Boku no Hero Academia Despedida || Boku no hero academia

Tema en 'Fanfics de Anime y Manga' iniciado por Peith Bleith, 17 Junio 2026 a las 2:06 PM.

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    Peith Bleith

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    Escritora
    Título:
    Despedida || Boku no hero academia
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Tragedia
    Total de capítulos:
    5
     
    Palabras:
    889
    La Liga de villanos ha caído. Los héroes han rugido en su victoria absoluta cuando Katsuki Bakugou ha dado el golpe final, pero lo que fue el triunfo también fue la derrota para una familia, para una niña huérfana, para la libertad del viento y el vuelo.

    ●Spoilers.
    ●+18.

    Esta es mi despedida para Boku no hero, serie que me acompañó de mi adolescencia a mi adultez. Que descansen en paz mis niños preciosos.

    |||||​

    Pijamada

    La muerte fue lenta, pero Ochako apenas era consciente de que lo era, se limitaba a sisear en su respiración entrecortada, suplicando y decidida a no callar, convencida de cambiar la decisión de Himiko. Su mirada profunda se mantuvo estática por encima de las marcas de lágrimas que ya le habían sonrosado la piel entre las pestañas rubias. Pudo ver todos los detalles que apenas había logrado vislumbrar antes. El cabello rubio estaba más cercano a ser dorado y se dió cuenta, tan tarde, que había tanto que quería decirle y mucho más que mostrarle a aquellos iris tan lejos de su brillo inicial. ¿Cuántas cosas tendría por decirle también? Opiniones, gustos, chistes, maquillaje o ropa.

    El viento silbaba sin ánimos, pronto se acercaba la tormenta que Himiko observaba sobre ellas con mirada ausente en la soledad de la batalla, en ese páramo vacío. Bajo sus rodillas la tierra era dura, la respiración de Ochako de a ratos estertórea. El viento le revolvía el cabello castaño y dorado que se funcionaba en su cabeza. No soltó los dedos de su compañera desde que los había sujetado, la que sería su última compañera. Al mirarse a Ochako se le agitaba la piel enrojecida y las heridas le palpitaban con el deseo de levantarse para así tomar entre sus manos ese rostro aún sonriente.

    -Ven aquí, abrázame -pidió por Himiko, y entre la ropa desgarrada ella se inclinó, se deslizó en el suelo a su lado hasta que su costado desnudo se presionó y las piedras se le pegaron al brazo. Apoyó el mentón en el hombro de la heroína, mirándola con la devoción robada por el cansancio. Sus cuerpos eran muy distintos y se alegró de que así fuera, porque Toya tampoco había tenido la oportunidad de abrazar a alguien como él. Eran distintos y así era mejor, se entendían mejor. Midió sus manos unidas, sus piernas largas y los muslos fuertes contra los suyos. No pasarían muchos minutos más para que se quedara dormida y no le pareció un mal destino.

    Ochako no supo cuando el viento dejó de silbar. Solo supo que Himiko pesaba menos.

    Los cortes en su torso ya no ardían. O ardían tanto que dejó de sentirlos. Se quedó con eso: el peso de Himiko sobre sus costillas, la barbilla clavada en su hombro, el cabello que era propio y suyo. Si no abría los ojos podía creer que era una siesta, que estaban en el dormitorio de la UA, juntas, y Tsuyu no tardaría en llamar a la puerta para llevarlas tarde a clase. Juntas.

    Pero la cama era tierra y su boca sabía a sangre.

    -Nunca tuve una pijamada.

    Sintió los dedos de Himiko entre los suyos, fríos. Las uñas rotas le raspaban la palma y Ochako las apretó más fuerte, como si pudiera devolverles el color.

    Tras las puñaladas no podía moverse, aún así usó la poca fuerza que le quedaba para girar la cabeza. Enterró la nariz en el cabello de Himiko, olía a humo, lluvia y a ella.

    -No te duermas -pidió aunque el sonido le salió roto. No era una orden de héroe, era una súplica.

    El helicóptero ululaba.

    Himiko sonrió contra su cuello, Ochako la sintió más que verla.

    -Dije todo lo que quería decir -murmuró-. A ti. A todos. Todavía duele. Jin... Toya...

    El helicóptero no terminaba de acercarse.

    -Tendremos muchas pijamadas -mintió Ochako, le ardió la garganta-. Encontraré la manera.

    Ella acarició su pulgar con el suyo.

    -No te duermas.

    Himiko no contestó, solo exhaló. Largo. Tembloroso. No volvió a inhalar.

    Ochako se quedó quieta, contó hasta diez. Hasta veinte. Esperó que el pecho bajo su brazo volviera a subir.

    No subió.

    -Viví como quería -había dicho Himiko y ahora su cabeza embotada lo repetía.

    El sueño no llegó, no como Ochako quería.

    Incluso recostada en el helicóptero, con el traqueteo en los huesos, sentía el cuerpo de Himiko contra el suyo. El peso. El frío. Abrió los ojos horas después, palpando a su lado. Abrió los ojos días después y juraba que seguía ahí, pegada a su costado.

    Su madre le acariciaba el cabello con mimo, instándole a tomar una cucharada de gelatina.

    -Vamos, cariño.

    Ochako levantó el brazo con intención de tomar la cuchara. Le temblaba, y, con el temblor, llegó el arrepentimiento: por no contestar antes, por desmayarse, por ser tan débil cuando Himiko necesitaba que fuera fuerte.

    Empezó a llorar y ya no pudo parar. Gimoteaba y sollozaba encogida en la cama de hospital. No sentía su propio cuerpo ni a su madre que la rodeaba. No oía a los enfermeros que pedían se calmara.

    No escuchaba, solo tenía la imagen del cuerpo de Himiko echado contra el suyo. Los dedos entrelazados que, en algún punto, dejaron de apretar de vuelta.

    Himiko había muerto antes de que ella se desmayase.

    Y Ochako no le dijo nada.
     
    Última edición: 17 Junio 2026 a las 2:09 PM
  2. Threadmarks: Los grandes héroes no duermen en el suelo
     
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    Los grandes héroes no duermen en el suelo

    —Mamá…

    Es la única palabra que Enji le escucha decir ese día mientras Rei sonríe tras el cristal que mantiene cautivo a su primogénito. El amor desbordante en la mirada de su esposa le obliga a apartar la mirada. Con Enji ha dejado de hablar, aunque ha mantenido su promesa al visitarle todos los días. Rei le lee, le canta. Toya siempre la mira.

    Hace tiempo que ha dejado de burlarse, escucha, a veces repite, pero siempre llama por ella con la voz del hombre de 24 años que suplanta la voz infantil de sus recuerdos.

    —Te amo —dice ella tan abiertamente que Enji se siente aún más como un intruso. Nunca la ha escuchado decir aquello y la respiración maquinada se agita suavemente, como la primera vez que se lo ha dicho a su hijo.

    Tras volver, Enji no protestó aunque la silla era empujada al único lugar al que no quería volver. Rei no se quejaba por su peso pese a su delicada figura. El alta se las dieron hace una semana, pero las voces de sus hijos ahora solo vivían en esa casa vacía. Cruzaron el pasillo: la habitación vacía de Natsuo, la de Shoto, la de Fuyumi y la intacta de Toya.

    Ahí se detienen.

    Hacía diez años que las risas infantiles desaparecieron, pero la de Toya permanecía flotando. La más ruidosa, la que llenó el hogar de balbuceos hasta que aprendió a gritar, y después ya no calló.

    Rei abrió la puerta, no entró. Miró la colcha azul en el diminuto colchón, la que Enji compró porque al comienzo de la adolescencia Toya odió el futón. "Los grandes héroes no duermen en el suelo", le dijo entonces, sacudiendo la pequeña cabeza pelirroja. Ahora su hijo héroe no dormía en ningún lado. Respiraba porque una máquina se lo ordenaba.

    —Debimos cambiar la moqueta cuando se cayó —dijo Rei, sin mirar a Enji. Miraba la alfombrilla distinta al resto de la casa—. Debí hacerlo yo.

    Enji no contestó. Aún olió el desinfectante en el aire que ya no estaba. Escuchó residuos de la respiración mecánica que ya no oía. Diez años y su risa aún la sentía clavada bajo la piel.

    Rei se tocó el vientre, aunque ya no había nada ahí. Salvo el recuerdo de observar la diminuta nariz, ojos, labios y orejas.

    No entró al cuarto de inmediato.

    —Dime por qué eres así —pidió Rei con calma, recorriendo la estancia aún adecuada para un pequeño ser que comenzaba a crecer, hasta sentarse en la cama a varios metros frente a él.

    La silla de ruedas estancada a medio pasillo frente a la puerta abierta. Admiraba los estantes llenos de libros y juguetes de acción repletos de una película de polvo espeso. Toya era y siempre había sido su niño inteligente. Perspicaz y vivo.

    Enji bajó la mirada a su única mano, balanceando el muñón por accidente. No contestó.

    —Tú estuviste frente a él —siguió Rei—. Yo solo vi la grabación. La de Kamino. La de cuando se prendió fuego gritando tu nombre.

    —Por favor… Rei, no hagamos esto de nuevo —suplicó Enji al cubrirse los ojos con la palma. Se talló las cicatrices, todas por Toya, cada una.

    —Nuestro hijo se muere —dijo ella presionando el vestido de algodón entre sus dedos, tan distinto a su ropa habitual, con el cabello recortado y peinado con una horquilla para ver a su hijo. La imagen de Enji le pareció diminuta desde allí—. Y no puedes seguir pidiendo que no hablemos de eso.

    —No estuve ahí —la voz le salió rota, la culpa de dejar la tarea en manos de Shoto le estremecía el estómago—. Llegué tarde. Siempre llego tarde.

    Rei lloraba de la única manera que sabía hacerlo, con los hombros temblorosos y en silencio. Él dejó de mirarla.

    —Sé que estás enojado —murmuró un momento con la voz tambaleante—. Pero él está aquí. Mi hijo está de vuelta, y no puedo volver a tocarlo. Todo lo que le di, lo que creció dentro de mí, su piel, sus hermosos ojos, todo lo que le di le fue arrebatado. Y si fueras sincero lo verías: está cansado.

    Enji se tocó la sien con dos dedos, como si pudiera arrancarse la imagen.

    —No tenemos tiempo —siguió Rei, sin hablarle a él por un instante difuso, admirando los pósteres de héroes sobre el escritorio y la libreta de sketch de Toya que dibujó todas las noches—. Nuestro pequeño no tiene fuerza. No hay manera de arreglarlo, pero si va a estar aquí, lo haremos sin más dolor. Y si él ya no lo quiere… no se lo vamos a negar.

    —No voy a permitir que él tome esa decisión, no aún —apretó los dientes al hablar y gimoteó al decir:—, es muy pronto.

    Rei asintió suavemente, observando las sábanas heladas sin verlas.

    —Mi niño es un hombre y ya tomó su decisión, a los únicos a los que les asusta es a nosotros. Toya no le teme a la muerte.

    Enji no contestó, se quedó mirando su muñón como si pudiera regresar el tiempo y atrapar la diminuta mano de su hijo antes de que se fuera.

    —La tomó antes de que lo viéramos —susurró Rei, pasando la mano helada por la frazada que no volvería a tener su olor.
     
    Última edición: 17 Junio 2026 a las 2:14 PM
  3. Threadmarks: Tuve suerte de nacer
     
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    677
    Tuve suerte de nacer

    Aunque no siempre lo intenta, Shoto trata de recordar constantemente a su hermano mayor. Trata porque los recuerdos están tan sumergidos detrás de la pelea, el calor del fuego y los ojos moribundos de Dabi, que no puede dejarlos así, desvanecerse en su memoria.

    Aprieta los dedos en los bordes de su ropa cuando es su turno de hablar con la terapeuta. Habla de Natsuo, de su nueva vida en su casa y la reconstrucción de la ciudad para la que están trabajando todos los días. Trata de explicar el extraño silencio que siente ahora que no vive con su hermana, de lo nocturno que es Natsuo de quien se despide por la mañana y lo recibe despierto de madrugada.

    Del miedo que siente cada vez que suena el teléfono.

    Nunca conoció a sus hermanos mayores, pero vivió con ellos. Recuerda sus presencias en el desayuno y son cuatro sillas las que son ocupadas por ellos. Toya no siempre desayunaba. La silla junto a la de su padre siempre era ocupada por él en el comedor y siempre con los brazos cruzados, la ira en las cejas fruncidas. No puede ver nada de Dabi en él.

    En casa nunca eran afectuosos, su madre apenas brindaba alguna caricia. La caricia en el cabello de las mañanas, con Toya era distinto y Shoto recuerda esa curiosidad por él llenándole de expectación por cada cosa que hacía. La caricia matutina se extendía a la mejilla pálida de su hermano mayor, aún enojado no recuerda que se apartara de las manos de su madre.

    Shoto no tiene muchos recuerdos. Recuerda esos ojos azules mirándolo a él del otro lado de la mesa.

    Natsuo no quiere hablar de Toya, así que no van juntos a visitarle.

    —Era el favorito de mamá. Toya siempre la hacía reír.

    Fue lo único que recibió de Natsuo la primera noche que cenaron juntos. Nunca la ha escuchado reír, es lo que piensa de camino al centro hospitalario de recursos especiales donde ahora vive su hermano. El llanto silencioso de su madre es lo que más recuerda y sus disculpas constantes.

    Quizá debió darle una dosis de ilusión a la joven de 18 años que cargaba a su primer hijo por primera vez, tal vez eso la había hecho reír. Toya nació con suerte, esquivó la muerte con grandes hazañas y ahora estaba ahí.

    Lo mira detrás del cristal y tras saludarle ambos se quedan en silencio. El monitor repiquetea lento y constante. Puede ver los ojos brillantes de azul profundo entre la oscuridad del metal, los injertos y el hueso expuesto. No puede comparar a nadie que conozca con Toya, tiene esa energía férrea que él reconoce en sí mismo, que debió heredar en menor cantidad.

    —Natsuo me dijo que eras el favorito de mamá —le sonríe al hablar, sabe del carácter de Dabi, pero hacía mucho que no es con él con quien habla—. Que siempre la hacías reír.

    Toya parpadea muy lento, sin fluctuaciones en su respiración. Por un segundo Shoto cree que podría verlo sonreír, aunque los dientes están expuestos y ya no hay comisuras que puedan delatar los sentimientos de su hermano.

    Pasa un minuto, el monitor cruje cada vez que su hermano toma más aire.

    —Ya no —le contesta.

    Sabe que no, aunque eso no detiene a Shoto en su entusiasmo cuando, con dificultad, Toya continúa.

    —Lo soy.

    —Lo sé —ríe Shoto con la sonrisa estirada y una mano en el cristal que no debe tocar.

    Ambos se quedan conectados entre la risa de Shoto y el crujido que nace de la garganta de Toya.

    Aún sonríe tras las enfermeras que le acompañan fuera, lo hace con el aire revolviéndole el cabello sin peinar, en su caricia matutina. Lo soy, dijo. Pisa el interior del auto de Natsuo que lo saluda de mala gana un segundo.

    —¿Qué ha pasado? —le pregunta curioso, sin arrancar.

    La sonrisa se le desarma primero en la boca cuando lo mira. Toma aire tembloroso ante su hermano mayor.

    —Toya también me hace reír.
     
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    Tragedia
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    5
     
    Palabras:
    653
    Toya

    Fuyumi recuerda perfectamente, lo hace incluso cuando no quiere. Sus primeras noches fueron constantemente interrumpidas. Pisaba la madera fría por casa al recorrer el pasillo oscuro; la habitación de Shoto tenía una luz suave encendida en su interior, una lámpara que no había vuelto a ser apagada desde la muerte de Toya. La habitación de Natsuo estaba en silencio, pero su hermano no dormía hasta que el cuerpo le fallaba.

    Ella, que ahora era la mayor, no buscó consolar a sus hermanos en esas noches. Recordó la tensión en su cuerpo que se desplazaba silencioso de no despertar a su padre en su primera noche en casa tras la primer semana que precedió a un funeral igual de apagado.

    Junto a la cama la ventana estaba cerrada y olía a eso de lo que se llenaba el ambiente cuando Toya se encerraba enfadado. Humo. Cerró la puerta a su espalda, sin encender la luz para mirar los carteles de su padre y otros héroes más antiguos que All Might, adornando las paredes con sus rostros dispuestos a salvar. Abriendo el cajón del escritorio había revistas apiladas por alfabeto, lápices y envoltorios de chicles. Ese era su hermano mayor, ordenado, impaciente e infantil.

    Recuerda sin querer su última travesura cuando se ha topado con la memoria de los chicles favoritos de Toya. Antes del festival de invierno, Toya había rellenado su bolsillo con la sal de la mesa con que su madre preparaba el pescado, y se lo había puesto en la cabeza al pasarle la mano por el pelo. Ella se sacudió, se metió los dedos por los mechones al gritar angustiada:

    —¡Me quedaré calva!

    La risa de Toya fue estruendosa, aguda y llena de él. Ella estaba tan enfadada, pero su risa se lo llevó.

    La hermana que se sienta en la silla de su hermano mayor es solo un recuerdo marcado por sus pies descalzos que no alcanzaban el suelo bajo el escritorio.

    —No seas llorona, hermanita —le dijo cuando paró de reír y le pasó una vez más la mano por el cabello.

    Los dedos de Toya le habían tironeado el cabello y sacudido la cabeza hasta hacerla sonreír en la protección de su guía.

    Exhala en un suspiro al abrir los ojos en su nuevo hogar repleto de cajas, habría querido permanecer junto a sus padres, no ha podido. Mira los ojos azules de su hermano en la fotografía y sabe que no puede regresar.bse ha preguntado últimamente si debería actualizarla, pero no se atreve.

    Un día se ha metido en su futón con aire alegre, la ha empujado y se ha puesto a parlotear sobre la nueva película donde hablarán de su padre, ha alardeado sobre conocer el set.

    —Toya nii, déjame dormir —le ha dicho ella que se giró en la almohada, dándole la espalda.

    La respuesta de Toya fue inmediata. Le quitó la almohada de un tirón y se la llevó, dejando la cabeza de Fuyumi caer en el futón. Se ha sentido culpable de no escucharlo y lo recuerda, ha sido la primera vez que ha pedido perdón. Eso la hace sonreír. Fue hasta su habitación, encontrando su almohada en el suelo y a un enfadado niño en su cama, dándole la espalda también.

    —Toya nii —le ha llamado sin respuesta—. Lo siento.

    Ha llorado sin respuestas y hasta que las lágrimas alcanzaron su camisón fue que Toya se giró.

    —Fastidias, Fuyumi, no seas tan llorona. Vamos a jugar con el televisor.

    Sin una lágrima ni el ceño fruncido, su hermano volvía a sonreírle, el cabello rojo enmarañado y las vendas rodeando su brazo derecho. Era nítido porque Toya lucia feliz. Todo el tiempo vió esa sonrisa y no fue capaz de consolar a sus hermanos.

    Tiene un nudo atado en el corazón, desea reencontrarse con sus hermanos también.

    Permanece arrodillada, con la luz del altar bailando sobre el cristal del retrato, recordando.
     
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    1133
    Verano

    El celular se apaga y con él la música. Natsuo arruga la nariz al verse obligado a abrir los ojos, recostado en el futón en el medio de la sala porque no ha soportado su propia habitación. Mira el techo a oscuras y levanta el telefono apagado, arrancandose los auriculares de los oidos. Ha olvidado cargarlo porque no ha tenido tiempo y se recrimina no haberlo hecho. Lo deja caer a un lado, no podria importarle menos maltratar el aparato.

    Trata de quedarse tumbado, quizá concilie el sueño si no se mueve, si deja que la noche lo absorba. Aunque lo intenta tras sus párpados aún puede ver la cúpula de cristal. Gira a un lado, cubriendose los parpados cerrados con una mano. Escucha su respiración maquinada. Se gira contra la almohada y entre la oscuridad ve los dientes blancos desprovistos de piel.

    Apretando los dientes termina por empujar las sabanas delgadas por su cuerpo; no las necesita ni tampoco las quiere. El frio gélido de invierno apenas lo reconforta. Abre los ojos de nuevo, si continua soñará con ello, asique se levanta. Quizá si llama a Yuna conseguiría relajarse, se le cruza por la cabeza cuando ya ha caminado hasta la cocina y encendido la luz. Coloca la anticuada tetera a calentar.

    Piensa en ella, la mujer más dulce que ha conocido en su vida, evoca su mirada tierna, su sonrisa suave y el aroma a calabazas, un otoño interminable a su al rededor. Su refugio le es invadido por el olor a quemado que capta y que lo obliga a abrir los ojos.

    Mantén la calma le había pedido ella la última vez que estuvieron juntos.

    La calma se le destroza con frenesi al actuar apagando la estufa, el fuego ha subido de repente, comiendose el mango de plastico en su fuego azul. Natsuo lo controla y lo extingue agitado. El enojo le ha agarrotado los dedos, harto ha dejado que se apodere de él. La tetera ha salido afectada, golpeada por un manotazo helado que regó su contenido hirviente por el suelo. Observa, como siempre ha hecho, manteniendo los dedos torcidos cerca de su rostro. Puede escuchar el viento fuera de la casa, pero escucha con más fuerza su propia respiración. Aprieta la mandíbula.

    Ve su cara, la respiración de Toya acompañando el rostro de su padre con el estúpido brazo cortado. Debería sentirse miserable, pero no lo hace, habría deseado ser él el afortunado y hace días que ha dejado de negarselo. Desearía haber sido la causa.


    Vendré cada día...

    La voz de Enji le taladraba los oídos, haciéndole gruñir. Lo contuvo en su pecho, como su hermano lo hacía a su lado, temblando de desesperación. No le ha servido de nada a Toya.

    —¡¿De qué sirve ahora?

    El frío le escarcha las manos al permitirle acumularse, una habilidad patetita piensa él, se siente así. Golpeando con sus brazos la escarcha se esparce, el hielo se rompe contra la tetera y el agua hirviente se congela.

    No escucha su propio sollozo al caer de rodillas, de deja guiar por la imagen del rostro de Toya, de los ojos de su infancia que prevalecen tras el cristal. Tiene las manos apoyadas en el suelo escarchado con firmeza. Aún puede sentir el aliento de Toya a su lado, hablando en un ataque maniático, desesperado y tan tembloroso como él. Natsuo no lo abrazó, nunca lo hacía, pero Toya solo tenía trece años. Toya. Toya.

    Cierra los puños en el hielo.

    La escarcha se le clava en el puño cuando golpea contra ella, encogido en el suelo, en la misma posición en que Enji le tiró del brazo tras el funeral.

    Comportate, Natsuo dijo y, su favorito, de rodillas a medio pasillo con dieciséis años: No vuelvas a dirigirte a mi de ese modo.

    No fue el más valiente, pero rie ante su cocina al presionar la frente en el suelo, la mandíbula le tiembla tal como lo hizo esa noche, gritando en el comedor. Enji le tomó y no tardó ni un minuto en lanzarle por el pasillo. Entonces quiso creer que podía asustarlo, al inmenso heroe que lo aplastaría con un pulgar si era necesario.

    No quiero verte el resto de la noche.

    Quiso irse de casa esa misma noche.

    —¿Natsuo? —le habló esa pequeña voz aún aguda, lejos de la voz del hombre en quien Shoto se estaba convirtiendo—. ¿Estás bien?

    Ambos se miraron en un silencio prolongado, Natsuo tenia las manos en una mochila a medio llenar, por entonces veían incluso menos a Shoto, faltaba menos de un año para su ingreso a la UA.

    No recuerda su respuesta, pero aquella noche no se fue.

    Levanta la tetera del suelo y con ello a si mismo, la deja en el lavabo. Cierra la boquilla del gas sin dudar, la cierra del todo creyendo que ya lo había hecho antes. Contempla su obra con las rodillas del pijama mojadas. No evita el agua helada al salir de la cocina ni evita pisar el futón al ir a la ventana, abriendola para deshacerse del poco gas acomulado.

    Ve la luna y los relampagos entre las nubes, pero decide no quedarse allí. Toma el telefono del suelo a la vez que se limpia el rostro humedo con la mano. Está absorto en lo infantil que ha sido y busca el cargador junto a la mesa del telefono fijo. Tiene unas irrefrenables ganas de estar junto a Toya, más no de verle, pero no sabe qué hora es y solo disponen de las fuerzas que su hermano mayor tenga por la mañana y a medio dia. Han pactado turnarse, pero no le molestaría compartir turno con Fuyumi.

    ¿Qué le dirá Toya sobre su plan para casarse? No ha querido contarle, tiene ya suficiente con su estado. Estado que no hará más que empeorar.

    La pantalla del celular le iluminó el rostro y al fin lo supo, eran las dos de la madrugada.

    Cuando se disponía a dejarlo cargar junto al telefono fijo este último comenzó a sonar. El nudo en su estomago se apretó antes de descolgar.

    —Natsuo —le sorprendió escuchar la voz de Fuyumi en esa llamada.

    Silencio entre ambos. Terminó por apoyar la frente en el filo del mueble, permaneciendo de rodillas, con los ojos cerrados a ese departamento lleno.

    —Ya pasó...

    Ambos tomaron aire al unísono, Natsuo asintiendo al sonido claro de Fuyumi temblando.

    —Voy a tu casa, no me tardo. Pasaré por Shoto y...

    —¿Natsuo?

    De nuevo silencio.

    —Te quiero —dijo ella antes de colgar.

    Volvió a limpiarse el rostro humedo cuando un rayo hizo temblar la tierra y con ello a él, respingar. Se levantó mirando a la ventana abierta, escuchando la lluvia que caía.

    —¿Tenías que apagarte esta noche, hermano? ¿De todas las malditas noches?
     
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