Tokyo Revengers Con K de Katharsis [Explícito]

Tema en 'Fanfics de Anime y Manga' iniciado por Temarii Juuzou, 11 Marzo 2026 a las 10:49 PM.

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    Temarii Juuzou

    Temarii Juuzou Maestre

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    Escritor
    Título:
    Con K de Katharsis [Explícito]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Tragedia
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    2348
    Autor: Temarii Juuzou.
    Actividad: Días de A, B, C... K... Xutra [+18]
    Anime: Tokyo Revengers.
    Personajes: Seishu Inui / Hajime Kokonoi






    K de Katharsis


    Kokonoi visitaba cada noche, sin falta, el departamento que Inui había rentado; estaba en una calle horrible, donde sus pisadas siempre resonaban contra el asfalto mal pavimentado y las calles tan sólo se alumbraban por una miserable farola que parpadeaba cada dos por tres, dándole una imagen aún más tenebrosa al lugar. No era bonito y estaba en una de las zonas más feas y peligrosas, pero, hasta donde tenía entendido, aquello era lo más barato que podía permitirse.

    No es que le fuera mal, solo... no quería gastar de más. Esa había sido la explicación de por qué no se dejaba ayudar por Koko, quien claramente podría darle un departamento en una de las mejores calles de Japón, o, si no quería estar tan lejos de su taller mecánico, en una calle cercana no tan horrible como en la que ya vivía. Pero cada noche le ofrecía lo mismo y cada noche recibía la misma negativa, así que, sin darse cuenta, dejó de hacer esa oferta.

    Muy en el fondo, Koko entendía por qué Inui no aceptaba; era la misma razón por la cual solo se veían en la oscuridad de la noche y siempre era él quien lo buscaba: estaba decepcionado de él, de todo lo que había logrado, de su dinero sucio. Y no lo culpaba, porque era verdad; el dinero que Kokonoi generaba para Bonten, aquella organización criminal, obtenía la mayoría de sus ingresos gracias a fraudes, apuestas y asesinatos... Y, aunque Inui le hubiera dicho hace mucho que lo perdonaba por sus errores de la adolescencia, que no le importaba el daño que había hecho y que tampoco le interesaba lo que hacía en ese momento, Koko sabía que mentía.

    Entró al lugar haciendo ruido con sus tacones, suspirando al leer el letrero que avisaba que el elevador no servía; subió los tres pisos y caminó hasta el departamento de Seishu, quien ya debería estar en casa. Ni siquiera tocó.

    Cuando entró, el frío de la noche desapareció. La calle podría ser horrible y el edificio un vetusto inservible, pero el pequeño departamento del rubio siempre se sentía como un hogar. No importaba que aquel sitio fuese tan diminuto que sin problema podría meter todo el sitio en su propia sala de estar, Inui lograba que se sintiera tan cálido y bienvenido, que en las noches que pasaba a visitarlo sentía que volvía a ser el pequeño Koko que disfrutaba pasar el rato con su mejor amigo sin que las preocupaciones de adultos los atormentaran. Sin muertes, ni pandillas, ni peleas a sus espaldas.

    —¿Koko?

    —Sí, soy yo.

    —No te esperaba hoy.

    Inui salió de la cocina. Llevaba la mano vendada y se miraba ebrio, por la forma en que arrastraba las palabras y su pequeño tambaleo. Koko dejó su carísimo abrigo en el viejo perchero frente a la puerta principal y se acercó para ver la mano ajena, claramente preocupado.

    —Estoy bien.

    Koko le sonrió levemente; claro que estaría bien. Inui no era ningún debilucho, incluso era recordado como un grandioso capitán de pandillas, un hombre fuerte. Pero para Koko seguía siendo su responsabilidad cuidarlo, hacer que llegara con vida cada día, por el resto de su vida. Le ayudó a desinfectar la herida mientras Seshu servía dos vasos más de sake.

    —No voy a tomar.

    —¿Los grandes de Bonten no pueden tomar de mi sake barato?

    Kokonoi lo miró con el ceño fruncido y negó con la cabeza. Inui no suele ser la persona más cariñosa del mundo, pero tampoco suele poner la barrera que en ese momento sentía entre ambos. Le aceptaba en su casa, en su cama; en su vida. Pero ahora lo miraba con... ¿tristeza? El chico llevó su mano hasta su teñido cabello y se lo echó hacia atrás, acomodándose en su asiento para ver de frente al rubio.

    —¿Pasó algo hoy? ¿Por qué saliste a tomar?

    —Hoy es el aniversario.

    Tan ambiguo. Podría ser el aniversario de cualquier cosa. De su taller mecánico, de la veterinaria de Chifuyu, de su amistad con el inútil de Takemichi, de la muerte de su hermana o...

    —...Draken, ¿es así?

    Inui se recostó incómodo en el sofá, deshaciéndose del agarre de Koko, quien solo lo miró con seriedad. Se sintió fatal y el corazón le dolió al verlo tan triste, tan pequeño; le recordó a cuando, hacía años, le había salvado de aquel incendio y, al estar fuera, se había aferrado a aquella vieja y mugrienta sábana como si su vida dependiera de ello. Ahora se aferraba de esa forma a una almohada café.

    No dijo nada, no podía. Hacía ya dos años de la muerte de Draken y, aunque Inui le había dicho que sabía que no era su culpa, ahora podía sentir que sí lo culpaba. No es como que él hubiera dado la orden, pero él sabía el día y la hora exacta en la que fueron a quitarle la vida, en ese viejo taller, donde también trabajaba Seishu.

    Fue la única vez que se atrevió a buscarlo de día; había ido hasta ese taller y se había enfrentado a lo que más le aterraba: la vergüenza que Inui sentía por seguir en contacto con él, porque Koko era ese pasado horrible que Seishu debió dejar ahí, en el pasado, pero no podía.

    Recordaba cómo Draken le había reclamado, aunque no había escuchado qué; cómo Inui le defendía, aunque tampoco sabía por qué. Luego el rubio había aceptado subir a su lujoso auto por primera vez, pero solamente por la discusión con su compañero de trabajo. Recordaba haberlo llevado a comer, haberla pasado realmente bien y luego, al regresar al taller, las sirenas de policía resonaban por toda la calle y las luces de la ambulancia alumbraban de rojo las paredes.

    Inui había corrido para ver qué había pasado y ahí, en medio del taller, yacía el cuerpo de Draken sin vida.

    No se habían robado nada más que las cintas de seguridad y, de no ser por Koko, probablemente su cuerpo estaría ahí también o hubiese sido el principal sospechoso.

    Primero lo vio como casualidad, luego como lo que fue: un crimen de Bonten, uno personal.

    Y ahora, dos años después, por fin sintió el peso de todo eso caerle encima cuando Seishu le rehuía la mirada.

    —¿Estás molesto conmigo?

    —Tú no lo hiciste.

    Pero no lo negó.

    Solo se estaba haciendo a la idea, tratando de convencerse de que estar enojado con Koko era inútil. Pero claro que lo vinculaba con eso, así como también lo vinculaba con todos los demás asesinatos, los fraudes millonarios y los crímenes que se realizaban bajo el nombre de Bonten, incluso si él solo era el culpable de la logística en los números.

    Bueno, números llenos de sangre al final de cuentas.

    Kokonoi tardó en hablar; el silencio entre ambos se volvió espeso, incómodo, como si el pequeño departamento se hubiera encogido de pronto. La tensión podría incluso tocarse, era como un velo que se aferraba y se tensaba y por más que Hajime intentará, no lograba quitarlo.

    —Creo que debería irme —murmuró al final.

    Se puso de pie con cuidado, evitando mirar demasiado a Inui. Había aprendido a reconocer cuándo debía marcharse; llevaba años haciéndolo, pero no por ello se hacía más fácil. La primera vez parecía sencillo, era tiempo de que ambos siguieran caminos distintos, pero las siguientes veces le carcomía el cuerpo no poder voltear, regresar; no irse. Tomó su abrigo del perchero y lo sostuvo un momento entre las manos, dudando apenas un segundo.

    Entonces escuchó el movimiento del sofá.

    —Hajime.

    La voz de Inui era baja, áspera por el alcohol. Kokonoi se giró apenas. No alcanzó a decir nada, Inui ya estaba de pie frente a él.

    Por un instante se miraron en silencio, pero este ya no se sentía tan incómodo… era sencillo cuando era Inui quien quitaba esa barrera que los separaba; Hajime respiró hondo, disfrutando del rostro ajeno: los ojos del rubio estaban rojos, cansados, pero había algo más ahí, algo que Koko no lograba nombrar, o más bien, que no deseaba reconocer.

    La mano vendada de Inui se cerró en la camisa de Koko.

    —Quédate.

    No fue una súplica, fue algo más como una orden desesperada. Antes de que Kokonoi pudiera responder, Inui lo jaló hacia él y lo besó.

    Fue un beso torpe al principio, cargado del sabor sake y de mucha frustración, quizá toda la que Inui generaba en los días que no se veían. Kokonoi tardó apenas un segundo en corresponder, llevando una mano al cuello del rubio para acercarlo más, aferrándose a él, evitando que se alejara y evitando alejarse, lo quería sentir lo más cerca posible.

    No era la primera vez. Como si ya fuese una coreografía aprendida, ambos caminaron con torpeza hasta caer en aquel viejo sofá, Inui debajo y Koko arriba. Se sacaron la ropa con la misma desesperación de siempre, quedando totalmente desnudos en cuestión de segundos; el sexo con Inui haia asado de ser un experimento de adolescentes a encuentros secretos de amantes prohibidos en los que las caricias ya no formaban parte de, no porque no quisiera, simplemente Seishu no lo permitía; Koko solía pensar que era por temor a algo… ¿Enamorarse? Por su parte no podrá estar más perdido por él y las caricias jamás cambiarían nada, pero lo respetaba.

    Pero esta vez fue distinto.

    Kokonoi se acomodo para llevar sus besos más allá, jugar un rato en lugar de terminar tan deprisa, no esperaba llegar tan lejos, Inui solía tomarlo con brusquedad del cabell y pedirle que solo a metiera, pero esta vez no lo hizo; le permitió continuar sus besos, desde el cuello, pasando por los pezones, los cuales acaricio con la lengua por bastante tiempo, bajando por su abdomen y terminando en el pubis casi lampiño del contrario. No pudo evitar sentir algo extraño en el pecho, pero tampoco lo desaprovecho, no cuando Inui le sostuvo la mirada, dándole permiso a continuar.

    Llevó sus labios al miembro ajeno, sin perder tiempo. Lo disfruto como si fuese un manjar, e incluso se río por dentro al compararlo a cuando había probado caviar por primera vez y aquel sabor le hizo sentir una exposición de emociones: alegría por lograr algo deseado, superioridad porque se podía permitir seguir probandolo cuando quisiera y enojo, porque el sabor tampoco era la gran cosa para lo que le había costado. En comparación, el pene de Seishu en su boca era como algo que hacía tanto anhelaba, pero que tampoco le quitó el aliento.

    Porque no dejaba de sentir algo extraño resonando en su mente, prestando su pecho. Como si algo estuviera terminando.

    Inui no hizo tanto ruido más allá de unos cuantos jadeos, unos gemidos, pero eso era lo normal. Ni siquiera logró hacerlo correr así que, cuando se sintió cansado, se acomodo para llevarlo a final. Antes de que Koko pudiera acomodarse bien, Seishu lo sostuvo cerca, queriendo verlo a la cara mientras lo hacía.

    Entonces, entró en él y lo beso, como la primera vez cuando tenían 16, como si aún fuesen esos adolescentes confesando su amor, como si… como si no hubiera tanta oscuridad en sus vidas.

    Cuando todo terminó, el departamento volvió a quedarse en silencio.

    Koko se acomodó la camisa mientras Inui seguía sentado en el sofá, con la mirada perdida en algún punto de humedad del techo.

    —Deberías dormir —dijo Kokonoi al final, con una pequeña sonrisa cansada.

    Inui asintió. No lo acompañó a la puerta, aunque en realidad, nunca lo hacía y esa vez no tendría porque ser diferente..

    Kokonoi tomó su abrigo, se lo puso y salió al pasillo frío del edificio. bajó las escaleras y salió del edificio, caminando hasta la calle donde había dejado su auto estacionado. La farola nunca dejó de parpadear en todo su recorrido.

    Dentro, ya con el calor y el aroma a cuero fino, se quedó mirando por el retrovisor la entrada a la calle de Inui, con las manos apretadas al volante. Algo dentro de él gritaba que regresara, pero no lo hizo; nunca lo hacía.

    Pasaron los días, como siempre. Sin llamadas o mensajes, era parte de ese acuerdo silencioso entre ambos, pero Hajime estaba más ansioso por su próximo encuentro.

    El día en que Kokonoi solía visitarlo, compro flores. Se sintió estúpido, pero el impulso e había ganado. También fue más temprano, cuando el Sol aún alumbraba la calle, pero la luna comenzaba a salir.

    Condujo hasta la misma calle horrible de siempre. El asfalto seguía mal pavimentado, la farola seguía parpadeando y el edificio seguía viéndose tan miserable como la última vez que lo había visto.

    Cuando entró, el elevador ya funcionaba.

    Koko subió al tercer piso, el pasillo estaba tan silencioso que podía escuchar el latido de su propio corazón bombear con fuerza.

    Caminó hasta la puerta del departamento de Inui. Y se quedó ahí, parado frente a la puerta.

    No me busques, esto es un adiós.

    Ni siquiera estaba firmada, pero esa era su letra; un diminuto post-it amarillento le esperaba en la puerta; Kokonoi se quedó inmóvil unos segundos antes de arrancarla, haciendo una bola de papel la cual no tiró

    Abrió la puerta, no estaba seguro de que esperaba; solo se encontró con un departamento completamente vacío, sin nada más que polvo y húmedad Kokonoi permaneció parado en medio de la habitación vacía durante un largo rato, con la nota todavía en la mano.

    Ni siquiera tuvo que pensarlo mucho, Inui se había despedido antes, aquella noche no era una puerta abriéndose para algo más, era la puerta cerrándose con todo y candado.

    Quiso reír, quiso creer que Inui volvería, pero sabía que esta vez no sería de esa forma.

    Dejó caer el ramo en el suelo y se fue.
     
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