Long-fic de Pokémon - La canción de Hypno

Tema en 'Fanfics de Pokémon' iniciado por Allister, 7 Julio 2026 a las 2:13 PM.

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    Allister

    Allister Caballero del árbol sonriente

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    Escritor
    Título:
    La canción de Hypno
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    4012
    Capítulo 1

    Las noches en Pueblo Lavanda suelen ser frías y colmadas de una neblina que surge como bruma espectral. Recuerdo que, cuando era niño, los vellos del cuerpo se me erizaban al ver cómo aquella silenciosa capa blanca avanzaba, retorciéndose como tentáculos entre las tumbas del viejo cementerio.

    Hoy todo aquello ha quedado en el pasado.

    Del cementerio solo quedan recuerdos y una alta torre de radio, desde la cual transmiten música pop alegre que los chiquillos suelen escuchar en sus walkmans mientras transitan por la noche, ajenos a las cosas terribles que aguardan en las sombras.

    De vez en cuando me gusta caminar bajo la luz de la luna, fumando un cigarrillo, observando la evolución del sitio y recordando el verdor que el asfalto de la modernidad ha devorado.

    La brisa sopla, y la mayor parte del tiempo me resulta agradable.

    Estoy curado de espantos. Como detective privado, he podido presenciar la decadencia humana en todos sus niveles, pero incluso alguien curtido como yo sucumbe, de vez en cuando, al poder sombrío de este lugar.

    A veces hay silencios demasiado largos y absolutos que me obligan a detenerme y mirar alrededor. O el chirrido débil de una puerta lejana, en mitad de la noche, que me hace pensar en fantasmas. Todo esto hace que el niño asustado del pasado vuelva a recordar el cementerio y el miedo que me infundía hasta los huesos.

    Supongo que así se siente vivir en un lugar como este. ¿O seré el único? Me pregunto si los más viejos del lugar aún se estremecen al recordar tiempos más silenciosos y místicos. ¿O acaso la tecnología nos ha robado los fantasmas del pasado?

    Como sea, Pueblo Lavanda tiene terrores más reales e inmediatos que enfrentar.

    Los niños… el maldito problema con los niños.

    ****​

    Conocí a Cindy Mayfer una mañana, durante el desayuno.

    Era bonita. Tenía el cabello rubio, cortado a la altura de las orejas, y un flequillo que le cubría la frente. Sonreía con alegría, y se veía radiante pese a que le faltaba uno de los dientes frontales. No tendría más de seis años.

    Ver su foto en la caja de leche, con la etiqueta de “PERDIDA”, me revolvió el estómago.

    Sabía cómo habían terminado los otros. “Greasy” Bobby, mi contacto en la policía, me había dado los detalles.

    —Este tipo está loco —dijo Bobby.

    El último botón de su uniforme estaba al límite, a punto de salir disparado.

    —No deberías ver esas fotos, Marchant —me advirtió, posando su rolliza mano sobre la carpeta que descansaba en el escritorio.

    Lo miré con cierta reticencia hasta que retiró la mano y liberó los documentos.

    —¿Qué tienes para mí, Bobby? —pregunté mientras comenzaba a ojear las fotografías.

    cinco niños… en apenas seis meses.

    El informe hablaba de un modus operandi, de un patrón serial. La policía estaba convencida de que se trataba del mismo sujeto.

    Diez víctimas. Todas muertas por una sobredosis de benzodiacepina.

    Cada una… No quiero ni mencionarlo. Solo recordarlo me estremece.

    —¡Te lo dije! —exclamó Greasy—. Ese tipo es un aberrado. Nos ha tenido en suspenso todo este tiempo. Yo mandé a mi hija a Ciudad Azafrán, con su madre. No quiero que ese psicópata le ponga un dedo encima.

    Tragué saliva y casi me sentí agradecido de no haber traído hijos a este mundo.

    —Has hecho bien, Bobby. Esta mierda es enfermiza. ¿Podrías darme una copia del informe?

    Me miró con desconfianza. Siempre lo hacía. Creo que era su forma de lidiar con la culpa: hacerse el ofendido durante unos minutos para, al final, aceptar la pasta con la que seguramente compraría algo bonito para su exmujer y su hija.

    Nadie culparía a Greasy por hacer lo que hacía. Cualquiera que no viviera debajo de una piedra sabía que el sueldo de un policía rural era una verdadera porquería. La pensión alimenticia y los gastos del día a día terminaban por devorar a cualquiera.

    —¡Vamos, Bobby! Hemos hecho esto durante años —le dije—. Esos viajes a Ciudad Azafrán no se pagarán solos.

    Me miró con una expresión de Growlithe apaleado. Una parte de mí odiaba tener que humillarlo de esa forma. Bobby no era un mal tipo. Era como tantos otros: un hombre decente al que la vida había repartido una mala mano.

    —Está bien, Marchant —susurró.

    Sonreí y deslicé discretamente un fajo de billetes sobre su escritorio.

    Me largué de la estación de policía con el expediente escondido en la gabardina.

    El día olía a lluvia y pintaba para ser el escenario de una vieja película de Hitchcock. Me detuve en la escalinata de la estación.

    Saqué un paquete de Silk Cut del bolsillo del abrigo y me llevé un cigarrillo a los labios. No lo encendí de inmediato.

    En ese momento, Edward Crawford, jefe de la unidad de delitos sexuales, estaba entrando en la comisaría.

    Me apresuré a salirle al paso.

    —¡Señor Crawford!

    Se volvió con expresión de sorpresa.

    Era alto y gris como aquel día. El cabello largo y canoso le caía sobre los hombros. Sus ojos, pétreos y cansados, me sostuvieron la mirada. El rostro alargado, surcado de arrugas, y la barba de varios días delataban el estrés que cargaba sobre los hombros.

    —Disculpe. Quizá no me conozca. Soy el detective Gregory Marchant.

    Abrió los ojos de par en par.

    —Claro que lo conozco. Me han hablado mucho de usted. De hecho, me advirtieron sobre usted. ¿Qué lo trae por aquí? Espero que no sea el caso de los niños.

    No pude evitar esbozar una sonrisa de malnacido. De alguna forma retorcida, me gustaba tener mala reputación entre los altos mandos de la policía. Era una forma de recordarme que seguía siendo una piedra en el zapato para esa clase de hombres; alguien que, de vez en cuando, todavía conseguía dejarlos en ridículo.

    Me encogí de hombros.

    —No puedo evitarlo, señor. Es mi trabajo. De hecho, quería preguntarle si tienen algún avance importante. Me he enterado sobre la niña Mayfer. Deben encontrarla cuanto antes; la muerte de esa pequeña podría suponer un gran escándalo para la policía. Los Mayfer son dueños de medio Pueblo Lavanda. No les vendría mal una mano.

    Crawford frunció el ceño. El comentario añadió una capa de presión sobre aquel viejo cuerpo cansado.

    —Agradezco su preocupación, detective Marchant —dijo, con una amargura contenida bajo una diplomacia bien aprendida—. Pero me temo que este es un caso demasiado delicado como para permitir la intervención de externos.

    Sus ojos grises se clavaron en los míos. Extendió la mano y yo la estreché. Su apretón era firme, demasiado fuerte para su apariencia frágil.

    —Sin embargo —prosiguió—, toda información que nos ayude a dar con ese maldito es bienvenida. Siempre que se maneje con la discreción pertinente.

    ¿Me pareció, o estaba pidiendo mi ayuda de manera extraoficial?

    Crawford sonrió y siguió su camino. Giró justo antes de entrar.

    —No sea una molestia, detective.

    Sonreí y encendí mi cigarrillo.

    ****​

    Caminé rumbo a la agencia, perdido en mis pensamientos, ignorando a los fantasmas desenfocados que andaban a prisa vendados por lo cotidiano. El cielo entristecía cada vez más y mi mente vagaba entre las fotografías del expediente, oscilando entre la rabia y el asco.

    Cuando menos lo pensé, me encontré frente al edificio donde estaba la agencia.

    Era uno de esos viejos bloques de apartamentos que parecían resistirse a morir. Cinco plantas de fachada color marfil, castigada por la lluvia y los años, se alzaban entre edificios mucho más elegantes, negándose a desaparecer. Una escalera de incendios trepaba por el frente como una cicatriz de hierro oxidado.

    Las ventanas, desiguales, parecían ojos cansados observando la avenida. Era el tipo de lugar donde el ascensor llevaba años averiado, el café siempre olía a humedad y los vecinos aprendían a no hacer preguntas.

    Parecía el sitio perfecto para alguien como yo.

    Subí hasta el quinto piso por la escalera interior. Desde algún apartamento llegaba el murmullo apagado de un televisor y, más arriba, alguien discutía con la suficiente pasión como para que las paredes participaran en la conversación.

    Finalmente, me detuve frente a la puerta de Marchant Mysteries Solved, S. A.

    Lo sé. Probablemente habría sido buena idea contratar a alguien para encargarse del marketing. Pero es lo que hay, cariño.

    Ingresé y la visión de aquella mujer tras el escritorio me trajo de regreso al mundo real.

    Rachel alzó la vista cuando abrí la puerta. Llevaba una blusa oscura de mangas remangadas y una falda de tubo roja. El cabello, del mismo tono, estaba recogido con un lápiz, como si en cualquier momento fuera a necesitar ambas manos para resolver otro desastre que yo hubiera provocado.

    Era atractiva, claro. Pero no era una belleza escandalosa; era peor. Era ese tipo de mujer que uno se descubre mirando por segunda vez y termina recordando durante semanas. Bastaba con verla ordenar unos papeles o apartarse un mechón de cabello detrás de la oreja para entender por qué tantos clientes olvidaban el motivo por el que habían venido.

    Pero su mayor atractivo era que conseguía mantener aquella oficina funcionando pese a tenerme como jefe, y eso requería más talento que belleza.

    En aquel momento supe que, sin Rachel, la oficina no existiría. Y lo peor era que yo tampoco.

    —Buenos días, Gregory —dijo, sin levantar demasiado la voz.

    Era la única que me llamaba por mi nombre de pila. Para los demás yo era, simple y llanamente, Marchant.

    Asentí como un tarado, demasiado consciente de algo tan trivial como la forma en que sostenía el bolígrafo entre los dedos.

    Vamos, hombre. Que no se note el desconcierto.

    —Buen día, cariño —contesté por fin, recuperando el aplomo—. ¿Qué buenas nuevas nos trae el día de hoy?

    Colgué la gabardina y el sombrero fedora en el perchero, no sin antes extenderle el archivo que acaba de conseguir de la policía.

    Entonces reparé en un abrigo de piel de Vulpix que colgaba junto a los míos.

    Era fino. Demasiado fino para que Rachel pudiera permitírselo.

    Solté un largo silbido.

    —¿Te sacaste la lotería, Rach?

    —Ya quisiera —respondió.

    Había vuelto a clavar las narices en el trabajo, y yo pasaba a ser poco más que ruido de fondo.

    —Adentro hay una mujer muy distinguida esperándote —añadió, sin apartar la vista del papeleo—. Creo que la suerte por fin nos sonríe. Si este caso sale bien, pediré un bono... y unas vacaciones.

    Sonreí.

    —Si alguien con esa cantidad de pasta nos contrata, cariño, yo mismo te pago un viaje en el S. S. Anne.

    Me pareció verla contener una sonrisa antes de esconderla tras una impecable cara de póker.

    —Entonces deja de hacerme perder el tiempo y ve a hablar con ella. Te espera en tu oficina.

    Caminé hacia la pequeña habitación que durante años había tenido la desfachatez de llamar oficina.

    Una fragancia fina y delicada me recibió antes incluso de cruzar el umbral.

    El cuarto era estrecho. Apenas había espacio para mi escritorio y el sofá de cuero falso donde atendía a los clientes.

    Ella ocupaba el sofá con una elegancia que hacía parecer todavía más miserable el resto de la habitación.

    Estaba sentada con las piernas cruzadas. Vestía un traje negro de una sola pieza, sobrio y perfectamente entallado. Unas medias oscuras prolongaban la línea de sus piernas hasta unos zapatos de tacón que parecían mantenerla anclada al suelo con una dignidad casi desafiante. Y en el brazo le colgaba un lujoso bolso de diseñador.

    Era rubia. Tendría poco más de treinta años. Sus ojos, de un azul intenso, estaban apagados por el llanto y las noches sin dormir.

    Entonces comprendí por qué me resultaba familiar.

    El peinado en forma de hongo y el flequillo que descansaba sobre su frente eran casi idénticos a los de la pequeña Cindy Mayfer.

    No pude evitar fijarme también en el collar de perlas de Clamperl que descansaba sobre su cuello. Era una joya exquisita, aunque quedaba eclipsada por el pequeño frasco de ansiolíticos que sujetaba con fuerza entre sus manos.

    A su lado permanecía un Hypno.

    No tenía el aspecto salvaje de la mayoría de los Pokémon que había visto a lo largo de mi vida. Vestía un impecable saco de mayordomo y llevaba su monóculo de hipnosis sobre el ojo izquierdo. Permanecía inmóvil, con las manos entrelazadas frente al cuerpo, vigilando la habitación en silencio.

    —Buenos días, señora Mayfer —dije mientras le estrechaba la mano.

    Ella reaccionó como si aquellas palabras la hubieran tomado por sorpresa.

    —Me temo que no me he presentado con su secretaria —respondió, ofreciéndome la mano por puro reflejo.

    Al estrechársela, reparé en un pequeño detalle: una marca pálida alrededor del dedo anular. La señal inequívoca de un anillo retirado recientemente. ¿Un anillo de bodas?

    Su tacto fue breve, pero agradable. Era delicado, casi ajeno al esfuerzo. Pensé, sin temor a equivocarme, que aquellas manos jamás habían conocido el peso del trabajo duro.

    —Supongo que Rach no quiso incomodarla con preguntas —dije al fin—. Por suerte, tengo cierta facilidad para observar los detalles. Aunque debo disculparme si he asumido una identidad que no le corresponde.

    Ella negó suavemente con la cabeza.

    —Está usted en lo correcto... pero ¿cómo lo ha sabido?

    Sonreí. Debo admitir que disfruto de estos momentos, sobre todo cuando tengo la oportunidad de impresionar a una dama.

    —El parecido entre ambas es innegable —respondí—. Y, teniendo en cuenta su posición y la angustia que lleva escrita en el rostro, usted no puede ser otra que la madre de Cindy Mayfer.

    Ella sonrió. O al menos hizo el intento.

    —No suelen venir muchos ricachones por aquí, ¿verdad?

    Su voz sonó amarga y distante.

    Caminé hasta mi escritorio y tomé asiento sin apartar la vista de ella. El Hypno hizo exactamente lo mismo conmigo.

    Siempre hubo algo de los Pokémon que me inquietó. Esa capacidad destructiva que la mayoría parecía empeñada en ignorar. En lo que a mí respectaba, aquel tipo psíquico podía estar husmeando en mis pensamientos en ese mismo instante. Y si encontraba algo que no le agradaba... ¿Qué le impediría usar sus poderes contra mí?

    —Tiene usted razón —respondí, manteniendo la compostura—. La gente como usted no suele confiar demasiado en personas como yo. Dígame, señora Mayfer... ¿qué tiene la policía que no termina de convencerla?

    Bajó la vista, casi avergonzada.

    —Puede llamarme Katherine.

    Asentí.

    —Verá, detective Marchant... —dijo. El esfuerzo que le suponía hablar resultaba evidente—Tengo la sospecha de que hay personas demasiado importantes involucradas en este asunto. Personas con la suficiente influencia como para mantener a la policía al margen... ¿me entiende?

    Katherine sujetó con más fuerza el frasco de ansiolíticos.

    No pude evitar incorporarme ligeramente en el asiento. Lo que estaba a punto de decir podía resultar muy... sustancioso.

    —Katherine, antes de que continúe, ¿podría pedirle un favor?

    Me observó desconcertada.

    —Claro.

    No me agradaba en lo más mínimo la presencia del Hypno. Y si Katherine estaba a punto de irse de la lengua con información importante, prefería que nadie tuviera ventaja sobre mí. Mucho menos un Pokémon capaz de hurgar en la mente ajena.

    —¿Podríamos tener esta conversación a solas? —pregunté, dirigiendo la mirada hacia el Hypno.

    El Pokémon pareció ofenderse y dejó escapar un gruñido apenas contenido.

    Katherine, sin embargo, lo hizo desistir con gesto.

    Me levanté, satisfecho, y abrí la puerta.

    El tipo psíquico salió en silencio hacia la recepción, donde Rachel seguía trabajando como si el resto del mundo fuera una molestia secundaria.

    —¡Rach! Pronto necesitaremos comprar más café. Recuérdalo —dije desde la puerta.

    Rachel alzó la vista al instante. Había entendido el código. Lo habíamos usado un sinfín de veces y sabía que debía mantener al Hypno distraído el mayor tiempo posible.

    Rach podía ser increíblemente parlanchina cuando se lo proponía, especialmente si un bono extra la esperaba al final de la quincena.

    Cerré la puerta con discreción.

    Aflojé el nudo de la corbata. Estaba seguro de que lo que venía era una bomba.

    —¿En qué nos habíamos quedado?

    La insté a continuar. Katherine pareció temblar en su asiento.

    —Mi familia, detective. Tengo fuertes sospechas de que Ed Mayfer, mi cuñado, tiene algo que ver con el caso de los niños asesinados.

    La revelación me cayó como un balde de agua fría.

    Ed Mayfer no solo era uno de los empresarios más acaudalados de todo Kanto; también dirigía fundaciones dedicadas a ayudar a niños por todo el mundo. Era un hombre respetado. Hasta donde yo sabía, ninguna mancha de ignominia había empañado jamás su nombre.

    —Comprenderá que esa es una acusación muy grave, Katherine.

    Saqué el paquete de cigarrillos del bolsillo del pantalón. Quedaban dos. Suspiré con cansancio.

    —¿Le molesta? —pregunté, levantando ligeramente la cajetilla.

    Katherine negó con la cabeza. Me observó con ansiedad y entonces comprendí que no era el humo lo que le molestaba; era el deseo de fumar.

    Le ofrecí el último cigarrillo de la cajetilla.

    Se levantó y caminó hasta el escritorio. El firme golpeteo de sus tacones contrastaba con la fragilidad que reflejaba su cuerpo.

    Acerqué el encendedor. Sus labios pálidos apenas sostenían el cigarrillo.

    Después encendí el mío.

    Katherine dio una calada larga. Retuvo el humo unos segundos antes de dejar escapar una bocanada lenta, casi un suspiro hecho de nicotina.

    —Sé que suena loco —dijo por fin—, pero es la verdad. Desde que Ed regresó de su viaje, hace seis meses, los niños comenzaron a desaparecer.

    La observé con detenimiento. Intentaba ver más allá de la desesperación.

    —Lo sé, lo sé —exclamó al notar mi expresión—. Parece una coincidencia, como cualquier otra. Yo también lo habría dejado pasar... pero cuando desapareció Rebecca Lawson, la cuarta víctima, ocurrió algo muy extraño.

    —¿Qué podría ser? — pregunté intrigado.

    Di una calada al cigarrillo. La nube azulada ascendió lentamente hacia el techo, retorciéndose sobre mi cabeza como si intentara ordenar mis pensamientos.

    —Los escuché discutir.

    Fruncí el ceño.

    —A Ed Mayfer ¿y a…?

    Ella bajó a la vista.

    —A Maslow. Maslow Mayfer, mi esposo.

    La oficina quedó en silencio.

    Solo se oía el golpeteo de la lluvia contra el techo y el tenue chisporroteo de nuestros cigarrillos consumiéndose.

    —¿Qué discutían? —pregunté al cabo de unos segundos.

    —No lo sé con certeza. Estaban en el despacho de Ed. La puerta estaba cerrada.

    Esperé.

    Los clientes siempre terminaban hablando cuando uno les concedía el tiempo suficiente.

    —Maslow gritaba. Eso era extraño. Mi marido jamás levanta la voz.

    —¿Qué alcanzó a oír?

    Cerró los ojos un instante, como si rebuscara las palabras entre un recuerdo que preferiría olvidar.

    —Escuché a Ed decir que aquello terminaría por hundirlos. Que no podían seguir tapando el sol con un dedo y que había llegado el momento de tomar cartas en el asunto.

    Mi mano se detuvo a mitad de camino, antes de llevar el cigarrillo a los labios.

    —¿Eso fue todo?

    Negó lentamente.

    —Después habló Maslow. Dijo que tenía amigos en la policía y en la fiscalía. Que podía entorpecer la investigación un par de meses mientras todo se calmaba... No logré escuchar el resto.

    Fruncí el ceño.

    —¿Tiene idea de quiénes podrían ser esos amigos?

    El humo escapó despacio entre sus labios.

    —No. Nunca me involucré demasiado en los negocios... ni en las amistades de mi esposo.

    La miré sin pestañear.

    El cigarrillo se consumía entre mis dedos.

    —Si solo hubiera sido esa discusión, jamás habría venido a verlo.

    Levanté una ceja.

    —¿Entonces qué la hizo cambiar de opinión?

    Sus ojos comenzaron a humedecerse. Dejó caer el cigarrillo y lo aplastó con aquellos finos zapatos de tacón.

    —Al día siguiente... Cindy desapareció.

    La frase quedó suspendida entre nosotros.

    —Maslow llegó esa noche muy alterado. Tenía un golpe en la cabeza, la ropa sucia y el aspecto de alguien que acababa de salir de una pelea. Apenas habló conmigo.

    Tragó saliva antes de continuar.

    —Cuando la policía se marchó y él se encerró en su habitación, hice algo de lo que no me siento orgullosa.

    Guardé silencio.

    —Entré en su despacho y encontré esto.

    Abrió lentamente el bolso que llevaba sobre las piernas.

    Sus manos temblaban.

    Extrajo una fotografía y la dejó sobre el escritorio con el mismo cuidado con el que uno deposita una bomba.

    Las cenizas del cigarrillo me quemaron los dedos. Maldije por lo bajo y dejé caer la colilla.

    La tomé. Y lo que vi me desconcertó.

    —Esto es grave— exclamé.

    El solo tacto de la fotografía me quemaba las manos.

    —Lo entiende ahora —dijo Katherine con un hilo de voz.

    Asentí muy despacio.

    —No puedo acudir a la policía. El simple hecho de tener esa fotografía ya pone mi vida en peligro.

    Sus nudillos se volvieron blancos alrededor del frasco de ansiolíticos.

    —¡No me importa Ed!

    Hizo una pausa para contener el llanto.

    —Ni siquiera me importa Maslow. Solo quiero recuperar a mi hija.

    Metió nuevamente la mano en el bolso y dejó un sobre abultado sobre el escritorio.

    El peso del dinero hizo crujir la madera.

    No hacía falta abrirlo para saber que había una pequeña fortuna dentro.

    —No importa cuánto haya que pagar. Usted es el único que puede encontrar a Cindy.

    Miré el sobre durante unos segundos.

    Después volví a observar la fotografía.

    Finalmente empujé el dinero de vuelta hacia ella.

    —Guárdelo.

    Katherine frunció el ceño.

    —¿No acepta el caso?

    Tomé nuevamente la fotografía.

    —Al contrario.

    La sostuve unos segundos entre los dedos antes de guardarla en el bolsillo del pantalón.

    —Lo acepto precisamente por esto.

    Me puse de pie.

    —Si esta fotografía es auténtica, usted acaba de meterme en el caso más peligroso de toda mi carrera.

    Caminé hasta la puerta y me detuve un instante antes de abrirla.

    —A partir de este momento, esa fotografía deja de ser su problema. Y, mientras yo siga respirando, tampoco dejaré que Cindy lo sea.

    La mujer se levantó del sofá y caminó hacia mí mientras se secaba las lágrimas con un pequeño pañuelo rojo.

    —Confío en usted —susurró, acercándose más de lo necesario.

    Por un instante, su perfume me envolvió, demasiado dulce y cercano para ignorarlo.

    Antes de que pudiera reaccionar, me plantó un beso en la mejilla. Luego, con una delicadeza casi inesperada, deslizó sus dedos sobre mi rostro y limpió la tenue marca de labial que había dejado.

    No supe si aquel gesto era una muestra de gratitud… o una forma de asegurarse de que no olvidaría aquel encuentro.

    Abrí la puerta y le cedí el paso.

    Afuera, Rach distraía al Hypno mayordomo con algún tema que no alcancé a escuchar. Le lancé una rápida mirada y noté cierta incomodidad en su expresión.

    Katherine Mayfer caminó lentamente hacia el perchero. No pude evitar fijarme en su figura elegante y perfectamente cuidada. Era atractiva, de eso no había duda.

    Sacó unas gafas oscuras de su bolso y tomó el fino abrigo de Vulpix que colgaba del perchero. Apenas pareció reparar en la presencia de Rachel.

    No se volvió para despedirse. Simplemente salió de la agencia, seguida por Hypno, quien la acompañó hasta que ambos desaparecieron al final del pasillo.

    —Es guapa, ¿cierto? —dijo Rach, arrancándome de mis pensamientos.

    —Peligrosamente guapa —respondí.

    Busqué el paquete de cigarrillos en mi bolsillo por costumbre. Al sentirlo entre mis dedos recordé que estaba vacío.

    —Seguimos con el caso, Rach —dije todavía distraído—. Necesitaré hablar con Rocco cuanto antes.

    Rachel me observó con seriedad.

    —Algo no te cuadra, ¿cierto?

    Asentí.

    —Algo huele muy mal aquí… o quizá demasiado bien. Todavía no estoy seguro.

    Me acerqué a su escritorio.

    —Pásame el expediente de Greasy Bobby, ¿quieres?

    Rachel me entregó la carpeta.

    —Hablaré con Rocco entonces —dijo.

    Asentí y me encerré en mi oficina.

    Durante varios minutos repasé cada detalle de aquella entrevista. Saqué la fotografía del bolsillo y volví a leer el expediente una vez más.

    Entonces lo vi.

    Un pequeño detalle que hasta ese momento había pasado por alto.

    Un elemento que cambiaba por completo la dirección del caso, una dirección que hasta entonces había estado marcada por la versión de Katherine Mayfer.

    Abrí el informe y fijé la mirada en la línea que parecía gritarme la respuesta.

    "Sobredosis por benzodiacepina".

    El mismo tipo de ansiolítico que Katherine Mayfer llevaba consigo.
     

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