Thriller Cinco deditos

Tema en 'Relatos' iniciado por Descard, 11 Enero 2023.

  1.  
    Descard

    Descard Entusiasta

    Piscis
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    16 Abril 2018
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    Escritor
    Título:
    Cinco deditos
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Tragedia
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    6444
    Cinco deditos

    Una (maligna) historia entre la ficción y lo real, by Javi Delodes.

    Personajes: Kasysue (Cz), Descard, otros personajes random.
    Escrito para el cumpleaños número 13 ó 14 de Fabiana.

    Un hombre monstruo tenía cinco deditos con que corromper el mundo. Esta es la historia de cómo irán pereciendo y junto con ellos el monstruo… O al menos, ese era el plan.

    Pero no nos adelantemos. Esta historia comienza con una chica en un velorio; Stelle era su nombre. Todos la miraban, eso a ella no pareció importarle. Caminó hacia el ataúd de tal manera que parecía temer a lo que vería allí dentro, y quizá así lo fuera. Mas cuando llegó no era miedo lo que sentía, mirando el despojo humano tan solo se dijo para sí misma, aunque en voz alta: “serás recordado por muchos años, lamento las razones”.


    ***​

    En esta historia también participa un chico, lo veremos muy poco, pero prometo que será importante, se había logrado infiltrar en una elegante fiesta de ricos hablando con un señor de mediana edad que fanfarroneaba sobre sus patéticas hazañas.

    —Una vez se dio el caso de que en la compañía que dirigía —comenzó a decirle aquel adinerado memo— a uno de los empleados lo ascendimos y a otra se le murió un pariente, ja, ja, así que, bien hipócrita yo, les envié unos pequeños correos electrónicos, sabes, pero confundí las direcciones y fue terrible porque una decía: "Estoy dolido por lo sucedido, es una triste noticia para todos en la empresa" y la otra: "Me alegro enormemente por ti, te lo mereces más que nadie". Ja, ja, ja, fue tremendo.

    —Ja, ja, ja —reía el chico.

    Su risa parecía falsa. Y lo era.

    El cretino de antes se trataba de Olis L., un senador corrupto y sin escrúpulos, quien dejó de presumir un momento para realizar una de las pocas cosas que sabía hacer sin tener que dar o recibir sobornos: orinar.

    Parecía algo sencillo, pero ni eso pudo hacer bien, lejos de la mirada de los demás, alguien le inyectó una droga en el cuello, dejándolo inconsciente. El culpable fue el muchacho con el que hablaba tan campechano hace rato.

    Pero basta de preámbulos, una historia así necesita llenarse de angustia y sufrimiento para ser buena, y les puedo asegurar que esta lo será.

    ***​

    —Ah, ya estás despertando, señor mierda, sí que te haces esperar, duermes y roncas cual Sammy.
    Olis despertó con esfuerzo, sintiendo un leve ardor en el cuello. Se hallaba en una habitación apenas iluminada por unas lámparas de estudio, de fondo se podía oír claramente el bravío mar. Al estar más consciente supo que su dolencia no era su mayor preocupación, pues estaba atado a una silla con el brazo derecho también inmovilizado y extendido sobre una superficie plana, le llamó la atención que, de igual manera, tuviera cada uno de los dedos de su mano sujetos y además muy separados entre ellos. Por si esto fuera poco, unas correas extrañas adornaban su brazo derecho, pecho y los dedos índice y corazón de la mano izquierda, siendo esto lo que más temor le infundía. Y junto a él, la figura juvenil de una mujer que se escondía tras una máscara blanca. Fue ella quien le despertó.
    —¿Quién eres? —Preguntó el senador intentando ocultar su miedo— ¿Qué quieres de mí?
    —¿Y arruinarte la sorpresa? Amigo, qué aguafiestas eres. Te adelantaré que soy alguien a quien debiste amar y que ahora odiarás. Anímate, no será por mucho tiempo.
    Olis, dándose cuenta de que se encontraba en peligro real, al fin fue vencido por el miedo.
    —Por favor, no me mates, tengo hijos, piensa en ellos —comenzó a rogar asomando una lágrima de cobardía.
    —Bah, eres tan conmovedor que casi me produces diarrea —dijo la enmascarada con sarcasmo—. Mira, yo lo sé y también sé que sufrirán bastante por esto, pero estarán mejor sin la influencia de un tipo como tú. Mi venganza no es solo por mí, también es por ellos.
    —Por favor, soy un devoto —insistía ya moqueando.
    —¡Por supuesto! Eres tan puro y angelical que buscas porno de niñas vírgenes, como un santísimo cura. ¡Vamos!
    —No sé de lo que hablas, lo juro.
    —Y yo no sé si eres tonto o eres estúpido, lo que sí sé es que eres idiota. Pero está bien, creamos en tu mentira. Te tengo buenas noticias “buen hombre”, pronto sabrás cada detalle del porqué estás aquí, junto con todo el mundo.
    —¿A qué te refieres? —en la voz de Olis empezaba a notarse que su integridad física no era lo único en peligro.

    La chica quitó los mantos que cubrían algunas cosas en aquel lugar y estas llenaron de un terror inimaginable la mente del político. Se trataba de una cámara y una mesa sobre la que había un cuchillo de carnicero y un revólver. Jamás tan pocos objetos habían dicho tanto, pues no era la primera vez que Olis veía algo parecido.

    —Así es, haré un video como esos con los que te tocas a escondidas, maldito enfermo y este será aún mejor porque muchísima gente lo verá en vivo. Ja, ja, estoy haciendo realidad tu sueño, pero el precio que tendrás que pagar será estar en el lado equivocado de la cámara.
    —Por favor, no, juro que soy una buena persona, doy mucho dinero a la caridad.
    —Sí, para ahorrarte impuestos. ¡Vaya! —Dijo la verdugo tocándose el auricular de su oreja derecha— Me informan que ya estamos transmitiendo. Saluda la cámara.
    —¡Ayúdenme, por favor! ¡Esta subnormal está demente!
    —Qué saludo más tonto, la verdad. ¿Quieres confesar tus crímenes?
    —Te dije que no sé de qué demonios hablas. ¡Te imaginas cosas!
    —Es un planeta de locos.
    —¡Imbécil! Sabes que no te podrás salvar, ¿verdad? Aunque me mates tú también morirás.
    —Qué te puedo decir, me parece un gran consuelo saber que después del final será como antes del principio y esta pesadilla debe terminar. Por cierto, te tengo otra sorpresa.

    Salió por la puerta y regresó prontamente, pero esta vez no estaba sola, sobre una silla de ruedas traía a una señora atada y amordazada.

    —¡Sorpresa! —gritó la captora con emoción.

    Era la esposa del senador.

    —¡Ysabel! —chilló aquel hombre desesperado.
    —Qué bonita reunión familiar.
    —¡Hija de puta! —agregó volviéndose furioso hacia la chica de la máscara. ¡No te atrevas a tocarle un cabello a mi mujer o me la pagarás!
    —Ah, ella no sufrirá ninguna herida hoy, al menos no física. Tú fuiste quien le clavó el puñal, yo voy a mostrarle que está sangrando.
    —Cariño, no le creas nada —advirtió a su compañera—, ¡no sabe lo que dice!
    —Ja, ja. Este será el espectáculo del año —la secuestradora se notaba visiblemente feliz.

    Y dirigiéndose a la cámara, dio la bienvenida a su morboso público, quienes seguían en vivo una transmisión que se podía encontrar con suma facilidad en internet buscando “cinco deditos” y sobre la que las redes sociales no paraban de hablar.

    —Muy buenas tardes mis queridos espectadores —comenzó a decir—. ¿Alguna vez escucharon eso de que las almas de los pecadores al escapar del cuerpo irían al infierno para ser atormentadas eternamente? Pues yo les digo: ¿cómo pueden creer en esas estupideces? Dicen que el centro de la tierra, aunque parecido al infierno, es tan caliente que ni el Diablo soportaría la temperatura, ni hablemos de la presión. Cuando morimos sí terminamos bajo suelo, pero solo 3 metros y dejamos de sentir. Nuestra “alma” quizá no es más que ese pedo que, dicen, expulsamos al morir, un gas sin identidad y compuesto de metano, nada angelical que, con suerte, llega diluido a la atmósfera, no va a una fiesta sobre las nubes junto a otros nobles pedos y un tipo cool que las organiza llamado Dios. Por eso pienso que los pecadores, los verdaderos pecadores, deben ser castigados en vida, porque es la única oportunidad de pagar por sus crímenes. Lamentablemente podría parecer que algunas personas están por encima de la justicia de los hombres, lo común es que así sea, pero hoy les voy a demostrar que esto se puede trastocar. Hoy verán a uno de esos seres que con dinero compró su inmunidad, un intocable, como le dicen, hoy será tocado, será humillado, mutilado, desangrado y quizá finalmente asesinado, todo esto sin cortes comerciales y sin tener que gastar un céntimo. ¿No es genial?

    Olis e Ysabel casi se desmayan al oír esto.

    —Ah, a su lado —continuó señalando a la mujer amordazada—, se encuentra su adorable esposa, alguien noble, aunque cegada por el amor, una venda que pretendo quitar junto a la de muchos en este país que le dieron a este hombre el poder que posee. ¡Como decía mi abuelo, it’s the fuckin’ show time!
    Olis no paraba de maldecir a su victimaria, mientras, el número de seguidores se multiplicaba como conejos luego de celebrar San Valentín. Eso hacía muy feliz a la muchacha, quien acercándose al senador le explicó lo que pasaría.
    —A ver, señor mierda, saluda a nuestro público. Ay, al menos podrías sonreír a la cámara. Bueno, no importa. Estas son las reglas del juego: deberás responder a un total de cinco preguntas, nada más y nada menos. Todas tienen la misma respuesta, y te prometo que tú y yo las conocemos bien. También te puedo prometer que esto te dolerá más a ti que a mí, je, je, siempre quise decir eso.
    —No te daré el placer de escuchar un carajo.
    —Ah, lo harás. Porque, he ahí el detalle, rata inmunda, con cada pregunta errada perderás un dedo de tu mano.

    Y el terror hizo un retrato de sí mismo en los ojos de Olis. Fugazmente un montón de preguntas se cruzaron por su mente, ¿qué tanto sabía la secuestradora? ¿Este sería su final? ¿Su nombre quedaría manchado para siempre? ¿Esto no era más que una horrible pesadilla de la que pronto se libraría?... Una cosa daba por seguro: le iba a doler.

    —¡Y aún no te digo lo mejor! Lo más divertido de todo es el final, tendrás que pensar bien tus respuestas, ya que si rescatas tres dedos podrás salvar tu vida, de lo contrario, pues se hará justicia en la tierra, ¿no es esto mejor que Saturday Night Live?
    —¡Tú no sabes nada, eres una maldita demente! ¡Yo soy un señor de honrada vida y carrera! No le hagan caso a esta basura —Esto último se lo chilló a la cámara—, es una psicópata que busca desprestigiarme, ustedes me conocen mejor que ella.
    —Pues, entonces no te molestará que encienda esto.
    Al fin el senador supo qué significaban las correas en su cuerpo, estaba conectado a un polígrafo.
    —No…
    —Sipiripí. Pero ya hablamos demasiado, nuestro querido público se impacienta. ¡Vamos con la primera pregunta! —A pesar de lo macabro de la escena, ella seguía gozando como una niña pequeña.
    Olis lloraba cobardemente.
    —A ver, señor mierda, esta es fácil, je, je. Hace 12 años a tu querida esposa le regalaron un jarrón muy valioso: solo se hicieron dos de este, ya que el maestro artesano murió poco después, lo cual aumentó el valor de la obra. Era infinitamente más que hermoso y ella, vaya que lo amaba, como su más preciado tesoro. Una noche poco después, llegaste muy, muy ebrio a tu casa…
    —¿Cómo sabes…?
    —¡Cállate y escucha! —le gritó interrumpiéndole de una forma tan gutural e impresionante que dominó de golpe a su presa— Una noche llegaste muy ebrio a tu casa, te tambaleabas a cada paso que dabas y uno en falso te llevó al suelo, pero no conforme con golpear tus rodillas, instintivamente intentaste agarrarte de algo mientras caías y así tiraste aquella hermosísima cerámica, haciéndola añicos. Al otro día, tu esposa casi muere al ver su preciado jarrón desparramado en el suelo y tú, qué fue lo que hiciste: culpaste a tu hija de ello.
    —No…
    —¡No te he dado permiso para hablar, pedazo de imbécil! —Volvió a gritar con la misma fuerza de antes con resultado similar— En fin, no solo la culpaste, sino que la castigaron por un mes, todo un mes en el que no pudo ver a sus amigos, pues además estudiaba en casa; un maldito mes sin televisión ni ningún otro entretenimiento y además el trato hacia ella fue horrible. ¡Todo por un puto jarrón que TÚ tiraste!
    Narrando esta historia la secuestradora pareció demostrar un hilo de tristeza, tristeza que, al tomar el cuchillo de la mesa, se convirtió en una salvaje alegría, nada le impediría disfrutar lo que hacía.
    —Así que —prosiguió—, por un dedito o no y frente a millones de testigos de cada rincón del planeta incluyendo a quien más le interesa, ¿fuiste tú quien rompió aquella hermosa obra y de paso responsabilizó a su hija?

    El senador pasaba la vista fugazmente por su mujer una y otra vez sin parar de llorar, hasta que al fin habló en voz muy baja.

    —Es una ruin mentira.

    Pero el polígrafo saltó denunciando su falsedad, y la chica tras la máscara mostró el cuchillo que a los ojos de Olis era el más grande y horrible del mundo.

    —¡Está bien, maldita sea! ¡Yo rompí ese jarrón y culpé a mi hija! Lo siento mucho, Ysa, de verdad lo siento, estaba desesperado, yo… temía que me dejaras por aquel hombre joven con el que te veías.
    —¡Esto se está poniendo bueno! Veamos qué tiene que decir ella al respecto —dijo la raptora con ganas de atizar el incendio que ella misma provocaba.

    Destapó al fin la boca de Ysabel y esta, llorando, expresó que no sabía qué decir, hasta que logró agregar:

    —Pero tú —dijo a su captora—, ¿cómo sabías todo eso? No puede ser…
    —Así es. Es hora de hacer más interesante nuestro ya interesantísimo espectáculo.

    Finalmente, la extraña mujer se quitó la máscara revelando su identidad, como podrán adivinar, se trataba de la hija de Olis e Ysabel.

    —¡Stelle! —gritaron ambos.
    —Querida mía —añadió Ysabel, ¿dónde estuviste tanto tiempo? No sabíamos nada de ti desde que huiste de casa a los 15, ya hace 8 años, ¿por qué de pronto apareces para hacernos esto?
    —Quizá no lo merezca —respondió su retoño—, pero este país necesita saber la verdad, y yo necesito mi venganza. Solo eso.
    —Yo jamás te hice mal, Stelle —dijo al fin su padre.
    —Para ti que todo tiene precio, ¿acaso vendiste tu memoria o aún no lo haces porque no recuerdas cuánto cuesta? Da lo mismo, yo te lo haré recordar.

    Entonces aquel hombre cambió las maneras, dirigiéndose a su victimaria con mayor agresividad, algo bueno para ella pues dejaba al penitente en evidencia.

    —¿Qué… acaso olvidaste quién soy? ¡Soy un maldito senador!
    —¡Para mí no eres más que el trozo de mierda que roza las paredes del retrete dejándolo todo manchado! —de nuevo le espetó con voz violenta— Lo que mostraré acá no te lo perdonarán, nunca podrás ser presidente o algo así.
    —¿Por un simple florero? —dijo intentando ocultar su preocupación por lo que podría hacerle confesar— Yo no creería en eso, como dice mi lema de campaña, nunca digas nunca.
    —Ja, ja, ja, es gracioso, si vas por ahí repitiendo siempre la frase "nunca digas nunca", será "nunca" la palabra que más dirás en tu vida.
    —¡Demente! En cualquier momento entrarán las autoridades y me encargaré de que te pudras en la cárcel.
    —¡Ja! ¿La súper competente policía del estado? Dudo muchísimo que lo hagan a tiempo para salvarte. Quizá hasta soy demasiado culpable como para que me atrapen algún día.

    ***​

    Entretanto, la policía anteriormente mencionada se reunía para solventar la situación, comenzando por intentar descubrir dónde ocurría todo aquello, algo, hay que decirlo, muy por encima de sus posibilidades.

    —Disculpen, muchachos —dijo el oficial de más alto rango, el teniente Dylan, quien recién llegaba al lugar donde estudiaban el caso—, a veces no sé si tengo un sueño muy pesado o una muerte muy ligera.
    —Descuide, jefe, ya le conocemos —respondió Hugo, un sujeto tan corto de mente que quizá lo más cerca que estuvo de parecer un intelectual fue cuando en el jardín de infancia logró escribir "mi mamá me mima" sin cacografías, y que llegó a entrar en el cuerpo solo porque al cuñado le pareció perfecto para la profesión, o por lo menos era perfecto para recibir el pago que daba el puesto, que para muchos es lo mismo.
    —No le culpo, teniente, es este día maldito, “la flojera de los domingos es tan imponente que ni Dios pudo con ella”, dice el cuento —le contestó al fin Rachel, una joven muy lista de la que nadie se explicaba cómo fue a parar a un trabajo como ese, pues no le sería nada complicado conseguir algo mejor como, digamos, cualquier otra cosa.
    —Basta de charla, pónganme al tanto de la situación.

    Rachel le narró los hechos y todo le pareció aborrecible, desde ese momento odiaba a Stelle por lo que le hacía al senador y sintió cierto apego por este, sobre todo, porque sabía que salvarlo significaría un ascenso y una gran mejora en su sueldo.

    —Juro que resolveremos esto. ¿Dónde demonios está William? —preguntó el jefe enojado por el último integrante de su equipo, un sujeto cuya normalidad es su más notable característica.
    —Está al teléfono —respondió Hugo—, me pareció que hablaba con su mujer.
    —Lo que me faltaba.

    En ese momento apareció al fin William, anunciando malas nuevas.

    —Señor, era su pareja, dijo que hoy le toca cuidar al niño.
    —¿Qué no ves que no estoy para eso?
    —Lo sé, señor, pero no doblegó.
    —Ah, es inútil, es más terca que una mula comunista, será imposible hacerle cambiar de parecer. Will, tú sabes bien donde vivo, ve a buscar a mi hijo, aquí no correrá peligro. Podemos ponerle a ver una de esas caricaturas que mira Hugo cuando debería estar trabajando.
    —Ustedes dos —gruñó volteándose hacia el resto del equipo—, ¿alguna pista sobre donde está la criminal?
    —Salvo que puede estar en una costa pues se escucha el mar —apuntó Rachel—, no sabemos gran cosa.
    —Señor, si me permite una opinión —agregó Hugo.
    —Escúpela —respondió el teniente sin mucha esperanza.
    —Señor, ya que logramos oír el mar —comenzó a decir con orgullo—, creo que podemos descartar a Bolivia.
    —Vete a ver caricaturas, por favor.

    ***

    Volvamos con Stelle, quien estaba lista para reanudar su macabro juego.

    —¿Oyen eso? Son las voces de la nada pidiéndome lo que en lo más profundo he deseado secretamente. La oscuridad me habla y me pide justicia. The show must go on.
    —Loca de… —comenzó a decir su padre.
    —¡Sigamos dije! —interrumpió a un Olis que perdió el color intentando adivinar la siguiente pregunta—. Respóndeme, señor mierda, hace 11 años mi madre hizo un viaje a Nueva York pues había fallecido mi abuelito, en una noche de esas llegaste a casa tarde como siempre, aunque esta vez no viniste solo, te acompañaba una chica como de mi edad, muy guapa ella, cuyo nombre no conozco pues tú tan solo la llamabas “puta”. Cuando te vi con ella me dijiste que era un familiar que se quedaría esa noche a dormir a casa, pero yo jamás fui tan tonta, pude ver que durmió en tu cuarto, y con paredes tan delgadas logré oír con claridad lo que hicieron como ahora escuchas mi voz. Así que, por un dedito o no, ¿aquella noche le fuiste infiel a tu consorte?

    La boca del confesor se movía sin pronunciar ningún sonido, de vez en cuando miraba a Ysabel sin atreverse a fijar la vista en ella, pero estaba convencido que ella creía en la historia recién contada. Aun así, más que perder su matrimonio, lo que en realidad le atormentaba era la mancha que representaría una historia de adulterio en su carrera política, pensó que podía reemplazar sus necesidades físicas con cualquiera, pero había una enorme cantidad de dinero y de poder en juego, así de básico era. Con desesperación respondió lo que esperaban escuchar sus votantes.

    —¡Nunca!

    El polígrafo le acusó.

    —Señor mierda, ¿tengo que recordarte el precio a pagar por mentir?

    Al ver semejante monstruosidad en forma de cuchillo finalmente se rindió.

    —¡Está bien, maldita sea, lo admito! Llevé a esa puta a casa mientras mi esposa guardaba luto. Pero. amor —se excusaba bajo y patético sin mirar a Ysabel—, no significó nada, fue un momento sin más, me sentía solo. Además, estaba aquel tipo joven con el que no paraba de pensar que me engañabas. ¿Qué tal si te acuestas con alguien y a partir de allí hacemos como si nada hubiera pasado?

    Apenas dijo esto, se dio cuenta de que había sido una gran tontería pues quedaba expuesto de la peor forma, y añadió más disculpas tanto a quien había engañado como a sus potenciales votantes.

    —¿Cómo pudiste? —lamentó Ysabel— Ahora recuerdo a aquel chico del que hablas, ¡era mi estilista, es homosexual, pedazo de mierda!
    —¿No les dije que era una porquería de ser? —agregó Stelle hacia la cámara.

    ***​

    Mientras tal melodrama se desarrollaba, es momento de conocer al último personaje importante de esta historia: el hijo del jefe de la policía, un pequeño de 10 años al que algunos tomaban por tonto debido a que parecía haber algo funcionando mal en su cabeza y “desordenes mentales” suele ser asociado con dificultad para pensar, y sus progenitores y la mayoría en el cuerpo no escapaban de este prejuicio, salvo Rachel quien siempre lista sí supo ver el extraordinario caso de un intelectual demasiado centrado en sus cosas, aunque bien precavida nunca abrió la boca para opinar al respecto. El nombre de la criatura era Noel y prometo que no será en vano su mención en este drama.

    Este terminaba una pintura cuando William llegó a recogerlo. Se trataba de un árbol hacia el que volaban muchas palomas desde el sur y, entre ellas, un cuervo. Su tronco era parecido a la torre Eiffel y sus flores rosas azules formaban un círculo entre ellas. Llamó a esta singular pintura “Europa, 201X”. El policía, demostrando sus raíces venezolanas, la describió como “una vaina rara”.

    —Niño, vengo a llevarte con tu papá.

    Noel no respondió.

    —Estás pensando una de tus cosas, ¿verdad? —le dijo ya acostumbrado a lo que sucedía. A veces el chico entraba en una fase en la que se olvidaba de su entorno por unos segundos y no atendía a nada más que a sus extraños pensamientos.

    Al fin Noel soltó lo que pensaba, sin esperanza alguna de ser escuchado realmente.

    —Si pudiéramos asesinar a las almas, destrozar estas ánimas sin recipiente y hacerlas desaparecer para siempre de toda forma de existencia y se diera también el caso de que ellas quisieran destruir el mundo, nuestro instinto de supervivencia nos haría tan estúpidos que les enfrentaríamos, ¿entiendes? Demasiado poco hace que aprendimos a señalar donde está la fruta madura.
    —Bueno, vámonos —dijo William sin darle ninguna importancia a lo oído.

    ***​

    Stelle estaba lista para continuar su empresa, esta vez más contenta de lo que ya andaba.

    —Señor mierda, tengo grandes noticias para ti.
    —¿Pararás esta locura y te entregarás?
    —Dije grandes, no buenas. De hecho, ahora es cuando debes preocuparte más. Las siguientes preguntas no serán tan fáciles de evadir, te puedo asegurar que, conociéndote, verás tu sangre correr mientras experimentas un dolor inimaginable, ja, ja. ¡Te dije que serían grandes!
    —Para ya esto, te lo imploro. Te daré lo que quieras, tengo mucho dinero —esto último dicho con un susurro apenas audible.
    —Créeme que lo que más deseo en la vida lo estoy logrando ahora mismo y por mis propios méritos.
    —Detente, cariño —rogó Ysabel—, ¡por favor!
    —Ni pensarlo, si nos estamos divirtiendo, junto a millones de personas.
    —Stelle, comprendo tus sentimientos, pero…
    —¡¿Me comprendes?! —interrumpió Stelle de forma abrupta— ¡Entonces explícamelo, pues para mí es un misterio! A veces no sé si vivo apenas o estoy muriendo, si soy una superviviente o una moribunda, madre. ¿Qué coño soy para el mundo? Hoy espero que la muerte borre por completo mi pasado y jamás tenga que renacer envuelta por este insoportable pesar.
    —Por Dios, hija, no puedo con esto que siento.
    —Ah, podrás, lo sé muy bien, este hijo de puta me hizo preguntarme por qué, entre tantos lugares dañados, todo mi dolor se concentraba en el corazón y fue así durante tanto tiempo que siempre pensé que no soportaría un segundo más, hasta quedarme sin nada que calentara mi pecho.

    La madre solo lloraba.

    —¡Tercera pregunta! —anunció Stelle alzando la voz.

    A esta altura Olis ya se imaginaba lo que vendría ahora, aun así, rezaba por un milagro de proporciones bíblicas, ya que parecía más probable que, a través de la pequeña abertura que significaba la única ventana, Dios enviara un rayo fulminante sobre su hija, a que la autoridad del estado hiciera su trabajo exitosamente para variar. Oró porque si era lo pensaba, la siguiente pregunta de verdad haría correr su sangre, y quizá algo más que eso.

    —Hace diez años, siendo yo aún una adolescente, empezaste a notar que mi cuerpo cambiaba un poco, mis senos comenzaban a asomarse como dos pequeñas bolitas, algo que no excitaría a ninguna persona decente, pero se dio el maldito caso de que no eras normal y quisiste saber cómo se sentían entre tus manos.
    —¡Infamia! —gritó Olis antes de verse silenciado por el polígrafo.
    —Y no conforme con mis senos, quisiste saber cómo se sentía todo mi cuerpo y me desnudaste de pies a cabeza, la lujuria te hizo perder el control mientras yo lloraba rogando me soltaras de tus sucias manos, pero ya no había vuelta atrás. Apenas tenía 13 años cuando tomaste mi virginidad. Por un dedo o no, ¿es cierto lo que acabo de decir?
    —¡Por supuesto que no! —y el polígrafo saltó como gritando con repudio “¡mentiroso!”.

    Ysabel salió de su asombro únicamente para maldecir a aquel hombre maldito. Millones de observadores alrededor del globo se conmovieron con lo que veían y en la boca de Stelle se dibujó una sonrisa. Había estado esperando tanto este momento.

    —¿Estás seguro de tu respuesta? —preguntó por última vez Stelle.
    —¡Soy inocente! —gritaba mientras el detector de mentiras le regañaba.
    —¿Qué acaso tus secretos son tan vergonzosos que intentas ocultártelos incluso a ti mismo? Bueno, es tu respuesta, y esta, como debes saber bien, ¡es incorrectísima!
    Inmensos mares de sudor helado que arrastraba su llanto brotaban del rostro de Olis, entretanto Stelle se acercaba a la presa con su temible arma. Pero igual que su padre, ella no tendría misericordia. Con una felicidad que no hubiera podido disimular, aunque quisiera, Stelle cortó el último hilo que la mantenía sujeta a la salvación, de un zarpazo segó el pulgar derecho de su víctima. Un dedito no causaría más daño al mundo, pues caía envuelto de rojo vital. La joven, poseída por el frenesí, casi lagrimeaba de la dicha durante los gritos salvajes y espantosos de su padre. Ysabel permaneció inmutable.

    ***​

    De vuelta en el cuartel de policía, los presentes miraban horrorizados lo que acababa de pasar, Dylan se tomaba la cabeza pensando que el sueño de su ascenso había sido arrancado junto al dedo del senador. Justo en ese momento, William llegó con el pequeño Noel.

    —Hemos llegado, señor —anunció el recadero.
    —¡Por el amor de Dios! ¡Saca al niño de aquí! ¡Esto no debe verlo él!

    Rápidamente Rachel se lo llevó a la habitación del televisor donde Hugo veía emocionado Dragon Ball Z.

    —Por cierto, jefe —continuó diciendo William—, vi la panza de su esposa, ¡muchas felicidades!
    —Mira, su barriga es fruto del amor, del amor por la cerveza.
    —Oh, lo siento, señor.
    —Descuida, para lo que me importa esa puta gorda.

    ***​

    Stelle no quería demorar demasiado, sabía que su captura podría desmayarse por la sangre perdida. Así que siguió su juego de inmediato.

    —Espabila, anormal, debes responder dos preguntas más.
    —Ya tienes lo que querías, acabaste conmigo, me has arruinado de todas las formas posibles, por favor, déjame ir.
    —Sonríe, hombre, pronto acabará tu sufrimiento, piensa que me negaste esa oportunidad a mí. ¡Cuarta pregunta!
    —Por favor…
    —La noche cuando me violaste fue la más horrible que había tenido hasta entonces, pero tu afán de romper marcas no quedó allí, me amenazaste vilmente con destruir a mi novio si decía algo, aun así, aquella vez no solo me penetraste, sino que también dejaste tu semilla dentro mí. ¡Así es, madre! Este imbécil me embarazó y me obligó a practicarme un aborto clandestino, con tan mala suerte que hubo una investigación por las circunstancias tan sospechosas pues yo era una niña, así que esta basura, que no creía en el amor, pero era consciente de que el amor verdadero por el dinero todo lo puede, movió sus palancas y jodió a mi novio, inculpándolo de haberme violado, por lo que terminó en un reformatorio.
    —Lo siento, hija —repetía la desconsolada madre quien había olvidado las demás palabras del idioma—, lo siento.
    —Así que, saco de porquería que al llamar humano ofendería a la humanidad, por un dedito o no, ¿es correcta mi acusación?

    Aquel “hombre”, si se le podía llamar así, ya no tenía más que perder, pero muy en su interior quedaba una delgada capa de… ¿esperanza? Lo cierto es que se le ocurrió que tal vez podía ser expiado debido a las circunstancias en las que fue forzado a confesar sus actos, pero, que si admitía su responsabilidad sobre lo que se le acusaba irremediablemente sería recordado como el ser más vil que alguna vez haya mancillado el hermoso territorio norteamericano. Veía el cuchillo con un horror inexpresable, pero le espantaba más lo que dirían durante décadas sobre su legado. En un último favor hacia su hija, quien, emocionada, esperaba la respuesta, negó su culpa. Y maldijo el día que inventaron una máquina tan traicionera.

    —¡Me encanta! —dijo la chica antes de asestar su segundo gran golpe.

    Un dedito más había caído entre gritos de dolor, esta vez el índice. La siguiente pregunta decidiría el destino de su padre y la incertidumbre de desconocerlo le causaba a Stelle la misma excitación que experimenta alguien en la última batalla de su videojuego favorito. Ysabel estaba partida en pedazos, de Olis no quedaban ni sus ruinas, pero a los ojos de la muchacha aquello era una navidad anticipada donde todos los regalos iban a ser para ella.

    —¿Acaso hay algo que dé más placer que la venganza? —se preguntaba con sinceridad.

    ***​

    Los oficiales habían perdido la esperanza de recibir una medalla y pasaban el tiempo haciendo apuestas sobre si el senador perdería el último dedo o no. Algunos comenzaban a inclinarse a favor de Stelle, otros no querían creer que alguien tan generoso con sus sobornos fuese tan malo.

    Noel observaba su caricatura cuando empezaba a acelerársele el corazón.

    —Van a ser las cinco de la tarde —se dijo sintiendo una leve inquietud.

    Hacía rato que Hugo se había quedado dormido, fue a los pocos minutos después que Noel cambiara el canal de caricaturas por el de documentales. El chico, para despejarse un poco, decidió espiar a los demás; entreabriendo la puerta que daba hacia donde estaban reunidos observó con horror la brutal escena del crimen y como los policías discutían el lugar donde esta se ubicaba, nadie se podía imaginar que él resolvería el acertijo que un puñado de adultos no pudo solucionar.

    Eran las cinco en punto y un ruido intimidante, que para el chico era infernal y que pensaba no volvería a escuchar, volvió a su vida en ese instante, salía de las cornetas de la computadora donde veían la tortura de Olis, el pobre no pudo más tapándose las orejas comenzó a gritar acuciado por el pánico.

    Todos se alarmaron con la escena, tal era el bullicio que, incluso Hugo, salió de su siesta. Algo le pasaba al niño, algo que no era normal.

    Poco a poco se fue recuperando bajo los cuidados afectivos de su padre, quien pocas veces había mostrado esa faceta en su relación. Ya pasados unos minutos Noel volvió a la tranquilidad.

    —¿Qué te pasó, hijo? —preguntó Dylan visiblemente preocupado.
    —No importa. Presta atención, sé dónde está el lugar que buscan.
    —¿Qué dices?
    —Ja, ja, ¿qué acaso ahora hablas con Jesucristo el que todo lo sabe? Estos locos —Se mofó Hugo.
    —Todos los magos del mundo saben que no existe la magia, aún así muchos de ellos creen en un tipo que convertía el agua en vino —respondió Noel con tranquilidad.
    —Ja, ja, dices cada cosa.
    —¡Cierra el pico de una puta vez, Hugo! —le regañó altivamente su superior— Dejemos que el chico hable, después de todo vale más un genio incomprendido que un idiota reconocido. A ver, hijo, ¿cómo nos puedes ayudar?
    —Como dije, sé muy bien donde están grabando ese video. El sonido de hace rato es algo que en mi vida no podré olvidar pues anunciaba con precisión suiza la hora de los electroshocks: es el tren pitando macabramente al pasar por el hospital psiquiátrico donde vivía. Allí están ahora.

    El padre al comprenderlo todo se le quebró el corazón, pero en sus ruinas sembró el amor paternal.

    —Perdóname, hijo mío. Siempre debimos escucharte.
    —Ahora no te preocupes por eso, tienes trabajo que hacer, y quizá estés a tiempo, queda muy cerca de acá.
    —Gracias, Noel. A partir de ahora todo será diferente.

    Y por primera vez, Dylan vio sonreír a su hijo.

    —¡Ya escucharon! ¡Partimos al St. Mary!
    —¡Sí, señor! —respondió el cuerpo entero al unísono.

    ***​

    Stelle quería que su padre sufriera, era para ella lo más importante y, al notar el pulso de este, supo que le sobraba más tiempo de lo que pensaba. Esperó un poco antes de su quinta y última pregunta. Su juego hasta ahora había sido perfecto, hasta era una lástima que acabara. Así que se dedicó a torturar a su presa.

    —¿Sabes cuál fue tu mayor error? Que tu veneno mató todo en mí, excepto a mí. Si me hubieras asesinado hoy no estaríamos aquí, y mira que tuviste oportunidades. Y bueno, ¿tienes algo que decir? Ya pronto te haré la última pregunta, te juro que no sé qué responderás, siempre te importó bastante tu nombre, eres un tipo orgulloso, pero a estas alturas debes haber perdido las esperanzas de salvarte. Vamos, ¡di algo!
    —Mi consuelo es que, aunque te salves de la justicia en la tierra, Dios nos enviará a ambos al infierno.
    —¡Sería genial! Te volvería a raptar allá ja, ja. Satanás bendiga la diversión sin fin.
    —¡Perra! Termina esto ya.
    —Deja el apuro, necesito un trago, no parece que vayas a desmayarte justo ahora.

    Después de servirse un licor que técnicamente era alcohol, pero que en la práctica podía pasar por un blanqueador, anunció el comienzo del gran final, el clímax de esta tragedia.

    —Perdonen la demora, no sabía qué hacer con tanta excitación en mi corrompido cuerpo. Al fin el momento que han estado esperando, ¡la quinta y última pregunta!

    Hebert cerró los ojos resignado, sabiendo que cada pregunta era más comprometedora que la anterior.
    Stelle se acercó despacio a su víctima, como buscando la manera más disfrutable de acabar definitivamente con él.

    —Pase lo que pase, esta será la última vez que oigas este apodo de mi boca, y señor mierda, por un último dedito o no…

    En ese instante el violento sonido de la puerta siendo tirada a patadas interrumpió el discurso de Stelle, no podía entender que la patética policía del estado la encontrara allí,
    —¡No se mueva o dispararemos! —gritaron los oficiales.
    —¡Mierda, mierda! ¡Aún no!

    Stelle no obedeció y, desesperada, buscó el revólver, algo demasiado evidente incluso para tan limitado cuerpo policial.

    Se escucharon dos explosiones en un breve instante. La primera fue el desgarrador grito de una madre que ve peligrar a su hija, la segunda el disparo de un guardián de la ley cuyo deber le ordena disparar al criminal si este está a punto de lastimar al inocente; pero esta vez no hubo un inocente siendo salvado, solo quedaron la sangre de una chica que no tenía nada que perder y una madre que lo perdió todo.

    ¿Tanto para acabar así? ¿La corrupción ganaría otra batalla en la guerra por el dominio de la tierra? Quizá…
    Pero aún quedaba una carta por jugar, un as de balas en el juego de la venganza. Una vez desatada, Ysabel se zafó del agente que la custodiaba y tomó el arma de la mesa para descargarla contra su marido. El monstruo ya no haría más daño.

    —¡Arroje la maldita pistola!

    Ysabel sí acató la orden antes de ser sometida.

    —Jefe, mire acá —dijo Rachel a su superior—, estos altavoces emitían el sonido del océano que escuchábamos.
    —Stelle, chica lista.

    ***​

    Aunque habiendo cometido el peor de los crímenes, Ysabel poseía una posición social envidiable, días después salió de la cárcel bajo fianza. No pudo formar parte de los pocos que se despidieron de Stelle en su funeral, pero apenas pudo fue a decirle adiós a su triste tumba. Allí se encontró con un sujeto como de la edad de su hija.

    —Logró venir, la esperaba —le dijo el joven con indiferencia.
    —Entiendo, eres el novio de mi pequeña, la persona que la ayudó a librarse de… él.
    —Fue a visitarme a prisión siempre que pudo, y hablábamos sin perder ni un segundo de los que nos permitían. El encierro había roto mi humanidad, pero cuando notó las pozas de lava en mi infierno dijo "¡genial!, ¡tenemos jacuzzis!". Miró de frente el rencor y sufrimiento que yo arrastraba y lo hizo suyo también, a pesar de que… luego lo sabría, era alpiste comparado con su propia carga. Cuando la indiferencia marcó mi vida y la espalda de todos pude observar apareció ella. Je, fue tan brillante cómo logró sacarme de la cárcel.
    —Siento profundamente lo que les hizo pasar mi marido.
    —No fue su culpa.
    —Quisiera saber, ¿cuál fue su quinto crimen?
    —Stelle me pidió que le diera algo —continuó, ignorando la pregunta—, mire detrás de aquella tumba con las orquídeas, allí lo encontrará.

    Ysabel buscó la tumba indicada tras la cual había una caja, al voltearse para informarle al chico de su hallazgo, este ya no se encontraba y comprendió que no volvería a verlo. Sin nadie a quien hacerle las preguntas que tanto la atormentaban, decidió abrir la caja, dentro estaba el segundo y último jarrón que se hizo, igual al que su marido quebró. Rompió a llorar, y una vez más repitió la frase de su vida: “lo siento, hija”. ¿Qué más podía decir?
     

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