Autor: Temarii Juuzou. Actividad: Días de A, B, C... K... Xutra [+18] Advertencia: Estoy un poco oxidada, hace mucho no escribo, espero lo disfruten. A de Ansiedad Sus manos temblaban cuando entrego el boleto de avión y no dejaron de hacerlo en todo el trayecto hasta su asiento. Solo ahí, ya posicionada en su lugar asignado, con la cabeza en contra de la ventanilla, pudo soltar un suspiro… pero ni así dejó de temblar. ¿Sus padres ya se habrían dado cuenta de lo que había hecho? ¿La estarían buscando? Con esos pensamientos, apretó sus ojos y juntó sus manos contra su pecho, tratando de controlar su pulso. La ansiedad era demasiada, podía sentir como su respiración comenzaba a agitarse. Estaba haciendo algo horrible, era una hija mal agradecida, una deshonra para su familia… pero está en lo correcto ¿No? No podía simplemente aceptar un matrimonio con un sujeto que no conocía de nada. Estaba pensando en sí misma, en su libertad; por primera vez iba a ser la que tomara una elección importante que decidiría el rumbo de su vida. Aún así, comenzó a hiperventilar. Todo desapareció, estaba ella en una burbuja de ansiedad que no la dejaba respirar con normalidad, ni siquiera lograba escuchar al piloto o las azafatas, ni las conversaciones cercanas a ella. Cerró los con más fuerza aún, sintiendo su pecho subir y bajar con gran velocidad. A su lado, alguien llegó a sentarse. Pudo sentir el cuerpo ajeno, pero no podía ni quería abrir los ojos, hacerlo era enfrentarse a su realidad: había escapado un día antes del día de su boda; en medio de la noche, sin rumbo alguno, con una maleta que incluía lo básico y sin ningún plan, solo la idea de no unir su vida a un total desconocido. De ya no escuchar a su padres, de decidir por ella por primera vez. —Disculpe, señorita ¿Está todo bien…? —No… pero ahorita… me calmo… le pido una disculpa… —Respire conmigo —dijo aquel hombre a su lado en voz baja. Ella no abrió los ojos. No quería, ni podía, solo obedeció. Respiro junto a aquel hombre, obedeciendo cada una de sus órdenes: Inhalar, exhalar… primero uno, luego el otro repetidas veces con un lapso entre acción de 5 segundos. Las manos, que estaban aferradas a su pecho, fueron cubiertas por otras más grandes, más cálidas; en algún otro momento, aquel toque hubiera sido inaceptable ¿Cómo un desconocido osaba tocarla sin pedir permiso? Pero en ese momento, aquel gesto fue agradable, incluso casi necesario para la ocasión, sobre todo porque no la sujetaron con fuerza; apenas la sostuvieron, con un total respeto, solo para dejarle en claro que estaba ahí, con ella. Eso fue de tanta ayuda, porque su respiración logró regularse y poco a poco, con lentitud, empezó a abrir sus ojos. No se había dado cuenta de cuanto dolor le había causado haberlos cerrado con esa fuerza. —Gra-gracias… hace mucho que no me daba un ataque así… Ella giró su rostro, con una sonrisa que se borró de forma casi inmediata. La habían encontrado. Su mayor temor se había vuelto realidad, sus padres habían mandado a su futuro esposo tras ella, para encerrarla en una nueva jaula tan horrible como en la que ya había vivido toda su vida, pero ahora no como hija, si no como esposa. La hiperventilación comenzó a regresar. Aquel el hombre, que le sonreía de la misma forma cálida que había hecho cuando los habían presentado, siendo amable, tratando de no incomodar, cambio su rostro para tratar de ayudarse una vez más… separo ella solo intentaba alejarse. Huir, huir... eso debía hacer. No puedes escapar, estas atrapada. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, no pudo ni razonar lo que hacía; se soltó bruscamente y trató de levantarse, pero el avión ya estaba en movimiento. Una azafata le pidió que regresara a su asiento y se abrochara el cinturón. —No —susurró ella, mirando hacia el pasillo como si pudiera escapar corriendo—. No, no, no… Pero sólo pudo hacerse pequeña, apretarse todo lo que pudo contra la pared del avión, con las lágrimas saliendo de sus ojos. —No sabía que te era tan horrible la idea de casarte conmigo —dijo aquel hombre con calma, aunque su mandíbula estaba tensa—. Si lo que deseas es que cuando aterricemos desaparezca de tu vida, lo haré. Solo necesitaba intentar hacerte cambiar de opinión antes de darte la libertad de decidir. Ella lo miró con rabia contenida, con miedo. —No puede ser así de fácil. —Lo es, no miento —respondió él, inclinándose apenas hacia ella, bajando la voz—. Tenemos cuatro horas de vuelo. Dame esas cuatro horas. Solo… conóceme. Ella quiso negarse, pero no tenía más opciones que aceptar en ese momento. Con una mueca en el rostro, término aceptado, al final ¿Qué tanto podrías conocer a alguien en cuatro horas? Y la alternativa de sentarse por horas fingiendo que él no existía sonaba tan incómoda que ya no tenía nada que perder. —Cuatro horas —murmuró finalmente. El avión despegó y, aquel hombre, le sonrió. Durante la primera hora casi no hablaron. Ella miraba por la ventanilla; él parecía respetar el espacio invisible entre ambos, siempre respetuoso. No interactuaron hasta que la turbulencia comenzó unos minutos después. No era fuerte, pero si lo suficiente como para hacerla tensarse otra vez. —Mírame —dijo él suavemente. Ella giró, casi desafiando, pegando su frente contra el vidrio de la ventana. —No te voy a lastimar, déjame ayudarte. Se giró lentamente para verle, conectando miradas. La intensidad en sus ojos no era arrogante… era sincera. Y eso la descolocó más que cualquier imposición. La turbulencia aumentó un poco. Ella se abrazó a sí misma tan fuerte como pudo. Él deslizó su mano lentamente hacia la de ella, tratando de tocarla con lentitud, empezando con un roce lento, tratando de no asustarla. Sonrió triunfal cuando ella no se apartó. El contacto entre ambos fue eléctrico. El espacio entre ellos, de por sí ya muy corta, se redujo sin que ninguno lo planeara. Sus rodillas se tocaron. El aire se volvió más denso, más caliente que el ambiente climatizado del avión. —¿Estás huyendo de mí? —preguntó él en un susurro que apenas competía con el sonido de los motores. —Estoy huyendo de una decisión que no tomé. Sus miradas no se apartaron la una de la otra. Él alzó una mano y apartó suavemente un mechón de cabello que se había pegado a su mejilla por el sudor de la ansiedad. El gesto fue lento. Deliberado. Demasiado íntimo. Ella debería haberse apartado, pero no lo hizo. Su respiración cambió y la de él también. —No quiero que me tengas miedo —murmuró. —No te tengo miedo —respondió ella… pero su voz tembló por otra razón. —No te conozco. La turbulencia dio un pequeño salto y ella, instintivamente, terminó sobre su pecho. Él la sostuvo por la cintura. Firme. Seguro. El contacto fue inevitable. Su perfume. Su calor. La firmeza de sus manos sobre su cuerpo. Ella alzó la mirada y quedaron a centímetros, tan cerca que sus respiraciones se mezclaron. —Si esto te incomoda… me detengo —susurró él, aunque su pulgar dibujaba círculos casi imperceptibles en su cintura. Ella sabía que debía apartarse. En lugar de eso, fue ella quien cerró la distancia. El beso no fue dulce, fue más el sacar todo lo que tenía contenido: la rabia contra sus padres, quienes habían planeado toda su vida, sin dejarla decidir ni una sola vez; curiosidad, porque aquel hombre despertaba algo dentro de ella que no sabía explicar, y eso le molestaba; y coraje, contra ella misma, por estar siendo tan débil en ese momento tan íntimo con aquel caballero que no había hecho más que perseguirla. Él respondió con la misma intensidad, pero sin invadir, dejando que fuera ella quien tomase las riendas. Sus manos se mantuvieron en su cintura, como si necesitara permiso incluso para desearla. El beso se profundizó y el mundo desapareció. Estaban sentados uno al lado del otro, con el reposabrazos separándolos, pero sus cuerpos tratando de acercarse todo lo posible. Solo el sonido lejano del avión y sus respiraciones entrelazadas les interrumpían, haciéndoles no perderse de la realidad. Las manos de ella se aferraron al cuello del contrario, para evitar que se alejara. Él lo sintió como un permiso para acariciarla más. Sintió la calidez de aquella mano acariciando su espalda, haciendo círculos con sus dedos de forma lenta, calmada, llenando su cuerpo de una extraña electricidad que le gritaban que debía perder la racionalidad y subirse encima de aquel hombre, que le gritaba que la distancia era demasiada y necesitaba hacer algo con la calentura que estaba sintiendo. “Que estúpida. ¿Acaso tienes 15 años?” Se reprendió a sí misma. Pero no podía evitar lo que su cuerpo sentía, la forma en cómo reaccionaba a sus primeras caricias. Jamás había besado a nadie, no de esa forma, con tanta necesidad, con deseo. La mano de aquel hombre le acarició la pierna y ella inevitablemente separó estas mismas, como si fuese lo más natural permitirle aquel hombre la entrada a su intimidad solo por besarla con esa necesidad, con esa pasión. Pero no era algo que pudiese evitar, no cuando los labios ajenos le devoraban, la lengua contraria le raspaba sus labios pidiéndole entrar y ella le aceptaba sin el más mínimo pudor, deseando conocer el tacto de la piel contraria contra sus dedos. ¿Desde cuando la ropa era tan molesta? El carraspeo de la azafata les interrumpió. Ella se separó primero, pero no se movió tan lejos como debería haberlo hecho. Miró a la mujer, quien les miraba incómoda, preguntando si necesitaban algo del carrito de comida. Solo ahí, se dió cuenta que algunos pasajeros les miraban, que no habían sido tan discretos como creían y se sintió tan avergonzada. Qué el sonriera y se quitara el saco para ponerlo alrededor de ella, sin quitar la mano de su rodilla, pero ahora de forma cariñosa y nada insinuante, le hicieron no entrar en otro bucle de ansiedad. —Estamos bien, gracias… La azafata se alejó, la misma sonrisa incómoda en el rostro. Él la volteó a ver y soltó la risa más hermosa que ella hubiese escuchado jamás; suave y dulce, llena de diversión. —Cuatro horas —susurró ella. —Cuatro horas —repitió él. Y por primera vez, una decisión ajena, no parecía una condena.