Al cruzar sus puertas, generalmente de madera tallada o cristal templado, se percibe una atmósfera elegante y sofisticada. El techo suele ser alto, decorado con molduras finamente trabajadas y grandes lámparas de araña de cristal que proyectan destellos cálidos sobre el salón. Las paredes pueden estar revestidas en mármol, paneles de madera noble o telas de alta calidad, en tonos neutros combinados con detalles dorados o plateados. El piso, impecable y brillante, puede ser de mármol pulido o parquet de madera oscura. En el centro, destaca una amplia pista de baile iluminada con luces ambientales regulables que cambian suavemente de color según el momento del evento. Las mesas redondas, vestidas con manteles de lino grueso y perfectamente planchados, están acompañadas por sillas elegantes con respaldos tapizados. Cada mesa cuenta con centros de mesa sofisticados: arreglos florales frescos, velas decorativas o candelabros de cristal. El salón también dispone de tecnología de última generación: sistema de sonido envolvente, pantallas LED discretamente integradas y cabina para DJ o escenario para presentaciones en vivo. Además, suele contar con un lobby amplio, área VIP privada, terrazas con vista panorámica y servicios exclusivos como catering gourmet y atención personalizada. En conjunto, ofrece una experiencia envolvente donde cada detalle está cuidadosamente pensado para crear un ambiente distinguido y memorable. Barrio de Tokio: Chūō, Ginza
Había sido una semana tranquila, los últimos días, aunque calurosos continuaban el ritmo usual. El aire acondicionado de mi habitación solía estar encendido, el sol estaba bastante fuerte y agradecí el hecho de no tener que salir por ninguna situación en horario donde estuviese en lo más alto del cielo -aunque de igual manera lo tenía prohibido por estas vacaciones-. Enjuagué mis ojos y luego mi miré al espejo, pestañeando. No dolía, tampoco ardía, por lo que el tratamiento continuaba surtiendo un efecto positivo. Me sequé el rostro con la toalla y la dejé sobre mi hombro desnudo, mirando el reloj que daba en la pared sobre mi cama. Eran las cinco de la tarde, me estaba acostumbrando a tener una siesta desde las cuatro o cuatro y media hasta las cinco, y bueno, con las vacaciones era bastante viable. Cerré la puerta del baño para ducharme y demás, al salir escuché el auto de mi madre, ya estaba partiendo hacia el trabajo en lo que miraba el traje que había dejado sobre la silla del escritorio con anterioridad. Tenía una tarjeta con el símbolo de los Paimon en el bolsillo del saco. No confiaba en mi billetera, y en esta ocasión agradecía por ello. Me puse el pantalón, luego la camisa de botones que remangué en torno a mis antebrazos, y por último los zapatos. Apliqué uno de los perfumes que tenía en los cajones sobre la tela y luego peiné con lentitud el cabello húmedo, me coloqué también el reloj de plata y sujeté la tarjeta, colocando la dirección en la aplicación, bajando las escaleras sin pedir el vehículo aún. En lo que me servía un vaso de agua una sonrisa de nada se me dibujó en los labios, conteniendo la gracia en realidad al recordar como Orn le había enviado dos cartas a Rockefeller -en realidad se las había dejado sobre el pupitre el último día de clase antes de finalizar la jornada-, una con la invitación, y la otra con un número donde los Paimon tenían un convenio, de trajes de lujo. Él me había comentado que le diría directamente dónde pedir el vestido, pero le mencioné que posiblemente eso la ofendería, y aunque su expresión no cambió evitó el decírselo verbalmente, dejándole solo ambas tarjetas a su decisión. Paimon era controlador cuando se trataba de cosas que involucraban a su padre, aunque no solía mostrar emociones al respecto procuraba que todo estuviese en orden, por lo que imaginaba el cómo no saber ni confiar realmente en el estilo de Rockefeller lo sacaba de su zona de confort; era curioso, si fuese otra persona ni siquiera la hubiese tenido en cuenta, pero no sería yo quién señalaría lo obvio. Como fuese, bebí el líquido transparente y ya a eso de las siete pedí el carro, aprovechando también para enviarle un mensaje a Dunn. 08 de agosto Hola. Ya voy en camino. Cuando llegues me avisas, para que no entres solo, o te espero en la entrada, no tengo problema. 7:02 PM Contenido oculto Zireael buenasss Oufit sui:
Contenido oculto: Pa musicalizar la big entrance de ambos (? Vete a saber qué bicho le había picado a Craig al invitarme y a mí al aceptar antes de largarme de la escuela el último día de clase, ni siquiera lo pensé en su momento y dije que sí. No tardé ni media hora en olvidarlo y los días siguientes siquiera se me volvió a cruzar por la cabeza, entre lo del sábado y luego lo del lunes y martes. Eso sin mencionar la charla con mamá y luego la charla, por fin, con tío Dev. En medio de todo hubo regaños y verdades que acepté y así, lentamente, continué reacomodando elementos. Haber abierto la boca me estaba ayudando a pensar con más claridad y las voces ajenas me sacaban del torbellino donde mis emociones obstaculizaban mi lectura de las cosas, demasiado enfocada en la herida. Me volvía egoísta, mezquino y agresivo. Tenía que juntar mi mierda de una vez por todas. Me acordé de la invitación de Craig el jueves como a la una de la mañana, luego de una sesión para nada sana de jugar a la Play por varias horas seguidas. Me cuestioné si decirle que no iba y quedarme en casa el sábado, ¿pero no volvíamos a lo mismo? ¿No era sencillamente lo que hacía siempre? ¿No era lo fácil y menos inconveniente? Además, a ese paso iba a haber pasado una semana de vacaciones y yo habría usado casi cuatro días en puro bed rotting. Qué decepción. En fin, cuando llegó el dichoso día empecé a prepararme con anticipación y me digné a estilizar mi mata de pelo de verdad. Estaba de un largo un poco extraño, la parte rapada de la nuca estaba ligeramente crecida y los rizos del fleco y el resto del largo me estorbaban en la cara, pero ya ni modo. Dividí el cabello por el centro, formé cada espiral con cuidado con ayuda de crema, me lo sequé con el difusor y así, al menos, lucía diferente a todos días. Pantalón, camisa, colonia. Dudé con el saco, pero al final como no me había puesto corbata me lo eché encima y recé que la humedad de Tokyo hoy diese algo de tregua. Me quedé escarbando entre mis accesorios un rato, los diferentes aros y pendientes que tenía y algunas cosas más. Cuando tomé una decisión, me coloqué lo que elegí y me metí el móvil y la billetera al bolsillo. Como los días anteriores, tuve que secuestrar el maquillaje de mamá para cubrir el estropicio que me había hecho Yuno en el cuello, pero por suerte ella estaba en su estudio trabajando en una publicación y lo mío fue un visto y no visto. Cuando estuve listo me despedí de ella, a quien ya el viernes le había contado al respecto, y le dije que mi idea era volver a casa aunque se me hiciera tarde. Mientras iba de camino, le puse un mensaje a Liam para que me depositara algo de dinero porque mis fondos estaban en números rojos por la tontería con Yunōsuke. De jueves a viernes había rascado dinero a los viciosos de turno, Mason, Katrina, el chico Aoyama que era nuevo y un poco a regañadientes, el Kasun diablo, pero tampoco era tanto y prefería prevenir que curar. Fue después de escribirle a mi padre que recibí el mensaje de Craig. Creo que vamos llegando similar, tal vez, pero yo te aviso cuando llegue no pasa nada 7:04 P.M En el trayecto me llegaron otros mensajes y me sonreí, entretenido, al ver su remitente. Sí, bueno, era sábado, ¿podía culparlo? Intercambiamos algunos textos y le mandé uno de estos selfies borrosos que sacaba a las prisas. Un poco porque sí, otro poco para fastidiarlo o tentarlo, sólo Dios sabía. Sí, sí. Mucho hijo de Aurora Zárate, pero ya la cagada estaba hecha. La reacción inmediata me vino en gracia, pero al final el intercambio se dio por cerrado un par de mensajes luego de ese. Que si me aburría de la fiesta le avisara y no sé qué. No le di mucha cuerda porque ya me estaba bajando del coche y busqué de nuevo el chat del albino apenas estuve fuera del vehículo. Estoy frente al lugar 7:29 P.M Acababa de sacar la vista de la pantalla cuando noté la melena rubia platinada, con cada cabello liso como aguja, balancearse al movimiento de su dueña. El vestido que llevaba era de un tono tinto extraño que parecía oscurecerse o aclararse según las curvas de su cuerpo, volviéndose negro por tramos. Su silueta era alta, puede que alcanzara la mía o la rebasara. Paimon a veces era un asno y no tenía cómo defenderlo. Primero por asumir que le haría caso a su sugerencia como si no quedara claro con ella que no confiaba en mi capacidad de adecuarme a un evento formal y segundo que de hacer caso a ella asumiera que podía pagarlo, como si él y su familia no estuvieran forrados. Haría lo que me diese la gana y ya está, ¡qué se aguantara! Era problema suyo por invitarme y si tanto dudaba, para qué me había invitado para empezar. Quien me había salvado había sido la Pésima Influencia a.k.a Mei, había llegado a casa con una bolsa inmensa de cosas entre las que traía un vestido que había comprado en un impulso y resultó ser muy largo para ella, me lo había mostrado por fotos y le dije que servía. De esa forma, por un buen rato la chica se metió en su papel de estilista profesional. Me ajustó el vestido, me ayudó a elegir los zapatos entre los que tenía, me maquilló haciéndome los ojos algo dramáticos y pintándome los labios con una tinta borgoña. Se encargó de alisarme el pelo aunque ya de por sí era terriblemente lacio. —Voy a necesitar que confíes en mí —dijo sacando unas tijeras de la bolsa. —¡Estás loca! ¡No vas a tocarme el pelo con eso! Estuvimos un rato en un ir y venir en el que luego de mucho dudar, la dejé hacer cuando me dijo que llevaba meses cortándose su propio cabello y lucía... Pues se veía bien. Al final lo único que hizo fue recortarme el fleco una diminutez. El recorte, sin embargo, hizo que mi cabello luciera más uniforme y a que el maquillaje se viera bien. —Era esto o hacerte un look de esos que te aplastan el cabello de adelante como tras las orejas —comentó mientras se aseguraba de que ambos lados estuvieran iguales pues mi fleco también me enmarcaba el rostro—. A mí me gusta que el pelo te envuelva la carita aunque lo tengas super liso. Se te ve hermoso. Con el pelo listo, siguió sacando cosas de la Barney-bolsa. Esta vez collares, brazaletes y aretes. Probé y probé hasta que me decidí por algunos y ella finalmente me entregó una cartera de mano negra, donde metimos mi teléfono. Era lo único que cabía además de mi identificación, la tarjeta, algunos yenes y el labial para que lo retocara cuando fuese necesario. —Todas estas cosas las compro baratas en un montón de tiendas —susurró acomodándome el collar—. Me da igual que no sean joyería fina, amo como se ven y a veces tengo tantas que no uso la mitad o me doy cuenta después que no me gustaron tanto como pensé. —¿No es como way too much? —murmuré, dudosa, dándole vueltas al brazalete. Me recordó la conversación de las mascotas con Kakeru. —No. Creo que te van bien, es como... Para darle el toque Lana a un outfit que no es tan Lana coded. Luego se puso a echarme perfume, que en el cuello, los brazos, el vestido. De pronto me soltó el último atomizado en el busto y la aparté, escandalizada. —¡Uno por si acaso! —dijo casi encima de mí seguro para que mi madre, que estaba en el salón estudiando, no oyera—. Nunca se sab- La mandé a callarse, avergonzada, y con eso dimos el asunto por finalizado todo el ritual. Ella me tomó una foto al terminar, para que pudiera verme, y le agradecí porque sin su ayuda jamás habría podido con semejante misión. Al subir al Uber, luego de despedirme de mi madre, Mei se metió también y pasé a dejarla en la casa de sus otras amigas, las que me había presentado la noche del infame Shimizudani y yo continué mi camino hacia Ginza. Me quedé unos segundos fuera, por si alcanzaba a ver a Paimon, y al final opté por invocarlo. Me aparté el cabello del hombro, saqué el móvil de la cartera y me puse a escribir. Mei me había puesto unas uñas press-on pues de normal las mías las usaba cortas por costumbre de la guitarra incluso si había dejado de tocar y se me hacía un poco raro, pero tecleé con relativa fluidez. Podrías salir afuera por mí? Me da un poco de corte entrar sola 7:30 P.M Obviamente me dejé el móvil en la mano, esperando por si me respondía, y al girar el cuerpo un momento di de lleno con unos ojos que en mi mente no debían estar allí. Iba de negro sólido, pero noté el chispazo de dorado de un collar sobre su pecho a través del botón abierto y el destello del mismo color en su oreja izquierda, entre el cabello. Me saludó con un movimiento de mano, pues seguíamos a cierta distancia, y a mí me bailó el alma por el cuerpo, en consecuencia el rostro me cosquilleó. ¿Y qué diablos hacía aquí, quién lo había invitado o por qué era importante su presencia? Además, ¿entonces no había...? Le regresé el saludo junto a una sonrisa, pero mis piernas me hicieron acercarme más a la entrada del salón. Fue mi manera de evitar tener que hablarle, que una no tenía tanta fuerza de voluntad cuando de muchachos se trataba. Justo por eso estaba yo aquí en esta fiesta de ricachones. —Ya verás tú si tengo que elegir entrar sola... —Me lamenté en voz baja, mirando la pantalla del móvil. Contenido oculto Perdón el tochopost (? Hace unos días que no podía dormir me entretuve con estas webadas so Ilana y Cayden
Tener que cruzar el tema con los proveedores que me veían como un mocoso me alteraba la calma de siempre. Masajeé el puente de mi nariz luego de colgar con los encargados de la cena principal, eran todos unos ineptos. Dejé el móvil sobre la mesa de madera en lo que mi padre se paseaba por la sala, sin detenerse a mirarme en sí pero hablándome antes de sujetar las llaves de su auto, las cuales reposaban en la mesita del recibidor. —¿Todo listo? —Sí. —Bien, iré por tu hermana al aeropuerto, al final sus vacaciones también iniciaron y nos acompañara en el evento —miró su reloj de mano, eran apenas las once de la mañana por lo que ella tendría toda la tarde para ver a una manicurista y a un estilista que había pedido e hicieran su servicio directamente en casa. Hace un tiempo no la veía y no podía negar que hacía algo de falta. Su voz chillona y estresante, y que se metiera en todo lo que no le importaba... bueno, quizá no la extrañaba tanto. Asentí sentándome en el amplio sofá de cuero, extendiendo las manos por el respaldar en lo que echaba la nuca hacia atrás, cerrando los ojos. Quería decirme algo más pero no se animaba, lo conocía lo suficiente, por algo aún no salía, pensando... Pareció ajustarse los lentes, tomar aire y abrir el picaporte de la puerta, quedando suspendido la apertura de la misma. —Es posible que tu madre también asista. El ceño apareció sin tregua, aunque no elevé la cabeza. El estómago se me revolvió y mastiqué de regreso el malestar, preguntando apenas: —¿Por qué? —Tendrá acciones en la nueva apertura, bueno, consiguió ser socia de nuestro socio, no sé cómo se conocieron pero sucedió —ahora si abrió la puerta—, no suelo exigirte nada porque no es necesario pero en esta ocasión te pido compostura, Orn. . . . Comenzaba a ingresar la gente, en la puerta mi padre había contratado a dos hombres de seguridad, los cuales tomaban los datos de los invitados para corroborar que no había ningún colado, por mi parte me encuentraba validando con los camareros el cóctel de bienvenida. Degusté para validar las mezclas y asentí señalando dos en específico, sintiendo luego el peso de un brazo sobre mis hombros. Giré el rostro y la sonrisa de Craig me hizo hacer medianamente espejo de la suya. —Es extraño verte estresado, Pai. Apartó su tacto regresando las manos a los bolsillos, echando un vistazo por la cocina, y dando permiso para que los empleados pudiese seguir rondando en el espacio que no era muy amplio. —Es más extraño verte sin lentes, debiste traerlos, ahora quién se aguanta a todas esas niñitas mirándote en vez de mirar a mi padre cuando éste dé el discurso de la noche. El albino soltó una risa ligera y genuina, encogiéndose de hombros luego en lo que parecía y le vibraba el celular. Me dispuse a ignorarlo porque seguía teniendo cosas por hacer en la cocina. Observé las papas rellenas de queso en trozos pequeños como apertura de bienvenida, solicité que espolvorearan queso parmesano para dar algo de sal sin echarla directamente, y ya después estaba por dirigirme a la sección del plato fuerte, sin embargo sentí el móvil vibrar en mi bolsillo. Lo saqué, observando el mensaje. Fue entonces que entró mi padre, organizando su corbata en el proceso y el lugar simplemente se sintió pesado. Los cocineros se tensaron, realizando sus funciones aún con más premura y perfección que antes. —Orn, ya llegó el jefe de cocina —hizo referencia a un hombre que lo estaba acompañado, vestido para la ocasión como Chef—, ya puedes relajarte. Deslicé el delantal que tenía puesto para dejarlo sobre el mesón. Saludé al hombre mayor estrechando su mano, alagó a mi padre por tenerme al frente al revisar el orden de la cocina pese a que no estaba con la intención de permanecer ahí en la reunión, me excusé para retirarme. Al salir de ahí noté que ya estaban entrando los invitados, eché un vistazo superficial para ver si había decidido entrar sola por los minutos que tardé pero no fue el caso; llegué a la gran puerta de madera con fibra de vidrio, salí dejando de recibir el aire acondicionado, siendo reemplazado por el aire sutilmente caliente de una noche de verano, y la busqué con calma, ubicándola cerca a la entrada. Estaba con un vestido tallado a su figura, los colores eran partículares, su maquillaje medianamente oscuro y sus accesorios... no eran definitivamente de la tarjeta que le entregué y me sonreí para mí. Su cabello estaba también diferente... se veía muy diferente, pero en esencia seguía siendo ella. Me acerqué, saludándola en lo que le extendía la mano. —Bienvenida. Contenido oculto Debido a la baja cantidad de tráfico había llegado realivamente rápido. Di mi nombre a los hombres de la puerta y me permitieron ingresar, los eventos de los Paimon nunca dejaban de sorprender, el lugar era demasiado amplio, las personas que estaban llegando bastante estiradas y el recibimiento con el cóctel era de apreciarse. Me preguntaron si prefería una mimosa o un gintonic, me decidí por el segundo recibiendo el recipiente de cristal, imaginando dónde estaría Orn en este momento al observar la entrada a la cocina. Di un sorbo en lo que sentía un par de ojos encima, giré el rostro y me encontré con su hermana, le sonreí con la gentileza de siempre a lo que se acercó. —¡Tanto tiempo! y tu siempre tan bello, Sui~ ¿Cómo has estado? —Bastante, sí. Bien, todo en orden. ¿Qué tal la universidad? Posó su mano derecha sobre la cintura, soltando un suspiro bastante amplio. —Genial por unas partes, horripilante por otras. Ya sabes, siempre hay alguna materia que como se quiera no entra, y bueno, esforzándome. ¿Tienes pensado regresar a Rusia luego de terminar tus estudios aquí? —tanteó mis ojos através de los suyos, pestañeando con algo de cuidado—, te vendría bien, ya sabes, no sale mucho el sol y pues tienes varias amistades allá, aunque bueno, mi hermanito ande por acá recientemente, quiero también llevármelo pero no se despega de mi padre... Le sonreí con amabilidad por su preocupación disfrazada. —No te preocupes, aunque bien es cierto que el sol se asome en cantidades minímas en Rusia me gusta verlo en todo su esplendor en el verano de Japón, de igual manera he conseguido un par de amigos acá, no son muchos en realidad —regresé mi atención hacia la puerta de la cocina—, pero con los que tengo me basta. Aunque espero seguir contando contigo si en algún momento decido retornar —sus mejillas se ruborizaron ligeramente, riendo. Me excusé para perderme en donde deduje y estaba mi mejor amigo, ecnontrándomelo con el cabello perfectamente estilizado, suelto hasta sus hombros, su traje a la medida y su accesorio de mano de oro blanco. No se acercaba más que lo necesario para observar los alimentos, direccionando qué sacar y qué no. Fue entonces que aproveché a saludarlo, y ya luego del intercambio sentir el móvil vibrar, eché un vistazo saliendo de la cocina en lo que me encontraba con su padre. Lo saludé y él me sonrió de regreso, perdiéndose con el que sería el chef de la noche. Salí por la entrada principal y denoté el cabello rubio y lacio a un costado, giré el rostro para mirarla sin detener el paso más que para alentarlo, parpadeé con lentitud denotando su vestido, estaba escribiendo en su móvil o eso parecía por lo que dudaba que me hubiese notado, sino se hubiese dado cuenta de mi desconcierto, no por su vestimenta, sino por no saber si era ella... se veía diferente a como la imaginé venir, y una parte de mí quiso saber qué cara pondría Paimon al verla. Regresé la vista al frente, y entre la gente que hacía fila di, la que estaba reunida fuera hablando y los que solo pasaban caminando cerca dí con el cabello rojizo. —Si te soy sincero dudé si vendrías, y ya estaba mentalizándome a hacerme por ahí mientras la reunión acababa —bromeé con ligereza.
Después de saludar a Cayden me quedé enfrascada en el teléfono un rato aunque Paimon no me había contestado, así que no vi a Suiren salir. Le envié algunos mensajes a Mei diciéndole que estaba nerviosa y que, para terminar de armarla, me había venido a topar al otro aquí donde siquiera se me ocurrió que estuviera. Ella me dijo que estuviera tranquila, que sería yo quien pusiera a los demás nerviosos y no al revés y suspiré, entre avergonzada y resignada. Le di las gracias otra vez y le dije que intentaría no molestarla mucho más, pues sabía que iría a un bar con las otras chicas. Al sacar la atención del móvil noté a Pai acercándose, así que con cuidado guardé el teléfono de regreso en la cartera y cuando estuvo conmigo le dediqué una sonrisa. Los tacones me dejaban a su altura, de forma que repasé sus facciones y el cabello suelto, arreglado. Iba de traje completo y pensé, de nuevo, que una no tenía tanta fuerza de voluntad. Mira que los uniformes del Sakura eran formales, pero pues esto era distinto. —Gracias —le dije y miré su mano extendida hacia mí, de forma que reflejé el movimiento, alcanzándolo. Me lo pensé un momento, para variar, y volví a deslizar la mirada sobre él. ¿Por qué? Porque me dio la gana, la verdad, tampoco era tan importante. Mi sonrisa se ensanchó ligeramente y parpadeé, despacio. —Gracias por salir por mí. Te sigo. —Me debatí si abrir la boca y al final, de nuevo, hice lo que se me antojó. El cumplido de todas formas era genuino y se lo habría dicho a cualquier otra persona con la que tuviese amistad—. Estás muy guapo, Pai. Tendría que haber asumido que si esto estaba relacionado a los Paimon, la chica iba a aparecer por una razón u otra. Seguía cuestionándome cómo lo aguantaba, pero tampoco era la primera ni la última cristiana que tenía algo con un pelinegro con cara de moco. Más bien, me sorprendía la paciencia que tenía la criatura entre soportarme a mí y al otro, aunque ya de por sí tenía cierta tendencia heroica extraña con las personas. Más allá de eso, lo que me sorprendió fue verla con colores oscuros, maquillaje dramático y todo el asunto, quien fuese que la había maquillado se había encargado de afilarle la mirada, en general más parecida a los ojos de un ciervo. Uno habría esperado verla con tonos claros y no de un color tan profundo, aunque le quedaba bien y el vestido marcaba su figura de formas para nada sutiles y yo era ojo alegre de por sí. De la manera que fuese, los accesorios parecían más propios de ella. El collar a la distancia lucía algo intrincado y el brazalete en su mano parecía una serpiente plateada, cosas de chica de bosque, sin duda, o de alma rebelde por mucho que lo disimulara. Pobre chica igual, incluso antes de que se volteara yo ya me había quedado mirándola como imbécil y cuando se giró, la neurona me alcanzó a duras penas para alzar la mano y saludarla junto a una sonrisa. A ella los nervios le ganaron la pulseada, la vergüenza le alcanzó el rostro y avanzó un poco más hacia la entrada luego de regresarme el saludo, entreteniéndose con el teléfono. No iba a negarlo, había cierto encanto en sencillamente provocarle cosas a la gente y esta muchacha no era la excepción. Una cuota de satisfacción me cayó encima y me reí por lo bajo, aunque tampoco fue que me pudiera distraer mucho en ello pues Craig apareció y a ella la alcanzó Paimon, claro. Yo me enfoqué en el que sería, digamos, mi anfitrión y solté una risa al oír su comentario. —¿Estás diciendo que pensabas que iba a dejarte plantado? —pregunté, inclinándome apenas en su dirección—. Al menos habría tenido la decencia de habértelo dicho con tiempo. Lo repasé con la vista sutilmente, su elección no era nada muy loco. Pantalón negro, camisa blanca, nada de corbata y reloj en la muñeca. Puede que lo único distinto o trascendental fuese que no traía los lentes oscuros que usaba en la escuela, como Sóloviov, ¿la luz artificial no le haría daño? El tema fue que detenerme en sus ojos me hizo pensar que, ni idea, quizás debía ampliar mis horizontes. ¿Qué hacía yo juntándome con otro albino de ojos azules? En fin. Barrí el pensamiento, la desafortunada coincidencia como tantas otras, y deslicé la vista a la entrada del salón. También era gracioso que fuese mi segunda vez en Ginza en ocho días y las dos en contextos fancy que, en teoría, nada tenían que ver conmigo y en los que acababa invitado por uno u otro motivo. —¿Tu solución a quedarte plantado habría sido consumir aire allí dentro? —tanteé y me tragué una risa—. Con razón me invitaste sin pensarlo... Bueno, yo asumía que había sido sin pensar. ¿No tenía opciones más coherentes, lógicas o deseables a secas? No, de hecho sí y lo recordé de pronto, pero no iría a decirlo en voz alta tampoco como si fuese un mal agradecido o algo así. En su defecto, lo que llegué a creer era que yo al haber visto la tarjeta, pues ni idea, lo dejé en un predicamento social o quién sabe qué. No era que estuviese en la obligación de invitar al primer estúpido que viera la tarjeta tampoco, pero pues ya su curso de acción era muy su asunto. Con el embrollo social y mental a un lado, guardé el móvil y dejé ambas manos hundidas en los bolsillos. No era mi primer rodeo en un lugar fino ni nada, pero agradecía su intención de acompañarme a entrar pues porque en sí estaba acostumbrado a colarme yo solo... y por motivos más que cuestionables.
Cuando alcanzó mi mano la dejé organizarse para que me sujetara como le quedara más cómodo. Me agradeció por salir por ella y sonreí apenas, llevándola sobre mis pasos hacia la puerta de ingreso, los hombres se apartaron siquiera sin pedir el nombre de ella en la lista y continué, empezando a escucharse el sonido del piano de manera sutil, fue entonces que su cumplido me hizo mirarla de reojo, estaba a mi altura, los tacones la hacían llegar así que basicamente dí con sus orbes de manera superficil, y la sonrisa se acentuó de manera consciente. —Y a ti el carmín y negro te queda bastante bien —murmuré de regreso, y no, no era algo que le diría a cualquier persona. Había pensado que vendría de algún tono rosa pastel, quizá algo que tuviese un poco de blanco o hasta un verde agua, pero era una sorpresa encontrarla con ciertas gamas que reflejaban aún más la tonalidad clara de su piel y realzaban sus ojos, la joyería de serpiente y el misticismo del collar de luna que hacía juego con sus aretes, aunque definitivamente lo que más me había gustado de su elección era el vestido, se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, y la seguridad que mostraba al caminar la hacía ver bien, no parecía Alicia en el país de las maravillas, al menos no esta noche. Uno de los camareros se acercó con una bandeja en mano, la saludó con respeto y parsimonia ofreciéndole la bebida de su preferencia; tenía algunos Gin Tonic y Mimosas, esperando ambos a que ella escogiera alguna de las dos, eran cócteles de bienvenida. Por mi parte no recibí ninguno debido a que ya me había tomado el mío con anterioridad. Se acercaron algunas personas a nuestro alrededor al ser el hijo del anfitrión, la saludaron a ella también por educación, los saludé de regreso, intercambié un par de palabras y luego me excusé, para que éstos tomaran su distancia de nosotros. —Ya que estamos, los chocolates son agradables si se entregan en persona, Rockefeller —murmuré, molestándola sin peso real en las palabras. Hice un gesto con los labios que daba a entender que un poco sí, un poco sí había pensado en la posibilidad de que no viniese y bueno, en esta ocasión sabía de antemano que Paimon estaría con Ilana gran parte del tiempo, y esta noche justo no me apetecía ser violinista de nadie, ya de por sí el moreno estaría con gente tratando de hablar con él como para andar atrás suyo, y luego el conversar con desconocidos no era mi pasión, pero solía acompañarlo a sus reuniones de negocios -y ésta no sería la excepción-, ya que al final era un poco un pilar emocional para él, aunque nadie lo supiese y tampoco lo pareciese. Cuando aparecía su madre todo se iba un poco por la borda, y estando su hermana... bueno, todos teníamos nuestra vulnerabilidades en casa. —Apenas te estoy conociendo así que pensé que no avisarías con antelación si te surgía algo más —fui honesto con lo que le estaba diciendo. Eché un vistazo de regreso a la puerta, ya no estaba Ilana ni Paimon por lo que habrían entrado. —Suena bastante aburrido si lo dices así —murmuré soltando el aire con cierta jocosidad por la nariz, porque tenía razón, ya me veía consumiendo aire en lo que pasaban las horas y estaba pendiente de Orn, conversando por ahí y por allá con las personas que se me acercaran por educación y esa hubiese sido mi noche en sí—. ¿Vamos? Había pensado en otra persona originalmente al recibir la invitación, pero no me disgustaba tener apertura para hablar más con él así que me daba por bien servido, y más cuando cumplió su palabra de venir, eso me hacía tenerlo más presente si se pudiese decir de alguna manera. Caminé asegurándome que fuese a mi lado, di el nombre de ambos -aunque hace nada hubiese salido yo- y nos permitieron el ingreso luego de chulearlo a él en la lista. De entrada noté algunas personas alrededor de Orn, el cual estaba al lado de Ilana, y creí notar que sostenía la mano de esta, como dando a entender que estaba con él y bueno, un dato que guardaría para decírselo en otro momento. Una camarera se acercó a nosotros y le ofreció a Cayden la bebida de entrada, mimosa o gin tonic, me miró luego y me ofreció lo mismo, mencioné que ya había tomado el mío y murmuró que no había problema, si quería podía tomar otro, le sonreí con amabilidad por su intención, negándome a su contribución. Escuché el tocar del piano y noté como la hermana de Orn lo observaba a él desde una esquina, recostada en una de las vigas de marmol, parecía algo... confundida. Ignoré la escena y volví mi atención a Cay. —¿Y qué has hecho estos días de vacaciones?
Al principio tomé su mano con delicadeza y después, mientras me guiaba, deslicé el contacto para sencillamente tomarme de su brazo. Me pareció más cómodo y algo menos extraño, pues era un gesto que me permitía con frecuencia. En nuestro camino al interior traté de ordenar mis nervios por el espacio y el asunto de la fiesta súper formal; también procuré no reaccionar en exceso al lujo que me rodeaba. Le hice el cumplido y contra todo pronóstico, él me lo regresó. Este chico me confundía en líneas generales, era bastante hosco y luego cedía a mis estupideces. Me invitaba al evento y al mismo tiempo dudaba de mi capacidad de estar a la altura del mismo, era un indiferente y después aparecía con chocolates y me hacía un cumplido. Me frustraba y después de alguna forma el enfado se me pasaba. —Aunque no lo creas, sé lo que me sienta bien —apañé en un tono similar, atendiendo al sonido del piano, pensando en las cuerdas dentro del instrumento. En esa misma línea había elegido el anochecer por sobre el amanecer. Una parte de mí pensó en mencionar directamente la tarjeta del lugar finísimo fuera de mi presupuesto, pero acabé por descartarlo. No supe si era un berrinche y tampoco tendría sentido sacarlo apenas llegar, así que simplemente entré en el papel que me correspondía esa noche que, en lo que a mí me concernía, era lo que había dicho Mei: ponerlos nerviosos a ellos. Estaba aquí para verme bonita y ya, ¿cierto? Por la anécdota y ya estaba. Por la mañana volvería a ser la chica que llevaba a la gente al bosque, mis dedos regresarían a las cuerdas de la guitarra prestada y a las teclas de la kalimba con margaritas. No pertenecía a los altos rangos. Al ver al camarero con bandeja en mano me cuestioné qué hacían repartiendo alcohol a menores de edad, porque por muy invitada de Paimon que fuese, no dejaba de ser una chica de instituto, pero no dije nada en verdad. Fuera de eso, tampoco es que pretendiera la gran cosa, ni siquiera bebía con frecuencia. Mei era la que a veces conseguía el alcohol y entonces nos reuníamos las cuatro a hacer el tonto en casa de las Minami o el día del Shimizudani con sus otras amigas. Tomé la cartera con la mano que hasta entonces sujetaba el brazo de Pai, pero en sí no me desenredé de él, y alcancé la copa de mimosa sin saber bien qué elegía. Antes de que siquiera lo probara aparecieron personas que lo saludaron a él y a quienes les dediqué una sonrisa educada, aunque no dije nada ya que no fue necesario. Cuando recuperamos algo de privacidad, él me habló y mencionó el asunto de los chocolates. Al decirlo solté una risa un poco sin gracia y entonces, por fin, le di un trago a la copa como si el asunto no fuese conmigo. En verdad no había querido molestarlo y después me había encontrado el regalo de Kakeru, así que me había distraído por completo al respecto desde que se me ocurrió pasar el receso con él. Además, yo la había pasado muy bonito en el bosque como para andar pensando en nada más. —A mí me parece que los chocolates son agradables en general —argumenté al bajar la copa—. Me alegra saber que los recibiste. ¿Me toca asumir que los probaste? Vaya, las expectativas en el inframundo, ¿no? El gesto de Craig dejó claro que sí, que veía posible que lo dejara más plantado que las flores del invernadero y no pude hacer más que soltar una risa nasal algo incrédula. Su argumento tenía sentido, pero hacía aguas en lo más básico. —Me parece que olvidas que cuando hablamos de verdad la primera vez, podría haber salido corriendo y elegí no hacerlo. —Le recordé en voz baja. Seguí el camino de sus ojos para darme cuenta de que Ilana ya había desaparecido junto a Paimon, por lo que regresé mi atención al albino y sonreí, divertido, al oírlo admitir que sonaba aburrido puesto así. Pues claro, si era aburridísimo. ¿Cuál era su función aquí de por sí? ¿Apoyo emocional para el amargado de Paimon? Sonaba incluso peor. Por supuesto no me atreví a decirlo, me guardé mi pequeño insight para mí mismo y cuando me ofreció entrar asentí con la cabeza y seguí sus pasos. En la entrada dio nuestros nombres y así ingresamos al salón, donde ya Paimon estaba rodeado e Ilana, por rebote, estaba en medio. Ella estaba sintonizada, al menos procuraba estarlo, su sonrisa era radiante y sus movimientos cuidados. El vestido oscuro, el maquillaje y la seguridad que transmitía la hacían parecer más adulta. En nada se parecía a la chica habladora y atolondrada de siempre. Era buena actriz, había que reconocérselo. Saqué la atención de ellos y la enfoqué en la persona que apareció con las bebidas, me cuestioné el tema del alcohol y las edades, pero eso era asunto de los que no cumplían años en enero, no mío y estiré la mano para tomar un gin tonic. Ni idea de lo de las mimosas de noche, a mí me sonaban más a brunch. La camarera le ofreció un cóctel de más a Craig y disimulé la sonrisa dándole un trago a mi bebida en lo que ella se retiraba. —Pues apenas llevamos ocho días —dije luego de haber bajado la copa. Mi respuesta fue honesta en su base y omití la parte de los negocios por obvias razones—. Me estuve viendo con unos amigos y salí de fiesta los primeros días, pero desde el miércoles estoy en casa y ya. ¿Tú has hecho algo? Si sus ojos se lo permitían, para empezar. Le di un segundo trago al cóctel. Mis oídos se enfocaron en el sonido del piano y me di cuenta, de repente, que no sabía muy bien qué hacer en un evento así que no fuese buscar a alguna persona que fuese la pata coja de la mesa para acercarme a ella y ver qué conseguía. ¿Uno podía divertirse siquiera? La mascarada de Akaisa no contaba, era en esencia una fiesta de disfraces. Suponía que entendía que no quisiera venir solo, sobre todo viendo que Paimon había traído a Ilana. ¿Tal vez había elegido lo más sencillo y cercano que tenía por eso? Bah, ya daba lo mismo. —¿Y si me haces un resumen de lo que ocurre en estas fiestas? Soy nuevo en el... lore Paimonístico. No creía que tu amigo fuese tan importante, la verdad. Lo dije en voz baja, aprovechando que se había mantenido a mi lado. ¿Por qué pregunté? Ni idea, ya que estaba aquí al menos quería algo de contexto y así, también, calculaba las proporciones de la misión de Craig en otros momentos. Por la gracia, dije una cosa más. —Tampoco creo que les ofrezcan un cóctel extra a todos.
No dije nada con respecto a si los había probado, tan solo la miré para dejarlo a su interpretación siguiendo luego con la mimosa. Era un cóctel espumoso hecho de naranja recién exprimida, el licor era bastante suave, lo suficiente para no sentirse y en una baja cantidad. Era de bienvenida en sí, y al ser un evento social posiblemente cuando mi padre diese el discurso darían una copa de vino para brindar, pero no estaba muy seguro, apenas y me había permitido apoyar en lo que llegaba el chef de la noche, así que mi deber -si es que se le podía llamar de alguna forma- era simplemente hacer presencia, saludar con elegancia y educación. Sonaba estúpido si se expresaba de manera verbal, pero la gente aquí vivía de apariencias, y realmente esto hacía parte de mí, así que tampoco es que me costara de ninguna forma. —¿No se molestan en casa si bebes algo con licor? —pregunté en lo que observaba uno de los camareros que traía los pedazos de papas cocinadas sobre la bandeja, en cuadritos rellenas de queso mozzarela y espolvoreadas con el parmesano, divididas en pequeñas servilletas perfectamente cortadas para ser sujetadas, como sugerí minutos atrás. Al notarlo el trabajado se acercó y nos ofreció a cada uno, la miré a ella esperando si deseaba o no degustar, para luego hacerlo yo. Sujeté una y la llevé a mis labios, mastiqué y tragué, asintiendo hacia el chico, el cual continuó repartiendo a los grupos cercanos. —De igual manera si quieres tomar otra cosa más tarde me avisas, sino lo tienen en la carta te lo preparo —murmuré como si nada, notando a mi padre salir con su perfecto traje de la cocina, se acomodó los lentes sobre el puente de su nariz y la gente comenzó a acercarse, estrechándole la mano unos, otros saludando de pasada mientras se encapsulaban con los camareros para degustar las entradas. Me quedé mirando su interacción unos minutos, dándome cuenta que me miraba luego y después -algo desconcertado- notó a Rockefeller. Les dedicó una última sonrisa amable a los socios que se le habían acercado y luego se encaminó hacia nosotros. —Buenas noches —saludó a Ilana, luego puso su mano sobre mi hombro—, ¿ella es? —Una compañera del instituto —mi padre, aunque era serio no era un hombre inexpresivo -a diferencia de mi-. Solía ser sociable, no carismático, era un profesional en la cocina y su personalidad se modificaba dentro de ella, de resto era amable, no de pocas palabras pero tampoco de muchas, lo describiría como un hombre bastante equilibrado, paciente y presente, tanto en mi vida como la de mi hermana—, va en mi clase, bueno, fue la que aún siendo nuevo me pusieron a darle el recorrido. Asintió, como entendiendo -o fingiendo hacerlo-. Me daba igual lo que pensara sobre esto, pero entendía que para él era extraño que alguien más que Craig fuese invitado de mi parte, nisiquiera en Rusia en donde mi círculo era un poco más amplio había tenido la iniciativa de llevar a alguien conmigo, me parecía un fastidio, y lo había dicho varias veces en casa cuando me querían obligar a hacerlo. —Bienvenida, espero el lugar sea agradable para ti —le sonrió con calidez, apartando su tacto de mi hombro para luego presentarse—; Touji Paimon. Contenido oculto padre de Pai: No ignoré su comentario sobre que podría haber salido corriendo, pero tampoco seguí el hilo de ello, no era algo que quisiera volver a hablar, me producía malestar solo recordar esa tarde -no por él, sino por recordar la sensación de ceguera, el afán y la ansiedad de pensar que podría ser mi realidad en un futuro-. En realidad, era algo que me daba vueltas constantemente, pero no era ni el momento, ni el lugar, ni la persona para hablar de la incertidumbre, y menos invitándolo a pasar un buen rato. Fue entonces que miré hacia la entrada y me siguió los pasos. —¿Desde el miércoles? ¿Eso cuenta como días de fiestas de seguido? —me reí con suavidad ante la envidia que me provocaba la despreocupación o el disfrute... enterrando las manos en los bolsillos en lo que dirigía mis orbes hacia el pianista. Estaba tocando una melodía suave, clásica y propia del espacio, había algunas personas a su alrededor grabándolo—. Vi algunas películas con mi madre. Ya esta semana próxima semana tendré a mi hermana en casa, así que pasaré tiempo con ella y posiblemente salgamos a cener uno de esos días. Controles médicos, claro, y ojos poco expuestos a la luz del sol. Era medio deprimente no salir en pleno verano. Alcé las cejas ligeramente, ya luego relajé las facciones y me acerqué un poco como para contarle un secreto, aunque no lo fuese. —Realmente yo solo me quedo de pie, hablo con gente y a eso de las nueve suelen dar el discurso, pondrán música lenta para bailar y las luces suelen bajar de tonalidad, así más o menos por dos horas más, empiezan a llegar los choferes por sus invitados y todo acaba. No es algo muy procesado más que para expandir contactos y dar a conocer proyectos. Los Paimon son del sector gastronómico, es ese aspecto es que son conocidos —lo contextualicé en general, riéndome luego -de manera sincera en esta ocasión-. Pestañeé con lentitud y lo miré por el rabillo del ojo—. No, no lo hacen, es uno por invitado, pero ya que estamos, ¿tú no me ofrecerías uno extra? Noté luego como el padre de Pai se acercaba a él y a Ilana, imaginé que se estaba presentando y eso. >>¿Y asistirás a lo que hará la escuela este verano?
Su falta de respuesta a mi pregunta no era exactamente nueva, pero sí fue algo más decepcionante aunque quizás yo me lo había buscado al dejarle los chocolates indirectamente, pero igual... Frené mis pensamientos de golpe al darme cuenta de que había estado a punto de compararlo. La noción fue extraña, repentina y puede que hasta fuera de lugar. Más allá de eso, de su falta de reacción, quizás fuese mejor para mí no saberlo, teniendo en cuenta de que tenía experiencia culinaria y todo ese tema. Mi regalo era sencillo y pequeño, pero lo había hecho con cariño luego de haber recibido el suyo. Si no le había gustado, prefería quedarme en la ignorancia. —Se molestarían en mi casa si decidiera meterme una intoxicación etílica —apunté, mirando la copa—. ¿Quién se intoxica por beberse una copa? El comentario no fue grosero ni brusco, solo fue y cuando apareció otro camarero con aperitivos, tuve que ajustarme la cartera bajo el brazo para poder tomar uno. Estaba masticando cuando él me dijo que si quería beber otra cosa podía decírselo, así que le dediqué una sonrisa de agradecimiento para no hablar con la boca llena. No planeaba molestarlo con algo como eso, pero ya veríamos en el curso de la noche. No mucho después un hombre se acercó a nosotros y por la forma en que interactuó con Paimon, asumí de inmediato que se trataba de su padre. Por suerte ya había terminado de comer y pude borrar los rastros del sabor de la papa con un trago ligero del cóctel antes de sonreírle al hombre, al tiempo que hacía una reverencia ligera. Era un hábito adquirido de los japoneses y de pronto fue lo primero que se me ocurrió, así que debería disculparme si era algo extraño. —Fue un poco gracioso que un nuevo le diera el recorrido a otro, pero nos las arreglamos —añadí y mi sonrisa se ensanchó ligeramente—. Soy Ilana Rockefeller, es un gusto conocerlo, señor. Después de eso asentí con la cabeza y eché un breve vistazo a nuestro alrededor antes de volver la mirada al hombre. Era serio, al menos eso parecía, pero creí notar algo diferente que en su hijo. —El lugar es muy bello y el servicio ha sido atento. Es un honor que su hijo me haya invitado, así que le estoy agradecida a ambos por ello —contesté, el comentario fue honesto. Puede que mi comentario no hubiese sido la mejor elección, pero no había mucho que hacer al respecto. Una parte de lo que había sucedido en el observatorio siempre estaría presente lo quisiera o no, yo pensaba constantemente en su vista y él en el estado en que lo había encontrado. Vulnerable, quebrado y solo. El mismo estado en que yo, por algo únicamente emocional, había quedado en casa de Hikkun. Hubert era quien me había recogido hecho un trapo y me había cuidado. Existía cierta complicidad en eso también. Pero Hubert era mi amigo, ¿qué me unía a Craig más que la sangre de sus manos? La duda silenciosa se instauró, pero no hice más que dejarla ir y me enfoqué en nuestra conversación a la vez que mapeaba el espacio con la vista. La disposición de los camareros, el pianista, los invitados, la cantidad aparentemente regulada de alcohol. Sin embargo, lo que me sacó de esa suerte de escaneo fue la pregunta del chico y una risa me sacudió el pecho antes de que mis ojos buscaran los suyos un momento. —¿Preguntas que si estuve de fiesta de sábado a martes? —pregunté aunque no le di tiempo de responderme—. God, no. Está bien el descontrol un rato, pero uno tiene que recargar la batería social, hombre. Sólo el lunes por la noche fue el desenfreno. Lo dije en tono de broma, pero sí que lo había sido. No era algo que fuese a contarle a él de todas formas. Sus días de vacaciones sonaban bastante normales y la mención a su hermana me hizo preguntarme entonces dónde había estado antes. Me debatí si preguntarlo en tanto seguí escuchándolo, dándole otro trago a mi bebida y supuse que si no le apetecía decirme, pues simplemente podía no hacerlo. Este era un mundo libre. —¿Tu hermana? —tanteé—. ¿Dónde estaba antes? El muchacho después me puso al día con el desarrollo de las fiestas de esta gente, así que me dediqué a prestarle atención y me hizo algo de gracia que estuviéramos cuchicheando en plena gala de su amigo. A ver, ¿podía culparme? A mí me habían entrenado para ser un chismoso. Me resultó entre divertido y deprimente que su función, efectivamente, fuese existir, pero me distraje luego con lo demás. En resumen esto era una fiesta de negocios, claro, no le era útil a nadie más que a ellos mismos. Muchos de nosotros entonces no éramos más que accesorios y yo, peor todavía, era el llavero del llavero. —Ya veo. Tremendo despliegue. Al menos el alcohol estaba bien. No creí que respondiera mi estupidez, pero lo hizo y alcé una ceja al oír lo que me dijo. ¿Fue consciente de cómo sonó eso o era un mero desliz? Quise apuntar a lo segundo, la verdad, pero no por ello contuve la risa que se me escapó por la nariz ni nada. —Depende —le dije mirando el licor en mi copa y después giré ligeramente el rostro, apenas para poder mirar su perfil—. ¿El mío también lo rechazarías? No lo dije con ninguna intención, fue un mero comentario simpático que me cruzó la cabeza y que asumí no llevaría a ninguna parte. Puede que fuese un comentario estúpido de amigos, como los que alguna vez soltaba con Arata porque sí, por fastidiar más que nada. Al repasar sus palabras otra cosa navegó mi mente. —Snowflake, ¿entonces bailas solo o te quedas en un rincón de depresión cuando ponen la musiquita lenta? Otro comentario sin objetivo, fue mera curiosidad. Después me digné a atender a la pregunta que me había hecho, la de las pasantías o la cosa que fuese de la escuela. —Yeah. Pienso ir, después de todo es mi último año de instituto, si me quedo en casa posiblemente solo haga lo mismo de siempre... Así que pues por cambiar un poco de aires. No quisiera arrepentirme después. —¿Era por seguir el consejo de Ko en la carta? Ahora mismo ya no estaba seguro, cuando nos hablaron al respecto pensé en ir para no quedarme rumiando estupideces en mi habitación como de costumbre, pero ahora... Era cierto que era algo distinto, algo que no habría hecho antes, quizás. Todo era complicado, enrevesado y yo procuraba leer la situación mejor. Procuraba entender que en su consejo seguía habitando el afecto que sentía por mí y la preocupación que le causaba, de cierta forma—. ¿Tú puedes ir? La pregunta sonó normal, pero yo supe bien qué estaba preguntando. Era pleno verano y estaríamos, en teoría, trabajando. ¿Él podía arriesgarse a llevar a esa cantidad de sol? Mientras mi cerebro tenía esas dudas genuinas, noté que alguien se había acercado a Ilana y Paimon. Por las características del intercambio asumí que era su padre o al menos un familiar. No los miré más que un minuto, pero hablé de nuevo. —Por como lo cuentas asumo que no suele invitar a otras personas. ¿Qué mosca lo picó invitando a Lana? —No reparé en que había usado el apodo que ella me había concedido en uno de los viajes en tren de regreso al centro de Tokyo.
Me encogí de hombros ante sus palabras. Vete a saber en qué tenía encasillada a Rockefaller, posiblemente en una niña tan del bosque que sin enterarme mezclaba eso con la gracia de sus movimientos, el dulzor de su voz y los colores claros de su cabello rubio. En una muchachita dulce, inocente y quizá ingenua, no sabía muy bien realmente lo que quería al tenerla ahí, invitada de primera mano por mí, mucho menos me había sentado a pensarlo, barría los pensamientos con una capacidad irrisoria, y tampoco lo había hablado con nadie en sí aunque sabía que Craig -antes que nadie- había notado algo, algo que quizá ni yo sabía que era, o no quería saberlo aún. Le presenté a mi padre como algo protocolario, ella hizo la reverencia y noté como para papá aquello significó educación, viniendo más de una chica que no era Japonesa, y un poco por lo mismo mi padre no mencionó su apellido primero, al notar que era extranjera y habíamos estado en el exterior gran parte de mi vida, pero la ráices siempre halaban más de lo que uno creía, y aquellas cosas para él eran preciadas, más cuando mencionaba sobre la crianza de los hijos y demás, aunque no era algo que me quedara a escuchar; y no me di cuenta ni nada, porque no tenía cómo saberlo pero para él su apellido terminó trayendo algunas incógnitas, aunque no lo expresó de ninguna manera, tamposo supuso cosas, solo quedó ahí flotando la duda. —No imagino a Orn dando un recorrido con buena cara —murmuró echándome un vistazo, apenas y torcí la sonrisa como a quién no le interesa la cosa. Y luego volvió su atención a ella, escuchándola mencionar que la había invitado y aunque su rostro se mantuvo impasible ya imaginaba lo que quería decirme sin decirlo—. Gracias a ti por aceptar acompañarlo, que disfruten la noche. Se retiró organizando su saco en camino al centro del lugar, donde estrechó su mano con un par de invitados, los cuales comenzaron a adularlo y todo lo que incluía ser el anfitrión del evento. Miré la puerta y luego mi reloj de mano, quizá tenía algo de lo que decían suerte y mi madre no vendría esta noche, aunque no era particularmente una mujer puntual, atenta ni cariñosa. Solo era mi madre, y eso no significaba nada... —Con respecto a los chocolates, no me gusta el dulce —murmuré enterrando la izquierda en el bolsillo, mirándola de perfil. Me había ofendido que no fuese ella quién me los hubiese dado primero, un poco sí, también el que no se esperara que yo no la fuese a tener presente, pero tenía lógica la situación, y por último que me los hubiese dejado en los casilleros como si fuese... nadie—, aunque si me los comí. Lo mencioné porque sí, era un berrinche si se quisiese el no decirle si me gustaron o no, pero ahí estaba implícita la respuesta. El sonar de la cuerda me hizo mirar en dónde estaba el pianista, se había integrado recién una violinista, estaban ambos con un traje blanco con destellos plateados, tocando la melodía de las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi. Los dedos de la mujer se deslizaban con maestría sobre el arco, sus otros dedos se deslizaban entre las cuerdas y su mentón yacía recostado sutilmente sobre la voluta. Ya era más cuerdo lo que me estaba comentando, había mal interpretado sus palabras. No imaginaba como el cuerpo de una persona fuese a resistir estar de pie tantas noches con un tiempo de sueño diurno medianamente interrumpido y luego levantarse, comer y volver a la fiesta... sin sustancias era difícil de creer, y aquello rayaba en lo autodestructivo, aunque había dicho que estaba equivocado, y si no fuese yo el errado tampoco indagaría al respecto a menos que él quisiera contármelo de lleno. —Mi hermana está estudiando en otra escuela fuera de la ciudad, le dicen institución inclusiva o algo así escuché de mi madre —lo cual me hacía sentir tranquilo. Esperaba al verla en este receso que me contara de sus amistades, sus clases o lo que había podido aprender en deporte. Aunque tenía su discapacidad, Violet sorprendemente había desarrollado bastante su sentido auditivo, y aquello la ayudaba a sobrellevar su ritmo de vida. Luego de contarle a Cayden un poco sobre lo que trataba esta reunión, en donde no representábamos más que un par de cuadros colgados en la pared. Asentí sobre lo del despligue con ligereza, nada que hacer. Luego de soltar el comentario noté desconcierto al elevar su ceja, mi semblante permaneció igual aún así y quise saber qué pensó realmente, pero no lo pregunté, sin embargo ante su respuesta la sonrisa se me acentuó en el rostro. —Quién sabe —murmuré girando el rostro al escuchar un nuevo instrumento. La violinista hizo sentir el ambiente diferente al tocar el violín, se sentía más eufórico por un momento, era una canción clásica con cierto ímpetu—. Te invité para bailar y no quedarme en un rincón con depresión —respondí con verdades a medias, ciertamente si solía bailar cada que venía a uno de estos eventos, principalmente con mi ex-novia o la hermana de Paimon, y alguna que otra mujer de alta alcurnia que notara aislada para porporcionar un momento agradable a los invitados. Lo escuché luego hablar de que si asistiría al evento que haría la escuela por las vacaciones de verano y no supe muy bien que sentir más allá de la nada. Era lo más normal, y más cuando se tomaba como un empleo dentro de algo que sonaba entretenido. Bueno, tendría que nadar bajo el sol por los que no pudimos hacerlo. —Me alegra —respondí con honestidad por la decisión que tenía de asistir—. No, cuando llega el verano no puedo hacer mucho en el día más que estar en casa o en algún lugar cerrado, pero espero que en invierno la escuela vuelva a hacer algo similar, en donde pueda estar presente. Uno de los camareros pasó con las entradas, ofreciéndonos. Sujete una la cual estaba deliciosa, y bueno, en esta ocasión no me ofrecieron repartir, luego le ofreció a Cayden, esperando que el seleccionara cual comer o rechazara el ofrecimiento, fue entonces que seguí la mirada del chico y noté al padre de Paimon retirándose de ellos para dirigirse a un grupo de lo que parecían ser ejecutivos. Me causó gracia su pregunta aunque solo solté una risa suave por la nariz. Era una mosca de esas con alas grandes, arco y flecha, pero no era quién para mencionarlo. —Ni idea —me desentendí sobre la pareja a la que hacía referencia, captando algo en ese preciso momento—, pero ya que estamos, ¿qué tan cercano eres a ella? —la pregunta fue directa al notar como le acortaba el nombre.
Este chico era prejuicioso al punto de lo exasperante y justo por ello me preguntaba entonces por qué me dejaba hacer, que el baile en el pasillo, que el contacto y las tonterías. Puede que haber venido aquí más allá de la anécdota se tratara, también, de una suerte de experimento personal. Mis pobres amigas estaban atascadas todavía en el evento Cayden y Mei, que me había ayudado a arreglarme, hasta ahora recibía información más clara, pero algo en sus gestos mientras le hablé se notó desencantado. No opinó ni nada y se subió la bote de las tonterías, incluso con lo del perfume, pero yo la conocía. Y ella me conocía a mí, por desgracia. Mira, era una cagada igual, pero al menos... Otra vez la comparación, aunque esta fue menos rara que la otra y era culpa de que el involucrado de pronto estuviera aquí mentido. En mi paneo del lugar ya cuando el padre de Paimon apareció noté al pelirrojo con Suiren. Suponía que habrían conectado aquella vez que Cayden buscó hablar conmigo, para medio dejarme caer el asunto del albino. De cualquier manera, no era que pretendiera nada con Paimon, pero a cómo íbamos no sabía si esto tenía algún sentido como amigos que se suponía empezábamos a ser tampoco. ¿Podía haber hecho mi experimento en algo menos rimbombante que una gala? Seguro que sí, pero una tenía algo de dramaturga. Podía ser un adorno por una noche, pero dudaba tener ganas de serlo en otras oportunidades. Algo que era una fortuna, así yo no tuviera idea, era que su padre no hubiese dicho nada sobre mi apellido. El tema era un lío en el que prefería no meterme y que de hecho no tocábamos desde que la abuela había muerto. Una cosa era segura, no teníamos lazo alguno con los Rockefeller que habían pasado a la historia por buenos y malos motivos, incluso si la abuela juraba que sí en sus delirios finales. Daba lo mismo a la larga de por sí. Preferíamos llevar nuestra vida tranquila, bueno, tan tranquila como se podía con la biomédica y el sargento de policía. El comentario del hombre me sacó una risa suave y le eché un vistazo a su hijo, tragándome el impulso de molestarlo al respecto, y en su lugar mi sonrisa se amplió algo más y me entrecerró los ojos al oírlo decirnos que disfrutáramos la noche. Cuando se retiró lo despedí con una nueva reverencia ligera y antes de filtrarlo, también con un movimiento de mano suave. Al menos no fue muy efusivo, que quedaría raro en un evento tan formal. —Fue un placer poder conversar con usted —añadí antes de que estuviese lo bastante lejos para no oírme. Cuando Orn habló de nuevo otra conversación repicó en mi cabeza y recordé a Suiren diciéndome que no le gustaba el dulce. El olvido fue mío directamente, porque hasta habíamos hablado de colarle azúcar en microdosis, y supuse que esto también significaba algo para mi prueba silenciosa. No todo yacía en él, yo tampoco había almacenado la información, ¿verdad? To be loved is to be seen. ¿No era lo que había pensado el último viernes de clases de por sí? Lo que había intentado parafrasear. —Sorry. Lo olvidé y la verdad no tenía certeza de poder aprender a preparar otra cosa en ese span de tiempo —dije en voz baja llevándome la copa a los labios y me solté de su brazo con delicadeza. ¿Significaba algo que se los hubiese comido igual? Quizás, pero solo acentuaba mi olvido y las decisiones extrañas que este chico tomaba. Por un lado olvidaba lo que me había dicho su amigo, mientras que por otro usaba mis días de vacaciones en aprender una melodía que esperaba poder replicar para alguien. La suerte de choque de ideas me hizo sentir incómoda, pero no dije nada y pretendí no haberle dado importancia a... Su digamos berrinche. A mi saber, que se los hubiese comido no significaba que le gustaran si no le gustaba el dulce. En cualquier caso, me distrajo la aparición del violín en la melodía y mis ojos viajaron a los músicos. Por algunos segundos me entretuve siguiendo la melodía en la mente, aunque no era yo ninguna experta de la música clásica. —¿Cada cuánto son estos eventos? ¿Tienes que lidiar con ellos con frecuencia? —pregunté con discreción, para que no fuese a entenderse como que lo aburrían si otra persona me oía. Tampoco era que no pudiese sencillamente elegir no detenerme, ¿no había era más o menos lo que había hecho por semanas? Fuera de casa, huyendo, intentando no conectar a fondo con una sola de mis emociones. El cuerpo soportaba, ¿la mente? No tanto, pero me la pasaba sedado una buena parte del tiempo. El acabose fueron las pastillas con Tajima y todo el alcohol de Japón. Que hablando de Tajima, Arata efectivamente lo había cagado a palos. Dios, era todo un caos. Como fuese, él me respondió lo de su hermana y por las características de la institución, llegué a asumir un par de cosas que no mencioné. En su lugar hice un sonido afirmativo que debió valer por un "Entiendo" y unos segundos después abrí la boca, mi comentario lo acompañó una sonrisa tranquila. —Espero que disfrutes tu tiempo con ella entonces. Después dije la estupidez de turno, él me contestó y me reí por lo bajo, centrando el oído en el violín que se había sumado a la melodía. Creí que se quedaría en eso, pero me contestó otra cosa a la altura de mi tontería siguiente y suspendí la vista en él. No era realmente tan serio, pero yo todavía tenía mis propias preocupaciones. Las mismas que me alcanzaron cuando, sin pretenderlo, me confesé con Hubert y las que me habían angustiado al hablarlo con mi familia la primera vez. —You sure? —pregunté, fingiendo desinterés junto a una risilla—. La última vez que revisé, seguía siendo hombre. No sé yo si bailar conmigo en la gala de tu amigo es peor que quedarse en la esquina depresiva. El comentario tuvo un tinte jocoso, pero era en serio. Igual nos enfocamos en el tema del evento escolar y como se podía esperar, él no asistiría y más que permitir que yo asumiera el porqué, me lo explicó y le presté la debida atención. Vaya mierda, ¿no? No había mucho que hacer u opinar al respecto, era la realidad de este muchacho y ya. No supe bien qué decir, por lo que en su lugar sostuve la copa con la otra mano y usé la libre para darle una palmada ligera en el hombro. —Organizan de todo, ya harán algo en invierno —convine con tono sereno—. Podemos hacer algo por la noche si quieres, antes de que yo me vaya. Puedes llevar a tu hermana incluso o Paimon, yo qué sé. Fue una oferta inocente, por las fechas había cosas que hacer e incluso si no, Tokyo no dejaba nada que desear respecto a opciones. Era una ciudad grande. Estaba difícil planear algo teniendo en cuenta las... características de la muchacha, pero pues eso sería problema mío si aceptaba. Podía ser un plan low budget también. Una vuelta por la ciudad, algo de comer y todo mundo a casa. Cuando aparecieron a ofrecernos algo de comer, lo tomé sin más y lo probé de inmediato. Era fanático de las papas de cualquier manera, así que me supo rico y entonces pregunté por lo de Ilana y Paimon. De nuevo, era por el chismorreo. Lo que pasara o no de hecho no me interesaba mucho, más bien trataba de descifrarlo a él. Ilana se hablaba con media humanidad, pero sin duda tenía opciones más... agradables, igualito que Craig. Puestos en ello, el mismo Fujiwara parecía más sintonizado a ella que este amargado. El caso fue que la respuesta de Craig no me sirvió de nada y su pregunta me hizo consciente de mi desliz. —Pues recién somos amigos, supongo. La conocí una noche fuera de la escuela hace más de dos meses —conté sin meterme en las partes complicadas de nuestra relación y le di vueltas a la bebida en la copa—. A veces he pasado el receso con ella y otras amigas o nos regresamos juntos en el tren. Es buena chica, ¿no te parece?
—No recuerdo habértelo mencionado antes —murmuré con una ceja ligeramente arqueada, haciendo referencia a lo que no me gustaba el dulce. Ella había dicho que lo olvidó directamente, y me supo extraño el comentario, o mi memoria no lo había almacenado como dato relevante al otorgárselo. La luces bajaron un poco de tonalidad, el pianista detuvo el tocar de sus dedos organizándose la corbata ligeramente brillante que traía puesta, cediéndole todo el protagonismo a la violinista. Ésta tocó con ímputu en lo que cerraba totalmente los ojos, sus pies se movieron con gracilidad entre dos baldosas, arqueando ligeramente la espalda hacia adelante al verse inmiscuida totalmente por la música. —Suelen ser una vez al año —repondí en voz baja, notando que había apartado su tacto del mío, aunque no la miré por ello—. ¿Te aburre este tipo de cosas? —tanteé de manera inconsciente, suavizando ligeramente las facciones sin darme cuenta. Su opinión no me era relevante, pero me interesaba saber su respuesta. No era como si yo disfrutase el estar aquí como mi actividad favorita al año, pero habían deberes sociales y familiares que debía cumplir, y más aún inmiscuido en el mundo de la culinaria que de una u otra forma tenía relación directa con los negocios, claro, si quería seguir siendo dueño de lo que mi padre ya tenía monopolizado, aún así de repente surgió la duda, de qué podría pensar ella de todo esto. Quizá la estaba aburriendo lo suficiente sin darme por aludido. La violinista dio un puntazo contra el suelo en lo que finalizaba la canción, la gente comenzó a aplaudir y me sumé en ello con la indiferencia usual. La música no era mi ámbito, sin embargo el ver este tipo de espéctaculos me causaba admiración. Ya luego el pianista retomó el protagonismo con Complete Nocturnes de Chopin. El recurrir estos lugares desde niño me hacía reconocer cosas como estas, recordando depronto la ventisca helada de Alaska, la nieve cayendo en copos por la ventana en lo que observaba niños correr fuera con sus padres detrás, mientras yo me encontraba dentro de sitios lujosos, con traje a la medida y la niñera encargándose de que no fuese a manchar nada de lo que traía puesto. Solté el aire por la nariz, y regresé la pregunta re-formulándola: —¿Y tú que sueles hacer en familia, Rockefeller? Llevé el dorso de mi izquierda a mis labios, regulando la risa que surgió de lo más profundo de mis pulmones y mimetizándose ligeramente con el ambiente. Su respuesta me causó mucha gracia, y algo que era difícil en mi era la risa floja, una como ésta. Negué con la cabeza ligeramente, como quien sigue el hilo a medias, pensando en soltar un comentario pero preferí guardármelo, supuse que aún no teníamos la confianza para ello así que dejé morir el tema ahí. Ya luego con el tema de la escuela y eso, sí, era medianamente aburrido el hecho de tener que estar en casa casi todo el día de las vacaciones de verano, básicamente si quería salir a algún lado debía ir con lentes, en auto y permanecer en un lugar cerrado, preferiblemente con aire acondicionado -aunque lo del aire era tema mío por fuera de las recomendaciones médicas en realidad-. Pero nada que hacer, tampoco me quedaría lamentándome porque estaba agradecido por el hecho de poder pasar aquellos días con mi hermana y mi madre. No éramos numerosos, pero sí muy unidos, y aquello me bastaba. La palmada en mi espalda me sacó de mis pensamientos en lo que las luces bajaban de tonalidad y la violista hacía su solo, y su invitación -inesperada y piadosa- me hizo elevar las cejas ligeramente. Observé con lentitud su perfíl, esperando que dijese que estaba bromeando o algo similar pero en su lugar mencionó que podía llevar a Violet, y cedió hasta Paimon -el cual ni tendría en cuenta-. Fue entonces que apareció el camarero y ambos degustamos de la preparación, aunque había alcanzado a murmurar antes de llevar la papa a la boca "Sería agradable aceptar tu invitación, con mi hermana presente". Saqué al otro de la ecuación porque no pintaba y bueno, también sabía que Paimon estaría fuera del país luego de este evento social. Cuando le pregunté sobre su relación con Ilana mencionó que eran amigos hace poco, y bueno, no era quién para dudar y tampoco tendría sentido hacerlo, en sí no me incumbía en realidad. Menionó que fue hace dos meses, pensé que era más o menos lo que llevaba ella en la escuela sino me equivocaba en las cuentas, y que había sido por fuera. —Es bastante amigable —murmuré mirándola por unos segundos en lo que la violinista terminaba su solo, más que todo ignorando lo que podría pasar como un intercambio en un salón de clase—. Lo es. Era dulce, grácil y amigable. El pianista regresó a las teclas y la luz se mantuvo baja, fue entonces que una mujer -con una presencia imponente- ingresó, giré el rostro ligeramente, mirándola entrar con sus perfectos tacones rojos, el vestido completamente negro y el cabello lacio deslizándose hasta la cintura. El padre de Paimon parecía estar finalizando la conversación que tenía, sujetando un sobre que uno de los camareros le había hecho llegar, pero su mirada continuaba atenta a los instrumentistas pese a que aquella mujer se ubicó a su lado, recibiendo el targo de bienvenida y sosteniéndolo con elegancia entre sus dedos. Verla a ella, era ver a Orn. No busqué su expresión inmediatamente, en lugar de aquello me dirigí verbalmente a Cayden, escuchando los aplausos de la gente por la nueva canción que comenzaba a sonar, y yo, imité el gesto: >>¿Alguna vez has pensado el por qué fingimos tanta seguridad pese a estar tan perdidos como cualquiera?
—¿Hmh? En el patio norte, el día que almorzamos con Sui cuando hicimos el chat grupal que, ahora que recuerdo, tampoco usamos —le recordé sin problema, pues yo misma lo había olvidado—. Bromeamos con colocarte microdosis de azúcar. Claro que me salté eso y pasé directamente a una caja de bombones. Terapia de choque. Mi risa siguiente fue un poco sin gracia, pero realmente no le di mayor importancia. Al notar las luces bajar de intensidad alcé la vista al techo un momento antes de regresarla a los músicos. La violinista entonces se sumió en un solo y yo me distraje siguiendo el movimiento de sus dedos y del arco de su violín. Era otro instrumento muy bello, en general las cuerdas eran preciosas, pero había algo especial en el violín. La voz de Pai me hizo regresar la atención a él en cuanto se dispuso a responder mi pregunta. Lo que me descolocó fue preguntara también si me aburrían esta clase de cosas, por un lado porque ni siquiera me había detenido a pensarlo, por otro porque apenas estaba empezando el evento y no creía poder dar una opinión sobre si me aburría o no y para terminar, porque al mirarlo creí notar que sus facciones se habían suavizado. En todo caso, me tomó un momento contestarle. Me pregunté si a alguien de nuestra edad esto podría divertirle o incluso si a estos adultos les divertía, aunque lo ponía en duda. En mí misma no encontré aburrimiento, sólo las dudas que ya percibía antes y la extrañeza, también, de haber sido invitada a algo así si a sus ojos era demasiado... Demasiado yo, ¿era eso? Era sencilla, parlanchina y hasta algo impulsiva. Sabía comportarme, pero en sí no dejaba de ser una chica de pueblo incluso si en el pueblo era considerada parte de una suerte de clase alta. Estaba siempre en pleno naufragio. —No me aburren —respondí entonces—. Me siento un poco fuera de lugar, eso es todo. Como le dije a tu padre, me honra que me invitaras y estoy agradecida, pero pues puedes sacar a la chica del pueblo. No al pueblo de la chica. No importa si consigo un vestido bonito y me pongo tacones y maquillaje. Lo dije con cierto aire jocoso, para aliviar la carga de una cosa como esa en plena gala. Bebí de mi copa otra vez, en esta ocasión fue un trago algo más largo, y habría aplaudido para la violinista de no tener la mano ocupada. La melodía entonces cambió y cuando la siguiente pregunta de Pai me alcanzó, no se me ocurrió que fuese una reformulación. De todas maneras, la respuesta era entre sin gracia y algo triste. —No solemos tener mucho tiempo en familia —comencé, girando la copa entre mis dedos—. Solemos ser mi madre y yo y ella casi siempre está ocupada trabajando y estudiando a la vez, aunque estudia desde casa. Mi padre... Creo que no te lo dije, ¿o sí? Es policía del Departamento de Policía Metropolitana de Tokyo. Sus horarios son algo caóticos y extensos, llega a casa muy tarde o muy temprano y a veces siquiera podemos hablar porque o voy de salida a la escuela o estoy dormida, así que cuando puedo verlo me alegra mucho. Antes de salir a vacaciones fue a dejarme a la escuela un día, es una de esas pequeñas cosas que aprecio. Incluso si había abordado a Shimizu frente a mí. —A lo que voy —retomé y mis ojos volvieron a él—, es que por eso tenemos poco tiempo, así que lo que hacemos en familia es bastante sencillo, pero yo lo guardo con cariño. Comemos juntos, nos ponemos al día de la vida del otro, vamos a dar un paseo a algún lugar bonito si podemos. Mi ocurrencia que rozaba lo inapropiado si uno la pensaba más de un segundo lo hizo reír, de hecho quizás tuvo suerte de que el sonido acabara perdido en el ambiente porque de haber estado en un lugar más silencioso o en un momento serio, se le habría escuchado. Mas o menos como soltar la risa en plena misa de domingo. De todas formas, oírlo reír así me alegró y no dije nada más, pues no me pareció que hiciera falta. La invitación que le extendí ocurrió a la vez que las luces bajaban de intensidad y llegaba el solo del violín. La música me distrajo lo suficiente para no notar que Suiren alzaba las cejas ante mi ofrecimiento, aunque sí que sentí sus ojos encima a pesar de que me enfoqué en la mujer con su instrumento. No lo pensé al incluir a su hermana, ni siquiera a Paimon aunque era peor que comerse una cucharada sopera de sal, pero era indiferente si el plan inicial era sacar a Craig de su casa así fuese una hora. Su murmuro me alcanzó cuando yo ya estaba comiendo y sonreí con tal de no hablarle con la boca llena. Nada me costaba sacar una de tantas noches y llevar a esta gente a agarrar aire, ¿verdad? Además, seguramente también me viniese bien. Si me quedaba en casa tantos días seguidos tarde o temprano acabaría cayendo en la espiral otra vez y no se me apetecía ni era prudente. No quería perder la lucidez tan pronto. Ya después entramos en el tema Ilana-Paimon y por rebote qué tenía yo que ver con ella. Si le seguía debiendo la versión larga de la historia a Ko, no se la iría a decir a otras personas, mucho menos ahora que tenía que pensar en liberar a la pobre desgraciada de su jaula. El asunto del pacto de silencio porque me había encontrado en el Shimizudani, el hecho de que yo no quise ir a la policía a poner una denuncia y que no quería que ella le contara a Hubert el contexto extraño en el que nos habíamos conocido. Luego estaba lo que sea que sentía ella, que bien podía ser un capricho a secas. ¿Qué era? ¿La idea, absurda, de que podía cuidarme? ¿La noción extraña de que era una suerte de salvadora? ¿Quién seguía en la fila? Mis pensamientos acabaron revueltos con la contestación de Suiren que fue bastante simple, ya que nada más me dio la razón. A mí me seguía pareciendo que su capacidad para avanzar al relacionarse con las personas era de cierta forma peligrosa, tanto para ella como para los otros, pero eso venía de mi recelo. Había algo en su actuar que, lo supiera ella o no, lucía calculado. Actuaba, esperaba una reacción y ajustaba su comportamiento. La velocidad de su avance estaba sujeto irremediablemente a los permisos de la otra persona. El sonido del piano regresó a la sala y las luces se mantuvieron bajas. Mis ojos siguieron la mirada de Craig, de forma que di con la mujer que ingresó, su presencia bastó para imponer. Navegó el espacio con naturalidad, recibió su trago y yo casi por reflejó busqué a Paimon hijo con la mirada. Llegué a preguntarme si todos nosotros, los hijos de gente como la que acudía a estos eventos o los organizaba, no éramos al final del día una copia de carbón de alguien. Algunos nos peleábamos con el espejo. Y otros se decidían a tomar los imperios. No aplaudí para los músicos por tener la mano ocupada con el gin tonic, pero escuché a Suiren hablarme y su pregunta me sacó una risa baja. ¿No me faltaban como tres copas para empezar con estos dilemas? No contesté de inmediato, sencillamente bebí otra vez y me centré en escuchar la música. —Me faltan algunas de estas para comenzar con estas conversaciones —bromeé, alzando la copa ya medio vacía. ¿No estaba preguntándome de una forma rebuscada por qué sangrábamos en torrejas o vomitábamos la borrachera en un baño? —Ser vulnerable se tradujo en humillación, molestia o debilidad —comenté al volumen más bajo que me permitió la música—. Lo tenemos internalizado. Al menos yo sé que lo tengo. Nadie quiere humillarse ni admitir ser débil porque pierde poder o control sea sobre otros o sobre sí mismo, nadie quiere molestar a otros a riesgo de apartarlos. Otro trago y antes de hablar, me permití un suspiro. —¿Pero a dónde nos lleva la mentira? A mí no me llevó a ningún lado, eso te lo aseguro.
Había olvidado esa interacción, siendo honesto, pero ante sus palabras el recuerdo se desenvolvió y me causó algo de gracia, una gracia muda en sí. Suiren había compaginado bien con Rockefeller, parecía tenerle cierto aprecio -y aunque no lo hablamos directamente- si me pidió de los chocolates que había preparado para mí, y bueno, me negué a compartirlos pese a haberle dado el resto de los que había recibido esa semana. Él mencionó lo mismo, que para qué los quería sino me gustaba el dulce -esa mañana frente a los casilleros-, y yo tan solo murmuré que no era su problema en respuesta. No sabía qué estaba pensando exactamente. En sí era cierto que la tenía catalogada como una niña de pueblo, su comportamiento en sí era -si la comparaba conmigo- habladora, modesta y un poco sencilla, pero aún así lograba deslizarse entre límites a los cuales no permitía que nadie echase si quiera una ojeada. El bailar en mitad de un pasillo era ridículo y aún así terminé haciéndolo, ir a un parque de diversiones, prepararle chocolates y dárselos en la escuela. Era absurdo el cómo de una forma u otra terminaba accediendo a sus gustos o caprichos, y quizá por eso me apeteció que ella visitara un poco del mío. —Si sacara al pueblo de la chica dejaría de ser la chica, y eso sería absurdo —intervine luego de que terminara de hablar, a fin de cuentas no me era relevante de donde venía, hacía parte de ella. Su risa jocosa no me pasó desapercibida. Ya luego me contextualizó más sobre su familia, no pasaban mucho tiempo juntos por obligaciones personales y los horarios desordenados de su padre debido a su oficio. Estaba por preguntar algo más pero mis orbes negros depararon en la puerta, la mujer que conocía como mi madre entró como dueña del lugar, su perfecto vestido negro caía rozando el suelo, traía los tacones rojos y el cabello plenamente lacio, sin nada de frizz. Su mirada era afilada, como la mía. Se acercó a mi padre, pareció saludarlo con la altivez de costumbre y observar a los músicos, destrás de ella entraron dos hombres más, uno estrechó con emoción la mano de mi progenitor y el otro se dedicó a llamar a uno de los camareros con una señal de mano para que les trajeran los aperitivos. Noté su mirada sobre nosotros luego de tomar de la copa, no la vi directamente a los ojos, evité hacer contacto en realidad. La música fue bajando intensidad y mi padre fue quien saludó levantando la voz. —Hoy es una noche importante, no solo para mí, sino para todo el equipo que ha hecho posible que los Paimon estemos próximos a abrir un nuevo restaurante con el honor de contar con dos estrellas de la Guía Michelin en este país al que tanto respeto. Quiero agradecer a nuestros productores locales, a los pescadores, agricultores y artesanos que confían en nosotros. A mi equipo, que ha soportado pruebas, errores y exigencia sin perder el enfoque. Y a nuestros comensales, que son la razón por la que encendemos los fogones cada día —ajustó sus lentes—, a su vez ofrezco excusas por adelantar el discurso, sin embargo lo vi necesario por diferentes razones. La principal, el socio inversionista hace no mucho aterrizó de un largo viaje, y aún así sacó un espacio para asistir el día de hoy. Dio espacio para que el hombre de cabello canoso tomara su posición: —Japón es un país donde la tradición y la innovación conviven con equilibrio. Este proyecto representa exactamente eso: raíces profundas y mirada hacia adelante. Como inversionista, mi compromiso no termina con la apertura; comienza ahora. Apoyar el crecimiento sostenible, proteger la visión y asegurar que la calidad nunca se negocie. Gracias al chef, al equipo, a nuestros socios y a todos ustedes por creer. Hoy celebramos una negociación próxima a ser apertura, pero también celebramos el inicio de una historia que, estoy seguro, dejará huella. Gracias por acompañarnos en este comienzo, ha sido un placer contar con su asistencia. No era el momento, se tenía un orden estipulado y cuando no se cumplía daba paso al ruido, al ruido social, al sistemático. No era una cuestión personal. Era estructura. Cuando se altera, se nota. Y en un proyecto que presume precisión, los detalles importaban. Fue entonces que observé a mi madre, ella los estaba mirando a ellos mientras movía la copa en su mano con una sonrisa de satisfacción apenas curveando sus labios. Mi entrecejo se contrajo. No era un error, era una intención. Ella sabía exactamente lo que hacía al adelantar el discurso. Cambiar el orden no altera el resultado, pero sí intenta cambiar la percepción. Y eso dice más de sus intenciones que de sus palabras. Hay personas como ella que necesitaban mover piezas para sentirse relevantes. Interrumpen, descolocan, fuerzan momentos que no les pertenecen. No por el proyecto, sino por ella misma. Miré a mi padre, estaba imperturbable al lado de su socio, pero lo conocía, lo suficiente como para darme cuenta que se sentía cómodo. Mi mandibula se tensó; había presenciado sus horas de insomnio frente al computador, sus horas extras constantes en la cocina y sus llamadas interminables para sustentar el por qué ese nuevo restaurante merecía ser visto como un proyecto sustentable, el detalle absurdo sobre los platillos, el orden de nómina como justificación de los empleados que debía tener dentro en caso de ser considerado como válido, su esfuerzo y dedicación. Contenido oculto Madre de Pai: Ojos negros (?) Ante su broma la sonrisa suave de mis labios se acentuó, debido a que dudaba que hubiesen más copas para nosotros, bueno, al menos las que tenían licor. Sabía que en un rato comenzarían a repartir diferentes bebidas de autor, de las que había realizado con antelación la receta el padre de Orn, al igual que otros aperitivos, sin embargo me descoloqué al notar que el padre de este ocupaba espacio al lado del piano. La dupla de los instrumentos fueron disminuyendo la intensidad hasta darle un cierre levemente apresurado, desplazándose hasta un espacio que se revolvían con los invitados luego de dar una reverencia al anfitrión. —Bueno, te llevó a estar acompañándome esta noche —suavicé el tema con un tono ligeramente jocoso. No sabía muy bien cómo hubiese tomado el que hubiese sido sincero conmigo en el observatorio desde el primer momento, posiblemente me hubiera encapsulado en no determinarlo, o quizá sí. No había pensado en ello tampoco, luego de terminar en el médico continuaba con la sensación de ser ajeno a mi cuerpo, a mis días y a mi rutina, los medicamentos y antidepresivos hacían un estruendo en mi sistema nervioso, y me sentía más adormecido de lo normal. —Iniciamos pronto —murmuré luego referente a la situación del lugar. Miré el reloj, apenas había transcurrido como unos veinticinco o treinta minutos desde que había ingresado con Cayden al salón. Los camareros comenzaron a ingresar a la cocina, se vio medianamente desordenada la acción, pues tenía entendido que antes del discurso repartirían una copa de vino a los invitados y se pasearían con unas tablas de queso, para que fuese más ameno, familiar y cómodo el escuchar a el señor Paimon, pero todo se difuminó en el instante en que ella decidió estar presente. Aplaudí como el resto ante las palabras del anfitrión y luego se escuchó al inversionista. Algunos invitados de alto estatus no parecían contentos con el hilo que se estaba formando sobre los tiempos, era como si estuviesen acelerando el ritmo para... despacharnos. Solté el aire por la nariz aunque sentía los hombros tensos al mirar luego a Paimon, su rostro lucía molesto, bastante molesto. Luego de que el señor agradeciera la asistencia el espacio volvió a inundarse de aplausos, un poco más seguros que antes. La luces que habían aumentado intensidad al iniciar las palabras volvieron a bajar, los camareros se desplazaron con las copas de vino entre la gente, sujeté una y la camarera me sonrió con gracia al ver que Cayden aún continuaba con el cóctel en la mano. —¿Puedo sujetar la de él en lo que termina su trago? —murmuró un "por supuesto" en lo que continuaba ofreciéndolas aquí y por allá. Miré a Cayden luego al dar un paso hacia atrás, la gente estaba murmurando en todas partes por lo que el pianista se apresuró a retomar su lugar, iniciando nuevamente la música—. Bueno, tengo dos copas de vino ahora, pero no creo que caiga bien en el estómago con tan poco tiempo del cóctel, ¿no crees?
Su respuesta a mi comentario no hizo más que acrecentar la confusión que percibía y me pregunté qué tan cierto sería o dónde existía el límite. El baile, el parque de diversiones, los chocolates. ¿Opinaba lo mismo al dejarme esa tarjeta del lugar impagable? ¿Opinaría lo mismo al otro lado de la valla, conmigo, sobre una roca y entre los árboles hablando de la primera estupidez que me cruzara la cabeza? Al pensarlo detallé su perfil un momento y me di cuenta que yo, a mi manera, también era prejuiciosa. Estaba juzgando mucho al ricachón, ¿verdad? Cuando también era cierto que si sacaba al estirado de sus espacios, dejaba de ser él. No pensaba hacerlo cruzar la valla de todas formas. Incluso sí él me había traído a su gala. No estuve del todo segura de si la certeza que alcanzó mis pensamientos provenía de la pizca, ínfima, de autopreservación que poseía o de algún otro capricho, pero daba igual. El caso fue que no respondí, me permití una simple sonrisa que pretendí que cargara algo de agradecimiento consigo o alguna emoción equivalente. De nuevo me picó la lengua por soltarle que me había ofendido la tarjeta, pero me tragué el comentario y traté de pensar en frío. Ya de por sí tampoco sabía muy bien cómo tomar las palabras de este muchacho, así que quizás lo mejor fuese solo dejarlas existir en una suerte de limbo o purgatorio. En todo caso, no vi problema en darle un poco de contexto familiar y así lo hice. No fue que él pudiera contestarme algo, al seguir su mirada di con la mujer que había ingresado y bastó reparar en su rostro, en lo afilado de sus ojos, para hacer dos más dos y... Eso no me lo había imaginado, ¿cierto? Nos había mirado. Los nervios me rebotaron en el cuerpo, pero procuré no darles cabida y me bebí el trago que quedaba del cóctel en mi copa. Con el objeto vacío, aproveché el paso de un camarero cercano para dejarlo sobre una bandeja con cuidado de no tirarla y mi atención regresó a Pai. Pude volver a sujetar la cartera con una mano y me mantuve a un lado del muchacho. Atendí a lo que sucedía alrededor de la que no podía ser otra que su madre y entonces su padre comenzó con un discurso. Se me antojó algo anticlimático, ¿no había pasado poco tiempo? No dije nada de todas maneras y mi brazo buscó el de Paimon, enlazándose a él de nuevo. Vete a saber por qué lo hice, no le conferí suficiente pensamiento. Puse atención al discurso, claro, por mucho que no me enterara de gran parte de él y arrugué un poco el ceño al oír que, en efecto, había adelantado sus palabras supuestamente en función de la llegada de uno de los inversionistas más importantes. Era un hombre canoso al que le cedió la palabra después. Celebración por la próxima apertura, el inicio de una historia, etcétera. ¿Estos eventos no tenían como que todo cronometrado? ¿Por qué me daba la sensación de que siquiera habían podido avisar al personal de la modificación? De todas formas aplaudí con el resto de invitados, soltando el brazo ajeno pero sin desenredarme de él. Al volver a sujetarlo no fui del todo consciente de ello, pero le hice una caricia y al girar el rostro para mirarlo, percibí la tensión de su mandíbula. Pasé saliva y mis ojos viajaron un instante a sus padres, ambos, ante de regresar a él. Algo estaba desajustado, ¿cierto? No en el evento, que también, pero me refería a él. —Orn —lo llamé con suavidad, fue la primera vez que usé su nombre. Sonaba algo excéntrico y yo prefería decirle Pai porque sonaba un poco cute, pero una mujer a veces tenía que cambiar de estrategia—. Desde que llegué estás conversando conmigo, ¿seguro que no quieres beber algo? Su comentario me estiró una sonrisa, pero no dije nada porque no me apetecía dar vueltas en ese tema y porque sí, la mentira en el observatorio me tenía aquí y la del invernadero, de hecho, también. En el escenario ideal ni siquiera estaría en Tokyo, ¿pero qué escenarios ideales me quedaban ya? No muchos y debía hacerme responsable por ellos. Por lo que yo mismo me había arrebatado de las manos por codicioso, por egoísta y cobarde, sin más. Por eso podía hablar de miedo. Porque el mío había consumido todo. Quise ignorar el pinchazo que sentí en el pecho y el movimiento que comencé a notar alrededor de los padres de Paimon fue el distractor perfecto. El apunte Craig de que comenzábamos pronto me hizo panear el espacio, el ingreso algo descoordinado de los camareros a la cocina y el hecho de que a mí incluso me quedaba alcohol en la copa, aunque no fuese mucho. Alguien había echado a perder el tempo, ¿verdad? Mis ojos regresaron a la silueta de la mujer, porque podían llamarme loco, pero algo había cambiado cuando ella llegó. ¿Siquiera importaba el cansancio del inversionista y su vuelo? Lo puse en duda. El discurso en sí estuvo bien, eran las otras piezas las que, por culpa de alguien, estaban desencajadas. No lo mencioné, claro, pero dudaba que fuese el único que lo hubiese notado o pensado. Algo en la presencia de la mujer, la madre de Paimon, y el cambio del curso del evento con su aparición, me hicieron pensar en Aurora Zárate y su voz rebotó en mi mente, cuando me había preguntado si yo también quería trabajar con ella aunque no tenía vela en ese entierro. Quizás fue su manera de imponerse, puede que una necesidad subyacente de alterar el espacio. Puede que sólo disfrutaran de alterar a los demás, también. Claro que estaba juzgando muy fuerte a una persona con la que no había ni intercambiado palabra, pero tenía estos ojos y por muchos años me habían funcionado, en tanto no hubiese muchas emociones interfiriendo en mis lecturas. Los camareros resurgieron ahora con copas de vino y me hizo gracia que, justamente por la alteración de la agenda, yo siguiera con lo que quedaba de gin tonic en la mano. Al final Suiren recibió mi copa y yo me reí por lo bajo. ¿Qué no caería bien al estómago? Hombre, si hace ocho días había hecho un revoltijo que habría matado a cualquier novato. Una copa de vino sobre un gin tonic era un paseo por el parque, no pasaría nada. —Te aseguro que peores cosas ha presenciado mi pobre cuerpo —bromeé luego de bajarme lo que me quedaba del cóctel y dejarle la copa a un desafortunado camarero que pasó cerca de nosotros—. Además, tengo genes irlandeses de los que presumir, así que mejor pásame eso. ¿O esperas que te ofrezca el trago extra que decías antes? Estiré la mano hacia él, un poco entretenido con el asunto y el comentario tonto de turno, a espera de que en efecto me diera el vino. ¿Estaba defendiendo a toda una nación de alcohólicos? Un poco sí, por las risas. ¿Estaba buscándole las cosquillas a él? Otro poco también. Digamos que no tenía un grupo ejemplar de amigos del que aprender buenas manías, todos eran un poco idiotas y ahora, algo más desenvuelto que a principio de año, se notaba que pasar tiempo con ellos me había dejado igual o peor. —Tú que eres experto en la fiesta de los gastrónomos aquí presentes —comencé en voz baja y me incliné hacia él, por el bien de mi chisme. Habría preguntado por la madre de Paimon, pero me parecía un poco excesivo al menos por ahora. Confiaría en lo que veían mis ojos—, ¿habrá más comida rica? Por otro lado, yo era un balde sin fondo.