Long-fic Éramos enemigos - Bowser y Peach

Tema en 'Fanfics sobre Videojuegos y Visual Novels' iniciado por bunnysweetie, 14 Mayo 2026 a las 7:49 PM.

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    bunnysweetie

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    Título:
    Éramos enemigos - Bowser y Peach
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    2552
    Sinopsis

    En el Reino Champiñón, la paz es una rutina perfecta. Mario es el héroe, Bowser el villano y Peach la princesa que espera. Pero, ¿qué sucede cuando los roles preestablecidos comienzan a agrietarse bajo el peso de la introspección?
    Esta historia se aleja de la sencillez de los juegos para adentrarse en los laberintos emocionales de sus protagonistas. Aquí, el conflicto no es una cuestión de bloques flotantes o rescates rápidos, sino de la compleja red de sentimientos que subyace tras años de encuentros y enfrentamientos.

    Género: Drama/Romance

    Narrativa Psicológica: Un análisis profundo de las motivaciones, miedos y deseos tanto de Peach como de Bowser. ¿Es el secuestro una estrategia de guerra o un lenguaje silencioso que nadie se atreve a traducir?

    Nota importante para el lector: Este fanfiction está diseñado para quienes buscan una experiencia de lectura mas compleja y pausada. No contiene contenido explícito (+18) ; su madurez radica en el peso de sus diálogos, la carga emocional de sus escenas y el desarrollo de una trama que cuestiona lo que creemos saber sobre el mundo de Mario. Es una obra recomendada para lectores que prefieren la profundidad narrativa y el drama introspectivo sobre la acción convencional. Aunque las escenas de acción son inevitables en la franquicia de Mario, pero lo veremos desde un punto de vista mucho más profundo.

    Bienvenidos a una historia donde los colores brillantes se encuentran con las sombras de la realidad. También conocida como "La Bella y La Bestia (Versión Nintendo)", ese fue el primer nombre que había elegido y así lo publiqué en mi Wattpad. Quizás es mas llamativo.

    Espero que les guste, hace mucho tiempo quería subir este fanfic y lo he ido perfeccionando, lo he revisado varias veces. Soy fan de Mario desde mi infancia, ahora en la adultez, veo todo desde otro punto de vista. Es primera vez que publico aquí, ojala este bien el post. Saludos. :/*-*\:

    ══ ✧ ❀ ✧ ══

    Capítulo 1: El eco de un estruendo

    El sol de la mañana se derramaba sobre el Reino Champiñón con una benevolencia casi excesiva. A través de los altos ventanales del palacio, la luz jugaba a descomponerse en los prismas de cristal, salpicando de colores las paredes de mármol blanco y los estandartes carmesí. Todo en el castillo de Peach era orden, simetría y mucha paz.

    La princesa Peach estaba sentada junto a una pequeña mesa en el balcón, aquel que miraba hacia las colinas onduladas y los bloques flotantes que salpicaban el horizonte, con una taza de té entre sus manos. El vapor subía lentamente, dibujando formas que desaparecían antes de poder definirse. Sus pensamientos eran iguales: formas abstractas que evitaba nombrar.

    El sonido de unas botas resonando contra el piso pulido rompió la burbuja de quietud, tenían el ritmo enérgico y sincero de alguien que no conocía la ambigüedad. Siempre era así. —¡Peach! Buenos días Princesa...

    Mario tenía esa sonrisa que solía ser el faro del reino, pero que hoy a ella le pareció un poco más brillante de lo que sus ojos podían soportar. Una sonrisa amplia, casi contagiosa. Traía algo detrás de la espalda, intentando —sin mucho éxito— ocultarlo.

    Peach dejó la taza sobre la mesa, formando una curva suave en sus labios. Una expresión ensayada durante años de protocolo y rescates. —Buenos días, Mario.

    —Es un día precioso, ¿no? —él se acercó, acortando la distancia con esa confianza que solo los héroes poseen—. He pasado por aquí y no he podido evitarlo. Al verlo, simplemente supe que era para ti.

    Él avanzó con pasos ligeros, claramente emocionado. —Esto es para para ti.

    Por un segundo, Peach inclinó la cabeza con curiosidad genuina. Ese gesto tan suyo, tan delicado. El fontanero de rojo sacó finalmente el regalo mostrando una sonrisa triunfal: una sombrilla rosa, decorada con pequeños detalles florales, acompañada por una flor fresca, recién cortada.

    —Todo me hace pensar en ti —admitió él, rascándose la nuca mientras un rubor trepaba por sus mejillas—. Pero esto... esto encaja perfectamente contigo. Elegante. Pura.— Peach tomó la sombrilla. La seda era fría al tacto, impecable. Sus dedos recorrieron los bordes con una lentitud que Mario interpretó como admiración, aunque en realidad era una búsqueda ciega de algo que no lograba encontrar.

    —Es hermosa, Mario. De verdad, muchas gracias—Su voz sonó como una campana de cristal: clara, dulce, pero carente de vibración.

    Se puso en pie y, cumpliendo con la coreografía de su propia vida, se inclinó hacia él. Le depositó un beso en la mejilla, un roce ligero como el ala de una mariposa. Mario cerró los ojos, prolongando el contacto un segundo más de lo necesario, buscando un calor que Peach parecía estar guardando bajo siete llaves.

    Cuando ella se apartó, él seguía sonriendo, aunque había una sombra de duda bailando en sus pupilas azules. —Me alegra que te guste —murmuró él—. Te veré luego para el paseo por los jardines, ¿verdad?

    —Por supuesto. —Peach observó su espalda mientras se alejaba. Se quedó sola con su sombrilla perfecta y su flor perfecta, en un mundo donde el peligro parecía haber sido desterrado para siempre.

    ══ ✧ ❀ ✧ ══
    Más tarde, en la zona sur de los jardines, donde las plantas piraña domesticadas dormitaban al sol, Mario caminaba con las manos hundidas en los bolsillos. A su lado, su fiel hermano menor intentaba mantener el paso, ajustándose la gorra verde con nerviosismo.

    —Luigi... ¿tú crees que Peach está... diferente? —soltó Mario de repente, pateando una pequeña piedra que rodó hasta un matorral.

    —¿Diferente? —Luigi parpadeó, mirando hacia las torres del castillo—. No lo sé, hermano. Se ve igual de real que siempre. ¿Ha cambiado de peinado?

    Mario se detuvo en seco, cruzándose de brazos. Su rostro, habitualmente jovial, mostraba las grietas de una ligera frustración que no sabía cómo explicar.

    —No es su aspecto. Es ella. Todo está "bien", ¿entiendes? Siempre está bien. No hay discusiones, no hay... —buscó la palabra en el aire— no hay pasión...

    Luigi ladeó la cabeza, confundido. —Eso suena como una relación ideal, Mario. Yo con Daisy a veces discutimos, nuestra relación no es perfecta, sin embargo, estamos juntos.

    —Sí, pero... —Mario bajó la voz, como si las estatuas de los Toads pudieran oírlo—. Nunca me besa de verdad, Luigi. Siempre es ese roce en la mejilla. Me trata como si yo fuera... su mejor amigo. Y yo la amo. Quiero ser su compañero, quiero sentir que me necesita de la misma forma que yo la necesito a ella.

    Hubo un silencio incómodo. Luigi se rascó la barbilla, sintiendo el peso de la confesión. —Peach es una princesa, Mario. Es reservada. Es... delicada. Antes que me lo digas, Daisy también es una princesa, pero son un tanto... diferentes.

    —Si, nadie es igual a otra persona, pero realmente Peach no es fría... —interrumpió Mario con una suavidad dolorosa—. Solo que... a veces siento que la parte más viva de ella no está aquí conmigo. Está en otro lugar. O esperando algo que yo no puedo darle.

    ══ ✧ ❀ ✧ ══
    De vuelta en el balcón, el viento había refrescado. Las cortinas de seda bailaban una danza errática, golpeando suavemente contra los marcos de madera.

    Peach seguía allí. La sombrilla descansaba a su lado, proyectando una sombra alargada y rosácea que parecía una mancha sobre el suelo inmaculado. Tenía la flor entre los dedos, pero ya no la miraba con dulzura. Sus ojos estaban fijos en el horizonte, más allá de las tierras verdes, donde las nubes se tornaban cenicientas.

    De pronto, un escalofrío le recorrió la columna. Cerró los ojos y, por un instante, el aroma dulce de las flores desapareció, reemplazado por el olor acre del azufre y el humo. Ya no escuchaba el canto de los pájaros, sino el eco lejano de un rugido que hacía vibrar el suelo bajo sus pies.

    En la oscuridad de sus párpados, lo vio. Una silueta masiva, imponente, rodeada de lava y chispas que saltaban con furia. Ella debería sentir miedo, pero solo había una sensación de gravedad. Algo que la atraía con una fuerza bruta, rompiendo la monotonía de sus días de seda y té. Aquella presencia no era "adecuada", no era "correcta", pero era... real. Peach abrió los ojos de golpe, llevando una mano a su pecho. El corazón latiendo más rápido de lo normal. Una sensación salvaje que no sentía desde hacía meses.

    —No... —susurró para sí misma, intentando recuperar el aire.

    Miró la flor en su mano. Sin darse cuenta, la había apretado tanto que el tallo se había quebrado. Los pétalos, antes perfectos, ahora estaban arrugados y heridos. Por primera vez en mucho tiempo, la Princesa no sintió el deseo de arreglar el desastre.

    Se quedó allí, bajo el sol del mediodía, sintiendo el vacío de su propio castillo y la inquietante sospecha de que, muy en el fondo, la paz empezaba a parecerse demasiado a una jaula. Por primera vez en mucho tiempo... La rutina no fue suficiente para tranquilizarla. Peach dejó caer los restos de la flor quebrada al suelo del balcón. El pequeño desastre estético le produjo una punzada de alivio mezclado con culpa: algo que finalmente no estaba en su lugar.

    Su mente, a pesar de sus esfuerzos por mantenerla en el protocolo, se deslizó hacia los días de cautiverio en el Reino Oscuro. Recordaba las altas torres de hierro y el aire denso, cargado de ceniza. Recordaba a los Koopa patrullando los pasillos con lanzas, pero también recordaba el silencio que envolvía su celda cuando el rey de los Koopas, Bowser, estaba cerca.

    Nunca hubo crueldad innecesaria. Bowser era un torbellino de fuego y ambición, sí, pero cuando se trataba de ella, era un guardián de una naturaleza casi sagrada. Había visto cómo él mismo reprendía a un guardia por no traerle agua fresca o por el tono de voz al entregarle sus aposentos. «Es una princesa, no un trofeo de guerra», le había escuchado rugir una vez tras la puerta de su alcoba, un gruñido que no denotaba furia hacia ella, sino una posesividad protectora y extrañamente reverente.

    ¿Por qué? Esa era la pregunta que la acechaba en algunas noches de insomnio. Si el objetivo era utilizarla para herir a Mario o chantajear al reino, el hambre y el miedo habrían sido herramientas más efectivas. Pero Bowser no buscaba quebrar su cuerpo; buscaba mantenerla intacta, casi como si ella fuera el único punto de luz en su mundo de roca y lava. Ese respeto, esa extraña delicadeza de un monstruo, era lo que Mario nunca lograba comprender y lo que ella misma temía examinar.

    ══ ✧ ❀ ✧ ══
    Aún no comenzaba el atardecer, Peach se puso de pie, caminando hacia el borde del balcón. El cielo sobre el Reino Champiñón, que áun se mantenía azul y estático, empezó a parecerle una pintura plana.

    Sintió un tirón en el pecho, una presión familiar. Sabía que él volvería. No era una corazonada producto de la paranoia, sino una certeza visceral que le recorría los huesos como un escalofrío. Podía sentir el cambio en las corrientes magnéticas, una alteración en la atmósfera que solo ocurría cuando el Rey Koopa ponía sus ojos en una meta.

    ¿Qué vendrás a buscar esta vez?, se preguntó, mientras sus dedos se cerraban sobre el barandal de mármol.

    No temía el secuestro en sí; temía la verdad que ese encuentro traería consigo. Temía descubrir si esa amabilidad que ella recordaba —la manta extra en las noches frías, la vigilancia feroz para que nadie le faltara al respeto— era parte de un plan maestro o algo mucho más peligroso: un afecto que Bowser ni siquiera sabía cómo nombrar.

    Mientras tanto, en algún lugar del horizonte, el aire parecía vibrar. Peach cerró los ojos, y por un segundo, inevitablemente hizo aquella comparación: Mario, con su bondad predecible y su amor incondicional, la amaba por ser la Princesa. Bowser, con su brutalidad contenida, parecía conocerla por ser simplemente ella.

    El sol se ocultó tras una nube y Peach no buscó la luz. Se quedó en la sombra, esperando, con la inquietante sospecha de que el héroe estaba a punto de perder su propósito, y la villanía estaba a punto de revelar su secreto mejor guardado.

    Pero luego, se llevó la mano a la sien, sintiendo el pulso acelerado. Esta vez, recordaba las caídas de Bowser. Los momentos en que, tras ser golpeado por Mario y arrojado a la lava, el Rey Koopa levantaba la vista. Siempre había rabia en sus ojos rojizos con tintes anaranjados, sí, un fuego alimentado por el orgullo herido y la humillación pública. Pero, escondido en las profundidades de ese rugido de venganza, ella siempre detectaba algo más. No era odio puro. Era una tristeza desoladora, una sombra que le decía que el secuestro no era un fin, sino una forma torpe de comunicación que él no sabía cómo traducir.

    La mente de la princesa recorría sus propios recuerdos, cuando a veces, después de una derrota, ella se despertaba en el castillo imaginando qué habría pasado si esta vez él hubiera decidido no contenerse. Si esta vez no hubiera dejado un plato de comida en la puerta. Si hubiera permitido que sus soldados fueran crueles. Pero el miedo, que debería haber sido su reacción natural, se disolvía al enfrentarse a la realidad de sus recuerdos: Aquel villano nunca la dejó morir de hambre, nunca permitió un solo rasguño. En la derrota, él siempre parecía más un animal herido que un conquistador furioso.

    La premonición de su regreso no le produjo el temblor de rodillas que el protocolo exigía. Al contrario, sintió una lucidez inusual. Una determinación recorrió su espalda.

    Si él regresaba —y sabía que lo haría—, Peach decidió que no sería la princesa que esperaba detrás de las rejas a que el héroe viniera a salvarla. Se sentía capaz de aceptar ese nuevo cautiverio, pero bajo sus propias condiciones. Si él la raptaba de nuevo, ella lo enfrentaría. Exigiría una tregua: ella se iría con él, sí, pero con la promesa innegociable de que nadie más saldría herido. Ningún Toad sería pisoteado, ningún reino sería quemado por sus caprichos.

    El pensamiento le dio vértigo. ¿Por qué estaba planeando esto? ¿Por qué la idea de ser "secuestrada" por Bowser se sentía menos como una condena y más como un encuentro necesario?

    Se miró en el espejo del balcón. La imagen de la princesa perfecta, vestida de rosa y siempre sonriente, le resultó ajena. Era una máscara que empezaba a pesar demasiado. Por primera vez, no quería que Mario llegara corriendo con sus promesas de paz. Quería respuestas. Quería saber por qué el monstruo que debía odiarla era el único que, a su manera retorcida y brutal, parecía ver más allá de la corona que ella portaba.

    La paz del Reino Champiñón, con sus flores brillantes y sus días previsibles, le pareció repentinamente un escenario vacío. Peach cerró los dedos sobre la barandilla. Si la rutina era una jaula, quizás la libertad era algo que solo podría encontrar al otro lado, en el Reino Oscuro, donde el fuego siempre ardía y donde la verdadera naturaleza de su captor finalmente tendría que salir a la luz.

    Ella no quería ser rescatada. Quería entender por qué, después de tantas batallas, el corazón de Bowser seguía siendo el único misterio que ella todavía no había logrado descifrar.
     
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