Etihw Oh, qué rápido había sucedido todo. Steve y tú tuvisteis el encontronazo con otras tres personas justo a la salida de la cueva, y mientras se enfrentaban, os disteis cuenta poco a poco de que todos os conocíais. Se suponía que erais viejos amigos, ¿no? Eran Effy, Dante y Mimi, después de todo. Pero en seguida aparecieron aquellos robots raros, paralizaron a Scizor y a Steve, y luego Effy resultó estar con el Imperio, y llegó ese Vespiquen robótico, "Watcher", y... Demasiadas cosas. Todas a la vez, y tú, mientras, paralizada por completo. Literalmente, porque a ti también te agarraron esos drones inmovilizadores. Y, como Dante, Steve y Mimi, al final acabaste inconsciente. E igual que ellos, despertaste un tiempo indefinido después, con ropas blancas cubriéndote de pies a cabeza, y... entre rejas. En una celda poco amplia y con poco para distraerte. Sin Steve, sin Ruby. Sin tu cámara, siquiera. Sin nada ni nadie. Tú también presenciaste lo que todos los demás: a aquellos Ferropalmas patrullando de vez en cuando, al Ferrocentinela imponente que recorría el pasillo rodeado de celdas (casi que más bien jaulas) de noche en noche, y las rutinas marcadas de los guardias cubiertos de pies a cabeza con telas negras, opuestas al blanco que tú llevabas, que te traían comida y cena, nada de desayuno. Pasó así el tiempo, día a día... hasta el que hizo tres. Ese día, un guardia se acercó a la celda, junto con un Ferropalmas, y, esta vez, para tu sorpresa, no era para traer más comida. Era para abrirla. La voz de la persona con rostro cubierto de negro se reveló femenina, aunque era ciertamente grave e imponente. Contraste absoluto con sus ojos grandes y azules, la única parte de su cuerpo que alcanzabas a ver. —Venga, arriba —te dijo. Sorprendió que hablasen: nunca antes lo hacían, incluso aunque les pidieses algo—. Te requieren, amiga. Mueve el culo. ¿Que te "requerían"? ¿Quién? ¿Y para qué...? Contenido oculto Hello Mary uvu Aquí puedes postear ya! Voy a dejarte tu tiempo para que pongas un primer post, y a raíz de él ya te sigo poniendo cosas. Como me consta que te has leído todo he sido bastante escueto en contextualizar lo que ya habrás visto veinte veces (?) Y also como Talía es la única mujer que no es una de las diez creaciones en todo el fukin rol, pues estás solita en el módulo, así que te llevaré por otro lado en la trama de momento ewe *** Con lentitud, y tras unos segundos que parecieron eternos, la Ferroregente asintió. Parecía que, más que pensar su respuesta, había dedicado unos instantes a analizarte con calma, por alguna razón. Tal vez fue por tu ironía de antes, o tal vez no. Quizá simplemente estaba procesando su respuesta. —Correcto. El tal "Marcoh" será tratado de sus heridas a la mayor brevedad, y cuando esté en condiciones de poder moverse por su cuenta, que esperamos que sea en poco tiempo, se le posicionará también con una misión similar. De hecho —se giró hacia Kyllian—, lo enviaremos al módulo C, con el mismo objetivo que tú, Kyllian Faure: tratar de hallar al intruso. Si nuestras sospechas son ciertas, es un hombre, por lo que será potencialmente asignado a dicho módulo. Rogamos que, si coincidís, mantengáis la fachada al máximo. Como supuestos guardia e interno, no debéis interactuar más de lo debido, pero en ningún caso deberéis dar muestras de ser conocidos. Espero que ese punto quede claro. Finalmente, volvió a girarse hacia ti. —Ahora, Anna Hiradaira: sígueme, por favor, ya que afirmas estar lista. Mandaremos en breve a algún guardia humano aquí para que asesore a Kyllian. Pero la misión que se te ha asignado a ti merece que seas escoltada personalmente por una Ferroregente. El módulo al que has de acceder no es uno usual, me temo. Y, con eso, la puerta se abrió, y la robot empezó a andar... contigo tras ella. Dejando allí, dentro de la enfermería, a Kyllian. Solo, por el momento. Mientras caminabais por un pasillo que se hacía completamente interminable, así como completamente vacío, la Ferroregente guardó absoluto silencio en todo momento. En todo momento, hasta casi el final. Una enorme puerta os separaba de lo que, intuías, era la entrada al módulo. Allí se detuvo, se giró, y te dijo algo: —La mayoría de los internos están saliendo de sus celdas para encaminarse a una prueba. Aprovecharemos ese momento para que entres en la celda. >> Permíteme una última indicación acerca de tu objetivo: se te ubicará en la celda contigua al interno del que requerimos la información sobre la ubicación del libro escarlata. Su nombre es Florián. Como tú, es diferente al resto de los internos que se encuentran en este módulo; él no se someterá a ninguna prueba como el resto, y el tratamiento que recibe será algo diferente por parte de los guardias. Tu objetivo es intentar sonsacarle la información sin que se percate de tus intenciones, de la manera más orgánica posible. Contarás con tiempo suficiente para ganarte su confianza. >> Cuando el recluso sea enviado a un interrogatorio a otro evento rutinario, se te permitirá unirte al resto de internos del módulo. ¿Todo claro? *** El Ferropalmas sujetaba a Mimi con sus dos manos despegadas de su cuerpo cruzadas frente a ella, inmovilizándola para que esta no pudiese lanzarse sobre ti. Cuando dijiste aquello, el robot ni siquiera se giró: parecía que no te escuchaba, que no reconocía siquiera tu presencia. Su mirada vacía estaba clavada en un punto fijo e indeterminado, sin mover un ápice su cuerpo. La que sí que te escuchó fue la Ferroregente. Te miró, y luego miró a Mimi. —... está bien —dijo, al fin—. Espero que ambos seáis consciente de que cualquier actitud fuera de lugar podrá ser castigada severamente. Luego miró al Ferropalmas, y este, ahora sí, soltó de inmediato el agarre sobre Mimi. —Aprovechad el reencuentro de forma pacífica, por favor —siguió diciendo la Ferroregente—. El resto de sujetos estará al llegar.
Alpha intercedió por mí a pesar de que le había dejado en claro que no quería su condescendia, que su preocupación llegaba años tarde. Mi cuerpo se tensó y volvió a aflojarse, como una marioneta a la que le han cortado los hilos. ¿No haría nada peligroso? ¿Para mí misma o para los demás? No podía hacer absolutamente nada. No tenía esposas, pero estaba atada de pies y manos. Condenada a una vida en prisión por cargos que nadie se había tomado el tiempo de explicarme y que nadie me iba a explicar. —Pensé que habías muerto—dije a media voz cuando el Ferropalmas me dejó libre. Me sobrevivino un mareo repentino y apoyé la palma de mi mano en la pared—. Pareces haber muerto, de hecho. Estaba pálido y ojeroso, tenía los ojos apagados y hundidos. Era como tener delante a un fantasma. Tenía la impresión de que de hecho lo era. Como si estuviera sufriendo algún tipo de alucinación provocada por la falta de alimento y la imagen que tenía frente a mí ni siquiera fuese de verdad. En un impulso extraño quise extender mi mano y tocarlo, comprobar que era real, pero me rehusé sistemáticamente a hacer tal cosa. Lo encaré mientras él rehuía mi mirada como si tenerme allí fuese una blasfemia. No tenía idea de qué se le estaba pasando por la cabeza. Después de años, era incapaz de dilucidar sus emociones. ¿Era vergüenza? ¿Arrepentimiento? ¿Culpa? Evidentemente no estaba feliz de volver a verme. Parecía querer salir huyendo en cualquier momento y esconderse en el primer hueco que encontrase como un Rattata con Fuga. Cómo podía ser tan cobarde. Solía ser transparente para mí. Pero ahora, no lograba reconocer al hombre al que alguna vez amé en la figura sombría que tenía delante. ¿Dónde estaba el brillo de sus ojos? Aquellos orbes dorados ahora eran pozos vacíos de oscuridad absoluta. Era un año menor que yo y podría pasar por mi padre. O mi madre en sus últimos días. >>¿Has estado encerrado aquí todo este tiempo?—quise saber—. ¿Por eso no volviste?
Cuando me acerqué a la chica, esta se me arrojó encima y me rodeó con sus brazos con fuerza durante unos instantes, antes de separarse lentamente, con los ojos a punto de explotar con lágrimas acumuladas. Una confusión visible se extendió por mi rostro, mientras trataba de comprender sus palabras. "Ian, e-estás vivo" Intentó explicarse torpemente y fue entonces que, entre ese aspecto de niña llorona y aquellos balbuceos, mi cabeza hizo la conexión. —¿Emily? —mi voz fue más baja que de costumbre. Era la única persona que conocía que podría reaccionar de esa manera al verme, y aunque había cambiado en todos estos años, su naturaleza seguía saliendo en situaciones cómo estas. No bajes la guardia. Mientras ella se volteó a inquirir a la guardia robot, mis pensamientos se agolparon. Era demasiado sospechoso; o la habían atrapado recientemente, lo que era una coincidencia tremenda, o llevaba aquí una cantidad indefinida de tiempo, y aún así estaba en un estado estupendo. ¿De verdad Chance nos mantendría como prisioneros comunes por el fin de los tiempos en lugar de ejecutarnos o torturarnos? No. La presencia de Emily no me gustaba para nada en esta situación, pero aquel breve abrazo se había sentido demasiado genuino. ¿Realmente era la verdadera Emily? La otra opción era demasiado escalofriante como para descartarla: Un lavado total de cerebro, extremadamente convincente. Y ahora la utilizaban para que, si atrapaban a otro de nosotros, bajase la guardia en cuanto la viese. De momento no tenía idea de cuál era la correcta, pero no importaba claro, porque de todos modos sólo tenía que seguirles la corriente en ambos casos. —Ya, ya —dije en voz alta—, agradezco mucho la preocupación, pero no saldrá nada bueno de pelear con ellos. Sólo me vieron temblando de frío y fueron tan amables de darme este atuendo tan calentito. >> ¿No deberíamos ponernos en marcha de una vez? Ya podremos ponernos al corriente en el camino.
Ojalá así fuera. No tendría dolor ahora mismo. También una manera de defenderme. —... No sé cuándo llegué... Ni sé cuánto tiempo pasé en el barco, unas horas a lo mucho imagino, y luego de eso el negro volvía todo confuso; Peor si agregamos que debieron sacarme metal del vientre. ¿Cuánto estuve dormido? No vale la pena siquiera pensarlo. Tampoco me da la cabeza para eso. Porque ahora resuenan y resuenan sus acusaciones enmascaradas por un tono contenido, como si fuéramos otra vez dos idiotas en Galeia discutiendo por la custodia del mal. Rápido van encogiéndome, escudándome en mi espacio personal y recurriendo a pasos cortos, inconscientes, que aumentan el espacio entre ambos a lo largo del pasillo. Mas ella no me deja. No necesita decir nada más, sino solo con esos ojos azules, un juicio que busco evitar, ponen una presión en mi pecho hasta que olvido por un momento el arder de mi vientre y un algo en mi garganta que la cierra hasta no dejarme respirar. No debí- —... Lo... siento... Mi voz es débil, casi un susurro que solo el silencio de la prisión permite oír y vuelvo a tomar aire. Por ahora.