Mini-rol Edén [Pokémon Rol Championship]

Tema en 'Salas de rol' iniciado por Yugen, 31 Diciembre 2025.

  1.  
    Yugen

    Yugen D e p r e s s e d | m e s s

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    Ai Mamiya


    —¿Oh? ¿Y si lo pides por favor?

    Solté una risa ligera cuando volvió a estremercerse. Ah, era una flor de lo más tierna. Podría habérselo pedido en serio, pero tenía la certeza de que ya se lo había negado lo suficiente. Estaba siendo obediente y la obediencia debía ser recompensada.

    Acaricié la piel de su muslo recorriendo su piel con la punta de mis dedos.

    —Eso es. Muy bien mi amor, porque quiero hacer justo eso—le dije a media voz—. ¿Sientes mi mano aquí? Todo lo que desea hacer es tocarte.

    >>Eres adorable... tan dulce y perfecta como un ángel—sosteniendo aún su rostro por el mentón incliné suavemente su cabeza hacia atrás para poder verla mejor. La venda negra opacaba su visión, pero el rubor era perfectamente visible en sus mejillas pálidas como rosas floreciendo bajo la nieve—. Pero el cómo te ves así... Oh, cielos. Estás lejos de ser un ángel, ¿verdad?

    >>Eso está bien—le dije al oído, sedosa—, porque yo tampoco lo soy.

    Deslicé mis dedos hasta su ropa interior y tiré de ella permitiendo que resbalara por su piel mientras ella alzaba las caderas para permitirme quitársela. Quedó a la altura de su tobillo donde ya no podía molestar. Dejé un pequeño beso en su mejilla antes de hacer lo propio con la mía. Ya no quedaban prendas entre nosotras, solo el roce ardiente de la piel y un incinerador deseo.

    —Mira todo este dulce néctar... —ronroneé junto a su oído y recogí con mis dedos las humedad creciente antes de llevar aquellos mismos dedos hasta sus labios. No podía verlo pero sabía que era perfectamente consciente de su situación, y el rubor que alcanzaba incluso sus orejas solo avivó el fuego que latía dentro de mí. Presioné sobre su labio inferior con la yema de mi pulgar—. Abre la boca.

    Separó los labios, rendida.

    >>Eso es. Buena chica.

    Con un ligero sonido húmedo deslicé aquellos dos dedos entre sus labios, primero uno y luego otro. Contuve un suspiro, tal vez un pequeño gemido de propia necesidad cuando la humedad y el calor abrazaron mi índice y mi dedo corazón. Su boca ardía; todo su cuerpo era un incendio propagado.

    Moví aquellos dedos en un suave, apenas perceptible movimiento de vaivén. Besé su oreja y la línea de su mandíbula trazando un camino de besos ligeros sobre su piel y sintiéndola temblar y estremecerse en anticipación.

    Con mi mano libre y haciendo uso de dos dedos separé aquellos pétalos enrojecidos y empapados. Su esencia se deslizaba entre ellos como el rocío matutino en las hojas de una flor.

    —Mmmn... y este tímido brote, tan hinchado y sensible—murmuré sobre la piel de su cuello—. Es como si estuviera suplicando por un poco de atención. ¿Qué crees que pasará si lo toco ahora?

    No la dejé protestar, ni siquiera responder. No solo porque mis dedos se deslizaban sobre su lengua, si no porque el índice de mi mano libre también lo hizo sobre aquella receptiva piel sensible. Recorrí su clítoris de arriba hacia abajo como si estuviera dibujándolo con mis dedo en una hoja de papel. Podía sentir el latir de su corazón ansioso y necesitado, prácticamente llevado al límite después de tanto tentar y negar.

    Estaba perdida, completamente a la deriva en un mar de sensaciones impredecibles. Su cuerpo se arqueó con brusquedad, sus caderas presionaron contra mi mano y sus dientes rozaron mis dedos en mitad de un chispazo de placer intenso.

    >>Ah-ah. No me muerdas—murmuré pesadamente sobre su oído. Tenía la voz permeada por el deseo y no era algo que pretendía ocultar—. Si lo haces, voy a tener que castigarte y no queremos eso, ¿verdad que no?

    Presioné uno de mis dedos primero y un segundo después y con un suspiro pesado los deslicé tan profundo como pude llegar, hasta que mi índice y mi dedo corazón desaparecieron en el espacio ardiente entre sus piernas. Empujó las caderas de forma inmediata y su interior se apretó tan fuertemente alrededor de mis falanges que me arrancó un gemido de la garganta.

    >>Oh. Mi amor, vas a romper mis dedos...

    Sus músculos estaban tensos, rígidos, ansiosos por permitirle a su cuerpo el alivio tan necesitado que requerían. Por su piel se extendía un intenso rubor, desde su rostro a su cuello y su pecho, recorrida por la electricidad volátil de su propio deseo. Iba a deshacerse de un momento a otro como agua derramada entre mis manos.

    Y quería verlo. Ardía en deseos de presenciar ese momento, de sentir como se derretía bajo mi tacto como las heladas del invierno en un caluroso día primaveral. Y sin embargo, también quería alargar ese instante, tomarlo entre mis manos y extenderlo indefinidamente hasta que Clematis desconociese donde terminaba ella y donde comenzaba yo. Hasta que sus palabras careciesen de sentido, convertidas a una serie de gemidos y jadeos inconexos, y su línea de pensamiento hubiese sido reducida al simple y primitivo deseo de "más."

    A una súplica ansiosa y desesperada.

    >>Lo estas haciendo muy bien, cariño. No te contengas ahora—la felicité con la voz convertida en un ronroneo bajo y mordí su lóbulo, permisiva. Retiré mis dedos de su boca y rodeé su cintura con mi brazo libre para apretarla aún más contra mí mientras temblaba y se estremecía, incontenible—. Quiero escucharte.

    Y al decirlo, mientras mis dedos la llenaban, volví a trazar aquel brote sensible con el pulgar.
     
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    Andysaster

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    "¿Oh? ¿Y si lo pides por favor?"

    Reaccioné como un resorte, enrojecida hasta las orejas ante su audacia.

    —¿Q-Quieres darme un respiro? —me quejé, frunciendo los labios apenas en algo similar a un mohín—. Ya me estoy muriendo de la vergüenza de por sí.

    Por suerte tuvo algo de compasión conmigo. Podía disfrutar de manera casi sádica de mi rubor y timidez, nacidas de la sumisión más absoluta en la que probablemente me habría encontrado nunca... Pero al menos sabía cumplir su palabra. Era capaz de establecer esos límites.

    Me avergonzaba y abrumaba mi situación, en completa merced de las circunstancias y de lo que ella desease hacer conmigo, pero también esparcía un deseo y placer incontenibles por cada pedazo de mi ser. El carácter impredecible de cada roce y mis receptores sensoriales amplificados por el efecto de la venda volvían aquella experiencia sumamente intensa y adictiva. Mamiya lo desconocía, pero tenía lo que cualquier profesor que había pasado por mi vida hubiese deseado jamás.

    Mi más completo interés y atención.

    Inclinó mi rostro hacia atrás, me susurró al oído con la sedosidad y la gravedad que dominaban ahora su voz, permeada por el deseo, y me dejé hacer con completa docilidad. Ahogué un gemido cuando apartó la última prenda de mi cuerpo y rozó la humedad de mi centro con los dedos, acelerando mi respiración en anticipación.

    Con la mente nublada por las sensaciones y la cruda necesidad abrí los labios, permitiendo que introdujese sus dedos dentro de mi boca. La sensación me produjo un escalofrío que me arqueó la espalda y por un instante olvidé que estaba probando mi propio sabor. Probablemente moriría por combustión espontánea.

    Ahogué sonidos que fueron a morir contra sus dedos en aquel ardiente vaivén dentro de mi boca. Mi lengua recorría sus falanges de tanto en tanto, si bien sus besos sobre mi cuello y su mano libre deslizándose entre mis muslos paralizaban mis acciones de tanto en tanto, bloqueada por mi propio placer. Un chispazo incomparable sacudió mi cuerpo cuando anunció su llegada entre mis piernas y todo mi cuerpo tembló al igual que las cadenas que me contenía al sentir sus caricias sobre aquel botón hinchado y palpitante. El estremecimiento involuntario me llevó a cerrar ligeramente la mandíbula y rozar sus dedos con los dientes, recibiendo la consecuente reprimenda de Ai.

    ¿Cómo... pretendía que pudiese controlar mi boca cuando estaba perdiendo el control de mi cuerpo de esa forma? ¿Y por qué me atraía tanto el riesgo de ser o no castigada?

    De verdad que era una adicta a la adrenalina.

    —¡M-Mngh...!

    Mi espalda se arqueó en su totalidad cuando deslizó sus dedos dentro de mí, derritiéndome por completo bajo su tacto. Sus dedos largos y hábiles se introdujeron tan lejos como pudieron llegar y mis caderas se movieron en consecuencia, deseando de ella todo cuanto pudiesen obtener. Mis suspiros y gemidos se volvieron incontenibles, amortiguados por la intromisión de sus dedos aún dentro de mi boca. Apenas podía articular palabras coherentes, pero dudaba que tuviesen algún sentido en la situación en la que me encontraba.

    Aún así se lo ofrecí. Al apartar sus dedos y rodear mi cintura, atrayéndome aún más hacia sí, me permití mandar a la mierda mi orgullo, vergüenza y contenciones morales, y le rogué por más. Más rápido, más profundo. Más. Más. Más. Todo en lo que se redujo mi línea de pensamiento era en su voz, en la forma en la que me felicitaba y me derretía bajo su tacto, incrementando de maneras inexplicables mi propia excitación.

    Todo mi cuerpo se tensó en determinado momento, contenido y arropado entre sus brazos, y me deshice en el que probablemente fuese el clímax más intenso que había sentido en mi vida. La presión entre mis piernas estalló y se redujo en cenizas, logrando que toda la tensión en mi cuerpo se desvaneciese al mismo tiempo. Mi espalda dejó de arquearse y me recargué contra su cuerpo, agitada, boqueando por el aire que escapaba de mis pulmones.

    Apoyé la cabeza contra su hombro, tratando de reconectar los cables de mi raciocinio. Me encontraba acalorada y agitada, incapaz de recuperar mi propia voz durante segundos que se volvieron eternos, pero los que disfruté fundiéndome con su propia piel.

    —Eso... ha sido... —murmuré al cabo de un tiempo, sintiendo las mejillas arderme con fiereza. Solté una risa baja, temblorosa aún—. ¿Cómo has...?

    Terminé por negar con la cabeza, rendida ante mis propias cavilaciones.

    >>De acuerdo... tú ganas —dejé caer los hombros al fin, resignada pero satisfecha en realidad. Había dudado de su efectividad, per las pruebas eran inequívocas—. Tu dichosa venda es increíble.
     
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    Yugen

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    Ai Mamiya

    Había pocas cosas que apreciase más que la honestidad y la sumisión era un camino directo hacia ella. En medio de un placer tan intenso era imposible imponer máscaras. Esas contenciones se disolvían y se tornaban inexistentes, incinaradas bajo el calor abrasador del deseo.

    Clematis lo estaba experimentando ahora. En el momento en que le pedí escucharla, dejó de contenerse y su voz se alzó sin filtros. Gemía, jadeaba, se estremecía y prácticamente suplicaba con ansiedad que la tocara. ¿Si quería más? ¿Más rápido? ¿Más profundo?

    Se lo daba sin contenciones.

    Esa era su recompensa por obedecer mis caprichos particulares.

    —Mira lo fuerte que me estás apretando...—declaré sobre su oído a media voz. Suspiré pesadamente, evidencia de mi propio deseo—. Es como si no quisieras dejarme ir.

    Por momentos disminuía la intensidad, le daba la impresión de que iba a detenerme, pero al instante siguiente volvía con más fuerza, arqueaba mis dedos y presionaba su interior hasta que mi mano y las sábanas quedaban empapadas.

    Solo cuando las últimas olas del orgasmo pasaron y su cuerpo vulnerable se retorció, abrumado, retiré mis dedos y le permití descansar. Se deshizo contra mi cuerpo como si el suyo careciese de huesos, temblando como una hoja en una tormenta.

    —Mmmn...

    Besé la punta de mis propios dedos para probar el sabor impregnado en ellos. Dulce y salado... ah, ojalá poder probar un poco más. Cerré brevemente los ojos con un murmullo satisfecho.

    —¿Mi dichosa venda?—reí levemente, entretenida con su honestidad—. Gracias. Pero mi amor, deberías ser un poco más respetuosa con algo que te ha hecho sentir tan bien.

    Le di un toquecito juguetón en la nariz.

    >>Me alegra que haya sido una experiencia satisfactoria.

    Le acaricié el cabello con los dedos de mi mano libre mientras su respiración volvía a la normalidad. Aquel cabello castaño tan similar al de Lillium...

    Simplemente nos mantuvimos así, conmigo acariciando su cabello y su piel con roces que buscaban otorgarle un espacio de calma y comfort. Sin prisas, sin presiones. Un momento de pausa e introspección.

    Nadie mejor que yo sabía lo necesario que era. Era común que mis flores se sintiesen abrumadas, perdidas o sobrestimuladas después de una sesión, especialmente si había sido una particularmente intensa. No era el caso de esta, pero tuve la necesidad de asegurarme.

    Mientras acariciaba su piel con la punta de mis dedos le pregunté si estaba bien, si sentía dolor en algún lugar.

    Abrí sus esposas y les devolví la libertad a sus manos. Froté mi pulgar sobre sus muñecas buscando calmar cualquier malestar o entumecimiento. No había marcas sobre su piel y las esposas no estaban demasiado apretadas, pero siempre me aseguraba. Podía ser más brusca de lo necesario y si eran particularmente rebeldes también podía imponer cierta cuota de dolor, pero mi principal preocupación siempre era su bienestar.

    Era cuidadosa y considerada, seductora pero maternal, quizás por esto me habían llamado tal en más de una ocasión.

    Mientras mi mente se perdía en estas cavilaciones, me pregunté si esto había sido suficiente para una primera experiencia o si la curiosidad de Clematis iba mucho más allá. Hasta que punto pretendía descubrirse a sí misma y seguir explorando las luces y sombras de este mundo desconocido.

    —Cariño, ¿estás cansada?—inquirí—. ¿Quieres que te quite lo demás?
     
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    Andysaster

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    —Lo siento, venda —apañé, esbozando una sonrisa ligera cuando sentí el toquecito juguetón sobre mi nariz. Era evidente que no hablaba en serio, pero me aseguré de hacérselo saber al acurrucarme algo más contra su tacto, recuperando lentamente el aliento—. Me ha gustado mucho, Ai. Ha sido un buen primer descubrimiento.

    No había sido el único, pero eso era algo que ambas sabíamos sin necesidad de ponerlo en palabras.

    Después de la tormenta siempre llegaba la calma, y no había un estado de desconexión que rivalizase con los minutos posteriores al orgasmo. El incendio reculaba y era sustituído por la brisa fresca de una tarde de verano largamente ansiada. Los temblores fueron desapareciendo y cerré los ojos bajo la venda, dejando escapar un sonido de satisfacción al sentir las caricias conciliadoras sobre mi cabello. Ella no tenía cómo saberlo, pero era algo que siempre había adorado. Me relajaba y me hacía sentir demasiado suavecita por dentro.

    Ambas nos mantuvimos en silencio durante los minutos posteriores, sumidas en nuestras propias cavilaciones. A pesar de las sensaciones placenteras que estaba experimentando en compañía de Mamiya había algo, un incomprensible sentimiento de inquietud que se materializaba como esporádicos chispazos de lucidez de tanto en tanto. Lo sentí en el momento en el que mis labios rozaron por primera vez los suyos; en sus dedos trazando surcos sobre la superficie de mi piel y lo sentía ahora, acurrucada en el abrazo conciliador de un cuerpo que me resultó ajeno.

    Por más que intentaba alejar esa incómoda sensación y disfrutar del encuentro en su totalidad, como quién agitaba su mano buscando espantar un insecto molesto, esta siempre encontraba la manera de regresar, latente e ineludible. El bulto bajo la alfombra era demasiado evidente como para seguir fungiendo de escondite, pero parecía ser ajena a todo esto, y continué barriendo sin descanso.

    Estaba extenuada. Ayer no había sido mi mejor día.

    Era más que comprensible.


    —¿Hm?

    Ai me preguntó si sentía dolor en algún lugar, y aunque respondí que lo único que notaba era tensión en los brazos, no esperé que me liberase tan pronto de mis ataduras. Me acaricié las muñecas como un acto reflejo, encontrando sus dedos a medio camino, y respiré hondo sin darme cuenta. Qué bien se sentía recuperar la movilidad. Era curioso lo que un par de minutos podían hacerte sentir.

    "Cariño, ¿estás cansada? ¿Quieres que te quite lo demás?"

    Mis hipotéticas orejas de Lillipup se alzaron, alarmadas. Había podido comprobar con sus propios ojos el día anterior que era una fuente casi inagotable de energía. Tal vez ese día precisamente tuviese un cincuenta porciento menos por razones que mis ojeras maquilladas evidenciaban, pero seguía teniendo suficiente aún. Todavía ni siquiera estaba en reserva.

    —Estoy bien. En serio —Apoyé las manos sobre el colchón, inclinándome ligeramente hacia el sonido de su voz, intrigada y despierta—. Estoy segura de que hay mucho más que te gustaría enseñarme. Y desde luego hay mucho más que me gustaría aprender de ti.

    Disminuí el tono de mi voz, sedosa, fingiendo cierta desazón al percatarme del detalle más importante.

    >>Además... —agregué—. Aún no he podido tocarte...
     
    Última edición: 2 Febrero 2026 a las 6:26 PM
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    Yugen

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    Ai Mamiya

    La rapidez con la que respondió, alarmada, me tomó por sorpresa. No esperaba una negación tan directa; suponía que había subestimado su interés en toda esta situación. Entendería si estaba cansada, era mucho para una primera experiencia y probablemente tuviese gran cantidad de pensamientos rondando esa cabecita. Pude sentir cierta tensión en sus músculos al abrazarla por la espalda.

    Pero su proactividad era algo que me satisfacía y mi sorpresa inicial dio paso a la complacencia.

    —Oh, cielos...—reí sedosa. Bajé mi voz unas octavas y sonó como un ronroneo profundo y satisfecho—. Mi pequeño brote de primavera es una flor muy traviesa, ¿verdad que sí?

    Llevé mi mano a su mejilla y acaricié su piel con el pulgar. Su curiosidad me resultaba sumamente estimulante. La idea de que aún así no podía verme, de que estaba a merced de su propio sentido del tacto me estremecía desde dentro como un fuego vivo.

    Todo esto era nuevo para ella pero estaba dispuesta a descubrir tanto como le permitiese y yo no tenía intención alguna de negárselo en tanto aún tuviese interés. ¿Quién era la Dionaea para negarle a nadie el deseo de ser devorada? ¿Aun mas cuando la propia Dionaea estaba ansiosa?

    Recorrí sus facciones con la mirada, con ojos entrecerrados y oscurecidos por la líbido. Si era antes un bosque profundo y exhuberante, ahora se había tornado a una jungla de secretos y deseos inconfesables. Recorrí sus labios, su nariz... oh, cuánto deseaba volver a ver sus ojos. Pero no aún, porque esa venda de seda negra era un activo muy importante en este nuestro juego particular.

    —¿Quieres tocarme?—repetí—. Pídemelo.
     
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  1. Naiki
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