—¿Y qué le pasó, Fabrizio, por qué anda lavando autos? —Donde trabajaba hacían sacrificios. —... ¿Cómo? —No tengo idea, no me pregunte, hijo, cosa de séptimas, sectas, ¡esa wea! —Pucha que lata... Bueno, tome 100 pesos, que no tengo vuelto. —Gracias, hijo.