delicioso salmón bien cocinado con verdura fresca y un vino espectacular, velas y un delicioso postre de chocolate para terminar, todo como un sueño… al menos en apariencia. La luz de las velas lanzaban sombras largas contra las paredes de madera y la luz cálida hacía que la casa pareciera más acogedora, casi normal, pero Marianne no podía concentrarse del todo en la conversación. No cuando arriba seguía escuchando este tac, tac tac, como si unos pequeños piecitos chocaran contra el suelo.

    Marianne levantó la vista hacia el techo por tercera vez en la noche.

    —¿Escuchaste eso?

    Joel ni siquiera se inmutó, tomó su copa y le dió un trago antes de sonreír y tomar la mano de su novia.

    —La casa cruje, Mari. Ya te dije.

    Tac… tac… tac…

    Cómo si alguien estuviera corriendo.

    —Joel…

    —Seguro es un gato en el tejado, le das muchas vueltas. —se levantó para quitar los platos e ir por el postre—. A lo mejor son las tablas acomodándose.

    Marianne apretó los labios. Aquellos pasos eran demasiado… rítmicos. Demasiado pequeños, como si alguien caminara con pies diminutos. O algo.

    Intentó ignorarlo. Se obligó a reír con uno de los chistes de Joel, a terminar su copa, a dejar que él pasara su mano por encima de su rodilla y le acariciara con lentitud.

    —¿Subimos? —preguntó Joel con una sonrisa ladeada.

    Marianne sintió ese pequeño cosquilleo nervioso en el estómago que siempre aparecía cuando él la miraba así; no pudo negarse.

    Subieron la escalera entre risas suaves, besos sensuales en cuello, hombros, manos, pero a mitad del camino Marianne volvió a escuchar algo. No fueron pasos esta vez, era más como una puerta abriéndose.

    El segundo piso estaba casi oscuro, iluminado apenas por una lámpara del pasillo. El cuarto de Joel quedaba al fondo y, aunque ya había visto el lugar, se sintió como si entrara en una dimensión nueva.

    Cuando entraron, Marianne sintió de inmediato ese escalofrío, algo extraño que le decía que era mejor no terminar de subir.

    —Joel…

    Ella señaló la cómoda frente a la cama.

    —Eso.

    Ahí, sentada como un adorno cualquiera, había una muñeca. No cualquiera, una de esas de porcelana con el rostro brillante y un maquillaje anticuado; mejillas y labios rojos, largas pestañas y un cabello rizado y maltratado, con un vestido tan sucio que en lugar de rosa palo, parecía un gris tierroso.

    Joel soltó una pequeña risa.

    —Ya la has visto antes, Mari.

    La muñeca de porcelana era… inquietante, incluso para alguien que no creyera en nada paranormal, sus ojos de vidrio, tan azules y pálidos, parecían siempre mirarla fijamente; pensó varias veces que era su imaginación, pero aún así le atemorizaba la extraña forma en cómo la luz los reflejaban, haciendo la ilusión de que siempre estuvieran húmedos, haciéndolos ver tan reales.

    La odiaba, le molestaba su sola presencia.

    —Era de mi abuela —dijo Joel, encogiéndose de hombros—. Siempre estaba en su cuarto.

    —No me gusta.

    —Mari…

    —Te juro que nos mira.

    Joel soltó una carcajada.

    —Es una muñeca.

    Marianne se cruzó de brazos, negándose a entrar a la alcoba.

    —Joel.

    Él suspiró, divertido.

    —Está bien, está bien.

    Caminó hasta la cómoda, tomó la muñeca por la cintura rígida y la colocó dentro del armario.

    —¿Contenta?

    Marianne miró hacia el armario cerrado, era lo mejor que podía lograr, tomando en cuenta lo mucho que Joel valoraba las cosas de su abuela.

    —Mucho.

    Joel se acercó y la rodeó por la cintura, besándole el cuello con delicadeza.

    —Ahora sí…

    Continuó sus besos, bajando hasta sus hombros, deslizando con delicadeza los tirantes de su vestido, disfrutando de la suave piel de Marianne. Su mano se posó en su espalda baja, acercándola; ella cerró los ojos, disfrutando de las caricias y dándole libre acceso a su cuerpo.

    La tensión de la noche se fue apagando poco a poco entre las suaves caricias que Joel le daba y entre los besos cada vez más largos. Marianne dejó de pensar en los pasos, en la casa, en la muñeca, en su cabeza solo estaban las miles de sensaciones que Joel le hacía sentir con sus dedos bajo su vestido y su boca succionando uno de sus pezones.

    Al menos por un rato.

    La habitación parecía haber quedado en un extraño silencio que se rompía únicamente por el ruido de la cama golpeando el suelo y los gemidos de ambos. El cerraba los ojos y sonreía cada que embestía y ella se mordía el labio y jadeaba al sentirlo entrar.

    Tac.

    Marianne abrió los ojos.

    —Joel…

    —Si, cariño… si…

    Tac.

    Tac.

    Tac.

    De nuevo más pasos, justo afuera del cuarto. Marianne dejó de mover las caderas, lo que hizo que Joel frunciera un poco el ceño e incluso mirara hacia donde su pareja miraba, pero luego negó con la cabeza.

    —La casa… es… vieja…

    Marianne no respondió. Intentó ignorarlo otra vez, tratando de concentrarse en su novio que no dejaba de moverse detrás de ella, como si el mundo fuese a terminar y él quisiera complacerla. Ese debería ser el mejor sexo de su vida, pero en lugar de ellos, solo podía sentir su corazón latir con fuerza y sus manos sudar por un terror que no sabía explicar.

    Entonces sus ojos viajaron de la puerta hasta el armario, el cual estaba abierto. El corazón se detuvo por un momento, en el cual ella prefirió enterrar su rostro en la almohada.

    Otro ruido de pasos, el ruido de una puerta, los gemidos de Joel, el ruido de algo metálico arrastrándose por la madera, sus caderas chocando contra las de su pareja. Se sintió mareada de tantas cosas y por un segundo sintió que se iba a desmayar.

    Levantó el rostro y la puerta de la habitación estaba abierta, giró el rostro a la cómoda.

    Y su corazón se detuvo.

    La muñeca estaba ahí. Sentada, exactamente en el mismo lugar donde había estado antes, pero ahora, a su lado, un cuchillo de cocina le acompañaba.

    —Joel…

    — ¿Esto te gusta? ¿Voy más rápido?

    Marianne no podía respirar, sentía como su cuerpo entero se movía por la fuerza de las embestidas, pero realmente se sentía tan tensa y rígida como una roca, con el miedo recorriendo su cuerpo.

    —La muñeca.

    Joel giró la cabeza, con molestia y soltando un gruñido bajo; su expresión cambió lentamente.

    —Yo… ¿No la había dejado en el armario?

    Lo peor de todo es como la muñeca los miraba fijamente. Joel dejó de moverse, por un momento, sintió vergüenza de la situación; ahí, con su pareja empinada en cuatro, ambos completamente desnudos, con una vieja muñeca de porcelana mirándoles fijamente. Se sintió incluso juzgado y regalado, porque la muñeca no sonreía, les miraba incluso como si estuviese enojada, con las cejas pintadas hacia abajo, como si frunciera el ceño.

    ¿Molesta?

    Marianne sintió que la sangre se le congelaba.

    —Joel… —susurró—. Está enojada.

    Joel soltó una risa nerviosa, acariciando suavemente la cadera desnuda de su pareja, pero está le temblaba y ambos se dieron cuenta.

    —Mari, eso es imposible.

    Tac.

    Tac.

    Tac.

    Pasitos.

    Esta vez dentro del cuarto. Ambos miraron hacia el suelo, pero no había nada. Cuando levantaron la vista, la luz se apagó de golpe. Joel salió de Marianne y ambos se hicieron hacia atrás, abrazándose con fuerza y buscando con la mirada a la maldita muñeca.

    Joel tomó su celular y prendió la lámpara de este, alumbrando la habitación. Sus corazones latieron con fuerza cuando la luz alumbró el pie de la cama donde la pequeña muñeca les observaba con aquel cuchillo de cocina en la mano; con una suave y quebrada voz les susurro.

    —La abuela dijo… que Joel es mío.
     
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