Explícito Algente || Soukoku BSD

Tema en 'Fanfics de Anime y Manga' iniciado por Peith Bleith, 17 Junio 2026 a las 2:40 PM.

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    Peith Bleith

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    10 adjetivos de lo que somos. Muertos y vivos. Asesinos. La misma moneda. Todo lo que somos Dazai.

    °+18
     
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    Peith Bleith

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    181
    Tu mirada me mataba. Estaba ahogándome entre tus labios sedientos. Me devorabas sin hambre, sin necesidad, y eso me ahogaba aún más. Presionabas tus manos contra mi cabeza aplastando mi cráneo y rasgando mi piel entre los mechones rojos. Arrancando alguno entre tus dedos.

    Me ahogaba mientras yo reabría las heridas bajo tus vendas. Mi piel contra la tuya no quemaba. No hay calor. Mi corazón no se desboca dentro de la caja torácica y no siento más que ardor en tus rasguños.

    Nos miramos sin hacerlo mientras nos concentramos en recuperar el aliento antes de robárnoslo de nuevo. Tu mano presiona contra mi antebrazo mientras flagelo tu hombro con mis cortas uñas. El impacto de mi espalda contra la pared no me electrocuta y mi cabeza rebota contra ella sin que me dé cuenta. No hay sonrisas de superioridad en nuestros rostros. No hay jadeos placenteros escapando de nuestros labios. Los gemidos no existen.

    Enterrando mis dedos tras tu oreja derecha arranco un par de mechones castaños y te ocurre lo mismo.

    No hay nada Dazai, no hay nada.
     
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    Peith Bleith

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    Supe de quien hablarías desde el momento en que tus muecas, que siempre fueron burlescas, desaparecieron y no volvieron a asomarse por tu rostro esa noche. Y me lo confirmaste cuando tus ojos chocolate brillaron en su completa oscuridad, titilando, sopesando lo que pasaba en tu interior con cautela. Rozando con tus dedos la madera cobriza de la mesa, acariciando su lijada superficie y tomando uno de los pétalos de mis rosas que adornaban con su elegancia la esbelta mesa. Perfectas promiscuas rojas de la naturaleza. La presionaste, la destrozaste y la humedeciste con la calidez de tu tacto. Manchando tus vendas de su sangre.

    Vendas siempre cubiertas de muerte.

    Titubee cuando te quedaste helado al ver que te había estado esperando. Me tomo largo tiempo hasta que acepte la lógica de que estuvieras aquí, de que me buscaras... a mí.

    "Las flores que brotan en la oscuridad..." no somos flores Dazai. Somos asesinos el uno del otro. Las flores no destruyen, se propagan y sobreviven.

    Tomo un sorbo fingiendo que no me afecta esa aura destructiva a tu alrededor. Cubierto de rendición.

    Dos caras de la misma moneda.

    Una espada doble.

    Eso somos Dazai.

    Nunca me reprochaste, jamás envidiaste mi libertad. Admirabas en silencio como me engullía la oscuridad. Nos criamos distinto. Yo tomaba mis decisiones mientras tú seguías órdenes. Mientras reposabas allí, en silencio, convirtiéndote en esa máquina que no eres, yo gritaba y reía con mis compañeros. Jugaba y triunfaba.

    ¿Sangre negra? Sí.
     
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    Peith Bleith

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    —Ya no te creo... ¡Ya no te creo!

    Azotó la puerta tras de sí y el cristal de la botella se desquebrajó junto a ella.

    Me tambalee furioso en mi lugar.

    Solo eso bastó. Un grito, una puerta y un viaje lejos de ti, sepultando con el tiempo eso a lo que nunca aceptamos ponerle nombre. ¿Lo habrás sabido en ese tiempo? En el que seguramente dormías bajo un techo, te cubrías con mantas y despertabas hasta que pasaba el alba. Mientras yo dormía con un ojo abierto, despertaba al atardecer y dormía al amanecer.

    Un tiempo atrás, mientras conocía a nuestra familia, envolviéndome por el pelaje oscuro de la Mafia, conocí algo de ti que no imagine: No decidiste ser así. Yo decidí esta vida... pero tú no. Ahora, aunque no ha pasado mucho tiempo, puedo entender la diferencia entre nosotros. Mientras yo era libre escabulléndome de la policía, sin herir a nadie, tú disparabas a diestra y siniestra perdiendo en cada bala la empatía inocente de un niño. Pero Dazai, incluso eso tenemos en común.

    Yo no nací en la luz pero aun no era engullido en la oscuridad.

    Ahora que lo estoy, que vuelvo a mirar esa puerta esperando a que regreses, deseando que vuelvas a mí, logro comprenderlo al fin.

    Naciste en la oscuridad de un mundo negro, yo nací en un mundo gris.

    El Ejecutivo más joven, ¿Qué precio debes pagar para esos honores?

    Suspire y me senté en el viejo sofá empolvado por los años. Cerca de la puerta, donde aún podía mirarla.

    ¿Ser el Doble Negro una vez más significó algo para ti?

    Siempre me pregunto cosas que jamás obtendrán tu respuesta, cosas que nunca quisiera preguntarte en realidad. Incluso en esas ocasiones en las que los viajes nos obligaban estar lado a lado o cuando caminábamos por las calles del puerto mirando la oscuridad volverse luz. Nunca hablamos de estas cosas.

    El Demonio Prodigio de la Port Mafia te llamaban. Para mí solo fuiste Dazai, el niño al que nunca puse honoríficos, el adolescente molesto al que nunca llame por su nombre, por mucho que me llamases por el mío.

    No te extraño. No te quise, jamás lo hice. Pero ahora estoy aquí, admirando esa puerta que sé que no se abrirá. No volverás a mí porque te fuiste para no mirar atrás. Me traicionaste pero no exclusivamente a mí, nos traicionaste a todos. Jugaste con todos. Tus palabras son venenosas.

    Conocernos no fue placentero, pelear contigo fue éxtasis, discutir y golpearnos fue exquisito.

    Besarnos bajo el sol fue traición.

    Besarnos bajo la luna fue complicidad.

    Recargo mi cabeza contra el mueble a mi espalda y me sumerjo más en mi anochecer. El sol ilumina las ventanas y los transparentes periódicos pegados en las ventanas.

    Me fundo con mi luminoso anochecer en el que siento tus labios besarme con el pecado de la luz calentándolos.

    Tomas mis mejillas y ahuyentas la oscuridad.

    Vuelvo a sentirme como en el puerto, Dazai, donde mi oscuridad te engulló.

    Tu luz artificial me quema.

    Vuelvo a ti en esta vieja habitación donde te vi por última vez cuando aún éramos niños.
     
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    Olí el venenoso asfalto polvoriento bajo mi rostro y entre crujidos doblegue mis músculos a mi voluntad para levantarme sobre los cimientos de lo que pudo haber sido tu reino. Entre la tempestad el fuego bailaba sobre las cabezas de mis hombres que respiraban azufre entre las piedras y te recordé como a un Rey entre las tinieblas. Uno al que como un león su melena oscura danzaba entre la niebla de la pólvora derramada sobre los cielos. Brillante y ardiente sobre mis pupilas calantes.

    Y ni las ambulancias, ni las sirenas que chillaban me apartaron de ti en ese momento. Las manos en tus bolsillos se difuminaban entre la oscura aura de un príncipe que trascendía para ser el Rey coronado sobre las nubes lluviosas que se doblegaban ante ti, cegándome con su luz, haciéndome buscar lo que este sirviente necesita. Buscando, siempre buscando, aquella protección oscura. Unos ojos desbordantes de ingratitud de un morado sepulcral y un marrón oscurecido que se arrastraba hasta las profundidades de una vivida muerte.

    Admirando mi piel herida.

    Saboree con temblores los colmillos de un demonio con sed que se coronaba en la cima de la muerte. Metí las manos en los bolsillos y bajo mis botas la arena se resbalaba al levantarme, aplastándose. Las piedras resbalaban mientras ascendía entre los cadáveres. Piedras rebotantes remojándose entre la sangre, el sudor y las lágrimas. Las vidas que soplaban entre alientos que se perdían bajo mis pasos. Mi espalda se curvo y sobre mí las nublosas nubes se abrieron paso descubriendo el horrífico paraíso.

    Arremolinándose a mí alrededor se bañaban en mi alma las vidas que gritaban. Los explosivos sonaban lejanos dentro de mis oídos y aunque las sirenas chillaban de nuevo no pude escucharlas. Aunque las luces brillaban de dos colores no pude verlas. La gravedad brillaba como esa aura maldita que me bendecía.

    La corona que forjaba ahora deslumbraba contra el suelo y entonces conecte.

    Todos ante mí. Muertos a mí alrededor. Mi espalda recta sobre la muerte y admirándome desde los autos lejanos rogándome.

    Tu mirada sobre mi corona borrando tu falsa preocupación.

    Soy el Rey.
     
  6. Threadmarks: Sempiterno
     
    Peith Bleith

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    Me quedé mudo aquélla noche en el barco. Frente a ti, llevando ese traje negro al que tanto estuve acostumbrado a verte portar, rodeado de Mafiosos, Agentes y Policias. Militares en las orillas. De repente la luna me pareció un astro fantasioso, de esos que las luces parecen estrafalarias y alucinantes, bailando con su aura luminosa entre tus cabellos que se veían brillantes, aún cuándo siempre me parecieron opacos. Por un momento la piel de tu rostro me pareció tan tersa, delicada y perfecta.

    Tú respingada nariz se veía tierna y tus pómulos palidos se veian calidos bajo una piel resplandeciente. Me quede mudo, dándome cuenta de aquello por la brisa acariciando mis cabellos sin el sombrero que había estado portando. Mudo sin poder alejarme de ti. Tenía una razón para estar allí, arrancado de la rabia, curiosidad e incertidumbre me movi entre la multitud, arrastrandome entre los cuerpos oscuros de mi organización —y cuánto me costó acostumbrarme a llamarla así—, de nuestra organización hasta llegar a ti que me dabas la espalda frente a un par de hombres que no reconocí. Dejando una copa sobre la charola de la mesera. En ese instante, aún cuándo no me atreví a avanzar, sentí la rabia burbujeando en mi garganta pronta a hacerme explotar en improperios sin fundamentos. Sentía que me lo habías arrebatado de nuevo.

    Que la corona me había sido robada... otra vez.

    Pero entonces, antes de dominar a mis demonios, te giraste. No sé si fue porque aquellos hombres te avisaron o si por alguna razón que desconozca pudiste notarme, pero de pronto ahí estabas tú. Sin que lo notara siquiera. A menos metros de distancia de los que habían y sin aquélla mirada divertida pero amarga que siempre has hecho cuando me veías.

    Entonces no lo supe, Dazai. Pero mi cuerpo lo sabia y, si es cierto lo que Kouyou-nee ha dicho esta mañana, nuestras almas lo sabían.

    Y por supuesto, como siempre fuiste tan brillante, tú lo sabías.

    Estoy seguro que, mientras yo te escrutaba en silencio, debiste mirarme igual, delineando mi silueta, cada pliegue, tinte y sombra sobre mi ropa y piel que acariciaban las lineas palidas de la luna.

    Yo no sé lo que habrás visto en mi. Ni siquiera es remotamente similar a lo que yo vi en ti.

    Y esa razón que me había impulsado se volvió obvia dejandome comprender que no era aquella rabia injustificada que yo fingia justificar la que me había impulsado, aquella latía en mi corazón que se había detenido palpitando en mi garganta y picando en mis manos.

    Te veia tan joven esa noche pero cuándo recorrí tu piel simplemente me atasque en ths ojos. Esos orbes oscuros que al igual que tus cabellos siempre me parecieron opacos.

    Titilaban deteniendo mi respiración esa noche.

    Y por un momento sentí que había encontrado algo que había perdido.

    Tenías los labios ligeramente curvados pero no sonreías en realidad, no. Símplemente, y aún ahora me cuesta creerlo, parecias completo con tan solo mirarme. Yo no lo entendí. Creo que aún no soy capaz de hacerlo, no otra vez. Y sentí tanta rabia después de verme obligado a marchar, de romper aquella conexión que parecia tan sureal, que los sentimientos me abrumaron, manchando aquélla amarga resolución por la que tanto luche por sepultar.

    Enfadado, fuiroso y envuelto en un completo pánico cuándo me quedé solo en la habitación del barco después de verte, dejando fluir mi verdadera naturaleza rabiosa, herida y sola. Así lo comprendí.

    "Chuuya... " dijiste, como si el aliento te fuera robado por la brisa y ma neblina de mis ojos te hubiese consumido con tan solo mirarnos.

    Cubierto en negro descubrí que tu sangre ya no lo era.

    Y en esta oscuridad maldigo, frente a la ventana que tinta tú ciudad, lo mucho que seguiré amandote.

    Con una copa en mis manos.
    Los rascacielos coloreando mi rostro. Postrado en esta silla vieja.

    Cubierto por mi tristeza manchada.
     
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    Peith Bleith

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    Me has llamado desde hace varias horas y aunque el trago que bebí de golpe aun cala en mi garganta no es suficiente para aventarme a la puerta que esta frente a mi nariz. Los guardias me miran desde ese momento como si una fiebre febril me recorriera y pienso que tal vez nadie esta tan confundido como yo, quizá todos lo habían asumido desde el principio.

    Todos parecen tan normales con la idea y yo no puedo tragarla.

    Las puertas se abren luego de que trato de volver a respirar un aire que me rasga desde lo más profundo cruzando mi tráquea y congelando mis pulmones. Camino sobre madera dura que siento que va a destrozarse si mis botas fueran tan solo un poco más pesadas, como es natural miraría a mi jefe en cuanto entrara pero ahora no puedo y al estar frente al escritorio noto lo baja que ha estado mi mirada, veo tus pies frente a mí en aquellos zapatos casi pulidos con una elegancia que jamás te caracterizo. Parece una broma y trato de sonreír pero no puedo hacerlo.

    Escucho un soplido escapando de tus labios y luego la puerta abrirse para luego cerrar en un murmullo. Estamos solos pero yo no sé si quiero estarlo contigo. Llevo mi mano al sombrero que aun adorna mis cabellos, que aun te insulta en una silenciosa arrogancia que te tomas con normalidad, acostumbrados el uno al otro como si siempre fuera así. Le quito de allí y veo tus pasos alejarse de mí rodeando el mullido escritorio con el sombrero en mi pecho e inclino más la cabeza dándote aquello que siempre fue tuyo.

    —Me gustaría no tener que hablar porque entonces todo pierde su significado.

    Subo mi rostro con esa elegancia lenta de la que siempre fui poseedor y te mire porque me dabas la espalda, porque tus cabellos castaños me ocultaban esos ojos. Tu silueta de pie junto a la mesa que apenas rosabas con los dedos.

    —Me gustaría que nos quedáramos aquí, en este silencioso que siempre fue mío. Aquí no estarán más las risas de Elise o los siseos desdeñosos de Mori... —Susurras aquello último como si el nombre te secara la lengua y te veo deslizar la mano lejos de la madera, cayendo a tu costado.

    Es mi momento de que un sonido escape de entre mis labios. Estoy tan rendido ahora que ya no soy capaz de sentir más que la derrota. Me siento como en una iglesia o un castillo, abrumado por la magnificencia y rendido como en un montón de cimientos destruidos.

    No quiero decir nada así que volvemos a sumergirnos en esto que nombraste. Y lo siento tan familiar que me pesa en la piel que se siente cálida como la arena.

    Bajas la cabeza y ya no soy consciente de esto porque me pesa con toda la humanidad que siempre trataste de quemar, de extinguir y aplastar. La vida que me hace dar el primer paso hacia tu figura, las manos que se oprimen desde dentro. El sombrero en el suelo.

    Pero antes de llegar te giras. A un paso. Tan cerca giras a mí. Me miras hacia abajo con tranquilidad no con desdén y veo eso de nuevo en ti.

    Y el silencio me oprime la garganta, el pecho. Mi estómago se paraliza.

    Tu aliento va más lento.

    Llevas los cabellos quebradizos peinados a un lado, como pocas veces te vi portarlos, el traje negro aun me parece una absurdo fantasía luego de esos años viéndote portar las ropas callejeras y simplonas que te gustaba usar, siempre de colores claros, siempre escapando de tu realidad. No sé qué ocurrió en ese momento para ambos y debe ser arrogante de mi parte suponer que estabas tan absorto en mi mirada como yo lo estaba en la tuya, por fin nos reencontrábamos de verdad, no como en las ocasionales circunstancias en las que nos vimos cuando aún eras un Agente, cuando nos vimos forzados a trabajar juntos de nuevo. No era nada de eso. Por esta vez nos reencontrábamos de verdad. Como aquella vez en el edificio de la Mafia o mientras moría en los escombros cerca del mar, envenenado, febril y desolado. Lo que yo vi fue aquella luz bondadosa que con los años se abrió paso en contra de tu voluntad en tus ocurras pupilas pero también aprecie bien lo titilante y frágil que era aquella recién nacida luminiscencia. Note la oscuridad abrumada, embriagadora y asfixiante. Sé que habías estado luchando contra tu propia oscuridad como yo lo había hecho pero ahora que nos vemos solo puedo notar lo rendido que estas.

    Perdiste la guerra.

    Y por esa razón yo también la perdí. Lo supe cuando nos encontramos en el barco, cuando me dijeron que estabas allí, que la fiesta era tuya... que eras el nuevo Boss.

    Y aunque sé que nunca fui suficiente, ni entonces ni ahora, te permito inclinarte, tomar mi rostro en un movimiento que finge no ser experimental y en tu piel siento la tranquilidad, tan familiarizado con el gesto que evitamos con tanto esfuerzo entre peleas y demandas mordaces. Tu aliento se esparce entre mis labios y mejillas pero no hacemos más que mirarnos porque volver a lo que nunca nos hizo feliz es rendirnos a lo último que nos queda.

    Las luces desde el cristal se iluminan de a poco fundiéndonos entre la traición y la complicidad.

    Y tus labios ya no me saben a adrenalina o a desgarradora necesidad. Me saben a ti. A muerte, perdición y desgracia mientras las lágrimas recorren mis mejillas entre nuestro beso.
     
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    Sostuve la taza entre mis manos aún congeladas por el frio de la mañana, pensando que quizá para cualquiera aquello será un apacible desayuno, pero que, considerando nuestros horarios, esto no era más que una cena poco apresurada con un cansancio abrumador que hacia palpitar mis piernas.

    El restaurante estaba vacío, solo abierto y preparado para un Ejecutivo. Miré por la ventana. La ciudad era un escenario vacío aún cubierto por una ligera capa húmeda sobre ella. Me dejé sonreír a esa tranquilidad y me deslicé un poco más en mi asiento observando la calle junto al resto de establecimientos cerrados. Me encantaba el lugar, distaba mucho de ser el tipo de cosas que solíamos hacer. Aquí no había ni rastro de alcohol, colchones sucios, hierro caliente o aroma a pólvora. Era como un momento nuevo que con el tiempo seria melancólico y viejo pero que, por ahora, era tan nuevo, atrayente, hasta tranquilizador. No iba a negármelo más, me sentía bien, me sentía tranquilo aún cuando la muerte se ceñía sobre nuestras cabezas. Era consciente que el tiempo apremiaba pero no iba a detenerme ahora y, de vez en cuando, soñaba con que esto era lo que todos creían: un inicio. La Organización se cernía con mayor potencia sobre las cabezas del resto de Organizaciones, la palabra que iba en contra de la misma no era asesinada como era costumbre entre las grandes Mafias... era absorbida. Era un monstruo más pacífico pero que podía ser violento y volátil en cualquier instante. Claro que Dazai tenía sus límites, a pesar de que aún tenía ciertos complejos en su falta de paciencia emocional, poseía una paciencia analítica que era el mayor miedo a sus contrincantes.

    Y bueno... me tenía a mí.

    —Estás suspirando otra vez.

    Me giré a su dirección, llevaba la gabardina puesta con una ligera capa de aguanieve en sus hombros. Los cabellos ligeramente más claros y una sonrisilla apacible que contrastaba en perfecta armonía contra sus ojos de miel. Me desarme un momento viéndole hasta que me reí con suavidad y despegué mi cabeza del cristal en el que sin notarlo me había recostado.

    —¿Estuviste con Akutagawa? No lo vi en tu oficina a media noche —le solté mientras dejaba la taza en la mesa y lo veía deslindarse de la gabardina y entregarla a una las meseras. Aún, como si fuera obligado a recalcarme las diferencias, esperé como un iluso a que le guiñara antes de que se marchase, pero no fue así y al final se sentó frente a mí en espera de su propia bebida.

    —Lo mandé a entrenar con Atsushi-kun. Están puliendo una técnica nueva y quiero que estén listos antes de mandarlos a Rusia —. Tomó una galleta de la pequeña canasta entre nosotros y antes de morderla volvió a sonreír con esa mezcla de completa entrega y ternura que debió hacerme mirarlo desconcertado porque luego lo hizo reír— ¿Qué pasa? ¿No te ha gustado el café?

    —Cállate imbécil, además lo hiciste para deshacerte del pobre Akutagawa

    Dazai alargo su sonrisa serpentina.

    —¡No puede ser! ¡Eres un cínico! —le espeté lanzándole un pequeño trozo de galleta tomado de la canasta.

    Lo vi reírse bajo mis expresiones y entonces miró su galleta, luego a mí, agrando su sonrisa y la lanzo contra mi rostro que apenas habría logrado cubrir con el dorso de mi mano. Boronillas se dispersaron mis cabellos haciéndolo reír con un sonido cada vez más bajo y menos ronco. Sacudiendo mi cabeza los pequeños trozos cayeron sobre la mesa.

    Torcí los labios antes de hablar de nuevo, quizá una pregunta que solo nos aislaba más de nuestra realidad, no mentiré ahora y diré que no sabía la respuesta, yo tenía, ahora, todas las respuestas desde hace mucho.

    —No entiendo, si no le tolerabas ¿Para qué lo volviste tu mano derecha?

    Dazai soltó una carcajada corta tomando su estómago. Una nueva taza de café humeante se colocó frente al castaño y ahí estaba de nuevo yo recalcándome aquel cambio. Dazai odiaba ese tipo de café.

    —No seas bobo, Chuuya. No puedo creer que incluso los subordinados de menor rango saben mejor que tú quién es mi mano derecha.

    —¡¿AH?! ¡¿Qué insinúas, bastardo?!

    Nuestro griterío debió escucharse en todo el restaurante que aún no debía comenzar su jornada laboral y, para cuando los rayos de luz tocaron el cristal y acarician mi rostro, me di cuenta que lo había perdido una vez más en aquella desolación que solo él podía detener en su interior. Distraído en un principio por la belleza fantástica del pavimento ser coloreado, maravillado por el cielo fulgurante, tarde en girar a verle con una expresión que quizá no debió ser la adecuada para lo que sentía en ese momento. No había sido mi intención... pero sé que fui insensible. Yo, al igual que en el resto de ocasiones, cuando el vacío le devoraba, bajo la mirada y mis pestañas ocultan lo más posible mis ojos del vacío que devoraba de a poco sus orbes.

    Mi respiración se hizo fina dejándome la imagen de esos ojos oscuros. Y de nuevo, como en todas esas veces, la desesperación golpeaba a mi corazón haciéndolo latir desenfrenado para luego detenerse en un congelado doloroso. Mordí mi mejilla, estaba harto de huir aun cuando no era lo suficiente fuerte para afrontar lo que ocurriría hiciera lo que hiciera.

    Pero estaba cansado que ese dolor, ese cansancio se apoderada de él así que ese día me arriesgue un poco más, tratando de llevarnos más lejos solo un poco.

    —Compré un vino muy bueno el otro día —dije, despegándome de mi tarea de esparcir las boronas con las yemas de mis dedos y alcé la mirada a su rostro que se volvía curioso.

    —¿Estas invitándome a beberlo en tu casa?

    Sonrió con burla pero simplemente subí los hombros restándole importancia. —¿Y por qué no?
     
    Última edición: 17 Junio 2026 a las 2:55 PM
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