Azotea

Tema en 'Cuarta planta' iniciado por Yugen, 9 Abril 2020.

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    Yáahl

    Yáahl Equipo administrativo Comentarista empedernido Papilio Charontis

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    No importaba qué tanto pretendiera olvidarme de la mierda no lo lograba, por eso me había quedado agazapado en los casilleros para írmele encima a Cayden, como si el pobre desgraciado tuviese la puta culpa de que yo hubiese cometido un error que bien podía costarme un viajecito a la dirección, una bala en la sien o cualquier cosa. Pasaba que no me importaba, que estaba buscando cabezas de turco teniendo en cuenta que no podía desatar el torbellino encima de los verdaderos culpables.

    No allí a los ojos de todo Dios.

    De cualquier forma, dejé el crío en paz cuando me amenazó, como si tuviese los putos cojones de abrir la boca como pretendió hacerme creer, y salí pitando al tercer piso para zambullirme en la clase. Dejé mis cosas junto al pupitre de un movimiento brusco, me dejé caer en la silla y el tiempo pasó a cámara lenta, con la ira murmurándome un montón de cosas en el oído. Era el ruido de la genuina ponzoña, esa que podía ignorar casi toda mi vida, hasta que algo alcanzaba mis sombras y las hacía entrar en el más absoluto de los caos.

    Odiaba esta sensación, odiaba la furia con la que parecía haber nacido.

    Por eso me había convertido en un bufón.

    Siendo muy sinceros, con el espectáculo de los casilleros mi cerebro casi dio por finalizado ese arco del desastre y de lo único que alcancé a olvidarme fue de la estupidez de la azotea, fue como si la hubiese dicho mi puto inconsciente o quién sabe qué, porque se me borró de la mente. Quizás no se me hubiese borrado del cuerpo de todas maneras, porque apenas sonó la campana me levanté de la silla, salí sin darle explicaciones ni a los pobres imbéciles (plus Ko-chan) del proyecto y enderecé los pasos a la azotea.

    Unos tres escalones antes de alcanzar la puerta escarbé en el bolsillo por el porro a medio consumir, también por el mechero y mis dedos dieron con la foto medio arrugada, doblada en direcciones azarosas, y casi sentí las bilis subirme a la garganta. Tragué grueso, me llevé el porro a los labios y lo encendí antes de empujar la puerta, donde me recibió el blanco del cielo, el clima que parecía estar de mala hostia también y la espalda del idiota.

    —Qué lindo ver que acudes a tus citas —solté luego de haberle pegado un jalón al porro, había logrado ponerme la diversión en la voz y me quedé a mitad de la azotea porque pintó y punto, como si no fuese yo el que había olvidado que lo había llamado allí—. Toda una sorpresa ver semejante nivel de compromiso.

    Me había graduado en hablar mierda.

    Justo como él.

    Aunque había que ver quién estaba más hasta los huevos.


    ni el rayo mcqueen se aventaría la cantidad de posts que yo acabo de largar

    en esencia porque no puede typear
     
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    Gigi Blanche

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    No pasaron demasiados minutos hasta que la puerta se abrió a mis espaldas. El sonido fue débil, pero alcanzó para frenarme el corazón de un golpe seco y reiniciarlo casi al mismo tiempo. La sensación, sin embargo, como el escozor de una quemadura reciente, permaneció ahí. Volví a enchufarme el cigarrillo en los labios y le chupé una buena cantidad, buscando en aquel pequeño incendio la calma que no sentía.

    La calma que siempre había ansiado recuperar, quizá.

    Pero ya no sabía ni dónde encontrarla.

    Su voz me alcanzó, y me di cuenta que hasta ese preciso instante me había aferrado, sin saberlo, a la ligera posibilidad de que fuera cualquier otro idiota. Pero ya estaba, ya se había pintado de cuerpo entero, con ello opacó el cielo y la brisa, podría jurar, se tornó apenas más tibia. Solté el aire por la nariz, fue pesado y golpeteé el cigarro. Las cenizas se precipitaron al suelo y giré sobre mis talones, queriendo y no queriendo enfrentarme a la realidad.

    —Ya ves, soy un hombre de palabra. —Alcé la voz para que llegara a escucharme desde su posición, y le eché el peso de mi espalda a la reja. El entretejido cedió suavemente y emitió quejidos aquí y allá, como cualquier cable—. Siempre cumplo mis promesas, sean cuales sean. Como esa que tienes en el bolsillo.

    No era adivino, la verdad, sólo supuse que no la habría sacado de ahí; era eso o un bote de basura, y por cómo había reaccionado, pues, dos más dos. Regresé el cigarro a mis labios, desvié la mirada un instante y volví a hablar entre el humo deslizándose hacia el cielo.

    You should feel lucky, gang boy. Recibiste nada más y nada menos que el adelanto de una primicia exclusiva.

    Era y no era cierto, claro, pues en teoría, si Sasha pagaba no debía publicar la foto. Pero vaya, si seguían tocándome los cojones y poniendo a prueba la resistencia de mis cables, quién sabía lo que llegaría a pasar, ¿verdad?


    claro, entiendo, como la cintita de por sí nO DABA SUFICIENTE MIEDO le agregaste la firma *shivers*
     
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    No sabía recordar con exactitud cuándo se había ido todo al garete, recordaba cuándo había perdido los rasgos de crío, cuándo dejé de servirle a Shinjuku y cuándo fui desechado, pero podía poner una fecha. En la marcha me habían juzgado por ladrón, insinuado que podían cortarme las manos y todo el cuento, era de no acabar la historia. No me consideraba lo que se dice un criminal peligroso de todas formas, pero eso era, claro, desde mi percepción.

    Porque la ira me tenía apuñalando a mi propio padre.

    Diciéndole a Wickham que su adorada Barbie tenía suerte de estar de una pieza.

    Me quedé mirando moscas el poco tiempo que el cabrón tardó en girar el cuerpo, cosa de enfocar la inquietud general, la energía que me corría por el cuerpo. Sirvió a medias, así que solo regresé la atención a él al detectar el movimiento de su silueta y solté una risa floja por la nariz al escuchar su respuesta. Supuse que lo de la foto había sido cosa de descarte como mucho, porque se veía que aquí ninguno de los dos era ningún iluminado ni nada; si me molestó o no, no lo dejé verse. Ya había dejado correr bastante electricidad en la mañana.

    —Hombre, que al final me enamoro y todo de esa diligencia —solté por la pura gracia, porque siempre me andaba buscando las trompadas a posta.

    Dejé la frase en el aire, le di un segundo jalón al porro y lo apagué después para poder regresarlo a su lugar. Di un paso en su dirección, luego otro y volví a quedarme estático, aunque mis ojos fueron a dar al blanco del cielo que era casi cegador. El humo del cigarro del inglés se perdió entre ese bloque sin color.

    —Una primicia exclusiva —murmuré, paladeando la jodida estupidez que este hijo de puta me estaba diciendo y volví a reír—. Tal cantidad de trabajo no puede estar motivada por el aire, ¿o sí?

    Regresé los ojos a él, parpadeé con pesadez y no me quité la sonrisa de la cara. Puede que estuviera tratando de sacarme la imagen de la sangre en el suelo de la cocina de casa de la cabeza, puede que no.

    —Tal inversión de recursos mentales, el circo, maroma y teatro. —Suspiré con pesar impostado por todo su trabajo—. ¿Qué lío te traes con la venganza y esas mierdas? Corrijo, se traen.


    I'm vibing the hellish *brillitos* aesthetic *brillitos* que me monté de la nada like :shani::satan::vibing:
     
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    Gigi Blanche

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    Al parecer las horas de clase nos habían venido bien a los dos para reorganizar las neuronas, canalizar la energía (o al menos distribuirla) y echarnos un paño frío encima. Quizá siguiéramos a una chispa de la explosión, a un chasquido de la avalancha, pero en estos juegos las apariencias importaban. Una apariencia correcta podía conseguirte lo que querías, y un desliz, arruinarlo todo. Era imbécil para muchas mierdas, eso quedaba claro, pero en lo que a teatro se refiere, bueno.

    Puede que ambos fuéramos bufones de nuestros propios circos.

    Su comentario inicial dibujó una sonrisa en mi rostro y me encogí de hombros, fingiendo modestia. Era la típica expresión del what can I say?

    Well, you wouldn't be the first —solté, socarrón, por el puro placer de seguir actuando y entreteniendo al público imaginario.

    Seguí sus movimientos sin ningún motivo particular en lo que fumaba y regresaba el porro a su lugar. Dio un paso, dos pasos en mi dirección, y dos fueron las veces que sentí una tensión momentánea en el cuerpo. Un pequeño pálpito, la mera repercusión de su peso sobre las baldosas que ambos estábamos pisando. Conectó, se propagó y me alcanzó. Por supuesto, no lo demostré. En verdad era bastante consciente; había subido ahí sólo a que me partieran la cara, ¿verdad?

    Menudo imbécil.

    Su idea acabó inconclusa, de modo que pestañeé y aguardé a que siguiera hablando. Pensé un par de segundos la respuesta, y para cuando estuve dispuesto a abrir la boca, regresé a sus ojos. El cigarrillo se seguía consumiendo abajo, entre mis dedos.

    —¿Venganza? Supongo que soy un tipo resentido —confesé sin demasiado problema—. Aquí no veo venganzas, sin embargo, al menos no plenas. Diría más bien... ¿que es un ajuste de cuentas? No hace falta que te lo explique, ¿cierto? Debes estar harto familiarizado con el término, a juzgar por las pintas.

    Le di una pitada a la mierda y solté el humo con algo de prisa.

    —¿Y tú, entonces? ¿Qué haces aquí? —Mi sonrisa se amplió, en verdad me estaba meando con la idea—. ¿Para qué mierda me llamaste?

    ¿Venganza?

    ¿Ajuste de cuentas?

    —¿Qué coño puedes llegar a querer de mí, Shimizu?

     
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    Cinco horas de escuchar a un profesor hablando mierda que ni Dios sabía para lo que nos serviría daban para muchas cosas que nada tenían que ver con algo remotamente parecido a un futuro relacionado a los estudios. Había lugar para imaginar en qué se podía hacer en la noche, en planes de venganza como este par de imbéciles y, como él mismo estaba diciendo, ajustes de cuentas. En cualquier caso, este era el terreno más neutro en el que se podía estar, para su suerte suponía, porque no cargaba nada encima.

    Nada con lo que pudiese desatar el Infierno en todas las de la ley.

    Además el viejo de Sonnen no iba a dar la cara por mí si me liaba a puñaladas aquí.

    No estaba mal señalar que ese tiempo muerto también había servido para colocarnos más o menos al mismo nivel aparente, en ese donde podíamos hacer el tonto como parecía que se nos daba mejor. El espejo se tornó algo más nítido si se quiere, el cristal estaba allí en la distancia que existía entre los dos, esa que había recortado con dos pasos y luego dejado estar.

    Podía reventarlo, ¿no? Tan siquiera intentarlo. Al cristal, quería decir.

    Aunque también a él.

    No debía ser el único que deseaba hacerlo después de todo.

    Cuando regresé la vista al idiota la verdad era que seguía dándole vueltas a esa idea, allí entre el montón de mierda que hablaba como si fuese mi profesión, y sentí que algo de la electricidad que tenía acumulada en la cabeza se me proyectó al resto del cuerpo. Se me tensaron un par de músculos ligeramente, nada especialmente notorio, pero supe que se habían contraído con la misma intención que lo hicieron cuando le dejé ir el cuchillo a Hikari en el callejón, la noche de la desgracia.

    Era la tensión de la violencia aprendida.

    —¿Y el crimen cuál fue entonces? —solté pasando de todo lo demás como un campeón, todavía tenía el tono de sorna bien puesto—. Un montón de pasta que no era tuya en un casillero, en el mejor de los casos. En otros tiempos me habrían partido la puta jeta por ese error, pero qué caso tiene llorar sobre la leche derramada.

    No sabía que el maldito móvil era de Alisha, pero le hubiese dicho a Cayden que lo vendiera de todas maneras. Le habría dado la jodida pasta entera a Sasha incluso, porque puede que la pelea de gatas me la trajera flojísima, pero digamos que las pelirrojas responsables no tenían pinta de andar vendiendo móviles de sus compañeritas porque se despertaban como cabras un día y se les antojaba. Si algo sabía era que en Sasha no existía la misma violencia errática que parecía moverse en este cabrón, la Barbie y yo.

    Era su propio ajuste de cuentas.

    Me quedé callado unos segundos, pero no le quité los ojos de encima y volví a dar otro par de pasos en su dirección como si nada. Lo hice todavía sin saber qué intenciones tenía, quizás fue por seguir el teatro, ni más ni menos.

    —¿Yo? Reventarte la nariz como mínimo —respondí mientras me encogía de hombros, se lo dije como quien le cuenta que tiene que hacer la compra en la noche y ya—. Aunque casi que por deporte, claro que no debo ser el primero ni el último. Se ve que te titulaste en hacer amigos y en eso, al menos, estamos en el mismo barco.

    No debía hacer una sola persona interesada en este imbécil más allá de Alisha.

    Puede que la conejita amiga de Sonnen, pero se me escapaba esa información.

    —Si viniste por la paliza, inglés, tienes que agendarla en otro sitio, que eso de andar dejando sangre en los pasillos de escuelas pijas no es lo mío. —Los músculos se me volvieron a tensar con anticipación, era solo la reacción a los pensamientos que no se me salían de la cabeza—. Puedo hacerlo si sigues tocándome las pelotas de todas formas, qué remedio. Le escribieron un número encima y a todo número se le puede restar, así que tú eliges. Llegamos a un acuerdo para reducir la deuda de la Rojita o nos cagamos a palos aquí mismo. Si no lo inicio yo, lo iniciará alguien en mi nombre, en la puta calle cualquier día que decidas tomar un paseo o en la vuelta a casa.
     
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    Existía un margen de posibilidades en el cual, finalmente, me hubiera metido en una habitación más oscura de lo que podía manejar. Imprevisto, claro, impredecible y casi... injusto. Sólo estaba molestando a una niña de mi clase, llevaba años haciéndolo, ¿por qué algo tan simple como eso iba a derivar en tener a un retoño de la jodida mafia o algo queriendo beber mi sangre? Era ridículo.

    Pero era lo que tocaba.

    Y no le daba muchas vueltas a mis pecados.
    No supe si se estaba haciendo el imbécil o qué cojones ya que, otra vez, siquiera se me cruzó por la cabeza la posibilidad de que hubiera vendido los móviles desconociendo su procedencia; irónicamente, eso tenía que haber sido lo más inteligente que había hecho de toda la mierda. Oírlo reconociendo su peor error me ensanchó la sonrisa, y mantuve la mirada en él otro par de segundos antes de hablar. Lo estaba gozando, qué va, si total ya lo sabía.

    Había firmado una sentencia de puro gusto al poner pie en la azotea.

    —La cagaste bastante feo, sí —aporté, soltando casi una risilla que más bien murió en mi garganta—. Pero, eh, para que te sientas mejor: esta mierda, Sasha y yo, lleva en existencia desde hace un buen tiempo. Long, long way before de que pusieras pie en esta escuela. Apuesto a que no te interesa esa historia tampoco. Básicamente, fuera tu... error de principiante o cualquier otra cosa, el resultado era el mismo. Aunque, vaya, ¿de veras creyeron que no íbamos a enterarnos? More mistakes.

    La sonrisa me descubrió la dentadura en lo que meneaba la cabeza lentamente, y ahora sí, una risa vibró en mi pecho.

    —¿La verdad? Con semejante historial de estupideces no asustas ni un poco, gang boy~

    El cabrón siguió consumiendo la distancia, y no sabía si la mierda me estaba cagando en las patas o relajándome conforme el tiempo pasaba. Era de lo más raro. Su declaración de intenciones no sorprendía a nadie, de modo que seguí viéndolo con aquella calma que tan bien me salía. Que mencionara íbamos en el mismo barco me hizo soltar el aire en una risa nasal de nada; me faltaban un montón de piezas y aún así lo veía, aunque estaba la excepción, claro, de que yo no me pondría a aprovecharme de señoritas en la puta mierda por deporte.

    Pero ¿y si era por venganza?

    ¿Si hacía todo para quebrarlas, asustarlas e irme?

    ¿No era lo mismo?
    Que me negara la paliza me hizo alzar las cejas, exagerando la sorpresa que sentía por el puro placer de tocarle los huevos. Todo su discursito me lo tragué con aquella sorna y liviandad impresas en el rostro, como si nada de lo que dijera fuera capaz de sacudirme. Goodness, ¿acaso me estaba amenazando? ¿Tenía un bad boy amenazándome con aparecer en una zanja a la vuelta de mi casa?

    —No te entiendo, ¿estás esperando que te ruegue o algo? —repliqué, burlón, y comenzó a parecer que necesitaba un gran esfuerzo para tragarme la risa—. Además, ¿qué es esta mierda? ¿Te pones en mob mode y me amenazas para... reducir la deuda? ¿Cuánto? ¿Cien yenes?

    Hombre, ya que se tomaba la molestia ¿por qué no me presionaba para eliminarla de raíz? Digo, si era tan malo y tenía tantos contactos ahí afuera dispuestos a mancillar a un random dude por un conflicto con... otra random gal. ¿Y por qué iba a ir tan lejos, de todas formas? ¿Por Sasha? Sí, claro.

    Qué va, sólo intentaba asustarme.

    —Hombre, por mí encantado, ¿cuánto quieres? Puedo estirarme a doscientos yenes sin problema. Aunque... —Me detuve, mi sonrisa se suavizó con cierta chispa de oscuridad, de satisfacción, y me fijé en sus ojos—. Huh, no sé yo. Creo que a Sasha no le gustó nada que le quitara la ropa y le escribiera encima un número tan largo, ¿y propones volver a hacerlo? No wonder she trusted me so blindly, no debes gustarle nada.
     
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    Yáahl

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    Puede que las posibilidades de Wickham solo se hubiesen salido de sus propios límites, simplemente se había salido de su casilla al molestar a Sasha y había caído conmigo, como quien se da de cara contra una puerta de cristal. No estaba en los planes, no correspondía y puede que ni siquiera estuviese aquí en esta maldita azotea por algo tan altruista como, no sé, la dignidad de Sasha. Puede que solo la hubiese convertido en mi sacrificio también, la excusa perfecta para ceñirme con un par de estúpidos sin más.

    No creía que hubiese algo verdaderamente desinteresado en mis acciones.

    Dudaba de la naturaleza de la ira que me corría por el cuerpo ahora mismo.

    No creía que surgiera por el mero acto de defender a nadie, porque no lo había hecho nunca más allá de mi familia directa. Llevaba años manchándome las manos en un intento de mantener limpias las de otros tres, era lo más parecido a altruismo que conocía y era una puta mierda, si debíamos ser honestos, porque me pasaba todos los días pensando en que mamá la iba a palmar de estrés o un día mis hermanos iban a acabar exactamente igual que yo. Así que puede que solo estuviese hasta los huevos de esa mierda, del incidente de Ryouta que me costó la nariz también y hubiese encontrando en la foto, en estos idiotas, la causa que buscaba para reventar a alguien así no fuese a mano limpia.

    Sasha había congelado la tormenta la mañana siguiente a que llegara hecho una desgracia. Yo solo me había quedado esperando y esperando, hasta que se reiniciara, porque era inminente, lo sabía. Si ese día no había armado una bronca había sido por esa intervención, algo que tampoco estaba en mis planes, había sido mi propia puerta de cristal, pero en su ausencia podía hacer y deshacer.

    Lo estaba deseando.

    Escuché su explicación que nadie pidió, solté una risa y hundí las manos en los bolsillos como si no estuviese aguantándome las ganas de partirle la cara todavía. Tampoco me las estaba dando de última Coca-Cola del desierto, porque yo mismo se lo había dicho a ella, hijo de puta yo que lo había hecho.

    Me da a mí que si alguien se atreviese a abrir tu casillero y husmear un sobre sabrías perfectamente quién fue.

    Digamos que como mucho solo había sido un gatillo.

    Había adelantado lo inevitable.

    Tomé aire en lo que seguía hablando, lo dejé hacerlo y pesqué los fragmentos que me interesaban o me servían. Asustarlo o no me daba igual, una gran parte de la gracia estaba en que, de hecho, podía ficharlo y ya si me salía de los huevos. Habían amenazas que solo se dejaban caer por el puro placer de saber que la posibilidad existía.

    Rodé los ojos, me tragué una carcajada y di otros pasos en su dirección, suficiente para que lo que nos separara fuera metro y medio como mucho. Incliné parte del cuerpo hacia el frente, todavía sin sacar las manos de los bolsillos y estiré la sonrisa, fue oscura a cagar. La silueta de Sasha en ese maldito Infierno que era el club de este imbécil apestaba a muerte.

    —Pues claro, pedazo de mierda. ¿Quién me va a creer nada a mí, con esta jodida cara? Si le dices que la vendí a los perros luego de todo el espectáculo que se montaron, se lo cree. —Solté una risa por la nariz—. Y aún así no soy yo el que la encerró en ese puto agujero, la cagó hasta las patas y la marcó como una puta res para tomarle una foto y chantajearla.

    Ya lo viste de por sí, ¿no? Que el diablo nos sacó copia.

    Que en otro universo no habría sido Sasha, pero sería cualquier otra.

    —Hombre, si quieres voy y me traigo un cubierto de la cafetería para escribirte en la espalda la pasta que esperas recibir de Sasha y hago la resta ahí mismo, a ver si te parece suficiente. Con lo bien que se me dan a mí las armas blancas, es que me pone y todo la escenita. —Enderecé la espalda, negué suavemente con la cabeza y acabé con la distancia por fin, todo para encajarle el antebrazo directo en el pecho y presionarlo contra la reja. Lo que hiciera después me daba igual—. El negocio estaba muy bonito, pero te estás poniendo bastante imbécil ya, así que cambio de planes. Desaparece la foto y desaparece la deuda, es más, si quieres se te paga con hierba una parte para que no te vayas en blanco. Como me entere que volvieron a tocarla, así sea si solo me lo imagino o porque me lo cuenta un pajarito, te reviento y me chivo, aunque no me crea ni el diablo, y nos vamos a la tumba los tres como hermanitos que somos.
     
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    Era un círculo vicioso bastante curioso el que se había formado, si me tomaba la molestia de analizarlo. Vete a saber si por las similitudes o simple intuición, pero me costaba tanto creer que este imbécil estaba aquí por Pierce como si pretendieran convencerme que el cielo es verde. No encaja; por mucho que uno fuerce las piezas, no encajan y punto. También cabía la posibilidad de estar echándole encima mis propios pecados, claro, pero no me preocupaba demasiado. Había mierdas que uno las llevaba escritas a la vista de quien supiera ver.

    Por eso, quizás, había querido marcar a Sasha, ¿no?

    Para que dejara de fingir, pretender y engañar.

    Me creía la voz y la justicia del mismo infierno, si tenía algún sentido, el que encadenaba a las personas a la barca y luego emitía el juicio. Como si fueran los putos círculos de Dante, cada uno tenía su lugar y me gustaba encargarme de que esa ley se cumpliera. Al menos así sonaba bonito y me evitaba los inconvenientes.

    De admitirme que era un hijo de puta envenenado por su propio padre, por ejemplo.

    El cabrón sólo seguía avanzando hacia mí como si fuera su presa, y vete a saber qué era lo que me impulsaba a quedarme quieto. Tampoco entraba en los planes salir corriendo, de todos modos, así que no importaba mucho. Si de algo me había servido la mañana, era para mentalizarme y convencerme de que aquí también había algún tipo de justicia; como la justicia que me había cobrado al ofrecerme de saco de entrenamiento en el callejón, haciendo tiempo y distrayendo a los imbéciles hasta que Blee regresara con los de seguridad. ¿Y ahora? ¿Por Ali? Ya no tenía idea. Quizá fueran puras excusas y sólo hubiera escarbado por mi propio castigo a pulso. Cavando, cavando y cavando, hasta lanzarme dentro.

    Y siguió avanzando.

    Y ni siquiera presioné la espalda contra la reja.

    Se inclinó hacia mí, en cierta forma me alcanzó su aroma y el estómago se me revolvió. Había un chispazo de repulsión, pero en su mayor parte seguía siendo lisa y llanamente ira. Su resignación mantuvo la sonrisa serena en mi rostro, incluso me mofé en silencio, y mantuve la voz en un murmullo bajo, reprimido.

    —No. Tú eres el cerdo asqueroso capaz de hacer ta-te-ti, arrastrar a una chica a un callejón vacío y aprovecharte de que no pueda decir que no. —El cuerpo entero se me sacudió en un escalofrío interno, la ira crepitó y las imágenes se me superpusieron; las reales y las imaginadas—. Esa jodida imbécil se creyó mejor que nosotros y está pagando las consecuencias, pero ¿y la chica del parque? ¿Cuál es tu excusa, pedazo de mierda?

    La resistencia de los cables empezaba a amenazar con relajarse. Lo sabía, lo sentí y la energía siguió fluyendo. Me incliné hacia él, prácticamente le mascullé encima de la cara.

    —¿Cuál es tu putísima excusa para usar a alguien como si fuera tu jodido juguete? ¿Eh? —Me relamí y estuve a nada de tocarlo—. ¿Eso también te pone, hijo de puta?

    Pero el imbécil metió su brazo entre nosotros y me regresó contra la reja. Sentí el entramado clavándose en mi espalda, la mierda fue casi revitalizante y se me aflojó una risa. Con todo, me quedé quieto y lo escuché. Sus términos de negociación cambiaron, cosa predecible, y qué poco me interesaba cuando la respuesta la había tenido clara como el agua desde el principio.

    Lo observé un par de segundos y sonreí, sedoso. Sonreí como si no me estuviera jugando el putísimo pellejo.

    —No —murmuré, saboreando la simple palabra con todo el gusto del mundo, y el gesto me descubrió toda la dentadura. La hoguera crepitó y el fuego me lamió las pantorrillas, los codos—. La estúpida de tu amiguita la cagó, y ahora lo va a pagar. Ese dinero nos corresponde, me da igual cómo lo consiga. Qué más da, basta con que vaya a un parque y la encuentre uno de los tuyos.

    Y trepó por el resto de mi cuerpo, la boca me supo a sangre y fue casi excitante.

    —Pagan bien por convertirlas en muñecas de trapo, ¿no?


    necesito veinte duchas en agua bendita después de este post, dios me salve
     
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    En este maldita escuela de pijos no había santo al que rezarle, dios del panteón al que pedirle favores ni una mierda, aquí en este pedazo de tierra se rompía casi la misma cantidad de reglas que en el centro del Triángulo del Dragón. Era una cosa de lo más curiosa, porque era un jodido estúpido en reglas generales, pero la peste a azufre era tan detectable como que el agua moja. Me habían metido en este agujero en el culo de Tokyo precisamente por eso, ¿no?

    Para jugar con el mismísimo diablo.

    Iba a hacerlo, incluso si los demonios que eran el objetivo ya no importaban demasiado.

    Uno siempre encontraba dianas para una partida de dardos.


    La línea que me separaba de este hijo de puta era finísima, era obvio para los dos posiblemente, pero la cosa estaba ahí en un punto muerto de la negación y la aceptación. Como quien hace la pregunta conociendo la respuesta, pero se lleva el fiasco aún así al recibirla. Puede que el único gusto que le permitiera a este cabrón además de haberme tocado los huevos con la foto fuese dejarle ir al menos una de las hostias que parecía desear.

    El diálogo no había sido lo mío nunca, había entrenado a un montón de cachorros para colarse en territorio enemigo y salir pitando, ¿pero hablar? Nunca. Era algo que solo se hacía en terrenos neutros como este, hasta que las partes se daban cuenta que era inútil y correr tampoco estaba en las opciones. No quedaba más que morder hasta probar la sangre.

    Por el mero placer de hacerlo.

    El hijo de puta ni siquiera había pegado la espalda a la reja, era como si no tuviese reacciones más allá de la ira que le burbujeaba y la burla en la que parecía mutar, y ya no supe si aplaudirle o dejarle ir la hostia sin aviso de ninguna clase. Su respuesta, eso sí, estuvo a nada de hacer que me descojonara porque no entendía de qué se jactaba el niño aquí presente. La negativa, todo el discurso de mis pecados y no sé qué cojones.

    —Sí, sí. Lo que digas, guapo. —Le encajé el brazo en el pecho con algo más de cizaña, no demasiada y la sonrisa se me estiró lo suficiente para descubrirme los dientes, como si fuese su jodido espejo—. Estás haciendo exactamente lo que castigaste en Sasha. Creerte el puto rey de la colina.

    Aflojé la fuerza con que lo tenía pegado a la reja, relajé la sonrisa y habría podido dejarlo estar, pero en este punto, como le había dicho, me había tocado lo suficiente las pelotas para que no me diese la gana. Empuñé su camisa entre los dedos en cosa de un segundo, fue como si le hiciera de ancla y lo envié hacia delante, con toda la intención de que se comiera el suelo si no ponía bien los pies. Giré la espalda para poder mirar la suya y estiré los dedos para aflojar la tensión que me había dejado el movimiento repentino. Fue en ese jodido momento en el que por fin solté la carcajada, me salió directo del pecho y mi figura se fundió con la de los lobos de Hikari, con la del que había quedado casi muerto.

    —Tírate la vida entera tratando de convencerte de que lo que haces menos jodido, vamos, puede que lo logres si llegas a los setenta. —Tenía la sonrisa bien pegada a la cara todavía y estaba a nada de tener la boca echa agua, como el imbécil de Sonnen luego de que Hikari lo reventara. Se me estaba yendo la cabeza por la alcantarilla, lo sabía—. Tú lo dijiste, ¿no? La excusa. Elegiste a tu juguete por un motivo de mierda, la desvestiste y puede que no le tocaras un pelo, pero el resultado es prácticamente idéntico.

    Avancé un paso con los músculos tensándose con la electricidad que había comenzado a correr desde arriba, de las nubes apiñadas que me nublaban el juicio.

    —Estás haciendo exactamente lo que repudias en mí.


    mah lord what's this
     
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    Gigi Blanche

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    Incluso sin pretenderlo, que anduviéramos casi imitando la expresión del otro como única medida de defensa era... era una putísima mierda, ¿para qué poner excusas? Ya no sabía qué me tocaba más los huevos y probablemente tampoco quisiera descubrirlo. La justicia y el capricho se ubicaban en extremos opuestos de un cable demasiado delgado y sí, de momento seguiría tapando el sol con un dedo. De la forma que fuera, el cerebro ya no me pedía razones.

    Sólo descargas.

    La presión de su brazo acentuó el relieve de la reja contra mi espalda justo cuando cerré la boca. Me comí su puta sonrisa, era un lobo ante un festín y se me rayó el cerebro con unas ganas de arrancársela a golpes que daban gusto. La observación, sin embargo, me hizo alzar las cejas como si el imbécil creyera que acababa de descubrir América.

    And? —repliqué, una risa genuinamente se me coló en la pregunta y me presioné contra su brazo sólo para alcanzarlo mejor—. Your fucking point, baby boy?

    El movimiento se adecuó al resto de la mierda, casi como si así lo hubiese pretendido. El hijo de puta me pilló de la camisa y estuve a medio pelo de comerme el suelo por la fuerza que le aplicó. Trastabillé un poco, me erguí y su risa rebotó en cada rincón de mi cerebro. Chasqueó, iluminó y también oscureció. Las serpientes de energía me lamieron el cuerpo y me giré hacia él. Lo escuché y no lo escuché, quizá no lo procesé y ya. La reja se extendía a sus espaldas, hacia ambos lados, y vi los cables cediendo para rodearle el cuerpo.

    Y presionar.

    Hasta reventar.

    Me le fui encima con dos zancadas amplias, y si no retrocedía hacia la reja igual le iba a echar el cuerpo para que lo hiciera. El contacto me ardió en cada centímetro de piel y tuve que comprimir los puños a ambos lados.

    Oh, I know —murmuré, por alguna razón, con la sonrisa aún pegada al rostro. Mi voz se elevó en un gruñido potente y la sonrisa desapareció—. Do you fucking think I don't know that?

    Soy la decepción de mi hermano.

    El saco de boxeo de mi propio papá.

    ¿Y vienes aquí con revelaciones?
    Sentí mis músculos del cuello tensarse al decir aquello, junto a la puta frase se me estropeó medio cerebro y lo cacé de los bordes de la camisa. Lo jalé hacia mí, mi frente prácticamente tocó la suya y lo empujé de regreso a la reja, todo en cuestión de un segundo.

    And yet, tú tienes tu fotito y yo me haré con la puta pasta. ¿Quién sale ganando?
     
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    Yáahl

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    Toda esta mierda parecía un chiste de mal gusto y mira que para que un imbécil de mi calibre lo dijera, ya eso implicaba mucho, demasiado quizás. Estábamos aquí en un tira y afloja infinito, teníamos la cuerda sujeta con la fuerza suficiente para que nos rastrillara la piel, pero nos negábamos a soltarla y en su lugar imitábamos los movimientos del otro, puede que en un intento burdo de atarnos esa cuerda alrededor del cuerpo y apretar.

    Hasta que el oxígeno no llegara al cerebro.

    Le había arrojado el reflejo del espejo en la cara bien consciente de que llevaba viéndolo desde hace horas, en otros antes que en mí y quién sabe qué, pero lo hice porque ni mi madre sabía callarme. Estaba hasta los huevos de este estúpido, me ponía de los nervios por el mismo motivo que haber notado la eterna burla de mi padre y haber descubierto que era así cómo me comportaba.

    Escocía como alcohol en una herida abierta.

    Lo suficiente para querer enterrarme los dedos en la piel hasta perder la conciencia.

    Su reacción fue una joya, para qué decir lo contrario, y me revolqué en la mierda como un puto perro lo hace siempre que encuentra una porquería en el suelo. Estaba tan acostumbrado a este montón de imbéciles que hablaban en inglés apenas perdían control de su propia ira que una silueta tras otra se fundieron con la de este cabrón, unas que ni siquiera se le parecían y de hecho estaban en el extremo opuesto de la escala, pero lo hicieron. Se revolvieron, palpitaron y quise quitárselas de encima a hostias.

    Porque una de ellas era del cachorro que me había rechazado esta misma mañana.

    El hijo de puta me cayó encima, cortó el espacio de dos zancadas, su figura fue la de una bestia oscura, y retrocedí porque me vi que si no lo hacía yo, lo haría él por mí. Eso no significó que la jodida diversión enferma que tenía en el cuerpo desde la mañana y la sonrisa retrocedieran conmigo, se quedaron allí, se intensificaron incluso y me relamí los labios.

    Se le fundieron las neuronas en fila, me pescó de la camisa, tiró en su dirección y me comí toda la oscuridad de sus ojos, también el carbón que crepitaba en el fondo y el empujón que me regresó a la reja. Todo el numerito me arrancó una risa nasal, no pude ni me molesté en contenerla como no había contenido la carcajada. Fue cosa de un segundo, pero a falta de cuchillo estiré la mano en el espacio entre nosotros, la encajé justo debajo de su mandíbula y presioné. Lo hice retroceder, la fuerza que tuve que aplicar no me importó en lo absoluto, y prácticamente pegué mi rostro al suyo.

    —Si quieres que siga descubriendo el agua tibia por ti solo dilo. ¿Es que tú no te enteras de nada, niño? —siseé, conteniendo la electricidad dentro del cuerpo a duras penas—. Incluso si te limpias el culo con billetes por una semana entera por tu gracia, eres igual de perdedor que todos los que te rodeamos. Ninguno vale una mierda desde mucho antes, ni tú ni yo.

    Eso fue lo que debí decirle a Sasha en vez de hacer el puto negocio.

    Que la pasta que consiguiera estaba maldita, tan maldita como este cabrón y como yo.
     
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    Gigi Blanche

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    El hijo de puta se la estaba pasando pipa con mis reacciones, era evidente y ya no me importaba demasiado; si acaso, su sonrisa sólo le echaba más aceite a la maquinaria. Lo sacudí, la reja cedió bajo su peso y tuve esta idea enferma de quebrarle los putos huesos. Salió de la nada y alcanzó todas partes, se amalgamó con cualquier cantidad de imágenes oscuras que, noche tras noche, sólo deseaba arrancarme del cerebro.

    Pero nunca se iban.

    Fue casi automático, a mi numerito le siguió el suyo. Su brazo apareció en mi campo de visión, no me dio tiempo a esquivarlo y me pescó del cuello. La presión de sus dedos fue algo dolorosa, retrocedí uno, dos pasos y su voz me envolvió, como si fuera todo lo que existía y me rodeara en ese instante. Había tensado la mandíbula, tenía tenso hasta el último músculo del puto cuerpo y mis manos se aferraron precisamente de su brazo casi en automático.

    —¿Otra vez con las revelaciones? —respondí en un susurro también, con algo de dificultad por la presión en mi cuello, pero un rayo partió la tierra y volví a empujar en su dirección, alzando la voz—. ¿Acaso no ves que me importa una reputísima mierda?

    Separé las manos de su brazo y lo impacté con el propio de un movimiento seco, que me resintió el hueso y buscó quitármelo de encima. Fue agresivo, cargó una fuerza absurda y no me importó en absoluto. Volví a buscar sus ojos, volví a irme encima suyo y lo empujé, otra vez, contra la reja.

    —¿Querías negociar? Bien. Tengo una idea. —La sonrisa regresó a mi cara, con ella el aire burlón y le pellizqué las mejillas con una mano para zarandearle el rostro unos pocos segundos—. Ya que eres tan bueno y te involucraste tanto con la causa, ¿qué te parece esto?

    Y me incliné, sin dejarle espacio para una puta mierda, mi respiración rebotó en su cara y repasé sus facciones por el mero gusto de alargar el momento. Ya me tenía hasta los cojones y ni siquiera había sabido asustarme, ¿qué le quedaba?

    Seguir cagándola, claro.

    —Paga la deuda —siseé, aunque la energía contenida aún fuera evidente. Alcé una mano y la enredé en la reja, a un costado de su cabeza—. Paga tú la deuda, baby boy. Y si no, se la duplico a ella.

    Sabía que era una puta locura y que probablemente se negara, pero ¿dónde estaba la falla en el plan? God, ya podía imaginar la cara que pondría Sasha si iba a decirle que el numerito mágico había ascendido a más de cien mil yenes... y por culpa de este imbécil. ¿Y por qué, exactamente? ¿Para qué me había dicho de subir aquí? ¿Para recordarme que era un hijo de puta, darme una palmadita e irse? Pobre diablo, me estaba subestimando.

    En serio, qué puta maravilla.


    si no se odiaran a muerte esto podría ser muy homoerótico, qué pena unu
     
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    Yáahl

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    Puede que esta mierda, esta puta ira, fuese lo único que me moviera el cuerpo en realidad y que si me la quitabas de encima por completo un solo segundo, me convirtiera en el mismo trapo gris que otros idiotas que me conocía, porque lo cierto era que me movía por inercia, por mera reacción de supervivencia. Esta furia era mi ilusión de control, de válvulas de escape, era mi forma de ver algo más que la muerte en cada esquina y los barrotes de una prisión.

    Mi único lugar en la estructura era este.

    Donde alguien deseaba partirme los huesos uno a uno.

    Cuando lo cacé con la mano lo sentí, la tensión de su cuerpo, y la realización me hizo agua la boca de una forma que ni el diablo querría saber seguramente. La sensación bañó el espacio de tonos rojizos, amarronados como la sangre seca, y para la gran gracia lo único que me hizo de cable a tierra, de pararrayos, fue el hecho de que su brazo alcanzó el mío. Ese contacto impidió que se me volara la cabeza en la dirección incorrecta, esa donde habría presionado buscando cortar el flujo de aire simplemente porque me daba la gana.

    Empujó en mi dirección luego de haberme soltado el brazo, dejó ir el suyo con suficiente fuerza para que lo sintiera rebotarme los huesos del pecho. Comprimí los gestos en un revoltijo de sorpresa, queja y placer jodido, porque parecía que me habían pegado cada esquina de la boca a los pómulos con la suficiente fuerza para que la sonrisa no se me zafara ni aunque me llovieran las hostias.

    Recibí su mano en el rostro, bufé de forma bastante audible y aflojé a conciencia la tensión del cuerpo solo para que me zarandeara si era lo que le salía del culo. Puede que de no ser por el hecho de que realmente queríamos reventarnos los huesos el uno al otro, esto hubiese virado en una dirección completamente distinta, al menos desde mi lado del campo que ya de por sí estaba bien torcido desde hace años. El estúpido pegó el rostro al mío, sentí su respiración rebotar y los cables se me siguieron yendo a la reverenda mierda.

    Paga tú la deuda, baby boy.

    Y si no, se la duplico a ella.

    Repasé sus facciones como si el otro no estuviese deseando lanzarme de esa azotea, la sonrisa se me había desvanecido ligeramente en algún momento, pero se reinició a pesar de que me tenía sujeto allí, entre la puta reja, su mano y su cuerpo entero. Mis músculos recuperaron algo de tensión, suficiente para medio mover la cabeza en la dirección a donde había quedado su mano en la reja, pero me las arreglé para estirar el cuello en su dirección y disminuir la ya casi inexistente distancia.

    Tenía la suficiente ira en sangre para aceptar venderle el alma al diablo.

    Claro que eso lo había hecho hace tiempo.

    —Pues tenemos un trato, campeón —dije en un murmuro grave y aparté su mano de mi rostro de un golpe seco, incluso si el movimiento acababa haciéndome daño a mí. Aproveché para arreglármelas, dejar el brazo en el espacio ínfimo que nos quedaba y apartarlo hacia el costado de otro golpe, esta vez en el pecho justo como él me había regresado a la reja, aunque giré para volver a echar el cuerpo en su dirección—. ¿O te vas a echar atrás ahora que acepté, para seguir tocando los huevos?

    Solté el aire por la nariz, me quedé en mi posición y me tragué una risa. Si me estaba condenando o no, ese era asunto mío, y había vivido al borde tantos años que ya ni siquiera sabía encontrarle más problemas a lo que estaba cagado de por sí.

    —Decídete, baby boy —atajé imitándolo, pero llevaba tanto tiempo llamando así al idiota de Sonnen que era de lo poco en donde no se me salía el japonés hasta por las orejas—. Que de por sí ya parecemos un puto matrimonio, da lo mismo si te mantengo a ti y a tus caprichos con esa pasta una temporada.


    no sé qué tipo de pseudo gayness es esta, pero solo la delimita el odio a muerte y ese hilo es delgadito-
     
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  14.  
    Gigi Blanche

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    De repente el cordero este se veía bastante amansado, a juzgar por su reacción de la mañana. Lo que había pasado en medio no me interesaba en absoluto, tenía las prioridades bien claras y lo único que siempre había pretendido era conseguir la pasta. De quién o cómo me la sudaba. El idiota me dejó zarandearle la cara y la mierda generó un chispazo de energía que, aunque ligeramente diferente, se mezcló con el resto y siguió fluyendo. Su bufido me lo tragué de buena gana e imposté una suerte de puchero, como si me diera lástima estar molestándolo.

    Seguíamos moviéndonos en base a espejos y susurros erráticos, me quedé allí en lo que me sacaba radiografía facial y sólo me sonreí, pues seguía siendo el imbécil egocéntrico que se revolcaba en la atención. Del tipo que fuera. Manteníamos tan poca distancia entre nosotros que fue imposible ignorar la breve sombra que mermó su sonrisa. Estaba, de hecho, bastante convencido de que no aceptaría, era la misma razón de haberle soltado semejante delirio.

    Pero el corderito se sacrificó.

    Y luego que no venía a ser el héroe, decía~

    Parpadeé, disimulando la sorpresa al recibir sus palabras, y de todas formas su movimiento no me dejó procesar mucho la información. Tenía los dedos enredados en los cables, así que su puto golpe me los arrancó de allí sin ninguna clase de delicadeza. Sentí un dolor punzante, la queja me brotó del pecho y en ese lugar volvió a golpearme, esta vez para correrme de su camino. Trastabillé un poco pero no me caí, y bajé la vista a mi mano; no era nada grave, sólo un corte ligero que me recorría la superficie de cuatro dedos. Putos cables.

    —Qué va —solté junto a una risa de nada, regresando los ojos a él—. Te lo dije, ¿no? Sólo me interesa la pasta.

    Total que seguíamos montados en este jueguito de quién rodeaba contra la reja a quién, así que me dejé hacer con un gesto suave plantado en el rostro y me comí su cercanía sin chistar. Tomé aire y lo solté lentamente por la nariz.

    Look at you, so chivalrous —casi ronroneé, alzando la mano sana para darle tres palmaditas suaves en la mejilla. Luego bajé el brazo y relajé la espalda contra la reja—. Tienes dos semanas también para conseguir la pasta. Si no, me temo que tu fotito ya no será un privilegio. Hope you don't mind~

    Me lo quedé mirando un par de segundos, con la sonrisa aún bien pegada al rostro, y ladeé ligeramente la cabeza.

    —¿Crees poder hacerlo, guapo? Ah, y... —La puta sonrisa me descubrió la dentadura, por poco no me meaba de risa—. ¿Se lo avisas tú o le aviso yo?

    Si este pobre idiota se creía que tenía una gota de nobleza en el cuerpo iba a estar muy equivocado. Quién sabe, ¿no? Quizá se me pasara contarle el pequeño detalle y acabara con el doble de dinero del pretendido, o quizá le fuera con una versión diferente de la historia. De la forma que sea, creía conocer lo suficiente a Sasha para imaginarme que, con el honorable sacrificio y todo, iba a estar cabreadísima.

    En pocas palabras, fuese cual fuera el escenario, sólo salía ganando.

    As fucking usual.
    i just realized que en tu firma pone baby boy JAJAJA creo que te lo robé inconscientemente
     
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    Yáahl

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    Quizás no lo admitiera nunca, pero el hecho de que Cayden de todos los idiotas me mandara a la demonio esa mañana había cambiado de lugar todas las piezas, fue como si el puto palo de dientes pasara el brazo en directo para tirar todo lo que estaba sobre la mesa de lleno al suelo. Lo había entrenado para correr, pero también para serme leal, y se había hartado lo suficiente de mis mierdas como para arrancarse el arpón con el que lo tenía sujeto de una sola sacudida, incluso si después se desangraba.

    Que la buscara yo mismo, había dicho el infeliz que había dejado irse a su mejor amigo cuando el imperio se nos cayó de las manos.

    Entre una cosa y la otra, el tira y afloja de cuerdas seguía lanzando los golpes de energía necesarios para tenernos pegados entre sí, en un punto muerto entre descojonarnos, matarnos a palos y hasta tirarnos los perros. Ya ni Dios sabía qué estaba pasando en ese espacio, lo único que permanecía estable era la violencia, la electricidad del aire y la oscuridad salida de la boca del Infierno del que parecía haber nacido este estúpido.

    El cristal que teníamos en medio seguía regresándonos siluetas distorsionadas, susurros que parecían ecos en medio de la entrada a una cueva y cuanta cosa hiciéramos. Era como estar encerrado en una habitación de las del loquero, esas mierdas de paredes acolchadas que salían en las películas. Las similitudes en nuestras personalidades se cancelaban entre sí, haciendo que pareciera un delirio de fiebre y que lo que oíamos del otro, lo que hacíamos, no fuese más que una alucinación de pasar demasiado tiempo en silencio con nosotros mismos.

    En el silencio escuchas tu propio cuerpo funcionar y acabas volviéndote loco.

    Sabía que lo había arrancado de la reja de un movimiento brusco, suficiente para lastimarle la mano y eso si acaso me estiró la sonrisa mientras lo regresaba a la reja, como venía siendo normal en el espectáculo. Recibí sus palmadas en el rostro, parpadeé con pesadez y solté el aire por la nariz antes de permitirme una risa, me salió del pecho y rebotó en mi propio cuerpo, puede que mi respiración volviera a alcanzarlo.

    —No le pilles mucho cariño a tu pequeño trofeo de caza tampoco, no habrá necesidad de que lo expongas en la pared —respondí sin retroceder un mísero paso.

    Volví a estirar la mano para pescarlo por las mejillas como había hecho él conmigo hace un momento, lo atraje su poco más hacia mí sin que despegara la espalda de la reja y lo zarandeé suavemente como si fuese un crío. Reflejé su sonrisa de mierda, lo hice sin ninguna dificultad y repasé sus facciones de nuevas cuentas.

    —Ya va siendo hora de que la Rojita me escupa encima, ¿no te parece, baby boy? Lo último que me falta es otra mentira de las tuyas —murmuré con la ira impresa en la voz, solté su rostro de un movimiento brusco y le regresé algo de espacio para poder deslizar la vista a su mano—. Cuidado con esa mano, hombre, ya me jodería que algo tan sin gracia se infectara~

    Retrocedí por fin, le devolví el espacio que le pertenecía luego de lo parecía una eternidad y alcé las manos en señal de rendición por la pura gracia del teatro. No creía que valiese mucho la pena seguir con el rollo.


    i mean be my guest JAJAJA

    yo iba a responder en el pasillo la etiqueta de tom, but just got distracted by the chaos
     
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    Gigi Blanche

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    Iluso o no, realmente ya me había convencido lo suficiente de que este idiota no iba a cruzar los límites de un espacio neutro como era la escuela, al menos para quedarme allí haciendo el tonto y tocándole los huevos si me apetecía. Vaya, casi que lo había intentado por todos los medios posibles y aún así no le arranqué ni una reacción interesante. Bastante aburrido, si me preguntaban, tanta pompa y para nada.

    Such a disappointment.

    La mano aún me ardía, pero lo ignoré y me enfoqué en él. Me dijo que no le pillara demasiado cariño a mi trofeo de caza y me encogí de hombros, bastante indiferente.

    —¿Cómo no se le pilla cariño a un trabajo bien hecho? —repliqué, tranquilo—. Seguro entiendes de lo que hablo, ¿no?

    Su brazo se coló entre nosotros, llegó a pescarme de las mejillas y lo dejé hacer con calma porque, otra vez, realmente no lo creía capaz de tocarme un pelo. Quizás hubiera entendido que cualquier acción dentro de los espacios grises sólo replicaría más desgracias en efecto dominó, y que Pierce se encontraba precisamente al final de esa línea de pólvora. O quizá fuera un charlatán de cuidado, un puto cobarde.

    Para romper la rueda tendría que haberme roto los huesos.

    Muy simple, ¿no~?

    Su zarandeo me aflojó una sonrisa y parpadeé sin prisa, esperando que siguiera con lo que sea que tuviera en mente. Al menos eligió bien, el imbécil, y con eso, mis asuntos con Sasha quedaron saldados; en buena teoría, claro. Lo que ocurriera entre ellos me la traía flojísima. La ira le tintó la voz, me soltó de repente y me masajeé suavemente la barbilla con la mano sana, en un gesto vago. Su mención de la herida me arrancó otra sonrisa y bajé la vista al corte, algo de sangre había asomado.

    —Sería un problema, indeed —acordé, sedoso, y lo miré desde abajo—. No me digas, ¿sólo querías ir a la enfermería conmigo~?

    El nivel de la estupidez era tan alto que siquiera esperé su respuesta. Busqué el atado de cigarrillos de mi bolsillo trasero y dejé uno entre mis labios, en lo que también me hacía con el mechero. Volví a mirarlo.

    —Un placer haber hecho negocios contigo, guapo —murmuré, generando la pequeña llama y el pequeño incendio; el resto lo dije entre la cortina de humo—. Ya puedes irte.

    ¿Acaso me creía con el poder y el derecho a echarlo?

    Basically, yes.
     
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    Yáahl

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    No estaba seguro de si la electricidad se había desperdigado en direcciones suficientes para detener mi propio desastre a última hora o para contenerlo más bien, en este punto no interesaba, porque la situación era la misma. Romper los límites de las personas se me daba de maravilla, pero habían fracciones de la oscuridad que no arrastraba a otros espacios donde, en resumidas cuentas, mis posibilidades de sacar algo de provecho que ya de por sí estaban en cero pasaran a números negativos.

    Ya había invertido suficientes recursos.

    Si acaso había pasado la pelota de un lado de la cancha al otro.

    Su respuesta a lo del trofeo de caza me sacó una risa floja, puede que fuese una afirmación en sí o el mismo mecanismo de mierda de reírme de todo para hacerle contrapeso a la ira que se me revolvía en el estómago todo el tiempo. De cualquier forma el resto del numerito siguió sucediendo en el mismo ritmo, el flujo que se había abierto al saber que ya había caso en seguir y que de hacerlo, de hecho, solo acortaría la distancia en la aparente pausa que había logrado en el efecto dominó.

    Tensar la cuerda en una dirección implicaba que se acortaba en la otra.

    Sabía que mi tanda de cagadas no había terminado, pero eso a este le importaba tres mierdas, así que solo tocaba dar esa parte del espectáculo por terminada y empezar con la siguiente. Aún así, me permití divertirme ligeramente a su costa, tampoco me lo negó en ese punto y la estupidez de la enfermería me arrancó una risa que estuvo a nada de ser una carcajada.

    —A lo mejor era una excusa~ —concedí en un murmuro, aunque el otro no se había detenido a esperar mi respuesta.

    Giré el cuerpo un instante después de que soltara lo de los negocios, hundí la mano en el bolsillo para sacar el porro junto al mechero y navegué el espacio hasta llegar la mitad de la azotea, allí donde había iniciado el espectáculo. Me coloqué el cigarro entre los labios, lo encendí para darle una única calada y alcé la vista para finalmente soltar el humo. Solo volví a darme la vuelta en su dirección para hacer una reverencia exagerada, teatral a cagar como si estuviera recibiendo el aplauso del público invisible para que el parecíamos haber actuado.

    —Suerte con el trono de humo, campeón —solté junto a una risa baja en lo que enderezaba la espalda—. Me avisas cuándo se lo lleve el viento~

    Había apagado el porro mientras soltaba la estupidez, así que no esperé lo que tuviese que decir mientras volvía a apagarlo para desaparecer de la azotea por fin. Al abrir la puerta me daría cuenta de que la Barbie estaba en el descansillo, para variar, pero en ese punto daba bastante lo mismo, era lo más predecible y tampoco iba a hacerle el alto.

    Tenía cosas qué hacer, por mucho que no quisiera.

    this was such a trip *hace una reverencia as well*

    ahora procedo a seguir cagándolo todo con este pendejo, pero en otro espacio-
     
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  18.  
    Amane

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    Esperar era un jodido suplicio y desde luego no estaba hecho para mí. Nunca en mi vida creía haber estado más nerviosa que en aquel momento, y era precisamente el hecho de tener que esperar y no poder hacer nada lo que más histérica me estaba poniendo. Ya había decidido quedarme ahí dentro, así que no podía simplemente irrumpir como si nada en la reunión de los dos chicos, o me arriesgaba a que Joey pudiese acabar verdaderamente molesto conmigo.

    Tampoco lograba distinguir ninguna señal que fuese indicativo de peligro, no importaba cuanto pegase la oreja a la puerta que daba a la azotea. Sus voces me llegaban completamente amortiguadas, lo que significaba que no se estaban gritando ni nada parecido, y a pesar de forzarme y forzarme a escuchar lo que sea, no reconocí nada que sonase parecido a una pelea física. Después de un buen rato, eso sí, escuché pasos acercándose, y fue ahí, al separarme de la puerta por ello, que me di cuenta de que había estado mordisqueándome la uña desde quién sabe cuándo.

    Solo necesité procesar la chispa de cabello rubio durante una milésima de segundo, lo suficiente para saber que se trataba de Arata y que no me interesaba en lo más mínimo, por lo que pasé completamente de su existencia y salí a la azotea de manera apresurada. Distinguí la figura de Joey no muy lejos de la entrada, rodeado de humo como no podía ser de otra manera, y me acerqué a él hasta poder hacerme con su rostro entre mis manos.

    Lo escaneé rápidamente, aunque a consciencia, y solo me permití relajar el semblante cuando me aseguré de que no tenía ninguna marca visible. Suspiré suavemente, pero sentí una nueva cuota de tensión encima al bajar la vista y dar con el rojo de su mano, pasando a rodearle la misma con mis propias manos justo después.

    What happened? —pregunté en un murmullo, levantando la vista para clavarla en sus ojos.
     
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  19.  
    Gigi Blanche

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    No le respondí más nada a Shimizu, pese a que seguí todos sus movimientos. El imbécil se había inclinado en una reverencia, me deseó suerte con el trono de humo y se fue. Una vez estuve solo, dejé caer la cabeza contra la reja y exhalé el dichoso humo, viéndolo elevarse, dispersarse y desaparecer. No era idiota, sabía que conmigo iba a pasar exactamente lo mismo; que había un único destino posible en esta carretera.

    Pero vaya, ¿cómo parar?

    Que me llamaran brujo, supuse que una vez Shimizu se fuera, Ali iba a subir. No la había imaginado con la oreja pegada a la puerta, claro, eso habría alcanzado para descojonarme con ganas. Cuando quise acordar, ya la tenía encima y había cazado mi rostro entre sus manos. La dejé hacer, por supuesto, el cuerpo ya se me había relajado y la energía, vuelto a su cueva. No la creía perdida ni canalizada, en absoluto. Sólo se había arrastrado de regreso.

    Como una bestia dormida.

    A la tonta se le notaba la preocupación en cada poro de la piel y justo había fumado, así que separé apenas los labios para soltar el humo sin ir a joderla. Tenía una sonrisa ligeramente burlona pegada al rostro que no mermó en ningún momento. Si acaso adquirió una chispa de absoluta satisfacción al recibir su pregunta.

    It was fun —reconocí, en un tono realmente suave y calmado. Por fin la miré a los ojos—. Aceptó encargarse de la deuda y pagarla él. Supuse que no te molestaría, así que lo dejé irse.

    Me había rodeado la mano mala entre las suyas, otra vez la dejé hacer y noté que ya no sentía ni un pequeño rastro de la molestia que había dirigido hacia ella. No le di demasiada importancia y fumé de nuevo.

    He became her knight in shining armor. —La sonrisa se me ensanchó, bastante incrédula, y solté el aire en una suerte de suspiro antes de agregar—: So lovely.
     
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  20.  
    Amane

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    Era plenamente consciente de que aquella preocupación tan visible era carne de burla para alguien como Joey, y eso que no debía ser consciente de que me la había pasado con la oreja pegada a la puerta todo el rato, pero a aquellas alturas no era algo que me preocupase demasiado. Quería a ese imbécil un mundo y medio, por mucho que me tocase las narices día sí y día también, y ya no quería esconder el hecho de que no quería que le pasase nada malo.

    Sobre sus labios revoloteó una sonrisa burlona y su respuesta, así como todo el aire de despreocupación que había a su alrededor, me hizo pensar que genuinamente se encontraba bien, y como tal, pude prestarle la debida atención a sus palabras. Hice un gesto vago con la cabeza cuando me informó de que Arata había decidido encargarse de pagar la deuda en lugar de Sasha, pretendiendo indicar que ciertamente me daba igual en tanto el dinero llegase a nuestras manos.

    Ya encontrándome bastante más tranquila, pude corresponderle a Joey con una sonrisa de igual incredulidad con su siguiente comentario, y solté una risilla divertida antes de negar ligeramente con la cabeza. No dije nada, en un principio, pues en su lugar se me ocurrió aprovechar que seguía con su mano entre las mías para subírsela hasta alcanzar mis labios. Le rocé la piel con los mismos, y fui dejándole unos cuantos besos superficiales a lo largo de la herida.

    Did he now? —susurré, una vez decidí dejarle el último beso, y ensanché la sonrisa al buscar de nuevo su mirada—. How pathetic. Seguro se siente culpable de lo que le hemos hecho a Sasha y se cree que por encargarse de la deuda lo va a perdonar. Ah, pero conociendo a Sasha... I'm pretty sure she's gonna be mad por haber metido el hocico donde ya no le llamaban. Oh, how tragic, is it not~?
     
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