Long-fic Darling, we knew this fire wouldn't make it [Gakkou Roleplay]

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por Zireael, 11 Septiembre 2025.

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    Zireael

    Zireael kingslayer Comentarista empedernido

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    Escritora
    Título:
    Darling, we knew this fire wouldn't make it [Gakkou Roleplay]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    5903
    Canon para la tarde del día 79 aka miércoles 22 de julio.

    Me pasó lo mismo que con Altan en su momento, habían cuestiones que ya venía desarrollando y escribiendo y luego pasaron cositas JAJAJA *llora AGAIN* anyways esa es la vida rolera, es el poder del delirio colectivo

    ENCIMA en paralelo había salido Specter y LUEGO vino Impose y ya no puedo más, así que sea lo que está destinado a ser gracias a Bad Omens (?) Ya venía desarrollando en fics y en el rol la cuestión Liam-Nozomu-Cayden, lo disfruto mucho aunque es tremendo cagadero. Desde que comencé a desarrollar más a Nozomu le empecé a tomar cariño y luego está Liam que debe haberse titulado como hijo de puta, pero lo amo y lo odio por lo que me permite hacer su personaje.

    Preliminarmente es un two-shot donde también voy a abordar algunas cosillas más, pero dependiendo de lo que decida en estos días o lo que pase podría mutar a three-shot o long-fic (a falta de una categoría de cuatro capítulos). Voy a usar los arquetipos porque me da tremenda pereza buscarle una carta del tarot a Nozomu ahora mismo.

    Estoy cansada jefe, iba a postearlo ayer y no me dio la energía *hoy tampoco tengo energía*

    El título sale de .beenherebefore. de Dead Poet Society que es tremenda rola, también hay una línea de esta canción al final de los lyrics de Impose. En fin, adentro fic. Narra Nozomu, Cay as The Neglector me rompe mucho, pero es cine (?)



    I

    and their echoes sit alone in a prison made of bone
    I hate it, but it's home for me

    in every place I'm on my toes, and still I feel like I impose
    it's okay to let me go if you need

    .
    what's it say about me if I run away

    without you when I fall asleep
    and in your head I'm always gonna stay?

    what's it say about me if I never change
    and I push everyone away

    on borrowed time you know I can't repay?
    .
    and I tried to sever it, walked to the precipice
    to the sound of applause
    God, it feels like I've been here before


    .
    .

    .

    The Neglector
    | Cayden Dunn |
    &


    The Mocker
    | Nozomu Mad Wolf Horrigan |


    .
    .
    .



    Por lo general no me metía en los asuntos personales de Liam porque era un caso perdido, el tipo era testarudo y frío a pesar de lo inteligente que había demostrado ser toda su vida. Sin embargo, justo porque lo conocía casi desde que podía recordar, también sabía lo cruel que podía ser con las personas las quisiera o no; lo llevaba en la sangre, imposible de separar de la de Flanagan en ciertos momentos. Por eso cuando apareció contando que sería padre sabía que nada en eso saldría bien. Este hombre no estaba diseñado para criar un niño, porque a él todavía lo perseguía la sombra del primer cuerpo que no había podido amarlo.

    Estaba maldito desde que poseía memoria de él, como mejor amigo de mi hermano mayor. Uno de los recuerdos más antiguos que guardaba de Liam era de cuando él tenía dieciséis años como mucho, una tarde apareció en nuestra casa después de la escuela y tenía el rostro convertido en una galaxia. El pómulo, el ojo y el labio roto estaban manchados de violeta, un violeta enfermizo y doloroso. Mi hermano era quien venía con él y dudé mucho que le preguntara algo, pero yo que tenía si acaso doce años me quedé mirando al cabrón como si fuese un demonio. El ámbar de su mirada lucía opaco bajo la inflamación del ojo y aún así parecía cargado de furia; sus facciones eran delicadas, siempre parecía más joven de lo que era, pero la llama que había vibrado en su mirada desde ese día era destructiva.

    Delataba el frenesí de un fuego que no perdonaría nada.

    Estaba cubierto de escamas desde que era un niño.

    Mi amistad con él empezó a formarse más tarde, cuando yo estaba por cumplir los diecisiete y mi hermano regresó a Irlanda con nuestro padre luego de haber firmado el divorcio con mamá y yo elegí quedarme aquí con ella. Liam me aceptó, seguía pendiente de mí y de mi madre, como si se lo debiera a mi hermano. Más cerca de él pude entenderlo mejor, la distancia de su carácter y el resentimiento hacia sus padres; aborrecía al viejo Flanagan porque lo había golpeado durante años y resentía a su madre por nunca haberlo defendido, quería diferenciarse de él, pero no podía. Con cada día se veía a sí mismo adquirir parecido físico y psicológico con él en pequeños detalles y en grandes cosas y cada día lo vi rendirse a ello, incapaz de luchar en contra. También lo vi enamorarse de la chica Keane, que era una maldita fortaleza con patas al haberse movido de Irlanda sola con sus hermanos, y creí…

    Que esa clase de amor podía cambiarlo.

    Me equivoqué.

    Neve quedó embarazada, Liam entró en pánico y cuando el niño nació lo que temía empezó a suceder. La distancia entre su hogar, entre la mujer que amaba y el niño recién nacido que era idéntico a él, creció sin control y entonces tres años después la jodida muralla de los Keane se alzó, cargada de furia, y exigió justicia para su niño. Liam con su maldito fuego frenético se cagó encima, se aterró demasiado y decidió renunciar a ella con tal de no tener nada que ver con la noción de ser un padre más allá de pagar cuentas, enviar regalos y protegerlo con su maldita sombra. Se negó a dar nada más de sí y se alejó, se alejó esperando así diferenciarse de su fantasma y prácticamente vi cómo a la cadena se le sumaban eslabones. No se estaba liberando a sí mismo ni liberaría al niño, ambos estaban condenados a repetir la historia.

    La maldición continuaba y la sangre seguía envenenándose.

    Lo haría por muchos años más.

    Posterior al divorcio Liam me encargó convertirme en la sombra de los Keane y del mocoso, así vi al chico crecer a la distancia y miré las fotos que Neve le hacía llegar; vi mensajes, pedidos y errores, vi al niño ser cobijado por Chiyoda y luego la caída del imperio. El temor real comenzó a alcanzarme a los quince años del chico, en el epítome de su fase de rebeldía luego de la muerte de Kurosawa, y deseé que nunca se le ocurriera buscar a su viejo, porque sabía que no podría detenerlo. Que ninguno de los dos me dejaría, pero aquí estábamos. Había ocurrido y seguía ocurriendo.

    ¿No era esta una forma de autodestrucción?

    ¿No moriría uno en las manos del otro?

    Conocía esta historia.


    Cuando el teléfono sonó y el nombre que apareció fue de Cayden aunque se suponía que estaba en la escuela no pude hacer más que contestar y preguntarme qué mierda había sucedido ahora. Su voz sonaba gangosa y cuando le pregunté qué pasaba escuché su llanto, por más silencioso que pretendió que fuese. Así como el resto del mundo no sabía nada, no tenía idea de qué pasaba con este mocoso y me había limitado a mantenerlo alejado de Reaper tanto como me fuese posible luego de la firma de los papeles, para evitarle más fiascos, por eso no entendía. Dejaba fuera a todo el mundo y en su vorágine de fuego se condenaba a sí mismo a morir solo.

    Justo como hacía Liam.

    ¿Qué buscaban? ¿La evitación del dolor y la responsabilidad? ¿Era acaso una manifestación absurda de hedonismo o de miedo? No terminaba de tenerlo claro nunca. Puede que sencillamente fuesen ambas cosas a la vez y ya, que esa dicotomía era todo lo que había por entender y aceptar.

    Me suplicó que lo sacara de la escuela entre sus lágrimas y no me dio la vida para dejarlo allí, no podía; se me aplastó el corazón en las costillas y no pude evitar pensar en que estaba llamándome a mí en vez de a su madre, que me pedía que no lo llevara a su casa. Era todo igual, Dios, y era abrumador y angustiante. Sin embargo, en su silueta también se fundía la de Liam y sabía que debía acceder a lo que me pedía ya no solo por preocupación, era que si por una negativa mía este chico espiralaba aún peor y algo le pasaba, entonces Reaper se encargaría de recordarme mi lugar. No había amistad que valiera cuando se trataba de la protección de este mocoso.

    Una protección que nunca contaría como amor.

    Sabía que Liam habría llamado a la escuela posterior a su transferencia y me habría dejado agendado como uno de los contactos de confianza, solo por si algún día pasaba algo, por eso le di indicaciones claras para que no hubiese problemas y le pedí que me esperara afuera. Para su fortuna no estaba muy lejos de la academia, no me tomaría más que unos quince o veinte minutos llegar, al menos si aceleraba tanto como me lo permitiera el tráfico.

    En el momento en que aparqué el coche delante de la academia Cayden navegó el espacio con una lentitud casi dolorosa, tenía los ojos enrojecidos en una mezcla de llanto y María, los labios amoratados y lucía… Daba pena, la verdad. Abrió la puerta trasera, arrojó la mochila dentro e hizo lo mismo con una bolsa que cargaba, como si no quisiera verla, y luego subió al asiento delantero. No había puesto en marcha el auto cuando ya había sacado un porro para encenderlo y se llenó los pulmones hasta el hartazgo mientras conducía hacia el Triángulo del Dragón; cuando la hierba desapareció también lo hizo él. Creí notarlo mirar por la ventana como si buscara algo, quizás siluetas producidas por su delirio de fumador, o quizás…

    Perdón, murmuró para sí.

    Algunos minutos más tarde se apiñó en el asiento, sostenido a duras penas por el cinturón de seguridad, y su cabeza golpeó el cristal de la ventana. Estaba sedado, noqueado, y se hizo todo el camino así hasta mi apartamento en Shibuya. En una de las luces rojas aproveché para revisarlo, volteé su cabeza en mi dirección y le despegué el cabello que tenía pegado a la cara en una mezcla de sudor y llanto, ya que había elegido dejar mi ventana abierta para sacar el terrible humarascal que había causado y estábamos en verano ya. Sus facciones se comprimieron como si fuese a echarse a llorar otra vez y me apartó sin fuerza, atrapado en el estupor de la marihuana, el sueño y el evidente agotamiento.

    I'll take care of you, kid —murmuré, acomodándolo como estaba antes—. I’ll take care of you, I swear.

    Aunque no sabía cómo cuidar de un niño.

    En el apartamento prácticamente lo arrastré, él reaccionó lo suficiente para dar algunos pasos y soportar algo de peso, pero al final tuve que echármelo a la espalda para hacerlo entrar. Allí lo dejé en el sofá, casi lo tiré porque ya estaba del tamaño de Liam y ambos me sacaban al menos media cabeza aunque eran terriblemente flacos. Este mocoso… ¿No estaba más delgado cada semana? Había estado perdiendo peso desde mayo, desde que le dieron la hostia en la cara y después, cuando buscó a Liam la primera y segunda vez. Lo pensé mientras lo acomodaba en el sillón, poniéndole una almohada bajo la cabeza y quitándole los zapatos.

    Sus hombros lucían flacos, la camisa parecía irle ancha y el cinturón del pantalón enrollaba parte de la prenda que sostenía, aunque era muy sutil, solo lo noté porque lo tenía demasiado cerca y porque estaba manipulando su cuerpo para dejarlo en el sillón. Llevaba semanas en este estado, ¿acaso comía? ¿Dormía siquiera? Ahora no lo sabía. Según lo que Neve le contaba a Reaper el chico tenía problemas con el peso y habría tenido episodios de anemia de vez en cuando, tampoco le sentaba bien el cambio de estación y su peso, ya un poco cuestionable, fluctuaba por épocas aunque se comiera la mitad de la nevera. No sabía qué tanto debía preocuparme, pero era tan delgado y tan volátil que daba la sensación de que desaparecería en cualquier momento de cualquier forma posible y no lograba entender cómo a Liam le daba igual todo esto. Cómo era que el cabrón no sentía nada.

    Tampoco sabía en qué momento había memorizado tantas cosas sobre este mocoso.

    Las primeras horas de su sueño lo vigilé, preocupado por la cantidad de droga que se había metido, pero en algún punto sacó la almohada bajo su cabeza y la abrazó con un brazo. Tener algo que sujetar pareció calmar lo que sea que lo estaba alterando en sueños, pues sus facciones se relajaron y continuó durmiendo. No sabía si más bien había caído inconsciente, pero al menos parecía algo más en paz y pude desentenderme de él un rato para atender algunas cosas por teléfono. A pesar de ello lo revisé cada cierto tiempo, para quedarme tranquilo yo también, y no me atreví a llamar a Liam ni de coña. Si tanto se aborrecían el uno al otro…

    ¿Debía separarlos a la fuerza? No tenía idea.

    Para cuando el chiquillo despertó lucía desorientado que te cagas, se levantó del sillón y navegó el apartamento como un fantasma, tratando de averiguar dónde mierda estaba. Yo estaba en la habitación, así que lo oí rondar en silencio y unos diez minutos más tarde abrir el grifo de la cocina para beber agua, pues la hierba seguramente le tenía la boca convertida en un desierto. Tosió, siguió bebiendo y yo fui abriendo la aplicación para hacer un pedido al McDonald’s. No tenía idea de qué le gustaba comer a este crío, pero no se podía fallar con el McDonald’s, ¿o sí? Necesitaba que le echara algo al estómago o se iba a transparentar, eso y que no tenía control o conocimiento alguno de si seguiría arrojándose al vicio de la índole que fuese y olvidándose de las comidas o haciéndolas a deshoras.

    Lo dejé rondar algunos minutos más antes de aparecer para preguntarle si quería comer (aunque no tenía opción) y cuando llegó el pedido dejé todo sobre la mesa. Entre las cosas que traía en la bolsa de la escuela había notado una caja de regalo un poco maltrecha y también el bento, así que le dije que me lo comería para no desperdiciar porque los mafiosos no tirábamos comida. No fue que me dijera nada, tomé su silencio como el permiso para disponer del bento y él simplemente se puso a comer unos nuggets en piloto automático, luego una hamburguesa y después las papas. También básicamente absorbió las dos latas de cerveza que le puse delante y aunque seguía teniendo el mismo aspecto penoso de temprano, al menos tenía algo de color en la piel porque cuando lo recogí estaba como un papel.

    El error fue mío, porque mientras comía estuve todo el rato mirándolo como si eso me fuese a responder qué habría sucedido y cuando el mocoso tenía la última patata frita en la boca todas las facciones se le deformaron y rompió a llorar. Fue patético, no hubo otra manera de describirlo, siquiera pudo luchar contra la marejada. No fue particularmente ruidoso, no hubo sollozos intensos ni nada, pero lloraba, lloraba y lloraba. Atajó el llanto con las manos los primeros minutos y en algún punto se limpió los mocos con la manga del uniforme como si tuviera cinco años. Hombre, en serio lloraba como un bebé… ¿De verdad este mocoso era hijo de Liam? ¿Los Keane eran así de llorones o cómo estaba el asunto?

    No supe qué coño hacer, así que me levanté, saqué la botella de Coca-Cola de la nevera y se la dejé delante sin decirle nada. No le pregunté qué pasaba, no le dije que dejara de llorar como un tonto, sencillamente me quedé sentado frente a él y lo dejé ser mientras yo terminaba de comer. Entendía ahora con más claridad que no quisiera ir a su casa, Neve seguramente preguntaría y él no quería hablar al respecto o no quería hablarlo con ella, ni idea, pero quizás debía. Igual ahora no lo juzgaría por sus métodos, tenía apenas dieciocho años cumplidos a principio de año. A esa edad cualquier cosa se volvía inmensa y él parecía bastante propenso a excesos de toda clase, incluso emocionales. Todo lo que sentía lucía desproporcionado y eso, sin duda, era muy distinto a Liam.

    Navegaba ambos extremos sin pertenecer a ninguno.

    —Tuve una… discusión con Kohaku por primera vez en la vida. Mi mejor amigo, I mean, o al menos lo era, ya no sé nada —murmuró con un hilo de voz cuando creí que no diría ni una palabra luego de haber estado llorando varios minutos. Tomó una pausa para soplarse la nariz en una servilleta de las que venía con la comida y la tiró en una bolsa vacía—. Ko nunca me había reclamado nada, nunca había discutido con él y de repente estábamos en un ir y venir de lo más extraño, fue rarísimo. Que si tengo nuevos amigos, que Vero, que no cuento nada. No me di cuenta de que no le estaba diciendo mis cosas, ¿sabes? I just… no hablo mucho de mí mismo ya de por sí. Le conté de Liam, de cuando me llevaste con él, pero luego nada más. No lo hice a posta, solo empecé a retroceder cuando comencé a sentirme mal y no me di cuenta de qué tanto lo hice hasta que fue muy tarde y ayer pasó algo y Arata me dio más detalles de la cuenta y de la nada yo quedé como el loco que lo vigila o yo qué coño sé. No entiendo la mitad de lo que pasó todavía.

    Tomó otra servilleta y volvió a limpiarse, echando todo en la misma bolsa vacía del McDonald's. En sí el cuadro completo era de lo más anormal y no sabía por qué me lo estaba contando a mí de toda la gente posible, pero tampoco lo detuve si era lo que quería hacer, pues que lo hiciera. Puesto en perspectiva era mejor esto a que se lo siguiera callando y que sus sistemas continuaran sobrecargándose. No tenía por qué decirle nada específico, podía solo escucharlo, ¿no?

    Entonces la bomba cayó.

    —Estoy enamorado de él —admitió entre un nuevo montón de lágrimas.

    Fue todo junto, una salida del closet, una confesión de pecados y una rendición absoluta. Lo había visto con Maxwell estos días, así que tuve que disimular la sorpresa y guardarme el juicio moral porque viniendo de mí era un sinsentido. El niño empuñó una servilleta limpia y la arrugó de todas las formas posibles mientras hablaba en un susurro.

    —Me gustaba desde que éramos mocosos, lo veía en los pasillos y tal. Era… Ko siempre ha sido muy bonito, de aspecto y personalidad, quiero decir. Es calmado, paciente, puede que un poco cabrón con su carita de niño bueno, pero cariñoso a su manera; conmigo siempre lo fue y me siento en paz cuando estoy a su lado aunque no hablemos de nada importante, me gusta mucho pasar el tiempo con él. —No reaccioné en ninguna dirección por temor a ofenderlo, me limité a quedarme como una estatua—. Nos gustaban cosas similares, you know, ñoñerías como videojuegos y tal, pero entonces yo apenas empezaba a entender, ¿sabes? A procesar que sentía cosas por otros chicos, que me parecían… yo qué sé, lindos o dulces o atractivos a secas, me sentía raro y era muy tímido al respecto, porque me habían molestado ya varias veces por ello. Después cuando Yako murió todo colapsó y nunca tuve que enfrentarme a aceptar lo que sentía o terminar de entenderlo, porque tuve que procesar otras emociones a la vez. Ko se esfumó, no lo seguí y en su momento me dolió un mundo, pero no lo lloré… No lloré haberme separado de él la primera vez ni la culpa que sentía por no ir a buscarlo a pesar de que sabía dónde encontrarlo.

    Estaba llorando todo ahora, por eso no podía parar. Lloraba al chiquillo, lloraba a Liam y solo Dios sabría qué más, ¿cierto?

    >>Y entonces caí en el Sakura, nos reencontramos y nos liamos en una fiesta en abril porque yo estaba borrachísimo y acabamos en un cuarto a oscuras. Man, I'm not a mastermind of any kind and men in suits are handsome as fuck, you know? I folded like a beach chair, like I always did with him anyway. Todo se siguió yendo a la mierda porque no pude dejar de liarme con él, porque… —Frunció el ceño, compungido, y al hablar de nuevo bajó más el volumen por vergüenza, quizás, repentinamente consciente de que me estaba diciendo que se había comido a su amigo no una ni dos veces, a saber cuántas. Arrugó más el papel en sus manos y el rostro se le tiñó por un bochorno—. Se sentía bien, era divertido y calmaba lo que sentía de fondo, incluso si no definía qué era todavía o evitaba definirlo a conciencia, no sé. Luego apareció Haru, me lo presentó, después pasó lo de Alisha y Arata se peleó conmigo y me soltó que Haru era codicioso y solo pude asumir que pasaban cosas a los ojos de todo el puto mundo y empecé a sentirme muy mal. Ya venía sintiéndome mal desde antes, estaban las mierdas de Liam pasando en paralelo, y él se fue detrás de Haru un día que hubo una actividad en la escuela, ¿pero por qué no debería hacerlo? Follen todas las semanas o no, también es su amigo y es normal que vaya tras él si le ocurre algo, eso puedo entenderlo sin problema, ¿pero entonces qué, debo asumir que folla con todos sus amigos además de los que siquiera son sus amigos? Shit makes no fucking sense, debe haber un límite en algún maldito lugar de la clase que sea, me da igual. Un estándar al menos, but what the fuck do I know, right? Si necesito confiar en alguien para follar y todo un step by step. A fucking waste of time for everyone, myself included.

    Lo que escuchaba era que el niño tenía complejo de conejo, pero cada loco con su tema. Cayden tampoco era santo de la devoción de nadie de por sí y no me atrevería a defenderlo ni una vez en la vida, como no defendería a su padre, pues volvía a lo mismo, ¿no estaba liado con Maxwell mientras admitía estar enamorado del otro? Comprendía su punto de todas formas, para él era necesaria la sensación de confianza y seguridad, pero justo porque con Verónica tenía eso… Se la había llevado en una pseudo-cita apenas unos días atrás, se había subido a mi auto luego de habérsela comido entre dos panes la noche del Maharaja y ahora estábamos aquí. Qué destrozo, por amor a Dios. Los adolescentes siempre se mandaban estas cagadas monumentales y luego andaban llorando.

    Igual, bueno, hasta cierta medida entendía el desorden. No hasta su extremo más grave, claro, pero algo de empatía sentía. Yo le guardaba afecto a Liam, ¿por qué? A veces no lo sabía, no cuando el tipo era así de indiferente. Si un día me mataban a tiros seguro no batiría una pestaña ni me lloraría, pues no había llorado a nadie en su vida ni siquiera a Neve.

    Pero había tenido la misma cara que tenía este chico hace algunos días.

    Reconocía los corazones rotos de los Dunn.

    —Cuando empecé a sentir celos de verdad tuve que sentarme y aceptar por qué los sentía, fue un viajecito de mierda. ¿De qué servía darme cuenta? Solo sirvió para arruinarnos… habríamos seguido como si nada de no ser porque yo tuve un putísimo insight una eternidad después. Y entonces la semana pasada nos vimos porque se había desaparecido y digamos que Ko tiene esa tendencia a irse a la mierda cuando algo se le desbarata y yo quería ver cómo estaba. Todo el cuadro fue raro, que mi amor parecía sencillo, que el suyo era diferente… —Se limpió la nariz de nuevo y siguió lloriqueando—. En fin, se tiró un speech de que su amor era distinto al mío y que si estaba bien con eso y nos estábamos liando al mismo tiempo y yo ya no daba más de mi alma, Nozomu, ¿acaso tengo cara de ser un iluminado? Se me atraviesa una calentura y me voy a la mierda, siento lo mismo que cualquier imbécil si me calientas la polla, por Dios. Me lo preguntó dos veces y le mentí porque no quería perder el derecho a dejar de tocarlo de esa manera, a darle un beso si me da la gana, porque no quería tener la puta conversación que tuvimos de todas maneras hoy pues sé que lo que siento no tiene caso y fue una estupidez porque entonces ahora voy a perder todo.

    Reflexionaba y entendía, era lógico y metódico, pero nada de eso tenía que ver con sus emociones a las que estaba enredado como si fuese un bicho en una telaraña. Reflexionaba y entendía, ¿pero entonces qué? Era tan cuadrado de mente que quería borrar su dolor, no sentirlo, porque trataba de meterse en la cabeza la versión menos emocional de la historia y funcionar con ella como base.

    —Ya no va a confiar en mí como antes, ni siquiera sé si va a querer hablarme de nuevo cuando ordene ideas. Lloré tanto que siquiera le di tiempo a él a sentir… nada, fui un ingrato, pero no podía dejar de llorar, te lo juro. Tampoco entiendo… No puedo entender por qué todos se empeñan en diferenciar mi amor cuando no es sencillo, no es siempre dulce ni comprensivo y mucho menos racional. No es para nada como ellos lo perciben y me agota muchísimo amar de la manera en que lo hago.

    ¿No estaba siendo demasiado trágico al respecto? ¿El niño no lo quería también y por eso, no sé, había elegido pelearse con él en vez de largarse sin explicación o dejarlo seguir a su bola eternamente? Quizás solo necesitaba tiempo, enfriar ideas, procesar todo fuera del foco del caos que Cayden manejaba porque no dudaba que hubiese sido una hecatombe. Las emociones de esta criatura eran abrumadoras para todos, incluso yo me sentía un poco ahogado aquí, con este mar de tristeza. El caso era que en ese espacio quizás este tonto debía aprovechar para llorar todo lo necesario y luego, si de verdad lo quería tanto como afirmaba, empezar otra vez. Ser sincero, abierto y realmente confiable.

    Y arrancarse del pecho la emoción que lo estaba devorando en vida.

    Era complejo pues parecía seguir la lógica de una profecía autocumplida, lo entendía, pero Cayden parecía capaz de reflexionar sobre sus emociones y las ajenas de una forma más amplia que la de Reaper. Era horriblemente sensible, ahora lo entendía, pero eso le otorgaba otras herramientas y era necesario que aprendiera cómo usarlas.

    —¿Es el mocoso castaño de cuando todavía existían los Jackals? El que tiene los ojos del mismo color que tú. —Quise confirmar y él asintió con la cabeza.

    Me dieron ganas de preguntarle si, de alguna forma, el otro chiquillo no estaba también idealizando la forma en que él amaba o si, de hecho, no lo hacían varios de sus amigos sin querer. Estaba bien ser consciente de que Cayden parecía amar de una forma profunda e intensa, era innegable y saltaba a la luz apenas uno podía verlo interactuar con ciertas personas como su familia, Verónica o el dichoso Kohaku, pero eso no volvía el sentimiento puro, sencillo ni libre de errores como él bien estaba diciendo, pues nadie más que sí mismo conocía bien la otra cara de la moneda. Para nada era siempre sincero y confiable, si acaso todo lo contrario. En la intensidad de sus emociones tropezaba de forma constante y batallaba contra la idea de admitir que su amor estaba parchado por tintes de posesión, deseo y muchísima confusión. Estaba el amor filial, dulce, maduro y comprensivo que había aprendido de los Keane, el que seguramente sus amigos podían ver, y estaba el amor teñido por el deseo más… quizás carnal, donde ansiaba intimidad, contacto y exclusividad, era más caótico e irracional. Mucho más arrollador.

    Sucedía que a pesar de anhelar eso también era demasiado independiente para algunas cosas, era reservado, convulso y distante en medio de sus demandas. Una mezcla bastante desafortunada del carácter de Liam y el de Neve, lo que causaba que en su proximidad también creara brechas y no sabía cómo solucionarlas. Parecía necesitar de soledad para procesar todo lo que sentía, pero a la vez en ese aislamiento voluntario y necesario el dolor se proyectaba sin control bajo ciertas circunstancias.

    A pesar de ello, no era tan descabellado lo que Cayden parecía querer, pero suponía que el problema nuclear surgía de a quién quería pedírselo, además de su propia personalidad, y por eso su deseo se había transformado en silencio, en una primera mentira y en un efecto dominó. La tendencia al encierro era herencia de los Dunn, desde Flanagan hasta Liam y cada uno había muerto condenado por ello; Flanagan existió desligado de Muirgel y odiando a Liam, Liam había perdido a Neve y no sentía prácticamente nada por Cayden.

    Este niño debía sortear el obstáculo.

    A falta de algo bueno que decir mejor guardé silencio y me levanté para tirar la basura, pero el niño seguía llorando sin hacer ruido y no podía solo dejarlo así, no era tampoco tan hijo de puta ni tan indiferente. Por ello rodeé la mesa y me acerqué a él para encajar la mano en su hombro y estrecharlo en un remedo de abrazo que de primera entrada pareció tensarlo, pero luego lo sentí relajarse. Al soltarlo le di una palmada sin fuerza en la espalda y lo dejé sentado en la mesa, que se tomara el tiempo necesario para calmarse o lo que fuese. No supe si siguió llorando, solo que casi una hora después me pidió que lo fuese a dejar a Shinjuku y así lo hice, sin chistar.

    El viaje de regreso lo hizo en un silencio abrumador que yo no me atreví a romper, no hasta que estuvimos frente a su casa y se quedó dentro del auto algunos minutos, mirando la oscuridad en que estaba sumida. Neve debía haberse ido a dormir hace un par de horas y como no podía predecir a su hijo había bajado los interruptores. No había ni un bombillo en la entrada o en el salón ni en el piso de arriba, no había luces esperándolo, pues ella asumió que no volvería esa noche. Que permanecería en la trinchera que había creado.

    —Los obligué a apagar las luces —murmuró Cayden con la vista suspendida en la fachada de su hogar, sus manos estrecharon la bolsa en su regazo—. En mi afán por no sentir dolor alguno hice que las personas que más amo… me soltaran. Mamá, mis tíos, Yuzu y ahora Ko. ¿Tengo derecho a llorar por algo que yo mismo causé?

    —Al menos lloras —rescaté en el mismo tono, apagando el motor—. Que llores no arreglará nada mágicamente, pero quiero pensar que cambia algo. Te cambia respecto a Flanagan y Liam y si de verdad quieres conservar a tus personas, Cay, entonces demuéstralo cuando te den luz verde para volver. Acaba con esta maldición y enséñale a tu viejo y a ti mismo quién eres en realidad.

    Otro silencio. No me di cuenta de que había acortado su nombre.

    —¿Tienes hijos, Nozomu?

    —No.

    —¿Qué haces aquí conmigo?

    —Tratar de entender.

    —¿El qué?

    —Por qué Liam no siente nada en absoluto al verte —confesé sin mirarlo, él pareció hacerse pequeño en el asiento—. O descifrar qué siento desde que supe del embarazo de tu madre y que no había fuerza en este mundo que pudiese convertir al hombre en un padre.

    Yo, el que había sugerido que interrumpieran el embarazo, dieciocho años después estaba aquí. Estaba cuidando de un niño que no llevaba mi sangre y al que no entendía, pero que removía mis propias emociones.

    —Si mi padre no fue capaz de amarme, si nunca fui deseado en su vida —susurró, desconectado, y su siguiente pregunta rebotó contra la imagen de su padre a su edad con la cara golpeada y los nudillos hechos mierda por pelearse con Flanagan—, ¿por qué lo haría alguien más que no fuese mi propia madre?

    Liam había tomado a este cachorro desde que lanzó el primer alarido, el que anunciaba que respiraba en este mundo, y lo había metido en una jaula. El pequeño lobo se había desarrollado en confinamiento, encarcelado, y allí solo sus cuidadores y ciertas personas habían podido tocarlo, pero seguía siendo un animal salvaje y como tal sus instintos, heredados de su padre, seguían vigentes. Era capaz de negarse a ser tocado y con ello se privaba de las necesidades básicas, de afecto, sueño y abrigo, aunque las anhelara pues había crecido siendo amado profundamente y a la vez siendo extraído como un tumor. No sabía existir en el mundo, pero tampoco era feliz dentro de sus barrotes.

    ¿Entonces qué pasaría?

    Si estaba aterrado de dar un paso fuera.

    —¿Y por qué no?

    —¿Has visto lo abrumador que es existir a mi lado?

    Un suspiro pesado le vació los pulmones, no me dio tiempo a responder y bajó del auto cargando la mochila y la bolsa. En la puerta lo vi escarbar por las llaves y finalmente desapareció entre las sombras que lo esperaban. La oscuridad de la casa absorbió el rojo de sangre de su cabello como si no fuese nada y me atravesó el pensamiento de que aunque pudiera mejorar, acabar esta maldición, antes navegaría los extremos porque era esa clase de imbécil. Porque era una máquina de acting out, porque a pesar de todo seguía siendo hijo de su padre y había cosas con las que peleábamos toda nuestra vida.

    No habría alma capaz de detener la caída de Ícaro.
     
    Última edición: 16 Septiembre 2025
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    Zireael

    Zireael kingslayer Comentarista empedernido

    Leo
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    Escritora
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    Darling, we knew this fire wouldn't make it [Gakkou Roleplay]
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
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    8203
    Canon para noche-madrugada del día 81 aka viernes 24 de julio y madrugada del sábado 25 de julio.

    Como ya fue lo que fue, acá queda :D quedó inmenso porque lo escribí durante varios días sin darme cuenta de qué tanto escribía cada ratito que me sentaba con esto. Iba a usar otra canción, pero honestly pa qué si llevo llorando con specter DOS MESES??? oh damn

    Bruno TDF tu niño sale sobre el final del mambo (tú lo metiste aquí, a mí no me mires)

    Narra Hikari ofcourse y creo que solo eso tengo que decir (??) Al final creo que serán tres capítulos, porque hay otros eventos que quiero encadenar acá but we'll see



    II

    I can't leave, but I can't be in this place
    this must all be an illusion skipping frames
    years of living with a cold and empty space
    and it haunts me every time I think I'm safe

    .
    like a frenzy, like an ocean overflowed
    this must all be just an accident at most
    I'm changing, and I feel more like a ghost
    like a specter in your headlights on the road

    .

    something you're missing made you who you were
    'cause I've kept my distance, it just made it worse
    but I've learned to live with the way that it hurts

    .
    do you feel love?
    I know I don't


    .

    .

    .
    The Incarcerator
    | Hikari Sugino |
    &


    The Sage
    | Hubert Mattsson |

    .
    .
    .



    El suspiro de absoluto fastidio que dejó salir Fumi mientras me tocaba sacar el culo de Cayden del salón debió escucharlo hasta mi madre en el más allá. Había llegado en algún punto de la noche, cuando ya el chiquillo había aparecido de nuevo y habíamos estado bebiendo y fumando desde entonces, aunque él desde que llegó estaba un poco ido, debía haber estado consumiendo hierba y a saber qué más. Independientemente de ello, pasaba que el mocoso había estado tragando alcohol mucho más rápido que yo y también había seguido fumando, por más pausado que fuese. Si debía ser honesto me sorprendía que no hubiese caído antes.

    Incluso en su sedación habíamos estado conversando de todo y de nada a la vez. De mi trabajo, los clientes de mierda, que debía llevar el auto al mecánico y que el barrio estaba tranquilo. No mencioné a Arata, él tampoco y de su boca no salió ningún nombre; me contó que en la escuela había una actividad en curso, que habían tenido un proyecto que le sacó canas de todos los colores y algunas otras cosas sin importancia. Rememoramos algunos viejos tiempos y en algún punto la hierba y el alcohol empezaron a patearlo, porque dejó de hablar durante un buen rato. Se limitó a comer papitas de las bolsas que había traído, seguir bebiendo y levantarse a velocidad de caracol para ir a mear. Debía sentir que estaba fundido con el suelo.

    Fumi había llegado ya cuando Cayden estaba perdido, pero todavía digamos que había recuperado la facultad del habla, y aunque lucía molesta porque seguramente había aparecido para pegarse el polvo de turno, se puso a beber ella también. Habíamos mandado a traer un montón de cervezas y varias botellas de licores de sabores, ella se apropió de una de durazno, la única que había de hecho, y participó entre poco y nada en la conversación. Ella se había bajado tres cervezas y la mitad del licor cuando el mocoso ya no pudo levantarse, pero tenía algunos minutos de estar balbuceando cosas al aire. No le presté atención, porque yo estaba muy cerca de ver doble, pero incluso las veces que fui al baño había seguido hablando.

    Hizo el intento de incorporarse, se fue de costado y tuve que ayudarlo sentarse en el piso. Murmuró algo que no pude entender ya que arrastraba demasiado las palabras y maldije al colarme en su espacio para ayudarlo a ponerse de pie, alzar toda su altura aunque fuese flaco como un palo demostró ser una misión. Mi intención era llevarlo a la habitación, acostarlo y que durmiera la borrachera, sin más, en unas horas se despertaría y ya, como siempre, pero no fue posible.

    —Hikkun —llamó con un hilo de voz—. Se me llena de saliva la boc-

    Ni lo dejé terminar, desvié mis pasos al baño arrastrándolo conmigo con toda la rapidez que me fue posible. Allí fue cuando la chica, pasando por un costado para ir a la cocina a buscar algo, suspiró con evidente hastío. Manipulé su estatura con dificultad, justo como con Arata, logré dejarlo sobre el retrete y entonces el mocoso devolvió hasta el alma, sujetándose al inodoro.

    No pude hacer más que quedarme en la puerta, procesando mi propia borrachera y cuestionándome cómo podía pasar esto otra vez, cómo era que yo tenía a otro imbécil intoxicado en mi casa, pero sobre todo por qué este niño estaba aquí de todos los lugares posibles. Era cierto que llevaba algunas semanas apareciéndose de forma intermitente, se quedaba a dormir y se iba por la mañana como si nada, pero… algo era diferente. Estaba en el agotamiento de su cuerpo, lo opaco de sus ojos y el silencio en que se había sumido. ¿Por qué no estaba donde Yuzu? ¿Con Arata o con Kohaku?

    Estaba aquí con su Judas.

    —Tu amigo no sabe manejar su alcohol, Hikkun, es un incordio —dijo Fumi a mi espalda con un vaso de agua y un porro recién encendido—. ¿Debería haber bebido tanto? ¿Cuántos años tiene? ¿Dieciséis? Tiene uniforme de preparatoria.

    —Dieciocho —respondí y Cayden vomitó una vez más.

    Ya había comenzado a llorar como un desgraciado y yo no sentí nada en lo absoluto, no como cuando Arata estuvo por ahogarse en mis brazos. Lucía delgado, frágil y patético. En cosa de segundos el cabello, con los rizos ya bastante maltrechos desde el inicio, esponjados o estirados, había comenzado a pegarse a su frente pues había empezado a sudar. La argolla en su oreja hizo un sonido cristalino al golpear un costado del retrete.

    —Hmh. Su hierba es buena, ¿dónde la consigue? —dijo ella observando el porro encendido.

    —Puedes llamarlo menudeo, quien la cultiva es otro y él la distribuye aunque imagino que con el tiempo le ha estado ayudando al cabrón a cuidar de las plantas incluso —contesté pendiente del estúpido que se había quedado aferrado a la taza del baño—. Era un contacto de un viejo amigo.

    Era demasiado hipócrita que llamara a Kaoru amigo.

    El olor a alcohol y vómito me dio náuseas, de forma que me colé para bajar la cadena, pero no me atreví a mover a Cayden porque seguramente todavía le faltaba seguir volteando el estómago. A tientas alcanzó a limpiarse el rostro con la manga del uniforme, tuvo una nueva arcada y si bien el vómito no le subió por la garganta, sí que sollozó de forma audible y comenzó a decir puras mierdas otra vez, ahora sonaba angustiado y desesperado. No entendí más de la mitad.

    —Parece una chica. Quiero decir, tiene un poco cara de chica, pero también su actitud es como de una —murmuró Fumi, por completo indiferente al espectáculo—. Ya sabes, se ve como mis amigas cuando se toman medio bar y después empiezan a llorar por un tipo que no vale la pena por el motivo que sea. Lloran, lloran y lloran sin saber ni qué dicen.

    —¿De qué coño hablas? —interrumpí y estiré la mano para quitarle el vaso de agua, pues estaba viendo que tendría que vigilar a este idiota y más me valía empezar a ponerme sobrio.

    —Estaba murmurando un nombre antes, cuando viniste al baño —dijo entonces pegándole una calada al porro—. ¿No sabes qué le pasó? Hikkun, beber con los del corazón roto siempre es una mierda, se meten alcohol esperando morirse casi sin darse cuenta y le arruinan la fiesta a todo el mundo.

    —¿Por qué sabría? —mascullé.

    La manera en que se encogió de hombros fue como si dijera “No lo sé, tú dime” y comencé a sentirme incómodo dentro de mi propio cuerpo. A mi memoria acudió el recuerdo del Shimizudani, la forma en que Cayden había llorado luego de que uno de los muchachos le estampara la hostia después de que él le escupiera encima. Había llamado a su madre, a su familia, allí hecho un ovillo contra un árbol… Y seguro otro nombre se le habría atorado en la garganta.

    —¿Puedes traerme sus cosas, Fumi?

    —¿Para?

    —Por si tengo que llamar a alguien que venga a buscarlo.

    La chica bufó de nuevo y me dejó el porro aunque no hice más que apagarlo para dejarlo en el borde del lavamanos. Ella se fue de mala gana a hacer lo que le había pedido. Lo que trajo consigo de regreso fue una de las chaquetas que Yako le había heredado, la del dragón dorado, y me la extendió de forma que pude tomarla y notar el peso, a la vez le regresé el vaso de agua. Cayden seguía abrazado al inodoro vomitando hasta su apellido mientras yo me dedicaba a escarbar. Saqué la billetera del bolsillo interno que contenía algo de efectivo, una tarjeta de débito, varias facturas y unas boletas un poco hechas mierda, pero que sin duda todavía servían para algo. En uno de los espacios encontré otra cosa.

    Un dragón dorado.

    La luz del baño le arrancó un destello frío, pues era blanca, y giré despacio la moneda solo para dar con una dirección en Toshima. Arrugué las facciones sin darme cuenta y me enjuagué los ojos, ya que tenía la vista un poco chueca por el alcohol, pero me pregunté por qué Cayden tenía esto… y de dónde lo había sacado. Sentí a Fumi mirándome, pero me importó un carajo y saqué el móvil para tomarle fotos a la moneda salida de solo Dios sabría dónde antes de devolverla a su lugar y guardar la billetera del mocoso.

    Lo que encontré después fue su móvil, así que dejé la chaqueta en el suelo del pasillo y entré al baño de nuevo. Cayden tuvo una nueva arcada que no regresó nada y tomé su mano derecha para desbloquear el aparato con su huella, sin importarme en lo absoluto su privacidad o lo que fuese. Me metí a los chats de inmediato, habían varios nombres que no identificaba, de chicas de hecho, y asumí que serían compañeras de su escuela. Un don de los amantes de las pollas era tener cierta proximidad con las mujeres, eso había que decirlo.

    De todas formas, seguí bajando, di con el chat de un tal Hubert y el de Arata. El del primero era… bueno, ojalá el involucrado se diera cuenta de lo homosexual que sonaba de a cachos, aunque igual no era importante. A ninguno de nosotros le importaba mucho a si Cayden le gustaban más los bates que los coños, la verdad, pero verlo suceder en vivo era un poco gracioso, siempre lo había sido. Era obvio para nosotros, a saber si lo habría sido para él en su momento, aunque lo ponía en duda. Era bueno para negar sus propias emociones a costa de su estabilidad.

    El punto de todas formas era que el chat con Shimizu era raro; Fujiwara, Shinomiya, Kohaku y una chica de nombre extranjero, asumí. Cayden le puso un escueto “Cuídalo” que debió referirse a Ko sin espacio a dudas y luego Arata cerró la gracia con que se iba, por la hora debió ser durante el receso. Dunn no había respondido más y fue extraño en sí mismo. Por curiosidad me puse a buscar el chat con Kohaku, era de hace ya una semana y resto, y el intercambio fue raro también. Había una serie de audios y me dio… por alguna razón eso sí me dio algo de pudor, ni idea, pero de todas formas me puse a escucharlos, acercándome el teléfono al oído. Llegué a cuestionarme por qué ambos parecían no querer ofender al otro o algo así, hicieron muchos malabares por un almuerzo. De todas formas oír la voz de Kohaku me removió algo, porque si bien Cayden me había contado que se habían reencontrado, no estimé tener que estar oyendo su voz de nuevo.

    Me negaba a atender a los reflejos que estos dos me regresaban.

    Lo que activó fue algo que ni el llanto ni las arcadas ajenas habían despertado. Me sentí ansioso, culpable e incluso contaminado; me puse a pensar en cómo reaccionaría Dunn si por la mañana, luego de su tremenda borrachera, encontraba el cuchillo de Arata que todavía no había podido vender, el que le sacó de encima mi fantasma esa noche de mayo, o si algún cabrón me llamaba esta noche y nos pedía un encargo y debía dejarlo aquí, esperando que no se ahogara en su vómito. Recordé a Kao y a Yuzu, las risas de Ko y Cay, me recordé a mí mismo con Arata y todo lo que alguna vez habíamos tenido. Pensé en lo que estaba haciéndoles.

    A ellos y a mí.

    A Arata.

    No supe si era efecto de la hierba, el alcohol o todo junto, pero sentí que tenía que sacar a Cayden de aquí, que no podía permitirle esconderse en mi apartamento de nuevo porque en cualquier momento algo iba a salir mal o a destaparse y entonces estaría muerto. Yuzu me cazaría, Arata se volvería loco y Ko… ¿Qué diablos pensaría si supiera que, si me lo pedían, Cayden se habría llevado más que una hostia en la cara? Dios mío, esto era terrible. Se salía de control a una velocidad estrepitosa, pero yo lo había elegido porque me permitía sobrevivir.

    Tenía que sacarlo de aquí.

    Tenía que alejarme de ellos.

    Más allá de eso, tuve una corazonada y luego de escuchar el último audio le mostré el chat a Fumi que seguía bebiendo agua recostada en la pared frente a la puerta del baño. Lo hice para preguntarle si ese era el nombre que el borracho aquí presente había dicho y su respuesta, por supuesto, fue afirmativa. No me sorprendí tanto como me habría gustado y lo que sea que sentía comenzó a aumentar de volumen dentro de mi cabeza. Había atacado a este chico y él seguía confiando en mí, seguía viniendo a ocultarse aquí y ahora tenía problemas con su mejor amigo por… Debía ser la primera vez en la vida en que ocurría esto de forma así de ruidosa y caótica. ¿A dónde mierda regresaba este idiota si estaba en medio de un meltdown con él y a esta hora Shimizu debía estar ocupado que te cagas? Ni siquiera sabía cómo mirar a Arata a la cara, no cuando al atraco del Shimizudani se sumaba la intoxicación suya y ahora la de Cayden.

    Todo era un desastre, ¿por qué terminaban aquí?

    —¿Y bien? —Tanteó la chica mirando el vaso con desinterés y la pregunta que le siguió tuvo un tono peyorativo, sonó ofensivo—. ¿Tu amigo el okama está lloriqueando por esto?

    —No lo llames así —dije sin darme cuenta de que sonó a regañoe ella me miró con evidente hastío.

    —Sí, como sea —replicó, ácida, y se despegó de la pared—. Me iré a casa, ya que me jodió el polvo. Diviértete con María Magdalena, Hikkun.

    —Deja su hierba aquí, Fumi —ordené.

    —Eres terriblemente aburrido, ¿lo sab-

    —Déjala aquí —repetí y ella, harta, sacó unos gramos de su bolsillo y los arrojó sobre la chaqueta en el piso.

    —Vete a la mierda, Hikari —siseó.

    Recorrió el pasillo pisando con fuerza, al azul de sus ojos estaba parchado de desdén y su cabello castaño pintado de rosa en algunas partes se perdió en dirección a la cocina. Dejó el vaso con brusquedad y luego la escuché tomar sus cosas antes de irse del apartamento dando un portazo que debió escucharse en todo el piso. No reaccioné, no hice nada más que mirar la bolsa de hierba sobre la chaqueta, sujetar el teléfono ajeno y consumir aire. Cayden seguía doblado sobre el retrete y la nueva arcada sí que lo hizo regresar las tripas, así que de nuevo tuve que bajar el agua. Respiraba con muchísima dificultad, como si tuviera los pulmones atrofiados, y todavía sudaba. Tampoco era capaz de detener sus lágrimas.

    —Perdón —murmuró en un hilo de voz y si iba a seguir hablando una nueva arcada le interrumpió las palabras junto al llanto—. Perdón, Hikkun, perdona. Todo es una mierda, es una cagada inmensa y ya no sé qué más hacer, no tengo idea. Perdóname.

    —No beberte todo el alcohol de Japón sería un comienzo —apañé con indiferencia, dudaba que mañana recordara nada.

    —Ya no quiero sentir esto ni nada más, bueno o malo, da igual. No puedo manejarlo —lloriqueó, de milagro le entendí algo. Eso a un lado, ¿a qué diablos se refería con “esto"?—. ¿De qué sirve? Los abrumo a todos, ¿por qué deberían soportarme? Hago y deshago y me largo por donde vine y luego me pongo a exigir cosas que ni siquiera podría sostener. Soy demasiado, no vale la pena. No tendría que haber buscado a Liam tampoco, ¿acaso cambiaría algo?

    No me di cuenta de que abrí bastante los ojos al escuchar semejante cosa, porque no podía creer lo estúpido que era, ¿por qué buscaba al padre que no quería ni verlo? Era el equivalente de que yo buscara a mi hermana, que me aborrecía de forma clara y abierta, esperando que eso cambiara algo. Hasta donde sabía el viejo Dunn no guardaba relación con él, lo mantenía y le prestaba su sombra, pero eso era todo y lo poco que hablaba Cayden de él dejaba claro el asunto. La conexión era material, caprichosa y de mera conveniencia, ¿entonces por qué?

    A eso le sumaba la mierda de pedir de más, cuando a veces la verdad era que Cayden no pedía una carajo, al menos a mí solo me pedía quedarse aquí y me daba igual hasta que pasó lo del Shimizudani. Sus pedidos eran casi simplistas, pero incluso así existir a su lado podía tornarse agotador. Era dramático, era demasiado amable o demasiado insufrible, con pocos puntos intermedios. Se quedaba atorado en sus pensamientos y daba vueltas como un putísimo Beyblade, eso sin mencionar que ya habíamos tenido una conversación parecida a esta la otra vez, cuando no pudo conciliar el sueño hasta que recostó la frente a mi espalda.

    Lo dejé irse, había dicho él.

    Es lo que haces, ¿no? Fue mi respuesta.​

    Yo... le había dado la razón.

    Las manos de Cayden pocas veces se aferraban a nada, no se aferraron a mí, a Ratel y no se aferraron a Kohaku, en su lugar se sacó el corazón del pecho y por años sangró como un imbécil, día tras día hasta que creyó olvidar lo mucho que le dolía. Le di la razón, afirmando que dejaba que nos fuéramos, pero también le dije que si quería zafarse de esa espiral debía hacer algo diferente. Algo debía cambiar.

    Pero él se negaba, ¿cierto? Estaba paralizado de miedo.

    Otra arcada, más vómito y más llanto. La espiral no terminaba, giraba y giraba perdiéndose en las profundidades a las que lo arrastraba sin poder frenar la velocidad de su caída. Como todas las mariposas, sus alas eran de papel y ardían a una velocidad ridícula. El bicho desalado resultante no era más que una aberración, un gusano al que le habían crecido patas y parecía incapaz de usarlas habiendo perdido el peso del papel que sus pequeñas venas sostenían. Había belleza y fealdad en la criatura, surcaba el cielo, pero estaba condenado a morir en el suelo… o a permanecer por siempre clavado con alfileres en un marco justamente por su primer cualidad. ¿Quizás debiera considerarlo afortunado? Por haber escapado del destino de residir detrás de un cristal, inmovilizado.

    Aunque pensándolo bien, ¿no era así cómo existía para el viejo Reaper?

    Inalterable, cautivo y precioso, pero incapaz de ser objeto de su amor.

    —No importa cuánto llore nada va a cambiar —dijo ya sin siquiera esperar una respuesta de mi parte—. Ni siquiera sé si yo pueda cambiar. ¿Puedo hacer algo diferente? No sé, no tengo ni puta idea. Tengo miedo, Hikkun, miedo de quedarme solo y perderlos para siempre, pero… ¿Es en verdad tan malo haber querido más? ¿Haber querido…? ¿Qué quería para empezar?

    Su llanto fue doloroso, desbordado y patético.

    >>Es una idiotez. Soy un imbécil —soltó una risa amarga, ahogada por sus lágrimas. Fue anticlimática viniendo de él—. ¿No lo perdimos todo ya una vez? Todos nosotros en diferente forma perdimos y seguimos perdiendo. No es el fin del mundo, porque hemos vivido esto ya una vez y peor. Porque ya sabemos cómo duele, ¿entonces qué importa? ¿Qué debería importar? Además, fue culpa mía, como siempre. No debería estar llorando nada de esto.

    Sin embargo, no dejaba de hacerlo.

    Mi propia borrachera me daba algo de vueltas, pero arrojé el teléfono junto a la hierba sobre la chaqueta y regresé al interior del baño. Busqué una toalla de las de secarse las manos, la humedecí en el lavabo y me agaché para limpiarle el rostro a Cayden. Se resistió, el maldito hijo de puta siempre se resistía a cualquier cosa y era por eso que todo le salía mal, por eso le habían dejado ir un golpe en la cara y por eso estaba aquí llorando como imbécil, por resistirse a sentir sus emociones sobrio.

    Bufé mientras le encajaba una mano en la nuca, inmovilizándolo para que me dejara limpiarlo, y hecho eso arrojé la toalla al lavamanos y bajé la cadena una vez más aunque el mocoso no había vomitado de nuevo. Me humedecí las manos, le aparté la mata de pelo del rostro, algo larga e indomable en la zona del fleco. Sus rizos, en general bien cuidados, lucían secos y echados a perder, ya lo había notado desde el principio. Todo él en general parecía descuidado y consumido. No pude hacer más que seguir pensando en lo patético y frágil que lucía, como un pedazo de vidrio agrietado.

    Si no fuese tan delicado, tan sensible, esta fuerza indómita podría arrasar con todo como había hecho su viejo, pero era un inútil, moría por su propia mano una y otra vez. Me enfurecía porque lo tenía todo para llegar lejos, para vivir mejor que tantos de nosotros, y seguía empeñado en lamerse heridas que ya deberían haber cicatrizado hace mucho. No usaba el fuego que poseía para cauterizar los tajos en su cuerpo y detener el sangrado, era un maldito estúpido.

    —¿Cómo sientes el viaje? —pregunté aunque él estaba apartándose de nuevo, enfurruñado—. La hierba, Cay, ¿cómo va?

    —Estoy pegado a este baño, siento la sangre en las venas y todo da vueltas —murmuró, lento y con dificultad–. No me toques. Ya no me toques.

    —Maldito insolente —susurré y lo dejé abrazado al inodoro—. Siempre fuiste así.

    Sollozó, al tomar aire éste le rasgó la garganta y yo suspiré. Sin duda me lo estaba pasando bomba con Magdalena, vaya puta mierda, y encima Fumi se echaría una semana molesta como si no follara con toda la comarca cada que se peleaba con su novio. ¿Por qué diablos toda la gente que conocía era tan problemática?

    —¿Llamo a tu casa para que te vengan a buscar?

    Negó con tal fuerza que de milagro no se torció la nuca.

    —¿Yuzu? —Negó de nuevo con más vehemencia—. ¿Arata?

    Don't.

    Joder.

    —¿Ko?

    Don't! —repitió, agresivo esta vez, y un nuevo sollozo le sacudió el cuerpo.

    Un último intento. Uno solo, debía sacarlo de aquí.

    —¿Hubert?

    No contestó de inmediato, siguió llorando, tuvo otra arcada más sin regresar nada y casi pude ver el momento en que se rindió. Asintió, el gesto fue casi imperceptible, pero dijo que sí con la cabeza y vi como sus gestos se descompusieron en un intento burdo por detener su caos sin éxito. No parecía que fuese a vomitar más, pero no me atreví a moverlo y salí del baño para ir a la cocina, allí me bebí dos vasos de agua casi sin pausa y regresé con Magdalena, que para este punto dudaba que supiera por qué estaba llorando en plena borrachera, como dudaba que Arata recordara nada de su propia intoxicación.

    Daba igual al final del día, yo solo debía sacar a Cayden de aquí. No tenía derecho a tocarlo o el deber de cuidarlo, no luego del Shimizudani. Este niño no tenía que volver a respirar el mismo aire que yo, nunca más, ¿pero cómo podía quitármelo de encima cuando estaba acostumbrado a huir con Yuzu o conmigo desde que regresé con ellos?

    De la nada mis pensamientos trepaban por las paredes, así que tomé el teléfono del mocoso otra vez, usé su mano para desbloquearlo y esculqué en sus contactos hasta dar con el del dichoso Hubert. Miré el número varios segundos, lo miré y lo miré, a sabiendas de que seguramente Cayden, cuando recuperara conciencia de sí, querría romperse la cabeza al ver dónde, cómo y con quién estaba, además de la forma en que yo me deshacía de él. Por un lado el maldito idiota nunca pedía ayuda, por el otro era leal al punto del masoquismo y confluirían ambas cosas cuando despertara.

    No era mi puto problema

    Tenía que madurar de una vez.

    Marqué al número por fin, lo hice desde el móvil de Dunn, y me llevé el aparato a la oreja. Timbró una, timbró dos, timbró tres veces y cuando creí que al final tendría que hacerme a la idea de cuidar un borracho el chico al otro lado atendió por fin. El pobre diablo sonaba adormilado, tenía la voz, grave de por sí, pastosa, pero de inmediato noté la cuota de preocupación en su tono.

    —¿Cay? —No tardó mucho en coordinar algunos pensamientos más—. ¿Te encuentras bien?

    —Habla un amigo suyo, Sugino. A Cay se le fue la mano con el alcohol en mi casa en Taitō, no está muy bien ahora mismo y la borrachera se le revolvió con alguna tragedia emocional, así que lleva un rato algo descompuesto, pero accedió a que te llamara a ti —expliqué sin detenerme mucho en nada, tampoco le di tiempo a procesar el asunto—. Creo que estar contigo lo ayudaría más, yo no podré cuidarlo más que algunas horas, tengo asuntos que atender en la madrugada, ¿crees p-

    —¿Podrías asegurarte de estar pendiente de él durante unos veinte minutos, Sugino-san? —El honorífico quiso hacerme gracia, pero en la forma en que me interrumpió a pesar de su formalidad reconocí el chispazo de angustia por Cayden. El infeliz tenía la puntería de un francotirador, ¿cierto? Siempre amables, pacientes y comprensivos con sus arrebatos, ¿pero hasta cuándo?—. Si me haces llegar la ubicación estaré allí tan pronto como me sea posible.

    —Sí, claro.

    Me quité el móvil de la oreja, le envié la ubicación al chat, también el número de apartamento y le dije que si necesitaba dinero yo aquí le pagaba el Uber. El muchacho, extremadamente correcto en su forma de hablar, declinó la oferta y entonces colgué, dispuesto a esperarlo. Cayden, hasta ahora doblado en el inodoro, se enderezó a velocidad de caracol y buscó recostar la espalda en la bañera. Una vez lo consiguió flexionó las rodillas, apoyó los brazos en ellas y dejó caer la cabeza en medio. Lo vi pasar saliva, el estómago se le contorsionó, pero no pasó nada más y solo eructó. Creí percibir que arrugaba las facciones, asqueado consigo mismo.

    —Ya viene tu amigo, Cay.

    Yeah —murmuró, ido, sorbiendo por la nariz.

    Pasaron cinco minutos cuando estaba vomitando otra vez. Ya no hablaba, pero no paraba de llorar y tuve que dejarlo quieto un rato para evitar un potencial muladar en mi baño. Cuando volvió un poco en sí de nuevo yo ya había encontrado una camiseta limpia y me encargué de desabotonarle la del uniforme. El cabrón siguió resistiéndose, se cagó en mis muertos y al desvestirlo vi lo delgado que esta estaba, pero en verdad siempre había sido un poco así. No dije nada, qué va, le puse la camiseta negra, lo dejé otra vez contra el inodoro y busqué una bolsa donde meter la camisa de su uniforme antes de zambullirla en su mochila. Al abrir el salveque vi dos cajas de chocolates, pero de todas maneras metí allí la bolsa con su camisa, luego la chaqueta con la hierba y la billetera.

    Al volver al baño Cayden estaba desplomado contra un costado de la bañera, con la conciencia titilando como una vela, y me acerqué para palpar sus bolsillos. Ya no se resistió. Creí sentir la forma de un encendedor, también de una caja metálica y algunas monedas. El vicioso tenía el hábito de cargar porros liados previamente, supuse que los tenía allí, pero yo no era su madre ni Arata para decirle que no se drogara. Lo que hice fue más confirmar una sospecha, pero entonces algo sonó, un empaque plástico y metí la mano para sacar una bolsa con un paquete de pastillas. Era… ¿Quién le había dado esto? ¿El que cultivaba la hierba? Eran cuatro y quedaban dos, el nombre que leí no era distinto a lo que se había metido Arata hace cuatro años. Sedantes… tres sedantes distintos, porque la cepa de marihuana que fumaba con frecuencia también lo era en comparación a otras. Este niño era un estúpido, en su afán por acelerar hasta noquearse bien podría haberse provocado un paro.

    Maldije por lo bajo a sabiendas de que entonces por las pastillas había llegado aquí ya desconectado y había seguido metiéndole a su sistema. Este chico no estaba acostumbrado a consumir algo que no fuese hierba a cantidades industriales y alcohol, por Dios, ¿qué hacía con fármacos? Ni siquiera le habían interesado nunca. Abrí las pastillas, las arrojé al inodoro y entonces pesqué a Cayden por debajo de los hombros, arrastrando todo su cuerpo de regreso a la taza del baño y lo obligué a abrir la boca; no quería, pero tenía que sacar todo lo que tenía en el estómago, lo que quedaba de alcohol al menos. Introduje los dedos y lo forcé a vomitar una vez más; porque no podía dejarle este marrón a otro y porque… ¿Por qué, si lo habría reventado a palos si me lo pedían? ¿Si lo habría matado si eso significaba que yo viviría?

    ¿Los quería todavía?

    ¿Podía quererlos si actuaba a sus espaldas y los usaba para sobrevivir?

    Iba a volverme loco.


    Me apartó, de la nada usó fuerza real a pesar de ser un puto palo de dientes y me hizo a un lado casi tirándome al suelo en el proceso, pero pronto estuvo botando las tripas en el retrete y creí oírlo decirme que podía irme a la mierda, que estaba loco, que no quería una mano en la campanilla y llegué a preguntarme si habría preferido una polla entonces, pero entendí que la idea surgió de mi molestia hacia él en ese momento y supe callarme. Incluso si no recordaba una mierda luego no era algo con lo que quisiera ofenderlo, como nunca había ofendido a Arata al respecto ni a nadie.

    De cualquier manera, haber forzado el reflejo lo puso a voltear el estómago hasta que, ahora sí, no quedó nada más que sus mocos y sus lágrimas, entonces bajé la cadena otra vez. Toda la porquería, pastillas incluidas, desaparecieron y me lavé las manos una y otra vez. Dunn seguía llorando y temblaba como un perro mojado, pero gradualmente recuperaba un mínimo de conciencia. Solo recién pensaba en lo frío que estaba su cuerpo al tacto, las sustancias no le permitían regular su temperatura.

    Le limpié el rostro de nuevo, lo forcé a levantarse y le pedí que se enjuagara la boca con pasta de dientes. Lo hizo con mucha dificultad, sujetándose a mí como si fuera un salvavidas, en verdad sus dedos se aferraban como garras y me sentí atrapado por él, encarcelado. Bebió algo de agua del grifo y lo frené porque si tomaba demasiada acabaría vomitándola también.

    —¿Dónde vive tu amigo?

    —¿Quién? —balbuceó mientras lo ayudaba a sentarse en el piso otra vez y sorbió por la nariz.

    —Hubert.

    —Hubby —murmuró, perdido en el vicio, pero su voz se suavizó aunque se le quebró con el nombre que dijo al final—. Es de Bunkyō igual que Vero.

    Todavía temblaba, así que fui por su chaqueta y se la puse aunque me costó un poco, porque a él la coordinación se le había ido de vacaciones. Le cerré la cremallera y el abrazo de Yako, pues era herencia suya, pareció calmarlo y se hizo pequeño dentro de la prenda, dejando las manos dentro de las mangas. Muchas veces olvidaba de dónde provenía la sangre de este muchacho pues su aspecto era frágil, delicado, y lo hacía lucir pequeño a pesar del estirón que había pegado y, según me parecía, seguía pegando. Cosas pequeñas lo derribaban y él cedía al peso del mundo, entonces de nada valía de quién fuese hijo.

    Pasó un rato y empezó a cabecear, pero intentó no quedar inconsciente, se esforzó por ello y lo escuché murmurar una canción para sí mismo. Algo sobre un halcón. Eso pareció regularlo un poco más en combinación con la chaqueta y, sobre todo, con el hecho de que su sistema ya no batallaba tanto con el intento de procesar la cantidad de veneno que se había metido en el transcurso de la salida de la escuela a su llegada a mi apartamento, pero estaba débil y deshidratado. Tendría que darle indicaciones a su amigo.

    —Cay Cay —lo llamé sin reparar en el apodo, fue solo para que siguiera despierto.

    —¿Qué? —susurró con brusquedad y cortando la canción de tajo, adormilado. Al menos parecía que lo que quedaba del fármaco no había hecho tanto destrozo como el montón de alcohol y la hierba, reaccionaba con lentitud, pero lo hacía—. Tengo frío.

    —No te duermas, si te duermes va a ser una cagada. Quédate despierto.

    —Una cagada ya es. I'm sleepy, dizzy and cold —dijo en un hilo de voz, sorbió por la nariz de nuevo y se limpió las lágrimas con la manga de la sukajan—. Quiero un abrazo.

    No dije nada… No podía. No debía tocarlo, no podía pretender consolarlo porque yo lo había usado para probar mi valor y que haría cualquier cosa con tal de sobrevivir. Cayden podría recibir un tiro entre las cejas por mí, por cualquiera de nosotros, pero yo había fallado a esa lealtad ciega. Les fallaba una y otra vez, por eso era mejor que no hiciera nada, que no le diera algo que a la larga solo le haría más daño.

    No merecía su amor.

    Por eso debía sacarlo de aquí.

    .
    .
    .
    .
    .

    No supe cuánto tiempo pasó en realidad, me ocupé en mantener a Cayden despierto y reaccionando para estar seguro de que no tenía que llevarlo a emergencias o alguna mierda así. Estaba descompuesto, sí, pero al menos había dejado de quejarse del frío y por rebote ya no temblaba como perro mojado. Había seguido balbuceando mierdas, eso sí, y lloriqueando de forma bastante resignada y menos aparatosa. No eran más que lágrimas intermitentes en medio de los nombres: Kohaku, Verónica, Ilana, sus tíos y su madre, decía que no sabía cómo ser honesto porque no quería que doliera, pero que seguía doliendo a pesar de eso y que no sabía qué hacer. Que le daba miedo admitir lo frágil que era y que otros se dieran cuenta, que era mejor cualquier cosa que llevar tres putos días llorando, pero le daba miedo que sus emociones ahogaran a los demás, que nadie elegiría eso a voluntad y que él no quería forzar a nadie a soportarlo.

    Que quería apagarse.

    Dejar de sentir todo.

    Cuando consideré que parecía tener algo más de fuerza y movilidad coherente lo levanté por fin, me costó lo suyo, pero él pudo usar las piernas una vez estuvo estirado y lo saqué del baño para llevarlo al salón. Hace algunos días había comprado un sillón, era de segunda, sencillo que te cagas y de una sola plaza, pero lo dejé allí. Se hundió en el asiento, dejó caer la cabeza hacia atrás en el respaldo y respiró con dificultad, lo vi parpadear, seguramente haciendo un esfuerzo monumental por enfocar el techo sobre su cabeza.. Yo me había quedado de pie frente a él, respirando por el esfuerzo, y sentí una gota de sudor bajarme por la nuca. Mis ideas seguían colisionando y lo que sentía desde que Arata había estado por palmarla en mis brazos me punzaba hasta los huesos. ¿Por qué?

    ¿Por qué aquí?

    ¿Por qué conmigo?

    Tocaron a la puerta, deteniendo mi tren de pensamientos, y dejé a Cayden para ir a abrir, a sabiendas de que se trataba de su amigo. Quien apareció fue un muchacho de cabello y ojos oscuros, pero rostro amable y entonces comprendí todo incluso más que antes. Si bien Cayden se juntaba con personas como Arata y yo, como Ratel y algunos de los demás y nos quería, había algo que podía más con él. Violentaba todas sus resistencias y, de vez en cuando, incluso sus miedos: la amabilidad y paciencia. Por eso le brillaban los ojos al ver a Kaoru y por eso quería tanto a Kohaku, por eso, también, quería ser mejor y amar a los otros a plenitud… Quería y tropezaba constantemente en su anhelo.

    El caso era que se notaba que lo había sacado de la cama a la fuerza, lucía algo adormilado, pero en su rostro vibró algo que bien pudo ser disonancia a secas. Lo sentí mirarme, tenía la misma forma de ver que Cayden o eso creí, era… Te atravesaba el cuerpo. Debía estar uniendo puntos también, pues sus ojos repararon en mis tatuajes y mi aspecto en general, ¿este chico sabía de las amistades que tenía? Arata, por ejemplo. No dije nada, en su lugar volví a presentarme y él hizo lo mismo, dándome su nombre completo esta vez: Hubert Mattsson. De esa forma lo invité a pasar, diciéndole que me siguiera, y caminamos hacia el salón.

    —¿Qué fue lo que ocurrió con Cay? —interrogó.

    ¿Qué tanto debía decir?

    —Al parecer tuvo problemas con un amigo en común y seguramente algunas cosas más —comencé a decir en voz baja, a mí se me había bajado la borrachera de sopetón—. Llegó aquí hace algunas horas y estuvo bebiendo mucho. Lo golpeó todo el alcohol de repente, lleva un buen rato llorando, como no puedo quedarme le pregunté a quién podía llamar y aceptó que te marcara a ti.

    Si el mocoso quiso decir algo o sabía más que yo se lo reservó pues entramos a la sala. Alcé la voz para anunciar que Hubert había llegado y Cayden, en su delirio de ebrio, se enderezó muy lento y se puso de pie. El chiquillo se le puso al corte, para cuando el pelirrojo estaba acercándose ya lo había interceptado, pero de todas formas Dunn lo abrazó, prácticamente se le fue encima y lloró otra vez, ahora en silencio, nada de sollozos dramáticos ni ahogos.

    Hubert lo sostuvo con una paciencia infinita, por más angustiado que estuviese, y el destrozo de Cayden empezó a regularse apenas estuvo en unos brazos que sí pudieron sujetarlo de verdad. Se hizo pequeño allí, contra el cuerpo de su amigo, quien le hizo un mimo entre el cabello y gradualmente se fue acuclillando hasta que hincó las rodillas en el suelo. No soltó al pelirrojo en ningún momento, aunque de por sí casi fue él quien lo llevó al suelo, pero así pudo sujetarlo mejor. Las manos de Dunn empuñaron la ropa ajena y creí notar que los ojos oscuros del niño detallaban el bordado del dragón dorado en su espalda, en medio de aquel abrazo tan caótico.

    Era, a fin de cuentas, la marca de una antigua bestia.

    —Hubby —lo llamó, sonó como un niño mimado, la voz la tenía afectada por la llorería. ¿Cuánto llevaba así? ¿Una hora y pico? Perdí el sentido del transcurso del tiempo—. Thank you. Gracias por venir por mí, gracias, perdona por molestarte así.

    —Te hice saber que podías despertarme —murmuró el chico, la caricia había pasado a su espalda—. Es un alivio saber que pudiste escuchar mis palabras entonces. Estoy aquí, Cay, estoy contigo.

    No te paralizaste, dijo Cayden.

    Viniste por mí.

    Viniste por mí.


    Sonaba como un mantra, tenía algo de ritual, pero era usual en este chico, en su ansiedad e impulsividad. Observé el cuadro en silencio, las ideas de ebrio de Dunn seguían derrapando, chocando entre sí y revolviéndose. Al decir aquellas palabras creí vislumbrar la manera en que cada problema colisionaba, las líneas se cruzaban volviéndose una sola, y el corazón de Cayden sangraba; su viejo, Ko, ¿qué más pasaba? Solo Dios sabría, pero la línea conectora… Ser elegido, ¿cierto? Por eso se había pegado a Kaoru, a Kohaku, por eso seguía robando y se revolcaba en la atención de aquellos que querían ser igual de buenos con las manos, dobles sentidos a un lado. Siempre había sido así, necesitado de atención. Por eso sonaba aliviado al ver a Hubert aquí, aunque por la mañana sufriría al ver que el niño había sido arrastrado al vórtice de su remolino.

    Lo dejaría manchado de sangre y hollín.

    Durante algunos minutos el moreno se centró en solo escuchar los desvaríos de su amigo, le respondió cada uno, conciliador, y por cada disculpa le hizo saber que para eso estaban los amigos. En algún punto le traje algunas servilletas, se las extendí al más joven y le alcancé un vaso de agua a Cayden, que lo tomó con manos temblorosas y lo bebió a velocidad. Iba a frenarlo, pero lo hizo Hubert y le limpió el rostro empapado de lágrimas con una de las toallas de papel.

    —Bebe sorbos pequeños, Cay —le pidió en voz baja—. Te ayudará a tranquilizarte.

    Dunn, quien se mostraba grosero y altanero cuando alguien intentaba darle órdenes, era ridículamente sumiso bajo las manos correctas, lo sabíamos todos, y cedió al chico con una facilidad absurda cuando a mí había estado a punto de pegarme por tocarlo para ayudarlo. Respiró con cierta dificultad, saltándose un par de inhalaciones al tomar aire, pero bebió despacio, en sorbos pequeños y se quedó mortalmente quieto al sentir las manos de Hubert sobre él otra vez. El muchacho lo sostuvo por los hombros, frotándolos suavemente, y al pelirrojo se le aguaron los ojos de nuevo.

    —¿Te gustaría que te ayude a regresar a tu hogar? —le preguntó, recibiendo el vaso de agua y alcanzándomelo a mí para volver a hacerle el mimo en los hombros.

    Dudó, me di cuenta que si este chico le decía que lo llevaría a su casa posiblemente lo dejaría, pero como fue una pregunta trastabilló y pudo escapar por una rendija, incluso así de ebrio y drogado. Al parpadear un par de lágrimas se derramaron de sus ojos y negó con la cabeza.

    —No quiero que mamá se preocupe —dijo en un murmuro—. No quiero que se preocupe. Ya debe estar dormida, es mejor que descanse, que no se preocupe. Sabe que si no he llegado a cierta hora no tiene que esperarme. Estoy bien, estoy bien.

    —Eso dicen siempre los borrachos —atajé, desganado, y a Cayden se le escapó una risa ahogada bastante sin gracia.

    Hubert no dijo nada, pero intercambiamos miradas de una forma un poco críptica. La mentira que le había zampado por teléfono no me pesaba en la conciencia, me importaba tan poco que siquiera había atisbo alguno de culpa en mis facciones, así que incluso si pretendía leer algo, no había nada. Lo que sí supuse fue que el chico estaba barajando cómo resolver eso, el tema de sacar a Dunn de aquí. Era su problema, le pasaba por elegir estas amistades de mierda, justo como a mí.

    —¿Preferirías quedarte conmigo?

    Otra duda, pero Cay asintió con la cabeza y le temblaron los labios, pues estaba conteniendo el llanto, ya algo más consciente. A este paso comenzaría a guardar recuerdos entrecortados. El alcohol le impedía filtrar sus decisiones y emociones, era un caos absoluto, pero desinhibido como estaba era mortalmente honesto aunque todo sonara como una estupidez o una locura.

    —Me iré por la mañana —susurró—. I promise.

    Le dimos algo más de tiempo a Cayden para refrescarse y aún así hacer que se metiera al Uber probó ser una tarea algo complicada, al final le dijimos que se acostara en el asiento de atrás. Mattsson se quedó en la acera unos segundos, mirándome, y tuve la sensación de que había algo que quería decir o preguntar. Bajo los faros de la calle sus ojos lucían más oscuros que antes y a pesar de ello no perdía la amabilidad inherente en sus facciones, era extraño. Se parecía a mí, a Sonnen también, y a la vez era tan diferente. Hasta entonces no se me había ocurrido que figuras así de oscuras pudieran, de alguna manera, reflejar los colores de otros. Si este muchacho estaba aquí era porque Cayden lo quería y ese afecto era recíproco, era genuino.

    No se parecía en nada a lo que existía ahora entre los chacales y yo.

    —Vigila su sueño durante algunas horas, dale agua si necesita y puede que se levante al baño algunas veces, pero ya debería poder ir solo, como mucho guíalo para que no se pierda en una casa ajena —empecé, pues porque dudaba mucho que este niño se hubiese embrochado así alguna vez—. Cuando despierte quizás siga un poco ebrio y la resaca no empiece a patearlo de inmediato, le vendrá bien algo para el dolor de cabeza y para la acidez en el estómago. Es poco probable que quiera comer hasta bien entrada la tarde, tendrá náuseas un rato, pero si puedes haz que coma algo liviano, un caldo de cualquier clase y que se hidrate. Dudo que haya estado comiendo bien en… Ni idea, semanas seguramente.

    Ese fragmento de verdad pareció desajustarle las emociones al niño, algo parecido a la incredulidad le pasó por las facciones y se mezcló con la preocupación que ya de por sí tenía grabada en la cara desde que abrí la puerta. Dudaba que conociera realmente los excesos a los que podía llegar Cayden, desde lo muchísimo que fumaba, lo poco que comía y sus ansias por ser el centro de atención. De hecho, ni siquiera creía que alguien además de Yuzu, Arata y yo lo supiéramos en verdad o que alguien supiera hasta dónde era capaz de llegar, ardiendo. Había una parte de él que ansiaba parecer siempre bueno, siempre compuesto y amable, siempre accesible y dulce, al menos era así con ciertas personas. Era así con su madre, Kohaku y quizás con este muchacho, pero la fachada estaba cayendo. Ya no soportaba más.

    El espejo se quebraba.

    Y era su momento de ver si quienes amaba estaban dispuestos a aceptarlo así.

    Defectuoso, herido y caótico.


    Mattsson me agradeció por las indicaciones, dijo que iría a una farmacia cuando estuviera seguro de que dejarlo solo unos minutos no fuese peligroso y que cuidaría de él. Al mirar hacia el coche, donde el chofer esperaba pacientemente y Cayden ya estaba guardado, como un secreto en un ropero familiar, en sus ojos vibró una chispa de algo que no fue confusión del todo, fue pura y simple incapacidad de comprender a su amigo. Lo que sabía jamás incluía la posibilidad de venir a buscar a Cayden intoxicado y convertido en un mar de lágrimas, lo que sabía seguramente era tan abstracto como lo que sabíamos los demás, pues este chico no se dejaba tocar. Vivía su vida entre barrotes, pues era allí donde había nacido y a veces parecía que sería allí donde moriría.

    Como un lobo en cautiverio.
     
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    Zireael

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    Escritora
    Título:
    Darling, we knew this fire wouldn't make it [Gakkou Roleplay]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    7785
    Edit: Canon para la madrugada del lunes 27 de julio.

    Se cayó el foro y pasaron tantas cosas en medio que siento que ha pasado media vida desde entonces. En su momento tenía esto casi terminado y ahora de alguna manera quiero publicarlo para recuperar un cacho de normalidad o al menos poder pretenderla. Mañana vuelvo a trabajar y no tengo la menor idea de cómo voy a lidiar con los días siguientes ni con la certeza de que tendré que hacer uso de una fuerza que, de nuevo, muchas veces creí no poseer.

    En fin, todo este fic lo musicalizó Bad Omens desde el principio y así seguirá siendo. Todavía no sé si quedará como three-shot o mutará a long-fic. Ya veremos, ya veremos.

    En sí la redacción de esto fue media caótica, pero me gustó idk. La letra mezcla lyrics de Dying to Love y Reprise (The Sound of the End)



    III

    stepping stones that bloody your feet
    sirens holding flowers of teeth
    they call your name from ivory streets
    but Heaven isn't quite what it seems

    .
    I've been dying to love, dying to love, dying to love
    one more second's enough, second to love, second to love

    .
    they circle over the stain
    my essence slipping away
    waiting their turn for a taste
    so tell me, how does it taste?
    and was it all worth the wait?
    so was it worth what it takes?

    .
    there's a thousand voices in my head
    I just hope it doesn't take a rope around my neck
    to put them all to rest
    I wanna feel love, I wanna feel love again
    I've been dying to love


    .

    .

    .
    The Destroyer
    | Arata Shimizu |
    .
    .
    .



    Llevaba desde el viernes intentando contactar al mocoso sin éxito alguno, el teléfono o estaba apagado o no me respondía los mensajes o la mierda que fuese. El domingo había tratado de llamarlo varias veces desde que desperté a eso del mediodía, pero seguíamos igual, no atendía el teléfono personal ni el número actual que usaba para sus negocios y empecé a angustiarme, recordando el pedido de Kohaku. No estaba donde Yuzu porque ella le había pedido las llaves, dudaba que estuviera donde Hikkun a esta hora, ¿pero entonces qué? ¿Estaba noqueado en su casa? Las llamadas cumplían un doble propósito, averiguar cómo estaba él y también sondear si, de pura casualidad, habría escuchado algo en la calle estos días aunque lo ponía en duda con su estado. Quise acudir a él para saltarme el paso de tener que acosar a Hikari, pues sabía que huía de mí luego de haberme salvado el culo, pero no me quedaban muchas opciones y de por sí como le había dicho a Sasha, nada me costaba ir al apartamento de Hikkun.

    Podía intentar acudir a otros, pero Yuzu me habría contado cualquier cosa rara y lo mismo pasaba con los Ootori, aunque llevaban desvinculados de la calle mucho tiempo, ocupados con sus vidas a pesar de que Masaki seguía trayendo a Kurosawa a la escuela religiosamente. Para no dar vueltas como estúpido tendría que ir con Hikari y que él me hiciera la caridad de buscar información con sus muchachos. Igual no era algo que haría a mediodía, tendría que esperar a la noche, cuando Unigwe me dejara libre que seguramente sería pasada la una de la madrugada.

    Tenía otro montón de mierdas en medio, eso sí. El contacto de materia prima quería concretar otra reunión y había tenido que bailarlo, diciéndole la verdad, que el trabajo no me soltaba hasta después de medianoche y aunque el tipo sonó decepcionado, accedió a que nos viéramos de nuevo en el izakaya donde trabajaba Shigeru a la una y treinta. Con eso acordado y lo de Hikari pendiente, fui y vine con Unigwe por todos los barrios como un imbécil.

    —¿Qué tan mal están las cosas para que aceptaras este trabajo así sin más? —cuestionó cuando estábamos iniciando el camino hacia otro de los pubs del viejo de Cayden, seguramente llevaba días con la pregunta atorada.

    —¿Masaru no te lo ha mencionado?

    —No. Respeta los tiempos de sus personas —convino encendiendo un cigarro y sacando la mano por la ventana de la camioneta.

    Tomé aire, fue una inhalación profunda y derrotada. Ni sabía cuántos días llevaba muerto Ryouta, pero daba igual, todo esto había empezado a colapsar por culpa suya. Siempre todo se iba a la mierda por un viejo hijo de perra.

    —Empezó porque una amiga tenía una deuda con unos imbéciles, una que pude evitar siendo más cuidadoso, y luego continuó porque mi viejo la palmó y mi madre cayó en crisis —expliqué sin detenerme mucho en nada, esa era la base de todo—. Por años ha trabajado todas las horas extra y más, pero así no puede y hemos tenido que cubrirla. Además de que debo encontrar una manera de seguir consiguiéndole medicinas, ya sabes, para los nervios y todo lo que ha vivido.

    —Hmh. Una cagada —dijo con algo que no sonó a desinterés, fue pura resignación ante los hechos.

    —¿Y tú? —pregunté unos segundos después, en la pausa de una luz roja—. Llevas esas joyas, ese reloj, pero tu mirada es la misma que la mía. ¿Qué hiciste para crear una ilusión tan buena?

    Esa era la pregunta que yo también tenía atorada hace tiempo. Unigwe no respondió de inmediato, se limitó a fumar y observar el paisaje nocturno por la ventana abierta. Ahora que lo pensaba, ni siquiera estaba seguro de qué edad tenía este hombre, solo que era mayor que yo. Aunque fuera el gerente de un bar como el dot&blue y se vistiera como le diera la gana, con todo el lujo que quisiera, había algo en el agotamiento de sus ojos que no dejaba de parecerse a lo que yo veía en el espejo cada mañana mientras me lavaba los dientes habiendo dormido cuatro, tres o dos horas.

    —Antes de dar con Masaru di con su padre, Shiro —dijo luego de una calada, el humo escapó por su nariz—. Tenía el mismo relámpago en el fleco y los mismos ojos de ese color extraño y primero pensé que sería igual de hijo de puta que todos los japoneses, que nos aborrecería por extranjeros y, encima de extranjeros, negros. No fue el caso. Ahora todo lo que puedo resaltar es que siempre me pareció curioso cómo podían mirar a los demás con tanto amor y también con tanta ira. Es una lástima que lo mataran y con hijas tan pequeñas. Lo conocí un par de años antes de su muerte, había perdido prácticamente todo y me dedicaba a robar y estafar turistas estúpidos en el Triángulo. Shiro me ofreció trabajo y me cuidó, hizo lo mismo con algunos nigerianos más.

    El tipo dio otra calada.

    >>Estaba empezando a calmar a algunos, pero luego de su muerte ya no hubo un salvador y los que lo conocíamos volvimos a los malos hábitos. Así logré conseguir buena parte del dinero que ahora tengo, es pasta sucia, claro. Drogábamos a los turistas en las discotecas de Roppongi, les quitábamos lo que cargaban encima y hacíamos fiesta con ello y con el dinero de cada noche —remotó unos segundos después—. Ese fue el caos en que vivimos prácticamente hasta que apareció de nuevo el rostro de Shiro… y lo reconocimos. Masaru empezó desde abajo, se ganó la confianza de hermanos menores, de hijos pequeños, de las madres agotadas. Los cuidaba y sigue cuidando como si fueran suyos y así, sin que nos diéramos cuenta, se ganó el favor de los más viejos y testarudos. Las discotecas se limpiaron en cierta medida y por las noches en Minato no ves niños en los parques, no del barrio al menos. Los perros salvajes jóvenes descansan por la noche, con sus familias, y los demás respondemos a ella. A Licaón. Seguí en las discotecas, pero como trabajador corriente y luego como gerente, hasta que hace un par de años me colocó en el dot&blue porque el jefe le debía algunos favores a su padre. El resto te lo sabes, por muchos años hice este trabajo… Transportar licores por los barrios, a ciertas personas, y llevándole el efectivo al jefe.

    —¿Y de verdad te alcanzó para soportar esta ilusión?

    —Alcanza cuando no haces más que trabajar, Honeyguide —argumentó junto a una risa amarga—. Durmiendo un par de horas cada noche y metiéndote cualquier cosa para permanecer despierto. La vida del famoso, ya la conoces, en algún momento empieza a aflojarse la cuerda alrededor de tu cuello-

    —Pero nunca te suelta.

    —Es correcto.

    Me permití un suspiro casi derrotado, no me salió otra cosa, y por la esquina del ojo percibí que Unigwe encendía otro cigarro usando la colilla a punto de extinguirse del anterior. Me lo alcanzó como si nada y lo tomé casi con aburrimiento para darle una inhalación profunda. Mientras fumábamos guardamos silencio, acompañados solo por el sonido del radio, el motor y algunos otros autos. Las luces de la calle producían sombras extrañas, casi vivas, y alcancé el teléfono para husmear de nuevo el chat de Cayden. Nada. Kohaku luego de su pedido tampoco me había respondido nada más, solo reaccionó al mensaje que le envié como respuesta y yo no me atreví a molestarlo con preguntas que seguramente no contestaría. Pensar le tomaba la misma cantidad de tiempo que Cayden le tomaba ser sincero consigo mismo.

    Eran tal para cual de vez en cuando, había sido siempre así.

    —Llevas encima del teléfono todo el fin de semana —advirtió cuando yo tomaba una curva, ya cerca del pub donde tendríamos que hacer la descarga.

    —Mis amigos son bastante burros, ¿sabes? —solté apoyando el brazo en la ventana abierta—. Se pelearon o la cosa que sea y resulta que los dos me pusieron a estar atento del otro.

    —¿En vez de arreglarse y estar atentos ellos mismos?

    —¿Con dieciocho años tú habrías podido arreglarte con la persona que te gusta, pero que se lía con el pueblo o con el que se guardó su sentimiento hasta que reventó y seguramente te llevó puesto?

    —Supongo que no —susurró—, pero entonces deberían-

    —Haberse desentendido por completo el uno del otro, ya sé. Ese es el problema, hermano, que ni siquiera yo sé qué deberían hacer aunque los conozco a los dos, ambos son… Un desastre a su propia manera. Todos lo somos.

    —Tiempo al tiempo, Honeyguide.

    —Solo espero que ninguno se mate en el camino. Puede que el estallido de todo haya sido culpa mía, yo no pensé bien lo que hice, solo quería… De alguna manera quise evitar que se comiera un espectáculo que lo habría lastimado, pero fue una estupidez, ¿no? —Me enjuagué los ojos con los dedos y suspiré, Unigwe no tenía idea de lo que le estaba hablando, pero daba igual—. Ya estaba lastimado, yo lo herí con lo que más le dolía y este chico hace muchísimo daño cuando se siente mal… Es posible que se hayan lastimado mutuamente por primera vez desde que eran de este tamaño y no tengo idea de cómo preguntarle a ninguno de los dos al respecto.

    Hice un gesto con la mano a la altura de mi hombro o algo más abajo, como si eso apuntara a la estatura de los mocosos, y regresé la extremidad a la dirección de la camioneta. Unigwe no dijo nada más, todo lo que hizo fue estirar el brazo y darme una palmada en el hombro para luego quedarse callado hasta que aparqué el vehículo. Renuncié a darle más vueltas al tema y me concentré en bajar el cargamento de licores al pub.

    Metimos la mercadería por la puerta de atrás, como era usual, y salimos por el frente como si nada. El nigeriano se pidió una cerveza y yo me dediqué a fumar afuera mientras se la bebía. Horrigan apareció de pronto, siquiera me miró y aunque pensé en preguntarle sobre Cayden, al final supuse que no tenía caso. Si había apagado el teléfono y cuando lo encendía no contestaba nada, estaba claro que el viejo este tampoco sabría una mierda, como el resto del mundo. Todo lo que esperaba era que su madre no tuviera que llamar a Yuzu de nuevo, que no tuviéramos que repetir esto otra vez.

    Había tenido catorce años y dieciséis, se había apagado a la fuerza ya en una oportunidad, pero ahora estaba más cerca de la adultez, estaba más cansado porque eso era lo único que significaba convertirse en adulto y eso era problemático también. No sabía si a su madre le quedaban lágrimas que derramar o si le quedaban a alguien en sí, tampoco a cuántos todavía les quedaba paciencia para soportar verlo acelerar como loco, esperando matarse. Visto lo visto, pronto volvería a apagarse de verdad y entonces reiniciaría el ciclo. Nada cambiaba, como siempre.

    No había lección alguna en el dolor.

    Algunos sufrimientos no eran más que eso, sufrimiento.

    Dejé a Unigwe en el dot&blue, también la camioneta y subí a la moto para ir a dejarle el efectivo de la noche al jefe. El intercambio fue puntual, sin conversaciones ni absolutamente nada más que un agradecimiento escueto con el que me retiré del punto de encuentro con tal de ir al izakaya en Chūō para reunirme con el contacto que había rescatado Shigeru. El lugar era pequeño con algunas mesas bastante distanciadas las unas de las otras y lleno de lámparas de papel.

    Cuando entré Ratel estaba detrás del mostrador cancelando la cuenta de un grupo de personas y me saludó con un movimiento de cabeza. El cabello blanco lucía amarillento bajo la luz de las lámparas y los bombillos y el verde de sus ojos también. No habló más que para darles las gracias, entregarles la factura y despedirlos, al terminar, luego de que la gente se retiró, salió de detrás del mueble para saludarme con un apretón de mano y un remedo de abrazo.

    —Motonari debería llegar en unos quince minutos —dijo al retroceder para soltarme—. ¿Qué te pongo?

    —Una cerveza nada más.

    .
    .
    .
    .
    .

    —La materia prima que puedo facilitarles son recortes de otros productos, algunos no son del grado de los metales que se utilizan en joyería, pero se le parecen bastante —comenzó el hombre luego de darle un trago a su propia cerveza—. Podría intentar filtrarles material propio de joyería de vez en cuando, pero no es una certeza. Está en manos de tu artesano lograr que ese material alcance la belleza de una pieza fabricada con el mejor metal.

    Motonari Shizuka era un hombre de unos treinta y cinco años como mucho, hijo del director representativo de la Ishufuku, una empresa de fabricantes de productos de metales preciosos y, valía mencionar, un ferviente coleccionador de armas antiguas. Por sus manos habían pasado filos que se remontaban a los orígenes del clan de Minami y otros de la misma época y fue por eso que Yako lo había encontrado, por eso Yuzu había recuperado una reliquia como esa. En su momento Kaoru no era más que un niño, pero Uchibori había intercedido por él y desde entonces Motonari guardaba con respeto el nombre de nuestro Yako y por ello estaba aquí.

    Eso y el amor por el metal en todas sus formas.

    —No me gusta alardear sobre cosas que yo no hago, pero el muchacho tiene talento, Motonari-san. Muchísimo —respondí luego de haber masticado una gyoza del plato que él había pedido.

    Con todo y su posición, era bastante cortés aunque fuese por protocolo y esta noche parecía más accesible a pesar de que había tenido que darle una hora distinta para la reunión. Sabía que la alianza se concretaría, estaba seguro de ello, esta conversación solo era el preludio. Uno de tantos.

    —¿Insistes en reservarte su nombre, Honeyguide?

    —Insisto en ello. El negocio que queremos llevar a cabo es muy delicado —contesté con firmeza, pero sin sonar brusco o grosero. No mencionaría a Rowan, no mencionaría a Sasha ni nada más—. Por eso queremos conseguir materia prima de una persona de confianza, como le comentaba el otro día. Si usted puede facilitarla, nosotros nos encargaremos de hacerle llegar determinado porcentaje. Si lo que nos entregará en su mayoría son recortes, los que irían a parar al reciclaje, entonces pueden pasar casi desapercibidos.

    Motonari guardó silencio, durante algunos minutos no hizo más que dedicarse a beber, comer y pedirse un plato de nigiri y camarones tempura para los dos, así que lo imité. Sentía el cansancio en el cuerpo y el sueño comenzaba a pasarme factura ya, pero tenía que permanecer despierto porque mi noche no se acababa con este hombre. Porque en unas horas tendría que estar en la escuela y el ciclo sin fin continuaría. Por ahora todo lo que sabía era que debía proteger los nombres de Sasha e Ikari y también a nuestra pequeña sociedad, pues los monstruos envidiosos aguardaban en las esquinas incluso a plena luz del día. Si Motonari realmente estaba interesado, aceptaría mis condiciones y me permitiría decirle por fin a los muchachos sobre el tema.

    —La lealtad que mantienes te la enseñó tu Comandante —reflexionó al aire de pronto y lo miré, expectante—. No son muchos los que conservan las enseñanzas de su superior una vez este cae, pero algunos de ustedes, de los chacales, son bastante aferrados. Es una lástima que su imperio cayera de la manera en que lo hizo.

    —Algunas cosas no están destinadas a ser —dije al aire, aplicaba a los chacales como un todo, pero también a Cay y Ko.

    —Pero otras sí —afirmó con una certeza absurda y no supe qué hacer con una frase como esa justo hoy de todos los días—. Hay un precio que deberán pagarme, muchacho, pero no todavía. Ahora puedo hacer un cálculo de la ganancia mínima que necesito, no te pediré más. Uchibori le guardaba mucha estima a tu Comandante, puedes ver esto como un antiguo favor para tu Yako en el que yo elegiré patrocinar tu pequeño negocio.

    —¿Cuál es el precio que estipula? —tanteé entonces.

    —Una pieza original de tu artesano, un conjunto completo. Brazalete, collar, pendientes —respondió de inmediato—. Las piedras preciosas salen de mi colección, sé que es complicado conseguirlas.

    —Sí, sobre eso…

    —Quieres un contacto más, ¿no es así, Honeyguide?

    Asentí con la cabeza algo avergonzado, pues sabía que no podía ni debía pedir tantos gustos, pero era la única persona que consideraba podía ayudarme con algo tan específico. Tarde o temprano no necesitaríamos solo de metales, sino de cristales, piedras y otras cosas usadas en joyería, era solo cuestión de tiempo. Sin embargo, él no estaba en ese negocio como tal, pero quedaba claro que sabía de quiénes sí. La otra opción potencial era el viejo de Cayden, pero no quería tener nada que ver con Reaper si era honesto, en ciertas cosas se parecía demasiado a Ryouta o lo que asumía de él, pues al final no conocía a ninguno de los dos. Todo lo que sabía era que ambos habían abandonado a sus hijos y al reaparecer todo se iba a la mierda.

    A mí me había pedido dinero, había aterrorizado a mi madre.

    A Cayden le vaciaba el alma del cuerpo y lo enloquecía en cuestión de días.

    —Piedras preciosas o lo que pueda pasar como ellas.

    Motonari se llevó una mano al mentón, pensativo, y después volvió a comer y beber como si le diera vueltas a sus opciones o, de cierta forma, siguiera tratando de averiguar si yo valía la pena. Con su amabilidad, la cerveza, el sueño y la comida había olvidado que este hijo de puta no era distinto de otros miles de desgraciados en el mundo que, forrados en dinero, siquiera se dignaban a mirar hacia abajo, que para ellos éramos un error en el sistema y podían usarnos como se les antojara cumpliendo unas condiciones demasiado básicas. La realización me molestó y disimulé el fastidio en mi rostro masticando un trozo de pescado, pero de repente sentí la mirada de Shigeru encima y medio volteé a verlo, sus gestos me indicaron que no estaba disimulando una mierda, así que aflojé el rostro a conciencia.

    —Hay una persona —comenzó el hombre luego de echarme un vistazo y lo vi tamborilear los dedos sobre la mesa, llenos de anillos—. Una mujer, extranjera, que logró endulzar a ciertas personas en aduanas y demás. Aunque, muchacho, vas a tener que arreglarte un poco… Esto es diferente.

    —¿Insinúa que tiene más prejuicios, más sentido de la moral o-

    Shigeru apareció, se llevó los platos vacíos y colocó dos vasos de cerveza hasta arriba. Su mirada hacia mí fue un llamado de atención directo, lo sentí, y recordé de golpe que por algo él había intentado cubrir el vacío de Kaoru. El problema era precisamente ese, que Shigeru no era un líder bondadoso ni con labia, simplemente usaba el miedo y el castigo como sus armas y si algo no le gustaba, alguien se llevaba una hostia. Era alto, algo corpulento y me sacaba cuatro años, lo menos que quería era comerme un golpe y además entendía que estaba intentando ayudarme a llevar esto a buen puerto.

    Me mordí la lengua, bajé la mirada y esperé. No bebí ni comí.

    —Puede sea un poco de todo lo que piensas —afirmó sin intenciones de cubrir el sol con un dedo—. Es curioso, pues empezó de lo más bajo, pero al subir… Rechazó el lugar de dónde provenía y sus personas. Para ganártela tendrás que actuar, Honeyguide, será un show como nunca antes, pero al fin y al cabo fuiste un Capitán y no cualquiera, uno del joven Kurosawa por el que el mismo Uchibori intercedía. Tu Comandante creía en ti y considero que todavía no has averiguado por qué, puede que este sea uno de los primeros pasos. Yo seré tu intermediario y tú, muchacho, conviértete en actor. Sé que alguien te ayudará con ello.

    Estaba demasiado convencido de ello cuando yo ni siquiera podía disimular la cara ahora y entendía que eso venía de la confianza que había depositado Kaoru en nosotros. Algo había visto él, a sus tiernos catorce años, y la marca de ese presentimiento y ese voto seguía sobre nosotros como hierro caliente. Incluso así, últimamente cuestionaba las decisiones de Yako, la manera en que nos unió y la forma en que nos separábamos y caíamos, cómo nos desplomábamos y no sacábamos nada en limpio. No sabía qué demonios había visto en mí ni en el resto más allá de Yuzu.

    No éramos prodigios de ninguna clase, todo lo contrario.

    —Le agradecería mucho su ayuda, Motonari-san —dije entonces haciendo una suerte de reverencia a pesar de encontrarme sentado.

    —Y yo agradeceré mucho ver el talento de tu llamado artesano —apañó él dedicándome una sonrisa que no supe si fue de genuina amabilidad o de suficiencia—. Ahora come y relájate por unos minutos. No todo es trabajo en la vida o al menos no debería serlo.

    Suspiré como si con eso me hubiese dado la señal para terminar con mi escena y encorvé la espalda, relajando la postura. De nuevo la oleada de cansancio me alcanzó y parpadeé con lentitud. Nos quedamos compartiendo platos que pidió Motonari, hablando de trivialidades sin sentido y poco más. Para cuando el hombre se despidió me sentía un poco borracho a pesar de que no habían pasado ni cuarenta minutos y Ratel debió darse cuenta, porque me alcanzó un vaso inmenso de agua que le agradecí como si me hubiese ofrecido la solución a todos mis problemas.

    Eran las dos de la mañana cuando encendí la moto para ir a Taito.

    .
    .


    let me take you back to when I was killed and born again
    woke up in the light convinced my life had made it to its end
    burning up beneath the sun while my father drained of blood
    if he's there, I've got a message for the man that's up above

    .
    it's over when I say and you're not getting rid of me
    so walk into my fire or step into my light
    either way, it's gonna burn if you don't make this right

    .
    .

    Toqué la puerta una, dos, tres veces y cuando Hikari por fin abrió al verme allí arrugó la cara de inmediato, siquiera intentó disimularlo. Lo conocía y sabía que no quería verme, nunca quería verme luego del caos, y yo jamás había entendido por qué. Seguía sin entenderlo de hecho o me negaba a hacerlo, ya no estaba seguro. Una parte de mí rechazaba el cariño que Hikari me guardaba, como a veces rechazaba el de Sasha sin querer o el de Cay o incluso Riamu. No creía merecer esa clase de amor.

    No con la sangre que corría por mis venas.

    A pesar de todo, si había una emoción con la que Hikkun era transparente como el agua era con el disgusto. No lo disimulaba ni una pizca y mientras me miraba, hastiado, se rascó el estómago por encima de la camiseta. Lucía adormilado y pensé que el pobre imbécil seguramente se había logrado dormir hace poco luego de haber llegado tarde de trabajar o hacer cualquier mierda y aquí estaba yo dando por culo. Me miró y nunca me ofreció pasar, tampoco parecía querer hablarme del todo.

    —Necesito ayuda con algo —dije por fin.

    —No quiero hablar contigo ahora —cortó de tajo.

    —Ya sé. No es por mí, Hikkun, si fuera por mí no estaría aquí jodiéndote la vida, sé que luego del otro día no quieres verme y será así un tiempo. Es por uno de mis hermanos —expliqué en tropel antes de que me cerrara la puerta en la cara.

    La mención a mi familia le relajó apenas un poco las facciones, me di cuenta, y su molestia trastabilló a angustia. No era ningún secreto que mi mayor preocupación en la vida eran mi madre y mis hermanos, todos lo sabían, y justo por eso la mención encendió las alertas de Hikari y lo ayudó a enfriar su molestia. A pesar de su carácter, este chico no era estúpido, si el argumento era bueno y coherente él podía retroceder para hablar, para mediar. Fue lo que hizo una vez Cay habló con él luego del incidente con Altan y era lo que esperaba que hiciera ahora.

    —¿Por qué me buscarías a mí por algo que pase con tus hermanos?

    —Porque la vida se me está yendo de las manos, Hikkun, y ya lo sabes. ¿Vas a dejarme pasar y escucharme?

    Dudó visiblemente, pero se hizo a un lado y me dejó entrar. Una vez en el interior de su apartamento cerró de un portazo y ambos caminamos hacia el salón, sobre la mesilla había algunas latas de cerveza y un cuenco vacío con algunos granos de arroz ya fríos. En otro costado descansaba un mechero y una caja de cigarros algo maltrecha.

    —Habla, no tengo toda la noche —exigió mientras se sentaba en uno de los cojines.

    —Seiichi, el de dieciséis —comencé sin preludio ni nada y me senté frente a él, apoyando los brazos en la mesilla—. Apareció con pastillas para mamá, pastillas de corte psiquiátrico.

    Hikari respiró con fuerza en una mezcla de ira y hartazgo que no se preocupó en disimular. De paso se llevó las manos al cabello y arrastró las uñas, en un gesto que también acentuaba esas emociones. No dijo nada de primera entrada, siguió rascándose la cabeza y tratando de despertarse todavía. Tenía el sueño relativamente pesado, le costaba reconectar las neuronas una vez que lo sacaban de la inconsciencia.

    —Quieres saber si he oído algo al respecto, ¿no?

    —Dijo que usó mi nombre para llegar a ciertas personas, el tema es que no sé a quiénes. Quedamos en que la próxima compra iríamos ambos, fue lo único que pude negociar con él.

    Otra respiración hastiada y otro silencio, pero ni una pizca de sorpresa. Sabía que habían cosas por las que no era posible sorprenderse y si lo veía desde afuera estaba seguro de que lo que había ocurrido con Sei era simplemente cuestión de tiempo, que en nuestras condiciones era esperable y casi inevitable. Así como Hikari, mi familia y yo éramos errores del sistema, cosas que no debían existir en la versión ideal del mundo.

    Fallos.

    Muestras vivientes de que el sistema no era perfecto.

    Por eso buscaban eliminarnos.


    Había algo en los gestos de Hikari y tardé en darme cuenta de que era simple extrañeza, confusión a secas. Se masajeó las sienes, bufó y se levantó para buscar su teléfono sin darme una sola explicación. Se puso a hacer llamadas y estuvo al menos treinta minutos en eso. Llamaba a uno, luego a otro, después regresaba al primero y así todo el rato. Fue… raro, era la primera vez que veía realmente la clase de líder que podía ser este chico. Que sí, él también había sido un Capitán, pero eso siempre había sido diferente incluso si su división era más grande que la mía. Aquí veía algo de Yako en él, en su eficiencia, pero también mucho de Shigeru como había sido siempre.

    Sus chicos respondían por miedo, no por respeto.

    Uno se comía un insulto y otro también, incluso aquellos que tenían los huevos para contestarle algo de regreso, pero Hikari estaba consiguiendo información a velocidad. No era precisa, el trabajo de sus sabuesos no estaba ni cerca de alcanzar el de los antiguos chacales, pero aún así estaba atando cabos, uno tras otro. Logró llegar a uno de sus chicos, un vicioso que también vendía lo que le alcanzara las manos, y allí empezó a sacar información de verdad.

    —¿Qué? ¿En dónde? —Hikari suspiró—. Ya, supongo que tiene lógica, pero igual eres un jodido imbécil. ¿Cómo no vas a decirme que usaron el nombre de Honeyguide? Sí, sí, que se le oye con frecuencia. Me importa una mierda.

    Al otro lado del teléfono el involucrado estaba intentando justificarse o librarse del futuro castigo, daba igual, pero Hikkun no estaba atendiendo a un carajo porque seguro lo que decía no tenía ni pies ni cabeza. Era cierto que los dejaba actuar a su antojo, pero no por ello era comprensivo cuando el error o la omisión de información resultaba ser importante al final. A este pobre diablo seguro le tocaría comerse una mierda pronto.

    —Dame un maldito nombre o apodo, rápido, y dónde encontrarlo o cómo. —Un suspiro más—. Junpei. Aparece en los templos, bajo, cabello teñido de rubio y rojo, ojos oscuros.

    Me dio una lista puntual, se la tuvo que sonsacar al idiota, pero resultaba que el templo cerca del estudio de Tessa era uno de esos. No me quedaba más que probar suerte cada noche, hasta dar con el imbécil. Una vez allí bastaría usar mi apodo, como había hecho Seiichi y así, quizás, lograra llegar al Aoyama que desviaba los fármacos que era con quien habría hablado mi hermano, pues lo que le había dicho sonaba fundamentado. No había hablado con cualquier idiota que repartía pastillas, no, había tenido contacto con alguien que tenía conocimientos reales.

    De la manera que fuese, Hikari se levantó y aunque siguió puteando a su muchacho, volvió con un papel donde me había anotado la lista de templos para que no fuese a olvidarlos. Lo recibí para doblarlo y hundirlo en el bolsillo, y para cuando colgó la llamada me miró con el hastío inicial. Entendí la señal y me levanté con intenciones de retirarme, crucé el pasillo, él me siguió y en el momento en que estaba por cerrarme la puerta en la cara me extendió un blíster cortado con tijeras. Estaba vacío, donde alguna vez hubo cuatro pastillas no quedaba ninguna y al leer por encima los restos de la etiqueta trasera, pesqué de qué se trataba: otro tipo de benzos.

    —No fui yo. —Me defendí pues si algo tenía claro era que solo me había metido alcohol, una cantidad industrial, pero solo alcohol—. Quita esa cara de decepción.

    —Cayden —susurró, hastiado, y lo miré como si se hubiese vuelto loco porque lo que decía no tenía sentido—. Madrugada de sábado. El cóctel de excesos bien podría haberle causado un paro, es un jodido imbécil, no está acostumbrado a pastillas de ninguna clase.

    El maldito niño no me dejaba tocarlo y de pronto aparecía donde Hikari sedado.

    —¿Lo cuidaste?

    —La verdad estoy hasta la polla de cuidar gente que no sabe lidiar con sus emociones sin casi matarse en el proceso —replicó, su mirada fue de genuino desdén. No lo pude juzgar, nos la pasábamos juntos porque ninguno de los dos tenía tacto—. Lo mandé con un amigo suyo. No quiso irse con Yuzu ni con nadie más, está-

    —Ya sé —interrumpí, a sabiendas de cómo habría resultado el espectáculo. No tenía que contarme más de lo que yo intuía—. Aunque, Hikkun, también es tu amigo.

    —Sí, y tiene que madurar de una puta vez —ladró—. No puede hacer esta mierda cada vez que se le atraviese un sentimiento.

    Quise reclamarle, pero tenía razón y lo sabía, pero también... Era demasiado complicado en todas direcciones, tantas que me agotaba solo ponerme a explicar o justificar los pormenores. A la larga todo se resumía en la conclusión de Hikari, pero esto también dificultaba el pedido que había recibido. La petición de echarle un ojo no podía lograrse cuando ni siquiera podía alcanzarlo para ponerle la vista encima. Me iban a salir canas verdes.

    —Da igual. Recuperarse de una de esas toma días, así que déjalo respirar, si no se murió el sábado, la verdad que considere una carrera musical. La parte de meterse drogas ya se la sabe al derecho y al revés y tiene la actitud de mierda de los rockstars. —soltó dándole vueltas al blíster y finalmente me lo entregó—. El punto es que tú y yo sabemos quién es la única persona a la que le aceptaría algo así y es quien podría saber de dónde están llegando.

    —El hijo de puta de Tajima.

    Hikkun cerró de un portazo sin despedirse ni nada. Tampoco me dio tiempo a preguntar con quién había enviado a Cayden, si ni de coña aceptaría incordiar a Yuzu, a mí y mucho menos a Kohaku.

    .
    .
    .
    .
    .

    Lo levanté del suelo por el cuello de la camiseta y Tajima pretendió soltarse, sus uñas se aferraron a las uniones de las tablas del suelo, pero lo arrastré en mi dirección y luego usé el punto de ancla para azotarlo contra la madera, la suerte de latigazo tuvo más fuerza de la que, quizás, fuese necesaria. El imbécil se quejó de forma audible y se hizo un ovillo, intentando cubrirse la cabeza. Tenía el cabello bicolor, púrpura y rosa, revuelto y un pendiente se le había zafado de la oreja para ir a perderse más allá. Le sangraba la nariz y la boca, no recordaba cuántos golpes había conectado luego del primero y daba igual, daba exactamente lo mismo. Tajima tenía la edad que habría tenido Kaoru de no estar bajo tierra, veintiún años, pero si acaso pasaba del metro setenta y era igual de flaco que Cayden.

    En otras condiciones se podría decir que me estaba aprovechando de un debilucho, pero este debilucho en cuestión no era cualquiera. Era astuto para muchas cosas, pero incluso así parecía que no lo suficiente para recordar con quiénes no debía meterse por nada del mundo y por eso pagaría el precio. Además era lo que yo necesitaba, lo sabía.

    Un chivo expiatorio.

    Un culpable donde volcar mi ira.

    Me había casi hora y cuarenta encontrarlo, el cabrón se movía con frecuencia y ya estaba en otro apartamento del que no me querían dar la ubicación. Cuando por fin alguien aflojó la lengua conduje como un loco hasta el lugar y Kairi, después de oír mi voz, me había abierto la puerta como si nada y yo me le había ido encima antes de decirle una palabra. El primer golpe me palpitaba contra los nudillos y en los oídos rebotaba el sonido del impacto de su cuerpo al irse de bruces por la sorpresa y el dolor. Para entonces estaba cansado y fúrico, no tenía tiempo para más estupideces. Ni una sola.

    —Ya para, Shimizu. Me cuesta respirar —lloriqueó con la voz hecha un nudo y los pulmones vaciados de aire—. Me ahogo.

    —Ya para, Shimizu —lo imité de mala gana, acuclillado encima de su cuerpo—. ¿Y a ti, grandísimo estúpido, se te ocurrió parar antes de ofrecerle esa porquería a la mariposa?

    El idiota se aplastó contra el suelo, como deseando que la tierra se abriera y lo tragara. Incluso de haberle dado tiempo para pensar en una coartada, una buena mentira, el dolor fue suficiente para dejarle claro que no podía permitirse ese lujo. Él era el único que quedaba al que Cay le aceptaría una porquería así, porque a pesar de que este cabrón no era un chacal en sí mismo, lo conocía hace tiempo y lo había conocido por Yako. No sabría decir tampoco si se consideraban amigos el uno al otro, a veces parecía que sí, otras veces que no, pero de todas formas al ofrecerle las putas benzos había faltado a su confianza.

    Pues sabía que las aceptaría.

    —¡¿Es mi jodida culpa que Cay sea un vicioso hijo de puta?! ¡Cafeína, azúcar, hierba, tabaco, alcohol y ahora pastillas! ¡Apesta a humo hace semanas y ahora se mete cualquier cosa! —gritó, desesperado, y volví a levantarlo de la camisa aunque eso solo pareció enloquecerlo más—. ¡Qué aprenda a decir que no! ¡Se tragó esa mierda con Cola-Cola, como si fuesen palomitas del cine! ¡Se habría metido una línea si me veía preparándola, el maldito imbécil! ¡¿Y yo tengo la puta culpa de su irresponsabilidad?!

    Estaba furioso y me ardían los nudillos. Me daba igual que Cayden fuese un desastre, que solo él fuese responsable de su mierda, ¿pero lo era? ¿No cargaba yo gran parte de la culpa de cierto porcentaje de su estado actual? ¿Qué pensaría Ko si se daba cuenta de que había sido yo el que le había escupido lo de Sugawara en la cara buscando lastimarlo? Cay lo sabía, dentro de sí estaba seguro de lo que pasaba pues tenía esos ojos, pero había podido ignorarlo hasta entonces. Por mi culpa fue incapaz de seguir viviendo su ilusión y ahora, también, lo había empujado a la caída del mundo que conocía. Ese donde todavía podía tocarlo y existir a su lado, sin importar el resto de hijos de puta.

    Era culpa mía y de Cay, por nunca ser sincero consigo mismo, no de Tajima.

    Pero no importaba, ¿acaso el mundo era justo con nosotros?

    ¿Acaso no había sido yo el que, habiéndolo criado, le había enseñado a desquitarse sin decir una palabra?


    —Drogaste a mi cachorro con basura de farmacia que solo Dios sabe de dónde sacaste, lo dejaste irse de aquí perdido y fue a meterse en otra casa a seguir intoxicándose. Lleva días sin comunicarse, lleva días evitándome a mí y a todo Dios —siseé, golpeándolo contra el piso una vez más. Kairi rompió a llorar como un crío y tosió una mezcla de mocos y sangre—. Es mío y lo sabes, lo has sabido toda la puta vida. ¡No te metas con mi cachorro, me da igual que tú cultives lo que reparte y consume! ¡Me da igual que fueras amigo de Yako! ¡No toques a Cayden! ¡No vuelvas a ofrecerle un carajo, Cay no es nada tuyo, así que corta la mierda y limítate a los negocios que tienes con él! ¡Nada más que eso!

    Pero yo lo había lastimado.

    Yo le había abierto el pecho y no paraba de sangrar, manchando a todos a su paso.

    >>¡¿Me oyes, Tajima?!

    —¡Te oigo! —sollozó—. ¡Qué Cay se vaya mucho a la mierda, no vale la pena llevarme esta golpiza por un maricón deprimido! ¡Ya para!

    ¿Había oído bien? Este chico era un caso perdido, ya ni sabía lo que decía. Bufé, siquiera me di cuenta, y me puse de pie, de nuevo usé la camisa para arrastrarlo, tirándolo a un lado. Otra queja, más llanto.

    —¿Cómo acabas de llamarlo? —murmuré desde arriba y los ojos violeta del cabrón alzaron a verme con genuino miedo. El placer que encontré en su terror hizo que una sonrisa torcida me alcanzara el rostro—. Repite eso, Tajima, vamos. Más fuerte para los de atrás.

    —Y-yo no… N-no fue mi intención, no estaba pensando. —Usó las manos para poner distancia, arrastrándose lejos de mi sombra—. No pensé. ¡Cualquiera se come una polla o dos o las que quiera! ¡Este es un mundo libre! ¡A los griegos les iba ese rollo, capaz se vuelve un filósofo, yo qué sé! ¡No me mires así!

    Era un cabeza de aire.

    Estaba furioso.

    —¿Hmh? ¿De repente hablas desde la experiencia? ¿Cuántas has chupado por accidente? Yo unas cuantas —dije porque sí y le encajé una patada en el costado—. Ten cuidado cómo hablas y frente a quién. Repite lo que te acabo de decir.

    Tajima se revolvió en el suelo, las lágrimas le empapaban en rostro y boqueó por aire como un pez fuera del agua. Le di tiempo al pobre estúpido, di algunos pasos por la casa y miré mis nudillos; de fondo se escuchaba la respiración errática del desgraciado mezclada con toses y los restos de su llanto. Maldijo algunas veces al aire.

    —No darle porquerías sintéticas a Cayden y limitarme a tener una relación de negocios con él —murmuró y creí que se detenía para pasar saliva—. No llamarlo de formas ofensivas tampoco.

    Me sonreí en apariencia satisfecho y giré sobre mis talones para volver con él. Kairi estaba apoyado en sus manos, como lo había estado Altan cuando Hikari lo reventó a palos, y al alzar a verme sus ojos seguían teñidos de miedo. Tenía el pómulo golpeado, en unas horas eso se habría convertido en un moratón como el que había lucido Cay hace semanas y el resto de heridas también se hincharían. Ojalá el chico supiera inventarse algo para no salir a la calle algunos días, porque qué vergüenza, pero era lo que se llevaba por ser un retrasado mental.

    A como pudo se arrodilló, llevándose las manos a la boca, y barrió con el dorso la sangre que corría de su labio reventado y de la nariz. Me tomó una eternidad notarlo, pero más allá, oculto tras una maceta, siseaba un gato gris atigrado. No debía tener más de seis meses, estaba erizado que daba gusto, pero se notaba que era delgaducho y alargado, como todo gato joven. No hice más que mirarlo y el animal me observó a mí, igual de aterrado que este hijo de puta.

    —Si te atreves a tocar al gato te juro por Dios que te mato aunque sea con un untador de mantequilla. —La voz de Kairi sonó amenazante incluso en medio de sus lágrimas—. Haz lo que quieras conmigo, pero con el animal no te metas.

    —¿Qué clase de monstruo piensas que soy?

    —No sé, hermano, ¿ves el montón de sangre que tengo encima? —apañó de mala gana, el gato por la maceta seguía aterrorizado.

    —Necesito otra cosa de ti, Tajima —murmuré y él suspiró con hastío, bueno, algo así como un suspiro. La sangre en su nariz y los mocos los hicieron sonar distinto.

    —¿El qué?

    —De dónde salen estas medicinas, lo que le ofreciste a Cayden. Debe venir de otro lugar que lo que compra Tachibana porque de por sí tú nunca estuviste muy interesado en las mierdas de farmacia. Si me mientes o te niegas te llevas otra paliza, así que elige con sabiduría.

    Kairi se quedó en silencio, respirando, y cuando regresé la mirada a él sus ojos estaban suspendidos en el gato arrinconado. Creí que pondría resistencia, que volvería a hablar estupideces y tendría que volver a cagarlo a palos, pero bufó con hartazgo y se sopló la nariz en la mano para sacarse la sangre de allí, el cuadro fue asqueroso.

    —¿Todo esto por Cay? —murmuró eso sí, algo incrédulo.

    —No importa por qué, habla.

    —Conozco a un chico que tiene una conexión con uno de los Aoyama —soltó entonces, bastante más colaborativo de lo que había esperado y así la información conectó con la de Hikari—. Los de la farmacéutica. Están liberando medicamentos a las calles, desde paracetamol hasta estas mierdas, por cierta cuota, claro, un pequeño porcentaje. Quien los consigue los reparte y es así como llegaron a mí y dije “¿Por qué no?”, se me ocurrió venderlos, qué sé yo, que Cay me ayudara, pero el genio se sedó y ahora aquí estamos. Prefiero repartir yo toda la porquería que comerme otra paliza.

    —El nombre de tu contacto.

    Otro suspiro.

    —Tengo algo mejor para ti. El nombre del becerro de oro —murmuró respirando con dificultad y alzó la vista a mí una vez más. El gato seguía aplastado en el rincón, Kairi seguía llenando el suelo de sangre y yo seguía sin poder contactar a mi cachorro—. Aoyama Sora.

    Estaba furioso con el mundo y conmigo mismo.
     
    Última edición: 25 Noviembre 2025
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    Zireael

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    Y mutó a long-fic ofcourse. En sí planeaba narrar varias cosas en un solo capítulo, pero claro que quedó descomunal, así que en lugar de tirar 15k pues lo corto en dos porque en ambas secciones me fui por las ramas de por sí (?) Como todo en este tema, es canon, esto para el sábado 1 de agosto.

    Bruno TDF un día más y otra chambeada para Hubert, luego le pago por la extreada (algo no visto en Argentina) Ah, asumí un par de cosas que de por sí habíamos acordado por encima en cierto momento.

    Hice una mezcla de formatos que resultó en uno nuevo. Revolví la letra de la canción linkeada y Made for love de Archers porque quise usarla, pero no pegaba con las vibes. Aguante Made for love, fue lo mejor que me pasó en 2025 y me salvó de caer más en la locura (?



    IV

    all of my friends are missing again
    that's what happens when you fall in love
    you don't have the time, you leave them all behind
    you tell yourself, "it's fine, you're just in love"

    .
    there’s nothing I can do
    but suffer through
    'cause all I ever wanted is all I have to lose

    .
    I'll try not to starve myself
    just because you're mad at me
    and I'll be in denial for at least a little while
    what about the plans we made?

    .
    I’m not enough
    maybe I wasn’t made for love
    I guess I’m not as tough as I thought I was
    'cause I keep letting myself down
    I always let myself down
    maybe I'm the problem
    I was supposed to be okay
    I, baby, I'm the problem

    .
    .

    .
    [​IMG]

    .
    .
    .

    The Seducer
    | Cayden Dunn |


    The Magician
    | Hubert Mattsson |

    &

    The Jester
    | Arata Shimizu |



    Even now, I still wonder what could have been
    if I'd only been more honest with myself.
    [...]
    Besides, this is a turbulent time.
    One era is ending, a new one beginning.
    They may be many hardships and challenges to come,
    but knowing the stars makes life a lot easier.


    To make your own way in life, first you need to know yourself.
    The Full Moon Coffee Shop
    .
    .

    .



    The Seducer


    Esta no era para nada la manera en que yo aspiraba empezar mis vacaciones de verano, es más, no esperaba empezarlas de ninguna forma trascendental. La noche anterior mamá se había quedado en el apartamento de tío Finn, me habían invitado, pero me negué porque todavía prefería estar solo, me sentía más cómodo así por lo menos. Me había pasado jueves y viernes con Hubert en la escuela, ambos días le pedí que llegara al observatorio y yo me salí de clase antes de que sonara la campana. Me estaba escondiendo y lo sabía, pero no podía… No me sentía preparado ni para chocarme con él por accidente.

    Para cuando llegó el sábado de vacaciones pasaba del mediodía cuando me levanté y mamá no estaba, dudaba que hubiese pasado por casa incluso. Aturdido como estaba usé los primeros minutos de mi despertar en lavarme la cara, los dientes y darles de comer a los gatos. Algo más despierto me pegué una ducha y ya fresco preparé una taza de comida para los gatos callejeros. En mi camino a dejarla afuera, cerca del portón, fue que vi que el buzón tenía algo. Dejé la comida y lo recogí, pero no fue hasta que estuve adentro otra vez que abrí el sobre y el alma me cayó a los pies.

    Reconocí la caligrafía, porque era ese tipo de imbécil, y mis ojos se deslizaron sobre las líneas que se convirtieron en párrafos. Con cada una sentía que algo se desajustaba y tardé en darme cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas y me estaba forzando a leer a través de ellas. Al llegar a la parte de que se iría, que me habría invitado en otras circunstancias, un sollozo me rasgó el pecho y tuve que buscar apoyo en algún lado, que acabó siendo la puerta cerrada. Recosté allí la espalda, me deslicé hasta el suelo y por un rato no hice más que llorar, con la carta ligeramente arrugada en una mano.

    Lloré y lloré allí apiñado contra la puerta, molesto conmigo mismo, con mis emociones y puede que hasta algo dolido con él por haber venido hasta aquí a dejar esto, pero no haber frenado su plan más que eso para decirme algo, lo que fuese, mientras admitía en un papel que su intención había sido hablarlo en persona. La parte racional de mí mismo podía entender los motivos de fondo, pero nada de eso anulaba lo que sentía. Fue frustrante y amargo, pero quizás la peor parte era la certeza de que podría haber estado con él, que me habría largado de Tokyo junto a Ko, pero yo mismo lo había arruinado todo. Todo lo que había intentado proteger, todo lo que había amado de formas que no había podido descifrar hasta ahora, de alguna manera se deshacía entre mis manos como algodón de azúcar.

    Y el espacio negativo se extendía sin control.

    Terminé de leer la carta con vete a saber qué fuerza de voluntad, pero no me moví de mi lugar ni pude dejar de llorar. No hubo más sollozos estrepitosos, no hubo nada más que lágrimas que en silencio me siguieron empapando el rostro. ¿Cómo diablos me mandaba a divertirme en vacaciones así? A veces Ko era un idiota, por Dios, entendía la lógica del hacer las cosas diferente, ¿pero qué se suponía que hiciera yo con esto? Además aborrecía el… el tono que había en cierta parte de sus palabras, como si dijera “elígelos a ellos y no a mí”. No sabía si era esa la intención de las palabras escritas, pero fue la forma en que las leí y ahora mismo no me servía el cerebro para pensar en otras lecturas ni sabía si valía la pena siquiera pretender leerlo de otra manera. Sentía la mente espesa, como alquitrán.

    Leí una y otra vez el final, la carta firmada con cariño y su nombre abajo y cada vez que creía que por fin dejaría de llorar, el llanto se me reiniciaba y tenía que limpiarme la cara con la manga de la camiseta. Fue tan largo mi espectáculo que Nyx y Cinis aparecieron en algún momento, la primera se forzó entre mis brazos, acomodándose entre mis piernas flexionadas y mi pecho, el segundo se plantó frente a mí, moviendo la cola. En medio de mis lágrimas les hice un mimo a cada uno.

    —De parte de Ko —les dije en voz baja y se me descompusieron las facciones al escuchar a Cinis soltar un maullido largo, casi quejumbroso. Lo recordé subiéndose a la cama para acostarse junto a él y la imagen me punzó el pecho—. Perdona por hacerte pasar por la misma pena dos veces, no sé si volverá. I’m sorry, baby, I know you love him too. We all do.

    Dejé las hojas a un lado, incapaz de seguirlas mirando, y atraje a Nyx en un abrazo. La gata se dejó hacer y me quedé allí, sólo existiendo. Tuve un primer impulso de lo más estúpido de llamarlo, decirle que parara el puto carro un segundo y me esperara en, ni puta idea, la siguiente estación o en su destino, pero algo como eso no tenía sentido y no era diferente de cómo habían ocurrido las cosas en la sala de música. Insistía en volcar mis emociones en él y aunque era diferente a lo que había hecho la primera vez que acabamos por distanciarnos, no creía que fuese correcto tampoco. Tenía que dejarlo irse y ya, sin dramas ni pedidos ni nada. Que se fuera y usara sus vacaciones como más quisiera, lejos de este desastre.

    Pero nada podía anular lo que me ahogaba.

    No quería molestar a mamá ahora, cuando seguía sin hablar con ella al respecto a pesar de que me había comportado y elegía volver a casa todos los días, ni a mis tíos cuando Devan medio que seguía con la ley del hielo, pero… Dios, necesitaba sacarme esto del pecho, necesitaba dejar de pretender procesar todo yo solo. Estaba terriblemente triste, ni siquiera sabía si alguna de mis otras emociones pesaba más que la tristeza que sentía desde hace días. Era inmensa y creía haberla sentido ya una vez en mi vida, por eso me costaba tanto hacer las paces con ella. Porque realmente nunca le di permiso de ser ni la procesé.

    Dudé, pero solté a mi mascota con cuidado y saqué el móvil que tenía en el bolsillo de los pantalones cortos. Abrí los contactos y tuve que luchar contra la necesidad de buscar el de Ko. Miré el de Arata, que había insistido en estar pendiente de mí, el de Ilana que había accedido a prestarme los apuntes, incluso el de Yuzu a quien había tratado tan mal la última vez, y el de Hubert, que me había cuidado con tanta paciencia, quien insistía en recordarme que estaba ahí para mí. Apenas llevábamos dos meses de conocernos, pero el chiquillo demostraba ser confiable y yo, yo era un caos.

    Le di a la tecla de llamar y me llevé el móvil a la oreja ignorando que me temblaban las manos de frustración. Mientras esperaba que el aparato timbrara y Hubert contestara, me limpié el rostro una vez más. No sabía ni siquiera qué iba a decirle al pobre idiota, pero necesitaba recostarme en alguien. Esta vez no luché contra el deseo de estar acompañado ni cedí al impulso de cubrirlo con una mentira o acudir a parchar una ausencia con la presencia de otra persona. Dejé el corte sangrar y llamé a emergencias.

    Quería hablar con mi amigo porque estaba triste y punto.


    —Buenas, Cay.

    —Hubby —le dije en voz baja, la nariz me sonó congestionada.

    —¿Te ocurre algo? —preguntó, se oyó tranquilo ante todo. Igual estaba volviéndolo inmune al show.

    Kind of —contesté y admitirlo en voz alta causó que otra correntada de lágrimas me mojara el rostro—. ¿Recuerdas lo que te conté por encima el finde pasado?

    —Lo recuerdo.

    —Me desperté hace poco y había una carta en el buzón —continué y se me quebró la voz—. Ni siquiera sé qué hacer con ella, ¿qué hago con esto?

    >>¿Qué hago?

    Una vez más me limpié la cara, Nyx, todavía encima de mí, maulló bajito y se puso a pasar la cabeza en mi brazo. Era sensible y atenta con estas cosas, había pasado durmiendo entre mis brazos desde que empecé a sentirme peor, al menos cuando me dignaba a llegar a casa. Desde que esta suerte de principio del fin había comenzado, Nyx no me soltaba.

    —¿Quisieras contarme qué dice? —escuché que preguntó con suavidad.

    Abrí la boca, pero se me anudó la garganta y al tomar aire me tembló el cuerpo. Todo lo que pude hacer fue una especie de sonido negativo, no había forma de que siquiera pudiera parafrasear un fragmento de lo que decía el papel sin llorar como un crío. No sabía poner en palabras lo que sentía y así como Kohaku no sabía expresar el dolor que haberme lastimado le causaba, yo no podía expresar mis propias emociones, mi propio dolor y la forma en que le había mentido a él, haciéndole daño también. Lo que sentía estaba desbordado, rebotaba en cualquier dirección y todo ello dolía, el llanto era simplemente el desborde de eso. De un todo.

    —Está bien si prefieres no hacerlo o te sientes incapaz, Cay, ¿de acuerdo? Me alegra que me llamaras, que buscaras ese apoyo y que te sientas cómodo con la idea de acudir a mí —continuó con paciencia, ante lo que hice otro sonido, afirmativo en esta ocasión—. ¿Estás solo en casa?

    Yeah. —Me limpié los ojos otra vez, sorbiendo por la nariz—. Mamá no ha vuelto, pasó la noche donde mi tío e imagino que estará ocupada con diligencias o lo que sea.

    —¿Te parece bien si me envías la ubicación de tu casa y te acompaño? No hace falta que conversemos al respecto si no te apetece, podemos solo estar juntos —sugirió con una facilidad estúpida, sus palabras me obligaron a limpiar una nueva cortina salada y traté de no pensar en lo lejos que podía estar Ko ahora mismo. En como de saber dónde había ido, habría salido detrás de él, como la patética criatura que era en verdad—. Puedo llevarte algo de comer si gustas, ¿qué opinas al respecto?

    —Está bien —contesté con la voz casi por completo secuestrada y me tragué el nudo en la garganta con mucha dificultad—, pero no hace falta que traigas nada. No te preocupes por eso.

    —De acuerdo, espérame allí, ¿sí? Por favor bebe agua y procura respirar —continuó como si le diera instrucciones a un niño—. Pronto estaré allí.

    Okay —susurré.

    Pronto estaré allí, repitió.

    No encontré fuerza para levantarme del suelo, tampoco para volver a mirar la carta y con Nyx conmigo, simplemente miré las paredes. Mi mente navegó los recuerdos que guardaba con tanto celo, cada uno de ellos, antiguos y recientes. Los buenos y los no tanto, pero memorias a fin de cuentas. Había querido más de lo que había recibido por años.

    La codicia y la gula eran pecados capitales.

    Este era el aftermath de mi atracón, no había más.
    Nyx se deslizó fuera de mis brazos cuando empezó a sentirse muy apretujada, pero se quedó acostada a mi lado en el suelo y yo hundí el rostro en el lugar que ella había ocupado antes o algo así. De alguna manera me hice un ovillo, al menos algo que se le parecía. El llanto no mermó, tampoco las imágenes, los cuadros surgidos de mi memoria. La verdad era que habría llorado un mar en cualquier escenario, ¿cierto? Pero había elegido el que significaba mentirle y eso era algo de lo que debía responsabilizarme. Era otra de tantas cosas que podía comprender al pensarlo con objetividad, pero nada detenía lo demás.

    El sonido del timbre me sacó de dónde sea que me hubiese metido dentro de mi cabeza, en la suerte de anestesia sobre mi cuerpo, y al levantarme, empuñando ligeramente los papeles en mi mano izquierda, pesqué la sombra de Cinis desapareciendo en dirección al cuarto de lavado. La silueta de su compañera, de Nyx, seguía pegada a mis piernas y tuve que espantarla para que no fuese a salir a la calle. Noté que me dolía la espalda por la postura horrible que había mantenido hasta ahora y al llevar la mano al pomo de la puerta, dudé por primera vez con plena consciencia. No pude evitar pensar que estaría agobiando a Hubert en el que también era su primer día de vacaciones y que en verdad podría sólo haber llamado a Shimizu, aunque seguro me diría unas cuantas verdades de la forma más brusca posible.

    Y yo quería unas manos que no me llenaran las heridas de sal.

    Un instante antes de abrir la puerta tragué un montón de saliva y no pude alzar la vista a Hubert, miré algún punto de su torso, sus zapatos, y me di cuenta de que a pesar de que le dije que no trajera nada, en una de sus manos colgaba una bolsa. Al parpadear sentí las lágrimas rodarme por el rostro y creí oírme a mí mismo decirle que pasara; el niño me hizo caso aunque pidió permiso antes de todas formas. Una vez estuvo dentro tuve la sensación de percibir el momento de duda en él antes de que su mano tocara mi hombro y eso bastó para gatillarme. Busqué su cuerpo, me enredé a él en un abrazo y seguí llorando como el estúpido más grande de la historia. Sentí la carta seguir doblándose en el momento que arrugué su ropa entre mis dedos y él me envolvió con cierta firmeza, atento a no golpearme con la bolsa.

    En la paciencia y cariño de este muchacho encontré algo de consuelo, me sentí genuinamente seguro en ese abrazo y así, de cierta manera, el rebote de mis emociones mermó ligeramente. Absorbí el calor de su cuerpo, su aroma y su presencia. Me enfoqué en eso algunos segundos y al separarme de él le dediqué un remedo de sonrisa que me devolvió.

    —Bienvenido —murmuré y lo tomé por la muñeca para hacerlo pasar. La costumbre japonesa de sacarnos los zapatos no era muy válida en esta casa, a mamá y mis tíos se les olvidaba—. Lamento haberte molestado el primer sábado de vacaciones.

    —No pasa nada, Cay, ¿recuerdas lo que te dije hace un rato?

    —Que te alegraba que hubiese buscado apoyarme en ti —parafraseé en voz baja, dándole un apretón a su muñeca, y me detuve para indicarle donde estaba la sala de casa, luego la cocina y como allí estaba la mesa, lo invité a sentarse—. Eres un buen amigo, Hu.

    No se sentó de inmediato, me di cuenta porque me puse a buscarle un vaso para servirle algo de tomar y lo oí esculcar en la bolsa. Cuando me giré, ya habiendo preparado un vaso de té helado para él, lo vi dejando sobre la mesa una caja con algo que no tardé en identificar como daifuku y una barra de chocolate. Fingí desinterés enjuagándome un ojo, le puse su bebida y de repente me di cuenta de que seguía empuñando la carta de Ko todavía. Fue en ese momento en que me obligué a soltar los papeles, los dejé sobre la mesa y me senté en una de las sillas, Hubert por fin me imitó.

    —¿Bebiste agua, Cay? —preguntó, conciliador.

    I forgot.

    Lo admití sin pensarlo y al hacerlo, como para darle algo de tranquilidad en medio de todo esto, me levanté y me serví un vaso para volver a sentarme y beber un par de tragos. El niño no buscó esculcar, no pretendió forzarme, y durante unos segundos ambos no hicimos otra cosa que eso, estar juntos en el mismo espacio. Hubert entonces movió con delicadeza la barra de chocolate para acercarla a mí y como yo carecía de fuerza de voluntad, la tomé y la abrí. Le ofrecí a él, pero negó y me enfoqué en comer, aunque los ojos se me aguaron de nuevo. El chocolate tenía café.

    To be loved was to be seen.

    Vaya momento para recordar eso.

    Sentía la necesidad de hablar, de… Externalizar lo que sentía, las ansias por llamar a Ko, la idea burda de enviarle un mensaje para decirle que disfrutara su viaje y se cuidara y todo lo demás y las mil vueltas mentales que le estaba dando a algo tan simple como unos buenos deseos genuinos, pero para eso de alguna forma tenía que darle contexto a Hubert. Tenía que decirle más que el fin de semana anterior, porque de por sí ya había demostrado que no me juzgaba, que no le importaba lo que yo fuera. Que me quería y se preocupaba por mí porque me había convertido en su amigo.

    Fue por eso que arrastré la carta en su dirección.

    —Sabes que no estás forzado a contarme o mostrarme nada que te incomode, ¿cierto?

    Asentí, sin dejar de atragantarme en chocolate y lágrimas.

    —Es solo que ahora mismo si me pongo a decirte qué pone la carta no voy a alcanzar a decirte media palabra —confesé apenas pude recuperar mi voz—. Puedes leerla. No hay nada secreto o que me incomode que sepas, eres mi amigo. Los amigos se cuentan estas cosas, ¿o no? Y confío en que tú jamás hablarías de más por ahí ni nada así.

    Era el primero con quien me atrevía a hablar de esto de verdad, más allá de la confesión con Nozomu que era un viejo idiota, era Hubert la primera amistad a quien le confiaba esto en serio y al que le mostraba cosas más íntimas de forma más clara. No fue a Shimizu ni a Yuzu ni a Anna, en quien de alguna forma también confiaba, ni Hikari que me había visto llorando y vomitando como loco. Usaba a todos a media luz y hoy, por fin, encendí la bombilla por completo para mostrar el desorden que había en esta habitación.

    Quizás porque simplemente era bueno conmigo, puede que porque todavía resintiera a Arata por decirme lo de Haru en la cara o porque seguía sin haberme disculpado con Yuzu. Tal vez fuese porque Hubert no conocía a Ko, porque no era amigo suyo y no lo colocaba en el dilema de escuchar dos versiones de una historia estando involucrado emocionalmente con ambos protagonistas de la película. El motivo importaba una mierda, pues al final del día si Kohaku tenía razón en una cosa era en esta.

    Mis nuevos amigos eran buenas personas.

    Y por eso debía confiar en ellos.

    ¿Pero por eso debía elegirlos antes que a él?


    Sus manos entonces tomaron los papeles y lo vi ponerse a leer con calma. Procuré no atender a sus reacciones y cuando por casualidad reparaba en él, tuve la sensación de que estaba atajando cualquiera de ellas. Como si evitara a conciencia dejar ver algo que de alguna manera me angustiaría más. Su silencio al llegar al final, sin embargo, me hizo reflexionar sobre la posibilidad de que estuviera… molesto. No estaba dándome aires de grandeza ni nada, pero el principio era sencillo y yo era lento que daba gusto. Hubert era mi amigo y la carta provenía de la persona por la que yo llevaba llorando ya un tiempo.

    —Nos conocemos desde que teníamos trece —susurré algo desconectado de mis emociones de repente, para darle una versión resumida de algo que tenía más de cinco años de existencia—. Perdimos contacto un tiempo y luego nos reencontramos en la academia. En abril nos pusimos idiotas y pasaron cosas, siguieron pasando después de la primera vez también y yo… I don't know, I was on a bliss. Era complicado y yo nunca me permití procesar qué tanto en verdad. En la curiosidad que sentí con trece años y el dolor que significó cuando luego nos distanciamos, elegí no pensarlo. Era todo euforia, por volver a verlo, por poder tocarlo, por todo. Las mierdas empezaron a salirse de mis manos después, cuando empecé a sentir celos y otras mierdas y entonces me di cuenta. Me di cuenta de mí mismo y caí en espiral, aterrado por perderlo si le decía la verdad y de cuánto dolería tener que enfrentarme a la realidad de que, bueno, no estábamos en la misma página.

    >>Y lo perdí igual, obvio. Porque le mentí cuando me preguntó si estaba bien con cómo eran las cosas, porque sin darme cuenta lo alejé de mí, porque falseé nuestra amistad. Porque contaminé lo más sagrado que tenía.

    ¿Estaba siendo un exagerado? Seguramente, pero tampoco es que estos papeles me hubieran aclarado nada. Si acaso me habían dejado más confundido y perdido que antes.

    —De alguna forma suena a que ambos están disputándose la culpa de lo que pasó —lo escuché decirme y a la vez buscó una línea específica de la carta o eso creí—. No puedo afirmarlo, es sólo la sensación que transmiten sus palabras y ahora las tuyas. Lo correcto, lo que daba miedo, ambas nociones colisionan. Tal vez no sea ahora el momento, pero ambos quizás deban reconocer y aceptar qué fueron esas cosas de las que cada uno fue responsable en lugar de hacer pulso tratando de cargar peso de más.

    Reflexioné sobre sus palabras con la vista clavada en la barra de chocolate. Era lo que yo intentaba o eso quería pensar, pero él seguía empeñado en su cosa de que le correspondía a él hacer lo correcto y ni sabía qué coño era lo correcto. Si nos poníamos a dar vueltas, habría varias versiones de lo correcto, pero no tenía sentido pensar en eso ya si la habíamos cagando en todas las direcciones posibles. Si yo era un negado emocional, ¿cómo iba a saber él lo que tenía que hacer de por sí? Justo por eso no esperaba que me perdonara y siguiéramos como si nada, incluso fuera de lo demás que nos rodeaba.

    Entendía que había fallado a su confianza.

    —Quisiera enviarle un mensaje —dije un minuto más tarde, receloso, y sorbí por la nariz—. Nada muy largo. Sólo quiero pedirle que se cuide en su viaje, que la pase bien y hacerle saber que leí esto, pero no tengo idea de si está bien que haga algo así. Más allá de dudar si tengo el derecho a algo así, no tengo idea de si sirve de algo, no sé si puedo buscarlo, si debo dejarlo...

    Hubert me escuchó, calmo, y no me respondió de inmediato. Creí ver en sus ojos que buscaba las palabras correctas, quizás en un intento por no reiniciar mis lágrimas con toda su fuerza, o simplemente en un intento por encontrar dentro de sí mismo una respuesta acorde a la información que tenía. Lo dejé, volví a comer chocolate y tomé aire, tratando de comenzar a tranquilizarme de verdad.

    —Si vino hasta aquí —comenzó y lo vi dejar los papeles en la mesa de nuevo—, ¿crees que sería prudente recortar la distancia que estableció dejando una carta en lugar de tocar el timbre? No sé si quizás por la hora no quiso molestarte, pero la duda es la misma al menos desde mi perspectiva algo recortada y ajena a su dinámica.

    No fue grosero, no fue brusco, ni siquiera cambió el todo cálido de su voz. Nada cambió más que mi noción, ya de por sí afectada por esa idea desde el inicio, y se me cristalizaron los ojos por incontable vez.

    —Pero…

    No encontré cómo insistir sobre mi idea. Me callé entonces, frustrado, y me limpié los ojos antes de que las lágrimas me corrieran por el rostro.

    —No estoy sugiriendo que te quedes, como se diría, con la palabra en la boca. Te pido que reflexiones sobre eso, la distancia, y si de alguna forma también podrías necesitarla para sanar tú mismo. Creo que es lo que podría contener su sugerencia de que te diviertas y hagas cosas nuevas, de cierta manera puede sea una manifestación de su preocupación porque permanezcas demasiado tiempo aquí, en estas páginas —retomó y yo arrugué las facciones, en un intento burdo por dejar de lloriquear. Su mano reposó sobre los papeles, como si los señalara de esa forma—. Está bien si en algún momento quieres hacerle saber lo que sientes sobre lo que él escribió para ti, incluso… ¿Qué piensas de escribirlo también?

    —Supongo que no suena mal —susurré, cerrando lo que quedaba de chocolate.

    —El medio escrito a veces nos permite acceder cosas que no sabemos cómo decir en voz alta. Si necesitas volcar allí lo que te hizo sentir leer esto, lo que seguramente te hace ruido o incluso lo que te siguió lastimando —continuó, permitiéndose una pausa como para que pudiera procesar eso. A la vez, estiró su mano hacia mí, ofreciéndola—, puedes hacerlo allí. Entregarla o no queda a tu criterio, Cay, igual que el cómo si te decantas por hacerlo.

    Trastabillé, pero acepté la oferta y tomé su mano. El ardor que sentí en los ojos ya no fue por la carta, fue porque me di cuenta de las pequeñas licencias que Hubert estaba tomando luego de que le confesara que el contacto físico me hacía sentir mejor. Fue su toque en el hombro y su mano al alcance de la mía, era su presencia aquí cuando bien podíamos haber hablado esto por teléfono o por mensajes.

    —Si quisieras entregársela mientras no está en Tokyo, puedo acompañarte a dejarla si te intimida ir por tu cuenta. Cualquier situación en la que creas necesitar compañía, puedes acudir a mí, ya lo sabes.

    Sabía que no me estaba forzando a tomar una decisión ahora, que de hecho tampoco me estaba obligando a no enviarle los mensajes y por eso no dije nada. En mi silencio guardé sus palabras en la memoria, esperando poder pensar en ellas más a fondo en unas horas, cuando estuviera solo otra vez y entonces decidir qué hacer. Fuese hoy, mañana, en unos días o antes de largarme a la pasantía que ofrecía la escuela este verano.

    No hice más que seguir sosteniendo su mano, incluso le hice una caricia en el dorso y por encima de los nudillos. Pasado un rato arrastré la silla, acercándola a su lado, y al soltar su mano trasladé el tacto a su brazo, sujetándome allí antes de dejar caer la cabeza en su hombro. Me hice pequeño a su lado, tanto como mi estatura me lo permitía, y cerré los ojos. Mis lágrimas estaban más espaciadas en el tiempo, eran intermitentes, pero no podía decir que se hubiesen acabado. A la vez, con muchísimo retraso, pensé que quizás Hubert también estuviera confundido si había visto a Verónica con la dichosa chaqueta de la discordia. Quizás debiera explicárselo todo, arrojar más luz sobre los rincones donde la bombilla del techo no alcanzaba, pero hoy no sería ese día. Estaba cansado y confundido.

    —Gracias, Hurin, por los consejos —le dije en voz baja, abriendo los ojos de nuevo, y me di cuenta de que su mano alcanzaba a hacerme un mimo breve en el cabello—. ¿Puedo comerme un daifuku?

    —Justo por eso elegí comprarlos en vez de aparecer con las manos vacías como me dijiste.

    Dejé ir su brazo, me desperecé con cuidado de su cuerpo y abrí la caja. Los dulces eran de durazno. Mientras comía Hubert tomó la carta, la dobló y la metió en la bolsa para que yo no siguiera mirándola. Fue una pequeñez, pero con los papeles fuera de mi vista, los dulces y el agua fui, por fin, regulando mi cuerpo. Seguimos hablando, le conté algunas cosas más, le narré algunos de los recuerdos que había rememorado antes, e incluso en el ruido y la confusión subyacente, vi sus facciones suavizarse de vez en cuando. Nyx apareció, se encajó en su regazo y nos pusimos a hablar de Poe entonces.

    Cuando sonó el timbre una segunda vez había sacado un tarro de helado de chocolate de la nevera y después de ofrecerle a Hubert, me estaba comiendo lo que quedaba directo del envase. Tenía una cucharada en el aire y ambos nos miramos sin entender qué demonios estaba pasando, si yo no esperaba a nadie más y mi madre habría abierto directamente. Era como esta escena de Friends donde alguien toca al apartamento y ya los de siempre estaban todos presentes.

    No me quedó más que levantarme, ir a la puerta y… ¿Y por qué tenía una comitiva en mi casa? ¿Qué hacían estos idiotas aquí sin Sasha? Fue lo primero que pensé, en esencia porque era la planilla del club tapadera. Además, fuera de eso, no tenía sentido que Ikari y Sakai estuvieran aquí con Arata.

    —¿Quién se murió? —preguntó Shimizu, genuinamente escandalizado.

    —Es… ¿Es muy mal momento? —tanteó el pelirrojo, confundido, manteniéndose unos pasos detrás de Arata. Mi cara debía dar pena, como cuando Nozomu pasó a buscarme.

    —¿Qué hacen en mi casa?

    —¡No tengo idea de cómo llegó Ikari! Me lo encontré aquí, yo venía a ver cómo estabas —soltó Arata.

    —Tu padre me-

    —¡No no no! There’s no such thing as “your father” here, you idiot! —advertí en un murmuro alarmado y cerré la puerta un momento, así pesqué a Rowan por el brazo, luego a Arata y Sakai se sumó solito—. No me importa ahora mismo lo que mi padre te haya dicho, Ikari, ni por qué estés aquí. Es de hecho un momento de mierda, pero eso es lo de menos, estoy con un amigo y él no sabe… Bueno, nada de esto.

    Al decirlo nos señalé a los cuatro en rueda.

    —Así que los quiero calladitos a todos. ¡Como genuinos ángeles!

    —¿Qué te pasó? —insistió Arata, necio—. Ayer dijiste que estabas bien, mentiroso de mierda.

    Oh, fuck this! Yes, I'm a fucking liar, you better cry or get over it! —maldije sin pensar en las cosas que solté, resignado con el giro de los eventos, y comencé a empujarlo dentro de la casa—. Pasa y hablamos, ¿ya qué más me da?

    —Nosotros podemos-

    —¡Mi madre va a regañarme si sabe que eché a las visitas sin darles ni un vaso de agua! Get your ass inside!

    Cuando quise darme cuenta estaba guiando a los tres a la cocina y al llegar, Nyx se lanzó del regazo de Hubert para esconderse en algún recoveco de la casa. Apunté a la mesa, donde por suerte nos alcanzaban las sillas, y mientras me ponía a buscar vasos en la repisa los fui presentando. Este sábado estaba cada vez más y más raro, tanto que mejor dejaba de darle vueltas.

    —Este es mi amigo Hubert —dije para los tres idiotas más inoportunos de Japón—. Mattsson, va a segundo en la academia. Vino a pasar el rato conmigo.

    Qué suerte que ya me había comido los dulces, porque no pensaba compartirlos con estos cabrones.

    —Hurin, el rubio es Shimizu, amigo mío desde hace cinco años también. Vino a ver cómo estoy, estuve respondiéndole poco estos días que me ausenté —comencé acomodando los vasos para sacar el té helado y servirlo—. El pelirrojo es Ikari y el peliteñido es Sakai, ambos de la 3-1. Vinieron a…

    —A lo mismo que Shimizu, claro —anunció Rowan con la cara más dura que la suela de un zapato—. Estábamos algo preocupados.

    Justo estaba dejando los vasos de cada uno cuando lo dijo y conectamos miradas, su descaro quiso hacerme reír, pero su compromiso era envidiable. Por supuesto que no dije nada y por una esquina del ojo creí notar el momento en que Hubert, amable, les dedicaba una sonrisa a los tres y una especie de reverencia allí desde su asiento, suponía que porque había caído en que los tres tenían apellido japonés. Arata vio la caja vacía de daifuku, la tomó y volvió a dejarla en su lugar, decepcionado de no poder comerse ni uno.

    —Es un placer conocerlos a los tres —dijo el niño, tenía a Arata de un lado, a Ikari y Sakai del otro.

    —Igualmente —rebotó el pelirrojo, su amigo estaba bebiendo té helado como si el asunto no fuese con él.

    —¿Dónde te lo tenías escondido? —interrumpió Arata, con su eterna falta de tacto, apoyando un codo en la mesa.

    Mi suspiro fue evidente y no respondí, en su lugar metí la mano a la bolsa, quité la hoja donde había quedado el nombre de Ko por si acaso, la zambullí en mi bolsillo y le entregué el resto a Shimizu. Me miró con una ceja alzada, pero bastó que le echara un ojo al papel para que se llevara la otra mano a las cejas, totalmente desencantado con el numerito en el que todo había desembocado, con dramas de cartas y tal. Guardó silencio, leyendo, y yo me quedé de pie pensando de nuevo en esta reunión salida del putísimo aire.

    En un vistazo, creí notar a Hubert mirando a Shimizu, a los tatuajes que consumían su piel como un incendio. Encima el imbécil venía de manga corta, como… Como siempre, vaya. Toda la tinta estaba a la vista. Yo no tenía forma de saber el motivo, pues no tenía idea de que el moreno lo había visto aterrorizar a Ilana por puro amor al arte. El pobre Hubert estaba aquí en una montaña rusa emocional casi igual a la mía.

    —Lamentamos haber interrumpido, debimos haber avisado. —De nuevo fue Rowan quien habló, ahora luego de haberle dado un trago a su bebida—. ¿Vives muy lejos, Mattsson?

    —No realmente. Mi apartamento se encuentra cerca del santuario Nezu, en Bunkyō —contestó él sin borrar su sonrisa—. En veinte minutos estuve aquí.

    —¡¿De verdad?! ¡Nosotros igual! Bueno, no cerca del santuario, pero somos de Bunkyō. ¿Te gusta el barrio, cómo te sientes? Estoy asumiendo que llevas poco tiempo aquí, puede que no sea el caso.

    —Es el caso. Vine como parte de un programa de intercambio este año lectivo —confirmó el muchacho. Sentí la mirada de Shimizu encima y giré a verlo, comprendí su preocupación, pero esto era algo que ya Hubert y yo habíamos conversado. Iba a doler igual, pero era como tenía que ser. Al verme tranquilo con eso, regresó los ojos al papel—Es agradable. Vivo en un edificio bastante tranquilo con vecinos amables que me han ayudado a sentirme cómodo allí.

    —¿Cayden, qué mierda es esto? —masculló Arata.

    —Hermano, yo qué coño sé. Es lo que ves y ya está —respondí quitando el tarro de helados de la mesa, me había olvidado por completo de su existencia.

    Al menos fue mi intención, porque él me lo quitó de las manos y se puso a comerse la cucharada que había quedado armada de cuando tocaron a la puerta, con mis babas incluidas y todo. Otro suspiro me abandonó el pecho, pero me rendí y le dejé el recipiente, pues todavía quedaba un poco allí. Hombre, si técnicamente lo de la mascarada no había sido un beso de tres sólo por temporalidad. Que Arata primero con el juego tonto aquel, que Ko después porque yo estaba borrachísimo. En realidad, en retrospectiva, eso había sido un desastre. Beso de cuatro, ya puestos en el asunto, contando lo de Alisha. ¿Había compartido saliva con el pueblo en un espacio de cuatro horas? Madre mía y ahora llorando, ¿qué sentido tenía?

    —¿Lo buscaste siquiera antes de que acabaran las clases?

    —¿Te parece a ti que lo hice? —admití, incómodo y al decir lo siguiente sentí la mirada del menor encima—. ¿Debería haberlo hecho?

    —No tengo idea, ¿quizás? El principio de esto me hace dudar —contestó agitando los papeles.

    —Desconozco los detalles —dijo Hubert de pronto—, ¿pero Cay no estaba, tal vez, respetando sus límites?

    —Por respetar los límites del pueblo luego no hace nada y llora dos putos años después —escupió Shimizu de malhumor, pero al darse cuenta de su brusquedad hizo un re-wording—. Quiero decir que por quedarse esperando a los otros, a veces no logra avanzar. De todas formas… No es malo, perdón si sonó así. Sé que Mr. Carta y yo apreciamos que nos des tiempo de pensar en nuestras cosas, aunque a veces se te va la mano con las libertades. El caso es que ambos te queremos y justo por eso es tan complicado, ¿cierto, Cay?

    Le eché un vistazo a Torahiko y Rowan, pero ninguno parecía estarme juzgado por la sorpresita de homosexualidad. Yo seguía de pie entre Hubert y Arata, aunque había una silla vacía al otro lado del rubio. No quería seguir llorando como imbécil, así que tomé aire un par de veces, me rasqué los ojos y asentí.

    —¿Te molesta si convertimos esto en una reunión del Consejo Varonil, Cayden? Me parece que lo necesitas —preguntó Rowan estirando la mano hacia Arata—. Si te sientes incómodo no importa, no lo hagas y sacamos esto de la mesa. Tampoco tienes que darme los pormenores ni nada. Todo lo que veamos o escuchemos nos lo llevamos a la tumba, te lo prometo.

    Me lo pensé, pero al final le hice un gesto a Arata para que le pasara los papeles y Rowan los aceptó. Quizás por respeto no leyó a profundidad, lo vi surfrear el texto, descifrando la caligrafía de Ko con relativa facilidad, y leer en diagonal, llegando pronto al final, con las cejas alzadas. Sakai, a su lado, pareció echarles un vistazo breve, indiferente.

    —Wow. ¿Pasó a dejar esto y se fue igual? —soltó el tigre.

    —¡Mi punto! —gritó Arata con la última cucharada de helado en la boca.

    Ye better stop bringing that up! —Me había faltado muy poco para gritar, la verdad—. Gimme that back!

    El que tenía los papeles no puso resistencia ni se negó, apenas se dio cuenta de que yo estaba angustiado de forma genuina me devolvió la carta con tranquilidad y yo la aplasté contra mi pecho. Ni siquiera me di cuenta de que tenías las facciones comprimidas y nadie dijo nada al respecto, ni siquiera Arata.

    —Me falta contexto y tal, pero no sé yo qué sentido tuvo admitir que no fuiste el único que se llevó puesto —reflexionó Ikari con una calma similar a la de Hubert—. ¿Sinceridad, tal vez? ¿Consideras que te hace sentir mejor saber que fuiste parte de una suerte de caída de piezas de dominó?

    —Ni un poco, pero sería mentira decir que me sorprende.

    —Pero quizás a él sí —susurró Arata—. No en plan, “hey, no solo tú saliste perdiendo”, sino es más como… Pues lo dice arriba, ¿no? Está reconociendo, aunque en su opinión roce lo pretencioso, que quiera o no su vida tiene importancia en la de otros de formas más amplias de las que quizás estima o simplemente de formas diferentes. Entra en la noción de cambio que quería explicar, creo, no sé. En fin, que no digo que piense que no vale nada, tampoco es tan tonto, si Cay siempre lo trató más bien como si valiera mucho y es que lo vale, el pequeño idiota. Simplemente está como en este journey de comprender que, ni idea, quieras o no la gente espera cosas de ti y puede salir herida sea tu intención o no. También está la parte de que tú quizás debiste hablarlo con él, pero sé que es un asunto demasiado complejo.

    —¿Consideras que es una manera de aceptar e interiorizar que sus acciones, aunque para él no tengan la misma valencia emocional que para otros, poseen impacto a pesar de ello?

    —Cay, ¿por qué coño tu amigo habla como un viejo? No entendí la mitad —se lamentó Arata, mirándome confundido, y yo noté a Hubert rascarse la mejilla.

    —¡Deja a Hu en paz! —solté y le encajé el codo en el hombro, arrancándole una queja—. ¡No te metas con él, te lo advierto!

    —No pasa nada… —Quiso intervenir el molestado.

    —¡Basta, me rindo! ¡Qué hable como quiera, suena listo, seguro sí es eso lo que quise decir! —gritó Shimizu apartando mi codo de un golpe y luego respiró con pesadez—. Perdona, Cay.

    —Con que lo dejes tran-

    —No me refiero a eso. Perdona por lo que te dije en la piscina aquella vez, sé que ya quedamos en dejarlo atrás y tal, pero perdona. Todo fue de mal en peor desde entonces.

    Presioné los papeles contra mi pecho, compungido, y una vez más me ardieron los ojos. Él debió darse cuenta de que me tenía al borde del llanto de nuevo, porque se levantó, me echó un brazo sobre los hombros y me envolvió en un abrazo. Fue más brusco y rígido que el de Hubert, pero me supo cálido y me quedé pensando si Arata también era una de esas amistades viejas que, por alguna razón, debía soltar. Nos hacíamos daño día sí y día también, convulsos, agotados y perdidos, pero su cuerpo estaba tibio cuando me tocaba y a veces, cuando podíamos pensar con claridad, ambos intentábamos sostenernos el uno al otro.

    Éramos imperfectos.

    Y nuestras fracturas de vez en cuando calzaban entre sí.

    Era un amor diferente y no por ello debía borrarlo.


    —¿Qué le pasó a tus manos? —murmuré en la confidencia de ese abrazo pues desde que se sentó había notado las marcas de la piel nueva en sus nudillos, recién cicatrizada.

    —No vuelvas a meterte pastillas, campeón —susurró al mismo volumen y al soltarme me encajó una mano entre el cuello y el hombro. Saber que Hikari le había soltado la sopa me avergonzó—. Voy a comprar unas cervezas para ambientar esto tan deprimente. ¿Quieres una, Mattsson?

    Al echarle un vistazo al chico vislumbré su instante de duda, como si estuviera contemplando si aceptar la oferta con tal de no quedar como un grosero. Al darme cuenta miré a Arata de nuevo y negué con la cabeza, eso bastó para que me soltara y se dispusiera a ir al 7-Eleven de aquí cerca. Por la gracia se arrastró a Sakai, como si quisiera librar a Hubert de su eterna cara de póker, y aunque refunfuñando, el chico acabó por irse con él luego de que Rowan se lo indicara. Yo me guardé la carta del caos en el bolsillo.

    —¿Me traes unas papitas? —pidió Ikari a los gritos antes de que se fueran.

    —Cállate y pidamos de comer —contestó Shimizu—. Cayden es un depresivo y seguro ni almorzó por estar en la llorería. ¿Viste lo flaco que está? Lo que sigue es que se me vaya volando y ya verás tú el problema en que me voy a meter si tengo que contar que se desvaneció mientras cierto individuo estaba fuera de la ciudad.

    Shut the hell up! —lo regañé y cuando lo oí cerrar la puerta, me giré para buscar una vez más en la repisa. Mi tono cambió por completo—. Te haré café, Hu, ¿está bien? ¿Quisieras que pidiéramos algo específico para comer?

    —Un café estaría bien, gracias, y no hace falta que te preocupes. Pidan lo que gusten o lo que tú prefieras —respondió y lo oí incorporarse, de pronto se asomó por un costado de mi visión con la caja vacía en la mano—. ¿Dónde puedo desechar esto, Cay?

    Dale con hablar como un viejo, por eso Arata se metía con él.

    —Ah, en el cuarto de lavado tenemos un basurero para cosas que no tienen comida. —Me salí de la cocina un momento y apunté a dónde debía ir—. Puedes tirarlo allí. Entra despacio, Cinis se escondió antes y quizás lo espantes.

    El niño asintió y se dispuso a hacer eso. Sus pasos hicieron eco en las paredes y yo me enfoqué en poner la cafetera, en silencio. Me palpitaba la cabeza, pero en sí me sentía un poco mejor y me di cuenta que el dichoso Consejo Varonil, al menos me había ayudado a no sentirme tan solo ni tan amargado. De nuevo, como el fin de semana anterior, me di cuenta de que compartir las penas quizás no era tan terrible como yo lo pintaba.

    —¡Veamos una peli! —sugirió Rowan de la nada, genuinamente emocionado o eso creí—. Pero romántica no, que ya Cayden lloró mucho…

    —¡¿Puedes dejarme tranquilo tú también?! —ladré en respuesta y él se carcajeó.

    —A lo que veníamos —murmuró Ikari, aprovechando la breve ausencia de Hubert—. ¿Conoces a alguien que pueda ayudarnos a recabar información? Pasó algo en el barrio y no hemos logrado avanzar en el juego de detectives, fue por eso que You-Know-Who nos mandó contigo. Nos dio la dirección de tu casa esta mañana.

    Aye. En la noche te paso unos nombres y números —acordé, ignorando la molestia por lo entrometido de Liam—, ahora cierra la boca. Me deberás un favor, espero que lo sepas.

    —Daba eso por asumido, así que pide lo que quieras cuando quieras. ¿Me regalas una taza de café a mí también?

    Una risa nasal interrumpió mi respiración y sumé otro par de cucharadas bien copetonas. Para cuando Hubert regresó, volvió a tomar asiento y pronto estuvo sumido en una charla con Ikari, conversaron de que el mayor era nuevo en la escuela y que había llegado con Sakai, que había sido el presidente del club de arte de su anterior instituto y demás. Ya de pasó lo entrevistó y acabaron llegando al tema de Arend, la astronomía y demás. El sonido de sus voces me ayudó a desligarme de lo que pesaba y cuando Arata y Sakai volvieron con dos six pack de cervezas, porque eran unos borrachos de mierda, se sumaron al jolgorio que acabó convertido en Comité de Elección del Almuerzo, CEA para abreviar.

    El CEA mutó a CEP, Comité de Elección de Película, después mientras esperábamos un pedido de una cantidad cuestionable de pizzas. Estábamos todos metidos en el salón de casa, con la tele encendida y los canales de streaming dando vueltas. Que no, que esa peli era malísima, que la otra era super aburrida, que no veríamos el documental que Hubert ya había mirado porque Arata se dormiría en diez minutos y que las románticas seguían vetadas de la faz de la tierra, porque de pronto éramos unos machos muy machos (nada tenía que ver mi llorería en el asunto ya) que no veían romance ni obligados. Todos menos Hubert teníamos una cerveza en la mano.

    Si se me permite decirlo, me gustaría pedirte que te diviertas estas vacaciones, Cay.

    En algún punto mientras esperábamos la comida mi madre llamó, así que me excusé con el club de imbéciles reunidos en mi casa y subí a mi habitación para poder escucharla. Allí me saqué la carta del bolsillo, los papeles ya más doblados que al principio, y los apoyé encima del escritorio.

    Que las uses para hacer cosas diferentes, cosas que nunca antes hayas hecho.
    Love, perdona que no pasé por casa. Fui a comprar unas cosas y después unas colegas me invitaron a almorzar, ¿cómo van esas vacaciones, despertaste muy tarde? ¿Quieres que te lleve algo para picar en la noche?

    —No hace falta —le dije con la mirada puesta en el papel y sostuve el teléfono entre el hombro y mi rostro para poder abrir una gaveta del escritorio con tal de sacar una tachuela—. Unos amigos vinieron de sorpresa y estamos todos aquí en casa, esperando unas pizzas. ¿Te guardo un poco antes de que las pirañas se coman todo?

    Casi pude escuchar su sonrisa.

    —No, gracias, coman ustedes tranquilos. ¿Quieres que llegue más tarde para no interrumpirte la tarde de chicos?

    —Como quieras. No es como que nos vayas a estorbar.

    Esta vez soltó una risa que consiguió hacerme sonreír y me dijo que nos veíamos más tarde, a alguna hora. Lo inespecífico me vino en gracia, pero no dije nada al respecto y sencillamente le pedí que se cuidara al volver. Al mismo tiempo fui pinchando las hojas con la tachuela y me permití una respiración densa. Después de un silencio, elegí por fin iniciar mi propio viaje.

    Retomar mi propia intención de hacer las cosas diferente.

    —Ko te manda saludos. —Logré decir ni supe cómo, soné compuesto incluso—. Que siempre lo haces sentir como en casa y te lo agradece mucho.

    Un silencio y supe que se dio cuenta. Lo tuve claro como el agua, puede que no supiera el qué ni cómo, pero comprendió por fin al menos de dónde venía lo que estaba mal hace semanas.

    —¿No está contigo? —preguntó con cautela.

    He's not. Pasará las vacaciones fuera de Tokyo —respondí—. ¿A la noche podemos hablar de algo?

    —Claro, mi cielo.

    Thanks, mom. Love you.

    Love you more, my darling.

    Al colgar la llamada clavé la carta en la pared delante del escritorio. La misma donde reposaba la nota de Hubert, su foto con Poe y la foto de Ko en el invernadero, a pesar de que era en la que había notado el moratón en su brazo, a pesar de que era donde todo había acabado de torcerse. Los papeles quedaron allí, colgando, y al retirar la mano fue como si me desprendiera de algo y a la vez no. Se me anudó el pecho, pero pude respirar.

    Wherever you are, be safe —susurré antes de girar el cuerpo para salir de mi habitación y volver abajo con los demás—, cloudy baby.

    Tal vez mañana dejaría un mensaje con los gatos callejeros. Quizás dentro de unos días alguno llegara con él y se lo dijera, incluso si no sabía quién había enviado a la criatura ni por qué o si le parecía una simple coincidencia. Era patético e infantil, pero comenzaba a darme cuenta de que uno debía elegir ser algo ingenuo para continuar.
     
    Última edición: 16 Febrero 2026 a las 6:46 AM
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