Long-fic de Naruto - Naruto: Antes del Amanecer

Tema en 'Fanfics de Naruto' iniciado por eduardo harfush, 5 Julio 2026 a las 2:49 AM.

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    eduardo harfush

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    Naruto: Antes del Amanecer
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    Naruto: Antes del Amanecer

    Sinopsis
    Una decisión puede cambiar una vida. Varias pueden cambiar una era. Años antes del nacimiento de Naruto, Konoha comienza a recorrer un camino distinto, donde cada elección tendrá un precio y ninguna consecuencia será casualidad. Cuando llegue el momento de Naruto, heredará mucho más que la Voluntad de Fuego.

    Arco 0 — Capítulo I: La Víspera

    La sala del Consejo de Konoha no era un lugar diseñado para la comodidad. Las paredes de madera oscura absorbían la luz de las lámparas sin devolverla, y el aire cargaba ese peso específico que acumulan los espacios donde se toman decisiones que otros van a cargar durante años sin que nadie en esa sala vaya a sentirlo directamente. Una mesa larga de roble ocupaba el centro. El señor feudal del País del Fuego presidía desde el extremo norte con la postura de alguien acostumbrado a que las salas se organicen alrededor de su presencia — no arrogancia, simplemente la comodidad natural de quien nunca tuvo que aprender a ocupar menos espacio del que le correspondía. A su derecha, Hiruzen Sarutobi con las manos cruzadas sobre la mesa y la pipa apagada frente a él. A su izquierda, Danzō Shimura con el brazo vendado descansando sobre el regazo y la mirada instalada en el centro de la mesa con la quietud de alguien que lleva tanto tiempo leyendo salas como esta que ya no necesita mirar a las personas para saber exactamente dónde están paradas. Homura Mitokado y Koharu Utatane flanqueaban a Danzō con la simetría silenciosa de décadas compartidas. Los tres habían aprendido a ocupar el mismo espacio sin necesitar mirarse para coordinarse, y esa coordinación invisible era en sí misma una forma de argumento antes de que cualquiera de ellos abriera la boca.


    Minato Namikaze estaba de pie frente a la mesa. Veintiún años, el shinobi más rápido que el mundo ninja había producido en generaciones, y en este momento un hombre presentando un caso ante el Consejo con la misma precisión con que habría planeado una operación de campo. El abrigo blanco con las llamas rojas en el dobladillo colgaba completamente quieto. Minato no gesticulaba cuando hablaba en sala. Dejaba que las palabras hicieran el trabajo solas, y sus palabras siempre eran suficientes.


    Raiga Uchiha estaba de pie a tres pasos detrás y a la derecha de Minato. Ikki Senju a tres pasos detrás y a la izquierda. Convocados por protocolo — presencia obligatoria en sala cuando se discute una asignación que los involucra directamente. Los ANBU en el perímetro, inmóviles.


    Raiga tenía las manos detrás de la espalda y los ojos en el punto neutro de la madera frente a él. No en Danzō, no en el señor feudal, no en Hiruzen. En el punto donde la mesa no le pedía nada y él no le daba nada a cambio. Las manos detrás de la espalda porque si las tenía al frente iba a tener que hacer algo con ellas, y lo que quería hacer con ellas no era apropiado para esta sala ni para este momento.


    Ikki estaba ligeramente más relajado en la postura. Lo cual, para quien lo conociera de verdad, significaba exactamente lo contrario de lo que parecía.



    —Kushina está embarazada. —Minato no construyó hacia eso. Lo puso sobre la mesa desde el inicio, directo, porque el Consejo ya sabía el contexto y lo que no sabía todavía era lo que él necesitaba que entendiera. —El parto ocurrirá en los próximos meses. Durante las contracciones el chakra de la madre se fragmenta y el sello de contención del Kyūbi se adelgaza de manera proporcional al esfuerzo físico del proceso. En ese período de vulnerabilidad, cualquier factor externo que altere las condiciones controladas — un ataque, una filtración de la ubicación, cualquier interrupción que no estaba en el plan — puede derivar en una liberación parcial o total de la bestia dentro del perímetro de la aldea. Las consecuencias de ese escenario no necesitan elaboración ante este Consejo. Solicito formalmente la asignación de Raiga Uchiha e Ikki Senju como escoltas personales de Kushina durante el parto, en ubicación segura fuera de la aldea. La operación requiere planificación anticipada. Por eso la solicitud es ahora.


    El señor feudal lo procesó con la atención cuidadosa de alguien que entiende que está frente a materia especializada que no domina del todo pero que tiene la experiencia suficiente para reconocer cuándo algo importa de verdad.


    —¿Cuánto tiempo falta para el parto?


    —Varios meses. Tiempo suficiente para preparar la operación correctamente y tener a los operativos asignados con la anticipación necesaria para que ninguna transición cree ventanas de vulnerabilidad.


    El señor feudal asintió, los ojos moviéndose hacia Hiruzen.


    —El análisis del Hokage es correcto en cada punto técnico. —Hiruzen no movió las manos de la mesa. La voz era la de alguien que lleva décadas eligiendo cuándo hablar con peso y cuándo hablar con economía, y que en este momento eligió la economía porque el argumento de Minato no necesitaba ser extendido sino respaldado. —He revisado personalmente los registros de las jinchūriki anteriores del clan Uzumaki. El riesgo durante el parto no es especulativo — está documentado con suficiente detalle para que este Consejo lo trate como certeza operativa. Y en lo que respecta a los operativos solicitados: no hay dos shinobi en Konoha con mayor capacidad de contener un incidente de esa escala. La combinación que representan Raiga Uchiha e Ikki Senju en ese contexto específico no tiene equivalente disponible dentro de la aldea. Recomiendo aprobar la asignación.


    El señor feudal inclinó la cabeza con la expresión de alguien que estaba a punto de decir que sí.


    Danzō habló.


    No se movió para hacerlo. La voz salía con la economía de alguien que lleva décadas midiendo cada palabra por su peso específico y que aprendió hace mucho tiempo que el silencio inmediatamente antes de hablar hace el trabajo de tres frases de preparación. No miró al señor feudal. Miró al centro de la mesa, y habló hacia ese centro con la calma de quien nunca ha necesitado elevar la voz para que una sala lo escuche.


    —Hay consideraciones que el análisis del Hokage no incorpora.


    Una pausa. El tiempo exacto para que la sala registrara que había algo más sobre la mesa.


    —Tanto Raiga Uchiha como Ikki Senju están actualmente integrados en operaciones de inteligencia activa vinculadas al monitoreo de movimiento fronterizo en el sector de Iwa. La inteligencia de las últimas semanas indica actividad en esa frontera que todavía no tiene interpretación definitiva. Puede ser rotación rutinaria. Puede ser preparación de algo más. No lo sabemos todavía, y precisamente porque no lo sabemos es cuando más necesitamos tener nuestra mejor capacidad de respuesta disponible y no comprometida en otras funciones. Comprometer a nuestros dos operativos de mayor nivel durante meses, retirándolos de operaciones activas para asignarlos a escolta doméstica, crea un hueco en nuestra capacidad de respuesta externa en exactamente el momento en que menos podemos permitirnos tenerlo. No es una cuestión de voluntad política. Es aritmética operativa.


    —Las operaciones de monitoreo fronterizo pueden cubrirse con otros operativos durante ese período. —Hiruzen respondió con la misma calma con que Danzō había hablado, sin aceleración, sin temperatura adicional. —No estamos hablando de retirar esa capacidad permanentemente. Estamos hablando de redirigirla durante una ventana específica hacia el punto donde el riesgo es más inmediato y más concreto.


    —Con operativos de menor capacidad —dijo Danzō—, en un momento donde la capacidad importa. Si el movimiento en la frontera con Iwa escala mientras nuestros mejores operativos están comprometidos en otra función, el costo de esa decisión no va a ser personal. Va a ser institucional.


    —El costo de no proteger el sello durante el parto tampoco va a ser personal. —Minato habló sin mover el tono ni un grado. —Si algo sale mal esa noche dentro del perímetro de la aldea, las consecuencias van a ser institucionales también. Y van a ir bastante más allá de las relaciones con Iwa.


    —Nadie está descartando ese riesgo. —Danzō movió los ojos del centro de la mesa hacia Minato por primera vez, y en ese movimiento no había hostilidad ni concesión — había la mirada plana de alguien que está teniendo una conversación técnica sobre recursos y que no tiene ningún interés personal en el resultado más allá de lo que considera correcto para Konoha. —Estoy señalando que la solicitud puede resolverse de otra manera. Hay operativos jōnin de primer nivel con experiencia en protección de jinchūriki que pueden asumir esa función sin comprometer nuestra capacidad de respuesta externa.


    —No pueden. —Minato no elevó el tono. No hizo falta. —Si hubiera una alternativa con capacidad equivalente para ese escenario específico, sus nombres estarían en la solicitud. No están porque no existe esa alternativa.


    —Eso es una valoración del Hokage, no un dato objetivo verificable por este Consejo.


    —Es también la valoración de cualquier shinobi en esta sala con experiencia operativa real en contención de bijū. Si el Consejo tiene dudas sobre esa valoración, estoy disponible para desarrollarla con el nivel de detalle técnico que sea necesario.


    Danzō no respondió. No porque no tuviera respuesta — porque la que tenía no le servía para este momento frente al señor feudal, y él lo sabía con la precisión de alguien que lleva décadas calculando qué decir y cuándo callarse. El silencio que siguió duró exactamente lo que tarda una sala en entender que un intercambio llegó a su límite.


    —El Consejo tiene obligación de considerar el riesgo agregado, no solo el riesgo individual de cada escenario. —Homura habló con la solidez de alguien que llegó a sus conclusiones por su propio camino y que no necesita apoyo externo para sostenerlas. No había conspiración en su voz ni crueldad calculada — había la convicción honesta de un shinobi veterano que cree que está aplicando lógica operativa correcta a una situación difícil, y que no tiene manera de ver lo que esa lógica va a costar. Eso era precisamente lo que lo hacía más peligroso que si estuviera actuando desde la mala fe. —Comprometer ambas capacidades simultáneamente durante meses no es una decisión que podamos tomar sin consecuencias reales para nuestra posición estratégica. El Hokage tiene razón en que el riesgo del sello es concreto. Pero la respuesta a ese riesgo no tiene que ser la que propone.


    —¿Cuál es la respuesta que propone el Consejo? —preguntó Hiruzen. Sin ironía. Genuinamente orientado hacia una salida que los dos sabían perfectamente que no existía en los términos que Homura describía.


    —Operativos jōnin de primer nivel con especialización en protección de jinchūriki, complementados con protocolos de seguridad reforzados en la ubicación del parto.


    —No es suficiente.


    —Es lo que el Consejo puede aprobar en este momento —respondió Homura, y en esas palabras estaba todo lo que hacía falta entender sobre el tipo de error que se cometía en esa sala — no la maldad de alguien que quiere que algo salga mal, sino la lógica equivocada de alguien que cree genuinamente que está eligiendo el mal menor y que no tiene manera posible de ver lo que esa elección va a costar.


    Koharu sumó con la brevedad de quien ya tiene su juicio formado desde antes de que empezara la reunión.


    —Asignar capacidad de élite a función personal del Hokage durante meses establece una dinámica que resulta difícil de delimitar en el futuro. El cargo del Hokage no puede crear excepciones operativas que se conviertan en expectativas. Eso perjudica la integridad del sistema de asignaciones para toda la aldea, independientemente de cuán legítima sea la solicitud individual.


    El señor feudal había escuchado todo con la atención de alguien que entiende que está frente a un cuerpo de conocimiento especializado que no es el suyo. Tres veteranos respetados del Segundo Hokage, con décadas de servicio documentado, con argumentos que sonaban técnicos y sólidos y completamente razonables desde donde él estaba sentado. No tenía base para cuestionarlos. No había ninguna razón visible para que la tuviera.


    Sus ojos se movieron hacia Hiruzen.


    Hiruzen abrió la boca.


    El señor feudal levantó una mano levemente. No con impaciencia — con la cortesía firme de alguien que respeta al interlocutor y que al mismo tiempo ya tomó su decisión.


    Hiruzen la cerró.


    En la cara del Sandaime no hubo sorpresa. No hubo rabia. Hubo algo más difícil de ver y más difícil de cargar que cualquiera de las dos — el peso de alguien que conoce a las personas que acaban de ganarle el argumento desde antes de que aprendieran a caminar, que los quiso durante décadas, y que acaba de perderles una discusión que importaba en el único lugar donde podía ganarse. No era traición lo que sentía. Era algo más lento y más permanente que eso.


    —Entiendo la preocupación del Hokage y el peso de su solicitud. —La voz del señor feudal era considerada, casi amable. —Pero el consenso del Consejo es claro, y no tengo base para contradecir el análisis operativo de shinobi con el historial de servicio de las personas presentes en esta sala. La solicitud queda denegada.


    Minato inclinó la cabeza.


    No discutió. No insistió. No hubo en su cuerpo ningún movimiento que pudiera leerse como derrota ni como rabia contenida — hubo la contención absoluta de alguien que aprendió hace tiempo que hay batallas que no se ganan en sala, y que insistir después de que la sala habló solo cuesta lo que va a necesitar para la siguiente. La inclinación fue breve, completamente correcta en el protocolo, y después sus ojos se movieron hacia la mesa frente a él y permanecieron ahí.


    Eso era lo más pesado de todo. No la rabia. La aceptación.


    Raiga movió los ojos del punto neutro de la madera cuando cayó el veredicto. Los movió hacia Minato — hacia Minato, no hacia ningún otro punto en la sala. La manera en que Minato tenía el cuerpo en ese momento era la misma que tenía cuando salía de una operación que había salido mal y que no podía volver a hacerse — esa contención específica que no es resignación sino la forma que adopta la responsabilidad cuando no tiene a dónde ir. Raiga registró cada detalle de eso y lo archivó en el lugar donde se archivan las cosas que todavía no tienen nombre pero que van a pesar durante mucho tiempo. No era sorpresa. Era la confirmación fría de algo que ya sabía y que había esperado en silencio que no fuera verdad.


    Ikki no miró a nadie.



    La sala comenzó a disolverse con la eficiencia burocrática de los cuerpos colegiados que ya cumplieron su función. El señor feudal intercambiando algunas palabras con Koharu sobre un asunto completamente distinto, la transición de tono tan inmediata que resultaba casi obscena. Homura recogiendo los documentos frente a él con los movimientos ordenados de quien ya pasó mentalmente a la siguiente tarea, sin fisura visible, sin ningún conflicto interno que pudiera leerse desde afuera. Danzō se puso de pie sin prisa y cruzó la sala hacia la salida sin dirigir la mirada hacia donde estaban Raiga e Ikki ni hacia ningún otro punto que no fuera la puerta frente a él.


    No había satisfacción visible en él. Ninguna. Ganó un argumento de poder y eso, para Danzō, no era victoria ni derrota ni nada que requiriera un registro emocional particular. Era administración. El mundo funcionaba o no funcionaba según los cálculos que él hacía sobre cómo mantener a Konoha en pie, y hoy los cálculos habían funcionado. Eso era todo lo que era para él, y la ausencia completa de cualquier otra capa en su salida era en sí misma la cosa más inquietante de todo lo que había ocurrido en esa sala.


    Hiruzen permaneció sentado después de que los demás se levantaron. Las manos todavía cruzadas sobre la mesa. La pipa apagada exactamente donde la había dejado al inicio. No miró hacia donde estaban Raiga e Ikki, y ellos no lo miraron a él, y en ese silencio de tres puntos que se ignoraban deliberadamente existía algo que ninguno de los tres necesitaba nombrar para que estuviera completamente presente — el peso compartido de haber perdido un argumento que tenían razón en hacer, frente a personas que no tenían razón en negarlo, en una sala donde tener razón no había sido suficiente.


    Minato salió sin decir nada.


    Raiga e Ikki salieron detrás.



    El pasillo fuera de la sala tenía la luz fría de la mañana entrando por las ventanas altas. Minato caminaba tres pasos adelante. Raiga e Ikki caminaban detrás con la distancia que corresponde al protocolo y que en este caso era también la distancia que necesitan dos personas que acaban de escuchar algo que requiere espacio para instalarse.


    Minato se detuvo en la intersección. Se giró. Lo que había en su cara no era lo mismo que había habido en la sala — no más expresivo, pero sí distinto. La diferencia entre hablar con la aldea encima y hablar sin ella.


    Miró a Ikki.


    —Hiruzen-sama te está esperando esta tarde. —Una pausa breve, cargada con todo lo que no podía decirse en un pasillo. —Despacho privado. Cuarta hora. Ve solo.


    Ikki lo miró. No con sorpresa — con la atención de alguien que ya está calculando, ya está construyendo el contorno de lo que esa conversación va a contener.


    —Ahí voy a estar.


    Minato asintió. En ese asentimiento había algo más que confirmación — había la confianza específica de quien le está entregando algo importante a alguien que sabe que no lo va a soltar. Después se giró y continuó por el pasillo hasta que la curva del corredor se lo llevó.


    Raiga e Ikki permanecieron en la intersección.


    Raiga no preguntó. Las preguntas que tenía no eran para este pasillo. Ikki no explicó, porque Raiga no había pedido explicación y porque lo que existía entre los dos después de veinte años de operar juntos era el tipo de entendimiento donde la ausencia de palabras no es vacío sino contenido. Lo que acababa de ocurrir en la sala del Consejo existía entre los dos con todo su peso sin necesitar ser nombrado. Lo que Minato acababa de pedirle a Ikki existía también, con su propio peso específico, en el espacio de lo que Raiga había registrado sin señalarlo.


    Los dos sabían exactamente lo que el otro estaba cargando.


    Raiga se fue hacia la derecha.


    Ikki se fue hacia la izquierda.


    El despacho privado de Hiruzen Sarutobi tenía la luz de la tarde entrando por las ventanas en franjas inclinadas que cortaban el aire en planos visibles. Paredes de madera oscura, techo bajo, repisas atiborradas de libros sin orden aparente. Sobre el escritorio una taza de té frío, papeles ordenados con la prolijidad de un hombre que ha aprendido a vivir entre papeles, y una pipa encendida que Hiruzen sostenía entre los dedos con el cuidado de quien lleva décadas fumando.


    Minato ya estaba adentro cuando Ikki llegó. De pie junto a la ventana del fondo, los brazos cruzados sobre el pecho, la mirada en los tejados. Algo en su postura había bajado desde la sala del Consejo. La diferencia entre el Hokage y Minato existía solo en lugares como este despacho con personas como las que estaban adentro.


    Ikki cerró la puerta detrás de él. El pestillo encajó con un sonido pequeño y limpio. Minato se giró.


    —Llegaste.


    —Cuarta hora.


    Algo que no era exactamente una sonrisa pasó por la cara de Minato.


    Hiruzen señaló la silla frente al escritorio sin levantar la pipa.


    —Siéntate.


    Ikki se sentó. La quietud con que se acomodó en la silla era esa quietud antinatural específica suya — la que provocaba en otros la sensación incómoda de que algo en él no funcionaba como funcionaba en los demás. Los ojos rojos de pupila vertical se posaron sobre Hiruzen durante un segundo más de lo necesario, después se movieron al cenicero, al humo subiendo, a la taza fría, y volvieron a Hiruzen. Una lectura rápida del despacho. Catalogación silenciosa de detalles que probablemente no importaban y que Ikki guardaría de todas formas.


    Hiruzen exhaló el humo despacio.


    —La misión que voy a pedirte requiere que no esté Raiga en esta sala. Empecemos por ahí.


    —Eso lo deduje cuando me llamó solo a mí en el pasillo. ¿Ame?


    Hiruzen lo miró un momento sin responder.


    —Ame.


    —¿Qué pasa en Ame?


    —Movimiento que no encaja en la estructura militar de Hanzō. Mis canales lo reportan desde hace unas semanas. Shinobi sin uniforme oficial. Un grado de libertad operativa que la dictadura no debería permitir. Apoyo civil en los distritos del sur. Patrones de chakra que no corresponden a ninguno de los perfiles que mis ANBU tienen catalogados.


    —¿Hanzō?


    —No los ha movido. O no los detectó, lo cual es improbable, o los está dejando crecer.


    Ikki no respondió a eso de inmediato. Procesó la información en silencio durante unos segundos. Cuando volvió a hablar, lo hizo con una pregunta que no era la que cualquier otro operativo habría hecho en ese momento.


    —¿Cuánto tiempo llevan los reportes siendo coherentes?


    —¿Coherentes en qué sentido?


    —Coherentes en el sentido de que los destellos individuales empiezan a sumar una forma. No fragmentos sueltos.


    —Diez días, tal vez doce.


    —Entonces es reciente. —Una pausa. —¿Civiles armados o civiles solo prestando apoyo?


    —Apoyo. Por ahora.


    Ikki asintió una vez. La pequeña inclinación de cabeza de quien archiva un dato y lo cruza con otros sin necesidad de decir cuáles.


    —¿Qué quieres saber exactamente, Hiruzen-sama?


    —Si son una amenaza para Konoha. Nada más por ahora.


    —Bien.


    —¿Bien?


    —Acepto.


    Hiruzen lo miró. Esperaba más resistencia, más preguntas, más cualquier cosa. Ikki no se la dio.


    —No quieres saber más antes de aceptar.


    —Me va a dar igual saber más antes o después. Voy a aceptar de cualquier manera. Prefiero ahorrarnos el rodeo.


    Minato dejó escapar algo que podría haber sido una risa si hubiera tenido aire suficiente. No tuvo aire suficiente. Se quedó como un suspiro pequeño que solo Ikki escuchó porque Ikki escuchaba ese tipo de cosas.


    —¿Algo te divierte, Minato?


    —Tú me divertís. Llevas veinte años divirtiéndome.


    —Eso es porque tu sentido del humor está roto desde la escuela.


    —Probablemente.


    Hiruzen los miraba a los dos. Algo en su cara se había suavizado sin que él lo notara — esa pequeña capa que se levantaba siempre que los veía hablarse así, la confirmación silenciosa de que el equipo que había formado tantos años atrás seguía funcionando como tenía que funcionar.


    —Los parámetros operativos —dijo Hiruzen.


    —Adelante.


    —Cobertura completa. Sin contacto con Konoha durante la misión salvo emergencia crítica. Si la cobertura cae estás solo. Sin revelar tu afiliación bajo ninguna circunstancia. Tiempo en campo: el que necesites.


    —¿Identidad?


    —La construyes con sección dos en los próximos dos días.


    —Voy a usar Shin.


    —¿Solo Shin?


    —Solo Shin. Cualquier kanji. No importa porque nadie va a creer que es real, y eso es exactamente lo que necesito.


    Hiruzen lo miró con la sombra de una sonrisa.


    —Funciona.


    Ikki asintió. Sus ojos rojos se movieron hacia Minato, se quedaron ahí un segundo, volvieron a Hiruzen.


    —Kushina.


    Una sola palabra. La forma en que Ikki la dijo no era pregunta ni declaración. Era una variable que ponía sobre la mesa y que esperaba que los otros dos terminaran de articular por él.


    Minato fue el que respondió.


    —Yamato lidera el perímetro. Dos ANBU más cuyos nombres no necesitas. Los protocolos del Consejo van a cubrir el resto.


    —Yamato es buena elección.


    —Tú me lo recomendaste hace tres años.


    —Lo recuerdo. —Una pausa breve. —¿Está bien ella?


    —Cansada. El embarazo le está pesando más de lo que esperaba.


    —Es la primera vez. Y es Kushina.


    —Sí.


    Ikki no dijo nada más sobre Kushina. La variable había sido puesta sobre la mesa, había sido confirmada operativamente, había sido cerrada. Cualquier elaboración adicional habría sido sentimentalismo, y Ikki no hacía sentimentalismo. Los ojos rojos se movieron una última vez sobre Minato — un segundo, no más — y después regresaron a Hiruzen.


    —¿Cuándo parto?


    —Pasado mañana al amanecer.


    —Bien.


    Hiruzen apoyó la pipa en el cenicero. Cruzó las manos sobre el escritorio. Lo miró un momento más sin hablar. Cuando finalmente habló, la voz cambió — el Hokage saliendo del registro, el hombre que lo conocía desde los once años quedándose en su lugar.


    —Cuídate, Ikki.


    Ikki sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Algo en la quietud de su cuerpo se movió por un instante — no mucho, no nada que cualquier persona menos cercana habría detectado. Hiruzen lo registró completo.


    —Voy a volver.


    —Lo sé.


    Ikki se puso de pie. Minato se separó de la ventana. Los dos cruzaron el despacho hacia la puerta. La puerta se cerró detrás de ellos con el mismo sonido pequeño y limpio del pestillo encajando.


    Hiruzen se quedó solo en el despacho con la pipa apagándose lentamente en el cenicero. La encendió otra vez. Exhaló el humo despacio. Lo único que se escuchaba era el reloj de pared del fondo.



    El pasillo del edificio administrativo a esa hora estaba tranquilo. Minato caminaba junto a Ikki — al lado, no adelante. Caminaron un buen tramo en silencio.


    —¿Te puedo preguntar algo? —dijo Minato.


    —Adelante.


    —¿Te preocupa la misión?


    —No.


    —¿Nada?


    —La misión va a salir o no va a salir. Preocuparme antes de tener información de campo no cambia el resultado. Cuando llegue a Ame voy a ver qué hay. Si lo que hay se puede manejar, lo manejo. Si no se puede, vuelvo. Esa es toda la planeación que se puede hacer desde Konoha.


    —Eso es una respuesta muy fría, Ikki.


    —¿Querías una respuesta cálida?


    —No. Quería esa.


    Ikki lo miró de reojo. Algo en los ojos rojos se quedó quieto un segundo de una manera que no se quedaba quieto cuando Ikki estaba mirando a alguien que no le importaba.


    —Te voy a hacer falta —dijo Minato después de un rato.


    —Sí.


    —No vas a decir lo mismo de vuelta.


    —Ya lo dije.


    —¿Cuándo?


    —Cuando acepté la misión sin preguntar más. No habría aceptado tan rápido si no fuera contigo.


    Minato lo miró. Algo se quebró un poco en su cara — no del todo, pero sí algo. La sonrisa breve y casi triste de un hombre escuchando exactamente lo que esperaba escuchar de la persona que tenía enfrente y que sin embargo no había estado seguro hasta ese momento de que iba a escuchar.


    —Eso es lo más parecido a sentimental que vas a llegar, ¿verdad?


    —Sí.


    —Bien. Con eso me alcanza.


    Se detuvieron en la intersección donde el pasillo se bifurcaba hacia el exterior. El sol de la tarde entraba por las ventanas altas con la inclinación específica de las cuatro pasadas, ese ángulo que convertía el polvo del aire en líneas casi visibles.


    Minato extendió la mano.


    Ikki la tomó. El apretón fue firme.


    —Cuídate, Ikki.


    —Cuídate tú también.


    Minato soltó la mano. Se giró y continuó por el pasillo izquierdo con el mismo paso de siempre, sin girarse otra vez, hasta que la curva del corredor se lo llevó completamente.


    Ikki se quedó un segundo en la intersección. La luz de la tarde le caía sobre el costado izquierdo de la cara y le marcaba los ángulos del rostro con esa precisión específica que solo tiene la luz oblicua. Los ojos rojos no parpadearon durante varios segundos. Después se giró y se fue por el pasillo derecho con el paso preciso de quien ya estaba mentalmente dos pasos adelante de donde estaba su cuerpo.


    El pasillo quedó vacío.


    La residencia del clan Uchiha al atardecer tenía esa quietud específica que no era paz sino contención. El barrio entero respiraba con el ritmo lento de un espacio donde mucha gente había aprendido durante generaciones a no decir todo lo que pensaba en voz alta. Las casas estaban dispuestas alrededor de patios interiores con la lógica de un clan que prefería mirarse a sí mismo antes que mirar hacia afuera. Las paredes blancas absorbían el último sol de la tarde y lo devolvían en tonos cálidos que contrastaban con el peso institucional del lugar.


    Raiga entró por la puerta principal sin anunciar su llegada. Nunca lo había hecho. Esta era su casa en el único sentido que importaba — no el edificio donde dormía, sino el lugar donde vivían las personas cuyo bienestar le importaba aunque no estuviera de acuerdo con ellas en casi nada que importara. Su apellido era Uchiha. Su identidad era de Konoha. Esa distinción había sido la única manera honesta que había encontrado de vivir en ese lugar, y los años le habían enseñado que pretender lo contrario costaba más caro que aceptarlo.


    Cruzó el corredor exterior con el paso silencioso que tenía siempre. Algunas miradas se posaron sobre él al pasar — primos lejanos, ancianos sentados afuera de sus casas, alguna mujer del clan que lo vio desde una ventana. Las reconoció todas sin devolver ninguna. No era hostilidad — era la incomodidad mutua de un grupo de personas que sabía exactamente lo que cada uno pensaba del otro y que había decidido hace años no nombrarlo en voz alta. Algunos le inclinaron la cabeza. Otros desviaron la mirada. Raiga siguió caminando.


    Fugaku estaba en el patio interior de la casa principal.


    Sentado en el borde de la plataforma de madera, con las piernas cruzadas y una taza de té frente a él. La postura del patriarca que había estado en ese mismo lugar durante horas y que no tenía intención de moverse hasta que decidiera moverse por su cuenta. El uniforme de la Policía Militar colgaba sobre el respaldo del banco más cercano, lo cual era un dato — Fugaku no se quitaba el uniforme antes de la cena salvo cuando había llegado a casa con algo que necesitaba procesar antes de seguir con el día. Raiga conocía esos detalles desde antes de tener edad para nombrarlos.


    —Llegas tarde —dijo Fugaku sin girarse.


    —Llego cuando puedo.


    —Eso lo dices desde que tienes doce años.


    —Y desde entonces es verdad.


    Fugaku no respondió a eso. Tomó la taza, bebió, la puso de regreso sobre la plataforma con el cuidado específico de quien usa el gesto para organizar lo que viene después. Raiga cruzó el patio y se sentó en el borde de la plataforma al lado de su hermano. No enfrente — al lado. Dos personas que iban a hablar de algo difícil lo hacían mejor cuando no tenían que mirarse directamente. Eso también lo habían aprendido hace años.


    El patio interior tenía un arce viejo en el centro y un pozo de piedra junto a la pared del fondo. La luz del atardecer caía sobre el arce y proyectaba sombras largas sobre las tablas de madera. En algún lugar de la casa una voz de mujer le decía algo a un niño y el niño respondía con la risa breve de quien todavía no había aprendido a contener la risa.


    —Ya supe lo del Consejo —dijo Fugaku.


    —¿Cómo te enteraste?


    —Soy capitán de la Policía Militar. Me entero de todo lo que el Consejo decide sobre cualquier Uchiha antes de que el Uchiha en cuestión salga del edificio.


    —Eso es eficiente.


    —Es necesario.


    Raiga no respondió a eso. Se quedó mirando el arce un momento.


    —¿Y? —preguntó Fugaku.


    —¿Y qué?


    —¿Cómo lo procesaste?


    —Como proceso todo lo demás. Lo guardé.


    —¿En qué parte?


    —En la misma parte donde guardo el resto.


    Fugaku lo miró de reojo por primera vez. Había algo en su cara que no era exactamente afecto — Fugaku no demostraba afecto, no sabía cómo hacerlo — pero era lo más cercano a afecto que era capaz de dar. Una mirada que reconocía a su hermano menor sin necesidad de decirlo en voz alta.


    —Eso te va a costar.


    —Lo sé.


    —No estoy diciendo "te va a costar" en abstracto. Te lo estoy diciendo porque te conozco. Llevas guardando cosas en esa parte desde que tienes diecisiete años. Algún día esa parte se va a desbordar.


    —Posiblemente.


    —¿Posiblemente?


    —Posiblemente. No tengo forma de saberlo hasta que pase.


    Fugaku negó con la cabeza pero no dijo nada más. Bebió otro sorbo de té. La taza era pequeña y blanca con un borde azul desteñido por los años de uso — una taza vieja del servicio del clan que nadie usaba ya excepto Fugaku, que se aferraba a esos objetos viejos con la misma terquedad con que se aferraba a casi todo lo demás.


    —Danzō te bloqueó porque eres Uchiha —dijo Fugaku.


    —No solo por eso.


    —Pero también por eso.


    —También por eso.


    —Esa es la parte que me importa, Raiga. No la otra.


    Raiga lo miró. Fugaku tenía los ojos en el arce. La forma en que sostenía la taza había cambiado ligeramente — el agarre se había vuelto más cerrado, los nudillos un poco más visibles bajo la piel. Para alguien que no conociera a Fugaku, ese detalle no habría significado nada. Para Raiga era un signo claro.


    —No vamos a tener esa conversación hoy —dijo Raiga.


    —¿Por qué no?


    —Porque ya la tuvimos doscientas veces y siempre termina igual.


    —Una conversación no termina porque uno de los dos se canse de tenerla. Termina cuando los dos están de acuerdo en cómo termina.


    —Entonces nunca va a terminar.


    —Tal vez ese sea el problema.


    Raiga no respondió. Sabía exactamente hacia dónde Fugaku quería llevar la conversación. Lo sabía desde antes de entrar al patio. Y sabía también que Fugaku sabía que él lo sabía, y que esa lucidez mutua era exactamente lo que hacía imposible la conversación — porque cada uno entendía perfectamente la posición del otro y había decidido años atrás que esa posición era inaceptable.


    —El clan está bien, Fugaku —dijo finalmente, sin convicción real, simplemente para cerrar el camino antes de que el otro lo abriera del todo.


    —El clan no está bien. El clan está donde Konoha lo dejó. Y eso es una distancia muy grande.


    —El clan está donde el clan eligió estar también. Konoha no nos puso en este barrio con muros. Construimos los muros nosotros mismos hace tres generaciones.


    —Construimos los muros porque la alternativa era peor.


    —La alternativa era integrarnos.


    —Integrarnos era desaparecer.


    Raiga lo miró. Fugaku seguía mirando el arce.


    —Esta es exactamente la conversación que dijimos que no íbamos a tener —dijo Raiga.


    —Tú dijiste que no la íbamos a tener. Yo no dije nada.


    —Fugaku.


    —¿Qué?


    —No hoy.


    Hubo un silencio. Fugaku bebió otro sorbo. La sombra del arce se había movido un poco mientras hablaban — el sol había bajado lo suficiente para que la luz cambiara de inclinación.


    —Está bien —dijo Fugaku—. No hoy.


    Raiga asintió. No agradeció — no se agradecía entre ellos. Solo asintió y dejó que el silencio se asentara en el lugar donde el silencio podía existir sin pelear.


    —¿Mikoto? —preguntó después.


    —Adentro. Preguntó por ti esta mañana.


    —¿Está bien?


    —Sí.


    —¿Itachi?


    —En la cocina con ella. Encontró un escarabajo hace un rato y lo ha estado examinando desde entonces. Mikoto dice que no se ha movido en una hora.


    Algo que no era exactamente una sonrisa pasó por la cara de Raiga.


    —Eso suena a él.


    —Sí.


    Raiga se quedó un momento más sentado al lado de su hermano. La luz del atardecer seguía cayendo sobre el arce. En algún lugar de la casa la voz de Mikoto le decía algo a Itachi con un tono que Raiga reconoció — el tono específico que Mikoto usaba con su hijo cuando estaba enseñándole algo sin decirle que se lo estaba enseñando.


    —Voy a entrar.


    —Está bien.


    Raiga se puso de pie. Antes de cruzar el umbral hacia el interior de la casa, se detuvo un segundo.


    —Fugaku.


    —¿Qué?


    —Cuídate.


    Fugaku lo miró por primera vez sin mover la cabeza, solo girando los ojos.


    —Yo siempre me cuido, Raiga. Cuídate tú.


    Raiga inclinó la cabeza una sola vez y entró en la casa.



    La cocina de la residencia principal tenía la luz del atardecer entrando por una ventana grande que daba al jardín interior. Mikoto estaba de pie junto a la mesa baja del centro, no cocinando — lavando algo, una taza, un pequeño cuenco. Las manos en el agua, las mangas del kimono recogidas con la prolijidad específica de quien hace los gestos domésticos sin pensar en ellos. Tenía el cabello recogido en la nuca con una cinta sencilla y llevaba puesto un kimono casero de color azul oscuro con un patrón discreto de hojas.


    Itachi estaba sentado en el suelo a tres pasos de la mesa. Cuatro años. La espalda recta, la cabeza inclinada hacia el frente con esa precisión de ángulo que no correspondía a su edad. Tenía algo en la palma de la mano izquierda y lo examinaba con la mano derecha, girándolo lentamente con un dedo. Cuando Raiga entró, Itachi levantó los ojos un segundo, lo reconoció, le sostuvo la mirada brevemente — el tipo de mirada que un adulto le habría sostenido a otro adulto al verlo entrar a una habitación — y volvió al escarabajo.


    —Tío.


    —Itachi.


    —Tengo un Dynastes hercules.


    —¿Sí?


    —Sí. Lo encontré en el jardín. Estaba debajo de una piedra.


    Raiga se acercó. Se agachó al lado del niño con la naturalidad de alguien que llevaba años entrando a esa cocina y agachándose al lado de ese niño. Itachi le mostró el escarabajo en la palma de la mano. El animal era grande, oscuro, con el cuerno característico de la especie. Se movía despacio sobre la palma del niño con la lentitud específica de los insectos cuando se sienten observados.


    —Tiene los cuernos pequeños —dijo Itachi—. Eso significa que es joven. Los adultos tienen cuernos más largos.


    —¿Cómo sabes eso?


    —Tengo un libro. Me lo regaló Shisui.


    —¿Y tú leíste el libro?


    —Sí.


    —¿Solo?


    —Sí.


    Raiga miró al niño un segundo. Itachi no estaba presumiendo — Itachi no sabía cómo presumir. Solo estaba informando. La diferencia era pequeña pero importante, y Raiga la registró completa.


    —¿Lo vas a soltar después?


    —Sí. No me lo puedo quedar. Necesita su lugar.


    —Eso es correcto.


    Itachi asintió con la gravedad de un funcionario tomando una decisión administrativa. Volvió a su escarabajo.


    Raiga se quedó un segundo más agachado a su lado. Después se enderezó. Mikoto lo había estado observando desde la mesa. Cuando Raiga se enderezó, sus ojos se encontraron por primera vez desde que él había entrado a la cocina. Mikoto secó las manos en el paño que tenía cerca y lo miró con la atención directa de quien no necesita performance para procesar lo que tenía enfrente.


    —Llegaste.


    —Llegué.


    —¿Té?


    —Sí.


    Mikoto se giró hacia el fogón pequeño que tenían en la esquina de la cocina. La tetera estaba caliente todavía — había estado caliente toda la tarde, probablemente, porque así era como funcionaba Mikoto en su propia casa, manteniendo el agua lista por si alguien llegaba. Sirvió dos tazas con los gestos económicos de quien hacía ese movimiento varias veces al día. Le ofreció una a Raiga. Se quedó la otra. No se sentaron — Mikoto se quedó de pie apoyada contra la mesa baja, Raiga se quedó de pie del otro lado, con Itachi entre los dos a sus pies completamente absorto en su escarabajo.


    —Fugaku te dijo que pregunté por ti esta mañana.


    —Sí.


    —No era nada importante. Quería saber si ibas a venir a cenar el viernes.


    —No sé si voy a poder.


    —Está bien.


    Hubo un silencio. Mikoto bebió el té despacio. Raiga la miró y desvió la mirada al jardín por la ventana. La forma en que la miró duró un segundo más de lo que duraba con cualquier otra persona en esa casa y Mikoto lo sintió sin necesidad de devolver la mirada. Llevaba años aprendiendo a sentir esas miradas sin devolverlas. Era una de las muchas cosas que los dos habían aprendido a hacer.


    —¿Cómo estás? —preguntó ella.


    —Bien.


    —Raiga.


    —¿Qué?


    —¿Cómo estás de verdad?


    Raiga bebió el té. La taza era pequeña en su mano. El líquido estaba a la temperatura exacta a la que Mikoto siempre lo servía — un grado por debajo de la temperatura a la que la mayoría de la gente lo servía, porque Mikoto sabía que Raiga lo prefería así.


    —El Consejo bloqueó la escolta de Kushina —dijo, mirando la taza.


    —Lo supuse cuando vi a Fugaku afuera. ¿Por qué?


    —Razones que no importan ahora.


    —Sí importan.


    —Mikoto.


    —Sí importan, Raiga. Si entendemos las razones podemos calcular las consecuencias.


    Raiga la miró. Mikoto le sostuvo la mirada esta vez. Los ojos negros de ella eran del mismo color que los de Fugaku, pero la forma en que los usaba era completamente distinta — donde Fugaku miraba con peso, Mikoto miraba con precisión. Ella no presionaba con la mirada. Cortaba con ella.


    —Razones políticas. La sangre Uchiha cerca de Kushina durante el parto es algo que Danzō no acepta. Y mantener a un Senju de élite en función doméstica durante meses tampoco le conviene políticamente.


    —Entonces los bloqueó a los dos.


    —Sí.


    —¿Y qué pasa con Kushina?


    —Los ANBU de Hiruzen-sama. Los protocolos del Consejo.


    —¿Es suficiente?


    Raiga no respondió de inmediato. Bebió el té.


    —Tiene que serlo.


    —Esa no es una respuesta.


    —Es la única que tengo, Mikoto.


    Ella asintió lentamente. Bebió el té también. Itachi murmuró algo a sus pies, una palabra que Raiga no captó del todo, algo sobre el escarabajo. Ninguno de los dos adultos miró hacia abajo.


    —¿Estás preocupado? —preguntó ella.


    —Sí.


    —Pero no lo vas a decir en voz alta a nadie más que a mí.


    —No.


    —Ni siquiera a Ikki.


    —Ikki ya lo sabe sin que se lo diga. Es distinto.


    Mikoto sonrió. No fue una sonrisa completa — era la sombra de una sonrisa, la que ella reservaba para los momentos en que algo que Raiga había dicho la había tocado de una manera que prefería no nombrar.


    —Hay cosas que solo sabes decirle a Ikki.


    —Y a ti.


    Lo dijo sin mirarla. Lo dijo con la voz exactamente igual a la voz con que había dicho todo lo demás. Pero lo dijo, y los dos lo escucharon, y los dos sabían que no se había dicho por accidente.


    Mikoto bajó la taza despacio. Miró el té un momento sin beberlo. Cuando volvió a hablar, la voz también era exactamente igual a la voz de antes pero había algo en ella que no había estado antes — no más temblor, no más volumen, simplemente algo distinto que solo Raiga podía escuchar.


    —Eso ya lo sé, Raiga.


    —Lo sé que lo sabes.


    —Entonces no hace falta que lo digas.


    —No hacía falta. Lo dije igual.


    Hubo un silencio. Los dos se quedaron de pie cada uno con su taza, sin mirarse. Itachi a sus pies seguía con el escarabajo. La luz del atardecer cayó un grado más bajo sobre el alféizar de la ventana. En el jardín, alguien — probablemente uno de los gatos del barrio — cruzó por entre las plantas.


    —¿Vas a hacer algo? —preguntó ella después de un rato.


    —¿Sobre qué?


    —Sobre Kushina. Sobre la escolta. Sobre el Consejo.


    —No oficialmente.


    —¿Y no oficialmente?


    Raiga la miró por primera vez desde que había dicho la frase. Mikoto le sostuvo la mirada otra vez. Ella sabía exactamente qué pregunta acababa de hacer y exactamente lo que esa pregunta significaba.


    —Voy a hacer lo que pueda dentro de lo que el sistema me deja —dijo él.


    —Eso no es una respuesta tampoco.


    —Es la única que te puedo dar a esa pregunta, Mikoto. No por desconfianza. Por lo que pueda salirte involuntariamente si las cosas se complican y alguien te pregunta lo que sabes.


    —Entiendo.


    —Bien.


    Ella bajó la taza. La puso sobre la mesa con el cuidado específico que usaba para sus cosas. Después se cruzó de brazos — no defensiva, simplemente la postura que adoptaba cuando estaba procesando algo importante.


    —Raiga.


    —¿Sí?


    —¿Vas a estar bien?


    —Voy a estar bien.


    —¿Eso es una respuesta o es la respuesta que sabes que quiero oír?


    —Es las dos cosas.


    —Bien. Con eso me alcanza.


    Itachi se levantó del suelo. Tenía el escarabajo en la palma de la mano, los pasos pequeños y cuidadosos de quien no quería sacudir lo que llevaba.


    —Voy a soltarlo —anunció.


    —Está bien, Itachi —dijo Mikoto—. Llévalo a la piedra donde lo encontraste. Lo va a reconocer.


    —Sí.


    El niño cruzó la cocina hacia la puerta del jardín con la concentración total de su tarea. Antes de salir se detuvo un segundo y miró a Raiga.


    —Tío.


    —¿Sí?


    —¿Vas a estar para mi cumpleaños?


    —¿Cuándo es?


    —En dos meses.


    Raiga lo miró. Itachi tenía los ojos negros del clan, pero la forma en que los usaba era completamente suya. La pregunta no era pregunta — era una verificación. El niño quería saber si podía contar con que Raiga estuviera ahí.


    —Voy a hacer todo lo que pueda para estar.


    —Bien.


    Itachi asintió con la misma gravedad de antes y salió al jardín con su escarabajo. La puerta corredera se cerró detrás de él con el sonido suave de la madera contra la madera.


    Mikoto y Raiga se quedaron solos en la cocina.


    —Va a ser extraordinario —dijo Raiga después de un momento.


    —Ya lo es.


    —Sí.


    Ella lo miró. La luz del atardecer le caía sobre el costado del rostro y le marcaba los rasgos con la suavidad específica de esa hora. Raiga sostuvo la mirada esta vez. Mikoto también. Por un segundo el silencio entre los dos contuvo todo lo que durante años habían decidido no contener en voz alta, y los dos lo sintieron, y ninguno de los dos lo nombró.


    —Cuídate, Raiga.


    —Siempre.


    —De verdad.


    —De verdad.


    Mikoto asintió. Tomó la taza vacía y se giró hacia la mesa baja. Raiga la observó un segundo más. Después dejó su taza al lado de la de ella, se giró hacia la puerta y salió de la cocina.


    Cruzó el corredor exterior con el mismo paso silencioso de antes. Fugaku seguía en el patio interior con su té. No levantó la vista cuando Raiga pasó.


    —Mañana te veo —dijo Raiga sin detenerse.


    —Mañana —respondió Fugaku.


    Raiga salió por la puerta principal de la residencia. La tarde había bajado lo suficiente para que la luz fuera ya más naranja que dorada. Los faroles del barrio empezaban a encenderse uno por uno, los hombres del clan terminando sus rondas, los niños volviendo a sus casas. Raiga cruzó el barrio Uchiha con el paso de quien tenía claro hacia dónde iba y no estaba dispuesto a permitirse pensar en lo que dejaba atrás. Las miradas se posaron sobre él al pasar igual que cuando había entrado. Algunos le inclinaron la cabeza. Otros desviaron los ojos.


    Salió por la puerta del barrio. La ciudad principal se extendía frente a él con las luces del atardecer reflejándose en los tejados. En algún lugar de esa ciudad, en este momento, Ikki estaba probablemente saliendo del despacho de Hiruzen con instrucciones que Raiga no conocía. En algún lugar de esa ciudad, Minato estaba probablemente volviendo a su casa con Kushina. En algún lugar de esa ciudad, Danzō estaba probablemente cerrando los expedientes del día con la misma calma administrativa con que había bloqueado la escolta esa mañana.


    Raiga caminó sin prisa.


    La noche bajaba sobre Konoha.


    La montaña Hokage al final de la noche tenía una quietud que el resto de Konoha no tenía. Los cuatro rostros tallados miraban hacia la aldea con la indiferencia de la piedra. Desde la cabeza del Yondaime, la más reciente, Konoha se extendía hacia el sur en luces que se rendían al sueño una por una.


    Ikki ya estaba ahí cuando Raiga subió. Sentado en el borde, las piernas sobre el vacío, una bolsa de tela al lado. No se giró. La quietud de su cuerpo era esa que hacía que cualquiera que lo mirara sintiera, sin saber por qué, que estaba viendo algo que no terminaba de pertenecer al lugar donde estaba.


    Raiga se sentó a su lado, en el espacio de siempre.


    Ikki sacó la botella y dos tazas. Sirvió sin prisa.


    —Llegaste —dijo, pasándole la taza—. Pensé que Fugaku te tendría secuestrado en el patio recitándote las desgracias del clan hasta el amanecer. ¿Te dio el sermón completo o tuviste la decencia de huir a tiempo?


    —Lo corté antes del sermón.


    —Qué crueldad. Para Fugaku un buen sermón sobre la traición de Konoha a los Uchiha es lo más cerca que ese hombre llega de hacer el amor. Y tú se lo niegas. —Bebió—. Pobre. Tanta convicción y un solo espectador, que además ya se la sabe.


    —Es agotador, Ikki. No es gracioso.


    —Es las dos cosas. La mayoría de lo trágico lo es, si lo miras con suficiente distancia.


    Raiga bebió. El sake era el de siempre, a temperatura ambiente, el que habían tomado la primera vez en esa piedra dos años atrás. Ikki le rellenó la taza antes de que la bajara.


    Por un rato no hablaron. No el silencio de quien no tiene qué decir. El de dos que pasaron el mismo día desde lados opuestos de la misma sala y dejan que el frío y la altura trabajen antes de tocar lo que vinieron a tocar.


    —Danzō hizo un trabajo precioso esta mañana —dijo Ikki al fin, con el tono de quien admira el bordado de un enemigo—. ¿Lo notaste? No mintió ni una sola vez. Cada palabra que dijo en esa sala era verdad. Simplemente eligió, entre todas las verdades que tenía a mano, las que servían a lo que ya había decidido. Eso no lo hace cualquiera. Requiere años, y requiere despreciar de manera muy pura la diferencia entre lo cierto y lo honesto.


    —A mí me bloqueó por el clan.


    —Naturalmente. Eres una probabilidad de catástrofe con buen apellido. —La sonrisa le tiró de un lado de la boca—. No te lo tomes personal. A mí me bloqueó por ser una probabilidad de otra cosa. ¿Sabes? Es el único hombre de Konoha que nos trata exactamente igual a los dos. Tendríamos que enviarle algo. Una canasta de fruta. Una nota agradeciéndole la imparcialidad.


    Raiga no le rió la broma. La dejó pasar, que era su modo de contestarla.


    —No te molestó que te bloqueara —dijo—. Te molestó cómo lo hizo.


    Ikki giró los ojos hacia él. Algo en la frialdad se afiló, complacido de ser leído.


    —Me conoces de un modo que raya en lo grosero. —Bebió—. Sí. Iwa. La frontera. De todos los cuchillos que tenía para clavarme, eligió ese. Después de quince años de leerme expedientes me contó un cuento de inteligencia fronteriza que un genin con dos misiones encima habría olido falso desde la puerta. No me ofendió el bloqueo, Raiga. Me ofendió que pensara que merecía tan poco esfuerzo. Si me vas a desarmar frente al Consejo, ten la cortesía de hacerlo con algo de mi tamaño.


    —Te bloqueó para ganar. No para entretenerte.


    —Y por eso es tan deprimente. A Danzō no le importa hacerlo bien. Le importa que salga. —Dejó la taza sobre la piedra—. Es eficiente, es coherente, no traiciona nunca su único principio. Y un día ese principio le va a poner en las manos un argumento perfecto y verdadero para matar a alguien que no debía morir, y va a dormir esa noche como un recién nacido, porque las probabilidades estaban de su lado y él solo siguió la aritmética.


    Raiga se quedó callado. Cuando habló, fue desde más abajo.


    —Lo peor de la mañana no fue el bloqueo.


    —No.


    —Fue Minato.


    Ikki no respondió. Esperó. Reconoció que Raiga llegaba a algo por su cuenta y que ponerle la palabra encima sería echarlo a perder.


    —Lo miré cuando cayó el veredicto —dijo Raiga—. No miré a Danzō. Lo miré a él. Inclinó la cabeza, aceptó, no discutió. Y verlo aceptar fue lo más difícil de toda la mañana, porque no era rendición. Era cálculo. Guardaba la rabia para no malgastarla donde no rendía. Veintiún años y ya sabe hacer eso a la perfección.


    Ikki dejó que las palabras se asentaran. Cuando contestó, no había burla, pero tampoco se ablandó la voz — habló con la misma frialdad limpia, solo que lo que dijo era cierto.


    —Minato carga su peso a plena luz, con la aldea entera mirándolo. Por eso lo contiene perfecto. No tiene permitido lo contrario. —Bebió—. Tú y yo lo cargamos en sitios donde no hay nadie, y por eso podemos dejarlo caer de vez en cuando, en una piedra, con una botella. No sabría decirte cuál de las dos formas pudre más rápido al hombre por dentro. Yo apostaría por la suya. Será por eso que él tiene a Kushina, y nosotros nos tenemos esto.


    —¿Crees que va a estar bien?


    —¿Quién.


    —Kushina. El parto. Sin nosotros cerca.


    Ikki tardó. Y Raiga supo, por la pausa, que no le iba a regalar la respuesta cómoda.


    —No tengo idea. —El desapego con que lo dijo era el del hombre que reporta el resultado de un experimento que todavía corre—. Y de todo lo de hoy, es lo único que de verdad me molesta. No Danzō, no el bloqueo. Que me voy sin saberlo y tú te quedas sin poder asegurarlo, cuando entre los dos juntos habríamos asegurado casi cualquier cosa. Nos apartaron justo antes del único momento en que estar pegados servía de algo. —Hizo girar la taza vacía entre dos dedos—. Los hombres de Hiruzen son buenos. Yamato es limpio. Los protocolos están bien armados. Todo eso debería bastar. Pero tú y yo hemos enterrado a demasiada gente que murió detrás de la palabra "debería" como para apoyar nada encima de ella.


    —Entonces te preocupa.


    —Me preocupa. —Sin un gramo de drama, como quien menciona la temperatura—. No de la clase que paraliza. De la otra. La que se sienta a tu lado y no se levanta.


    Raiga asintió. No dijo nada. No había con qué mejorarlo, y los dos lo sabían.


    La botella había bajado a la mitad. Una nube cruzó frente a la luna, atenuó la luz, y la devolvió.


    Raiga giró la taza entre los dedos un momento antes de hablar.


    —Hoy pasó algo en la casa.


    —Me sorprendería que un día entero en la residencia Uchiha transcurriera sin que pasara algo. ¿De qué clase de algo hablamos? ¿Fugaku rompió un plato con la mirada, o algo interesante?


    —Mikoto.


    Ikki no movió la cabeza, pero los ojos sí. Se posaron en Raiga con esa atención precisa que reservaba para lo que valía la pena diseccionar.


    —Ah. Mikoto. —Una pausa, mínima, deliberada—. Sigue.


    —Le dije algo que no le había dicho nunca. Que hay cosas que solo sé decirte a ti. —Raiga miraba las luces de la aldea, no a Ikki—. Y me contestó "y a ti también". Eso fue todo. No cruzamos ninguna línea. No hace falta cruzarla para que esté ahí.


    Ikki bebió, despacio, observándolo por encima del borde de la taza como quien mira un espécimen hacer por fin algo que llevaba años esperando que hiciera.


    —Vaya. Después de cuántos años de los dos circulando alrededor de esa frase sin pisarla. —El filo de la sonrisa era casi tierno, casi—. Y tuvo que ser hoy. El día en que el Consejo te recuerda que el sistema te va a fallar siempre, decidiste que era buen momento para abrir una puerta que llevas media vida cerrando con llave. Tienes un sentido de la oportunidad genuinamente perverso, Raiga. Lo digo con admiración.


    —No lo planeé.


    —Las mejores grietas nunca se planean. Solo se notan cuando ya están abiertas. —Dejó la taza—. ¿Y la cerraste después, o la dejaste abierta?


    —La dejé donde estaba.


    —Bien. —Lo dijo sin sarcasmo por una vez, lo cual en él pesaba más que cualquier ternura—. Mikoto necesitaba escuchar eso aunque ninguno de los dos vaya a hacer nada con ello jamás. Hay puertas que existen para no cruzarse. Pero negarle a alguien siquiera saber que la puerta está ahí es otra forma de crueldad, y tú no eres cruel. Es tu defecto más grande y el único que respeto.


    Raiga lo miró. Ikki ya había vuelto los ojos al horizonte.


    —Te vas —dijo Raiga.


    —Pasado mañana. Mañana me fabrican una cara que no es la mía.


    —¿Adónde?


    Ikki lo miró. No fue negativa. Fue el cálculo de cuánto puede dar de lo poco que tiene.


    —A ningún punto que pueda dibujarte en un mapa, y no por discreción. Porque ni el que me manda tiene el mapa. —Bebió—. Hay ruido en un sitio donde no debería haberlo. Forma que empieza a aparecer donde antes no había nada. Voy a meterme dentro de algo que nadie entiende todavía, y mi trabajo es entenderlo desde adentro antes de que termine de tomar forma. Eso es todo lo que sé, y te lo juro que es todo. No te estoy guardando nada. Es que no hay nada más que guardar.


    Raiga lo procesó. No intentó armar el mapa con los pedazos. Lo que se le quedó no fue un lugar. Fue la forma de lo que Ikki acababa de describir, y la forma le gustó menos que cualquier destino con nombre.


    —Eso es peor que si supieras adónde vas.


    —Mucho peor. Y por eso —Ikki giró la cabeza hacia él— no vas a hacer ruido antes de tiempo. Si entro a algo que aún no tiene forma, cualquier movimiento tuyo desde fuera puede dársela, y siempre la peor. Cuatro meses y medio. Si para entonces no sabes nada de mí, asume lo que tengas que asumir y haz lo que tengas que hacer. Antes no. Ni cuando te ganen los nervios.


    —No me ganan los nervios.


    —Te ganan siempre. Los disimulas mejor que nadie, que es una cosa distinta y mucho más peligrosa. —La sonrisa ladeada volvió un instante—. Cuatro y medio.


    —Cuatro y medio.


    Bebieron. La botella quedó en un tercio. Raiga dejó pasar un momento antes de volver a hablar, eligiendo a propósito otra puerta cerrada.


    —¿Sabes algo de Tsunade?


    Ikki no detuvo el trago. Solo lo hizo un milímetro más lento, un instante, y siguió. La frialdad no se tensó. Se ablandó apenas, hacia algo casi divertido, con filo.


    —Hace cinco meses. Sur del País del Té. Un balneario con buenas aguas termales y peores mesas de apuestas. Perdió cuatro veces en una noche y se largó al amanecer. —Un siseo entre dientes que no llegó a risa—. Sigue persiguiendo la juventud en el fondo de una copa. Tanto talento, y lo gasta apostándole a números que ya sabe que la odian.


    —No te pregunté si respiraba.


    —Es lo que te voy a contestar.


    —Ikki.


    —¿Qué.


    —Cuatro años sin tocar su nombre. Te vas mañana a un sitio que ni tú puedes nombrar. Te pregunto ahora porque a lo mejor no hay otro ahora.


    Eso lo agarró. No las palabras — la maniobra detrás de las palabras. Raiga lo arrinconaba con la única herramienta que mordía en él: no le pedía sentir, le demostraba que callar no era defendible esta noche. Ikki la reconoció porque era suya.


    Dejó la taza sobre la piedra. La voz que usó después seguía siendo siseante, seguía siendo de laboratorio, pero lo que dijo dentro de ella no se lo habría dicho a nadie más vivo.


    —Tsunade nunca pudo conmigo. Desde que yo era un crío. Antes de Dan, antes de irse, antes de todo lo demás. —Inclinó apenas la cabeza, los párpados a media asta, examinando un espécimen viejo y conocido—. Me miraba y se quedaba siempre medio metro más lejos de mí que de cualquier otro niño del clan. Nunca me dijo por qué. Nunca hizo falta. Hay algo roto en mí, Raiga, y estaba roto desde antes de que nadie me enseñara a usarlo. Ella lo veía. Le daba miedo. Le daba más miedo todavía porque era de su propia sangre.


    —¿Te molestaba?


    —Me daba curiosidad, que en mí es peor. —El filo otra vez, dirigido a sí mismo—. Ella miraba lo que soy y le dolía. Yo miro lo que soy y no me duele nada. Dos personas no caben mucho tiempo en el mismo cuarto cuando una de ellas sangra por algo que a la otra le resulta meramente interesante.


    —Pero la quieres.


    —Por supuesto que la quiero. Qué pregunta más vulgar. —Casi ofendido, casi entretenido—. Es lo último que me queda de la rama de mi abuelo. Que la quiera no arregla que no podamos respirar el mismo aire sin que a uno de los dos se le note la herida. Las dos cosas son ciertas a la vez. No las reconcilio. Reconciliarlas sería mentir, y a ti no te miento. A nadie le doy ese privilegio, ni siquiera a ella.


    Lo dijo y siguió, sin subrayarlo, como si hubiera comentado el clima. Pero lo había dicho, y Raiga lo guardó donde guardaba todo lo que no se nombra.


    —Cuídala si la encuentras antes que yo —añadió Ikki, ya con el tono de vuelta en su sitio—. Aunque lo dudo. Se esconde como una profesional. Es lo único que sigue haciendo a la altura de su leyenda.


    Raiga dejó escapar algo que no terminó de ser risa. Ikki lo registró, y algo en él se asentó, satisfecho, como el jugador que ve caer la pieza justo donde la calculó.


    Bebieron lo último. Las luces de Konoha estaban casi todas apagadas. La luna se inclinaba ya hacia el oeste.


    Ikki metió botella y tazas en la bolsa. Se puso de pie. Raiga con él. Quedaron frente a frente al borde de la cabeza tallada, la luz cayéndoles a los dos sobre el mismo costado del rostro, como la primera vez que subieron ahí con Minato y Kushina, dos años atrás.


    —Antes de que bajes con esa cara de funeral —dijo Ikki—, una cosa. Esa puerta que abriste hoy con Mikoto. Mientras yo no esté, no la dejes juntar polvo. No te pido que la cruces, eso no lo vas a hacer nunca y los dos lo sabemos. Te pido que la uses. Tú guardas todo en ese sitio interno hasta que se pudre y te envenena. Ahora tienes a alguien que sabe leerte sin que le expliques. Apóyate. De la manera que sí puedes.


    —No sé si sé hacer eso sin ti.


    —Por eso te lo digo ahora, para que lo practiques mientras no estoy en vez de esperar a que vuelva. —Guardó su taza—. Si vuelvo, mejor para los dos. Si no vuelvo, ya le agarraste el modo y no me necesitas. De cualquier forma sales ganando. Aritmética elemental.


    —Eres insoportable.


    —Soy eficiente. Que a ti te suene igual es tu problema, no el mío.


    Ikki extendió la mano. Raiga la tomó. El apretón duró un segundo de más, sin que ninguno lo registrara como largo.


    Soltaron. Ikki se giró hacia el camino del este.


    —Ikki.


    Se detuvo. Se giró a medias.


    —¿Qué.


    Raiga lo miró. Tenía varias cosas para decir y ninguna servía más que la que eligió.


    —Vuelve.


    Ikki lo miró un segundo de más. La sonrisa ladeada volvió, pero detrás de ella pasó algo distinto, apenas un instante — lo único que dejaba ver de lo que vivía del otro lado de los límites que lo separaban del hombre al que todavía llamaba sensei.


    —Volver es la única cosa que hago mejor que matar. Pregúntale a cualquiera que haya apostado a lo contrario. —Una pausa—. Aunque a esos ya no les puedes preguntar nada.


    Bajó por el camino del este. Raiga se quedó en el borde, viéndolo difuminarse entre las sombras del descenso hasta que la curva se lo llevó. Después se giró hacia el oeste y bajó.


    Konoha durmió bajo la luna que se inclinaba.


    En algún lugar del distrito residencial, una última ventana se apagó.


    Llovía sobre Amegakure como llovía sobre Amegakure desde antes de que nadie vivo recordara otra cosa. No era una lluvia que cayera; era una lluvia que estaba, suspendida en el aire, pegada al concreto, goteando de las tuberías oxidadas que trepaban por las torres grises como raíces invertidas. La aldea se levantaba hacia un cielo que no existía, torres estrechas apretadas unas contra otras, y entre ellas el agua corría por canales que nunca se vaciaban del todo. No había horizonte en Ame. Solo niebla, metal mojado, y la sensación constante de estar dentro de algo cerrado.


    Ikki entró por el sur, a pie, en un grupo de desplazados.


    La guerra entre las tres grandes naciones que rodeaban el País de la Lluvia llevaba meses escupiendo refugiados hacia la única aldea con la mala suerte geográfica de estar en medio de todas. Campesinos sin tierra, mercenarios sin contrato, familias que habían perdido el país antes de perder la casa. Ikki se movía entre ellos como uno más — la capucha cargada de agua, la máscara cubriéndole desde el puente de la nariz, el hitai-ate sin símbolo en la frente, una plancha de metal lisa que anunciaba a un hombre que había pertenecido a algo y había dejado de pertenecer. Caminaba con el cansancio exacto de quien lleva días en el camino, ni más ni menos. No actuaba el cansancio. Simplemente no lo escondía, igual que no escondía nada salvo la cara.


    Los controles de Hanzō estaban en el puente sur, donde el camino se estrechaba y obligaba a la columna de refugiados a pasar de a uno. Shinobi de Ame con rebreathers cubriéndoles la mitad inferior del rostro revisaban a cada persona con la eficiencia aburrida de quien hace lo mismo cien veces al día. Buscaban armas evidentes, símbolos de aldea, cualquier cosa que delatara a un soldado infiltrado de Iwa, de Kumo, de Suna. No buscaban lo que Ikki era, porque lo que Ikki era no estaba en ninguna lista.


    —Nombre.


    —Shin.


    El shinobi de Ame levantó la vista hacia los ojos rojos visibles entre la capucha y la máscara. Los miró un segundo de más. Ikki sostuvo la mirada sin desafío y sin sumisión, con la quietud de quien no tiene prisa por nada.


    —¿Aldea?


    —Ninguna ahora.


    —El hitai-ate.


    —No tiene símbolo. Lo puede revisar.


    El shinobi lo tomó, lo giró entre los dedos enguantados, comprobó que la plancha de metal era lisa de verdad y no una placa rebajada. Se lo devolvió.


    —¿A qué vienes a Ame?


    —A lo mismo que todos. —Ikki señaló con la cabeza la columna de desplazados detrás de él, sin sarcasmo, como quien expone un hecho—. A estar en el único lugar donde las tres no están peleando esta semana.


    El shinobi lo miró otro segundo. Después hizo el gesto rutinario hacia el siguiente puesto y pasó al refugiado de atrás. Ikki cruzó el puente sur bajo la lluvia y entró en Ame sin que nadie volviera a mirarlo. Era exactamente lo que había calculado: en una aldea ahogada de desplazados, un errante más no era una anomalía. Era estadística.


    No buscó a Akatsuki ese primer día. Habría sido el error que cometería un agente novato — llegar preguntando, dejando un rastro de preguntas que cualquier aparato de inteligencia, hasta el de Hanzō, sabía leer. En vez de eso, Ikki hizo lo único que servía en una ciudad cerrada: se dejó existir en ella y escuchó.


    Y lo que escuchó, en los distritos pobres del sur, entre los desplazados que dormían bajo los aleros y los puestos de comida que vendían fideos a quien podía pagarlos, fue un nombre que la gente pronunciaba distinto a como pronunciaba el de Hanzō. El de Hanzō se decía bajando la voz, mirando alrededor, con el miedo viejo de quien vive bajo una bota que lleva décadas en el mismo cuello. El otro nombre se decía de otra manera. Con algo que en Ame ya casi no se usaba y que a Ikki le tomó un día entero identificar porque hacía mucho que no lo veía en una población entera.


    Esperanza.



    Le tomó cuatro días encontrar el borde de lo que buscaba, y no lo encontró buscándolo. Lo encontró porque estaba en el lugar correcto cuando pasó lo que pasó.


    Fue en un mercado del distrito oeste, uno de esos espacios cubiertos donde los desplazados intercambiaban lo poco que habían logrado cruzar la frontera con ellos. Tres shinobi de Hanzō habían entrado a cobrar lo que el régimen llamaba impuesto de protección y lo que todos los demás llamaban por su nombre. Uno de ellos había decidido que una mujer con dos niños no tenía suficiente para pagar y que el pago iba a salir de otro lado. La mujer no gritó. En Ame la gente había desaprendido el grito porque el grito no servía de nada. Solo se hizo pequeña, puso a los niños detrás de ella, y esperó.


    Ikki, desde el otro lado del mercado, calculó. No la situación moral — esa no le tomó tiempo, porque Ikki sabía perfectamente lo que estaba bien y lo que estaba mal, era una de las cosas que lo separaban del hombre al que todavía llamaba sensei. Calculó lo operativo. Intervenir lo exponía. Un errante que se mete en los cobros de Hanzō llama atención, y la atención era exactamente lo que un infiltrado no podía permitirse. La decisión correcta para la misión era no moverse. Dejar que pasara. Archivarlo.


    No se movió.


    Pero alguien más sí.


    Apareció de entre los puestos sin que Ikki lo sintiera llegar, lo cual era en sí mismo un dato — Ikki sentía llegar a casi todo el mundo. Era una mujer joven, de pelo azul, con una flor de papel anclada al costado de la cabeza y una calma en el cuerpo que no era la calma del miedo sino la calma de quien ya calculó la pelea y sabe que la gana. No alzó la voz. Se puso entre el shinobi de Hanzō y la mujer con los niños, y dijo algo que Ikki no alcanzó a oír por encima del rumor del mercado, pero que hizo que el shinobi de Hanzō se detuviera.


    Lo que siguió fue breve. El shinobi quiso imponer su rango. La mujer del pelo azul no se movió. Y de algún lugar de los puestos, sin prisa, salió un segundo — el de pelo naranja, el que Ikki ya tenía ubicado por los murmullos de cuatro días, el nombre que la gente decía con esperanza. No venía a pelear. Venía a hacer aritmética, la misma aritmética que Hanzō entendía: detrás del de pelo naranja, en los bordes del mercado, sin formación, sin uniforme, simplemente apareciendo de entre la gente, había ocho, diez, doce personas que hasta ese momento habían parecido desplazados comunes. Y de pronto los tres shinobi de Hanzō eran tres, y todos los demás en el mercado ya no eran ganado.


    El de pelo naranja dijo algo. El shinobi de Hanzō hizo el cálculo. Los tres se fueron, no por miedo a la pelea, sino porque empezar una pelea ahí, ese día, frente a esa gente, le costaba a Hanzō más de lo que le pagaba una mujer con dos niños. Se fueron prometiendo cosas que ninguno cumpliría, como se va siempre el poder cuando lo enfrentan en su única debilidad real, que es la aritmética del costo.


    Ikki lo observó todo desde el otro lado del mercado, quieto, con el agua de los aleros goteándole sobre la capucha.


    Y lo que registró no fue la victoria. Fue el método. El de pelo naranja no había peleado. Había hecho que pelear no valiera la pena. Había convertido a una población de víctimas en un costo, y lo había hecho sin un solo jutsu, solo con presencia y con números y con la idea peligrosa de que la gente desprotegida podía dejar de estarlo si se paraba junta. Eso no era una banda de mercenarios. Era otra cosa. Era exactamente lo que los reportes fragmentados de Hiruzen describían sin entender, y verlo funcionar en un mercado del distrito oeste le dijo a Ikki más de lo que cualquier informe le habría dicho en un año.


    No se acercó. Ese día no. Se dio la vuelta y se perdió entre los puestos antes de que la atención del grupo pudiera posarse sobre el único hombre del mercado que no había bajado la mirada cuando llegaron los de Hanzō.



    Se acercó tres días después, y lo hizo de la única manera que tenía sentido con gente que reclutaba por afinidad y no por contrato: ofreciendo exactamente lo que ellos valoraban, en una situación donde valía, sin pedir nada a cambio.


    Hubo otro cobro, otro distrito, esta vez de noche y con menos testigos, que era como Hanzō prefería las cosas que no quería que se contaran. Cuatro shinobi esta vez, no tres, y un solo miembro del grupo del pelo naranja vigilando los márgenes, alguien joven, demasiado joven, que había calculado mal el número y que iba a tener que elegir entre intervenir solo contra cuatro o dejar que pasara y vivir con eso.


    Ikki llegó antes de que el joven tuviera que elegir.


    No usó nada que delatara lo que era. Nada de Fūton, nada de Hiraishin, nada de Sage Mode, ninguna de las técnicas que habrían dicho a gritos "Konoha" o "Senju" o "monstruo". Usó lo mínimo. Taijutsu seco, eficiente, de aldea sin nombre, el repertorio que cualquier errante competente podría tener. Desarmó a los cuatro sin matar a ninguno — eso fue deliberado, porque matar habría sido un mensaje distinto al que quería mandar — y los dejó en el suelo del callejón con el orgullo más roto que los huesos. Lo hizo en silencio, sin alarde, con la economía de quien apaga una vela.


    Cuando terminó, el joven del grupo del pelo naranja lo miraba con la boca entreabierta y un kunai todavía sin usar en la mano.


    —No me lo agradezcas —dijo Ikki—. No lo hice por ti. Ve con los tuyos y diles que el errante de los ojos rojos del puente sur quiere hablar con el de pelo naranja. Diles eso exactamente. Si no quieren, no me vuelven a ver. Yo no los voy a buscar.


    Y se fue, dejando al joven con los cuatro cuerpos gimientes y el recado.


    Era cálculo puro, y Ikki lo sabía. A un grupo que se movía por ideales no se entraba demostrando fuerza — se entraba demostrando que compartías la función. Ikki no creía en la paz de Yahiko. No tenía esa clase de fe y nunca la había tenido. Pero podía hacer exactamente lo que ellos hacían, protegerlos en los márgenes donde Hanzō cobraba sangre, y dejar que sacaran sus propias conclusiones. La honestidad sobre lo que no era vendría después, cara a cara. De momento bastaba con que lo hubieran visto hacer lo único que a ellos les importaba.



    Lo recibieron al día siguiente, de noche, en un edificio sin marcas del distrito oeste.


    Subió cinco pisos por una escalera donde el agua se filtraba por las paredes, sintiendo las firmas de chakra distribuidas en el edificio con la precisión de quien cuenta sin querer. Tres arriba. Dos en la planta donde subía. Otras en los pisos inferiores, cubriendo la salida. Estaban listos para que esto fuera una trampa si resultaba ser una trampa. Ikki lo respetó. Él habría hecho lo mismo.


    La habitación del quinto piso tenía una sola lámpara y tres personas.


    El de pelo naranja, de pie, los brazos cruzados, la mirada directa de quien creía en algo, que era lo más peligroso y lo más raro que Ikki había encontrado en Ame. La mujer de pelo azul, apoyada contra la pared del fondo, medio en sombra, la flor de papel apenas visible, los ojos color ámbar pálido posados sobre Ikki sin pronunciarse. Y el tercero.


    El tercero estaba sentado, más atrás, en el borde de la luz. Delgado, de pelo rojo cayéndole sobre la cara, una quietud en el cuerpo que no era la quietud del descanso. Y cuando levantó la mirada hacia Ikki, Ikki vio los ojos.


    Anillos. Concéntricos. Extendiéndose sobre el iris en un patrón de ondas, púrpura pálido, como una piedra cayendo en agua quieta y la quietud guardando la forma del impacto.


    Ikki conocía esos ojos.


    No los había visto nunca en una persona viva. Los había visto en los pergaminos más antiguos del archivo Senju, en los textos que su bisabuelo había anotado de puño y letra, en las leyendas que en Konoha se contaban como leyendas porque nadie creía que pudieran ser otra cosa. El dōjutsu del Sabio de los Seis Caminos. El ojo del que se decía que descendía del cielo en tiempos de caos para volverse dios de la creación o dios de la destrucción. El más exaltado de los Tres Grandes Dōjutsu.


    El Rinnegan.


    Ikki no movió un músculo de la cara, porque la cara estaba cubierta y porque incluso si no lo hubiera estado no habría movido nada. Pero por dentro, en el lugar donde calculaba sin parar, una sola certeza se instaló con un peso que no había anticipado: nadie sabe esto. Ni Hiruzen. Ni Konoha. Ni el mundo. Los reportes hablaban de "ojos peculiares", de rumores, de un usuario poderoso sin definir. Nadie en ningún expediente que Ikki hubiera leído había escrito la palabra Rinnegan, porque nadie que lo hubiera visto había vivido para escribirla, o porque nadie que lo hubiera visto había sabido lo que estaba mirando. Ikki lo sabía solo porque era bisnieto del hombre que había coleccionado los pergaminos donde el ojo todavía existía como conocimiento y no como mito.


    Lo que estaba mirando no era una organización pacifista con un líder carismático. Era una organización pacifista con un líder carismático y un dios sentado en la esquina que ni siquiera el dios mismo parecía saber del todo que era.


    Toda la misión cambió de forma en ese segundo. Ikki no dejó que se le notara ni en la respiración.


    —Shin —dijo el de pelo naranja. No era pregunta.


    —Sí.


    —Yo soy Yahiko. —Ningún apellido. En Ame los apellidos eran un lujo de gente que había tenido familia el tiempo suficiente—. Desarmaste a cuatro de los hombres de Hanzō anteanoche y no mataste a ninguno. Eso es lo primero que quiero entender. Cualquier mercenario los habría matado. Es más rápido y es menos riesgo. Tú elegiste lo lento y lo arriesgado. ¿Por qué?


    Ikki lo miró. Y aquí, sabía, empezaba la parte que de verdad importaba, la parte donde la fuerza ya no servía y solo servía la verdad, porque tenía enfrente a un hombre que creía en algo y al lado de ese hombre a un par de ojos que leerían cualquier mentira en el flujo de su chakra antes de que terminara de pronunciarla.


    —Porque matarlos mandaba el mensaje equivocado —dijo Ikki—. Cuatro cuerpos de Hanzō en un callejón es una declaración de guerra que ustedes no están listos para sostener todavía. Cuatro hombres de Hanzō humillados y vivos es otra cosa. Es decirle al régimen que pueden ser tocados sin darle la excusa para responder con todo. Ustedes ya hacen eso. Lo vi en el mercado del oeste hace unos días. El de pelo naranja —se corrigió— tú. No peleaste. Hiciste que pelear costara más de lo que valía. Yo solo hice lo mismo con las manos en vez de con la multitud.


    Algo cruzó la cara de Yahiko. No confianza. Sorpresa de la clase que se disimula rápido.


    —Estuviste en el mercado del oeste.


    —Estuve. No me acerqué. No era el momento.


    —¿Y este sí es el momento?


    —Este lo decidieron ustedes al recibirme. Yo solo mandé el recado.


    Desde la esquina, el de pelo rojo habló por primera vez. La voz era baja, medida, la de alguien que había aprendido a hablar poco porque las palabras, como todo lo demás en Ame, costaban.


    —Tu chakra no encaja.


    Ikki giró la mirada hacia él y se quedó quieto, dejándose leer. Pero mientras el Rinnegan lo recorría buscando la forma de lo que era, Ikki hacía lo mismo en la dirección contraria, y lo hacía sin mover un dedo, sin sello, sin cerrar los ojos, sin nada que ninguno de los tres pudiera detectar. Porque eso era lo que Ikki no le había dicho a nadie en esa habitación y no pensaba decir: que el dōjutsu legendario que tenía enfrente leía chakra, sí, con una precisión que pocas cosas en el mundo igualaban, pero que Ikki leía igual de bien sin ojos de ninguna clase, con la capacidad sensorial que corría por su sangre desde el hombre que había inventado la mitad de las técnicas que sostenían a Konoha. Tobirama sentía firmas de chakra a países de distancia y distinguía a los miembros de un clan por el tipo de chakra que cargaban en la sangre. Ikki había heredado ese ojo que no era ojo y lo había afilado durante años de guerra real. El de pelo rojo lo estaba leyendo desde hacía un minuto. Ikki lo había leído completo desde antes de subir los cinco pisos.


    Y lo que había leído era esto.


    El de pelo rojo era un Uzumaki. No había duda posible ni margen de error. La firma del chakra lo gritaba — esa vitalidad densa y particular que no se parecía a la de ningún otro clan, la misma que Ikki había sentido toda su vida cada vez que estaba cerca de Kushina, idéntica en su raíz aunque el cuerpo que la cargaba fuera distinto. Pelo rojo. Reservas enormes, vivas, sanas. Un cuerpo joven y completo, entero, sin una sola de las marcas que deja la guerra de verdad sobre los que la sobreviven entera. Y encima de todo eso, esos ojos. Un Uzumaki, en Ame, con el dōjutsu del Sabio de los Seis Caminos.


    Cada una de las tres cosas por separado era una rareza. Las tres juntas en una sola persona eran una imposibilidad, y las imposibilidades, Ikki lo había aprendido de Orochimaru-sensei, no existen — solo existen las cosas cuya causa uno todavía no conoce. Un Uzumaki no despierta el Rinnegan por casualidad. A un Uzumaki alguien le pone esos ojos, a propósito, porque la sangre Uzumaki es de las pocas que puede cargar ese dōjutsu sin morir en el intento. Eso Ikki lo sabía mejor que nadie vivo, gracias a los pergaminos que su bisabuelo había anotado de su puño y letra y que Ikki había leído hasta gastarlos. Alguien había sembrado ese ojo en ese niño. La pregunta de quién, y por qué, era una de las cosas que Ikki archivó esa noche para resolver después.


    Nada de eso le movió el pulso.


    Y ahí estaba la diferencia entre Ikki y casi cualquier otro shinobi del mundo, una diferencia que Ikki conocía de sí mismo sin falsa modestia y sin falsa soberbia, porque la falsa modestia y la falsa soberbia eran las dos formas de mentirse a uno mismo y a Ikki las mentiras le parecían ineficientes, incluso esas. El Rinnegan era, casi con certeza, el arma shinobi más poderosa que existía. Ikki lo aceptaba como un hecho frío, sin que el hecho lo intimidara ni un milímetro. Porque tener el arma no era lo mismo que dominarla.


    Y este Uzumaki no la dominaba. Ikki lo leía con claridad. El chakra del de pelo rojo fluía hacia los ojos con la naturalidad de quien lleva la vida entera con ellos, sí — los usaba para sentir, para leer, para lo que necesitara en el día a día, y los usaba bien. Pero había una diferencia abismal entre usar un dōjutsu y dominarlo, y Ikki, que había pasado años exprimiendo cada técnica que tocaba hasta sacarle el último gramo de potencial, reconocía a un usuario que no había llegado ni cerca del fondo de lo que cargaba. Este niño tenía el ojo de un dios y peleaba con él como un genio peleaba con una herramienta heredada que todavía no entendía del todo. Le faltaba lo único que no se hereda ni se trasplanta: experiencia. Guerra real, sostenida, de la que enseña a un hombre exactamente cuánto pesa cada cosa que puede hacer y cuánto le cuesta hacerla. A este Uzumaki nadie le había enseñado todavía el fondo de su propio poder, y mientras nadie se lo enseñara, el arma divina valía menos de lo que parecía.


    Ikki tenía más chakra que él. Lo había medido en el primer segundo. Tenía años de experiencia que el otro no tenía. Y estaba igualado en poder con Raiga, que era cima del mundo shinobi, lo cual ponía a Ikki en una categoría a la que un Uzumaki con un ojo que no dominaba todavía no pertenecía. Si la situación lo exigía —y no la exigía, y de hecho lo que acababa de descubrir hacía que fuera lo último que conviniera— Ikki podía con él. No por arrogancia. Por lectura. La conclusión llegó fría, instantánea, archivada junto a todo lo demás, sin una sola gota de emoción, porque Ikki no podía mirar a una persona sin calcular cómo la vencería si tuviera que hacerlo. Era una costumbre que su sensei le había enseñado a no avergonzarse de tener.


    —Tienes razón —dijo Ikki en voz alta, y la voz salió pareja—. Mi chakra no encaja con la historia que cuento. Eres buen sensor. Mejor de lo que esperaba encontrar en Ame. —Una pausa exacta—. Pero no eres el único en esta habitación que ve cosas.


    El de pelo rojo entrecerró los ojos. Yahiko lo notó.


    —¿Qué quieres decir con eso?


    —Quiero decir que tu amigo me está leyendo con esos ojos, y yo lo he estado leyendo a él desde antes de entrar, sin ojos de ninguna clase. —Ikki no lo dijo como amenaza. Lo dijo como quien corrige un dato en una conversación técnica—. Sé cuánto chakra carga. Sé de qué sangre viene. Sé que esos ojos no le pertenecen de nacimiento aunque los lleve desde que era niño, porque la sangre que tiene y el ojo que carga no nacen juntos por casualidad. No digo esto para amenazar a nadie. Lo digo porque conviene que sepan, desde el principio, con qué clase de hombre están hablando. No soy un mercenario que desarma a cuatro idiotas en un callejón. Eso lo hace cualquiera con suficiente práctica. Soy otra cosa. Prefiero que lo sepan ahora a que lo descubran en un mal momento.


    El silencio en la habitación cambió de textura. Yahiko miró al de pelo rojo. El de pelo rojo no apartó los ojos de Ikki, y por primera vez en esos ojos imposibles había algo que no había estado antes: no miedo —Ikki lo habría sentido— sino el reconocimiento incómodo de alguien que está acostumbrado a ser el que más ve en cualquier habitación y que acaba de encontrar, por primera vez, a alguien que ve más.


    —Nadie sabe de dónde vienen mis ojos —dijo el de pelo rojo, despacio—. Nadie.


    —Ahora dos personas lo saben —dijo Ikki—. Tú y yo. Y yo no se lo voy a decir a nadie, porque la clase de gente que quiere ojos como los tuyos es exactamente la clase de gente de la que tú y yo preferiríamos que esos ojos nunca oyeran hablar. Así que ese secreto está más seguro conmigo de lo que estaba hace diez minutos, cuando solo lo cargabas tú. Considéralo el primer gesto de buena fe. No tengo muchos. Aprovéchalo.


    Fue Yahiko el que dio un paso adelante, y en su cara la cautela se mezclaba ahora con algo más afilado.


    —Hablas como si ya estuvieras adentro. No has dicho por qué deberíamos dejarte entrar, y acabas de demostrar que eres más peligroso de lo que pensábamos. Eso normalmente es una razón para echar a alguien, no para aceptarlo.


    —Normalmente sí —concedió Ikki—. Pero antes de que decidas, voy a decirte algo que probablemente no te va a gustar, porque es la única manera honesta de empezar esto. No creo en lo que ustedes creen.


    La habitación se quedó muy quieta.


    —Vi lo que hicieron en el mercado del oeste —siguió Ikki—. Vi cómo proteges a esta gente sin matar, cómo conviertes a una multitud asustada en un costo que Hanzō no quiere pagar. Es inteligente. Es admirable, incluso, y yo no uso esa palabra seguido. Pero es frágil. Ustedes creen que la paz se construye con voluntad, con ideales y con suficiente gente parada junta. Y yo he vivido lo suficiente para saber que los ideales sin el poder que los respalde no son más que una forma elegante de morir temprano. Hanzō no los tolera porque sean buenos. Los tolera porque todavía no valen el esfuerzo de aplastarlos. El día que valgan ese esfuerzo, ninguno de esos ideales va a detener un solo jutsu. Tu fe es real, Yahiko. La vi en el callejón y la veo ahora. Pero la fe no para una guerra. La fuerza para una guerra. Y ustedes, hoy, no tienen suficiente.


    —Entonces, ¿por qué quieres unirte a algo en lo que no crees? —Yahiko no lo dijo con rabia. Lo dijo con la franqueza de alguien genuinamente desconcertado, y eso, para Ikki, lo hizo subir un escalón en su estima.


    —Porque conozco a dos hombres que creen exactamente lo que tú crees. —Ikki sostuvo su mirada—. Dos hombres que respeto más que a casi nadie vivo. Uno de ellos es de las personas más fuertes que existen, y aun así sigue creyendo, como tú, que el mundo se puede arreglar sin romperlo entero. Llevo años viéndolos sostener esa fe. Y llevo años esperando que alguien me demuestre que no es solo ingenuidad con buena prensa. Tú podrías ser esa demostración. O podrías ser otro idealista más que el mundo va a moler como ha molido a todos los que llegaron antes. No lo sé todavía. Y la única manera de saberlo es quedarme y ver de qué están hechos cuando las cosas se pongan feas. Porque se van a poner feas. Siempre se ponen feas.


    —Eso no es fe en nosotros. Es curiosidad.


    —Es más de lo que le doy a casi nadie. —Ikki ladeó apenas la cabeza—. No te voy a mentir diciéndote que creo en tu sueño. Tu amigo lo detectaría, y además sería falso, y empezar con una mentira es empezar mal. Lo que te ofrezco es esto: me quedo, los protejo en los márgenes como me vieron hacerlo, les doy capacidad real que hoy no tienen, y a cambio ustedes me demuestran, con hechos y no con discursos, que sus ideales aguantan cuando alguien les pone fuerza enfrente. Yo voy a estar poniéndolos a prueba desde mañana, lo sepan o no. Voy a empujar, voy a medir, voy a ver dónde se rompen y dónde aguantan. Si aguantan, tendrán algo que vale más que un creyente más: tendrán a un hombre que no cree y que aun así decidió, con la cabeza fría, que valía la pena sangrar por lo que ustedes construyen. Esa clase de aliado no se compra con fe. Se gana con pruebas. Y las pruebas las empiezo a cobrar mañana.


    El silencio que siguió fue largo. La mujer del pelo azul, en la pared del fondo, no había dicho una palabra en toda la noche, y seguía sin decirla. Pero sus ojos color ámbar pálido estaban fijos en el único rasgo visible del hombre que se hacía llamar Shin — esos ojos rojos que habían sostenido el dōjutsu de Nagato sin parpadear, que habían reconocido lo que ese dōjutsu era sin un destello de codicia, y que habían hablado de poner a prueba a un grupo entero con la misma tranquilidad con que otro hombre comentaría el clima.


    Konan no sabía qué clase de hombre era este, y no le gustaba no saberlo, porque ella leía a la gente por oficio y este se le escapaba entero. Decía que no creía, y sin embargo se quedaba. Reconocía un secreto que podía venderle a Hanzō por su peso en oro, y lo enterraba como gesto de buena fe. Hablaba de fuerza con el desapego de un carnicero y de sangrar por una causa ajena con la misma voz plana. No encajaba en ninguna de las categorías en las que Konan guardaba a la gente.


    Pero archivó los ojos. Sin razón que pudiera nombrar, sin saber por qué, los guardó con esa parte de ella que coleccionaba las cosas cuyo significado llegaba tarde, mucho después de que uno las hubiera visto. Se le quedaron. Los ojos rojos del extraño que no creía en nada y que aun así había hablado de sangrar por lo que ellos construían, se le quedaron en algún lugar al que ella casi nunca dejaba entrar a nadie.


    No dijo nada. No era el momento.


    Yahiko lo miró largo rato. Después, despacio, descruzó los brazos.


    —Eres el primero que llega y me dice a la cara que no cree en lo que hago —dijo, y algo en su voz no era enojo—. Todos los demás me juran que sí. La mitad miente y la otra mitad cree que cree, hasta que las cosas se ponen difíciles y descubren que no. Tú me dices de frente que no crees, y que aun así te quieres quedar a ver si vale la pena. —Negó con la cabeza, con algo que casi fue una risa—. No sé si eso es lo más honesto o lo más arrogante que me han dicho.


    —Es las dos cosas —dijo Ikki—. Casi todo lo que vale la pena lo es.


    —Nagato. —Yahiko no apartó los ojos de Ikki—. ¿Confías en él?


    —No. —La respuesta del de pelo rojo fue inmediata—. Pero le creo. Y no es lo mismo.


    —No, no lo es. —Yahiko asintió despacio—. Está bien, Shin. No te metemos en nada todavía. Pero puedes volver. Puedes ayudar en los márgenes como dijiste. Y vamos a vernos los dos de cerca. Tú nos pruebas. Nosotros te probamos a ti. Me parece justo.


    —Es lo único justo que se puede hacer entre desconocidos —dijo Ikki—. La confianza es un lujo de gente que ya sobrevivió junta. Nosotros todavía no.


    —Todavía no —repitió Yahiko.


    Ikki inclinó apenas la cabeza y se dirigió a la puerta. Antes de cruzarla, la voz del de pelo rojo lo detuvo.


    —Shin.


    Ikki se giró a medias.


    —El día que puedas decir de dónde vienes, y de dónde viene tu chakra. ¿Lo vas a decir?


    —Sí.


    —¿Por qué debería creerte?


    —Porque acabo de decirte a la cara que no creo en tu causa, sabiendo que eso podía costarme la entrada —dijo Ikki—. Y acabo de enterrar el único secreto tuyo que valía dinero, sin pedirte nada por hacerlo. Un hombre que te dice las verdades que le cuestan no necesita mentirte en las que le saldrían gratis. Pregúntate cuál de las cosas que dije esta noche me habría convenido más callarme. Esa es tu respuesta.


    El de pelo rojo lo miró con esos ojos imposibles y no dijo nada más. Pero Ikki, que lo leía sin ojos, sintió el cambio: el de pelo rojo lo había creído. No confiaba. Pero le creía. Y entre dos sensores, eso era el principio de algo.


    Ikki bajó los cinco pisos.



    La serpiente la invocó esa misma noche, en el cuarto sin nombre de la pensión del sur, con la puerta sellada y una barrera de supresión de chakra montada alrededor de las paredes que ningún sensor de Ame —ni siquiera el de pelo rojo, a esa distancia y con lo poco que aún sabía exprimir de sus ojos— podría atravesar. Era una serpiente pequeña, del grosor de un dedo, gris y silenciosa, de las que Ikki usaba solo para mensajería de larga distancia porque no llamaban la atención de nada ni de nadie.


    No escribió el reporte en papel. Lo memorizó en la serpiente, porque el papel se intercepta y la memoria de un animal invocado no. El mensaje era corto, porque Ikki no malgastaba palabras ni siquiera con Hiruzen, y porque lo que tenía que decir no necesitaba adorno para pesar lo que pesaba.


    La organización existe. La lidera un joven llamado Yahiko: idealista, carismático, real. Es un movimiento pacifista de protección de base, creciendo entre la población que Hanzō abandona. No es una amenaza para Konoha. En su forma actual es lo contrario — comparte la visión de Minato, y la suya, Hokage-sama. Recomiendo no tratarlo como objetivo hostil.


    Pero hay algo más, y es la razón por la que envío esto antes de lo que cualquier reporte de rutina justificaría.


    Hay un usuario del Rinnegan.


    Un Uzumaki. Joven, sano, entero. Lo confirmé yo mismo, sin margen de error, leyéndolo como solo la sangre de mi bisabuelo permite leer. El dōjutsu es real. No es leyenda ni rumor de los que circulan sobre Ame. Es el ojo de los pergaminos de mi casa, vivo, en la cara de un niño de mi edad que todavía no sabe lo que carga. No lo domina. Lo usa, pero no ha tocado el fondo de lo que ese ojo puede hacer, y mientras nadie se lo enseñe, no es lo que será. Esto importa por dos razones. La primera: alguien le puso ese ojo a propósito, porque un Uzumaki no lo despierta solo, y quien se lo puso tiene un plan que nosotros no conocemos. La segunda: nadie en el mundo sabe que este ojo existe. Yo lo sé porque era el único vivo capaz de reconocer lo que miraba.


    Recomiendo, con toda la firmeza que un operativo puede dirigir a su Hokage, que esta información no salga de usted, de Minato y de mí. Si Danzō llega a saber que existe un Rinnegan, hará por ese ojo lo que hace por todo lo que considera un activo, y eso convertiría a esta gente en su objetivo antes de que tengamos modo de protegerla o de entender qué es.


    Solicito extender la misión. No para vigilar una amenaza. Para acompañar lo que podría ser, si sobrevive, exactamente lo que usted y Minato siempre quisieron que el mundo shinobi llegara a ser. Quiero ver si tienen con qué sostenerlo cuando alguien les ponga fuerza enfrente. Si no lo tienen, lo sabrá usted antes que nadie. Si lo tienen, también.


    Sigo siendo Shin hasta nueva orden.


    Ikki dejó que la serpiente repitiera el mensaje una vez, en silencio, para verificar que lo había guardado entero. Después la soltó por la ventana hacia la lluvia, y la vio desaparecer entre el agua y el metal mojado rumbo al sur, a días de distancia, hacia un despacho donde un hombre viejo iba a leer en la memoria de un animal pequeño una palabra que cambiaba el peso de todo: Rinnegan.


    No celebró. No lo había celebrado en el callejón ni en el quinto piso, y no iba a empezar ahora. Celebrar era para gente que confundía un paso con el camino. Ikki había dado un paso —no ser rechazado, abrir la puerta, mandar el reporte que tenía que mandar— y nada más que un paso.


    Iba a quedarse. No porque creyera; Ikki no creía, y se conocía lo suficiente para no fingir que sí. Iba a quedarse porque dos hombres que amaba creían lo que estos jóvenes creían, porque llevaba años esperando que alguien le demostrara que esa fe no era solo una manera elegante de que el mundo lo matara a uno, y porque ahora, por fin, tenía enfrente a alguien que podría demostrárselo. O terminar de convencerlo de que tenía razón en no creer. De cualquiera de las dos formas, lo iba a averiguar. Y mientras lo averiguaba, iba a hacer lo único que sabía hacer con la gente que decidía que valía la pena: ponerla a prueba hasta encontrar el punto exacto donde se rompía, para saber, antes que ellos mismos, cuánto peso podían cargar.


    Se quedó un momento frente a la ventana, mirando la lluvia que no tenía principio ni final, con la barrera de supresión todavía montada y la certeza fría instalándose en el lugar donde Ikki instalaba las certezas.


    Muy lejos al sur, en una aldea con su tablero todavía intacto, Minato dormía al lado de Kushina, Raiga cargaba lo suyo en silencio, y un hombre viejo estaba a punto de despertar con una serpiente gris en la ventana y una sola palabra esperándolo que ninguno de ellos, ni en sus peores cálculos, había puesto sobre el tablero.


    La lluvia siguió cayendo sobre Amegakure.


    Ikki deshizo la barrera, se quitó la máscara empapada en la oscuridad del cuarto donde nadie podía verlo, y se sentó a esperar la respuesta que tardaría días en llegar, con la paciencia exacta de quien ha aprendido que en el trabajo que hace, esperar es la mitad de todo.

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    Última edición: 5 Julio 2026 a las 2:58 AM

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