Feliz día, mamá Había solo un restaurante en Pueblo Paleta. Bueno, restaurante-posada, porque en la primera planta estaba el comedor y la planta de arriba eran habitaciones para los viajeros. Lo había heredado de su madre y, como todo negocio, los primeros años fueron de trabajo muy intenso y con mucha presencia. Ahora solo administraba y visitaba eventualmente para asegurarse de que siguiera manteniendo la calidad y el ambiente que se prometió perpetuar. A veces miraba con nostalgia las instalaciones. Recordaba a un Ash que aprendió a caminar entre las mesas del comedor y las ollas de la cocina, y una sonrisa nostálgica apareció en su rostro. A veces tenía que dejar todo porque Ash era sorprendentemente bueno para meterse en problemas, y tenía que ir con el niño en brazos al centro médico porque se había caído de la escalera, o había agarrado un cuchillo cuando nadie lo veía, o se había quemado al alcanzar una olla. Había un poco de culpa también. Porque lo ideal era tenerlo en casa. Criarlo, estar con él, como lo hacían las madres de las revistas. Pero la realidad era que estaba sola en esa tarea y el único sustento familiar era ella. No podía dejarlo en casa de una abuela que no existía para él, ni dejarlo en el jardín de niños porque el más cercano estaba en Ciudad Verde y no tenía quién le ayudara a llevarlo. Así que Ash creció entre ollas y mesas, con el ruido de platos y conversaciones de fondo, con el olor a comida casera en el ambiente. Aunque no fuera lo ideal, ella estaba ahí. Pero se cuestionaba. Todo el tiempo se cuestionaba. Si había sido suficiente. Si debió haberse esforzado más. Si había sido un ambiente apropiado para un niño con demasiada energía y demasiada curiosidad. Pero su Ash había crecido, y siempre estaba tan agradecido de ella. Y eso, en lugar de tranquilizarla, a veces la hacía sentir peor. Porque pensaba que Ash no tenía con qué comparar su infancia. Que tal vez le agradecía simplemente porque no conocía otra cosa. Y ahora, que había pasado al restaurante, veía a las mamás siendo celebradas por sus hijos. Claro. Era el día de la madre. Y el sentimiento llegó con aún más profundidad. Esa sensación de que pudo haberlo hecho mejor. Pero ya no había nada que hacer. Sólo aceptar que esa había sido su realidad. Después de dar algunas indicaciones a los chicos (así le decía a los trabajadores), les dejó unas galletas bañadas en chocolate que ella misma había preparado. —Para que le lleven algo a sus mamás. Y entonces tomó su bolso y caminó de regreso a su casa. Tenía una sonrisa en el rostro porque ese día sí estaría Ash en casa. Él siempre trataba de hacer lo posible para estar en Kanto en las fechas importantes, pero pocas veces coincidía para ese día en particular. Y, siendo honestas, si hubiera solo un regalo que ella pudiera pedir, era simplemente estar con él. Apostaba que Ash probablemente ni siquiera sabía qué fecha era, pero no importaba. Porque aunque se despistara, estaba ahí. Con ella. ----------------------------------------------------------------------------- Cuando llegó a casa, la puerta se abrió antes de que pudiera girar la llave en la cerradura. Ash estaba ahí con una sonrisa de esas. La misma que ponía cuando quería mostrarle que había ganado una nueva medalla o que había capturado un Pokémon raro. —¡Hola, mamá! Delia sonrió al verlo tan animado. —Hola, Ash. ¿Qué tal…? Pero no la dejó terminar. Le recibió el bolso y lo dejó colgado en el perchero, para luego tomarle la mano y llevarla hacia la sala de estar. —Todo bien. Oye… ¡tengo algo que mostrarte! Por cómo Ash le hablaba, podría jurar que se había acordado (o alguien le había dicho) que era un día especial. Así que se dejó llevar a la sala. Y no estaba equivocada. En la mesita de centro había un pastel. Una torta decorada con chocolates de colores y caramelos, esparcidos como si no fuera suficiente color ya. Y entre ellos, las letras que decían "Feliz día” Sintió algo cálido en el corazón. No se esperaba que Ash se acordara, y menos que haya pensado en preparar esa torta que claramente no había comprado. —Cariño, está perfecta… No tenías que… Y entonces escuchó: —¡Feliz día! Pero no era la voz de Ash solamente. Era un coro, varias voces que reconocía muy bien. Levantó la mirada y entonces empezaron a aparecer los amigos de Ash. De detrás de la escalera, de la habitación, de detrás de la cortina. Estaban Misty y Daisy con unos globos; al lado opuesto, Tracey y Gary. Los cuatro se acercaron a ella. Misty y Daisy con una sonrisita animada, Tracey con una sonrisa más tímida y un brazo detrás de la cabeza, y Gary tratando de conservar algo de dignidad, aunque tenía las mejillas sonrojadas. —Chicos… ustedes… Ash la tomó suavemente del brazo, invitándola a sentarse. —Brock también quería venir, pero después dijo que no iba a ser buena idea porque su propia mamá le cobraría sentimientos. Pero dejó esto para ti —dijo Ash, apuntando al pastel que estaba en la mesita. Delia lo observó unos segundos. Sabía que Brock era un gran cocinero y sabía que el exceso de dulces y decoración era a propósito. Era la clase de pastel que probablemente habría hecho un niño para su madre, y la sola idea le enterneció de una manera difícil de describir. —Está… perfecto. Luego vio cómo Daisy le daba un pequeño codazo a su hermana. Misty le gruñó y luego, con expresión avergonzada y las mejillas sonrojadas, empezó a hablar. —Bueno… queríamos solamente agradecerte por… estar para nosotros. Delia la miró. La misma niña que un día había llegado a su casa junto a Brock y Ash, y con quien, poco a poco, había construido un vínculo que iba mucho más allá de ser la mejor amiga de su hijo. Misty levantó ligeramente la mirada y continuó. —Por… cómo nos has recibido en tu casa… como si fuéramos parte de tu familia. Y… sé que vas a decir que no es nada, pero… lo hablamos el otro día y decidimos que queríamos hacerte saber que para nosotros… lo es todo. Delia sintió que sus propios ojos la traicionaban. Los chicos. Esos niños que un día corrían por Pueblo Paleta, peleaban en su sala, vaciaban su refrigerador y se quedaban dormidos viendo películas en el suelo… Esos niños, que ahora eran jóvenes de entre quince y veinte años, y más, se habían puesto de acuerdo para celebrarla a ella en el día de la madre. —Chicos… me van a hacer llorar. —¡Espera! No puedes llorar aún, te tenemos unos regalos. Delia hizo un gesto para que se acercaran y los chicos la rodearon, sentándose un poco apretados en el sillón. Tracey fue el primero. Tenía un sobre y dentro, un papel doblado. —Yo… te quería agradecer por hacerme sentir que lo que hago es importante. Dijo él, algo avergonzado, pero profundamente agradecido. —Siempre quise que uno de mis dibujos terminara en la nevera de mis padres, pero… el primero de mis dibujos que terminó en una nevera fue… el que te di a ti, hace años. Eso… nunca lo olvidaré. A ella se le apretó el corazón. Recordaba perfectamente el dibujo. Lo había guardado porque no quería que se dañara. —Ese dibujo que me hiciste con los Pokémon del laboratorio. Delia, entonces, abrió el sobre. Sabía que Tracey era un artista, sabía que podía hacer dibujos realistas y complejos que rivalizaban con fotografías. Pero esta vez le había dado un dibujo como de niño. Con monigotes de colores que los representaban a todos ellos, y ella en el centro. Trazos simples, deliberadamente torpes, todos con caras sonrientes. Era un dibujo… de una familia. Ella lo miró como un tesoro, pasando los dedos por cada una de las figuritas. —Tracey… No pudo decir nada más. Porque ella sabía. Sabía que Tracey había querido poder tener a alguien que viera sus dibujos y le dijera que estaban hermosos. Y que ese dibujo no era el de un artista haciéndose el humilde. Era el dibujo que el niño Tracey nunca tuvo a quién dárselo. —Me encanta. Es… es justo lo que somos nosotros. Ash se acercó con energía. —Lo vas a colocar en la nevera, ¿verdad? Ella sonrió, sin soltar las manos de ese dibujo. —Claro que sí. Entonces llegó el turno de Misty. Ella desvió la mirada, sonrojada, antes de acercar la bolsita con su regalo. —Feliz día, Delia. Ella lo sacó con cuidado. Era un marco de fotos decorado con exceso de brillantina y lentejuelas. Dentro había una foto de todos ellos: Delia, Ash, los chicos, el profesor Oak. Todos en la sala de esa misma casa, y de fondo, el árbol de navidad que habían decorado entre todos. —Es… de la Navidad pasada. Delia miró el marco y la foto como si fueran un tesoro. —Yo… quería agradecerte por… hacerme sentir parte de tu familia. Por enseñarme cosas que solo una mamá enseña. Por… haberme tratado como la niña de diez años que era, y no… como la líder de gimnasio de Ciudad Celeste. Delia estaba conmovida. Vio en Misty a la niña de siempre, la que ocultaba sus miedos e inseguridades con su coraza, que cuidaba a su hijo como si fuera la persona más importante del mundo. Ella sabía que Misty tenía solo cinco años cuando sus padres abandonaron el gimnasio, y lo mucho que probablemente significaba ese pequeño marco de fotos bañado en brillitos. —Misty… —No digas nada todavía o voy a llorar yo también —dijo Misty con una risa que le tembló un poco. Delia sonrió, y antes de que pudiera decir algo, se acercó Daisy y le entregó un sobre de regalo. Dentro había un collar de pasta, pintado con esmalte de uñas y con muchos brillos. —Yo… siempre quise hacer uno de estos. Me da gusto que pueda dártelo a ti. —Daisy, es… perfecto. Y se lo colocó en el cuello. Y a pesar de que era solo un collar de pasta, era muy bonito. —Te quería agradecer por… Se le rompió la voz y miró a otro lado, abanicándose con la mano para que no se le cayera ninguna lágrima y le corriera el maquillaje. —Por ver más allá de las apariencias. Nunca voy a olvidar cómo cuidaste de mí… ese día que estaba enferma. Yo… no sabía que necesitaba tanto que alguien me cuidara un día. Solo… un día. A Delia se le apretó el corazón. Se le corrió el maquillaje a ella también, y no le importó en lo absoluto. Habían pasado años para que Daisy finalmente dejara de esconderse detrás de una capa de perfección, para abrir su corazón a ella. Aquella niña que había tenido que tomar responsabilidades de adulto porque sus padres la habían dejado sola con tres hermanas y un gimnasio que sostener. Y si había algo que Delia agradecía con todo su corazón, era que esa niña le hubiera abierto el suyo a ella. No se quedó mucho tiempo pensando en eso porque justo Gary se acercó a ella, con una bolsa de regalo en las manos. Estaba mirando a lado, como si mostrar lo que sentía fuera algo vergonzoso. Se cruzó de brazos, los descruzó, y finalmente habló mirando un punto fijo en la pared. —Yo… quería agradecerte por… estar orgullosa de mis logros, como si fueran tuyos. Hizo una pausa y se atrevió a mirarla a los ojos. —Cuando éramos niños… no sabía por qué me gustaba tanto estar acá. Y con los años lo entendí. Porque no tenía que hacer ningún esfuerzo… para tener tu aprobación. Le dio un joyero hecho de palitos de madera, con un mosaico de papeles de colores perfectamente alineados. Era impecable, cada pieza en su lugar, cada ángulo preciso. Ash lo miró y se burló: —Gary, se supone que la temática era hacer regalos que haría un niño. Gary lo miró con una ceja alzada y mirada orgullosa. —Yo siempre fui bueno en todo, desde niño. Incluso en las manualidades. Delia se rio. Y algo en esa risa le agradeció a Gary, porque aflojó la tensión justa para que ella pudiera seguir respirando. Ella pasó los dedos por el mosaico perfectamente alineado. Era tan Gary. Tan correcto, tan impecable, tan cuidadosamente hecho… que le dolió pensar que, incluso de niño, había sentido la necesidad de demostrar que era suficientemente bueno para ser suficiente. Finalmente, Ash le dio su regalo. Era una maceta con pintura de dedos, y dentro, una pequeña planta de baya Aranja. La maceta tenía huellas de dedos y colores por todos lados, y era la cosa más imperfecta y más hermosa del mundo. —Siempre has estado para mí, mamá. Aunque estabas cansada, aunque tenías tanto que hacer… crecí con mi mamá a mi lado. Todos los días. Se rascó la mejilla, como hacía cuando no sabía bien cómo decir algo importante. —Y sé que tuve mucha suerte— La miró a los ojos, con sincera gratitud —Tienes un corazón tan grande… y caben muchas personas en él. Y por eso… queríamos darte esto este día. Delia los miró a todos. A Tracey, que había encontrado en esta casa al alguien que le hacía sentir que importaba, que no era invisible. A Misty, que detrás de toda su fuerza seguía siendo una niña que necesitaba que alguien le cepillara el pelo y le dijera que todo iba a estar bien. A Daisy, que el mundo veía como la hermana perfecta y segura, pero que solo necesitaba que alguien la arropara cuando estaba enferma. A Gary, que había crecido rodeado de expectativas, donde cada logro era lo mínimo esperado y nunca un motivo de celebración. Y a Brock, que no estaba ahí pero que ella sentía presente, Brock que había aprendido a cocinar no por pasión sino por necesidad, que había sido padre antes de ser niño. Y a Ash. Su Ash, que le había abierto la puerta con esa sonrisa. Que había juntado a todos. Porque así era él: juntaba personas, las hacía sentir que pertenecían a algo. Estaba a punto de decir algo cuando Pikachu apareció trotando desde la cocina con una rosa entre las patitas, con expresión solemne. Y detrás de él venía Psyduck con una baya que claramente había sacado del frutero, caminando con su expresión perpetuamente confundida, solo porque había visto a todos dándole cosas a Delia y no quería quedarse afuera. —Pika pi. —¡Psy! Misty se tapó la cara. —Psyduck, eso es del frutero de Delia… Delia se rio. Una risa que le salió del alma. Tomó la rosa y la baya y los acercó a todos. —Vengan aquí. Los abrazó. A los que pudo alcanzar, y los que no alcanzó se sumaron solos. Un abrazo apretado e incómodo en ese sillón que no era suficientemente grande. —Quiero que sepan algo. Esta casa siempre va a ser su hogar. Siempre. Y siempre que necesiten una mamá… estaré para ustedes. De pronto Ash se acordó de algo. —¡Espera, espera! Brock mandó esto también. Ash se estiró para alcanzar un sobre que estaba debajo del pastel. Dentro venía una tarjeta con la letra prolija de Brock. Decía: "Querida Delia: Gracias por siempre recibirnos, por cuidarnos como si fuéramos suyos, y por hacerme sentir que en su casa puedo cocinar porque quiero, y no porque tenga que hacerlo. Feliz día. Brock." Delia sonrió. Era tan Brock. Y dentro del sobre, además de la tarjeta, había varias fotos. Fotos viejas, pequeñas, con los bordes gastados. Delia las fue viendo una por una. Un niño de siete años con un Geodude que le llegaba a la cintura, sonriendo con esa seriedad responsable que Brock siempre tuvo. Un pequeño Tracey con un cuaderno de dibujo abierto, sentado en el pasto. Una niña de ocho años con el pelo rubio que sostenía a una bebé pelirroja en brazos. Y la última: dos niños en un campo, uno con una gorra que le quedaba grande y otro con el pelo en punta, riéndose de algo que ya nadie recordaba. Ash y Gary. Cuando todavía eran amigos. Delia pasó los dedos por cada foto. Y entendió. Entendió que esos niños de las fotos no tuvieron a quién entregarle un collar de pasta, ni un dibujo con monigotes, ni un marco con demasiada brillantina, ni un joyero perfecto, ni un pastel hecho por gusto. Y que hoy, en su sala, habían hecho lo que siempre quisieron hacer: Agradecer la presencia de una madre en sus vidas. ----------------------------------------------------------------------------- Más tarde, ya en su habitación, Delia dejó cada regalo sobre la cómoda. El dibujo de Tracey. El marco de Misty. El collar de pasta de Daisy. El joyero perfecto de Gary. La maceta de Ash. La tarjeta de Brock. Los miró uno por uno, despacio. Y se imaginó a la niña Daisy, con las manos llenas de esmalte, haciendo el collar de pasta con cuidado, queriendo que quedara bonito para alguien. Se imaginó a la pequeña Misty con la cara llena de purpurina, mostrando orgullosa el marco que había hecho, esperando que alguien pusiera dentro una foto familiar. Al pequeño Tracey, mostrando con orgullo sus primeros dibujos. Al niño Gary, fingiendo indiferencia pero esforzándose tanto en cada detalle, porque sabía que los cumplidos en su familia eran un lujo que había que ganarse. Y al pequeño Brock, haciendo un pastel porque quería, no porque tenía que cocinar para sus hermanos. Y Ash… Ash sí lo había hecho. Tenía varios regalos de él así, guardados a lo largo de los años. Cajitas de palitos, dibujos con crayones, tarjetas con faltas de ortografía. Los conservaba todos. Y ahora tenía los regalos de los hijos que se había ganado en esos años. Desde su habitación escuchó las risas en el cuarto de Ash. Luego la voz de Misty regañándolos porque hablaban demasiado fuerte y no iban a dejar dormir a Delia. Luego algo que sonó como un golpe (probablemente un almohadazo) y después más risas, esta vez incluyendo la de Misty. La culpa que había sentido en la mañana se había reemplazado por una sensación cálida, un sentimiento de plenitud que no podía poner en palabras. Había tenido el privilegio de ver crecer a su hijo. Pero al abrir las puertas de su casa, había conseguido muchos hijos más. Y aunque no había estado con ellos cuando hubiera querido, ellos le agradecían porque la tenían ahora. No antes, sino ahora. Y eso era suficiente. No importaba que ya fueran jóvenes. Ellos habían querido recuperar algo que se les había quedado pendiente, y habían elegido recuperarlo con ella. Y Delia sintió el amor de cada uno. En el dibujo simple, en la purpurina, en el esmalte de uñas sobre la pasta, en los palitos de madera perfectos, en la pintura de dedos, en el pastel con demasiados dulces, en detalles que decían: Feliz día, mamá. Feliz día (adelantado) a todas las mamás