Shinjuku Nekomata Café [Cafetería]

Tema en 'Ciudad' iniciado por Gigi Blanche, 21 Octubre 2025.

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    Gigi Blanche

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    —Todos los colores. Mientras más colores, mejor. Aspiro a convertirme en un unicornio arcoiris alguna vez, ¿te lo dije? —Solté todo a tropel, sin siquiera tomar aire, y mi semblante mutó a asombro—. ¿No? ¿Nunca jamás, ni siquiera en las fiestas? Pues ya tenemos otro plan de verano entonces. ¡Es un clásico aquí! ¿Nunca viste un shojo o un slice of life de adolescentes, Al?

    Tras el fiasco del flancito, sentí una cosa suave y peluda refregarse contra mi pierna y no le presté mucha atención. Vi el postre de Al, usé la carta descarada de la novia promedio y sentí una mezcla bastante curiosa de culpa e ilusión. Una por pretender robarle la comida, claro, y la otra por... robarle la comida. ¿Tenía sentido? Erguí el torso, liberando espacio para su intercambio de platos, y me quedé viendo la gelatina.

    —¿Estás seguro...? No quiero- Bueno, en realidad sí, ¿a quién engaño? —Arrugué el ceño al escuchar lo de Kairi—. ¡No! No pasa nada. Nos atendió tan bien, no quiero hacerlo sentir incómodo ni nada. Tal vez sólo soy yo, ¿eh? Me habrá picado algo que me cambió las papilas gustativas en este preciso instante. ¡Morgana! —Arranqué al gatito de su dulce sueño al levantarlo—. ¡¿Qué me hiciste?!

    Terminé cortando el teatro innecesario pues Al se dispuso a probar el pudding y yo le presté suma atención. Una parte de mí quería que me diera la razón y la otra, claro, esperaba que en realidad a él sí le gustara para... para que no sufriera, básicamente. ¡Vaya! Cuántas emociones complicadas. Dijo que le agradaba, lo escuché reírse y fui consciente de que eso, en realidad, era lo que más me importaba.

    —Bueno, a ver la gelatina... —anuncié, estirando el suspenso como si estuviéramos en un MasterChef. Finalmente me llevé la cucharada a la boca y aplasté el cuadradito contra mi paladar, analizando el sabor—. No me provocó una pataleta como el pudding, así que ya es algo, pero... No sé, ¿creo que no son lo suficientemente dulces para mí?

    Comí una vez más y me reí, girando la cuchara entre mis dedos.

    —Qué más da, lo importante es que a ti sí te gustaron los postres. ¡Eso sí es el milagro de verano! —Apoyé los codos en la mesa, mi rostro en mis manos, y mientras lo miraba sonreí—. Me gustó que me digas love. Y me gustó todo aquí, desde los gatitos, hasta la comida y tu compañía. Es una primera cita perfecta.

    La risa me cerró los ojos y deshice la posición para estirar el brazo hacia él, alzando mi pulgar.

    —¡Diez de diez!


    ni dos citas adentro y ya empezaron con las manías JAJAJAJA
     
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    —Creo que no, pero debería haberlo asumido —reboté a lo de convertirse en unicornio arcoiris, mi voz estuvo parchada de una diversión inocente, pues me di cuenta de que había hablado en tropel. Luego negué con la cabeza a... Pues ambas cosas, lo de la pólvora y lo del shojo y slice of life—. Creo que los grandes fuegos artificiales de los festivales y de Año Nuevo me bastaban hasta ahora. Así que podemos añadirlo a la lista de planes de verano.

    Al decirlo le dediqué una sonrisa antes de que sucediera la tragedia del postre. Me preguntó si estaba seguro, aunque no le duró nada y luego me pidió que no le dijera nada a Kairi por cómo nos había entendido. Me lo pensé, en vistas del incidente yakitori, pero igual era solo mi paladar así que quizás era injusto para el pobre diablo. Desistí de mencionarlo entonces, pero no llegué a decirlo porque ella me distrajo al arrebatar a Morgana de su quinto sueño para echarle las culpas y no pude evitar reírme, fue casi una carcajada. El bichillo soltó un maullido quejicoso, seguramente más molesto por haber sido despertado que por ser acusado así.

    —No sé yo si Morgana tiene algo que ver —argumenté entre la risa.

    Me quedé a gusto con el pudding entonces, así que seguí comiendo a la vez que me mantuve atento a su opinión de la gelatina. Su veredicto final me sacó una risa un poco sin gracia, algo decepcionado porque el postre hubiese resultado así, pero su conclusión del por qué quizás tuvo algo de sentido. En sí los postres japoneses procuraban no ser demasiado dulces, la cultura como tal no era fanática de las cosas empalagosas.

    —Quizás en otra cafetería hagan postres más aptos para tu gusto por el azúcar —reflexioné luego de otra cucharada.

    Al final dijo que lo importante era que a mí le habían gustado y oírlo así, incluso con la tontería del milagro de verano, me estiró una sonrisa enternecida. Se veía que lo que nos importaba a ambos era si el otro había disfrutado y ya. Era ridículamente sencillo. Siguió hablando y sentí algo de vergüenza al escucharla decir que le gustó que le dijera love, después que le había gustado el lugar también y mi sonrisa se estiró gradualmente. Así como ella había dicho, eso era lo más importante.

    —Ojalá que todas las citas que vengan sean igual de buenas o incluso mejor entonces, love —dije primero, contento.

    Con su calificación a la primera cita, entonces mi mente se deslizó a una idea tonta que conservaba desde que la invité. Mis ojos viajaron por la mesa, los platos de postre, los vasos de agua, Derpy por un lado. Finalmente volvieron a ella y la miré como si no la hubiese visto ya muchas veces, el negro de su cabello, las trenzas, los collares. El rosado de sus ojos y la forma en que hablaba conmigo sin parar, a pesar de lo callado que yo podía ser.

    —Había una cosa que quería preguntarte —comencé, en apariencia tranquilo—. O más bien, que quería re-preguntarte aunque estemos aquí porque ya nos dimos esa respuesta... Es una tontería tal vez, pero quería repetirlo en un lugar lindo que nos gustara a ambos, luego de haber tenido una cita bonita. Una cita de verdad. Es algo penoso, pero es la primera cita real que tengo.

    Tomé una bocanada de aire y sostuve su mirada. Todo lo que hacíamos era un poco aparatoso, torpe o impulsivo, pero así éramos. Así nos queríamos, así nos elegíamos el uno al otro. Así esperaba algún día ser la persona que ella merecía.

    —¿Quieres ser mi novia, An?
     
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    —Necesitaremos un papiro para anotar todos nuestros planes —me carcajeé con liviandad, aunque al decirlo sentí una calidez indiscutible en el pecho.

    Realmente había tantísimas cosas que quería hacer con él, y el hecho de contar con todo el verano por delante... Pobre criatura, no lo dejaría en paz. Aún tenía a Morgana alzado como si lo hubiese puesto contra una pared de fusilamiento y giré el rostro violentamente hacia Altan al escucharlo defenderlo. Ah, ya entendía todo, ¡estaban complotados!

    —Tú deja que Morgana se defienda solito si tiene con qué hacerlo.

    Claro que acabé regresando al gatito a mi regazo y lo acaricié un rato, desde la cabeza hasta el lomo, en una suerte de disculpa tácita por haber interrumpido su visita a Morfeo. Asentí a la posibilidad que planteó Altan y me limité a seguir comiendo la gelatina, pensando si se me ocurría algún otro café particularmente conocido por sus... ¿postres extra dulces? Ahora que me paraba a reflexionarlo, no había visitado muchos de estos lugares desde que vivía en Japón. Sola no lo haría, mamá vivía ocupada y los chicos se limitaban a Kabukicho y los alrededores, con los parques, la pista de skate, las tienduchas de ramen y los bares levantados con dos chapas. Kakeru muchas veces había propuesto planes típicos de citas, pero al final había cancelado la gran mayoría por cualquier cantidad de excusas. Que se sentía mal, que estaba ocupado, o que "al final no podía" a secas. En su momento había llegado a frustrarme, ahora lo entendía.

    Los dos habitamos un lugar increíblemente oscuro el año pasado.

    Altan me cumplió el capricho y volver a oír aquel "love" de su boca me lanzó una sensación de lo más bonita, como un destello de luz que chispeó y se propagó por mi cuerpo, entibiándolo. Aguardé, pues parecía querer seguir hablando, y cacé sus intenciones más o menos a la mitad del mini speech. ¿Su primera cita real? Sonreí, enternecida, y meneé apenas la cabeza. La pregunta finalmente brotó de sus labios y el destello de luz se multiplicó, convirtiéndose en lisa y llana energía. Sin siquiera pensarlo me incorporé, dejé a Morgana en mi silla y rodeé a Altan para abrazarlo por los hombros, apretujándolo con mucho, mucho cariño. Dejé un beso en su mejilla, largo, y echarle un vistazo a Eevee me hizo sonreír.

    —¿Aquí es donde digo que no por el bien del suspenso dramático? —bromeé en voz baja, presionando los labios una vez más; pegué mi mejilla a la suya y cerré los ojos—. Sí, Al. Claro que sí. Sí y mil veces sí.

    Mi sonrisa se ensanchó y entreabrí los ojos, viéndolo de soslayo pese a estar todo desenfocado. Mi voz descendió ligeramente.

    —¿Ahora nos vamos de aquí, que quiero agradecerte apropiadamente la cita?

     
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    Al oír lo del papiro solté una nueva risa y asentí con la cabeza, totalmente comprometido con la tarea. Igual no era mala idea, no sé, ¿hacer un documento y apuntar nuestras potenciales ideas de citas? También podíamos aplicar lo del papiro, pero en vez de papiro, una libreta random en donde ambos fuésemos anotando lo que se nos ocurriera. Así podíamos elegir luego con calma y, sobre todo, que no acabaran perdidas sobre ideas que se nos ocurrieran después.

    Por demás Morgana seguía siendo acusado y yo, por bocón, terminé siendo su compinche. Alcé las cejas al oírla decir que dejara al enano defenderse solo y miré al animal pequeño, despeinado y flacucho. No parecía que tuviera mucho con que defenderse.

    —Lo siento, amigo. Mi chica ha hablado.

    Al final lo devolvió a su regazo, lo mimó y todo el tema. Yo volví a usar el apelativo que admitió que le gustaba y en medio de mi discurso/confesión, la vi sonreír. Al terminar ella se levantó, dejó al gato en la silla y me abrazó por los hombros. Recibir el calor de su cuerpo y el cariño del gesto fue agradable y hermoso. Por ello sin siquiera pensarlo la envolví también a como pude y cerré los ojos, recibiendo su beso en la mejilla. Sentía el cuerpo liviano y los pensamientos vueltos aire también.

    —Por favor no —atajé a su broma, algo nervioso, pero sonreí al recibir el siguiente beso y oírla—. Te quiero mucho, An. Gracias por darme la mejor primera cita que pude imaginar.

    Lo siguiente que dijo, a un volumen diferente, me sacó una risa baja e insté al gato a hacerse a un lado para poder levantarme. Me despegué con cuidado de ella y al estar de pie tomé su rostro entre las manos para dejarle un beso en la frente.

    —Recoge a Derpy y dile hasta luego al pobre Morgana, iré a pagar —le dije en un murmuro sin perder la sonrisa.

    Kairi de pronto estaba en un rush de clientes, pero al verme en la caja dejó una bandeja en la ventanilla de la cocina y correteó hacia mí. Saqué la tarjeta, el chico colocó la cantidad en el datáfono y en dos segundos estaba cancelado. Él, en vez de retomar su tarea, me acompañó a nuestra mesa y allí buscó devolver a Morgana a su delantal. Yo busqué a Eevee, que estaba plantado junto a la silla moviendo la cola, y le hice un mimo entre las orejas que aceptó con gusto.

    —Anna, Altan, fue un placer atenderlos, de verdad. Quería despedirlos personalmente —comenzó e hizo una reverencia ligera—. No puedo quedarme mucho, que de pronto se nos activó la clientela, pero espero que vuelvan pronto aunque sea por los gatos. En Nekomata siempre los estaremos esperando.

    —Gracias a ti por todo —le dije al muchacho y le sonreí.

    Esperé por Anna, claro, que seguro querría despedirse del colorinches. De todas formas estiré la mano hacia ella para que la tomara y en cuanto estuviera lista podríamos retirarnos, ya que yo, obviamente, estaba muy interesado en ese agradecimiento que había mencionado.
     
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    —Agradécele a los michis —repliqué a su agradecimiento mientras lo abrazaba, y estiré un brazo por delante de su torso para rascar a Eevee entre las orejas.

    Me erguí al ver sus intenciones de levantarse y cerré los ojos cuando sus labios encontraron mi frente. Asentí y lo vi marcharse, sintiendo un poco de calor en las mejillas. Eran tonterías, pero entre el "mi chica" de hace un rato y este anuncio que, aún suave, había cargado cierto tinte imperativo... Bueno, sólo era una chica, ¿vale? Una tenía sus debilidades. Pillé la bolsa de Derpy, la abrí de las manijas para saludar al peluche en voz baja y luego me acuclillé junto a Morgana, quien me recibió muy sentado en mi silla.

    —Gracias por quedarte conmigo y acompañarme, chiquitín —le murmuré en español—. Nos vamos a seguir viendo y vamos a convertirnos en los mejores amigos del mundo mundial, ¿querés?

    Fue mientras me erguía que conecté neuronas con la velocidad de un caracol. "Iré a pagar", había dicho. ¡Iba a pagar todo! Giré el cuerpo para recibir a Altan, pero me tragué lo que planeaba decir al ver que venía junto a Kairi.

    —Estuvo todo super bonito —concordé tras las palabras de Altan, sonriendo ampliamente—. Hasta entonces, Kairi.

    Él se había inclinado así que yo también lo hice, por qué no, y la formalidad del gesto me hizo gracia. ¿Si empezaba a ayudar aquí tendría que comportarme así frente a los clientes? Sonaba divertido. Ya había entrelazado mi mano con la de Altan, y entonces alcé el rostro para sonreírle y empezar a caminar. Al otro lado, Derby se balanceaba como en el camino de ida. Atravesamos la doble puerta del café y el calor del exterior cayó sobre mi cuerpo como una ola infernal.

    —Mierda, me había acostumbrado demasiado al fresquito del aire —comenté, virando en la esquina para enfilar hacia mi casa—. ¿Te tomarás el tren o un Uber, niño rico?
     
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    Sonreí al verla acariciar a Eevee y también le hice un mimo, ante lo que el animal se quedó contento. De todas formas era un plan contra tontos, la cafetería con gatitos iba a gustarle y yo lo sabía, pero eso no quitaba lo contento que me sentía con cómo había resultado todo.

    En cualquier caso, me dispuse a pagar y ella atendió a lo que le pedí mientras me encargaba de eso. Era mi honor de novio el que estaba en juego de nuevo, ni siquiera iba a aceptar cualquier opinión sobre el tema, yo pagaba porque pagaba y punto.

    Al volver, Kairi se acomodó a Morgana y todos nos despedimos. A él una sonrisa bastante amplia le alcanzó el rostro al oír a Anna y se rio un poco al verla replicar el gesto formal de la reverencia.

    —Acuérdate de llenar el formulario —dijo antes que cruzáramos la puerta y entonces sí volvió a sus labores.

    Anna tomó mi mano, recibí su sonrisa y la reflejé. Una vez afuera, el calor me evaporó la sonrisa y la miré cuando me habló, asintiendo para secundar que yo también me había acostumbrado al fresco de adentro. Ya se me había olvidado incluso que seguía siendo verano afuera.

    —Por suerte no se me ocurrió hacer plan al aire libre, imagina cómo habríamos quedado. Cocinados —comenté al aire y mientras caminábamos la miré, fingiendo ofensa ante lo de niño rico—. Pues con este calor me vuelvo en Uber, como el niño rico que soy. Nos vamos a broncear de aquí a tu casa, ahora imagina si hago todo el camino hasta la mía. Tampoco es tan milagroso el bloqueador.

    Balanceé su mano con cuidado, porque sí. Ya con el recorrido de antes podía recordar qué calles seguir con tal de volver a su casa.

    —Ah, debí comprarle algo a Berta para comenzar a ganarme su favor. —Fue un pensamiento en voz alta, siquiera lo filtré.
     
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    Me apresuré en efectuar un gesto militar ante el recordatorio de Kairi y una vez el muchacho se marchó, nosotros hicimos lo propio hacia el exterior del local.

    —También es cuestión de habituarse, supongo —reflexioné sobre la temperatura y el verano—. Siempre he oído a gente quejarse del calor pero yo creo que en gran parte es... hmm... ¿un estado mental? ¿O algo así? En plan, que si estás todo el tiempo pensando "qué calor tengo", ¡pues el calor jamás se te irá! En cambio, si lo aceptas y le dejas de dar importancia, eventualmente ya no se sentirá tan tedioso. O tal vez simplemente sea que sufro menos el calor que otras personas, claro.

    Su ofensa, fingida o no, me arrancó una risilla y asentí, escogiendo el camino de la piedad. Además, no podía culparlo. Si mis padres fuesen ricos también usaría de buena gana los maravillosos beneficios del transporte privado.

    —Para eso primero Berta tendría que saber que el regalo viene de ti —respondí despreocupada, y de repente lo miré—. Y no puse ni un almohadón en su lugar, así que aún no puedes conocer mi casa. ¡Imagina qué papelón!

    Sabía que a él no le importaría, pero a mí un poco sí lo hacía. Seguimos agotando la distancia que habíamos trazado en primer lugar, nuestras manos se sentían un poco sudadas pero aún así no quise soltarlo; al otro lado, el pobre tigre deforme se balanceaba en su bolsa con un vaivén y una diligencia que marearían a cualquiera. No quise brindarle demasiado pensamiento a la tontería que, con tanta valentía, le había soltado al oído. El calor y los minutos habían desinflado mi coraje hasta convertirme en un globo pinchado, pero aún así quería... Bueno, la verdad era que sí quería. Lo del agradecimiento sólo era una conveniente excusa.

    —Henos aquí —anuncié, deteniéndome frente a mi casa. Viré el cuerpo hacia él, miré nuestras manos y luego subí a sus ojos—. Bueno, ya puedes irte, ¿o acaso esperabas algo?

    La broma sólo pretendía apalear mis propios nervios. Haciendo un esfuerzo colosal por disimularlos, me eché encima una sonrisa más bien relajada y me solté para enganchar mis manos detrás de su cuello, arrimándome a él; Derpy había quedado en el suelo. Me elevé ligeramente sobre mis puntillas, aprecié sus facciones un rato y, entonces, presioné la yema de mis dedos en su nuca.

    —Perdona si te estás cocinando, Al —murmuré, cada vez más cerca—, pero realmente quería hacer esto.

    Y lo besé. Mis labios entreabiertos se imprimieron contra los suyos y me mantuve así un par de segundos, respirando por la nariz y disfrutando la sensación, su cercanía. Un leve cosquilleo recorrió mi cuerpo, mezcla de gusto y de ansia, y ladeé el rostro para hundirme en su boca tras una exhalación.

     
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    ¿Qué era cuestión de habituarse? A mí la adaptación al verano no me duraba ni al siguiente, me disgustaba la sensación se humedad y saber que con algunos pasos estaría sudando. Además, ¿cómo se suponía que lo ignorara a secas? El desacuerdo se me debió notar en la cara y por suerte su conclusión final, aunque más sencilla, resultó más lógica. También era cierto que yo pensaba de más en todo, calor incluido, pero en fin.

    —Apostaría más a lo último que cualquier otra cosa —convine relajando las facciones.

    Su risa a mí réplica me estiró una sonrisa y después dije lo de la gata, ante lo que dijo que para empezar debería saber que el regalo era de mi parte. No se me ocurrió, obviamente, y murmuré un "Es cierto" con aire pensativo antes de recibir su mirada. Lo del papelón por no haber ordenado ni un almohadón de la casa me hizo reír y le hice una caricia en el dorso de la mano con el pulgar.

    —Respeto que para ti resulte un papelón, pero sabes que a mí no me importaría.

    Lo dije con calma y suavidad mientras seguíamos nuestro camino, podría estar cagándome calor, pero no se me apetecía soltar su mano ni nada. Cualquiera habría pensado que no tenía en mente lo que ella me había dicho, pero vaya que sí. Por eso cuando nos detuvimos frente a su casa efectivamente me quedé esperando y cuando ella justamente preguntó eso, fingí demencia apenas una fracción de segundo antes de asentir con la cabeza, dejando claro que por supuesto que esperaba algo.

    Sus manos en mi cuello accionaron las mías que buscaron su cuerpo, su cintura, y ajusté mi altura a ella de forma automática. Una risa nasal se me escapó al oírla, pero no dije nada y recibí sus labios. La sensación me hizo olvidar el sol y cualquier otra cosa y cuando ladeó la cabeza mis manos en su cintura afianzaron el agarre. Reflejé el movimiento en espejo, la dejé hundirse en mi boca y apenas un instante después busqué hacer lo mismo. Si las ansias se me notaron no me molesté en disimularlo y la pegué más a mí, necio.

    En una pausa ínfima tomé aire, le besé la comisura de los labios y regresé a su boca. Uno de mis brazos se enredó a ella mientras que usé la otra mano para recorrer su espalda, pues quería tocarla, tan sencillo como eso. Seguía siendo la calle, ¿pero a mí quién me quitaría el gusto de besarla? Ni el condenado fin del mundo.
     
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    En algún punto de mi reflexión le había echado un vistazo a Al y su semblante me dijo suficiente respecto a lo que pensaba. Bueno, tal vez estaba soltando demasiadas tonterías, ¿cierto? Elegí cerrar con una idea más estándar y él la apoyó, lo cual terminó de confirmar más sospechas. Más tarde se me atoró una risa en la garganta, pues Altan me estaba respondiendo seriamente pero yo sólo pude pensar en el meme de "respeto tu privacidad tocando la puerta...". Ya lo invitaría a casa, ¿no? Algún otro día. Para eso, primero, se lo tenía que contar a mamá, y para eso, primero, debíamos coincidir más de media hora. Suponía que contaría con el tiempo suficiente en vacaciones.

    Se amoldó al beso y disfruté cada una de las sensaciones, desde sus labios, pasando por sus manos, e incluso su cabello rozando mis dedos. El beso en la comisura de mis labios me estiró una sonrisa fugaz y, sin dejar de besarlo, retrocedí a tientas hasta percibir el fresco de la sombra que nos permitía uno de los árboles de la vereda. Seguí un poco más porque sí, hasta dar con el tronco, y hundí los dedos en su pelo con ahínco, atrayéndolo hacia mí.

    Lo besé el tiempo que me apeteció, despacio, profundo, sintiendo brotar una sensación ligeramente diferente. Sabía que era un problema, pues una vez iniciaba no quería que parara.

    —Gracias por la cita —susurré, separándome de sus labios contra mi propia voluntad, y recosté la cabeza en el tronco para enfocar sus ojos; le hice unos mimos en la nuca—. Estuvo preciosa en todo sentido. ¿Tú la pasaste bien?

     
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    Quizás tuviera que acabar dándole razón con lo del calor, porque apenas me tocó me olvidé por completo que podía convertirme en un pollo asado y todo quedó en segundo plano. Mi atención fue absorbida por sus labios, sus manos y el olor de su perfume. Por eso cuando la sentí comenzar a retroceder simplemente me dejé llevar por ella y cuando quise acordar, su espalda había encontrado el tronco de uno de los árboles. Sentir sus dedos con más claridad hizo que un suspiro se me escapara contra su boca, ni siquiera pude controlarlo.

    Cedí al beso a su ritmo, aunque mi cuerpo se presionó apenas contra el suyo. Sí bueno, era culpa suya por decirme eso en la cafetería y mía por obviamente querer mi agradecimiento en todas las de la ley. Sabía que ella tampoco debía tener ganas de detenerse, pero pues todavía conservábamos algo de decencia, ¿verdad? Al separarse me agradeció por la cita y sonreí como un genuino imbécil entre eso y sus caricias en la nuca. No contesté nada de inmediato, aunque atendí a sus siguientes palabras y a su pregunta. Besé su mejilla, sus labios, la punta de su nariz. Me puse a dejarle besos en cualquier lado porque me apeteció, porque quería.

    Porque después de todo, podía por fin.

    —Claro que la pasé bien. Estoy muy contento —dije en voz baja, dejándole un beso cerca de la oreja—. Pude mimarte y escucharte reír y hablar contigo y verte con gatitos tiene que ser la cosa más cute del mundo. Pude hacer planes para vernos.

    Otro beso en sus labios.

    —Hace rato no me reía tanto —añadí después y mis manos se colaron entre su espalda y el tronco para envolverla en un abrazo, separándola de allí y levantándola ligeramente del suelo—. Gracias por hacerme sentir todo esto. Gracias por regalarme la primera cita de verdad más bonita que se me podría ocurrir.

    La estreché con cariño, pobre chica, apenas me daba un permiso no la dejaba quieta. Era en estos momentos en que quería transmitirle mi afecto, algunas de las cosas que quizás no lograba alcanzar a expresar con palabras y las que de alguna forma se habían quedado congeladas entre mi miedo. Eran los chocolates algo accidentados por haberlos hecho yo mismo, esta cita y el montón de besos.

    Al regresarla al suelo busqué sus ojos y al dedicarle una sonrisa, mis neuronas hicieron sinapsis.

    —No nos tomamos una foto. —Me lamenté—. Y se me olvidó tomarte una foto con Morgana.
     
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    Los besos que Al fue repartiendo aquí y allá me ablandaron el cuerpo y plantaron una sonrisa en mis labios de puro gusto. Eran tan suaves que casi me hacían cosquillas. Me encantaba saberme así, entre sus brazos, y recibir sus mimos en la forma que vinieran. Sus palabras siguieron el mismo camino, sembraron la misma calidez, y fui consciente de que este momento era increíblemente feliz para mí. No quería pensar en nada, nada de lo malo que había ocurrido ni lo que pudiera fallar en el futuro. Encontré sus ojos un breve instante y acepté su beso, abrazándolo luego. Me colgué de su cuello, lo apretujé, y lo que dijo me desarmó el corazón.

    No supe qué responder, conmovida, y resolví afianzar mi agarre y esconder el rostro en la curvatura de su cuello. Le dejé un beso al instante e inhalé hondo, absorbiendo tanto su aroma como la certeza, sencilla, de que estaba ahí conmigo.

    —Gracias a ti —murmuré un rato después, cerca de su oreja, mientras empezaba a rascarle el cabello; me reí apenas—. Podríamos echarnos la vida en loop agradeciéndonos, ¿no? Y me alegra que te guste escucharme hablar, porque probablemente sea de las cosas que nunca deje de hacer.

    Me costaba conservar la seriedad y no colar bromas cada que podía. Regresé la planta de los pies al suelo y le sonreí, lo sentí; le sonreí con todo el cariño que le tenía. Me quedé algo distraída en eso hasta que recordó lo de la fotografía y di un respingo.

    —¡Ah! Yo sí te saqué con Eevee —declaré, orgullosa, sin desanudar los brazos de su cuello; aún lo quería cerca de mí—. Con suerte seguiré viendo a Morgana si lo de la inscripción va bien y me llaman de voluntaria, y obviamente te avisaré para que pases a tomarte un cafecito y hacerme compañía. Y lo primero tiene solución rapidísima, ¿no?

    Separé una mano y moví los dedos entre nosotros, demandando su móvil. Claro que el niño rico tenía uno mejor que yo y, por ende, con mejor cámara.
     
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    Zireael

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    Todo lo que hice me nació del corazón y lo mismo pasó con lo que dije. Quería poder hacerle saber cómo me hacía sentir, que no fuese algo que se quedara dentro de mí y ya. Sentirla colgarse de mi cuello me sacó una risa liviana de la que siquiera fui consciente y lo que supe después fue que afirmó su agarre antes de dejarme un beso allí donde había escondido el rostro. El gesto se me antojó cálido y respiré profundamente.

    Su agradecimiento acompañado de su contacto en el cabello me hicieron cerrar los ojos y por unos segundos no hice más que eso. Sujetarla y dejarla tocarme. Lo que me aflojó una risa fue oírla decirme que le alegraba que me gustara oírla hablar. Pues obviamente, ambos sabíamos quién era el extrovertido de esta relación, ¿no? De hecho encontraba cierto confort en eso, en lo mucho que hablaba, como si su voz me acompañara.

    —Una buena relación existe cuando uno no para de hablar y al otro le gusta escuchar, ¿o no? —contesté en una línea similar, ligeramente divertido con el asunto—. Pensemos en eso cada vez que vayamos a quedarnos en el loop de agradecimientos.

    Al regresarla al suelo su sonrisa me removió las emociones y me conmovió a secas ser consciente del cariño que esta chica sentía por mí. Uno que había sobrevivido incluso el colapso de todo. Seguía sin estar seguro de ser merecedor, pero lo que sí tenía claro era la persona que quería ser por y para ella. Esa base era más importante que cualquier otra cosa y me esforzaría por no olvidarla.

    Su respingo hizo que yo también diera uno, pero mis brazos lo se alejaron de su cuerpo y sonreí al escuchar que ella sí me había sacado una foto con el naranjoso, yo ni me había dado cuenta seguramente, por estar ocupado en no espantarlo. Me hizo gracia imaginarme yendo al café cuando ella estuviera por ahí, pero sonaba agradable, de forma que asentí con la cabeza, contento, y cuando me pidió el teléfono despegué una mano de ella para palmear el bolsillo y sacar el objeto.

    —Es ahora cuando admito que confío más en la habilidad femenina de tomar fotos bonitas —dije entregándole el móvil—. Luego me pasas la que me tomaste tú con Eevee.
     
    Última edición: 2 Marzo 2026 a las 8:51 PM
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    Gigi Blanche

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    ¿Era así como funcionaban las relaciones? No estaba muy segura y tampoco contaba con mucha experiencia que respaldara mis opiniones, pero si él lo decía no iría a desestimarlo. Consideraba que era una opinión valiosa al provenir del callado antes que del parlanchín. Me reí, por ende, y afirmé con un movimiento de cabeza. Después acepté su móvil y rápidamente abrí la aplicación de la cámara sin siquiera desbloquear el aparato, subiendo también el brillo de la pantalla al máximo.

    —Haces bien —acordé, divertida, intercambiando a la cámara frontal y comprobando la calidad y la luz conmigo misma—. No esperaba menos de un gran genio como tú.

    Al confiaba en mí y yo tampoco era precisamente un as de la fotografía, pero sí suponía que, en efecto, me iría mejor que a él. Muy bien, la sombra del árbol ayudaba a que las fotos no salieran demasiado quemadas, debería funcionar. Me acomodé el flequillo, las trenzas sobre los hombros, y al relajar el brazo le dediqué una sonrisa a él.

    —¿Estás listo? Ven aquí, agáchate un poco o no tendré forma de encuadrarnos a los dos.

    Me estiré para rodear sus hombros con el otro brazo y lo usé de soporte, alzándome sobre mis puntillas todo lo que era capaz. La cámara nos reflejó en la pantalla y me reí, pues pensé que su rostro se veía bastante más grande que el mío al compararlos tan de cerca. Pegué mi mejilla a la suya, mantuve una sonrisa amplia y presioné el obturador varias veces.

    —La clave para conseguir una buena foto es sacar treinta y borrar veintinueve —dije, regresándole el espacio mínimo para poder mirarlo—. ¿Quieres que nos saquemos alguna en particular o así está bien?

    Acabé la pregunta, sí, pero lo tenía tan cerca y me gustaba tanto que no me contuve de volver a besarlo. Me estampé contra su boca, me colgué de su cuello con el móvil aún en una mano y nos balanceé de lado a lado en medio de un repentino chute de energía. No me separé hasta un buen rato después.

    —Dime cómo le hago para dejarte en paz —bromeé cerca suyo, riéndome—, porque honestamente no tengo idea.

     
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    Zireael

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    El argumento me lo había sacado de cualquier lado, bueno, más o menos. El ejemplo más cercano eran mis padres, porque incluso cuando mamá no hablaba tanto, pues era muy sencillo hablar más que mi padre. No era raro que durante la cena a veces mamá se tirara un buen rato hablando, mientras él escuchaba con gusto, porque se le notaba que no era que se desconectara de lo que decía. De allí que para mí no luciera como un desbalance la dinámica que tenía con Anna.

    La vi recibir el teléfono y maniobrarlo con facilidad para probar qué onda, lo que me hizo algo de gracia y esperé con paciencia la siguiente indicación. A mí los selfies siempre me quedaban un poco raros si tenía que incluir otra persona en el cuadro, hasta los de cumpleaños había empezado a dejárselos a mis padres. Muy tecnológico y lo que quieras, ¿pero mi pulso? De vacaciones seguramente.

    Ya de paso se acomodó el cabello y yo me rendí por temor a arruinar el esfuerzo que había hecho temprano con mi propia maraña de pelo. Atendí cuando me dijo que me agachara un poco, así que intenté meterme a mí mismo en el cuadro y la miré de refilón.

    —¿Así? —la pregunta algo dubitativa se ahogó en una risa que se me escapó cuando me usó de soporte.

    Ajusté mejor el cuerpo y rodeé el suyo con un brazo, para darle mejor balance. Al sentir su mejilla pegada a la mía sonreí y no reaccioné a la lluvia de fotos, aunque recé por no quedar con los ojos cerrados en la que ella saliera más bonita. Lo de tomar treinta fotos y borrar veintinueve también me aflojó una risa, justo por lo que acababa de estar pensando. Iba a contestar su pregunta, pero me estampó un nuevo beso y lo correspondí, aprovechando el brazo alrededor de su cuerpo para sostenerla cuando nos balanceó. Ni siquiera reparé en cuánto rato estuvimos así, pero cuando nos separamos encontré sus ojos.

    —Está complicado, porque yo tampoco quiero dejarte en paz —contesté, haciéndole un mimo en el costado de la cintura—. A ver... Ya sé. Foto para ponerla de fondo en mi teléfono, lo siento.

    Esperé que pescara el cue, porque le pesqué el rostro con la mano y la hice girarlo apenas lo suficiente para estamparle un beso bastante exagerado en la mejilla, por la pura gracia. Tuve que tragarme mi propia risa, pero dio igual. Cuando la solté de nuevo le dejé un nuevo beso en los labios y respiré con cierta pesadez. Dios, de verdad, ¿cómo hacía yo para soltarla?

    —Siempre nos queda la promesa de volver a vernos —argumenté, muy convencido, como si no fuéramos a la misma escuela ni nada.
     
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