Advertencia de Contenido: Esta historia contiene violencia explícita, pobreza, maltrato infantil, prostitución, referencias a relaciones sexuales, y consumo de tabaco y sustancias. Lectura bajo discreción del lector. Nota del autor: Los comentarios, sugerencias y opiniones constructivas son siempre bienvenidos. Si hay algo que crees que pueda mejorar, no dudes en decirlo. Capitulo 1 Saltos en la oscuridad ¿Por qué? Era una pregunta que se hacía constantemente. ¿Por qué los aldeanos lo odiaban tanto? ¿Por qué nunca estaban sus padres? ¿Alguna vez lo habían querido? El sonido de varios pasos resonó por el pasillo y su cuerpo se tensó al instante. Sabía qué día era. El miedo se instaló en su pecho, frío y pesado, pero no intentó ignorarlo. El año pasado, cuando aún creía que podía confiar en alguien, se había quedado quieto esperando que terminaran. Recordaba cada golpe. Recordaba cómo le habían arrancado la camiseta y le habían rociado agua fría mientras reían. Recordaba la vergüenza más que el dolor. Desde entonces, corría. El terror aceleraba sus piernas, agudizaba sus sentidos y lo obligaba a seguir adelante incluso cuando el cansancio comenzaba a quemarle los músculos. Sin perder tiempo, salió disparado por los estrechos corredores del edificio. Detrás de él, varias voces de civiles gritaban su nombre. —¡Detente, maldito demonio! ¡No vamos a dejar que escapes otra vez! No les creyó; ya lo había hecho una vez y todavía recordaba el dolor. Giró bruscamente en una esquina, pero un aldeano robusto apareció de frente y lo atrapó de la camiseta antes de que pudiera reaccionar. —¿Otra vez escapando? —gruñó el hombre, apretando el agarre con odio desnudo en los ojos. El niño forcejeó con desesperación. Su fuerza no era suficiente, pero sobrevivir en un entorno así le había enseñado que no necesitaba ganar, sino crear una oportunidad. Levantó la pierna y golpeó con todas sus fuerzas entre las piernas del hombre, quien soltó un jadeo ahogado y cayó de rodillas. Una vez libre, volvió a correr antes de que los demás civiles lo alcanzaran. Bajó las escaleras apresuradamente, pero un paso en falso lo hizo rodar varios escalones. Su hombro golpeó contra el borde de metal, su rodilla raspó contra la piedra, y el impacto final contra el suelo le dejó sin aliento. Un dolor punzante le atravesó la nariz. Sangre. Limpiándose rápidamente con la manga, se obligó a levantarse. El hombro le dolía con cada movimiento. La rodilla le sangraba por debajo del pantalón rasgado. Pero los gritos se acercaban, y no podía detenerse. Corrió hacia la salida del pueblo sin mirar atrás. No tardó en llegar frente a las enormes rejas del Bosque de la Muerte. La mayoría evitaba ese lugar. Incluso algunos shinobi preferían mantenerse alejados de sus zonas más profundas. Sonrió con amargura. Por eso le gustaba. Se deslizó por debajo de las rejas y se internó entre los árboles antes de comenzar a trepar. Sus manos se aferraron a la corteza con práctica casi instintiva mientras subía hasta las ramas más altas. Debajo de él, los aldeanos se detuvieron. Nadie entró al bosque. Apoyó la espalda contra el tronco y trató de recuperar el aire. Su respiración temblaba, el dolor de la caída seguía latiendo en su rostro, y el hombro le quemaba con cada inhalación. Pero estaba vivo. Otra vez. El sol comenzaba a ocultarse tras los edificios. Prefería esa hora; la mayoría de los aldeanos ya estaría demasiado ocupada celebrando la caída del Kyūbi como para prestarle atención. Abandonó su escondite y regresó a la aldea con cuidado. Uno de sus lugares favoritos era el distrito rojo. La mayoría lo consideraba peligroso, pero a él le gustaba precisamente por eso. Allí no había gente con dinero suficiente para sentirse superior a nadie. Los marginados no marginaban a otros. Las personas caminaban mirando al suelo, ocupadas en sus propios problemas: en qué comerían, en si tendrían suficiente para el techo de esa noche, en si algún cliente aparecería antes de que cerraran las tabernas. Y, a veces, fingían no verlo. Para él, eso era suficiente. El olor de la fruta llamó su atención apenas cruzó una calle estrecha. Aprovechó un descuido en un puesto callejero y tomó un mango antes de trepar rápidamente a un árbol cercano. Le dio una mordida grande. El jugo le escurrió por las manos y terminó manchándole todo el rostro, pero no le importó. Sonrió mientras seguía comiendo. Sabía bien. Muy bien. Por unos segundos, podía olvidar el dolor en sus piernas, el ardor de su nariz, y la quemazón en el hombro. Un perro se acercó lentamente al árbol, moviendo la cola con cautela. Arrancó un pedazo de mango y lo dejó caer. El animal lo atrapó de inmediato. —Eres menos problemático que los humanos —murmuró con una pequeña risa. Le dio una última caricia al perro antes de bajar del árbol. El animal se quedó observándolo mientras él volvía a caminar por las calles estrechas del distrito. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer poco después. Levantó un poco los hombros mientras avanzaba entre los callejones iluminados por faroles viejos. Algunas mujeres permanecían bajo pequeños techos de madera, conversando entre ellas o esperando en silencio a los pocos clientes que seguían afuera a esas horas. Nadie lo miró con desprecio. Eso hacía que le gustara ese lugar. Cuando pasó junto a una de ellas, sintió algo caer sobre su cabeza: una pequeña manta. Parpadeó confundido. La mujer solo le dio una palmadita suave en la espalda antes de apartarse nuevamente bajo el techo, como si no hubiera hecho nada importante. Sostuvo la tela entre sus dedos durante unos segundos. Luego sonrió. Una sonrisa pequeña. Casi incrédula. —Gracias... —murmuró bajito. La mujer no respondió. Solo levantó una mano sin mirarlo. Acomodó mejor la manta sobre su cabeza y continuó su camino hacia el bosque bajo la lluvia. Dormiría entre las raíces, como casi todas las noches. A la mañana siguiente, cuando el sol apenas comenzaba a asomarse entre los edificios de Konoha, observó dos figuras desplazándose sobre los techos. Saltaban sin esfuerzo de un edificio a otro, rápidos, silenciosos. Apenas parecía tocar sus pies las tejas antes de volver a impulsarse hacia el siguiente techo. Levantó la mirada, fascinado. —¿Cómo pueden moverse así...? —murmuró para sí mismo. No era la primera vez que veía shinobi desplazarse por la aldea, pero nunca dejaba de sorprenderlo. Parecían desafiar la gravedad, como si la ciudad entera fuera su territorio y no tuviera peso alguno. Intentó seguirlos con la vista, pero desaparecieron entre los edificios en cuestión de segundos. Permaneció quieto unos instantes antes de mirar el techo frente a él. Luego sonrió. Subió por una tubería oxidada y trepó torpemente hasta las tejas. El viento frío de la mañana golpeó su rostro mientras observaba la distancia entre un edificio a otro. No parecía tan lejos. Tomó impulso y saltó. Apenas logró llegar al otro lado. Sus pies golpearon el techo con tanta fuerza que varias aves escaparon volando de inmediato. El impacto le recorrió los tobillos y tuvo que agitar los brazos para no caer. Pero no se detuvo. Volvió a intentarlo. Saltos pequeños. Controlados. Suficientes para avanzar. Cada aterrizaje hacía demasiado ruido. Sus piernas dolían más con cada intento y más de una vez estuvo a punto de resbalar por las tejas húmedas. Aun así, seguía sonriendo. Eso era lo que más le fascinaba. Ellos hacían parecer imposible algo que, tal vez, podía aprenderse. Apretó los dientes. Ellos no hacían ruido. Lo intentó otra vez. Saltó hacia el siguiente techo, pero su pie resbaló ligeramente con la humedad de la mañana. Apenas logró sostenerse del borde antes de caer al callejón. Su respiración salió agitada mientras volvía a incorporarse. —Dobla más las rodillas. Se sobresaltó y giró rápidamente la cabeza. Un hombre de cabello plateado estaba sentado sobre un poste cercano, observándolo con un solo ojo visible. No recordaba haber escuchado pasos. Ni siquiera un salto. —Si aterrizas con las piernas rígidas, todo el impacto vuelve hacia ti —continuó el desconocido—. Por eso haces tanto ruido. Lo observó en silencio. El hombre parecía relajado, como si estar parado a esa altura fuera lo más normal del mundo. —¿Y cómo hago eso...? —preguntó finalmente. El sujeto lo miró unos segundos antes de responder: —Practica. Y desapareció. Abrió los ojos sorprendido. No vio cuándo se movió, ni hacia dónde. Solo quedó el ligero movimiento de los cables balanceándose con el viento.