Mini-rol Edén [Pokémon Rol Championship]

Tema en 'Salas de rol' iniciado por Yugen, 31 Diciembre 2025.

  1.  
    Yugen

    Yugen D e p r e s s e d | m e s s

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    Sentía curiosidad acerca de que tipo de opción escogería. Si se mentendría fiel a lo que conocía, a aquello que había probado antes u optaría por opciones menos convencionales. Por eso mantuve todos mis sentidos en ella, dispuesta a responder en caso de que tuviera alguna duda. Sin embargo y tomándome completamente desprevenida, preguntó con cierta contrariedad algo para lo que no estaba preparada. La miré como si la viera por vez primera, parpadeando en shock.

    Oh, cielos.


    La pregunta fue tan inocente y lejana a la realidad que me hizo reír. Y posteriormemte traté de contener dicha risa, pero los labios me temblaban cada vez que intentaba recompenerme. Sus avergonzados reproches me hacían sentir cierta culpabilidad, mas cada vez que recordaba esa inocente suposición suya solo regresaba al punto de inicio.

    —Perdón, cariño—me disculpé a pesar de que mis hombros seguían estremeciéndose entre pequeñas risas—. Eso... ha sido muy gracioso.

    Cuando finalmente logramos calmarnos, el ambiente se sentía liviano y distendido. Parecía algo tensa antes, pero dicha tensión había desaparecido ahora. Incluso cuando se sentía evidentemente avergonzada tras su pequeño desliz.

    >>No es estúpido—la conforté con suavidad y deslicé un mechón de cabello castaño tras su oreja—. Es adorable. Eres adorable. No te culpes por desconocer las cosas que desconoces. Nadie nace sabiéndolo todo.

    No iba a culparla por desconocer, se había puesto en mis manos para aprender, me había llamado profesora. Aunque no era el término con el que solían dirigirse a mí en este tipo de situaciones, no era algo que me molestaba. Al contrario, me enorgullecía y me hacía sentir aún más responsable de la situación.

    Por eso, cuando su voz volvió a convertirse en un gemido ahogado y se estremeció sobre mi cuerpo con el segundo azote, me recorrió una mezcla dicotómica de placer y culpabilidad. Placer, porque era evidente que lo disfrutaba, y culpabilidad porque no parecía ser el momento.

    —Tienes razón, sería injusto—volví a acariciarla y no hubo nuevos impactos. Cuando su piel enrojecida se calmó, aparté finalmente la mano—. Siento si me he dejado llevar. ¿Estás bien? Puedo darte un pequeño masaje con una loción que tengo...

    Un dom nunca estaba lo suficientemente preparado. No todo eran correas, collares y fustas. El cuidado posterior era indespensable en cualquier sesión de BDSM, aún mas si esta incluía dolor. Sin embargo, incluso si no, era un momento de extremada vulnerabilidad para la persona sumisa. Los abrazos, los besos, las caricias, mantas suaves y cálidas y algo para comer y beber eran una necesidad. Estaba pensando en ese tipo de cosas, atenta a sus peticiones, cuando volvió a traer el arnés a colación.

    Sus mejillas se encendieron como rosas bajo la nieve y la imagen me hizo esbozar una sonrisa complaciente.

    —Mhm. Por supuesto—me acerqué lo suficiente para poder hablar directamente en su oído con la voz convertida en un ronroneo bajo, una orden que no lo era en su totalidad—. Ponte como te sientas más cómoda y relájate. Vuelvo enseguida.

    ***​

    Elegí algo cómodo, de textura suave y tamaño medio. El tamaño no era realmente importante, solo debía poder alcanzar ciertos lugares estratégicos. De hecho, algo excesivamente grande podía ser más molesto que placentero y no era eso lo que pretendíamos. El dolor controlado estaba bien hasta determinado punto, pero el dolor durante la penetración no era un opción.

    Cuando terminé de ajustar las correas y asegurarme de que se mantuviese firme en su lugar, un suspiro me estremeció el pecho.

    La miré, con sus mejillas enrojecidas y el cabello rebelde, respirando con una agitación que parecía querer disimular. ¿Era anticipación? ¿O era algo más?

    >>¿Ansiosa, amor?
     
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    La sentí colocarme un mechón de cabello tras la oreja, conciliadora y me dejé hacer, suavizando mis facciones sin darme cuenta. Me sentía... bastante cómoda en su presencia. Lo suficiente como para ser yo misma, pues no distinguía malicia ni brusquedad alguna en sus palabras. Podía equivocarme y podía atreverme a saltar al vacío sin miedo a estrellarme, pues tenía la seguridad de que no estaba sola en esto.

    —Tranquila —sonreí ligeramente, sincera, y busqué a tientas su mejilla hasta concederle una caricia suave. Negué con la cabeza cuando mencionó la opción de la loción—. Estoy bien. Es solo... Fue más la sorpresa que otra cosa.

    Y la vergüenza por la forma en la que reaccionó mi cuerpo, pero no había necesidad de señalar lo evidente.

    Ai lo dejó correr y se centró entonces en mi elección. La idea de ser penetrada por otra mujer me resultaba tan ajena y, a su vez, despertaba por completo mi interés. ¿Seria muy diferente? Muchos hombres, por desgracia, aceleraban los preparativos para centrar todo su interés en ese instante. Resultaba egoísta, y volvía la situación insulsa y desabrida. Pero eso no era así cuando compartía el mismo cuerpo y necesidades con la persona con la que disfrutaba del encuentro.

    Me estremecí, conteniendo el aliento cuando me susurró al oído que me pusiese cómoda y aguardase allí. Asentí. Lo hice con una docilidad que se sintió ajena, casi en automático, tal vez intentando contener la agitación y el latido inquieto dentro de mi pecho. Me senté sobre el colchón y tensé los labios, volcándome una vez más en el sentido de mi oído para seguir el rastro de su presencia por la habitación.

    "Tranquila, ya has hecho esto antes". Quise decirme a mí misma. No quería que notase mi nerviosismo, el cual se mezclaba con el deseo y la anticipación que se revolvían dentro de mí, y aproveché esos segundos para tratar de calmarme. "No será para tanto".

    "¿Ansiosa, amor?"

    —¿Eh? —Tomada por sorpresa por su voz di un ligerísimo respingo, alzando la cabeza en su dirección. ¿Eso era disimular, Liz? ¿De verdad? Las mejillas me ardieron con aún más fiereza que antes y negué rápidamente con la cabeza, lo cual resultaba aún más evidente si se podía—. No, no... ¡Osea, sí! —Si le decía que no, sonaría a que aquello no me importaba en lo absoluto, ¡y no era así para nada! Dejé caer finalmente los hombros con un suspiro, rendida. Ah, qué mas daba ya—. Perdona, es solo... Todo esto es muy nuevo para mí. En mucho sentidos —Me llevé una mano a la nuca, sobándola con cierto retraimiento. Solté una risa nasal—. Hasta hace no demasiado descubrí que mis preferencias no eran solo los hombres, y hay mucho, demasiado que claramente desconocía.

    >>Hacer algo así con otra mujer... —Dejé caer el brazo nuevamente y jugué con las sábanas entre mis dedos, distraída. Tensé los labios en anticipación, deseosa por saber más—. Me causa cierto pudor. Pero, sobre todo, mucha curiosidad.
     
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    —Tranquila—murmuré con suavidad, de forma tan meliflua como el susurro de la brisa entre las hojas. Apoyé mi mano sobre la suya, con la que jugaba con la sábanas—. Cariño, tómalo con calma. No tienes nada que demostrar.

    Apoyé una de mis rodillas en la cama, el colchón se hundió ligeramente bajo mi peso, y caminando a gatas me acerqué a ella. Pero no invadí propiamente su espacio personal. En lugar de ello me tumbé de lado junto a ella, encarándola, y sostuve mi mejilla sobre la palma de mi mano. El codo estaba flexionado sobre la almohada.

    —No es diferente a otro juguete que hayas usado antes—aquel era un tono de voz solo para nosotras, íntimo, bajo, pero profundamente conciliador—. Aunque lo lleve yo, no hay realmente ninguna diferencia. El arnés es simplemente para permitirle libertad a mis manos y facilitar la penetración. Y en mi opinión, es más higiénico que un pene de verdad. Pero, bueno... no soy quién para tener una opinión objetiva al respecto—exhalé una risa—. Los hombres me parecen barbáricos.

    >>Está frío, también. Perdón por eso. No lo estará mucho tiempo.

    Acaricié el contorno de su cuerpo, descendiendo con mis dedos desde su hombro a su muslo. Pude sentir su piel arder y erizarse en una mezcla de expectación y ansiedad. No parecía asustada, solo... inquieta. Al menos tenía la experiencia de haber tenido relaciones sexuales anteriormente con penetración. La única diferencia esta vez era que no estaba sola... y que la persona con la que compartía la cama también compartía su mismo género.

    —No hay motivos para estar nerviosa—continué en el mismo torno, suave, recorriendo su piel con la yema de mis dedos. Lejos de caricias eróticas, pretendían relajarla, o al menos, calmar gran parte de la tensión que podía adivinar en su cuerpo. Una tensión de la que tal vez ni siquiera ella era del todo consciente—. La última palabra la tienes tú. No voy a hacer absolutamente nada que no quieras que haga. Y si aún así quieres más control sobre la situación, siempre puedes ponerte encima.

    Detuve las caricias a la altura de su hombro cuando su cuerpo se estremeció. Recorrí su rostro con la mirada, las expresiones que podía ver, pues sus ojos aún permanecían detrás de la venda. Cuando finalmente se la quitase, tardaría un momento largo en acostumbrarse nuevamente a la luz.

    Entretenida con el rubor que asoló sus mejillas, ladeé ligeramente la cabeza.

    >>¿Cómo prefieres hacerlo?—aparté la mano de su cuerpo y la apoyé en el colchón, entre ambas— ¿Encima de mí? ¿Tal vez de espaldas? ¿Quizás te sientas atrevida y quieras apoyar el peso en tus manos y rodillas? ¿Cómo te sentirías más cómoda?
     
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    Sentí el colchón hundirse cerca de mí, mas su inminente cercanía no redobló mi inquietud. En su lugar la noté tumbarse cerca de mí, respetando mi espacio, y su comprensión y serenidad frente a las circunstancias relajó en cierta medida la tensión que se acumulaba sobre mis hombros, como copos de nieve sobre las ramas de un abedul.

    Su mano, cálida y conciliadora, me transmitió la misma cercanía que podía adivinar en sus palabras. De repente no parecíamos encontrarnos en una sesión de prácticas de BDSM, si no en una charla que dos amigas, en confidencia, podrían tener durante una fiesta de pijamas.

    Su apunte acerca de los hombres me arrancó una sonrisa ligera de los labios, relajando de igual forma mis facciones.

    —No te pierdes demasiado, tranquila —Le aseguré, creando contornos sin rumbo sobre la piel tersa de su dorso—. Encontrar a un hombre que no lo sea es como buscar una aguja en un pajar. Existen, pero están ocultos bajo la superficie. En cambio, con las mujeres es casi como... —Me detuve unos segundos, reflexiva, y entonces solté mi repentina ocurrencia—. Como buscar rosas en un rosal.

    Señaló que el tacto se sentiría frío y suponía que tenía sentido. Sería un contraste extraño... pero todo era cuestión de acostumbrarse. La sentí recorrer mi cuerpo con caricias ligeras que, lejos de avivar las llamas, supieron calmar mi inquieto corazón hasta que la indecisión quedó atrás. El breve paréntesis fue lo suficientemente efectivo como para poder racionalizar la situación y comprendí que, a grandes rasgos, ella tenía razón. No había nada que no hubiese hecho ya.

    La diferencia residía en cómo se llevaba a cabo.

    ">>¿Cómo prefieres hacerlo? ¿Encima de mí? ¿Tal vez de espaldas? ¿Quizás te sientas atrevida y quieras apoyar el peso en tus manos y rodillas? ¿Cómo te sentirías más cómoda?"

    —¿Es necesario elegir? —me permití soltar, liviana, dejando filtrar en mi voz cierto tono sugerente. A su criterio quedaría si debía o no tomarlo como una broma. Me tumbé finalmente a su lado, sobre mi costado, orientada hacia el lugar del que provenía su voz—. Me quedaré debajo de ti. Quiero acostumbrarme a la sensación primero... —Esbocé una mueca con los labios, en señal de aceptación—. Y ya no... necesito buscar el control de la situación como al inicio.

    Suspiré, dejando ir todo cuanto me había frenado hasta entonces. A pesar del rubor creciente en mis mejillas, sonaba más decidida que antes.

    >>Estoy bien así. Estoy lista.
     
    Última edición: 10 Marzo 2026
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    No me interesaba particularmente dirigir la charla hacia los hombres y sus manías, pero cuando mencionó la facilidad de encontrar mujeres dulces, a mis labios acudió una ligera sonrisa. Como buscar rosas en un rosal... Era el tipo de símil que yo misma usaría.

    —Las rosas tienen espinas, amor—le recordé a media voz, mas había cierta diversión en mi voz y en mi semblante—. Pero no te pinchas si sabes cómo tocarlas.

    No era necesario elegir, si se sentía con energías podíamos probarlas todas. Edén estaba cerrada y no tenía ninguna prisa por ir a ningún lugar. Éramos la una para la otra en ese momento. Y el bonito collar azul en su cuello era, por demás, un símbolo de pertenencia. Clematis era mía hasta que así ella lo dispusiera.

    Estoy bien así. Estoy lista.

    —Suenas como si fuera a fusilarte—se me escapó una risa liviana—. Me pregunto si puedo ayudar a relajarte un poco más.

    Llevé mi mano a su cadera y acerqué mi cuerpo al suyo con un sonido de satisfacción, hundiendo el rostro en su cuello para sembrar su piel de besos. Pequeños en un inicio, apenas ligeros roces de labios por encima del collar, aparentemente cautos, que terminaron por convertirse en profundos y húmedos a medida que recorría su piel.

    Allí donde había acariciado antes con mis manos puse mi lengua y mis labios. Y cuanto más descendía, más sentía la necesidad de bajar aún más. Quería deslizarme entre aquellas bonitas piernas que temblaban ligeramente y probar la humedad creciente con mis labios. Quería sentir sus dedos en mi cabello, aferrándose a mí, disculpándose por ser demasiado brusca mientras yo le respondía que podía hacerlo, que no me importaba. Que igual que me había pedido a mí, ella también podía ser más intensa.

    —Levanta un poco las caderas—instruí cuando mis labios alcanzaron su ombligo y alcé, desde aquella distancia, la mirada a su rostro—. Eso es. Ahora quiero que tomes una respiración profunda. No voy a ser más brusca hasta que me haya asegurado de que estás cómoda.

    Me moví despacio, tumbándola debajo de mí, con mi cuerpo entre sus piernas. Había flexionado sus muslos a ambos lados de mis caderas, solícita, haciéndome hueco entre ellos. Afiancé una de mis manos a su muslo y sostuve su cuerpo cuando el mío respondió, frotando la silicona helada del dildo entre aquellos pétalos húmedos que amanazaban con derretirse.

    No necesitaba sentirlo físicamente para saber lo caliente y mojada que estaba. Su cuerpo era tremendamente honesto.

    >>Cariño, si sigues así vas a hacer un desastre sobre mis sábanas—murmuré como el ronroneo de una criatura satisfecha y reí en voz baja solo por molestarla. La acerqué más a mí y una de sus piernas rodeó ansiosamente mi cintura. Cerré los ojos por unos segundos, complacida—. Mmmn. No vamos a desperdiciarlo, ¿verdad? Permíteme tomar un poco de este dulce néctar para lubricar el strap.

    Moví las caderas en círculos y la silicona se deslizó sobre la humedad creciente con un obsceno sonido húmedo. En lugar de hacer lo que ella pensaba que iba a hacer, me aseguré de que la punta del dildo hiciera contacto directo con su clítoris. Y cuanto más movía las caderas y más se producía ese pequeño contacto procaz, más se aceleraba la respiración de Clematis y más se estremecía su cuerpo. El rubor de sus mejillas se había extendido por su cuello y su pecho como un vasto campo de amapolas.

    Era absolutamente hermoso de ver.

    —Buena chica, amor. Lo estás haciendo muy bien.

    Sus reacciones, sus gemidos, la sensación tersa y ardiente del roce de nuestros cuerpos... Era una imagen de la que nunca parecía tener suficiente. No necesitaba sentirlo físicamente para sentirlo propiamente. Era más de lo necesario para mí.

    Mis labios buscaron los suyos en ese momento y mordí suavemente el inferior solicitando entrada al interior de su boca. Cuando me la concedió, con un gemido bajo, libidinoso, mi lengua rozó la suya, se enredó y deslizó en un beso profundo, electrizante e intenso. Si estaba acostumbrada a besar hombres... ¿qué pensaría de los labios de otra mujer? ¿Del calor, de la suavidad? ¿De esos pequeños gemidos que emergían de vez en cuando porque todo se sentía demasiado abrumador e intenso?

    >>¿Lo quieres dentro?—pregunté al separarme con la voz tomada por el deseo. Ni siquiera necesitaba decírmelo para que lo supiese pero, ¿cúal sería la gracia de eso?—. Pídemelo. Quiero escucharte.
     
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    No podía verla, pero noté la sonrisa en su voz cuando puntualizó el detalle de las rosas y sus espinas y reflejé su gesto en mí. Había escogido aquella metáfora de forma deliberada; bien por su predilección hacia ese tipo de símiles, bien porque, a pesar de su delicadeza y ternura en comparación con los hombres, había que saber tratarlas con los cuidados que merecían para evitar pincharse con ellas por accidente.

    "Suenas como si fuera a fusilarte"

    Su risa hizo que exhalase con nerviosismo, percatándome tarde de que tal vez no estaba tan relajada aún como creía.

    —Vas a tener que buscar otras vías, sí —convine, invitándola a hallar otras formas de calmar los remanentes de mi inquietud. Su mano sostuvo mi cadera y nuestros cuerpos se encontraron, reduciendo mi voz en un murmullo sedoso y satisfecho—. Confío en que estaré en buenas manos —Puntualicé cada sílaba con jocosidad, saboreando ese momento—, sensei~.

    Su cabello de sol me cosquilleó la nariz al hundirse en mi cuello e incliné el rostro a un lado con docilidad. Sus besos me dejaban sin fuerzas, me inutilizaban y sellaban cada pensamiento innecesario en algún lugar recóndito de mi mente, dejándola completamente en blanco. En cuestión de minutos, y a medida que los roces sutiles sobre la piel se transformaron en un reguero de besos húmedos y ardientes, la tensión en mi cuerpo fue desapareciendo, derritiéndome ante sus dedicadas atenciones.

    Alcé las cadera cuando me lo pidió y respiré profundo, relajando los músculos. Permití el acceso de Ai entre mis piernas y las flexioné, facilitándole la tarea. Giré el rostro hacia un lado, sobre la almohada, y contuve un gemido ahogado cuando sentí el roce directo del dildo, frío y extraño sobre mi creciente humedad.

    —Es... Ah... Es tu culpa —le reproché entre jadeos, apretando los ojos bajo la venda. Su apreciación acerca del desastre que yo misma sentía logró avivar el carmín que ya se había expandido lo suficiente sobre mi rostro en ese instante, de maneras imposibles. Rodeé su cadera, incapaz de contener más tiempo la creciente excitación—. No puedes esperar que... a-ah... reaccione de otra forma.

    Tenía una facilidad absurda para centrarse en mis zonas más sensibles en los momentos adecuados. Me volvía completamente loca. No necesitaba hacerlo, ya estaba lo suficientemente empapada como para que la lubricación no fuera un problema, pero eso no la detuvo de seguir consintiéndome: centró sus movimientos contra todo pronóstico sobre mi clítoris, sobre aquel botón rosado e hinchado que amenazaba con estallar en cualquier momento, y todo mi cuerpo se estremeció, saturado de dopamina y de un innegable placer. La venda sobre mis ojos solo redoblaba las intensas sensaciones que de por sí experimentaba.

    "Buena chica, amor. Lo estás haciendo muy bien."

    Esta mujer me quería matar, ¿cierto? Mi corazón no podía aguantar tanto. Mis suspiros se volvieron mas audibles, arrancándome un gemido que fui incapaz de conservar, y me removí entre estremecimientos bajo su cuerpo, recibiendo sus labios con ansiedad. Incliné el rostro, permitiéndole profundizar el beso, y nos devoramos sin contenciones, como si el mundo fuese a acabarse en cuestión de unas horas.

    Me estaba derritiendo, y, ¿la verdad? Tampoco quería hacer hacer nada por impedirlo.

    —Quiero sentirte —jadeé sin aire, respirando agitada contra sus labios. Rodeé su cintura con la pierna restante y la apreté contra mi cuerpo, con el deseo nublándome el juicio. Cada gesto involuntario no era si no una completa declaración de intenciones—. Dentro. Tan profundo como sea posible.

    Hasta que el oleaje embravecido se lleve entre sus olas mi nombre y apellidos.
     
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    Sensei
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    Me habían llamado muchas cosas, cada término más sumiso que el anterior, pero era la primera vez que se me dirigían con este en particular. No me molestaba, en realidad, era todo lo contrario. Henchía mi pecho de algo similar al orgullo mas no ese orgullo soberbio y obstinado, si no ese que sentías cuando todo estaba bien. Ese cálido, como el sol colándose entre las hojas de los árboles de un bosque frondoso. Hubo cierta jocosidad en su voz al mencionarlo pero me provocó un escalofrío. Quizás todo se resumía en eso: en que estaba enseñándole, ayudándola a descubrir un mundo que apenas conocía. Sus pasos, vacilantes en un inicio, ya no dudaban.

    Sabía muy bien lo que quería.

    —No espero que reacciones de otra forma—murmuré aún sobre la sensible piel de su cuello, agitada—. No quiero que reacciones de otra forma. Es justo así como deseo que lo hagas. Tu cuerpo me está suplicando, cariño. Gimiendo, jadeando y aferrándote a mí como un Komala... ¿cómo podría resistirme cuando actúas así?

    >>Si es mi culpa—bajé mi voz unas octavas aunque más que a propósito, fue consecuencia de la situación en la que nos encontrábamos—, debería hacerme responsable, ¿verdad?

    Hundí mis dedos en los mechones castaños, sentí su suavidad entre mis dedos y tiré de él hacia atrás para exponer aún más su garganta. Aquella piel enrojecida y sensible que el collar de cuero dejaba libre. Parecía una zona particularmente receptiva y pretendía hacer buen uso de esta información. Había almacenado cada pequeño detalle en mi mente, guardándolo en una cajita particular para su uso posterior.

    Un suspiro tembloroso, casi un gemido de necesidad me rasgó la garganta cuando su pierna restante se enredó alrededor de mi cintura y su cuerpo ansioso se apretó aún más contra mí. Mis senos rozaron los suyos, su respiración ardiente me cosquilleó la piel y envió una descarga de deseo directamente entre mis piernas. Y sus palabras... oh, sus palabras. Era todo lo que necesitaba oír.

    —Cielos. Vas a matarme si sigues haciendo esos bonitos sonidos en mi oído... Debería ser ilegal ser tan adorable—sus orejas estabas rojas, azoradas por el calor que la estaba consumiendo y me tomé la libertad de morder su lóbulo—. No vas a sentir ninguna molestia. Pero si lo hace, aunque solo sea por un instante, quiero me lo digas, ¿está bien? ¿Me prometes que lo harás?

    A pesar de la sensación de control, el deseo que nublaba mi juicio y que mi cuerpo ardía al contacto como una llama viva, mi prioridad nunca era yo misma. Por supuesto que disfrutaba sentir placer y sabía cómo pedirlo y obtenerlo, no tenía reparos en ser honesta con mis propios deseos. Pero disfrutaba más siendo una amante complaciente.

    Sentí la piel tersa de sus muslos con mis dedos, apreté, y separé sus piernas asegurándome de acomodarme entre ellas. No aparté la mirada de su rostro, atenta al más mínimo cambio en su expresión. Bien por comprobar sus reacciones, bien por el deseo que encendía mi piel. El rubor de su rostro era profundo e intenso. No podía ver sus ojos en ese momento pero podía imaginar el azul permeado por la libido, oscurecido como el salvaje océano en mitad de una tormenta.

    Dispuesta a responder sus demandas, empujé mis caderas hacia delante.

    El primer contacto la hizo tensarse contra mí. Fue como un pequeño sobresalto, como si su cuerpo aún estando preparado no esperase la sensación fría que repentinamente lo abrumó.

    No podía culparla. La silicona no era buena conductora del calor. Pero esa sensación fría no lo era todo. Y el pequeño detalle se disolvió cuando su cuerpo pidió más y solícita respondí. Los músculos del bajo de su vientre estaban tensos y llevé mis mano allí, presionando ligeramente cuando en un movimiento lento pero vehemente, su cuerpo quedó profundamente unido al mío.

    —Tan profundo como sea posible... ¿está bien así?—ronroneé en su oído. No podía avanzar más así que retrocedí y repetí el movimiento, profundo y conciso, llenándola con un nuevo empujón de caderas—. Mira que bien lo haces, amor... Sensei está muy orgullosa de ti.
     
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    —Te lo prometo —murmuré. Fue más una exhalación sin fuerzas apenas sus dientes atraparon mi lóbulo y rodeé su cuello con los brazos, necesitada de una toma a tierra.

    Mis dedos se enterraron entre sus hebras y tensé los labios en los segundos posteriores, conteniendo la respiración.

    Tal y como Ai vaticinó, no sentí ningún tipo de dolor. Mi cuerpo se amoldó a la intromisión, excitada, prácticamente derritiéndome bajo su tacto, y el strap se deslizó sin contenciones. Solté una exclamación ahogada y me enterré allí, en el hueco de su hombro, buscando aplacar las sensaciones iniciales con su cercanía.

    Mi interior hervía, el calor se había extendido a través de una fuga por cada perímetro de mi ser y el terrible contraste tuvo la capacidad de evidenciar lo extraño de aquella intromisión. Me tensé, apretando las piernas alrededor de su cintura, pero la sensación no permaneció ahí por mucho tiempo. El contacto helado perdió relevancia, el calor que me sofocaba lo engulló todo a su paso, llevándose lejos mis inquietudes y dejando atrás en su lugar una indescriptible sensación de placer que me permití al fin disfrutar.

    Mi cuerpo se movió solo al poco tiempo, buscando fricción, y Ai no dudó en llenarme de atenciones. Sus caderas se deslizaron con movimientos profundos y controlados, uniendo nuestros cuerpos a niveles imposibles. Inició como un vaivén lento, comedido, arrancando suspiros que incrementaban en volumen y frecuencia. Sentí la mente embotada con cientos de sensaciones a la vez; la suavidad de su cuerpo, el penetrante olor de su perfume, la sensualidad en el tono de su voz, alterada por efecto de la libido tal vez.

    —A-ah, eso... —gemí, agitada, dejando caer la cabeza hacia atrás—. ¡M-mngh...! Arceus... Así. Justo así.

    Hacer algo así con una mujer se sentía extraño, pero también tremendamente satisfactorio. Escapaba a todo cuanto había conocido hasta entonces, a todo cuanto me había cerrado a su vez, pero ese era un camino que ya no tenía por qué volver a transitar. Había tanto que desconocí hasta entonces.

    Mucho tiempo perdido, también, por recuperar.

    Me preguntaba, a medida que sus caderas me llenaban y me recorrían abrumadoras oleadas de placer, si aquella intensidad era producto de la venda, de Ai o si se debía a una explosiva combinación de ambas. Sabía cómo moverse, cómo adaptarse y, sobre todo, cómo amoldarse a mis sugerencias. Aprendía cada punto, cada debilidad y cada ventaja y las exprimía a su antojo hasta dejarme sin fuerzas. Nuestras voces pronto llenaron la habitación junto al lascivo vaivén de nuestros cuerpos. El colchón se quejaba, cediendo así con cada embiste.

    "Mira que bien lo haces, amor... Sensei está muy orgullosa de ti."

    >>Ai... ¡Ah...! —Intenté articular palabras coherentes, pero perdía el hilo al poco tiempo, sus movimientos arrancándome mi línea de pensamiento de cuajo. Solo podía reparar en lo bien que se sentía tenerla sobre mí, en lo mucho que me ponía que me elogiara, y en el poco control que tenía ya sobre mí misma. Mis dedos se cerraron ligeramente alrededor de sus hebras, incapaz de saber qué hacer con todo cuanto experimentaba—. Ya... Y-ya me acostumbré. Ya puedes... Más rápido...

    Podía sentir la presión de mi bajo vientre alcanzando extremos peligrosos cada vez que el strap rozaba el punto adecuado. Si seguía así solo era cuestión de tiempo, ambas lo sabíamos con certeza.

    Estaba hecha un absoluto desastre.
     
    Última edición: 22 Marzo 2026 a las 4:22 PM
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    —Aquí, cariño. Sujétate de mis hombros. No te preocupes si me arañas.

    Tomé gentilmente sus manos y las llevé hasta mis hombros permitiéndose que se sujetase de mí tanto con sus piernas como con sus brazos. Temí abrumarla en un inicio y busqué formas de mantenerla lo más posible centrada a tierra, pero cuanto más perdía el control más parecía disfrutarlo. Quizás la sumisión era algo más profundo en ella de lo que había visto.

    Un escalofrío profundo me erizó la piel cuando me pidió que lo hiciera más rápido, que ya se sentía cómoda. No podía pedírmelo así, con la voz tomada por el placer y el deseo... Su sumisión, irónicamente, iba a hacerme perder el control a mí.

    —Date la vuelta y apoya tu peso en tus manos y rodillas—instruí.

    Cuando se movió ronroneé, satisfecha y profundamente deleitaba y apreté mi cuerpo al suyo desde atrás. Presioné mis senos contra su espalda y le besé el cuello y la parte superior de los hombros mordiendo su piel lo suficiente para marcarla a intervalos irregulares. No me consideraba una persona posesiva como tal, era en realidad un impulso primario y salvaje, pero no nacía de ninguna necesidad de pertenencia.

    —Eso es—alabé—. Muy bien.

    Mis manos se anclaron a sus caderas y la atraje hacia mí, llenándola profundamente en el preciso instante en que la tuve cerca. Gimió, su voz hizo eco entre las paredes y me hizo sonreír, sumida en aquella sensación de dominio, delirante incluso con palabras que espacaban a la razón.

    —Estás temblando. Ni siquiera puedes formar oraciones completas... Pero te dije que era impredecible, amor. ¿Qué tal si subimos la intensidad un poco más?

    Se oyó un click y después un profundo y constante zumbido. Me había guardado ese detalle, pero la simple penetración era aburrida... y quería huir de cualquier cosa que se asemejase mínimamente al coito heterosexual.

    Fue inespearado. Como impactada por una descarga eléctrica su cuerpo perdió fuerza, y si no la estuviera sujetando por la cintura en ese momento, probablemente, abrumada y azotada por la intensa oleada de placer se hubiera desplomado sobre el colchón con la fragilidad de un pokémon recién nacido.

    —Shh. Shh... ¿demasiado intenso?—inquirí en voz baja, con un tono inesperadamente conciliador, bajo y atento—. Está bien si no puedes pensar, no pienses. Solo siénteme.

    Pegué su cuerpo al mío apreciando cada mínimo centímetro de su piel temblar y erizarse, ambas cubiertas por una ligera capa de sudor. Su cabello ahora rebelde olía a lavanda y me resultaba profundamente calmante, lo suficiente para hundir mi nariz en él. Una flor que implicaba silencio, pureza y serenidad quizás resultaba un poco irónica en estos momentos, pero no dejaba de apreciar el detalle.

    Dulce, hermoso, inesperado. Así como ella.

    ¿Cómo no apreciar las flores cuando formaban una parte tan importante de mí?

    >>Eso es. Y esta posición nos es solo control. De esta forma puedo...—deslicé mi mano entre sus piernas presionando sobre ese sensible brote con el índice y el dedo corazón—. Aquí.

    Con mi mano libre tiré con firmeza de la correa forzando a su espalda a arquearse contra mí. El calor era intenso y sofocante. Viciaba la habitación y parecía incluso difícil llenar los pulmones apropiadamente. Las respiraciones se convertían en jadeos, en suspiros entrecortados y gimidos guturales. La cama chirriaba, con los muelles del colchón quejádose a cada momento.

    Ah, por un segundo temí que cederían.

    Mordí el lóbulo de su oreja y lo besé posteriormente con la mente centrada en lo que estaba haciendo, incluso entre los chispazos de placer que me sacudían al escucharla gemir de esa forma. Si había un único objetivo en ese momento, no era solo llevarla al borde del orgasmo, era hacer que disfrutara cada mínimo segundo en su ascendo hasta él.

    Cada ínfimo, mínimo, instante.

    Pero a veces, tal vez de vez en cuando o quizás no solo entonces, me gustaba jugar con las circunstancias.

    Aparté mi mano de entre sus piernas y detuve todo movimiento en ese preciso momento, delineando su columna hasta el bajo de su espalda. Estaba tan cerca, tan cerca...

    Su cuerpo protestó.

    —Ah-ah... ¿Por qué tanta prisa, cariño? Aún no. La Dionaea no te ha dado permiso—y descendí aquella mano aún más, sinuosa, acariciando su glúteo con el dorso de mis dedos. Bajé mi tono unas octavas, un ronroneo peligroso vibró en él—. ¿No vas a ser una buena chica para mí? ¿Vas a obligarme a castigarte?

    >>O quizás... ¿eso no sea tanto un castigo para ti?
     
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    Andysaster

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    Nublada por las sensaciones y el tacto ardiente de su cuerpo me costó por un instante racionalizar su petición. Cuando lo comprendí, si bien me había mostrado proactiva con anterioridad, parecí... dudar por un instante. Entreabrí los labios, buscando las palabras, pero volví a cerrarlos al poco tiempo, con la respiración turbulenta y las mejillas teñidas de algo que iba más allá de la creciente excitación.

    Esa... postura que me pedía evidenciaba una completa y absoluta sumisión. Representaba la obediencia, la rendición y una palpable situación de vulnerabilidad. No le había permitido a ningún hombre por el momento acceder a ella; chocaba contra mi orgullo y mi deseo de control, uno por el que ya había luchado con anterioridad innumerables veces y seguía haciéndolo a día de hoy.

    No obstante, era una switcher. Como una alegoría de mi propia vida, esa necesidad de llevar las riendas de mi vida y de mi independencia también escondían deseos intensos de sentirme cuidada; de soltar responsabilidad, cederla y mostrarme verdaderamente vulnerable ante otros. La sumisión no era, pues la acción de ceder el poder como tal, si no de decidir cómo y con quién cederlo.

    Me mordí el labio inferior, reflexiva, y finalmente obedecí. La confianza y el cariño me habían llevado a desear la dominancia de Mimi sobre mí; la seguridad y el comfort que Ai me hacía sentir fueron decisivas en aquello que me llevó a aceptar sus órdenes. Apoyé el peso en mis extremidades, tal y como me indicó, y pronto cualquier clase de inquietud fue mitigada al sentirla apretarse contra mi cuerpo, arrancándome un profundo suspiro del pecho.

    La forma en la que me besaba; la manera que tenía de marcarme, sumida tal vez en un deseo voraz que no resultaba posesivo, si no primitivo y visceral. Sus elogios y cuidados despertaban mi lado más sumiso, era el caldo de cultivo perfecto para mostrarme facetas que, en otras circunstancias, donde primaban las luchas de poder o la terquedad de ambos, su aparición era inviable.

    —¡M-Mmngh...!

    Mi voz fluyó sin contenciones cuando volvió a introducir el juguete dentro de mí. Mis dedos se aferraron a las sábanas y apreté los labios, sintiendo mi cuerpo agitarse con cada embestida. Por mucho que quisiera decir algo, era incapaz de forman oraciones coherentes, y Ai pronto lo señaló. Entretenida, tal vez, por la forma en la que su dicharachera acompañante había perdido toda elocuencia y lucidez, decidió redoblar la apuesta con un factor sorpresa.

    Click.

    Todo mi ser fue sacudido por una oleada de placer inimaginable en el momento en el que el strap comenzó a vibrar dentro de mí. Como si hubiesen usado el movimiento Absorbefuerza en mí mis brazos se tambalearon y perdí agarre, pero Mamiya, sosteniéndome por las caderas, se aseguró de mantenerme erguida. Era incapaz de hacer el intento siquiera de abrir los ojos bajo la venda, las sensaciones eran tan intensas que me costaba cada vez más ubicarme en el espacio-tiempo. Solo podía escuchar su voz, amortiguada por mis propios jadeos y el sonido indecente de nuestros cuerpos al chocar entre sí.

    —Ai... ¡A-Ai... Ahh~...! —Era demasiado. Respirar se había vuelto imposible, así como siquiera pensar. No sabía qué demonios estaba diciendo. ¿Estaba diciendo algo acaso?—. El strap... Ah... V-vibrando... ¡Mngh...!

    Si apenas podía ya pronunciar palabras aisladas, Ai me animó a dejar de pensar del todo haciendo uso de su mano libre para presionar mi clítoris. Sin fuerzas, estremeciéndome por las oleadas de placer que no parecían darme tregua, me incliné hacia delante hasta casi apoyar el rostro sobre el colchón. Intentaba por todos los medios resistir, pero era demasiado. Se sentía... demasiado bien, mucho más de lo que había sentido hasta entonces. Estaba disfrutando cada momento como si fuese el último.

    Y justo cuando creí rozar los inicios del orgasmo, justo cuando la presión entre mis piernas estaba por ceder ante sus atenciones... cesó. Fue tan abrupto, tan anticlimático y tan frustrante, que busqué pegarme a su cuerpo casi con desesperación. Pero para ese entonces Ai apartó su mano de entre mis piernas, y sus caderas dejaron de buscar fricción.

    Solté un gruñido bajo, sin apenas reparar en lo que me pedía. ¿Permiso? ¿Castigo? ¿Qué...? La mente me iba con una lentitud pasmosa, y en lo único que podía reparar era en lo dolorosa y asfixiante que me resultaba la presión en mi bajo vientre. ¿Lo estaba... haciendo a propósito? ¿Se divertía con esto? Ugh, por más cuidadosa y complaciente que fuese, seguía siendo la misma Dionaea que me había dejado mostrar apenas sus colores durante nuestra velada en el invernadero. Astuta, juguetona y traviesa en ocasiones.

    Tenía que haberla visto venir.

    —N-No es... momento de... —Quise replicar, protestar tal vez, agitada y acalorada por las circunstancias. El aire en la habitación se sentía viciado, cada bocanada de aire ardía en los pulmones, o tal vez era mi cuerpo prendido en llamas. Entonces escuché su voz; el dorso de sus dedos acarició mis glúteos de manera superficial y me recorrió un escalofrío apremiante por la espalda. Ah, mierda. Estaba jodida hasta la médula—. Ai... ¿Qué es lo que...?

    "¿Qué es lo que quieres de mí?" Quise decir. Pero en el fondo ya lo sabía. Era la frustración y algún remanente de mi orgullo, tal vez, buscando interponerse en mi camino. Al inicio de aquella tarde, tal vez, hubiese surtido efecto. Hubiésemos chocado y Mamiya tendría que tirar de la correa nuevamente.

    Pero eso ya no sería necesario. Había aceptado esa parte dormida, escondida dentro de mí, con sus colores y sus matices.

    ¿Cómo no iba a permitirle echar un vistazo?

    >>...favor —murmuré en un principio. Mi voz sonó baja, apenas audible, y Ai me pidió que repitiese mis palabras. El rostro me ardió en el momento en el que alcé la voz de nuevo. Sonaba rendida, permeada por el deseo pero, también, algo más segura de mí misma en comparación. Segura de lo que quería y de lo que estaba dispuesta a hacer por conseguirlo. Era esa clase de persona terca e incansable—. Por favor, Ai. Sigue.

    >>¿Acaso... no lo notas? —Busqué su mano a tientas, cuidadosa y sensual, guiándola así sobre mi piel—. Lo mucho que deseo que me toques. Todo... mi cuerpo te lo está implorando —Contuve un gemido ahogado cuando la guié de nuevo hacia mi intimidad, derritiéndome con un tacto tan superficial y simple como ese—. ¿Ves? Esta humedad, la forma en que se eriza mi piel... Todo es por ti.

    >>Hasta que me quite el collar solo te pertenezco a ti, tú lo dijiste.

    Hagámoslo valer hasta que el sol se esconda en el horizonte.
     
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    Yugen

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    Ai Mamiya

    La Dionaea era caprichosa, por mucho que gustase de cuidar a otros. No podía negar que disfrutaba inmensamente de dominar y poseer. Pero contrario a lo que pudiera parecer, contrario a lo que haría otro dom en mi situación, yo no imponía nada, no exigía, no ordenaba. No buscaba imponer mi dominio y alzarme frente a la otra persona en detrimento a sus circunstancias, eso no era dominar. El BDSM era un contrato y ambas partes eran conscientes de lo que suponía. Y dentro de este contrato en particular, podía tomarme ciertas libertades.

    Y negar el orgasmo era una de ellas.

    ¿Qué es lo que quería de ella? ¿No era lo suficientemente obvio, pues? Su sumisión. Completa y absoluta. Era el mayor regalo que podía darme.

    Se hizo el silencio por unos segundos, tensos, donde el único sonido fueron nuestras respiraciones que corrían agitadas y llenaban el espacio sofocante. La vibración se había detenido, mis caderas estaban estáticas, mi mano lejos de dónde realmente deseaba tenerme.

    Simplemente aguardé, pues no tenía realmente ninguna prisa. Podía repetir el mismo movimiento, tocarla y llevarla al borde del orgasmo nuevamente, detiéndome en último momento hasta que me suplicara entre lágrimas que se lo permitiera. Pero no era tan cruel. No cuando había aceptado las implicaciones de ese bonito collar azul desde el principio. Se había conciliado con esa parte de su ser; esa que no pretendía controlar, que permitía que fueran otros quienes llevasen el ritmo y guiasen sus pasos.

    Estaba aprendiendo a soltar.

    Su voz se abrió paso en un murmullo bajo y dubitativo. Apenas alcancé a escucharla y murmuré un "¿Mhm?" suave, prestando atención por si volvía a repetirse.

    —¿Qué fue eso?—inquirí y llevé mi mano a su mentón—. Proyecta la voz, cariño.

    Lo repitió y un suspiro me estremeció el pecho cuando su mano ansiosa me guio nuevamente entre sus piernas. Sentí la humedad que se pegaba a mis dedos y el calor abrasador de su piel. Parecía estar derritiéndose debajo de mí, gota a gota. Incluso el interior de sus muslos estaba húmedo.

    Oh, cielos.

    Llevé la mano allí donde el strap desaparecía en su interior y volví a subir, hundiendo mis dedos entre los pétalos mojados solo por sentirla. Su cuerpo se estremeció e instintivamente buscó más de mí, pero no se lo permití ni siquiera entonces. Levanté la mano, impreganada con su esencia y la llevé hasta mis labios, los probé, y después los llevé a los suyos, haciendo la presión suficiente sobre estos para instarla a abrir la boca otra vez.

    —¿Sabes, amor? Desde la primera vez que te vi en el Parque Batalla supe que acabaríamos así—le confesé en un murmullo bajo—. O quizás no fue tanto un "supe" como un "deseé". Esa actitud aguerrida, desenvuelta y rebelde... me atrajo como la flor que crece buscando la luz del sol.

    >>Me recuerdas a Katherine de una forma que no puedo explicar. Más joven, pero el mismo espíritu indómito que me enamoró. Con ella yo era quien solía llevar el collar.

    Deslicé mis dedos fuera de sus labios con un sonido húmedo. Su saliva quedó por un breve instante unida a mi índice.

    Estaba temblando, rendida, su cuerpo tan tenso que debía haber cierta cuota de dolor en sus músculos, pero me mantuve inalterable.

    —Te he hecho una pregunta. Es de buena educación responder.

    >>Dime, ¿sería o no un castigo para ti?
     
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    Andysaster

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    Aquella experiencia me estaba sirviendo para aceptar otro lado de mi ser, eso era cierto. Pero la completa aceptación de todos esos matices requerían su propio ritmo, unos más lentos que otros. Aferrándome a la picaresca que formaba parte de mí busqué sortear la pregunta con sagacidad, desviando su atención con medias respuestas. Si me mostraba mucho más sumisa, si aprovechaba una mano traviesa para captar su interés en otro lugar...

    Pero eso no era suficiente para la Dionaea.

    Comprendí en ese instante que ni el mayor de los ingenios podría sortear su astucia.

    Su mano se deslizó hacia el interior de mis muslos y todo mi cuerpo reaccionó a su cercanía casi con desesperación. Jadeé, excitada y frustrada al mismo tiempo, pues no hacía más que tentar y dejarme a medias, una vez tras otra. Fruncí el ceño en respuesta, sintiendo el ardor redoblarse en mi rostro ante las vergonzosas palabras que me había hecho soltar de manera infructuosa. Quise replicar, pero entonces noté sus dedos tratar de separar mis labios y un escalofrío volvió a recorrer mi espalda al reconocer una vez más ese sabor extraño en mi paladar.

    Ah, iba a acabar conmigo entre esas cuatro paredes.

    Me habló de nuestro encuentro en el parque batalla, de mi aparente parecido con Lillium, y rodeé sus dedos con la lengua, respirando con agitación mientras la escuchaba. Acabar así no era algo que hubiese imaginado en ese instante, pero no me desagradaba el desarrollo de los acontecimientos. Tan solo lo hacía mi posición desventajosa en ese preciso instante.

    Pese a la ligera molestia que bullía en mi interior, la cruda necesidad opacaba toda clase de emociones que pudiese sentir en ese momento. Tensa, completamente expectante ante sus movimientos, dejé ir sus dedos de entre mis labios con un suspiro entrecortado y escuché una vez más su pregunta.

    "Dime, ¿sería o no un castigo para ti?"

    Mis dedos arrugaron nuevamente las sábanas, sintiéndome impotente. No había nada que pudiese hacer para eludir esa pregunta, me había quedado claro. Por cada silencio o negativa se encargaría de torturarme de manera sutil pero efectiva, llevándome al orgasmo para negármelo en el último momento. Iba a terminar por perder la cabeza. ¿Cuánto podría resistir esta cabezota si me lo propusiera?

    Tensé los labios.

    Por primera vez no deseaba descubrirlo.

    —... —Había agachado la cabeza, rendida, resignada y enrojecida hasta las orejas. ¿De qué servía negar más tiempo la realidad? Me abrumaba y avergonzaba terriblemente, ¿y qué? Todo se veía mejor que permanecer un par de segundos más en ese asfixiante estado—. ...No. No lo sería.

    Pero ella ya sabía la respuesta de sobra.
     
    Última edición: 24 Marzo 2026 a las 5:51 PM
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    Yugen

    Yugen D e p r e s s e d | m e s s

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    Ai Mamiya

    Quería que fuese honesta, por supuesto, pero no solo conmigo. Principalmente, quería que lo fuese consigo misma. De modo que no pasé por alto su intento de ignorar aquella cuestión. Si se estaba descubriendo a sí misma, si estaba explorando aquel camino que desconocía de mí mano, quería que aceptase las cosas que le gustaban de él, por muy vergonzosas que pudieran resultarle. Después de todo, no había nada de malo en ellas. ¿Acaso era eso lo que pensaba? ¿Que estaba cometiendo un error?

    —Mmm—asentí al escucharla. No podía ver su rostro desde esa posición pero sí sus orejas, las puntas enrojecidas que destacaban como carbón encendido entre los mechones castaños—. Buena chica. No ha sido tan difícil, ¿verdad? Solo tenías que ser honesta.

    —Yo no juzgo, mi amor. No tienes por qué avergonzarte. ¿Así que por qué simplemente no lo disfrutamos juntas?

    Mantuve un agarre firme en la correa y empujé su cuerpo hacia atrás en el momento preciso en que la palma de mi mano impactaba contra su nalga derecha. El sonido, alto y entrecortado que energió de su garganta estremeció hasta el último vello de mi cuerpo como una descarga eléctrica.

    —Eso es, otra vez—murmuré sobre su cuello, agitada—. Me gustan tus gemidos. Quiero escuchar cada pequeño sonido. Cada vez que pronuncias mi nombre, cada vez que tu cuerpo se aprieta y busca más de mí. Cada vez que tus caderas parecen incapaces de detenerse... Oh, si pudieras ver lo adorable que es eso.

    Se oyó otro click y la vibración regresó con más intensidad. No la llevé al máximo porque hubiera sido demasiado para ella en ese momento, pero sí me aseguré de que fuera más fuerte que la vez anterior. Tan intenso como pudiera soportarlo. hasta que el mundo se disdibujase, hasta que los pensamientos dejasen de tener valor. Hasta que todo lo que su cuerpo sintiese, como si estuviera grabado a fuego en su piel, fuese un placer agudo y delirante.

    >>Ven amor, no te contengas. Florece para mí.

    El resto del tiempo se diluyó, convirtiéndose en una amalgama de gemidos, jadeos y el sensual roce de la piel sin límites definidos. El tiempo se volvió estático por una horas, tan lento, tan lánguido... como si aguardara expectante por un final indeterminado. No hubo un solo espacio de la habitación que no marcáramos ni lugar que no tocásemos, ya fuese con los dedos o los labios.

    Cuando el sol comenzó a ocultarse, los rayos moribundos encontraron a Clematis entre mis brazos con mi mano acariciando su cabello empapado en sudor mientras aún temblaba, recuperándose de quién sabía qué climax. Le susurré palabras conciliadoras, suaves y melifluas hasta que encontró algún tipo de guía, un ancla que la llevase de nuevo a tierra firme.

    Mientras aún luchaba por pensar apropiadamente, solté la hebilla del collar asegurándome de que no hubiera dejado marcas en su piel, aunque sí había otro tipo de marcas infligidas con mis dientes y mi lengua, pequeños mordiscos y rastros de pintalabios. Su piel olía a rosas.

    Sin el collar era libre otra vez. Ya no había ningún tipo de contrato no escrito entre nosotras.

    —Voy a quitarte la venda, ¿de acuerdo?—indiqué a media voz haciéndome levemente hacia atrás para alcanzar la tira del pañuelo—. Mantén los ojos cerrados hasta que te avise.

    Después de tanto tiempo la claridad iba a molestarle. Era mucho más conveniente que se acostumbrara de forma paulatina a ella.

    Con dedos hábiles solté la venda y la retiré de su rostro. Parpadeó lentamente como si hubiera vuelto a nacer y sus párpados se abrieron con un ligero y suave aleteo. Livianas lágrimas se agrupaban en sus pestañas.

    >>Ahí estás—sonreí con simpatía acariciando su mejilla con el pulgar—. Bienvenida al mundo de la luz, cariño.
     
    Última edición: 25 Marzo 2026 a las 2:05 PM
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    Andysaster

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    La tarde se desarrolló sin contratiempos en un intensivo de autodescubrimiento y aceptación. Un despliegue de deseos y placeres inconfesables con esas cuatro paredes y nosotras mismas como únicas confidentes. Ai abrazaba cada pedazo escondido de mi ser con comprensión y cuidado y hallé allí, en el poder de su presencia y en la forma que tenía de apagar mi mente, la ansiada salvación de quien no encontraba paz en sí misma.

    Mis demandas fueron incrementando en necesidad con el tiempo; mis movimientos más bruscos, más mecánicos. Si Ai notaba cambios sutiles era una criatura considerada, pues jamás preguntaba. Se limitaba a complacerme y a cobrar mi sumisión como moneda de cambio, y así fue hasta que mi cuerpo, extenuado por el sobreesfuerzo al que lo sometí, supo que había tenido suficiente.

    Cuando me desplomé entre sus brazos, con la vulnerabilidad de un pokémon recién salido del huevo, fui comprendiendo lentamente, pese a no quererlo, que era momento de regresar a la realidad. La realización me llegó como un eco lejano, una ligera molestia en el pecho insensibilizada aún por la sobredosis de endorfinas. Sus manos deshicieron el cierre del collar que rodeaba aún mi cuello, y el choque fue similar a ser despojada de la calidez de las sábanas al despertar de un apacible sueño.

    —¿Ai...? —musité sintiendo la voz rasposa, tomada ligeramente por el uso.

    "Voy a quitarte la venda, ¿de acuerdo? Mantén los ojos cerrados hasta que te avise."

    Asentí brevemente, en automático. Después de tanto tiempo a oscuras, iba a sentirse extraño recuperar la visión. La venda había tenido la capacidad de hacerme sentir cada roce con una intensidad abrumadora, pero ya había cumplido con su papel. Era hora de abrir los ojos a la realidad.

    De aceptar que lo que una vez hecho, hecho está.

    Sus manos deshicieron el nudo con presteza y lo primero que sentí fue el ardor bajo mis párpados de unos ojos acostumbrados aún a la penumbra. Parpadeé con lentitud, apartando la humedad remanente en mis cuencas como si desease fingir que no existiese. La habitación se mostraba desdibujada y borrosa ante mí, pero con el transcurrir de los segundos cada contorno y cada matiz fue adquiriendo forma.

    Tumbadas sobre una cama desecha por el ardiente deseo que nos nubló el juicio enfoqué a la mujer que yacía ahora junto a mí. Acariciaba mi mejilla con mimo, liviana, y los últimos haces de luz del atardecer incidieron sobre su cabello de oro, arrancándole destellos anaranjados. Adoraba tanto ese color. La manera en que invitaba a hundir mis dedos en su cascada de sol y deslizar la suavidad de sus mechones entre mis yemas. Reparé en su fragancia, en la calidez de su piel y subí hasta sus orbes, sumida en un momentáneo trance. Todo aquello que mencionaba estaba bien, pero se quedaba corto en comparación al brillante azul en el que deseaba perderme de nuevo. Solo un instante.

    El corazón se me detuvo en ese momento y abrí los ojos, golpeada por la cruda e ineludible realidad. El tiempo dejó de fluir y todo cuanto logró adquirir forma se paralizó en su lugar. El nudo en mi garganta se afianzó, impidiéndome respirar.

    Verdes.

    Aquellos ojos no eran azules, si no verdes.

    Mi pecho se contrajo con una violencia inesperada. Parpadeé una vez. Dos. Las lágrimas me ardían detrás de las cuencas y la miré como si fuera la primera vez que la veía, aplastada por el opresivo peso de la culpa.

    Pero el color no cambió.

    Nunca iba a hacerlo.



    Porque no era ella.


    Sentí un tacto cálido deslizarse por mis mejillas y me llevé el dorso de los dedos hasta mi rostro con un sonido ahogado, sobrecogida. No sabía por qué demonios estaba llorando, o tal vez sí lo sabía pero no tenía control sobre mis actos y el mundo de repente se sentía un lugar hostil, demasiado pesado como para enfrentar lo que me sucedía.

    —Ai... Yo... —Traté de secar mis lágrimas, pero no se detenían, no importaba lo que hiciese. Agobiada por hacerle sentir culpable de algo que escapaba a su entendimiento me apresuré en hacerme entender, los hombros sacudiéndose entre sollozos esporádicos e incontenibles—. Lo siento, no es... No sé qué me pasa de repente...

    Pero la verdad ya se había abierto paso, silenciosa e implacable.

    Y esta vez, no había venda que pudiera ocultarla.
     
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    Yugen

    Yugen D e p r e s s e d | m e s s

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    Ai Mamiya

    Mentiría si dijese que no había extrañado esos ojos. Incluso así, nublados, perdidos... eran sumamente hermosos. Era el mismo azul que recordaba en mis sueños, el mismo mar insondable en el que deseaba hundirme. No importaba si las olas me arrastraban y me impedían nadar de regreso a la costa.

    Su mirada tardó unos segundos en centrarse. Pero cuando lo hizo, cuando la luz alcanzó sus ojos y pudo finalmente ver, algo sucedió.

    Algo que contradecía cualquier desenlace que hubiera imaginado.


    Cuando los ojos de Clematis encontraron los míos su expresión cambió bruscamente. Pareció... contrariada primero. Abrumada después. El brillo del mar de sus ojos vaciló y observé, consternada, la primera lágrima rodar por su mejilla hasta su mentón.

    La joven, que hasta hace unos momentos gemía bajo mis atenciones, ahora estaba allí junto a mí, llorando desconsoladamente. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas impávidas y ella trataba de ocultarlas forzosamente, limpiándolas con el antebrazo una y otra vez... pero era inútil. No importaba lo mucho que tratase, sus sollozos redoblaban de forma constante como ajenos a su ansioso deseo por detenerlos.

    No supe qué hacer.

    Fue ciertamente anticlimático para mí y el corazón se me contrajo dolorosamente en el pecho como si la espina de una rosa acabase de perforarlo. Enseguida el fantasma de la culpa planeó sobre mi cabeza y dejó caer su fría sombra sobre mis pensamientos.

    ¿Había... sido demasiado brusca? ¿Quizás no había calculado bien mi fuerza y ahora que el torrente de adrenalina había cesado su cuerpo se quejaba del ardor en la piel?

    —Hey... no...—la arrullé en voz baja como si pudiera espantar los demonios que la atormentaban con el calor de mi voz—. Shh, shh... tranquila.

    Mi primer impulso fue intentar calmarla y la atraje nuavemente hacia mí sosteniéndola entre mis brazos. Su piel estaba perlada de sudor, aún podía notar el corazón acelerado.

    Tomé suavemente su rostro entre mis manos y la forcé a mirarme.

    Tenía los ojos enrojecidos y rápidamente rehuyó mi mirada como si no pudiera soportar el solo hecho de hacer contacto visual. El pinchazo de la culpa punzó con fuerza.

    —¿Qué pasa, amor? ¿Te sientes mal? ¿Te duele?—recorrí con la mirada las visibles marcas en su piel. Florecían como rosas rojas tornándose ligeramente violetas en según que partes. Mi gesto se contrajo entonces, teñido de arrepentimiento y culpabilidad— Oh dioses, lo siento tantísimo... Déjame buscar algo para ayudarte...

    Dejé ir su cuerpo lentamente e hice el ademán de incorporarme de la cama.
     
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    Andysaster

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    Liza White

    Cuando sentí que Ai hacía el ademán de incorporarse el pánico me atravesó de lado a lado. Extendí una mano, temblorosa, atrapando su muñeca con urgencia. Me obligué a mirarla aunque me quemaba el alma hacerlo; las emociones que adiviné en el vibrante espesor de sus ojos tuvieron la capacidad de encogerme el corazón en el pecho.

    Había arrepentimiento en ellos.

    También culpabilidad.


    —No... No te vayas. Por favor —le pedí con un hilo de voz. Aquel desastre salido de control se había cobrado ya a su primera víctima y no iba a permitir que la situación siguiese escalando durante más tiempo—. No me duele... No es eso, Ai. Te lo prometo. Has sido... maravillosa en todo momento.

    La única culpable aquí era yo.

    Tensé los labios, conteniendo de forma burda mis sollozos. Agaché la mirada, con la mente dándome vueltas en un delirante frenesí. Motivada por un impulso repentino la atraje hacia mí y volví a acurrucarme entre sus brazos, llevándola de nuevo conmigo sobre el colchón. Fue una forma desesperada de retenerla, de contener el mar embravecido de mis emociones con su presencia cálida y amorosa.

    En ese momento no era más que una niña perdida y asustada, protegiéndome del ruido del mundo en la seguridad de sus brazos.

    >>¿Podemos... quedarnos así? Solo un momento —Le rogué con el transcurrir de los segundos. Mis hombros se sacudieron por espasmos irregulares, cada vez más espaciados en el tiempo. Sea lo que fuera que me sucedía, Ai tuvo la certeza en ese momento de que no hallaría la cura para mi dolor en un botiquín.

    No era un llanto que respondiera a algo físico, lo sabía bien.

    >>Lo siento, de verdad. Por preocuparte y por... —Sorbí por la nariz, abrumada—. Por estropear todo esto. No se suponía que fuese a ser así.

    Hundí mi rostro en el hueco de su cuello entonces, rehuyendo de su mirada una vez más e imitando, sin ser consciente, el ademán vulnerable de otra persona. Cuanto más la miraba a los ojos, más me perseguía el fantasma de aquello con lo que no deseaba lidiar. Era... tan injusto. Me había cuidado, me había protegido y me había tratado con amabilidad y atención desde mi llegada a Edén.

    Entonces... ¿por qué?

    ¿Por qué demonios no podía siquiera mirarla a los ojos ahora?
     
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  17.  
    Yugen

    Yugen D e p r e s s e d | m e s s

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    Escritora
    Ai Mamiya

    Tenía medicamentos y lociones en el botiquín, estaba segura de que la ayudarían a sentirse mejor. Debía haber sido más cuidadosa, generalmente era más hábil manteniendo la cabeza fría. ¿Era por su parecido con Lillium?

    La respiración se me cortó en la garganta en el momento en que me sujetó de la muñeca. Me tomó por sorpresa cuando me atrajo hacia sí y me abrazó, se acurrucó entre mis brazos y hundió el rostro en mi pecho. No... lo esperaba. El gesto se me antojó frágil, como una niña buscando consuelo en los brazos de su madre después de una pesadilla.

    Me recordó al incidente del ascensor. La misma ansiedad, ese miedo visceral y palpitante. Se veía diminuta repentinamente.

    Un suspiro me estremeció el pecho y rodeé nuevamente su cuerpo con mis brazos, estrechándola, cuando su voz convertida en un hilo vacilante se abrió paso en medio de los sollozos entrecortados.

    "¿Podemos... quedarnos así? Solo un momento."

    —Por supuesto. El tiempo que necesites.

    Acaricié su cabello y su espalda con movimientos suaves y conciliadores. Era un tacto gentil, uno que buscaba darle consuelo. No pregunté, no la interrumpí. Dejé que se deshaogase como lo viera apropiado, hasta que el peso en su pecho dejase de ser una carga tan difícil de llevar.

    Tenía mil preguntas, de hecho. Pero ninguna encontró la forma de materializarse. No lo consideré apropiado.

    Buscó disculparse y negué con la cabeza al cerrar los ojos.

    —No, no has estropeado nada, cariño—respondí—. Aunque pueda parecer extraño, no eres la primera persona que llora después de una sesión. Se liberan muchas emociones y cuando todo pasa, puedes sentirte muy vulnerable. Por eso el cuidado de después es tan importante.

    Todos su movimientos parecían encaminados a evitarme pero seguía buscándome, como si fuera el único consuelo que tuviera al alcance en medio de tribulaciones que no podía comprender. De nuevo estaba perdida, sin rumbo, dando pasos a ciegas en la oscuridad de su propia mente.

    La venda parecía haber sido un alivio momentáneo de algo de lo que quería esconderse. Quizás algo inconsciente, un pensamiento progresivo e insidioso.

    Sus sollozos fueron espaciándose con el tiempo, su cuerpo relajándose entre mis brazos. Y me pregunté... si escapar era lo correcto. Si como en el ascensor, huir de la realidad era la forma más conveniente de proceder.

    —... Pienso que lo que sea que te esté perturbando no es algo de lo que debas huir—le dije a media voz al cabo de unos minutos, confidente, en un tono que era solo para nosotras. Sus sollozos habían cesado aunque muy de vez en cuando aún la escuchaba sorber por la nariz—. Ya no llevas el collar y no tengo derecho a exigirte nada. Pero creo que hablar de ello te hará bien.

    Di un pequeño toque con mi índice en su mentón alevando su cabeza una vez más.

    >>Estoy aquí para escucharte. No como tu sensei, no como tu domme... solo como Ai—recorrí su rostro con la vista reparando en el rastro de lágrimas en sus mejillas antes de regresar a sus ojos. Se veía... completamente devastada. Mi expresión se suavizó—. Te lo dije antes, ¿verdad? Yo no juzgo, mi amor. Ese no es mi papel.
     
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  1. Naiki
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