Otro Entre tazas y tijeras (Heartless Marissa Meyer)

Tema en 'Fanfics sobre Libros' iniciado por Navaja, 9 Mayo 2026.

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  1. Threadmarks: Capítulo Uno
     
    Navaja

    Navaja El mundo está esperando ahí

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    Entre tazas y tijeras (Heartless Marissa Meyer)
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    2
     
    Palabras:
    3197
    Capítulo Uno


    El tic-tac de los relojes en la tienda ya no sonaba como música, sino como el martilleo de un juez dictando sentencia. Hatta estaba sentado frente a su espejo, pero la imagen que le devolvía el cristal parecía pertenecerle a un extraño.

    Sus dedos, antes tan precisos que podían coser sueños en el ala de un sombrero, temblaban ligeramente. Sostenía una aguja de plata, pero no recordaba qué estaba intentando remendar.

    —Casi es la hora —susurró, y su voz sonó como papel viejo rasgándose—. Un té para el olvido y un sombrero para la eternidad.

    Miró a su alrededor. Los estantes estaban llenos de creaciones que nadie más podía entender. Sentía que su mente era como una de esas cajas de costura desordenadas: hilos de colores mezclados con alfileres oxidados.

    De pronto, una risa involuntaria burbujeó en su garganta. No era una risa de alegría porque no había nada gracioso de qué reírse. El color de las paredes parecía volverse más brillante, casi hiriente. Las sombras danzaban al ritmo de una música que solo él escuchaba.

    —¿En qué se parece un cuervo a un escritorio? —preguntó al vacío y se molestó al no obtener respuesta — Qué descortés.

    Se ajustó el sombrero de copa sobre las sienes, como si la presión pudiera mantener cada pensamiento en su sitio. Cerró los ojos y, cuando los abrió, Hatta todavía estaba allí pero ya podía escuchar al Sombrerero Loco golpeando desde el otro lado.

    Pero entonces, el silencio de la tienda fue profanado por un tintineo. Un sonido metálico, pequeño y triste, que atravesó la bruma de su mente como una aguja al rojo vivo. Hatta parpadeó. Sus ojos violetas, empañados por el vacío, enfocaron un rincón y allí, sepultado bajo el peso de cintas descoloridas y el polvo de los sueños rotos, estaba el sombrero de Jest.

    El aire se le escapó de los pulmones. Hatta se desplomó de su silla, arrastrando los pies con una torpeza impropia de él. La tienda era un desastre: porcelana rota y seda manchada. Se acercó al espejo roto con ruedas, y la imagen que le devolvió el cristal lo golpeó con fuerza.

    —Un loco… —su voz sonó quebrada—. ¿Este es el aspecto de un loco?

    Su reflejo era una caricatura grotesca. La tez, que antes lucía una palidez aristocrática y pulcra, ahora se mostraba cadavérica, marcada por unas ojeras tan oscuras que parecían hematomas de una batalla perdida contra el sueño. Tenía el cabello desaliñado, sucio, perdiendo aquel brillo plateado que solía ser su orgullo. Su aspecto era el de un hombre enfermo, alguien que ya no pertenecía al mundo de los vivos.

    Se quitó su propio sombrero de copa con dedos temblorosos; el ala estaba a medio descoser, colgando como una herida abierta. Lo acarició buscando el consuelo de la seda, pero la tela se sentía áspera y ruin, como un harapo rescatado de la basura.

    —Todo fue culpa de… Su Majestad —arrastró las palabras, y el nombre de Catherine supo a veneno en su lengua.

    En un arrebato de lucidez febril, comenzó a hurgar en los cajones de su escritorio. No buscaba una aguja, buscaba una salida. Al abrir un compartimento, una hilera interminable de telas saltó al aire, anudadas entre sí como si fueran niños tomados de la mano, bailando con una alegría macabra sobre los muebles destrozados.

    —¡Vuelvan a su lugar! —rugió, lanzándoles su bastón con una furia impotente.

    Y entonces, lo vio de nuevo. El sombrero de cascabeles de Jest.

    Hatta se agachó y tomó el sombrero de Jest entre sus manos. El fieltro estaba frío, pero para él, quemaba. Sus dedos buscaron instintivamente los adornos de la copa y solo encontraron un único cascabel de plata, balanceándose solitario y mudo. Los otros dos habían sido entregados a las Hermanas como un pago por un futuro que terminó en tragedia. Ese último cascabel era el eco de una risa que un hacha había silenciado para siempre.

    Apretó el sombrero contra su pecho hasta que sus nudillos perdieron todo rastro de color, tragándose el primer sollozo que se sintió como tragar cristales rotos. Reprimió tanto los sollozos que se agolpaban en su garganta con una disciplina aprendida en años de etiqueta real. Su cuerpo, sin embargo, no obedeció con la misma disciplina. Un temblor violento le recorrió los hombros. Restos de saliva se quedaron pegados a su barbilla, pero a Hatta ya no le importaba la pulcritud.

    Odiaba a Catherine.

    La odiaba por su debilidad, por haber regresado por Mary Ann y haber sellado, con ese único acto de descuido, el destino de todos ellos.

    Hatta sabía que su fin era inminente. La locura no era una posibilidad; era una sentencia escrita en su propia sangre. La había visto aguardar, paciente, en generaciones de los suyos, alcanzándolos tarde o temprano sin importar cuánto corrieran. Y él había corrido más que ninguno, pero la locura volvía a seguirle los pasos. Podía sentirla royendo los bordes de su mente, una marea blanca que borraba los colores de la lógica.

    Hatta alzó lentamente la mirada hacia los relojes y todos marcaban horas distintas.

    —Oh, no —murmuró.

    Una de las manecillas avanzó y Hatta la observó con desprecio.

    —No me mires de esa manera.

    El reloj continuó su marcha.

    Entonces, una idea febril comenzó a tomar forma.

    Si no podía hablar con su sangre, hablaría con el dueño de los segundos. Había pasado décadas huyendo del Tiempo, tratándolo como a un cobrador de deudas al que se le evita cruzando la calle. Se había escondido en los pliegues de Maravillas, robándole horas al reloj para mantener su cordura un día más. Pero la huida había terminado.

    —Si eres un acreedor, ven por lo que te pertenece —susurró hacia el techo de la tienda, con los ojos violetas brillando con una determinación maníaca—. Pero si voy a pagarte con mi eternidad, me darás lo que exijo.

    Decidió que se entregaría voluntariamente. Pagaría cada segundo que había robado, cada hora que había estirado. Se presentaría ante el Tiempo no como una víctima, sino como un negociador. Tal vez, si le entregaba su alma en desdicha antes de que la locura la reclamara por completo, el Tiempo se apiadaría de él.

    —Perdóname, Haigha —murmuró, dejando el sombrero de Jest sobre la mesa con una delicadeza desgarradora—. No puedo llevarte a donde voy. El Tiempo no acepta equipaje que tenga corazón.

    Hatta se apartó del espejo roto. El asco que sintió por su propia imagen fue el catalizador que necesitaba. No permitiría que el Tiempo lo viera derrotado. Si iba a entregar su vida, lo haría bajo sus propios términos, envuelto en la elegancia que lo definía.

    Se dirigió al fondo de la tienda, donde guardaba un arcón de madera de sándalo que no había abierto en años. Al levantar la tapa, el aroma a lavanda y magia antigua llenó la habitación. Allí, perfectamente doblado, descansaba su traje de seda blanca.

    Comenzó el ritual. Se despojó de las ropas manchadas con la furia de quien se arranca una piel muerta. Se lavó la cara con agua fría hasta que el ardor le devolvió un poco de color a sus mejillas. Luego, se vistió.

    Hatta no se vistió completamente de blanco. Sería un insulto a su propia genialidad presentarse ante el Tiempo como una página vacía.

    Se colocó un chaleco de un violeta tan profundo que parecía terciopelo nocturno, bordado con hilos de plata que dibujaban patrones de relojes sin manecillas. Su corbatín de seda no era pálido, sino de un rojo carmesí vibrante, el color de los pétalos de las rosas que Catherine nunca debió probar. Eran sus últimas gotas de color, su última rebelión contra el vacío blanco de la locura que lo acechaba.

    Cada botón de nácar fue cerrado con una precisión que desafiaba el temblor de sus dedos. Se ajustó el chaleco de brocado violeta sobre la camisa de encaje, sintiendo cómo la estructura de la prenda le devolvía la postura. Se anudó el corbatín de seda roja con un lazo perfecto, como si fuera a asistir al baile de la Reina en lugar de a su propia sentencia.

    Finalmente, tomó su levita blanca de faldones largos y se la calzó. Se miró una última vez al espejo.

    —Impecable —susurró, aunque su voz tembló al ajustar el nudo de seda roja por segunda vez.

    Ahora sí. Ya no era un loco cadavérico. El blanco de su traje hacía que sus ojos violetas resaltaran como dos amatistas heridas. La palidez de su rostro ya no parecía enfermedad, sino una distinción espectral.

    —Si el Tiempo quiere mi alma —dijo, ajustándose los puños de la camisa—, tendrá que aceptarla en su mejor envoltorio.

    Tomó el sombrero de Jest por última vez, deslizándolo dentro de uno de sus bolsillos interiores. Luego, se colocó su propio sombrero de copa blanco, el que aún conservaba su forma perfecta, y empuñó su bastón con pomo de cristal.

    Hatta se puso en pie. Salió de la tienda hacia la nada, con el sonido de un único cascabel resonando en su memoria como la última nota de su propia elegancia.

    Caminó por las calles de Maravillas como un fantasma de elegancia, ignorando los colores chillones y los gritos del mercado. Su objetivo estaba más allá de los relojes comunes. Iba al centro del engranaje, allí donde el Tiempo se sienta a observar cómo todo se desmorona.

    Avanzó con paso implacable, golpeando el suelo con su bastón de cristal. Haigha, su fiel Liebre de Marzo, lo esperaba cerca de la tienda. Al ver a su amo vestido con tal magnificencia, las orejas de Haigha vibraron con una mezcla de admiración y un terror instintivo.

    —¿A dónde vamos, Hatta? —preguntó Haigha, trotando a su lado con sus ojos grandes y acuosos fijos en él—. ¿Es un banquete? ¿Hay té de jazmín?

    Hatta no aminoró el paso. Sus ojos violetas miraban hacia el horizonte, donde el cielo de Maravillas empezaba a deshilacharse.

    —No hay banquete, Haigha. Y no hay té. Vuelve a la madriguera.

    —Pero... pero yo tengo las tazas —insistió la liebre, su voz volviéndose pequeña y quebradiza—. Las limpié todas. Por si tú querías celebrar.

    Hatta sintió un pinchazo de dolor tan agudo que casi lo hace tropezar. Jest no volvería. Y él tampoco. Se detuvo en seco, pero no se giró. La rigidez de su espalda era lo único que mantenía sus pedazos unidos.

    Por un instante imaginó a Haigha siguiéndolo hasta las puertas del Tiempo, ofreciendo su lealtad como si fuera una moneda más sobre la mesa.

    No.

    El Tiempo cobraría únicamente de él.

    —Vete, Haigha. Es una orden —dijo Hatta, su voz tajante, fría como el mármol—. Ya no tengo necesidad de sirvientes, ni de amigos, ni de recuerdos. No me sigas.

    Haigha se detuvo, sus patitas temblando sobre el camino de tierra. Dejó escapar un gemido agudo, un sonido de pura desesperación que recordaba a un niño perdido.

    —¿Me abandonas? ¿A mí también?

    Hatta apretó el puño sobre el pomo de cristal de su bastón. Por un segundo, la máscara de frialdad se agrietó. Se obligó a mirar a la liebre una última vez. Vio esos ojitos desesperados, la lealtad ciega de la única criatura que se había quedado a su lado mientras todos los demás morían o se convertían en monstruos. Hatta, el hombre que lo había perdido todo por ser fiel a un amigo, estaba ahora traicionando al último que le quedaba.

    Una sola lágrima, traicionera y pesada, escapó de su ojo izquierdo. Rodó por su mejilla pálida, brillando como un diamante antes de perderse en el cuello de su levita blanca.

    —Adiós, viejo amigo —susurró, tan bajo que solo el viento pudo escucharlo.

    Se giró y reanudó su marcha, con la espalda más recta que nunca, ocultando el hecho de que su corazón se estaba haciendo trizas bajo el chaleco violeta. No volvió a mirar atrás, ni siquiera cuando los sollozos de Haigha se perdieron en la distancia.

    Hatta caminaba solo. Había sacrificado su tienda, su cordura, su mejor amigo y ahora a su único compañero. Se entregaba al Tiempo como un hombre desdichado y desnudo de afectos, con la esperanza de que tanta pérdida fuera moneda suficiente para comprar un gramo de paz.



    Hatta cruzó el umbral. No era una habitación, sino un vacío de arena plateada donde el aire sabía a metal y aceite de reloj. Frente a él, sobre un trono de péndulos que oscilaban sin descanso, estaba el Relojero Eterno. Sus dedos eran largos y estaban manchados de grasa negra, y en lugar de pupilas, unos engranajes diminutos giraban en sus ojos, marcando los milisegundos de la existencia.

    —Hatta. Al fin te dignas a comparecer. Me preguntaba cuántos siglos más pensabas pasar escondido entre tazas de té y sombreros de copa —la voz del Tiempo era el crujido de un muelle a punto de romperse.

    Hatta ajustó su corbatín rojo, manteniendo la barbilla en alto a pesar de que el corazón le martilleaba las costillas.

    —No te equivoques, viejo acreedor. Estar en tu presencia no me produce ni el más mínimo atisbo de placer. Créeme que preferiría estar cosiendo fieltro en el rincón más polvoriento de mi tienda —replicó Hatta con su habitual acidez.

    —Lo imagino. Recuerdo vívidamente nuestra última audiencia... aquella donde te escabulliste como una rata entre los engranajes, utilizando ese acertijo absurdo que mis mecanismos no pudieron procesar. Algo referente a un cuervo y un escritorio... Detesto los acertijos, Hatta. Carecen de la lógica lineal que yo represento —el Tiempo se inclinó, y el tic-tac de su pecho se volvió ensordecedor—. Pero en cambio, me fascinan los refranes, y tengo uno confeccionado a tu medida: No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague.

    Hatta emitió un suspiro cargado de amargura.

    —Soy dolorosamente consciente de mis obligaciones, amigo.

    Con una elegancia desesperada, Hatta le explicó el resto: el cruce de destinos, el destino de Jest, el precio de las Hermanas y la locura que ya le mordía los talones. El Tiempo escuchó, haciendo girar un pequeño tornillo de oro entre sus dedos manchados.

    —Vaya... Así que vienes a implorar un milagro de dimensiones astronómicas —el Tiempo soltó una risa seca, como arena golpeando el vidrio—. ¿Con qué pretendes pagar?

    —Vengo a saldar mis cuentas. Te devolveré cada segundo que te he hurtado. En su totalidad. Los sombrereros somos una estirpe longeva —Hatta hizo una pausa, y su voz perdió un poco de su brillo—, aunque me temo que mi lozanía se ha marchitado considerablemente tras décadas de huir de tu sombra.

    El Relojero Eterno se puso en pie. Era tan alto que su túnica gris parecía tocar el techo del universo.

    —¿Tus cuentas? Siglos entrando y saliendo de lugares donde mis manecillas no pueden seguirte. El Pozo de Melaza. Los portales. Dimensiones que no me pertenecen. ¿De verdad creíste que no llevaba la cuenta?

    Hatta arqueó una ceja.

    —Si no deseas que alguien atraviese una puerta, deberías considerar seriamente la posibilidad de no dejarla abierta.

    Los engranajes en los ojos del Tiempo temblaron durante una fracción de segundo.

    —Lo único incuestionable en este intercambio, mi nada estimado Hatta, es que mi confianza en ti es inexistente. Cobraré mi parte, sí. Pero los términos de la factura los dictaré yo.

    Hatta tragó saliva. El nudo de su corbatín de repente le pareció demasiado estrecho.

    —Habla de una vez.

    —Concederé el retroceso. Reajustaré las manecillas hasta el momento del cruce, antes del espejo, para que ese destino fatal del que huyes sea reparado.. Pero tú no escaparás de mí. Serás exiliado a una dimensión donde el tiempo transcurre con una crueldad implacable y donde la Gravedad será tu compañera más severa. Olvida la magia. Olvida las Maravillas. En ese lugar, mis leyes son absolutas.

    El Tiempo caminó alrededor de Hatta, como un depredador analizando una pieza de seda.

    —Estarás confinado allí, prisionero de tu propia mortalidad, hasta que la muerte —esa deuda que nadie elude— venga a reclamarte. No habrá más trucos bajo la manga, Hatta. Nada de pozos donde mis manecillas se detengan. Nada de portales por los que escabullirte cuando sientas mi aliento en la nuca. Allí cada segundo que pase por los demás pasará también por ti. Sólo serás un hombre común, vulgar y corriente. Esa será tu verdadera celda.

    La cara de Hatta se contrajo. La idea de ser corriente le producía más náuseas que la propia muerte. Era un golpe directo a su orgullo de artista.

    —Es una elección entre el aburrimiento eterno o la pérdida definitiva de mi razón. Una disyuntiva deplorable —masculló.

    —En ese mundo no existe tal cosa como la eternidad —sentenció el Tiempo, deteniendo un péndulo con la mano—. Es lo único que hay sobre la mesa. Tómalo, o ríndete ante tu locura.

    Hatta sintió el único cascabel del sombrero de Jest tintinear dentro de su bolsillo. Pensó en el sacrificio, en el exilio y en que, en ese mundo gris, al menos no habría reinas cortando cabezas.

    —Si ese ha de ser mi infortunio... que así sea. Es preferible a la humillación de la demencia —Hatta suspiró, recuperando una pizca de su arrogancia—. Pero ya que nuestra cuenta quedará saldada tras este trato... ¿puedo permitirme una última petición?

    —Exprésala.

    —Por favor... envíame a un lugar donde, al menos, sepan cómo preparar una taza de té decente.

    El Tiempo sonrió.

    —Concedido.

    En ese instante, el vacío de espejos no solo se rompió; se desintegró. Hatta sintió un tirón violento en su pecho. El sombrero de Jest, aquel objeto que había custodiado como una reliquia sagrada, empezó a vibrar con una luz pálida mientras flotaba fuera de su levita.

    Sus dedos se cerraron sobre el aire frío mientras veía el fieltro desvanecerse, transformándose en hilos de humo plateado que regresaban al tejido del tiempo. El sonido del único cascabel, vibrando por última vez en ese limbo, fue lo último que Hatta escuchó antes de que el silencio absoluto de Maravillas fuera reemplazado por un rugido sordo.

    Entonces, la presión insoportable —la Gravedad, su nueva dueña— lo empujó hacia abajo con una crueldad física que nunca había conocido.

    El destello plateado de la dimensión del Tiempo fue devorado por el gris del cemento y el parpadeo de un neón defectuoso que luchaba contra el amanecer.

    Se miró las manos. Ya no brillaban con esa aura sutil de magia que siempre había tenido. Sus dedos temblaron. El sombrero pesaba ahora sobre su cabeza de una manera que nunca había notado. El bastón seguía siendo hermoso, pero el cristal de su pomo permanecía inerte.

    Hatta abrió los ojos. Estaba solo, de pie frente a una hilera de locales de vidrios pulcros que reflejaban una imagen que apenas reconocía: la de un hombre común con los hombros cargados por un peso que no era mágico. El sabor amargo del trato cumplido le llenaba la boca, pero en su mente, como un eco de su antigua vida, persistía la esperanza de esa taza caliente.

    Levantó la vista y, entre el gris del asfalto y el humo de los autos, un destello de color fucsia capturó lo que quedaba de su atención de sombrerero...


     
    Última edición: 12 Julio 2026 a las 7:04 PM
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    Es un capítulo melancólico, elegante y muy visual. Combina tragedia, fantasía y desarrollo de personaje de forma sólida. La despedida de Haigha y el trato con el Tiempo son los puntos más fuertes, mientras que el destello fucsia final me dejó con suficiente curiosidad para querer leer inmediatamente el siguiente capítulo.
     
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  3. Threadmarks: Capítulo Dos
     
    Navaja

    Navaja El mundo está esperando ahí

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    Capítulo Dos

    Hatta emergió de entre las sombras con la desorientación de quien ha sido escupido por un sueño febril. La noche de aquel viernes olía a caucho quemado y a una lluvia que se negaba a caer.

    Se detuvo en la acera, sintiendo que era una nota discordante en una sinfonía de gris. A su alrededor, los carruajes de metal rugían como bestias de acero encadenadas, lanzando destellos cegadores que herían su sensibilidad con una artificialidad obscena.

    Pero no fue el estrépito lo que le revolvió el estómago, sino la desidia estética de la gente.

    Mujeres caminaban de un lado a otro con una prisa mecánica, pero no había ni rastro de sedas ondeantes o encajes laboriosos. Todas, sin excepción, portaban pantalones. Pantalones de mezclilla, pantalones anchos, pantalones ajustados; prendas bifurcadas que ocultaban la gracia de la caída de una falda y que a Hatta le parecían una aberración de la feminidad.

    No había rastro de elaborados recogidos que desafiaran la gravedad, ni una gota de cera que otorgara dignidad a los bigotes de los caballeros.

    Y lo peor era la ausencia absoluta de sombreros.

    La gente caminaba con las cabezas descubiertas como si no temieran que sus pensamientos se escaparan hacia el cielo negro.

    Una oleada de náuseas y mareo lo invadió.

    Sus ojos se posaron en una hilera de negocios. Algunos eran demasiado fríos, otros simplemente tristes, hasta que lo vio. Un escaparate diferente. Un salón que emanaba una luz que no intentaba castigar la vista.

    Entonces, a través del cristal del salón, vio un destello fucsia.

    Sobre una melena negra, dos mechones frontales de un magenta brillante enmarcaban su rostro. No era simplemente rosa; era un fucsia eléctrico contra la palidez de su piel.

    Hatta entrecerró los ojos.

    La mujer sostenía un extraño artefacto de metal: una especie de tenaza caliente que parecía domesticar el cabello mediante presión y calor. Con movimientos precisos, la deslizaba por la larguísima cabellera casi blanca de otra mujer, transformando las hebras lisas en rizos perfectamente definidos.

    Junto a ellas, en un mesón frente al espejo, descansaba una taza de té humeante.

    Hatta no esperó invitación y entró.

    El interior era limpio, de paredes claras y una elegancia serena que le resultó inesperadamente familiar.

    Entonces pudo observarla mejor. Era diminuta en comparación con él y vestía enteramente de negro.

    Sus ojos descendieron y el corazón se le oprimió en un espasmo de amargura. Ella llevaba pantalones de un cuero negro que brillaba bajo las luces blancas. Completando el conjunto con botas de tiro alto y un chaleco de cuello de tortuga con mangas acampanadas, ella proyectaba un aire de rebelión distinguida.

    Hatta sintió que el aire se volvía pesado. Aquella silueta negra, aquel color que absorbía toda la luz, le recordó con una crueldad insoportable a su antiguo amigo Jest.

    En su memoria, el bufón se alzaba con la misma sobriedad oscura, una advertencia silenciosa de que la belleza y la tragedia a menudo comparten el mismo guardarropa.

    Se quitó el sombrero de copa, buscando una cortesía que su mente apenas lograba articular.

    La mujer se volteó justo cuando terminaba de peinar a su clienta. Sus ojos cafés se posaron en él, recorriendo su levita blanca y su porte aristocrático.

    —Bienvenido —dijo ella.

    Su voz era amable y cálida. Había algo casi caricaturesco en su refinamiento, una elegancia que Hatta reconoció como propia de una corte olvidada.

    —Mis más distinguidos saludos, damas —comenzó Hatta, con esa voz de barítono que guardaba el peso de los siglos y una pizca de locura contenida—. Se me ha informado, por fuentes que no admiten réplica, que aquí sirven un buen té...

    Hatta ejecutó una reverencia lenta y perfecta.

    La joven vestida con armadura negra arqueó una ceja, y una sonrisa extraña, casi divertida, bailó en sus labios.

    —¿Desea comprar té?

    Hatta arrugó la nariz, como si le hubieran sugerido subastar su propio corazón.

    —¿Comprar, dice usted? El buen té no es una mercancía que se intercambie, querida.

    —Mmm... Podría indicarle dónde está el supermercado más cercano —continuó la mujer de cabello bicolor, ladeando la cabeza y los mechones fucsia de su flequillo oscilaron en su frente—. Esto es un salón de belleza. Quizás le han dado la dirección equivocada.

    Hatta miró a su alrededor, hasta que el aroma lo envolvió. Cerró los ojos y aspiró profundamente.

    —Mis sentidos nunca se equivocan cuando se trata de té —sentenció él, abriendo los ojos para fijarlos en los de ella—. Es un aroma inconfundible. Té negro con pétalos de rosa.

    La mujer de negro abrió los ojos de par en par. Sus manos, antes seguras con el artefacto de calor, temblaron ligeramente al mirar la tacita servida frente a su clienta.

    —S-sí. Es el té que serví hoy...

    Ambas se quedaron en silencio, atrapadas en el asombro.

    —S-siéntese, por favor. Le traeré uno si tiene la gentileza de esperar a que terminemos aquí con Julieta — agregó mientras aplicaba un poco de aceite en las puntas rizadas.

    La clienta, Julieta, bebió un sorbo de su taza, saboreando tanto el brebaje como la situación, y lanzó una mirada cargada de picardía a la estilista.

    —Te dije que tu té traía buena suerte, Shelly —la mujer le dedicó una sonrisa cómplice a través del reflejo del espejo—, y hombres guapos también.

    Shelly dejó escapar una risa avergonzada y sus pálidas mejillas se tiñeron de un carmín tan encendido que, por un instante, eclipsó incluso el magenta eléctrico de sus mechones.

    Hatta no comprendía qué tenía de gracioso su presencia y decidió que probablemente tampoco quería saberlo.

    Julieta, se contoneaba frente al espejo desde ángulos imposibles mientras Shelly capturaba su imagen con un dispositivo plano, dictando movimientos de pasarela.


    —¡Que disfruten el té! —exclamó Julieta, lanzando un beso al aire que pretendía ser una bendición para ambos.

    Le dedicó a Shelly una última mirada cargada de intención y, ahuecando una mano a un lado de su boca, murmuró un «Aprovecha» sin emitir sonido alguno antes de marcharse finalmente, dejando tras de sí el sonido seco de la puerta al cerrarse.

    —Este recinto tiene una decoración muy particular, como si estuviera en alguna habitación de la realeza —sentenció, dejando que su voz de barítono vibrara en las paredes claras mientras aferraba sus manos en su bastón—, pero compacto.

    Shelly parpadeó.

    —Gracias, señor —respondió e inclinó ligeramente la cabeza.

    —Carezco de corona o linaje que justifique tanta solemnidad, milady —bufó él, aunque la comisura de sus labios delató un destello de orgullo satisfecho.

    —Así saludo en modo de respeto, señor — explicó ella, un poco confundida, inclinando la cabeza de nuevo—. Si me disculpa, iré por su té.

    Mientras la mujer desaparecía por una puerta en el último rincón del local, Hatta dejó escapar un suspiro y continuó su inspección.

    Todo era demasiado... artificial. El salón poseía un estilo victoriano y minimalista a la vez. En las esquinas unas buganvilias de seda fingían una lozanía que jamás habían conocido. El ambiente estaba saturado por una bruma cítrica que emanaba de un humidificador.

    La mujer regresó portando una bandeja. El vapor del té de rosas se elevaba en espirales junto a tres galletas de avena de aspecto rústico.

    —Que lo disfrute —dijo ella, posando la ofrenda en una mesita a su costado.

    Hatta estudió el brebaje con la cautela de un catador real temiendo un veneno. Luego, en un movimiento elegante, se puso en pie y se despojó del sombrero, permitiendo que su cabellera blanca cayera sobre sus hombros.

    —Me presentaré como dictan los cánones de la cortesía—se inclinó, presionando el sombrero contra su pecho—. Mi nombre es Hatta, para servirle.

    Shelly respondió con otra pequeña inclinación, sus ojos cafés fijos en aquel hombre que parecía esculpido en mármol y seda blanca.

    —Mi nombre es Shelly... Es un apodo, pero es más corto que mi nombre completo. Por favor, llámeme así.

    —Lady Shelly... —saboreó el nombre como si se tratara de un acertijo de sílabas sibilantes. Dejó que el sonido permaneciera un momento en su lengua, como si esperara encontrar algún significado oculto en él.

    —Dígame, por favor... ¿Quién le habló de mi té? —preguntó ella, con un destello de curiosidad en la mirada.

    —Nadie en particular —respondió Hatta.

    Una sombra de inquietud cruzó su rostro; sus dedos tamborilearon con un ritmo errático sobre el ala de su sombrero de seda.

    —Vamos —insistió ella, dando un paso hacia adelante—... Son muy pocos los que saben que soy una aficionada al té. Julieta es una de las afortunadas; la clienta que usted acaba de conocer — hizo un ademán ladeando la cabeza hacia la puerta del salón —. Así que alguien tuvo que contarle.

    —Le aseguro por mi propia cordura que nadie me habló de su té —declaró Hatta y se aclaró la garganta.

    La estilista levantó las cejas.

    —Nadie que usted conozca, al menos en este lado del espejo —añadió, recuperando su rigidez—. Simplemente pregunté sobre infusiones en... cierto lugar, y me indicaron este rumbo.

    Ella guardó silencio.

    Lo escudriñó con una desconfianza que Hatta encontró casi refrescante. En un mundo donde nada parecía tener sentido, aquella mirada inquisitiva le devolvía una extraña sensación de realidad.

    —¿Es usted extranjero?

    —Efectivamente.

    —¿De dónde viene usted?

    —Siempre vengo y voy de acá para allá.

    Shelly entrecerró los ojos.

    —Entonces necesita algo de mí, ¿cierto? — Shelly arqueó una ceja y se cruzó de brazos.

    —¿Qué necesidad podría tener yo de una mujer como usted?

    Ella recorrió con la mirada su larga cabellera blanca.

    —Un buen corte de cabello.

    Hatta se quedó inmóvil.

    Shelly dejó escapar una risa breve, casi tímida.

    —Era una broma —aclaró—. Pensé que quizá pertenecía a una de esas religiones que buscan adeptos o algo parecido.

    Hatta se irguió con el ceño fruncido y apretó las manos en el bastón con fuerza.

    —No sé por qué figura de baja calaña me ha tomado, pero no soy un mercader de almas ni un fanático en busca de rebaño. Soy un hombre que profesa una devoción absoluta por el té.

    Hizo una pausa.

    —Solo eso y nada más.

    Shelly señaló la bandeja.

    —Entonces, por favor. Beba —insistió ella señalando cortésmente la taza humeante encima de la bandeja.

    Se dejó caer en el sillón giratorio que había ocupado su clienta y soltó un pequeño suspiro de alivio al quitar el peso de sus pies.

    Hatta la miró. Luego miró la taza. Después volvió a mirarla.

    —¿Y usted se limitará a observar?

    —Sí.

    Hatta desaprobó con la cabeza.

    —Qué descortesía viniendo de una anfitriona.

    Shelly soltó una risa cansada.

    —Obligar a un forastero a dar el primer sorbo en soledad es anti natural.

    —Yo no bebo té por las noches —explicó ella—. Además, he tomado bastante ya. Pruébelo. Si pudo reconocerlo solamente por el aroma, imagino que su paladar estará ansioso por confirmar sus sospechas.

    Mientras hablaba, estudió con discreción al recién llegado. Su mirada recorrió la levita, el sombrero de copa y la cabellera blanca, buscando algún detalle que revelara un disfraz.

    Hatta tomó asiento en el futón verde agua dispuesto contra la pared. Los cojines acolchados cedieron bajo su peso y, durante un instante, tuvo la desagradable sensación de que el mueble intentaba devorarlo.

    Se acomodó con dignidad. Luego elevó la taza y probó el té. Cerró los ojos al instante; era auténtico.

    El calor descendió lentamente por su garganta y sintió que le devolvió un poco de humanidad. El mareo provocado por la Gravedad pareció ceder un poco y Hatta sostuvo la taza entre las manos, permitiendo que el calor entibiara sus dedos.

    Una joya líquida. Una que habría defendido su lugar incluso entre los tesoros de su propia colección.

    Dejó la taza sobre la mesa con suma delicadeza y volvió a mirar a Shelly.

    —Dígame una cosa... ¿A qué oficio realmente se dedica? —Inquirió, clavando sus ojos en ella con una intensidad renovada—. Pues me resulta difícil creer que alguien capaz de orquestar tal sinfonía de sabores se dedique únicamente a peinar.

    Shelly lo observó desde su postura cansada, sorprendida por la profundidad que aquel extraño le otorgaba a una simple taza de té.

    —Soy estilista. Arreglo el cabello... De todo tipo —respondió ella, encogiéndose de hombros con una naturalidad que a Hatta le pareció casi un desperdicio de talento.

    Hatta arqueó una ceja.

    —Es curioso…

    —¿Qué cosa?

    —Su estética.

    Shelly bajó la mirada hacia su ropa y después volvió a mirarlo.

    —¿Qué tiene mi estética?

    Hatta ladeó la cabeza, estudiándola.

    —Me recuerda a un bufón.

    —¿Disculpe? —Shelly tensó la mandíbula.

    —No la he llamado payasa —aclaró Hatta inmediatamente, aunque su tono seguía siendo implacablemente analítico —. He dicho bufón. Existe una diferencia abismal.

    La chispa de ofensa en los ojos de Shelly no pasó desapercibida para él.

    —Me evoca la imagen de un antiguo y queridísimo amigo—continuó él—. También vestía de negro.

    Por un instante, la mirada de Hatta perdió su mordacidad. Shelly alcanzó a notarlo, pero el momento desapareció tan pronto como había llegado.

    Los ojos del sombrerero descendieron nuevamente hacia su indumentaria y se detuvieron en el extraño material negro y brillante que constituía sus pantalones y frunció el ceño.

    —Aunque él jamás habría utilizado tanto cuero.

    —¿Qué tiene de malo el cuero?

    —Nada, en su debido lugar. Guantes. Botas. Detalles ornamentales. Pero esto — Hatta señaló vagamente la prenda con una expresión de genuina perplejidad —... Desconozco qué mente febril pudo diseñar una prenda en ese color en lugar de un vestido digno.

    Shelly tensó las manos, sus labios apretados en una línea de pura contención y se obligó a relajarse soltando una risa seca, casi incrédula, y se miró hacia abajo.

    —Para su información, los peluqueros nos vestimos de negro porque los químicos que usamos manchan la ropa y el negro es el color más fácil de reparar —dijo ella, y aunque su voz era un susurro harto y cansado, tenía el filo de una navaja.

    Hatta la miró con evidente incredulidad.

    —Y solo visto así cuando trabajo. Yo prefiero la ropa colorida.

    —Eso sí puedo creerlo —Los ojos de Hatta se desviaron hacia los mechones fucsia.

    Shelly se frotó las sienes, cerrando los ojos un instante como si pidiera paciencia al cielo.

    —Por favor, termine su té. Estoy bastante cansada.

    El silencio que siguió a las palabras de Shelly fue más pesado que cualquier sombrero de fieltro que Hatta hubiera confeccionado jamás.

    Ella volvió la mirada hacia la vitrina. Bajo la luz blanca del salón, las sombras bajo sus ojos parecían más profundas de lo que él había advertido al entrar.

    El sombrerero sostuvo la taza a medio camino. Algo había cambiado. No comprendía del todo qué norma de aquel mundo había quebrantado, pero reconocía la expresión de alguien cuya paciencia había llegado al límite.

    Y, por alguna razón, aquello le produjo una punzada de vergüenza.

    —Creo —comenzó con cautela— que he cometido una transgresión.

    —¿Recién se da cuenta? — Shelly lo miró de reojo.

    Hatta ignoró la pregunta.

    —Debe comprender que nunca antes había visto a una dama vestida de esa manera —admitió, intentando suavizar la ofensa con su habitual tono de caballero.

    —¿Con pantalones?

    —Con esa clase de pantalones.

    —¿Y cuál es exactamente el problema? — Shelly arqueó una ceja.

    Hatta abrió la boca y la cerró. Observó la prenda otra vez, esta vez con la concentración de un artesano enfrentado a una técnica desconocida.

    —Que sean tan... reveladoras —admitió finalmente—. Es casi como si caminara desnuda ante la mirada del mundo.

    Shelly dejó escapar una risa breve e incrédula.

    —¿Reveladoras? —se señaló a sí misma con incredulidad— La única piel visible que enseño son mis manos y mi rostro, señor.

    Hatta dejó la taza sobre el platillo.

    —Nadie parece advertirlo más que yo, estimada Shelly. Para todos aquí es una costumbre natural.

    —¡Porque lo es! —replicó ella con una sequedad cortante—. Estamos en otoño y se usan pantalones. Yo creo que es usted quien alberga pensamientos bastante... Indecorosos.

    Hatta frunció el ceño.

    —No es sólo la prenda lo que me desconcierta.

    —¿Entonces qué?

    Él la observó durante un momento. Su expresión era de genuina confusión.

    —Usted.

    —¿Yo? — Shelly se quedó inmóvil.

    —Sus modales —explicó Hatta, gesticulando con una agitación creciente—. Su manera de hablar, de recibir a un extraño, incluso esa absurda inclinación de cabeza con la que insiste en tratarme como si llevara una corona. Todo en usted me indica que estoy frente a una dama.

    Shelly entrecerró los ojos.

    —A excepción de su ropa —agregó con pesar.

    Las mejillas de Shelly se volvieron rojo fosforescente.

    —Escúcheme bien, señor Hatta — ella se pasó una mano por el cabello, desordenando un poco sus mechones magenta—. Si esto es una broma, no estoy de humor y mi paciencia tiene un límite.

    —No es mi intención mancillar su hospitalidad, Lady Shelly... —Hatta suspiró, y por un instante la altanería desapareció de su voz.

    —No lo parece. Usted es alguien sumamente raro y no me inspira la menor confianza.

    —Si me dieran una moneda por cada vez que me lo han dicho... —Él puso los ojos en blanco.

    —Por algo debe ser —sentenció ella en un tono más seco mientras se ponía de pie—. Por favor, necesito cerrar.

    Hatta guardó silencio, observando el fondo de su taza de té. El orgullo libró una batalla campal en su garganta antes de que las palabras logaran salir.

    —Reconozco que nos hemos conocido bajo un auspicio desafortunado y que, de no ser por una penuria extremadamente desesperada, jamás me permitiría solicitar tal merced —Hatta tragó saliva y empezó a juguetear con el ala de su sombrero.

    Shelly esperó.

    —¿Conoce usted algún refugio donde pueda pasar la noche?

    —¿No tiene dónde quedarse? —preguntó ella, suavizando apenas el tono.

    —Creo que es algo evidente, milady.

    —Ya veo —Shelly lo analizó de arriba abajo, cruzándose de brazos con una mueca de escepticismo total—. Es usted casado y lo echaron de casa.

    Hatta parpadeó.

    —¿Qué?

    —Lo más seguro es que lo hayan pillado siendo infiel y ahora quiere hacerse el interesante conmigo. Es una jugada pésima, señor — negó con la cabeza.

    —¿Q-Qué? —Hatta se quedó petrificado por la audacia de la suposición. No sabía si sentir más lástima por su propia humillación o si horrorizarse por la narrativa tan vulgar que aquella mujer acababa de construir con tanta soltura.

    —No me presto para estas cosas —continuó ella dando unos pasos hacia la salida—. A la vuelta de la cuadra hay una casa de hospedaje que cobra barato.

    Hatta dejó la taza sobre la mesa con delicadeza.

    Se puso de pie con lentitud, sintiendo el rigor de sus articulaciones. Se colocó el sombrero de copa, pero lo hizo sin el floreo habitual.

    Hubo una larga pausa, donde Shelly quiso decir algo, pero no encontró las palabras.

    —No soy un profeta, ni un reclutador de religiones. —dijo Hatta finalmente—. Tampoco soy un esposo infiel.

    Shelly bajó un poco la mirada.

    —Soy un hombre que, por un momento, creyó reconocer el aroma de su antigua vida en su taza de té.

    Caminó hacia la salida, pero se detuvo ante la vitrina. Su reflejo apareció sobre el cristal junto al de Shelly. Afuera, la noche de la ciudad era un rugido de luces y máquinas que él no comprendía.

    —El negro le sienta bien —añadió, sin darse la vuelta.

    Shelly apretó los labios.

    Hatta contempló su propio reflejo durante un instante.

    —Y yo... yo sólo soy un sastre de cabezas que ya no tiene taller.

    Shelly lo observó con cautela.

    —Mañana abro a las diez —soltó casi sin pensarlo—. Si para entonces ha decidido que mi ropa no es un insulto a su vista, puede volver a tomar té.

    Hatta giró la cabeza levemente, y una pequeña chispa, un vestigio de la picardía que solía habitar en él, brilló en sus ojos.

    —Que tenga buenas noches, Lady Shelly —levantó su sombrero como cortesía y salió a la noche, cerrando la puerta de vidrio.


     
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