Delante del joven terapeuta se encontraba una imponente figura, vestido de traje blanco, con una flor roja en el bolsillo de su lujoso saco, su gran mano izquierda adornada por un par de anillos dorados en los dedos anular y meñique, con un reloj rolex que descansaba junto a una pulsera de oro. —Cuénteme, señor...— el terapeuta se interrumpió a si mismo, alargando la palabra señor, dando a entender que esperaba una respuesta de como debería referirse a él, al mismísimo Kingpin. —Fisk, puede llamarme Fisk, Doctor, no hay necesidad de formalidades.— respondió el hombre tranquilo, recargándose en la parte trasera del sofá del consultorio. —Por favor, no soy Doctor todavía, soy practicante, Fisk.— dijo el joven mientras ponía su libreta en una mesa a su lado, cubriendo su teléfono con esta, estaba a punto de tratar con el hombre con más poder en la ciudad, pero se le notaba tranquilo. —Cuéntame, Fisk, ¿cómo estás?— preguntó el terapeuta mientras posaba sus manos encima de sus piernas. —Bien, creo, construí un imperio basado en el pecado humano, controlo toda esta ciudad y vivo entre lujos.— Kingpin dijo con un tono tranquilo, mientras miraba al terapeuta a los ojos y sacaba un puro de una caja de metal que guardaba en su saco. —No puedes fumar aquí.— reclamó el terapeuta mientras sacudía la cabeza gentilmente, para Kingpin esto era algo... Peculiar, por así decirlo, normalmente nadie le habría dicho nada, después de todo era un monstruo enorme capaz de arrancar espinas de cuerpos con sus propias manos, pero este joven lo dijo con tal tranquilidad, que simplemente no pudo negarse. —Una disculpa, asumí erróneamente que no habría problema.— dijo el mafioso mientras guardaba su puro y su caja de vuelta en su saco. —No hay problema, si gustas fumar solo dímelo y te dejaré salir, pero te quitará minutos de consulta, solo tenemos cuarenta después de todo.— añadió tranquilamente el joven al mismo tiempo que asentía con la cabeza. —Sigamos con lo que hablabas, ¿sí? Imperio basado en el pecado humano, como tú le dices.— dijo el terapeuta mientras se acomodaba en su silla. —Exacto, es eso, un imperio, un imperio basado en todo lo malo que te imagines, drogas, corrupción, asesinatos...— respondió casual el hombre mientras miraba al terapeuta, esperando algún tipo de reacción negativa, pero no hubo ninguna. —Entiendo, y no Fisk, no le contaré a nadie sobre esto, legalmente estoy obligado a hacerlo, sin embargo, sé que me matarías si lo hiciera, además de que no hay razón para hacerlo, como tú mencionas, controlas esta ciudad, sería un intento estúpido, perdona la palabra.— explicó el terapeuta mientras asentía con su cabeza, Kingpin estaba más que encantado con este muchacho, era profesional para su edad, además de que poseía cierta autoridad en este espacio, como si en este consultorio, el jefe fuera él y no Kingpin. La sesión fue pasajera, no hubo ninguna conversación profunda realmente, solo una vaga mención sobre una mujer llamada Vanessa. —Creo que eso es todo, no quiero quitarte más tu tiempo, jovencito, ya me pasé por diez minutos.— Kingpin dijo tranquilamente mientras se ponía de pie junto con el terapeuta, estrechando su mano con la suya. —Ve con cuidado, Fisk, espero que en nuestra próxima sesión puedas hablarme más sobre Vanessa, la describiste como una buena persona.— respondió el terapeuta mientras miraba hacia arriba para poder ver al mafioso a los ojos. —Fue la mejor... Gracias por poner atención.— añadió Kingpin con un leve asentir de cabeza mientras salía del consultorio y caminaba a la salida, parece que no habló por hablar y que todo lo que salió de su boca no cayó en oídos sordos, con una leve sonrisa, Kingpin salió del edificio y entró a su limosina personal, suspirando, iba a tomar su puro, pero recordando las palabras del joven terapeuta, guardó el puro de nuevo. —No puedo fumar aquí.— Kingpin repitió las palabras del joven, mientras miraba hacia el edificio, no fue hasta que se alejó completamente del lugar, cuando por fin, encendió su puro.