El Castillo de Sirope

Tema en 'Fanfics sobre Libros' iniciado por Lucius Belmonte, 24 Febrero 2026 a las 11:39 AM.

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    Lucius Belmonte

    Lucius Belmonte Iniciado

    Aries
    Miembro desde:
    21 Diciembre 2024
    Mensajes:
    9
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    El Castillo de Sirope
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    1834
    Leonardo, uno de los rememoradores de la Legión de los Guerreros de Hierro, se paró delante de la puerta del estudio de su líder, preocupado porque parecía que (otra vez) iba a trasnochar intentando “descifrar” el secreto del arte. Maldita fuese su boca y maldito fuese el momento en el que se le ocurrió la respuesta a la pregunta que ella le había hecho. Admiraba el ingenio de su pareja, que parecía rivalizar en capacidad de visión con la imaginación del mismísimo Julio Verne, pero aquello era ya demasiado; su tendencia a obsesionarse con sus objetos de interés estaba alcanzando cotas que no había visto hasta ese momento. Hasta los súper humanos gigantes tienen su límite, por lejano que pareciese.
    Dio los dos toques de costumbre para indicar que era él.

    —Petra, ¿Puedo entrar?
    —Claro, Tesoro, adelante— respondió una voz femenina impasible desde el otro lado.

    Al abrir la puerta Leonardo vio la imagen que se había vuelto costumbre a esa hora: Petra estaba sentada frente al cogitador totalmente absorta, leyendo sobre arte. Al otro lado de la habitación estaba lo que cariñosamente habían bautizado como “el banco de trabajo”, lleno de todas las herramientas necesarias para crear invenciones “menores”, término que siempre le causaba gracia cuando era asociada a los inventos de la Dama de Hierro. Los planos de los proyectos que más le habían gustado hacer estaban fijados en las paredes. Todo hecho en una talla extra grande, para encajar con los tres metros que media la Primarca.

    —¿Qué pasa, Tesoro? —preguntó Petra, apartando la atención de lo que tenía entre las manos y centrándose en él. Las ojeras empezaban a hacerse notar.

    —Ya es hora de dormir, Petty. Pensé que otra vez estarías atrapada en alguna cosa interesante y veo que tenía razón. —Señaló hacia lo que había en la pantalla del cogitador— ¿Qué es eso?

    —Pues…—Petra movió la silla a un lado, dejando ver la imagen de una estatua de mármol. A pesar de que desde donde estaba no se podía distinguir los rasgos exactos, la forma y la postura eran inconfundibles: Una de las pocas obras supervivientes del período de la historia anterior a la Era de los Conflictos gracias al bendito Malcador el Sigilita se mostraba en todo su desnudo esplendor.

    —¿El “David” de Miguel Ángel?
    —Si—contestó Petra. Aquella palabra tan simple vino cargada con algo que a Leonardo no le gustó mucho.
    —¿Qué ocurre? —preguntó, anticipando que esta sería una de “esas” situaciones.
    —¿Sabes que he ido a Terra más de una vez, no? Después de tomar el mando de mi Legión—aclaró Petra, a lo que el hombre asintió— Le pedí a madre que me mostrase imágenes de algunas construcciones antiguas y otras obras de arte. Fue muy interesante, no te imaginas lo grandes que los humanos de antes hacían los bloques de sus templos. Lástima que solo queden un par de esos y ya ninguno este en pie —Entonces su expresión se tornó más feliz y el rememorador cruzó los brazos—Oh, lo siento, me fui por las ramas.
    —No te preocupes, Petra. Me gusta oírte hablar de las cosas que te gustan. Déjame ir por una silla.

    La Primarca mostró su acuerdo y cuando estuvieron frente a frente otra vez empezaron una “conversación”. Así llamaba Leonardo a esos momentos donde Petra le hablaba largo y tendido de sus intereses e ideas y el la escuchaba con total atención. Para él no era un problema, era uno de los detalles de ser una de las pocas personas en las que ella podía confiar lo suficiente como para dejar ver esa parte de sí misma, para bien y para mal. En esta ocasión, Petra fue al grano contándole algo que nunca había dicho antes: Una vez en su mundo natal, Olimpia, antes de la llegada a él de la Emperatriz de la Humanidad, había intentado crear una obra de arte. Una estatua, para ser más precisos. La creo para un concurso, pero otra persona se llevó el premio. Cuando preguntó por qué, le dijeron que su obra era técnicamente buena, pero que no había sido suficiente. Desde ese día en adelante estuvo preguntándose qué era lo que le había faltado a su creación para ser perfecta, si todo había sido medido hasta el milímetro. Y su fijación con el tema había pasado a primer orden de prioridad después de aquella otra conversación que tuvieron acerca de los cuadros grandilocuentes que Leonardo pintaba, mostrándola a ella y a su legión de marines espaciales como los héroes más épicos de la galaxia y dándole a sus combates un tinte de gloria que ella estaba segura que jamás había visto en los campos de batalla que había tenido la desgracia de pisar. Llevaba días buscando infructuosamente la respuesta entre las obras de los maestros escultores de la antigüedad y las nuevas, sobre todo las de su hermana Circe, que no paraba de parlotear sobre lo perfecto que era todo lo que hacía. ¿Qué había fallado? ¿Fueron las proporciones, el tamaño, o…?

    —Petra —interrumpió Leonardo levantando una mano—, creo que te puedo ayudar con eso, pero ahora tenemos que ir a dormir.
    —¿Qué? ¡Pero necesito respuestas ahora! —protestó La Dama de Hierro.
    —Y te repito que te las puedo dar, pero ahora tenemos que irnos a la cama. —El cuerpo de Leonardo decidió añadir énfasis a sus palabras con un bostezo—. Te prometo que mañana temprano tendrás tu respuesta. ¿Está bien?
    —Sí, está bien. Perdón por forzarte, Tesoro.
    —No hay nada que perdonar, Petty, —Tesoro le quitó importancia al asunto con un gesto de la mano—, pero si quieres “hacer las paces”, nada me vendría mejor ahora que una noche de sueño entre tus brazos. ¿No te gustaria?

    Petra estuvo de acuerdo con mucho gusto y ambos pasaron una placida noche de sueño. Al despertar a la mañana siguiente Leonardo fue hasta la cocina con más velocidad de lo habitual. Le había dicho a Petra que tenía algo para ella, “la mejor explicación que se me podría ocurrir”, en sus propias e intrigantes palabras. Por algún motivo, dicha explicación implicaba panqueques. Petra no tenía quejas, los panqueques con sirope de su pareja eran una delicia, pero no dejaba de preguntarse qué clase de sinapsis hicieron sus neuronas para llegar a la conclusión de que aquello tenía algo que ver con su problema.
    Finalmente, los panqueques estuvieron listos. Antes de servirlos, Leonardo pidió que cerrara los ojos. Lo hizo, escuchando como el plato tocaba la mesa y como se abría la botella de sirope. Después de unos cuantos segundos escucho un “Ya” y abrió los ojos para contemplar unos panqueques que eran el lienzo sobre el cual Leo había dibujado un castillo empleando el sirope como tinta. Era un dibujo de estilo infantil, había visto decenas de ellos en las cartas que algunas legiones del Emperador recibían de parte de mundos cuyas poblaciones habían salvado de algún señor de la guerra con delirios de grandeza o de una incursión orka. Nunca consiguió comprender por qué algunas de sus hermanas hablaban de esto tan conmovidas y en esta ocasión seguía igual de confusa, pero había recibido una educación y sabía que esto era un detalle muy cariñoso.

    —Oh, gracias Tesoro.
    —De nada. Creo que aun necesitas una explicación. ¿Lista? —Petra asintió—Bien: Resumiendo mucho, las obras de arte se crean para decir algo. Desde la grandeza del hombre y lo indomable de su espíritu (Ya sabes, esa cosa que tanto le gusta recalcar a tu señora madre) hasta lo sublime y/o aterrador del mundo o el universo. O un “Te quiero”, como es mi caso. —La explicación acabó con un guiño cariñoso —¿Tu querías decir algo con tu estatua?
    —Oh. La verdad no pensé en eso. —dijo la Primarca en voz baja, tomada por sorpresa.
    —Bueno, pues ahí está el problema; o estaba, mejor dicho. —Leonardo se sentó en la silla que estaba justo delante de la de ella—Me alegra que uno de mis dibujos haya… ¿Qué te pasa?
    —¿El nombre de una obra es parte del “arte”, verdad? —Ante el asentimiento que recibió como respuesta, Petra se levantó.
    —¡Espérame aquí! —Y así sin más corrió a su estudio. El rememorador se quedó sentado en el comedor con una mano en la cabeza, pensando en que lio se acababa de meter y en que casi pudo sentir el temblar del suelo bajo los pasos apresurados de la Primarca. Lo que lo sacó de sus cavilaciones fue verla regresar con un rollo de papel bajo el brazo. Apartó el plato para hacerle espacio y lo contempló desplegarse. Representado con las mediciones perfectas que eran una de las marcas personales de la Dama de Hierro, había un hogar. Era una casa de dos pisos con una sala de estar bastante amplia y acogedora, una cocina más grande que la que tenían ahora y más de un cuarto, lo cual le hizo pensar en ciertas cosas adorables que quería ver en su futuro con ella. Lo que más le llamó la atención fue el nombre del proyecto: Bajo una tachadura en forma de línea recta, aun se podía leer “Hogar Eterno”. Entonces miró a los ojos a Petra, que tenía un bolígrafo en la mano en el que no se había fijado. El bolígrafo descendió para escribir otro nombre fue justo debajo del anterior: El Castillo de Sirope.

    —¿Qué tal ahora? ¿Mejor?
    —Sí, pero… ¿Qué es esto?
    —Es una sorpresa que tenía para ti. Yo… Cuando termine la Gran Cruzada de madre, yo quiero retirarme a algún lugar tranquilo. Contigo. Y quiero construir nuestro hogar con mis propias manos. Por ti, por mí y…—Petra junto las manos, rozando los pulgares entre sí—. También me gustaría que fuésemos padres.
    Leonardo no dijo nada, sino que abrazó con fuerza a la mujer que amaba, rodeando su cintura intentando apretarla de forma infructuosa; gesto que fue correspondido por la Primarca de forma más fuerte, levantado en peso a su pareja en un abrazo que le hizo sentir que sus huesos eran puestos al límite, pero no le importó. Poca cosa era mejor que un abrazo rompehuesos de parte de la Dama de Hierro. Ambos dieron vueltas en el mismo sitio mientras reían y terminaron dándose un beso profundo.

    —¡Gracias, Tesoro! ¡No sé qué haría sin ti!
    —De nada, Petty. Y recuerda que…
    —¿Si? —Petra sonrió con picardía, imitando la expresión del hombre que tenía entre sus brazos: La expresión de que estaba a punto de decir una de sus frases intensas.
    —Tu. Eres. Arte. —Leonardo dio toques cariñosos en el abdomen de la Primarca con cada palabra.
    —¿Mejor que las cosas que hace Circe?
    —No se pueden ni comparar contigo, amor.
    —¡Te ganaste otro beso, cariño! ¡Ven aquí!

    Antes de besarlo otra vez, Petra volvió a apretar a su pareja en un fuerte abrazo. Y mientras su mente se llenaba con el cariño que emanaba de aquella mujer gigante, Leonardo deseo que ojalá todos los problemas fueran tan fáciles de resolver como aquel.
     

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