Tragedia En el salón del rey del infierno

Tema en 'Relatos' iniciado por Red, 31 Marzo 2026 a las 6:16 PM.

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    Título:
    En el salón del rey del infierno
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    Para todas las edades
    Género:
    Tragedia
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    1831
    En el salón del rey del infierno

    Mientras el joven bajaba se dio cuenta de que no recordaba con seguridad cuanto tiempo había estado en aquellas escaleras, sin ver nada, sin oír nada. Le había dado mucho tiempo a imaginarse cómo sería aquel lugar: decoraciones lujosas, místicas e incomprensibles, que contarían la historia de su dominio y poderío; habría sirvientes por millones, todos ansiosos de esperar una orden, el alzar de su mano, para satisfacer cuanto sea que dijese; y por supuesto, aquel sería un sitio de una belleza sin parangón, digna del más temido de los dioses, aquel que dominaba el destino final de todo cuanto hay bajo la luz del sol.

    Pero cuando llegó al final de las escaleras, solo encontró un derruido arco, iluminado por dos llamas blancas, una a cada lado, y sin puerta que protegiese la estancia. No hacía frío, tampoco hacía calor, y sin embargo bastó un solo paso para que su cuerpo temblase como nunca antes. Ni siquiera la visión del guardián tricéfalo, con sus decenas de ojos y colmillos astillados, le había hecho sentir tal terror. Se abrazó a su lira, y se adentró en la sala.

    Aquel lugar se extendía hacia todas direcciones, y todas acaban en absoluta oscuridad, una en la que no se podía ver nada, pero en la que se podía percibir que había algo mirándote al amparo de aquella infinidad de tile; había interminables pilares, todos ordenados en un patrón perfecto, que se extendían sin fin allá por donde mirases y que soportaban un techo tan alto que tenía su propia noche, una noche artificial, sin duda, pero lo suficientemente real como para poner celosa a la oscura madre celeste. La mayoría de pilares parecían estar a punto de caerse, pero algo decía a quien mirase que aguantarían con estoica resistencia hasta el final de los tiempos. En algunos pilares podías ver banderas roídas y ennegrecidas por el tiempo, creando un camino para aquel que lo buscase. Y él lo buscaba, y él siguió aquel camino, tanto por instinto como por necia determinación. Tardó en darse cuenta que bajo sus pies había agua, una muy similar a la que pudo observar en compañía del silencioso barquero, y entonces se preguntó a sí mismo hasta donde llegaba aquel río maldito.

    Caminó. Caminó siguiendo la línea de banderas muertas en los pilares. De nuevo, o más bien todavía, no escuchó sonido alguno. No vio alma alguna. Solamente siguió sus pasos, uno tras otro, observando con maravillosa fascinación y miedo el reflejo de las estrellas en el agua. Y continuó su camino hasta que, llegado un punto, se detuvo en seco. No alzó la mirada, pues sabía que no debía hacerlo sin permiso. Pero si lo hubiese hecho, hubiera visto la imponente figura del rey de las tierras eternas. Su trono era tan solo una talla de piedra, sin decoraciones ni ornamentos, pero más grande que cualquier templo o altar que los hombres le hubieran dedicado a lo largo de la historia, y aun así el dios allí sentado hacía parecer pequeño aquel sitial.

    Colosal era una palabra muy burda para describirle. Su cuerpo parecía estar compuesto únicamente de piel y huesos, sin músculo alguno que soportase su imponente figura. La piel era de un enfermizo color cenizo, y estaba tan seca que parecía estar a punto de caerse si alguien llegase a tocarle. Sus ojos estaban hundidos, oscurecidos y cubiertos por los pelos de las cejas, que caían casi tan descontrolados como los pelos de su barba, la cual descansaba en su regazo. A sus pies, hundidos en el agua, había un gigantesco casco oxidado al lado de una destrozada lanza igualmente monumental, que parecían llevar siglos sin siquiera tocarse. Si hubiese sido en la superficie, las plantas habrían hecho de estos objetos su hogar. Las manos del rey del infierno descansaban sobre los reposabrazos del trono. Eran igualmente huesudas, como el resto de su cuerpo, pero sus uñas habían crecido tanto como les fue posible, partiéndose y afilándose sin más, dándole más el aspecto de una bestia que de un hombre.

    — ¿Qué buscas aquí, joven, tú que aun puedes respirar?

    La voz le sorprendió. El joven fue consciente entonces de que no había tomado aire en un largo rato, y al abrir la boca, tomó una bocanada tan grande que provocó una sutil y encantadora risa en quien le había hablado. El joven entonces miró hacia arriba, maravillándose primero con la gigantesca y divina figura que yacía inerte frente a él, y, posteriormente, con la hermosa figura de una mujer, que se sentaba al lado de su pierna, en el trono de piedra. Ella era de un tamaño más común, y sin embargo se sentía tan imponente como el anciano dios. Tenía unos ojos brillantes, con el color de la jugosa uva inmadura, pelo níveo y lozano, cubierta tan solo por una seda fina que dejaba vislumbrar cada curva de su cuerpo. Y el joven tragó saliva. Pues sabía bien, que ella era peligrosa e imprevisible, tanto o más que el rey de aquellas tierras.

    — … —El joven quiso hablar, pero solo salió silencio de su boca.

    La mujer, entonces, afiló su mirada. No pretendía desperdiciar la inesperada diversión que había aparecido frente a ella, pero su paciencia había perdido y ganado matices con el paso de los siglos. Al sentir un escalofrío, le joven pudo hablar por fin.

    — Ve-vengo —tartamudeó y tragó saliva— Vengo a recuperar a mi amada.

    Y un nuevo silencio inundó la sala. Más que nada, en el rostro de la doncella se reflejó la sorpresa. En el anciano dios no hubo cambio alguno.

    — ¿Has bajado al inframundo a recuperar un alma? Sabrás, joven, que las almas no pueden regresar con los vivos. Este lugar es… —miró a su esposo lentamente, y luego a todo su entorno— un destino inevitable. Tu amada ha llegado aquí por designio de ese mismo destino, ¿por qué se tendría que doblegar y corregir el sino ante ti, y no por ningún otro mortal?

    El joven guardó un prudencial silencio. En principio necesitaba pensar su respuesta, pues no quería ofender a quienes controlaban la misma realidad, pero también necesitaba pensar fríamente en lo que estaba haciendo, ya que, como bien comentaba la encarnación de las estaciones, quería cambiar aquello que no estaba permitido cambiar.

    — Mi señora, yo no soy más especial que ningún otro hombre. Cierto es que el destino no tiene motivo alguno para cambiar por mí. Pero ella, es especial. Mi mundo cobró sentido cuando la conocí. Mi vida solo tiene sentido a causa de ella. Yo… no soy lo suficientemente valiente para vivir si ella no está.

    El rostro de la doncella no mostró cambio alguno, pues había escuchado muchos discursos de amor antes, y los escucharía después, y todos serían parecidos, casi idénticos.

    — Al contacto del amor, todo el mundo se vuelve poeta—dijo la doncella, con sarcástica sonrisa— todos creen que su amor es especial, joven, ¿qué puedes hacer tú para demostrar que eres diferente a los incontables enamorados que han cruzado estas tierras?

    Y una vez más, silencio. Pero este silencio fue diferente, pues fue el preludio a una nota. El joven rozó su lira, con ternura, con calma. Aquella nota retumbó por la interminable sala, la oscuridad insondable y la falsa noche sobre sus cabezas. Ella cortó su sonrisa burlona, pues entonces la música comenzó a nacer en las manos del joven. No hubo ruido o nota equivocada, no hubo lástima, remordimiento ni ira en aquellos sonidos. Aquella obra, aquellas notas, gritaban amor con tanta fuerza, que incluso los dioses guardaron silencio. Cada nota contaba una historia, la historia de un encuentro, la historia de una pasión, la historia de una pérdida. Notas que, a diferencia de las palabras, no mostraban sombra alguna, sino un idioma auténtico que hablaba divinidad con elocuencia. Ella puso su mano sobre la pierna de su marido, y bajó la mirada cierta tristeza, para luego alzar la cabeza y mirar directamente al, hasta entonces, inerte rey. Él devolvió la mirada por primera vez en siglos. Aquella música decía palabras que él nunca supo decir, y justificaba actos que nunca se podrían perdonar.

    Y la música cesó.

    — Yo… solamente tengo mi música. O eso pensaba. Toda mi vida la he dedicado a este instrumento, y pensaba que moriría con él en las manos. Pero con gusto les entrego mi música, con gusto les doy todo cuanto soy, si a cambio me dejan recuperarla —dijo el joven, depositando la lira frente a ellos, dejando que se hundiese ligeramente en aquel agua de desesperación y olvido.

    El anciano rey movió el brazo, cubriendo con sumo cuidado a su esposa, y acercándola todavía más a su pierna. Cada movimiento suyo hacía crujir su piel, y levantaba un milenario polvo a su alrededor.

    — Escúchame, joven músico —dijo el rey, con una profunda voz que provocaba eco incluso dentro de sí mismo— Pues solo lo diré una vez, y no lo volveré a repetir.

    El joven se tensó, mirándole directamente, expectante y sabiendo que cada palabra sería la más importante de su vida.

    — Podrás irte con tu amada y con tu música, si así lo deseas, pero el amor no solo se demuestra con pasión, sino también con confianza. Deberás demostrar esa confianza ante mí, ante tu amada y ante ti mismo. Marcha de vuelta bajo el sol, y ten por seguro que ella te seguirá todo el camino. No hablará, no respirará, y no producirá sonido alguno hasta que hayas vuelto al amparo de la luz. Y aun así no podrás comprobarlo. Deberás confiar en mi palabra y en que ella te seguirá todo el camino, sin girarte nunca, sin darte la vuelta ni una sola vez. Y cuando finalmente ambos estéis bajo el cuidado de mi sobrino, entonces podrás volverte hacia ella y abrazarla, pues habrás demostrado tu amor.

    El joven analizó fríamente cada palabra, y con determinación se levantó, recogió su lira, y asintió. Pero tras dar el primer paso, se paró en seco. Tomo aire y luego volvió a emprender el camino, seguido inmediatamente de una joven, pálida, de pelo de oro y ojos azules. La joven se giró suavemente, mirando a los eternos monarcas del inframundo. No hizo ningún gesto, pero su mirada mostró tristeza. Entonces, sin emitir alguno, siguió paso por paso el camino del joven.

    Cuando ambos se perdieron en la oscuridad, la reina doncella acarició uno de los demacrados dedos del rey del inframundo.

    — ¿Crees que lo lograrán, esposo mío? —preguntó, con cierta lástima y anticipación.

    La respuesta se hizo de rogar un poco. Él la miró nuevamente, encogiendo su mano suavemente contra ella, sintiendo su calor.

    — Diría, amada mía, que los mortales no entienden el amor. Pues disfrazan su egoísmo y cobardía con palabras y caricias. —dirigió su mirada al techo de su palacio, cubierto de oscuridad y falsas estrellas, creadas con egoísmo y cobardía— pero de noche, especialmente, es hermoso creer en la luz.
     
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