Primeras Noches

Tema en 'Historias Abandonadas Originales' iniciado por CandyCandy, 18 Mayo 2013.

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    CandyCandy

    CandyCandy Iniciado

    Sagitario
    Miembro desde:
    11 Julio 2012
    Mensajes:
    45
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    Primeras Noches
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Aventura
    Total de capítulos:
    3
     
    Palabras:
    1652
    Capítulo 1.


    -Vaya, este hotel es enorme.-Dije con una sonrisa. Había estado en muchos hoteles, bastante lujosos, pero aquel tenía algo de especial. Era mi primer hotel sin padres, solo con mis amigas.
    -¿En Francia no tenéis estos hoteles, Colette?-Jane siempre me recordaba que era francesa, no era algo que no me gustase, pero ella era competidora, y adoraba su origen neoyorquino.
    -Si, Jane. Tenemos hoteles así.-dije con desgana. El botones nos recogió las maletas y nos dirigimos hasta nuestras habitaciones.
    Me tiré sobre una de las camas, y jugueteé con mi cabello rubio. Las chicas y yo habíamos conseguido, gracias a nuestras notas, viajar hasta San Francisco para entrevistar a un senador como parte del trabajo del colegio. En las escuelas privadas, estos viajes solían ser muy comunes, pero gracias a que el padre de Jane era dueño del hotel, habíamos conseguido ir sin tutores.
    Mis padres querían que estudiara en Francia, con ellos, pero yo siempre había querido entrar en Yale. Ahora vivía junto a mi criada en un ático de Nueva York. Me levanté y me miré en el espejo
    Me miré en el espejo y comencé a peinarme mi largo cabello.
    -¿Esta noche saldremos?-me preguntó Vicky tímidamente. Ella era una chica que había conseguido una beca, trataba de encajar a toda costa en el grupo, nosotras considerábamos divertido humillarla.
    -Por supuesto.-Dije apretándome los pómulos para sacarles color.-Quizás haya chicos guapos en San Francisco. Jane rió.
    -¿Para qué los quieres?-Se burló. Jane presumía de haberse acostado ya con uno en su limusina, un chico de 30 ni más ni menos. Jane y yo competíamos mucho, ella había sido una de las chicas más populares del instituto hasta mi llegada, no porque no fuera hermosa, pero a los chicos les gustaba mi procedencia y mi aspecto amazónico.
    Comenzamos a vestirnos. Jane tenía la melena negra, era la chica más hermosa que había visto nunca. Yo era más alta, y atlética, gracias al maratón anual, a mis clases de tiro con arco y a la equitación. Mi madre no me apoyaba, consideraba que debía ser más como Jane, femenina.
    Recogí mi pelo ondulado en un moño despeinado y me pinté los labios de carmín. Escogí un vestido azul con la espalda al aire y unos tacones marrones. Por mucho que me miraba, consideraba que mi aspecto no encajaba con algo que no fuera la melena al viento y las botas de montar. Miré mis ojo ocres, comparados con los zafiros de Jane, los mios eran poco más que arena. Quizás debería comprarme unas lentillas...sentí lastima por Vicky, que trataba de ponerse la máscara de pestañas sin mucho éxito. Jane rió por lo bajo y yo le devolví la sonrisa, aunque al poco me sentí mal conmigo misma.
    Jane se dejó la melena suelta, y se puso una falda naranja con una blusa blanca, siempre conseguía estar el doble de guapa con lo mínimo que se ponía.


    Salimos hacia las zonas de pubs y nos metimos en el primero que dejaron entrar a menores. En menos de un año tendría la mayoría de edad y podría olvidarme de esa clase de problemas.
    Dentro, todo estaba abarrotado y lleno de humo, el olor a vodka y a puros impregnaba el ambiente sudoroso y caldeado.
    Los camareros servían una copa tras otra y el dj estaba decidido a poner la música más tecno posible.
    Acepté una copa, no era la primera que tomaba en mi vida, pero si la primera antes de hacer lo que había decidido hacer. Tenía que librarme de las burlas de Jane.
    Comenzamos a bailar en la pista, había todo tipo de personas, algunos se habían colado y el portero los estaba echando, otros de edad adulta intentaban ligar con jóvenes y otros solo charlaban en unas mesas en el fondo.
    Llevaba unas tres copas cuando comencé a sentir un ligero mareo. El chico más guapo del lugar se me acercó con una sonrisa en los labios, bailamos al son de la música, sonreí al ver mi triunfo. Él se ofreció a traerme otra copa, accedí y seguí bailando. Minutos después, lo encontré besándose con Jane. Maldecí en mi interior.
    Condenada Jane, no pensaba quedarme atrás. Volví a concentrarme en la pi8sta, junto con Vicky, entonces me topé con él, que miraba desde arriba, donde estaba el bar.
    Era un hombre apuesto, vestido con traje negro, su pelo era claro y corto. Estaba apoyado en una de las paredes, la gente parecía haberse alejado para dejarle espacio. Su edad debía estar a partir de los treinta. Realmente mayor, pero había algo extraño en él. Jugueteaba con su copa entre sus dedos y me miraba. Tenía unos ojos brillantes, podía verlo a pesar de la oscuridad y las luces de colores.
    Algo en mi se despertó, como una necesidad salvaje, sentí calor en mi interior. Me acerqué a él sin evitarlo, él puso una sonrisa torcida y se despegó de la pared. Al acercarme me percaté de que era aún más apuesto, tenía la mandíbula cuadrada, afeitada completamente, sus hombros eran anchos, el traje le quedaba realmente bien. Me sonrió y pude ver unos perfectos dientes blancos.
    -¿No conoces a nadie?-Le pregunté, sentía que era como una quinceañera embelesada, necesitaba hablarle, atraer su atención y al mismo tiempo tenía miedo de tartamudear y decir cosas innecesarias.
    -No me interesa conocerlos.-me dijo con indiferencia y una voz masculina.-Tú pareces interesante.-Me sonrojé. Aquel hombre tenía algo que me hacía sentir como si me lanzase al vacío.-¿Quieres acompañarme a tomar la última?-Sin pensarlo acepté y me dirigí con él a la barra. La camarera nos miraba extrañados, por la pareja que debíamos hacer.
    Me observaba mientras me tomaba un martini con una sonrisa pícara, como si supiera en todo momento que estaba controlando la situación. Yo dejé que me observara mientras me la acababa.


    Sin saber como, y sin dejar de mirarlo a los ojos, me vi montada en un taxi hacia su casa. Era lo más alocado que había hecho nunca, desconocía por completo a aquel hombre y nunca me habían gustado los hombres mayores. Pero su aspecto daba a entender que era realmente un experto en llevar chicas como yo a su cama, y eso me gustaba.


    Me desnudó camino a su dormitorio, vivía en un piso bastante ostentoso, con un tono antiguo. La cama con doseles hizo ruido cuando me colocó sobre ella, seguía sonriendo mientras me desnudaba. Traté de imitarloo, pero él se me adelantó y se quitó la ropa, tenía un torso escultural. Había algo en aquellos ojos que me perdía, supongo que por eso no me di cuenta de que algo no iba bien cuando lo vi sonreír con unos colmillos tan largos y blancos como los de un demonio. Ignoré aquel detalle mientras me seguía mirando y besando.
    En cuanto me sentó sobre él, riendo tras mi quejido de dolor, me abrazó y cuando llegamos al clímax, sentí el dolor más intenso que había sentido nunca, y a la vez el placer máximo. Nunca había imaginado que hacer el amor podía ser tan placentero y doloroso. Pero entonces me percaté de que el colchón comenzaba a llenarse de sangre. De mi sangre, y reconocí de donde me provenían aquellas sensaciones. De mi cuello. Logré verlo por última vez mientras me mordía y se relamía, y continuaba moviéndose debajo mio.
    Cuando acabó, sentí como la vida se desprendía de mí. Como un hilo fino igual que la sangre que acababa de tomarme.


    Me desperté con dificultad, seguía tumbada sobre la cama. Mi amantes, vestido de cintura para abajo, me sostenía entre sus brazos, mientras yo, sin darme cuenta, bebía desesperadamente de su muñeca. Un sabor ardiente bajó por mi garganta y noté como algo parecido a la vida que se me había arrebatado, volvía a mí.
    -Ya es suficiente.-me dijo con una sonrisa.-Bienvenida, querida.
     
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    Mensajes:
    45
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    Primeras Noches
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Aventura
    Total de capítulos:
    3
     
    Palabras:
    2186
    Capítulo 2.


    Mi Sire se llamaba Christopher Pain, decía que yo era especial, y quería que perteneciese a su clan vampírico. Ellos eran los Ventrue, se les apodaba los sangre azul entre los vampiros, o vástagos, como preferían llamarse.
    Durante los siguientes meses viví bajo su cuidado, me enseñó a cazar y me explicó que los vampiros eran más comunes entre los humanos de lo que nadie creía. Decía que los Ventrue solo eramos un clan, de la camarilla. Un grupo de vampiros que estaba esparcido por todo el mundo. Lo más importante para la camarilla era la mascarada, un antifaz que ellos mismos habían creado hacia los humanos para que no los descubrieran. Los ventrue eran uno de los clanes más poderosos de la camarilla, solían ocupar los puestos de mayor estatus y poder. Y a su vez, los cargos humanos como política, policía, decanos y directores.
    Solía llamar ganado a los mortales, y no sentía por ellos mayor aprecio que a un trozo de carne.


    Yo comencé a experimentar sensaciones extrañas y maravillosas. El mundo era como un pastel esperando a ser comido, mis expectativas y ambiciones subían como la espuma. Me había hecho poderosa gracias a su mordisco, o como él solía llamarlo “abrazo”.
    Desde el abrazo, los sentimientos que tenía hacia Pain se habían aumentado. Sencillamente lo necesitaba, me gustaba la sonrisa que me dedicaba cuando hacía algo bien para él. Decía que era a causa del vínculo de sangre.
    Me había ofrecido la belleza y la juventud eterna, era inmortal. En cuanto a la alimentación, de pronto sentía nauseas por todo lo que me había gustado en vida. La sola idea de meterme comida en la boca era absolutamente asquerosa. Debía tomar sangre humana una vez al día. Pero no me gustaba matarlos, Pain me había enseñado que si los dejaba inconscientes conseguía que no se acordasen de mí, y si lamia sus heridas, borraba todo rastro de mis mordiscos.
    Me gustaba decantarme por los hombres rubios, sentía como si fuera mi plato preferido y la idea de tomar sangre de otro humano que no cumpliera con mis exigencias me repugnaba. Pain parecía no tener el mismo problema, ya que las pocas veces que lo veía hablando con sus víctimas solían ser variados y sin ningún punto en común.


    Me contó cosas sobre el Sabbat, era parecido a la camarilla, un puñado de vampiros que se habían juntado en sociedad. Pero ellos no respetaban la mascarada, odiaban a los clanes vampíricos que la componían y sembraban el caos allá donde iban, creían que lo mejor era esclavizar a los humanos.
    La camarilla y el Sabbat se odiaba mutuamente. Ellos gobernaban en la costa este de los estados unidos y no pensaban dejar que la camarilla los pisotease.
    No había visto más vampiros a parte de mi Sire. Él me había enseñado todo sobre el mundo de las tinieblas y me había entrenado para convertirme en una cazadora. Sentía autentica curiosidad por conocer el resto de los clanes de la camarilla a lo que siempre me contestaba, “pronto”.
    No me había dejado volver al hotel, había vivido en su piso los dos meses que llevaba en mi nueva, no vida. Había llamado a mis amigas, explicándoles que no iba a volver al colegio.
    Mi padre estuvo reacio al principio, finalmente, lo convencí de que había obtenido un permiso de trabajo para ser secretaria de un gobernador, y le prometí que me traería a mi criada para que me acompañase, cosa que aun no le había contado a Pain.
    -¿Has despertado?-me preguntó un día apoyado en el marco de la puerta con un periódico entre las manos.
    Yo me revolví en la cama y lo miré. Dormíamos en la misma cama, o eso creía porque pocas veces lo veía acostarse o levantarse.
    -Voy a llevarte a un sitio.-Me dijo con impasibilidad.-Vístete.
    Me levanté y me miré al espejo, ya nadie me devolvía la sonrisa. Era algo que realmente echaba de menos. Mi sire estaba acostumbrado, siempre estaba impecable a pesar de no reflejarse en ningún espejo.
    Me peiné como pude, y me vestí. Había conseguido comprar ropa nueva de primera mano. Decidí ponerme una falda de tubo verde oscuro y una blusa crema, así conseguía aparentar que rozaba los veinte.
    Mi sire apenas se fijaba en mí, aún no sabía como me sentaba aquello. Quería que me necesitara, tanto como yo le necesitaba a él. Quería beber de su sangre, y que él bebiera de la mía, pero sabía que él no me lo permitiría. Ningún vampiro deseaba estar vinculado a otro, porque eso significaba tener sentimientos que impedían deshacerte de él si fuera necesario. Yo nunca había tenido a otro hombre en la cama, la sola idea me producía cierto desagrado, sabía que no encontraría la misma satisfacción que me había proporcionado Pain. En cambio cuando él me tendía la muñeca de mi plato favorito, eso me producía el placer más extremo que había sentido jamás.


    Nos acercamos hasta una discoteca. El taxi nos dejó en la puerta abarrotada. Mi sire me abrió la puerta del taxi y yo salí para que la brisa nocturna me acariciase. Aspiré hondo y lo miré, el me sonrió.
    -Bien.-movió su brazo para señalarme con la mano la puerta del local.-Hoy cazarás sola.
    Mi sangre hirvió de pronto, y sentí como mis colmillos afloraban por la excitación.
    Me coloqué frente al portero, que dejó pasar a Pain y me paró.
    -¿Cuantos años tienes?-Me preguntó con voz de idiota.
    -Veintiuno.-le mentí. El me observó de arriba a abajo.
    -Déjame ver tu carné.-me tendió la mano. Mi sire me observaba desde detrás del gorila y me sonrió, estaba ansioso por saber como me desenvolvía sola, podía verlo en su rostro. Miré a los ojos al portero, recordé lo que había sentido cuando me encontré con él por primera vez, como me hizo sentir solo con su mirada, como si no pudiese negarle nada. ¿Y si yo también podía hacerlo? Quizás fuera cosa de los Ventrue.
    -El otro portero ya me pidió la documentación. Y me ha dejado entrar.-Puse mi voz todo lo clara que pude, y no pestañeé. El me miró con rostro serio durante unos instantes, después se apartó.
    -Bien.-Me dijo. Entré y miré a mi sire con una sonrisa. El no me miró, pero lo vi sonreír.
    Encontré aquel lugar lleno de gente, el olor de sudor se acentuaba más con mi nuevo estado. Podía oír las conversaciones que tenían entre ellos a metros de distancia, y notaba el calor que emanaba de los cuerpos contoneándose en la pista de baile.
    -Elige bien.- Me susurró. Se apartó para cederme el paso entre aquel festín. Busqué un hombre que estuviera solo, por desgracia, mi necesidad de tenerlos rubios, me limitaba más la búsqueda.
    Finalmente, encontré un lobo solitario en la barra. Me acerqué lentamente y me coloqué a su lado.
    -¿Vienes mucho por aquí?-Cuando era humana, solían acercarse ellos a mí, y siendo vampiro, Pain los dominaba y los adormecía. Era la primera vez que debía hacerlo todo sola.
    -¿Yo?...No. Soy nuevo en la ciudad.-Perfecto. Pensé. La suerte me sonreía.
    -¡Vaya! Como yo.-le dije. Miré a mi sire que me observaba con una sonrisa y una copa en los labios. No podía defraudarlo.-este ambiente está un poco cargado. Podríamos ir otro sitio.-Sugerí con la voz más dulce que pude.
    -S-Sí.-Ahora entendía el porqué estaba solo, no era el chico más apuesto del sitio, y además, era bastante tímido.-No vivo lejos.-Sonreí. Seguramente no solían acercarse muchas mujeres para sugerirle sexo sin compromiso. Lo tomé del brazo y dejé que me llevase hasta un taxi.
    Comenzó a besarme en el auto, de camino a su piso. Dejé que lo hiciera, aunque comparado con Pain, lo encontraba torpe e inexperto, y dejaba que su ansia lo manejase.
    Al subir me ofreció una copa, nunca había visto el alcohol con tanta repugnancia, el olor me daba nauseas. Él se sentó a mi lado en el sofá y me observó nervioso. Dejé el vaso en la mesita y me abalancé a besarlo, él me correspondió y me quitó la camisa. Al besarlo por la mejilla y bajar por el cuello, pude sentir la sangre pasando por sus venas, esperándome. Recordé las veces anteriores en las que me había alimentado. Mi sire siempre me preparaba la muñeca o el cuello y me señalaba donde debía morder.
    Sentí que podía hacerlo yo sola esta vez, noté el lugar donde siempre me señalaba él y tras unos besos, le mordí. El chico me agarró fuerte y soltó un gemido de dolor, la sangre caliente era el mayor placer que se podía experimentar, y él también sentía placer, aunque no debía comprender porqué. Además, mezclado con mi sensación de victoria fue lo mejor que había probado.
    Al acabar, lamí su herida, para eliminar mi rastro, y lo dejé tirado en el sofá, inconsciente, sabiendo que mañana solo sentiría una sensación extraña al intentar recordar, similar a una resaca.
    Abrí la puerta del piso y ahí estaba Pain, con su rostro impasible apoyado en el marco de la puerta.
    -¿Todo bien?-Me preguntó. Asentí con la cabeza relamiéndome los labios. Se giró y caminó un paso delante mio mientras íbamos hacia el taxi.
    No nos dirigimos a casa. Pain le dio una dirección desconocida al taxista y fuimos hacia el centro.
    Paramos frente a un teatro cerrado. Era algo antiguo pero parecía continuar funcionando.
    Pasamos de la entrada principal y me condujo a un callejón que bordeaba el teatro. Él se acercó a una puerta y la tocó. Un extraño ser humanoide abrió. Sentí que era un vampiro, pero sus orejas eran como de perro, peludas y puntiagudas.
    Mi sire me había hablado sobre otros clanes de la camarilla, había unos en concreto, llamados Gangrel, que se abrazaban a su bestia interior, es decir, cuando entraban en frenesí, se dejaban llevar y a causa de ello, les salían extremos de animales.
    El frenesí era considerado algo bestial y un signo de debilidad de la voluntad, que ocurría cuando el hambre del vástago era tal, que era incapaz de controlarse. Pero para un clan como aquel, les ofrecía más poder.
    Entramos en el teatro y contemplé al fondo el escenario. En los asientos había diferentes secciones, separadas por varias filas de butacas vacías, donde se sentaban lo que parecían diferentes clanes.
     
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    Aventura
    Total de capítulos:
    3
     
    Palabras:
    2186
    Capítulo 2.


    Mi Sire se llamaba Christopher Pain, decía que yo era especial, y quería que perteneciese a su clan vampírico. Ellos eran los Ventrue, se les apodaba los sangre azul entre los vampiros, o vástagos, como preferían llamarse.
    Durante los siguientes meses viví bajo su cuidado, me enseñó a cazar y me explicó que los vampiros eran más comunes entre los humanos de lo que nadie creía. Decía que los Ventrue solo eramos un clan, de la camarilla. Un grupo de vampiros que estaba esparcido por todo el mundo. Lo más importante para la camarilla era la mascarada, un antifaz que ellos mismos habían creado hacia los humanos para que no los descubrieran. Los ventrue eran uno de los clanes más poderosos de la camarilla, solían ocupar los puestos de mayor estatus y poder. Y a su vez, los cargos humanos como política, policía, decanos y directores.
    Solía llamar ganado a los mortales, y no sentía por ellos mayor aprecio que a un trozo de carne.


    Yo comencé a experimentar sensaciones extrañas y maravillosas. El mundo era como un pastel esperando a ser comido, mis expectativas y ambiciones subían como la espuma. Me había hecho poderosa gracias a su mordisco, o como él solía llamarlo “abrazo”.
    Desde el abrazo, los sentimientos que tenía hacia Pain se habían aumentado. Sencillamente lo necesitaba, me gustaba la sonrisa que me dedicaba cuando hacía algo bien para él. Decía que era a causa del vínculo de sangre.
    Me había ofrecido la belleza y la juventud eterna, era inmortal. En cuanto a la alimentación, de pronto sentía nauseas por todo lo que me había gustado en vida. La sola idea de meterme comida en la boca era absolutamente asquerosa. Debía tomar sangre humana una vez al día. Pero no me gustaba matarlos, Pain me había enseñado que si los dejaba inconscientes conseguía que no se acordasen de mí, y si lamia sus heridas, borraba todo rastro de mis mordiscos.
    Me gustaba decantarme por los hombres rubios, sentía como si fuera mi plato preferido y la idea de tomar sangre de otro humano que no cumpliera con mis exigencias me repugnaba. Pain parecía no tener el mismo problema, ya que las pocas veces que lo veía hablando con sus víctimas solían ser variados y sin ningún punto en común.


    Me contó cosas sobre el Sabbat, era parecido a la camarilla, un puñado de vampiros que se habían juntado en sociedad. Pero ellos no respetaban la mascarada, odiaban a los clanes vampíricos que la componían y sembraban el caos allá donde iban, creían que lo mejor era esclavizar a los humanos.
    La camarilla y el Sabbat se odiaba mutuamente. Ellos gobernaban en la costa este de los estados unidos y no pensaban dejar que la camarilla los pisotease.
    No había visto más vampiros a parte de mi Sire. Él me había enseñado todo sobre el mundo de las tinieblas y me había entrenado para convertirme en una cazadora. Sentía autentica curiosidad por conocer el resto de los clanes de la camarilla a lo que siempre me contestaba, “pronto”.
    No me había dejado volver al hotel, había vivido en su piso los dos meses que llevaba en mi nueva, no vida. Había llamado a mis amigas, explicándoles que no iba a volver al colegio.
    Mi padre estuvo reacio al principio, finalmente, lo convencí de que había obtenido un permiso de trabajo para ser secretaria de un gobernador, y le prometí que me traería a mi criada para que me acompañase, cosa que aun no le había contado a Pain.
    -¿Has despertado?-me preguntó un día apoyado en el marco de la puerta con un periódico entre las manos.
    Yo me revolví en la cama y lo miré. Dormíamos en la misma cama, o eso creía porque pocas veces lo veía acostarse o levantarse.
    -Voy a llevarte a un sitio.-Me dijo con impasibilidad.-Vístete.
    Me levanté y me miré al espejo, ya nadie me devolvía la sonrisa. Era algo que realmente echaba de menos. Mi sire estaba acostumbrado, siempre estaba impecable a pesar de no reflejarse en ningún espejo.
    Me peiné como pude, y me vestí. Había conseguido comprar ropa nueva de primera mano. Decidí ponerme una falda de tubo verde oscuro y una blusa crema, así conseguía aparentar que rozaba los veinte.
    Mi sire apenas se fijaba en mí, aún no sabía como me sentaba aquello. Quería que me necesitara, tanto como yo le necesitaba a él. Quería beber de su sangre, y que él bebiera de la mía, pero sabía que él no me lo permitiría. Ningún vampiro deseaba estar vinculado a otro, porque eso significaba tener sentimientos que impedían deshacerte de él si fuera necesario. Yo nunca había tenido a otro hombre en la cama, la sola idea me producía cierto desagrado, sabía que no encontraría la misma satisfacción que me había proporcionado Pain. En cambio cuando él me tendía la muñeca de mi plato favorito, eso me producía el placer más extremo que había sentido jamás.


    Nos acercamos hasta una discoteca. El taxi nos dejó en la puerta abarrotada. Mi sire me abrió la puerta del taxi y yo salí para que la brisa nocturna me acariciase. Aspiré hondo y lo miré, el me sonrió.
    -Bien.-movió su brazo para señalarme con la mano la puerta del local.-Hoy cazarás sola.
    Mi sangre hirvió de pronto, y sentí como mis colmillos afloraban por la excitación.
    Me coloqué frente al portero, que dejó pasar a Pain y me paró.
    -¿Cuantos años tienes?-Me preguntó con voz de idiota.
    -Veintiuno.-le mentí. El me observó de arriba a abajo.
    -Déjame ver tu carné.-me tendió la mano. Mi sire me observaba desde detrás del gorila y me sonrió, estaba ansioso por saber como me desenvolvía sola, podía verlo en su rostro. Miré a los ojos al portero, recordé lo que había sentido cuando me encontré con él por primera vez, como me hizo sentir solo con su mirada, como si no pudiese negarle nada. ¿Y si yo también podía hacerlo? Quizás fuera cosa de los Ventrue.
    -El otro portero ya me pidió la documentación. Y me ha dejado entrar.-Puse mi voz todo lo clara que pude, y no pestañeé. El me miró con rostro serio durante unos instantes, después se apartó.
    -Bien.-Me dijo. Entré y miré a mi sire con una sonrisa. El no me miró, pero lo vi sonreír.
    Encontré aquel lugar lleno de gente, el olor de sudor se acentuaba más con mi nuevo estado. Podía oír las conversaciones que tenían entre ellos a metros de distancia, y notaba el calor que emanaba de los cuerpos contoneándose en la pista de baile.
    -Elige bien.- Me susurró. Se apartó para cederme el paso entre aquel festín. Busqué un hombre que estuviera solo, por desgracia, mi necesidad de tenerlos rubios, me limitaba más la búsqueda.
    Finalmente, encontré un lobo solitario en la barra. Me acerqué lentamente y me coloqué a su lado.
    -¿Vienes mucho por aquí?-Cuando era humana, solían acercarse ellos a mí, y siendo vampiro, Pain los dominaba y los adormecía. Era la primera vez que debía hacerlo todo sola.
    -¿Yo?...No. Soy nuevo en la ciudad.-Perfecto. Pensé. La suerte me sonreía.
    -¡Vaya! Como yo.-le dije. Miré a mi sire que me observaba con una sonrisa y una copa en los labios. No podía defraudarlo.-este ambiente está un poco cargado. Podríamos ir otro sitio.-Sugerí con la voz más dulce que pude.
    -S-Sí.-Ahora entendía el porqué estaba solo, no era el chico más apuesto del sitio, y además, era bastante tímido.-No vivo lejos.-Sonreí. Seguramente no solían acercarse muchas mujeres para sugerirle sexo sin compromiso. Lo tomé del brazo y dejé que me llevase hasta un taxi.
    Comenzó a besarme en el auto, de camino a su piso. Dejé que lo hiciera, aunque comparado con Pain, lo encontraba torpe e inexperto, y dejaba que su ansia lo manejase.
    Al subir me ofreció una copa, nunca había visto el alcohol con tanta repugnancia, el olor me daba nauseas. Él se sentó a mi lado en el sofá y me observó nervioso. Dejé el vaso en la mesita y me abalancé a besarlo, él me correspondió y me quitó la camisa. Al besarlo por la mejilla y bajar por el cuello, pude sentir la sangre pasando por sus venas, esperándome. Recordé las veces anteriores en las que me había alimentado. Mi sire siempre me preparaba la muñeca o el cuello y me señalaba donde debía morder.
    Sentí que podía hacerlo yo sola esta vez, noté el lugar donde siempre me señalaba él y tras unos besos, le mordí. El chico me agarró fuerte y soltó un gemido de dolor, la sangre caliente era el mayor placer que se podía experimentar, y él también sentía placer, aunque no debía comprender porqué. Además, mezclado con mi sensación de victoria fue lo mejor que había probado.
    Al acabar, lamí su herida, para eliminar mi rastro, y lo dejé tirado en el sofá, inconsciente, sabiendo que mañana solo sentiría una sensación extraña al intentar recordar, similar a una resaca.
    Abrí la puerta del piso y ahí estaba Pain, con su rostro impasible apoyado en el marco de la puerta.
    -¿Todo bien?-Me preguntó. Asentí con la cabeza relamiéndome los labios. Se giró y caminó un paso delante mio mientras íbamos hacia el taxi.
    No nos dirigimos a casa. Pain le dio una dirección desconocida al taxista y fuimos hacia el centro.
    Paramos frente a un teatro cerrado. Era algo antiguo pero parecía continuar funcionando.
    Pasamos de la entrada principal y me condujo a un callejón que bordeaba el teatro. Él se acercó a una puerta y la tocó. Un extraño ser humanoide abrió. Sentí que era un vampiro, pero sus orejas eran como de perro, peludas y puntiagudas.
    Mi sire me había hablado sobre otros clanes de la camarilla, había unos en concreto, llamados Gangrel, que se abrazaban a su bestia interior, es decir, cuando entraban en frenesí, se dejaban llevar y a causa de ello, les salían extremos de animales.
    El frenesí era considerado algo bestial y un signo de debilidad de la voluntad, que ocurría cuando el hambre del vástago era tal, que era incapaz de controlarse. Pero para un clan como aquel, les ofrecía más poder.
    Entramos en el teatro y contemplé al fondo el escenario. En los asientos había diferentes secciones, separadas por varias filas de butacas vacías, donde se sentaban lo que parecían diferentes clanes.
     

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