Trigger warning: Suicidio y Acoso escolar implícito. Acoso escolar Entrar a su cuarto fue raro. El pasillo estaba iluminado, al cruzar el umbral de la puerta lo único que no parecía boca de lobo lo iluminaba el monitor. Observé el escenario hasta dar con mi amigo. No mentiría, era devastador ver su cama desordenada, las botellas plásticas desordenadas y, bueno, cero higiene ambiental. ¿Cómo culparlo? Su pareja se había suicidado. Solo hace tres días. No volteó a verme, al contrario, se largó a llorar: manos sobre la cabeza, rodillas flexionadas, en un rincón de su cuarto que nunca usaba. Se me arrugó el gesto por completo, comisionada, observando la situación sin soltar el pomo de la puerta... ¿Por qué...? ¿Qué haríamos sin ti, ahora...? Observando sin hablar, me quedé un largo instante. Lo que ocurrió fue una brutalidad, una a la que llegamos demasiado tarde. Lo sabíamos, ¿no? Nunca volveríamos a ser los mismos. Tampoco sabía por qué no podía llorar cómo él lo hacía... y fruncí mi ceño con seriedad. Prendí la luz, cerré la puerta sin prisas, sigilosa sin siquiera intentarlo. Caminé sin prisas: Me senté, cerré todo el ruido de pestañas, ignorando lo que había en ellas para no vulnerar su privacidad, dejando abiertas sus cosas de la escuela. Apagué la pantalla y no el monitor, él seguía llorando. Tomé su basurero miniatura, no importaba el tamaño, y mientras él lloraba yo seguía con lo mío. Adiós papeles, adiós botellas. Adiós plástico, adiós cachureo. Tomé toda la ropa, empecé a doblarla: A doblar, a doblar, a doblar, a dobla... —¡¿Pero qué haces?! —se quejó aún conmocionado, pero su voz no sonaba quebrada, solo gangosa mientras se limpiaba el rostro como un desquiciado. Uno roto. Me voltee sobre mi eje, con dureza en la expresión. Dura, cada músculo estaba por reventar... —Te vas a levantar —solté como un martillo firme, seco—, te vas a levantar las veces que sean necesarias, ¿entendiste? Y me miró totalmente desorientado, y fuera de base... Me quebré. No sé por qué, pero lo hice como la tempestad sobre ruinas que nadie quiere visitar. Cubrí mi rostro con ambas manos y mis hombros se movieron al ritmo de un llanto tan desgarrador, opresivo en el pecho, que nunca tuve. Lloré... lloré... Y me quedé quieta, paralizada... —Lo haremos —dijo sobre mi cabeza, con sus brazos apretándome con una fuerza increíble... Quedé atónita... Y lo abracé de vuelta... No sé qué haríamos sin ti, querida. Pero definitivamente rendirse tampoco era una opción: Tú nunca lo hiciste.