Long-fic de Dragon Ball - Dragon Ball Shinen - El Secreto de la Sala del Tiempo (Audiolibro)

Tema en 'Dragon Ball' iniciado por Dragon Ball Shinen, 11 Julio 2026 a las 12:27 PM.

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  1. Threadmarks: Introducción
     
    Dragon Ball Shinen

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    Dragon Ball Shinen - El Secreto de la Sala del Tiempo (Audiolibro)
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    84
    Quince años después de la derrota de Majin Buu, la paz parece haberse asentado por fin en la Tierra.

    Mientras Goten y Trunks disfrutan de una vida tranquila, una serie de sucesos inexplicables comienza a sacudir el universo.

    Los misterios de la Sala del Espíritu y el Tiempo, el pasado del Anciano Kaioshin y el origen de la Espada Z empiezan a salir a la luz mientras una nueva amenaza mueve los hilos desde las sombras.

    Una historia original ambientada tras Dragon Ball Z.
     
    Última edición: 11 Julio 2026 a las 12:34 PM
  2. Threadmarks: Capítulo 1: Un Tiempo de Paz
     
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    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    1787


    I. Un Tiempo de Paz

    El suelo retumbó bajo sus botas. Vegeta avanzó con paso firme entre la nube de polvo, con el rostro impasible. Frente a él, Freezer lanzó un rugido, concentrando energía entre sus manos.
    —¡Desaparece, maldito simio! —bramó el tirano, disparando su ataque.

    Vegeta no dudó. Con un solo movimiento, desvió la ráfaga con el dorso de la mano y hundió su puño en el estómago de Freezer. El grito del tirano se quebró al instante; su cuerpo se desintegró bajo la fuerza abrumadora, borrado como si nunca hubiera existido.

    Vegeta recuperó la postura, como si eliminar a Freezer no hubiera sido más que un calentamiento.

    De pronto, la silueta de Cell emergió frente a él. Avanzaba despacio, con una mueca de superioridad y cada paso cargado de confianza. Su voz resonó grave y desafiante.
    —Vegeta… ¿todavía crees que puedes superarme?

    El príncipe no se inmutó. Sin transformarse, se plantó firme, con los puños en guardia. Su mirada lo atravesó con una mezcla de orgullo y desafío.

    Cell alzó una mano, preparando un ataque. El aire vibró a su alrededor. Vegeta tensó los músculos, listo para lanzarse hacia adelante…

    —Sistema de simulación desactivado —anunció una voz metálica.

    De repente, el campo de batalla desapareció, reemplazado por el frío metal de un recinto cerrado. Bulma inspiró hondo mientras manipulaba el panel de mando y el marcador luminoso descendió de golpe desde los 500G. Vegeta inspiró con fuerza, notando de inmediato cómo la presión que lo oprimía se disolvía de golpe.

    Bulma retiró la mano del botón y habló al interfono.
    —Ya está bien, Vegeta. Dijiste que hoy vendrías conmigo al teatro, ¿lo recuerdas? Han pasado muchos años desde la última batalla. El mundo está en paz, no necesitas esto cada día.

    Vegeta permaneció en silencio unos instantes, aún de pie en el centro de la sala, con el pecho agitado. Por fin, su voz grave rompió el aire:
    —La paz es una ilusión. Kakarot sigue entrenando, y yo no cometeré el error de quedarme atrás.

    Bulma apoyó la frente en una mano y resopló.
    —Sí, sí… lo que tú digas. Pero ahora te vas a duchar y te vienes conmigo al teatro, ¿entendido?

    Vegeta cerró los ojos un instante y bufó con fastidio. Después relajó los puños.
    —Hmph… Está bien. Pero que conste que lo hago porque insistes.

    Bulma sonrió. Había ganado una batalla invisible.
    —Por supuesto, príncipe. Como siempre.

    La Tierra vivía días tranquilos. Cinco años habían pasado desde el 28º Torneo de Artes Marciales. En todo ese tiempo, no había surgido ninguna amenaza que inquietara a sus habitantes. Era una calma extraña, como si el mundo hubiese decidido olvidar lo que significaba el peligro.

    En otra ala del edificio, Trunks trabajaba junto a su abuelo. El Dr. Brief, retirado pero incansable, seguía participando en proyectos clave. Abuelo y nieto ajustaban detalles del nuevo sistema de entrenamiento, mientras Bra, sentada sobre una caja de herramientas, los observaba con interés.
    —Con estas mejoras, papá notará la diferencia —murmuró Trunks, sin apartar la vista del monitor.
    Bra se dejó caer hacia atrás, apoyando las manos en la caja.
    —Genial... Pero me pregunto contra qué monstruos horribles me hará luchar la próxima vez.

    Mientras tanto, Goten abandonaba la universidad con un suspiro de alivio. El último examen del curso había terminado y las vacaciones de verano se extendían ante él como un horizonte abierto. Con una sonrisa de libertad recién estrenada, llamó a Kinton, que descendió desde las nubes con la misma viveza de siempre.
    —¡Vamos, viejo amigo! —exclamó, saltando sobre la nube dorada.

    El viento golpeaba su rostro cuando, a mitad de trayecto, un estruendo llamó su atención. Un deportivo negro se abría paso por la autopista a gran velocidad. A bordo, tres delincuentes custodiaban un botín de dinero robado mientras la policía les pisaba los talones. Desde el aire, un helicóptero intentaba cerrarles el paso… hasta que uno de los ladrones sacó un bazuca por la ventanilla trasera.

    —¿En serio…? —bufó Goten.

    El proyectil salió disparado contra el helicóptero. En un abrir y cerrar de ojos, Goten descendió en Kinton, se impulsó al aire y desvió el misil con una patada limpia, que explotó lejos en el cielo. Sin perder tiempo, giró en el aire y se lanzó en picado hacia el coche fugitivo.

    Cayó con fuerza sobre el capó, hundiendo la carrocería. El vehículo chirrió, derrapó de lado y se detuvo en seco entre chispas y humo, dejando a los tres ladrones aturdidos en el interior.

    Los policías se abalanzaron sobre los criminales mientras Goten, con gesto tranquilo, volvía a subirse en Kinton antes de que alguien le pidiera explicaciones.

    Cuando la nube voladora se alzó en el aire, Goten se llevó una mano al bolsillo y envió un mensaje rápido:
    'Me retraso un poco, ahora voy.'

    En cuestión de minutos, una estela amarilla cruzó el cielo hasta la Capital del Oeste. Desde lo alto, Goten divisó el imponente edificio de Capsule Corporation, rodeado de jardines y cúpulas brillantes.

    Trunks lo esperaba a la salida con aire confiado.
    —Siempre llegas a lo grande, ¿eh?
    —Je, claro —rió Goten, bajando de un salto—. Hay que aprovechar que Kinton todavía me acepta.

    No tardaron en dirigirse a su café habitual, donde brindaron con bebidas heladas. Sus rostros adultos reflejaban la madurez de los años, aunque sus ojos conservaban el brillo de siempre.
    —¡Por fin libre! —exclamó Goten—. Mi cerebro estaba a punto de derretirse.
    —No te quejes tanto —rió Trunks—. Yo tengo que lidiar con proyectos que cambian el humor de mi padre. Créeme, eso es casi peor que un examen.

    La charla derivó en lo cotidiano, pero no tardaron en retomar lo que siempre les unía.
    —¿Sigues entrenando o ya te has oxidado? —preguntó Trunks, esbozando una mueca de reto.
    —¿Oxidarme yo? —Goten rió, desafiante—. Tranquilo, aún me queda cuerda.
    —Eso habrá que comprobarlo algún día —replicó Trunks, apoyando el codo en la mesa, desafiante—. Aunque si hablamos de entrenamientos… ¿Qué pasaría si tratáramos de hacer la fusión ahora mismo?

    Goten casi se atraganta con la bebida.
    —¡Ugh! —tosió, riendo—. ¿Y si acabamos convertidos en un saco de huesos o en un tonel con patas? ¡Bastante ridículo hicimos ya en su día!
    —Je, y todo delante de Piccolo y el resto —añadió Trunks, conteniendo la risa—. Aunque reconócelo, cuando por fin lo conseguimos… éramos imparables.
    —Sí… —murmuró Goten, con la mirada perdida un segundo—. Éramos realmente fuertes.
    Trunks asintió, observando su vaso.
    —Lástima que no fuera suficiente.

    El silencio duró apenas un segundo, hasta que Goten lo rompió con una carcajada forzada.
    —Bueno, ¡pero ahora somos adultos! ¡Quizá esta vez sí nos saldría perfecta a la primera!
    Trunks arqueó una ceja, escéptico.
    —¿Ah, sí? ¿Quieres apostar?

    En la Kame House, Krilin disfrutaba de la calma con la Androide 18, mientras Marron paseaba junto a su tío el Androide 17 en la orilla, dejando huellas que el mar borraba una tras otra. La brisa, el sol y las risas componían una estampa de paz que Krilin valoraba más que cualquier tesoro.

    Un poco más atrás, Mutenroshi descansaba en su hamaca. Sostenía una revista abierta, aunque apenas la miraba. Tras un largo bostezo, alzó la vista hacia Krilin.
    —Sabes… deberías volver a raparte. Dieciocho sigue igual de joven y guapa que siempre, y esas canas no te hacen ningún favor.

    Krilin rió por lo bajo, llevándose una mano a la cabeza.
    —Supongo que tienes razón, maestro… pero ya estoy acostumbrado.

    Dieciocho desvió la vista, sin molestarse en intervenir, como si la conversación no fuera con ella.

    En Satan City, Mr. Satán avanzaba entre vítores durante la inauguración de un nuevo estadio en su honor. El público rugía su nombre, convencido de que el mundo seguía a salvo gracias a él. A pocos pasos, Mr. Buu caminaba feliz con un helado en cada mano, saludando a los niños con la inocencia de un gigante.

    El campeón levantó el brazo con su pose habitual. A esas alturas, interpretar al héroe era tan natural como respirar.
    —¡La paz del mundo sigue en buenas manos! —gritó, y los flashes lo envolvieron.
    A su lado, Mr. Buu se deleitaba con sus helados, ajeno a todo cuanto ocurría.
    —¡Buu! ¡Di algo para la prensa! —susurró Mr. Satán, manteniendo la sonrisa congelada.
    —¡Satán es genial y la vainilla también! —respondió Mr. Buu, sin levantar la vista.
    El público estalló en carcajadas. Mr. Satán bajó los hombros ligeramente, derrotado, pero terminó riendo con ellos.

    En el Monte Paoz, la calma se sentía tensa. Pan lanzaba combinaciones de golpes en el patio, mientras Videl y Gohan discutían en voz baja cerca de la entrada.
    —No deberías cortarle las alas, Gohan —decía Videl con firmeza—. Pan tiene un talento natural. Si quiere entrenar, deberíamos apoyarla.
    —No me molesta que entrene —replicó Gohan, cruzado de brazos—. Pero el próximo año tendrá más responsabilidades. Si no empieza a tomarse los estudios en serio, luego le costará ponerse al día.

    Pan, ajena a la conversación, descargó un último puñetazo con una sonrisa radiante.

    En ese momento apareció Chi-Chi, con un gesto maternal pero firme.
    —Ya está bien, vosotros dos. El equilibrio es lo más importante. Que entrene, sí, pero que también estudie. Una buena educación nunca debe faltar.
    Gohan la miró, incrédulo, hasta que no pudo evitar estallar:
    —¡¿Qué?! ¡Pero si tú no me dejabas entrenar ni un minuto cuando era niño!
    Chi-Chi negó con la cabeza.
    —Ay, Gohan, no seas tan dramático. Quizá fui dura, pero siempre te dejé respirar. Además… no hay que ser tan estrictos. Hacedme caso, sé de lo que hablo.
    Videl soltó una carcajada, llevándose la mano a la boca para disimular. Gohan, con una mano sobre su frente, dejó escapar un soplo de aire.

    Pan, sin enterarse de nada, se agachó a recoger su toalla, satisfecha por el entrenamiento.

    Chi-Chi la observó con ternura.
    —Mírala… tan responsable. Me recuerda a mí de joven.

    El viento agitó las hojas del patio y la escena se detuvo en ese orgullo silencioso.

    En el Palacio de Kamisama, Piccolo meditaba inmóvil. El viento acariciaba su capa mientras mantenía los ojos cerrados. La quietud de la Tierra lo mantenía alerta.
    —Demasiada calma… —murmuró— y eso nunca es buena señal.

    A pocos metros, Dende conversaba con Mr. Popo mientras cuidaban el jardín celestial.
    —Estas flores eran las favoritas del anterior Kamisama —comentó Popo con un gesto amable, acariciando los pétalos.

    Dende asintió, con una mirada serena.

    Piccolo abrió un ojo, los observó unos segundos y luego volvió a sumirse en su concentración.

    La paz envolvía la Tierra, pero más allá de su horizonte, quedaban huellas de algo que el tiempo no había logrado borrar del todo.
     
    Última edición: 11 Julio 2026 a las 12:32 PM
  3. Threadmarks: Capítulo 2: La Viajera de Otro Mundo
     
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    II. La Viajera de Otro Mundo

    Mientras la paz reinaba en la Tierra, en un rincón lejano del universo un desastre comenzaba a gestarse.

    Toria, un mundo apartado en los confines del universo, se cubría de sombras. Desde tiempos antiguos había custodiado una puerta hacia la Dimensión Blanca, un umbral sagrado protegido por su Kamisama.

    Ese día, el portento se cumplió. Gravek, el conquistador de mundos, cruzó aquel portal. No venía solo: lo seguían un grupo de guerreros que cumplían sus órdenes. Su mera presencia bastó para quebrar la voluntad de un pueblo entero y apagar toda esperanza.

    Las defensas de Toria se alzaron, pero un grupo de guerreros de Gravek descendió desde el cielo como una bandada oscura, descargando ráfagas coordinadas de Ki que arrasaron las líneas defensivas. Las explosiones sacudieron el suelo y envolvieron los edificios en columnas de humo. En cuestión de segundos, el frente se convirtió en un caos de gritos y polvo.

    Los ciudadanos corrían desde la gran plaza hacia el río, apiñándose junto al puente de piedra. Algunos intentaban rezar entre sollozos, otros se aferraban a los muros del puente, como si con ello pudieran contener el desastre. El agua arrastraba cenizas y restos de hogares derrumbados, mientras el rugido de las llamas se mezclaba con los gritos de quienes huían hacia la costa.

    Y entre los supervivientes, estaba ella.

    Halira no era una guerrera cualquiera. Poco tiempo atrás, el Kamisama de Toria la había elegido junto a otros discípulos para entrenar en la Dimensión Blanca, un espacio que templaba cuerpo y espíritu. Durante meses había aprendido a convivir con aquel vacío infinito, un terreno donde el tiempo fluía de forma distinta, y que hasta entonces había considerado solo un campo de pruebas.

    Ante la devastación de su mundo, comprendió que el entrenamiento no había sido en vano. El destino de su planeta pendía de un hilo.

    Lejos de la ciudad, en lo alto del Santuario que dominaba la región, el Kamisama de Toria observaba herido la caída de su pueblo cuando la figura de Halira cruzó el aire y descendió frente al Palacio Sagrado, con la respiración agitada. El Kamisama la había llamado, y sabía que no sería para un simple consejo.

    Al llegar al santuario, encontró al Kamisama arrodillado en los escalones del Templo, con el manto rasgado y el Ki debilitado, pero aún firme.

    —Maestro… —cayó de rodillas junto a él—. Ruisel, Gavir y Milana… los he perdido a todos.
    —Lo sé —respondió el Kamisama, con voz grave—. Ya no son ellos. La corrupción de ese ser los ha tomado.
    —¿Qué es esa fuerza? ¿Qué busca?
    —Busca control… poder. Quiere someter a los más fuertes y volverlos en contra de los suyos —el dios la miró con gravedad—. Y tú, Halira, eres su próximo objetivo.

    El aire vibró con violencia. Ambos sintieron de pronto varias presencias aproximándose desde el este: una energía abrumadora al frente, seguida de varias menores.
    El Kamisama entrecerró los ojos, comprendiendo lo que buscaban.
    —Viene a por ti… —dijo en voz baja—. He visto más allá de la puerta: esos invasores viajan en naves. Averigua de dónde provienen… y busca ayuda antes de que Toria caiga por completo.
    —¡No, maestro! No puedo dejarle solo.
    —Ve, Halira —el dios apretó su brazo con fuerza—. El futuro de Toria depende de ti.

    Un estruendo sacudió la explanada del Santuario. Gravek descendió desde el cielo, acompañado por varios de sus guerreros, y se detuvo frente al Santuario.

    El Kamisama se incorporó apenas, reuniendo sus últimas fuerzas.
    —Halira… no hay más opción. ¡Cruza la puerta de la Dimensión Blanca!

    Halira tensó los hombros. Sabía que quedarse no cambiaría nada.
    El aura del Kamisama se debilitaba por segundos, y en ese instante comprendió lo que él planeaba: sacrificarse para darle una oportunidad.
    Halira asintió, secándose las lágrimas con rabia.
    —Volveré. Juro por la sangre de Toria que volveré a este Templo.

    Gravek se giró hacia sus hombres.
    —¡Vosotros dos, tras ella!

    Los soldados se lanzaron al frente. El Kamisama reunió el resto de su poder y desató una onda expansiva de Ki que los desestabilizó, ganándole a Halira unos segundos.
    —¡Corre! —gritó, con voz rota.

    Halira cruzó las escalinatas y se adentró en el Palacio. Atravesó el pasillo principal y alcanzó la puerta del fondo. La abrió sin dudar y al otro lado apareció una amplia sala de tonos claros.

    Respiró hondo. Conocía ese lugar: el espacio extraño donde el tiempo transcurría distinto.
    —Aquí… tengo una oportunidad. En Toria el tiempo transcurre mucho más lentamente.

    Sin detenerse, cruzó la sala y avanzó por el pasillo de salida.
    Al llegar al exterior, la envolvió el vacío blanco e infinito. Junto a la entrada, varias naves pequeñas y rojas descansaban silenciosas, tal como su maestro había advertido.

    Se acercó a una de ellas, forzó la compuerta y se deslizó dentro.
    Tras varios intentos, logró activar los sistemas. Las pantallas parpadearon, mostrando rutas grabadas, trayectorias marcadas… y destinos desconocidos.

    —No puede ser… —susurró para sí misma—. La Dimensión Blanca… ¡no es solo una sala, es una red de caminos entre mundos!

    Entre ellos, uno marcado con un símbolo peculiar:

    'PROHIBIDO: SERES EXTREMADAMENTE PODEROSOS. OBJETIVO FINAL.'

    Sabiendo la devastación que aguardaba a cada planeta en la ruta de Gravek, Halira tomó una decisión arriesgada. No podía derrotar a Gravek, pero podía advertir a los habitantes de ese otro mundo y, quizás, encontrar en ellos la ayuda que su mundo necesitaba.
    —Ese… Ese es el mundo al que debo ir. Si alguien puede detener a Gravek, debe ser ahí.

    Con decisión, introdujo las coordenadas y se puso en marcha a través de la Dimensión Blanca.

    Muy lejos, en el Mundo de los Kaioshin, la calma también era puesta a prueba. El aire temblaba con cada choque de Ki. Goku y Uub entrenaban sin descanso, lanzándose golpes que hacían vibrar la superficie entera del planeta. Goku, divertido pero serio, había elevado su nivel a Super Saiyajin 2, poniendo a prueba los avances de su discípulo.

    El Anciano Kaioshin pescaba con desgana en un lago cercano, mientras Kaioshin y Kibito observaban con serenidad. Cada impacto hacía retumbar el suelo, pero ellos observaban sin un solo parpadeo la magnitud del poder que se desataba. Lo que sí les llamaba la atención era el progreso del joven humano. Día tras día, Uub sacaba a la luz una fuerza latente que Goku estaba decidido a despertar.

    En medio de un intercambio de golpes, Uub lanzó la pregunta que llevaba tiempo guardando:
    —Maestro… ¿no habría algún modo de liberar mi poder de golpe? Como Gohan en su tiempo…
    Goku esquivó una patada con gesto divertido.
    —Podría ser, pero no va a depender de nosotros. Además, de ese modo, ¿dónde estaría la diversión?
    El muchacho tensó la mandíbula, golpeando con más ímpetu.
    —Entonces lo haré a mi manera.

    Con una patada veloz, Uub logró sorprender a Goku y lo lanzó directo al lago.
    El agua se abrió con un violento estallido.

    El Anciano Kaioshin saltó de su asiento con el rostro enrojecido.
    —¡Pero bueno! ¡¿Se puede saber qué hacéis?! ¡Estoy harto de que espantéis a los peces!
    Goku emergió del agua rascándose la nuca, mientras Uub se disculpaba con torpeza.
    Kaioshin, divertido, intervino.
    —Al menos es tranquilizador saber que el universo cuenta con defensores tan fuertes. Nunca sabemos cuándo volverá a estallar otra catástrofe.
    Goku miró a Uub con complicidad.
    —Lo ves… no te queda otra que seguir entrenando duro.
    Uub asintió con una sonrisa decidida.

    Ambos reanudaron el entrenamiento, mientras el Anciano Kaioshin recogía su caña, refunfuñando en busca de un nuevo rincón para pescar.
    —Últimamente siento una extraña tensión en el universo. Bah… Seguro que son cosas de la edad.

    En la Dimensión Blanca, Halira se sobresaltó. Dos de los guerreros de Gravek se habían abierto paso.
    —¡Maldición! Han conseguido entrar mucho antes de lo que pensaba.

    Halira volaba velozmente en el vacío blanco mientras los dos guerreros de Gravek la seguían implacables. Cada vez que giraba la cabeza, los veía a la misma distancia, avanzando con calma pero con esa energía oscura que la hacía temblar.

    —No pienso rendirme… —murmuró, apretando el acelerador.

    Tras un tiempo que parecía eterno, la vio: otra esfera blanca gigantesca, con un edificio en su superficie. El mismo tipo de estructura que en Toria.
    —¡Ese debe ser… otro mundo!

    Se dirigió hacia el edificio y los guerreros hicieron lo mismo. Halira tragó saliva, con las manos tensas sobre los controles. De pronto, uno de ellos abrió su cubierta y lanzó una onda de Ki que golpeó el casco. El impacto la sacudió con violencia; alarmas rojas se encendieron en el tablero y un zumbido agudo recorrió la cabina.

    —¡Tch… maldición! —escupió, apretando los dientes.

    Los soldados no repitieron el ataque. No querían arriesgarse a dañar la estructura del portal.

    Halira aterrizó la nave frente a la entrada y bajó apresuradamente. Justo antes de llegar al umbral, Halira giró la vista atrás. Los dos se habían detenido.
    —¿Eh…? —parpadeó, sorprendida.

    Los guerreros la observaron distantes desde sus naves.
    —¿Y ahora qué? —gruñó uno de ellos.
    —Nada. ¿Quieres que nos mate Gravek? Tenemos prohibido siquiera acercarnos a ese portal.
    El primero dudó unos segundos, con los ojos fijos en el edificio.
    —Tch… maldita mocosa.
    —Olvídala. Su nave está dañada. No podría regresar ni aunque quisiera.

    Con un bufido, giraron sus naves y emprendieron el regreso, perdiéndose poco a poco en la inmensidad blanca.
    Halira, todavía temblando, recordó la prohibición expresa de acceso a ese portal. Tragó saliva, con el corazón golpeándole el pecho.
    —…Entonces, ahí es donde debo ir —su voz sonó firme.

    Sin pensarlo más, atravesó la puerta del edificio.
     
  4. Threadmarks: Capítulo 3: El Objetivo Prohibido
     
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    III. El Objetivo Prohibido

    El resplandor blanco pronto se transformó en la tenue luz del interior de un Templo. Halira apareció con cautela, reduciendo su Ki al mínimo. El eco de sus pasos resonó por los pasillos mientras avanzaba entre columnas antiguas, hasta encontrar una escalinata que ascendía hacia la superficie.
    Al salir, el azul intenso del cielo la envolvió de golpe.

    Dende y Mr. Popo, alarmados al verla, corrieron hacia ella.
    —¡¿Quién eres?! —exclamó Dende con voz tensa.
    Halira respiró hondo y se inclinó con respeto.
    —Soy Halira… vengo del planeta Toria. ¡Por favor, necesito vuestra ayuda!

    Piccolo, que había interrumpido su meditación, abrió los ojos y los clavó en Halira con una mirada gélida.
    —Este es el Palacio de Kamisama —dijo, con frialdad cortante—. ¿Cómo has llegado aquí arriba sin ser detectada? Explícate.

    Halira se lanzó a explicar cómo había llegado hasta allí, hablando de la Dimensión Blanca como un vasto océano interconectado. La sorpresa de Dende fue palpable.
    —¡¿La Sala del Espíritu y del Tiempo… conectada con otros mundos?! ¡Eso es imposible! —exclamó, incrédulo—. ¡Pensaba que esa dimensión fue creada solo para el entrenamiento!
    —Nosotros nunca hemos llegado a adentrarnos en esa vasta dimensión —aclaró Piccolo, con la voz áspera—. Vagar por ella sin rumbo habría significado la muerte.

    Halira bajó la mirada, con la voz cargada de dolor.
    —Mi mundo… Toria… ya no existe como lo conocía. Nuestro Kamisama fue asesinado por un guerrero llamado Gravek. Ha corrompido a mi gente con su extraña habilidad… Mis amigos, aquellos con quienes entrené, ahora son marionetas de su maldad. Yo… soy la única que ha logrado escapar.

    Dende quedó horrorizado.
    —Un Kamisama… asesinado…
    Mr. Popo bajó la cabeza, sombrío.
    —Entonces… tu planeta está indefenso.
    Halira asintió, respirando con dificultad.
    —Y el vuestro también. He visto los registros de viajes en la nave de Gravek. La Tierra… es uno de sus objetivos.

    El corazón de Dende se detuvo un instante.
    —¿Un objetivo…? —susurró, incrédulo.
    Halira levantó la vista. Sus ojos ardían.
    —El navegador mostraba un mensaje junto a las coordenadas del portal de este mundo. Decía: 'PROHIBIDO: SERES EXTREMADAMENTE PODEROSOS. OBJETIVO FINAL.'

    Un silencio gélido cayó sobre la Atalaya. Los ojos de Dende y Mr. Popo se abrieron de par en par. Piccolo, inmóvil, entrecerró los suyos.

    —¿Objetivo… final? —repitió Dende, con un hilo de voz.
    Piccolo apretó los dientes.
    —Tch… eso significa que tarde o temprano vendrán. No es que no puedan entrar… es que esperan el momento adecuado para hacerlo.
    Halira asintió con firmeza, aún temblando.
    —Lo sé. No tengo nada que ofrecer salvo mi guía… pero si me ayudáis, puedo llevaros hasta él.
    Piccolo cruzó los brazos, evaluándola.
    —Un ser que derrota a un dios guardián y controla a toda una raza… No podemos ignorarlo.
    Dende tragó saliva.
    —Realmente no tenemos otra opción.

    Mr. Popo, que había permanecido atento, se adelantó con una jarra de agua y un pequeño cuenco.
    —Bebe un poco, lo necesitarás —dijo con suavidad.
    Halira lo aceptó con gratitud, bebiendo a pequeños sorbos mientras recuperaba el aliento.

    Mientras tanto, Piccolo y Dende se apartaron hacia el borde de la plataforma.
    —A juzgar por lo que ha contado, ese Gravek no parece tan abrumador como otros enemigos del pasado —dijo Dende en voz baja.
    Piccolo asintió levemente.
    —He sentido el poder de Halira. Es fuerte, sí. En los días de Freezer me habría impresionado. Pero ahora… no es nada fuera de lo común.
    Dende lo miró, pensativo.
    —Entonces, ¿Gravek no es tan formidable como esperábamos?
    —No es un Buu, eso seguro —respondió Piccolo con tono práctico—. Pero su habilidad para controlar a otros… eso es un problema muy distinto. No podemos confiarnos. Necesitamos refuerzos.
    —¿Te refieres a Goku y a Vegeta? —preguntó Dende con cautela.
    Piccolo resopló.
    —Goku está fuera de alcance. Y Vegeta… Podríamos preguntarle, pero dudo que le interese un rival de esta talla.
    —Además, su tiempo en esa dimensión se agotó hace años —añadió Dende.
    —¿De verdad crees que un detalle así lo detendría a estas alturas? —apuntó Piccolo—. De todos modos, tal vez podríamos hablar con Gohan…
    —¿Y qué me dices de Goten y Trunks? —sugirió Dende—. Su poder debe de haber crecido bastante.
    Piccolo dejó escapar un bufido, mientras su capa se agitaba con brusquedad.
    —Esos dos… están desaprovechando su potencial. Pero su fuerza sigue siendo innegable. Ahora mismo deben de estar más o menos al nivel de lo que fue Cell. Y si la cosa se complica, siempre queda la fusión.
    Dende arqueó una ceja, con un destello de ironía.
    —¿Y de qué Cell hablamos exactamente, Piccolo?
    Piccolo lo miró de reojo, en silencio. Esa mirada bastó para que Dende se llevara una mano a la boca, conteniendo una risa.

    Halira se acercó a ellos con expresión grave.
    —Hay… un problema más. Dos de los soldados de Gravek me persiguieron. Antes de que pudiera cruzar el portal, uno de sus ataques alcanzó mi nave. El sistema de navegación sigue funcionando, pero el casco quedó dañado. No creo que resista otro viaje.
    Mientras hablaba, se acercó al borde de la Atalaya para tomar aire. Dio un paso más… y se quedó paralizada al ver la inmensidad del cielo extendido bajo sus pies. Sus ojos se abrieron como platos, y trastabilló hacia atrás con un grito ahogado, casi cayendo de espaldas.
    —¡Cuidado! —saltó Dende, alarmado—. ¿Acaso en tu planeta no es igual?
    Halira, aún con el corazón acelerado, negó con vehemencia.
    —¡Claro que no! El Palacio de mi Kamisama está en un lugar privilegiado… pero al menos está sobre tierra firme. ¡No flotando en medio del cielo!
    Piccolo, con una gota en la frente, carraspeó con severidad.
    —Sobre esos que te siguieron… ¿los derrotaste antes de entrar?
    Halira negó con firmeza.
    —No. Se detuvieron en el último momento, por la prohibición del portal. Poco después de dañar la nave.
    Piccolo tensó los nudillos.
    —Tch… Sin ese sistema de navegación, no podremos orientarnos por esa dimensión. Necesitamos repararla.
    —Solo hay una persona capaz de hacerlo —dijo Dende.
    Piccolo abrió los ojos, firme.
    —Bulma.

    Dende asintió y fue directo al comunicador. En cuestión de segundos, la esfera de transmisión proyectó la imagen de Bulma, ligeramente despeinada y manchada de grasa, como si la hubieran interrumpido en plena reparación.
    —¿Piccolo? ¿Dende? …Vaya, si me llamáis así, significa que algo serio está pasando —dijo, con una mezcla de cansancio y expectación.
    —Bulma —dijo Piccolo sin rodeos—. Tenemos un problema. Y necesitaremos tu ayuda.
    Ella arqueó una ceja, pero al escuchar lo siguiente su expresión cambió por completo.
    —¿Una nave… dentro de la Sala del Espíritu y del Tiempo? —repitió, incrédula, dejando caer el destornillador sobre la mesa—. Eso… ¡eso es increíble!
    Se cruzó de brazos, pensativa, mientras el brillo de la curiosidad iluminaba sus ojos.
    —Quiero verla cuanto antes, pero ya sabéis que yo no puedo soportar ni un minuto dentro de esa sala —curvó los labios con ironía—. Mandaré a Trunks. Él la examinará y la traerá aquí en una cápsula. Así podré trabajar en ella desde Capsule Corporation.
    Halira, aún nerviosa, inclinó la cabeza en señal de agradecimiento.

    No pasó mucho hasta que una silueta cruzó el cielo. Trunks aterrizó en la plataforma del Palacio con un gesto confiado.
    —Vaya… parece que me he perdido algo interesante.

    El grupo descendió por las escaleras interiores del Palacio hasta alcanzar la entrada de la Sala del Espíritu y del Tiempo. Al atravesar el umbral y poner un pie en la inmensidad blanca, los esperaba la pequeña nave roja, aparcada junto al solitario edificio.

    Trunks se cruzó de brazos, observándola con detenimiento.
    —Así que esta cosa te trajo desde el portal de tu planeta hasta aquí… —murmuró, dando un par de golpecitos sobre el casco dañado—. Compacta. Justo para caber por puertas como esta.
    Halira asintió.
    —Eso mismo pensé. Su diseño no es casualidad.
    Trunks se inclinó un poco, tocando uno de los bordes.
    —Le falta un trozo, ¿te has dado cuenta?
    Halira lo miró con extrañeza y asintió lentamente.
    —Sí… ya estaba así cuando la encontré.

    Piccolo inclinó apenas la cabeza, observando en silencio.

    —Bueno, aunque es pequeña, moverla por el interior del Palacio sería un problema. La encapsulo y se la llevo a mi madre—dijo Trunks, sacando una cápsula Hoi-Poi del bolsillo con un gesto rápido—. Por suerte, para nosotros el tamaño no es un problema.
    Halira lo miró sorprendida.
    —¿Encapsular… una nave entera? Increíble… vuestro mundo es más avanzado de lo que imaginaba.
    Trunks alzó la cápsula, presionando el botón con el pulgar.
    —Conociéndola, seguro que en un par de días estará lista… y probablemente mejorada.
    Tras un chasquido metálico, la nave se desvaneció en una nube de humo, dejando atónita a Halira.
    Piccolo cruzó los brazos con gravedad.
    —No perdamos más tiempo. Cada minuto que esa nave esté en manos de Bulma es un paso más cerca de detener a Gravek.

    Tras la partida de Trunks rumbo a Capsule Corporation, Piccolo no esperó. El tiempo era crucial y la amenaza innegable. Alzó el vuelo, lanzándose velozmente desde el borde de la Atalaya. En cuestión de segundos, la inconfundible silueta de la Torre Karin se alzó ante él. En lo alto de la inmensa columna, Yajirobe roncaba sonoramente, abrazado a su katana como si fuera una almohada. Karin, sentado sobre un cojín, observaba con serenidad.
    —Con que por fin te decides a pasar por aquí, Piccolo —dijo el gato, sin abrir los ojos—. Hacía mucho tiempo que la Atalaya no veía problemas.
    Piccolo aterrizó con su habitual seriedad.
    —Vengo a por Semillas Senzu, Karin. No creo que las usemos esta vez, pero no quiero arriesgarme.
    Yajirobe se despertó sobresaltado al escuchar la voz de Piccolo.
    —¡¿Otra vez problemas?! ¡Siempre lo mismo! ¡Mejor me vuelvo a dormir!
    Karin asintió con sabiduría cansada, extendiéndole una pequeña bolsa.
    —Aquí tienes. Por cierto, ¿todo bien en el Palacio? Parece que alguien ha aparecido ahí arriba, ¿verdad?
    Piccolo tomó la bolsa. Su mirada se endureció.
    —Ha llegado una viajera. Las cosas están lejos de estar 'bien'.

    Con las semillas aseguradas, Piccolo se despidió y se lanzó de nuevo al cielo. La calma de la Tierra era, para él, solo una breve pausa antes de la verdadera tormenta que se gestaba lejos, en los rincones del universo.

    Pasaron dos días. Tal como se prometió, Bulma tenía la nueva nave lista: más grande, más rápida y equipada con el sistema de navegación de la nave de Gravek.

    En el patio de Capsule Corporation, Piccolo, Halira y Trunks inspeccionaban la nueva nave mientras Bulma daba instrucciones apresuradas.
    —Trunks, asegúrate de que esta vez no os la destrocen a mitad del viaje como le pasó a Halira. Y no olvidéis que he instalado un rastreador. No pienso dejar que os perdáis allí dentro.
    Trunks asintió con un gesto confiado.
    —Mamá… te preocupas demasiado. Entre la nave, el rastreador y nosotros, creo que vamos más que cubiertos.

    En ese momento apareció Goten. Aterrizó con paso firme, aunque no pudo ocultar cierta curiosidad al ver a la desconocida.
    —¡Hola, Piccolo! Cuánto tiempo —luego dirigió una breve mirada a Halira y esbozó una sonrisa cordial—. ¡Hola! Soy Goten. ¿Tú eres la del planeta en apuros? ¡Menuda historia!
    Halira inclinó la cabeza con seriedad, algo abrumada por su efusividad.
    Piccolo examinó a Goten en silencio unos segundos antes de pronunciarse.
    —Espero que no te tomes esto como uno de vuestros juegos.
    La sonrisa de Goten se desvaneció, y respondió con un tono más sobrio.
    —Tranquilo. Cuando hay que pelear en serio, se pelea en serio. Lo sé de sobra.

    Antes de partir, Trunks descendió al área de entrenamiento subterránea. El eco de los golpes y explosiones retumbaba como tormenta bajo tierra. Dentro de la sala de gravedad, multiplicada por quinientos, Vegeta combatía contra una proyección de Cell. Su figura estaba bañada en sudor, y cada impacto venía cargado de una furia que jamás menguaba.
    —¿No vienes con nosotros, papá? —preguntó Trunks, alzando la voz mientras observaba la simulación.
    Vegeta entrelazó ambos puños y descargó un golpe brutal sobre su enemigo, enviándolo contra el suelo con tal fuerza que la proyección se deshizo en destellos de luz. Sin girarse, soltó una carcajada seca.
    —¿Qué? ¿Esperas que tu padre resuelva cada problema por ti? —espetó con desdén—. Ya eres un adulto, Trunks. Esta es tu oportunidad de demostrar la valía de un saiyajin criado en la Tierra. Si no puedes con esto, más vale que te empieces a tomar tu entrenamiento en serio.
    Trunks apretó los labios, dejando asomar una expresión desafiante.
    —Ya sabía que dirías eso. No te preocupes, saldremos de esta sin problemas.
    Vegeta por fin se giró apenas lo necesario para mirarlo de reojo, con el ceño endurecido pero con un brillo fiero en la mirada.
    —Si ese tal Gravek apunta a la Tierra… que venga. Yo estaré aquí esperándolo.

    Las luces del simulador volvieron a encenderse. Vegeta se transformó en Super Saiyajin y, con un rugido de furia, se lanzó contra una nueva proyección. Trunks se retiró en silencio, pero con una chispa de orgullo reflejada en sus ojos.
     
  5. Threadmarks: Capítulo 4: El Secreto del Espacio y el Tiempo
     
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    Acción/Épica
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    IV. El Secreto del Espacio y el Tiempo

    En el Palacio de Kamisama, el grupo descendió por sus niveles internos hasta la entrada de la Sala del Espíritu y del Tiempo. El eco de sus pasos resonaba en el silencio solemne, hasta que atravesaron el umbral.

    Al otro lado los envolvió el paisaje familiar e inquietante: un planeta blanco y liso, del tamaño de la Tierra, con un cielo igualmente blanco que borraba cualquier horizonte. En medio de aquella inmensidad desierta se alzaba el edificio de la entrada, solitario sobre un océano sin sombras.

    Goten alzó la vista, contemplando la inmensidad sin fin.
    —Es raro volver aquí… ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Quince años? Desde la pelea con Majin Buu.
    Trunks asintió, con una media sonrisa.
    —Sí. Menos mal que Dende logró reconstruir la puerta. Algunos parecen olvidar quién la destruyó… ¿verdad, Piccolo?
    El namekiano giró apenas la cabeza, con su gesto más endurecido de lo habitual.
    —¡Cómo no lo voy a recordar! Tuve que volar la salida porque mentisteis sobre vuestra fuerza.
    Goten soltó una breve carcajada.
    —Vamos, éramos unos críos. Aunque fue increíble ver cómo Buu abrió una brecha para escapar de aquí.
    —¡Y aun así, con la fusión nosotros conseguimos otra aún más grande! —añadió Trunks, divertido.
    Piccolo bufó, negando con la cabeza.
    —Hmph. No os engañéis: esa vez tuvimos suerte. Ahora no habrá margen para juegos.

    Trunks sacó una cápsula y la lanzó al suelo. Con un estallido seco, la nueva nave se desplegó sobre el terreno.
    —Listo, subid —dijo con seguridad.
    El grupo entró. En segundos, la cabina se iluminó con un suave resplandor al activarse los sistemas de navegación. El zumbido del motor vibró bajo sus pies y la nave se elevó del suelo blanco, alejándose del edificio.
    Goten apoyó los brazos tras la cabeza, mirando la pantalla de Trunks con curiosidad.
    —¡Mira! —exclamó con orgullo juvenil, señalando la indicación en el portal de la Tierra—. Supongo que Gravek tenía razón… ¡Nosotros somos los 'extremadamente poderosos'! Apuesto a que no contaba con nuestra visita.
    Piccolo lo miró de reojo, asintiendo levemente.
    —Exacto. El factor sorpresa será nuestra mayor ventaja.

    Halira observaba en silencio. Sus dedos se aferraban con fuerza a la tela de su pantalón y sus ojos se mantenían fijos en la inmensidad. Cada palabra sobre la fuerza de aquel mundo, cada atisbo de un poder capaz de detener a Gravek, hizo que sus pupilas se dilataran con una determinación muda.

    Trunks se inclinó hacia los controles y trazó el rumbo.
    —Destino: la puerta de Toria. Manteneos atentos.

    La nave viró suavemente y se adentró en el resplandor infinito. La Dimensión Blanca se desplegó ante ellos como un océano de luz inabarcable, donde a lo lejos flotaban esferas colosales, cada una con un edificio en su superficie que servía de acceso a otros mundos.

    Piccolo rompió el silencio, con la mirada clavada en el horizonte lejano.
    —Ya veo… desde aquí sí se distinguen. La atmósfera de nuestra esfera las ocultaba, por eso nunca pudimos verlas antes.
    —Quién iba a imaginar que la Sala del Espíritu y el Tiempo escondía tantos secretos —murmuró Trunks, fascinado.
    El Namekiano, con los brazos cruzados, habló sin apartar la mirada del vacío.
    —El propósito de este lugar siempre fue ser un espacio de entrenamiento. Nadie en su sano juicio se habría alejado de la puerta: perderse aquí significaba la muerte. Además, no había ningún motivo para sospechar que había algo más allá.

    Pero aquella claridad no era uniforme: provenía de un único punto en el corazón de aquella dimensión, una incandescencia lejana, suspendida en medio del vacío. No era una estrella, sino un resplandor inmóvil que teñía de blanco toda la extensión.

    Halira lo observó, con un escalofrío recorriéndole la espalda.
    —Ese centro… parece el origen de todo.
    Piccolo entrecerró los ojos.
    —Sea lo que sea… mejor no acercarse demasiado.

    La vasta inmensidad borraba el horizonte. La nave se movía, pero las referencias visuales eran casi inexistentes. Solo los destellos en la pantalla les aseguraban que avanzaban hacia otro portal.

    El tiempo perdió su significado en aquel vacío hasta que, finalmente, la nave inició el descenso. Ante ellos surgió la estructura de destino: un edificio similar al de la Tierra. Pero esta vez, la visión era distinta.

    A través del cristal frontal, distinguieron una larga formación de naves idénticas a la de Halira, que se extendía junto al edificio.
    —Ahí están —dijo Trunks, tensando la mandíbula al verlas—. Tienen el mismo diseño que la tuya, Halira. Y a todas les falta la misma pieza en el fuselaje.
    Ella asintió con inquietud.
    —Sí… me pregunto qué será.
    —Parece que son un grupo numeroso —advirtió Piccolo.
    Halira tragó saliva.
    —Puedo enfrentarme a ellos si es necesario. Pero el verdadero peligro es Gravek.
    Goten soltó un bufido confiado.
    —Entonces no hay nada de qué preocuparse. Si son más débiles que él, los derrotaremos sin problema.
    —Aun así —replicó Piccolo— avanzaremos con cautela.

    Cuando la compuerta se abrió, el grupo bajó y entró al edificio, reduciendo su Ki al mínimo. Piccolo fue el primero en atravesar la puerta hacia el mundo de Halira, comprobando el terreno. Trunks y Goten lo siguieron de cerca.

    Halira respiró hondo y atravesó la puerta tras ellos. La dimensión blanca quedó atrás, y la penumbra del Palacio de Toria la envolvió como un recuerdo que dolía. Las columnas desgastadas y los muros agrietados parecían aún sostener la dignidad del lugar, pero el eco en los pasillos sonaba demasiado vacío, demasiado reciente.

    Halira adelantó unos pasos y, con el corazón latiendo con fuerza, fue la primera en cruzar hacia el exterior del Palacio.

    Mientras tanto, lejos de todo aquello, a las puertas del Infierno, Goku y Uub abatían sin esfuerzo a unos seres oscuros. El eco de los golpes sacudía los cimientos del palacio superior donde las almas eran juzgadas por el Rey Enma.

    Kaioshin ya les había encomendado encargos así en otros rincones del universo y ellos los aceptaban encantados. Para Uub era experiencia real, una forma de templar su fuerza en batalla; para Goku, un simple entrenamiento para su discípulo.

    Pero esta vez… algo se sentía distinto.
     
  6. Threadmarks: Capítulo 5: La Quietud Ominosa
     
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    V. La Quietud Ominosa

    En Toria, la luz natural bañó al grupo. Se encontraban en una planicie rocosa, dominada por una cordillera quebrada en el horizonte. Pero Halira no miró el paisaje; se quedó petrificada en el primer escalón.

    A pocos metros de la entrada, varios guerreros torianos yacían inmóviles, con la mirada perdida en la nada. Y junto a ellos, caído con las manos aún crispadas en un último gesto de defensa, estaba el cuerpo sin vida del Kamisama.

    Halira se llevó una mano a la boca, temblando.
    —Él… entregó su vida para que yo escapara. ¡Gravek pagará por esto!
    Se inclinó, cerrándole los ojos con suavidad. Permaneció en silencio unos segundos, y luego, con rabia contenida, se irguió de nuevo.
    —Primero derrotaremos a Gravek. Después… velaremos a nuestros muertos.

    Piccolo asintió con gravedad, respetando sus palabras.

    Halira señaló hacia el este.
    —Mi ciudad está cerca. Sigamos el río hasta su desembocadura.
    Piccolo cruzó el horizonte con la vista.
    —No volemos. Si Gravek percibe nuestras energías, perderemos la ventaja.

    Trunks asintió, sacó una cápsula y la lanzó. Con un estallido seco, un aerocoche de Capsule Corp apareció en medio del polvo.
    —Será más lento, pero nadie nos detectará.
    Halira tomó asiento en silencio, con la tensión reflejada en sus ojos.
    —Estamos cerca… demasiado cerca —murmuró mientras el vehículo se elevaba suavemente y se deslizaba sobre el paisaje.

    Las ruinas de la ciudad se extendían a orillas del río. Lo que antes fue un puerto vibrante ahora era un infierno de humo. Grandes columnas negras se alzaban hacia el cielo gris, mientras los restos de los edificios ardían todavía entre los escombros.

    El gran puente central, antaño orgullo de la ciudad, se mantenía en pie a duras penas: sus arcos resquebrajados sostenían el peso de la devastación, y el agua del río reflejaba las llamas de la orilla como un espejo del desastre.

    A medida que se acercaban, el aerocoche descendió. En la plaza principal, la fuente ceremonial estaba partida, rodeada de vigas calcinadas y polvo metálico.
    —No… no puede ser… —susurró Halira—. Mi ciudad… ¿Qué le ha hecho Gravek para dejarla así?

    Goten bajó del vehículo y avanzó entre los restos carbonizados, apartando con el pie un juguete quemado.
    —Vaya… parece una ciudad fantasma.

    Piccolo se detuvo en seco, sintiendo presencias débiles y numerosas en el área. Un sonido distante interrumpió el silencio: gritos apagados, golpes, y el eco de una voz amenazante.
    El grupo se ocultó tras los muros derruidos. Lo que vieron heló la sangre de Halira.

    Un grupo de guerreros Torianos, con la mirada vacía y rígida, sometía violentamente a otros habitantes.
    —El maestro Gravek nos llevará a un nuevo amanecer… los débiles no tienen lugar en el mundo que viene.

    El rostro de los prisioneros reflejaba el horror de ser atacados por su propia gente. El contraste entre ese terror y la mirada vacía de los controlados era un espectáculo devastador.

    Halira se llevó una mano al pecho, conteniendo la respiración.
    —Milana… Ruisel… Gavir… —susurró con amargura, reconociendo entre los sometedores a sus antiguos compañeros—. Lo que temía…
    Cerró los puños, su voz se quebró en rabia contenida.
    —¡Gravek ha de pagar por esto!

    Piccolo señaló hacia arriba. Un pequeño artefacto rojo flotaba sobre la escena, absorbiendo un resplandor tenue cada vez que alguien gritaba.
    —Ese dispositivo… parece reaccionar a sus gritos.
    Trunks alzó la vista hacia el objeto.
    —Ese material… es el mismo que el de las naves.
    Piccolo asintió.
    —Esas piezas que faltaban… deben de ser estos aparatos.

    —No podemos quedarnos mirando —dijo Halira. Y antes de que Piccolo pudiera detenerla, Halira se lanzó al frente con un grito de furia—. ¡Basta ya!

    Sus puños golpearon con furia el torso de uno de los controlados, derribándolo al instante. Los demás levantaron la cabeza y se giraron hacia ella.

    —¡Maldita sea, Halira! —bramó Piccolo, saltando de su escondite—. ¡Nos ha delatado!

    Trunks y Goten emergieron tras él, sin opción. Los Torianos controlados adoptaron posturas de combate, mientras los prisioneros huían despavoridos en cuanto tuvieron oportunidad.

    —Maldición… no quería que empezara así —dijo Trunks entre dientes.
    —Pues ya no hay vuelta atrás —replicó Goten.
    Piccolo les frenó con un gesto, con su semblante grave.
    —Intentad conteneros. No los matéis. Siguen siendo sus compatriotas… y nuestra única pista para entender qué está ocurriendo en este planeta.

    Los controlados atacaron en formación. El aire se llenó de auras frías y violentas.
    La primera en atacar fue la amiga de la infancia de Halira, que se lanzó con una ráfaga de golpes rectos. Ella bloqueó instintivamente, pero su voz tembló.
    —¡Milana… soy yo! ¡Despierta!
    Su rival respondió con un rodillazo brutal que la obligó a retroceder.
    —¡Tu debilidad es tu pasado! ¡El maestro nos ha liberado!

    Otro de los controlados, Gavir, se lanzó contra Goten con una ráfaga de puñetazos veloces. Goten esquivaba con facilidad, girando entre los ataques con un gesto juvenil.
    —¡Oye, este tiene buenos reflejos! —comentó Goten, analizando los movimientos mientras continuaba esquivando.
    —¡Céntrate, Goten! ¡Si te despistas, te van a dejar frito! ¿O quieres que mi padre se ría de nosotros por perder contra estos títeres? —le gritó Trunks desde el otro lado, bloqueando un golpe.
    —¡Que no me despisto! ¡Solo digo que para ser una marioneta, no lo hace mal! —replicó Goten, antes de noquear a su adversario con un golpe rápido en la nuca—. ¡Ya está! ¿Lo ves?

    La batalla se volvió más frenética. Los guerreros controlados atacaban en grupos, lanzando ráfagas de Ki que explotaban en el río. Varias barcas pesqueras chocaban entre sí por las olas que los golpes levantaban.

    —¡Bien! Es hora de acabar con esto —con movimientos precisos, Piccolo se enfrentó a tres de los enemigos a la vez, esquivando sus ataques y derribándolos con golpes secos en puntos clave. Uno a uno, todos los Torianos controlados iban cayendo inconscientes.

    Mientras tanto, Halira seguía peleando con desesperación contra Milana, que la atacaba con una furia desmesurada. Con un poder similar al suyo, apenas podía contenerla mientras las lágrimas corrían por su rostro.
    —¡Recuerda la fuente de la plaza! ¡Jugábamos allí de niñas! ¡Sé que sigues dentro!

    La respuesta fue una ráfaga directa al vientre. Trunks apareció justo a tiempo y la desvió.
    —¡Concéntrate! Si dudas, te van a destrozar. ¡Confía en nosotros!
    Trunks lanzó un golpe decidido a la nuca de Milana. La amiga de Halira cayó al suelo, mientras su rostro inconsciente recuperaba la calma.

    A pocos metros de distancia, Gavir, el primero en caer, empezaba a recuperar la conciencia. Aún aturdido y sin entender la batalla en el cielo, vio a su amiga y su rostro se iluminó.
    —¡Halira! —la llamó, levantando una mano en un gesto de saludo.

    Los ojos de Halira se abrieron de golpe al ver la expresión de Gavir. La revelación la sacudió como un rayo.
    —¡Espera…! ¿Lo habéis visto? —exclamó Halira, sorprendida—. ¡Cuando pierden el conocimiento… se liberan del control!
    —¡Tienes razón! ¡Entonces solo hay que noquearlos! —respondió Trunks.
    —¡Debemos noquearlos a todos antes de que Gravek llegue! —ordenó Piccolo.

    Los cuatro se lanzaron de nuevo a la acción.
    Trunks se deslizó entre dos adversarios, girando en el aire y derribándolos de una doble patada. Goten saltó sobre un grupo, esquivando sus ráfagas y golpeando con precisión sus nucas, uno tras otro. Piccolo combinaba su velocidad y su fuerza con ataques fulminantes, con una voz que tronaba en medio de la pelea. Y Halira, canalizando su dolor en cada golpe, liberaba a sus compatriotas uno a uno.

    En cuestión de minutos, los guerreros controlados yacían inconscientes en el suelo, libres de la influencia de Gravek. El silencio volvió a caer sobre la ciudad, roto únicamente por el crepitar de las llamas en los edificios cercanos.

    Halira se arrodilló junto a Milana, que abría lentamente los ojos.
    —¿Halira…? ¿Qué ha pasado? No recuerdo nada…
    Halira la abrazó entre lágrimas.
    —Ahora estás a salvo.

    Piccolo observó la escena con serenidad.
    —Está claro. Derrotarlos es la forma de romper el control. Pero todavía queda lo peor —hizo una pausa—. Por cierto, esos artefactos rojos… ¿sabéis qué son?
    Milana parpadeó, aún desorientada.
    —Llegaron con las tropas de Gravek. Cada vez que alguien gritaba, brillaban más fuerte.
    —Se sentía… como si el aire se hiciera más pesado —dijo Ruisel, con un temblor en la voz—. Estoy seguro de que esas máquinas recolectan el miedo de la gente.
    Trunks miró hacia el cielo, donde varios aparatos seguían vibrando tenuemente.
    —Entonces… ¿es por eso que han invadido Toria? ¿Para recolectar energía de vuestra desesperación?

    En ese instante, un temblor sacudió la ciudad. Un enorme Ki se aproximaba acompañado por otros más pequeños, pero igualmente oscuros y extraños.
    Goten levantó la mirada.
    —No puede ser… Ese poder…
    Trunks contrajo la mandíbula.
    —Sí. No hay duda. Es él.

    La verdadera amenaza de Toria se acercaba.
     
  7. Threadmarks: Capítulo 6: El Opresor de las Auras
     
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    VI. El Opresor de las Auras

    El eco del combate se disipaba cuando un viento gélido barrió las ruinas. Los guerreros liberados alzaron la vista al cielo con horror, reconociendo aquella presencia de inmediato.

    Piccolo giró la cabeza. A su alrededor, los dispositivos flotantes seguían palpitando, drenando el terror de los cautivos con un brillo enfermizo.
    —Tch… —gruñó, alzando la mano—. ¡Hasta aquí llegó vuestra maldita cosecha!
    Lanzó una onda de Ki que destruyó los aparatos, uno tras otro, hasta reducirlos a chatarra humeante.

    Halira miró hacia el horizonte, con una sombra de preocupación.
    —Esta ciudad es una de las más grandes de Toria… pero no la única. Si aquí han usado esos recolectores, en otros lugares también deben estar activos.

    De pronto, de entre las nubes grises descendió una figura imponente. Su aura oscura se extendía como llamas negras que deformaban el aire a su alrededor. Tras él flotaba un grupo de guerreros, todos irradiando el mismo Ki corrupto y antinatural.

    Los habitantes liberados retrocedieron, cayendo de rodillas ante la mera presión de su Ki. Incluso Trunks y Goten contrajeron sus hombros, recorridos por un escalofrío.

    —Él… es Gravek —susurró Halira, con un temblor de rabia que tensó su voz.

    —Sus energías… son diferentes —advirtió Piccolo, sintiendo cada variación en el aire—. No es solo control mental. Hay algo extraño en ellos.

    El villano aterrizó con una suavidad perturbadora. Cruzó los brazos, observando primero los restos humeantes de sus máquinas y luego a los intrusos.
    —Interesante —dijo Gravek, con la voz calmada pero teñida de autoridad absoluta—. Así que vosotros sois los responsables de liberar a mis marionetas.
    Piccolo dio un paso al frente, ignorando la presión del ambiente. Señaló los restos de uno de los artefactos flotantes.
    —¿Por qué usáis esas máquinas? ¿Qué clase de energía estáis recolectando?
    Gravek lo miró apenas un instante, con un desprecio helado.
    —No es algo que vuestra mente pueda asimilar. Lo que sí me intriga es… —sus ojos se entrecerraron—. ¿De dónde habéis salido?
    Halira avanzó un paso, interponiéndose.
    —¡Los he traído yo a través de la Dimensión Blanca para deteneros! —respondió Halira con voz firme y desafiante.

    Gravek soltó una carcajada breve, seca, que heló el aire.
    —Ah, la fugitiva… Te recuerdo, tú fuiste la que escapaste al planeta prohibido… Y ahora vosotros pensáis que podéis interponeros en mi camino… Qué error tan estúpido —sus ojos se clavaron de nuevo en Piccolo, Trunks y Goten.

    El silencio que siguió fue denso, casi insoportable, hasta que una voz juvenil y despreocupada lo rompió.
    —Oye, ¿y tú quién se supone que eres? —soltó Goten, en tono burlón—. ¿El jefe de este circo?
    Trunks tensó el rostro y dio un paso al frente.
    —Un momento. ¿Cómo supisteis cuál de los portales llevaba a la Tierra?
    Gravek inclinó la cabeza y una expresión de suficiencia cruzó su rostro.
    —Los portales no están puestos al azar, muchacho. Esa dimensión refleja el orden del universo. Para los ignorantes, todo es un mar de puertas iguales… pero nosotros conocemos ese orden. Sabemos leerlo. Y así fue como identificamos el de vuestro mundo.

    Halira tensó la postura y habló con la voz baja y firme.
    —Han estado usando las puertas para reclutar y corromper otros mundos. Esa dimensión ha sido su red de conquista.
    Piccolo frunció el gesto.
    —Con que así es… entonces dominan la estructura de ese lugar desde dentro.

    Gravek extendió un brazo y su aura oscura se agitó como un manto viviente.
    —Aunque vengáis del planeta prohibido, no sois más que escoria frente a mí. Al venir aquí… lo único que habéis conseguido es acelerar nuestros planes.

    Los guerreros que lo acompañaban avanzaron unos pasos, cada uno emanando un Ki extraño, distinto al de los Torianos.

    Gravek los detuvo con un gesto, sin apartar la mirada de Goten y Trunks.
    —Que nadie interfiera —dijo con desdén—. Estos dos son míos.
    Los soldados oscuros se inmovilizaron al instante en segundo plano.

    Piccolo no les apartó la mirada.
    —Con que así es… entonces no solo controla a los tuyos, Halira. Está reuniendo un ejército de todo el universo.

    Gravek rió con arrogancia.
    —Es inútil. No importa a cuántos liberéis, siempre habrá más. Vuestra propia compasión es la mejor aliada de mis fuerzas. Cada vez que dudéis en atacar… seréis más débiles ante mí.
    Goten endureció su mirada, transformándose en Super Saiyajin de golpe. Su aura dorada rasgó el aire.
    —¡Pues esta vez te has pasado de listo!
    —¡Qué poder tan increíble! —gritó Milana, esperanzada.
    —No vamos a dejar que te aproveches de nadie más —dijo Trunks.

    El suelo tembló bajo la presión del aura de Goten. Gravek, lejos de inmutarse, levantó la mano lentamente. El silencio cayó como un peso sobre todos.

    —Es más fuerte de lo que suponía —comentó Piccolo, extrañado—. No es común que existan seres tan poderosos en el universo, y su energía es realmente extraña. Aquí hay algo que no encaja del todo. Pero aun así no parece que vaya a ser rival para ellos.

    Goten, con una expresión de perplejidad, susurró a Trunks:
    —Hay algo raro… ¿Lo has notado?
    Trunks asintió.
    —Sí, parece más débil que nosotros. Si ese es todo su poder, no será rival para nosotros.
    Goten avanzó desafiante.
    —Tú tranquilo. ¡Yo me encargo!
    El aire explotó cuando se lanzó a atacar.

    —Demasiado predecible —murmuró el villano.
    Con un simple movimiento de su mano, una onda invisible envolvió a Goten. El rostro del joven Saiyajin se descompuso mientras en su aura dorada aparecían destellos azules.
    —¡¿Qué… qué es esto?! ¡Mi poder… se está desvaneciendo!
    —¡¿Qué dices?! —exclamó Trunks, incrédulo.

    Piccolo lo observaba, con los ojos muy abiertos.
    —¡Ha sido Gravek! ¡No nos habías advertido de esto, Halira!
    Halira, con el rostro desencajado, negó con la cabeza.
    —¡Yo… nunca había visto esto! Solo conocía su control mental… ¡Esto es distinto!

    Gravek se deslizó hacia delante en un parpadeo y sorprendió a Goten con un golpe brutal que lo hizo precipitarse contra un edificio. El impacto levantó una violenta nube de polvo.

    Piccolo abrió los ojos con alarma.
    —¡Es capaz de reducir el Ki de su oponente!

    Goten salió tambaleante entre los escombros, mientras de su aura seguían emergiendo llamaradas azules.
    —No… no puede ser… Apenas tengo una fracción de mi fuerza…
    —Lo llamo… Supresión Arcana —dijo Gravek con frialdad.

    —¡Goten, atrás! —gritó Trunks, furioso. Se lanzó contra Gravek transformándose en Super Saiyajin, descargando una ráfaga de puños y patadas con toda su velocidad. Esta vez, logró conectar un golpe directo en el rostro del villano, que lo hizo retroceder unos metros—. ¡Toma eso!

    Pero Gravek levantó la mano otra vez, y un segundo pulso invisible lo envolvió. Trunks sintió cómo el color de su aura cambiaba.
    —¡Tch! ¡¿A mí también…?!
    Al mismo tiempo, el aura de Goten volvía a brillar dorada, sin rastros azules.
    —¡Y ahora… mi poder ha vuelto! —exclamó, cerrando los puños con firmeza.

    Con un rugido, Gravek estrelló a Trunks de un golpe contra el suelo, dejándolo de rodillas.

    Piccolo, observando, apretó los dientes.
    —Ya entiendo… solo puede usar esa técnica sobre un objetivo cada vez. Si se concentra en un rival, el otro recupera su fuerza.

    Goten, comprendiendo, gritó a su amigo mientras recuperaba un poco de aire.
    —¡Trunks, es como en los videojuegos! ¡Uno aguanta y el otro golpea!

    Trunks se reincorporó, con los ojos ardiendo en determinación.
    —¡Esto no es un juego! Pero sí… la estrategia es buena. Vamos a coordinarnos.

    Gravek se limpió el rostro, mostrando una mueca sádica.
    —Turnarse, ¿eh? Adelante… será divertido ver cómo os aferráis a esa esperanza inútil.

    Las auras doradas de los dos jóvenes saiyajin estallaron de nuevo. Esta vez no se lanzarían solos: avanzarían juntos, preparados para medir al límite la extraña técnica del enemigo.

    El suelo se agrietó bajo los pies de los dos Saiyajin cuando elevaron sus auras. El viento se arremolinó en torno a ellos, levantando escombros que flotaban en el aire como hojas atrapadas en un huracán.

    —¿Listo, Goten? —dijo Trunks, con los ojos clavados en el enemigo.
    —¡Siempre lo estoy! —respondió su amigo con aire confiado, pese a la tensión.

    Con un rugido sincronizado, ambos se lanzaron a toda velocidad. Gravek apenas tuvo un segundo para reaccionar antes de que Goten apareciera frente a él, descargando una ráfaga de puñetazos tan veloces que parecían múltiples brazos brillando al unísono.
    —¡Toma esto! ¡Y esto! ¡Y esto! —gritaba Goten, con su tono juvenil que contrastaba con la violencia de los golpes.
    Gravek bloqueaba con cierta dificultad, hasta que levantó la mano y activó de nuevo la Supresión Arcana. En el aura de Goten aparecieron de nuevo destellos azules.
    —¡Otra vez… no! —alcanzó a decir, jadeando.
    En ese mismo instante, Trunks apareció por detrás del villano, con la luz dorada de su aura emergiendo con fuerza.
    —¡Pues ahora voy yo!
    Con una patada giratoria, impactó en la espalda de Gravek y lo lanzó contra un muro de piedra que se desmoronó en mil pedazos. El enemigo salió del polvo furioso, con una mueca torcida.
    —Interesante… uno pierde fuerza, pero el otro golpea. Una danza inútil.
    —¡Eso lo veremos! —bramó Trunks.

    Ambos se miraron y, con un gesto sincronizado, invirtieron los papeles. Ahora fue Trunks quien cargó de frente, lanzando un puñetazo dirigido al rostro del villano. Gravek aplicó esta vez la Supresión sobre él y el golpe perdió inercia al instante, mientras de su aura brotaban de nuevo llamaradas azules.
    «¡Tch! ¡Lo sabía!», pensó Trunks.

    Pero entonces, Goten apareció por un costado, completamente libre del efecto, y conectó un rodillazo brutal en el abdomen de Gravek que lo hizo escupir aire y retroceder varios metros.
    —¡Funciona, Trunks! —exclamó Goten con una carcajada de triunfo—. ¡Se lo ha comido enterito!

    Trunks, recuperando su fuerza al liberarse del efecto, mostró un gesto cómplice.
    —Entonces es cuestión de seguir turnándonos hasta que reviente.

    Piccolo, que observaba la pelea, asintió con gravedad.
    —Sí… pero no os confiéis. No sabemos si esconde algo más.

    Gravek se limpió la comisura de los labios. Los miró con furia y una diversión helada.
    —Así que habéis descubierto la debilidad… ¡Pero eso no significa que podáis vencerme!

    Su aura oscura crepitó como un incendio, envolviendo las calles de la ciudad. Los escombros comenzaron a levitar. El suelo temblaba bajo la presión.

    Trunks tragó saliva, tensando sus puños.
    —Creo que… se lo ha tomado en serio.

    Goten soltó una risa forzada.
    —Bueno, al menos eso significa que lo estamos molestando.

    Los dos amigos se pusieron en guardia, listos para el siguiente asalto. La verdadera prueba de su estrategia apenas estaba comenzando.
     
  8. Threadmarks: Capítulo 7: El Rugido Eléctrico
     
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    VII. El Rugido Eléctrico

    El aire vibraba con la presión del Ki oscuro de Gravek. El suelo crujía bajo sus pies. Una onda expansiva recorrió las calles, haciendo que los escombros flotaran como si la gravedad hubiera dejado de existir.

    Halira endureció los ojos.
    —Ese poder… todavía no estaba peleando en serio.
    Trunks tensó la mandíbula, con el sudor escurriendo por su frente.
    —Si seguimos así… no vamos a aguantar mucho más.
    Goten lanzó una risa nerviosa.
    —Bueno, creo que es hora de tomárnoslo en serio, ¿no?
    —Es lo que estaba esperando —respondió Trunks, con una chispa de desafío en los ojos.

    Ambos se miraron con complicidad.
    Un rugido simultáneo retumbó en el aire cuando los dos jóvenes elevaron sus auras al límite. El dorado intenso crepitó con electricidad, estallando en rayos que destrozaban el suelo a su alrededor, liberando toda su fuerza de golpe.

    Piccolo los observó desde la distancia, con una media sonrisa cruzándole el rostro.
    —Super Saiyajin 2… La diferencia de poder ahora es abrumadora.

    Los guerreros liberados de Toria observaron con ojos desorbitados, retrocediendo ante la presión del nuevo poder. Incluso Halira, que había combatido junto a ellos, no pudo contener una exclamación de asombro.
    —¡Increíble…! ¡Nunca había sentido un poder así!

    Gravek, lejos de intimidarse, arqueó una ceja con cierta sorpresa.
    —Vaya… así que todavía escondíais ese nivel. Interesante.

    Goten fue el primero en lanzarse. Su velocidad en Super Saiyajin 2 lo volvió casi invisible, apareciendo frente al enemigo con un derechazo que lo hizo retroceder varios metros. Antes de que Gravek pudiera recomponerse, Trunks ya estaba encima con una patada que lo lanzó contra el suelo.
    —¡Vamos, Trunks, no le des respiro! —gritó Goten.
    —¡Ni pensarlo! —respondió su compañero, siguiendo con una onda de Ki demoledora que estalló contra Gravek, levantando una columna de humo que cubrió toda la zona.

    Por un instante, el silencio reinó en el campo de batalla, roto únicamente por el crepitar de la energía de los dos saiyajin.
    Pero desde dentro de la nube emergió una carcajada oscura.
    —¡No cantéis victoria tan rápido!

    De entre el polvo, Gravek apareció ileso, con una expresión desafiante. Por un momento, una distorsión azulada onduló el aire a su alrededor, desvaneciéndose rápidamente.

    —¡Imposible! —gritó Trunks—. ¡No le ha hecho ni un rasguño! ¿Cómo lo ha hecho?

    De repente, Gravek agitó su mano y lanzó la Supresión Arcana contra Trunks. Su aura se tiñó de nuevo de azul, debilitándose de golpe.
    —¡Maldición, otra vez! —gruñó Trunks, tambaleándose.

    El pulso de Gravek se mantuvo firme, aunque un breve espasmo agitó su antebrazo antes de tensarlo de nuevo.

    —¡Ahora, Goten, es tu turno! —gritó Piccolo.

    Goten apareció por detrás, lanzando una ráfaga de golpes que impactaron directo contra Gravek, haciéndolo retroceder por la presión. El villano escupió sangre, con el rostro ahora marcado por la furia.
    —¡Funciona! ¡Si seguimos turnándonos, caerá! —gritó Goten con entusiasmo.
    Trunks, recuperando el color de su aura al liberarse del efecto, asintió con aire decidido.
    —¡Vamos a machacarlo!
    Los dos amigos avanzaron juntos, con el fulgor de su Ki iluminando las ruinas como dos soles gemelos. La coordinación entre ambos comenzaba a superar incluso la siniestra técnica del enemigo.
    Gravek, respirando con dificultad, masculló entre dientes.
    —¡Malditos mocosos…!

    Piccolo lo observó con la mirada endurecida.
    —No… Gravek está desgastándose… pero no retrocede.

    De repente Gravek sonrió con una calma cruel que helaba la sangre.
    —No necesito venceros solo a golpes. Basta con quebrar lo que más protegéis.

    Piccolo endureció el gesto al instante.
    —¡Cuidado! Ese bastardo va a cambiar de táctica.

    La tensión aumentaba. Goten y Trunks habían conseguido controlar el campo de batalla… pero sabían que Gravek aún guardaba un as bajo la manga.
     
  9. Threadmarks: Capítulo 8: El Juego Sucio de Gravek
     
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    9
     
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    VIII. El Juego Sucio de Gravek


    Mientras el combate en Toria alcanzaba su punto crítico, en las puertas del Infierno la calma empezaba a regresar.

    Goku y Uub derribaron a los últimos atacantes con facilidad. Los cuerpos cayeron como marionetas a las que les cortan los hilos.

    Goku se acercó, con el rostro serio.
    —¿Qué les habrá pasado…? —se preguntó.
    El Ki oscuro se desvanecía de los cuerpos caídos. Conforme esa energía abandonaba a sus huéspedes, el aire volvió a sentirse ligero.

    Uno de los guerreros, de piel verdosa y armadura metálica, comenzó a incorporarse lentamente. Sus ojos parpadearon, buscando un punto fijo entre el caos.
    —No… no sé… —balbuceó con voz ronca—. Solo recuerdo destellos… mi planeta… alguien me atacó… un ser con un poder extraño que… controlaba mi mente…
    Su voz se quebró. Bajó la mirada temblando.
    —Después… solo oscuridad. Y cuando abrí los ojos… estaba aquí.

    A su alrededor, los demás guerreros recobraban la conciencia entre gemidos de confusión. No recordaban más que escenas sueltas, como pesadillas rotas de sus mundos de origen.

    Poco después, Goku y Uub se dirigieron junto con Kaioshin y Kibito ante el Juez de las Almas. El imponente Rey Enma golpeaba la mesa con sus enormes manos, haciendo saltar los papeles de su escritorio.
    —¡Gracias por venir! —tronó con su voz grave—. Llegasteis justo a tiempo para detenerlos.
    Se inclinó a modo de reverencia hacia Kaioshin.
    —La mayoría han sido contenidos… pero antes de que alcanzaseis la zona de combate, algunos escaparon. Y no lo hicieron con las manos vacías…
    Goku ladeó la cabeza, curioso.
    —¿A qué te refieres?
    Enma tensó el gesto.
    —Se llevaron parte de la energía oscura que recogemos aquí. La que extraemos durante la purificación de las almas. Nosotros solo la usamos como combustible… pero ellos la tomaron como si supieran exactamente qué buscar.

    El silencio se volvió pesado. Kaioshin endureció la mirada, con una punzada de preocupación recorriéndole la memoria.
    —¿Energía oscura robada del Infierno…? —repitió en voz baja—. Recuerdo algo parecido en las historias antiguas… un incidente en el que se extrajo poder prohibido de este mismo lugar. Esto es preocupante. Quizá esto esté conectado a algo mayor.

    Goku posó una mano firme en el hombro de Uub.
    —Parece que nuestro entrenamiento acaba de ponerse interesante.

    Goku se rascó la cabeza con expresión pensativa.
    —¿Y ahora qué hacemos con esos guerreros…? —preguntó, mirando a Kaioshin.
    El dios supremo asintió.
    —Por ahora, lo mejor será que permanezcan aquí. Hasta que descubramos qué está ocurriendo y de dónde vienen exactamente.
    El Rey Enma cruzó los brazos y asintió con firmeza.
    —Claro... Pueden quedarse aquí en una zona segura mientras tanto. Daré las órdenes necesarias.

    Kaioshin, con gesto grave, se giró hacia su guardián.
    —Kibito, ven conmigo. Debemos revisar los registros antiguos del Mundo Sagrado. Puede que allí encontremos la clave de quién está detrás de esto… y qué planea hacer con esa energía.

    En Toria, el aire todavía vibraba con la electricidad de los Super Saiyajin 2 cuando Gravek, con un gesto cínico, levantó una mano. Su aura oscura se expandió en todas direcciones como un oleaje.

    De pronto, varios civiles de Toria, todavía bajo el control mental, emergieron de entre las sombras de las ruinas de los distritos más lejanos. Sus miradas estaban vacías, sus movimientos rígidos. Avanzaban en silencio hacia el campo de batalla, interponiéndose entre los Saiyajin y su amo.

    —¡No… no puede ser! —gritó Halira, horrorizada.
    —Así es —murmuró Gravek, con un brillo cruel en los ojos—. Veamos si sois capaces de mantener vuestra estrategia… cuando cada golpe vuestro puede destruir a inocentes.
    —¡Cobarde! —rugió Trunks, avivando su aura eléctrica.

    Uno de los ciudadanos controlados se abalanzó sobre él. Trunks lanzó un puñetazo, pero su puño se detuvo en seco, haciendo vibrar el aire a escasos centímetros de su rostro. Sus músculos se tensaron.
    Esa fracción de instante bastó. Gravek se materializó a su espalda y lo golpeó con un codazo brutal. Trunks salió disparado contra un puente de piedra, que se resquebrajó sobre el río embravecido.
    —¡Trunks! —gritó Goten, corriendo hacia él, pero dos habitantes controlados le bloquearon el paso.
    Piccolo apareció de golpe, derribando a uno de ellos con la mano extendida.
    —¡Idiotas! ¡Estos son solo estorbos! ¡Si dudáis, estaréis acabados!
    Goten esquivó una ráfaga de uno de los controlados y apretó los dientes.
    —¡No es tan fácil! —protestó—. ¡Si golpeo con toda esta fuerza… podría matarlos!
    —Entonces… dejádmelos a mí —bramó Piccolo, alargando los brazos y atrapando a dos a la vez para inmovilizarlos.

    Halira dio un paso al frente, conteniendo la respiración.
    —Milana… ¿estáis ya en condiciones de luchar?
    Milana tensó la mandíbula, incorporándose junto a varios de los suyos.
    —Sí. Aún estamos aturdidos, pero ya podemos movernos. Ayudaremos.
    Piccolo les lanzó una mirada rápida por encima del hombro.
    —Vale. Pero no os expongáis de más.

    Halira, con expresión triste en sus ojos, se lanzó contra otro grupo. Golpeaba con la parte plana de su mano, derribándolos sin matarlos, apenas dejándolos inconscientes.
    —¡Perdonadme! ¡Lo siento! —gritaba con cada impacto.

    Sobre las ruinas del puente, Trunks apartó una losa de piedra con un empujón violento y trató de incorporarse.

    Gravek aprovechó la distracción, cargando de frente contra Goten. El choque levantó una onda expansiva que partió el suelo en dos. Goten lo resistió apenas, mientras sus pies se arrastraban contra el polvo.
    —¡Maldición… no puedo golpear con todo si se esconde detrás de ellos!
    —Exacto —susurró Gravek, con el rostro a centímetros del joven Saiyajin—. Vuestra compasión es la llave de mi victoria.

    Con un giro brutal, lo lanzó por los aires. Goten giró en espiral hasta caer al suelo, jadeando.

    Trunks, recuperado del impacto anterior, se aproximó con furia.
    —¡Eres un monstruo, Gravek!
    Piccolo, con los dos habitantes ya tendidos a sus pies, gritó a los chicos:
    —¡Olvidadlos! ¡Centraos en él! ¡Nos encargaremos de liberar a los demás!
    Los ojos de Trunks ardieron de determinación.
    —Está bien… ¡Goten, volvamos al plan!
    Goten se reincorporó, con sangre en la frente y una sonrisa desafiante.
    —¡Sí! ¡Turnarnos hasta que caiga!

    Las auras eléctricas de ambos volvieron a la normalidad. Piccolo y Halira contenían como podían a los inocentes controlados, abriendo el campo para que los dos Saiyajin retomaran la ofensiva.
    Gravek, sin embargo, se relamió con malicia.
    —Seguid intentándolo. Cada instante que lucháis… la oscuridad se alimenta más.

    El suelo tembló bajo la presión de sus palabras. La verdadera guerra mental y física en Toria acababa de escalar.
     
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  1. madeinjapan
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