—... sí, lo que más me gustaba era la mano dura contra los criminales. Suspiré con un revoltijo en el estómago. —Ni le cuento entonces "la mano dura" que le tocó a mí abue con los perros, entonces. Me quedó mirando en silencio, perpleja con sus arrugas de vieja. Yo sostuve la mirada con severidad. —Cuidese —mencioné cuando chilló el vagón para bajarme en dirección al cambio de linea que me tocaba. Poco importaba si captó o no la referencia, porque el peso siempre lo cargaba el silencio.