Mini-rol Better in Stereo [Pokémon Rol Championship]

Tema en 'Salas de rol' iniciado por Andysaster, 15 Abril 2026 a las 8:19 AM.

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    Andysaster

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    Lugar: Ciudad Témpera
    Estado: Canon
    Personajes: Mimi Honda y Miki Chigusa
    Resumen: Mimi regresa a casa tras un largo y ajetreado día de trabajo, pero entre las calles de la siempre despierta ciudad Témpera nota la presencia de alguien conocido, inmerso en un relegado concierto callejero. ¿Sería esa la oportunidad perfecta para conocerse mejor?


    ₊˚ ‧ ♪ ࿐ ₊ ˚ ⊹


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    Ciudad Témpera
    9 PM

    Las farolas se prendieron con la llegada del crepúsculo. Las primeras estrellas se esparcieron como pinceladas tímidas sobre un lienzo de colores, y con ellas lo hicieron las luces de los escaparates y de las marquesinas, dotando a la ciudad de un nuevo rostro.

    Los pasos apresurados se mezclaban con risas lejanas, el zumbido de los coches y el tintinear de vasos en terrazas iluminadas. La noche, todavía joven, prometía ser eterna para aquellos que sabían cómo aprovecharla.

    Mimi caminaba a través del murmullo del gentío cuando una melodía, lejana pero armoniosa, llegó hasta sus oídos. Curiosa, imaginando que se trataría de un artista callejero cualquiera, se desvió de su trayectoria para echar un vistazo. Fue así como, tras las únicas tres personas que parecían haber detenido sus ajetreadas vidas para prestarle atención, reconoció una cabellera, corta y azul, que le resultó familiar.

    Si acaso tenía dudas el Chatot que la acompañaba, subido a una percha y acompañando su actuación con un triángulo, despejó cualquier clase de incertidumbre.

    ¿Esos eran... ¡Miki y Poly!?
     
    Última edición: 15 Abril 2026 a las 8:23 AM
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    Yugen

    Yugen D e p r e s s e d | m e s s

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    Mimi Honda

    Al final no había podía racionalizar nada. Estaba en la reunión, mis compañeras hablaban y los directivos de la revista hacían más de lo mismo... pero aunque me estaba esforzando por aparentar profesionalismo y normalidad, mi mente estaba muy lejos de estar en calma.

    —Señorita Honda.

    Me preguntaba si Liz se habría dado ese mesaje con mi loción de coco. Me gustaba eepecialmente no solo por el aroma, si no porque dejaba la piel muy suave... ¿le habría dejado la piel suave?

    —Señorita Honda.

    Parpadeé como si acabara de despertar de un sueño. Al otro lado de la mesa, un tipo trajeado me estaba mirando.

    —¿Huh?

    —¿Qué le parecen las condiciones?

    Céntrate, Honda. ¿Qué estás haciendo?

    Me llevé el puño cerrado a los labios y cerré los ojos, aclarando tanto mi garganta como mis ideas.

    —Mis compañeras ya han expuesto las propias—acoté—. Si van a retirar las fotografías editadas, me comprometo a cesar la campaña de cancelación en contra de la revista y evitar emprender acciones legales contra ustedes.

    El tipo, del cual no recordaba el nombre, sonrió con satisfacción.

    —Excelente. Creo que entonces hemos llegado a un acuerdo.

    Las horas se pasaron tan lentas como un Shuckle cojo. Suponía que todo estaba resuelto, que las fotografías editadas serían retiradas y todo seguiría como siempre... ¿pero entonces por qué no lo sentía como una victoria? ¡Era el mejor desenlace posible y mi mente seguía dando tumbos!

    Cuando finalmente todo acabó ya había empezado a anochecer y el sol comenzaba a ocultarse pintando el cielo con tonos naranjas y rosados. Tenía hambre—mi estómago llevaba quejándose para mi desgracia unas horas— y estaba deseando llegar a casa y descansar de una vez. A... casa. Este pensamiento me hizo detenerme de golpe mientras comtemplada mi reflejo en un escaparate cualquiera de la calle.

    ¿Desde cuando compartir habitación en el Centro Pokémon con Liz se había convertido en... casa? Si era cierto que no tenía realmente un hogar al que volver ni una familia que me estuviese esperando... sí que había alguien. Al margen de mi equipo, al cual consideraba también familia, había alguien a quien me había sorprendido más de una vez esperando ver, como si su sola presencia tuviese el poder de mejorar mi día. Como si fuera... un rayo de luz entre tantas nubes de tormenta.

    Parpadeé, sorprendida por este pensamiento repentino y sintiendo mis mejillas tomar color sacudí la cabeza obstinadamente.

    Urgh. Otra vez estaba sacando las cosas de quicio. ¿Y todo por qué? ¿Por un estúpido beso en la mejilla? Llevábamos semanas teniendo sexo sin compromiso alguno... ¿y lo que me desestabilizaba de todo era un pequeño, tonto, ridículo beso en la mejilla?

    Oh, Arceus. ¡Era patética! El universo debía estar riéndose de mí, estaba segura.

    Mientras me reprochaba este tipo de cosas mentalmente frente el maniquí del escaparate y su bonito abrigo rojo, algo llamó mi atención. Una melodía que no conocía, aunque si sabía que tipo de instrumento la generaba. Era... un bajo. ¿Alguien estaba tocando el bajo? ¿En la calle a estas horas?

    En una intercepción cercana, mientras las luces de las farolas se prendían tímidamente, reconocí una figura familiar. Tenía los ojos cerrados, concentrada en apariencia, y sus dedos hábiles rasgaban las cuerdas de un bajo. A su alrededor se habían congregado un par de personas. El resto de ciudadanos pasaban a su lado y si la miraban, solo era para hacer comentarios sobre el curioso Chatot que tocaba el triángulo sobre una percha de metal.

    ...

    ¿Miki?

    No me acerqué demasiado. De hecho apoyé mi espalda contra la pared y me crucé de brazos, protegida dentro de mi abrigo del frío que empezaba a arreciar. Y la escuché, como atraída por un imán por el magnetismo de la melodía.

    No solía interesarme la música electrónica, era muy clásica en ese sentido. Mi opinón era que la música era mucho mejor cuando el autotune no existía y la gente tenía decencia a la hora de componer. Pero aquella tonada no tenía letra, era pura armonía en escala.

    Debía admitir que lo que había detenido mis pasos era la curiosidad, simple fisgoneo... pero el interés me hizo quedarme. Y con el paso de los minutos encontré en la composición algo que me gustó, algo con lo que me sentí identificada. Había en ella cierta melancolía... pero también algo que no supe definir. ¿Determinación? ¿Esperanza? Era un canto a la libertad, a aquellas calles concurridas, a la propia luna y estrellas sobre nuestras cabezas que ya habían empezado a apoderarse de la estampa nocturna.

    Sonaba... bien. Me hizo cerrar los ojos y esbozar una media sonrisa para mí misma. No había mentido cuando nos confesó en Arcadia Nova que sabía tocar.

    Cuando la música cesó y Miki se estaba tomando un respiro decidí acercarme. Había sido un buen espectáculo, ¿qué menos que pagarlo como se debía?

    Pero eso ella no tenía por qué saberlo.

    —¿Ahora estafas en la calle?—pregunté como quien no quiere la cosa y me agaché, dejando unas monedas sobre la gorra volteada en el suelo. Había unos centavos y un billete de veinte. No iría muy lejos con eso—. ¿Cúal es el truco? ¿Tú tocas y cuando están distraídos Poly les roba la cartera?
     
    Última edición: 15 Abril 2026 a las 12:38 PM
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    Andysaster

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    Miki Chigusa

    Mi relación con el bajo y con la música en sí se remontaba ocho años atrás.

    Una buena mañana de primavera decidí, a mis nueve años y con completo convencimiento, que no quería regresar a la escuela. Fingí estar enferma poniéndome bolsas térmicas bajo las axilas, y Poly se acurrucó conmigo bajo las mantas para aportar con su calor corporal, aunque lo cierto es que disimulaba fatal. Nos pillaron rápido.

    Era la menor de una familia numerosa, diligente y ocupada, donde el hermano con el que menos años me llevaba acababa de cumplir los dieciocho y partía hacia ciudad Corazón, buscando ganarse la vida. Ya lo venía haciendo desde antes, pero fue mi abuela quien me crio.

    Y fue ella, también, quien tuvo que lidiar con ese repentino brote de "alergia escolar".

    Tras varios intentos infructuosos por engañarla a pesar de nuestro considerable desempeño (a lo cual Poly y yo comprendimos rápido que era una realidad completamente inviable), su insistencia y su notable carácter lograron hacer que hablase. O que lo intentase, al menos. Nunca había sido buena con las palabras.

    La abuela comprendió que el rechazo surgía de una desmotivación que había estado echando raíces desde hacía quizás mucho tiempo. Siempre había aprendido a una velocidad distinta al resto de niños, y pronto los contenidos nuevos se me quedaban cortos.

    La escuela tradicional no estaba diseñada para ajustarse a las diversas neurodivergencias, y las altas capacidades eran una de ellas. Al parecer mi cerebro procesaba la información de manera diferente al resto, y pronto vi en la escuela un espacio aburrido y repetitivo, que cortaba mis alas y me hacía sentir "rara" por ser distinta.

    Era una "bicho raro", una "listilla", y para colmo tenía la inteligencia emocional de una patata. Me abrumé.

    Fue entonces cuando, tras varios días sin asistir a la escuela fingiendo un brote de varicela, la abuela vino con una idea inesperada a mi habitación. Me pidió que me pusiese los zapatos y el abrigo, que saldríamos a un lugar que me gustaría. Poly y yo nos miramos sin comprender, pero la intriga sembró una semilla de emoción en mi corazón, y la seguimos de buen grado. La abuela, pese a ser una mandona y una gruñona, siempre tenía grandes ideas. Y fue así como, tras una charla con la orientadora escolar, concluyó que tenía la solución perfecta para una niña con altas capacidades y energías desperdiciadas como yo.

    Un instrumento musical.

    La abuela tenía amigos en una banda, de modo que pude probar numerosos instrumentos. La batería me resultó demasiado estruendosa, si bien parecía desestresar a cualquiera al aporrear las baquetas contra el tambor. El piano estaba bien... pero quería algo más de emoción. Algo que no me tuviese sentada en una banqueta.

    La sensación de la guitarra al rasgar sus cuerdas me atrajo, pero al ver a los amigos de la abuela comprendí que era un instrumento que abundaba en todas partes. Solo una persona de entre todos los presentes poseía un instrumento exclusivo. Uno con forma de guitarra eléctrica, pero con menos cuerdas. Un bajo.

    Al tocar los primeros acordes conecté con el instrumento a un nivel inexplicable. Fue un encuentro íntimo que me hizo sentir humana por primera vez en mi vida. Podía... expresar tristeza tocando acordes graves, o alegría cuando mis dedos se colocaban sobre los trastes adecuados. No necesitaba seguir luchando contra las palabras; me permitía dar rienda suelta a mi creatividad sin ningún tipo de juicio ni condicionante externo. Era mi propio mundo.

    Y se sentía correcto por primera vez en mi vida.

    Esa noche acudieron al concierto callejero mis tres espectadores más fieles. La estresada camarera del bar de enfrente, que tomaba su café de las nueve diligentemente y que descubrió en algún punto que siempre tocaba justo en frente; el señor jubilado del bigote gracioso, quien aplaudía en los momentos equivocados y veía en mi música un reflejo de sus años mozos... Y Billy, el crío ratero que intentaba quitarme las monedas de la gorra mientras no miraba.

    Suerte que mi agudeza y mi memoria fotográfica se lo impedían. Poly no dudaría en darle un picotazo si se pasaba de listo.

    Aquella noche había explorado algunos retoques a canciones de Queen y los Beatles, siempre con mi toque personal. Sentía al rasgar las cuerdas ese groove que ningún bajista sabía explicar con certeza: ese feeling que se transmitía al tocar la melodía. Nacías con groove o no. Y era a través de él donde lograba expresarme con claridad.

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    Mis dedos se movieron veloces sobre el diapasón, fluyendo a través del mástil como si fuese una extensión más de mí. Cerré los ojos, conectando con la música a niveles que no correspondían a este plano. Me relajaba, me animaba y me liberaba de la carga que me pesase sobre los hombros en ese instante.

    Terminé la actuación con un solo divertido y desenfadado. Me gustaba explorar mi virtuosismo escogiendo una canción que me supusiese un reto, que me mantuviese en vilo hasta el final. Poly había contribuido hasta entonces de tanto en tanto con su triángulo, pero en ese instante me cedió el escenario imaginario en su totalidad. Sabía que era mi momento favorito, y disfrutaba como un niño de verme tocar.

    Cuando finalicé hice una inclinación respetuosa hacia los espectadores y me eché la toalla pequeña al cuello, secándome el sudor. Busqué refrescarme con mi botella de agua, y mientras Poly despedía al público con sus maneras grandilocuentes, me permití recuperar el aliento. Eché un vistazo de reojo a la gorra, sabiendo que, por desgracia, la mitad de ese dinero o tal vez más venían por el añadido de ver a un Chatot tocando el triángulo.

    Suspiré. Las calles siempre habían sido así de inclementes, estaba acostumbrada.

    "¿Ahora estafas en la calle?"

    Bebía de espaldas al público, quien empezaba a replegarse porque la camarera debía volver a su puesto, el anciano se percataba de que nuevamente estaba desorientado y lejos de casa, y Billy vio demasiados intentos de robo frustrados como para seguir intentándolo por el día de hoy. Pero al reconocer esa voz giré sobre mis pasos con curiosidad.

    Oh. ¿Mii-chan?

    Poly se me adelantó con rapidez.

    —¡Señorita benefactora! ¡Qué agradable sorpresa! —El Chatot sobrevoló la distancia que nos separaba, posándose afectuosamente sobre su hombro. Parecía que el terror que le dio la chica en nuestro primer encuentro desapareció tras el día en Arcadia Nova—. Válgame el cielo, nuestro trabajo es honesto y legal. Pero no puedo decir lo mismo de nuestro acompañante.

    >>¡Billy, te sigo viendo! ¡Cruack!

    —¡Estúpido Chatot calvo! —se lamentó el crío, echando correr lejos de allí tras sacarnos la lengua a los tres.

    —Por todos los legendarios de Sinnoh, ya no existe el respeto por los mayores —El ave se secó el sudor de la frente, y sonrió hacia la invitada—. ¿A qué se debe el honor? ¿Alcanzaste a escuchar mi aportación con el triángulo?

    —Mii-chan —saludé con simpleza, alzando la palma de mi mano. Curiosa, repasé con la mirada los alrededores, volviendo de nuevo a sus ojos—. ¿Liza no te acompaña?

    Era raro. Esas dos parecían pegadas con pegamento todo el tiempo.

    —¡Es cierto! —observó Poly entonces, intrigado—. ¿La señorita agente está en una misión acaso?

    Eché un vistazo a la gorra, notando exactamente cinco monedas más de la imagen que recordaba instantes atrás. Asentí, ufana. Una visitante generosa; al menos ya tenía cuatro.

    Tal vez para finales de año alcanzase los diez, me sentía optimista al respecto.

    —Poly, el próximo día tendrás que traerte tu traje especial —resolví, convencida, sin darle espacio a réplicas.

    —¿¡Eeeeh!?

    Tal vez un par de "arreglillos" a la atracción principal nos aproximase aún más a la meta
     
    Última edición: 15 Abril 2026 a las 5:05 PM
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