Acabada Su mirada me impactó de lleno. Nunca había caído en la cuenta de realmente cuanta tristeza había en sus ojos. —¿Sí que estás acabada eh? —dije con un tono algo burlón, quería quitarle seriedad a las situación, aunque claramente había fallado. Sus ojos se posaron en los míos y pareció como si me estuviera examinando. Fue solo entonces que verdaderamente me di cuenta que su mirada no era de tristeza, sino que de cansancio. Sus ojos de un hermoso color pardo ahora se veían apagados, toda la vida que habían brindado en su momento parecía haberse ido a algún otro lugar. Sus escleróticas estaban enrojecidas, eso sumado a las notorias ojeras que se habían formado bajo sus ojos y que ya pasaban de un color purpúreo a un morado profundo denotaban su cansancio, un cansancio que quizás por cuanto tiempo se había prolongado, y que yo no había notado. Sus párpados estaban semicerrados como quien ya no aguanta más las ganas de dormir, quizás no tanto por el cansancio mismo sino que por la esperanza de tener unos dulces sueños. Sus pestañas seguían igual de hermosas y largas como siempre, aunque rodeadas por ese triste panorama no parecían más que las joyas de la corona de una familia real caída en desgracia. —... Sí que estás acabada. Una sola lágrima derramó. Esta demoró en desprenderse del lagrimal, se deslizó lentamente acariciando el pómulo y luego la mejilla, hasta finalmente llegar a su mentón, cayendo directamente al suelo. Me alejé lentamente del espejo y fui a mi habitación. Todos tenemos malas noches.