00 - Conoce a los personajes ¡Bienvenidos a Armor Teens: Monster Hunters! En Darkon Parxis, cinco jóvenes de la Academia Elayne Valkara comparten mucho más que clases y pasillos. Cada uno tiene sus sueños, sus secretos y una manera distinta de enfrentar el mundo. Antes de adentrarnos en las calles de Arquinna, conozcamos a quienes protagonizarán esta historia. Naomi Miyasato Edad: 16 años Estatura: 1.64 m Rol: Líder y combatiente Serena, disciplinada y decidida, Naomi acostumbra asumir la responsabilidad cuando las circunstancias se complican. Practica artes marciales y posee un fuerte sentido del deber, aunque también puede mostrarse exigente con quienes la rodean. El medallón que lleva al cuello conserva un significado muy especial para ella. Entre sus responsabilidades y los recuerdos de su padre, Naomi intenta encontrar su propio camino, acompañada por las personas en quienes ha aprendido a confiar. Ryoto Takayuki Edad: 17 años Estatura: 1.73 m Rol: Combatiente Reservado y observador, Ryoto suele mantener una actitud tranquila, incluso cuando las circunstancias parecen empeñadas en poner a prueba su paciencia. Su particular sentido del humor aparece especialmente cuando está con sus amigos. Es disciplinado, perseverante y demuestra su preocupación por los demás a través de sus acciones. Su inseparable gorro y sus guantes forman parte de una historia personal que rara vez comparte. Steve Farley Edad: 17 años Estatura: 1.78 m Rol: Combatiente Extrovertido, impulsivo y lleno de confianza, Steve siempre encuentra una oportunidad para bromear, incluso en las situaciones menos apropiadas. Su entusiasmo puede meterlo en problemas, especialmente cuando se deja llevar por alguna de sus grandes ideas. Le apasionan los vehículos, la aventura y todo aquello que prometa una experiencia emocionante. Detrás de sus ocurrencias hay un amigo leal, dispuesto a ayudar a sus compañeros cuando más lo necesitan. Sayumi Kyoritawa Edad: 17 años Estatura: 1.65 m Rol: Ingeniería, análisis y soporte técnico Inteligente, analítica y perfeccionista, Sayumi siente una enorme pasión por la tecnología. Sus conocimientos le permiten desarrollar dispositivos y encontrar soluciones que muchas veces resultan indispensables para sus compañeros. Acostumbra hablar con franqueza y tiene poca paciencia para las imprudencias, especialmente cuando provienen de Steve o de su hermano menor. Aunque sus inventos no siempre funcionan como espera, rara vez se da por vencida ante un problema. Tora Kyoritawa Edad: 14 años Estatura: 1.55 m Rol: Estudiante de la Academia Elayne Valkara Alegre, inquieto y tremendamente curioso, Tora es el menor de los cinco. Posee una imaginación desbordante y una fascinación por los inventos, los experimentos y las aventuras de sus amigos. Su entusiasmo suele llevarlo a actuar antes de pensar, provocando más de un dolor de cabeza a Sayumi, su hermana mayor. Admira profundamente a sus compañeros y sueña con demostrar que, incluso siendo el más joven, tiene mucho que aportar. Las historias más grandes también comienzan con pequeños encuentros. Ahora ya conoces sus nombres y sus rostros. Quedan muchas historias por descubrir, amistades que fortalecer y desafíos que afrontar. Y todo comienza con un nuevo amanecer. ¡Nos vemos en el Arco 1: Primer amanecer — Comienza la caza! Nota del autor ¡Hola a todos! Antes que nada, muchas gracias por tomarse el tiempo de conocer a los personajes de Armor Teens: Monster Hunters. Esta es mi primera novela ligera después de una larga ausencia, aunque todavía tengo mucho que aprender, me hace bastante ilusión poder compartir finalmente esta historia. Es un proyecto al que le he dedicado mucho tiempo, imaginando sus personajes, su mundo y las aventuras que les esperan. Espero que puedan disfrutar de esta historia tanto como yo disfruto dándole vida. Y si en algún momento les apetece dejar un comentario, una opinión o alguna sugerencia, estaré encantado de leerlos. Por ahora, esto es solo una pequeña presentación. ¡La verdadera aventura está por comenzar! ¡Muchas gracias por estar aquí y nos vemos pronto en el primer arco!
ARCO 1 Primer amanecer: Comienza la caza Capítulo 1 — Lo que quedó El sol todavía no terminaba de salir cuando Naomi Miyasato se detuvo frente a la reja de la Academia Elayne Valkara. A esa hora, Arquinna respiraba despacio. Los vehículos se deslizaban por las pistas a un palmo del asfalto, con el zumbido bajo de sus motores de levitación, y los drones de reparto cruzaban entre los edificios con sus luces de navegación todavía encendidas. Más allá de los techos, donde la ciudad se acababa, el Pacífico empezaba a teñirse de naranja. Hace poco más de cien años, nada de esto existía. En 2105, el fondo del océano se partió, medio Japón se hundió con él, y de las aguas emergió una isla que nadie había pedido. La llamaron Darkon Parxis. Bajo su suelo encontraron el Zhioramonio, y con él llegaron los refugiados, los colonos, las delegaciones extranjeras, las guerras por quién tenía derecho a qué. Después vinieron las torres, los trenes, la luz que nunca se apagaba. Arquinna era lo que habían construido encima de todo eso. Naomi se ajustó las correas de la mochila. El viento de la mañana le revolvió el cabello naranja, que le caía sobre los hombros y nunca obedecía del todo, y el clip de estrella dorada que llevaba prendido a un lado brilló un instante con la primera luz. Tenía los ojos azules, y en ese momento los tenía fijos en el escudo tallado sobre la entrada: la estrella de ocho puntas sobre las alas, y debajo el lema que había leído miles de veces sin pensarlo. Disciplina. Conocimiento. Un futuro más fuerte. Su padre había creído en esas palabras. Había creído en muchas cosas. Llevó dos dedos al medallón de su gargantilla. El metal estaba frío. Siempre estaba frío a esa hora. Hacía un año que solo lo usaba para llamar a los demás. La última vez que lo había apretado para algo más, la ciudad había estado a punto de perder mucho más que una mañana, y al terminar se habían prometido, sin decirlo del todo, que aquello quedaba atrás. Desde entonces la gargantilla era lo que parecía: un recuerdo de su padre colgado del cuello. Casi siempre conseguía creérselo. La luz guía incluso en los cielos más oscuros. Era lo que él solía decirle cuando ella era tan pequeña que todavía tenía que sentarse en sus rodillas para ver las estrellas desde el balcón. En ese entonces le parecía una frase bonita. Ahora sabía cuánto le había costado a él sostenerla. Hideo Miyasato no estaba en ninguna placa de la academia ni en ningún noticiero. Para la ciudad, era un nombre más entre los que se habían perdido en los años malos. Para Naomi, era la razón por la que se levantaba antes que el sol. No somos soldados, pensó. Tampoco salvadores. Detrás de ella, la ciudad empezaba a despertar del todo: el primer tren cruzó el viaducto elevado, una puerta automática se abrió en algún lugar, alguien se rio en la parada de buses. Gente que no sabía nada. Gente que no tenía por qué saberlo. Somos lo que quedó. Soltó el medallón, cruzó la reja y entró. ◆◆◆ En la entrada del edificio grande, entre las hileras de casilleros para el calzado, Sayumi Kyoritawa discutía con una máquina. Era imposible no verla. El cabello rubio le caía liso hasta la cintura, sujeto apenas por una bincha roja, y detrás de sus gafas tecnológicas los ojos lila seguían una cascada de datos que solo ella podía leer. Llevaba la chaqueta varsity blanca con el emblema en el hombro, la falda a cuadros, medias negras y un bolso de mensajero que, por el peso con el que le colgaba, debía cargar más herramientas que cuadernos. Frente a ella flotaba un cubo metálico del tamaño de una tostadora, con dos pinzas articuladas que sostenían un par de zapatos escolares. —Calzado interior entregado —anunció el cubo. —Entonces suéltalo. —Calzado interior entregado. —Sí, eso ya lo dijiste. Ahora la parte donde lo sueltas. El cubo emitió un pitido satisfecho y no soltó nada. Naomi se sentó en el banco junto a ellas y empezó a desatarse las botas. —¿Otra vez peleando con él? —No es "otra vez". Es una versión nueva. —Sayumi no apartó la vista del robot—. Le reescribí el módulo de reconocimiento anoche. Naomi reparó en las ojeras que asomaban bajo las gafas de su amiga. —¿Anoche a qué hora? Sayumi se puso a ajustar algo en el costado del cubo, de pronto muy concentrada. —A una hora razonable. —Una pausa—. Las tres y cuarto. El cubo giró sobre su eje y proyectó un haz de luz verde sobre Naomi, de los pies a la cabeza. —Visitante no identificada. Por favor, retírese del perímetro. —Tercera vez esta semana —dijo Naomi, guardando las botas en su casillero. —Cuarta. —Sayumi se masajeó el puente de la nariz por debajo de las gafas—. El lunes te confundió con un extintor. —Lo recuerdo. Me pidió que no me moviera de la pared. Naomi se calzó los zapatos de interior, se puso de pie y, sin ceremonia, tomó los zapatos de Sayumi de las pinzas del cubo y tiró una sola vez, firme. Las pinzas se abrieron. —Gracias, visitante —dijo el robot. Sayumi se quedó mirándolo. —Tres semanas. —Recibió sus zapatos de manos de Naomi—. Tres semanas sin obedecerme ni una sola vez, y a ti te da las gracias. —Quizás le caigo mejor. —Le caes mejor porque no le das órdenes. Haces las cosas y ya. —Sayumi se agachó a cambiarse los mocasines, todavía ofendida—. Voy a tener que estudiarte a ti, no a él. Naomi estuvo a punto de responder cuando, desde el fondo del pasillo, una voz conocida empezó a cantar más fuerte de lo necesario. Sayumi dejó caer la nuca contra la puerta de su casillero y soltó el aire en un resoplido largo, de los que se guardan desde temprano. —Nooo... La voz llegó primero. Después, Steve Farley. Venía por el pasillo con las manos en los bolsillos de una chaqueta negra llena de correas y cierres rojos, el hoodie rojo asomando por debajo y el cabello pelirrojo apuntando en todas las direcciones que el viento de la mañana le había sugerido. Cantaba una balada de los años ochenta con la convicción de alguien que nunca se ha escuchado grabado, aunque de la letra solo se sabía el comienzo, y el resto lo rellenaba como podía. —Say hooo... say... mmm, mmm-mmm... Había encontrado la canción meses atrás, en la lista de reproducción de su padre. Se llamaba Say You, Say Me, y desde el primer día Steve había decidido que el título era una señal del universo. —¡SaySaaay! —remató, abriendo los brazos frente a ella con una reverencia de escenario. Sayumi ni siquiera levantó la vista de sus mocasines. —Te lo he pedido de todas las formas posibles, Steve. Con amabilidad, por escrito, con un diagrama. No me llames así. —Es un homenaje a una obra maestra. —Es una canción de hace dos siglos, y ni siquiera te sabes la letra. —Doscientos veintiséis años, para ser exactos —corrigió él, y se llevó una mano al pecho—. Y la letra es lo de menos, lo que importa es el sentimiento. Los clásicos no mueren, SaySay. Se heredan. El cubo de Sayumi giró hacia él y lo barrió con su haz verde de arriba abajo. —Steve Farley. Identificado. Bienvenido. Sayumi se quedó congelada con un mocasín a medio poner. Steve, en cambio, le dio dos palmaditas cariñosas al robot. —¿Ves? Hasta tu tostadora sabe reconocer el talento. Ella se volvió hacia Naomi con la boca abierta, buscando apoyo, testigos, justicia. Naomi terminó de atarse los cordones sin prisa y, antes de que Steve pudiera arrancar con otra estrofa, habló sin mirarlo: —Steve, los zapatos. Él bajó la vista. Seguía con las zapatillas altas de la calle, y una línea de polvo gris marcaba el camino que había recorrido por el pasillo recién encerado. Al fondo, uno de los conserjes ya lo observaba con el trapeador en la mano. —Ah. —Retrocedió hasta los casilleros de puntillas, en un intento tardío de no ensuciar más—. Esto no cuenta. Estaba en modo artista. Mientras se cambiaba, la manga de la chaqueta se le subió un poco y dejó ver el reloj táctico que llevaba en la muñeca izquierda: correa negra, esfera rayada, demasiado grande para su brazo. Había sido de su padre. Naomi lo miró un segundo de más, y Steve, sin dejar de tararear, se bajó la manga. Desde hacía un año, ninguno de los dos perdía de vista lo que llevaba encima. Afuera, en el patio, sonó un chirrido metálico, agudo, seguido de un olor a plástico quemado que entró por la puerta abierta. Sayumi ni siquiera se giró a mirar. —Ese es mi hermano. Tora Kyoritawa entró desde el patio envuelto en una nube gris, con una mancha de hollín en la mejilla y la sonrisa de alguien que todavía no sabe si lo van a felicitar o a castigar. Era el más bajo de todos por casi una cabeza, y el cabello dorado anaranjado, alborotado por naturaleza, ahora además olía a pólvora. Llevaba la chaqueta varsity color hueso abierta sobre un hoodie negro, el pantalón cargo gris con los bolsillos abultados de quién sabe qué, y unos ojos verdes que brillaban con la emoción intacta de sus catorce años. Detrás de él, flotando a duras penas, entró un dron de limpieza con un costado chamuscado. Daba vueltas sobre sí mismo y repetía con voz entrecortada: "Superficie... superficie... limpia..." Sayumi se puso de pie despacio, con los mocasines ya puestos y una expresión que Naomi conocía bien: la de una hermana mayor eligiendo por dónde empezar. —Tora. ¿Qué le hiciste a ese dron? —¡No sabía que era un dron! —Tora levantó las manos, todavía con un tubito de cartón ennegrecido entre los dedos—. Había algo moviéndose en la cornisa, gris, con alas, haciendo ruido. ¡Era una paloma, Sayumi, todo apuntaba a una paloma! Y a las palomas hay que espantarlas antes de que hagan nido, eso lo sabe todo el mundo. —Tenía hélices. —Desde abajo parecían alas. Steve examinó el costado quemado del dron con interés profesional. —¿Qué usaste? ¿Un petardo? —Un espantapalomas casero. Mecha de fricción, pólvora de colores. —Tora bajó la voz con orgullo—. Lo diseñé yo. —Funcionó bastante bien, para ser justos —concedió Steve. —No lo animes. —Sayumi le arrebató el tubito de la mano a su hermano y lo guardó en su bolso sin mirarlo—. Si papá se entera de que alguien prendió fuego en la entrada de su academia antes de la primera campanada, no va a necesitar averiguar quién fue. Tora se limpió la mejilla con la manga, esparciendo el hollín en lugar de quitarlo, y miró con nostalgia el bolso donde había desaparecido su invento. —¿Y Ryoto? Quería enseñárselo. —No va a venir a primera hora —respondió Sayumi—. Hoy le toca el evento de caridad de Natsuki. Steve soltó una risa corta mientras cerraba su casillero. —Pobre tipo. Seguro ya lleva tres horas cargando bolsas. Naomi se colgó la mochila al hombro. Pensó en Ryoto, en el trabajo que el Prayor le había dado después de todo lo que pasó, en lo poco que se quejaba de él y en lo mucho que se le notaba el cansancio. —La hija del Prayor —dijo, sin necesidad de alzar la voz— es una pesadilla con presupuesto ilimitado. Nadie le discutió. La primera campanada sonó en todo el edificio. Tora salió disparado hacia el ala de secundaria baja, gritando algo sobre un examen de matemáticas que había olvidado por completo, y el dron de limpieza lo siguió unos metros por el pasillo, girando y repitiendo, a nadie en particular, que la superficie estaba limpia. ◆◆◆ A esa misma hora, en el tercer piso del centro comercial Lumen, en el distrito de Arquinna Central, Ryoto Takayuki cargaba once bolsas, dos cajas y una planta. No sabía por qué había una planta. Nadie se lo había explicado. Natsuki la había señalado al pasar frente a una floristería, había dicho "esa", y desde entonces la maceta viajaba encajada bajo su brazo izquierdo, con una hoja larga que le rozaba la oreja a cada paso. Llevaba el código de vestimenta de la academia como cualquier otro alumno, aunque a esas alturas de la mañana la chaqueta ya se le había torcido por el peso de las bolsas. Lo único que no cambiaba nunca eran el gorro oscuro, calado sobre un cabello negro cuyas puntas le rozaban los hombros, y los guantes sin dedos de las manos. No se los quitaba ni para dormir. Tenía los ojos castaños y esa mirada melancólica de siempre, aunque aquella mañana le pesaba más el cansancio: llevaba de pie desde las cinco. Aun así, no pensaba quejarse, al menos no en voz alta. Ryoto no recordaba nada de antes de despertar en una playa, con la ropa hecha jirones y los bolsillos vacíos; ni siquiera su fecha de nacimiento era suya, sino la que alguien había escrito en un formulario. Ese trabajo, con todo lo que tenía de humillante, le había dado un departamento con su nombre en la puerta y unos papeles que decían quién era, y para un chico sin pasado eso ya era mucho. Lo único que tenía de aquellos primeros días eran el gorro y los guantes, regalo de quien lo encontró en la arena. Unos metros por delante, Natsuki caminaba con las manos vacías. Media galería se volteaba a mirarla cuando pasaba. El cabello rosado le caía larguísimo por la espalda, y su uniforme no se parecía a ningún otro de la academia: blanco y morado, con bordados dorados en los puños y cadenas finas colgando de la cintura, que tintineaban con cada paso. Lo había diseñado ella misma. El reglamento decía otra cosa, pero nadie en la Academia Elayne Valkara iba a corregirle el uniforme a la hija del Prayor. Se detuvo frente a una vitrina de peluches y giró sobre los talones hacia él. Sus ojos violeta ya habían elegido. —Ryoto, apunta: cuarenta de esos. No, cincuenta. Los de la academia tienen que ver que esta vez hablo en serio. Ryoto bajó la vista hacia las bolsas que ya le colgaban de los antebrazos, y después hacia la planta. —¿Cincuenta peluches para el gesto de caridad? —Para mi gesto de caridad —corrigió ella, y siguió caminando—. La caridad es para todos, pero el gesto es mío. Por eso hay que hacerlo bien. Él no encontró nada que responder a eso, así que acomodó la caja de arriba con el mentón y la siguió. Fue entonces cuando lo sintió. Empezó en las plantas de los pies, una vibración sorda que subía desde el suelo pulido. Las bolsas temblaron apenas contra sus piernas. En la vitrina de al lado, una hilera de vasos de cristal tintineó durante dos segundos y se quedó quieta. En las yemas de los dedos, bajo los guantes, sintió un cosquilleo leve, el mismo que le recorría la piel antes de una tormenta. Ryoto se quedó inmóvil en medio del pasillo. A su alrededor, nadie más se había detenido. Una pareja seguía discutiendo frente a la tienda de electrónica. Un niño arrastraba a su madre hacia la heladería. Los drones de vigilancia seguían su ronda sobre las cabezas de la gente, sin cambiar de ruta. —Natsuki. —Dio un paso hacia ella, con la voz baja—. ¿Sentiste eso? Ella ni siquiera se volvió. Estaba probándose unos lentes de sol frente a un espejo. —Si es otra vez lo de que te duele la espalda, ya te dije que es psicológico. —El suelo se movió. —En Arquinna el suelo se mueve todo el tiempo, Ryoto. Es una isla que salió del mar. —Se quitó los lentes, los descartó y probó otros—. Si cada vez que vibra algo nos fuéramos a casa, nadie haría nunca las compras. Ryoto miró el piso. Las baldosas estaban quietas, el cristal también. El cosquilleo en los dedos se había apagado. Aun así, no terminó de bajar la guardia hasta mucho después, cuando Natsuki señaló un estante altísimo al fondo de una tienda de regalos y le dijo, con la sonrisa más dulce del día, que necesitaba la caja de arriba del todo. El estante llegaba casi hasta el techo. Eran repisas de metal blanco cargadas de cajas de regalo apiladas en columnas, de esas que las tiendas caras arman para lucir abundancia más que para vender. La que Natsuki quería coronaba la torre: una caja dorada con un lazo morado. Ryoto dejó las bolsas en el piso, apoyó la planta junto a ellas y buscó con la vista a algún empleado. El único que había estaba atendiendo a otra clienta al fondo, y Natsuki ya tamborileaba con las uñas sobre el mostrador. —Puedes subirte a la repisa de abajo —sugirió ella—. Eres ágil, ¿no? Para eso te pagan. —Me pagan para cuidarte. —Exacto. Y me estás cuidando de la frustración. Ryoto calculó la altura, resignado, puso un pie en la repisa más baja y se estiró hacia arriba. El metal crujió bajo su peso, pero aguantó. Con la punta de los dedos alcanzó el borde de la caja dorada y empezó a deslizarla hacia él, despacio, centímetro a centímetro, para no arrastrar las de los costados. Ya casi la tenía cuando el suelo volvió a moverse. Esta vez no fue un cosquilleo. Fue un golpe seco, desde abajo, que hizo vibrar la estructura entera de una punta a la otra. El estante se sacudió contra la pared. Ryoto se aferró a la repisa con una mano y vio, a unos centímetros de su cara, cómo la columna de cajas se inclinaba hacia adelante, se quedaba suspendida medio segundo y después se le venía encima. Le cayó todo de golpe. Cajas grandes, cajas chicas, cintas, lazos, papel de seda, algo que sonó a porcelana rompiéndose. Perdió el apoyo del pie, cayó de espaldas al suelo y la avalancha terminó de sepultarlo, caja sobre caja, hasta que solo quedó a la vista una mano con guante sin dedos asomando entre el cartón. En la tienda se hizo silencio. Los cristales dejaron de tintinear. Afuera, en el pasillo, alguien preguntó en voz alta si había sido un temblor, y alguien más le respondió que seguro era la obra del metro. Dos drones de asistencia bajaron del techo con un pitido suave y empezaron a retirar cajas con sus pinzas, una por una, con una calma exasperante. Tardaron casi un minuto en desenterrarle la cara. Ryoto quedó tendido en el piso, con el gorro torcido, un lazo morado pegado a la mejilla y la caja dorada, intacta, abrazada contra el pecho. Natsuki se asomó sobre él desde arriba. —Ah, la encontraste. —Le quitó la caja de las manos y la examinó por todos los lados—. Perfecta. Ni un rasguño. Ryoto se quedó mirando el techo un momento más. Sabía que la obra del metro estaba a cuatro distritos de allí. El estacionamiento del Lumen ocupaba todo el subsuelo del edificio: un piso amplio de concreto pulido y luces frías, con pistas marcadas en el suelo para que los vehículos entraran y salieran levitando a un palmo del asfalto. La limosina del Prayor esperaba junto a la salida, larga, blanca, con el escudo de Darkon Parxis grabado en la puerta. El chofer ya estaba de pie junto a ella, con la puerta trasera abierta. Ryoto venía unos pasos detrás de Natsuki, cargando todo otra vez: las once bolsas, las dos cajas, la planta y, encima de todo, la caja dorada, que Natsuki le había devuelto apenas terminó de admirarla. Detrás de él, un empleado de la juguetería empujaba un carrito con los cincuenta peluches, envueltos uno por uno. A Ryoto le dolía la espalda en un punto exacto, justo debajo del omóplato, donde le había caído la porcelana. Natsuki llegó primero a la limosina, pero no subió. Se quedó junto a la puerta y señaló el interior con un gesto amplio de anfitriona. —Las bolsas grandes van en el asiento del fondo. Las cajas, en el de enfrente, y los peluches en el piso. Con cuidado, que hay porcelana. —Había porcelana —murmuró Ryoto, y se agachó para entrar con la primera tanda. Le tomó varios viajes. Natsuki dirigía la carga desde afuera, corrigiendo la posición de una caja dos centímetros a la izquierda o pidiéndole que girara una bolsa para que se viera el logo de la tienda. Los asientos se fueron llenando, después el pasillo, después el piso entero, hasta que los peluches quedaron apilados contra las ventanas. Al final quedaban libres dos lugares: el de ella y uno más, junto a la puerta. Natsuki le quitó la planta de los brazos, la acomodó en ese último asiento y le abrochó el cinturón de seguridad alrededor de la maceta, con mucho cuidado. Ryoto se quedó agachado en la puerta, mirando el interior: bolsas hasta el techo, cajas, cincuenta peluches observándolo desde el piso y una planta con el cinturón puesto. —Natsuki. ¿Y yo dónde me siento? Ella entró y se acomodó en su asiento, entre dos cajas, y recorrió el interior con la mirada, pensativa. —En el techo no, que se raya la pintura. —No te pregunté por el techo. —Ryoto apoyó una mano en el marco de la puerta—. Soy tu guardaespaldas. Se supone que voy contigo. ¿Qué pasa si te ocurre algo en el camino? —Justamente por eso es perfecto. —Natsuki se alisó la falda y le acomodó una hoja a la planta—. Si me pasa algo, vas a estar afuera, con mucha mejor vista. Además, caminar te hace bien para la espalda. Que es psicológica. —¡Me cayó un estante encima! —Y la caja salió perfecta, lo cual demuestra que sabes caer. —Le dedicó una sonrisa radiante y se volvió hacia el frente—. Conductor, a la academia. Acelere, por favor. La puerta se cerró sola con un siseo neumático, a un centímetro de la nariz de Ryoto. Tardó un segundo en entenderlo. El motor de levitación zumbó, la limosina se elevó apenas del suelo y empezó a deslizarse por la pista hacia la rampa de salida. Y entonces sí, algo dentro de él se rompió. —¡No, no, no! ¡Oye! —Echó a correr detrás del vehículo y le dio dos palmadas furiosas a la cajuela—. ¡Natsuki, abre la puerta! ¡Cámbiame por la planta, aunque sea! La limosina no frenó. A través de la ventana trasera, entre dos peluches, Ryoto alcanzó a ver la planta, bien sentada con su cinturón, y a Natsuki despidiéndose por encima del hombro, sin voltear siquiera. Al llegar a la rampa, el vehículo aceleró. Ryoto corrió unos metros más cuesta arriba hasta que las luces traseras se perdieron hacia la calle, y se quedó solo, jadeando, con las manos vacías por primera vez en toda la mañana. Se arrancó de la mejilla el lazo morado que todavía tenía pegado desde la avalancha y lo lanzó contra el suelo con todas sus fuerzas. El lazo flotó, dio un par de vueltas en el aire y aterrizó suavemente sobre su zapato. Ryoto lo pateó lejos. Después le dio una patada al pilar de concreto más cercano, que no se movió, y se quedó un momento doblado, sosteniéndose el pie y tragándose una maldición entre dientes. Entonces llenó los pulmones hasta el fondo y gritó con todo lo que le quedaba del día: —¡NATSUKIII! ◆◆◆ El grito de Ryoto se perdió entre las columnas del estacionamiento. Varios niveles más abajo, donde ya no llegaban las luces del Lumen ni el ruido de la ciudad, una cámara de vigilancia giró sobre su soporte con un zumbido cansado. La red subterránea vieja de Arquinna llevaba años casi sin uso: túneles y antiguas rutas de tren heredados de las primeras obras de la ciudad, clausurados cuando el sistema de trenes actual los volvió innecesarios. Eran kilómetros de concreto y cables que nadie recorría, salvo algún dron de inspección una vez al mes. En la esquina de la imagen parpadeaba un texto blanco sobre el fondo gris: SECTOR CENTRAL — NIVEL -4 — CÁM. 07 El lente enfocó un tramo colapsado. La mitad del techo se había venido abajo, y una capa de polvo fino todavía flotaba en el aire, teñida por la luz roja de emergencia. De las paredes colgaban cables cortados que chispeaban de vez en cuando. El suelo tembló. La imagen se sacudió con él. Entre los escombros, algo se movió. Al principio no tenía forma. Era una mancha oscura y brillante, espesa, del color del petróleo, que se arrastraba por el piso del túnel y se escurría entre las grietas del concreto con un sonido húmedo. Después, la mancha empezó a juntarse. Se alzó del suelo, se apiló sobre sí misma y se endureció. En cuestión de segundos, una figura enorme ocupaba el túnel de pared a pared. Tenía hombros anchos, inhumanos, y de su cabeza nacían dos cuernos curvos y gruesos que rasparon el techo cuando terminó de erguirse. Por las junturas de su cuerpo todavía goteaba aquella sustancia negra, que caía al suelo y volvía a trepar por sus piernas para reintegrarse. La criatura alzó la cabeza y olfateó el aire una vez, despacio, en dirección a la superficie. Después se giró hacia la cámara. La imagen se llenó de estática. Cuando volvió, unos segundos más tarde, el túnel estaba vacío. Solo quedaba un rastro húmedo y negro sobre el concreto, que se alejaba en la oscuridad rumbo al Metro Central.