Explícito Terminé En Una Novela De Romance Rosa

Tema en 'Novelas' iniciado por Yoko Higurashi, 2 Marzo 2026 a las 10:26 PM.

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    Yoko Higurashi

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    Escritor
    Título:
    Terminé En Una Novela De Romance Rosa
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    1734
    Advertencia: La siguiente obra contiene escenas explícitas, así como referencias a abuso sexual y suicidio. Estos temas pueden resultar sensibles o perturbadores para algunas personas. Se recomienda discreción al lector.

    Terminé En Una Novela De Romance Rosa

    Capítulo 1: Adiós…

    Jueves 11 de septiembre del 2025
    4:20 a.m.



    La carretera se encontraba vacía mientras mi coche avanzaba por las inclinadas curvas, siempre me pregunté cómo se podía evitar dormir viendo el mismo paisaje, las mismas líneas del pavimento avanzar una tras otra. Apagué la radio, el ruido era muy abrumador, pero abrí las ventanas para sentir el frío pegar en mi rostro, debo reconocer que el aire era extrañamente reconfortante y a la vez ensordecedor.


    Cuando llegué a mi destino, simplemente hice el auto a un lado y caminé, no sabía ni siquiera cómo había logrado llegar hasta ese lugar, el risco más alto de mi pueblo, donde podía ver las olas del mar chocar una tras otra, donde las parejas enamoradas iban para tener un tiempo a solas, donde las personas como yo iban para callar sus pensamientos.


    Muchas veces soñé con este momento, pero nunca me había visto capaz de hacerlo. Mientras avanzaba con cierto cansancio hasta encontrar la orilla del risco y ver desde lo alto las olas del mar chocar con las rocas, como si caballos desembocados se tratara. Y en ese momento, cuando escuchaba el llanto mudo del mar, algo apretujó mi pecho y se derramó por mis mejillas.


    Mi nombre es Janethe Cantiller, contadora desempleada y hoy es mi cumpleaños número 30. Nunca fui particularmente bonita o inteligente, más siempre fui obediente. Mis padres me tuvieron a los 15 años y fueron obligados a casarse —entenderán que esos eran otros tiempos—, no tuve hermanos y eso fue lo mejor, entre las discusiones de mis padres, mi madre ausente por el trabajo y mi padre un borracho empedernido, no había mucho tiempo para ser niño y cuando comprendí esa realidad sólo me quedó adaptarme.


    No me mal entiendan, nunca odié a mis padres. Papá a veces me daba una barra de chocolate camino a la escuela, y mamá me cuidaba cuando estaba enferma, y aunque podría decir que no era suficiente, como niña podía conformarme con eso. Pero, siempre hay un, pero, no siempre pude vivir con esa fría paz.


    — Diego… ¿¡Has visto las cuentas!? ¿Cuándo vas a mover tu gran trasero y empezar a trabajar? —mi madre solía gritar.


    — Ajá… —mi padre la ignoraba viendo un partido de fútbol en el televisor.


    — ¡Diego, carajo! ¿¡Me escuchas!? No puedo seguirme partiendo el lomo yo sola —mi madre lloraba— el dinero apenas alcanza, entre la niña y tus vicios —mi papá seguía ignorando— ¡Carajo! ¡Necesito ayuda, escúchame! —y entre sus gritos ahogados, casi desesperados, ella se levanta, tomando el televisor entre sus manos y rompiéndolo contra el suelo.


    ¡Lorena! ¿¡Qué diablos haces!? —mi padre apenas reacciona y se levanta encolerizado contra mi madre. Y los gritos de ira de mi madre se convierten en gritos de ayuda, de dolor, de tristeza.


    Una pequeña yo encerrada en su cuarto, hundida entre sus sábanas escuchando todo. Eso era el pan de cada día, y mi madre al día siguiente se levantaba como si nada para ir a trabajar. Nunca odié a mi padre, puesto nunca me pegaba, pero debo admitir que era muy negligente y me ignoraba, al inicio eso no significaba nada hasta que un día arruinó todo.


    Mi padre solía a veces llevar amigos, entre ellos estaba el señor Román, recuerdo volver de la escuela a mis catorce años cuando ese señor se encontraba en casa, ellos se encontraban tomando y mamá en el trabajo. Habían tenido un par de discusiones antes sobre llevar a sus amigos borrachos a casa, pero un golpe en la cara era suficiente para que mi madre se callara.


    Papá se encontraba riendo, yo simplemente saludé y me encerré en mi habitación. Pasaron un par de horas cuando escuché que mi puerta se abría, era el señor Román, recuerdo sentirme contrariada, puesto no era normal ni adecuado que un amigo de mi padre entrara así en mi habitación. Recuerdo pedirle amablemente que se fuera, recuerdo gritarle que se fuera, recuerdo su sonrisa engreída, recuerdo sus pasos imponentes hacía mí, recuerdo gritar, recuerdo llamar a mi padre, recuerdo escuchar sus ronquidos, recuerdo las manos de este gran hombre agarrar mis muñecas y hundirme en el colchón de mi habitación, los gritos ahogados, los llantos interminables y las náuseas…


    Papá… Papá… —mis pensamientos gritaban, pero nadie llegó por mí.


    Cuando todo terminó, el hombre sólo se fue y siguió bebiendo, mi padre despertó un par de horas después y yo sólo me quedé ahí, llorando. Recuerdo haber vomitado en la pequeña papelera que tenía a lado del escritorio, recuerdo haberme vuelto loca rompiendo mi ropa ese día, recuerdo haber tirado mis pantaletas y recuerdo con claridad que esa fue la primera vez que desee con todas mis fuerzas poder morir.


    Nunca lo hablé… pero no hay secreto que sea eterno, no cuando sucede más de una vez, nunca es voluntario pero lo que antes se sentía como la muerte lentamente se convierte en nada. No hay amor, no hay deseo, no hay compasión, sólo dolor, asco y repugnancia, no por la persona que se encuentra encima tuyo, sino por ti, por ser la basura pisoteada. Y cuando las nauseas ya no son sólo por el asco que te da esa acción sino porque se convierte en un producto que crece en tu interior, todo se convierte en miedo.


    ¿Embarazada, Janethe, cómo? —recuerdo la mirada aterrada de mamá, la mirada que se convirtió en llanto y luego en ira que estalló contra mi mejilla— ¡Debe ser una maldita broma, estúpida zorra!


    — Lo siento… lo siento… —mis lágrimas que no se pudieron contener.


    — ¿¡Y quién carajos es el padre!? —mi madre gritaba, y con una voz ahogada, por primera vez hablé.


    — El señor Román… —mi mamá se detuvo, y me miró, después de muchos años, por primera vez, aquella mujer cansada entro a mi habitación y encontró todo lo que había escondido por vergüenza, por temor. La ropa rota, la ropa interior manchada.


    Y mamá lloró…


    Y yo lloré…


    Mis padres discutieron esa noche, la policía llegó esa noche, los chequeos rutinarios comenzaron, y el silencio, oh el silencio. ¿Es normal no recordar más allá de eso? No lo sé, sólo sé que un día fui al hospital y ya no había embarazo, no sentí dolor, no sentí tristeza, no sentí consuelo. Mi madre nunca volvió a ser la misma, un día simplemente se fue y yo con ella, un día no tenía más problemas económicos, pero no había tranquilidad, no había paz. Un día sólo dejamos de ser madre e hija y nos volvimos compañeras de casa.


    Mi vida siguió como si nada, como si todo hubiera sido un mal sueño y me hundí, en lo estudios, en las novelas. Por alguna razón no sabía cómo socializar, no sabía cómo hacer amigos, sólo sabía existir. Pero cuando leía una novela, de amor, de acción, de terror, no me sentía sola y una parte de mí revivía, como si pudiera ser algo más que esta triste chica.


    Mi novela favorita siempre fue “La Rosa Perpetua”, era una historia de romance, fantasía con toques medievales, hablaba sobre una princesa llamada Rosa la cual estaba destinada a casarse, por fines políticos, con un príncipe que nunca había conocido, pero ella siempre había añorado a su joven amigo de la infancia, el cual era un simple diplomático. Después de muchas intrigas y traiciones, ella decide ascender al trono y convertirse en reina, para no ser una moneda de cambio y ser feliz con la persona que amaba.


    Me encantaba el personaje de Rosa, fuerte, encantador y de dulce corazón, me encantaba su poderoso discurso y su tórrido romance y me preguntaba si a pesar de estar manchada algún día podría enamorarme así. A veces, después de leer esa novela sentía un vacío que crecía en mi interior y se convertía en un agujero de incertidumbre.


    Yo estudié muy duro y me volví contadora, pero descubrí que la vida adulta era todo menos liberadora, entre la renta, las cuentas y la administración del hogar, encontré un mundo estresante donde el hecho de ser una persona retraída me jugaba más en contra que a favor. Me era imposible encontrar un trabajo estable, me era imposible encontrar un trabajo rentable, y descubrí que no siempre se trabaja de lo que se estudia, que no siempre se te paga lo justo y no siempre se consigue compañeros bondadosos.


    Cuando probé el desempleo, regresé a vivir con mi mamá y cuando ella falleció un par de años después, simplemente descubrí que no me quedaba nada y un llanto se extendió dentro de mí, algo vacío y lleno de amargura, gritos que no sabía que existían. Y cuando se acabó, tomé las llaves de mi auto y manejé hasta aquí.


    Nunca deseé nada en la vida, más que paz y tranquilidad, no fui en exceso ambiciosa ni codicié lo de otras personas, no quería ser feliz, pero tampoco infeliz. Y entre todos estos sentimientos, sólo escucho las olas del mar chocar, como los gritos ahogados de aquella noche, como los llantos entre cortados en el fondo de mi corazón, como un último grito de escape.


    Tomó una bocanada de aire, un último suspiro, extiendo mi pie derecho al aire y dejo caer mi peso mientras el otro pie le sigue, la caída hace apachurrar a mi corazón, pero eso se convierte en libertad, como las alas de un ave que aprende a volar. Siento el aire, siento las rocas, siento el agua, siento dolor, siento alivio, siento nada…


    Y por alguna razón… sólo un día desperté.


    — Señorita… —escucho voces nada familiares y abro mis ojos. Una habitación sumamente espaciosa, con mucha luz, con lujosos muebles de la época victoriana y a mi alrededor, un par de mucamas que me observan fijamente.


    Apenas reacciono, apenas entiendo lo que pasa, me levanto apurada al primer espejo que encuentro. Un rostro delicado y encantador, ojos azules como el mar al amanecer, un pelo plateado con reflejos rosas, una piel tersa y delicada, y me doy cuenta en ese momento, que esa mujer en el espejo soy yo.
     

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