Otro Entre tazas y tijeras (Heartless Marissa Meyer)

Tema en 'Fanfics sobre Libros' iniciado por Navaja, 9 Mayo 2026 a las 8:09 PM.

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  1. Threadmarks: Capítulo Uno
     
    Navaja

    Navaja El mundo está esperando ahí

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    Entre tazas y tijeras (Heartless Marissa Meyer)
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    3179
    Capítulo Uno

    El tic-tac de los relojes en la tienda ya no sonaba como música, sino como el martilleo de un juez dictando sentencia. Hatta estaba sentado frente a su espejo, pero la imagen que le devolvía el cristal parecía pertenecerle a un extraño.

    Sus dedos, antes tan precisos que podían coser sueños en el ala de un sombrero, temblaban ligeramente. Sostenía una aguja de plata, pero no recordaba qué estaba intentando remendar. ¿Era un bombín de fieltro o los pedazos rotos de su propia memoria?

    —Casi es la hora —susurró, y su voz sonó como papel viejo rasgándose—. Un té para el olvido y un sombrero para la eternidad.

    Miró a su alrededor. Los estantes estaban llenos de creaciones que nadie más podía entender. Sentía que su mente era como una de esas cajas de costura desordenadas: hilos de colores mezclados con alfileres oxidados. El dolor por lo que pudo ser palpitaba en su pecho como un corazón que se niega a detenerse, aunque el resto del cuerpo ya esté muerto.

    De pronto, una risa involuntaria burbujeó en su garganta. No era una risa de alegría, sino el sonido de algo rompiéndose definitivamente. El color de las paredes parecía volverse más brillante, casi hiriente. Las sombras danzaban al ritmo de una música que solo él escuchaba.

    — ¿En qué se parece un cuervo a un escritorio? —preguntó al vacío y no le importó no tener la respuesta.

    El vacío era más cómodo que el recuerdo. Hatta ajustó su sombrero de copa sobre sus sienes, sintiendo cómo la presión contenía el último vestigio de lógica que le quedaba. Cerró los ojos y, cuando los abrió, el brillo de inteligencia que solía definirlo se había disuelto en una neblina de colores imposibles.

    Hatta ya no estaba. Solo quedaba el Sombrerero, perdido en una neblina de colores imposibles.

    Pero entonces, el silencio de la tienda fue profanado por un tintineo. Un sonido metálico, pequeño y triste, que atravesó la bruma de su mente como una aguja al rojo vivo. Hatta parpadeó. Sus ojos violetas, empañados por el vacío, enfocaron un rincón donde el caos parecía haberse solidificado.

    Allí, sepultado bajo el peso de cintas descoloridas y el polvo de los sueños rotos, estaba el sombrero de Jest.

    El aire se le escapó de los pulmones. Hatta se desplomó de su silla, arrastrando los pies con la torpeza de un cadáver que aún no sabe que ha muerto. La tienda era un desastre: un mausoleo de porcelana rota y seda manchada. Se acercó al espejo roto con ruedas, y la imagen que le devolvió el cristal lo golpeó con más fuerza que la maza de un verdugo.

    —Un loco… —su voz sonó como el crujido de hojas secas—. ¿Este es el aspecto de un loco?

    Su reflejo era una caricatura grotesca. La tez, que antes lucía una palidez aristocrática y pulcra, ahora se mostraba cadavérica, marcada por unas ojeras tan oscuras que parecían hematomas de una batalla perdida contra el sueño. Tenía el cabello desaliñado, sucio, perdiendo aquel brillo plateado que solía ser su orgullo. Su aspecto era el de un hombre enfermo, alguien que ya no pertenecía al mundo de los vivos.

    Se quitó su propio sombrero de copa con dedos temblorosos; el ala estaba a medio descoser, colgando como una herida abierta. Lo acarició buscando el consuelo de la seda, pero la tela se sentía áspera y ruin, como un harapo rescatado de la basura.

    —Todo fue culpa de… Su Majestad —arrastró las palabras, y el nombre de Catherine supo a veneno en su lengua.

    En un arrebato de lucidez febril, comenzó a hurgar en los cajones de su escritorio. No buscaba una aguja, buscaba una salida. Al abrir un compartimento, una hilera interminable de telas saltó al aire, anudadas entre sí como si fueran niños tomados de la mano, bailando con una alegría macabra sobre los muebles destrozados.

    — ¡Vuelvan a su lugar! —rugió, lanzándoles su bastón con una furia impotente.

    Y entonces, lo vio de nuevo. El sombrero de cascabeles de Jest.

    Hatta se agachó y tomó el sombrero de Jest entre sus manos. El fieltro estaba frío, pero para él, quemaba. Sus dedos buscaron instintivamente los adornos de la copa y solo encontraron un único cascabel de plata, balanceándose solitario y mudo. Los otros dos se habían entregado a las Hermanas como un pago por un futuro que terminó en tragedia. Ese último cascabel era el eco de una risa que un hacha había silenciado para siempre.

    El recuerdo cayó sobre él con un peso físico, una guillotina invisible que le cortaba el aliento. Apretó el sombrero contra su pecho hasta que sus nudillos perdieron todo rastro de color, tragándose un sollozo que se sintió como tragar cristales rotos. Reprimió tanto el llanto, con una disciplina aprendida en años de etiqueta real, que el esfuerzo le provocó temblores violentos. Restos de saliva se quedaron pegados a su barbilla, pero a Hatta ya no le importaba la pulcritud. Solo le importaba el agujero negro que crecía en su pecho.

    Odiaba a Catherine. La odiaba por su debilidad, por haber regresado por Mary Ann y haber sellado, con ese único acto de descuido, el destino de todos ellos.

    Hatta sabía que su fin era inminente. La locura no era una posibilidad, era una sentencia escrita en su propia sangre. Podía sentirla royendo los bordes de su mente, una marea blanca que borraba los colores de la lógica. Era genética, y con la genética no se puede dialogar; no puedes pedir clemencia a tus propios ancestros ni negociar con el ADN que te dicta quién serás. La genética era una jaula de hierro sin llave.

    Pero entonces, en medio de su miseria, una idea febril comenzó a tomar forma.

    Si no podía hablar con su sangre, hablaría con el dueño de los segundos. Había pasado décadas huyendo del Tiempo, tratándolo como a un cobrador de deudas al que se le evita cruzando la calle. Se había escondido en los pliegues de Maravillas, robándole horas al reloj para mantener su cordura un día más. Pero la huida había terminado.

    —Si eres un acreedor, ven por lo que te pertenece —susurró hacia el techo de la tienda, con los ojos violetas brillando con una determinación maníaca—. Pero si voy a pagarte con mi eternidad, me darás lo que exijo.

    Decidió que se entregaría voluntariamente. Pagaría cada segundo que había robado, cada hora que había estirado. Se presentaría ante el Tiempo no como una víctima, sino como un negociador. Tal vez, si le entregaba su alma en desdicha antes de que la locura la reclamara por completo, el Tiempo se apiadaría de él. Tal vez le permitiría un exilio donde el nombre de Jest no fuera una herida abierta, o donde la cara de Catherine no fuera el rostro de su ruina.

    —Perdóname, Haigha —murmuró, dejando el sombrero de Jest sobre la mesa con una delicadeza desgarradora—. No puedo llevarte a donde voy. El Tiempo no acepta equipaje que tenga corazón.

    Hatta se apartó del espejo roto. El asco que sintió por su propia imagen fue el catalizador que necesitaba. No permitiría que el Tiempo lo viera derrotado. Si iba a entregar su vida, lo haría bajo sus propios términos, envuelto en la elegancia que lo definía.

    Se dirigió al fondo de la tienda, donde guardaba un arcón de madera de sándalo que no había abierto en años. Al levantar la tapa, el aroma a lavanda y magia antigua llenó la habitación. Allí, perfectamente doblado, descansaba su traje de seda blanca.

    Comenzó el ritual. Se despojó de las ropas manchadas con la furia de quien se arranca una piel muerta. Se lavó la cara con agua fría hasta que el ardor le devolvió un poco de color a sus mejillas. Luego, se vistió.

    Hatta no se vistió completamente de blanco. Sería un insulto a su propia genialidad presentarse ante el Tiempo como una página vacía.

    Se colocó un chaleco de un violeta tan profundo que parecía terciopelo nocturno, bordado con hilos de plata que dibujaban patrones de relojes sin manecillas. Su corbatín de seda no era pálido, sino de un rojo carmesí vibrante, el color de los pétalos de las rosas que Catherine nunca debió probar. Eran sus últimas gotas de color, su última rebelión contra el vacío blanco de la locura que lo acechaba.

    Cada botón de nácar fue cerrado con una precisión que desafiaba el temblor de sus dedos. Se ajustó el chaleco de brocado violeta sobre la camisa de encaje, sintiendo cómo la estructura de la prenda le devolvía la postura. Se anudó el corbatín de seda roja con un lazo perfecto, impecable, como si fuera a asistir al baile de la Reina en lugar de a su propia sentencia.

    Finalmente, tomó su levita blanca de faldones largos y se la calzó. Se miró una última vez al espejo.

    —Impecable —susurró, aunque su voz tembló al ajustar el nudo de seda roja por segunda vez.

    Ahora sí. Ya no era un "loco cadavérico". El blanco de su traje hacía que sus ojos violetas resaltaran como dos amatistas heridas. La palidez de su rostro ya no parecía enfermedad, sino una distinción espectral.

    —Si el Tiempo quiere mi alma —dijo, ajustándose los puños de la camisa—, tendrá que aceptarla en su mejor envoltorio.

    Tomó el sombrero de Jest por última vez, deslizando el cascabel solitario dentro de uno de sus bolsillos interiores, cerca de su corazón. Luego, se colocó su propio sombrero de copa blanco, el que aún conservaba su forma perfecta, y empuñó su bastón con pomo de cristal.

    Hatta salió de la tienda. Caminó por las calles de Maravillas como un fantasma de elegancia, ignorando los colores chillones y los gritos del mercado. Su objetivo estaba más allá de los relojes comunes. Iba al centro del engranaje, allí donde el Tiempo se sienta a observar cómo todo se desmorona.

    Hatta se puso en pie. El Sombrerero Loco ya golpeaba las paredes de su cráneo, pero Hatta, el hombre, aún sostenía el picaporte. Salió de la tienda hacia la nada, con el sonido de un único cascabel resonando en su memoria como la última nota de su propia elegancia.

    Salió de la tienda con paso implacable, golpeando el suelo con su bastón de cristal. Haigha, su fiel Liebre de Marzo, lo esperaba afuera. Al ver a su amo vestido con tal magnificencia, las orejas de Haigha vibraron con una mezcla de admiración y un terror instintivo.

    — ¿A dónde vamos, Hatta? —preguntó Haigha, trotando a su lado con sus ojos grandes y acuosos fijos en él—. ¿Es un banquete? ¿Hay té de jazmín?

    Hatta no aminoró el paso. Sus ojos violetas miraban hacia el horizonte, donde el cielo de Maravillas empezaba a deshilacharse.

    —No hay banquete, Haigha. Y no hay té. Vuelve a la madriguera.

    —Pero... pero yo tengo las tazas —insistió la liebre, su voz volviéndose pequeña y quebradiza—. Las limpié todas. Por si tú querías celebrar.

    Hatta sintió un pinchazo de dolor tan agudo que casi lo hace tropezar. Jest no volvería. Y él tampoco. Se detuvo en seco, pero no se giró. La rigidez de su espalda era lo único que mantenía sus pedazos unidos.

    —Vete, Haigha. Es una orden —dijo Hatta, su voz tajante, fría como el mármol—. Ya no tengo necesidad de sirvientes, ni de amigos, ni de recuerdos. No me sigas.

    Haigha se detuvo, sus patitas temblando sobre el camino de tierra. Dejó escapar un gemido agudo, un sonido de pura desesperación que recordaba a un niño perdido.

    — ¿Me dejas? ¿A mí también?

    Hatta apretó el puño sobre el pomo de cristal de su bastón. Por un segundo, la máscara de frialdad se agrietó. Se obligó a mirar a la liebre una última vez. Vio esos ojitos desesperados, la lealtad ciega de la única criatura que se había quedado a su lado mientras todos los demás morían o se convertían en monstruos. Hatta, el hombre que lo había perdido todo por ser fiel a un amigo, estaba ahora traicionando al último que le quedaba.

    Una sola lágrima, traicionera y pesada, escapó de su ojo izquierdo. Rodó por su mejilla pálida, brillando como un diamante antes de perderse en el cuello de su levita blanca.

    —Adiós, viejo amigo —susurró, tan bajo que solo el viento pudo escucharlo.

    Se giró y reanudó su marcha, con la espalda más recta que nunca, ocultando el hecho de que su corazón se estaba haciendo trizas bajo el chaleco violeta. No volvió a mirar atrás, ni siquiera cuando los sollozos de Haigha se perdieron en la distancia.

    Hatta caminaba solo. Había sacrificado su tienda, su cordura, su mejor amigo y ahora a su único compañero. Se entregaba al Tiempo como un hombre desdichado y desnudo de afectos, con la esperanza de que tanta pérdida fuera moneda suficiente para comprar un gramo de paz.



    Hatta cruzó el umbral. No era una habitación, sino un vacío de arena plateada donde el aire sabía a metal y aceite de reloj. Frente a él, sobre un trono de péndulos que oscilaban sin descanso, estaba el Relojero Eterno. Sus dedos eran largos y estaban manchados de grasa negra, y en lugar de pupilas, unos engranajes diminutos giraban en sus ojos, marcando los milisegundos de la existencia.

    — Hatta. Al fin te dignas a comparecer. Me preguntaba cuántos siglos más pensabas pasar escondido entre tazas de té y sombreros de copa — la voz del Tiempo era el crujido de un muelle a punto de romperse.

    Hatta ajustó su corbatín rojo, manteniendo la barbilla en alto a pesar de que el corazón le martilleaba las costillas.

    — No te equivoques, viejo acreedor. Estar en tu presencia no me produce ni el más mínimo atisbo de placer. Créeme que preferiría estar cosiendo fieltro en el rincón más polvoriento de mi tienda —replicó Hatta con su habitual acidez.

    —Lo imagino. Recuerdo vívidamente nuestra última audiencia... aquella donde te escabulliste como una rata entre los engranajes, utilizando ese acertijo absurdo que mis mecanismos no pudieron procesar. Algo referente a un cuervo y un escritorio... Detesto los acertijos, Hatta. Carecen de la lógica lineal que yo represento. —el Tiempo se inclinó, y el tic-tac de su pecho se volvió ensordecedor—. Pero en cambio, me fascinan los refranes, y tengo uno confeccionado a tu medida: No hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague.

    Hatta emitió un suspiro cargado de amargura.

    —Soy dolorosamente consciente de mis obligaciones, "amigo".

    Con una elegancia desesperada, Hatta le explicó el resto: el cruce de destinos, el destino de Jest, el precio de las Hermanas y la locura que ya le mordía los talones. El Tiempo escuchó, haciendo girar un pequeño tornillo de oro entre sus dedos manchados.

    —Vaya... Así que vienes a implorar un milagro de dimensiones astronómicas —el Tiempo soltó una risa seca, como arena golpeando el vidrio—. ¿Con qué pretendes pagar?

    —Vengo a saldar mis cuentas. Te devolveré cada segundo que te he hurtado. En su totalidad. Los sombrereros somos una estirpe longeva —Hatta hizo una pausa, y su voz perdió un poco de su brillo—, aunque me temo que mi lozanía se ha marchitado considerablemente tras décadas de huir de tu sombra.

    El Relojero Eterno se puso en pie. Era tan alto que su túnica gris parecía tocar el techo del universo.

    —Lo único incuestionable en este intercambio, mi nada estimado Hatta, es que mi confianza en ti es inexistente. Cobraré mi parte, sí. Pero los términos de la factura los dictaré yo.

    Hatta tragó saliva. El nudo de su corbatín de repente le pareció demasiado estrecho.

    —Habla de una vez.

    —Concederé el retroceso. Reajustaré las manecillas para que ese destino fatal del que huyes sea borrado del tejido. Pero tú no escaparás de mí. Serás exiliado a una dimensión donde el tiempo transcurre con una crueldad implacable y donde La Gravedad será tu compañera más severa. Olvida la magia. Olvida las Maravillas. En ese lugar, mis leyes son absolutas.

    El Tiempo caminó alrededor de Hatta, como un depredador analizando una pieza de seda.

    —Estarás confinado allí, prisionero de tu propia mortalidad, hasta que la muerte —esa deuda que nadie elude— venga a reclamarte. No habrá más trucos bajo la manga, Hatta. Solo serás un hombre común, vulgar y corriente. Esa será tu verdadera celda.

    La cara de Hatta se contrajo. La idea de ser "corriente" le producía más náuseas que la propia muerte. Era un golpe directo a su orgullo de artista.

    —Es una elección entre el aburrimiento eterno o la pérdida definitiva de mi razón. Una disyuntiva deplorable—masculló.

    —En ese mundo no existe tal cosa como "la eternidad" —sentenció el Tiempo, deteniendo un péndulo con la mano—. Es lo único que hay sobre la mesa. Tómalo, o ríndete ante tu locura.

    Hatta miró el único cascabel del sombrero de Jest que guardaba en su bolsillo. Pensó en el sacrificio, en el exilio y en que, en ese mundo gris, al menos no habría reinas cortando cabezas.

    —Si ese ha de ser mi infortunio... que así sea. Es preferible a la humillación de la demencia —Hatta suspiró, recuperando una pizca de su arrogancia—. Pero ya que nuestra cuenta quedará saldada tras este trato... ¿puedo permitirme una última petición?

    —Exprésala.

    —Por favor... envíame a un lugar donde, al menos, sepan cómo preparar una taza de té decente.

    El Tiempo sonrió.

    —Concedido.

    En ese instante, el vacío de espejos no solo se rompió; se desintegró. Hatta sintió un tirón violento en su pecho. El sombrero de Jest, aquel objeto que había custodiado como una reliquia sagrada, empezó a vibrar con una luz pálida, volviéndose tan ligero como el pensamiento.

    Sus dedos se cerraron sobre el aire frío mientras veía el fieltro desvanecerse, transformándose en hilos de humo plateado que regresaban al tejido del tiempo. El sonido del único cascabel, vibrando por última vez en ese limbo, fue lo último que Hatta escuchó antes de que el silencio absoluto de Maravillas fuera reemplazado por un rugido sordo.

    Entonces, la presión insoportable —la Gravedad, su nueva dueña— lo empujó hacia abajo con una crueldad física que nunca había conocido.

    La seda blanca de su levita, el violeta nocturno de su chaleco y el orgullo indomable de su linaje se disolvieron en el aire denso, ruidoso y pesado de una ciudad moderna. El destello plateado de la dimensión del Tiempo fue devorado por el gris del cemento y el parpadeo de un neón defectuoso que luchaba contra el amanecer.

    Hatta abrió los ojos. Estaba solo, de pie frente a una hilera de locales de vidrios pulcros que reflejaban una imagen que apenas reconocía: la de un hombre común, con las manos vacías y los hombros cargados por un peso que no era mágico. El sabor amargo del trato cumplido le llenaba la boca, pero en su mente, como un eco de su antigua vida, persistía la esperanza de esa taza caliente.

    Levantó la vista y, entre el gris del asfalto y el humo de los autos, un destello de color fucsia capturó lo que quedaba de su atención de sombrerero...
     
    Última edición: 9 Mayo 2026 a las 8:12 PM
  2. Threadmarks: Capítulo Dos
     
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    Capítulo Dos
    Hatta emergió de entre las sombras con la desorientación de quien ha sido escupido por un sueño febril. La noche de aquel viernes no tenía la cortesía de oler a jazmines o a intrigas palaciegas; olía a caucho quemado y a una lluvia que se negaba a caer. Hatta se detuvo en la acera, sintiendo que sus botas de seda blanca eran una nota discordante en una sinfonía de gris. A su alrededor, los carruajes de metal rugían como bestias de acero encadenadas, lanzando destellos cegadores que herían su sensibilidad con una artificialidad obscena.

    Pero no fue el estrépito lo que le revolvió el estómago, sino la desidia estética de la gente.

    Sus ojos, acostumbrados a las siluetas arquitectónicas de los vestidos de gala y a la rigidez geométrica de los corsés de Maravillas, buscaron un punto de anclaje en la acera. Sin embargo, lo que encontró fue un asalto a su sensibilidad estética.

    Mujeres caminaban de un lado a otro con una prisa mecánica, pero no había ni rastro de sedas ondeantes o encajes laboriosos. Todas, sin excepción, portaban pantalones. Pantalones de mezclilla, pantalones anchos, pantalones ajustados; prendas bifurcadas que ocultaban la gracia de la caída de una falda y que a Hatta le parecían una aberración de la feminidad. El mundo exterior era un mar de funcionalidad gris, carente de la poesía visual que él tanto valoraba.

    Vio figuras salir de los edificios con el cabello reluciente y perfumado, sonriendo con una ligereza que le pareció casi criminal. No había rastro de elaborados recogidos que desafiaran la gravedad, ni una gota de cera que otorgara dignidad a los bigotes de los caballeros. Peor aún: caminaban con las cabezas descubiertas, desnudas, como si no temieran que sus pensamientos se escaparan hacia el cielo negro.

    Una oleada de náuseas y mareo lo invadió; se sintió profundamente ofendido, como si hubiera tropezado con una exhibición de indecencia pública sin precedentes.

    Buscando refugio del asfalto, sus ojos se posaron en una hilera de negocios. Algunos eran demasiado fríos, otros simplemente tristes, hasta que lo vio. Un escaparate diferente. Un salón que emanaba una luz que no intentaba castigar la vista.

    Entonces, a través del cristal del salón, vio un destello fucsia.

    Su cabello era una imposibilidad cromática, una melena de un color negro tan profundo como el vacío entre las estrellas, nacían dos mechones frontales de un magenta brillante, un color tan vibrante que parecía haber sido destilado de las puestas de sol más intensas de Maravillas. No era simplemente rosa; era un fucsia eléctrico, una joya de color palpitando contra la palidez de su rostro.

    Ella sostenía un artefacto de metal, una especie de pinza caliente que exhalaba un calor invisible. Con una gracia hipnótica, pasaba aquel cetro de calor por el cabello larguísimo y casi blanco de otra mujer, transformando las hebras lacias en rizos perfectos como si estuviera dictando una orden a la naturaleza misma.

    Junto a ellas, en un mesón frente al espejo, descansaba una taza de té humeante.

    Hatta no esperó invitación.

    Entró buscando asilo en ese rincón que parecía una burbuja estancada en el tiempo. El interior era limpio, de paredes claras, poseyendo una elegancia serena que le resultó familiar, salvo por la figura que lo habitaba: una mujer diminuta en comparación a su propia estatura, vestida enteramente de negro.

    Sus ojos descendieron y el corazón se le oprimió en un espasmo de amargura. Ella también llevaba pantalones, eran de un cuero negro que brillaba bajo las luces blancas. Completando el conjunto con botas altas y un chaleco de cuello de tortuga con mangas acampanadas, ella proyectaba un aire de rebelión distinguida.

    Hatta sintió que el aire se volvía pesado. Aquella silueta negra, aquel color que absorbía toda la luz, le recordó con una crueldad insoportable a su antiguo amigo Jest.

    En su memoria, el bufón se alzaba con la misma sobriedad oscura, una advertencia silenciosa de que la belleza y la tragedia a menudo comparten el mismo guardarropa.

    Pero en ella, la tela de cuero que se aferraba a su piel como una segunda superficie le resultaba visualmente ofensiva, una modernidad que lo hería casi tanto como el recuerdo del amigo perdido.

    Se quitó el sombrero de copa, buscando una cortesía que su mente apenas lograba articular en medio de aquel caos de cuero y magenta.

    La mujer se volteó justo cuando terminaba de peinar a su clienta. Sus ojos cafés se posaron en él, recorriendo su levita blanca y su porte aristocrático.

    —Bienvenido —dijo ella. Su voz era amable y cálida. Había algo casi caricaturesco en su refinamiento, una elegancia que Hatta reconoció como propia de una corte olvidada.

    —Mis más distinguidos saludos, damas —comenzó Hatta, con esa voz de barítono que guardaba el peso de los siglos y una pizca de locura contenida—. Se me ha informado, por fuentes que no admiten réplica, que aquí sirven un buen té...

    Hatta ejecutó una reverencia tan lenta y perfecta que habría silenciado a la Reina de Corazones. La joven vestida con armadura negra arqueó una ceja, y una sonrisa extraña, casi divertida, bailó en sus labios.

    — ¿Desea comprar té?

    Hatta arrugó la nariz, visiblemente consternado, como si le hubieran sugerido subastar su propio corazón.

    — ¿Comprar, dice usted? El buen té no es una mercancía que se intercambie, estimada dama; es una recompensa, un bálsamo para los que aún se atreven a soñar.

    —Mmm... Podría indicarle dónde está el supermercado más cercano —continuó la mujer de cabello bicolor, ladeando la cabeza mientras sus mechones fucsia de su flequillo oscilaron en su frente—. Esto es un salón de belleza. Quizás le han dado la dirección equivocada.

    Hatta miró a su alrededor, confundido, hasta que el aroma lo a envolvió, filtrándose por sus sentidos como una melodía antigua que se niega a ser olvidada. Cerró los ojos y aspiró profundamente.

    —Mis sentidos nunca se equivocan cuando se trata aobre té —sentenció él, abriendo los ojos para fijarlos en los de ella—. Es un aroma inconfundible. Té negro con pétalos de rosa que hacen bailar el paladar en una danza de melancolía y deleite.

    La mujer de negro abrió los ojos de par en par. Sus manos, antes seguras con el artefacto de calor, temblaron ligeramente al mirar la tacita servida frente a su clienta. Ambas se quedaron en silencio, atrapadas en el asombro.

    —S-sí. Es el té que serví hoy... —titubeó ella.

    Hatta observó, con una fascinación que bordeaba la impertinencia, cómo el color ascendía por las mejillas de la joven como una marea de pétalos de rosa.

    —S-siéntese, por favor. Le traeré uno si tiene la gentileza de esperar a que terminemos aquí con Julieta — agregó mientras aplicaba un poco de aceite en las puntas rizadas.

    La clienta, Julieta, bebió un sorbo de su taza, saboreando tanto el brebaje como la situación, y lanzó una mirada cargada de picardía a la estilista.

    —Te dije que tu té traía buena suerte, Shelly... —la mujer le dedicó una sonrisa cómplice a través del reflejo del espejo, sin hacer el menor esfuerzo por ocultar su deleite—, y hombres guapos también.

    Ambas soltaron una risita contenida. Hatta, incapaz de apartar la vista, estudió el rostro de Shelly: sus pálidas mejillas se habían teñido de un carmín tan encendido que, por un instante, eclipsó incluso el magenta eléctrico de sus mechones rebeldes.

    Observó aquel despliegue de vanidad con una mezcla de horror y una resignación que le pesaba en los párpados. Julieta, la clienta, se contoneaba frente al espejo desde ángulos imposibles, mientras Shelly capturaba su imagen con un dispositivo plano, dictando movimientos de pasarela. Para Hatta, aquello era una pantomima tan absurda como las meriendas de locos a las que solía asistir para mantener las apariencias. Se llevó una mano empuñada a la boca, reprimiendo una mueca de auténtico asco visual ante tal vacuidad moderna.

    — ¡Que disfruten el té! —exclamó Julieta, lanzando un beso al aire que pretendía ser una bendición para ambos.

    Le dedicó a Shelly una última mirada cargada de intención y, ahuecando una mano a un lado de su boca, murmuró un «Aprovecha» sin emitir sonido alguno. Fue un mensaje silencioso que la estilista captó con la precisión de quien conoce bien ese código.

    Shelly, que durante años se había refugiado tras los muros de su soltería, rechazando a cualquier pretendiente con una cortesía tan gélida que rozaba lo implacable, sabía perfectamente que algunas de sus clientas estaban desesperadas por verla acompañada. Aquella complicidad femenina era un recordatorio punzante de lo que ella intentaba ignorar. Julieta se marchó finalmente, dejando tras de sí un eco de risas traviesas y el sonido seco de una puerta que se cerró, sellando el salón contra la implacable noche de asfalto.

    Hatta no dejaba de registrar el lugar con ojos que parecían diseccionar cada átomo de la estancia.

    —Este recinto desafía cualquier lógica geográfica que yo haya tenido el infortunio de conocer —sentenció, dejando que su voz de barítono vibrara en las paredes claras mientras aferraba sus manos en su bastón—. Y le aseguro que mis ojos han devorado horizontes que harían palidecer su entendimiento.

    —Gracias, señor —respondió Shelly, inclinando la cabeza en una reverencia automática.

    —Carezco de corona o linaje que justifique tanta solemnidad, estimada dama —bufó él, aunque la comisura de sus labios delató un destello de orgullo satisfecho.

    —Así saludo en modo de respeto, señor —corrigió ella, inclinando la cabeza de nuevo a modo de disculpa—. Si me disculpa, iré por su té.

    Mientras la mujer desaparecía por una puerta en el último rincón del local, Hatta dejó escapar un suspiro cargado de melancolía y continuó su inspección. Todo era demasiado... artificial. El salón era un santuario de una pulcritud quirúrgica. Se fijó en las esquinas, donde unas buganvilias de seda fingían una lozanía que jamás conocieron. El ambiente estaba saturado por una bruma cítrica que emanaba de un humidificador; una neblina eléctrica que le resultaba ofensivamente dulce.

    La mujer regresó portando una bandeja. El vapor del té de rosas se elevaba en espirales junto a tres galletas de avena de aspecto rústico.

    —Que lo disfrute —dijo ella, posando la ofrenda en una mesita a su costado.

    Hatta estudió el brebaje con la cautela de un catador real temiendo un veneno. Luego, en un movimiento de una elegancia líquida, se puso en pie y se despojó del sombrero, permitiendo que su cabellera blanca cayera como una cascada de nieve sobre sus hombros.

    —Me presentaré como dictan los cánones de la cortesía—se inclinó, presionando el sombrero contra su pecho—. Mi nombre es Hatta.

    Shelly respondió con otra pequeña inclinación, sus ojos cafés fijos en aquel hombre que parecía esculpido en mármol y seda blanca.

    —Mi nombre es Shelly... Es un apodo, pero es más corto que mi nombre completo. Por favor, llámeme así.

    Shelly... —repitió él.

    Saboreó el nombre como si fuera un acertijo de sílabas sibilantes, dejando que la "Sh" vibrara en el aire con una curiosidad casi infantil. Por un instante, sus ojos parecieron buscar el significado oculto tras esas cinco letras.

    —Dígame, por favor... ¿Quién le habló de mi té? —preguntó ella, con un destello de curiosidad en la mirada.

    —Nadie en particular —respondió Hatta.

    Una sombra de inquietud cruzó su rostro; sus dedos tamborilearon con un ritmo errático sobre el ala de su sombrero de seda, un gesto que delataba una agitación interna que luchaba por ocultar bajo su fachada de caballero.

    —Vamos —insistió ella, dando un paso hacia adelante—... Son muy pocos los que saben que soy una aficionada al té y que colecciono especias raras. Julieta es una de las afortunadas; la clienta que usted acaba de conocer — hizo un ademán ladeando la cabeza hacia la puerta del salón.

    —Le aseguro por mi propia cordura que nadie me habló de su té —declaró Hatta, recuperando una rigidez aristocrática, aunque sus ojos brillaban con una intensidad febril—. Nadie que usted conozca, al menos en este lado del espejo. Simplemente pregunté sobre infusiones en... cierto lugar, y me indicaron este rumbo. Ni siquiera sospechaba que usted consagraba sus horas a la arquitectura del cabello.

    Shelly guardó silencio, escudriñándolo con una desconfianza que él encontró casi refrescante. En un mundo de cortesías vacías, aquella mirada inquisitiva de la mujer de los mechones magenta le devolvía una extraña sensación de realidad.

    — ¿Es usted extranjero?

    —Efectivamente. Un paria de otras tierras.

    —Y necesita algo de mí, ¿cierto? — Shelly arqueó une ceja y se cruzó de brazos, apretando los codos contra su cuerpo como si intentara descifrar si estaba frente a un genio o un loco..

    — ¿Qué necesidad podría tener un hombre como yo de una mujer como usted?

    —Un buen corte de cabello —soltó Shelly con una risa burlona y tímida que se evaporó al instante—. Me refiero a si pertenece a alguna de esas religiones que buscan adeptos a cambio de favores.

    Hatta se irguió, ofendido en lo más profundo de su sensibilidad estética.

    —No sé por qué figura de baja calaña me ha tomado, pero no soy un mercader de almas ni un fanático en busca de rebaño. Solo soy un hombre que profesa una devoción absoluta por el té. Solo eso y nada más.

    —Por favor. Beba —insistió ella señalando cortésmente la taza humeante encima de la bandeja, mientras se deslizaba para sentarse en el sillón giratorio que había usado su clienta, suspirando de alivio de reposar los pies.

    — ¿Y usted se limitará a observar? Qué descortesía, si me permite la observación. Obligar a un forastero a dar el primer sorbo en soledad es anti natural.

    —Yo no bebo té por las noches... Pero durante el día he tomado bastante. Por favor, insisto en que lo pruebe. Ya que pudo reconocerlo por el aroma, imagino que su paladar ansía la confirmación — sonrió ella estudiando con la mirada la figura del recién llegado, preguntándose si se trataba de algún disfraz, buscando algún punto en la cabellera blanca que delatara su falsedad.

    Hatta se dirigió hacia la pared y tomó asiento en el sillón de color verde agua, un futón de cojines acolchados que parecía invitarlo a hundirse en su propia melancolía. Con una elegancia que rozaba lo solemne, elevó la taza y probó el líquido. Cerró los ojos al instante; era auténtico, una joya líquida que rivalizaba con los tesoros de su propia colección personal.

    Al sentir que el calor le devolvía un poco de humanidad y apaciguaba el mareo que le provocaba la gravedad de aquel mundo, dejó la taza con suma delicadeza sobre la mesa y se atrevió a preguntar:

    — ¿Y cuál es el oficio al que realmente se dedica? —Inquirió, clavando sus ojos en ella con una intensidad renovada—. Pues me resulta difícil creer que alguien capaz de orquestar tal sinfonía de sabores se dedique únicamente a peinar.

    Shelly lo observó desde su postura cansada, sorprendida por la profundidad que aquel extraño le otorgaba a una simple taza de té.

    —Soy estilista. Arreglo el cabello... De todo tipo —respondió ella, encogiéndose de hombros con una naturalidad que a Hatta le pareció casi un desperdicio de talento.

    Hatta arqueó una ceja, volviendo a inspeccionar la figura de su anfitriona.

    —Usted posee la estética de un bufón —sentenció, dejando que sus palabras flotaran en el aire como una sentencia—. Me evoca la imagen de un antiguo y queridísimo amigo llamado Jest.

    — ¿Disculpe? —Shelly tensó la mandíbula.

    La chispa de ofensa en los ojos de Shelly no pasó desapercibida para él.

    —No interprete mis palabras como un insulto a su intelecto; no la llamo payasa —se apresuró a corregir, aunque su tono seguía siendo implacablemente analítico—. Me refiero a su vestidura. Los bufones suelen abrazar la ausencia de color como si fuera un uniforme... —Su mirada descendió, deteniéndose en las piernas de Shelly, delineadas por el pantalón de cuero negro que brillaba bajo las luces—. Y el cuero... Esa es una materia reservada para los guantes. Desconozco qué mente febril pudo diseñar una prenda que se aferra al cuerpo como una segunda piel, en lugar de ser un vestido digno. Solo los bufones se atreverían a presentarse con ropas tan reveladoras y de ese color sombrío.

    Shelly tensó las manos, sus labios apretados en una línea de pura contención. S obligó a relajarse soltando una risa seca, casi incrédula, y se miró hacia abajo. Estiró la tela del pantalón en su cadera, mostrando la resistencia del material.

    —Para su información... Los peluqueros nos vestimos de negro porque los químicos que usamos manchan la ropa y el negro es el color más fácil de reparar —dijo ella, y aunque su voz era un susurro harto y cansado, tenía el filo de una navaja—. Y solo visto así cuando trabajo. Yo prefiero la ropa colorida— se frotó las sienes con frustración, cerrando los ojos un instante como si pidiera paciencia al cielo—... Pero, por favor, termine su té. Estoy cerrando y estoy bastante cansada.

    Se quedó mirando hacia la vitrina, donde la noche pasaba indiferente. En ese momento, Shelly, no era una estilista ni la dueña de un salón; era una mujer rota por el peso de una gravedad que Hatta apenas empezaba a comprender.

    El silencio que siguió a las palabras de Shelly fue más pesado que cualquier sombrero de fieltro que Hatta hubiera confeccionado jamás. Él sostuvo la taza de té a medio camino, sintiendo por primera vez el aguijón de la vergüenza. En su mundo, la excentricidad era una moneda de cambio; aquí, sus observaciones eran simplemente... groseras.

    Observó a Shelly. La luz blanca y artificial del salón resaltaba las sombras de cansancio bajo sus ojos delineados de negro.

    Hatta comprendió que había cometido una transgresión y buscó desesperadamente cómo remendar el desastre.

    — Nunca antes mis ojos habían presenciado que una dama que portara vestiduras tan... reveladoras. Es casi como si caminara al desnudo ante la mirada del mundo —admitió, intentando suavizar la ofensa con su habitual tono de caballero.

    — ¿Reveladoras? —Shelly arqueó una ceja, señalándose con incredulidad; esta vez con un gesto más brusco, casi defensivo—. La única piel visible que enseño son mis manos y mi rostro, señor.

    —Esto es una anomalía para mis sentidos. Nadie parece advertirlo más que yo, estimada Shelly. Para todos aquí es una costumbre natural.

    —Porque lo es. Estamos en otoño y se usan pantalones —replicó ella con una sequedad cortante—. Yo creo que es usted quien alberga pensamientos bastante... Indecorosos.

    — Y es aún más extraño advertir que sus modales no combinan con su indumentaria —exclamó él, gesticulando con una agitación casi febril.

    —Escúcheme bien, señor Hatta — ella se pasó una mano por el cabello, desordenando un poco sus mechones magenta en un gesto de pura exasperación—. Si esto es una broma, no estoy de humor. Mi paciencia tiene un límite y usted la está rozando.

    —No es mi intención mancillar su hospitalidad, Lady Shelly... —Hatta suspiró, y por un instante la altanería desapareció de su voz—. Me hallo tan estupefacto por este encuentro como usted.

    —No lo parece. Usted es alguien sumamente raro y no me inspira la menor confianza.

    —Si me otorgaran una moneda por cada vez que me lo han dichio... —Él puso los ojos en blanco, recuperando su máscara de indiferencia.

    —Por algo debe ser —sentenció ella en un tono más seco mientras se levantaba—. Por favor, necesito cerrar.

    Hatta guardó silencio, observando el fondo de su taza de té. El orgullo libró una batalla campal en su garganta antes de que las palabras logaran salir, pesadas y cargadas de derrota.

    —Reconozco que nos hemos conocido bajo un auspicio desafortunado y que, de no ser por una penuria extremadamente desesperada, jamás me permitiría solicitar tal merced... —Hatta tragó saliva—. Soy un hombre de un orgullo inquebrantable; para algunos es un vicio, para mí es mi única virtud — Empezó a juguetear con el ala de su sombrero — ¿Conoce usted algún refugio donde este viajero pueda pernoctar?

    — ¿No tiene dónde quedarse? —preguntó ella, suavizando apenas el tono.

    — Creo que es algo evidente, milady. Y no permito indagaciones.

    —Ya veo — Shelly lo analizó de arriba abajo, cruzándose de brazos con una mueca de escepticismo total—. Es usted casado y lo echaron de casa. Lo más seguro es que lo hayan pillado siendo infiel y ahora quiere hacerse el interesante conmigo porque soy una solterona. Es una jugada pésima, señor — negó con la cabeza.

    — ¿Q-Qué? —Hatta se quedó de una pieza, petrificado por la audacia de la suposición. No sabía si sentir más lástima por su propia humillación o si horrorizarse por la narrativa tan vulgar que ella acababa de construir con tanta soltura.

    —A mí no me engaña nadie —continuó ella dando unos pasos hacia la salida—. No me presto para estas cosas. A la vuelta de la cuadra hay una casa de hospedaje que cobra barato.

    Hatta dejó la taza sobre la mesa con una delicadeza extrema. Se puso de pie con lentitud, sintiendo el rigor de sus articulaciones. Se colocó el sombrero de copa, pero lo hizo sin el floreo habitual, casi como un gesto de protección.

    Hubo una larga pausa, donde Shelly quiso decir algo, pero no se le ocurrió qué.

    —No soy un profeta, ni un reclutador de religiones. Soy un hombre que, por un momento, creyó reconocer el aroma de su antigua vida en su taza de té.

    Hatta caminó hacia la salida, pero se detuvo ante la vitrina, mirando el reflejo de ambos en el cristal. Afuera, la noche de la ciudad era un rugido de luces y máquinas que él no comprendía.

    —El negro le sienta bien —añadió, sin darse la vuelta—. En mi país, el negro es también el color de los que guardan los secretos más profundos. Si se viste así para blindarse de los químicos, es usted una guerrera de su propio oficio. Y yo... yo solo soy un sastre de cabezas que acaba de darse cuenta de que ya no hay nadie que quiera usar sus sombreros.

    Shelly lo observó, con la guardia ligeramente más baja ante aquella sinceridad desarmante.

    —Mañana abro a las diez —soltó ella, casi sin pensarlo. Se mordió el labio inferior y evitó su mirada, concentrándose en el movimiento rítmico de sus dedos sobre la tela brillante de su pierna —. Si para entonces ha decidido que mi ropa no es un insulto a su vista, puede volver a tomar té.

    Hatta giró la cabeza levemente, y una pequeña chispa, un vestigio de la picardía que solía habitar en él, brilló en sus ojos.

    —Que tenga buenas noches, Lady Shelly.

    Salió a la noche, y después de mucho tiempo, Hatta no escuchó el tictac de un reloj persiguiéndolo. Solo escuchó el eco de una invitación.
     
    Última edición: 9 Mayo 2026 a las 9:27 PM
  3. Threadmarks: Capítulo Tres
     
    Navaja

    Navaja El mundo está esperando ahí

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    Entre tazas y tijeras (Heartless Marissa Meyer)
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    Fantasía
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    Capítulo Tres
    Hatta se forzó a dar un paso tras otro, alejándose del santuario de luces blancas de Shelly. La ciudad lo recibió con una bofetada de aire viciado y estruendo. Para un hombre acostumbrado a los jardines de rosas y al silencio cargado de secretos de su taller, el centro de la ciudad era una cacofonía de pesadilla.

    Caminó dos cuadras, pero en su mente se sintieron como leguas de castigo. El suelo no era de piedra pulida, sino de un asfalto pegajoso que exhalaba un vaho a metal y desperdicio. Vio figuras acurrucadas en los umbrales, envueltas en harapos que el Tiempo parecía haber masticado y escupido; hombres que dormían sobre cartones mientras perros famélicos, con las costillas marcadas como las teclas de un piano roto, hurgaban en bolsas de basura desparramadas.

    Un grupo de personas salía de un antro cercano, tambaleándose entre risas estridentes y el olor agrio del alcohol barato. Hatta se encogió, apretando su levita blanca contra el pecho. Todo era una nota discordante. Un carruaje de metal rugió a pocos centímetros de él, ignorando la luz roja de un semáforo con una velocidad suicida que le revolvió el estómago.

    «Este mundo no tiene arquitectura», pensó con un desprecio que ocultaba su terror creciente. «Es solo un cúmulo de entropía y desidia».

    — ¡Miren al conde! —gritó uno, soltando una carcajada que terminó en tos.

    — ¡Eh, payaso! ¿Se te perdió el circo o vienes a dar la hora?

    — ¿De qué circo te escapaste?

    — ¡Oye, tú! ¡Cosa blanca! —gritó otro.

    Hatta intentó mantener la mirada fija al frente, pero se sentía en una pasarela de lo grotesco. De repente, una mujer de falda mínima, ojos cansados y labios pintados de un rojo violento se separó de un grupo y le lanzó un beso ruidoso al aire.

    —Qué elegancia, abuelito... —le gritó con una voz ronca.

    — Mi vestimenta es un asunto de dignidad personal, no una invitación al escrutinio público —replicó con una altanería gélida.

    — Ven para acá, que yo te enseño lo que es bueno — respondió haciendo rebotar sus atributos delanteros con las manos.

    Hatta sintió una náusea física y apretó su bastón de plata.

    Los chiflidos empezaron a llover desde los grupos en la acera y las entradas oscurecidas de los locales.

    La gente lo señalaba y se reía, algunos con burla hiriente y otros, más "simpáticos" pero igualmente aterradores, le gritaban: "¡Ey, tú! ¡Ven, no seas pesado! ¡Te invito un trago!".

    Para Hatta, esas invitaciones eran insultos; sentía que cada mirada le arrancaba una hebra de su dignidad.

    Pero lo peor estaba por venir.

    Al doblar hacia una calle más estrecha, se topó con un grupo que bloqueaba la acera. Entre ellos, una figura imponente con peluca rubia platino, tacones de vértigo y un maquillaje que desafiaba cualquier ley de la estética, le cortó el paso.

    — ¡Pero miren qué joyita! —exclamó "ella", con una voz potente que atrajo las miradas de todos los borrachos cercanos—. ¡Si es un muñequito de porcelana! Ven aquí, hermosura... déjame ver si ese sombrerito te hace juego con los ojos.

    —Caballero... o dama... apártese de mi camino —dijo Hatta, su voz era un hilo de seda tensado hasta casi romperse—. Mi tiempo es limitado y mi paciencia, inexistente.

    — ¡Ay, qué fino! —se burló el grupo.

    Hatta se irguió, preparando un acertijo o una sentencia mordaz, pero antes que pudiera reaccionar, una mano rápida y tosca le arrebató el sombrero de copa de un tirón. Hatta sintió el aire frío en su cabello blanco y, por un segundo, el mundo se detuvo. Ese sombrero no era solo una prenda; era su armadura, su último vínculo con la cordura.

    — ¡Devuélvamelo! —rugió, su voz perdiendo toda cortesía.

    — ¿Esto? —La figura del travesti lo hizo girar sobre su dedo como si fuera un juguete y luego se lo lanzó por los aires a otro del grupo que lo azaetó con risa burlesca—. Vamos, bufón, baila un poco para nosotros y te lo devuelvo.

    Dos tipos se acercaron con intenciones claras de asalto, estirando las manos hacia la cadena de oro de su reloj. Fue entonces cuando el instinto de supervivencia de Corazones despertó. Hatta no usó palabras. Con un movimiento fluido, casi coreográfico, descargó su bastón de pomo de plata contra la muñeca del que intentaba tocarlo. Un grito de dolor rompió la noche. Luego, con un giro rápido, golpeó el costado del hombre que sostenía su sombrero.

    El sombrero voló por los aires, pero no cayó en manos de Hatta. Cayó de copa directamente sobre un charco de agua estancada, colillas de cigarrillos y la inmundicia aceitosa del asfalto.

    Los agresores, sorprendidos por la ferocidad del "payaso", retrocedieron mientras Hatta les lanzaba una mirada de odio tan puro que parecía quemar. Se alejaron lanzando insultos y risotadas, dejándolo solo en medio de la podredumbre.

    Hatta se arrodilló. Sus dedos temblaron al recoger el sombrero. La seda estaba manchada de negro, el ala deformada por el golpe. Lo sostuvo contra su pecho, ignorando que la suciedad manchaba su propia levita blanca. Y al ver la calle vacía se detuvo para elegir el camino que se viera menos peligroso.

    Al llegar a la esquina, fuera de la vista de sus verdugos, descargó un golpe rabioso con su bastón contra una pared de ladrillos. El impacto le recorrió el brazo, pero no dolió tanto como el vacío en su pecho.

    Se pasó la mano por el cabello, desordenado y expuesto. ¿Había sido buena idea? ¿Intentar salvar su cordura en un mundo que no tenía alma? Se preguntó si pedir un destino distinto para Jest, ese último acto de lealtad, había sido realmente para salvar a su amigo o para castigarse a sí mismo por seguir vivo.

    Sus ojos se humedecieron, pero no lloró. Un Sombrerero no llora; un Sombrerero se deshace por dentro hasta que solo queda el diseño. No era tristeza lo que sentía, era una soledad tan absoluta que lo asfixiaba. Se vio a sí mismo como lo que le habían gritado: un bufón de feria en un mundo sin magia.

    Entonces, el recuerdo de la mirada de Shelly cruzó su mente. Ella no se había reído. Ella le había dado un té y una invitación. Ella era el único hilo que lo ataba a algo parecido a la humanidad.

    Con el sombrero sucio apretado contra el costado y el orgullo hecho jirones, Hatta dio media vuelta.

    No tenía a dónde más ir.

    Caminó de regreso como un náufrago buscando la orilla.

    Al llegar al salón, golpeó el cristal. Shelly ya estaba lista para marcharse, con su abrigo café y sus guantes negros, a punto de cerrar.

    Al verla con los guantes negros, el recuerdo de Jest lo golpeó con la fuerza de un martillo de sastre. Era él. Era la misma combinación de sombras y sobriedad, la misma elegancia silenciosa que su amigo bufón portaba antes de que el destino se volviera cruel.

    Cuando Shelly abrió la puerta y vio la figura desmoronada de Hatta, su primera reacción fue de puro asombro.

    Él entró al salón con el paso vacilante de un hombre que ha caminado por el infierno y ha traído las cenizas consigo.

    — ¿Pero qué le pasó? —preguntó Shelly, cerrando la puerta con doble llave de inmediato. El sonido del metal encajando sonó como un veredicto de seguridad.

    —Lady Shelly… me temo que su ciudad carece de la imaginación necesaria para apreciar mi compañía —logró decir, su voz era un hilo de seda desgarrado.

    — T-t-tome asiento por favor — la estilista cerró la persiana de la puerta de vidrio.

    Hatta se dejó caer en el sillón verde agua con la rabia contenida en los labios.

    Shelly lo escudriñó bajo la luz tenue de los neones que se filtraban por el cristal. Notó la mancha oscura y viscosa en el sombrero que él apretaba contra sus rodillas, y las salpicaduras de barro en su levita, antes impecable. Apretó los labios, sintiendo una punzada de rabia protectora, y apartó la mirada brevemente.

    — ¿Le robaron? —preguntó ella en un susurro.

    —Nadie me pidió un acertijo para quitarme mis pertenencias, milady. Simplemente intentaron tomarlas —respondió Hatta con una indignación que le encendía las mejillas—. Por suerte, no les di la oportunidad. Me vi en la terrible, en la vulgar obligación de un duelo físico.

    Hatta bajó la cabeza; avergonzado. Para un hombre acostumbrado a ganar batallas con una sola palabra mordaz o una reverencia perfecta, haber tenido que golpear a alguien con su bastón se sentía como una derrota moral. Había caído al nivel de la fuerza bruta.

    Shelly no encontró las palabras adecuadas para la impotencia que sintió al oír el relato, por lo que buscó una solución rápida en lugar de palabras de aliento.

    —Allá atrás hay un colchón. Lo uso para quedarme de vez en cuando si el trabajo se alarga —dijo ella, señalando el pequeño almacén—. Pero tendrá que quedarse en ese sillón. Porque yo también planeo quedarme… No voy a dejar a un desconocido a solas en mi santuario de belleza.

    Hatta se tensó. El rojo de la vergüenza le subió por el cuello, contrastando con su cabello blanco. Haber caído tan bajo como para dormir en un sillón frente a una mujer que bien podría considerarlo un loco… era el castigo perfecto del Tiempo.

    —No me queda otra opción que aceptar los términos —respondió él, usando su sombrero abollado como un escudo.

    Shelly se dirigió a paso veloz hacia el final del local y regresó al área principal arrastrando el pesado colchón.

    Hatta, impulsado por un instinto de caballero que ni el lodo de la ciudad, ni la fatiga de sus nervios podían borrar, se puso de pie con una agilidad casi mecánica.

    —Permítame, Lady Shelly —dijo él, extendiendo sus manos pálidas—. Este colchón triplica sus dimensiones y temo que la deje aplastada bajo su peso.

    —Usted toma confianza bastante rápido —replicó Shelly, aunque le permitió tomar el colchón, sintiendo el alivio en sus brazos.

    —Solo señalo lo evidente, milady —respondió Hatta con esa entonación elegante y ligeramente altiva que no lo abandonaba ni en la miseria—. ¿O acaso se atreve usted a contradecir la realidad absoluta de nuestra diferencia de escala?

    Shelly guardó silencio, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas. Estaba roja de vergüenza ante la inapelable verdad de sus palabras. Se adelantó apresuradamente para extender una sábana vieja sobre el piso.

    —Es para que no se manche —murmuró, evitando la mirada de esos ojos amatista que parecían leer entre líneas.

    Hatta dejó caer el colchón sobre la tela con una delicadeza que Shelly no esperaba de alguien tan exhausto.

    Ella se escabulló de vuelta al almacén y regresó al momento con un par de mantas de polar y una almohada.

    —Usted tendrá que usar esos cojines del sillón y yo esto —sentenció ella, dejando la almohada sobre el colchón y repartiendo el escaso inventario de comodidad—. Solo tengo dos mantas aquí, por lo que me temo que será una noche bastante fría para ambos.

    Shelly suspiró, añorando por un instante la calidez de su cama en casa, pero su terquedad era un muro infranqueable: no dejaría a aquel extraño solo en su santuario.

    —No tengo ningún inconveniente con el rigor del clima —respondió Hatta, acomodándose con una elegancia que hacía que el sillón verde agua pareciera un trono—. De hecho, esto ya representa una cuota de hospitalidad que excede por mucho mis méritos actuales, milady.

    Antes de que el silencio se apoderara del salón, Hatta dejó claro que, aunque su dignidad estaba herida, sus estándares de higiene permanecían intactos. Shelly, comprendiendo que el hombre preferiría dormir a la intemperie antes que con la levita manchada de lodo de la calle, tomó cartas en el asunto.

    —Démela —dijo Shelly, extendiendo la mano—. La dejaré remojando en el lavapelo con un quitamanchas potente. Mañana veremos si sobrevive.

    Hatta se despojó de la levita y el chaleco morado con movimientos lentos, casi ceremoniales. Se quitó la corbata de seda roja, dejándose solo la camisa de algodón fino y el pantalón. Sin sus capas de seda, Hatta parecía un poco más real, un poco menos "personaje", aunque su postura seguía siendo la de un rey en el exilio.

    Mientras las prendas se hundían en el agua jabonosa —la blanca en el lavapelo y la de color en otro contenedor—, un ruido extraño interrumpió el silencio: el estómago de Hatta emitió un quejido audible. Él cerró los ojos, mortificado.

    — ¿Le gusta la comida china, Hatta? —preguntó Shelly, sacando su teléfono.

    — ¿Comida... de dónde? —Él frunció el ceño.

    Shelly sonrió de lado y comenzó a deslizar el dedo por la pantalla.

    —Ya lo verá. No tengo cómo cocinar aquí, así que dejaré que otros hagan el trabajo por nosotros.

    Hatta se acercó, observando la pantalla plana con una mezcla de sospecha y fascinación absoluta.

    — ¿Insinúa que a través de ese cristal encantado puede convocar un banquete? Es una forma de taumaturgia bastante compacta, Shelly. En mi mundo, para tal hazaña se requeriría al menos un par de flamencos, una baraja completa de cartas y uno de mis sombreros.

    Shelly encargó arroz chaufán y chapsui de carne para ambos. Mientras esperaban, preparó una tetera de té chai. El aroma de la canela, el clavo y el jengibre inundó el salón, actuando como un bálsamo para las penas del día.

    Cuando llegó el repartidor, Hatta observó el intercambio de bolsas de papel con una ceja levantada. Se sentaron a comer sobre la mesa plegable que ella guardaba en ese almacén. Hatta manipuló los cubiertos con una precisión quirúrgica, analizando cada ingrediente del chapsui como si fuera un mapa.

    —Es... interesante —comentó Hatta tras el primer bocado—. Una combinación de texturas que desafía la lógica de un estofado tradicional. Y este té... —Cerró los ojos, inhalando el vapor—. Es lo primero que me hace sentir que mis pies están, al menos, en la misma dimensión que mi cabeza. Gracias, Lady Shelly.

    —Es mi mayor placer que le guste. El té chai lo uso para recuperar mi poder cuando atravieso momentos difíciles —confesó Shelly, envolviendo sus manos alrededor de la taza y cerrando brevemente los ojos. El vapor especiado parecía borrar, por un instante, las sombras de cansancio bajo sus ojos.

    Comieron en un respetuoso silencio. El hambre era un enemigo común que no admitía distracciones, y el sabor del arroz y el jengibre parecía anclarlos a ambos a la mesa de diseño.

    Shelly se disculpó brevemente por no soltar su rectángulo de cristal; sus dedos se movían con rapidez, respondiendo mensajes de clientes para el sábado, el día en que su agenda se volvía un rompecabezas sin espacio para el error.

    Una vez acabaron, Shelly guardó el resto de su porción en un mini refrigerador oculto en un rincón, mientras Hatta observaba su plato vacío con una mezcla de satisfacción y melancolía.

    Ella se acercó a unos cajones desordenados y, tras revolver un poco, extendió un cepillo de dientes nuevo, aún en su envoltorio.

    —Por favor, es para usted —dijo ella con naturalidad.

    Hatta aceptó el objeto con manos temblorosas. Una profunda vergüenza, roja y punzante, le recorrió el pecho. En su mundo, un caballero jamás permitiría que una dama procurara su higiene personal sin ofrecer una joya, un poema o, al menos, una reverencia que valiera un imperio. Estar allí a merced de la generosidad de una extraña, lo hacía sentir más desnudo que si le hubieran quitado la ropa.

    —Le prometo, por la seda más fina de Corazones, que esta deuda quedará grabada en una parte de mi memoria que el Tiempo no podrá borrar— murmuró él, bajando la mirada hacia el cepillo de dientes como si fuera un artefacto sagrado.


    Pronto, el salón quedó sumido en una penumbra azulada. Shelly se acomodó en su colchón en el suelo y Hatta se recostó en el sillón, envuelto en una manta de polar que olía a detergente y hogar.

    — ¿De dónde es usted realmente, Hatta? —preguntó ella, mirando al techo.

    —De un lugar donde es posible lo imposible.

    —Eso no me dice nada —contestó ella con un deje de decepción.

    Hatta guardó silencio, mirando su sombrero en la oscuridad. Sus ojos parecían viajar a través de dimensiones que ella no podía imaginar.

    —Ha sido un tiempo largo… Semanas, meses… Dejé de contar desde que perdí a alguien importante.

    — ¿Una novia? —preguntó Shelly, la curiosidad ganándole a la prudencia.

    —Un amigo. El más querido.

    El silencio cayó como un telón pesado. Shelly se sintió pequeña, reduciéndolo todo a sus propios esquemas de romances fallidos.

    —Siento mucho su pérdida, Hatta. Sé lo que es perder a alguien y, con ello, perder el sentido del tiempo.

    —Lamento su pérdida, Lady Shelly —dijo Hatta, y su voz sonó inusualmente humana—. Es usted bastante sabia pese a su corta edad.

    —Diría que traumada y golpeada por la vida, señor Hatta —ella eleva su rostro para encontrarse con la mirada de él —. De experiencia me queda, al menos, el dolor.

    Hatta se incorporó un poco, intrigado.

    —Ya que estamos aquí, compartiendo esta… hospitalidad… supongo que puedo atreverme a preguntarle su edad.

    —Tengo treinta y cinco —respondió ella con naturalidad.

    Hatta se sentó de golpe, con los ojos desorbitados.

    —Imposible.

    Shelly soltó una pequeña risa.

    —Es la verdad. ¿Por qué nadie me cree?

    Hatta se quedó mudo, agobiado por una revelación que parecía sacudir los cimientos de su lógica. Sus ojos recorrieron los rasgos de ella como si buscara una costura, un truco de magia.

    —El Tiempo no pasa por usted… —susurró para sí mismo, dejándose caer de espaldas—. El Tiempo la respeta. Por eso la pasa por alto… Por eso me trajo hasta aquí.

    Cerró los ojos, murmurando con un rencor asombrado hacia su antiguo carcelero: «Qué malvado eres, Tiempo. Me tienes prisionero y me muestras a una criatura que no sé por qué razón se ha ganado tu respeto. No parece más que una chiquilla… y tiene más años de los que aparenta. Santo Cielo».
     
  4.  
    Navaja

    Navaja El mundo está esperando ahí

    Libra
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    Escritora
    Título:
    Entre tazas y tijeras (Heartless Marissa Meyer)
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    2456
    Capítulo Cuatro
    Hatta se mantuvo en silencio unos segundos, procesando la cifra de treinta y cinco años, hasta que la curiosidad—esa vieja espina que siempre lo pinchaba—lo obligó a indagar más allá de la superficie.

    —Dígame, Lady Shelly... —comenzó él, con una entonación que sugería que estaba a punto de plantear un enigma de estado— ¿Cómo es posible que a su edad, y con este... "santuario" bajo su mando, no haya recibido aún algún prospecto digno de su atención?

    Shelly, acomodada bajo su manta a rayas, frunció el ceño en la penumbra.

    — ¿Prospecto? ¿A qué se refiere con eso?

    — Cortejo, milady. Pretendientes. Caballeros que compitan por el privilegio de su compañía y, eventualmente, por su mano —explicó Hatta, gesticulando levemente con una mano pálida en el aire.

    Shelly no pudo evitar una risa seca que resonó entre los espejos del salón.

    —Por supuesto que los he tenido. Pero ninguno ha logrado llenar mis expectativas.

    Hatta se incorporó sobre un codo, con los ojos amatista brillando con una mezcla de sorpresa y un horror genuino, casi cómico.

    — ¿O sea que se mantiene solterona por voluntad propia? —preguntó, subrayando la palabra con un tono de incredulidad absoluta—. ¿Rechaza el orden natural de las alianzas sociales simplemente porque... no le "parecen"? ¡Santo Cielo! Es usted una anarquista del corazón.

    Shelly se giró hacia él, apoyando la mejilla en su almohada, disfrutando de la reacción escandalizada del sastre.

    —La soledad ha sido mi más grata compañera, señor Hatta —respondió ella con una calma que lo desarmó—. Y si nadie ha podido hacer que su compañía sea más tentadora que mi libertad... entonces prefiero la soltería. Es un precio que estoy más que dispuesta a pagar.

    Hatta se dejó caer de espaldas contra los cojines, suspirando con pesadez, como si acabara de descubrir una nueva ley de la física que no le gustaba en absoluto.

    —Libertad... —murmuró él para sí mismo—. Una palabra peligrosa, Lady Shelly. Yo pasé gran parte de mi existencia buscando una libertad que terminó por deshilachar mi cordura. Y usted la usa como si fuera una seda cotidiana que se pone cada mañana.

    Se ajustó la manta melocotón, mirando hacia el techo del salón, donde las sombras de los autos bailaban en silencio.

    —Es usted una criatura verdaderamente desconcertante —añadió en un susurro—. El Tiempo la respeta, la soledad la acompaña y la libertad la viste. Empiezo a creer que no he caído en un mundo ordinario, sino en el jardín de una reina que no necesita corona para gobernar su propio caos.

    Hatta se quedó sumido en un silencio tenso, procesando la idea de una mujer que elegía la soledad como si fuera el color de una cinta para un sombrero. Pero había algo que todavía no encajaba en su cuadriculada concepción del orden social.

    — ¿Y qué opinan sus padres de semejante... extravagancia? —preguntó Hatta, con una nota de genuina preocupación en su voz aterciopelada—. Seguramente ellos tendrán alguna palabra que decir sobre la preservación de su linaje y su seguridad futura.

    Shelly soltó una risa amarga que cortó la penumbra del salón como una navaja bien afilada.

    —Mis padres decidieron que no era digna de ser su hija hace mucho tiempo —confesó ella, mirando un punto fijo en la oscuridad del techo.

    Hatta se incorporó de golpe, sus ojos amatista dilatándose por el horror. Se quedó petrificado, como si Shelly acabara de describir un ritual prohibido o una ejecución pública. Para alguien que comprendía la lealtad como el hilo que sostiene el tejido del universo, la idea de unos padres abjurando de su propia sangre era una blasfemia arquitectónica.

    — ¿No... Digna? —repitió él, con la voz cargada de un asombro casi doloroso—. ¿Insinúa usted que la han desterrado? ¡Es una aberración! Ni siquiera la Reina más despiadada se atrevería a...

    Se interrumpió, su respiración agitada contrastando con la calma de Shelly.

    — No se preocupe, Hatta. En serio.

    Ella simplemente continuó, con esa voz que cargaba el peso de los años que el Tiempo no se atrevía a marcar en su rostro.

    —Y mis abuelos prefieren mi soltería, así que estamos todos contentos —añadió ella, cerrando el tema con una practicidad que a Hatta le resultaba fascinante y aterradora a la vez.

    Hatta guardó silencio, pero su mente era un torbellino. Se volvió a recostar lentamente, aunque sus dedos jugueteaban nerviosos con el borde de la manta melocotón.

    — ¿Sus abuelos? —murmuró al fin, incapaz de contener su naturaleza inquisitiva—. ¿Son ellos los que custodian ahora su honor en ausencia de sus progenitores? Dígame, Lady Shelly... ¿cómo puede un corazón latir con tanta fuerza cuando ha sido desconectado de su raíz?

    Shelly se acomodó debajo de la frazada y se frotó las manos para espantar el frío.

    — Es una larga historia, Hatta… No sé si le interese saber la desdicha de una desconocida… Pero se lo resumo de la siguiente manera: Mis abuelos, que son… mi única familia actualmente, no confían en mi criterio para elegir pareja. Así que me han rogado que no acepte a nadie ni me deje engatusar por nadie y la verdad, les encuentro razón… No soy buena escogiendo compañía.

    Ella se ríe para aminorar el peso de la incomodidad y vulnerabilidad que le provoca confesar esto.

    Hatta se mantuvo rígido en el futón, procesando las palabras de Shelly con la intensidad de un sastre que intenta enhebrar una aguja en medio de un terremoto. En su mundo, las "desdichas de desconocidos" eran a menudo la moneda de cambio en las fiestas de té, pero lo que ella describía no era un simple chisme; era una falla estructural en el tejido de su vida.

    — ¿Desdicha? —repitió él, y el tono de su voz bajó una octava, perdiendo parte de su teatralidad para volverse extrañamente serio—. Lady Shelly, en mi experiencia, las historias de los desconocidos son las únicas que conservan un rastro de verdad. Las de los amigos suelen estar demasiado remendadas por el afecto.

    Se giró hacia ella. Sus ojos amatista brillaron con una chispa de análisis clínico.

    —Me resulta fascinante que sus abuelos, en su infinita y aparentemente conservadora sabiduría, hayan decidido que el remedio para un mal juicio sea la abstinencia absoluta —comentó Hatta, inclinando levemente la cabeza—. Es como prohibirle a un sombrerero tocar la seda porque una vez se pinchó con un alfiler. Un tanto extremo, ¿no cree?

    —Pues… ¿Qué se yo? — Shelly se rió nerviosamente alzando ambos hombros.

    Hatta no se rió con ella. En lugar de eso, la observó con una fijeza que habría resultado incómoda si no fuera porque sus ojos reflejaban una comprensión muy antigua.

    —Usted dice que no es buena escogiendo compañía —dijo él, midiendo cada palabra como si fuera seda preciosa—. Y sin embargo, aquí está, compartiendo su santuario, su té y su protección con un hombre que le ha inspirado la suficiente lástima para compartir una sala.

    Hatta dejó escapar un suspiro largo y se recostó de nuevo, mirando las sombras que danzaban en el techo del salón.

    Shelly solamente lo miraba en silencio como recibiendo una reprimenda de un superior.

    —Si me permite el atrevimiento, Lady Shelly... creo que su criterio es mucho más agudo de lo que sus abuelos suponen. O quizás —añadió en un susurro cargado de ironía—, es que su instinto reconoce mi presencia como inofensiva. Después de todo, es difícil que alguien la "engatuse" cuando ese alguien está más preocupado por la simetría de su sombrero que por los asuntos del corazón.

    El silencio volvió a caer sobre la formación en "L" de sus lechos improvisados. Hatta cerró los ojos, pero antes de rendirse al sueño, murmuró casi para sí mismo:

    —No se culpe por sus elecciones pasadas. El Tiempo tiene la costumbre de enredar los hilos solo para ver cómo intentamos desatarlos. Mañana, si me lo permite, revisaremos ese "criterio" suyo bajo la luz del sol. Puede que descubramos que no está roto... solo estaba esperando una compañía que no necesitara ser elegida, sino simplemente reconocida.

    Cuando Shelly nota que Hatta finalmente se acomoda en el sillón, hundiéndose en los cojines y cubriéndose con la manta melocotón hasta la nariz, el silencio del salón se siente más denso, casi tangible. Ella lo observa desde su colchón, dudando por un segundo, hasta que murmura:

    — Hatta, a mí también me gustaría preguntarle… Sobre usted. ¿O está demasiado cansado como para continuar y prefiere esperar hasta mañana?

    Bajo la luz azulada que entra por el ventanal, Hatta permanece inmóvil un instante. Luego, la manta baja lentamente, revelando sus ojos amatista que brillan con una lucidez cansada pero atenta.

    — El cansancio es una noción relativa cuando se ha vivido huyendo de las agujas del reloj, Lady Shelly —respondió él, y su voz, aunque amortiguada por la tela, conservó su elegancia cortante—. Mi mente es un desván lleno de sombreros viejos y recuerdos que no siempre encajan, pero usted... —Hatta hizo una pausa, y por primera vez, su mirada no buscó un defecto en el techo, sino que se encontró con la de ella.

    Él suspiró, acomodando el cojín bajo su cabeza con un movimiento lento.

    — Pregunte lo que desee.

    Shelly se acomodó mejor, sintiendo la suavidad de su manta contra la mejilla, y lanzó la pregunta que había estado rondando su mente desde que vio aquella levita de seda imposible.

    — ¿A qué se dedica usted, Hatta?

    Hatta guardó silencio un momento. En la penumbra, Shelly pudo ver cómo se incorporaba apenas un poco, lo suficiente para que su silueta destacara contra el respaldo del sillón. Sus manos, largas y elegantes, se movieron de forma inconsciente, como si buscaran una aguja invisible en el aire.

    —Soy Sombrerero, milady —respondió él, y su voz recuperó ese matiz de orgullo aristocrático que solo surgía al hablar de su arte—. Un sombrero no es una prenda; es la arquitectura de la identidad. Es el remate final que define quién es un hombre y quién desea ser.

    Se pasó una mano por su cabello blanco, desordenado por la lucha en la calle, y suspiró con una mezcla de nostalgia y amargura.

    —Mi taller era un lugar donde la seda se encontraba con la fantasía —continuó, con un brillo febril en los ojos—. Sin embargo —Su mirada se ensombreció, volviendo a su sombrero manchado que descansaba cerca—... El Tiempo es un patrón exigente y, a veces, decide que la moda de la cordura ha pasado de temporada.

    Hatta volvió a cubrirse hasta la nariz con la manta melocotón, pero no apartó la vista de Shelly.

    —Ahora soy un artesano sin taller, en una ciudad que parece preferir la uniformidad del asfalto al esplendor de una buena copa de seda.

    —Definitivamente usted no podía ser alguien común —murmuró Shelly, dejando que una sonrisa suave iluminara su rostro mientras miraba al techo, como si intentara visualizar ese mundo de hilos de oro—. Un sombrerero... —repitió con deleite, saboreando la palabra—. Parece casi sacado de un cuento.

    Hatta sintió una punzada de orgullo mezclada con una melancolía corrosiva. Que ella lo viera como algo fantástico le devolvía, por un instante, la corona que el asfalto de la ciudad le había arrebatado.

    —Los cuentos suelen tener finales, milady, y yo aún estoy atrapado en el epílogo de uno muy amargo —respondió él. Sus dedos largos recorrieron el borde de la manta melocotón, un gesto nervioso que delataba su necesidad constante de tocar texturas, de crear algo con la nada.

    Shelly se sentó en el colchón con las piernas cruzadas, cubriéndose los hombros con la manta como si fuera una túnica real, y lo miró con una seriedad que lo obligó a sostenerle la mirada.

    — Pero, ¿por qué dice que se quedó sin taller? ¿Puede contarme o es demasiado doloroso aún?

    Shelly se inclinó hacia adelante, con los codos apoyados en sus rodillas y la manta cubriéndola como un refugio. Ponía a prueba toda su inteligencia para desentrañar el lenguaje de Hatta, buscando la verdad tras sus metáforas.

    Hatta se tensó bajo el abrigo de polar. Por un momento, el tic-tac de un reloj invisible pareció resonar en sus oídos, más fuerte que el zumbido de la ciudad. Se pasó una mano por el cabello blanco, apartando un mechón rebelde con una elegancia que rozaba la desesperación.

    —Hice una transacción, milady —corrigió Hatta, y su voz recuperó ese tono cortante y preciso —. Visité al Tiempo porque la locura ya se sentaba a mi mesa. No podía permitir que la insensatez de una sola mujer nos arrastrara a todos al matadero.

    Hatta cerró los ojos, y en la oscuridad de sus párpados volvió a ver los espejos de su taller, las cintas de colores y la silueta de un bufón que una vez fue su mejor amigo.

    —Le pedí que retrocediera las manecillas. Antes de que el amor se pudriera y mi mejor amigo terminara siendo un mártir... y yo, un espectáculo lamentable de tazas rotas. A cambio, le entregué mi botín: cada segundo que le había birlado a los siglos.

    Se volvió a hundir en el sillón, dejando que la manta lo cubriera casi por completo, como si quisiera desaparecer en las sombras.

    Hatta guardó un silencio sepulcral, observando cómo las luces de la calle dibujaban sombras geométricas en las paredes del salón.

    Shelly contuvo el aliento. Podía sentir el peso de una tragedia épica en la habitación.

    — ¿Y él aceptó? —murmuró Shelly, fascinada por la magnitud del sacrificio.

    Hatta se incorporó un poco, sus ojos amatista brillando con una intensidad febril.

    —El Tiempo es un usurero, milady. No acepta devoluciones, solo pagos con intereses. Me arrojó aquí, a este lugar, para asegurarse de que mis acertijos no vuelvan a estropearle los engranajes —Hatta empuñó sus manos pálidas—. Un castigo perfecto para un hombre que creía poder dominar las horas.

    Shelly sintió un nudo en la garganta.

    —Entonces... usted lo dio todo por ellos —susurró ella, con una nota de profundo respeto.

    Hatta volvió a cubrirse con la manta hasta la nariz, buscando ocultar la vulnerabilidad que esa confesión le había provocado con una sonrisa autosuficiente.

    —No sea sentimental, Lady Shelly. Simplemente hice una inversión. Ahora, guarde silencio; las palabras son demasiado baratas y ya he gastado una fortuna esta noche.

    Shelly abrió la boca para preguntar por aquel amigo, aquel cuya pérdida lo hacía compararla con un fantasma, pero al ver la forma en que Hatta se ocultaba tras la manta —como quien intenta protegerse de sus propios recuerdos—, decidió callar.

    — Descanse, señor Hatta —murmuró ella, acomodándose en su propio colchón.

    No hubo respuesta, solo el sonido de una respiración que intentaba acompasarse con el silencio de un mundo que no le pertenecía. Shelly cerró los ojos, sabiendo que el mañana traería nuevas preguntas, pero por ahora, el refugio era suficiente.
     
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