Chūō Salón Cristal [Salón de eventos]

Tema en 'Ciudad' iniciado por Gigi Blanche, 20 Febrero 2026.

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    Zireael

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    La sombra de su sonrisa me dio una pizca de tranquilidad, tenía que admitirlo. Más allá de eso no creía que referirme a nada de la conversación con Alika tuviera mucho sentido, así que simplemente no lo hice y él pronto me ayudó a acomodarme sobre el mesón. Apoyé las manos en la superficie de la mesa, obviamente, y crucé las piernas una vez estuve sentada. Mi cuerpo agradeció el hecho de no tener que estar de pie más tiempo.

    Desde mi nueva posición lo miré traer las copas y las frutas. Ante su pregunta, negué suavemente con la cabeza y vi que colocaba el azúcar a fuego antes de añadir las frutas y ponerse a cortar los limones.

    —Las he visto en algunos menú nada más —acoté.

    El hecho de que aquí adentro se estuviera más en silencio me ayudó a relajarme también. Por difícil que fuese de creer, incluso yo apreciaba momentos así, donde el ruido disminuyera. Me quedé pensando y pensando y recorrí la cocina con la vista.

    —¿Son muy cansados estos eventos? —pregunté entonces—. Digo, a nivel físico. Tienes que organizar muchas cosas junto a tu padre.
     
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    Alcé las cejas ligeramente al responder que tan solo había visto dichosas sodas en algún menú, me extrañó posiblemente porque era algo que Alika pedía en cualquier lugar que visitara, y de por si en ocasiones también lo hacía para acompañar algún almuerzo, en sí la pregunta la había realizado por hablar de algo, no porque realmente creyese que no las hubiese probado antes. Bueno, sería algo nuevo para ella.

    Revolví los frutos rojos sobre la olla con una pequeña cuchara de palo, manteniendo la consistencia y observando que no fuese a quemarse pese a estar en fuego bajo.

    —A nivel mental —respondí con la tranquilidad usual—. Digamos en lo fisíco es más que todo cuando estás a cargo de la cocina, liderando el equipo y demás, de resto... hacer la planeación, las invitaciones, el discurso del evento y demás para que el invitado de honor esté satisfecho puede ser cansado. En sí, cuando mi padre hace este tipo de reuniones es para demostrar a nivel social que es confiable invertir en él, en su proyecto y su idea.

    Continué explicando para que tuviese una visual un poco más amplia del porqué yo estaba presente en este tipo de cosas.

    —Por ahora no soy más que parte de su imagen —no era un capricho ni mucho menos, tampoco lo decía de manera lastimera, simplemente era un dato.

    Apagué el fuego luego de contabilizar tres minutos, dejando reposar para no usarlo caliente. Empecé a cortar los limones, eche un poco en un plato pequeño y aparté algo de azucar.

    >>¿Y a ti? ¿Te drenó de alguna manera estar aquí? —murmuré sin mirarla al empezar a escarchar el borde de las copas.
     
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    Zireael

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    Cuando salía con mis amigas casi siempre iba a cafeterías y al salir de noche por lo general el asunto era algo más sneaky, donde bebíamos alguna cerveza o cualquier hard seltzer. Las sodas italianas las había visto en restaurantes con mis padres y lo cierto era que nunca había pedido una, sonaba como que muy fancy y tampoco me despertaban particular curiosidad. Claro que eso cambiaba cuando se ofrecían a prepararlas frente a mis narices. Como fuese, no le di importancia y me quedé sentada en el mesón balanceando las piernas, con los tobillos entrelazados, mientras lo observaba preparar las cosas.

    Seguía pensando en su madre, en los comentarios de Alika y la oferta de Cay de ir a dejarme a casa, pero de alguna forma sentía que debía estar aquí. Así como cuando me aseguré de devolver a Cay a su hogar el día del asalto, creía que lo mínimo decente era permanecer con Pai un rato más luego de lo que sea que hubiese pasado. Que eso era lo que los amigos hacían y que a falta de Suiren, yo era lo mejor que quedaba. Él me contestó que estos eventos eran cansados a nivel mental y lo escuché con atención. Seguía sintiéndome… no sabía si incómoda era la palabra, pero había algo que hacía ruido en la forma en que estas personas debían vivir. Ajustándose a expectativas, a invitados de honor, a órdenes de progenitores, había algo que no terminaba de sonar coherente para mí. Era limitante y persecutorio.

    O yo aspiraba a ser demasiado libre.

    —¿Siquiera tendrás tiempo de relajarte un momento después de esto? —pregunté entonces, no logré modular la preocupación en mi voz y giré el rostro para mirar cualquier lado de la cocina.

    El bosque me había mal acostumbrado y por eso ansiaba volver a él.

    Me distraje dejando la mirada en cualquier lado y usé una mano para deslizarla por mi cabello, siquiera me di cuenta del gesto. Fue algo automatizado. Atraje el pelo al frente y pasé los dedos hasta las puntas sin dificultad, pues seguía liso como aguja. La pregunta que me hizo me obligó a regresar la mirada a él y suspiré. Había logrado mantener mi papel hasta que todo se cayó a pedazos, digamos, y me comí el numerito con palomitas.

    —Supongo que un poco. Fue una simple confirmación de las diferencias —dije con honestidad—. Puedo jugar un papel hasta cierto punto, pero creo que quizás soy demasiado yo para estar por siempre en un espacio como este.

    Le pertenecía al bosque.

    Más allá de la valla.

    —Pero la comida estaba muy rica y la música me gustó. Fue divertido. Gracias por invitarme, Pai.

    ¿Pero qué sacaba de mis emociones?

    Seguía sin saberlo.
     
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    El tono de preocupación se le coló en la voz y no me pasó desapercibido, es más, no filtré el hecho de que mis cejas se elevaron ligeramente, y con la miradu usual busqué la suya, un poco sacudido al notar su inquietud por mi cansancio, sin embargo ella había girado el rostro, mirando a algún otro lado. Ella no lo notó pero la comisura de mis labios se estiró apenas.

    —Aún no, pero ya en unas dieciocho horas estaré durmiendo en el hotel —no pensaba descansar de a mucho en el avión, los asientos pese a ser primera clase no me seguían pareciendo cómodos, y el ruido ambiental no me servía de amucho. Era quisquilloso para lograr el sueño... y pocas veces lograba relajarme lo suficiente para lograr un buen descanso, y desconocía a qué se debía, simplemente era así desde que tenía uso de razón. —, así que puedes estar tranquila —murmuré—, cuando duerma, procuraré recuperar toda la energía perdida —lo último lo mencioné medianamente irónico, pero no era la intención real, simplemente era mi manera de bromear.

    Al terminar de escarchar las copas exprimí el limón dentro de ellas, decoranco con un par de hojas de menta, y luego vertí la mermelada de frutos rojos, hielo también.

    —¿Demasiado tú? —solté el aire por la nariz y negué por la cabeza en lo que caminaba hasta una de las neveras, sacando una soda. La abrí y el aire helado salió de ella en un pequeño hilillo de humo.

    Supuse entenderla. Me consideraba "demasiado yo" para los planes como el que devengó Craig del parque de diversiones. Vertí la soda y con una pequeña cuchara revolví ligeramente el dulzor de la mezcla, escuché sus gracias y le extendí la copa, reposando la cadera en el borde del mesón, a su lado en lo que sujetaba la mía.

    —A tí, Rockefeller —me quedé observando la copa en mi mano, pestañeando con suavidad—, por quedarte un rato más.
     
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    No logré ver el cambio en su expresión por estar mirando a otra parte y quizás fuese mejor así, teniendo en cuenta la forma en que mis emociones e ideas hacían ruido. Las cuestiones que me preocupaban eran algunas más abstractas que otras y algunas, por algún motivo, tenían más forma de la que me hubiese gustado. Era una persona emocional, era sensible, pero a la vez todo se sentía tan... muted, como si de alguna manera tuviese un velo siempre encima. Todo se ensordecía, todo se reducía en intensidad. La sensación, de alguna forma, me recordaba a estar dentro de un domo. Lo que ocurría fuera sin dudas sucedía, era real, pero todos los sonidos me alcanzaban reducidos.

    O eso creía.

    Quizás sólo estaba retrasando el golpe.

    Las verdades que evitaba.


    Solté el aire despacio por la nariz cuando lo oí decirme que podría estar tranquila, que en unas dieciocho horas estaría durmiendo en el hotel y que recuperaría toda la energía perdida. ¿Esa incluida la energía que le habría sacado su madre del cuerpo? No supe cómo preguntárselo, así que no lo hice del todo. Desafiaba un poco la lógica de nuestra conversación previa, pero tampoco quería ser tan metiche. Además, a veces más que hablar uno necesitaba sencillamente estar con alguien y no tocar en sí el tema. Ya la noche había sido pesada en sí como para meternos en ese terreno pantanoso tan directamente.

    —Demasiado yo —repetí, balanceando los tobillos entrelazados.

    No me explayé, pues no quería volver el asunto sobre mí en verdad. Demasiado libre había dicho Alika. Este salón o estas vidas, de pronto, se parecían a jaulas y fui demasiado consciente de ellas, al estar contenidas en un espacio físico. No eran tan aparentemente discretas como las ataduras de Cayden, que lucían más psicológicas que nada, y por eso de pronto había sentido aquella necesidad absurda de huir. ¿Era egoísta o egocéntrico de mi parte? No lo sabía. No sabía si era mi exceso de libertad, lo abrasivo de la madre de estos jóvenes o el trato aparentemente diferenciado que me daba Orn. No sabía cuál atadura era la que estaba volviéndome loca ni por qué.

    De todas formas, volví el rostro a él cuando me extendió la copa y le dediqué una sonrisa. Le di las gracias en voz baja, sostuve la bebida y suspiré al oírlo darme las gracias por quedarme más tiempo. Se había acomodado junto a mí y en medio de mis veinte pensamientos distintos, al menos me quedaba hacerle caso a mi cuerpo. Sostuve la copa con una mano y usé el otro brazo para echarlo sobre sus hombros en una suerte de abrazo. Ladeé la cabeza, descansándola al costado de la suya, y alcancé su copa para brindar con él por mucho que la soda no tuviese ni pizca de alcohol.

    —No podía sencillamente dejarte tirado, ¿cierto? —bromeé en voz baja y le di un sorbo a la soda. Al probarlo, me separé de él y enderecé la espalda—. ¡Está riquísima! Es muy refrescante aunque sepa dulce.
     
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    Desconocía la velocidad en que la mente de Rockefeller le jugaba malas pasadas, también desonocía la sensación de sofoco ante una libertad contraria, practicamente porque hasta el momento este tipo de cosas eran mi normalidad usual, se convertía en una especie de rutina y encontraba paz en ello, en lo que conocía, rechazando sin interés alguno el mundo interno de los que me rodeaban, basicamente porque no me sentía ajeno a donde pertenecía. Habían ocasiones -como en todo-, que parecía más agitado y agotador, pero eran contadas las veces en que se desenvolvían los escenarios de esta manera.

    Me sonrió y me dio las gracias, en lo que me perdía visualmente en un punto muerto sentí la gracilidad de su brazo. Quizá era esto lo que buscaba, confort en una figura que me representaba algún tipo de interés, no discernía aún cuál en concreto era la utilidad o el valor que le estaba designando a ella, pero me sentía lo suficientemente cómodo y creía que eso era suficiente por ahora.

    Alcanzó mi copa y solté el aire de manera jocosa por la nariz, escuchando el leve sonar del cristal por el brindis. Bebí otro sorbo de la soda, causando la sensación de cosquillas en la boca el agua carbonatada, y el dulzor en las papilas gustativas un balance perfecto.

    —Sí, podías hacerlo —murmuré, apoyando el codo izquierdo sobre su muslo al ella distanciarse y enderezarse. Las pupilas negras continuaron paseanco en algún punto de la cocina en lo que mencionaba que estaba riquísima.

    Era una preparación breve, pero en verano este tipo de bebidas solían ser aclamadas por la frescura.

    —Lo es —bebí un poco más, moviendo el contenido con la muñeca—. Cuando era pequeño, papá me la enseñó a preparar en Rusia, en su entonces eché la mezcla caliente en el vaso y lo rompí —recordé recién, verbalizándolo. Era basicamente lo que me había pedido ella, ¿no? hablar más—. Aunque supongo que esta quedó mejor de lo habitual —añadí sin demasiada intención aparente, con ese tono plano que utilizaba incluso cuando decía algo genuino.

    La observé apenas de reojo. Seguía allí, cerca, ocupando espacio como si perteneciera naturalmente a la escena, y eso era extraño. Muy pocas personas lograban permanecer el tiempo suficiente para que yo notara su presencia sin querer apartarme después. No solía preparar cosas para casi nadie, y me preguntaba si el prepararlas para ella sería algo temporal; su perfume dulce danzaba en el espacio conjunto a los frutos rojos de la mermelada, y pensé que se disolvería en poco tiempo, y aquello me pareció desagradable, que este tipo de espacios parecían durar menos de lo que alcanzaba a comprender siquiera.
     
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    Todo lo que estaba pensando necesitaba analizarlo a fondo, sola, lejos de las jaulas y los objetos de las inquietudes. Era algo para lo que esperaba que me sirvieran las vacaciones, aunque siquiera habría imaginado tener que usar tiempo de descanso justamente en un asunto como este, pero así era la vida, suponía. El asunto era que ahora no era el momento para detenerme en todo eso, pues escapaba a mi capacidad de procesamiento, de forma que me limitaría a estar aquí con él y despedirlo cuando fuese la hora. Simple y efectivo, ¿verdad?

    Cuando me separé él apoyó el codo en mi muslo y lo dejé estar, claro. Bebí algo más de la soda y me concentré en escucharlo, siendo consciente de que la verdad sí tenía bastante sed, entre el olvido de Alika y mi ansiedad. Apuntó que sí podría haberlo dejado tirado y ya y pensé en las otras veces en que, de hecho, no pude hacer eso. No sólo con él, con los demás. Insistía en arrojar un cable y esperaba que lo tomaran, que aceptaran la compañía que podía brindarles en momentos que variaban desde la llana molestia, la frustración o el llanto directamente.

    No dije nada, dejé la vista en la copa en mi mano y estiré la libre para alcanzarlo de nuevo. Reposé el contacto en su nuca, porque sí, y presioné suavemente. Una parte de mí casi fue capaz de escuchar la voz de Mei regañarme y me sonreí con un dejo de resignación. Que no todo me correspondía, habría dicho, y que si me habían ofrecido irme a casa quizás debí haber aceptado si no estaba del todo cómoda y otro montón de cosas. Recordé su expresión de hace unos días, al contarle algunas cosas más que habían estado sucediendo, y cómo su rostro se endurecía o suavizaba acorde a nombres y gestos ajenos.

    Si no me daba una opinión más directa sobre la situación era por respeto, pero de alguna forma sus pensamientos eran obvios. Puede que yo simplemente estuviese siendo demasiado terca, ¿verdad? Y ya sospechara cuáles eran las respuestas a mis dudas. Bueno, suponía que tampoco eran cosas con las que quisiera lidiar demasiado. No cuando era esta nueva y extraña versión de mí misma, demasiado consciente de mis acciones y preocupada por dar algún paso en falso. Culpaba de ello el haber dejado Northwood, pero pensándolo a fondo, ¿no podía ser que estaba madurando y ya?

    —Aprendiste uno de los principios básicos de la vida entonces —bromeé y separé la mano de su nuca para alzar un dedo—. Nunca verter líquidos calientes en vidrio frío o viceversa.

    Me reí a relajar la mano de nuevo y sonreí al escuchar lo de que esta soda había quedado mejor de lo habitual. Habría contestado una tontería, pero ahora creía que tal vez, bueno, debía comportarme un poco. Al menos hasta poder sentarme a charlar conmigo misma y todo ese tema.

    —¿Desde qué edad empezó tu padre a enseñarte cosas de cocina? —pregunté después de beber un poco más.
     
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    Solté una pequeña risa nasal ante su apunto de que había aprendido uno de los principios básicos, dándole la razón. Recordaba aquella tarde como casi me había cortado con el vidrio del vaso, el como fruncí el ceño y me enojé con mi padre por no haberme avisado que eso podría pasar, y ya luego me contenté cuando me salió bien la receta y demás. De pequeño había sido más quisquilloso de lo que era ahora, por irónico que fuese.

    —Desde que tengo uso de razón —murmuré sorbiendo lo último que me quedaba, dejando luego la copa sobre la superficie sin apartar el tacto del cristal, distraído con la humedad que permeaba el material—. Empecé con cosas pequeñas, como las bebidas, ya luego le pedí que me enseñara a preparar blini, son como los crepes francés pero más salados, es algo clásico en Rusia —pestañeé con lentitud al caer en cuenta—, te contextualizo, mi madre es extranjera, de Rusia, o al menos se crió allá, aunque parte de mis abuelos maternos son también de acá de Japón, pero no tengo contacto con ellos. Mi padre es Japonés y creció en Japón, pero mi infancia la viví en Rusia, visitaba Japón en vacaciones o navidad para ver a mis abuelos paternos, con los cuales si tenía contacto constante.

    Los cuales ya no estaban con vida.

    —Basicamente por eso empecé con recetas extranjeras.

    La realidad era que desconocía porque nos habíamos quedado en dicho País si mi padre ya se encontraba divorciado, pero tampoco pregunté, supuse que mi hermana lo sabía pero en realidad ese interés de información me había sido indiferente, y en parte aún seguía siéndolo. Mis dedos continuaron trazando la humedad de la copa, lento, distraído mientras el murmullo lejano del salón llenaba apenas el silencio de la cocina.

    —Aunque ella no es partidiaria de que mi interés se incline por la culinaria —comenté con una calma seca en lo que inclinaba la cabeza hacia un lado, observándola unos segundos más de la cuenta. Con ese tipo de mirada callada que parecía analizar incluso cuando no pretendía hacerlo, hasta que simplemente la aparté, en automático dejando las pupilas oscuras en dirección al mesón del frente.

    Mi hermana lo decía: "Eres demasiado serio, nunca hablas nada", y por lo mismo me resultaba extraño, estar contándole esto. No porque fuese información importante, sino porque normalmente no hablaba demasiado de mi infancia. Mucho menos de Rusia. Mucho menos de mi madre.

    —Recuerdo que las pocas veces que me visitaba decía que era ridículo. Que perder tiempo en una cocina era rebajarse cuando podía dedicarme a algo “útil”. Algo con prestigio.
    No sonaba molesto al decirlo. Mucho menos herido. Era peor: sonaba acostumbrado.

    En alguna ocasión la recordaba diciendo que había perdido el apetito, al verme en la cocina cuando aún era un niño. Mi padre en ese entonces me dijo que estaba bien, que subiera que ella solo venía a hablar algo con él; realmente no sabía sino me importaba o si aún no era consciente de lo que sus palabras habían impactado para el crecimiento de mi apatía, y quizá, solo por eso comenté lo que había estado pensando por años:

    >>Creo que en realidad le molesta verme disfrutar algo que ella no puede controlar.
     
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    Mientras lo escuchaba continué bebiendo la soda, atendiendo con cuidado a sus palabras, y a la vez pensé en por qué... ¿Qué sentido tenía, como madre, querer arrebatarle esto? Era una profesión estable e importante, según podía ver, no tenía nada que envidiarle a abogados o médicos. El pensamiento me lo dejé para mí misma y observé su perfil cuando me dijo que su madre era extranjera o que se había criado en Rusia más bien. El árbol cronológico era un poco caótico, pues sus abuelos maternos también eran de Japón y él no mantenía contacto con ellos. El japonés era su padre, vivió en Rusia cuando era pequeño y aquí venían de visita. Tenía contacto con sus abuelos paternos.

    Tenía, ¿habían fallecido ya, como mi abuela?

    Estaba dándole uno de los tragos finales a la bebida cuando él comentó lo que ya estaba claro, que su madre no apoyaba su interés en este ámbito. Me miró y recibí sus ojos con una calma que, quizás, no sentía del todo. No supe si estaba midiendo sus reacciones o si simplemente fue su manera de, ni idea, reconocer que estaba hablando conmigo cuando no solía hablar de por sí y veníamos de esa charla justamente. Él apartó la vista pasado un momento y siguió hablando, revolviendo las emociones que tenía contenidas. No sabía si estaba bien sentirme molesta con una persona que apenas había determinado y con la que no había cruzado palabra en sí.

    —Prestigio —repetí despacio y moví el líquido que me quedaba en la copa—. Mira estas paredes, el salón de afuera, estos invitados y estos detalles. ¿Qué más prestigio quiere?

    No fui brusca al decirlo ni grosera, fue como si reflexionara al aire, pero mis dedos se presionaron contra el vidrio. Su comentario final se emparejó a la especie de sorpresa en la voz de Alika cuando me dijo que sonaba muy libre. Claro que sonaba muy libre, si esta mujer parecía querer tenerlo todo contenido en sus hilos. ¿Quería retener a sus hijos, controlarlos, moldearlos? No eran muñecos. Tomé aire y lo solté lentamente, como si con eso buscara componer mis ideas.

    —Supongo que alguien tendrá que darle la mala noticia de que eres una persona separada de ella —dije finalmente, de nuevo sin sonar grosera en sí, y crucé una pierna sobre la otra. Me incliné hacia adelante, inclinando el peso del cuerpo en mi regazo—. A mí me haría sentir muy orgullosa decir que mi amigo de la secundaria es famoso en el mundo gastronómico.
     
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    Mira estas paredes, el salón de afuera, estos invitados y estos detalles.

    ¿Qué más prestigio quiere?

    La sombra de una sonrisa me alcanzón sin completarse por completo, fue algo de reflejo del cuerpo al sentirse respaldado por alguien que no fuese mi padre. Ella también veía lo que veía yo: ¿qué más quería una persona que prefirió no estar presente totalmente en el desarrollo de sus progenitores? Aunque si lo pensaba un poco parecía ser lo mejor, no imaginaba el vivir con mi madre, tampoco sabía cómo mi padre siquiera se interesó en una mujer como ella, fría, calculadora, soberbia, agolatra.

    Y en un momento sentí que me estaba describiendo a mí, como si mi sombra se hubiese distorisionado en la de ella. La sensación que me recorrió el cuerpo me hizo sentir asqueado, moviendo los dedos que tenía sobre la copa vacía para centrarme nuevamente, yo no era ni sería como ella. Y lo irónico... era que pese a que mi hermana se esforzaba por su reconocimiento, por ser vista por ella no terminaba en nada más que en: "tus notas son decepcionantes, tú si debería dedicarte a la cocina"

    Rockefeller, sus palabras y su presencia era sútil, suave y comprensiva. No sabía si era eso lo que me agradaba de permanecer con ella, no juzgaba, no se alejaba... ni el día del recorrido, tampoco cuando compartíamos la hora de almuerzo en la escuela, ni ahora. No me percaté de que ella se inclinó, giré el rostro por su último comentario y al mirarla estaba mucho más cerca de lo que habíamos estado en cualquier otro momento. Guardé silencio al quedarme observando su perfil, su nariz respingada, sus mejillas cálidas y el dorado de su cabello descendiendo como hilos sobre su hombro.

    Fui consciente de los latidos en mi pecho y me sonreí, incrédulo de mi cuerpo.

    —¿Me presumirías si logro ser famoso en el mundo gastronómico? —la molesté como tantas veces pero esta vez mi voz salió más baja, menos burlona. Como si algo en mí hubiese cedido después de tantos momentos de indiferencia—. Aunque supongo que sería incómodo para ti. —moví apenas la copa entre mis dedos— Tener que decir “sí, conozco a ese idiota” cuando salga en revistas o algo así.

    La sonrisa me duró poco. Nunca sabía sostenerlas demasiado tiempo.

    Porque la verdad era otra.

    La verdad era que me importaba demasiado lo que ella pensara.

    Y eso me irritaba.

    Giré el rostro nuevamente hacia ella, encontrándome otra vez con esa calma insoportable que tenía para mirarme. Como si no necesitara diseccionarme para entenderme. Como si pudiera quedarse ahí incluso viendo las partes menos agradables.

    Tragué saliva.

    —A veces creo que eres la única persona frente a la que no me siento… defectuoso.

    La confesión salió seca, directa. Sin adornos. Muy yo. Obviando a Craig, el cual sabía mi vida pero no mis sentimientos más allá de las conclusiones que él podría sacar. Mis dedos dejaron de moverse sobre la copa vacía mientras mantenía la vista fija en algún punto de su hombro, incapaz de sostenerle los ojos demasiado tiempo después de decir algo así.
     
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    Giró el rostro y por mi posición, me di cuenta de lo cerca que estábamos. No me moví, pero fui demasiado consciente de sus ojos sobre mí y al oír su voz de nuevo, sonreí. Su voz no sonó como siempre, hubo menos cinismo si se quiere.

    Well, yes I would. No veo por qué sería incómodo, contrario al resto del mundo podría decir "claro, es un idiota, pero es famoso y es amigo mío". Es una oportunidad de oro.

    Me reí al decirlo, pues fue únicamente para igualar mi respuesta a la suya. Ese fue el corte, porque pronto él... Ni idea, tuvo un venazo de honestidad. Soltó una confesión, fue repentina, sin anestesia y enderecé lentamente la espalda, mirándolo desde arriba. No supe bien qué decir al respecto y quizás se me notó en la cara, pero elegí no darle importancia a eso en particular. Dejé la copa a un lado con cuidado y aunque él no pudo sostenerme la mirada mucho tiempo, mis manos buscaron su rostro y lo atrajeron en mi dirección de nuevo.

    No lo hice mirarme ni busqué mirarlo yo, aunque me cuestioné si debía... Al final cedí, como otras veces. Era mi forma de estar allí para las personas, de hacerles llegar mis sentimientos y de brindarles mi compañía. Era quien era y punto. Por eso fue que, con delicadeza, me incliné para dejarle un beso en la frente y al separarme, usé el pulgar de la mano derecha para quitarle el ligero resto de pintalabios que le quedó, pues ya una parte de había quedado en la copa.

    —Diría que todos somos defectuosos —reflexioné, dejando ir su rostro—, pero se supone que cuando uno elige a sus personas, eso no importa tanto. Si te sientes así frente a mí, me alegro mucho, Pai.

    Me mirara o no, le dediqué una sonrisa de las de siempre.
     
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    Me causó gracia su respuesta, tanto así que terminé soltando algo similar a una risa por la nariz al escucharla. Rockefeller era demasiado sincera, tanto con los movimientos de su cuerpo como con sus labios, su comportamiento enérgico, la mirada llena de ilusión y vida; era gracioso, seguía viéndola como Alicia en el país de las maravillas, quizá por eso había achacado dicho personaje al conocerla, y eso que no era muy fan de dicho cuento.

    Ya luego al expresar lo que sentía, bueno, una parte minima de ello sentí el tacto cálido de sus manos en mi rostro, la miré entre las pestañas por la posición al no dejarme huír de verla nuevamente, girándome suavemente hacia ella, ladeando mi cuerpo en el proceso. Fue cuando se acercó que entrecerré los ojos en automático, no supe que estaba esperando pero el beso que dejó en mi frente me hizo sentir ligeramente... inquieto. No era alguien a quién le alcanzaba la vergüenza con facilidad, es más, solía burlarme de quién fuese tan fácil de leer, pero esta vez trastabillé porque el calor alcanzó apenas parte de mis pómulos, y aquello me hizo sentir incrédulo. Rockefeller me limpió los rastros de labial de la frente y agradecí mentalmente que no hubiese presenciado el teñir leve de la piel de mis mejillas.

    —Supongo —murmuré en respuesta a sus palabras, aunque la voz me salió más baja de lo normal, casi arrastrada. Carraspeé apenas, desviando la vista un segundo hacia la pared blanca detrás de ella, intentando recomponerme de aquella sensación absurda que seguía instalada justo debajo de mi piel.

    Qué ridículo.

    Era solo un beso en la frente.

    Y aun así sentía el pulso distinto.

    —No hagas eso tan de repente —murmuré al final, intentando sonar calmado, como siempre quizá, pero la frase perdió fuerza apenas salió de mi boca.

    Porque no era una queja real. Mis dedos buscaron los de ella casi por inercia sobre el mesón, aunque los dejé suspendidos al apenas rozar su piel. Una parte de mi se resignó, aunque no sabía muy bien a qué en realidad, quizá a no dejar de hablar.

    —Es cómico —musité—. Como si besarme la frente fuera suficiente para arreglarme la cabeza.

    Hice una pausa breve, observándola desde abajo entre las pestañas nuevamente, esta vez sin intentar escapar de sus ojos. Sentía algo extraño atorado en el pecho; una mezcla incómoda entre calma y nerviosismo, como si Rockefeller hubiese encontrado una manera ridículamente sencilla de desarmarme pieza por pieza, no sabía si odiaba eso de ella, o si no lo odiaba en realidad...

    >>Y lo peor es que parece que casi funciona.

    El celular me vibró en el pantalón, y supuse que era mi padre, quizá se me estaba yendo el tiempo. Solté un suspiro corto por la nariz, cerrando los ojos apenas un instante antes de sacar el teléfono del bolsillo. La pantalla iluminó tenuemente entre ambos y confirmé lo obvio al ver su nombre. Un mensaje avisando que estaba por concluir la noche.

    Bloqueé el celular sin responder todavía.

    La observé unos segundos en silencio, y aquella pequeña realización me golpeó con una suavidad extraña. Normalmente el contacto constante me agotaba rápido; terminaba apartándome casi por reflejo. Pero con ella no sentía urgencia de huír. No todavía. Lo guardé de regreso y mostré mi mano izquierda para ayudarla a bajar del mesón.

    —Puedo llevarte a casa en caso de que no puedan recogerte —ofrecí con normalidad, recuperando la compostura que había ido desvaneciéndose en algún momento.
     
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