Mini-rol Edén [Pokémon Rol Championship]

Tema en 'Salas de rol' iniciado por Yugen, 31 Diciembre 2025.

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    Yugen

    Yugen D e p r e s s e d | m e s s

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    Sentía curiosidad acerca de que tipo de opción escogería. Si se mentendría fiel a lo que conocía, a aquello que había probado antes u optaría por opciones menos convencionales. Por eso mantuve todos mis sentidos en ella, dispuesta a responder en caso de que tuviera alguna duda. Sin embargo y tomándome completamente desprevenida, preguntó con cierta contrariedad algo para lo que no estaba preparada. La miré como si la viera por vez primera, parpadeando en shock.

    Oh, cielos.


    La pregunta fue tan inocente y lejana a la realidad que me hizo reír. Y posteriormemte traté de contener dicha risa, pero los labios me temblaban cada vez que intentaba recompenerme. Sus avergonzados reproches me hacían sentir cierta culpabilidad, mas cada vez que recordaba esa inocente suposición suya solo regresaba al punto de inicio.

    —Perdón, cariño—me disculpé a pesar de que mis hombros seguían estremeciéndose entre pequeñas risas—. Eso... ha sido muy gracioso.

    Cuando finalmente logramos calmarnos, el ambiente se sentía liviano y distendido. Parecía algo tensa antes, pero dicha tensión había desaparecido ahora. Incluso cuando se sentía evidentemente avergonzada tras su pequeño desliz.

    >>No es estúpido—la conforté con suavidad y deslicé un mechón de cabello castaño tras su oreja—. Es adorable. Eres adorable. No te culpes por desconocer las cosas que desconoces. Nadie nace sabiéndolo todo.

    No iba a culparla por desconocer, se había puesto en mis manos para aprender, me había llamado profesora. Aunque no era el término con el que solían dirigirse a mí en este tipo de situaciones, no era algo que me molestaba. Al contrario, me enorgullecía y me hacía sentir aún más responsable de la situación.

    Por eso, cuando su voz volvió a convertirse en un gemido ahogado y se estremeció sobre mi cuerpo con el segundo azote, me recorrió una mezcla dicotómica de placer y culpabilidad. Placer, porque era evidente que lo disfrutaba, y culpabilidad porque no parecía ser el momento.

    —Tienes razón, sería injusto—volví a acariciarla y no hubo nuevos impactos. Cuando su piel enrojecida se calmó, aparté finalmente la mano—. Siento si me he dejado llevar. ¿Estás bien? Puedo darte un pequeño masaje con una loción que tengo...

    Un dom nunca estaba lo suficientemente preparado. No todo eran correas, collares y fustas. El cuidado posterior era indespensable en cualquier sesión de BDSM, aún mas si esta incluía dolor. Sin embargo, incluso si no, era un momento de extremada vulnerabilidad para la persona sumisa. Los abrazos, los besos, las caricias, mantas suaves y cálidas y algo para comer y beber eran una necesidad. Estaba pensando en ese tipo de cosas, atenta a sus peticiones, cuando volvió a traer el arnés a colación.

    Sus mejillas se encendieron como rosas bajo la nieve y la imagen me hizo esbozar una sonrisa complaciente.

    —Mhm. Por supuesto—me acerqué lo suficiente para poder hablar directamente en su oído con la voz convertida en un ronroneo bajo, una orden que no lo era en su totalidad—. Ponte como te sientas más cómoda y relájate. Vuelvo enseguida.

    ***​

    Elegí algo cómodo, de textura suave y tamaño medio. El tamaño no era realmente importante, solo debía poder alcanzar ciertos lugares estratégicos. De hecho, algo excesivamente grande podía ser más molesto que placentero y no era eso lo que pretendíamos. El dolor controlado estaba bien hasta determinado punto, pero el dolor durante la penetración no era un opción.

    Cuando terminé de ajustar las correas y asegurarme de que se mantuviese firme en su lugar, un suspiro me estremeció el pecho.

    La miré, con sus mejillas enrojecidas y el cabello rebelde, respirando con una agitación que parecía querer disimular. ¿Era anticipación? ¿O era algo más?

    >>¿Ansiosa, amor?
     
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    La sentí colocarme un mechón de cabello tras la oreja, conciliadora y me dejé hacer, suavizando mis facciones sin darme cuenta. Me sentía... bastante cómoda en su presencia. Lo suficiente como para ser yo misma, pues no distinguía malicia ni brusquedad alguna en sus palabras. Podía equivocarme y podía atreverme a saltar al vacío sin miedo a estrellarme, pues tenía la seguridad de que no estaba sola en esto.

    —Tranquila —sonreí ligeramente, sincera, y busqué a tientas su mejilla hasta concederle una caricia suave. Negué con la cabeza cuando mencionó la opción de la loción—. Estoy bien. Es solo... Fue más la sorpresa que otra cosa.

    Y la vergüenza por la forma en la que reaccionó mi cuerpo, pero no había necesidad de señalar lo evidente.

    Ai lo dejó correr y se centró entonces en mi elección. La idea de ser penetrada por otra mujer me resultaba tan ajena y, a su vez, despertaba por completo mi interés. ¿Seria muy diferente? Muchos hombres, por desgracia, aceleraban los preparativos para centrar todo su interés en ese instante. Resultaba egoísta, y volvía la situación insulsa y desabrida. Pero eso no era así cuando compartía el mismo cuerpo y necesidades con la persona con la que disfrutaba del encuentro.

    Me estremecí, conteniendo el aliento cuando me susurró al oído que me pusiese cómoda y aguardase allí. Asentí. Lo hice con una docilidad que se sintió ajena, casi en automático, tal vez intentando contener la agitación y el latido inquieto dentro de mi pecho. Me senté sobre el colchón y tensé los labios, volcándome una vez más en el sentido de mi oído para seguir el rastro de su presencia por la habitación.

    "Tranquila, ya has hecho esto antes". Quise decirme a mí misma. No quería que notase mi nerviosismo, el cual se mezclaba con el deseo y la anticipación que se revolvían dentro de mí, y aproveché esos segundos para tratar de calmarme. "No será para tanto".

    "¿Ansiosa, amor?"

    —¿Eh? —Tomada por sorpresa por su voz di un ligerísimo respingo, alzando la cabeza en su dirección. ¿Eso era disimular, Liz? ¿De verdad? Las mejillas me ardieron con aún más fiereza que antes y negué rápidamente con la cabeza, lo cual resultaba aún más evidente si se podía—. No, no... ¡Osea, sí! —Si le decía que no, sonaría a que aquello no me importaba en lo absoluto, ¡y no era así para nada! Dejé caer finalmente los hombros con un suspiro, rendida. Ah, qué mas daba ya—. Perdona, es solo... Todo esto es muy nuevo para mí. En mucho sentidos —Me llevé una mano a la nuca, sobándola con cierto retraimiento. Solté una risa nasal—. Hasta hace no demasiado descubrí que mis preferencias no eran solo los hombres, y hay mucho, demasiado que claramente desconocía.

    >>Hacer algo así con otra mujer... —Dejé caer el brazo nuevamente y jugué con las sábanas entre mis dedos, distraída. Tensé los labios en anticipación, deseosa por saber más—. Me causa cierto pudor. Pero, sobre todo, mucha curiosidad.
     
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    —Tranquila—murmuré con suavidad, de forma tan meliflua como el susurro de la brisa entre las hojas. Apoyé mi mano sobre la suya, con la que jugaba con la sábanas—. Cariño, tómalo con calma. No tienes nada que demostrar.

    Apoyé una de mis rodillas en la cama, el colchón se hundió ligeramente bajo mi peso, y caminando a gatas me acerqué a ella. Pero no invadí propiamente su espacio personal. En lugar de ello me tumbé de lado junto a ella, encarándola, y sostuve mi mejilla sobre la palma de mi mano. El codo estaba flexionado sobre la almohada.

    —No es diferente a otro juguete que hayas usado antes—aquel era un tono de voz solo para nosotras, íntimo, bajo, pero profundamente conciliador—. Aunque lo lleve yo, no hay realmente ninguna diferencia. El arnés es simplemente para permitirle libertad a mis manos y facilitar la penetración. Y en mi opinión, es más higiénico que un pene de verdad. Pero, bueno... no soy quién para tener una opinión objetiva al respecto—exhalé una risa—. Los hombres me parecen barbáricos.

    >>Está frío, también. Perdón por eso. No lo estará mucho tiempo.

    Acaricié el contorno de su cuerpo, descendiendo con mis dedos desde su hombro a su muslo. Pude sentir su piel arder y erizarse en una mezcla de expectación y ansiedad. No parecía asustada, solo... inquieta. Al menos tenía la experiencia de haber tenido relaciones sexuales anteriormente con penetración. La única diferencia esta vez era que no estaba sola... y que la persona con la que compartía la cama también compartía su mismo género.

    —No hay motivos para estar nerviosa—continué en el mismo torno, suave, recorriendo su piel con la yema de mis dedos. Lejos de caricias eróticas, pretendían relajarla, o al menos, calmar gran parte de la tensión que podía adivinar en su cuerpo. Una tensión de la que tal vez ni siquiera ella era del todo consciente—. La última palabra la tienes tú. No voy a hacer absolutamente nada que no quieras que haga. Y si aún así quieres más control sobre la situación, siempre puedes ponerte encima.

    Detuve las caricias a la altura de su hombro cuando su cuerpo se estremeció. Recorrí su rostro con la mirada, las expresiones que podía ver, pues sus ojos aún permanecían detrás de la venda. Cuando finalmente se la quitase, tardaría un momento largo en acostumbrarse nuevamente a la luz.

    Entretenida con el rubor que asoló sus mejillas, ladeé ligeramente la cabeza.

    >>¿Cómo prefieres hacerlo?—aparté la mano de su cuerpo y la apoyé en el colchón, entre ambas— ¿Encima de mí? ¿Tal vez de espaldas? ¿Quizás te sientas atrevida y quieras apoyar el peso en tus manos y rodillas? ¿Cómo te sentirías más cómoda?
     
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    Sentí el colchón hundirse cerca de mí, mas su inminente cercanía no redobló mi inquietud. En su lugar la noté tumbarse cerca de mí, respetando mi espacio, y su comprensión y serenidad frente a las circunstancias relajó en cierta medida la tensión que se acumulaba sobre mis hombros, como copos de nieve sobre las ramas de un abedul.

    Su mano, cálida y conciliadora, me transmitió la misma cercanía que podía adivinar en sus palabras. De repente no parecíamos encontrarnos en una sesión de prácticas de BDSM, si no en una charla que dos amigas, en confidencia, podrían tener durante una fiesta de pijamas.

    Su apunte acerca de los hombres me arrancó una sonrisa ligera de los labios, relajando de igual forma mis facciones.

    —No te pierdes demasiado, tranquila —Le aseguré, creando contornos sin rumbo sobre la piel tersa de su dorso—. Encontrar a un hombre que no lo sea es como buscar una aguja en un pajar. Existen, pero están ocultos bajo la superficie. En cambio, con las mujeres es casi como... —Me detuve unos segundos, reflexiva, y entonces solté mi repentina ocurrencia—. Como buscar rosas en un rosal.

    Señaló que el tacto se sentiría frío y suponía que tenía sentido. Sería un contraste extraño... pero todo era cuestión de acostumbrarse. La sentí recorrer mi cuerpo con caricias ligeras que, lejos de avivar las llamas, supieron calmar mi inquieto corazón hasta que la indecisión quedó atrás. El breve paréntesis fue lo suficientemente efectivo como para poder racionalizar la situación y comprendí que, a grandes rasgos, ella tenía razón. No había nada que no hubiese hecho ya.

    La diferencia residía en cómo se llevaba a cabo.

    ">>¿Cómo prefieres hacerlo? ¿Encima de mí? ¿Tal vez de espaldas? ¿Quizás te sientas atrevida y quieras apoyar el peso en tus manos y rodillas? ¿Cómo te sentirías más cómoda?"

    —¿Es necesario elegir? —me permití soltar, liviana, dejando filtrar en mi voz cierto tono sugerente. A su criterio quedaría si debía o no tomarlo como una broma. Me tumbé finalmente a su lado, sobre mi costado, orientada hacia el lugar del que provenía su voz—. Me quedaré debajo de ti. Quiero acostumbrarme a la sensación primero... —Esbocé una mueca con los labios, en señal de aceptación—. Y ya no... necesito buscar el control de la situación como al inicio.

    Suspiré, dejando ir todo cuanto me había frenado hasta entonces. A pesar del rubor creciente en mis mejillas, sonaba más decidida que antes.

    >>Estoy bien así. Estoy lista.
     
    Última edición: 10 Marzo 2026 a las 5:32 PM
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    No me interesaba particularmente dirigir la charla hacia los hombres y sus manías, pero cuando mencionó la facilidad de encontrar mujeres dulces, a mis labios acudió una ligera sonrisa. Como buscar rosas en un rosal... Era el tipo de símil que yo misma usaría.

    —Las rosas tienen espinas, amor—le recordé a media voz, mas había cierta diversión en mi voz y en mi semblante—. Pero no te pinchas si sabes cómo tocarlas.

    No era necesario elegir, si se sentía con energías podíamos probarlas todas. Edén estaba cerrada y no tenía ninguna prisa por ir a ningún lugar. Éramos la una para la otra en ese momento. Y el bonito collar azul en su cuello era, por demás, un símbolo de pertenencia. Clematis era mía hasta que así ella lo dispusiera.

    Estoy bien así. Estoy lista.

    —Suenas como si fuera a fusilarte—se me escapó una risa liviana—. Me pregunto si puedo ayudar a relajarte un poco más.

    Llevé mi mano a su cadera y acerqué mi cuerpo al suyo con un sonido de satisfacción, hundiendo el rostro en su cuello para sembrar su piel de besos. Pequeños en un inicio, apenas ligeros roces de labios por encima del collar, aparentemente cautos, que terminaron por convertirse en profundos y húmedos a medida que recorría su piel.

    Allí donde había acariciado antes con mis manos puse mi lengua y mis labios. Y cuanto más descendía, más sentía la necesidad de bajar aún más. Quería deslizarme entre aquellas bonitas piernas que temblaban ligeramente y probar la humedad creciente con mis labios. Quería sentir sus dedos en mi cabello, aferrándose a mí, disculpándose por ser demasiado brusca mientras yo le respondía que podía hacerlo, que no me importaba. Que igual que me había pedido a mí, ella también podía ser más intensa.

    —Levanta un poco las caderas—instruí cuando mis labios alcanzaron su ombligo y alcé, desde aquella distancia, la mirada a su rostro—. Eso es. Ahora quiero que tomes una respiración profunda. No voy a ser más brusca hasta que me haya asegurado de que estás cómoda.

    Me moví despacio, tumbándola debajo de mí, con mi cuerpo entre sus piernas. Había flexionado sus muslos a ambos lados de mis caderas, solícita, haciéndome hueco entre ellos. Afiancé una de mis manos a su muslo y sostuve su cuerpo cuando el mío respondió, frotando la silicona helada del dildo entre aquellos pétalos húmedos que amanazaban con derretirse.

    No necesitaba sentirlo físicamente para saber lo caliente y mojada que estaba. Su cuerpo era tremendamente honesto.

    >>Cariño, si sigues así vas a hacer un desastre sobre mis sábanas—murmuré como el ronroneo de una criatura satisfecha y reí en voz baja solo por molestarla. La acerqué más a mí y una de sus piernas rodeó ansiosamente mi cintura. Cerré los ojos por unos segundos, complacida—. Mmmn. No vamos a desperdiciarlo, ¿verdad? Permíteme tomar un poco de este dulce néctar para lubricar el strap.

    Moví las caderas en círculos y la silicona se deslizó sobre la humedad creciente con un obsceno sonido húmedo. En lugar de hacer lo que ella pensaba que iba a hacer, me aseguré de que la punta del dildo hiciera contacto directo con su clítoris. Y cuanto más movía las caderas y más se producía ese pequeño contacto procaz, más se aceleraba la respiración de Clematis y más se estremecía su cuerpo. El rubor de sus mejillas se había extendido por su cuello y su pecho como un vasto campo de amapolas.

    Era absolutamente hermoso de ver.

    —Buena chica, amor. Lo estás haciendo muy bien.

    Sus reacciones, sus gemidos, la sensación tersa y ardiente del roce de nuestros cuerpos... Era una imagen de la que nunca parecía tener suficiente. No necesitaba sentirlo físicamente para sentirlo propiamente. Era más de lo necesario para mí.

    Mis labios buscaron los suyos en ese momento y mordí suavemente el inferior solicitando entrada al interior de su boca. Cuando me la concedió, con un gemido bajo, libidinoso, mi lengua rozó la suya, se enredó y deslizó en un beso profundo, electrizante e intenso. Si estaba acostumbrada a besar hombres... ¿qué pensaría de los labios de otra mujer? ¿Del calor, de la suavidad? ¿De esos pequeños gemidos que emergían de vez en cuando porque todo se sentía demasiado abrumador e intenso?

    >>¿Lo quieres dentro?—pregunté al separarme con la voz tomada por el deseo. Ni siquiera necesitaba decírmelo para que lo supiese pero, ¿cúal sería la gracia de eso?—. Pídemelo. Quiero escucharte.
     
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    No podía verla, pero noté la sonrisa en su voz cuando puntualizó el detalle de las rosas y sus espinas y reflejé su gesto en mí. Había escogido aquella metáfora de forma deliberada; bien por su predilección hacia ese tipo de símiles, bien porque, a pesar de su delicadeza y ternura en comparación con los hombres, había que saber tratarlas con los cuidados que merecían para evitar pincharse con ellas por accidente.

    "Suenas como si fuera a fusilarte"

    Su risa hizo que exhalase con nerviosismo, percatándome tarde de que tal vez no estaba tan relajada aún como creía.

    —Vas a tener que buscar otras vías, sí —convine, invitándola a hallar otras formas de calmar los remanentes de mi inquietud. Su mano sostuvo mi cadera y nuestros cuerpos se encontraron, reduciendo mi voz en un murmullo sedoso y satisfecho—. Confío en que estaré en buenas manos —Puntualicé cada sílaba con jocosidad, saboreando ese momento—, sensei~.

    Su cabello de sol me cosquilleó la nariz al hundirse en mi cuello e incliné el rostro a un lado con docilidad. Sus besos me dejaban sin fuerzas, me inutilizaban y sellaban cada pensamiento innecesario en algún lugar recóndito de mi mente, dejándola completamente en blanco. En cuestión de minutos, y a medida que los roces sutiles sobre la piel se transformaron en un reguero de besos húmedos y ardientes, la tensión en mi cuerpo fue desapareciendo, derritiéndome ante sus dedicadas atenciones.

    Alcé las cadera cuando me lo pidió y respiré profundo, relajando los músculos. Permití el acceso de Ai entre mis piernas y las flexioné, facilitándole la tarea. Giré el rostro hacia un lado, sobre la almohada, y contuve un gemido ahogado cuando sentí el roce directo del dildo, frío y extraño sobre mi creciente humedad.

    —Es... Ah... Es tu culpa —le reproché entre jadeos, apretando los ojos bajo la venda. Su apreciación acerca del desastre que yo misma sentía logró avivar el carmín que ya se había expandido lo suficiente sobre mi rostro en ese instante, de maneras imposibles. Rodeé su cadera, incapaz de contener más tiempo la creciente excitación—. No puedes esperar que... a-ah... reaccione de otra forma.

    Tenía una facilidad absurda para centrarse en mis zonas más sensibles en los momentos adecuados. Me volvía completamente loca. No necesitaba hacerlo, ya estaba lo suficientemente empapada como para que la lubricación no fuera un problema, pero eso no la detuvo de seguir consintiéndome: centró sus movimientos contra todo pronóstico sobre mi clítoris, sobre aquel botón rosado e hinchado que amenazaba con estallar en cualquier momento, y todo mi cuerpo se estremeció, saturado de dopamina y de un innegable placer. La venda sobre mis ojos solo redoblaba las intensas sensaciones que de por sí experimentaba.

    "Buena chica, amor. Lo estás haciendo muy bien."

    Esta mujer me quería matar, ¿cierto? Mi corazón no podía aguantar tanto. Mis suspiros se volvieron mas audibles, arrancándome un gemido que fui incapaz de conservar, y me removí entre estremecimientos bajo su cuerpo, recibiendo sus labios con ansiedad. Incliné el rostro, permitiéndole profundizar el beso, y nos devoramos sin contenciones, como si el mundo fuese a acabarse en cuestión de unas horas.

    Me estaba derritiendo, y, ¿la verdad? Tampoco quería hacer hacer nada por impedirlo.

    —Quiero sentirte —jadeé sin aire, respirando agitada contra sus labios. Rodeé su cintura con la pierna restante y la apreté contra mi cuerpo, con el deseo nublándome el juicio. Cada gesto involuntario no era si no una completa declaración de intenciones—. Dentro. Tan profundo como sea posible.

    Hasta que el oleaje embravecido se lleve entre sus olas mi nombre y apellidos.
     
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  1. Naiki
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