00 - Conoce a los personajes ¡Bienvenidos a Armor Teens: Monster Hunters! En Darkon Parxis, cinco jóvenes de la Academia Elayne Valkara comparten mucho más que clases y pasillos. Cada uno tiene sus sueños, sus secretos y una manera distinta de enfrentar el mundo. Antes de adentrarnos en las calles de Arquinna, conozcamos a quienes protagonizarán esta historia. Naomi Miyasato Contenido oculto Edad: 16 años Estatura: 1.64 m Rol: Líder y combatiente Serena, disciplinada y decidida, Naomi acostumbra asumir la responsabilidad cuando las circunstancias se complican. Practica artes marciales y posee un fuerte sentido del deber, aunque también puede mostrarse exigente con quienes la rodean. El medallón que lleva al cuello conserva un significado muy especial para ella. Entre sus responsabilidades y los recuerdos de su padre, Naomi intenta encontrar su propio camino, acompañada por las personas en quienes ha aprendido a confiar. Ryoto Takayuki Contenido oculto Edad: 17 años Estatura: 1.73 m Rol: Combatiente Reservado y observador, Ryoto suele mantener una actitud tranquila, incluso cuando las circunstancias parecen empeñadas en poner a prueba su paciencia. Su particular sentido del humor aparece especialmente cuando está con sus amigos. Es disciplinado, perseverante y demuestra su preocupación por los demás a través de sus acciones. Su inseparable gorro y sus guantes forman parte de una historia personal que rara vez comparte. Steve Farley Contenido oculto Edad: 17 años Estatura: 1.78 m Rol: Combatiente Extrovertido, impulsivo y lleno de confianza, Steve siempre encuentra una oportunidad para bromear, incluso en las situaciones menos apropiadas. Su entusiasmo puede meterlo en problemas, especialmente cuando se deja llevar por alguna de sus grandes ideas. Le apasionan los vehículos, la aventura y todo aquello que prometa una experiencia emocionante. Detrás de sus ocurrencias hay un amigo leal, dispuesto a ayudar a sus compañeros cuando más lo necesitan. Sayumi Kyoritawa Contenido oculto Edad: 17 años Estatura: 1.65 m Rol: Ingeniería, análisis y soporte técnico Inteligente, analítica y perfeccionista, Sayumi siente una enorme pasión por la tecnología. Sus conocimientos le permiten desarrollar dispositivos y encontrar soluciones que muchas veces resultan indispensables para sus compañeros. Acostumbra hablar con franqueza y tiene poca paciencia para las imprudencias, especialmente cuando provienen de Steve o de su hermano menor. Aunque sus inventos no siempre funcionan como espera, rara vez se da por vencida ante un problema. Tora Kyoritawa Contenido oculto Edad: 14 años Estatura: 1.55 m Rol: Estudiante de la Academia Elayne Valkara Alegre, inquieto y tremendamente curioso, Tora es el menor de los cinco. Posee una imaginación desbordante y una fascinación por los inventos, los experimentos y las aventuras de sus amigos. Su entusiasmo suele llevarlo a actuar antes de pensar, provocando más de un dolor de cabeza a Sayumi, su hermana mayor. Admira profundamente a sus compañeros y sueña con demostrar que, incluso siendo el más joven, tiene mucho que aportar. Las historias más grandes también comienzan con pequeños encuentros. Ahora ya conoces sus nombres y sus rostros. Quedan muchas historias por descubrir, amistades que fortalecer y desafíos que afrontar. Y todo comienza con un nuevo amanecer. ¡Nos vemos en el Arco 1: Primer amanecer — Comienza la caza! Nota del autor ¡Hola a todos! Antes que nada, muchas gracias por tomarse el tiempo de conocer a los personajes de Armor Teens: Monster Hunters. Esta es mi primera novela ligera después de una larga ausencia, aunque todavía tengo mucho que aprender, me hace bastante ilusión poder compartir finalmente esta historia. Es un proyecto al que le he dedicado mucho tiempo, imaginando sus personajes, su mundo y las aventuras que les esperan. Espero que puedan disfrutar de esta historia tanto como yo disfruto dándole vida. Y si en algún momento les apetece dejar un comentario, una opinión o alguna sugerencia, estaré encantado de leerlos. Por ahora, esto es solo una pequeña presentación. ¡La verdadera aventura está por comenzar! ¡Muchas gracias por estar aquí y nos vemos pronto en el primer arco!
ARCO 1 Primer amanecer: Comienza la caza Capítulo 1 — Lo que quedó El sol todavía no terminaba de salir cuando Naomi Miyasato se detuvo frente a la reja de la Academia Elayne Valkara. A esa hora, Arquinna respiraba despacio. Los vehículos se deslizaban por las pistas a un palmo del asfalto, con el zumbido bajo de sus motores de levitación, y los drones de reparto cruzaban entre los edificios con sus luces de navegación todavía encendidas. Más allá de los techos, donde la ciudad se acababa, el Pacífico empezaba a teñirse de naranja. Hace poco más de cien años, nada de esto existía. En 2105, el fondo del océano se partió, medio Japón se hundió con él, y de las aguas emergió una isla que nadie había pedido. La llamaron Darkon Parxis. Bajo su suelo encontraron el Zhioramonio, y con él llegaron los refugiados, los colonos, las delegaciones extranjeras, las guerras por quién tenía derecho a qué. Después vinieron las torres, los trenes, la luz que nunca se apagaba. Arquinna era lo que habían construido encima de todo eso. Naomi se ajustó las correas de la mochila. El viento de la mañana le revolvió el cabello naranja, que le caía sobre los hombros y nunca obedecía del todo, y el clip de estrella dorada que llevaba prendido a un lado brilló un instante con la primera luz. Tenía los ojos azules, y en ese momento los tenía fijos en el escudo tallado sobre la entrada: la estrella de ocho puntas sobre las alas, y debajo el lema que había leído miles de veces sin pensarlo. Disciplina. Conocimiento. Un futuro más fuerte. Su padre había creído en esas palabras. Había creído en muchas cosas. Llevó dos dedos al medallón de su gargantilla. El metal estaba frío. Siempre estaba frío a esa hora. Hacía un año que solo lo usaba para llamar a los demás. La última vez que lo había apretado para algo más, la ciudad había estado a punto de perder mucho más que una mañana, y al terminar se habían prometido, sin decirlo del todo, que aquello quedaba atrás. Desde entonces la gargantilla era lo que parecía: un recuerdo de su padre colgado del cuello. Casi siempre conseguía creérselo. La luz guía incluso en los cielos más oscuros. Era lo que él solía decirle cuando ella era tan pequeña que todavía tenía que sentarse en sus rodillas para ver las estrellas desde el balcón. En ese entonces le parecía una frase bonita. Ahora sabía cuánto le había costado a él sostenerla. Hideo Miyasato no estaba en ninguna placa de la academia ni en ningún noticiero. Para la ciudad, era un nombre más entre los que se habían perdido en los años malos. Para Naomi, era la razón por la que se levantaba antes que el sol. No somos soldados, pensó. Tampoco salvadores. Detrás de ella, la ciudad empezaba a despertar del todo: el primer tren cruzó el viaducto elevado, una puerta automática se abrió en algún lugar, alguien se rio en la parada de buses. Gente que no sabía nada. Gente que no tenía por qué saberlo. Somos lo que quedó. Soltó el medallón, cruzó la reja y entró. ◆◆◆ En la entrada del edificio grande, entre las hileras de casilleros para el calzado, Sayumi Kyoritawa discutía con una máquina. Era imposible no verla. El cabello rubio le caía liso hasta la cintura, sujeto apenas por una bincha roja, y detrás de sus gafas tecnológicas los ojos lila seguían una cascada de datos que solo ella podía leer. Llevaba la chaqueta varsity blanca con el emblema en el hombro, la falda a cuadros, medias negras y un bolso de mensajero que, por el peso con el que le colgaba, debía cargar más herramientas que cuadernos. Frente a ella flotaba un cubo metálico del tamaño de una tostadora, con dos pinzas articuladas que sostenían un par de zapatos escolares. —Calzado interior entregado —anunció el cubo. —Entonces suéltalo. —Calzado interior entregado. —Sí, eso ya lo dijiste. Ahora la parte donde lo sueltas. El cubo emitió un pitido satisfecho y no soltó nada. Naomi se sentó en el banco junto a ellas y empezó a desatarse las botas. —¿Otra vez peleando con él? —No es "otra vez". Es una versión nueva. —Sayumi no apartó la vista del robot—. Le reescribí el módulo de reconocimiento anoche. Naomi reparó en las ojeras que asomaban bajo las gafas de su amiga. —¿Anoche a qué hora? Sayumi se puso a ajustar algo en el costado del cubo, de pronto muy concentrada. —A una hora razonable. —Una pausa—. Las tres y cuarto. El cubo giró sobre su eje y proyectó un haz de luz verde sobre Naomi, de los pies a la cabeza. —Visitante no identificada. Por favor, retírese del perímetro. —Tercera vez esta semana —dijo Naomi, guardando las botas en su casillero. —Cuarta. —Sayumi se masajeó el puente de la nariz por debajo de las gafas—. El lunes te confundió con un extintor. —Lo recuerdo. Me pidió que no me moviera de la pared. Naomi se calzó los zapatos de interior, se puso de pie y, sin ceremonia, tomó los zapatos de Sayumi de las pinzas del cubo y tiró una sola vez, firme. Las pinzas se abrieron. —Gracias, visitante —dijo el robot. Sayumi se quedó mirándolo. —Tres semanas. —Recibió sus zapatos de manos de Naomi—. Tres semanas sin obedecerme ni una sola vez, y a ti te da las gracias. —Quizás le caigo mejor. —Le caes mejor porque no le das órdenes. Haces las cosas y ya. —Sayumi se agachó a cambiarse los mocasines, todavía ofendida—. Voy a tener que estudiarte a ti, no a él. Naomi estuvo a punto de responder cuando, desde el fondo del pasillo, una voz conocida empezó a cantar más fuerte de lo necesario. Sayumi dejó caer la nuca contra la puerta de su casillero y soltó el aire en un resoplido largo, de los que se guardan desde temprano. —Nooo... La voz llegó primero. Después, Steve Farley. Venía por el pasillo con las manos en los bolsillos de una chaqueta negra llena de correas y cierres rojos, el hoodie rojo asomando por debajo y el cabello pelirrojo apuntando en todas las direcciones que el viento de la mañana le había sugerido. Cantaba una balada de los años ochenta con la convicción de alguien que nunca se ha escuchado grabado, aunque de la letra solo se sabía el comienzo, y el resto lo rellenaba como podía. —Say hooo... say... mmm, mmm-mmm... Había encontrado la canción meses atrás, en la lista de reproducción de su padre. Se llamaba Say You, Say Me, y desde el primer día Steve había decidido que el título era una señal del universo. —¡SaySaaay! —remató, abriendo los brazos frente a ella con una reverencia de escenario. Sayumi ni siquiera levantó la vista de sus mocasines. —Te lo he pedido de todas las formas posibles, Steve. Con amabilidad, por escrito, con un diagrama. No me llames así. —Es un homenaje a una obra maestra. —Es una canción de hace dos siglos, y ni siquiera te sabes la letra. —Doscientos veintiséis años, para ser exactos —corrigió él, y se llevó una mano al pecho—. Y la letra es lo de menos, lo que importa es el sentimiento. Los clásicos no mueren, SaySay. Se heredan. El cubo de Sayumi giró hacia él y lo barrió con su haz verde de arriba abajo. —Steve Farley. Identificado. Bienvenido. Sayumi se quedó congelada con un mocasín a medio poner. Steve, en cambio, le dio dos palmaditas cariñosas al robot. —¿Ves? Hasta tu tostadora sabe reconocer el talento. Ella se volvió hacia Naomi con la boca abierta, buscando apoyo, testigos, justicia. Naomi terminó de atarse los cordones sin prisa y, antes de que Steve pudiera arrancar con otra estrofa, habló sin mirarlo: —Steve, los zapatos. Él bajó la vista. Seguía con las zapatillas altas de la calle, y una línea de polvo gris marcaba el camino que había recorrido por el pasillo recién encerado. Al fondo, uno de los conserjes ya lo observaba con el trapeador en la mano. —Ah. —Retrocedió hasta los casilleros de puntillas, en un intento tardío de no ensuciar más—. Esto no cuenta. Estaba en modo artista. Mientras se cambiaba, la manga de la chaqueta se le subió un poco y dejó ver el reloj táctico que llevaba en la muñeca izquierda: correa negra, esfera rayada, demasiado grande para su brazo. Había sido de su padre. Naomi lo miró un segundo de más, y Steve, sin dejar de tararear, se bajó la manga. Desde hacía un año, ninguno de los dos perdía de vista lo que llevaba encima. Afuera, en el patio, sonó un chirrido metálico, agudo, seguido de un olor a plástico quemado que entró por la puerta abierta. Sayumi ni siquiera se giró a mirar. —Ese es mi hermano. Tora Kyoritawa entró desde el patio envuelto en una nube gris, con una mancha de hollín en la mejilla y la sonrisa de alguien que todavía no sabe si lo van a felicitar o a castigar. Era el más bajo de todos por casi una cabeza, y el cabello dorado anaranjado, alborotado por naturaleza, ahora además olía a pólvora. Llevaba la chaqueta varsity color hueso abierta sobre un hoodie negro, el pantalón cargo gris con los bolsillos abultados de quién sabe qué, y unos ojos verdes que brillaban con la emoción intacta de sus catorce años. Detrás de él, flotando a duras penas, entró un dron de limpieza con un costado chamuscado. Daba vueltas sobre sí mismo y repetía con voz entrecortada: "Superficie... superficie... limpia..." Sayumi se puso de pie despacio, con los mocasines ya puestos y una expresión que Naomi conocía bien: la de una hermana mayor eligiendo por dónde empezar. —Tora. ¿Qué le hiciste a ese dron? —¡No sabía que era un dron! —Tora levantó las manos, todavía con un tubito de cartón ennegrecido entre los dedos—. Había algo moviéndose en la cornisa, gris, con alas, haciendo ruido. ¡Era una paloma, Sayumi, todo apuntaba a una paloma! Y a las palomas hay que espantarlas antes de que hagan nido, eso lo sabe todo el mundo. —Tenía hélices. —Desde abajo parecían alas. Steve examinó el costado quemado del dron con interés profesional. —¿Qué usaste? ¿Un petardo? —Un espantapalomas casero. Mecha de fricción, pólvora de colores. —Tora bajó la voz con orgullo—. Lo diseñé yo. —Funcionó bastante bien, para ser justos —concedió Steve. —No lo animes. —Sayumi le arrebató el tubito de la mano a su hermano y lo guardó en su bolso sin mirarlo—. Si papá se entera de que alguien prendió fuego en la entrada de su academia antes de la primera campanada, no va a necesitar averiguar quién fue. Tora se limpió la mejilla con la manga, esparciendo el hollín en lugar de quitarlo, y miró con nostalgia el bolso donde había desaparecido su invento. —¿Y Ryoto? Quería enseñárselo. —No va a venir a primera hora —respondió Sayumi—. Hoy le toca el evento de caridad de Natsuki. Steve soltó una risa corta mientras cerraba su casillero. —Pobre tipo. Seguro ya lleva tres horas cargando bolsas. Naomi se colgó la mochila al hombro. Pensó en Ryoto, en el trabajo que el Prayor le había dado después de todo lo que pasó, en lo poco que se quejaba de él y en lo mucho que se le notaba el cansancio. —La hija del Prayor —dijo, sin necesidad de alzar la voz— es una pesadilla con presupuesto ilimitado. Nadie le discutió. La primera campanada sonó en todo el edificio. Tora salió disparado hacia el ala de secundaria baja, gritando algo sobre un examen de matemáticas que había olvidado por completo, y el dron de limpieza lo siguió unos metros por el pasillo, girando y repitiendo, a nadie en particular, que la superficie estaba limpia. ◆◆◆ A esa misma hora, en el tercer piso del centro comercial Lumen, en el distrito de Arquinna Central, Ryoto Takayuki cargaba once bolsas, dos cajas y una planta. No sabía por qué había una planta. Nadie se lo había explicado. Natsuki la había señalado al pasar frente a una floristería, había dicho "esa", y desde entonces la maceta viajaba encajada bajo su brazo izquierdo, con una hoja larga que le rozaba la oreja a cada paso. Llevaba el código de vestimenta de la academia como cualquier otro alumno, aunque a esas alturas de la mañana la chaqueta ya se le había torcido por el peso de las bolsas. Lo único que no cambiaba nunca eran el gorro oscuro, calado sobre un cabello negro cuyas puntas le rozaban los hombros, y los guantes sin dedos de las manos. No se los quitaba ni para dormir. Tenía los ojos castaños y esa mirada melancólica de siempre, aunque aquella mañana le pesaba más el cansancio: llevaba de pie desde las cinco. Aun así, no pensaba quejarse, al menos no en voz alta. Ryoto no recordaba nada de antes de despertar en una playa, con la ropa hecha jirones y los bolsillos vacíos; ni siquiera su fecha de nacimiento era suya, sino la que alguien había escrito en un formulario. Ese trabajo, con todo lo que tenía de humillante, le había dado un departamento con su nombre en la puerta y unos papeles que decían quién era, y para un chico sin pasado eso ya era mucho. Lo único que tenía de aquellos primeros días eran el gorro y los guantes, regalo de quien lo encontró en la arena. Unos metros por delante, Natsuki caminaba con las manos vacías. Media galería se volteaba a mirarla cuando pasaba. El cabello rosado le caía larguísimo por la espalda, y su uniforme no se parecía a ningún otro de la academia: blanco y morado, con bordados dorados en los puños y cadenas finas colgando de la cintura, que tintineaban con cada paso. Lo había diseñado ella misma. El reglamento decía otra cosa, pero nadie en la Academia Elayne Valkara iba a corregirle el uniforme a la hija del Prayor. Se detuvo frente a una vitrina de peluches y giró sobre los talones hacia él. Sus ojos violeta ya habían elegido. —Ryoto, apunta: cuarenta de esos. No, cincuenta. Los de la academia tienen que ver que esta vez hablo en serio. Ryoto bajó la vista hacia las bolsas que ya le colgaban de los antebrazos, y después hacia la planta. —¿Cincuenta peluches para el gesto de caridad? —Para mi gesto de caridad —corrigió ella, y siguió caminando—. La caridad es para todos, pero el gesto es mío. Por eso hay que hacerlo bien. Él no encontró nada que responder a eso, así que acomodó la caja de arriba con el mentón y la siguió. Fue entonces cuando lo sintió. Empezó en las plantas de los pies, una vibración sorda que subía desde el suelo pulido. Las bolsas temblaron apenas contra sus piernas. En la vitrina de al lado, una hilera de vasos de cristal tintineó durante dos segundos y se quedó quieta. En las yemas de los dedos, bajo los guantes, sintió un cosquilleo leve, el mismo que le recorría la piel antes de una tormenta. Ryoto se quedó inmóvil en medio del pasillo. A su alrededor, nadie más se había detenido. Una pareja seguía discutiendo frente a la tienda de electrónica. Un niño arrastraba a su madre hacia la heladería. Los drones de vigilancia seguían su ronda sobre las cabezas de la gente, sin cambiar de ruta. —Natsuki. —Dio un paso hacia ella, con la voz baja—. ¿Sentiste eso? Ella ni siquiera se volvió. Estaba probándose unos lentes de sol frente a un espejo. —Si es otra vez lo de que te duele la espalda, ya te dije que es psicológico. —El suelo se movió. —En Arquinna el suelo se mueve todo el tiempo, Ryoto. Es una isla que salió del mar. —Se quitó los lentes, los descartó y probó otros—. Si cada vez que vibra algo nos fuéramos a casa, nadie haría nunca las compras. Ryoto miró el piso. Las baldosas estaban quietas, el cristal también. El cosquilleo en los dedos se había apagado. Aun así, no terminó de bajar la guardia hasta mucho después, cuando Natsuki señaló un estante altísimo al fondo de una tienda de regalos y le dijo, con la sonrisa más dulce del día, que necesitaba la caja de arriba del todo. El estante llegaba casi hasta el techo. Eran repisas de metal blanco cargadas de cajas de regalo apiladas en columnas, de esas que las tiendas caras arman para lucir abundancia más que para vender. La que Natsuki quería coronaba la torre: una caja dorada con un lazo morado. Ryoto dejó las bolsas en el piso, apoyó la planta junto a ellas y buscó con la vista a algún empleado. El único que había estaba atendiendo a otra clienta al fondo, y Natsuki ya tamborileaba con las uñas sobre el mostrador. —Puedes subirte a la repisa de abajo —sugirió ella—. Eres ágil, ¿no? Para eso te pagan. —Me pagan para cuidarte. —Exacto. Y me estás cuidando de la frustración. Ryoto calculó la altura, resignado, puso un pie en la repisa más baja y se estiró hacia arriba. El metal crujió bajo su peso, pero aguantó. Con la punta de los dedos alcanzó el borde de la caja dorada y empezó a deslizarla hacia él, despacio, centímetro a centímetro, para no arrastrar las de los costados. Ya casi la tenía cuando el suelo volvió a moverse. Esta vez no fue un cosquilleo. Fue un golpe seco, desde abajo, que hizo vibrar la estructura entera de una punta a la otra. El estante se sacudió contra la pared. Ryoto se aferró a la repisa con una mano y vio, a unos centímetros de su cara, cómo la columna de cajas se inclinaba hacia adelante, se quedaba suspendida medio segundo y después se le venía encima. Le cayó todo de golpe. Cajas grandes, cajas chicas, cintas, lazos, papel de seda, algo que sonó a porcelana rompiéndose. Perdió el apoyo del pie, cayó de espaldas al suelo y la avalancha terminó de sepultarlo, caja sobre caja, hasta que solo quedó a la vista una mano con guante sin dedos asomando entre el cartón. En la tienda se hizo silencio. Los cristales dejaron de tintinear. Afuera, en el pasillo, alguien preguntó en voz alta si había sido un temblor, y alguien más le respondió que seguro era la obra del metro. Dos drones de asistencia bajaron del techo con un pitido suave y empezaron a retirar cajas con sus pinzas, una por una, con una calma exasperante. Tardaron casi un minuto en desenterrarle la cara. Ryoto quedó tendido en el piso, con el gorro torcido, un lazo morado pegado a la mejilla y la caja dorada, intacta, abrazada contra el pecho. Natsuki se asomó sobre él desde arriba. —Ah, la encontraste. —Le quitó la caja de las manos y la examinó por todos los lados—. Perfecta. Ni un rasguño. Ryoto se quedó mirando el techo un momento más. Sabía que la obra del metro estaba a cuatro distritos de allí. El estacionamiento del Lumen ocupaba todo el subsuelo del edificio: un piso amplio de concreto pulido y luces frías, con pistas marcadas en el suelo para que los vehículos entraran y salieran levitando a un palmo del asfalto. La limosina del Prayor esperaba junto a la salida, larga, blanca, con el escudo de Darkon Parxis grabado en la puerta. El chofer ya estaba de pie junto a ella, con la puerta trasera abierta. Ryoto venía unos pasos detrás de Natsuki, cargando todo otra vez: las once bolsas, las dos cajas, la planta y, encima de todo, la caja dorada, que Natsuki le había devuelto apenas terminó de admirarla. Detrás de él, un empleado de la juguetería empujaba un carrito con los cincuenta peluches, envueltos uno por uno. A Ryoto le dolía la espalda en un punto exacto, justo debajo del omóplato, donde le había caído la porcelana. Natsuki llegó primero a la limosina, pero no subió. Se quedó junto a la puerta y señaló el interior con un gesto amplio de anfitriona. —Las bolsas grandes van en el asiento del fondo. Las cajas, en el de enfrente, y los peluches en el piso. Con cuidado, que hay porcelana. —Había porcelana —murmuró Ryoto, y se agachó para entrar con la primera tanda. Le tomó varios viajes. Natsuki dirigía la carga desde afuera, corrigiendo la posición de una caja dos centímetros a la izquierda o pidiéndole que girara una bolsa para que se viera el logo de la tienda. Los asientos se fueron llenando, después el pasillo, después el piso entero, hasta que los peluches quedaron apilados contra las ventanas. Al final quedaban libres dos lugares: el de ella y uno más, junto a la puerta. Natsuki le quitó la planta de los brazos, la acomodó en ese último asiento y le abrochó el cinturón de seguridad alrededor de la maceta, con mucho cuidado. Ryoto se quedó agachado en la puerta, mirando el interior: bolsas hasta el techo, cajas, cincuenta peluches observándolo desde el piso y una planta con el cinturón puesto. —Natsuki. ¿Y yo dónde me siento? Ella entró y se acomodó en su asiento, entre dos cajas, y recorrió el interior con la mirada, pensativa. —En el techo no, que se raya la pintura. —No te pregunté por el techo. —Ryoto apoyó una mano en el marco de la puerta—. Soy tu guardaespaldas. Se supone que voy contigo. ¿Qué pasa si te ocurre algo en el camino? —Justamente por eso es perfecto. —Natsuki se alisó la falda y le acomodó una hoja a la planta—. Si me pasa algo, vas a estar afuera, con mucha mejor vista. Además, caminar te hace bien para la espalda. Que es psicológica. —¡Me cayó un estante encima! —Y la caja salió perfecta, lo cual demuestra que sabes caer. —Le dedicó una sonrisa radiante y se volvió hacia el frente—. Conductor, a la academia. Acelere, por favor. La puerta se cerró sola con un siseo neumático, a un centímetro de la nariz de Ryoto. Tardó un segundo en entenderlo. El motor de levitación zumbó, la limosina se elevó apenas del suelo y empezó a deslizarse por la pista hacia la rampa de salida. Y entonces sí, algo dentro de él se rompió. —¡No, no, no! ¡Oye! —Echó a correr detrás del vehículo y le dio dos palmadas furiosas a la cajuela—. ¡Natsuki, abre la puerta! ¡Cámbiame por la planta, aunque sea! La limosina no frenó. A través de la ventana trasera, entre dos peluches, Ryoto alcanzó a ver la planta, bien sentada con su cinturón, y a Natsuki despidiéndose por encima del hombro, sin voltear siquiera. Al llegar a la rampa, el vehículo aceleró. Ryoto corrió unos metros más cuesta arriba hasta que las luces traseras se perdieron hacia la calle, y se quedó solo, jadeando, con las manos vacías por primera vez en toda la mañana. Se arrancó de la mejilla el lazo morado que todavía tenía pegado desde la avalancha y lo lanzó contra el suelo con todas sus fuerzas. El lazo flotó, dio un par de vueltas en el aire y aterrizó suavemente sobre su zapato. Ryoto lo pateó lejos. Después le dio una patada al pilar de concreto más cercano, que no se movió, y se quedó un momento doblado, sosteniéndose el pie y tragándose una maldición entre dientes. Entonces llenó los pulmones hasta el fondo y gritó con todo lo que le quedaba del día: —¡NATSUKIII! ◆◆◆ El grito de Ryoto se perdió entre las columnas del estacionamiento. Varios niveles más abajo, donde ya no llegaban las luces del Lumen ni el ruido de la ciudad, una cámara de vigilancia giró sobre su soporte con un zumbido cansado. La red subterránea vieja de Arquinna llevaba años casi sin uso: túneles y antiguas rutas de tren heredados de las primeras obras de la ciudad, clausurados cuando el sistema de trenes actual los volvió innecesarios. Eran kilómetros de concreto y cables que nadie recorría, salvo algún dron de inspección una vez al mes. En la esquina de la imagen parpadeaba un texto blanco sobre el fondo gris: SECTOR CENTRAL — NIVEL -4 — CÁM. 07 El lente enfocó un tramo colapsado. La mitad del techo se había venido abajo, y una capa de polvo fino todavía flotaba en el aire, teñida por la luz roja de emergencia. De las paredes colgaban cables cortados que chispeaban de vez en cuando. El suelo tembló. La imagen se sacudió con él. Entre los escombros, algo se movió. Al principio no tenía forma. Era una mancha oscura y brillante, espesa, del color del petróleo, que se arrastraba por el piso del túnel y se escurría entre las grietas del concreto con un sonido húmedo. Después, la mancha empezó a juntarse. Se alzó del suelo, se apiló sobre sí misma y se endureció. En cuestión de segundos, una figura enorme ocupaba el túnel de pared a pared. Tenía hombros anchos, inhumanos, y de su cabeza nacían dos cuernos curvos y gruesos que rasparon el techo cuando terminó de erguirse. Por las junturas de su cuerpo todavía goteaba aquella sustancia negra, que caía al suelo y volvía a trepar por sus piernas para reintegrarse. La criatura alzó la cabeza y olfateó el aire una vez, despacio, en dirección a la superficie. Después se giró hacia la cámara. La imagen se llenó de estática. Cuando volvió, unos segundos más tarde, el túnel estaba vacío. Solo quedaba un rastro húmedo y negro sobre el concreto, que se alejaba en la oscuridad rumbo al Metro Central.
Capítulo 2 — Bajo el Metro Central A mediodía, el comedor de la Academia Elayne Valkara se dividía en dos bandos. De un lado estaban las bandejas de metal, con hamburguesas dobles, papas fritas en conos de cartón y malteadas que sudaban sobre el mostrador. Del otro, las cajas bento en sus estantes refrigerados, ordenadas por colores: arroz, tamagoyaki, verduras cortadas en flores diminutas. Cada alumno elegía bando todos los días, y en esa academia había amistades que no habían sobrevivido a una discusión sobre cuál era mejor. Naomi elegía bento casi siempre: porciones medidas, nada al azar. Steve volvía de la línea americana con tres hamburguesas apiladas en equilibrio precario. Y Tora, sentado con ellos aunque sus compañeros de secundaria baja lo miraran raro desde la otra punta del salón, comía lo que hubiera en la bandeja de los demás; el comedor era el único lugar del edificio donde los dos niveles compartían horario, y él no desperdiciaba ni un solo día. Sayumi, en cambio, seguía de pie frente a los paneles de pedido. Naomi la observaba desde la mesa: llevaba cuatro minutos ahí. La chica que reprogramaba robots a las tres de la madrugada tocaba la pantalla con una paciencia cada vez más delgada, y cada vez que lo hacía, el panel le respondía con una melodía alegre y un unicornio animado que bailaba entre nubes. ¡El Menú Infantil Arcoíris te espera! —Toco "bento de salmón" y me manda al arcoíris —dijo Sayumi entre dientes, sin despegar el dedo de la pantalla—. Toco "volver" y me manda al arcoíris. Toco "cancelar"... —El unicornio dio una vuelta completa y le lanzó un corazón—. ¡Y encima se burla de mí! —Pide el arcoíris —sugirió Tora con la boca llena—. Viene con juguete. —Y con una gelatina de unicornio —añadió Steve, levantando una hamburguesa a modo de brindis—. Es un menú completo, SaySay. Nutrición y entretenimiento. Sayumi se tocó la patilla de las gafas. Naomi sabía lo que estaba calculando: entrar al sistema del comedor desde ahí le habría tomado once segundos. Después la vio recordar quién firmaba el contrato de mantenimiento de ese sistema, que era su padre, y a quién le llegaría el reporte del incidente, que también era su padre. Bajó la mano y presionó, derrotada, el botón del unicornio, y el panel la felicitó con su vocecita alegre: ¡Excelente elección, campeona! La bandeja salió por la ranura con un tintineo: pasta de seis colores, una gelatina con forma de unicornio y un juguete envuelto en plástico. Sayumi la cargó hasta la mesa, se sentó sin decir una palabra y hundió el tenedor en la gelatina con una violencia innecesaria. Steve le tomó una foto antes de que pudiera impedirlo. Naomi no se rio, aunque le costó. Desvió la vista hacia la quinta silla de la mesa, que seguía vacía. Ryoto tendría que haber vuelto hacía más de una hora. Dejó los palillos sobre la caja, llevó dos dedos al medallón de su gargantilla y lo presionó una vez. Ryoto tardó tres tonos en responder. Cuando lo hizo, lo primero que Naomi escuchó no fue su voz, sino su respiración, rápida y entrecortada: llevaba un buen rato corriendo y no pensaba detenerse. —Ya sé lo que vas a decir —se adelantó él—. Voy tarde. —Una hora tarde, Ryoto —respondió ella, y se levantó para alejarse unos pasos hacia la ventana, lejos de las mesas vecinas. Al otro lado de la línea, el viento silbaba contra el micrófono y un zumbido de drones subía y bajaba de volumen. —Natsuki me dejó en el estacionamiento del Lumen. —Ryoto lo soltó de corrido, con la voz plana de quien ya repasó la escena demasiadas veces en la cabeza—. Cargué todo en la limosina: las bolsas, las cajas, cincuenta peluches. Le abrochó el cinturón a una planta, Naomi. A la planta. Y después le pidió al chofer que acelerara. —Tomó aire—. Y después la tienda me retuvo una hora para firmar los daños del estante. Desde la mesa, Steve estiraba el cuello hacia ella con la boca llena, tratando de leerle los labios. Naomi le dio la espalda del todo antes de preguntarle a Ryoto dónde estaba. —Cruzando el viaducto de Arquinna Central. Por aquí los drones de reparto vuelan a la altura de la cabeza, y... —Se oyó un zumbido muy cerca, un golpe hueco y una disculpa jadeada que no iba dirigida a nadie en particular—. Bien. Ese era de una farmacia. Creo que le debo una caja de vendas a alguien. A Naomi se le escapó una risa corta por la nariz, y la disimuló tosiendo. Al otro lado, Ryoto aflojó el paso —se le notó en la respiración—, y cuando volvió a hablar lo hizo más bajo, sin rastro de queja. —Naomi, hubo temblores en el centro comercial. Dos. El primero solo lo sentí yo. El segundo me tiró un estante completo encima, y la gente del pasillo se lo atribuyó a la obra del metro. No hacía falta que le explicara por qué se lo contaba: la obra estaba a cuatro distritos del Lumen, y los dos lo sabían. Naomi apoyó la frente en el vidrio frío. Ryoto podía quejarse de Natsuki durante horas, pero cuando algo le preocupaba de verdad, lo decía en dos frases y se callaba. Esas eran las que había que escuchar. —Ven directo a la academia —le dijo—. No te desvíes. —Voy. Y guárdame algo de comer que no sea tuyo, que ya sé cómo defiendes ese bento. —Y cortó antes de que ella pudiera responder. Cuando Naomi volvió a la mesa, los tres la esperaban en silencio; Tora incluso había dejado de masticar. —Ryoto sintió dos temblores en el Lumen esta mañana —dijo mientras se sentaba—. Uno de ellos, fuerte. Sayumi apartó la bandeja del arcoíris sin mirarla y activó la interfaz de sus gafas con un parpadeo. Durante unos segundos, los datos le corrieron por los cristales, cada vez más rápido. —La red sísmica de la ciudad no registró nada esta mañana —dijo al fin—. Ni un solo movimiento. Nadie respondió. Steve dejó la hamburguesa sobre la bandeja, y viniendo de él, eso era una señal seria. No alcanzaron a decir nada más: las puertas del comedor se abrieron de par en par, y el murmullo del salón se apagó de golpe. Natsuki entró primero, con el cabello rosado meciéndose a cada paso y una sonrisa preparada para las cámaras. Detrás de ella, el chofer de la limosina empujaba un carrito cargado hasta el tope de peluches envueltos en celofán, y por su cara, no había firmado contrato para eso. Ella había llegado a la academia a media mañana, pero esperó al almuerzo: un gesto así necesitaba público. —¡Buenas tardes, Academia Elayne Valkara! —anunció, abriendo los brazos—. Hoy quiero compartir con ustedes un pequeño gesto, porque todos merecen sentirse especiales. Algunos más que otros, pero todos. Recorrió las mesas una por una, repartiendo peluches con dos dedos y sin detenerse el tiempo suficiente para escuchar un gracias. A Tora le tocó un tigre, y lo abrazó sin la menor vergüenza. Steve recibió un pato y lo examinó con desconfianza. A Naomi le dejó un gato con cara de enojado, y ella no supo si era un regalo o un comentario. Cuando llegó a su mesa, Sayumi ya se había puesto de pie con la bandeja del arcoíris en las manos, decidida a devolverla al panel y exigir su bento de salmón aunque tuviera que negociar con el mismísimo unicornio. No alcanzó a dar dos pasos. Natsuki, que justo se había girado para saludar a una mesa del fondo, retrocedió sin mirar y chocó de espaldas contra ella. La bandeja no tuvo escapatoria. Quedó atrapada entre las dos y se aplastó de lleno contra la chaqueta varsity blanca de Sayumi: la pasta de seis colores se le desparramó por todo el frente, la salsa le salpicó hasta las gafas y la gelatina de unicornio, ya decapitada por el tenedor, resbaló despacio por la tela hasta caer al suelo con un plop. El comedor entero contuvo la respiración. Natsuki se giró, vio el desastre y se llevó las manos a la boca. —¡Ay, no! —Su voz sonaba afligida; sus ojos, no tanto—. Fue sin querer, de verdad. Aunque, Kyoritawa, ese menú no te quedaba de todos modos. Toma, para compensarte. —Y le puso en las manos un peluche de unicornio. Sayumi se quedó inmóvil, chorreando salsa arcoíris, con la vista fija en el peluche. Naomi se levantó a tiempo de ver cómo le temblaba un párpado detrás de los cristales manchados, y le puso una mano en el antebrazo antes de que hiciera algo que después tuviera que explicarle a su padre. En ese momento, Ryoto cruzó la puerta del comedor. Tenía el gorro torcido, la chaqueta abierta, el cabello negro pegado a la frente por el sudor y todavía una hoja de la planta enganchada en el hombro. Respiraba por la boca. Recorrió el salón con la mirada, encontró a Natsuki y se detuvo en seco, y ella le dedicó la misma sonrisa radiante de la mañana. —Ah, Ryoto, llegaste. —Consultó el reloj de su muñeca con un suspiro de decepción—. Llegas tarde. Un guardaespaldas no puede llegar después que la persona a la que cuida, ¿sabes? Ryoto no respondió. Desde la mesa, Naomi vio cómo apretaba los puños dentro de los guantes, y por un instante le pareció oír el chasquido diminuto de una chispa. —Y por favor, quítate ese gorro —siguió Natsuki, ajena a todo, recorriéndolo de arriba abajo—. Está lleno de polvo y tiene un hilo suelto. —Señaló sus manos con desagrado—. Y esos guantes rotos... Pareces alguien que duerme en la calle. Si quieres, te compro otros. Diez, si hace falta. El comedor, que había vuelto a murmurar, se calló otra vez. Ryoto se llevó una mano al gorro y lo enderezó, despacio, sin quitárselo. —No —dijo, sin alzar la voz. Era la primera vez en todo el día que le decía que no a algo, y Natsuki se quedó tan desconcertada que por un segundo se le borró la sonrisa. —Es solo un gorro, Ryoto —insistió. —El gorro y los guantes se quedan —respondió él, pasando a su lado rumbo a la mesa—. Todo lo demás, lo que quieras. Natsuki infló las mejillas, giró sobre los talones y siguió repartiendo peluches por el salón, con el chofer y su carrito detrás, anunciando a quien quisiera escucharla que algunas personas no sabían aceptar un regalo. Naomi sabía de dónde venían ese gorro y esos guantes. Ryoto nunca hablaba de eso, y ella nunca preguntaba; no hacía falta. Además, esos guantes eran mucho más que guantes, aunque eso Natsuki no podía saberlo. Bajó la vista hacia su bento. Ryoto se dejó caer en la quinta silla, se quitó la hoja de la planta del hombro y miró la hamburguesa que Steve le había empujado. Se la comió en tres mordidas, sin decir una palabra. Naomi no alcanzó a tragar el último bocado: todas las pantallas del comedor se apagaron al mismo tiempo. Los menús, el unicornio, el reloj sobre la puerta: todo quedó en negro durante un segundo, y después volvió en rojo. Por los altavoces del techo sonó un tono largo y grave, de esos que en Arquinna nadie escuchaba sin sentir un nudo en el estómago. ALERTA DE SEGURIDAD CIVIL — NIVEL 3 Actividad sísmica anómala detectada. Distrito Central. Permanezcan en interiores y sigan las indicaciones del personal. El comedor estalló en murmullos. Algunos alumnos sacaron los teléfonos; otros se acercaron a las ventanas, aunque desde ahí no se veía más que el patio. Dos profesores se plantaron junto a la puerta y empezaron a pedir calma, recitando el protocolo de memoria, y Natsuki se quejó en voz alta de que nadie le había avisado que habría simulacro durante su gesto. En la mesa del fondo, nadie dijo nada. Los cristales de Sayumi ya estaban llenos de datos, y todavía tenía fideos de colores pegados en el pelo. —No es un simulacro —murmuró—. La USC acaba de cerrar tres estaciones de la línea central. El origen está bajo la red del Metro Central, a unos doce metros de profundidad. —Hizo una pausa, y Naomi la vio palidecer bajo las manchas de colores—. Y se está moviendo. —Los temblores no se mueven —objetó Steve. —Ya sé que no —respondió Sayumi, sin apartar la vista de los datos. Naomi se puso de pie. Los cuatro levantaron la vista hacia ella, y en ese instante dejaron de ser cinco estudiantes en una mesa de comedor. —Sayumi, a la base. Necesito ojos en el metro y una ruta de salida antes de que lleguemos. —Se volvió hacia Tora, que ya abría la boca para protestar—. Y tú, a clases. Si alguien pregunta por nosotros, nos fuimos a la enfermería. Tora cerró la boca, la volvió a abrir y al final asintió, abrazado a su tigre de peluche, con una obediencia tan rápida que a cualquiera que lo conociera le habría parecido sospechosa. Naomi vio que Sayumi lo miraba de reojo, sin creerle una palabra; pero tenía la chaqueta cubierta de pasta arcoíris y algo moviéndose bajo el metro, y lo dejó pasar. —Ryoto, Steve, conmigo. —Naomi miró hacia la ventana, el patio y la reja, calculando distancias—. El metro está a quince minutos corriendo. Es demasiado. Ryoto se limpió la boca con el dorso del guante y miró hacia el estacionamiento de la academia, donde una limosina blanca, larga y casi vacía brillaba bajo el sol del mediodía. Del bolsillo sacó una tarjeta de acceso con el escudo de Darkon Parxis, la credencial de guardaespaldas que Natsuki le había dado el primer día "solo para emergencias", y por primera vez en toda la mañana, sonrió. —Esto es una emergencia. —Yo manejo —dijo Steve, que ya se estaba poniendo de pie. ◆◆◆ Doce minutos antes, en el andén principal de la estación Metro Central, la sargento Reyes había notado que el agua de su botella temblaba. No era la primera vez en el día. Los sensores de la Unidad de Seguridad Ciudadana llevaban toda la mañana registrando vibraciones bajo la línea central: demasiado débiles para la red sísmica de la ciudad, demasiado regulares para ser naturales. A las doce y cuarto se volvieron rítmicas. A las doce y veinte, Reyes ordenó cerrar la estación. Sus doce oficiales evacuaron el andén tal como lo habían entrenado cien veces: sin correr, sin gritar, con voz firme y los brazos extendidos hacia las salidas. En seis minutos no quedaba nadie, salvo un tren de mantenimiento detenido en la vía dos y los altavoces repitiendo instrucciones a un andén vacío. Entonces el suelo se abrió. No fue un derrumbe: las baldosas se hincharon desde abajo, se resquebrajaron y dejaron escapar un chorro espeso y negro que subió en columna hasta el techo. La sustancia cayó sobre el andén, se juntó sobre sí misma y se levantó. Medía cerca de cinco metros, y aun así tuvo que encorvarse: los cuernos curvos rasparon las lámparas del techo y arrancaron una en una lluvia de chispas. Tenía hombros de toro, una piel que brillaba con el aspecto del asfalto mojado y, donde debían estar los ojos, dos puntos de luz turbia. —¡Fuego de contención! —ordenó Reyes. Los rifles de la USC dispararon a la vez. Los proyectiles se hundieron en el cuerpo de la criatura sin hacerle daño: la superficie negra se abría para tragarlos, ondulaba un instante y los escupía deformados contra el suelo. Reyes no necesitó ver más. Conocía el manual mejor que nadie, y el manual era claro: ante una amenaza Z, la evacuación iba primero y la confrontación después, si es que había un después. —¡Repliegue! ¡Protocolo Z! ¡Todos a la escalera norte! Sus oficiales retrocedieron en orden, cubriéndose unos a otros, pero la criatura ni siquiera los siguió. Había girado la cabeza hacia las vías, donde el riel de alimentación zumbaba con su resplandor azul de Zhioramonio. Se agachó, hundió una garra en el riel y el resplandor le subió por el brazo, recorriéndole el cuerpo en venas de luz. La piel negra se endureció. Los hombros se ensancharon, el cuerpo entero se estiró hacia arriba, y cuando la criatura volvió a enderezarse, los cuernos atravesaron el techo del andén. Después tomó el tren de mantenimiento por un costado y lo arrancó de la vía. El vagón dio una vuelta completa en el aire y se estrelló contra la pared del túnel con un estruendo que hizo temblar toda la estación, y por los respiraderos de la superficie subió una nube de polvo y chispas. Desde lo alto de la escalera, con los oídos zumbando, Reyes encendió la radio. —Central, aquí Reyes. Confirmo amenaza Z en Metro Central. Repito: amenaza Z. —Abajo, la criatura había empezado a abrirse paso a través del techo, hacia el atrio que daba a la calle—. Necesitamos apoyo. Lo que sea que tengamos. Al otro lado de la línea hubo un silencio demasiado largo. ◆◆◆ Sayumi entró al ascensor de servicio del ala de laboratorios todavía quitándose fideos de colores del cuello. Era un ascensor como cualquier otro del edificio: paredes de acero cepillado, un panel con los números de los pisos y un espejo que en ese momento le devolvía una imagen que prefirió no mirar. Pasó la muñeca frente al panel. El aparato que llevaba bajo la manga, tosco y anticuado, lleno de botones y con una pantallita opaca, no combinaba con nada de lo que ella usaba, y lo sabía. Emitió un pulso tenue, el sensor oculto tras el número del primer piso lo reconoció y las puertas empezaron a cerrarse. A dos centímetros de juntarse, una mano se metió entre ellas. Las puertas se volvieron a abrir, y Tora se escurrió adentro, sin aliento, con el tigre de peluche bajo el brazo y la expresión más inocente de su repertorio. —Me equivoqué de piso —anunció. Estaban en planta baja y no había otro piso del que equivocarse. Sayumi se lo hizo notar con una sola mirada, y Tora le sostuvo la sonrisa sin pestañear mientras las puertas se cerraban y el ascensor empezaba a bajar hacia un piso que no aparecía en el panel. Sayumi apretó los labios. El sistema solo comprobaba que hubiera un morpher dentro de la cabina, no quién lo llevaba: cualquiera que subiera junto a un portador bajaba con él. Era un error de diseño que tenía anotado en su lista de pendientes desde hacía meses, siempre por debajo de algo más urgente. Hoy, de nuevo, había algo más urgente. —Si tocas algo, te mando de vuelta por los conductos —le advirtió. Tora levantó las dos manos, con el tigre colgando de una de ellas, en señal de inocencia absoluta. La base AT-0 los recibió con su luz azul tenue y el zumbido constante de los servidores. Olía a lavanda artificial, cortesía del sistema aromatizante que Sayumi había instalado la segunda semana, después de que Steve se quejara de que el lugar olía a túnel abandonado. Lo cual, técnicamente, era cierto. Se dejó caer en el sillón flotante de mando, que se ajustó a su cuerpo con un suspiro neumático, y las pantallas holográficas se encendieron a su alrededor en abanico. En once segundos estaba dentro de la red de cámaras de la ciudad. En catorce tenía el Metro Central en pantalla, y detrás del sillón, Tora se quedó congelado. La transmisión mostraba el atrio de la estación desde arriba: el techo del andén reventado desde abajo, polvo flotando en el aire y, abriéndose paso entre los escombros, una masa negra y enorme coronada por dos cuernos curvos, con venas de luz azul recorriéndole el cuerpo. —Es un minotauro —murmuró Tora—. Pero en grande. Es un minotauro máximo. Es un... ¡Maxitauro! —No le vamos a poner nombre —dijo Sayumi, y abrió el canal de comunicación con el equipo sin apartar los ojos de la pantalla—. No es una mascota. —¿Maxitauro? —La voz de Steve sonó por los altavoces de la base, con el rugido de un motor de fondo—. Me encanta. Se queda. —Concéntrense —cortó Naomi. Sayumi soltó un suspiro largo. En la esquina de la pantalla, el sistema esperaba una etiqueta para el objetivo, igual que con cualquier amenaza registrada. Sus dedos se quedaron suspendidos sobre el teclado un momento, y después escribió: MAXITAURO. ◆◆◆ Antes de subir, Ryoto abrió la puerta trasera de la limosina, le desabrochó el cinturón a la planta, la sacó con maceta y todo y la dejó con cuidado sobre el césped del estacionamiento. —¿En serio? —le preguntó Steve desde el asiento del conductor. —Ella no tiene la culpa de nada —respondió Ryoto, y se subió atrás, junto a Naomi. Steve no necesitó más. Apoyó las manos en el volante, que era de cuero blanco y tenía el escudo de Darkon Parxis bordado en hilo dorado, y sonrió de oreja a oreja: toda su vida había querido manejar algo que costara más que su casa. —Bienvenida, señorita Natsuki —ronroneó el asistente del vehículo—. ¿Desea su lista de reproducción favorita? —Claro que sí —respondió Steve, y la limosina salió del estacionamiento de la academia con un pop de idols a todo volumen y la aguja del velocímetro subiendo más rápido de lo que su diseño ceremonial tenía previsto. Las calles del distrito central iban en sentido contrario. Con la alerta encendida, todos los vehículos de la ciudad huían del metro, deslizándose ordenados a un palmo del asfalto, y la única excepción era una limosina blanca que zigzagueaba entre ellos a contramano. Steve rozó el costado de un autobús, se subió a la isla de una rotonda, arrasó con un macizo de flores y pasó por debajo de un enjambre de drones de reparto tan bajos que uno le dejó un rayón en el techo. —Advertencia —dijo el asistente, con la misma voz dulce—. Velocidad no apropiada para transporte ceremonial. —¡Ceremonial es mi segundo nombre! —gritó Steve. —Tu segundo nombre es Douglas —le recordó Naomi desde atrás, justo cuando él giraba a la izquierda sin frenar. La inercia arrancó a Ryoto de su asiento y lo lanzó de costado, directo hacia Naomi. No llegó: la palma abierta de ella se le estampó en plena cara con un golpe seco de karate, limpio y sin esfuerzo aparente, y lo devolvió a su lado del asiento. Por el retrovisor, Steve alcanzó a ver la marca roja de cinco dedos que se le iba formando a Ryoto en la frente. —Agárrate de algo —le dijo Naomi, sin mirarlo—. Que no sea yo. Ryoto protestó, frotándose la cara, que había sido culpa de la curva, y Steve lo defendió a gritos por encima de la música: la culpa era de la física, no del pobre Ryoto. Naomi se limitó a señalar el parabrisas. —Mira el camino, Steve. Steve volvió la vista al frente y deseó no haberlo hecho. Al final de la avenida se levantaba la cúpula de cristal del Metro Central, agrietada de punta a punta. Por el centro asomaban dos cuernos curvos, y debajo de ellos, una cabeza negra que se giró lentamente hacia la calle. —¡Steve, sal de la vía! —La voz de Sayumi le reventó en el oído—. ¡El motor de la limosina es de Zhioramonio! ¡Los está rastreando! El Maxitauro arrancó una viga de acero del borde de la cúpula y la lanzó. Steve dio un volantazo, y la viga no les dio de frente; pegó en la parte trasera, y fue suficiente. La limosina se levantó de cola, giró sobre sí misma y empezó a dar vueltas de campana por la avenida, entre una lluvia de vidrios, peluches olvidados y pop de idols. En algún punto entre el cielo y el suelo, Naomi dio la orden, y los tres gritaron a la vez: —¡KROSS UP! La luz le subió a Steve por el brazo desde el reloj de su padre, y en menos de un segundo las placas rojas se cerraron sobre su cuerpo: la visera sobre los ojos, la mira circular encendiéndose sobre el ojo derecho y las líneas ámbar recorriéndole los brazos. A su lado, Naomi se envolvió en blanco, con la cresta de aletas afiladas abriéndose en su casco. Ryoto se cerró en placas azul eléctrico, con dos antenas en el casco y relámpagos corriéndole por las líneas de la armadura. Patearon las puertas a la vez y saltaron justo cuando la limosina daba su última vuelta. Detrás de ellos, el vehículo tocó el suelo y explotó en una bola de fuego que hizo vibrar los vidrios de toda la avenida. Los tres aterrizaron sobre el asfalto. Steve se quedó mirando las llamas, con la mira del casco parpadeando sobre lo que quedaba del escudo bordado. —Natsuki nos va a matar. —Ya me siento mucho mejor —dijo Ryoto, que contemplaba el fuego en silencio. —¡Ahora digan sus nombres! —La voz de Tora estalló por el canal, tan fuerte que a Steve le zumbó el casco—. ¡Los nombres de héroe! ¡Para eso los inventé! —No vamos a hacer eso —respondió Naomi, sin apartar la vista de la cúpula. —¡Light Swan! ¡Thunder Time! ¡Sharp...! —Tora, suelta el micrófono —se oyó a Sayumi de fondo. Steve, en cambio, se llevó dos dedos a la visera, a modo de saludo. —A mí me gusta el que me hiciste, bro. Sharpshot, presente. Ryoto no dijo nada, pero Steve sabía lo que pensaba: que Thunder Time sonaba a marca de reloj despertador. Se lo había dicho cien veces. El Maxitauro terminó de salir por la cúpula, y visto desde la calle era todavía peor: siete metros de cuerpo negro y brillante, con venas de luz azul latiéndole bajo la piel. Cayó sobre la plaza frente a la estación, y el asfalto se hundió bajo su peso. Los dos puntos de luz turbia no buscaron a los tres que tenía delante. Se clavaron en la limosina en llamas. —Va por el núcleo del motor —dijo Sayumi por el canal—. Quiere la energía. —Pues que haga fila. —Steve extendió la mano derecha—. Rifle. Las partículas de luz se ensamblaron en su palma en un parpadeo, y el peso familiar del arma le llenó las manos. La mira del casco hizo el resto: recorrió el cuerpo de la criatura, marcó en rojo la articulación de la rodilla izquierda y fijó el blanco. Steve disparó, y el proyectil de Zhioramonio le arrancó un trozo de rodilla al Maxitauro, que se fue de lado con un mugido que retumbó en toda la plaza. Antes de que tocara el suelo, Naomi ya estaba encima, con dos hojas de luz blanca en las manos, cortándole los tendones del otro tobillo en un solo movimiento. Ryoto entró por el flanco contrario, con la espada envuelta en relámpagos, y le abrió el costado de un tajo. La criatura se desplomó sobre la plaza, cuan larga era. —¡Uno, dos, tres y al suelo! —Steve bajó el rifle y abrió los brazos—. ¿Vieron eso? Sayumi, dime que lo grabaste, porque lo quiero en cámara lenta, con música de... —¡Steve, detrás de ti! —gritó Naomi. Los trozos negros que le habían arrancado a la criatura se arrastraban por el asfalto de vuelta hacia el cuerpo, igual que la sangre oscura que había salpicado la plaza, y se reintegraban a la masa con un sonido húmedo. La rodilla volvió a estar entera, y el tobillo también. Antes de que Steve terminara de darse vuelta, una mano negra se cerró alrededor de él y lo levantó del suelo. Las alarmas de su casco se dispararon a la vez; le llegó un frío que no venía de afuera, sino de adentro de la armadura, y en la pantalla apareció un número que empezó a bajar. Energía de la armadura: 78 %... 71 %... —¡Me está chupando la batería! —Steve forcejeó hasta sacar el brazo derecho de entre los dedos de la criatura—. ¡Pistola! El arma se ensambló en su mano en un parpadeo, y Steve vació medio cargador a quemarropa contra la muñeca que lo sujetaba. Los disparos arrancaron trozos de carne negra que salieron volando por la plaza, pero no llegaron lejos: a medio camino cambiaron de dirección y regresaron, arrastrando consigo todo el metal que encontraban a su paso, fragmentos de la viga, pedazos del chasis de la limosina, varillas de la cúpula rota. Se fundieron sobre la muñeca capa sobre capa, y cuando la masa negra volvió a endurecerse, una placa de hierro oscuro, áspera y abollada, la cubría a modo de brazal. Steve volvió a disparar. Esta vez los proyectiles rebotaron contra la placa entre chispazos y se perdieron silbando hacia la cúpula. Energía de la armadura: 64 %... 58 %... —Genial —jadeó—. Ahora encima aprende. Naomi no le respondió. Steve la vio barrer la plaza con la mirada, rápida y fría, hasta detenerse en una grieta del pavimento por la que asomaba una tubería de agua reventada por la caída de la criatura, que escupía un chorro débil hacia arriba. —Ryoto, cuando te diga —ordenó, y corrió hacia la tubería para abrirla de lado a lado de un solo corte. El agua salió a presión, en un torrente que inundó la plaza en segundos. Empapó al Maxitauro hasta los cuernos y formó un charco ancho alrededor de sus patas, que también le llegó a Steve, colgado de su puño, hasta las botas. —Esperen. —Steve entendió el plan un segundo demasiado tarde—. Esperen, esperen, yo también estoy moja... —¡Ahora! —gritó Naomi, y Ryoto clavó la espada en el charco. El relámpago corrió por el agua en una red azul cegadora, trepó por las patas de la criatura, encontró la placa de hierro de la muñeca y la encendió al rojo vivo, y, por supuesto, se metió también en la armadura roja de Steve. La pantalla del casco parpadeó. Se le erizó cada pelo del cuerpo y le castañetearon los dientes. —¡ESTO NO ES TRABAJO EN EQUIPOOO! El Maxitauro convulsionó. La mano que sostenía a Steve perdió la forma, se derritió y lo dejó caer de espaldas sobre el agua. El resto del cuerpo siguió el mismo camino: los cuernos se doblaron, los hombros se hundieron y la criatura se desmoronó en una masa líquida y negra que se escurrió por las grietas del pavimento con un último sonido de succión. En la plaza solo quedaron el charco, la limosina humeante y Steve, tendido boca arriba, con la armadura soltando un hilo de humo. —¿Estás bien? —le preguntó Ryoto, tendiéndole la mano. —Siento los dientes —respondió Steve, mirando el cielo—. Todos. Uno por uno. Naomi, en cambio, se acercó a las grietas por donde había desaparecido la criatura y se quedó mirándolas un largo rato. —No está muerto. A lo lejos, las sirenas empezaron a acercarse, y la voz de Sayumi volvió al canal sin rastro ya de la paciencia del comedor. —Tienen cuarenta segundos antes de que llegue el refuerzo de la USC. Hay una escotilla de mantenimiento a veinte metros, detrás del quiosco de noticias. Da a la red vieja. Los guío desde aquí. En el casco de Steve apareció una flecha verde. Naomi lo agarró del brazo y lo levantó del charco sin preguntarle si podía caminar, y Ryoto arrancó la tapa de la escotilla con una sola mano. Bajaron uno detrás del otro por una escalera de metal oxidado, y la tapa volvió a su sitio justo cuando el primer vehículo de la USC frenaba en la plaza. Abajo, la oscuridad olía a humedad y a metal viejo. Eran los túneles que la ciudad había dejado atrás: rutas de tren clausuradas desde hacía años, con los rieles comidos por el óxido y los andenes abandonados cubiertos de polvo. Las luces de las tres armaduras eran lo único que iluminaba el camino, rojo, blanco y azul sobre las paredes de concreto, mientras las flechas de Sayumi giraban a la izquierda, después a la derecha y luego bajaban otro nivel. —Huele a túnel —se quejó Steve. —Por eso instalé el aromatizante en la base —respondió Sayumi por el canal—. De nada. Caminaron un rato en silencio. Steve todavía sentía un cosquilleo eléctrico en las muelas y caminaba un poco torcido, pero nadie le preguntó, y él no se quejó. Eso sí era preocupante. —Fue directo por el motor de la limosina —dijo Ryoto al cabo de un rato. —Y aprende —añadió Steve, todavía frotándose el brazo—. A la segunda ya tenía una placa de hierro justo donde le disparé. —Y fue por tu armadura. —Naomi no apartaba la vista del túnel—. Le absorbió energía al riel del metro antes de que llegáramos. No ataca al azar, busca Zhioramonio. Y ahora que probó el de las armaduras... No terminó la frase. No hizo falta que nadie la terminara. ◆◆◆ Muy por debajo de ellos, en un tramo de túnel que no figuraba en ningún mapa actual de Arquinna, una mancha negra se arrastraba por el suelo. Era más pequeña que antes. Avanzaba despacio, juntándose sobre sí misma en cada grieta, perdiendo pedazos que se arrastraban de vuelta a ella. Por momentos intentaba levantarse y no lo conseguía. Entonces se detuvo. Desde algún lugar al este, a través de kilómetros de roca y concreto, llegaba un zumbido grave, constante y rítmico: un latido de energía pura, mucho más fuerte que cualquier riel o motor. La mancha se estremeció, y en su superficie se abrieron dos puntos de luz turbia. —Energía... —Fue una voz que no salió de ninguna garganta, sino de la vibración misma del túnel—. Igual... a la mía. Y empezó a arrastrarse hacia su siguiente destino, rumbo a la Planta de Energía de Arquinna Este.