Cavernas del Desierto Contenido oculto Contenido oculto "De alguna manera, Chance y su séquito de robots, con la División de Limpieza. ¿Cómo lo hicieron, decís? Ni idea, pero sin duda, es poco menos que impresionante. Aunque nunca lo he visto, he oído que lo que antes era el Desierto Rostiz, ahora es un complejo de cavernas subterráneas con estructuras que parecen ruinas antiguas, pero que tienen poco de tales. Es una pena, todo. Que se haya maltratado así el medioambiente, por un lado, y que se haga solo para crear una inmensa prisión inaccesible, por otro lado. Es un poco la filosofía de Chance, ¿no? Moldear todo a su antojo, para crear más infraestructura que sirva para mantenernos controlados, atados y sumisos. Incluso lo que podría ser una obra de arte, una maravilla arquitectónica, queda reducido a un edificio corporativo más. Ojalá nunca acabéis ahí metidos".
Zireael El infierno en el que se convirtió la aldea cesó, por fin. A cambio, sin embargo, te encontraste en un infierno distinto. Encina, o Ethan, como aparentemente se llamaba, se esfumó, habiéndose ofrecido para quién sabe qué a cambio de evitar más destrucción de la necesaria, si es que la que ya hubo no fue suficiente. A Pawniard lo perdiste de vista, pues cuando os llevaron, lo hicieron dejándoos antes inconscientes, y no viste qué fue de él. Y a Nikolah, Aleck, Givan y la otra chica los perdiste pronto, también, de vista. Te arrojaron en aquella celda, en soledad. Cada día se convirtió en un desfile. Un desfile de aquellos Ferropokémon con aspecto de Hariyama y, de cuando en cuando, del intimidante pokémon con forma de Machamp que se paseaba arriba y abajo por la zona. No entendías del todo cuál era la función que desempeñaba cada uno, pero era casi el único entretenimiento del que disponías: los presos a tu alrededor, en celdas contiguas, no eran especialmente habladores, desde luego. Solo un hombre a tu derecha, y otro en frente, en diagonal a ti, estaban dentro de tu campo de visión, habiendo otras celdas vacías. Te preguntabas dónde estarían los demás. Por fortuna, tenías comida diaria, dos veces al día, y bastante completa; y la posibilidad de asearte en privado en tu propia celda. Eso era un logro, casi, viendo cómo se las gastaba el imperio. Pero el mayor problema era la soledad infinita. Pero algo, una única cosa, te llamó la atención. Tenías el colgante al cuello. Recordabas el momento en el que Penance se dio cuenta de que lo llevabas y se asustó enormemente. Era extraño: te dejaron desprovisto de todas las demás pertenencias que llevabas, de tu dinero, incluso de tu ropa (ahora llevabas un horriblemente monocromo blanco cubriéndote de cuello a tobillos); pero dejaron ahí ese colgante. Precisamente ese colgante. Con todo, seguía como siempre, desde que llegaste a Paldea. Sin rastro de Astel. Sin rastro de nadie. Bueno: en honor a la verdad, sí tenías otra compañía humana, aunque no lo parecieran. Quienes te traían la comida y recogían luego la bandeja eran tipos (o tipas, distinguir el sexo era complicado, pues iban enfundados hasta arriba en telas negras) que, desde luego, eran humanos. No mediaban palabra alguna, eso sí, pero con el tiempo, el aburrimiento y el pasar de los días, aprendiste a fijarte en ellos con detalle, en el único rasgo que podías distinguir: y creíste llegar a una conclusión. Autocheck de percepción superado. No era una conclusión muy clara, que digamos, pero... te daba la impresión de que siempre eran los mismos dos tipos. Uno de ojos verdes, otro de ojos marrones. Tal vez eran distintos ojos verdes y marrones, pero no tenías mucho más que hacer allí además de pensar mucho y fijarte en lo que te rodeaba; así que cuando venían, te fijabas bien en los ojos, junto a la complexión, altura, etcétera, y parecía que no había mucha variedad. Era siempre o uno, u otro. O el de iris marrones, o el de iris verdes. ¿Quizá se encargaban solo ellos de tu sección? ¿Quizá...? ¿... Quizá era que estabas demasiado aburrido, simplemente? Los únicos eventos que se salían de la norma y que tenían algo especial pasaron al segundo y quinto día. En ambos, esos mismos tipos pasaron a recoger el almuerzo de los internos a tu alrededor, y procedieron a abrir las celdas tanto del reo que tenías a un lado como del que estaba enfrente. Y viste a una hilera de presos, en ambos días, pasar frente a ti. Sin embargo, las rejas frente a ti parecían cerradas. El de los ojos marrones, en el quinto día, se dignó a darte alguna explicación. Te sorprendió escucharle hablar. Era un hombre, definitivamente, a juzgar por su tono de voz algo más áspero. Pero... casi parecía mentira que pudiesen hablarte. Que tuviesen esa capacidad, siquiera. —Lo siento, amigo —dijo, encogiéndose de hombros—. Tus rutinas de salida empezarán pronto. De momento, te toca esperar; cosas de los de arriba. "Los de arriba". Uno ya se preguntaba: ¿eran esos "de arriba" personas, o más robots? ¿Era esto cosa de Penance, acaso? ¿Quería prohibirte incluso la posibilidad de estirar las piernas fuera de la celda? Octavo día de encarcelamiento. Al llegar el octavo día allí metido, esperaste uno más. Sin explicaciones sobre tu situación, sin nada. Esperaste que fuese un día aburrido más, en el que tu mayor novedad sería ver qué comida traían esta vez, probablemente. Te llegó a extrañar, de hecho, que nadie vino a interrogarte ni a llevarte a una sala de torturas, o algo así: al fin y al cabo, eras Cayden Dunn, la cara visible del Proyecto Paradoja, y la idea de exponerte públicamente era, precisamente, asustar a Chance y a Valthyria. Quizá eso no funcionó, pero no podías sino preguntarte... ¿sabían quién eras? ¿Eran siquiera conscientes del ataque que la Coalición planeaba? Si era el caso, desde luego, no parecían interesarse en ti. Hasta que, de repente, el de los ojos verdes abrió la puerta de tu celda, para tu asombro. Y pudiste llegar a pensar que, ahora sí, se venía un duro interrogatorio, pero... no. Nada de eso. —Hora de la salida. Vamos, muévete. Aprovecha tu día de suerte. ¿La salida...? ¿Esta vez sí podrías...? —¡Venga! No es opcional, amigo. Sigue al Ferropalmas, y con cuidadito. Quizá paralizado por la sorpresa al inicio, al final sí que seguiste sus indicaciones (¿qué otra cosa podías hacer?), y caminaste por un largo pasillo en una fila que cada vez se hacía más, y más grande, los presos uniéndose poco a poco conforme el guardia abría las puertas de las celdas. Al final del camino, en fin, viste una apertura en paredes de piedra, como un arco que parecía conducir al exterior. Pensaste que la luz del sol te aguardaba, y, cuando cruzaste al otro lado... La inmensidad de un complejo subterráneo te recibió. Te diste cuenta entonces. No solo tú y el grupo de unos treinta prisioneros estabais saliendo por allí; junto a la salida por la que pasaste, había otras tantas, y otras hileras de prisioneros se acumulaban. Todos se dispersaron por la zona, empezaron a hacer pequeños grupos, caminaron... parecían acostumbrados a aquello. Sin duda, aquello parecía una rutina, algo que se seguiría repitiendo a cada pocos días. Pero ¿dejaban salir a todos los prisioneros a la vez? ¿Solo a unos tantos? Y ¿por qué tú no pudiste salir hasta ese mismo día? La respuesta a esas preguntas era algo que no tenías, desde luego. Pero sí tenías algo que te llevaba faltando por varios días, ahora que aquel lugar que parecía hacer las veces de "patio" de la prisión se abría ante ti: algo que hacer más allá de darle vueltas a la cabeza y torturarte a ti mismo una y otra vez más. Un sitio completamente nuevo en esos ocho días de monotonía. *** Rider Todo acabó de forma horrible. Aquella mujer fue brutalmente asesinada delante de vuestros ojos, y Armarouge y Ceruledge dieron su vida, también, intentando un último ataque más. Tú fuiste el último en rendirte, junto a Nikolah; los dos lo intentasteis hasta el final, cuando ni la chica que te acompañaba ni nadie más allí parecía tener fuerzas, esperanzas o energías para seguir luchando. Penance era el único que parecía que iba a ganar, fuese cual fuese el resultado, ¿no? Disfrutaba del conflicto, del combate, y más aún de la carnicería que provocó luego. Disfrutaba de hacer arder la aldea. Las llamas que te rodeaban... el fuego, la destrucción... estaban grabadas en tu memoria. Erais tercos, eso dijiste. ¿Hasta qué punto todo estaba decidido desde el principio, y hasta qué punto fue esa terquedad lo que lo empeoró todo? ¿Lograste evitar algo de daño y de destrucción con tu oposición, o fue todo para nada? ¿Hubo algo más que pudieses hacer? Quizá era mejor no pensarlo, en todo caso. La sensación de poder haber evitado todo aquello era una difícil de tragar. Ahora estabas apresado. Vestido de blanco de arriba abajo. Y encerrado tras unos preciosos barrotes claramente inexpugnables. Tu pulsera terastal había desaparecido, junto a todo lo demás que llevabas. Incluido Cetoddle. Solo estabas tú, tú mismo, y... —Nuevo chico en la oficina, ¿eh? El señor que te habló lo hizo desde otra celda, una que estaba al otro lado del pasillo tras los barrotes (por suerte o por desgracia, tu celda, como parecían ser todas las demás, era individual). Era un hombre mayor, quizá incluso estaba en el punto en el que podías decirle "viejo", y se aferraba a los barrotes con sus manos casi como si no pudiese mantenerse en pie por sí mismo. Te fijaste entonces en que, de hecho, no podía: solo tenía una pierna. Le faltaba la otra, un nudo hecho con su pantalón bajo lo que sería el muñón de su pierna izquierda. —Bienvenido a la Prisión Rostiz, amigo. No nos permiten hablar mucho... el Ferrocentinela de nuestro módulo se encargaría personalmente de nosotros si nos oye decir cosas que no debemos, jo, jo, jo... y hay muchas cosas que no debemos decir, me temo. >> Te acostumbrarás. Tampoco se está tan mal. Cuando lleves un tiempo, a veces hasta te dan algo para entretenerte. Poca cosa, libros, sobre todo. Yo no solía leer, pero mira tú por dónde, ahora me he acostumbrado. Aunque hace tiempo que no leo, yo- En ese momento, se calló, como lo hicieron todos los demás internos, muchos de ellos murmurando antes. Y es que un robot con aspecto de Machamp pasó frente a vosotros, patrullando con sus seis brazos, como las manos de Penance, desconectadas del cuerpo y flotando a su alrededor. Exudaba una energía abrumadora, desde luego; no parecía ser algo a lo que tomarse de guasa. Y el señor mayor parecía tener más que claro que no convenía hacer nada delante de él, desde luego. Se retiró hacia el fondo de su celda en ese momento... y no volvió a salir ese día. Al segundo día, pasó algo: los humanos que, cubiertos de negro de pies a cabeza, venían a traer y llevar bandejas de comida, pasaron por allí y, esta vez, no solo hicieron ese trabajo: también abrieron las celdas. Pero solo la del viejito, y las de otros presos. Tú te quedaste allí, esperando. Sin... sin suerte. No abrieron tu celda. El hombre, al que le dieron una especie de muleta al abrirle la puerta, se alejó dedicándote una mirada de desconcierto, y luego se perdió en la distancia junto a todos los demás. Volvió a la noche, y casi se fue directo a la cama. Al tercer día, sin embargo... volvió a hablarte. —Psst. Psst. Oye, oye. Qué raro eso, ¿no? No viniste a la salida... es extraño. Siempre nos sacan cada tres días, ¿sabes? Es el pequeño caramelito por portarnos bien. A veces te pueden castigar con uno, dos, o muchos más días sin salir, pero tú acabas de llegar. ¡No has tenido tiempo de cagarla! Me pregunto qué pasará. Qué curioso, qué curioso... Y la historia se repitió. El Machamp, o Ferrocentinela, pasó, el viejito se replegó, y no volvió a salir. El cuarto día, luego, no se movió de su cama, ni te dijo nada; ni siquiera comió. Temiste lo peor, pero al quinto, tan enérgico como nunca, volvió a salir cuando las rejas fueron abiertas, una vez más, tan campante. Quizá debía recargar su batería social, ya que parecía disfrutar de hablar en los huecos que encontraba, sin duda. Y era verdad lo que te dijo: pasó al segundo día, quizá porque ya faltaban solo dos cuando entraste, pero la segunda salida fue al quinto, tres días después. Si era cada tres días, al octavo sería la tercera salida. De momento, llevabas dos sin poder salir, y empezaba a pesar el pequeño habitáculo en el que te encontrabas, el pequeño trozo de "habitación" por el que podías moverte. Octavo día. Más días pasaron. El viejito, que no decía su nombre, te dijo que a veces os daban libros, pero no parecieron ofrecerte nada. Los tipos que hacían las veces de guardias ni siquiera hablaban, de hecho; parecían todos mudos. O eso pensaste, hasta que uno, al recoger tu bandeja del almuerzo, se detuvo y habló frente a tu celda, mientras la abría. —Es tu día de suerte. Por fin puedes salir. Venga, andando. Detrás del Ferropalmas, y sin movimientos raros. Al pasar, tu mirada buscó al viejito, pero... lo viste tirado en la cama, sin moverse. Los guardias parecían ni siquiera haberle abierto la celda, de hecho. ¿Era porque estaba enfermo? ¿Quizá había hecho algo que le ganó un castigo? No te miró al pasar por allí, no hizo nada: parecía dormir, desde luego, viendo lo poco que se movía. Y no era la primera ni la segunda vez que hacía algo parecido: cada pocos días pasaba uno entero, religiosamente, tirado allí. Si algo bueno tenía no tener nada que hacer, era que tenías tiempo para observar esas pequeñas cosas. Pero ahora, por fin, podías salir. Y al hacerlo, descubriste que no habías "salido", no. Habías cambiado el tipo de habitación. De una pequeña y claustrofóbica... a una especie de acantilado en una enorme cueva subterránea. Todos los presos se replegaron por allí, dispersándose, y formando claros grupos nada más salir. Y tú, de momento, estabas solo, pero te preguntabas... ¿corrieron la misma suerte el resto de los que estabais en la Provincia frente a Penance? ¿Estarían allí, o en otro lugar? De momento, tus opciones y cursos de acción habían aumentado por mucho, al verte allí, pudiendo moverte con libertad dentro de una zona que casi se sentía fresca y nueva comparada con tu celda. Claro está, cuando partías de cero, cualquier mejora era bastante notoria, ¿no? *** Gigavehl Reual Nathan Onyrian Nikolah No era la primera vez que experimentabas una sensación como esa, no. Ni era la primera vez en la que veías con tus propios ojos los horrores que Valthyria podía llegar a acometer. Pero esta vez tuvo algo peor. Y es que viste en primera persona lo que le sucedía a Tancy, y lo que luego pasaba con Ceruledge y Armarouge, que intentaron a la desesperada lanzarse contra Penance por vosotros. Viste cómo eran aplastados como insectos, como pequeños Caterpie indefensos. Viste cómo aquella mujer que tan amable fue contigo apenas pudo cumplir su promesa de gritar, gritar de dolor como si eso fuese un premio para ese robot psicótico. Y viste la cara de Charcadet, desesperado. A la vez que oíste su petición, las últimas palabras de Tancy, que ni siquiera pudo terminar. Te pidió que lo cuidaras. Ni siquiera eso pudiste hacer, sin embargo. Rápidamente os llevaron y os dejaron inconscientes, y, cuando despertaste, Charcadet no estaba allí. Ni Aleck, ni nadie más. Estabas solo, en una prisión, en una celda. Vestido de blanco, privado de la pulsera terastal y de todas tus pertenencias. Y nadie, por supuesto, te explicó dónde estabas o por qué estabas ahí. Solo... te soltaron como a un cachorro al que abandonan en el bosque. Al Imperio no le importabas, desde luego. No lo suficiente como para tratarte con un mínimo de dignidad, al menos. Tardaste un tiempo, sin embargo, en darte cuenta de algo. La celda frente a ti, justo la que estaba frente a ti al otro lado del pasillo, albergaba también a alguien, alguien que no lo estaba pasando precisamente bien, tampoco. Detectaste en seguida cierta ansiedad en él, cosa que era comprensible, claro; y es que él era uno de los que estaba allí presentes en la Provincia. Otro de los apresados. De hecho, aquel al que aparentemente detectaron, aquel que Penance agarró en primer lugar y quien, según el robot, había despertado las alarmas que lo llevaron hasta allí. Givan Velren. Givan. Quaxly no estaba. Nada... nada de lo que llevabas estaba. Tu cabeza daba mil vueltas, iba a mil revoluciones por segundo. Lo que había sucedido en la Provincia... ¿fue tu culpa? Penance dijo que te detectaron, y no mentía: un Ferropolilla te vio cuando fuiste junto a la chica que te era vagamente familiar a aquel avión, y te escaneó. Ahí debió tomar tus datos y, tal y como dijo Penance, se te marcó como un objetivo a perseguir. Por eso Penance arrasó la aldea, y de paso, encontró a muchos otros sujetos "de prioridad". Quizá culparse era una tontería. La culpa, al final, era del Imperio en última instancia: tú no hiciste nada, solo estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Todo fue casualidad, y un acto de maldad por parte de Penance y de Chance. Quizá hubiese acabado arrasando esa aldea de todas formas, de haber tenido ocasión, por cualquier otro motivo estúpido. Todos esos "quizá" estaban presentes. Seguramente tú mismo lo sabías. Pero ¿eran suficientes para aliviar la culpa? Al final no solo cargabas con eso, sino que, de nuevo... te encontraste apresado. La familiaridad de las ropas uniformadas y sin ornamentos, del pequeño espacio, la cama rígida, los barrotes... todos los recuerdos volvieron a tu mente como un Testarazo de un Rampardos. Otra vez volvías a estar encerrado, encarcelado. Aquello que juraste que no sucedería nunca más, sucedió. Pero esta vez, estabas solo. Al menos, en tu celda no había nadie. Al otro lado de los barrotes, sin embargo... identificaste un rostro familiar. El de aquel hombre grande y alto, rubio, que estaba en la Provincia. Había estado ahí, justo delante de ti, todo ese tiempo, pero tardaste en darte cuenta. Otro que quedó apresado. Eso te hacía pensar que, quizá, todos los demás también fueron apresados. Quizá eso era mejor que pensar que los habían matado, desde luego; si Penance los quería, si el Imperio los quería, era por algo. ¿Pensarían el chico rubio que fue culpa tuya? ¿Pensarían los demás que fue culpa tuya? ¿Pensarías tú mismo que fue culpa tuya, quizá? Ambos Los días pasaron. Sin mucho que hacer, sin mayor compañía que la del otro, al otro lado del pasillo, y el ocasional Hariyama o Machamp robótico que hacían guardia de cuando el cuando. A eso le sumabas al humano que, claro, venía a traer comida enfundado en negro de arriba abajo; un humano que nunca os decía nada, ni al uno ni al otro, y del que era difícil, sino imposible, conocer nada, pues solo sus ojos eran visibles tras tanta ropa. Al segundo día, ambos visteis a todo un pelotón de reos caminar detrás de unos guardias y uno de esos Ferropalmas. Os sorprendió ver que parecían ir libres, caminando ordenadamente tras sus captores, y se perdieron en la distancia. Pero a vosotros nadie os liberó, ni os explicó nada. Tres días después, la historia se repitió. Y, una vez más, solo pudisteis observar el desfile, sin tener la ocasión de participar de él. No fue hasta tres días después cuando algo cambió. Octavo día de encarcelamiento Ese día, el grupo de presos se acercaba. Era el único evento algo distinto al resto de días, rutinarios, aburridos y de completa desesperación y soledad, por lo que siempre os llamaba la atención cuando sucedía. Pero, tras dos veces, las esperanzas de que esta vez abriesen vuestra celda y os dejasen uniros donde quisiera que se dirigían empezaban a escasear. Con todo, pasó. Los dos guardias, uno a cada lado, abrieron vuestras respectivas celdas. —Andando, te toca por fin salir. Disfruta de tus horas de "libertad". Sigue al Ferropalmas, y sin hacer movimientos bruscos, ¿sí? —espetó uno. —Venga, levántate, grandullón. Toca salir, por fin. No tienes autorización para quedarte aquí, así que ya puedes ir andando. Detrás del Ferropalmas, ordenadito y obediente, ¿vale? —dijo el otro. Los dos, así, caminasteis detrás de aquel robot, hasta que descubristeis lo que los demás presos habían estado visitando cada vez, aparentemente. Salisteis de la zona, y, de repente, os encontrasteis en un lugar que parecía sacado de una película de civilizaciones antiguas y fantasía: entendisteis que estabais en un subterráneo, en una especie de cuevas. Un lugar perfecto para encerrar de por vida a alguien, claro. Y más perfecto aún para evitar cualquier tipo de entrada o salida no autorizada. Visteis cómo los presos se movían con libertad por la zona, y casi se hizo raro ver cómo no había robots persiguiéndolos, amedrentándoles o marcando qué podían y qué no hacer. Había guardias, cierto, pero... parecíais tener cierta libertad. Al menos, toda la libertad que un preso de guerra podía tener en ese contexto. Contenido oculto: Importante ¡Bienvenid@s por fin! Aquí estáis, con vosotros cuatro voy a empezar aquí directamente, y Kris y Dante podrán unirse muy pronto; de esta manera, tendremos a seis jugadores en este tema, por lo pronto, y otros cuatro en el tema de la Prisión también (soon-to-be six (?)). Como veis, son ocho días que lleváis aquí, por lo que por supuesto no puedo estar narrando toooodos los días con detalle; he intentado rellenar todo lo posible los mismos y daros contenido para que, si queréis, a la hora de postear no lo hagáis solo sobre el tiempo presente, sino también refiriéndoos un poco a lo que ha pasado en estos días. Que no puede ser mucho a nivel de actividades (?), pero bueno, sí a nivel psicológico y así. Con Givan y Nikolah he "rellenado" menos espacio porque, al tener el uno la celda al lado del otro, no sé qué tipo de interacción decidirán tener, así que lo he dejado ambiguo por lo mismo. Me figuro conociendo las backstories de ambos que esta situación no los va a hacer muy conversadores que digamos, pero hey (? Importante, en todo caso: debéis indicarme quienes no lo habéis hecho aún cómo asigno los puntos al stat de lógica. Para más información, revisad el tema de "Cambios y mecánicas". También os informo de que ya están vuestros árboles de habilidades para cada poké en vuestras fichas, con sus respectivos desgloses: recordad, podéis escoger un movimiento a aprender del árbol si estáis al lvl. 1, y dos movimientos si estáis al lvl. 2. Todo lo relativo al árbol está explicado en el tema "Discusión y comentarios", aunque lo moveré pronto también a "Cambios". ***
Mente: 27/30 El crujido del cuerpo de la mujer, como una simple vara de madera, y el ahogo entre las manos de Penance. La espada que cortó la mano robótica y la forma en que sujetó a su atacante, otro crujido. La luz verde, la voz de Ethan Encina. Todo era un desastre. Nada de esto tendría que haber pasado. Estás roto, le dijo. Fragmentado. —No lo escuches —murmuré, pero la voz apenas me salió, jamás llegaría a él. ¿Cómo van arreglarte quiénes te rompieron? Sin embargo, Ethan aceptó con tal de salvaguardar más vidas. Todo pasó a una velocidad estrepitosa y sentí mis pensamientos derrapar de la misma forma, de una manera en que no lo hacían hace mucho. Las emociones que sentí fueron intensas, caóticas y el miedo abrumador, asfixiante e inutilizante. Sujetaron a todos y en un impulso empujé a Pawniard que había elegido permanecer junto a mí, incapaz de abandonarme. Lo alejé y en mi cuerpo colisionaron todas las ideas y reacciones posibles. La huida, la lucha, la parálisis. El miedo, la impotencia y la ira. Todo a la vez. Todo me arrolló. No lo toques. No toques a los míos. El pensamiento me alcanzó cuando Penance rozó el collar y la saliva dentro de la boca me supo amarga o ácida más bien. Otra emoción olvidada, sepultada y noqueada. Con tal de poder vivir mi vida, de hacer las cosas a mi manera y de centrarme en hacer uso de mi resentimiento me había desentendido de muchas cosas. La distancia que establecía con las personas era irreconciliable, pero en el fondo de mí mismo yo lo sabía, ¿verdad? Sí, claro. Era demasiado posesivo para el bien de cualquiera, ¿pero acaso se me podía pedir algo distinto justo ahora? Chance había volado Galar, nuestros aviones habían caído, mis armas no funcionaban y mi compañero no estaba. Me lo habían arrebatado todo una y otra y otra vez. Ahora aparecía este maldito torturador y tocaba el refugio de Astel. Estaba… estaba furioso, como al principio de esta pesadilla. Mi maldito armamento lo habría dejado inutilizado, al hijo de perra, pero aquí estábamos. Aquí estaba yo. Con gente muerta y doblando la espalda con tal de que, si era posible, al menos esta aldea pudiera disponer de sus heridos y sus muertos con algo de dignidad. ¿Vas a huir? Eso era lo que había preguntado la voz de mi padre cuando logré contactarlo aquella vez, luego del incidente. Lo preguntó con una indiferencia repulsiva, casi como si estuviese decepcionado, como si no fuese él quien huía todo el tiempo, de su familia, de ser padre o de simplemente existir. Era yo el que no dejaba de ver la sangre en mis manos y las vidas que no había podido salvar y al que se juzgaba por querer escapar de Gérie. Había luchado junto a la gente de Galar, había intentado protegerlos, había dado hasta la última de mis fuerzas. Casi todo mi equipo se había sacrificado y mi sueño adolescente parecía tan distante como el sol en el cielo. Sácame de aquí. Sácame de aquí, haré lo que sea. Eres mi padre, sálvame. Esa voz no era mía. Ayúdame, por favor, papá. No quiero morir, no quiero que otros mueran en mis brazos otra vez. Ya no puedo más. Y ese llanto desgarrador tampoco. Ayúdame, papá. Mi cuerpo estaba quemado y las cicatrices no se desvanecían. Las heridas abiertas en mi cabeza no cerraban y mi propia sangre lo había empapado todo por más de diez años. Penance me había sujetado, mis recuerdos se desperdigaron y mi cuerpo y mi mente pidieron auxilio una vez más. Por un instante antes de caer inconsciente en el agarre de aquella criatura, no fui más que un niño aterrado, pero mi familia no podía salvarme ya porque los había mantenido lejos con tal de protegerlos, yo no había podido salvar a nadie y el hombre en el que pensé… Siquiera debía estar interesado en si vivía o moría. Pues había huido. Cuando recuperé la conciencia ya estaba encerrado y el tiempo se había licuado. Desconocía el destino de Encina y pensé en que le había fallado al hombre no una, sino dos veces. Tampoco sabía qué había sido de Emily, Niko, Givan y el idiota que había bautizado como Aleck sin permiso de nadie. No sabía qué había pasado con Pawniard, no sabía nada. Mi vida se había reducido al confinamiento y a una soledad que era muy diferente a la que habitaba en Hoenn, una que elegía a voluntad y que rellenaba a conveniencia cuando se me antojaba. Abandonaba la cueva y regresaba a ella, pero esto. Esto era distinto. Comía porque sabía que de no hacerlo posiblemente me forzarían a ello y no tenía muchas ganas de vivir la experiencia. Tan siquiera podía asearme en privado en la celda. Eso era casi un lujo, si debíamos ser honestos. No me apetecía mucho saber que tenía que lavarme el culo con, mínimo, otros veinte hijos de puta igual de desgraciados que yo ni averiguar las jerarquías de la prisión en ese espacio justamente. El hecho de que tuviese mi espacio no quitaba que pasara buena parte del tiempo mirando la vida pasar, el desfile de robots y pensando de manera tortuosa. Mi cabeza no me dejaba en paz un instante. Día. Tarde. Y noche. Las noches eran una mierda. Las pesadillas me despertaban, pesadillas de hace más de diez años revueltas con el presente. Veía las escuadras que formábamos, mi casa en Gérie a reventar de refugiados y mis manos llenas de sangre. Veía a mis pokémon muertos y hasta veía morir a los que habían sobrevivido. El fuego de Cinis volvía a consumirme el cuerpo en su intento por salvarme y mis manos volvían a empaparse de sangre ajena. Los aviones volvían a caer, las armas no funcionaban, Pawniard no se salvaba, los cuerpos crujían, la sangre salpicaba y Penance me arrebataba el collar; veía al imperio torturar a Astel. Escuchaba el llanto de Emily y la rendición de Ethan. La realidad se desdibujaba y se mezclaba con mis miedos y angustia. Una y otra y otra vez. Para consolarme a mí mismo me había descubierto cantando en voz baja, canciones que recordaba de mi madre, música que escuchaba con mis amigos antes de elegir sumarme al torneo, cualquier cosa. Era un hábito viejo, casi infantil, y aunque físicamente me regulaba, mentalmente me había desesperado cuando me callaba al darme cuenta de lo que hacía. Era una señal de que estaba retrocediendo. Había cantado y cantado para frenar las imágenes luego del último fiasco en Gérie, había cantado y cantado por más de un año, como si buscar una canción de cuna que pudiese reconfortarme. Era eso o volverme loco, pero ya lo estaba, ¿no? Era un loco funcional, nada más, entre muchas comillas. Estaba roto yo también. Por otro lado, todavía tenía el collar conmigo, aunque me habían quitado todo lo demás y eso era… No creía que fuese bueno. Lo agradecía, sí, pero no debía ser bueno. La reacción de Penance no apuntaba a nada bueno. Tampoco sabía por qué, si tan importantes éramos, nadie había venido a sacarme para interrogarme, torturarme o la mierda que fuese. No que lo quisiera, pero era… algo no cuadraba. En este maldito encierro, a pesar de todo, sí habían personas más allá de los prisioneros. El sueño entrecortado, el tiempo licuado y la falta de algo más que hacer me habían regresado la paranoia que había dejado atrás también y creí percibir que mis sentidos, a falta de algo mejor que hacer, se habían enfocado nuevamente en notar detalles que habría pasado por alto en otro momento. Quienes traían la comida eran siempre dos personas. Ojos verdes, ojos marrones. Siempre ojos verdes u ojos marrones. Por altura, complexión y demás… no tenía pinta de que fueran diferentes personas con el mismo tono en el iris, no. ¿Igual estaba cayendo todavía más en la locura? No tenía ni puta idea. Cada día me sentía más cansado, cada día mi propia voz dentro de mi cabeza aumentaba de volumen. Ni siquiera pude sentir frustración al ver salir a un grupo de presos mientras que mis rejas seguían cerradas, pero el tipo de ojos marrones rompió su silencio en el quinto día. Me dijo que mis rutinas de salida empezarían pronto y que me tocaba esperar, por cosas de los de arriba. No contesté, ya de por sí no es que hablara mucho de no ser que tuviese que hacerlo, pero no le vi propósito alguno. Callé, parpadeé y me arrinconé en la cama una vez se fue. En el octavo día fue donde las cosas cambiaron y la espera que Marrón había mencionado acabó. Ojos Verdes apareció, abrió la puerta de la celda y pensé que se me había agotado la suerte y que la salida sería para arrancarme los dientes de uno a uno hasta que soltara toda la sopa de la Coalición, pero no. Era hora del paseo, al parecer. Me quedé estático, receloso, hasta que Ojos Verdes me puso prisa y di un respingo antes de seguir su orden. Me volví parte de una fila de presos y, ansioso, comencé a trenzarme un mechón de cabello y luego otro. Una abertura en las paredes nos llevó al exterior donde esperé ver la luz del sol, pero estábamos… bajo tierra. La idea me aceleró el corazón, pues la prisión entonces se me pareció demasiado a una fosa común. Más presos se fueron sumando, la gente se desperdigó o formó grupos, acostumbrados a esta vida, y traté de encontrarle sentido a esto. ¿Dejaban salir a todos? No lo creía o al menos habría disposiciones para cierta gente, como yo, que no podía salir con el resto hasta que alguien lo aprobara o sólo Arceus sabría qué. Por anormal que fuese, al menos esto era distinto. No estaba en el mejor espacio mental, aunque debía reconocer que la ruptura del confinamiento quebraba la insistencia de mis pensamientos y bajaba el volumen de mi propia voz, pero incluso más importante que eso: ahora tenía qué hacer. Sin embargo, la repentina amplitud del espacio, los sonidos y demás era abrumador luego de una semana de encierro, así que tampoco tenía muy claro por dónde comenzar. Me quedé de pie allí un rato y al final comencé a andar sin objetivo claro o al menos fingí que era así. ¿Mi idea? Intentar escuchar qué decían los demás presos. Entre tanta gente, alguien tenía que decir algo que sirviera. Entre tantas voces nuevas, tenía que dejar de oír la mía al menos cinco minutos.