PROLOGO Los páramos blancos, más allá de las montañas nevadas del norte, eran tierras inhóspitas a las que ni los ejércitos más poderosos ni los héroes más valientes se atrevían a entrar. Era un territorio maldito. Un lugar cubierto por tormentas eternas, donde el sol apenas lograba atravesar las nubes grises y el frío podía matar a un hombre en cuestión de minutos. Pero el hielo no era lo peor. Aquellas tierras estaban llenas de criaturas y monstruos tan poderosos que incluso escuchar sus nombres provocaba temor. Los pocos desafortunados que habían cruzado las montañas jamás regresaron, y los escasos sobrevivientes que lograban volver lo hacían completamente destrozados física y mentalmente. Se contaban historias de lobos blancos gigantes capaces de devorar a un hombre entero de un solo bocado. De bestias que caminaban sobre dos patas y dejaban huellas enormes marcadas en la nieve. De seres humanoides distintos a cualquier raza conocida, criaturas salvajes con fuerza monstruosa capaces de partir un caballo por la mitad usando únicamente sus manos. Algunos aseguraban haber visto sombras moviéndose entre la ventisca. Otros hablaban de enormes ojos brillando en la oscuridad de la tormenta. Y por encima de todas aquellas historias existía una leyenda aún más aterradora. La leyenda de la Cortina Blanca del Fin del Mundo. Una gigantesca barrera blanca perdida en las profundidades del norte, más allá de donde incluso los monstruos parecían temer avanzar. Nadie sabía qué era realmente. Algunos creían que separaba el mundo de los vivos del reino de los dioses. Otros afirmaban que era la puerta hacia algo mucho peor. Pero había algo que todos compartían. Nadie que hubiera encontrado la Cortina Blanca había regresado jamás.
Tyler era un joven bárbaro de la tribu Jolen. Había nacido y crecido en los páramos inhóspitos de Barln, una tierra de nieve perpetua donde la supervivencia dependía únicamente de la fuerza. Allí no existían los reyes, ni las murallas, ni las leyes de los hombres del sur. Solo el frío, la caza y la sangre. Desde pequeños, los niños de la tribu aprendían a sobrevivir entre tormentas heladas y monstruos capaces de despedazar a un hombre en segundos. Cazaban lobos guargos blancos por su piel, una de las pocas capaces de soportar el invierno eterno de Barln. También cazaban ciervos de ocho puntas, enormes bestias cuya carne era considerada un manjar entre las tribus del norte. Incluso domesticaban Grandes Yetis. Bestias gigantescas cubiertas de pelaje gris que podían arrancar árboles enteros con sus manos. Los utilizaban para transportar madera, mover enormes cargas y ayudar en la construcción de refugios antes de las grandes tormentas. Pero en una tierra donde la fuerza lo era todo… Tyler era considerado un fracaso. Aunque medía casi dos metros de altura y poseía un cuerpo mucho más resistente que el de cualquier hombre del sur, dentro de la tribu Jolen era pequeño para su edad. A los diecisiete años, los jóvenes de su generación ya eran guerreros capaces de matar una manada de lobos por sí solos o derribar osos de hielo usando únicamente lanzas de piedra. Tyler no podía hacer ninguna de esas cosas. Era el más débil de toda la tribu. Los demás jóvenes se burlaban de él constantemente. Decían que peleaba como un niño y que su corazón era demasiado blando para sobrevivir en Barln. Incluso algunos ancianos murmuraban que los espíritus del hielo lo habían maldecido al nacer. Y lo peor era que Tyler no podía defenderse de aquellas palabras. Porque eran verdad. Mientras los demás disfrutaban la caza y soñaban con convertirse en grandes guerreros, Tyler odiaba matar. Nunca sintió emoción al ver sangre derramarse sobre la nieve. Algo dentro de él era diferente. Algo que no encajaba en aquellas tierras salvajes. La fiesta de compromiso era una de las tradiciones más importantes de la tribu Jolen. Cada invierno, cuando terminaba la gran cacería y la luna roja aparecía sobre los páramos de Barln, las doncellas solteras escogían públicamente a los jóvenes guerreros con quienes formarían una familia. Era una celebración llena de fuego, carne asada y enormes cuernos de hidromiel. Los guerreros presumían las pieles de las bestias que habían cazado durante el año, mientras los ancianos observaban en silencio quiénes eran dignos de continuar el linaje de la tribu. Aquella noche, uno por uno, los jóvenes fueron siendo elegidos. Los más fuertes fueron escogidos primero. Los cazadores más temidos recibieron incluso varias propuestas. Las mujeres reían, los tambores sonaban y la nieve caía lentamente alrededor del gran salón de madera. Y al final… solo quedó Tyler. De pie junto al fuego. Solo. Ninguna mujer pronunció su nombre. Ninguna se acercó a él. Ni siquiera por compasión. Los murmullos comenzaron de inmediato. —Demasiado débil. —Ni siquiera puede matar una manada solo. —Ese chico no sobreviviría un invierno sin ayuda. Tyler permaneció en silencio con la mirada baja mientras las risas llenaban el salón. Aquella misma noche, los ancianos de la tribu se reunieron para deliberar. La decisión fue rápida. Tyler debía abandonar los páramos. Según las antiguas costumbres de Barln, un hombre incapaz de encontrar compañera era considerado una carga para la tribu. Y alguien tan pequeño y débil jamás podría proteger a una familia ni criar hijos fuertes. Su existencia iba contra las leyes de supervivencia del norte. Cuando la decisión fue anunciada, nadie protestó. Nadie excepto su madre. Sus ojos estaban llenos de dolor mientras preparaba en silencio las pocas cosas que Tyler llevaría consigo: una capa hecha con piel de guargo blanco, un cuchillo de hueso y un pequeño colgante de madera tallado cuando él era niño. —El sur es diferente… —susurró ella con voz temblorosa—. Tal vez allí puedas encontrar un lugar para ti. Tyler intentó responder, pero las palabras no salieron de su boca. Al amanecer, abandonó la aldea. Caminó solo entre la nieve mientras el viento helado golpeaba su rostro. Nadie fue a despedirlo. Nadie observó su partida. Excepto su madre. Que permaneció inmóvil frente a la entrada del poblado hasta que la silueta de su hijo desapareció entre la tormenta blanca.
Tyler caminó hacia el sur durante días… y luego semanas. Atravesó montañas cubiertas de hielo, bosques muertos y llanuras donde el viento soplaba con tanta fuerza que parecía querer arrancarle la piel. Sobrevivía como podía. De vez en cuando lograba cazar algún animal pequeño usando una lanza rudimentaria. Cocinaba una parte de la carne durante la noche y guardaba el resto envuelto en pieles para los días en que no encontrara nada. También recolectaba trozos de hielo limpio de los riachuelos congelados. Los guardaba en un recipiente de cuero y esperaba a que el calor de las fogatas los derritiera para poder beber agua. Aunque había sido expulsado de su tribu, Barln seguía viviendo dentro de él. Sabía cómo encontrar refugio antes de una tormenta. Cómo reconocer huellas peligrosas bajo la nieve. Cómo dormir con un ojo abierto cuando escuchaba aullidos en la oscuridad. Y aun así… el viaje comenzaba a agotarlo. Mientras más avanzaba hacia el sur, más extrañas se volvían las tierras. Los árboles eran más altos, el aire menos frío y los animales diferentes a todo lo que había visto en los páramos. Fue durante una de aquellas mañanas grises que vio un ciervo. Tyler lo siguió en silencio entre el bosque nevado durante varios minutos, moviéndose con cuidado para no alertarlo. El animal parecía herido, dejando pequeñas manchas de sangre sobre la nieve. Entonces lo escuchó. El sonido de metal chocando violentamente. Gritos. Caballos relinchando. Y el inconfundible rugido de una batalla. El ciervo escapó de inmediato entre los árboles, pero Tyler permaneció inmóvil. Los sonidos venían desde más adelante. Con cautela, avanzó entre los arbustos cubiertos de nieve hasta llegar a una pequeña colina. Y lo que vio al otro lado hizo que sus ojos se abrieran lentamente. Hombres vestidos con armaduras negras rodeaban un carruaje destrozado. Había cuerpos tirados sobre la nieve. Caballos muertos. Sangre fresca extendiéndose como ríos oscuros sobre el blanco del suelo. Y en medio de todo aquello… una joven sostenía una espada mientras intentaba proteger a un niño pequeño detrás de ella. ————————————————————————————————————————————————— La mujer movía su espada sin gracia ni dirección. Sus manos temblaban tanto que apenas podía mantener el arma en alto. Era evidente que nunca había peleado realmente. Solo agitaba la espada desesperadamente mientras protegía al pequeño niño detrás de ella. Los hombres vestidos con armaduras negras reían. —Miren eso. —Ni siquiera sabe sostenerla. —Cuando terminemos, la venderemos en el puerto del este. —El niño también servirá. Siempre pagan bien por los pequeños nobles. —¡No se acerquen! —gritó la mujer con lágrimas en los ojos—. ¡Rico, permanece detrás de mí! El niño obedeció temblando mientras se sujetaba de su ropa. Entonces uno de los hombres dio un paso al frente. Con un movimiento simple y brutal golpeó la espada de la mujer con la suya. El arma salió volando de sus manos y cayó varios metros sobre la nieve. La mujer soltó un grito ahogado. Los hombres comenzaron a acercarse lentamente, disfrutando el miedo en su rostro. Pero antes de que alguno pudiera ponerle una mano encima… Un enorme hacha cayó frente a ellos enterrándose en la nieve. Todos se detuvieron. Desde los árboles apareció Tyler. Su figura sobresalía incluso entre aquellos soldados. Alto, cubierto con pieles blancas y cargando una gigantesca hacha de dos manos sobre el hombro. Su cabello estaba cubierto por pequeños copos de nieve y sus ojos azules observaban al grupo con absoluta calma. —Parece que se divierten —dijo Tyler con voz profunda. Los hombres fruncieron el ceño. —Un grupo de hombres armados contra una mujer y un niño… —continuó mientras avanzaba lentamente—. Muy valientes. Uno de los soldados escupió al suelo. —Lárgate, salvaje. Esto no te incumbe. Tyler inclinó apenas la cabeza observando los cadáveres alrededor. —Que les parece si me enfrentan a mí en su lugar. Por unos segundos hubo silencio. Y luego los hombres comenzaron a reír. —¿Solo? —¿Crees que puedes contra todos nosotros? —Este idiota quiere morir. Tyler observó tranquilamente las espadas y armaduras de los hombres. En Barln, incluso los adolescentes cazaban monstruos mucho más peligrosos que aquello. Lentamente tomó el mango de su enorme hacha. Y por primera vez desde que había abandonado los páramos… sonrió.
Unos minutos antes, Pamela y su hermano menor Rico viajaban de incógnito junto a una pequeña caravana mercante. Ellos eran los últimos sobrevivientes de la Casa Tallen, una familia margrave encargada de proteger la frontera norte del reino de Mirula. O al menos… lo habían sido. Meses atrás, las tropas del Imperio Wisteria habían invadido sus territorios. El castillo de los Tallen cayó después de una larga noche de fuego y sangre. Sus padres murieron defendiendo la fortaleza mientras los pocos sirvientes leales que quedaban ayudaban a Pamela y Rico a escapar. Desde entonces no habían dejado de huir. Su destino era el territorio de su tío, el marqués Remington, uno de los pocos nobles que todavía se oponían abiertamente al imperio. Pero para llegar hasta allí debían atravesar la peligrosa frontera cercana a los páramos congelados del norte. Una región olvidada por los reinos. Fría. Salvaje. Llena de monstruos. Por esa razón viajaban disfrazados como simples comerciantes, ocultando sus nombres y cualquier símbolo relacionado con la Casa Tallen. Pero no fue suficiente. Los soldados del Imperio Wisteria los habían rastreado. Los alcanzaron al amanecer. La emboscada fue brutal. Los mercaderes apenas tuvieron tiempo de reaccionar antes de ser atravesados por flechas. Los guardias contratados intentaron defender la caravana, pero fueron superados rápidamente por soldados imperiales mucho mejor entrenados. Pamela todavía podía escuchar los gritos. El sonido del acero. Los caballos cayendo. La sangre tiñendo la nieve. Desesperada, tomó la espada de uno de los guardias muertos e intentó proteger a Rico mientras retrocedían cerca del bosque. Pero era inútil. Eran demasiados. Y ella no sabía usar una espada. Sus manos temblaban tanto que apenas podía mantener el arma levantada. Cada vez que uno de los soldados avanzaba, ella cerraba los ojos por miedo a morir. Cuando finalmente su espada salió despedida de sus manos, Pamela entendió que todo había terminado. Los hombres comenzaron a acercarse lentamente mientras sonreían. Rico se aferró a ella aterrorizado. Y entonces… Un enorme hacha cayó entre ella y los soldados. La pesada hoja se hundió en la nieve con tal fuerza que hizo retroceder a varios hombres. Todos giraron inmediatamente hacia el bosque. Entonces apareció él. Un hombre gigantesco salió de entre los árboles cubiertos de nieve. Su cabello blanco se mezclaba con la tormenta, y su enorme cuerpo cubierto de pieles hacía que pareciera más una bestia de los páramos que un ser humano. En una mano sostenía una inmensa hacha de guerra. Y en sus ojos azules no existía el más mínimo rastro de miedo. —Y bien… —dijo Tyler mientras apoyaba el hacha sobre su hombro—. ¿Quién va a ser el primero? Los soldados dejaron de reír. Ahora que el desconocido estaba frente a ellos podían verlo mejor. Era enorme. Mucho más alto y ancho que cualquier hombre del sur que hubieran visto antes. Parecía una bestia salida de las leyendas del norte. Aun así, seguían siendo más de diez hombres armados. Uno de los soldados escupió al suelo y avanzó sonriendo. —Escuchen al salvaje. Cree que puede… No terminó la frase. Tyler dio un paso al frente y el hacha descendió con una brutalidad monstruosa. El golpe atravesó armadura, carne y hueso al mismo tiempo. La nieve se tiñó de rojo. El cuerpo del hombre cayó pesadamente mientras los demás retrocedían horrorizados. Pamela se quedó inmóvil. Aquello no había parecido una pelea. Había sido como ver a un oso aplastar a un animal pequeño. Tyler observó tranquilamente al resto. Él sabía muy bien que era débil. Tan débil que había sido expulsado de los páramos. Tan débil que ninguna mujer de su tribu quiso escogerlo. Tan débil que incluso los niños de Barln podían cazar mejor que él. Pero también sabía algo más. Aquellos hombres eran pequeños. A diferencia de una manada de lobos guargos, no representaban una verdadera amenaza. Incluso Tyler podía matar algunos lobos por su cuenta… siempre y cuando el número no superara los veinte. Ese era el mínimo para considerar una manada real en Barln. Los soldados frente a él apenas eran doce. Y ninguno tenía colmillos capaces de arrancarle un brazo. Uno de los imperiales gritó furioso y corrió hacia él junto a otros dos hombres. Tyler soltó un pequeño suspiro. Entonces avanzó. El suelo nevado tembló bajo sus pasos. Tyler movió su hacha con una velocidad aterradora. El enorme filo atravesó el cuello del soldado y su cabeza salió despedida girando sobre la nieve antes de perderse entre los árboles. El cuerpo permaneció de pie apenas un instante… y luego cayó pesadamente. Los demás soldados se congelaron. Pamela sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Aquella fuerza era monstruosa. Tyler ni siquiera parecía estar esforzándose. Con absoluta calma caminó hasta donde había quedado enterrada la otra hacha que había lanzado al inicio del combate. La arrancó de la nieve con una sola mano mientras observaba al resto de soldados. Uno de ellos intentó huir. Tyler giró el cuerpo y lanzó el hacha. El arma salió disparada como una enorme bestia de hierro. Impactó directamente contra el hombre. El golpe fue tan brutal que partió al soldado por la mitad junto con la armadura, lanzando ambas partes del cuerpo varios metros sobre la nieve. El bosque quedó en silencio. Incluso el viento pareció detenerse. Los soldados restantes comenzaron a retroceder lentamente con terror en el rostro. Porque finalmente lo entendieron. Aquello no era un hombre normal. Era un monstruo venido de los páramos del norte. El terror se apoderó de los soldados restantes. La formación se rompió por completo. —¡Corran! —¡Es un monstruo! —¡Vuelvan a los caballos! Los hombres tropezaban entre la nieve intentando escapar desesperadamente. Algunos soltaron sus armas para correr más rápido. Pamela observaba aquello sin poder creerlo. Hacía apenas unos segundos esos hombres estaban riéndose mientras amenazaban con venderla como esclava. Ahora huían aterrorizados. Uno de los soldados logró subir a su caballo apresuradamente. —¡Muévete! ¡Muévete! Pero antes de que el animal pudiera avanzar, una enorme mano lo sujetó por una de las patas traseras. El caballo relinchó violentamente. Tyler lo levantó del suelo. Pamela abrió los ojos con incredulidad. El bárbaro alzó al enorme animal sobre su cabeza como si apenas pesara nada, mientras el soldado seguía montado encima gritando de terror. —¡¿Qué clase de monstruo eres?! Tyler ni siquiera respondió. Simplemente lanzó el caballo. La enorme masa cayó sobre los soldados que intentaban escapar, aplastándolos brutalmente contra la nieve. Se escucharon gritos, huesos rompiéndose y el sonido metálico de las armaduras deformándose bajo el peso del animal. Luego… Silencio. Solo quedó el viento soplando entre los árboles. Tyler observó tranquilamente el desastre frente a él mientras pequeñas nubes de vapor salían de su boca por el frío. Después miró alrededor confundido. —Huh… —murmuró—. Pensé que los guerreros del sur serían más fuertes. —¿Qué clase de animal es este…? —preguntó Tyler mientras se acercaba al caballo herido que aún se retorcía sobre la nieve. Pamela lo miró confundida. —¿Animal…? —repitió ella sin entender. Tyler observó al caballo con curiosidad, como si jamás hubiera visto uno tan de cerca. En los páramos de Barln no existían caballos. El frío extremo y las tormentas eternas impedían que criaturas así sobrevivieran. Las tribus del norte utilizaban Grandes Yetis o enormes bestias lanudas para transportar carga. El bárbaro se arrodilló junto al animal. El caballo relinchó débilmente intentando moverse. Tyler sacó tranquilamente su cuchillo de hueso y lo hundió directamente en el corazón de la criatura para acabar con su sufrimiento. Luego examinó el cuerpo con interés. —Parece que tendrá buen sabor si lo cocino un poco. Pamela se quedó mirándolo completamente atónita. Rico incluso olvidó por un momento el miedo y observó al gigantesco hombre con sorpresa. —E-eso es un caballo… —dijo Pamela lentamente—. No se comen. Tyler levantó la mirada hacia ella. —¿No? —¡Claro que no! ¡La gente los monta! El bárbaro volvió a mirar el enorme animal muerto. —Entonces son animales de carga… Pensó unos segundos. —Eso explica por qué sus piernas son tan pequeñas. Pamela no supo qué responder. Aquel hombre acababa de destruir a un grupo entero de soldados imperiales prácticamente con las manos desnudas… y aun así hablaba con una tranquilidad absurda sobre cocinar caballos. Entonces Tyler olfateó el aire. —Más hombres vienen. La expresión de Pamela cambió inmediatamente. A lo lejos comenzaban a escucharse más cascos aproximándose entre la tormenta.
Unos minutos más tarde, el sonido de varios caballos acercándose atravesó el bosque. Pamela se tensó inmediatamente. Tyler simplemente levantó la mirada mientras sostenía el cuerpo del caballo muerto, como si todavía estuviera pensando seriamente en cocinarlo. Entre la nieve apareció una patrulla armada. Eran alrededor de quince soldados montados, guiados por un mercader herido y cubierto de sangre que señalaba desesperadamente hacia el lugar de la masacre. —¡Es aquí! —gritó el hombre—. ¡Los encontré aquí! Los soldados desenfundaron sus armas apenas vieron la escena. Cadáveres destrozados. Sangre sobre la nieve. Armaduras imperiales partidas como si hubieran sido golpeadas por un monstruo. Y en medio de todo aquello… Tyler. Cubierto de sangre y sosteniendo un enorme cuchillo de hueso junto al cadáver de un caballo. Los soldados apuntaron sus lanzas inmediatamente. —¡No se mueva! Pero entonces uno de ellos reconoció a Pamela. Sus ojos se abrieron por completo. —¿Lady Pamela…? Los demás soldados se quedaron congelados. Pamela dio un paso al frente rápidamente. —¡Deténganse! —exclamó—. Él nos salvó. La patrulla dudó. El mercader sobreviviente bajó lentamente de su caballo mientras todavía temblaba. —Ese gigante… —murmuró con miedo—. Mató a todos los imperiales él solo. Los soldados observaron nuevamente los cuerpos esparcidos alrededor. Algunos cadáveres literalmente estaban partidos en dos. Uno permanecía aplastado debajo de un caballo muerto. El capitán de la patrulla tragó saliva. Aquello no parecía obra de un hombre normal. Entonces Tyler señaló tranquilamente el emblema grabado en las armaduras de los soldados. Un lobo plateado sobre un escudo negro. —¿También vienen a pelear? —preguntó mientras levantaba lentamente su enorme hacha. Varios soldados retrocedieron instintivamente. Pamela levantó ambas manos de inmediato. —¡No! ¡No! Ellos son aliados. Tyler observó a la patrulla unos segundos más. Luego bajó el arma. —Ah… entonces está bien. El silencio cayó por unos instantes. Entonces uno de los soldados recordó por qué habían venido. —¡Las carretas! —gritó. La patrulla entera se movilizó de inmediato. Corrieron hacia los restos de la caravana mientras el crujido de la nieve llenaba el aire. Varias carretas habían quedado volcadas o parcialmente destrozadas por el ataque, con la madera astillada y las lonas cubiertas de sangre. Dentro aún había personas. Algunos mercaderes seguían con vida, aunque gravemente heridos. Sus gemidos apenas se escuchaban entre el viento helado. Otros yacían inmóviles, con los ojos vacíos y la piel comenzando a enfriarse bajo la nieve. Los soldados de Remington comenzaron a sacar supervivientes con rapidez. —¡Aquí hay uno vivo! —¡Traigan vendas! —Este no respira… —¡Cuidado con esa herida! Pamela sintió un nudo en la garganta. Muchos de aquellos mercaderes habían aceptado transportarlos sin saber realmente quiénes eran. Personas comunes que ahora habían muerto por haber estado cerca de ella y Rico. Bajó la mirada con culpa. Rico se aferró a su brazo en silencio. Entonces una sombra enorme pasó junto a ellos. Tyler. Sin esperar órdenes, caminó hacia la carreta más destrozada. La estructura había colapsado por completo, atrapando a dos hombres debajo. Cuatro soldados intentaban moverla sin éxito. Tyler los observó confundido. —¿Por qué son tan lentos? Antes de que alguien respondiera, sujetó el armazón destrozado con ambas manos y lo levantó entero como si apenas pesara. Los soldados se quedaron inmóviles. Los hombres atrapados fueron arrastrados rápidamente hacia afuera mientras miraban al bárbaro con absoluto asombro. Tyler sostuvo la pesada carreta unos segundos. —¿Aquí la dejo? Nadie respondió. Todos seguían mirándolo. Pamela no pudo evitar soltar una pequeña risa nerviosa por primera vez desde la emboscada. —Sí… ahí está bien. Tyler dejó caer la carreta con cuidado y luego observó alrededor. Había dolor. Sangre. Miedo. Aquella escena le resultaba extraña. En Barln, cuando alguien moría, simplemente moría. Nadie lloraba demasiado; la nieve se encargaba del resto. Pero allí… Aquellas personas luchaban desesperadamente por salvar incluso a los más débiles. Tyler no entendía por qué. Y por alguna razón… quería entenderlo. Después de rescatar a los supervivientes y revisar los daños, los soldados comenzaron a reparar apresuradamente las carretas que todavía podían salvarse. Las ruedas rotas fueron reemplazadas. Las tablas astilladas se ataron con cuerdas y cuero. Los heridos fueron acomodados cuidadosamente dentro de las carretas menos dañadas mientras los soldados vigilaban el bosque con nerviosismo. Nadie quería permanecer demasiado tiempo cerca de la frontera de los páramos. Cuando todo estuvo listo, la pequeña caravana volvió a ponerse en marcha rumbo al territorio del marqués Remington. Algunos soldados guiaban el frente. Otros vigilaban la retaguardia. Y Tyler caminaba tranquilamente junto a una de las carretas como si nada de lo ocurrido hubiera sido importante. Entonces observó algo a la distancia. Los soldados estaban quemando los cadáveres… junto al caballo muerto. Tyler se quedó mirando el fuego con genuina tristeza. —Es una lástima… Pamela lo observó confundida. —¿Qué cosa? —El animal —respondió Tyler señalando el caballo que comenzaba a arder—. Pensaba comérmelo. Varios soldados lo miraron con incomodidad. Rico, en cambio, soltó una pequeña risa. Desde que Tyler los había salvado, el niño se había encariñado rápidamente con el enorme bárbaro. Tal vez porque, a diferencia de los nobles y soldados que siempre intentaban parecer perfectos, Tyler hablaba con una honestidad casi infantil. —No te preocupes —dijo Rico sonriendo—. Cuando lleguemos a casa de mi tío podrás comer todo lo que quieras. Tyler volteó hacia él. —¿Todo lo que quiera? —Sí. El bárbaro quedó pensativo unos segundos. —Entonces su tío debe ser muy rico. Pamela soltó un pequeño suspiro divertido. —Lo es. Tyler miró alrededor hacia las carretas, los caballos y las armaduras brillantes de los soldados. El sur realmente era extraño. La gente usaba animales para viajar… construía enormes caminos de piedra… y parecía tener comida suficiente para desperdiciar un caballo entero. En Barln, aquello habría sido considerado una ofensa para los espíritus del invierno. Rico se inclinó un poco desde la carreta. —¿De verdad vives más allá de los páramos? Tyler asintió. Los ojos del niño brillaron emocionados. —¿Es cierto que allí existen gigantes que comen personas? Tyler pensó unos segundos. —Sí. Los soldados cercanos guardaron silencio inmediatamente. —Pero normalmente solo comen personas del sur —añadió con tranquilidad. Varios hombres palidecieron. Y Rico comenzó a reír sin darse cuenta de que algunos soldados ya estaban reconsiderando viajar tan cerca del bárbaro.
Mientras la caravana avanzaba lentamente entre los caminos cubiertos de nieve, Rico no dejaba de hacer preguntas. Para un niño que había crecido entre castillos y ciudades fronterizas, las historias del norte parecían relatos de otro mundo. —¿Y cómo entrenan los guerreros de tu tribu? —preguntó emocionado. Tyler caminaba junto a la carreta cargando su enorme hacha sobre el hombro. —Los niños de la tribu luchan contra Yetis para probar su fuerza. El silencio cayó inmediatamente entre varios soldados que alcanzaron a escuchar aquello. —¿Niños… contra Yetis? —repitió uno incrédulo. Tyler asintió como si fuera lo más normal del mundo. —Cuando un niño cumple diez inviernos debe someter a uno usando solo sus manos. Así demuestra que puede sobrevivir en Barln. Rico abrió enormemente los ojos. —¡Eso suena increíble! Pamela, en cambio, parecía horrorizada. —¿Eso no es… demasiado peligroso? Tyler la miró confundido. —Claro que es peligroso. La manera tan natural en que respondió hizo que varios soldados se estremecieran. El bárbaro continuó hablando tranquilamente. —Yo nunca pude someter a uno de los grandes. Por primera vez desde que lo conocían, Tyler parecía algo avergonzado. —Apenas podía con uno de mi tamaño. Los soldados intercambiaron miradas lentamente. Pamela incluso parpadeó un par de veces sin saber si había escuchado bien. Tyler medía casi dos metros y tenía la fuerza suficiente para levantar un caballo con un hombre encima. Y aun así… Hablaba de sí mismo como alguien débil. Rico se inclinó hacia adelante emocionado. —¿Entonces los grandes Yetis son enormes? Tyler levantó la mano unos momentos pensando cómo explicarlo. —Más o menos como tres carretas juntas. El niño quedó boquiabierto. Uno de los soldados tragó saliva. Pamela observó a Tyler caminar tranquilamente junto a la caravana y sintió un pequeño escalofrío. Por primera vez comenzó a entender qué clase de lugar debían ser realmente los páramos de Barln. Y qué clase de monstruos debían vivir allí… para que alguien como Tyler fuera considerado débil. Varias horas después, las enormes murallas de la ciudad finalmente aparecieron entre la nieve. Altas torres de piedra se alzaban sobre el paisaje blanco, con estandartes negros y plateados ondeando sobre las almenas. El símbolo del lobo de la Casa Remington podía verse incluso desde la distancia. Para Tyler, aquello era absurdo. Nunca había visto construcciones tan grandes. En Barln, las tribus levantaban enormes salones de madera y refugios resistentes al frío, pero aquellas murallas parecían montañas hechas por hombres. La caravana avanzó hacia las puertas principales mientras los guardias de la ciudad observaban desde arriba. Entonces uno de ellos reconoció los emblemas de la patrulla. —¡Abran las puertas! —gritó inmediatamente—. ¡Son hombres de Remington! Los enormes portones comenzaron a abrirse lentamente entre fuertes crujidos de madera y hierro. Pero cuando los guardias vieron el estado de la caravana, sus expresiones cambiaron de inmediato. Carretas destrozadas. Heridos cubiertos de sangre. Soldados agotados. —¿Qué sucedió? —preguntó uno de los guardias mientras corría hacia ellos. El capitán de la patrulla estaba a punto de responder… Pero el guardia se quedó completamente inmóvil. Sus ojos se movieron lentamente hacia atrás de la caravana. Allí venía Tyler. El gigantesco hombre de cabello blanco caminaba tranquilamente sobre la nieve con dos enormes hachas cruzadas en la espalda. Su cuerpo cubierto de pieles hacía que pareciera más una criatura salvaje que un ser humano. Y lo peor era que caminaba como si cargar aquellas armas no significara absolutamente nada. El guardia tragó saliva. —¿Q-qué demonios es eso…? Varios ciudadanos cercanos comenzaron a apartarse lentamente al verlo entrar. Algunos niños se escondieron detrás de sus madres. Incluso los caballos parecían nerviosos cuando Tyler pasaba cerca de ellos. El bárbaro observaba todo con curiosidad. Las murallas. Las casas de piedra. Las calles llenas de gente. Nunca había imaginado que pudieran existir tantos humanos reunidos en un mismo lugar. Entonces vio algo que lo dejó completamente desconcertado. Una panadería. Tyler se detuvo mirando el pan caliente detrás de la ventana como si hubiera descubierto magia. Tyler se detuvo frente al gran ventanal con una expresión de absoluta confusión. Detrás del vidrio había decenas de piezas de pan perfectamente alineadas sobre bandejas de madera. Algunas eran redondas, otras largas, y varias estaban cubiertas con semillas o un brillo dorado que reflejaba la luz cálida del interior. El aroma llegó hasta él unos segundos después. Caliente. Suave. Completamente distinto al olor de la carne ahumada y grasa animal al que estaba acostumbrado. Tyler frunció ligeramente el ceño. —¿Qué puede ser esto…? —preguntó mientras observaba el escaparate. Rico asomó la cabeza desde la carreta y luego sonrió. —Es pan. Tyler volteó lentamente hacia él. —¿Pan? —Sí. Se hace con harina. El bárbaro volvió a mirar las piezas alineadas detrás del cristal. —¿Y por qué las ponen en la ventana? Pamela no pudo evitar sonreír un poco. —Para que la gente las vea y quiera entrar a comprar. Tyler quedó en silencio varios segundos. Aquello era completamente absurdo para él. En Barln, la comida se guardaba. Se protegía. Nadie dejaba carne o provisiones exhibidas hacia la calle. Pero allí… La gente mostraba la comida orgullosamente. Como si hubiera suficiente para todos. Tyler observó nuevamente los panes. —Se ven suaves. —Lo son —respondió Rico emocionado—. También hay pasteles y cosas dulces. —¿Dulces? Ahora parecía genuinamente interesado. Uno de los soldados soltó una pequeña risa al escuchar la conversación. Resultaba extraño ver a un hombre capaz de partir soldados por la mitad comportarse como un niño descubriendo el mundo por primera vez. Tyler siguió mirando el ventanal unos momentos más. Entonces señaló una pieza redonda cubierta de azúcar. —Quiero pelear con esa primero. Pamela lo miró confundida. —¿Pelear…? —Sí —respondió Tyler con total seriedad—. Si sabe tan bien como parece, seguramente debe ser peligrosa.
—En Barln, lo más delicioso siempre viene con el peligro escrito —dijo Tyler mientras seguía observando el pan detrás del cristal. Rico soltó una pequeña risa. —¿La comida puede ser peligrosa? Tyler asintió con total naturalidad. —Las serpientes de nieve, por ejemplo, son muy deliciosas. Pamela palideció un poco. —¿Serpientes…? —Sí. Viven debajo del hielo y salen cuando sienten calor corporal. Son rápidas. El bárbaro hizo un pequeño gesto con la mano simulando un ataque. —Si muerden a un hombre normal, puede morir antes del amanecer. Los soldados cercanos comenzaron a escuchar la conversación con atención. —Pero su carne sabe muy bien cuando se cocina al fuego lento —continuó Tyler—. Aunque hay que quitar el veneno primero. Rico parecía fascinado. —¿Y qué pasa si no lo haces? Tyler lo miró unos segundos. —Tu estómago lo pagará. Pamela arqueó una ceja. —¿Cómo exactamente? Tyler respondió con absoluta seriedad. —Puedes pasar todo el día en el baño. Por unos segundos hubo silencio. Entonces Rico soltó una carcajada tan fuerte que casi cae de la carreta. Incluso algunos soldados comenzaron a reír. Pamela se cubrió la boca intentando contener una sonrisa. Tyler observó a todos confundido. —¿Qué? —Nada —respondió Pamela todavía riéndose un poco—. Es solo que hablas de monstruos mortales… como si fueran una comida exótica. Tyler inclinó apenas la cabeza. —Pues lo son. La naturalidad con la que respondió volvió a dejar callados a varios hombres. Porque lentamente comenzaban a comprender algo inquietante. Para la gente de Barln… Sobrevivir entre monstruos era simplemente parte de la vida diaria. —¿Puede alguien comer veneno y simplemente enfermar del estómago? —preguntó Rico mirando a Pamela con genuina curiosidad. Pamela abrió la boca… pero no supo qué responder. Porque sinceramente ella tampoco entendía cómo funcionaba el cuerpo de Tyler. El bárbaro seguía hablando con total tranquilidad, como si pasar un día entero enfermo después de comer algo venenoso fuera apenas una molestia menor. Uno de los soldados de Remington soltó una risa nerviosa. —Creo que para él eso cuenta como “comida picante”. Tyler lo miró confundido. —¿La comida puede picar? —…Olvídalo. Rico seguía observando al gigante con admiración. —Entonces los guerreros de Barln deben ser los hombres más fuertes del mundo. Tyler pensó unos segundos. —Supongo. Pamela notó que no había orgullo en su voz. Solo estaba diciendo un hecho evidente para él. Eso hizo que la situación resultara aún más extraña. Porque Tyler realmente no entendía que era monstruosamente fuerte comparado con el resto del mundo. Para él, seguía siendo el joven débil que había sido expulsado de su hogar. Entonces el bárbaro volvió a mirar la panadería. —Aunque sigo pensando que esa comida parece sospechosa. Pamela soltó un pequeño suspiro divertido. —No todo tiene que intentar matarte para ser delicioso. Tyler guardó silencio unos momentos. Aquella idea parecía completamente nueva para él. —¿Podemos parar un momento? —preguntó Pamela al soldado que guiaba la caravana. El hombre dudó apenas unos segundos antes de asentir. —Por supuesto, milady. Aunque su tío debe estar esperándolos. Ya enviamos a alguien a avisar que fueron encontrados. Pamela asintió agradecida. La caravana se detuvo frente a la panadería y tanto ella como Rico bajaron rápidamente de la carreta. Tyler observó el lugar con cautela. El aire cálido que escapaba por la puerta abierta olía a mantequilla, azúcar y pan recién horneado. Para alguien criado en los páramos helados, aquello era casi irreal. —Ven —dijo Rico emocionado mientras tiraba de la enorme piel que cubría el brazo de Tyler. El bárbaro tuvo que agacharse ligeramente para entrar por la puerta. En cuanto cruzó el umbral, toda la tienda quedó en silencio. Los clientes giraron lentamente hacia él. Un gigante de cabello blanco cubierto de pieles y armado con dos enormes hachas acababa de entrar a la panadería más tranquila de la ciudad. La panadera incluso dejó caer una bandeja del susto. Tyler miraba alrededor fascinado. Las paredes estaban llenas de pan, pasteles y pequeños dulces de colores. Nunca había visto tanta comida preparada junta. Pamela sacó una pequeña bolsa escondida entre su ropa. Dentro había monedas doradas. —Puedes tomar lo que quieras —dijo sonriendo un poco—. Nosotros pagamos. Tyler volteó lentamente hacia ella. —¿Lo que quiera? —Sí. El bárbaro observó el enorme mostrador repleto de comida. Sus ojos se movían de un lado a otro como un cazador eligiendo presa. Entonces levantó la mano y señaló absolutamente todo lo que estaba exhibido detrás de la ventana. —Entonces quiero todo esto. La panadería quedó completamente en silencio. La mujer detrás del mostrador parpadeó varias veces. —¿T-todo…? Tyler asintió con total seriedad. —Sí. Rico comenzó a reír inmediatamente. Pamela se llevó una mano al rostro intentando contener la vergüenza. Uno de los soldados afuera murmuró: —Por los dioses… sí que come como un bárbaro. La panadería entera terminó revolucionada. Los empleados comenzaron a llenar bolsas y cajas apresuradamente mientras Pamela intentaba disculparse una y otra vez con la dueña del local. —Lo siento… él no entiende realmente cómo funcionan las porciones. —¡¿Porciones?! —exclamó la panadera viendo desaparecer la mitad de su inventario—. ¡Ese hombre puede vaciarme la tienda! Afuera, varios guardias ayudaban a cargar enormes bolsas de pan, pasteles y dulces dentro de una de las carretas. Rico no podía dejar de reír. Mientras tanto, Tyler caminaba tranquilamente junto a ellos sosteniendo una bolsa entera repleta de piezas de pan. Y se las comía como si fueran caramelos. Tomaba una tras otra sin detenerse. Primero las olfateaba con desconfianza. Luego daba una mordida enorme. Y después simplemente seguía comiendo con una expresión cada vez más sorprendida. —Esto no tiene sentido… —murmuró. Pamela lo miró divertida. —¿Qué cosa? Tyler levantó una pequeña pieza cubierta de azúcar. —Es suave… dulce… caliente… y no intenta matarme. Rico soltó otra carcajada. El bárbaro tomó otra pieza inmediatamente. —¿Cómo sobreviven en el sur si la comida los vuelve tan felices? Los soldados comenzaron a reír también. Uno de ellos comentó en voz baja: —Creo que jamás había visto a alguien descubrir el pan como si fuera magia. Tyler ignoró completamente las miradas. Siguió comiendo mientras observaba las calles de la ciudad con genuina fascinación. La gente pasaba tranquilamente hablando entre sí. Los comerciantes gritaban ofertas. Los niños corrían entre la nieve. Nadie parecía preocupado por sobrevivir al invierno. Aquello le resultaba más extraño que cualquier monstruo de Barln. Entonces tomó otra pieza de pan y la observó seriamente. —Definitivamente esto es más peligroso que las serpientes de nieve. Pamela arqueó una ceja divertida. —¿Por qué? Tyler dio otra enorme mordida antes de responder. —Porque ahora quiero más.
hermana menor de la madre de Pamela, con lágrimas visibles en los ojos. Y detrás de ellos aparecieron sus hijos. Leo, el mayor, mantenía una postura más calmada aunque claramente aliviada. Pero Ann… Ann salió corriendo de la mansión sin importarle el frío. —¡Pamela! ¡Rico! La joven cruzó el patio nevado a toda velocidad dispuesta a abrazarlos. Sin embargo, a mitad del camino se detuvo abruptamente. Porque finalmente vio a Tyler. El enorme bárbaro caminaba detrás de la carreta cargando varias bolsas llenas de pan y dulces como si no pesaran nada. Con sus casi dos metros de altura, las pieles blancas cubriendo su cuerpo y las gigantescas hachas en la espalda, parecía más una criatura salvaje que un invitado. Ann abrió lentamente los ojos. —…¿Qué es eso? El patio quedó en silencio. Pamela soltó un pequeño suspiro agotado. —Larga historia. Tyler levantó una mano amistosamente mientras seguía masticando pan. —Hola. Ann dio un pequeño paso hacia atrás instintivamente. Leo incluso llevó una mano hacia la espada en su cintura antes de que uno de los soldados hablara rápidamente. —Milord, ese hombre salvó a Lady Pamela y al joven Rico. Los imperiales los habían alcanzado cerca de la frontera. La expresión del marqués cambió de inmediato. Miró nuevamente a Tyler. Luego observó el estado de las carretas y a los heridos que comenzaban a bajar. Finalmente sus ojos se detuvieron en las armaduras imperiales destrozadas que algunos soldados habían traído como prueba. —¿Él hizo eso? —preguntó lentamente. Nadie respondió enseguida. Porque sinceramente… todavía costaba creerlo. Una vez dentro de la mansión, Pamela, Rico y Tyler fueron llevados directamente al enorme comedor principal. El lugar estaba iluminado por grandes candelabros y una enorme chimenea que mantenía la habitación cálida pese al invierno exterior. Una larga mesa de madera ocupaba el centro del salón mientras varios sirvientes comenzaban a traer comida apresuradamente. El aroma hizo que Tyler levantara ligeramente la cabeza. Carne asada. Pan recién horneado. Sopa caliente. Aquello era prácticamente un banquete imposible para alguien criado en los páramos. —Deben estar hambrientos después de semejante viaje —dijo la tía de Pamela con una sonrisa aliviada. Pamela estaba a punto de responder… Pero Tyler habló primero. —Todavía tengo algo de espacio. Rico soltó una pequeña carcajada inmediatamente. El bárbaro comenzó a quitarse el enorme abrigo de pieles que llevaba encima y varios presentes se quedaron inmóviles al verlo. Debajo de las pieles, su torso desnudo estaba cubierto de cicatrices. Marcas enormes atravesaban sus hombros, espalda y pecho. Algunas parecían hechas por garras gigantescas; otras eran claramente mordidas. Aquello no era el cuerpo de un hombre normal. Era el cuerpo de alguien que había sobrevivido peleando contra monstruos toda su vida. Tyler dejó las pieles a un lado completamente despreocupado. —Aquí en el sur sí que hace calor. El comedor quedó en silencio. Afuera, el invierno mantenía la ciudad a apenas tres grados bajo un viento helado que obligaba a todos a usar capas gruesas. Pero en los páramos de Barln, la temperatura rara vez subía por encima de los veinte grados bajo cero. Para Tyler… aquello realmente se sentía cálido. Ann lo observaba completamente sorprendida desde el otro lado de la mesa. No podía dejar de mirar las cicatrices. —¿Qué te hizo eso…? —preguntó antes de darse cuenta. Tyler bajó la mirada hacia una enorme marca que cruzaba su costado. —Ah… esa fue una osa de hielo. Luego señaló otra cerca de su hombro. —Esa un guargo. Después otra en su brazo. —Esa fue mi madre cuando era niño. Todo el comedor quedó en silencio otra vez. Pamela casi se atraganta. —¿Tu madre te hizo esa cicatriz? Tyler asintió tranquilamente. —Me acerqué demasiado a la comida antes del invierno. Ann lentamente volteó hacia Pamela. —…¿Tu salvador viene de una tribu o de una pesadilla? Tyler miró nuevamente la enorme cicatriz que cruzaba su costado. —Lo de la osa fue porque un grupo de niños me retó a robar uno de sus oseznos y correr hasta la línea de meta antes de que la madre me alcanzara. El comedor entero quedó en absoluto silencio. Rico abrió los ojos fascinado. —¿Y lo lograste? Tyler negó con la cabeza con total tranquilidad. —No. Pamela sintió un escalofrío. —…¿Eso era un juego para ustedes? —Sí. La respuesta llegó tan rápido y natural que resultó incluso más perturbadora. Tyler tomó un enorme trozo de carne asada y continuó hablando mientras comía. —Aunque casi llego. La osa solo logró atraparme porque me resbalé en hielo negro. Ann lo observaba como si estuviera escuchando historias de otro mundo. —¿Y… qué pasó después? Tyler pensó unos segundos. —Mi padre mató a la osa. Tomó otro bocado. —Luego nos la comimos. La tía de Pamela lentamente dejó sus cubiertos sobre la mesa. Leo soltó una pequeña risa incrédula mientras se cubría el rostro. —Esto no puede ser real… Pero Tyler seguía completamente serio. Para él, aquellas historias eran recuerdos normales de infancia. Rico, en cambio, parecía cada vez más emocionado. —¡Eso suena increíble! —No lo fue —respondió Tyler—. Estuve varios días sin poder mover bien el brazo. Pamela lo miró sin palabras. Cualquier niño del sur habría muerto después de algo así. Entonces Tyler observó la mesa llena de comida y sonrió ligeramente. —Aunque al menos la osa sabía mejor que el pan. La panadería acababa de perder su primer lugar. Tyler tomó el enorme tazón de sopa que acababan de servirle y lo olfateó con interés. Luego negó lentamente con la cabeza. —Mi madre preparaba la mejor sopa de oso de toda la tribu. La familia Remington lo observó en silencio mientras él hablaba con absoluta naturalidad. —Incluso creí que alguna chica me escogería en la ceremonia de compromiso solo por su receta. Rico soltó una pequeña risa. Pamela también sonrió apenas. Pero Tyler continuó hablando con total sinceridad. —Aunque ni eso logró cerrar el trato. El comedor quedó extrañamente silencioso. Porque detrás de lo absurdo del comentario… había una tristeza genuina. Tyler realmente había crecido creyendo que era insuficiente. No importaba que pudiera aplastar soldados imperiales. No importaba que sobreviviera a monstruos capaces de matar ejércitos. En Barln, él seguía siendo “el débil”. Ann lo observó unos segundos antes de hablar. —¿Ninguna chica te escogió… de verdad? Tyler negó tranquilamente mientras seguía comiendo. —No. Decían que era pequeño y débil. Leo casi escupe su bebida. El marqués Remington incluso levantó lentamente una ceja. Porque para la gente del sur, Tyler era probablemente el hombre más intimidante que habían visto en sus vidas. Pamela apoyó la barbilla sobre una mano observándolo. —Creo que los estándares de tu tribu están un poco rotos. Tyler pareció genuinamente confundido. —¿Por qué? Ann señaló directamente sus brazos llenos de músculos y cicatrices. —Porque si tú eres débil, entonces no quiero imaginar cómo son los fuertes. Tyler pensó unos segundos antes de responder. —Más o menos el doble que yo. Varios cubiertos chocaron contra la mesa. Rico quedó boquiabierto. Y por primera vez esa noche, incluso el serio marqués Remington parecía cuestionarse si permitir que aquel bárbaro durmiera dentro de la misma ciudad era realmente una buena idea. Tyler siguió comiendo como si no acabara de destruir por completo la percepción de fuerza de todos los presentes. Tomó otro pedazo de carne y habló con total tranquilidad. —Mi padre podía pelear contra tres Yetis antes de la cena e ir a cazar inmediatamente después de terminar. El comedor entero permaneció en silencio escuchándolo. —Si yo peleaba con uno… —continuó Tyler— no podía moverme ni siquiera para cenar hasta el día siguiente. Negó ligeramente con la cabeza, claramente decepcionado de sí mismo. —Siempre fui demasiado débil. Leo soltó una risa incrédula. —No puedes decir eso seriamente. Tyler lo miró confundido. —¿Por qué no? Leo abrió la boca… pero no supo cómo responder. Porque el problema era que Tyler realmente lo creía. No estaba intentando presumir. No exageraba. No buscaba intimidarlos. Simplemente había crecido en un lugar tan brutal que alguien capaz de levantar caballos y partir hombres armados por la mitad seguía siendo considerado mediocre. Pamela observó al bárbaro unos segundos. Luego recordó cómo había aplastado prácticamente solo a todo un escuadrón imperial. Y eso había sido mientras él mismo se consideraba “débil”. Un pequeño escalofrío recorrió su espalda. ¿Qué clase de monstruos existirían realmente en Barln? Ann también parecía estar imaginándolo. —Espera… —dijo lentamente—. ¿Qué tan grande es exactamente un Yeti? Tyler dejó el vaso sobre la mesa y levantó la mano varios metros por encima de su cabeza. —Más o menos así. Rico abrió la boca impresionado. —¡Eso es enorme! Tyler asintió. —Los grandes pueden arrancar árboles congelados y usarlos como garrotes. La tía de Pamela se llevó una mano al pecho. —¿Y ustedes luchan contra esas cosas? —¡Claro que sí! —dijo Rico inmediatamente. El niño parecía más emocionado que asustado recordando todas las historias que Tyler le había contado durante el viaje. —Los niños de diez inviernos luchan contra Yetis para probar sus habilidades. El comedor entero volvió a quedarse en silencio. Ann lentamente giró hacia Tyler. —…¿Eso es verdad? Tyler asintió mientras seguía comiendo. —Sí. Aunque normalmente son Yetis jóvenes. Hizo una pequeña pausa para beber. —Si un niño muere contra uno grande, los ancianos se molestan porque luego tienen que salir a recuperar el cuerpo. La cuchara de Pamela chocó lentamente contra el plato. Leo se cubrió la cara intentando contener la risa nerviosa. —¿Eso es lo que les preocupa…? Tyler lo miró confundido. —Claro. Afuera hace frío. Nadie quiere caminar tanto por un cadáver. La tía de Pamela parecía cada vez más horrorizada. En cambio Rico observaba al bárbaro con admiración absoluta. —¡Eso significa que ustedes son los guerreros más fuertes del mundo! Tyler se quedó pensativo unos segundos. —Supongo. El marqués Remington apoyó lentamente los brazos sobre la mesa mientras estudiaba al joven del norte. Por primera vez comenzaba a entender algo inquietante. Si Tyler era considerado débil entre su gente… Entonces los bárbaros de Barln podían representar una amenaza mucho mayor que cualquier ejército del continente. Pamela notó la expresión de su tío inmediatamente. Y entendió exactamente lo que estaba pensando. Pero entonces Tyler tomó otra pieza de pan y sonrió ligeramente. —Aunque sinceramente prefiero esto a pelear con Yetis. La tensión del comedor se rompió un poco. Rico comenzó a reír otra vez. Ann también sonrió sin darse cuenta. Era difícil sentir miedo constante de alguien que hablaba de monstruos gigantes mientras devoraba pan dulce con la felicidad de un niño.
El comedor se calmó poco a poco mientras los sirvientes seguían trayendo más comida para Tyler. O intentando seguirle el ritmo. El marqués Remington observó al joven bárbaro durante unos momentos antes de hablar nuevamente. —¿Y qué piensas hacer ahora? Tyler levantó la mirada de su plato. —¿Ahora? —Sí. Después de esto. Después de llegar al sur. El bárbaro se quedó pensativo unos segundos. Era evidente que realmente no lo había considerado demasiado. —No lo sé —contestó finalmente—. Fui expulsado, así que pensé en encontrar un lugar propio. Tomó otro pedazo de carne mientras hablaba. —Algún bosque tranquilo quizás. Donde pueda construir un refugio y cazar. La respuesta hizo que Pamela lo mirara con sorpresa. —¿Eso es todo? Tyler inclinó ligeramente la cabeza. —¿No es suficiente? Pamela abrió la boca… pero volvió a cerrarla. Porque para alguien criado en Barln, probablemente sí lo era. Un refugio. Comida. Sobrevivir al invierno. Eso bastaba. El marqués observó las enormes cicatrices del joven y luego habló lentamente. —El sur no es como los páramos. No puedes simplemente construir una cabaña donde quieras. Tyler frunció levemente el ceño. —¿Por qué? —Porque todas las tierras pertenecen a alguien. El bárbaro quedó en silencio. Aquella idea parecía completamente absurda para él. —¿Incluso los bosques? —Sí. —¿Y las montañas? —También. Tyler pareció genuinamente desconcertado. —Entonces… ¿si cazas un animal, también pertenece a alguien? Leo soltó una pequeña risa. —Dependiendo de dónde lo caces, sí. Tyler apoyó lentamente el vaso sobre la mesa. —El sur es más aterrador de lo que pensé. Ann soltó una carcajada antes de poder contenerse. Incluso Pamela terminó sonriendo. El marqués, sin embargo, seguía observándolo atentamente. Porque detrás de aquella actitud sencilla había algo evidente: Tyler no tenía ambición. No buscaba riqueza. No entendía la política. Y aun así… Poseía una fuerza capaz de cambiar el equilibrio militar de cualquier territorio fronterizo. El marqués Remington permaneció unos segundos en silencio antes de finalmente hablar. —¿Qué te parecería quedarte en Remington? Tyler levantó la mirada. —¿Quedarme? —Podemos darte un lugar donde vivir. Comida. Trabajo. Y si lo deseas, podrías unirte a mis guardias. El comedor quedó en silencio. Varios presentes observaron inmediatamente la reacción del bárbaro. Porque todos entendían lo que realmente significaba aquella oferta. Un hombre como Tyler no era simplemente un guerrero fuerte. Era prácticamente un arma de guerra. Tyler, sin embargo, parecía más confundido que impresionado. —¿Sus guardias? El marqués asintió. —Protegen la ciudad, las rutas comerciales y las aldeas cercanas. Además, hombres con tu fuerza serían útiles en la frontera. Pamela observó a su tío discretamente. Conocía esa mirada. El marqués ya estaba pensando como gobernante. Si el Imperio Wisteria volvía a avanzar hacia el norte, tener a Tyler de su lado podría cambiar muchas cosas. Pero el bárbaro parecía concentrado en algo completamente distinto. —¿Y tendría permiso para cazar? La pregunta tomó a todos por sorpresa. —…Sí —respondió el marqués lentamente—. Supongo que sí. —¿Y construir un refugio? —Podríamos darte una casa. Tyler frunció ligeramente el ceño. —Las casas de piedra son extrañas. Ann soltó una pequeña risa. —Puedes acostumbrarte. Tyler guardó silencio unos segundos mientras pensaba seriamente la propuesta. Luego hizo otra pregunta. —¿También tendría pan? Rico casi se cae de la silla riéndose. El marqués no pudo evitar sonreír un poco. —Sí, Tyler. También tendrías pan. El bárbaro asintió lentamente. Aquello claramente mejoraba mucho la oferta. Pamela lo observó divertida. Era extraño. Horas atrás lo habían encontrado cubierto de sangre en medio de una masacre. Y ahora parecía estar negociando su futuro basándose principalmente en pan y permiso para cazar. Tyler permaneció pensativo unos segundos mientras sostenía un trozo de pan en la mano. Luego levantó la mirada hacia el marqués. —¿Y también podría ser escogido por una doncella? El comedor entero quedó completamente en silencio. Pamela abrió ligeramente los ojos. Leo comenzó a toser intentando ocultar una risa. Y Ann casi deja caer su vaso. Pero Tyler seguía completamente serio. Para él, aquello era una pregunta importante. Había sido expulsado precisamente porque ninguna mujer de su tribu lo consideró digno. El marqués se aclaró la garganta antes de responder. —Bueno… supongo que sí. Tyler inclinó apenas la cabeza. —¿Aunque sea pequeño y débil? Ahora sí, Leo no pudo contenerse y soltó una carcajada. Incluso varios sirvientes comenzaron a desviar la mirada para no reírse. Pamela se cubrió la boca mientras intentaba mantener la compostura. Ann miró directamente el torso gigantesco y lleno de cicatrices del bárbaro antes de hablar. —Tyler… aquí en el sur tú no eres precisamente “pequeño”. El bárbaro frunció el ceño confundido. —¿No? —No —respondió Leo todavía riéndose—. De hecho das miedo. Tyler pareció genuinamente sorprendido por esa idea. Miró sus propios brazos unos segundos. —Pero apenas puedo pelear contra un Yeti adulto. Pamela suspiró divertida. —Eso es porque los Yetis son monstruos gigantes, Tyler. No porque tú seas débil. El bárbaro quedó pensativo otra vez. Aquello parecía una revelación importante para él. Rico sonrió emocionado. —¡Te lo dije! ¡En el sur eres súper fuerte! Tyler observó a todos alrededor de la mesa. Nadie parecía estar burlándose. Era extraño. Por primera vez en mucho tiempo… la posibilidad de no ser considerado un fracaso comenzó a cruzar lentamente por su mente. Entonces Ann habló con una pequeña sonrisa divertida. —Además, estoy bastante segura de que muchas chicas del sur te escogerían. Tyler parpadeó. —¿En serio? —Sí. El bárbaro bajó lentamente la mirada hacia el pan que tenía en la mano. Luego sonrió apenas. Una sonrisa pequeña… pero genuina. Los ojos de Pamela se posaron lentamente sobre Tyler cuando escuchó las palabras de Ann. Y por primera vez desde que lo había conocido… realmente lo observó. Era enorme. Sus hombros parecían demasiado anchos para la silla donde estaba sentado y cada movimiento suyo hacía evidente una fuerza absurda. Su cuerpo estaba cubierto de cicatrices que contaban historias de supervivencia en un mundo imposible. Pero a pesar de todo eso… No transmitía peligro. No como los nobles ambiciosos que sonreían mientras ocultaban intenciones crueles. No como los soldados imperiales que habían asesinado mercaderes indefensos aquella mañana. Tyler era distinto. Tenía la fuerza de una bestia… pero el corazón y la mente de un niño criado lejos del mundo. Era directo. Honesto. Incapaz de ocultar lo que pensaba. Y también era amable. Había arriesgado su vida por personas que no conocía simplemente porque vio a varios hombres atacando a una mujer y un niño. Ni siquiera pidió nada a cambio. Pamela bajó la mirada un instante mientras Tyler seguía escuchando a Rico hablar emocionado sobre la ciudad. Además… Era apuesto. Su cabello blanco contrastaba con sus ojos azules y las duras facciones de su rostro le daban una apariencia salvaje difícil de ignorar. Probablemente muchas mujeres del sur realmente lo encontrarían atractivo. La diferencia era que Tyler ni siquiera parecía consciente de ello. —Entonces… —dijo él todavía confundido— ¿las mujeres del sur no quieren hombres que maten veinte lobos solos? Ann soltó una carcajada. —¡No! ¡Claro que no! —Ah… Tyler parecía sinceramente aliviado. Pamela no pudo evitar sonreír un poco. Por primera vez en mucho tiempo, después de meses huyendo, sintió que podía respirar con tranquilidad aunque fuera por un instante. Y curiosamente… La razón de esa tranquilidad era el gigantesco bárbaro sentado frente a ella devorando pan como si hubiera descubierto el mayor tesoro del mundo.