Autor: Temarii Juuzou. Actividad: Días de A, B, C... K... Xutra [+18] Advertencia: Se hace alusión a relación sexual, de manera no explícita. D de Dolor El barco se alejaba, podía escuchar las olas chocando contra él. Conforme más avanzaba, correr detrás era estúpido, no porque fuese mucho más veloz que yo, sino porque en algún punto el muelle iba a terminarse y, por más rápido que pudiese correr, jamás podría alcanzarlo. Aun así, no dejo de hacerlo. Siento como mis piernas arden por el esfuerzo, no soy una atleta, tan solo soy una chica enamorada de su mejor amiga a punto de perderla para siempre. Suelto una risa irónica, anoche sentí el mismo dolor punzante en las piernas cuando había cargado contra la pared a Rosamound, aprisionándola contra mi cuerpo, rogándole con mis labios y caricias que no me abandonara, llenando su rostro de lágrimas amargas y promesas de amor por las que estaba dispuesta a morir, solo deseaba que me eligiera a mí, que se quedara en Londres conmigo. Recuerdo como me dolieron las piernas por el peso contrario, por el lugar tan pequeño en el que nos encontrábamos, pero no había dolido tanto como me dolía el corazón. El viento me golpea el rostro y me devuelve al presente. El muelle cruje bajo mis pasos, el océano salado llena mis pulmones con cada respiración que doy y el barco se aleja poco a poco. Anoche su respiración era lo único que escuchaba. No había mar, no había despedidas, no había futuro. Solo su piel tibia contra la mía y esa manera en que sus dedos se aferraban a mi espalda como si pudiera quedarse así para siempre. Anoche su perfume y el olor a madera vieja de ese viejo ropero era lo único que llenaba mis pulmones, nada que ver con la brisa salada del mar. —No te vayas —le susurré entre besos desesperados. Ella no respondió de inmediato. En lugar de eso, escondió el rostro en mi cuello y su silencio fue más cruel que cualquier palabra. Tropiezo, pero no me detengo. Me duele la rodilla, anoche al agacharme un pequeño tornillo se había clavado en mi piel, pero eso no me detuvo de probar por última vez el fruto prohibido de mi amada Rosamound, de intentar comvencerla con mi lengua de que el cielo que yo la haría tocar sería mil veces mejor que la de cualquiera. Me mantengo firme, no dejo que aquel tropiezo me haga caer. La orilla del muelle se ve cada vez más cerca, la gente murmura a mi alrededor, alguien me grita algo, pero no escucho. Solo la veo a ella, apoyada en la barandilla del barco. Anoche me miró igual. Sus ojos brillaban en la penumbra, no de pasión, sino de tristeza. Sus manos recorrían mi rostro como si estuviera memorizándolo, como si supiera que hoy, justo hoy, tendría que dejarlo atrás. El barco avanza. El muelle se termina. Mis pasos se frenan por instinto cuando ya no hay más madera bajo mis pies, solo agua oscura y el eco del motor alejándose. Mi pecho sube y baja con violencia. Ella sigue ahí. Rosamound no corre hacia la proa. No grita mi nombre. No intenta bajar. Solo me mira. A la distancia, su figura se vuelve más pequeña, pero su mirada sigue clavada en la mía. Es una mirada llena de todo lo que no dijo anoche. Lo entiendo entonces; no se fue porque no me amara, se fue porque amarme no era suficiente para quedarse. El barco se convierte en una sombra sobre el agua y yo me quedo allí, con las piernas temblando, el muelle vacío detrás de mí y la certeza de que hay despedidas que duelen más que cualquier ausencia. Vuelvo a caer de rodillas, Pero no como anoche, que al levantar la mirada, era el rostro de mi amada lo que miraba. Ahora, sobre mi, se encuentra un cielo gris, lleno de nubes y ni una estrella en él. Tan triste como mi propio ser. Rosamound sigue mirándome hasta que la niebla la borra. Y yo sigo allí, incluso cuando ya no hay nada que ver.