Long-fic Las reglas de la luna

Tema en 'Bleach' iniciado por KuroInu, 4 Noviembre 2026 a las 9:45 AM.

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    KuroInu

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    Título:
    Las reglas de la luna
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    2
     
    Palabras:
    1334
    CAPÍTULO 1: El precio de la seda

    El silencio en la mansión Kuchiki no era una ausencia de ruido; era algo físico, denso y pesado que se pegaba a las paredes de madera pulida y se filtraba en los pulmones.

    Rukia permanecía inmóvil en el centro de la habitación mientras tres sirvientas de rostros inexpresivos ajustaban el obi alrededor de su cintura. La seda crujió bajo la presión. Era un tejido liso, impecable y de un color lavanda pálido que resultaba insultante para alguien que había pasado toda su vida cubierta de la tierra gris del Distrito 78. Con cada vuelta de la tela, Rukia sentía que el Rukongai se alejaba un poco más, quedando sepultado bajo capas de protocolo noble.

    —Está demasiado ajustado —alcanzó a murmurar, con la voz pastosa por falta de uso.

    Las mujeres no respondieron. Se limitaron a hacer una reverencia perfectamente sincronizada y se retiraron a paso rápido, deslizándose sobre los pasillos de tatami sin hacer el menor ruido. La dejaron sola con el eco de sus propios pensamientos.

    Rukia bajó la mirada hacia sus manos; las uñas ya no tenían tierra y los callos de pelear por un trozo de pan empezaban a suavizarse bajo el efecto de los aceites con los que la habían bañado. Odiaba esa suavidad. Le recordaba que ahora era una Kuchiki, un adorno en un altar de piedra, mientras que Renji seguía allá afuera, bajo el cielo abierto, probablemente mirando la misma luna que ella ya no alcanzaba a ver tras los altos muros de la propiedad.

    Intentó dar un paso, pero el peso del kimono la hizo tambalearse. No estaba acostumbrada a la rigidez de la ropa noble, sino a los harapos sueltos que le permitían correr, saltar por los tejados del Rukongai y huir de los ladrones de agua. Aquí, cada movimiento debía ser medido, lento y predecible.

    Un golpe suave en la puerta corredera interrumpió su frustración.

    —Rukia-sama, el capitán Kuchiki la espera en el comedor principal para el desayuno —anunció una voz monocorde desde el otro lado.

    El estómago de Rukia se contrajo, y no por hambre. La sola mención de su nuevo hermano adoptivo le congelaba la sangre. Byakuya Kuchiki era una figura imponente, una extensión viviente del hielo y las leyes del Seireitei. Desde que llegó a la mansión, apenas cruzaron un par de palabras formales.

    Salió de la habitación intentando mantener la espalda recta, tal como le habían instruido el día anterior. Seguir al sirviente por los pasillos de la mansión era como recorrer un laberinto diseñado para hacer sentir pequeña a cualquier alma. Todo era simétrico, limpio y carente de vida. Al pasar junto a uno de los patios internos, el sonido del shishi-odoshi —el tubo de bambú que se llenaba de agua y golpeaba la piedra con un rítmico clac— la hizo sobresaltarse. El sonido era nítido, cortante, y acentuaba aún más la tremenda soledad del lugar.

    Cuando finalmente llegó al comedor, las puertas se abrieron para revelar a Byakuya. Estaba sentado en el suelo sobre un cojín, con la espalda perfectamente recta y el cabello sujeto por el kenseikan, el accesorio que delataba su estatus noble. Vestía sus ropas habituales de capitán, inmaculadas, y su bufanda verde pálido descansaba sobre sus hombros. No levantó la vista cuando ella entró.

    Rukia se arrodilló al otro lado de la mesa baja, imitando la postura de Byakuya lo mejor que pudo. Sus rodillas protestaron de inmediato contra el suelo duro, desacostumbradas a tanta formalidad.

    Frente a ella había una bandeja con un desayuno que en el Rukongai habría sido considerado el banquete de un rey: arroz blanco al vapor, sopa de miso con tofu, pescado asado a la perfección y vegetales encurtidos. El aroma era delicioso, pero Rukia sentía la garganta completamente cerrada.

    —Come —dijo Byakuya. Su voz era tranquila, pero tenía el peso de una orden militar.

    Rukia asintió levemente y tomó los palillos de madera lacada. Le temblaban los dedos. El silencio regresó al comedor, volviéndose tan espeso que el más mínimo tintineo de su cuenco contra la mesa sonaba como un trueno en medio de la sala.

    Intentó llevarse un trozo de pescado a la boca, pero la presión de la mirada indirecta de Byakuya la hacía flaquear. Para evitar mirarlo, fijó la vista en el arroz blanco. De repente, la opulencia de la comida le revolvió el estómago. Su mente la traicionó, arrastrándola de vuelta a las noches frías en Inuzuri.

    Se vio a sí misma sentada en un rincón de un callejón oscuro, compartiendo una sola fruta robada con Renji. Recordó cómo él, con la cara sucia de hollín y los ojos brillando de orgullo, le ofrecía la mitad más grande porque "ella era más pequeña y la necesitaba más". Recordó las risas, las peleas ruidosas por ver quién se quedaba con el último trago de agua limpia, y el calor humano de estar rodeada de su verdadera familia, aunque durmieran sobre paja.

    Allí no había vajilla de porcelana ni sirvientes, pero había vida. Aquí, rodeada de la comida más fina y el linaje más puro de la Sociedad de Almas, Rukia nunca se había sentido tan hambrienta. El vacío en su pecho era insoportable.

    Byakuya dejó sus palillos sobre el soporte con una delicadeza matemática. El leve sonido devolvió a Rukia a la realidad. Ella no había tocado prácticamente nada de su bandeja.

    —Una Kuchiki no vacila ante sus deberes, ni siquiera los más simples —declaró Byakuya, con una frialdad impersonal—. Tu cuerpo debe estar fuerte para el entrenamiento que recibirás. A partir de mañana, tus tutores comenzarán las lecciones de etiqueta avanzada y caligrafía. No toleraré la negligencia.

    —Entiendo, hermano... —empezó a decir ella, pero la mirada cortante de Byakuya la detuvo en seco.



    —Capitán Kuchiki —corrigió él, sin alterarse—. En este hogar, el respeto a los títulos es la primera regla. Retírate a tus aposentos si has terminado.

    Rukia tragó saliva, sintiendo una mezcla de humillación y rabia contenida. Hizo una reverencia profunda, ocultando su rostro para que Byakuya no pudiera ver la frustración en sus ojos, y se puso de pie. Salió de la habitación a paso rápido, todo lo rápido que el estrecho kimono le permitía, deseando escapar de esa presencia asfixiante.

    Al regresar a su habitación, cerró las puertas correderas tras de sí y se dejó caer de rodillas contra el suelo, sin importarle desordenar las perfectas dobleces de la seda lavanda.

    Caminó a gatas hacia el engawa, el porche de madera que daba al jardín trasero. Se sentó en el borde, dejando que sus pies descalzos colgaran hacia la grava blanca perfectamente peinada. El sol de la tarde empezaba a caer, tiñendo el cielo del Seireitei de un tono anaranjado y violáceo.

    Desde su posición, los altos muros de piedra blanca de la mansión se alzaban como gigantes, bloqueando cualquier vista del mundo exterior. Sabía que detrás de esas murallas se extendía el Seireitei, y mucho más allá, cruzando las enormes puertas de la ciudad, se encontraba el Rukongai. El desierto de polvo, pobreza y delincuencia donde había dejado su corazón.

    Se llevó una mano al pecho, apretando el tejido de seda sobre su corazón, que latía con fuerza. Se dio cuenta de la cruel paradoja de su nueva vida: la familia Kuchiki la había salvado de la muerte por inanición, le había dado un nombre, un estatus y un futuro seguro. Pero a cambio, le habían cobrado el precio más alto imaginable. Le habían quitado su libertad, su identidad y, lo peor de todo, a Renji.

    ¿Qué estaría haciendo él en ese momento? ¿Seguiría buscándola en el callejón de siempre? ¿La odiaría por haberse marchado con los nobles sin mirar atrás?

    Una lágrima solitaria, traicionera y caliente, resbaló por la mejilla de Rukia, cayendo sobre la seda lavanda del kimono, donde dejó una pequeña mancha oscura que tardaría en secarse. Cerró los ojos, escuchando el lejano e indiferente cantar del viento entre los árboles del jardín noble, sabiendo que su larga noche acababa de empezar.
     

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  2. Threadmarks: CAPÍTULO 2: El juramento en el Distrito 78
     
    KuroInu

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    Para adolescentes. 13 años y mayores
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    Drama
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    1004
    El Distrito 78 del Rukongai, Inuzuri, nunca cambiaba. El aire seguía oliendo a humo de leña verde, a tierra seca y al sudor rancio de cientos de almas hacinadas que apenas lograban sobrevivir un día más. El cielo sobre los callejones era el mismo azul pálido e indiferente, pero para Renji, el mundo se había vuelto completamente gris.
    Hacía tres días que el carruaje de la familia Kuchiki se había marchado, levantando una nube de polvo que tardó horas en asentarse. Tres días desde que los soldados del Seireitei, con sus uniformes negros e impecables, apartaron a patadas a los mendigos para abrirle paso a la pequeña figura de Rukia.

    Renji permanecía sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared de madera carcomida de la choza que solían compartir. Tenía las rodillas pegadas al pecho y los puños tan apretados que las uñas se le clavaban en las palmas, dejando marcas rojas y profundas. A su lado, el cuenco de madera que Rukia usaba para beber agua estaba boca abajo, vacío y cubierto por una fina capa de tierra. Nadie lo había tocado. Nadie se atrevía a tocar nada en ese rincón que ahora parecía maldito por la ausencia.

    —Eres un idiota, Renji —se recriminó a sí mismo, con la voz ronca, rota por el abandono—. Tendrías que haberla detenido. Tendrías que haber dicho algo.

    Pero sabía que mentía. No había podido decir nada porque, en el fondo, la mirada de Byakuya Kuchiki lo había paralizado. No por miedo a la muerte, sino por la humillante comprensión de su propia insignificancia. Frente al capitán noble, Renji se había sentido como un insecto atrapado en el barro. ¿Con qué derecho le habría pedido a Rukia que se quedara a pasar hambre con él en un callejón, cuando un dios de la Sociedad de Almas le estaba ofreciendo una vida limpia, segura y digna?

    Se puso de pie de un salto, impulsado por una repentina ráfaga de furia que le quemaba las entrañas. Necesitaba moverse, necesitaba golpear algo antes de que el pecho le explotara.

    Salió de la choza a zancadas, ignorando las miradas curiosas y temerosas de los vecinos de Inuzuri. La gente del Rukongai sabía cuándo era mejor no acercarse a Renji; su temperamento siempre había sido volátil, pero ahora exudaba una violencia sorda y desesperada. Llegó hasta el descampado donde solían reunirse con los demás niños antes de que la fiebre y el hambre se los llevaran uno a uno. Allí solo quedaba un árbol seco, de ramas retorcidas que parecían dedos suplicando al cielo.

    Renji descargó un puñetazo salvaje contra el tronco. El impacto resonó en el claro y el dolor físico le recorrió el brazo hasta el hombro, pero apenas fue un anestésico para el dolor que llevaba dentro. Golpeó otra vez. Y otra. Los nudillos se le rompieron, tiñendo la corteza gris con hilos de sangre roja y brillante.

    —¡Mierda! —gritó, dejando caer la frente contra la madera áspera, respirando agónicamente—. ¿Por qué eres tan débil, Renji? ¿Por qué?

    El silencio del Rukongai fue su única respuesta. Recordó la última mirada de Rukia antes de subir al carruaje. Ella no estaba feliz; sus ojos violetas estaban desorbitados, llenos de un pánico mudo, buscándolo entre la multitud. Lo había estado llamando con la mirada, suplicándole que hiciera algo, que rompiera el protocolo, que fuera el Renji ruidoso e imprudente de siempre. Pero él se había quedado allí, estático, con los brazos caídos a los lados, dejando que las leyes del Seireitei se la llevaran como una marea negra.

    Se dejó deslizar por el tronco del árbol hasta quedar sentado en la tierra, mirando sus manos ensangrentadas. De repente, la autocompasión se transformó en algo diferente. Una chispa fría y afilada comenzó a crecer en su estómago, devorando la tristeza y dejando en su lugar una determinación de hierro.

    Si el problema era la debilidad, entonces la solución era volverse fuerte. Si la barrera que los separaba eran los muros del Seireitei y los títulos de la nobleza, él destruiría esos muros con sus propias manos o escalaría por encima de ellos hasta que no tuvieran más remedio que mirarlo.

    —No voy a quedarme aquí a pudrirme —susurró, y esta vez su voz no tembló. Tenía una fijeza peligrosa, la de un animal que ha encontrado su presa—. Ella está allá adentro. Está en el lugar de los Shinigamis.

    Renji sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Había oído hablar del Instituto de Artes Espirituales de Shino, la academia donde entrenaban a las almas con suficiente presión espiritual para convertirlas en oficiales del Gotei 13. Sabía que los exámenes de ingreso eran brutales y que los profesores despreciaban a los huérfanos que venían de los distritos más bajos de la periferia. Los nobles los llamaban "perros del Rukongai".

    Se puso en pie una vez más, limpiándose la sangre de los nudillos contra sus pantalones raídos. Miró hacia la lejana e imponente silueta del Seireitei que se recortaba en el horizonte, con sus murallas blancas que parecían flotar sobre el mundo inferior como un castillo inalcanzable.

    —Espera un poco más, Rukia —declaró Renji, clavando sus ojos oscuros en la fortaleza de los nobles. El viento del atardecer le agitó el cabello rojo y revuelto, dándole un aspecto salvaje—. Voy a entrar ahí. Voy a aprender a usar la espada, voy a dominar el Kidō y voy a superar a cada uno de esos bastardos con apellidos pomposos. No me importa si me toma diez, cincuenta o cien años. Voy a alcanzar la cima, y cuando esté allí, te obligaré a mirarme otra vez.

    Caminó de regreso a la choza con pasos firmes, dejando atrás la indecisión. Esa noche, Renji no durmió. Pasó las horas reuniendo las pocas pertenencias que le servían y preparando su cuerpo para el largo viaje a pie hacia las puertas de la corte pura. El Distrito 78 ya no era su hogar; su hogar se había marchado en un carruaje de seda, y él no pensaba detenerse hasta recuperarlo.
     
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