Yu-Gi-Oh! Capítulo único: Un trozo de Red Velvet (Yugi Muto x Atem)

Tema en 'Fanfics de Anime y Manga' iniciado por Sensy, 4 Marzo 2026 a las 8:50 AM.

  1.  
    Sensy

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    Escritora
    Título:
    Capítulo único: Un trozo de Red Velvet (Yugi Muto x Atem)
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    2700
    Comentarios de la autora: Hola a todos. Luego de ver las cinco temporadas de Yu-Gi-Oh! a través de Crunchyroll en audio japonés y subtitutlado, porqué no entiendo de japonés y lo estoy aprendiendo, publico mi escrito con un postre rico llamado "Tarta Red Velvet". Los protagonistas que son Yugi Muto y Atem más conocido como Dark Yugi o Yami Yugi, son la combinación perfecta para este perfecto manjar.

    Acerca de este capítulo único: Este escrito se remonta justo después del último capítulo de la quinta temporada, en base a todo lo que he visto sólo del anime, cabe destacar que del manga es todo lo contrario. Recomiendo pagar Crunchyroll para ver el anime de Yu-Gi-Oh! ya que, no existe censura, los capítulos están en japonés y con subtítulos en inglés. Para la actividad que lo ha creado la usuaria wakuriko por crear la y de Amane por traer la de nuevo en San Valentín 2026. A la dos, muchas gracias de corazón. <3

    Enlace de la actividad: https://fanficslandia.com/tema/dulce-san-valentín-2026.67980/

    Disclaimer: Los personajes de este anime no me pertenecen. Kazuki Takahashi creó el manga que merece la pena echar un vistazo y leer lo. Lo recomiendo.
    _______________________________________________________________________

    Un trozo de Red Velvet

    “Lo que comienza oculto y misterioso…
    En la corporación Kaiba, Seto caminaba con paso apresurado hacia una de sus salas de simulación. Su expresión era de determinación. Estaba listo para reencontrarse con un viejo rival. Una posible conspiración, indicios de fraude y una amenaza aún indefinida se cernían sobre su empresa… y quizá sobre el mundo entero. Kaiba no confiaba en presentimientos, pero sabía reconocer el peligro cuando lo sentía acercarse.

    Solo un objetivo: el regreso del Puzzle Milenario.

    Gracias a las últimas mejoras de la corporación, sus ingenieros lograron estabilizar un portal hacia el antiguo Egipto. Cuando cruzó el umbral del palacio, exigió una audiencia inmediata con el faraón y lo retó a un duelo. Atem lo observó con sorpresa al principio. Luego, su expresión se tornó seria. Sí: Kaiba había viajado hasta allí; debía existir un motivo que trascendía el orgullo.
    Sin vacilar, aceptó el desafío. Tras un intenso intercambio de invocaciones, trampas y estrategias, el duelo llegó a su desenlace: Kaiba resultó vencedor, aunque su contador de vida apenas conservaba los doscientos puntos.

    Atem mantuvo la compostura, aunque la sorpresa brilló en sus ojos.

    —¿Qué ocurre en tu mundo? —preguntó mirándolo tras una breve pausa. Kaiba ajustó los datos sin mirarlo directamente.

    —No es “mi mundo”, es el mismo plano. Solo que tú dejaste una anomalía atrás.

    Silencio breve. Una proyección cambia y un punto pulsa con intensidad irregular.

    —El duelo ceremonial no lo cerró del todo; solo liberó una energía imposible de disipar por completo. No es espíritu, es energía dimensional.

    Atem entrecierra los ojos.

    —¿Es un remanente? —Kaiba niega sin decir nada.

    —Es un puente inestable. —Responde señalando lo que Atem tiene delante. —Sí atraviesas este puente, dejarás de ser una conciencia ligada a un artefacto y tu firma se estabilizará en este plano.

    Atem comprende antes de que finalice la frase.

    —¿Es permanente? —pregunta el faraón.

    —Irreversible. —Kaiba no duda. Los ojos del faraón se sorprenden. ¿Irreversible? ¿Es posible eso?

    —No volverás al Más Allá. No habrá otro ritual de ceremonia y no dependerás del artefacto. —Cada palabra resonó en su mente, ganando peso.

    Hubo una pausa larga.

    —Serás un humano, con todas las limitaciones que ello implica.—

    Ahí estaba la cuestión. No era una promesa gloriosa; no lo hacía por nostalgia, ni por deber. Era una renuncia a la eternidad, hecha por elección.

    Atem observa el punto de energía vibrando.

    —No cruzo para volver, cruzo para quedarme. — Kaiba apenas asiente.

    —Correcto.

    La energía pulsa con más intensidad, como si reconociera la decisión de Atem.

    En la ciudad Dominó...

    Horas más tarde, en la ciudad de Dominó, el ambiente animado contrastaba con el silencio respetuoso del pasado.

    —¡Yugi! Esas cartas van en el mostrador y no en la vitrina.— La voz de Sugoroku, el abuelo de Yugi se escuchaba con tono de calma y paciencia.

    —¡Oh, es cierto! Lo siento abuelo.— Respondió Yugi Muto.

    El sonido de la campanilla interrumpió la conversación con un tintineo seco. Yugi levantó la vista. Seto Kaiba acababa de entrar. Caminó hasta el mostrador sin mirar los estantes ni saludar. Su expresión era severa, concentrada.

    —Ha comenzado. —dijo sin rodeos.

    Yugi sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

    —¿Qué… ha comenzado?

    Kaiba apoyó un pequeño dispositivo sobre el mostrador. Una proyección azulada se desplegó en el aire: líneas de energía cruzándose como una grieta invisible.

    —La fisura residual del Duelo Ceremonial se ha activado en este punto.

    Los ojos de Yugi bajaron instintivamente hacia el Rompecabezas que colgaba de su cuello. Un latido. Luego otro. No era luz, era pulso.

    Kaiba lo observó apenas un segundo.

    —No es el artefacto. Es la firma que quedó vinculada a ti. La anomalía está convergiendo aquí.

    La campanilla de la puerta volvió a sonar, pero nadie había entrado. El aire cambió. Más denso. Más cálido. El dispositivo de Kaiba emitió un sonido agudo antes de apagarse por completo.

    —Está cruzando —murmuró, firme.

    El latido del Puzzle se intensificó. No como una llamada, sino como una respuesta. Una línea de luz se abrió frente al mostrador. No era un portal amplio ni teatral; era una grieta vertical, vibrando como energía contenida.

    Yugi contuvo la respiración. La luz no explotó. Se condensó. Tomó forma. Primero una silueta. Luego contornos definidos: tela blanca, oro antiguo, pie algo morenal. Los pies tocaron el suelo con suavidad. La grieta se cerró detrás de él sin estruendo. Silencio.

    Atem abrió los ojos lentamente. No había eco. No había transparencia. Había peso. Presencia. Miró sus propias manos un instante. Luego alzó la vista. Yugi estaba inmóvil, con el Puzzle aún tibio entre sus dedos.

    —¿A… Tem…? —su voz apenas fue un hilo.

    Atem dio un paso hacia él. No flotaba. No brillaba. Caminaba. Se detuvo frente a Yugi, observándolo con serenidad.

    —He cruzado la línea —dijo con voz firme—. Esta vez es definitivo.

    Los ojos de Yugi temblaron.

    —¿Definitivo…? —Atem asintió apenas.

    —No volveré al Más Allá. No habrá otro ritual. No dependeré del Rompecabezas. He elegido quedarme.— Respondió con la última frase susurrando suave.

    El aire volvió a sentirse de forma habitual. Y entonces hizo lo más simple: elevó una mano y la apoyó en el hombro de Yugi. Real. Cálida. Lo atrajo hacia sí en un abrazo firme, sin urgencia, como quien confirma algo que siempre estuvo destinado a suceder.

    Yugi tardó un segundo en reaccionar. Luego sus manos se aferraron a la tela blanca con fuerza contenida.

    —Estás aquí… —susurró con emoción contenida.

    —Estoy aquí. —respondió Atem con calma.

    Sugoroku había observado en silencio. Sus ojos, sorprendidos primero, se suavizaron después. Dio un
    pequeño paso al frente.

    —Así que… Has decidido caminar entre nosotros.

    Atem se separó apenas del abrazo y se inclinó con respeto.

    —Si me lo permite. —Sugoroku lo miró unos segundos, no al faraón, sino al joven que sostenía a su nieto con cuidado. Sonrió.

    —Entonces será mejor que te quedes para cenar.

    Kaiba, ya de espaldas, caminó hacia la puerta.

    —La anomalía se ha estabilizado —dijo sin girarse—. Como predije.

    La campanilla sonó otra vez cuando salió. Esta vez, nadie desapareció. Solo quedó el silencio suave de una tienda que acababa de recuperar algo que nunca dejó de pertenecerle.

    Durante unos segundos nadie habló. No porque faltaran palabras, sino porque ninguna era urgente. Atem observaba el interior de la tienda como si reconociera un sueño que ya había visitado antes. Los estantes, las vitrinas, el leve aroma a madera y cartas nuevas.

    Sugoroku carraspeó con naturalidad.

    —Bueno… Si vas a quedarte, no puedes hacerlo de pie todo el día.

    Yugi parpadeó, aún con las manos apoyadas en la tela blanca, como si necesitara comprobar que no desaparecería. Atem lo notó.

    —No me desvaneceré —dijo con suavidad, casi como si respondiera a un pensamiento no pronunciado.
    Yugi bajó la mirada un instante y soltó una risa nerviosa.

    —Lo sé… es solo que… —no terminó la frase.

    Sugoroku se quitó el delantal y lo dobló con calma.

    —La tienda puede esperar. La cena no.

    Atem inclinó levemente la cabeza, gesto antiguo en un entorno moderno.

    —Agradezco su hospitalidad.

    —Aquí no hay hospitalidad —respondió Sugoroku con una sonrisa ladeada—. Solo familia.

    La palabra quedó flotando. Yugi levantó la vista hacia Atem. No era un título ceremonial. No era un rol compartido por destino. Era elección.

    Atem sostuvo su mirada sin apartarla.

    —Entonces aprenderé a estar a la altura.

    La mesa era pequeña. Tres platos. Tres vasos. Nada épico. El sonido de los cubiertos resultaba casi extraño después de todo lo ocurrido. Atem observaba cada gesto cotidiano: cómo Yugi servía el arroz, cómo Sugoroku probaba la sopa antes de añadir sal.

    —¿Es muy diferente? —preguntó Yugi, intentando sonar natural.

    —En el palacio todo era protocolo. Aquí… Todo es intención.

    Sugoroku soltó una risa breve.

    —Eso significa que tendrás que acostumbrarte a lavar los platos.

    —¡Abuelo! —exclamó Yugi. Atem no se ofendió. Al contrario: una pequeña sonrisa curvó sus labios.

    —Acepto la responsabilidad. —Y en esa frase no había solemnidad, solo decisión.

    — Por cierto, hay postre.— Respondió con naturalidad.

    Sugoroku no añadió nada más al principio. Solo se levantó con esa tranquilidad que siempre parecía envolver la tienda entera. Yugi inclinó la cabeza.

    —¿Postre? Pero no celebramos nada hoy…

    El abuelo lo miró de reojo.

    —Claro que sí.

    Regresó con una caja rectangular. La colocó en el centro de la mesa y la abrió con cuidado.

    Dentro, una tarta de rojo profundo, cubierta con una capa blanca tan limpia que parecía recién nevada.

    Yugi sonrió al reconocerla.

    —Red Velvet…— Sugoroku comenzó a cortar las porciones.

    —No todos los días la familia se sienta completa a la mesa.

    La frase fue dicha con absoluta naturalidad. Como si no hubiera otra forma posible de entender la situación.

    Atem no respondió de inmediato.

    Observó el color. No era el rojo de la guerra. No era el rojo del sacrificio. No era el rojo del final. Era un rojo vivo. Presente. Sugoroku dejó el plato frente a él sin ceremonia.

    —Si vas a quedarte, tendrás que acostumbrarte a nuestros postres.

    No hubo preguntas. No hubo condiciones.

    Solo un “si vas a quedarte” dicho como certeza.

    Atem tomó el tenedor con cuidado. El primer bocado fue suave. Dulce, pero no empalagoso. Profundo, pero estable.

    Cerró los ojos un segundo.

    En el antiguo Egipto, los banquetes eran proclamaciones de poder. Aquí, una tarta era una declaración distinta. Permanencia. Cuando abrió los ojos, Yugi lo estaba mirando con esa mezcla de nerviosismo y esperanza que siempre lo había acompañado.

    Atem sostuvo su mirada.

    —Es fuerte… —dijo finalmente—. Pero no hiere.

    Sugoroku rió en voz baja.

    —Entonces está bien hecha.

    Yugi soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

    La conversación continuó después, ligera, casi cotidiana. Pero algo había cambiado. No porque el pasado desapareciera. No porque el dolor se borrara. Sino porque, por primera vez, el presente tenía sabor. Y no sabía a despedida. Kaiba no estaba. El portal no estaba. El laboratorio era ya un recuerdo técnico. Solo quedaban tres personas compartiendo comida caliente.

    Y por primera vez, el silencio no era pérdida; era estabilidad.

    En la habitación de Yugi...

    Cuando la tienda quedó cerrada y las luces bajas iluminaron el piso superior, el día comenzó a asentarse en el cuerpo.

    Yugi subió primero las escaleras. Se detuvo a mitad, dudando apenas un segundo. Atem estaba detrás. No flotando. Subiendo escalón por escalón. Yugi abrió la puerta de su habitación. El espacio parecía más pequeño de lo habitual. O quizá más lleno. Se giró hacia él.

    No hacía falta discurso. Solo una verdad sencilla.

    —Podemos… Compartirla.

    No era una pregunta. Era una invitación. Atem lo entendió.

    —He cruzado para quedarme —respondió con calma—. Aprenderé también esto.

    La lámpara proyectó una luz tenue sobre las paredes. La cama no era un trono. No era un altar. Era solo una cama. Y, sin embargo, cuando se acomodaron, el gesto fue más íntimo que cualquier ritual antiguo. No hubo palabras largas. Solo respiraciones que poco a poco encontraron el mismo ritmo.

    Atem permaneció despierto unos instantes más, observando el techo, sintiendo el peso real del mundo. Humano. Limitado. Presente. Yugi, a su lado, se movió apenas durante el sueño y su mano encontró tela blanca sin buscarla. No la soltó. Atem le observó, apartando un mechón del cabello de Yugi con su mano, sonrió, Atem cerró los ojos. Y esta vez, no fue un descanso prestado. Fue pertenencia.

    A la mañana siguiente...


    La ventana estaba entreabierta; la luz se deslizó suavemente, como tinta aclarada con paciencia. El azul oscuro de la madrugada se diluía en tonos cálidos y dorados.

    Yugi fue el primero en moverse. No despertó de golpe. Fue una transición lenta, como si regresara de un sueño profundo que aún no quería soltar. Su mano seguía aferrada a la tela blanca. La sensación lo alcanzó antes que la memoria: calidez, peso, presencia.

    Sus ojos se abrieron despacio. Atem estaba allí. No desvanecido, no translúcido. Dormido. La expresión de su rostro era distinta a la del faraón que gobernaba desde la distancia. Solo descanso.

    Yugi lo observó unos segundos, casi con incredulidad renovada. La respiración de Atem era profunda y regular. Humana. Y entonces ocurrió algo pequeño: Atem frunció levemente el ceño, como si una imagen atravesara su descanso.

    Yugi se incorporó apenas.

    —¿Atem…? —La inquietud duró poco; el gesto se suavizó.

    Atem abrió los ojos con lentitud, aún entre el sueño y la vigilia. Durante un segundo pareció orientarse. No había columnas de piedra, no había arena. Había una habitación pequeña y luz de mañana filtrándose por la ventana. Y Yugi.

    —Buenos días —dijo con voz baja, todavía grave por el descanso.

    —Buenos días.

    Silencio, pero no vacío.

    Atem giró ligeramente el rostro hacia la ventana. Observó el amanecer con una atención casi reverente.

    —Es diferente verlo así —murmuró.

    —¿Cómo?

    —Sin despedida.— La frase no pesó. Se asentó.

    Yugi bajó la mirada un instante, luego volvió a alzarla.

    —Esta vez no hay reloj.

    Atem lo observó con comprensión. Extendió su mano y entrelazó los dedos con los de Yugi, gesto sencillo, firme. No como quien teme perder, sino como quien ya eligió quedarse.

    Desde abajo, la voz de Sugoroku rompió la quietud con naturalidad:

    —¡Yugi! ¡Si tu invitado es permanente, que baje a desayunar!

    Yugi dejó escapar una risa suave. Atem arqueó apenas una ceja.

    —Parece que tendré que aprender otro ritual.

    —¿Cuál?

    —El del desayuno familiar.

    Ambos sonrieron al mismo tiempo. La luz terminó de llenar la habitación. No hubo destellos. No hubo portales. Solo un nuevo día comenzando en Ciudad Dominó. Esta vez, el pasado no tiraba de nadie hacia atrás. Se había convertido en presente.

    …Solo necesitaba el valor de cruzar la línea para convertirse en hogar.”

    Fin del capítulo único.
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    EDITO:
    Porqué me olvidé de escribir la parte en la que salía la tarta. Ahora sí puedo comentar que la revisión ya está hecha. <3

    Dejo información de la serie, del anime para leer y comprender todo lo leído y os pongo en contexto.

    Acerca de las temporadas del anime Yu-Gi-Oh! Duelo de monstruos 2000 - https://yugioh.fandom.com/es/wiki/Yu-Gi-Oh!_(Serie)?utm_source=chatgpt.com

    Todo el anime: https://yugioh.fandom.com/es/wiki/Yu-Gi-Oh!_Anime

    Comentarios de la autora: Tenía dudas acerca de Yugi y de Atem de cómo redactar y retratar los aquí: a pesar de su apariencia física que es casi la misma, sobre todo el cabello, su personalidad es muy diferente. Me ha costado mucho describir a Atem, es un personaje de ficción difícil puesto que, es muy serio y habla muy poco, excepto en los duelos de cartas que se explica bastante, eso se ve mucho en el anime.

    ¿Que os ha parecido este escrito? Se ve sencillo y espero que os guste leer lo. A disfrutar y muchas gracias por pasaros por aquí. Se os quiere mucho. <3
     
    Última edición: 4 Marzo 2026 a las 9:14 AM

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