Autor: Temarii Juuzou. Actividad: Días de A, B, C... K... Xutra [+18] Advertencia: Consumo de drogas. E de Éxtasis Saco su lengua y le coloco la pastilla con la mía propia, procurando que se la trague o que se disuelva dentro de su boca, mientras mis manos se aferran a su cadera y me restriego contra ella de forma descarada. No importa. Ambas somos chicas y la amistad ha hecho que esto parezca de lo más normal… al menos para nosotras. En cuanto mi lengua deja de sentir la pastilla, me separo y sonrío de forma boba, extasiada por el momento. Ella tiene la misma expresión, aunque seguramente es por todo el alcohol que lleva dentro. Yo no he bebido tanto, la tengo que cuidar. Es entonces cuando la música del lugar vuelve de golpe, sacándome de la pequeña burbuja en la que me había encerrado. No estamos solas, hemos venido a festejar que Emily acaba de cumplir dieciocho años en un antro donde la cerveza está al dos por uno y donde, si tienes la suficiente valentía, los meseros pueden sacarte una que otra bebida gratis. Yo no soy valiente. Y, además, soy lesbiana. Pero Emily ya me ha soltado para comenzar a besuquearse con el chico de al lado, así que si alguien podría conseguirnos bebidas gratis, definitivamente sería ella. Yo grito junto a las personas que los rodean y aplaudo como si aquella escena no me doliera, porque al final… no debería. Solo somos amigas, así que lo dejo pasar, como siempre hago. Después de unas cuantas canciones más, algunos besos con extraños y bastante más alcohol, comienzo a sentirme mareada. Me alejo un poco, no sin antes gritarle que estaré en el baño. Allí intento calmarme un poco antes de volver. Estoy llenando mis manos con agua fría para echármela en el rostro cuando siento un par de brazos rodeándome, tocándole con descaro; no me asusto. Conozco ese tacto de memoria. Es Emily. —No me dejes. —Solo me fui un momento. ¿Y tu amigo? —Él solo quiere coger. Tú me quieres. Sonrío, porque es verdad. Desde siempre. Desde el primer momento en que la vi, con un par de trenzas y un vestido mugroso, cuando ambas éramos solo unas niñas. Termino de mojar mi rostro y ella me gira, colocándome sobre el lavamanos. Siento la cerámica golpear mi cadera, pero no me quejo, porque me gusta su agresividad. Me gusta que tome la iniciativa, me hace creer, aunque sea por un momento, que mi amor por ella podría no ser unilateral. Sus labios comienzan a besar mi cuello con necesidad, dejando marcas descaradas. Termino por subir completamente al lavamanos y la aprisiono con mis piernas, mientras mis manos recorren la piel de su espalda. Emily no parece escuchar mi risa ahogada contra su hombro ni mis jadeos al sentir sus manos acariciando mis pechos; es algo que me ha dicho que le gusta, que son perfectos, grandes pero no enormes y suaves, como almohadas, y termina acariciando las, como en ese momento, con cariño, delicadeza, pero dime, buscando el pezón para darle la atención correspondiente, lo que me hace soltar un gemido más. Sus labios siguen descendiendo por mi cuello, delineando cada vena de este y con su lengua, acaricia mi clavícula. Hago mi cabeza hacia atrás, sintiendo como golpeó el espejo. Sus manos se aferran a mi cintura con una urgencia que me hace estremecer. La cerámica fría del lavamanos contrasta con el calor de su cuerpo pegado al mío, con la presión de sus dedos deslizándose por debajo de mi blusa, dónde comienza acariciando mi vientre, lentamente. —Em… —mi voz sale apenas como un susurro. Ella no responde. Solo vuelve a besarme. Sube por mi cuello otra vez, lenta ahora, hasta encontrar mi mandíbula. Sus labios se detienen ahí un segundo, respirando contra mi piel. El olor a alcohol y su perfume de vainilla me envuelve, mezclado con algo más dulce, algo químico. Quizá es todo lo que siento por ella lo que me hace alucinar olores, lo que hace que la música de fuera deje de existir y solo pueda escuchar su respiración agitada. Mis manos se hunden en su cabello. Dios. La he querido demasiado tiempo. No. La he amado por tanto tiempo. Desde que corría por mi jardín persiguiendo a mi perro en el kinder, desde que se robaba gomas y sacapuntas en la primaria, desde que me pidió copiar la tarea de matemáticas en secundaria; desde que empezó a besar chicos en fiestas mientras luego venía a dormir a mi casa. Desde siempre. Ella vuelve a besarme, esta vez cerca de la comisura de mis labios. No del todo un beso, más bien una provocación. Su mano libre, la que no acaricia mi piel, se posa en mi muslo. —No me dejes —murmura otra vez contra mi piel. Mi pecho se aprieta. Tal vez es el alcohol. Tal vez es verla así. Tal vez es que hoy cumplió dieciocho y todo parece distinto de repente, pero las palabras empiezan a empujar dentro de mi garganta. —Emily… yo— Ella levanta la cabeza. Sus ojos brillan, demasiado abiertos, demasiado felices. No es exactamente la Emily que conozco. Hay algo suelto en su sonrisa, algo artificial, como si la Emily que me pidió no dejarla, no fuese la Emily que ahora me está mirando. Y entonces pregunta, como si nada: —¿Tienes más pastillas? Parpadeo. —¿Qué? —De las de hace rato —dice, impaciente, mirando hacia la puerta del baño—. El chico con el que estaba quiere probar una. El ruido del antro vuelve a colarse en mis oídos de golpe. “Me Rehusó” de Danny Ocean es la que suena de fondo y no puedo evitar bufar de la ironía; Emily frunce el celo y hace un puchero, así que yo suelto un suspiro y la alejo un poco. El bajo de la música, las voces, el eco del pasillo, las personas que comienzan a entrar al baño… ¿Habían estado haciéndolo todo este tiempo y solo yo no me había percatado de presencias externas? Una chica nos mira de reojo mientras se lava las manos con rapidez y se va. Suelto un suspiro, sintiendo como algo dentro de mi estómago cae. —Emily… —¿Te quedan o no? —insiste, acercándose un poco más—. Solo una, aunque sea. La miro. No, la observo, más bien; su sonrisa, sus pupilas enormes, sus pechos subiendo y bajando por su respiración agitada… tiene un chupetón enorme justo en su busto derecho, una zona a la que yo no me he ni acercado. La vuelvo a observar, me dejó sentir la forma en que sus manos siguen sujetándome como si yo fuera lo único importante en el mundo. Pero no lo soy. La comprensión llega lenta, como un hielo bajando poco a poco por la espalda. Volvió porque yo compré la droga para festejar. No volvió porque me extrañará o quisiera que yo estuviera ahí con ella, celebrando que al fin tiene edad para beber legalmente, no porque me quisiera. No porque sintiera lo mismo que yo Volvió porque tengo algo que quiere. Y sabe que haría cualquier cosa si me mira así, si me toca de aquella forma. Mis labios se entreabren otra vez, pero ya no para decir lo que iba a decir. Porque no hace falta. Emily ya lo sabe, siempre lo ha sabido. Y lo usa. Sus dedos trazan círculos distraídos en mi vientre, en mi muslo. —¿Entonces? —pregunta con una pequeña sonrisa. Trago saliva. Y por primera vez en toda la noche, solo deseo apartarme de ella.